El matrimonio eterno
Boyd K. Packer
del Cuórum de los Doce Apóstoles
Devocional en la Universidad Brigham Young, 14 de abril de 1970
Un matrimonio eterno merece todo el esfuerzo que requiere. No permitan que el egoísmo, los agravios insignificantes ni el orgullo ahoguen la felicidad de su familia.
Nos sentimos felices, mis hermanos y hermanas, de tener hoy como orador al miembro más reciente del Consejo de los Doce Apóstoles. Nacido en Brigham City, cursó sus estudios en la Universidad Estatal de Utah, donde obtuvo tanto su licenciatura como su maestría. Después, de acuerdo con la formación de la Iglesia, se arrepintió y obtuvo el doctorado en Educación en la Universidad Brigham Young, en 1962. Formó parte de la segunda promoción que recibió títulos de posgrado de esta institución. Su trayectoria en el ámbito educativo incluye experiencia como maestro de seminario, coordinador de asuntos indígenas en la Escuela Indígena Intermountain de Brigham City y administrador adjunto de Institutos y Seminarios de la Iglesia entre 1955 y 1961. Mientras ocupaba este último cargo, llegó a ser miembro del consejo administrativo tanto de la Universidad Brigham Young como de Institutos y Seminarios. Fue mientras desempeñaba esas responsabilidades que, en octubre de 1961, el hermano Packer fue llamado como Ayudante del Consejo de los Doce. Desde entonces también prestó servicio como presidente de la Misión Nueva Inglaterra, de 1965 a 1968. Les interesará saber que, durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió como piloto de bombardero en el teatro de operaciones del Pacífico. Fue en aquella época cuando dedicó su vida al servicio del Señor. Él y su encantadora esposa, Donna, quien está aquí con él en el estrado, son los orgullosos padres de diez hijos. Me complace presentarlo hoy como nuestro orador en este devocional; él siempre tiene un mensaje de gran importancia.
Comparezco ante ustedes esta mañana después de haber vivido una experiencia, una prueba, que estoy seguro de que nadie desearía experimentar más de una vez en la vida. Sin embargo, vengo con una fe fortalecida y con un testimonio firme. Quiero afirmarles que, sean cuales sean las demás cualidades que quizá no posea —y supongo que son muchas para el llamamiento que he recibido—, hay una que sí tengo: el testimonio. Sé con certeza que Jesús es el Cristo, que esta es Su Iglesia, que somos dirigidos por un profeta y que la Iglesia sigue el rumbo correcto.
Me he preocupado bastante por este discurso, porque la mayor parte de mi preparación debía realizarse durante la semana pasada, y eso se vio interrumpido en cierta medida. Soy afortunado porque, inmediatamente después de este discurso, iré al aeropuerto de Salt Lake City para viajar a Europa. Espero que, durante las próximas dos o tres semanas que estaré allí, pueda convivir con la gente y tenga la oportunidad de poner en orden algunos asuntos internos que necesitan resolverse.
Conozco a una joven pareja que se comprometió recientemente y que planea casarse a comienzos de este verano. Lo que tengo que decir está dirigido a ellos. Ahora solamente podré ofrecer una o dos muestras de las cosas que deseo enseñarles. Después les entregaré mis notas, pues allí hay mucho más que quizá deseen examinar.
Hace algunos años pronuncié ante este cuerpo estudiantil un discurso titulado «El amor eterno», y para ellos he preparado algo que, supongo, podría considerarse una continuación. Es posible que las cosas que tengo que decirles no se ajusten exactamente a las circunstancias de ustedes. No obstante, quizá quieran escuchar.
Estoy seguro de que algunos de ustedes también se están preparando para un matrimonio que ya tiene fecha, se preparan para fijar la fecha de su matrimonio o se preparan para estar preparados para fijarla. También estoy seguro de que muchos de ustedes ya están completamente preparados, salvo por un pequeño detalle: todavía no han convencido a nadie de que debería acompañarlos.
Comenzaré con las palabras finales de aquel otro discurso. Quisiera leerlas:
Para concluir, los imagino llegando al templo para ser sellados por el tiempo de esta vida y por toda la eternidad. Anhelo hablarles acerca de la sagrada ordenanza del sellamiento, pero no hablamos de estas cosas fuera de aquellos muros sagrados. La naturaleza trascendental de todo lo que se nos confiere ante el altar del matrimonio es tan maravillosa que merece toda la espera y toda la resistencia.
Los imagino como los he visto muchas veces: al joven, varonil, de visión clara, de constitución firme y decidido a aceptar las responsabilidades de esposo y padre; y a la novia, sencilla, hermosamente femenina, una inspiración, una compañera amada y dispuesta a confiar en él.
Pero esto no constituye el desenlace de una historia de amor, como ocurre en un libro o en una obra teatral. Allí baja el telón, pero no sucede así con el amor verdadero. Esto no es el final, sino solamente el comienzo.
Esta es, entonces, la imagen que veo. Si fuera artista y tuviera la capacidad, pintaría esta escena una y otra vez; no con un lienzo ni con un pincel, sino mediante consejos, amonestaciones, aliento, bendiciones, perdón, palabras de seguridad y la verdad.
El elevado concepto del matrimonio, del noviazgo y del amor romántico que se enseña en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días declara que estas cosas son ordenadas por Dios. El amor es una promesa. Existe un Santo Espíritu de la Promesa.
No puedo ponerle un marco a esta imagen. No lo haría aunque pudiera, porque no tiene límites. Un amor semejante puede tener un comienzo, pero no necesita tener fin por toda la eternidad.
Y es aquí donde comenzamos este consejo, estas pocas sugerencias dirigidas a esta joven pareja mientras se prepara para encontrarse ante el altar del templo.
Pienso en la joven que había sufrido un noviazgo agitado e incierto. El día de su boda exclamó con entusiasmo y alegría:
—¡Oh, mamá, por fin he llegado al final de todos mis problemas!
Su madre observó sabiamente:
—Sí, querida; pero todavía no sabes a cuál de los dos extremos.
Ustedes dos ya han resuelto los problemas principales de su noviazgo. Ambos son miembros de la Iglesia. Ambos son activos. Tú, joven, posees el Sacerdocio de Melquisedec y cumpliste una misión. Los dos reúnen los requisitos para obtener una recomendación para el templo. Por tanto, las cosas que deseo decirles van más allá de todo eso.
Al hacerse a la mar en el océano del matrimonio, llevan consigo las esperanzas más brillantes de disfrutar de una vida plena, abundante y feliz.
Ahora bien, existen algunos principios fundamentales relacionados con el matrimonio que espero que tengan presentes. Mencionaré solamente uno o dos de ellos.
Quizá puedan ignorar uno o dos durante un tiempo y su matrimonio continúe siendo básicamente feliz. Tal vez puedan descuidar brevemente varios de ellos y todavía logren seguir adelante. Sin embargo, estoy plenamente convencido de que, si muchos de estos principios se ignoran durante demasiado tiempo, el resultado inevitable será la infelicidad y la desdicha, acompañadas por la amenaza ominosa y siempre presente de que la embarcación del matrimonio naufrague en los escollos del desastre y que sus pasajeros —la fidelidad, el amor, la esperanza y la felicidad— se ahoguen en un mar de lágrimas.
Hace algún tiempo, una pareja acudió a mi oficina para asistir a una cita que había concertado su presidente de estaca. Ambos tenían poco más de treinta años y eran padres de cuatro hijos. Habían luchado interminablemente con algunos problemas muy difíciles, habían llorado mucho, habían recibido numerosos consejos y finalmente habían llegado a la conclusión de que debían divorciarse.
No había una tercera persona involucrada. Tampoco había existido ninguna transgresión moral. Pero la vida en su hogar estaba tan cargada de dificultades que se había convertido para ellos en un verdadero infierno viviente. Ya no podían soportarlo más.
Por eso decidieron que, por malo que fuera el divorcio y por decepcionante que resultara el fracaso, cualquiera de esas alternativas sería preferible a continuar como estaban. Invité a la esposa a que me explicara el problema.
Apenas comenzó a hablar, el esposo la interrumpió bruscamente:
—¿Por qué no le dices la verdad? ¡Hasta le mentirías a una Autoridad General! ¿Por qué no cuentas las cosas tal como son?
Le pedí que guardara silencio y escuchara mientras ella expresaba lo que sentía. Después lo invité a él a hablar, pero no había terminado siquiera una frase cuando ella, con fría amargura, lo acusó de ser el causante de todos sus problemas. Entonces tuve que pedirle que, si podía, escuchara.
Cuando terminaron, estuve a punto de hacerles una pregunta, pero pensé que la evidencia era clara, así que afirmé:
—Los dos provienen de hogares deshechos, ¿verdad?
Ambos me miraron sorprendidos y luego asintieron con la cabeza.
—Cuéntenme lo sucedido —los invité.
Cada uno me habló de la infelicidad y el dolor que había experimentado al ver a sus padres separarse y divorciarse cuando ellos eran pequeños. El esposo tenía unos siete años y su esposa, según creo, alrededor de nueve cuando sus respectivas familias se desintegraron.
Todo aquello en lo que habían creído y confiado, todo lo que les proporcionaba seguridad, se había derrumbado ante sus ojos. Lamentablemente, muchos de ustedes han vivido esa misma experiencia.
Mi corazón se conmovió por ellos. Pensé que había cierta inocencia en ambos. De alguna manera se habían enredado en la amargura, la infelicidad y la desdicha. No sabían cómo habían llegado hasta allí ni tenían idea de cómo podrían escapar.
Era tal como había declarado muchos siglos antes el antiguo profeta del Antiguo Testamento: «Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera».
Quizá el Señor conocía todo esto cuando dijo: «Visitaré la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y la cuarta generación».
Eso era precisamente lo que les estaba sucediendo. Sus padres se habían separado mediante el divorcio. Ellos habían padecido las consecuencias del desorden familiar y ahora sus pequeños e inocentes hijos —la tercera generación— iban a sufrir los mismos daños.
Casi por casualidad, le hice una pregunta a ella:
—¿Qué deseas de él?
Por primera vez se mostró como una mujer diferente. Comenzó a llorar. Su rostro se suavizó y pareció más bien una niña.
Entonces respondió:
—Lo único que deseo es que me trate como el hermano Fulano trata a su esposa. Eso es todo lo que quiero.
Ustedes saben lo que ella había observado. Ellos asistían a la Iglesia, pero iban peleando, discutiendo, quejándose y sintiéndose desdichados. Entonces llegaban el hermano y la hermana Fulano con su pequeña familia: una pareja enamorada que se ayudaba mutuamente y se daba un pequeño codazo cuando alguno de sus hijos hacía algo.
Ustedes saben lo que ella había visto. De alguna manera comprendía que, fuera lo que fuese aquello, ella no lo tenía en su matrimonio; y eso era todo lo que deseaba.
Le pregunté a él qué esperaba de ella, y respondió:
—Lo único que quiero es que sea una buena esposa.
Pero ¿dónde aprendería ella a ser una buena esposa? ¿En la escuela? ¿En un libro? Imagínenselo. Nunca había vivido en un hogar donde una esposa demostrara el debido respeto y amor por su esposo, ni donde existiera un ambiente de afecto y calidez.
¿Y cómo podría él saber cómo tratar a una esposa de la manera en que aquel hermano trataba a la suya? ¿Podría simplemente imaginarlo o inventarlo? ¿En qué libro podría leerlo? ¿Qué curso escolar podría enseñárselo?
Había sido privado de ese aprendizaje debido a los infortunios de sus padres, y ahora estaba pagando el precio. También lo pagarían sus pequeños hijos. Les recuerdo que la tercera generación estaba a punto de sufrir las consecuencias.
Siempre me ha parecido interesante observar que muchas parejas que acuden en busca de ayuda —algunas de ellas con hijos ya adultos— no tienen la menor idea acerca de ciertas consideraciones muy elementales de la relación entre esposo y esposa.
Algunas mujeres que llevan muchos años casadas parecen no comprender cómo está constituido un hombre, cuáles son sus necesidades ni cómo puede ser elevado, inspirado y alentado. Asimismo, muchos hombres, aunque han vivido durante años con una mujer, parecen no tener la menor idea de lo que ella necesita ni de cómo puede ser inspirada y perfeccionada.
Ahora quisiera ofrecerte primero una sugerencia con respecto a él, algo en lo cual tal vez desees reflexionar. Él necesita saber que te está protegiendo. Necesita sentir y saber que es el líder de la familia. Necesita una esposa y compañera amada con quien compartir su amor y con quien pueda expresarlo de manera plena y completa.
Necesita tener un círculo familiar con hijos. Esto hace que todo lo que debe afrontar en el mundo parezca valer la pena. Necesita sentirse fuerte y responsable. Necesita ser el protector.
Cuando siente esto, llega a ser un hombre mejor. Es un esposo mejor, un empleado o empleador mejor. Está mejor adaptado y es más feliz en la vida. Puede realizar mejor su trabajo e incluso llegar a ser más próspero.
Pero, por el bien de todo lo que verdaderamente importa, sobre todo puede llegar a ser un padre mejor y un mejor poseedor del sacerdocio.
Ahora bien, jóvenes hermanas, si ustedes le quitan esa función que él necesita, disminuyen su hombría. Si se la quitan, podríamos parafrasear a Shakespeare y decir: «Le quitan aquello que no las enriquece, pero que ciertamente lo deja pobre a él».
Existe una función para el hombre y otra para la mujer, y en nuestra sociedad hay una presión inquietante para que esas funciones se mezclen. El adversario desea que desaparezcan.
Muchos hombres quieren vestirse como mujeres y muchas mujeres como hombres. Existen peligros graves, inquietantes y terribles en nuestra sociedad. Muchas organizaciones femeninas trabajan vigorosamente en favor de la llamada igualdad. Pues bien, espero que no obtengan una igualdad que las lleve a limpiar las calles, trabajar en las fábricas, recoger las cosechas y ser consideradas únicamente como una unidad dentro de la fuerza laboral.
Conserven su hermosa feminidad. Sigan siendo mujeres, por el bien y la inspiración de la hombría de sus esposos. Hagan eso. Sean ustedes mismas y no procuren superarlos en todos sus campos de actividad. Supérense a sí mismas en los hermosos ámbitos de la feminidad, y entonces él, de una manera muy real, quedará cautivado por ustedes.
Existe un gran peligro para esta Iglesia y para el reino de Dios si nuestros hombres se apartan de su función masculina y nuestras hermanas de su función femenina.
John Ruskin dijo:
«El hecho de que la dama ajustara con sus manos la armadura de su caballero no era una simple manifestación de una costumbre romántica. Es la representación de una verdad eterna: la armadura del alma nunca queda bien ceñida al corazón a menos que la mano de una mujer la haya ajustado; y solamente cuando ella la ajusta con descuido fracasa el honor del hombre».
Más adelante mencionaré algunas cosas para ti, joven, acerca de ella; pero ahora deseo dirigirme a ambos.
Al entrar en el convenio del matrimonio, no se dirijan jamás una palabra áspera; ni una sola. No es necesario ni deseable.
Hay muchas personas que enseñan que es normal y esperable que las dificultades domésticas, las discusiones y las contiendas formen parte de la relación matrimonial. Esa es una doctrina falsa. No es necesario ni deseable.
Sé que es posible vivir juntos con amor sin que jamás se pronuncie entre ustedes una palabra áspera.
Hace años, cuando era maestro orientador, visitaba a una ancianita. Yo todavía no estaba casado y ocasionalmente iba sin compañero. Ella no podía salir de su casa y le encantaba el helado de limón.
De vez en cuando iba a la compañía de helados Peach City, compraba medio cuarto de helado de limón y hacía de su casa mi primera parada. Ella apreciaba mucho aquel sencillo gesto de bondad.
Una noche me dijo que deseaba darme un consejo. Me contó la historia de su vida: su matrimonio en el templo con un élder maravilloso; cómo comenzaron a vivir juntos y a formar una familia; el llamamiento para abrir un campo misional en uno de los continentes del mundo; la felicidad de su misión y el regreso a su pequeño pueblo para continuar con las ocupaciones de la vida.
Entonces centró su relato en un lunes por la mañana, uno de esos lunes grises, tristes y agotadores dedicados al lavado de la ropa. Afuera el cielo estaba gris y nublado; dentro de la casa, los niños estaban irritables. Hubo pequeñas molestias, una comida deficiente y, finalmente, un comentario inocente de uno fue respondido bruscamente por el otro. Muy pronto, el esposo y la esposa comenzaron a hablarse con dureza y a criticarse mutuamente.
Cuando él salió para ir al trabajo, ella dijo:
—Tuve que seguirlo hasta la entrada y lanzarle aquel último comentario mordaz y rencoroso.
Entonces, mientras las lágrimas aparecían en sus ojos, me contó que aquel día ocurrió un accidente y que él nunca regresó del trabajo.
—Durante cincuenta años —sollozó— he lamentado que las últimas palabras que él escuchó de mis labios fueran aquel comentario final, mordaz y rencoroso.
Después vino la lección que me dio. Fue un buen consejo. Ustedes saben cuál fue sin necesidad de que yo lo repita.
En su relato «Los primeros colonos», Will Carleton describió a un padre que salía de una cabaña aislada después de varias experiencias irritantes ocasionadas por una vaca que solía internarse en el bosque.
Antes de marcharse, dirigió un comentario mordaz a su joven esposa, preguntándole si creía que, al menos aquella vez, sería capaz de cuidar la vaca mientras él estaba fuera.
Se desató una violenta tormenta eléctrica. Él regresó muy preocupado de su trabajo en el bosque y encontró una nota sobre la mesa de la cabaña:
«La vaca se asustó con los relámpagos —había escrito ella en tono de disculpa—, pero creo que podré encontrarla».
Cuando encontró a su amada, ya era demasiado tarde. El autor reflexionó acerca del dolor del esposo con estas palabras, que constituyen un buen consejo para toda pareja que se dispone a contraer matrimonio:
Los niños que elevan cometas
pueden recoger sus aves de alas blancas;
pero eso no puede hacerse
cuando lo que vuela son las palabras.
«Cuidado con el fuego»
es un buen consejo, lo sabemos;
pero «cuidado con las palabras»
lo es diez veces más.
Los pensamientos no expresados
a veces pueden caer muertos;
pero ni Dios mismo puede destruirlos
una vez que han sido pronunciados.
Ahora quisiera compartir otro pensamiento con ambos.
Hace poco fui al templo para efectuar un matrimonio. Descubrí que uno de los testigos era un joven con barba y unos extraños anteojos al estilo hippie, y aquello me hizo sentir incómodo. Experimenté la misma sensación unos días después, durante otro matrimonio, cuando el novio llevaba barba.
No es que haya algo malo en llevar barba. No por sí mismo. Muchos de nuestros líderes las han llevado: Brigham Young, Lorenzo Snow, Joseph F. Smith y George Albert Smith, por mencionar solamente algunos.
Lo que me inquietó fue que aquello constituía otra señal de nuestros tiempos. Era la manifestación de que aquel joven deseaba intensamente pertenecer al mundo y tener la apariencia del mundo.
Me resulta muy extraño que alguien vaya al templo y declare: «Deseamos recibir la ordenanza más elevada y excelsa de esta vida» y, al mismo tiempo, insista en decir: «Sin embargo, formo parte del mundo y quiero ser como el mundo y tener su apariencia».
Seguir los modelos del mundo significa consentir influencias que erosionarán y debilitarán el matrimonio, y que finalmente podrían destruirlo. Es sumamente difícil combatir las influencias del mundo dentro de la relación matrimonial.
No me preocupa la barba, sino lo que representa. Debe significar algo. Nos convendría saber quién compuso la música al ritmo de la cual estamos bailando.
Quizá haya algunas cosas que la sociedad acepte; hoy está dispuesta a aceptar casi cualquier cosa. Sin embargo, existen ciertas cosas que sería mejor evitar. Hay modas, apariencias y gestos que nos convendría eludir y de los cuales sería mejor mantenernos alejados.
Ahora compartiré un último comentario antes de la conclusión, y después les entregaré el resto de estas notas.
Cuando se aventuren en el matrimonio y comiencen la tarea de criar una familia, llegarán a comprender lo valiosa que es la privacidad. No siempre podrán elegir dónde vivir, pero a menudo sí podrán hacerlo.
Cuando tengan la oportunidad de elegir, recuerden que es prudente vivir en un lugar donde los hijos puedan recibir principalmente la influencia del ambiente del hogar, en vez de quedar dominados por el ambiente del vecindario.
Procuren tener un lugar donde sus hijos puedan jugar por sí mismos. Si otros niños entran en esa zona de juegos, lo harán como invitados y tendrán que respetar las normas establecidas y los límites determinados por los ideales de ustedes.
Muchas casas y vecindarios parecen haber sido diseñados como si nadie fuera a criar niños en ellos. Existe un ambiente natural para la crianza de los hijos. Lograr criar con éxito una familia en un entorno poco natural exige trabajo, cuidado y gastos adicionales.
Muchos arquitectos han impuesto a clientes desprevenidos los caprichos y fantasías de sus diseños poco prácticos. Tal vez también haya ocurrido lo contrario: el arquitecto ha sido persuadido para construir según los caprichos de sus clientes algo que posee cierto atractivo estético, pero que resulta muy poco práctico para criar una familia.
He visto a pequeñas familias que podían costear aquello que creían desear, pero después tenían dificultades para criar a sus hijos y no comprendían la razón. Pensaba que una o dos divisiones adicionales dentro de la casa podrían reducir considerablemente el agotamiento y la ansiedad de una pobre madre.
Es hermoso pensar en una casa abierta y espaciosa, sin divisiones y con todas sus áreas expuestas a la vista y al oído. Sin embargo, otra cosa muy distinta es intentar domesticar a los niños más allá de sus tendencias naturales, hasta terminar soportándolos en vez de apreciarlos y sufriéndolos en vez de amarlos.
Todo sería más sencillo si hubiera puertas que pudieran cerrarse; espacios privados y silenciosos; y algunos lugares donde pudiera haber desorden y que, si me permiten decirlo, pudieran quedar tan revueltos como a los niños pequeños les gusta tenerlos.
A lo largo de los años, no se ha mejorado mucho el diseño básico del cuchillo, el tenedor y la cuchara, ¿verdad? Es posible decorarlos un poco, pero su forma fundamental no ha cambiado demasiado.
Del mismo modo, es difícil mejorar el antiguo diseño básico de una vivienda en la que existe privacidad y hay lugares interiores y exteriores que parecen haber sido concebidos expresamente para criar una familia.
Por tanto, cuando ustedes, como joven pareja, comiencen su vida juntos y tengan una o dos alternativas entre las cuales elegir, no deben sentirse perjudicados porque sus recursos económicos los obliguen a aceptar algo más tradicional y un poco menos emocionante de lo que podrían imaginar si tuvieran la posibilidad de convertir en ladrillos, madera y yeso algunos caprichos que, antes de terminar, quizá demuestren ser poco sensatos.
Quisiera añadir algo más con respecto al hogar. Ustedes pueden hacer mucho para crear allí un ambiente de paz, calidez, reverencia, tranquilidad y seguridad.
Pueden hacerlo aunque posean muy pocos recursos. También pueden crear, de mil maneras diferentes, algo anguloso, frío, psicodélico y artificial. Sus hijos se verán influidos por la elección que ustedes hagan.
Ustedes pueden establecer el ambiente del hogar. Puede ser tranquilo y pacífico, un lugar donde se desarrolle una fortaleza serena y poderosa. También puede ser audaz y ruidoso, aumentando cada vez más la tensión interior de los niños mientras crecen, hasta que finalmente algo dentro de ellos se quiebre.
Bien, dije que solamente podríamos examinar una pequeña muestra de estos principios.
Para concluir, quisiera decirte a ti, joven, que cuando vayas al templo se organizará una unidad de la Iglesia: una unidad eterna.
Quizá algún día seas obispo de un barrio o presidente de una estaca, pero finalmente serás relevado de esos llamamientos. El llamamiento más elevado que puedes recibir en la vida terrenal es presidir un hogar y ser esposo y padre.
El presidente David O. McKay hablaba de manera muy literal cuando dijo: «Todo el reino celestial es la prolongación de un hogar feliz a través de las eternidades».
Joven, asegúrate de tratar a tu esposa con reverencia y respeto. Trátala como tu compañera amada, tu amorosa acompañante y la madre de tus hijos.
Dentro de esta relación matrimonial se encuentran las mayores posibilidades de exaltación y algunas de las experiencias más sublimes de la vida.
Llegarás a comprender que la mayor parte de las cosas que verdaderamente vale la pena saber las aprenderás de tus hijos.
También llegarás a saber que el modelo para alcanzar el éxito es sencillo. Todo lo que tienes que hacer es vivir el Evangelio. Todo lo que tienes que hacer es asistir a la Iglesia, pagar el diezmo, responder a los llamamientos y procurar trabajar con dedicación y responsabilidad en los llamamientos que recibas.
Como pueden ver, todo está relacionado. El propósito final de todas las actividades de la Iglesia es lograr que un padre y una madre, un esposo y una esposa, y sus hijos sean felices juntos en el hogar.
Ahora quisiera dirigirles unas palabras de ánimo. Nunca ha existido una época más gloriosa para comenzar esta etapa de la vida. Las nubes amenazantes que se ciernen a nuestro alrededor no pueden alcanzarlos. Como dice la canción, están llenas de bendiciones; por tanto, no teman.
Es una época maravillosa, verdaderamente maravillosa, para haberse encontrado el uno al otro, aprender a amarse y ahora prometerse fidelidad por toda la eternidad.
Dios vive. Esta es Su Iglesia. Está organizada para ayudarlos a atravesar la vida terrenal con felicidad y éxito.
De ello doy testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

























