La unidad centrada en Cristo

Conferencia General Octubre 2026

La unidad centrada en Cristo

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles

Todos somos hermanos y hermanas, y participamos gozosamente con Cristo en el recogimiento y la unión de la gran familia de Dios.


¡Qué gozo es estar hoy con ustedes!

Hace poco, la hermana Uchtdorf y yo asistimos al bautismo de dos de nuestros bisnietos. Nos regocijamos con ellos al haber elegido seguir a Jesucristo y hacer convenios sagrados de tomar sobre sí el nombre del Salvador, guardar los mandamientos de Dios y servirle. Al entrar en las aguas del bautismo, ellos no solo siguieron literalmente el ejemplo del Salvador, sino también el ejemplo de hermanos, primos, padres y muchos amigos de confianza.

Mi corazón se llena de gratitud cuando pienso en mi propio bautismo. Me bauticé a los ocho años en una impresionante piscina pública cubierta. En aquel momento, al entrar en el agua, a mi mente y a mi corazón les preocupaba este pensamiento: “¡La piscina es cada vez más profunda y yo no sé nadar!”.

El crecimiento espiritual rara vez es repentino al principio. Como una curva exponencial, a menudo comienza gradualmente, con padres amorosos, oraciones sencillas y pequeños actos de fe.

Luego, conforme avanzamos por la senda de los convenios, se profundiza nuestra relación con Dios y se expande nuestra capacidad de tener una vida gozosa. La investidura del templo, el servicio misional, el matrimonio celestial en la Casa del Señor, el servicio continuo en el Reino de Dios: esas experiencias no solo contribuyen a nuestro discipulado; multiplican enormemente nuestro potencial de entendimiento y bendiciones divinos. La curva de crecimiento del discipulado nos ayuda a acercarnos más a nuestro modelo a seguir, Jesucristo, y continúa por la eternidad.

El bautismo es la puerta por la que entramos en “este estrecho y angosto camino”. Debemos entrar por esa puerta uno por uno. El bautismo es una ordenanza individual.

Sin embargo, también es una ordenanza unificadora. Nos une a una comunidad mundial de santos.

Mediante el bautismo, no solo llegamos a ser del convenio individualmente, sino también parte de un pueblo del convenio.

Cuando somos bautizados, declaramos ante Dios y testificamos que “dese[amos] entrar en el redil de Dios”. Demostramos que no queremos vivir solo para nosotros mismos. Deseamos ser parte de un pueblo que “llev[a] las cargas los unos de los otros”, “llor[a] con los que lloran” y “cons[uela] a los que necesitan de consuelo”.

En otras palabras, cuando nos unimos a la Iglesia de Jesucristo, decimos —con humildad, gratitud y serena confianza— que queremos seguir a nuestro amado Salvador, Jesucristo, y queremos andar esa senda juntos.

Jesucristo nos une

Cuando leo las Escrituras, me impresiona lo mucho que la obra del Salvador tiene que ver con reunir a las personas de modo pacífico. Por ejemplo, piensen en el mundo en el que nació Jesucristo. En aquel tiempo y lugar, los judíos y los samaritanos se evitaban unos a otros. Los gentiles eran considerados impuros. Los fariseos y los saduceos no estaban de acuerdo en casi nada, excepto en su aversión por los publicanos y los pecadores. Las personas estaban divididas de muchas maneras diferentes: cultural, política y religiosamente.

Si lo pensamos bien, no era tan diferente de nuestro mundo actual.

Pero el Salvador del mundo, el Hijo de Dios, trascendió las fronteras y las divisiones del mundo. Como dijo Pablo: Él “derrib[ó] la pared intermedia de separación”. Tendió la mano constantemente a aquellos que, de otro modo, serían rechazados como marginados; tocó a los leprosos; elogió a los gentiles por su fe; usó a un samaritano como ejemplo de compasión; reunió a personas de diferentes ámbitos de la vida y les pidió que sirvieran juntas en posiciones de confianza; ministró al pobre y al rico por igual; y en la actualidad, continúa invitando a todos a venir a Él.

Sin embargo, mientras Jesucristo tiende la mano cruzando las fronteras del mundo para unir a la familia del Padre Celestial, Satanás procura dividirnos. Su objetivo es debilitar a los hijos de Dios al aislarnos unos de otros, pone énfasis en nuestras diferencias, haciendo que parezcan barreras infranqueables. Vemos los frutos de sus esfuerzos en la contención, la desconfianza y el odio que nos rodean.

Y sin embargo, la obra de recogimiento del Salvador continúa, imperturbable. De hecho, se está acelerando. Y como seguidores de Jesucristo por convenio, reconocemos que todos somos hermanos y hermanas, y participamos gozosamente con Cristo en el recogimiento y la unión de la gran familia de Dios.

La unidad que Jesucristo ofrece

A lo largo de la historia, las personas se han unido para fines diversos. Algunas se han unido por causas sociales o ideas políticas; algunas se unen para celebrar su legado cultural; algunas, tristemente, se han unido por odio hacia otro grupo. Otras se unen en torno a pasatiempos, intereses profesionales o incluso amor por algún equipo de fútbol o alguna marca de refresco predilectos. A menudo, a esos deseos de unirse los impulsan sentimientos u opiniones muy fuertes.

En la Iglesia del Salvador, no son nuestras opiniones políticas, cultura ni intereses personales lo que nos une; es nuestro amor por Dios y el prójimo, los hijos de Dios; es el compromiso para con nuestros convenios con Jesucristo y Su Evangelio restaurado. Somos “uno en Cristo”.

En el Libro de Mormón se nos habla de dos naciones, los nefitas y los lamanitas, que se enfrentaron en una de las rivalidades entre hermanos más prolongadas del mundo. Las guerras y contiendas literalmente definieron su historia durante generaciones. Sin embargo, todo eso cambió cuando Jesucristo apareció, les enseñó Su Evangelio y estableció Su Iglesia. Durante los siguientes doscientos años, el amor de Dios reemplazó la contención y los enemigos acérrimos llegaron a ser “uno”, llegaron a ser “hijos de Cristo”. Llegaron a ser Su pueblo del convenio.

El catalizador de ese cambio fue Jesucristo y Su doctrina.

Siempre lo ha sido y siempre lo será.

Jesucristo tiene el poder de cambiarnos, a ustedes y a mí, y purificarnos y unirnos. Cuanto más nos acerquemos a Él, más nos acercaremos unos a otros, y más nos acercaremos a la unidad que Él quiere para nosotros.

Si no somos uno, no somos Suyos.

Cuando nuestra atención está fija en Cristo, las cosas superficiales apenas merecen la pena notarse. Aprendemos a ver como Él ve, mirando el corazón en vez de lo que está delante de nuestros ojos. Cuando nuestra “mira está puesta únicamente en [Su] gloria”, somos “lleno[s] de [Su] luz”. Cuando tratamos de ser un poco más pacientes, un poco más bondadosos, más dispuestos a perdonar, más serviciales, más amables, hay menos lugar para el orgullo, o las actitudes críticas o la contención. Tales cosas ya no pueden obstaculizar la unidad centrada en Cristo entre nosotros y con nuestro amado Padre Celestial.

¿Parece demasiado elevado? ¿Parece estar fuera de nuestro alcance? Puede parecer así. Sin embargo, el Salvador siempre nos insta a esforzarnos más allá de lo que parece posible, porque “para Dios todo es posible”.

Tal vez no logremos una unidad perfecta centrada en Cristo en esta vida, pero el “ímpetu espiritual” que cultivemos aquí nos impulsará a la eternidad. En otras palabras, ahora es el momento de unirnos. La unidad no sucederá por arte de magia en la vida venidera si no hemos tratado fervientemente de aprenderla aquí. Cada paso que damos hacia la unidad es importante, por pequeño que parezca.

El poder unificador de la Santa Cena

En esta senda hacia una mayor unidad, no pasemos por alto el poder unificador de la Santa Cena. Cada semana nos reunimos como condiscípulos de Jesucristo para renovar nuestro convenio bautismal y para recordar todos los convenios que hemos concertado personalmente con Dios. Mis queridos hermanos y hermanas, la Santa Cena puede convertirse en un nuevo punto de partida para nuestra relación personal con Dios y para lograr una mayor unidad centrada en Cristo en nuestra vida.

¿Han notado alguna vez que la Santa Cena es la única ordenanza que recibimos en la que no se nos llama por el nombre? Más bien, se efectúa “para las almas de todos los que participen de [ella]”. Los únicos nombres que se usan son los de Dios el Padre y Jesucristo. Participamos individualmente pero también en grupo.

Hay algo poderoso, algo empoderante, en renovar los convenios con Dios mientras estamos rodeados de hermanos y hermanas que han hecho o están considerando hacer los mismos convenios. La Santa Cena es un recordatorio semanal, un recordatorio sagrado, de que no estamos solos. Tenemos al Salvador y nos tenemos los unos a los otros.

Las bendiciones de la unidad en Cristo

Dondequiera que estén, los invito a sumarse a la unidad centrada en Cristo que estamos tratando de edificar. Estaría incompleta sin ustedes. Les pido que vengan y vean, vengan y ayuden, vengan y pertenezcan.

Jesús prometió: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Testifico que cuanto más unidos en Cristo estemos y cuanto más deseemos tender puentes en lugar de levantar muros, más experimentaremos en nuestra vida, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras naciones la presencia y las bendiciones divinas de Dios.

Que Dios nos bendiga para unirnos en el nombre del Salvador y centrar nuestra mente, corazón y vida en Él. En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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