Usar el lenguaje de los pacificadores

Conferencia General Octubre 2026

Usar el lenguaje de los pacificadores

Por el élder Alfred Kyungu
De los Setenta

Debemos elegir un lenguaje que fortalezca la confianza y preserve las relaciones.


Como el último discursante de la sesión del domingo por la mañana de la Conferencia General de abril de 2026, el presidente Dallin H. Oaks dijo: “Mis hermanos y hermanas, como seguidores de Cristo, sigámoslo por medio de la renuncia a la contención y mediante el uso del lenguaje y los métodos de los pacificadores. Evitemos lo que es cruel y hostil tanto en nuestras familias como en otras relaciones personales”.

Cuando concluyó la conferencia el domingo por la tarde, nos extendió una invitación a todos. Él dijo: “A medida que se publiquen los mensajes de esta conferencia, invitamos a todos a estudiarlos y meditarlos con espíritu de oración, y a actuar con fe conforme a los principios que en ellos se explican”.

Esta invitación a renunciar a la contención utilizando el lenguaje de los pacificadores proviene del profeta viviente. No es una simple sugerencia; es un llamado al discipulado conforme seguimos a Jesucristo.

Comencé a meditar sobre la invitación del presidente Oaks y en cómo podría yo actuar con fe de acuerdo con ella. Es un ejercicio espiritual reconocer el lenguaje y las expresiones a los que debemos renunciar y luego reemplazarlos con palabras y frases que brinden paz dondequiera que estemos y en todo momento.

Desde la antigüedad, el Señor ha aconsejado a Su pueblo a evitar la contención, las disputas y el lenguaje que genera conflictos. En Proverbios leemos: “Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma”. Entre ellas están “la lengua mentirosa, […] el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos”.

Durante Su ministerio terrenal, el Señor Jesucristo enseñó:

“Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.

“Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”.

El apóstol Pablo escribió a los efesios: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de que dé gracia a los oyentes”.

Del mismo modo, en Colosenses se aconsejó a los santos que fueran sabios incluso en su manera de hablar: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, […] para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”.

Creo que todos nosotros, en esta travesía terrenal, hemos sido heridos por alguna forma de lenguaje humillante, degradante o desalentador por parte de un familiar, un compañero de trabajo, un amigo o incluso un miembro de la Iglesia.

Hay expresiones y palabras que pueden dañar las relaciones y, por lo tanto, debemos renunciar a ellas cuando nos comunicamos. Algunos ejemplos son: “Eres un inútil”, “Eres estúpido”, “Nunca haces nada bien”, “¿Qué hay de malo contigo?”, “Todo es culpa tuya”, “Siempre lo echas todo a perder”, “Nunca escuchas”, “Tú causaste el problema”, “Déjame en paz”, “No me importa”, “No te necesito en mi vida”, “No me importas”, “Cállate ya”, “Estoy cansado de ti”. La lista puede ser interminable. Esas palabras nunca edifican, sino que debilitan el amor, disminuyen el respeto y dañan las relaciones.

En vez de escoger palabras y lenguaje que aumenten los sentimientos de ira, decepción y frustración, utilicemos palabras que fomenten la comprensión y la paz. Debemos elegir un lenguaje que fortalezca la confianza y preserve las relaciones. Palabras como: “Por favor”, “Gracias”, “Te lo agradezco”, “Respeto tu punto de vista”, “Ese es un buen argumento”, “Vayamos más despacio y hablemos”, “Podemos resolverlo”, “Está bien”, “Mantengamos la calma”, “No tenemos que apresurarnos”, “Tú me importas”, “Estoy aquí para ti”, “No estás solo”, “¿Cómo te sientes?”, “Eso me importa”, “Lo lamento”, “Por favor, perdóname”, “Te perdono”, “Empecemos de nuevo”, “No quiero que esto nos distancie”.

Así como los lamanitas convertidos “enterraron sus armas de guerra en bien de la paz”, nosotros también podemos enterrar el lenguaje de la contención en bien de la paz. El presidente Thomas S. Monson nos enseñó a “no enojarnos y […] no decir las cosas crueles e hirientes que estemos tentados a decir”. En el himno número 224 en inglés cantamos: “Debo hablar la palabra amorosa antes de que se ponga el sol”. En el Nuevo Testamento aprendemos que “de la abundancia del corazón habla la boca”.

Por lo tanto, llenemos el corazón con la verdadera doctrina de Cristo, la cual tiene el poder de cambiar nuestro lenguaje y ayudarnos a hablar más como pacificadores hoy, mañana y siempre. A medida que sigamos a Jesucristo, no solo sentiremos Su paz, sino que, como dijo el élder Ulisses Soares, “pod[r]emos convertirnos en instrumentos de Su paz en el mundo”.

Arrepintámonos del lenguaje y las expresiones bruscas que hayan ofendido a nuestros amigos, líderes, familiares o colegas. Oremos por una comunicación pacífica entre nosotros, independientemente de nuestras diferencias de opinión. Utilicemos el lenguaje que eleva, edifica, consuela y une a las personas. “Habl[e]mos entre nosotros con afecto y respeto”. “Hagámonos merecedores de Sus bendiciones usando el lenguaje […] de los pacificadores”.

El Salvador prometió: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Esa paz es real, es poderosa y comienza con nosotros: con nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestras palabras.

Testifico que nuestro Padre Celestial nos ama y desea que vivamos en paz y armonía. Jesucristo es el Príncipe de Paz. El presidente Dallin H. Oaks es el profeta de Dios en la tierra hoy y nos invita a comunicarnos como pacificadores. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

 

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