Conferencia General Octubre 2026
Amar como amó Jesús
Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Jesucristo es la perfecta personificación del amor. El amor es el centro de Su Evangelio y la esencia de ser como Él.
Mis queridos hermanos y hermanas, mi mensaje es para todos aquellos cuyo corazón siente dolor por sus seres queridos que se han alejado del Señor, se han apartado de la obediencia a las leyes de Dios, han violado sus convenios y han dejado atrás una serie de corazones rotos, llegando a estar, como dice la Biblia, “llevados por doquiera”.
Como lo describió el apóstol Pablo, tal vez se sientan “oprimidos en exceso”, más allá de sus fuerzas, oprimidos como si estuvieran “agobiados sobremanera”. Si pidiera que levantaran la mano para saber cuántos se sienten así, habría manos alzadas aquí y en todo el mundo. La mayoría de nosotros hemos afrontado ese tipo de angustia en nuestra familia o círculo de amigos. Tal ha sido el caso con la hermana Rasband y conmigo.
En nuestro dolor, continuamente reflexionamos sobre los porqués, los cómos y los qué habría sucedido si. Sentimos que hemos fracasado. Pasamos noches en vela repasando cómo hemos tratado de acercar a nuestros seres queridos a Jesucristo y al Espíritu. Predicamos, tratamos de persuadirlos, discutimos, exigimos, sermoneamos, ignoramos, los sentamos a ver la conferencia general e incluso les enviamos enlaces a discursos, como este, pero es en vano. En todo caso, estas tentativas pueden causar un mayor distanciamiento.
Por designio divino, hermanos y hermanas, cada uno debe elegir por sí mismo seguir a Jesucristo.
El profeta Lehi, del Libro de Mormón, vio en un sueño “innumerables concursos de gentes […] apremi[ándose]” para llegar al árbol de la vida, el cual representa el amor de Jesucristo. Pero “surgió un vapor de tinieblas” y algunos “se desviaron”, fijando su residencia en los grandes y espaciosos edificios que comenzaron a dominar el horizonte. El engaño del adversario conduce a la confusión y a la miseria. Él no puede prometer la vida eterna, ni la vida con Dios el Padre, ni paz. ¡Ni ahora ni nunca!
¿Cómo se comienza de nuevo mientras el adversario trabaja horas extras para destruir el plan de felicidad de Dios?
Afortunadamente, la respuesta se encuentra en el Antiguo Testamento: “No temáis ni os amedrentéis […] porque no es vuestra la batalla, sino de Dios”.
Escuchen atentamente. Les pido que entreguen a Jesucristo su desesperación por esas almas descarriadas. Nosotros no podemos arreglar los corazones de ellos, pero Él sí; Él es un Dios de milagros. Amamos profundamente a nuestros familiares y amigos, pero ellos son, ante todo, hijos de nuestro Padre Celestial, quien los conoce y los ama aún más que nosotros. Nuestro Padre, el gran Elohim, dio a Su Hijo Amado la autoridad y el poder necesarios para sanar a todos Sus hijos. Esa es la buena nueva del Evangelio. ¡Por el poder de la Expiación de Jesucristo, siempre hay un camino de regreso!
Mediante Su Expiación, desde el Jardín de Getsemaní hasta la cruz en el Gólgota, Él pagó por los pecados y las decepciones que atormentan las almas de ellos y las de ustedes.
En términos coloquiales, Jesucristo les dice a todos los que sienten un profundo pesar: “¡Yo me encargo!”.
Jesucristo es la perfecta personificación del amor. El amor es el centro de Su Evangelio y la esencia de ser como Él. El amor puede influir positivamente en quienes se han desviado. El primero y grande mandamiento es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente”. El segundo gran mandamiento es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Como dice la canción de la Primaria: “Como os he amado, amad a otros”.
Amar no es dar un paso atrás ni aprobar las decisiones y acciones de los demás. Amar es mostrar interés en sus vidas, sus éxitos y sus desafíos. Amar es estar allí con los brazos abiertos y un semblante alegre. Amar es elevar con fe y esperanza en nuestro Señor y Salvador. El amor depende de la apacible influencia del Espíritu Santo. En el libro de Proverbios se enseña: “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia […], y él enderezará tus veredas”. El camino lo señala el amor.
El presidente Dallin H. Oaks ha aconsejado: “Evitemos lo que es cruel y hostil […]. Procuremos ser santos, como nuestro Salvador”. Esa santidad viene cuando somos pacificadores, caritativos, pacientes, indulgentes y bondadosos.
El amor se expresa en la oración. En el Libro de Mormón, Alma, hijo, talentoso y de palabra fácil, se “había rebelado contra […] Dios” y “no había guardado sus santos mandamientos”. Un ángel, “con voz de trueno” declaró: “el Señor ha oído las oraciones de su pueblo, y también las oraciones de su siervo Alma, que es tu padre; porque él ha orado con mucha fe en cuanto a ti, para que seas traído al conocimiento de la verdad […], para que las oraciones de sus siervos sean contestadas según su fe”. Su padre, Alma, había orado durante semanas, meses, años y quizás décadas.
Durante tres largos días con sus noches, el joven Alma fue “martiriza[do] [con] un tormento eterno”. De algún lugar profundo dentro de sí vinieron las enseñanzas de su padre sobre la venida de Jesucristo “para expiar los pecados del mundo”. Alma clamó en su corazón: “¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí[!]”. El amor del Salvador lo llenó “de […] gozo”. Llegó a ser un poderoso profeta y una figura importante del Libro de Mormón.
“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí” dice nuestro Salvador, “y hallaréis descanso para vuestras almas”.
Hermanos y hermanas, Jesucristo hace mucho más que Su parte. Su Expiación es un testimonio de Su amor que todo lo abarca y que siente por cada uno de nosotros. Por muy cruel que fuera para Él, Su Expiación fue crucial para nuestro trayecto eterno. Recuerden: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”.
Él ya ha pagado por los pecados y las decisiones erradas de todos los hijos de Dios, incluso de aquellos por los que ustedes y yo estamos afligidos. Él los conoce a ellos. Conoce sus corazones y los ama. Dio Su propia vida para llevarlos por todo el camino de regreso a casa.
Así fue con el hijo pródigo que decidió abandonar su puerto seguro para “vivi[r] perdidamente”. Perdió su fortuna y su amor propio, y regresó a casa en un estado deplorable.
“Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió [hacia él]”. “Se había perdido” y ahora había sido “hallado”.
¿Qué lo trajo de regreso? Fue el amor. Él sabía dónde encontrarlo. El amor, hermanos y hermanas, es la respuesta para conectar con todos nuestros seres queridos. Nuestro Padre extiende Sus brazos protectores hacia nosotros y hacia aquellos que aún se hallan lejos de Él y de Su Hijo, y nos pide que hagamos lo mismo. Jesucristo nos llama diciendo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.
Concluyo con tres sugerencias para ayudarnos a hallar descanso:
Primero, dejen de sentirse culpables. Fracasamos solo cuando nos damos por vencidos y dejamos de intentarlo, así que nunca jamás se den por vencidos con aquellos a quienes aman. Recuerden el ejemplo de cuando Alma oró por su hijo.
Segundo, sigan la admonición del presidente Thomas S. Monson: “Nunca permitan que el problema que se tenga que resolver llegue a ser más importante que la persona a la que se tenga que amar”.
Tercero, recuerden que Jesucristo es la respuesta. Él lo es, siempre lo ha sido y siempre lo será. Búsquenlo mediante el estudio de las Escrituras y las palabras de los profetas, los apóstoles y los líderes y las líderes que están dedicados a servir al Señor. Y oren; oren diariamente al Padre Celestial en el nombre de Jesucristo. Él no nos dejará “huérfanos”.
Les prometo, como Apóstol del Señor Jesucristo, que cuando el diablo lance “sus impetuosos vientos” para desviar a nuestros seres queridos de su curso, “su […] furiosa tormenta […] no ten[drá] poder para arrastrar[los] al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual [ustedes] está[n] edificados”. Si esa roca es Jesucristo.
Confíen en Él. ¡Él puede con esto! En el nombre de Jesucristo. Amén.


























