Conferencia General Octubre 2026
Un hijo de Dios
Por la presidenta Rosemary K. Chibota
Presidenta General de la Primaria
Les suplico que como discípulos de Jesucristo oren para ver a los demás como Él los ve y que los traten conforme a ello.
Cuando era niña, aprendí que los saludos de mi cultura comunican amor, interés, respeto y pertenencia. Hace poco, mi hija me recordó la importancia del saludo sudafricano sawubona, que significa “te veo”. Este saludo es mucho más que un simple “hola”. Es un reconocimiento del valor y de la humanidad de otra persona. Comunica la idea: “Te reconozco, te respeto, eres importante”.
El Salvador Jesucristo ejemplificó este principio a la perfección. A lo largo de Su ministerio, Él realmente veía a las personas que lo rodeaban. Vio a la mujer junto al pozo, al leproso, al ciego y al niño. Mientras que los demás veían etiquetas, Él veía amados hijos e hijas de Dios. Incluso del joven rico que después se alejó de Su lado entristecido, las Escrituras dicen: “[Y] entonces Jesús, mirándole, le amó”.
Uno de mis momentos favoritos de sawubona en el ministerio del Salvador ocurrió en el estanque de Betesda. Allí Jesús vio a un hombre que había padecido una enfermedad durante treinta y ocho años. Mientras que los demás habían pasado a su lado ignorándolo durante años, el Salvador lo vio, lo ministró y lo sanó.
El buen samaritano también eligió ver. En lugar de permitir que las etiquetas o las diferencias lo distrajeran, vio a un hijo de Dios necesitado y actuó. El ejemplo del Salvador y la compasión del buen samaritano no están fuera de nuestro alcance. A menudo, ayudar a los demás a sentir que se les ve como hijos de Dios comienza con algo tan sencillo como saber su nombre.
Durante la última conferencia de padres y maestros de nuestra hija, un conserje de la escuela se acercó a mi esposo y a mí. Con lágrimas en los ojos, nos dio las gracias por nuestra hija. Nos explicó que ella lo saludaba con regularidad, sabía su nombre e incluso lo ayudaba a limpiar después del almuerzo.
Nos dijo: “Muy pocos alumnos saben mi nombre. Su hija me ve”.
El presidente Dallin H. Oaks nos recordó que “todos los seres terrenales son amados hijos de Dios”. Como líderes de misión, descubrimos que los misioneros que entendían y enseñaban esta verdad eran más eficaces en ayudar a los demás a venir a Cristo.
Les suplico que como discípulos de Jesucristo oren para ver a los demás como Él los ve y que los traten conforme a ello. Recuerden: “Ama a todos con bondad, dijo el Señor”. Cuando vemos a los demás a través de los ojos del Salvador, el amor y el servicio surgen de forma natural. El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “Dios nos tiene en cuenta […]; pero, por lo general, es por medio de otra persona que atiende a nuestras necesidades”.
El Salvador ve nuestro potencial divino y, como enseñan las Escrituras, “llama las cosas que no son, como si fuesen”. Él ve no solo quiénes somos, sino quiénes podemos llegar a ser. Mediante Su sacrificio expiatorio, Él hace posible ese potencial divino para todos nosotros.
Ver a los demás como hijos de Dios también influye en la forma en que nos vemos a nosotros mismos; sin embargo, el mundo nos alienta a vernos a nosotros mismos y a los demás de manera diferente. El mundo nos invita a centrarnos en las etiquetas en lugar de la identidad eterna.
No obstante, las etiquetas nunca pueden captar plenamente quiénes somos en realidad. Los profetas vivientes han enseñado que nuestra identidad eterna importa mucho más que cualquier identificador del mundo. Nuestra identidad no es algo que logramos; es algo que heredamos como amados hijos e hijas de Dios.
Al igual que muchas personas, a veces me he visto a mí misma a través del lente de tales etiquetas. Cuando el presidente Oaks me extendió mi nuevo llamamiento, me dijo: “Se la ha llamado por ser quien es. El Señor la conoce”. En ese momento, se me recordó que la perspectiva que Dios tiene de nosotros es siempre más completa y más esperanzadora que la nuestra. Eso alivió mis sentimientos de ineptitud.
Cualesquiera que sean las etiquetas que los agobien grandemente hoy, Jesucristo puede elevarlos por encima de ellas. Su gracia es suficiente para elevarlos por encima de toda etiqueta y limitación.
Antes de ser alumnos, atletas, empleados, padres, ciudadanos o líderes, éramos hijos procreados como espíritus de nuestro Padre Celestial. Esa identidad eterna no cambia cuando cambian las circunstancias, cuando cometemos errores o cuando otras personas nos malinterpretan. Él los ama. Él los conoce. Él los ve como son ahora y como llegarán a ser. Él tiene un plan para la vida de ustedes ¡y Jesucristo es la figura central de ese plan!
El presidente Russell M. Nelson nos enseñó que aceptar nuestra identidad divina influye en cada decisión importante de nuestra vida. Al buscar la perspectiva del Salvador, Él a menudo nos guiará hacia quienes necesitan ser vistos.
Hace años, oré para saber cómo podía ayudar a un compañero de trabajo que parecía estar aislado. A medida que yo actuaba de acuerdo con las sencillas impresiones de incluirlo, nuestra amistad creció. Aprendí que cuando le pedimos al Padre Celestial que nos ayude a ver a los demás, Él nos guía hacia quienes se sienten invisibles.
Ustedes también pueden marcar la diferencia en la vida de alguien el día de hoy simplemente al ver a las personas y reconocerlas. Recuerden que cada persona tiene valor divino. Cuando nos vemos unos a otros a través de los ojos del Salvador, los corazones cambian, las relaciones interpersonales se profundizan y la fe crece.
Esta semana, los invito a:
- Aprender el nombre de alguien que pueda sentirse invisible.
- Orar para ver a los demás como el Padre Celestial los ve.
- Reemplazar las etiquetas del mundo con estas verdades eternas: hijo de Dios, hijo del convenio y discípulo de Jesucristo.
Mis queridos amigos, les dejo un último sawubona. Los veo. Y lo que es más importante, su Padre Celestial los ve. Su Salvador, Jesucristo, los ve. Ellos conocen su nombre, sus circunstancias, sus dones y su potencial divino.
A medida que aprendamos a vernos a nosotros mismos y unos a otros como Ellos lo hacen, nuestros hogares, barrios, escuelas y comunidades se convertirán en lugares de pertenencia, sanación y amor. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























