Eclesiastés 9:1
“Los justos y los sabios, y sus obras, están en la mano de Dios”.
El Predicador afirma la providencia divina: la vida de los justos no está fuera del conocimiento ni del cuidado de Dios. Sin embargo, las circunstancias visibles no permiten determinar siempre si una persona recibe amor o rechazo. La prosperidad y el sufrimiento no constituyen medidas infalibles de la aprobación divina.
La imagen de estar “en la mano de Dios” expresa pertenencia, cuidado y autoridad divina. El Predicador ha observado que los justos y los sabios no siempre reciben prosperidad ni son librados de todo sufrimiento; aun así, ellos y sus obras permanecen bajo el conocimiento del Señor. Nada de lo que hacen con rectitud se pierde ante Él, aunque pase inadvertido para el mundo. La providencia divina no significa que Dios impida cada adversidad, sino que ninguna experiencia queda fuera de Su capacidad para guiar, juzgar y consagrar.
El versículo también advierte que no podemos determinar el amor o el rechazo de Dios basándonos exclusivamente en las circunstancias visibles. La riqueza no demuestra automáticamente Su aprobación, así como la enfermedad, la pobreza o la aflicción no prueban Su desaprobación. Este principio corrige la tendencia a juzgar la espiritualidad propia o ajena según el éxito temporal. La vida “debajo del sol” no siempre refleja inmediatamente el orden moral eterno.
Estar en la mano de Dios significa confiar en Jesucristo aun cuando no comprendemos nuestro camino. El Padre Celestial conoce nuestras obras, intenciones, pérdidas y esfuerzos silenciosos, y el Salvador puede consagrar nuestras aflicciones para nuestro beneficio. La seguridad del discípulo no consiste en evitar toda dificultad, sino en saber que ninguna prueba puede separarlo del amor divino si permanece fiel a sus convenios.
Eclesiastés 9:2–3
“Un mismo suceso ocurre al justo y al malvado […]. Y después de esto se van a los muertos”.
El “mismo suceso” es principalmente la muerte, destino común del justo y del malvado. El Predicador no declara que sus decisiones sean moralmente equivalentes ni que recibirán el mismo juicio eterno. Señala que, contemplada únicamente “debajo del sol”, la mortalidad alcanza a todos sin distinguir pureza, posición o práctica religiosa.
El Predicador observa que la muerte alcanza por igual al justo y al malvado, al puro y al impuro, al religioso y al irreligioso. Desde la perspectiva limitada de “debajo del sol”, todos terminan abandonando sus posesiones, posiciones y cuerpos mortales. El pasaje no enseña que la rectitud y el pecado tengan el mismo valor ni que produzcan idénticos resultados eternos; afirma que ninguna conducta humana puede convertirnos en inmunes a la muerte. Esta aparente indiferencia de la mortalidad constituye para el Predicador uno de los aspectos más desconcertantes de la existencia.
El texto también menciona que el corazón humano está lleno de maldad y locura durante la vida. Saber que todos morirán puede llevar a algunos a concluir equivocadamente que sus decisiones no importan y que deben satisfacer sus deseos mientras puedan. Sin embargo, Eclesiastés expone esa actitud como parte del problema, no como una conducta recomendable. La muerte común no borra las diferencias morales; solamente demuestra que la justicia definitiva no puede medirse completamente por los resultados temporales.
Jesucristo transforma este “mismo suceso” mediante Su Resurrección. Todos mueren, pero también todos resucitarán y comparecerán ante Dios para ser juzgados según sus obras, deseos y oportunidades. La muerte es universal, pero nuestro destino eterno está relacionado con la manera en que respondemos a la gracia del Salvador. Por ello, la mortalidad compartida debería producir humildad y arrepentimiento, no indiferencia moral.
Adhemar Damiani: Como dice la Biblia: “Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al malvado; al bueno, y al puro y al impuro; al que sacrifica y al que no sacrifica”.
La lluvia, las inundaciones y los vientos no azotaron solamente la casa edificada sobre la arena, sino también la que había sido construida sobre la roca. Tanto la persona que sirve al Señor como aquella que lo desdeña viven en un mundo regido por las mismas leyes de la naturaleza. Muchas cosas sobrevienen tanto al santo como al pecador: enfermedades, muerte, catástrofes, accidentes y demás.
Ni la prosperidad ni la pobreza indican si una persona está viviendo una vida cristiana. El sufrimiento físico no constituye evidencia de maldad ni es necesariamente un castigo por el pecado.
¿Cuáles son, entonces, las recompensas de servir al Señor? El evangelio de Jesucristo no promete que estaremos libres de tribulaciones. Sin embargo, fortalece nuestro espíritu para que podamos aceptar la adversidad y afrontarla cuando llegue. La casa fundada sobre una roca no cae ante los fuertes vientos ni la lluvia. (“Servir al Señor”, Liahona, noviembre de 1999, pág. 28).
Eclesiastés 9:4
“Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos, pues mejor es perro vivo que león muerto”.
En el mundo antiguo, el león representaba poder y nobleza, mientras que el perro solía ser despreciado. El proverbio enseña que mientras una persona vive, aunque su condición sea humilde, conserva oportunidades para actuar, arrepentirse y cambiar. La vida presente posee un valor particular porque todavía podemos ejercer nuestro albedrío.
El Predicador utiliza una comparación sorprendente: “mejor es perro vivo que león muerto”. En el antiguo Cercano Oriente, el león simbolizaba fuerza, nobleza y autoridad, mientras que el perro no era generalmente la mascota doméstica moderna, sino un animal callejero asociado con una condición despreciable. Sin embargo, el perro vivo posee algo que el majestuoso león muerto ya no tiene: participación en la vida “debajo del sol”. Mientras hay vida, permanece la posibilidad de actuar, escoger y modificar el rumbo.
La afirmación “aún hay esperanza” no significa que la muerte destruya toda esperanza eterna; describe el valor particular de la probación mortal. Durante esta vida podemos reconciliarnos, reparar ciertos daños, desarrollar el carácter y emplear nuestro albedrío en circunstancias que no volverán a presentarse de la misma manera. La posición humilde del “perro” vivo es preferible a la grandeza pasada del “león” porque el prestigio sin vida ya no permite realizar ninguna obra terrenal. El versículo nos invita a valorar la oportunidad presente más que los títulos o logros acumulados.
“Esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios”. Gracias a Jesucristo, ninguna persona viva está definitivamente encerrada en sus errores: puede ejercer fe, arrepentirse y comenzar nuevamente mediante Su gracia. No importa cuán humilde o quebrantada parezca su situación, todavía existe esperanza en el Salvador. El mensaje es urgente y misericordioso: mientras vivimos, podemos cambiar; y mediante Cristo, aun la muerte será finalmente vencida.
Eclesiastés 9:5–6
“Los que viven saben que han de morir; mas los muertos nada saben […]; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol”.
El pasaje describe la muerte desde la perspectiva de la participación en la vida terrenal. Los muertos ya no trabajan, aman, envidian ni intervienen en los asuntos realizados “debajo del sol”. No debe interpretarse como una revelación completa que niegue la conciencia después de la muerte. El Evangelio restaurado enseña que el espíritu continúa viviendo, aprendiendo y esperando la resurrección.
El Predicador contempla la muerte desde la perspectiva de la vida “debajo del sol”. Los vivos poseen conciencia de su mortalidad y todavía pueden actuar, arrepentirse y modificar sus relaciones; los muertos, en cambio, ya no participan en las actividades de este mundo. Decir que “nada saben” y que su amor, odio y envidia han perecido describe su separación de los asuntos terrenales, no necesariamente la extinción de su conciencia. Su influencia directa termina, sus posesiones pasan a otros y hasta su recuerdo puede desaparecer entre las generaciones posteriores.
Este pasaje no constituye una descripción completa del estado de los muertos. La revelación enseña que el espíritu continúa viviendo en el mundo de los espíritus, donde conserva identidad, conciencia y capacidad de aprender, mientras espera la Resurrección. Gracias a Jesucristo, la separación entre cuerpo y espíritu es temporal, pues todos serán levantados del sepulcro. Por ello, la enseñanza del Predicador comunica urgencia: debemos aprovechar ahora nuestras oportunidades para amar, servir, arrepentirnos y cumplir nuestra obra terrenal, confiando en que la muerte no será el final de nuestra existencia.
¿Qué sucede con el espíritu del hombre al morir? Esta es una pregunta teológica fundamental. Eclesiastés declara que “el espíritu vuelva a Dios, quien lo dio” (Eclesiastés 12:7). Sin embargo, los testigos de Jehová han interpretado erróneamente otro pasaje de Eclesiastés para afirmar que al morir no queda nada: ni espíritu, ni alma, ni ninguna otra cosa hasta la resurrección. “Los muertos nada saben ni tienen más recompensa, porque su recuerdo cae en el olvido […] y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol”. Para los testigos de Jehová, esto significa que no existe nada después de la muerte. Han sacado la cita de contexto y han pasado por alto la perspectiva fundamental de Eclesiastés: los muertos ya no tienen parte alguna “debajo del sol”, es decir, en el mundo mortal.
Una cita directa del sitio web oficial de los testigos de Jehová declara:
Cuando una persona muere, deja de existir. La muerte es lo contrario de la vida. Los muertos no ven, no oyen ni piensan. Ninguna parte de nosotros sobrevive a la muerte del cuerpo. No poseemos un alma ni un espíritu inmortales.
Después de observar que los vivos saben que morirán, Salomón escribió: “En cuanto a los muertos, ellos no tienen conciencia de nada en absoluto”. Luego amplió esa verdad fundamental al decir que los muertos no pueden amar ni odiar y que “no hay obra, ni proyecto, ni conocimiento ni sabiduría en [el sepulcro]” (Eclesiastés 9:5, 6, 10). De manera semejante, Salmos 146:4 afirma que cuando un hombre muere, “perecen sus pensamientos”. Somos mortales y no sobrevivimos a la muerte de nuestro cuerpo. La vida que disfrutamos es como la llama de una vela. Cuando la llama se apaga, no va a ninguna parte. Simplemente desaparece. (Watchtower).
¡Cuán aterradora resulta esa doctrina comparada con lo que enseña el Libro de Mormón!
“Los espíritus de todos los hombres, en cuanto se separan de este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida […]; los espíritus de los que son justos son recibidos en un estado de felicidad que se llama paraíso […]; los espíritus de los malvados, sí, los que son malos […], serán echados a las tinieblas de afuera” (Alma 40:11–13).
Eclesiastés 9:7–9
“Come tu pan con gozo […]. Goza de la vida con la mujer que amas”.
El Predicador invita a recibir con gratitud la comida, la vestimenta, la celebración y el amor conyugal. Las ropas blancas y el ungüento simbolizan alegría y bienestar. El gozo no es una negación de la muerte, sino una respuesta sabia a la brevedad de la vida: valorar las bendiciones sencillas y las relaciones que Dios nos ha concedido.
El Predicador responde a la brevedad de la vida con una invitación al gozo agradecido. El pan, la bebida, las ropas blancas y el ungüento sobre la cabeza representan alimento, celebración, limpieza y bienestar. No propone una existencia entregada al exceso, sino la capacidad de reconocer como sagrados los dones ordinarios. La conciencia de la muerte no debería convertir la vida en una espera sombría; debe enseñarnos a recibir el presente con gratitud y a no postergar innecesariamente el amor, la alegría y la comunión.
La exhortación “goza de la vida con la mujer que amas” otorga un lugar central al amor conyugal. Entre todas las incertidumbres de la vida “debajo del sol”, la compañía matrimonial constituye una porción concedida por Dios: alguien con quien compartir el trabajo, las cargas y las alegrías. Esta relación puede alcanzar una dimensión eterna mediante los convenios y el sellamiento en el templo. Disfrutar la vida matrimonial implica cultivar deliberadamente la gratitud, la fidelidad, el servicio y el tiempo compartido, reconociendo que el amor no es una distracción de la vida espiritual, sino una de sus expresiones más profundas.
Eclesiastés 9:10
“Todo lo que te venga a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”.
Este versículo llama a una participación plena y diligente en la vida presente. La conciencia de la muerte no debería producir pasividad, sino urgencia moral. Ahora es el tiempo de trabajar, servir, reconciliarnos, desarrollar nuestros dones y cumplir las responsabilidades que Dios ha colocado delante de nosotros.
El Predicador transforma la conciencia de la muerte en una invitación a vivir con diligencia. “Todo lo que te venga a la mano” se refiere a las responsabilidades y oportunidades concretas que se encuentran delante de nosotros, no a una actividad frenética ni a la persecución indiscriminada de cualquier deseo. Hacerlo “según tus fuerzas” significa trabajar de todo corazón, sin aplazar constantemente el bien que podemos realizar hoy. La brevedad de la vida otorga urgencia moral a nuestros actos: llegará el momento en que ya no podremos cumplir esta obra terrenal de la misma manera.
La mortalidad es un tiempo de probación, aprendizaje y preparación para comparecer ante Dios. Ahora podemos arrepentirnos, reparar daños, servir, fortalecer a nuestra familia y desarrollar los dones recibidos. Sin embargo, la diligencia cristiana no exige agotarnos ni medir nuestro valor únicamente por la productividad; significa consagrar nuestras capacidades reales al Señor y confiar en Su gracia cuando no bastan. Jesucristo no espera que hagamos todo, sino que cumplamos fielmente la parte que Dios ha puesto en nuestras manos.
Eclesiastés 9:11–12
“No es de los ligeros la carrera, ni la batalla de los fuertes […], sino que tiempo y ocasión acontecen a todos”.
La habilidad y la preparación importan, pero no garantizan resultados. Circunstancias imprevistas pueden alterar la vida incluso de quienes parecen más capacitados. “Tiempo y ocasión” no significa que Dios esté ausente, sino que la mortalidad incluye contingencia, oposición y acontecimientos que no pueden predecirse ni controlarse completamente.
El Predicador corrige la idea de que el éxito siempre corresponde al más rápido, fuerte, sabio o preparado. La capacidad y la disciplina importan, pero no controlan todas las variables de la vida. Una lesión puede detener al mejor corredor, una circunstancia inesperada puede cambiar una batalla y una crisis puede afectar incluso al trabajador más prudente. “Tiempo y ocasión” expresa la contingencia de la mortalidad: vivimos en un mundo donde nuestras decisiones producen consecuencias, pero también ocurren acontecimientos que no elegimos ni podemos predecir.
La imagen de los peces atrapados en una red y las aves sorprendidas por un lazo subraya cuán repentinamente puede llegar “el tiempo malo”. Esto no significa que la vida esté gobernada únicamente por el azar ni que Dios se encuentre ausente; significa que Su plan permite albedrío, leyes naturales, oposición y experiencias imprevisibles. Por ello, no debemos interpretar todo éxito como prueba de superioridad ni cada fracaso como falta de fe. La sabiduría consiste en prepararnos diligentemente, actuar con humildad y confiar en que Jesucristo puede sostenernos y consagrar para nuestro bien incluso aquello que no pudimos controlar.
Thomas S. Monson: Dios, nuestro Padre, y Jesucristo, nuestro Señor, han señalado el camino hacia la perfección. Nos invitan a escoger seguir las verdades eternas y a llegar a ser perfectos como Ellos son perfectos (véanse Mateo 5:48; 3 Nefi 12:48). El apóstol Pablo comparó la vida con una carrera que tiene una meta claramente definida. A los santos de Corinto los exhortó: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Corintios 9:24).
En nuestro entusiasmo, no pasemos por alto este sabio consejo: “No es de los ligeros la carrera, ni la batalla de los fuertes” (Eclesiastés 9:11). En realidad, el premio pertenece a quien persevere hasta el fin. (“Una invitación a la exaltación”, Liahona, junio de 1993, pág. 4).
Matthew Cowley: Perseverar es un logro. Es un logro grandioso. Y sé que, al avanzar por la vida —aquellos de nosotros que envejecemos cada día—, el logro más grande no consiste en adquirir dinero. Para mí, el mayor logro es llegar al final de nuestros días habiendo sido fieles y leales a nuestros ideales. No puedo pensar en un logro mayor que ese. (Matthew Cowley Speaks, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1954, pág. 221).
Marvin J. Ashton: ¿Qué se necesita para perseverar en la carrera hacia la vida eterna y llegar a ser un campeón?
Llegar a ser vencedor en la carrera hacia la vida eterna requiere esfuerzo: trabajo constante, empeño y perseverancia fiel con la ayuda de Dios. Sin embargo, la clave es avanzar paso a paso.
El elemento esencial para aprender a perseverar es el esfuerzo constante. En nuestra carrera hacia la vida eterna, todos afrontaremos dolores y obstáculos. Tal vez experimentemos aflicciones, pesar, muerte, pecados, debilidad, desastres, enfermedades físicas, dolor, angustia mental, críticas injustas, soledad o rechazo. La manera en que afrontemos estos desafíos determinará si llegan a ser piedras de tropiezo o bloques de construcción. Para los valientes, estos desafíos hacen posibles el progreso y el desarrollo. (Be of Good Cheer, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1987, pág. 19).
Eclesiastés 9:13–16
“Un hombre pobre y sabio […] libró la ciudad con su sabiduría; pero nadie se acordaba de aquel hombre pobre”.
El relato muestra que la sabiduría puede lograr aquello que la fuerza militar no consigue. Sin embargo, también denuncia los prejuicios sociales: una comunidad puede beneficiarse de la inteligencia de una persona pobre y después olvidarla por carecer de posición. El valor de la verdad no depende del prestigio de quien la expresa.
El Predicador relata la historia de una pequeña ciudad amenazada por un rey poderoso. Sus habitantes no fueron salvados por un gran ejército ni por un gobernante prestigioso, sino por la sabiduría de un hombre pobre. El relato demuestra que el buen juicio, la estrategia y el entendimiento pueden vencer obstáculos que la fuerza bruta no logra superar. Sin embargo, una vez pasado el peligro, nadie recuerda al hombre que los salvó. La sociedad recibe el beneficio de su sabiduría, pero lo desprecia porque carece de riqueza, posición e influencia.
El pasaje nos advierte que no debemos evaluar la verdad según la condición social de quien la expresa. Dios frecuentemente realiza Su obra mediante personas humildes que el mundo considera débiles o insignificantes. Jesucristo mismo nació en circunstancias modestas y fue rechazado por quienes esperaban un Mesías revestido de poder político. El verdadero valor del servicio no depende del reconocimiento público, sino de su rectitud ante Dios. Aunque las personas olviden al discípulo fiel, el Señor recuerda cada acto silencioso de sabiduría, sacrificio y amor.
Eclesiastés 9:17–18
“Las palabras del sabio en quietud son más oídas que el clamor del gobernante entre los necios. Mejor es la sabiduría que las armas de guerra; pero un solo pecador destruye mucho bien”.
La sabiduría puede actuar silenciosamente y producir mayor beneficio que el poder ruidoso. No obstante, el capítulo termina con una advertencia: una sola decisión pecaminosa puede destruir el fruto de muchos esfuerzos rectos. El mal posee consecuencias comunitarias, mientras que la sabiduría procura preservar y edificar.
El Predicador contrasta la voz serena del sabio con el clamor de un gobernante rodeado de necios. El volumen, la autoridad y la popularidad no garantizan la verdad; una palabra pronunciada con prudencia puede orientar mejor a una comunidad que un discurso dominante pero carente de juicio. Al afirmar que la sabiduría es superior a las armas de guerra, el texto enseña que la comprensión, la negociación y las decisiones rectas pueden preservar aquello que la fuerza únicamente amenaza con destruir. La verdadera influencia no siempre es espectacular: muchas veces actúa silenciosamente y sus frutos aparecen con el tiempo.
Sin embargo, “un solo pecador destruye mucho bien” advierte que las decisiones individuales poseen consecuencias comunitarias. Un acto de corrupción, traición, abuso o imprudencia puede deshacer años de confianza y sacrificio colectivo. El albedrío nunca opera en completo aislamiento: nuestras elecciones afectan a la familia, la Iglesia y la sociedad. Jesucristo puede reparar mediante Su Expiación lo que el pecado ha quebrantado, pero el arrepentimiento no vuelve insignificante el daño causado; nos llama a confesar, abandonar, reparar cuanto sea posible y emplear nuestra influencia para edificar en lugar de destruir.

























