Sé feliz, sí, pero no olvides…

Relatos, Cuentos y Novelas

Sé feliz, sí, pero no olvides…

por Alice P. Willardson

Sé feliz, sí, pero no olvides


Aquella mañana poco me faltaba para andar en las nubes. Aspiraba con deleite el fresco aire otoñal, y me parecía caminar al compás de alegre música. El cielo tenía un color azul intenso, el sol era más brillante y la brisa más suave. Otra vez la luz había descendido sobre el mundo ¡la guerra había terminado! La lucha había quedado atrás. También había quedado atrás todo el salvaje bullicio de los primeros momentos. Nuestros muchachos volverían pronto a sus hogares; y yo sentía que la brisa matinal murmuraba, acariciando mis mejillas: “¡paz, paz!”. ¡Un mundo de paz y belleza otra vez! Todo contribuía a que uno se dijera a sí mismo: “Dios está en los cielos y todo está bien en la tierra”. Me deslizaba suavemente calle abajo, respondiendo a los alegres “Buenos días” de los vecinos, y los saludos de los comerciantes de la calle Main.

—Bueno, parece que pronto habremos terminado con su oficina— me decían. Trabajar en la Oficina de Administración de Precios había sido una obligación de tiempos de guerra.

—Es cierto, pronto tendremos que levantar nuestras tiendas, como los árabes y escabullimos en silencio.

—Me imagino que sentirá algo así como nostalgia, ¿no lo cree?

—No, no, será tan bueno que no habrá tal cosa. Tal vez tenga que venir cada mañana durante un tiempo, a hacerles una visita, para no sentirme tan solitaria.

—Todavía no se ha ido, ¿verdad?

—No, no todavía; aún tenemos que seguir racionando el azúcar por algún tiempo, y también habrá que continuar con el control de los precios. Pero supongo que una oficina del condado se encargará de todo, y nuestras oficinas locales dejarán de funcionar. No podemos terminar con todo en un día, pero de todos modos será muy bueno volver a la normalidad.

¡Ni que hablar!

En la puerta del correo me encontré con el obispo Kendall.

—Parece que caminaras en las nubes esta mañana, Nelly. Tu sonrisa no podría ser más radiante—Su apretón de manos era cálido y firme, y una vez más me pregunté cómo sus ojos de mirada grave podrían ser tan alegres a veces; los últimos años no habían sido buenos para él. Claro que ya no era nuestro obispo, pero siempre lo sería para mí.

Vivía en las afueras, en lo que nosotros los niños, llamábamos “el camino de los enamorados”, y había sido nuestro obispo por muchos años cuando vivíamos en la granja. Muchos de los problemas de mi adolescencia y juventud, habían sido resueltos por su bondadosa voz. Él fue quien bendijo y bautizó a mis hijos. Sí, las venas de su rostro eran muy azules y su piel casi transparente, y emanaba de él tal fortaleza, que toda su alma parecía brillar a través.

Usted también tiene muy buen aspecto, Obispo. Ha encontrado la clave de la felicidad hace mucho, ¿verdad? Eso es algo que se puede dar a manos llenas, y todavía tener suficiente para sí mismo, ¿no es así?, de lo contrario no la poseeríamos.

Es cierto, la felicidad es algo contagioso—dijo, y aquel viejo destello apareció en sus ojos nuevamente.

—Sí, claro. Salude de mi parte a la hermana Kendall—Y seguí flotando calle abajo.

Unos cuantos hombres se hallaban en los jardines del palacio municipal, entre ellos el Secretario.

Se quedará pronto sin trabajo, mi estimada señora—me dijo.

—¿Verdad que es divertido? Usted también, y ya no podrá duplicar su salario.

—Es cierto, pero ya que cero multiplicado sigue siendo cero, no es mucho lo que me importa.

Aquella era una vieja broma entre esos hombres que habían cedido gratuitamente su tiempo y esfuerzos durante los años de la guerra.

—Sí, pero piense en toda la fama ganada en estos tres últimos años. Estoy segura de que echará de menos toda esa gloria cuando se retire a la vida privada.

Un coro de risas festejó nuestras ocurrencias. ¡Qué bueno era oír que la gente reía otra vez! Hasta nuestra oscura y pequeña oficina parecía brillante esa mañana. Tal vez fuera el sol reflejándose en la pared blanqueada que enfrentaba las únicas ventanas de la oficina. ¡Cuán a menudo en los últimos dos años aquella pared me había recordado el dicho “Darse de cabeza contra la pared”!

Mildred me saludó con su sonrisa habitual, sólo que esta vez no era la sonrisa que mostrábamos todas las mañanas para cubrir cualquier emoción, mientras explicábamos a la gente las reglas y les distribuíamos las boletas de racionamiento. Los ojos le brillaban y yo sabía que su corazón cantaba la misma melodía. Los muchachos volverían a sus casas. ¿Cuándo, cuándo volverían?

Recibí carta de Bob esta mañana. Dice que hicieron una real celebración en Alaska cuando tuvieron la noticia de la victoria—me dijo Tú también pareces haber recibido buenas noticias. ¿Has tenido carta do Keith?

—Sí, me dice que no podrá volver a casa todavía, pues la Fuerza Aérea necesita meteorólogos, para dirigir los aterrizajes al menos. Tres años es mucho tiempo para estar alejado de sus estudios, así que está ansioso por volver, pero puede esperar ahora que la guerra terminó. Me imagino que algunos muchachos estarán ya en camino. ¿No será maravilloso tener hombres jóvenes trabajando otra vez?; harán a nuestro pueblo una transfusión de sangre vigorosa. La verdad es que Uno no se atrevía a pensar en lo gris y lúgubre que resultaba nuestro mundo con los jóvenes alejados de él.

La puerta estaba abierta y el alcalde había entrado uniéndose a nuestra conversación.

—Sí, en poco tiempo pondrán una nota de color y vida en este viejo pueblo. Ya han puesto una nota de color en las mejillas de varias muchachas que conozco. Es curioso notar que a despecho de todo lo que estos muchachos han pasado, conservan todavía todo su optimismo y esperanzas. Me imagino que se sentirán como en el cielo al volver al hogar.

Otros compañeros habían entrado y se hallaban sentados con descuido sobre las viejas sillas; hasta éstas parecían transformadas por nuestra felicidad. Intercambiábamos bromas, charlábamos con tanta animación que hasta la gris oficina parecía renovarse.

—¿Qué hay sobre aquellos bonos de azúcar para mi álbum de recortes?

Ah, no; esos son todavía de mucho valor. Tendrás que usar tu propia libreta de racionamiento como recuerdo. Puedes conseguir también un formulario para los bonos de gasolina.

¡Qué! ¿Sólo el formulario? ¿Por qué no me das unos bonos ya que no los necesitarán más?

Porque deberán ser contados y el resto quemados en una impresionante ceremonia. Nadie imaginará nuestros pensamientos mientras todos esos bonos se convierten en humo.

En aquel momento entró el comisario y se dejó caer pesadamente en la única silla libre; todos lo miramos y nuestras sonrisas fueron esfumándose.

—Creo que todavía no lo hemos pasado todo—dijo—La viuda con quien se casó Josh Ames ha recibido la notificación de la muerte de su hijo. Murió en un hospital extranjero—Aquel viejo silencio aprensivo cayó sobre el grupo una vez más. Uno por uno los hombres fueron saliendo del cuarto. Sus murmullos de pesar y compasión se mezclaron extrañamente con lo borroso de las figuras en el cuarto y la confusión que reinaba en mi mente. Todos se habían ido y mis recuerdos retrocedieron hacia cierto día, tiempo atrás… Frente a mí se sentaba una figura pequeña y con aire de desamparo. Tenía los hombros abrumados y una mirada de desolación en sus ojos grises.

—Lo perdí… perdí el ómnibus —me dijo. Estaba sofocada y jadeaba penosamente.

¿Por qué no nos habíamos quedado calladas en aquel momento?

—¿Qué le pasó? ¿Iba a algún lugar importante?

—¡Claro que sí! Iba a Salt Lake para ver a mi hijo. Lo mandan al extranjero, y hubiera podido verlo por unos minutos al detenerse el tren en Salt Lake. ¡Tenía tantos deseos de verlo!

Tic-tac, tic-tac… el reloj se movía perezosamente. Tenía la cabeza inclinada, y la voz era poco más que un sollozo.

—Me telegrafió para asegurarse de que iría. Estuvo enfermo hace poco, ¡y es tan joven todavía! —Claro que era muy joven, casi un niño, con pecas en la nariz y una sonrisa encantadora. Todavía recuerdo el día en que estuvo en la oficina en busca de sus bonos de racionamiento.

Tic-tac, tic-tac. . . el tiempo pasaba, y yo podía ver aquel tren llegando a la estación de Salt Lake. Podía imaginar la pálida y delgada cara del muchacho, ver cómo desaparecía el brillo de sus ojos, y oír después el chu-chu del tren mientras se alejaba de la estación, el silbato y el humo perdiéndose en la distancia. Sabía que ella estaba imaginando la misma cosa, y que su corazón se iba tras el muchacho mientras permanecíamos sentadas en la quietud de la oficina.

Tic-tac. . . tic-tac. . .

No sé porqué, pero de algún modo siento que no volveré a verlo más.

Otra vez el nudo me estrangulaba la garganta, y las lágrimas contenidas me escocían en los ojos exactamente como aquel día.

—Mildred, Mildred, ¿te acuerdas de la mañana aquella que vino a vernos? ¿La mañana que perdió el ómnibus?

—Sí, sí, claro que me acuerdo. No vuelvas otra vez sobre el asunto. Ya sabes que no podíamos hacer nada para ayudarla.

—Lo sé. Tampoco ella lo pidió. Incluso es posible que su viejo auto no hubiera podido llegar a Salt Lake, aun en el caso de que le hubiéramos conseguido la gasolina—Las paredes se me venían encima ahogándome—Mildred, por favor, ¿podrías hacerte cargo de esto? Tengo necesidad de salir un rato.

Naturalmente; me quedaré basta que vuelvas.

El brillo del día había desaparecido, y el resplandor del pavimento me hería en los ojos. Las sombras eran tan intensas que parecían que me golpeaban el rostro; no, no eran sombras, eran sauces junto al arroyo. Instintivamente había buscado el abrigo del “camino de los enamorados”. ¡Qué ironía! Ir allí a desalojar mi corazón que lloraba por una madre que lo había perdido todo, y por un soldado que había muerto en el extranjero, pero que sólo era un muchachito que había estado enfermo y necesitaba a su mamá. Y porque ambos sabían de algún modo que nunca volverían a verse. ¡Pensar que yo había estado presente, y no había hecho nada por ayudarlos! No, en realidad no había sido yo, sino los reglamentos. Otros muchachos necesitaban aquella gasolina para pilotar sus aviones y tirar bombas. El país estaba lleno de madres que no habían podido decir adiós a sus hijos. ¿Por qué tenía yo que preocuparme por ésta en especial? Pero a ella la vida lo había quitado tanto que ya nada tenía que esperar. Ni siquiera lo había pedido; tenía el corazón tan cargado de pena, que su cerebro parecía estar paralizado. Todo lo que podía ver era un chiquillo a quien se le había obligado a sor hombre; y ambos habían sentido que ésta era su última oportunidad en la tierra. Y ahora, aquello había sucedido a aquel muchachito que estaba tan lejos de su hogar. Podía verla como en aquel día, sosteniendo todavía en sus manos el papel amarillo y con la mirada perdida y desolada. Pero si yo me sentía de ese modo, ¿qué sentiría ella? Al fin las lágrimas inundaron mis ojos; me dejé caer sobre la hierba y sollocé en forma incontenible. No lloraba sólo por ella sino por todas las madres en el mundo que nunca volverían a rodear con sus brazos aquel cuello amado para darle la bienvenida al hogar. Parecía demasiado para poder soportarlo. En ese momento alguien me tocó el hombro, y una voz cálida y bondadosa me habló:

—¿Qué es lo que pasa, Nelly? era el obispo Kendall.

—¡No puedo soportarlo! ¡No puedo soportar el pensar en ello! — Y le conté toda la historia; el telegrama que había recibido la Sra. Ames, y todo lo demás. Le hablé de todos los telegramas similares en el resto del mundo.

—Ya sé, ya sé Nelly. Es poco lo que podemos hacer en un momento como éste, y el llorar no sirve de gran ayuda. ¿Por qué no vas a visitar a esa madre?; es nueva en el pueblo y debe tener muy pocos conocidos aquí. Tu presencia puede ayudarla.

—Ya he pensado en ello; iré más tarde. Pero ¿qué pasará si me guarda rencor?

No lo hará. Estoy seguro de que ya ha comprendido. Debes entender que no es posible cargar sobre tus hombros todo el pesar dril mundo entero. Cada uno tiene que soportar lo suyo. Recuerda que el propio Señor en Getsemaní sudó sangre por todos sus poros, cuando tomo sobre sí todos los pecados y penas del mundo.

—Sí, ya sé. Pero no es eso. Es que me sentía tan feliz esta mañana. ¿Por qué no puedo olvidar todo este pesar, toda esta angustia, toda la tragedia de estos momentos? Quiero ser feliz. ¿Por qué no olvidar todo lo demás?

No eres la única persona que desea olvidar. El mundo entero está ebrio del deseo de olvido. Pero esto es sólo una carga inútil para la mente; no creo que ésa sea la respuesta. Esos muchachos han muerto para que nosotros pudiéramos conservar nuestro derecho a ir en pos de la felicidad. Nuestro Salvador murió en la cruz para que el mundo pudiera tener vida eterna. Pero El no desea que nosotros olvidemos. Incluso instituyó el sacramento de la Santa Cena para que lo recordemos siempre, y su sacrificio no sea vano. De alguna manera debemos encontrar el camino para ser felices, pero sin olvidar.

A medida que él hablaba la tormenta iba calmándose dentro de mí, pero mientras regresaba a la oficina, me sentía atontada y pesarosa. ¿Cómo podría nadie ser feliz, recordando los sacrificios y sufrimientos de los demás? En la oficina el trabajo se hizo lento y pesado y se había hecho tarde cuando terminé con todo. Cerré la puerta con llave y caminé por los corredores en penumbra.

Al tiempo que descendía las escaleras y salía a la calle, mis ojos contemplaron la puesta de sol más hermosa que jamás haya visto. Mis cansados ojos parpadearon ante el brillo intenso que parecía querer burlarse de la angustia de mi corazón. Lentamente fue desapareciendo el esplendor naranja y oro, dejando el cielo de color azul claro y cada vellón de las nubes teñido del más delicado tono de rosa; distraídamente pensé que parecía adornos de una colcha de bebé. El sol se había ocultado para no dejarse ver, hasta el alba del día siguiente; y mientras las nubes que recorrían el cielo, reflejaban su luz con gloria esplendorosa, aquéllas que vagaban por el poniente tomaban tonos de púrpura y lavanda. Poco a poco los colores de una parte del cielo se diluían sólo para quedar suspensos en otra parte como únicamente en un crepúsculo otoñal puede suceder. Y en medio de toda la belleza del ocaso, mi alma buscó desesperadamente una respuesta. . . “Sé feliz, sí, pero recuerda siempre”. . .

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