Las reglas de la vida

Las reglas de la vida

Hugh B. Brown

por Hugh B. Brown
De La Primera Presidencia
(Tornado de the Church News 1961)


Estimados jóvenes, quisiera servirme de este me­dio para acompañaros a fin de conversar un poco. Mucho me complace, como estoy seguro que vosotros lo estáis, anunciar que esta noche no habrá una diser­tación o sermón. Ojalá hubiera una chimenea en el sitio donde os halláis reunidos. Esto podrá ser indica­ción de que soy algo anticuado, pero recuerdo que el trozo de leña ardiendo en la chimenea de mi casa parecía extender una bienvenida especial. Parecía de­cir: “Pase, quítese su saco y su sombrero, y aun los zapatos si desea, y acomódese bien.” Sin embargo, haya o no haya un fuego, estoy seguro que os halláis en un ambiente cordial y amigable, donde nadie tiene que preocuparse por el vestido, el peinado o aun la postura.

Me atrevo a decir que entre los grupos que me están escuchando habrá uno o dos que estarán recosta­dos más bien que sentados, y algunas jóvenes sentadas en la alfombra. Contrasta todo esto y las reuniones y clases donde hay más formalidad, donde la disciplina exige que el orador y la congregación, el maestro y la clase se porten correctamente y con decoro; y donde los que hablan y los que escuchan parecen estar en un nivel distinto. Esta idea de charlas o pláticas al lado del fuego, de sentir que nos hallamos en el mismo nivel, este intercambio o comunicación horizontal se expresa adecuadamente en estos versos:

Subiese el párroco del pueblo
hasta lo alto de la torre imponente
para acercarse a Dios, y así poder
transmitir sus palabras a la gente.
Ya moribundo, oyó que Dios
mandábale bajar; y chimó, doliente:
¿Señor, en dónde estás?—Y contestóle:
Estoy abajo, aquí entre la gente.

En verdad todos somos compañeros de viaje en el curso de la vida: somos peregrinos. Algunos de nos­otros hemos estado caminando más tiempo que otros y tal vez hemos intentado colocar señales o construir puentes para los que vengan detrás. Los puentes, al contrario de los muros o paredes que separan, son eslabones que pueden enlazar lo pasado con lo presente.

Este esfuerzo por parte mía de describir la natu­raleza de estos grupos y de presentarnos los unos a los otros me hace recordar algo que sucedió en un tribunal. Los dos abogados que representaban las partes litigan­tes se dijeron cosas no muy agradables el uno al otro. Uno de ellos exclamó: “Usted es un embustero, un pedante”; y el otro le contestó: “Y usted es un menti­roso fanfarrón.” El juez indulgente, habiéndolos escu­chado, dijo: ‘Señores, ya que tan acertadamente se han descrito el uno al otro, sigamos con el asunto.” Vamos pues a nuestra discusión.

Las reglas de la vida

Alguien sugirió que esta noche hablásemos de al­gunas de las reglas de la vida, reglas que todos deben conocer y obedecer si quieren vivir gozosa y abundante­mente.

Sabemos que en nuestro universo todas las cosas se rigen por ley divina, y que la ley divina es inexo­rable y universal. Como lo expresa Drummond: “Hay una ley natural aun en el mundo espiritual.” En oca­siones podremos menospreciar o desobedecer estas leyes; pero aun cuando tienen la elasticidad suficiente para permitir cierta tolerancia, la desobediencia inevi­tablemente produce la tristeza y resulta en el remordi­miento de conciencia; y este remordimiento es el per­turbador principal de la tranquilidad mental personal. El Señor nos ha dicho que se establecieron estas leyes antes de existir los fundamentos del mundo:

Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendi­ciones se basan;

Y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa. (Doc. y Con. 130: 20, 21)

Algunas personas se forman el concepto erróneo de que son un poco distintas de la gente común, que pueden hacer caso omiso de las reglas que se aplican a los demás. Podemos estar seguros de que el autor de este universo, el Dios de este mundo, nuestro Padre Celestial no es arbitrario ni caprichoso. Para El no hay favoritos. Sus leyes son invariables, y el que las deso­bedece debe pagar el castigo, mientras que por otra parte aquellos que las obedecen recibirán el galardón; y uno de los galardones más ricos será la formación del hábito de la obediencia.

En nuestro país, así como en otros, existen leyes, reglamentos y mandamientos, frecuentemente formu­lados de acuerdo con la ley divina. También se han establecido para el beneficio de la gente. Aquí igual­mente encontramos que aquellos que no obedecen la ley deben pagar el castigo. Los que la observan hallan la libertad dentro de la ley; por cierto, la obediencia a la ley es la libertad.

La prudencia de obedecer

Al pasar por la vida nos damos cuenta, cada vez más, de la prudencia de ser obedientes: no como es­clavos, no porque tengamos miedo a la ley, sino porque reconocemos la importancia, la prudencia y necesidad de la ley en la vida civilizada. La libertad dentro de la ley es indispensable, si queremos que haya satisfacción y ánimo en nuestra vida. La libertad es una rica po­sesión que debe cuidarse celosamente, pero se puede poner en peligro por medio de la desobediencia. No debemos suponer que la libertad y la licencia son sinó­nimos.

A veces encontramos personas de todas las edades que resisten los reglamentos, restricciones o prohibi­ciones de la clase que sea. Parecen creer que el re­belde desprecio de las reglas o leyes significa emanci­pación e independencia. Vanamente tratando de de­mostrar su libertad, la pierden, olvidando que la libertad verdadera sólo puede disfrutarse cuando se obedece la ley. Consideremos por un momento nuestras leyes de tráfico y su consiguiente lista diaria de sufrimiento, pérdidas y muertes. Debería ser evidente a todos que estas leyes existen y se ponen en vigor para el bienestar y protección de la gente y la propiedad. ¿No es una necedad, pues, poner en peligro la vida de uno mismo y de otros simplemente para mostrar o tratar de mos­trar la independencia o importancia de nuestra persona? Desde luego, podemos reírnos de las leyes de tráfico, transitar en dirección contraria, exceder la velocidad máxima, no hacer caso de los semáforos, etc., sólo por la satisfacción de jactarnos de hacer lo que nos da la gana; pero si continuamos obrando en forma tan irres­ponsable, por último tendremos que pagar un precio completamente fuera de proporción, comparado a la satisfacción momentánea que nos deja.

Los Diez Mandamientos

Todos estamos más o menos familiarizados con los Diez Mandamientos que el Señor dio al mundo por conducto de Moisés. Forman la base de todas nuestras leyes; y si se obedecieran estricta y universalmente, junto con el precepto de Jesús de amar a nuestro pró­jimo como a nosotros mismos, habría muy poca necesi­dad de tener otras leyes.

A veces se habla de quebrantar los Diez Manda­mientos, pero como lo expresó el director cinemato­gráfico, Cecil B. DeMille: “Los hombres no quebrantan los Diez Mandamientos, sino más bien se quebrantan contra ellos.” En este mismo respecto, las leyes de la naturaleza no pueden ser quebrantadas aunque inten­temos menospreciarlas. Por ejemplo, no podemos violar la ley de gravedad. Uno querrá desafiarla echándose abajo desde lo alto de una montaña, pero sea príncipe o limosnero, o pese a su gran arrepentimiento mientras va cayendo, las consecuencias serán las mismas. Será quebrantado por la ley y por su propia imprudencia.

Conocer y obedecer la ley es evidencia de la ma­durez y la prudencia, mientras que la violación petu­lante de las leyes y reglamentos es pueril, demuestra falta de madurez y con frecuencia resulta trágicamente imprudente. La persona obediente es humilde y dócil, mientras que la desobediente es altiva, desdeñosa y rebelde, dispuesta a infringir los derechos de otros a fin de demostrar lo que llama su propia independencia. La desobediencia intencional no sólo es pueril, sino grosera; mientras que la disciplina sobre sí mismo y la obediencia manifiestan madurez e inteligencia.

Hay algunas leyes y reglamentos cuya observancia podría decirse que se deja a discreción. La ley de salubridad del Señor, de los diezmos, del amor por el prójimo, son algunos ejemplos. A través de los siglos se ha demostrado la prudencia de cumplir estas leyes. Son educacionales y amonestadoras y requieren la dis­ciplina y el dominio de sí mismo; pero aun cuando se dejan a discreción, llevan consigo sus propias recom­pensas y castigos.

La mayor parte de los hombres obedecen a aque­llos cuya autoridad reconocen, aquellos que tienen la facultad para ayudarlos o perjudicarlos. Obedecer es honrar; desobedecer es deshonrar. La obediencia es el primer mandamiento que se dio con promesa. Por me­dio de la obediencia, los hijos honran a su padre y a su madre. Los padres prefieren la obediencia más bien que los regalos o la alabanza. El antiguo profeta dijo: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios.”

Todos están sujetos a la ley

Todos estamos sujetos a la ley, desde nuestro naci­miento hasta la muerte, ya sea la ley paternal, civil, militar o divina. Por tanto, tenemos la obligación y privilegio continuos de conocer la ley y hacer que nues­tras vidas concuerden con ella.

El Señor dijo: “Si me amáis, guardad mis manda­mientos.” El cínico podrá decir que es un mandato algo dogmático y arbitrario; pero cuando comprende­mos que todos sus mandamientos se han dado para nuestro bien, que toda la ley divina ha sido inspirada por el amor y que el cumplimiento de los mismos con­tribuirá a nuestra felicidad y bienestar, entonces la obediencia llega a ser un placer.

Cuando somos muy jóvenes nuestros padres pro­piamente pueden obligarnos o restringirnos para nues­tra propia protección y educación. Un padre puede y debe restringir al hijo para que no atraviese una calle donde hay mucho tráfico o para que no use herra­mientas peligrosas. No lo hace meramente para demos­trar su autoridad, sino por el amor e interés que siente hacia el niño. Hablando sobre el deber de los padres a los hijos, esto es lo que ha dicho Locke: “La libertad y el consentimiento nada aprovechan a los niños; su falta de criterio exige que sean restringidos.”

Cuando vosotros lleguéis a ser padres, hallaréis (pie la orientación, la restricción, la instrucción y la insistencia en ser obedecidos no nacen del deseo de mostrar autoridad o fuerza superior. Todo acto disci­plinario por parte de los padres debe ser, y usualmente es, impulsado por el amor hacia el niño. Al grado que éstos van creciendo, se les concede más libertad en sus gustos y hechos; pero con esta libertad viene la respon­sabilidad de su comportamiento. El libre albedrío es una ley eterna y el Señor mismo la respeta. Pero la ley de la causa y el efecto también es eterna, y de ahí la amonestación: “Lo que sembrareis, esto también sega­réis.”

De manera que nuestro Padre Celestial, por motivo de su amor por nosotros, ha establecido reglas de con­ducta, a veces llamadas mandamientos. Se espera que al grado que maduremos, nuestra obediencia sea volun­taria y de buena disposición.

Pero algunos de vosotros preguntaréis: “¿Y la ley del arrepentimiento? ¿Acaso no promete perdón y restitución?” Efectivamente, la ley del arrepentimiento es también eterna, pero toda violación nos retrasa un tanto por el camino de la vida eterna.

Si deseáis ser leales a vosotros mismos, sed honra­dos con vosotros mismos y obedientes a los que tienen autoridad y están sobre vosotros o a aquellos que tienen el derecho de dirigir vuestras actividades. La obediencia es siempre muestra de carácter; la desobe­diencia indica debilidad. La obediencia significa cum­plir aquello que la autoridad exige; subordinarse a las restricciones justas.

El Salvador, nuestro ideal en todas las cosas, no sólo enseñó la obediencia sino la ejemplificó. Dijo: “No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” En el Getsemaní oró diciendo: “Padre mío, si es posible, pasa de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” (Mateo 26:39)

Así fue como el Hijo nos dio el ejemplo supremo de la obediencia verdadera. Honró a su Padre obede­ciendo su voluntad. La obediencia es la llave al reino de los cielos. En una ocasión Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.”

La ley es una salvaguardia

Podemos calificar de estúpida a cualquier persona que cree que puede desafiar la ley impunemente. Los que la obedecen hallarán que es una salvaguardia y protección, una garantía contra el privilegio y el favori­tismo; se aplica a todos, pese a su rango, posición o situación. Cuando se administra debidamente, sus re­compensas y castigos son inflexibles. Son a la vez una amonestación, una promesa y una salvaguardia.

Si aquellos cuyo deber es poner la ley en vigor, se dejaran llevar por los caprichos, o si la ley no se ad­ministrara con justicia y equidad invariables, habría confusión y rebeldía. Tratándose de la persona normal, tal vez nunca se haga necesario usar la fuerza; pero algunas veces, para el bien de la sociedad, deben to­marse medidas enérgicas. El Señor mismo, aunque es Todopoderoso, se ha negado a emplear la fuerza para llevar a cabo sus propósitos. La obediencia de Cristo siempre fue voluntaria e inspirada por el amor. Nos ha sido dicho que su obra y su gloria consiste en llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre; pero nunca lo hará por la fuerza. Si se nos obligara a entrar en el cielo, no sería cielo para nosotros. El poeta habla de esta libertad en los siguientes versos:

El hombre tiene libertad
de escoger lo que será;
más Dios la ley eterna dá,
que El a nadie forzará.
El con cariño llamará,
y abundante luz dará;
diversos dones mostrará,
más fuerza nunca usará.
La libertad y la razón
características del hombre son:
quitadas éstas, ¿qué sería?
Al nivel del animal se volvería.

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Una respuesta a Las reglas de la vida

  1. Anónimo dijo:

    Gracias. Enriquece nuestra sabiduría.

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