Jesucristo es el fundamento de la Iglesia

Jesucristo es el fundamento de la Iglesia

Henry D. Moyle

por Henry D. Moyle
de la Primera Presidencia
(Tomado de the Church News 1961)


Somos la Iglesia de Jesucristo. Él es el fundamento sobré la cual está edificada. Nos dice el apóstol Pablo:

porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.
Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios;
edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,
en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;
en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu. (Efesios 2:18-22)

También el apóstol Pedro nos habla de una piedra principal del ángulo que iba a ser colocada en Sión:

He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa;y el que crea en él, no será avergonzado.

Él es, pues, honor a vosotros los que creéis; pero para los desobedientes,la piedra que los edificadores desecharon,esta ha venido a ser la cabeza del ángulo,
y piedra de tropiezo y roca de escándalo para aquellos que, siendo desobedientes, tropiezan en la palabra, para lo cual fueron también señalados.
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable.
Vosotros, que en el tiempo pasado no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en el tiempo pasado no habíais alcanzado misericordia, pero que ahora habéis alcanzado misericordia. (1 Pedro 2:6-10)

Estos dos apóstoles, Pedro y Pablo, estaban carac­terizando la Iglesia verdadera de Dios. La Iglesia a la cual pertenecemos no podría acomodarse más perfecta­mente a este plan, porque somos la iglesia y pueblo de que ellos hablaron. Todo lo que ha existido anterior­mente se ha restaurado para la edificación y exaltación del hombre. S. Pablo dice que se ha hecho a fin de perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;

para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que, para engañar, emplean con astucia las artimañas del error,
sino que, hablando la verdad en amor, crezcamos en todas las cosas en aquel que es la cabeza, a saber, Cristo; (Efesios 4:13-15)

Una generación escogida

Es interesante en extremo la expresión “en otro tiempo no éramos pueblo, pero ahora somos pueblo de Dios.” (1 Pedro 2:10) Se nos ha recogido de los cuatro cabos de la tierra. Somos ahora linaje escogido y dis­frutamos de las bendiciones del sacerdocio real, de acuerdo con lo prometido a los hijos de Abrahán.

Juan el Bautista dijo al pueblo de la casa de Israel:

No penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. (Mateo 3:9)

Sigue hablando del bautismo en el agua para arrepenti­miento, como él lo estaba haciendo, y luego agrega:

Pero el que viene tras mí, cuyo calzado no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él los bautizará en Espíritu Santo y fuego. (Mateo 3:11)

Nos convertimos en herederos de todas las bendi­ciones de Abrahán cuando nos bautizamos y recibimos los dones del Espíritu Santo. Haciendo esto, cumpli­mos con toda justicia.

No falta ningún detalle del plan del Salvador se­gún nos ha sido revelado en las escrituras antiguas. Sin embargo, aun cuando esencial, no es suficiente para reemplazar la restauración de todo lo que ha existido antes. La autoridad que Cristo dio a sus antiguos apóstoles también debe hallarse siempre en la Iglesia Verdadera. Podemos empezar desde los primeros prin­cipios del evangelio—fe, arrepentimiento, bautismo por inmersión para la remisión de los pecados y el don del Espíritu Santo—hasta el sacrificio expiatorio del Salva­dor por los pecados del mundo y su promesa de volver en gloria para gobernar y regir esta tierra, que ha de recibir su gloria paradisíaca. Todo principio intermedio mencionado en las Escrituras tiene su lugar correspon­diente en el evangelio restaurado, clara y sencillamente definido.

Visto a la luz de la revelación moderna, es un plan íntegro y completo, y tiene la facultad, si se obedece, de llevarnos de nuevo a la presencia de nuestro Padre Celestial, coronados y exaltados en su eterna mansión con el grado más alto de gloria. Se nos ha asegurado que ningún atributo digno, sí, ningún atributo divino está fuera de nuestro alcance, porque viviremos en un estado de progreso eterno.

Las bendiciones del estado terrenal

Es maravilloso contemplar todo lo que lo futuro nos ofrece aquí en el estado terrenal. Por intensa que sea la dedicación o devoción que podamos lograr en esta vida, nunca se podrá considerar como un precio demasiado caro por las bendiciones que podemos reali­zar aquí en nuestro estado carnal o por la justificación que recibiremos a cambio de nuestra actual obediencia a los principios de la virtud y de la justicia. No hay felicidad mayor que pueda compararse con la que se halla en la familia. Ninguna relación familiar puede considerarse completa si está fundada en la suposición de que al morir el padre o la madre, hasta ese grado se disuelve la familia, si aceptamos con la seriedad que debíamos estas palabras del Salvador:

Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo. (Mateo 22:30)

Entenderíamos lo que el Señor nos ha revelado en estos postreros días, que todos los contratos, incluso el matrimonio, que no se efectúen o sean sellados por el poder del sacerdocio, ninguna eficacia, virtud o fuerza tienen en la resurrección de los muertos ni después, porque todos los contratos que no se hacen para tal fin, terminan cuando mueren los hombres.

¿Cómo podemos permitir que nos desvíe un ena­moramiento pasajero y perdamos esta gran bendición del matrimonio eterno cuyos beneficios llegan hasta la eternidad? ¿Podría yo en mi vida desarrollar el amor y seguridad hacia un hombre o una familia de la cual yo sé que la muerte inevitablemente me separará, como podría desarrollarlo si supiera que esta asociación iba a ser de una naturaleza eterna? Todo hecho de bondad y consideración, todo sacrificio pequeño tiene su propio significado cuando sus consecuencias se extienden hasta la eternidad para fortalecer los vínculos que unen a la familia. Ningún precio es demasiado elevado por aque­llo que nos permitirá disfrutar del verdadero amor y devoción en el círculo familiar para siempre, en esta vida y en la venidera.

Preguntas que exigen respuestas

Podemos hacernos estas preguntas: ¿Podría una iglesia cumplir con su propósito verdadero y perma­necer callada en cuanto a sus enseñanzas sobre un asunto tan importante como el de las relaciones con­yugales y familiares? ¿Puede una iglesia efectuar matrimonios por siglos, estipulando que terminarán con la muerte del marido o su mujer, y al mismo tiempo decir que tiene un concepto del significado del poder y la comisión dados a los doce apóstoles, cuya cabeza era Pedro, cuando Cristo les dijo:

Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. (Mateo 16:19)

Aquí hallamos prueba positiva de la fuente divina de la restauración del evangelio en su plenitud.

Cuando la Iglesia se organizó en 1830, ni José Smith ni el mundo estaban enterados de alguna enseñanza de aquella época, entre las iglesias del mundo, sobre el significado y trascendencia de esta importan­tísima declaración de Jesucristo a los Doce que había elegido. No se intentaba hacer, ni podía hacerse, una aplicación práctica de tal autoridad. Podemos buscar en todas las Escrituras sin hallar una instrucción más precisa, definitiva y clara respecto de la obra de la Iglesia. Propiamente podemos preguntarnos por qué no se ha utilizado este poder conferido a los apóstoles antiguos en relación con la más sublime y sagrada de todas las asociaciones humanas.

En el principio Dios instituyó el matrimonio. Le fue dada Eva a Adán para que fuera su esposa y llegara a ser la madre de todos los vivientes, con objeto explícito de que se multiplicaran y poblaran la tierra. Tam­bién Adán ha sido llamado el padre de todos los vi­vientes. En todas las Escrituras se ha hecho hincapié en la santidad de la familia. Nos es dada en la Santa Biblia la genealogía de Cristo hasta Adán. En toda la Biblia hayamos que el sacerdocio de Dios ha tenido el privilegio y prerrogativa de solemnizar los matri­monios. Sobre el esposo y su mujer descansa la res­ponsabilidad terrenal de los espíritus elegidos que han sido enviados del cielo para labrar su existencia carnal, para progresar como resultado de vivir sobre la tierra, recibiendo un cuerpo para alojar el espíritu. Este cuer­po terrenal que nuestros padres nos han dado está des­tinado a levantarse en la resurrección, libre de las im­perfecciones carnales para convertirse en celestial me­diante nuestra obediencia, y será nuestro para siempre.

El conocimiento del mundo

Se dice que Felipe, rey de Macedonia, se enteró de la inteligencia de su hijo, Alejandro, por la manera tan hábil en que supo dominar un caballo. El animal era tan feroz e indomable, que nadie se atrevía a mon­tarlo, porque había hecho caer a cuantos quisieron cabalgarlo, fracturando el cuello de éste, la pierna de aquél, la cabeza de uno y la quijada de otro. Conside­rando todo esto mientras se hallaba un día en el hipó­dromo, Alejandro notó que la fiereza del caballo simple­mente provenía del temor que tenía de su propia sombra. De manera que al montarlo, lo hizo correr contra el sol para que su sombra quedara detrás de él, y por este medio domó al caballo y lo sujetó bajo su mano. Su padre reconoció la prudencia divina que había en él y mandó que fuera cuidadosamente instrui­do por Aristóteles, en aquella época el más destacado de todos los filósofos de Grecia.

Cuando debidamente se puede dedicar tanto tiem­po y talento a la educación de la juventud en los cono­cimientos del hombre, ¿no conviene que estemos más interesados en lograr un verdadero conocimiento de Dios y la relación que existe entre él y el hombre? ¿No es un grado divino de sabiduría superior a un grado real de conocimiento impuesto por el hombre?

Parece haber algo en lo que concierne a la adqui­sición del conocimiento del evangelio que no está com­pleto, y en cierta forma no surte eficacia en nuestras vidas, a menos que el Espíritu de Dios haya testificado a nuestras almas la divinidad del evangelio restaurado. No es diferente en la actualidad de lo que fue hace dos mil años cuando el apóstol Pablo dijo a los Corintios:

Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo. (1 Corintios 12:3)

Hallamos el mismo principio en los escritos que salieron a luz por conducto del profeta José Smith en el Libro de Mormón:

Y cuando recibáis estas cosas (refiriéndose al Libro de Mormón), quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera inten­ción, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo. (Moroni 10:4)

No quisiera concluir sin decir que es difícil expli­car la persecución que abrumó a José Smith—la cual empezó cuando todavía era un joven inofensivo que deseaba saber la verdad—sino desde el punto de vista de que el adversario siempre ha combatido la Iglesia verdadera en todas las generaciones. El ministerio del Salvador y sus discípulos es un ejemplo sobresaliente. ¿Por qué crucificaron al Hijo de Dios, que no fue sino el benefactor de todo el género humano en todos los días de su ministerio en la carne?

La persecución contra José Smith surgió inmedia­tamente después que testificó al mundo su conocimien­to del Padre y del Hijo. Como testigo de Dios el Padre y Dios el Hijo selló su testimonio con su sangre. Igual­mente impresionan la fe y devoción que inmediata­mente nacieron en el joven profeta. Desde el momento de su comisión hasta el día de su muerte se mantuvo firme en el cumplimiento de su deber.

Ese mismo espíritu de certeza, de constancia, de valor, de fe, de dedicación, que señaló la vida del Pro­feta, llamado de Dios igual que los profetas de la an­tigüedad, distinguió a las decenas, los centenares, los millares y por último, durante la vida del Profeta, las decenas de millares que manifestaron los mismos ras­gos personales. Y así ha continuado la obra contra toda oposición aquí y en el extranjero; y en la actuali­dad centenares de miles han aceptado su testimonio y están preparados para seguir adelante, continuamente recibiendo inspiración de la misma fuente de la cual la Iglesia recibe su vigor.

El espíritu me ha dado testimonio todos los días de mi vida de que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que ha restablecido su Iglesia sobre la tierra en estos postreros días por conducto del profeta José Smith, y que efectivamente ha restablecido en la tierra el poder y la autoridad de su majestuoso sacerdocio para pre­dicar el evangelio y administrar las ordenanzas del mismo en su santo nombre. Sé que ésta es su Iglesia y que poseemos su sacerdocio, y lo testifico solemne­mente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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