Eclesiastés o el Predicador

Eclesiastés 2:1–2
“Ve ahora, te probaré con la alegría, y gozarás de lo bueno. Mas he aquí esto también era vanidad”.

El Predicador comienza examinando el placer como posible respuesta al vacío de la existencia. No condena toda alegría legítima, sino la pretensión de que la diversión y el placer puedan proporcionar, por sí solos, un propósito permanente.
El Predicador emprende un experimento personal: comprobar si la alegría, la risa y el disfrute de “lo bueno” pueden concederle un sentido duradero a la existencia. No habla como quien desconoce el placer, sino como alguien que ha tenido los recursos necesarios para experimentarlo plenamente. Sin embargo, lo llama vanidad —hevel en hebreo, “vapor” o “neblina”— porque la diversión produce una satisfacción real pero pasajera. La pregunta “¿De qué sirve esto?” no condena la risa; cuestiona su capacidad para responder a los grandes problemas humanos, como el pecado, el sufrimiento y la muerte.
El pasaje establece una diferencia entre el placer buscado como fin supremo y el gozo recibido como don de Dios. El placer depende generalmente de circunstancias favorables y desaparece cuando estas cambian; el gozo del Evangelio puede permanecer incluso en medio de la adversidad porque nace de la fe en Jesucristo, del arrepentimiento y de los convenios. El Predicador nos invita a disfrutar con gratitud las bendiciones legítimas sin convertirlas en sustitutos de Dios. La risa puede aliviar momentáneamente el corazón, pero solamente Cristo puede sanarlo, darle un propósito eterno y conducirlo hacia una plenitud que no se desvanece.


Eclesiastés 2:4–11
“Engrandecí mis obras, me edifiqué casas, planté viñas […]. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan […]. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos […]; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu”.

Este pasaje reúne el gran experimento del Predicador con la riqueza, la belleza, el poder, el trabajo y la satisfacción de los deseos. Aunque sus logros fueron extraordinarios, descubrió que poseerlo todo no significaba haber encontrado el propósito de la vida. El versículo 11 contiene la evaluación culminante de esa búsqueda.
El Predicador describe una especie de reino ideal construido para su propia satisfacción: casas, viñas, jardines, estanques, ganados, riquezas, música y abundancia. Su experimento abarca casi todo lo que el mundo suele asociar con el éxito: productividad, belleza, posesiones, influencia y placer. No se trata del fracaso de un hombre que no consiguió sus objetivos, sino del testimonio de alguien que obtuvo cuanto deseaba y aun así descubrió que el éxito exterior no podía producir plenitud interior. La frase “no negué a mis ojos ninguna cosa que desearan” revela una vida gobernada por la satisfacción del yo, en la cual los dones de la creación terminaron separados de su Dador.
Al contemplar sus obras terminadas, el Predicador las llama “vanidad y aflicción de espíritu”. La imagen hebrea sugiere el intento de perseguir o pastorear el viento: mucho esfuerzo, movimiento y habilidad, pero nada que pueda retenerse permanentemente. Las casas, los jardines y la riqueza poseían valor temporal; el problema era esperar de ellos una ganancia eterna. El pasaje no condena la prosperidad, la creatividad ni el trabajo diligente, sino la ilusión de que una persona puede construir su propia salvación mediante sus logros. Los talentos y recursos adquieren significado duradero cuando se consagran a Jesucristo, se emplean para bendecir a los demás y contribuyen a edificar el reino de Dios.


Hugh B. Brown: Muchísimos hombres pasan toda su vida acumulando los bienes de este mundo y, en ocasiones, no son muy escrupulosos en cuanto a la manera de obtenerlos; pero la mayoría, si llega a una edad avanzada, adquiere una nueva percepción de los verdaderos valores, aunque con demasiada frecuencia ya es demasiado tarde.

Permítanme ilustrar este punto relatando una experiencia que tuve en 1917, cuando regresaba de mi primer viaje al extranjero durante la Primera Guerra Mundial, en la que prestaba servicio en el Ejército canadiense. Llegué a Nueva York y, mientras me encontraba allí, me enteré de que un anciano a quien conocía estaba hospitalizado. Como disponía de algún tiempo antes de que partiera el tren hacia el oeste, fui a visitarlo al hospital. Era un hombre sumamente rico; poseía establos de caballos de carrera en Cuba, en el noroeste y en California, y tenía millones invertidos en diversos lugares; pero, a los ochenta años, se encontraba a las puertas de la muerte.

Mientras permanecía junto a su cama y repasaba mentalmente diversos aspectos de su vida, tal como yo los conocía; mientras pensaba en su esposa, de quien se había divorciado, y en sus cinco hijos, todos distanciados de él y ninguno de los cuales se interesaba lo suficiente como para ir a verlo al hospital; mientras pensaba en las cosas que había perdido y que el dinero no podía comprar, y observaba su trágica situación y la profundidad de su desdicha, le pregunté qué haría si tuviera el privilegio de vivir nuevamente su vida y pudiera comenzarla con la sabiduría adquirida a través de los años; qué consideraba él que eran los verdaderos valores de la vida, ahora que se encontraba cerca de su final. Le pregunté cuáles consideraba las cosas más importantes de la vida y si podría decirme, como joven que yo era, cómo obtener las mayores riquezas y disfrutarlas cuando llegara a la vejez.

Aquel anciano caballero, que murió pocos días después, me dijo: “Al recordar mi vida, el bien más importante y valioso que podría haber poseído, pero que perdí mientras acumulaba millones, fue la fe sencilla que mi madre tenía en Dios y en la inmortalidad del alma”.

…Ese fue el testimonio de un hombre moribundo que había nacido en la Iglesia, pero que se había alejado mucho de ella. Ese fue el clamor de un hombre solitario y con el corazón quebrantado, que podía obtener cualquier cosa que el dinero pudiera comprar, pero que había perdido las cosas más importantes de la vida con el fin de acumular los bienes de este mundo. Mientras yacía en su lecho de muerte, comprendió que no podía llevarse nada de aquello consigo. (Continuing the Quest, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1961, págs. 33–34).

Spencer W. Kimball: La riqueza obtenida de manera ética y utilizada correctamente no es mala; es buena. Lo malo es amarla, codiciarla, ansiarla y transigir con nuestros principios para conseguirla.

…Tal vez el pecado no se encuentre en las “cosas”, sino en nuestra actitud hacia ellas y en la adoración que les rendimos. A menos que una persona con deseos de adquirir pueda acumular y conservar riquezas sin dejar de brindar plena lealtad a Dios y a Su programa; a menos que el rico pueda santificar el día de reposo, conservar incontaminados su mente, su cuerpo y su espíritu, y prestar servicio generoso a sus semejantes por medio de la manera establecida por Dios; a menos que la persona acaudalada ejerza un dominio completo y mantenga todas sus posesiones en calidad de depósito, sujetas al llamado del Señor por medio de Sus siervos autorizados, entonces esa persona, por el bien de su alma, ciertamente debería “ir, vender lo que tiene y darlo a los pobres, y venir y seguirme” (Mateo 19:21).

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21). (The Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, Salt Lake City: Bookcraft, 1982, pág. 358).


Eclesiastés 2:13–14
“La sabiduría sobrepuja a la necedad, así como la luz a las tinieblas. El sabio tiene sus ojos en su cabeza, mas el necio anda en tinieblas”.

El Predicador reconoce que la sabiduría posee un valor práctico verdadero. Permite discernir, anticipar consecuencias y caminar con mayor claridad. Eclesiastés no enseña que la sabiduría sea inútil, sino que incluso sus beneficios tienen límites dentro de la mortalidad.
El Predicador reconoce honestamente que la sabiduría es superior a la necedad, del mismo modo que la luz supera a las tinieblas. La imagen del sabio con “sus ojos en su cabeza” describe a una persona espiritualmente atenta: observa, discierne y considera las consecuencias antes de actuar. El necio, en cambio, camina en oscuridad, gobernado por impulsos y sin comprender adónde lo conducen sus decisiones. Aunque Eclesiastés cuestiona las pretensiones de la sabiduría humana, no niega su valor práctico para orientar la conducta, evitar sufrimientos innecesarios y vivir responsablemente.
Sin embargo, el contexto recuerda que incluso el sabio continúa sujeto a las limitaciones de la mortalidad. La inteligencia puede iluminar el camino, pero no puede eliminar todos los obstáculos, impedir la muerte ni redimir al ser humano. La sabiduría alcanza su plenitud cuando la luz intelectual se une con la luz de Cristo, la revelación y la obediencia a Dios. El verdadero sabio no es solamente quien comprende mejor el mundo, sino quien permite que Jesucristo dirija su conocimiento y lo emplea para escoger el bien, servir al prójimo y prepararse para la vida eterna.


Eclesiastés 2:15–16
“Lo que sucederá al necio me sucederá también a mí […]. Y morirá el sabio igual que el necio”.

Aquí aparece el gran límite de la sabiduría humana: no puede impedir la muerte. Tanto el sabio como el necio terminan abandonando esta vida y pueden ser olvidados. Esta dificultad señala la necesidad de la Resurrección y la redención mediante Jesucristo.
El Predicador se enfrenta al límite definitivo de la sabiduría humana: aunque el sabio viva con mayor discernimiento que el necio, ambos terminan sometidos a la muerte. Desde la perspectiva de la vida “debajo del sol”, esta realidad parece reducir la diferencia entre ambos, pues ninguno puede conservar para siempre su conocimiento, sus logros ni el recuerdo de su nombre. El pasaje no afirma que sea inútil vivir sabiamente; revela que la sabiduría terrenal, aunque valiosa, no posee poder para librar al ser humano de la mortalidad.
Esta dolorosa observación prepara el corazón para reconocer la necesidad de un Redentor. Aquello que la inteligencia, la educación y la prudencia no pueden conseguir, Jesucristo lo hizo posible mediante Su Expiación y Resurrección. La muerte alcanza tanto al sabio como al necio, pero no constituye su destino final: todos resucitarán y comparecerán ante Dios para responder por la manera en que emplearon su conocimiento y su albedrío. Por ello, la verdadera sabiduría no consiste solamente en comprender la vida mortal, sino en acudir a Cristo, vivir conforme a Sus enseñanzas y prepararse para la eternidad.


Eclesiastés 2:18–19
“Aborrecí todo mi trabajo […], el cual habré de dejar a otro que vendrá después de mí. ¿Y quién sabe si él será sabio o necio?”.

El Predicador descubre que no puede conservar ni controlar el destino de todo lo que ha construido. El fruto de una vida de esfuerzo finalmente pasará a otras manos. El texto cuestiona la búsqueda de seguridad mediante las posesiones y enseña la diferencia entre propiedad y mayordomía.
En Eclesiastés 2:18–19, el Predicador contempla todo lo que ha construido mediante años de esfuerzo y descubre una verdad inquietante: llegará el día en que deberá dejarlo en manos de otra persona. Su frustración no nace solamente de perder sus bienes, sino de no poder controlar cómo serán utilizados. Quien los reciba podría administrarlos sabiamente o destruir en poco tiempo aquello que costó toda una vida levantar. El pasaje desenmascara así la ilusión de que las posesiones y los logros humanos pueden proporcionarnos dominio permanente sobre el futuro.
Estos versículos enseñan la diferencia entre propiedad y mayordomía. En realidad, todo pertenece a Dios, mientras nosotros recibimos temporalmente recursos, capacidades y oportunidades para administrarlos conforme a Su voluntad. No podemos llevar nuestras posesiones más allá de la muerte, pero sí podemos conservar el carácter que desarrollamos al emplearlas: generosidad, diligencia, prudencia y amor. El trabajo adquiere valor eterno cuando deja de orientarse únicamente a acumular y se consagra a bendecir a la familia, servir al prójimo y edificar el reino de Dios.


Eclesiastés 2:22–23
“¿Qué gana el hombre de todo su trabajo y de la fatiga de su corazón […]. Aun de noche su corazón no reposa”.

Estos versículos describen un trabajo que ha dejado de ser productivo y se ha convertido en ansiedad. La persona puede retirarse físicamente de sus labores, pero continuar trabajando mentalmente durante la noche. El pasaje invita a distinguir entre la diligencia inspirada y una ambición que consume el alma.
El Predicador describe a una persona cuyo trabajo ha dejado de ser solamente una actividad física y se ha convertido en una carga interior. Aunque termina la jornada y el cuerpo se acuesta, la mente continúa ocupada en problemas, temores y asuntos pendientes. El trabajo, que debería producir sustento y satisfacción, se transforma así en “fatiga del corazón”. El pasaje no condena la diligencia, sino la ambición desordenada que vincula el valor personal con la productividad y roba al ser humano el descanso, la paz y la capacidad de disfrutar los frutos de su esfuerzo.
El trabajo es un principio divino de progreso, servicio y desarrollo; pero debe permanecer sujeto a prioridades eternas. Cuando la búsqueda de éxito desplaza a Dios, debilita las relaciones familiares o mantiene el corazón en ansiedad constante, deja de ser una mayordomía saludable y se convierte en un amo exigente. Jesucristo nos invita a trabajar responsablemente y luego confiarle aquello que no podemos controlar. La verdadera diligencia hace todo lo posible con fe; la ambición que consume el alma actúa como si todo dependiera exclusivamente de nosotros.


Eclesiastés 2:24
“No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma vea lo bueno de su trabajo. También yo he visto que esto es de la mano de Dios”.

Este versículo marca un giro doctrinal decisivo. El gozo no se obtiene intentando poseer o controlar todas las cosas, sino recibiendo con gratitud los dones cotidianos de Dios. El trabajo, los alimentos y los placeres legítimos adquieren sentido cuando se reconocen como bendiciones divinas.
El Predicador realiza un giro decisivo: después de buscar satisfacción en la riqueza, los placeres y los grandes logros, descubre que el verdadero gozo no nace de poseerlo todo, sino de recibir agradecidamente lo que Dios concede cada día. Comer, beber y disfrutar del trabajo parecen actividades sencillas, pero se convierten en experiencias sagradas cuando se reconocen como dones divinos. El versículo no promueve una vida dedicada al placer, sino una existencia agradecida que acepta con humildad sus límites y disfruta rectamente de las bendiciones presentes.
Esta enseñanza refleja el principio de recibir todas las cosas “con acción de gracias”. El trabajo deja de ser una lucha ansiosa por demostrar nuestro valor y se convierte en una mayordomía mediante la cual desarrollamos capacidades, sostenemos a nuestra familia y servimos a los demás. El gozo no depende únicamente de cuánto acumulamos, sino de nuestra capacidad espiritual para reconocer la mano de Dios en lo cotidiano. Cuando Jesucristo ocupa el centro de la vida, una comida compartida, una jornada honrada y un momento de descanso pueden convertirse en señales de la bondad y providencia del Padre Celestial.


Eclesiastés 2:26
“Porque al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría, y conocimiento y gozo”.

El capítulo concluye devolviendo a Dios al centro de la vida. La sabiduría, el conocimiento y el gozo no son solamente resultados del esfuerzo humano; también son dones divinos. El verdadero problema no está en trabajar, aprender o disfrutar, sino en intentar hacerlo todo independientemente de Dios.
El Predicador concluye su búsqueda reconociendo que la sabiduría, el conocimiento y el gozo no se obtienen únicamente mediante el esfuerzo humano, sino que proceden de Dios. Después de experimentar con los placeres, las riquezas y las grandes obras, comprende que una persona puede poseer muchas cosas sin tener la capacidad espiritual para disfrutarlas correctamente. La expresión “al hombre que le agrada” describe a quien procura vivir rectamente delante de Dios y recibe Sus bendiciones con humildad, gratitud y responsabilidad.
Este versículo enseña que Dios santifica nuestras capacidades cuando las orientamos hacia Sus propósitos. La sabiduría nos ayuda a discernir el bien; el conocimiento amplía nuestra comprensión; y el gozo nos permite reconocer la bondad divina aun en medio de la adversidad. El problema no consiste en trabajar, aprender o disfrutar, sino en intentar hacerlo independientemente del Señor. Cuando Jesucristo ocupa el centro de nuestra vida, el conocimiento se convierte en luz, el trabajo en servicio y las bendiciones temporales en instrumentos de progreso eterno.