El libro de Esdras

Capítulo 3


El capítulo desarrolla una teología de restauración centrada en la prioridad de la adoración y la memoria del convenio, mostrando que la reconstrucción espiritual precede y fundamenta la reconstrucción material. Antes incluso de poner los cimientos del templo, el pueblo se congrega “como un solo hombre” y edifica el altar, evidenciando que la relación con Dios —expresada en sacrificios y obediencia a la ley de Moisés— es el verdadero punto de partida de toda renovación . El hecho de que restauren el culto “por temor” a los pueblos circundantes revela un principio doctrinal significativo: en medio de la inseguridad, el pueblo busca refugio no en la autosuficiencia, sino en la adoración y en la fidelidad al convenio. Asimismo, la celebración ordenada de las fiestas y sacrificios subraya que la verdadera adoración está regulada por la revelación divina y sostenida por la constancia. La colocación de los cimientos del templo, acompañada de alabanza y música sagrada, manifiesta que la obra de Dios se celebra incluso en sus comienzos, pero la mezcla de gozo y llanto introduce una dimensión teológica profunda: la restauración es a la vez continuidad y pérdida, esperanza y memoria, donde el pasado glorioso y el presente incompleto coexisten. Así, el capítulo enseña que la fidelidad al convenio implica reconstruir la adoración con obediencia, vivir con esperanza en medio de la imperfección y reconocer que la obra de Dios avanza progresivamente, sostenida por un pueblo que alaba, recuerda y persevera.


David B. Galbraith: El Tabernáculo de Moisés, el Templo de Salomón, el Templo de Herodes: estos son los nombres de los antiguos templos. Estamos familiarizados con todos ellos. Sin embargo, hubo un templo más en Jerusalén. El templo de Salomón fue completamente destruido. El templo olvidado es el que los judíos edificaron después de regresar de su cautiverio en Babilonia. Se le conoce como el Templo de Zorobabel, o el Segundo Templo.

“El Templo de Zorobabel fue completado y dedicado en el sexto año del reinado de Darío, en marzo del año 515 a. C. Los servicios dedicatorios se llevaron a cabo con gran regocijo y numerosos sacrificios, y fueron seguidos por la celebración de la Fiesta de la Pascua (véase Esdras 6:15–19). Este templo, llamado el Segundo Templo, permaneció en pie durante quinientos años. Medio milenio después de su construcción inicial, el templo no fue simplemente renovado, sino completamente reconstruido por Herodes. Sin embargo, el templo de Herodes continuó siendo conocido como el Segundo Templo.

“En estructura y accesorios, este nuevo templo no era tan grandioso e impresionante como el Primer Templo, aunque básicamente tenía el mismo tamaño y estilo arquitectónico. Aquellos que recordaban el templo anterior lloraron y lamentaron la inferioridad del Santuario restaurado, que ya no contenía el Arca del Convenio ni el Urim y Tumim. No obstante, aun sin la protección de murallas y fortificaciones, y con una población reducida, Jerusalén volvió a convertirse en una Ciudad del Templo”. (David B. Galbraith, D. Kelly Ogden y Andrew C. Skinner, Jerusalén: La Ciudad Eterna [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], 123).


Esdras 3:1 — “…se congregó el pueblo como un solo hombre…”
Unidad pactual: la restauración espiritual comienza con la cohesión del pueblo delante de Dios.

La expresión articula una profunda teología de la unidad del convenio, donde la identidad del pueblo de Dios trasciende la individualidad para configurarse como una comunidad espiritualmente cohesionada por un propósito común: la adoración y la restauración de la relación con Jehová. En el contexto postexílico, esta unidad no es meramente organizativa, sino profundamente teológica, pues implica que aquellos que han sido dispersados y disciplinados ahora responden colectivamente al llamado divino, evidenciando que la verdadera restauración requiere no solo retorno físico, sino alineación interior y comunitaria. El lenguaje “como un solo hombre” sugiere una integración de voluntades, corazones y acciones bajo la ley de Dios, anticipando el ideal de un pueblo plenamente consagrado donde la división es reemplazada por la armonía espiritual. Además, esta unidad se convierte en la condición necesaria para la correcta adoración y para el establecimiento del altar, indicando que la presencia de Dios se manifiesta en medio de un pueblo que actúa en comunión. Así, el pasaje enseña que la obra de Dios avanza con mayor plenitud cuando Su pueblo supera las fragmentaciones del pasado y se une en fe, obediencia y propósito, revelando que la unidad espiritual no es solo un resultado del convenio, sino también un requisito para su vivencia auténtica.


Desde los días del tabernáculo de Moisés, y aún más después del templo de Salomón, los sacrificios se realizaban principalmente en el templo. Construir un altar y ofrecer sacrificios sin un templo constituía una excepción motivada por circunstancias difíciles. Al igual que Brigham Young y los Santos de los Últimos Días realizaron ordenanzas del templo en Ensign Peak o en la Casa de Investiduras antes de la finalización de los templos de St. George y Salt Lake (1847–1877), los judíos sentían que los sacrificios debían efectuarse, hubiera templo o no.

Por lo tanto, guardaron la Ley de Moisés lo mejor que pudieron dadas las circunstancias. Podían ofrecer los sacrificios de la mañana y de la tarde; podían celebrar las fiestas; podían practicar la obediencia a la ley y regocijarse en el Señor. Esto procuraron hacer mientras el templo estaba en construcción. Como siempre, la construcción del templo encontraría resistencia por parte del adversario, y la ejecución de los planes requeriría superar numerosos obstáculos.

“Varios lugares fueron utilizados temporalmente, pero con reverencia, por los Santos para propósitos sagrados después de su travesía hacia el valle. El élder Addison Pratt, llamado a regresar a sus labores en la Misión de las Islas de la Sociedad (actualmente Tahití), recibió su investidura en Ensign Peak. Las investiduras para los vivos se administraron de 1851 a 1855 en la Casa del Consejo, ubicada en la esquina suroeste de South Temple y Main Street. En abril de 1854 se seleccionó la parte noroeste de la Manzana del Templo como el sitio para las salas de investidura. Este edificio estaba siendo enlucido en febrero de 1855 y fue completado en abril de ese mismo año. El presidente Heber C. Kimball, de la Primera Presidencia, ofreció la oración dedicatoria para este edificio el 5 de mayo de 1855, y fue él quien durante años dedicó gran parte de su tiempo a dirigir allí los servicios.

“Algún tiempo después de que se construyera una ampliación en 1856, el edificio llegó a conocerse como la Casa de Investiduras. Allí muchos de los conversos emigrantes de la Iglesia acudieron para recibir sus bendiciones y sentar las bases para establecer hogares en Sion, hogares que produjeron familias que aún continúan fortaleciendo a la Iglesia mediante sus testimonios y sus obras.

“Los bautismos por los muertos se administraron allí hasta 1876, las investiduras hasta 1884 y los sellamientos de parejas hasta 1889. Aunque nunca se pretendió que fuera un templo permanente, durante treinta y cuatro años esta casa del Señor cumplió admirablemente su propósito. En 1889, el presidente Wilford Woodruff ordenó que el edificio fuera demolido; para entonces los Santos ya tenían templos en funcionamiento en St. George, Logan y Manti, Utah, y no faltaría mucho para que el Templo de Salt Lake fuera dedicado”. (Improvement Era, vol. LVI, abril de 1953, núm. 4).


Esdras 3:2 — “…edificaron el altar… como está escrito en la ley de Moisés…”
Prioridad doctrinal: la adoración conforme a la ley revelada precede a toda obra material.

La frase “…edificaron el altar… como está escrito en la ley de Moisés…” (Esdras 3:2) articula un principio doctrinal fundamental de la restauración: la legitimidad de la adoración depende de su conformidad con la revelación previamente dada, no de la improvisación religiosa ni de la mera buena intención. La reconstrucción del altar antes incluso del templo revela que el acceso a Dios —mediado por el sacrificio y la obediencia— es prioritario sobre cualquier estructura externa, y que la verdadera restauración comienza al reanudar correctamente las prácticas ordenadas por el Señor. El énfasis en “como está escrito” subraya la autoridad normativa de la ley revelada como criterio de autenticidad espiritual, estableciendo que el culto aceptable no es definido por la cultura o la circunstancia, sino por la fidelidad al patrón divino. Asimismo, este acto refleja una teología de continuidad: aunque el pueblo ha pasado por el juicio y el exilio, su identidad como pueblo del convenio se preserva al alinearse nuevamente con la palabra de Dios. Así, el altar reconstruido no es solo un objeto ritual, sino un símbolo de reconciliación restaurada, donde la obediencia a la ley se convierte en el medio por el cual el pueblo vuelve a entrar en relación con Jehová y reafirma su compromiso pactual.


Esdras 3:3 — “…por el miedo… ofrecieron holocaustos…”
Principio teológico: en medio de la inseguridad, el pueblo busca seguridad en la adoración y dependencia de Dios.

La frase revela una dimensión profundamente realista de la espiritualidad del pueblo del convenio: la fe no siempre surge en ausencia de temor, sino que a menudo se manifiesta precisamente en medio de él. Rodeados de incertidumbre y oposición, los israelitas no responden al miedo con retirada o autosuficiencia, sino con adoración conforme a la ley, lo que sugiere que el temor, correctamente orientado, puede convertirse en un catalizador hacia la dependencia de Dios. El pasaje enseña que la verdadera confianza en Jehová no consiste en la eliminación de la ansiedad externa, sino en la decisión deliberada de acercarse a Él mediante el sacrificio y la obediencia aun cuando persisten las amenazas. El altar, erigido antes que el templo, se convierte así en un símbolo de prioridad espiritual: antes de asegurar su entorno, el pueblo asegura su relación con Dios. Esta acción transforma el miedo en un acto de fe activa, evidenciando que la adoración no es solo expresión de gratitud, sino también un medio de fortaleza en tiempos de vulnerabilidad. En última instancia, el texto afirma que el temor humano puede ser redimido cuando impulsa al creyente a buscar a Dios, convirtiéndose en una puerta hacia la fidelidad y no en un obstáculo para ella.


Esdras 3:4–5 — “…como está escrito… conforme al decreto…”
Orden divino: la adoración verdadera está regulada por revelación y continuidad con la tradición sagrada.

La expresión articula una de las afirmaciones más claras de la teología de la adoración regulada por revelación, subrayando que la restauración auténtica del pueblo del convenio no se fundamenta en la improvisación religiosa, sino en la conformidad precisa con la palabra previamente revelada. En donde la identidad de Israel ha sido profundamente sacudida, el retorno a lo “escrito” —la ley de Moisés— no es meramente una apelación a la tradición, sino un acto de realineación con la voluntad normativa de Dios, que garantiza la legitimidad del culto y la continuidad del convenio. El pasaje enseña que la obediencia exacta a los mandamientos divinos no es una formalidad vacía, sino el medio mediante el cual el pueblo entra nuevamente en comunión con Jehová, restaurando el orden sagrado que había sido quebrantado. Además, el énfasis en el “decreto” indica que la adoración verdadera tiene una estructura y un ritmo establecidos por Dios mismo, lo que implica que la espiritualidad genuina se expresa tanto en la devoción del corazón como en la fidelidad a las formas reveladas. Así, el texto afirma que la restauración espiritual duradera requiere una sumisión consciente a la autoridad de la palabra divina, evidenciando que el camino de regreso a Dios pasa por vivir y adorar exactamente conforme a lo que Él ha establecido.


Esdras 3:6 — “…comenzaron a ofrecer… aunque… no se habían puesto los cimientos…”
Doctrina clave: la relación con Dios no depende de estructuras completas; la adoración puede preceder a la edificación.

La frase “…comenzaron a ofrecer… aunque… no se habían puesto los cimientos…” (Esdras 3:6) revela un principio doctrinal fundamental en la teología de la restauración: la prioridad de la relación con Dios sobre las estructuras visibles, indicando que la adoración auténtica no depende de la culminación de la obra externa, sino de la disposición interior del pueblo. En este contexto, el altar —y no el templo aún inexistente— se convierte en el centro inmediato de la vida espiritual, lo que sugiere que el acceso a Dios puede ser restablecido antes de que la plenitud institucional esté presente. El pasaje enseña que la obediencia a la ley revelada y la práctica del sacrificio constituyen el fundamento sobre el cual se edifica todo lo demás, invirtiendo la lógica humana que prioriza primero la construcción material. Además, este acto de ofrecer en medio de la incompletitud refleja fe en el proceso divino: el pueblo adora no porque la obra esté terminada, sino porque confía en que Dios la llevará a su cumplimiento. Así, el texto establece que la verdadera restauración comienza cuando el pueblo decide actuar conforme a la voluntad de Dios en el presente, aun en condiciones imperfectas, demostrando que la adoración sincera es tanto el inicio como el motor de toda edificación espiritual duradera.


Esdras 3:8 — “…comenzaron la obra…”
Cooperación en la restauración: la obra de Dios requiere organización y participación colectiva.

La expresión encierra una profunda dimensión teológica que va más allá de un simple inicio constructivo, señalando el momento en que la intención espiritual se traduce en acción concreta dentro del marco del convenio. Después del retorno y la restauración del altar, este “comenzar” representa la transición desde la devoción inicial hacia la edificación sostenida de la casa de Dios, indicando que la verdadera fe no se limita a actos simbólicos de adoración, sino que exige compromiso continuo en la obra divina. El texto enseña que la restauración no ocurre de manera instantánea, sino mediante procesos organizados, donde líderes, sacerdotes y levitas asumen responsabilidades específicas, reflejando que la obra de Dios avanza a través del orden, la cooperación y la diligencia. Además, este inicio tiene un carácter sagrado: no es simplemente un proyecto humano, sino una participación en el cumplimiento de los propósitos de Dios en la historia. Así, el pasaje subraya que el discipulado auténtico se manifiesta cuando el creyente no solo desea el bien, sino que “comienza la obra”, es decir, actúa con fe para edificar lo que Dios ha mandado, estableciendo que toda transformación espiritual duradera requiere dar el paso decisivo de pasar de la intención a la acción dentro del plan divino.


Esdras 3:10–11 — “…alababan a Jehová… porque para siempre es su misericordia…”
Teología de alabanza: la adoración reconoce el carácter eterno de Dios como fundamento de la restauración.

La expresión constituye una confesión teológica fundamental que sitúa la restauración del pueblo no en sus méritos, sino en el carácter inmutable de Dios, cuya misericordia trasciende el juicio y fundamenta toda esperanza de renovación. En el contexto de la colocación de los cimientos del templo, esta proclamación revela que la alabanza no es meramente una reacción emocional, sino una afirmación doctrinal que interpreta la historia: el exilio, la disciplina y el retorno son entendidos a la luz de la fidelidad divina al convenio. La repetición litúrgica de esta fórmula, arraigada en la tradición davídica, indica que la adoración auténtica conecta el presente con la memoria teológica del pasado, reafirmando que Dios sigue siendo “bueno” y constante a pesar de las infidelidades humanas. El énfasis en la misericordia eterna enseña que la base de la relación entre Dios y Su pueblo no es la perfección humana, sino la gracia divina que permite la continuidad del pacto. Así, el acto de alabar en medio de una obra aún incompleta —los cimientos apenas puestos— demuestra una fe madura que reconoce que la obra de Dios ya es digna de celebración desde sus comienzos, porque está sustentada en Su naturaleza misericordiosa y eterna, la cual garantiza su consumación futura.


Esdras 3:11 — “…con gran júbilo…”
Gozo espiritual: la obra de Dios genera alegría aun en sus etapas iniciales.

La expresión revela una dimensión profundamente teológica del gozo como respuesta legítima y necesaria ante la manifestación de la fidelidad divina en la historia del convenio. Este júbilo no surge de la culminación de la obra —pues el templo apenas comenzaba— sino del reconocimiento de que Dios ha reanudado Su relación con Su pueblo, evidenciando que el gozo espiritual no depende de la perfección de las circunstancias, sino de la presencia activa de Dios en medio de un proceso incompleto. Desde una perspectiva doctrinal, el júbilo está intrínsecamente vinculado a la alabanza (“porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia”), lo que indica que la verdadera alegría es teocéntrica: nace del entendimiento del carácter constante de Jehová y de Su misericordia perpetua. Además, este gozo colectivo manifiesta la restauración de la identidad del pueblo, que vuelve a experimentar la adoración como comunidad unificada. Sin embargo, al estar entrelazado con el llanto de quienes recordaban el templo anterior, el texto sugiere que el júbilo auténtico en la vida del convenio no excluye la memoria ni la pérdida, sino que coexiste con ellas, formando una respuesta madura y compleja a la obra redentora de Dios. Así, el pasaje enseña que el gozo espiritual verdadero es una señal de la presencia divina y una anticipación de la plenitud futura, incluso cuando la restauración aún está en proceso.


Esdras 3:12 — “…lloraban… mientras otros daban gritos de alegría…”
Tensión doctrinal: la restauración implica simultáneamente memoria del pasado y esperanza futura.

La frase “…lloraban… mientras otros daban gritos de alegría…” (Esdras 3:12) revela una profunda teología de la restauración marcada por la coexistencia de memoria y esperanza dentro de la experiencia del pueblo del convenio. El contraste entre los ancianos que habían visto el primer templo y los que celebraban los nuevos comienzos no es meramente emocional, sino doctrinal: pone de manifiesto que la obra de Dios se desarrolla en continuidad con el pasado, pero nunca sin la tensión de la pérdida y la imperfección presente. El llanto representa la conciencia histórica de lo que se ha perdido por causa del pecado y del juicio divino, mientras que el gozo encarna la fe en la misericordia restauradora de Dios y en Su fidelidad al convenio. Esta dualidad enseña que la verdadera espiritualidad no elimina el dolor del pasado, sino que lo integra dentro de una esperanza redentora; el pueblo aprende a adorar a Dios no solo por lo que fue, sino por lo que Él está volviendo a hacer. Así, el pasaje sugiere que la restauración divina es un proceso complejo y progresivo, en el que la emoción colectiva refleja una comprensión más madura del obrar de Dios: un Dios que permite recordar la pérdida para profundizar la gratitud por la gracia, y que transforma el duelo en alabanza conforme Su obra avanza hacia su plenitud.


Probablemente muchos lloraban de alegría, pero no los ancianos. Ellos lloraban, y lloraban a gran voz. ¿Por qué? Hageo nos dice que estaban decepcionados:

“Habla ahora a Zorobabel… y al resto del pueblo, diciendo: ¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera? (es decir, el Templo de Salomón). ¿Y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos en comparación de aquella? Mas ahora esfuérzate… no temáis; porque… llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos… y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos” (Hageo 2:2–9).

Josefo: “Y cuando el templo fue terminado, los sacerdotes, adornados con sus vestiduras acostumbradas, se colocaron con sus trompetas, mientras que los levitas y los hijos de Asaf estaban de pie cantando himnos a Dios, tal como David les había ordenado originalmente que bendijeran a Dios. Ahora bien, los sacerdotes, los levitas y los miembros más ancianos de las familias, al recordar cuán grande y magnífico había sido el antiguo templo, viendo que este nuevo era muy inferior debido a su pobreza comparado con el que había sido construido anteriormente, consideraban cuánto había decaído su feliz condición respecto de los tiempos antiguos, así como también su templo.

Por ello estaban desconsolados y no podían contener su dolor; llegaron incluso a lamentarse y derramar lágrimas por estas razones. Pero el pueblo en general estaba satisfecho con su situación presente; y puesto que se les permitía construir un templo, no deseaban más. No prestaban atención ni recordaban el templo anterior, ni se atormentaban comparándolo con el presente, como si este estuviera por debajo de sus expectativas.” (Antigüedades de los Judíos, Libro XI, 4:2).

James E. Talmage: En muchos aspectos, el Templo de Zorobabel parecía pobre en comparación con su espléndido predecesor y, en ciertos detalles, incluso estaba por debajo del antiguo Tabernáculo de la Congregación, el santuario de las tribus nómadas.

Los estudiosos señalan las siguientes características presentes en el Templo de Salomón y ausentes en el Templo de Zorobabel:

  1. El Arca del Convenio.
  2. El fuego sagrado.
  3. La Shekinah, o gloria del Señor, manifestada antiguamente como la Presencia Divina.
  4. El Urim y Tumim, mediante los cuales Jehová revelaba Su voluntad a los sacerdotes del orden aarónico.
  5. El espíritu de profecía, indicativo de la más estrecha comunión entre los mortales y su Dios.

No obstante estas diferencias, el Templo de Zorobabel fue reconocido por Dios y fue, sin duda, un lugar de revelación divina para los profetas debidamente llamados. (The House of the Lord [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1968], pp. 42–43.)(Nota del editor: En cuanto a la deficiencia número cinco, el espíritu de profecía no estaba ausente en esta época, pues estaba presente al menos en los profetas Hageo y Zacarías. La adoración en el Segundo Templo era aceptable ante Dios, mientras que los sacerdotes habían contaminado el Templo de Salomón. Es mejor tener una casa sencilla aceptada por el Señor que una grandiosa que haya sido profanada.

Respecto a la segunda deficiencia, el Señor dijo a Hageo que Su gloria llenaría la casa. Aunque la señal visible de Su gloria (la Shekinah) pudiera haber estado ausente, Su presencia y Su gloria estaban allí (Hageo 2:7). No siempre se puede confiar plenamente en las conclusiones de los eruditos.

En cuanto a la primera deficiencia, el autor visitó Jerusalén y descubrió que muchos judíos que esperan la construcción del Tercer Templo creen que el Arca del Convenio fue escondida bajo el Monte del Templo por el rey Josías algunas décadas antes del cautiverio. Si esto fuera cierto, habría estado ausente en el Templo de Zorobabel simplemente porque ese grupo de judíos no sabía dónde encontrarla. Tampoco sabían que sus sacrificios se ofrecían directamente sobre el lugar donde Josías la había ocultado. ¡Una idea fascinante para contemplar!)

David B. Galbraith, D. Kelly Ogden y Andrew C. Skinner: Hay dos grupos de hijos de Abraham que aman los templos: los judíos y los mormones. Sin ánimo de ofender, los católicos no lo comprenden plenamente, ni tampoco los metodistas o los bautistas. Aunque creen en un Dios que es el mismo ayer, hoy y para siempre, no entienden la necesidad de los templos.

Dios nunca ha dejado de requerir sacrificio; simplemente la naturaleza del sacrificio ha cambiado. La sangre de Cristo ya pagó el precio, pero el propósito de un templo es proporcionar a las personas un lugar donde puedan acercarse al mismo trono de Dios. Su existencia y propósito consisten en llevar al pueblo a la presencia de Dios.

¡Qué propósito tan glorioso! ¡Qué celebración tan gloriosa!

Los judíos lo entendían entonces; lo entienden ahora. Los mormones lo entienden hoy y aprecian por qué era tan importante en aquel tiempo.

¿Quién conoce el grito de “¡Aleluya!”? Los Santos de los Últimos Días que han participado en el “¡Hosanna!” y en expresiones de regocijo conocen algo de ello, aunque probablemente no fueron tan ruidosos ni tan entusiastas como estos judíos. No somos conocidos precisamente por “hacer temblar el techo” durante las dedicaciones de templos.

“La principal preocupación de los exiliados que regresaron en el siglo VI antes de Cristo era el templo. Al llegar a Jerusalén reconstruyeron inmediatamente el altar del templo y reanudaron los sacrificios matutinos y vespertinos (véase Esdras 3:1–5). También celebraron la Fiesta de los Tabernáculos.

Contrataron fenicios para importar cedro del Líbano y emplearon albañiles y carpinteros para comenzar la reconstrucción del templo. Los obreros colocaron los cimientos de piedra, y la congregación de Israel cantó y gritó de alegría, aunque muchos de la generación mayor también lloraban a gran voz mientras permanecían entre las ruinas y recordaban la gloriosa estructura que anteriormente había adornado el Monte del Templo en Jerusalén.

Reflexionamos nuevamente sobre la declaración del profeta José Smith de que el objetivo principal de reunir al pueblo de Dios en cualquier época del mundo era ‘edificar al Señor una casa mediante la cual Él pudiera revelar a Su pueblo las ordenanzas de Su casa y las glorias de Su reino, y enseñar al pueblo el camino de la salvación’.” (David B. Galbraith, D. Kelly Ogden y Andrew C. Skinner, Jerusalem: The Eternal City [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], p. 121).

George Q. Cannon: Permítanme preguntar: ¿Cuál fue el propósito de construir un templo en los días de Salomón? ¿Cuál fue el propósito de reconstruirlo después de su destrucción por Nabucodonosor? ¿Por qué Esdras y los judíos que estaban con él en el cautiverio babilónico fueron fortalecidos para salir y reconstruir el templo de Dios en Jerusalén? (véase Esdras 3:1–13; 6:1–22).

Leemos en las Escrituras que la bendición de Dios reposó sobre ellos. Es cierto que sus enemigos los acosaron e hicieron todo lo posible para detener sus labores; sin embargo, fueron grandemente bendecidos. Dios aceptó su obra y derramó sobre ellos bendiciones escogidas y especiales. (Journal of Discourses, 14:126).

David E. Sorenson: El Antiguo Testamento describe parte del gozo que experimenta el pueblo al construir estos lugares sagrados:

“Y cantaban, alabando y dando gracias a Jehová… Y todo el pueblo aclamaba con gran júbilo cuando alababan a Jehová, porque se echaban los cimientos de la casa de Jehová” (Esdras 3:11; véase también Esdras 3:10, 12, 13).

Al observar la construcción de estos nuevos templos, creo que nosotros también tendremos ocasión de alabar al Señor y llorar de gozo.

Al ver el creciente compromiso que el presidente Gordon B. Hinckley y otros han demostrado en la construcción de nuevos templos, podríamos detenernos y preguntarnos por qué los templos son tan importantes.

De hecho, quienes no son miembros de la Iglesia quizás ni siquiera comprendan la diferencia entre nuestras capillas de reunión, de las cuales existen miles, y estos edificios tan especiales que llamamos templos.

El presidente Hinckley explicó la diferencia de esta manera: “Estos edificios únicos y maravillosos, y las ordenanzas que en ellos se administran, representan la culminación de nuestra adoración. Estas ordenanzas constituyen las expresiones más profundas de nuestra teología.”

En otras palabras, los templos son de gran valor para nosotros porque nos ayudan a expresar nuestra doctrina central: venir a Cristo. (“Small Temples—Large Blessings”, Ensign, noviembre de 1998, pp. 64–65)

 

Esdras 3:13 — “…no podía distinguir… el gozo del llanto…”
Realidad espiritual compleja: la experiencia del pueblo de Dios integra gozo, dolor y expectativa en un mismo proceso redentor.

La expresión revela una profunda verdad teológica sobre la naturaleza compleja de la restauración espiritual, en la que el pasado y el presente convergen en una experiencia emocional y doctrinalmente significativa. Este momento no es simplemente una reacción colectiva, sino una manifestación de la memoria del convenio: los ancianos lloran al comparar la gloria pasada del templo con la modestia de sus nuevos cimientos, mientras que la nueva generación se regocija en la esperanza del comienzo. El pasaje enseña que la obra de Dios avanza en contextos de continuidad y ruptura, donde la fidelidad no elimina la pérdida, sino que la integra dentro de un proceso redentor más amplio. La incapacidad de distinguir entre llanto y gozo simboliza que la restauración no es un evento lineal ni emocionalmente uniforme, sino una experiencia en la que el arrepentimiento, la memoria, la esperanza y la gratitud coexisten. Desde una perspectiva más profunda, esto sugiere que el pueblo de Dios aprende a reconocer Su mano tanto en la reconstrucción como en la disciplina pasada, entendiendo que el gozo verdadero no niega el dolor, sino que lo trasciende al situarlo dentro del propósito eterno de Dios, quien restaura no solo estructuras externas, sino la identidad espiritual de Su pueblo.

1 Response to El libro de Esdras

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    me eccato por que estoy estudiando esdras

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