El valor que nace de nuestra fe en Jesucristo

Conferencia General Octubre 2026

El valor que nace de nuestra fe en Jesucristo

Por el élder Neil L. Andersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Al manifestar nuestro valor para escoger lo correcto, nuestra fe en Cristo se fortalece.


Damos la bienvenida a la presidenta Rosemary Chibota al liderazgo general de la Iglesia. Su historia es un ejemplo de valor nacido de la fe en Jesucristo.

Rosemary, de diecisiete años, encontró un folleto de José Smith que los misioneros habían dejado en su casa en Zimbabue. Lo leyó e inmediatamente recibió un testimonio espiritual de que era verdadero; José había visto a Dios el Padre y a Su Hijo, Jesucristo. Le enseñaron, fue bautizada y llegó a ser un ejemplo para sus padres, quienes se unieron a la Iglesia diecinueve años después.

La fe y el valor son características distintivas de los discípulos de Jesucristo.

Jesucristo es el Hijo divino de Dios. Él vino a la tierra en las circunstancias más humildes, vivió una vida perfecta y nos enseñó cómo vivir la vida terrenal y cómo prepararnos para la vida eterna. Debido a Su incomparable amor por cada uno de nosotros, nos dio un don que solo Él podía dar, sufrir por nuestros pecados, permitiéndonos arrepentirnos y ser perdonados. Fue crucificado en la cruz y, en la majestuosidad del plan de nuestro Padre Celestial, resucitó al tercer día. Debido a que Él se levantó de la tumba, nosotros también resucitaremos. Cuán sublimes son los propósitos de nuestro Dios y cuán inmensa es nuestra reverencia por nuestro Salvador.

Valor espiritual

Ser Su verdadero discípulo, vencer al mundo, guardar Sus mandamientos y confiar en Él y en Sus promesas no es una búsqueda casual. El valor espiritual es el triunfo sobre los obstáculos, la duda y el temor, al elegir lo correcto.

Siempre se ha requerido valor espiritual, nacido de la fe en Jesucristo, para ser Su discípulo. “Me hallo solo”, escribió Moroni. “Mi padre [al igual que toda mi familia] ha sido muerto en la batalla […] y no tengo amigos ni a dónde ir”.

Aun cuando sus adversarios mataban a todo el que no negara al Cristo, en su valentía, declaró: “Y yo, Moroni, no negaré al Cristo”.

Nuestro mundo es diferente al de la época de Moroni, pero el discipulado siempre requiere valor. Las dudas, las distracciones y los engaños de nuestra época se pueden describir con las palabras del apóstol Pablo: “No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo”.

Nuestro mundo se halla en una conmoción constante. Nuestro teléfono parece estar casi pegado a nuestra mano, brindando una gran cantidad de información, información incorrecta y, ahora, información artificial.

Crecí en una pequeña granja lechera. Durante una temporada, mantuvimos nuestras tres docenas de vacas cerca de un pequeño cañón. Casi todas las mañanas de verano, después de ordeñar, ensillaba el caballo y guiaba a las vacas a pastar a un pastizal alto, sin teléfono celular, auriculares, música ni mensajes de texto. Todo el día, solo las vacas y yo, a solas con mis pensamientos. Los tiempos han cambiado, pero nuestro espíritu no. Necesitamos calma para nutrir nuestra fe en Cristo.

Fe y valor

Al elegir la fe en Cristo, Él nos bendice con el valor, a veces en situaciones muy difíciles, para elegir lo correcto, y cuando manifestamos nuestro valor para elegir lo correcto, nuestra fe en Cristo se fortalece.

Nos regocijamos en la fe en Jesucristo y en el valor espiritual que vemos en ustedes, nuestros miembros de la Iglesia de todo el mundo.

Es nuestra fe en Jesucristo lo que nos da el deseo de arrodillarnos humildemente a solas para orar a nuestro Padre Celestial. En esos momentos serenos en los que hablamos con nuestro Padre Celestial en privado y de forma independiente, se nos da mayor valor para elegir lo correcto. De joven, escuché al presidente David O. McKay decir: “La batalla más importante de la vida se lleva a cabo en lo más recóndito de su propia alma”. Al ganar valientemente las batallas del alma, nuestra fe en nuestro Salvador se multiplica.

Cada semana recibimos la Santa Cena con espíritu de oración y testificamos ante Dios, y en presencia de otras personas, que estamos “dispuestos a tomar sobre [nosotros] el nombre de [Jesucristo], y a recordarle siempre, y a guardar sus mandamientos”. Luego, con valentía, somos fieles a nuestros convenios y, a su vez, el Señor nos bendice con mayor fe.

Es nuestra fe en Jesucristo lo que nos da el valor para aceptar un llamamiento de nuestros líderes del sacerdocio, incluso cuando nos sentimos incapaces o sin tiempo suficiente para aceptar la responsabilidad.

Cuando era un joven abogado, el presidente Dallin H. Oaks trabajaba enérgicamente en un prestigioso bufete, incluso por las noches y los sábados. Su presidente de estaca lo llamó como consejero de la presidencia de misión de estaca, lo cual requería por lo menos tres o cuatro noches por semana. El presidente Oaks reflexionó: “Reuní toda mi fe y acepté el llamamiento”. El presidente Oaks describió aquello como una decisión muy importante en su vida. Su fe fortaleció su valor y su decisión trajo consigo una fe cada vez mayor.

Es nuestra fe en Jesucristo lo que nos da el valor espiritual para ministrar a los demás, vivir la Palabra de Sabiduría, guardar la ley de castidad, honrar el día de reposo, ser honrados en el pago del diezmo y confiar en nuestro Padre y en Su Hijo cuando las enfermedades inesperadas, los problemas económicos o los desastres naturales nos trastornan la vida.

Hace un mes acompañé al presidente Dieter F. Uchtdorf a Spokane, Washington, donde unos incendios destruyeron más de ochocientos hogares. Visitamos a los miembros cuyos vecindarios fueron destruidos completamente. “Nuestra familia está a salvo”, me dijeron Cody y Haylee Woodbury, “y nuestra fe está firme. Podemos construir otra casa”. Su fe en Jesucristo aumentó su valor y su valor ha elevado su fe.

Es la fe de decenas de miles de extraordinarios hombres jóvenes y mujeres jóvenes de todo el mundo lo que les da el valor de levantarse antes de que salga el sol para asistir a Seminario y luego servir en misiones y, al regresar, casarse y formar una familia. Y para aquellos que no pueden casarse, su valor los ayuda a permanecer fieles a sus convenios.

Con fe en Cristo y un valor extraordinario, una joven madre prepara a sus hijos pequeños para ir a la iglesia, sabiendo que algunos domingos serán más una lucha por la supervivencia que una renovación espiritual.

Es nuestra fe en Cristo lo que nos da el valor espiritual para hablar abiertamente con los demás sobre el Salvador, hacer convenios en la Casa del Señor, arrepentirnos y recibir el perdón, seguir a los profetas vivientes y ser guiados por las apacibles impresiones del Espíritu Santo.

Hace poco, una noble mujer de profunda fe expresó su testimonio en la iglesia. De manera confidencial, me enteré de que había quedado devastada por la traición de su esposo. Sin embargo, con el valor que nace de la fe, ella declaró poderosamente que en la felicidad o en el dolor indescriptible, confiaría en la Roca de su salvación, su Salvador, Jesucristo.

Con nuestra esperanza viva en Cristo, incluso con los desafíos de la vida, nosotros también podemos estar, como dijo el apóstol Pablo, “atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados”.

Promesas y testimonio

Les prometo que conforme fortalezcan su fe en Jesucristo al creerle, seguirlo y guardar Sus mandamientos, sus respuestas llegarán, su poder espiritual aumentará y su valor para seguir a Cristo definirá su alma eterna.

El Salvador declaró: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él”.

Pedro y Juan estaban en la habitación cuando el Cristo resucitado se apareció a los apóstoles. “Mirad mis manos y mis pies”, dijo Jesús, “que yo mismo soy; palpad y ved”.

Poco después de esa sagrada experiencia, los gobernantes incrédulos confrontaron a Pedro y a Juan con respecto a sanar a un hombre que no podía caminar. “Lleno[s] del Espíritu Santo”, Pedro y Juan declararon, con valor nacido de su fe: “Si se nos interroga hoy […] de qué manera este [hombre] haya sido sanado, sea notorio a todos […] que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano”.

Al igual que Pedro y Juan en la antigüedad, yo también soy testigo de la realidad de “Jesucristo de Nazaret”. Él vive. Él guía esta santa obra, el Evangelio restaurado de Jesucristo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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