Prestos para ayudar, lentos para juzgar

Conferencia General Octubre 2026

Prestos para ayudar, lentos para juzgar

Élder Paul H. Sinclair
De los Setenta

Ser prestos para ayudar y lentos para juzgar es una manera sencilla y profundamente alentadora sobre cómo cada uno de nosotros puede ser más como nuestro Salvador.


La parábola de los botones sin ojal

“Y un niño los pastoreará”. Hace algunos años, este pasaje de las Escrituras ciertamente cobró vida para mí. Sucedió durante un programa de la Primaria de barrio.

Esa mañana de día de reposo, mi joven amigo James llevaba un traje [terno] nuevo. Al comenzar el programa, James examinaba algunos de los aspectos más interesantes de su nuevo traje. Lo que más le llamó la atención fueron dos características de la chaqueta: las mangas de la chaqueta tenían botones, pero no ojales; y en la solapa izquierda tenía un ojal, pero no botones. Ni los botones ni el ojal parecían tener propósito alguno.

Pues bien, inteligentemente, James ideó un propósito para ambos. Con inquietud, observé cómo James se abotonaba encantado la manga derecha a la solapa izquierda de la chaqueta. Aquel sentido de satisfacción consigo mismo rápidamente dio paso al pánico, pues después de que James se hubo abotonado el brazo contra el pecho, aun con la flexibilidad de un niño de la Primaria, no podía desabotonarse. James había creado involuntariamente, pero con bastante éxito, una camisa de fuerza de un solo brazo.

Conforme James se atascaba más y más, yo me sentía más y más exasperado. A los botones sin ojal se les había dado un uso incómodo y, para mí, irritante. Cuando James estaba por pasar al púlpito, comencé a sacudir la cabeza desilusionado.

Justo entonces noté a la pequeña sentada junto a James. Ella también había visto el lío en que estaba James y su angustia creciente. Sin embargo, en vez de exasperarse, ella quería ayudar. Rápidamente entendió lo que había que hacer, extendió sus deditos libres de prejuicios y desabrochó el botón del ojal. ¡Rescató a James y salvó el programa de la Primaria!

Me sentí aliviado, pero también lleno de humildad. Reconocí la silenciosa reprimenda de un botón fuera de lugar y de los pequeños deditos que me recordaron que debería estar tratando de ser más como Jesús. Ese pequeño, pero majestuoso, momento me ayudó a recibir lo que el élder Patrick Kearon describió como una “reorientación radical del alma”. No recuerdo el tema del programa de la Primaria de aquel día, pero el mensaje que recibí mediante el Espíritu Santo inspiró una realineación espiritual. Una pequeña niña me enseñó esto: que un verdadero discípulo de Jesucristo es presto para ayudar y lento para juzgar.

El Salvador ayuda (y no juzga) a la mujer junto al pozo

El Salvador enseñó ese amoroso principio del discipulado desde el comienzo mismo de Su ministerio terrenal. En el Evangelio de Juan, Él ministra a una mujer samaritana. No sabemos su nombre. Hemos llegado a conocerla como “la mujer junto al pozo”. Su interacción con el Señor Jesucristo enseña muchas lecciones. Una lección crucial es el ejemplo del Salvador, quien fue presto para ofrecer gracia y ayuda transformadora.

Al inicio de la conversación, Jesús estaba cansado e inesperadamente le pidió a la mujer que le dé de beber. Ignoramos cuántos días la mujer había estado yendo sola al pozo a esa hora, hasta aquel día. Para ella, ese era un día normal, hasta que Jesús apareció. En su día a día, ella quizás haya soportado muchas miradas críticas y pocas manos que ayudaran, hasta ese día.

Tal vez la mujer hubiera hecho algo más para justificar el prejuicio que meramente abotonarse la manga en la solapa. Al parecer, había tenido una serie de relaciones fallidas y, en ese momento, vivía con un hombre que no era su esposo. Pero, ¿qué sabemos en verdad sobre sus circunstancias? ¿Era viuda? ¿Divorciada? ¿La habían abandonado? No lo sabemos. No me malinterpreten; su historia es muy importante, pero esos no son los detalles para juzgar que nosotros necesitamos conocer sobre la trayectoria de ella.

¿En qué se centró Cristo en vez de eso? En ayudar, en ofrecer “agua viva”. El Gran Redentor de todos sabía absolutamente todo sobre aquella mujer sin nombre y vino a ella para que ella sea testigo viviente del agua viva. Él le ofreció gracia y ayuda transformadora.

Le habló a la mujer con dignidad, no avergonzándola. Escuchó sinceramente sus preguntas y respondió con enseñanzas, sin ridiculizar. No la mantuvo presa de su pasado. Él le confió la verdad. Jesucristo nos recuerda que para ayudar a las personas a transformar su vida, no solo debemos ver su pasado, debemos ver sus posibilidades. Ese día, ella caminó hasta el pozo como una marginada y se fue del pozo con un propósito. Eso es precisamente lo que significa “presto para ayudar y lento para juzgar”.

Estar con los amigos y miembros nuevos en sus días normales

Todos los días y en todo el mundo, los misioneros conocen personas “junto a los pozos” actuales alrededor del mundo. Les declaran que Jesús es el Cristo, el gran “Yo soy”. Ellos encuentran, enseñan, bautizan y confirman a personas que quizás tienen temor de ser juzgadas y que necesitan ayuda. Como discípulos de Jesucristo, se nos invita a reorientar nuestras almas para que podamos ayudar a los amigos y a los miembros nuevos de maneras más semejantes a Cristo. El presidente Dallin H. Oaks nos ha invitado clara y directamente a que “procuremos ser santos, como nuestro Salvador”. Ser prestos para ayudar y lentos para juzgar es una manera sencilla y profundamente alentadora sobre cómo cada uno de nosotros puede ser más santo, más como nuestro Salvador y ser Su verdadero discípulo.

Ruego que cuando estos hombres y mujeres de hoy en día “junto al pozo” nos conozcan a ustedes y a mí, sepan que han “veni[do] a casa”. Ruego que reconozcan en ustedes y en mí a discípulos de Jesucristo que se esfuerzan y están prestos a llenarlos de agua viva y amorosa. Testifico que cuando ayudamos a las personas una a una, por medio de nuestra pequeña y sencilla manera, en lugar de juzgarlas, estamos preparando el mundo para la Segunda Venida de Jesucristo. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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