Profetas, videntes y reveladores

Conferencia General Octubre 2026

Profetas, videntes y reveladores

Por el élder Vaiangina Sikahema
De los Setenta

¡Qué bendición es vivir en una época en la que los apóstoles y profetas están sobre la tierra!


En 1947, mis abuelos maternos, Sione Tufui y Salote Tongi Wolfgramm, servían en una misión de tiempo completo en Niuatoputapu, una pequeña isla volcánica aislada en el Reino de Tonga, en el Pacífico Sur. Mis abuelos eran granjeros pobres sin educación formal. El abuelo tenía veintiocho años; la abuela, veinticinco; y con ellos estaban sus tres hijos: mi madre, Potenitila (Ruby), de cuatro años; Makeleta (Maggie), de tres años; y Vilimanulea, de nueve meses, su único hijo varón, en ese momento.

Al ser limitados los visados para los estadounidenses, habitualmente se llamaba a los matrimonios tonganos como los Wolfgramm a servir en islas o pueblos vecinos como matrimonios misioneros “mayores”.

En junio de ese mismo año, el apóstol Matthew Cowley, que estaba en el Pacífico, iría a Tonga. Solo dos veces antes nos había visitado un Apóstol en nuestro reino insular: David O. McKay, en 1921; seguido por George Albert Smith, en 1938.

Para los santos desperdigados por el Pacífico, tener a un apóstol del Señor entre ellos era una oportunidad única en la vida. Para mis abuelos, llegar hasta el Apóstol significaba un largo viaje a través del mayor océano del planeta hasta la isla principal de Tongatapu, pero con una parada intermedia en su isla natal, Vava‘u. El Pacífico es conocido por sus inconstantes patrones climáticos, y la semana del viaje no fue diferente.

Los Wolfgramm atravesaron una tormenta; un viaje que debería haber durado dieciséis horas hasta Vava‘u se prolongó a dos días y medio brutales en el mar. En su diario, mi abuela escribió: “Estábamos completamente empapados, […] vapuleados y enfermos […], demasiado débiles para comer […]. Sostuve a Vilimanulea contra el pecho hasta que finalmente llegamos a Vava‘u”.

Sin embargo, la prueba de ellos no había terminado. La tormenta dejó al bebé gravemente deshidratado. Sin medicinas, el preciado hijo de los Wolfgramm murió a causa del clima extremo. A los dos días, sepultaron al bebé en Vava‘u y continuaron el viaje.

Para los Wolfgramm, sepultar a su hijito fue similar a lo que vivieron los pioneros que sepultaron a sus hijos en el camino a Sion. Al igual que los primeros pioneros, anhelaban escuchar a un Apóstol y estar en su presencia.

Afligidos y con los brazos vacíos, mis abuelos abordaron el barco de nuevo; su misión aún no había terminado.

Navegaron en dirección a un Apóstol, quien poseía las llaves del sacerdocio, la autoridad para las ordenanzas que luego los sellarían como una familia eterna. Navegaron para escuchar a un Apóstol que les enseñaría su deber para que pudieran bendecir a otras personas de su isla con el mensaje del Evangelio restaurado de Jesucristo.

Verán, mis abuelos entendían que el Evangelio restaurado mediante José Smith revelaba verdades de las que previamente habían estado privados. José ayudó a restaurar la Iglesia del Salvador con profetas, videntes y reveladores, quienes poseían las llaves del sacerdocio que un día los ligarían en unión como familia para siempre.

Mis abuelos se ciñeron los lomos con valor, sabiendo que jamás Dios podría dejarlos (véase “¡Oh, está todo bien!”, Himnos, nro. 17) y se embarcaron para estar con el élder Matthew Cowley.

Durante siglos después de la muerte de los antiguos apóstoles y profetas, hasta que el joven José se arrodilló en la arboleda cerca de Palmyra, Nueva York, no hubo revelación a los profetas. Un profeta del Antiguo Testamento lo llamó una época de hambre.

“He aquí, vienen días […], en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.

“[Y las personas] irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente andarán buscando la palabra de Jehová y no la hallarán” (Amós 8:11–12).

Ese mismo profeta del Antiguo Testamento, Amós, también declaró: “Porque no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

El Salvador predijo acerca de los falsos profetas que atacarían Su antigua Iglesia (véase Mateo 7:15–23). El apóstol Pablo también enseñó: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño” (Hechos 20:29).

Los reformadores de la Edad Media buscaron y anhelaron voces proféticas, pero no pudieron hallarlas.

Incluso en los tiempos modernos, hay personas que tienen sed de oír dirección y guía proféticas.

El Señor dio a José Smith este consejo: “Y quienes reciban los oráculos de Dios, tengan cuidado de cómo los estiman, no sea que los menosprecien” (Doctrina y Convenios 90:5).

Sospecho que el Señor sabía que incluso cuando tuviéramos estos dispositivos (teléfonos celulares/móviles) para ver y escuchar con facilidad a Sus siervos ungidos, muchos de nosotros aún no los valoraríamos.

En un discurso de conferencia general, hace más de veinte años, el presidente Jeffrey R. Holland preguntó: “¿Están abiertos los cielos? ¿Revela Dios Su voluntad a profetas y apóstoles como lo hacía en la antigüedad? Que lo están y que Él lo hace es la declaración inquebrantable de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días al mundo entero. Y en esa declaración yace la importancia de José Smith, el Profeta, desde hace [unos] doscientos años” (“Profetas, videntes y reveladores”, Liahona, noviembre de 2004, pág. 8).

José describió el momento en que se abrieron los cielos de esta manera: “Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17).

Con esa presentación clara, sencilla y modesta, el Padre y Su Hijo, Jesucristo, comenzarían la obra de restaurar la antigua Iglesia del Salvador por medio de, en ese entonces, un joven adolescente en el norte del estado de Nueva York.

En los años siguientes a ese acontecimiento trascendental, se restaurarían o redescubrirían mediante el profeta José Smith mayores verdades, la autoridad del sacerdocio, sagradas ordenanzas, Escrituras adicionales y el conocimiento del Plan de Salvación de Dios.

Quizás puedan comprender por qué mis queridos abuelos estaban tan ansiosos por estar en la presencia de uno de los ungidos del Señor. Aun durante su desesperación y duelo por la trágica pérdida de su único hijo varón —su bello y alegre hijito—, lo sepultaron solemnemente e hicieron el esfuerzo sobrehumano de viajar en barco solo para escuchar a un apóstol del Señor.

¡Qué bendición es vivir en una época en la que los apóstoles y profetas están sobre la tierra! Al comenzar esta sesión de apertura de la Conferencia General Semestral núm. 196 de la Iglesia, no seamos culpables de “menospreci[ar]” a los “oráculos de Dios” (Doctrina y Convenios 90:5).

Es interesante notar que cuando la Iglesia tenía apenas un año y medio, algunos de los primeros líderes de la Iglesia se oponían a la idea de publicar las revelaciones del Señor mediante el profeta José y que con el tiempo llegaría a ser Doctrina y Convenios. A algunos de ellos les avergonzaba la escasa habilidad para escribir del joven Profeta.

Quizás por eso el Salvador declaró: “Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (Doctrina y Convenios 1:38; cursiva agregada).

Cuán agradecido estoy por mis nobles antepasados que me dejaron a mí y a mi posteridad un legado de fe y valor ante las dificultades y los obstáculos.

Testifico de las verdades del Evangelio restaurado y de los profetas, videntes y reveladores vivientes; en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.


Un comentario

El discurso comienza con una experiencia familiar que da profundidad a su mensaje. Sus abuelos emprendieron un difícil viaje por el océano para escuchar al apóstol Matthew Cowley. Durante la travesía sufrieron una tormenta y, como consecuencia de las condiciones extremas, perdieron a su pequeño hijo. En medio del duelo, continuaron su viaje, sostenidos por su fe en Jesucristo y por la esperanza de que las ordenanzas del Evangelio restaurado podían unir a su familia para siempre.

Este relato nos invita a considerar cuánto valoramos nosotros la palabra de Dios. Hoy podemos escuchar y leer las enseñanzas de los profetas con gran facilidad. Sin embargo, tener acceso a sus palabras no significa necesariamente que las recibamos con atención ni que las pongamos en práctica.

Al estudiar este discurso, reflexionaremos sobre la revelación continua, la Restauración del Evangelio, las llaves del sacerdocio y la esperanza de las familias eternas. También examinaremos una pregunta personal: ¿cómo se refleja en nuestra vida la gratitud por tener profetas, videntes y reveladores sobre la tierra?

Sus enseñanzas

La fe puede sostenernos cuando el dolor permanece.
Los abuelos del élder Sikahema continuaron su viaje después de sepultar a su hijo. Su decisión muestra que la confianza en Dios puede convivir con una profunda aflicción. El relato permite comprender que la fe no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero puede ofrecernos esperanza y un propósito para seguir adelante. Su experiencia tampoco debe convertirse en una medida para juzgar cómo otras personas enfrentan el duelo.

Valorar la dirección profética requiere una respuesta personal.
El contraste entre aquel viaje y nuestra facilidad actual para escuchar una conferencia invita a examinar nuestras prioridades. Podemos disponer de las enseñanzas proféticas y, aun así, prestarles poca atención. La enseñanza práctica es recibirlas deliberadamente: escucharlas, estudiarlas y considerar qué cambios nos invitan a realizar.

La esperanza eterna puede orientar nuestras decisiones presentes.
Los abuelos comprendían que las llaves del sacerdocio estaban relacionadas con las ordenanzas que permitirían el sellamiento de su familia. Esa esperanza dio sentido a su esfuerzo. El discurso enseña que conocer el propósito eterno de Dios puede influir en la manera en que afrontamos las pérdidas, cumplimos nuestras responsabilidades y cuidamos nuestros vínculos familiares.

Dios obra mediante personas con limitaciones humanas.
La referencia a quienes cuestionaban la habilidad de José Smith para escribir muestra el peligro de concentrarse tanto en las limitaciones del mensajero que se deje de considerar el mensaje. La reflexión consiste en discernir el origen y el contenido espiritual de una enseñanza, sin exigir que los siervos de Dios posean todas las capacidades que nosotros esperaríamos.

El testimonio debe conducir al servicio.
Los abuelos deseaban escuchar al Apóstol para aprender su deber y bendecir a otras personas con el Evangelio restaurado. Su búsqueda tenía una finalidad que iba más allá de su propia experiencia. El discurso enseña que recibir orientación espiritual también nos prepara para enseñar, acompañar y servir mejor a los demás.

La fidelidad puede dejar una herencia duradera.
El élder Sikahema reconoce el legado de sus antepasados. Sus decisiones siguen enseñando a generaciones posteriores. Esto nos invita a considerar qué herencia espiritual estamos construyendo mediante nuestras acciones cotidianas: cómo enfrentamos las dificultades, cómo tratamos a nuestra familia y cómo respondemos a la palabra de Dios.

Los puntos doctrinales

La revelación continua

La revelación continua expresa la convicción de que Dios sigue guiando a Sus hijos y comunicando Su voluntad. En el discurso, Amós 3:7 establece el fundamento de esa relación: el Señor revela Sus propósitos a Sus siervos los profetas. La presencia de profetas y apóstoles vivientes constituye, por tanto, una manifestación de Su interés por las necesidades espirituales de cada generación. Las Escrituras conservan revelaciones anteriores, mientras que la dirección profética ayuda a comprender y aplicar el Evangelio en las circunstancias presentes.

Esto permite reconocer que la Iglesia depende de Jesucristo para recibir dirección. La revelación continua no significa que las verdades eternas cambien según las preferencias humanas; significa que el Señor puede ampliar nuestra comprensión y orientar la aplicación de Sus mandamientos. También conviene distinguir la revelación para toda la Iglesia de la revelación personal: los miembros pueden buscar inspiración para sus propias responsabilidades, mientras que la dirección de la Iglesia corresponde a quienes han sido autorizados para presidirla.

El relato de los abuelos del élder Sikahema muestra el valor que atribuían a esa comunicación divina. Deseaban escuchar a un Apóstol porque reconocían en su ministerio una oportunidad de aprender su deber y acercarse al Salvador. Para nosotros, la consecuencia práctica es recibir las enseñanzas proféticas con atención y buscar, mediante la oración y el Espíritu Santo, cómo responder a ellas.

La apostasía y la necesidad de una Restauración

El discurso presenta la apostasía como una pérdida de la dirección apostólica y de la autoridad necesaria para conducir la Iglesia y administrar sus ordenanzas. Desde la perspectiva del Evangelio restaurado, el problema comprendía tanto la alteración de enseñanzas como la ausencia de las llaves del sacerdocio. Por eso, recuperar prácticas antiguas o reformar instituciones religiosas no podía, por sí mismo, restituir una autoridad que debía recibirse de Dios.

El élder Sikahema relaciona esa situación con el hambre de escuchar la palabra del Señor descrita en Amós 8:11–12. Dentro de su argumento, esa imagen expresa una profunda necesidad espiritual: buscar orientación divina sin disponer de la dirección profética que se había perdido. Esta interpretación no implica que durante aquellos siglos desaparecieran toda fe, bondad o inspiración personal. La cuestión doctrinal se refiere a la plenitud del Evangelio y a la autoridad para dirigir la Iglesia del Salvador.

La Restauración responde a esa necesidad mediante intervención divina. José Smith aparece en el discurso como un siervo llamado para recibir revelación y participar en la restitución de verdades, autoridad, Escrituras y ordenanzas. Esta enseñanza invita a valorar la Restauración por lo que hace posible: conocer más plenamente el plan de Dios y participar en convenios administrados mediante Su autoridad.

La Primera Visión y el llamamiento de José Smith

La Primera Visión ocupa un lugar central porque presenta una respuesta divina a la búsqueda de José Smith e inicia su preparación para la obra de la Restauración. El relato de José Smith—Historia 1:17 muestra al Padre y al Hijo como dos Personajes distintos, y sitúa la autoridad de Jesucristo en el centro mediante el mandato del Padre: “¡Escúchalo!”. La orientación fundamental de la Restauración queda así dirigida hacia el Salvador.

Es significativo que el Padre llame a José por su nombre. En el relato, la grandeza de la manifestación divina se une al conocimiento personal que Dios tiene de quien busca Su ayuda. También resulta significativo que José fuera joven y careciera de una preparación académica extraordinaria. Su llamamiento dependió de la elección y dirección del Señor, y su capacidad para cumplirlo habría de desarrollarse mediante revelación, aprendizaje y experiencia.

La Primera Visión inició una obra que se desplegaría durante años. El discurso señala que posteriormente se restauraron autoridad, ordenanzas y conocimiento adicional. Por tanto, conviene comprenderla como el comienzo de un proceso de Restauración. La aplicación espiritual conserva el mismo centro: estudiar el llamamiento de José Smith debe ayudarnos a escuchar a Jesucristo, comprender Su Evangelio y responder a Su invitación.

La restauración de la autoridad y las llaves del sacerdocio

Este punto permite distinguir entre conocer una enseñanza verdadera y estar autorizado para administrar una ordenanza en nombre de Dios. La sinceridad y el conocimiento religioso tienen gran valor, pero la autoridad del sacerdocio se recibe conforme al orden establecido por el Señor. El discurso destaca que la Restauración incluyó esa autoridad porque las ordenanzas del Evangelio requieren autorización divina.

Las llaves del sacerdocio corresponden al derecho de dirigir el uso del sacerdocio dentro de una responsabilidad determinada. Esa distinción ayuda a comprender que poseer autoridad del sacerdocio no permite decidir independientemente cómo debe organizarse toda la obra de la Iglesia. Su ejercicio se encuentra sujeto a la dirección de quienes poseen las llaves pertinentes. En el discurso, el ministerio apostólico representa esa continuidad de autoridad y dirección en la Iglesia restaurada.

Para los abuelos del élder Sikahema, estas verdades tenían consecuencias familiares concretas. Su deseo de escuchar a un Apóstol estaba relacionado con las ordenanzas que un día podrían unirlos eternamente. La autoridad del sacerdocio adquiría significado por las bendiciones que permitía recibir. Su propósito es servir a los hijos de Dios, acercarlos a Cristo y hacer posibles los convenios mediante los cuales participan en Su obra de salvación.

Las ordenanzas de sellamiento y las familias eternas

La doctrina del sellamiento enseña que los vínculos familiares pueden continuar después de la muerte mediante ordenanzas realizadas con autoridad divina. En el discurso, esta esperanza explica la perseverancia de los abuelos. Habían perdido a su hijo, pero creían que la separación producida por la muerte podía ser superada mediante Jesucristo y las bendiciones del Evangelio restaurado.

Es necesario comprender esta promesa dentro del conjunto del plan de salvación. La Resurrección de Jesucristo vence la muerte y hace posible que todos vuelvan a vivir; las ordenanzas de sellamiento se relacionan específicamente con la perpetuación de los vínculos familiares. Sus bendiciones están vinculadas a los convenios y a las condiciones establecidas por Dios. La ceremonia posee un significado sagrado que debe acompañarse de una vida orientada hacia la fidelidad al Salvador.

Esta doctrina también ilumina nuestra responsabilidad presente. La esperanza de una familia eterna invita a cultivar amor, arrepentimiento, respeto y cuidado dentro del hogar. No elimina el sufrimiento de una pérdida ni resuelve inmediatamente todas las dificultades familiares. Ofrece una perspectiva desde la cual confiar en la justicia y misericordia del Señor, mientras hacemos lo que está a nuestro alcance para fortalecer nuestros vínculos.

La autoridad de la palabra del Señor comunicada por Sus siervos

Doctrina y Convenios 1:38 afirma que la palabra del Señor se cumplirá, sea comunicada por Su propia voz o por la voz de Sus siervos. El fundamento de su autoridad reside en que es Su palabra. Los profetas actúan como mensajeros autorizados para transmitirla, y la validez de esa comunicación no depende de que posean una expresión literaria perfecta o una personalidad que satisfaga todas las expectativas humanas.

La referencia del discurso a las críticas sobre la capacidad de José Smith para escribir muestra cómo las limitaciones del mensajero pueden convertirse en un obstáculo para recibir el mensaje. Se requiere reconocer que Dios puede comunicar verdades mediante personas que continúan aprendiendo y desarrollándose. El llamamiento profético no elimina su humanidad; les confiere una responsabilidad sagrada bajo la dirección del Señor.

Al mismo tiempo, el pasaje se refiere a la palabra de Dios y no convierte automáticamente toda observación personal de un líder en revelación. Comprender esta diferencia favorece una recepción responsable de las enseñanzas proféticas: considerar su contexto, estudiarlas junto con las Escrituras y buscar confirmación espiritual. Esa búsqueda debe realizarse con humildad y disposición para actuar, especialmente cuando la enseñanza nos invita a corregir nuestra conducta.

La responsabilidad de recibir y valorar la revelación

Doctrina y Convenios 90:5 advierte que quienes reciben los oráculos de Dios deben cuidar la manera en que los estiman. El discurso convierte esta advertencia en una pregunta sobre nuestras prioridades. Tener acceso a la palabra revelada es una bendición que trae consigo la responsabilidad de escucharla y responder a ella. La facilidad tecnológica puede acercarnos a las enseñanzas sin garantizar que les concedamos un lugar significativo en nuestra vida.

Menospreciar la revelación puede manifestarse mediante rechazo abierto, pero también mediante indiferencia, descuido o la costumbre de escuchar sin considerar ninguna aplicación. El contraste con los abuelos del élder Sikahema nos invita a revisar nuestra disposición. Su historia muestra cuánto valoraban la orientación apostólica; nuestra respuesta puede expresarse mediante tiempo dedicado al estudio, oración sincera y decisiones concretas.

Valorar la revelación incluye permitir que nos enseñe algo que todavía no comprendemos y que nos invite a cambiar. Podemos comenzar identificando una enseñanza, reflexionando sobre su relación con nuestras circunstancias y procurando vivirla. Así, la gratitud por los profetas, videntes y reveladores se convierte en una relación más profunda con Jesucristo, quien es la fuente de la revelación y el centro de todo el discurso.

Comentario final

Al concluir permanece una pregunta que merece nuestra reflexión: ¿qué lugar ocupa la palabra de Dios en nuestra vida?

Los abuelos del élder Sikahema emprendieron un viaje que les exigió mucho más de lo que podían haber imaginado. Atravesaron una tormenta, sufrieron la muerte de su pequeño hijo y continuaron con el corazón afligido. Comprender su experiencia requiere respeto por su dolor. Su fe no hizo insignificante aquella pérdida; les permitió sostenerse en una esperanza que alcanzaba más allá de ella.

Ellos creían que Jesucristo había restaurado Su Iglesia y que, mediante la autoridad del sacerdocio y las ordenanzas sagradas, su familia podía permanecer unida eternamente. Esa convicción dio dirección a sus pasos cuando sus circunstancias eran difíciles de comprender.

Nosotros podemos preguntarnos cómo recibimos las bendiciones que tenemos al alcance. Las enseñanzas de los profetas llegan a nuestros hogares mediante una pantalla, una grabación o un texto. Esa cercanía representa una oportunidad extraordinaria. Para aprovecharla, necesitamos dedicar tiempo a escuchar, reflexionar y responder.

Tal vez una enseñanza nos invite a reconciliarnos con alguien. Otra puede ayudarnos a fortalecer la oración, cuidar nuestros convenios o prestar atención a una persona que necesita compañía. Así, el estudio de un discurso puede convertirse en una experiencia que transforme nuestras decisiones y nuestras relaciones.

El mensaje también nos recuerda que podemos confiar en Dios mientras atravesamos preguntas que todavía no tienen respuesta. Podemos sentir tristeza y conservar la fe. Podemos necesitar tiempo para sanar y continuar buscando al Salvador. La esperanza del Evangelio nos permite mirar hacia el futuro sin negar las dificultades del presente.

La historia de esta familia nos invita, además, a pensar en el legado que estamos dejando. Nuestros hijos y quienes nos rodean aprenden de lo que hacemos. Una decisión de servir, una oración sincera o un esfuerzo por vivir una enseñanza del Señor pueden convertirse en recuerdos que sostengan a otros años después.

Para meditar

“¡Qué bendición es vivir en una época en la que los apóstoles y profetas están sobre la tierra!”
Esta frase nos invita a reconocer con gratitud la oportunidad de recibir dirección espiritual en nuestros días. Podemos escuchar las enseñanzas proféticas con facilidad, pero su influencia en nuestra vida depende de la atención y disposición con que las recibimos. Reflexionar sobre esta bendición nos lleva a preguntarnos si dedicamos tiempo a estudiar sus mensajes y si permitimos que nos ayuden a acercarnos a Jesucristo. La gratitud se vuelve más profunda cuando una enseñanza escuchada se transforma en una decisión de vivir mejor.

 “Afligidos y con los brazos vacíos, mis abuelos abordaron el barco de nuevo; su misión aún no había terminado.”
Esta imagen expresa una fe que permanece en medio de una pérdida profundamente dolorosa. Los abuelos continuaron su viaje llevando consigo su aflicción y la esperanza que habían encontrado en el Evangelio. Su experiencia nos recuerda que podemos llorar y seguir confiando en Dios, aun cuando no comprendamos lo sucedido. Cada persona necesita su propio tiempo para afrontar el duelo; el relato nos invita a acompañar ese proceso con compasión y a reconocer que el Salvador puede sostenernos mientras aprendemos a avanzar.

 “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!”
Estas palabras sitúan a Jesucristo en el centro de la Restauración y de nuestra vida espiritual. Escucharlo implica prestar atención a Sus enseñanzas y abrir el corazón a los cambios que nos invita a realizar. En medio de tantas voces que buscan orientar nuestras decisiones, esta invitación nos ayuda a examinar qué lugar ocupa el Salvador en nuestras prioridades. Su voz puede guiarnos hacia el arrepentimiento, el perdón y el servicio, y nuestra respuesta comienza con la voluntad de seguirlo en las circunstancias concretas de cada día.

 “José ayudó a restaurar la Iglesia del Salvador con profetas, videntes y reveladores, quienes poseían las llaves del sacerdocio que un día los ligarían en unión como familia para siempre.”
La esperanza de permanecer unidos como familia dio un significado profundo al viaje de los abuelos del élder Sikahema. Esta enseñanza nos invita a contemplar nuestros vínculos familiares desde una perspectiva eterna y a confiar en las promesas del Señor relacionadas con las ordenanzas y los convenios. También nos mueve a cuidar esas relaciones hoy: expresar amor, pedir perdón y dedicar tiempo a quienes tenemos cerca. La esperanza de la eternidad puede fortalecer nuestra paciencia y animarnos a construir un hogar donde cada persona se sienta amada y valorada.

 “Cuán agradecido estoy por mis nobles antepasados que me dejaron a mí y a mi posteridad un legado de fe y valor ante las dificultades y los obstáculos.”
Esta frase nos recuerda que nuestras decisiones pueden influir en personas que todavía no conocemos y en generaciones que vendrán después de nosotros. El legado espiritual se construye mediante acciones cotidianas: una oración sincera, un acto de servicio, una respuesta paciente o la decisión de conservar la fe durante una dificultad. Al agradecer el ejemplo de quienes nos precedieron, también podemos preguntarnos qué estamos dejando a quienes nos siguen. Vivir con fidelidad y amor puede ofrecerles recuerdos que algún día les ayuden a encontrar valor y esperanza en Jesucristo.

¿Cómo puedo demostrar que valoro la dirección de los profetas y apóstoles?
Valorar la dirección profética implica escuchar sus enseñanzas, estudiarlas con oración y considerar cómo aplicarlas. El discurso nos invita a evitar que la facilidad de acceder a sus mensajes nos lleve a tratarlos con indiferencia. Una manera de comenzar es escoger una enseñanza y convertirla en una acción concreta, como fortalecer la oración, cuidar nuestros convenios o servir a alguien.

¿Qué me enseña la experiencia de los abuelos del élder Sikahema acerca de la fe durante las pruebas?
Su experiencia muestra que la fe puede sostenernos aun cuando el dolor permanece y no comprendemos lo sucedido. Continuaron su viaje con una profunda tristeza, pero también con esperanza en las promesas del Señor. Esto nos enseña que sentir aflicción no significa carecer de fe. Podemos buscar consuelo en Jesucristo y aceptar el acompañamiento de otras personas mientras atravesamos nuestras dificultades.

¿Por qué era tan importante para ellos la Restauración del Evangelio?
Los abuelos comprendían que la Restauración había traído verdades, autoridad del sacerdocio y ordenanzas que podían unir a su familia eternamente. Ese conocimiento daba propósito a su búsqueda de dirección apostólica. El discurso nos ayuda a reconocer que la Restauración tiene consecuencias personales: nos permite comprender mejor el plan de Dios y participar en convenios que orientan nuestra vida hacia Jesucristo.

¿Qué significa para mí la invitación del Padre: “¡Escúchalo!”?
Significa dar un lugar central a Jesucristo y recibir Sus enseñanzas con disposición para seguirlas. Podemos escucharlo al estudiar las Escrituras, atender la dirección profética y buscar la guía del Espíritu Santo. Esta invitación nos lleva a examinar nuestras decisiones: ¿reflejan lo que el Salvador enseñó sobre el amor, el arrepentimiento, el perdón y el servicio?

¿Qué legado espiritual estoy dejando a mi familia y a quienes me rodean?
El legado espiritual se forma mediante nuestro ejemplo cotidiano. La manera en que tratamos a otros, afrontamos las dificultades y vivimos nuestras convicciones puede fortalecer a quienes nos observan. El agradecimiento del élder Sikahema por sus antepasados nos invita a construir una herencia de fe y amor. Podemos hacerlo desde hoy mediante una decisión sencilla que acerque a nuestra familia al Salvador.

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