Conferencia General Octubre 2026
La integridad y la virtud conducen a la felicidad
Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
En el plan del Padre, la integridad, la virtud y la felicidad están intrínsecamente vinculadas.
Los discípulos de Jesucristo para toda la vida reflejan mejor las enseñanzas y la guía del Salvador cuando viven con gozo una vida de integridad y virtud. La senda de los convenios que nos llevará de regreso a nuestro amado Padre Celestial y a Su Hijo, Jesucristo, no es oscura; está bien señalizada. Se nos han enseñado repetidamente los principios y los convenios esenciales de esta senda sagrada.
La vida virtuosa semejante a la de Cristo, necesaria para sostenernos e impulsarnos a lo largo de la senda de los convenios, nunca ha sido tan importante o difícil. Si hemos de estar espiritualmente preparados para tener la integridad y la virtud que se requieren de los discípulos de Jesucristo, podemos permanecer en la senda y seguir principios sabios y rectos que conducen a la felicidad.
Recientemente, Mary y yo tuvimos el privilegio de reunirnos con los misioneros de la Misión Escocia/Irlanda. En los jardines de un edificio hay una réplica de un mensaje que influyó significativamente en el presidente David O. McKay cuando era un joven misionero en Escocia.
Al comienzo de su misión, el élder McKay pasó junto a un edificio donde se había grabado en la piedra sobre la entrada esta inscripción: “SEAS QUIEN SEAS, HAZ BIEN TU PARTE”.
Este mensaje, “Seas quien seas, haz bien tu parte”, fue tan importante y tuvo tal impacto en el élder McKay que lo utilizó como fuente de inspiración mientras era misionero y por el resto de su vida. Decidió que, fuera cual fuera la responsabilidad que tuviera, haría lo mejor que pudiera.
Cuando yo era joven, el presidente McKay era el profeta y sus enseñanzas tuvieron una influencia duradera en mí. En especial, me encantó este mensaje y me he referido a él con frecuencia.
Estaba claro que uno de los propósitos del presidente McKay al mencionar ese incidente era enseñar que algunas conductas, aunque no sean intrínsecamente malas, pueden evitar que nos involucremos en asuntos espirituales que nos bendecirán ahora y por toda la eternidad.
En nuestros días, el poner en práctica este principio es esencial si hemos de ser verdaderos discípulos de Cristo para toda la vida. Debemos vivir nuestra vida con integridad y seguir Su ejemplo. El Señor, refiriéndose a uno de sus siervos en Nauvoo, declaró: “Se puede confiar en él por motivo de la integridad de su corazón”. Predicad Mi Evangelio enseña: “La integridad incluye ser honesto con Dios, consigo mismo, con sus líderes y con las demás personas”.
El presidente Spencer W. Kimball enseñó que “la integridad (la disposición y la habilidad de vivir de acuerdo con nuestras creencias y compromisos) es una de las piedras fundamentales del recto modo de ser y sin esto uno no puede tener la esperanza de disfrutar de la presencia de Dios ni aquí ni en las eternidades”.
En el plan del Padre, la integridad, la virtud y la felicidad están intrínsecamente vinculadas. Vivir una vida virtuosa con integridad nos alinea con la voluntad de Dios. La verdadera felicidad, a menudo traducida como bienaventuranza, es el resultado real de la integridad y de ser virtuosos. La virtud incluye no solo una sólida brújula moral personal, sino también la limpieza, la modestia, la bondad, la santidad y la reverencia por lo sagrado.
La idea de la felicidad es una meta predominante para la mayoría de las personas. Los medios para alcanzar esta meta se han visto afectados en los últimos años por conductas y decisiones que no conducen a la felicidad. Una de las principales preocupaciones es la falta de interés en el concepto y la búsqueda de la virtud. La relación que existe entre la virtud y la felicidad no se comprende tan bien hoy como se comprendía en el pasado.
En los Estados Unidos, hemos estado celebrando el aniversario número 250 de la Declaración de Independencia, la cual puso de relieve la premisa de que todos son creados iguales e investidos por su Creador con derechos inalienables, e incluye el inspirador énfasis en “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Algunos eruditos han señalado que los fundadores entendían que la referencia a la “felicidad” se basaba en llevar una vida virtuosa. Como parte de la guía conmovedora que José Smith recibió en la cárcel de Liberty se encuentra la declaración: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”.
De manera significativa, el presidente McKay enseñó: “La felicidad es el propósito y el designio de la existencia. ‘Existen los hombres para que tengan gozo’ [véase 2 Nefi 2:25]. La virtud, la rectitud, la fidelidad, la santidad y el guardar los mandamientos de Dios llevan a una vida feliz”.
El Señor desea que experimentemos el gozo de una vida virtuosa. Él nos proporciona muchos dones hermosos, tanto físicos como espirituales. Aquellos que hagan sacrificios en Su nombre serán abundantemente recompensados.
En contraste, lo que vemos hoy en día en la sociedad y en las redes sociales es un comportamiento y un lenguaje que a menudo es grosero y tosco, y carece de virtud. Destruyen el diálogo civilizado. También violan los principios básicos que el Salvador enseñó. Cualquier uso de internet para intimidar, destruir una reputación o dejar en mala posición a una persona es reprobable.
Está claro que la comunicación dañina no es solo una cuestión de malos modales. Si la practican los Santos de los Últimos Días, esta puede afectar negativamente a otras personas que no tienen conocimiento de Dios o un testimonio de nuestro Salvador. El Señor ha inspirado una tecnología maravillosa que, cuando la usamos sabiamente, nos proporciona experiencias y oportunidades incomparables.
La Iglesia ha sufrido ataques físicos y verbales a lo largo de los años. No podemos controlar la conducta de los demás, pero podemos esforzarnos por ser un pueblo pacífico que vive de acuerdo con la conducta y las virtudes cristianas que enseñó nuestro Salvador, Jesucristo. Tanto el presidente Russell M. Nelson como el presidente Dallin H. Oaks han sido inspirados a hablar constantemente sobre ser pacificadores rectos.
Si dedicamos tiempo todos los días a las Escrituras y a la renovación espiritual, seremos profundamente bendecidos. Los jóvenes que asisten a las conferencias Para la Fortaleza de la Juventud y las de jóvenes adultos solteros a menudo me dicen que la reunión de testimonios, que es una pequeña parte del evento, es la que más aprecian.
Uno de los mensajes especiales del Evangelio de Jesucristo enseña que “porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. El Salvador explicó que Él no había venido para condenar al mundo, sino para salvarlo.
El Señor espera que tengamos vidas de virtud e integridad, y que sigamos Sus mandamientos. Él enseñó: “¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. En otra ocasión, Él dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.
El apóstol Pablo enseñó de forma hermosa: “Todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si hay algo digno de alabanza, en esto pensad”.
Demostramos nuestra integridad al llevar vidas virtuosas y cuidar y servir a los demás. La recompensa máxima de la integridad y la virtud es la compañía constante del Espíritu Santo. El Espíritu Santo no nos acompaña cuando hacemos lo malo; sino cuando hacemos lo correcto, Él puede permanecer con nosotros y guiarnos en todo lo que hagamos.
Parte de tener integridad es reconocer nuestras faltas ante el Señor y arrepentirnos de las transgresiones. Cuando hacemos del arrepentimiento una parte constante de nuestra vida diaria, podemos acercarnos al Señor con integridad y recibir Sus bendiciones salvadoras.
Cuando yo era un joven misionero en la Misión Británica, una de mis experiencias más memorables fue enseñar a un hombre maravilloso que había servido en un acorazado en el campo de operaciones europeo durante la Segunda Guerra Mundial, dieciséis años antes de que lo conociéramos. Cuando le enseñamos los principios del arrepentimiento, se sintió abrumado por la emoción. Luego compartió con nosotros los sentimientos que experimentó mientras se le enseñaba, especialmente en cuanto al arrepentimiento. Él comparó el arrepentimiento con los sentimientos que tuvo cuando regresó a Inglaterra, salió del acorazado y sintió la arena de la isla bajo sus pies. Eso lo había abrumado y cayó de rodillas en agradecimiento.
Cuando supo que por medio del arrepentimiento, el bautismo y la confirmación él podía recibir perdón por la conducta inapropiada y los pecados en los que había incurrido, se sintió profundamente conmovido. Dijo que sus tiernos sentimientos hacia el Salvador eran espiritualmente profundos. Justo antes de su bautismo, oró al Señor para que lo ayudara a fin de poder compartir con otras personas el mismo gozo que él estaba experimentando y luego agregó: “Especialmente a mi familia”.
La integridad, la virtud y el arrepentimiento continuo son la respuesta en un mundo donde el lenguaje grosero y las dificultades serias están muy presentes. Estoy eternamente agradecido por el plan de felicidad del Padre. Testifico que Jesucristo llevó a cabo el sacrificio que dio forma a la eternidad y que es necesario para nuestra salvación y exaltación. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























