Ustedes son lo suficientemente buenos para enseñar

Conferencia General Octubre 2026

Ustedes son lo suficientemente buenos para enseñar

Por el hermano Gabriel W. Reid
Segundo Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical

Dondequiera que enseñemos —en salones de clase, en el campo misional, en nuestros hogares o uno por uno—, Su promesa sigue siendo la misma: Él nos ayudará a hacer Su obra.


Poco después de ser sostenido como miembro de la Presidencia General de la Escuela Dominical, me sentí inadecuado, abrumado y completamente fuera de lugar.

Más tarde me di cuenta de que no era el único que trataba de encontrarle sentido, ya que vi un titular de noticias que decía: “Entre los nuevos líderes de la Escuela Dominical se encuentran hombres que se dedican a la educación en la Iglesia y un jugador de la NFL [Liga Nacional de Fútbol Americano]”.

Cada vez que leo ese titular, sonrío y pienso: “Afortunadamente, en ese titular no se mencionaron los nombres, ¡porque realmente espero que la gente piense que soy uno de los académicos!”. Hoy en especial me siento así.

Aunque el titular me hace reír, no siempre calma este sentimiento que tengo dentro: “Señor, te amo, pero ¿realmente has elegido a la persona adecuada?”.

Quizás ustedes se hayan hecho preguntas similares:

¿Sé lo suficiente?

¿Soy lo suficientemente bueno para enseñar el Evangelio de Jesucristo?

Al reflexionar sobre el Salvador, el Maestro de maestros, he notado un hermoso modelo: a menudo, cuando Él invitaba a alguien a enseñar Su Evangelio, también le hacía una promesa.

A un pequeño grupo de pescadores comunes y corrientes en las costas de Galilea, hombres de corazón dispuesto pero con poca experiencia, les dijo: “Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres”. Él no esperaba que llegaran a ser maestros de excelencia antes de seguirlo; les prometió que Él los convertiría en quienes Él necesitaba que fueran.

En el Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo, los hijos de Mosíah eran todavía jóvenes cuando fueron a enseñar el Evangelio a los lamanitas. El pasado de ellos estaba marcado por la rebeldía, pero sus corazones habían sido transformados mediante el poder redentor del Salvador. Cuando desearon enseñar a sus hermanos, el Señor les prometió: “Os haré instrumentos en mis manos”.

El Señor nos invita a todos a enseñar Su Evangelio. Dondequiera que enseñemos —en salones de clase, en el campo misional, en nuestros hogares o uno por uno—, Su promesa sigue siendo la misma: Él nos ayudará a hacer Su obra.

Nunca se ha esperado que hagamos Su obra solos.

Antes de que el Salvador enseñara a Sus discípulos adónde ir y qué enseñar, les enseñó quiénes debían llegar a ser. Su primera lección no fue sobre la enseñanza, sino sobre el discipulado.

Y la esencia del discipulado, y de todo lo que Él hace, es el amor.

Cuando se le preguntó cuál era el mandamiento más grande, el Salvador enseñó, primero, a amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma y mente; y segundo, a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Para todo maestro del Evangelio, para cada discípulo, estos dos grandes mandamientos se convierten en una sencilla invitación: Amar al Señor y amar a quienes enseñan.

Mis primeros maestros del Evangelio fueron mis padres. Nuestro hogar en la aldea de Leone, Samoa Estadounidense, se convirtió en mi primer salón de clase para el aprendizaje del Evangelio. Bajo un mismo techo, trece hijos, dos padres fieles y, a menudo, otros parientes aprendimos y vivimos el Evangelio juntos.

Mi padre se unió a la Iglesia cuando era joven; mi madre tenía una educación formal limitada. Sin embargo, juntos poseían algo mucho más importante: una fe profunda y perdurable en Jesucristo. Amaban al Señor con todo su corazón y, debido a que lo amaban a Él, nos amaban a nosotros de una manera que nos ayudó a amarlo a Él también.

Algunas de las lecciones más importantes que enseñaron fueron las que captamos simplemente al observarlos.

Esas verdades fueron recalcadas con amor por maestros fieles en esa pequeña capilla de la aldea.

Muchas de mis primeras clases de la Primaria se llevaron a cabo bajo la sombra de un árbol de mango.

Nuestros maestros preparaban fielmente cada lección, pero lo que más recuerdo es cuánto nos amaban. Nos conocían personalmente, incluso por nombre. Su amor nos ayudó a sentir el amor del Salvador; y sentir el amor de Él nos ayudó a sentir la veracidad de Su Evangelio. Al mirar atrás, me doy cuenta de que mis padres y mis maestros de la Iglesia seguían el modelo del Maestro de maestros.

El impacto de un maestro del Evangelio no reside solo en el mensaje, sino en el amor del mensajero.

Mi esposa y yo siempre atesoraremos el tiempo que pasamos en la Misión Australia Sídney. Nos enamoramos de la maravillosa gente de Sídney y tuvimos la bendición de servir junto a más de quinientos misioneros de más de treinta países.

Aprendimos que la manera más segura de amar de verdad a quienes enseñábamos era profundizar nuestro amor por Aquel de quien enseñábamos. A medida que nuestro amor por el Salvador se profundizaba, Él nos enseñó a ver a los misioneros como Él los ve y a amarlos como Él los ama.

Cuando el Salvador resucitado se apareció al pueblo de las Américas, no comenzó pronunciando un sermón ante la multitud; comenzó centrándose en las personas. Invitó a cada persona a venir a Él una por una para que supieran por sí mismas que Él era Jesucristo.

Solo entonces les enseñó Su doctrina y las ordenanzas de Su Evangelio.

Más tarde, después de enseñar muchas otras verdades preciosas, Jesús invitó a las personas a regresar a casa y meditar en lo que habían aprendido. Podemos decir que la “clase” había terminado, pero no Su amor por la gente. Cuando percibió el deseo de sus corazones, se llenó de compasión. Sanó a sus enfermos, bendijo a sus niños y oró por ellos uno por uno.

Para el Maestro de maestros, cada lección estaba inspirada por el amor que sentía por aquellos a quienes enseñaba.

La enseñanza centrada en Cristo se basa en las relaciones. El nuevo e inspirado horario dominical ofrece oportunidades semanales para conocer y amar a quienes enseñamos, ayudándoles a acercarse más al Salvador y a profundizar su conversión.

Ese es Su modelo para cada lección del Evangelio, incluso para las más breves.

Algunos se preguntarán: “¿Cómo puedo enseñar todo en veinticinco minutos?”.

Tal vez una mejor pregunta sea: “¿Cómo puedo ayudar a quienes enseño a conectarse con el Salvador más pronto?”.

El presidente Dallin H. Oaks enseñó: “El maestro del Evangelio nunca obstaculizará la vista [del alumno] hacia el Maestro poniéndose por delante”.

El propósito de cada lección no es que las personas salgan hablando acerca de la persona que enseñó la clase; sino que salgan pensando en el Salvador y amándolo.

Las lecciones de veinticinco minutos no son una limitación; son una invitación a centrarnos, con más claridad que nunca, en ayudar a los demás a venir al Salvador.

Si los miembros de la clase salen de la lección sintiéndose más cerca del Salvador que cuando llegaron, habremos enseñado lo suficiente.

Hermanos y hermanas, si se preguntan si son lo suficientemente buenos para enseñar el Evangelio de Jesucristo, la respuesta es: ¡Sí!

No porque lo sepan todo.

No porque tengan todas las habilidades de enseñanza.

No porque siempre se sientan capaces o seguros.

¡Sino porque pueden amar al Maestro de maestros!

Y a medida que profundicen su amor por Aquel de quien enseñan, Él les enseñará, caminará a su lado y gradualmente los convertirá en los maestros que Él sabe que pueden llegar a ser.

Ya sea que se vean como a un académico, un deportista, un discípulo de toda la vida o alguien que recientemente ha comenzado —o ha comenzado de nuevo— a seguir a Cristo, la invitación es la misma.

Vengan al Maestro de maestros. Aprendan de Él. Ámenlo. Al hacerlo, Él les ayudará a amar a quienes enseñan y ese amor hará que la enseñanza de ustedes sea más semejante a la de Él.

Para enseñar como el Salvador, ¡debemos amar como el Salvador!

Esta es mi oración e invitación, en el nombre del Maestro de maestros, a quien amamos y quien nos amó primero, sí, Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta