Eclesiastés o el Predicador

Eclesiastés 3:1–8
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”.

Este célebre poema presenta catorce pares de experiencias opuestas que abarcan la existencia humana: nacimiento y muerte, llanto y risa, silencio y palabra, guerra y paz. No enseña que toda acción sea moralmente correcta en algún momento, sino que la mortalidad contiene diferentes etapas que no podemos controlar completamente. La sabiduría consiste en discernir la respuesta apropiada para cada circunstancia.
El Predicador contempla la vida como una sucesión de estaciones: nacer y morir, plantar y arrancar, llorar y reír, callar y hablar. Estos catorce pares abarcan simbólicamente la totalidad de la experiencia mortal. El poema no enseña que cada acontecimiento sea bueno en sí mismo ni que toda conducta llegue a ser moralmente aceptable en determinado momento. Más bien, reconoce que vivimos dentro de circunstancias cambiantes que no podemos dominar por completo. No escogemos el momento de nuestro nacimiento, no podemos evitar toda pérdida y tampoco prolongar indefinidamente las épocas agradables. La sabiduría consiste en reconocer la estación que estamos atravesando y responder a ella con fe, paciencia y rectitud.
Estos tiempos forman parte de una mortalidad diseñada para proporcionarnos experiencia, oposición y oportunidades de crecimiento. Hay ocasiones para actuar y otras para esperar; momentos para hablar en defensa de la verdad y otros para guardar silencio y escuchar; épocas para edificar y otras para dejar atrás aquello que ya cumplió su propósito. Discernir correctamente esos tiempos requiere más que inteligencia: exige revelación personal y sensibilidad al Espíritu Santo. Una acción correcta realizada en el momento equivocado puede producir resultados dolorosos, mientras que una palabra sencilla pronunciada bajo inspiración puede cambiar una vida.
El consuelo doctrinal del poema reside en que nuestros tiempos no transcurren fuera del conocimiento de Dios. El Padre Celestial contempla el principio y el fin, mientras nosotros solamente vemos la estación presente. Jesucristo experimentó toda la variedad de la condición mortal —dolor, gozo, rechazo, amor y muerte— y puede acompañarnos en cada etapa. Por ello, la fe no consiste en exigir que todas las temporadas sean agradables, sino en confiar en que Dios puede consagrarlas para nuestro bien. Todo tiene su tiempo, pero ningún tiempo está desprovisto de Su presencia ni de la posibilidad de acercarnos más a Él.


Thomas S. Monson: Nuestro hogar debe ser una casa de orden. “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”, aconsejó Eclesiastés, el Predicador. Lo mismo sucede en nuestra vida. Dediquemos tiempo a la familia, tiempo al trabajo, tiempo al estudio, tiempo al servicio, tiempo a la recreación, tiempo a nosotros mismos; pero, por encima de todo, tiempo a Cristo. Entonces nuestro hogar será una casa de orden. (“La edificación de su hogar eterno”, Liahona, octubre de 1999, pág. 5).


Eclesiastés 3:9–10
“¿Qué provecho saca el que trabaja de aquello en que se afana? Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él”.

La pregunta del “provecho” reaparece después del poema sobre el tiempo. El ser humano trabaja dentro de circunstancias cambiantes cuyo comienzo y final no domina. Sin embargo, su labor no carece necesariamente de sentido: puede formar parte del aprendizaje y desarrollo que Dios permite durante la mortalidad.
El Predicador vuelve a preguntar qué ganancia permanente obtiene el ser humano después de tanto esfuerzo. La pregunta surge inmediatamente después del poema sobre los diferentes tiempos de la vida, recordándonos que trabajamos dentro de circunstancias que cambian y que no podemos controlar completamente. Plantamos, edificamos y planificamos, pero las estaciones cambian, nuestros proyectos terminan y sus resultados pueden pasar a otras manos. El texto no desprecia el trabajo; cuestiona la pretensión de encontrar en él una seguridad absoluta o una respuesta completa al propósito de la existencia.
El trabajo que Dios permite durante la mortalidad posee una función educativa y santificadora. Mediante él desarrollamos disciplina, paciencia, creatividad y capacidad para servir; aprendemos a actuar como agentes y mayordomos de los dones recibidos. Su valor eterno no depende únicamente de lo que producimos, sino también de aquello en lo que llegamos a convertirnos mientras trabajamos. Cuando nuestras labores se consagran a Jesucristo y al bienestar de otras personas, aun los esfuerzos cuyos resultados parecen temporales pueden formar en nosotros un carácter semejante al del Salvador.


Eclesiastés 3:11
“Todo lo hizo hermoso en su tiempo. También ha puesto lo eterno en el corazón de ellos”.

Este es uno de los versículos doctrinalmente más importantes de Eclesiastés. Dios contempla la obra completa y puede hacer que cada elemento ocupe su lugar apropiado, aunque el ser humano solamente perciba fragmentos. La presencia de “lo eterno” en el corazón explica nuestro anhelo de comprender el propósito de la vida, superar la muerte y participar en algo permanente.
La afirmación “Todo lo hizo hermoso en su tiempo” no significa que todo acontecimiento sea agradable o bueno en sí mismo. El término también puede transmitir la idea de algo apropiado, ordenado o adecuado dentro de un conjunto mayor. Nosotros contemplamos episodios aislados —una pérdida, una espera, una oración cuya respuesta parece tardar—, mientras Dios ve la obra completa desde el principio hasta el fin. Como quien observa solamente el reverso de un tejido, podemos percibir hilos sueltos y colores desordenados; el Señor, en cambio, conoce el diseño terminado y puede consagrar incluso las experiencias dolorosas para nuestro crecimiento.
La frase “ha puesto lo eterno en el corazón de ellos” explica por qué los logros temporales nunca satisfacen completamente al ser humano. Llevamos dentro de nosotros el anhelo de permanencia, propósito, justicia y vida más allá de la muerte. Ese anhelo refleja nuestra identidad premortal como hijos espirituales de Padres Celestiales y nuestro destino potencialmente eterno. Sentimos que fuimos creados para algo más que nacer, trabajar y morir, aunque durante la mortalidad no podamos comprender plenamente “la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”.
Jesucristo es quien conecta nuestro tiempo limitado con la eternidad de Dios. Mediante Su Expiación y Resurrección, las pérdidas pueden ser restauradas, las injusticias corregidas y las relaciones familiares perpetuadas mediante convenios. Este versículo nos invita a confiar cuando todavía no vemos el cuadro completo: la demora no significa abandono y una etapa dolorosa no representa necesariamente el resultado final. Dios puede hacer que cada experiencia ocupe su lugar apropiado en nuestro desarrollo eterno si permanecemos fieles a Él.


Eclesiastés 3:12–13
“No hay nada mejor para ellos que alegrarse y hacer bien en su vida […]; es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce del bien de toda su labor”.

El Predicador combina el disfrute agradecido con la responsabilidad moral: “alegrarse y hacer bien”. El gozo no consiste en perseguir egoístamente el placer, sino en recibir como dones divinos la vida, el alimento y el trabajo, mientras empleamos nuestro tiempo para hacer el bien.
El Predicador une dos dimensiones que nunca deberían separarse: “alegrarse” y “hacer bien”. El gozo verdadero no consiste en escapar de las responsabilidades ni en perseguir placeres sin límites, sino en recibir agradecidamente las bendiciones sencillas mientras usamos la vida para bendecir a los demás. Comer, beber y disfrutar del fruto del trabajo son experiencias cotidianas, pero adquieren significado sagrado cuando se reconocen como dones de Dios y no solamente como resultados de nuestra capacidad personal.
El gozo y la rectitud se fortalecen mutuamente. Al guardar los mandamientos, servir y actuar con caridad, el discípulo desarrolla la capacidad espiritual para reconocer la bondad de Dios aun en circunstancias imperfectas. El pasaje tampoco promete una vida sin dolor; enseña que podemos encontrar momentos de gratitud y propósito dentro de la mortalidad. Jesucristo nos muestra que la vida más plena no es la que acumula más placeres, sino la que recibe con gratitud, trabaja con honradez y se entrega amorosamente al bien de los demás.


Eclesiastés 3:14
“Todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá”.

Este versículo contrasta la fragilidad de las obras humanas con la permanencia de la obra divina. Mientras nuestros proyectos están sujetos al cambio y la pérdida, los propósitos de Dios permanecen. El “temor” ante Él significa reverencia, humildad y reconocimiento de Su soberanía.
El Predicador contrasta las obras temporales del ser humano con la estabilidad de la obra de Dios. Nuestros proyectos pueden modificarse, deteriorarse o desaparecer; incluso nuestros mejores planes están limitados por el tiempo, el conocimiento incompleto y circunstancias que no controlamos. Lo que Dios hace, en cambio, participa de Su perfección y cumple un propósito eterno. La frase “no se añadirá, ni de ello se disminuirá” no significa que Dios haya dejado de actuar, sino que ningún ser humano puede mejorar, frustrar o invalidar Su designio definitivo.
Esta permanencia se manifiesta particularmente en el plan de salvación, la Expiación de Jesucristo y los convenios administrados mediante Su autoridad. Las modas, los gobiernos y las filosofías cambian, pero las verdades de Dios y Sus promesas permanecen. El “temor” que produce Su obra no es terror servil, sino reverencia: el reconocimiento humilde de que Él es Dios y nosotros dependemos de Su sabiduría. Esta reverencia nos invita a someter nuestros planes a Su voluntad y a edificar la vida sobre aquello que puede perdurar eternamente.


Eclesiastés 3:16–17
“En el lugar del juicio, allí está la maldad […]. Al justo y al malvado juzgará Dios”.

El Predicador reconoce que las instituciones humanas pueden corromperse y que incluso los lugares destinados a impartir justicia pueden producir iniquidad. No obstante, la injusticia temporal no tendrá la última palabra: Dios juzgará tanto al justo como al malvado en el momento señalado.
El Predicador contempla una de las contradicciones más dolorosas de la vida: encontrar maldad precisamente “en el lugar del juicio”. Los tribunales, gobiernos e instituciones creados para proteger al inocente pueden ser corrompidos por el interés, el poder o el temor. El texto no idealiza la sociedad ni ignora el sufrimiento de quienes no reciben justicia. Al contrario, reconoce que, “debajo del sol”, el culpable puede quedar impune y el justo puede ser condenado. Esta realidad demuestra los límites morales de las instituciones humanas.
Sin embargo, el Predicador no concluye que la justicia sea una ilusión, sino que eleva el caso ante un tribunal superior: “Al justo y al malvado juzgará Dios”. El juicio divino será posible gracias a Jesucristo, quien posee conocimiento perfecto de nuestras obras, deseos, oportunidades y circunstancias. Ningún acto de maldad quedará oculto para siempre, pero tampoco se perderá ningún sacrificio justo. Esta doctrina no nos autoriza a permanecer indiferentes ante la injusticia; nos llama a defender la verdad y actuar rectamente, confiando al mismo tiempo en que Dios corregirá finalmente aquello que los tribunales humanos no pudieron resolver.


Eclesiastés 3:18–21
“Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo al polvo volverá”.

Estos versículos expresan deliberadamente la incertidumbre de quien contempla la muerte únicamente “debajo del sol”. El cuerpo humano comparte con los animales la mortalidad y el regreso al polvo. Desde la luz adicional del Evangelio restaurado, sabemos que el espíritu continúa existiendo y que, mediante la Resurrección de Jesucristo, el cuerpo y el espíritu volverán a reunirse.
El Predicador contempla la muerte desde la perspectiva limitada de lo que puede observarse “debajo del sol”. Tanto los seres humanos como los animales respiran, mueren y regresan al polvo; si se considera únicamente el destino visible del cuerpo, parece no existir ninguna diferencia entre ellos. La pregunta “¿Quién sabe si el espíritu de los hijos de los hombres sube a lo alto?” expresa la incertidumbre de la investigación humana cuando depende exclusivamente de la observación. El texto no necesariamente niega la vida después de la muerte; demuestra que la razón y los sentidos, por sí solos, no pueden establecer con certeza el destino eterno del espíritu.
El Evangelio restaurado aporta la luz revelada que el Predicador está buscando. Somos hijos espirituales de Dios y nuestra existencia no termina cuando el cuerpo vuelve al polvo: el espíritu continúa viviendo en el mundo de los espíritus. Gracias a la Expiación y Resurrección de Jesucristo, todos resucitarán y el cuerpo y el espíritu serán reunidos en una condición inmortal. Por tanto, la muerte física nos recuerda nuestra semejanza temporal con el resto de la creación, pero la revelación manifiesta nuestra identidad y destino eternos. El polvo no constituye el final de la historia humana, porque Cristo venció la tumba y abrió el camino hacia la vida eterna.


Eclesiastés 3:22
“No hay nada mejor para el hombre que alegrarse en sus propias obras, porque esta es su parte”.

El capítulo termina aconsejando disfrutar responsablemente del trabajo presente, en vez de pretender controlar un futuro que todavía no podemos ver. Esto no es resignación fatalista, sino una invitación a actuar fielmente dentro del tiempo y de las oportunidades que Dios nos ha concedido.
El Predicador concluye que el ser humano debe aprender a encontrar gozo en la obra que Dios le ha confiado en el presente. “Esta es su parte” no expresa una resignación pesimista, como si nada más importara, sino la aceptación humilde de nuestros límites: podemos actuar hoy, pero no controlar completamente el futuro ni observar todo lo que sucederá después de nosotros. Quien vive obsesionado con resultados lejanos pierde la oportunidad de reconocer el valor del trabajo honrado, el servicio y las bendiciones que ya tiene ante sí.
Disfrutar de nuestras obras significa cumplir agradecidamente nuestra mayordomía mientras confiamos los resultados al Señor. Dios no exige que dominemos el mañana, sino que empleemos con fidelidad el tiempo, los talentos y las oportunidades recibidas. Cuando trabajamos unidos a Jesucristo, incluso las tareas sencillas pueden formar nuestro carácter, sostener a nuestra familia y bendecir a otras personas. El gozo surge al hacer fielmente nuestra parte y descansar en la certeza de que Dios puede consagrar nuestros esfuerzos para propósitos que todavía no alcanzamos a ver.