Encuentros divinos

Conferencia General Octubre 2026

Encuentros divinos

Por el presidente Timothy L. Farnes
Presidente General de los Hombres Jóvenes

Como seguidores de Jesucristo por convenio, ministramos con compasión a quienquiera que Dios ponga en nuestro camino.


Eso es lo que hacemos, ¿no es así?

Nunca olvidaré un sábado hace casi veinte años. Me acababan de llamar a una presidencia de estaca y aún no había sido relevado como obispo. Teníamos cinco hijos pequeños, un negocio que administrar y un día completo de reuniones en la Iglesia, que comenzaba a las ocho de la mañana y terminaría con una ida al templo como barrio esa noche. Era una época muy ocupada y quería darlo todo al Señor, pero nunca estaba seguro de si tenía suficiente para dar.

En una reunión de liderazgo al mediodía, la autoridad que presidía invitó a hacer preguntas. Me armé de valor e hice una pregunta sobre un asunto administrativo que me preocupaba. En lugar de obtener una respuesta útil, sentí que mi pregunta había sido desestimada. Me sentí algo desanimado y poco apreciado. Me preguntaba por qué estaba sacrificando tanto si me iba a sentir así.

Salí de esa reunión sin ningún deseo de asistir a la noche de templo del barrio. Llamé a mi esposa, le conté cuán desanimado estaba y le dije: “Vamos a cenar en lugar de ir al templo”.

Linsey respondió sabiamente: “No, creo que necesitas estar en el templo. Hablaremos después”.

Así que fui al templo, pero no con la mejor actitud.

Al entrar en el vestidor, quejándome para mis adentros, oí a alguien decir: “¿Cómo se encuentra, hermano?”.

Era el élder Dallin H. Oaks.

Nunca nos habíamos conocido, y no iba a decirle a un miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles cuán desanimado me sentía. Así que forcé una sonrisa y dije: “¡Todo marcha muy bien!”.

Me puse mi ropa del templo y, al salir, para mi sorpresa, el élder Oaks me estaba esperando.

Me dijo: “Hermano, dígame cómo se encuentra realmente”.

Había algo en la compasión de su voz que me ayudó a abrir el corazón. El élder Oaks escuchó. Expresó gratitud sincera, dijo algunas palabras de aliento e incluso respondió a mi pregunta administrativa. Luego me dio un fuerte abrazo y, en un instante, pasé de tener ganas de rendirme a sentir que podía dar mi alma entera al servicio del Señor.

Cinco años después, nos invitaron a mi esposa y a mí a reunirnos con el élder Oaks en su oficina. Pueden imaginar mi emoción al recordar la experiencia que habíamos compartido. Le pregunté: “¿Recuerda la conversación que tuvimos en el templo?”.

“No lo creo”, dijo él. “¿Nos conocemos de antes?”.

Le relaté la experiencia y le recordé cómo su acto de compasión me había levantado el ánimo y había cambiado mi vida.

El élder Oaks respondió: “Lo siento, hermano. No recuerdo eso”. Luego, al percibir mi decepción, agregó: “Pero eso es lo que hacemos. ¿No es así?”.

Desde entonces, he recordado siempre esas palabras. Eso es lo que hacemos. Como seguidores de Jesucristo por convenio, ministramos con compasión a quienquiera que Dios ponga en nuestro camino. Lo hacemos porque eso es lo que hizo el Salvador y hemos hecho convenio de seguirlo.

Un convenio de compasión

Cada día de reposo, cuando ustedes y yo participamos de la Santa Cena, testificamos a nuestro Padre Celestial que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Su Hijo, Jesucristo. Eso significa que elegimos ver como Él ve, sentir como Él siente y hacer lo que Él haría. Su vida debe reflejarse en la nuestra. Significa que, cuando alguien se encuentra con nosotros, debería experimentar algo de Jesucristo: Su bondad, Su paciencia, Su esperanza, Su amor, Su compasión.

Nuestra promesa de estar dispuestos va de la mano con la promesa del Señor de que siempre podremos tener Su Espíritu con nosotros. Con ese don, podemos ministrar como lo haría el Salvador, con Su poder y Su amorosa bondad.

Hacemos el convenio durante el tiempo sagrado con Dios cada domingo. Una manera de guardar el convenio es ministrar a los hijos de Dios cada día. A menudo, esto sucede cuando Dios coloca a alguien en nuestro camino y tenemos ojos para verlo. A estos los llamo “encuentros divinos”.

Ojos para ver

Cuando a Jesús se le preguntó: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”, Él respondió con un relato sobre un hombre que tuvo ojos para ver. En el relato, un viajero yacía herido en el camino a Jericó. Donde otros vieron un inconveniente o una interrupción, un hombre vio una oportunidad para ministrar: un encuentro divino. El verlo despertó compasión; la compasión lo impulsó a actuar, y sus acciones cambiaron una vida para siempre.

Ese modelo definió el ministerio del Salvador. Él convertía los encuentros comunes y corrientes con las personas en momentos extraordinarios de sanación, aliento y transformación. Para Jesús, esas personas no interrumpían Su misión; ellas eran Su misión.

Dios nos ha dado ojos para ver. Cuando los usamos, comenzamos a reconocer los encuentros divinos que nos rodean. Aquellos encuentros que alguna vez parecieron casuales se convierten en invitaciones del Señor para ministrar con compasión.

Eso es lo que hizo el Salvador. Eso es lo que hace Su profeta. Y eso es lo que hacemos, ¿no es así?

Ministrar a la persona que Dios pone en su camino

Hace unos años, mi esposa y yo estábamos esperando para abordar un vuelo a fin de tomar unas vacaciones muy necesarias. Llegamos temprano al aeropuerto, me coloqué los audífonos y comencé a leer un libro, agradecido por tener un momento de tranquilidad para mí.

Al poco tiempo, levanté la vista y vi a un joven misionero sentado frente a mí. Parecía asustado y ansioso. Tenía los ojos cerrados, se balanceaba de un lado a otro y le corrían lágrimas por las mejillas. Apretaba en las manos su tarjeta de embarque y un reloj digital con alarma.

Después de imaginar brevemente varias razones por las que un misionero podría parecer tan ansioso, volví a mi libro, pero el Espíritu me inspiró a mirar de nuevo.

Cuando lo hice, vi sus ojos llenos de lágrimas mirándome, suplicando ayuda.

“¿Se encuentra bien?”, le pregunté.

En un inglés entrecortado y tímido, explicó que se dirigía a su misión, que sería la primera vez que viajaría solo en un avión y que se sentía aterrado. Me contó que estaba muy lejos de su país natal y que estaba sosteniendo el reloj con alarma para asegurarse de no perder el avión.

Avergonzado por haber tardado tanto en ayudar a este élder, le expliqué que mi esposa y yo iríamos en el mismo vuelo y que nos aseguraríamos de que llegara al avión.

Linsey y yo lo acompañamos hasta la puerta y le mostramos por dónde pasaría. Pronto llegó nuestro turno de abordar, así que Linsey y yo lo dejamos en la puerta y ocupamos nuestros asientos.

A medida que el avión se llenaba, esperábamos ansiosamente a nuestro amigo misionero, pero no había ninguna señal de él. Me preocupaba que hubiéramos cometido un error al abordar sin él.

Finalmente, allí estaba él, como todo misionero: el último en abordar, todavía con la tarjeta de embarque y el reloj con alarma, dirigiéndose hacia el único asiento vacío en la parte trasera del avión.

Era el asiento que estaba a mi lado.

Nos sonreímos el uno al otro, asombrados de cómo Dios había dispuesto incluso un pequeño detalle como ese. Entonces, el élder, que por fin se había relajado un poco, se quedó profundamente dormido.

Cuando aterrizamos, lo desperté y el pánico volvió a su rostro mientras se preocupaba por lo que haría a continuación. ¿A dónde se suponía que debía ir? ¿Y si no había nadie esperándolo?

Linsey y yo lo ayudamos a bajar del avión y lo acompañamos del brazo, para no perderlo de nuevo, hasta el área de retiro de equipaje. Allí lo estaban esperando sus líderes de misión. Sabiendo lo especial que siempre es ese momento, nos emocionaba ver cómo los líderes recibían por primera vez a este nuevo misionero.

Pero, para nuestra sorpresa, nuestro amigo no corrió hacia sus líderes de misión. En lugar de eso, dejó sus maletas y nos dio a Linsey y a mí un gran abrazo de amor y gratitud.

Lo que hicimos por ese élder no requirió mucho de nosotros, pero ese encuentro común y corriente se convirtió en un encuentro divino que siempre atesoraremos. Todo lo que teníamos que hacer era ver a la persona que Dios había puesto en nuestro camino, mirar con compasión en lugar de juzgar y luego actuar.

Hermanos y hermanas, ¡oremos todos los días pidiendo tener ojos para ver los encuentros divinos que Dios pone ante nosotros! Convirtamos la compasión en acción y ministremos a la persona que tenemos enfrente. Es lo que Jesús hizo.

Y eso es lo que hacemos.

En el sagrado nombre que tomamos sobre nosotros por convenio, a saber, Jesucristo. Amén.

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