«Oh, sed prudentes»

«Oh, sed prudentes»

Por el presidente D. Todd Christofferson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Evitar los juegos de azar y las apuestas, y emplear nuestro tiempo y nuestros recursos para hacer el bien.


Hoy me siento como Jacob, el profeta del Libro de Mormón, cuando se sintió impulsado por el Espíritu a abordar temas que no eran particularmente edificantes, teniendo que ser audaz en sus palabras, como lo dijo, en lugar de deleitarse en la agradable palabra de Dios. Así pues, con el sentido del deber, paso a tratar el tema de los juegos de azar y las apuestas.

El presidente Gordon B. Hinckley, al abordar este tema hace más de 20 años, mencionó una anécdota del expresidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, conocido como un hombre de pocas palabras. Un domingo, cuando Coolidge regresaba de la iglesia, su esposa le preguntó de qué había hablado el predicador, y él respondió: «Del pecado». «Bueno, ¿qué dijo?», preguntó ella. «Estaba en contra», respondió Coolidge. El presidente Hinckley dijo: «Creo que podría responder a la pregunta sobre los juegos de azar así de breve: estamos en contra».

Arriesgar dinero o algo de valor para apostar por un resultado o evento en particular es una práctica que ha afligido a la humanidad, supongo que desde el comienzo. Y el tiempo no ha hecho que valga más la pena ni que sea menos perjudicial. Es lamentable que en recientes años los juegos de azar aparezcan por todos lados. La tecnología ha transformado las apuestas de una actividad ocasional en un casino un hipódromo o un quiosco de lotería a una actividad disponible continuamente, en privado y casi en cualquier lugar. Esto ha hecho explotar las apuestas. Las encuestas mundiales indican que el 46 % de los adultos apostaron en los últimos 12 meses, es decir, unos 2300 millones de personas. La industria mundial de apuestas generó ingresos estimados en 758 000 millones de dólares en 2025. Por supuesto, las ganancias de la industria son la pérdida de los apostadores; en resumen, el modelo de la industria se basa en que los clientes pierdan dinero.

El aumento mundial de las apuestas es impulsado por tres nuevos mercados en línea. Primero, las apuestas en línea por deportes, que consisten en apostar en marcadores, estadísticas o eventos. Segundo, están los juegos de casino en línea, a veces denominados «iGaming» o gaming por internet: tragamonedas, ruleta, blackjack, póker, etcétera. Y tercero, bastante nuevo, los llamados mercados de predicción, que les permiten apostar sobre si algo sucederá o no, y cuándo. Podría estar atado a cualquier cosa: las tasas de interés, las elecciones, los deportes, los incendios forestales o incluso, si se pueden imaginar, el momento de la Segunda Venida. ¿A dónde va uno a recoger esa apuesta?

La juventud es afectada de manera desproporcionada. Para esta edad, la impulsividad y la influencia de otros se ven agravadas por la exposición temprana, el fácil acceso en línea y el marketing intenso. La amplia aceptación social solo aumenta la atracción. Las apuestas sobre deportes son comunes entre adolescentes y jóvenes adultos; pueden volverse absorbentes y a menudo compulsivas. Esto le resta tiempo a los estudios, a las relaciones y al desarrollo personal y profesional. Desplazan las cosas de valor y en su lugar fomentan la codicia. En los Estados Unidos, el 36 % de los varones de 11 a 17 años declararon haber hecho apuestas el año pasado. La cifra aumenta del 32 % a los 11 años al 49 %, casi la mitad de todos los varones de 17. Igual de preocupante es el porcentaje sustancial de mujeres de 18 a 29 años que ahora participan en apuestas cada año, especialmente en apuestas sobre deportes por móvil, en tragamonedas y en loterías.

Las encuestas revelan que las personas saben que al apostar las probabilidades están en su contra y que la casa siempre gana; solo que no piensan que ganará en contra de ellos personalmente. Pero el riesgo principal de las apuestas no es simplemente que los clientes pierdan dinero en apuestas individuales. El problema mayor es que el acceso móvil continuo puede transformar el entretenimiento ocasional en algo repetitivo que reduzca el ahorro, aumente las deudas y genere costos familiares y sociales de gran alcance. Estoy de acuerdo con George Washington cuando dijo del juego: «Es el hijo de la avaricia, hermano de la desigualdad y padre de la travesura», aunque decirle «travesura» puede ser muy suave.

A comienzos de año, un periodista escribió en la revista The Atlantic sobre su experiencia con las apuestas deportivas durante unos meses. Entre otras cosas, señaló: «Los expertos estiman que solo entre el 2 y el 5 % de los apostadores desarrollarán conductas compulsivas, pero ese pequeño porcentaje se convierte en una cifra enorme cuando decenas de millones de personas de repente tienen casinos en el bolsillo». Y concluyó: «Como sociedad, estamos haciendo una apuesta enormemente arriesgada: que podemos cosechar los frutos de una industria desenfrenada sin pagar ningún precio. Apostamos a que la letanía de los males sociales asociados desde hace mucho tiempo con este vicio —la adicción y el empobrecimiento, el aislamiento y el abuso, el engaño y la ociosidad corrosiva— pueden esta vez controlarse. Apostamos a que, a diferencia de todas las civilizaciones que nos precedieron, podemos ganarle a la casa».

En varias ocasiones el presidente Dallin H. Oaks nos ha recordado que cuando tomamos decisiones en la actualidad, siempre debemos preguntarnos: ¿a qué conducirá esto? ¿Qué efecto tendrán en nuestro futuro las decisiones que tomamos en el presente? El presidente Oaks señala que cada decisión tiene un costo de oportunidad; es decir, que si pasamos tiempo haciendo algo, perdemos la oportunidad de hacer otra cosa. ¿Cuál es el costo de oportunidad de hacer apuestas? ¿Qué pierden en términos de dinero, tiempo, relaciones y actividades significativas? ¿Hacia dónde los lleva?

Tal vez piensen que su carácter y su comportamiento a los convenios divinos son tan fuertes que para ustedes las apuestas nunca serán más que una diversión ocasional y casual. Quizás. Pero, ¿están en lo cierto o no? ¿Han considerado cómo su ejemplo puede afectar a los demás? Si su integridad moral es firme, sin duda hay quienes los consideran ejemplos de una vida recta. Eso sería cierto con sus hijos, pero también de otras personas, [a quienes] puede que conozcan o no, que observan y aprenden de lo que ven en ustedes. Ellos pueden ser más nuevos o de débil fe. Un poco de apuestas que aparenta tener un impacto menor en su vida puede resultar más perjudicial para ellos si toman licencia de su ejemplo.

El apóstol Pablo señaló en su época que alguien con una fe firme en Cristo podría comer alimentos sacrificados a los ídolos sin considerarlo un acto de adoración a los ídolos; simplemente sería una comida. Sin embargo, advirtió a los discípulos que aun así se abstuvieran. «Pero mirad», dijo, «que esta libertad vuestra no sea tropezadero para los que son débiles. Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento del evangelio, que estas sentado a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será alentada a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por tu conocimiento se perderá el hermano débil, por quien Cristo murió».

En el contexto de mi mensaje de hoy, Pablo está diciendo: «Ya que tu juego recreativo puede llevar a un hermano o hermana más débil a la tentación, simplemente no lo hagas. Cada alma es preciosa y Cristo murió por él o por ella, como lo hizo por ti».

Para nosotros, los santos de los últimos días, por encima de todo está el hecho de que los juegos de azar son moralmente incorrectos. Estos juegos se basan en querer obtener algo por nada. Su estructura requiere que cualquier ganancia venga a expensas de otros. Es difícil conciliar eso con el mandamiento «ama a tu prójimo como a ti mismo». Además, nuestros recursos son mayordomías, y la cuestión no es solo si una compra es legal, sino si edifica algo en nosotros, en nuestras familias o en quienes nos rodean. Al final, el apostar no produce nada de valor y solo enriquece a sus promotores.

Hace algunos años, el presidente Oaks expuso claramente el lado moral en contra de las apuestas con estas palabras: «¿Qué hacen los juegos de azar a quienes participan en ellos? La actitud de tomar algo de otra persona para mejorar nuestra propia posición, que es la esencia de los juegos de azar y las apuestas, nos aleja de la senda del dar, que es de Cristo, y nos lleva a la senda del tomar, que es del adversario. El acto de tomar o intentar tomar algo de otra persona sin dar valor a cambio destruye la sensibilidad espiritual».

Hoy suplico a todos que vivamos una vida más elevada. Dios nos ha concedido vida y albedrío a cada uno, y cada uno es responsable ante él por la forma en que vivimos esa vida. Una parte clave de una vida bien vivida es contribuir al bienestar de los demás. Es ser productivo en labores dignas. Es ser y actuar mejor sin que otros tengan que estar peor. Biene por un trabajo que sostiene y recompensa en vez de tareas ociosas. El trabajo conduce a sociedades prósperas, justas y equitativa. Las apuestas, aun por diversión, nos llevan en dirección opuesta.

Recordando los comentarios del presidente Oaks sobre el costo de oportunidad y las oportunidades perdidas cuando una persona dedica tiempo y dinero a hacer apuestas, mi ruego nuevamente es que no solo se abstengan de apostar, sino que empleen el tiempo y los recursos ahorrados por ello para hacer el bien. El Señor nos aconseja que estemos «anhelosamente consagrados a una causa buena» y efectuemos mucha justicia. En verdad, bienaventurados son todos los que padecen hambre y sed de rectitud, porque ellos serán llenos del Espíritu Santo. Si tenemos hambre y sed de justicia, hay muchas cosas buenas que podemos hacer, y otras que, por ser incompatibles con la rectitud, sacaremos totalmente de nuestra vida.

Ruego que no tomen a la ligera los juegos de azar. Ya que comencé estos comentarios citando al profeta Jacob, concluyo con otra de sus declaraciones: «Oh, sed prudentes. ¿Qué más puedo decir?».

En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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