El libro de Esdras

Capítulo 6


El capítulo constituye una culminación doctrinal del proceso de restauración, revelando cómo la fidelidad de Dios trasciende el tiempo, la oposición y las estructuras humanas para cumplir Sus propósitos redentores. Observamos que el hallazgo del decreto de Ciro y su reafirmación por Darío no es meramente un evento administrativo, sino una manifestación de la memoria divina actuando en la historia: aquello que Dios decreta no se pierde ni se invalida, sino que es preservado y cumplido en Su debido tiempo. La provisión de recursos por parte del imperio persa subraya la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, quien no solo permite la obra, sino que mueve los corazones de los reyes para sostenerla. Asimismo, la terminación del templo “conforme al mandamiento del Dios de Israel, y por el mandato de Ciro, y de Darío” revela una interacción teológica entre lo divino y lo humano, donde los decretos terrenales funcionan como instrumentos subordinados al designio celestial. La dedicación del templo, acompañada de sacrificios y la restauración del orden sacerdotal, señala el restablecimiento del culto legítimo y de la relación de pacto, mientras que la celebración de la Pascua enfatiza la renovación espiritual basada en la purificación y la memoria redentora. En conjunto, este capítulo enseña que la obra de Dios, aunque retrasada, es finalmente consumada con gozo cuando Su pueblo persevera en obediencia, y que Él mismo dirige los eventos históricos para restaurar Su presencia entre los que se santifican para buscarle.

Estos versículos revelan una teología integral del templo: Dios ordena la obra, la protege, provee los medios, la hace prosperar por revelación, y finalmente la lleva a su culminación, produciendo gozo y renovación espiritual en un pueblo santificado.


Esdras 6:1–2 — “Se hizo búsqueda… y fue hallado en Acmeta… un rollo”

Estos versículos revelan una verdad importante acerca de la obra de Dios: cuando el Señor hace una promesa, Él preserva los medios para cumplirla. Los enemigos de los judíos habían intentado detener la reconstrucción del templo cuestionando la legitimidad de la orden dada por Ciro. Sin embargo, al realizarse una búsqueda en los archivos imperiales, se encontró en Acmeta (Ecbatana) el documento original que autorizaba la reconstrucción.

El hallazgo de aquel rollo no fue una simple coincidencia administrativa; fue una manifestación de la providencia divina. Décadas después de haber sido emitido, el decreto seguía existiendo, protegido en los archivos del imperio más poderoso de la época. Lo que parecía un obstáculo insuperable se convirtió en una evidencia de que la mano del Señor estaba guiando los acontecimientos para que Su casa fuera edificada.

Este episodio enseña que Dios gobierna no solo sobre Su pueblo, sino también sobre las naciones de la tierra. Él puede utilizar reyes, gobiernos, documentos y acontecimientos históricos para llevar adelante Sus propósitos. Tal como había inspirado a Ciro a emitir el decreto, también preservó ese registro para que la obra no fuera frustrada.

Cuando la obra de Dios enfrenta oposición, el Señor siempre tiene preparados los medios para cumplir Sus promesas y hacer avanzar Sus propósitos.

A veces sentimos que nuestros esfuerzos espirituales encuentran obstáculos inesperados. Sin embargo, la experiencia de Esdras nos recuerda que el Señor ve mucho más allá de lo que nosotros podemos ver. Él conoce dónde se encuentran los “rollos” que necesitamos, las respuestas que aún no hemos descubierto y las puertas que todavía no se han abierto. Nuestra responsabilidad es permanecer fieles; la de Él es abrir el camino en el momento oportuno.

David B. Galbraith, D. Kelly Ogden y Andrew C. Skinner:  Acmeta estaba ubicada a medio camino entre la actual Teherán y Bagdad, en lo que hoy es Irán. “Acmeta [era] llamada Ecbatana por los escritores clásicos, la capital de la Media septentrional. Allí se encontraba el palacio que había sido la residencia de los antiguos monarcas medos, así como de Ciro y Cambises. En la época de Esdras, los reyes persas residían generalmente en Susa de Babilonia. Pero Ciro tenía su corte en Acmeta; y Esdras, escribiendo un siglo después, menciona correctamente el lugar donde se encontró el decreto de Ciro”. 

“El Imperio Persa estuvo entre los primeros en acuñar monedas de oro. Operaba un sistema postal y construyó una red de carreteras. Las capitales o ciudades principales del imperio eran Ecbatana (Acmeta en Esdras 6:2), Pasargada, Persépolis y Susa”. (David B. Galbraith, D. Kelly Ogden y Andrew C. Skinner, Jerusalén: La Ciudad Eterna [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1996], 118)


Esdras 6:3 — “Que se reedifique la casa como lugar para ofrecer sacrificios…”
Este versículo establece el propósito central del templo: la adoración sacrificial. Doctrinalmente, enseña que el templo es el espacio donde se restablece la relación entre Dios y Su pueblo mediante ordenanzas sagradas.

La declaración revela, la centralidad del templo como espacio de reconciliación entre Dios y el ser humano. Este mandato no se limita a una reconstrucción arquitectónica, sino que apunta a la restauración del sistema de adoración que sostiene la relación de pacto. En el contexto del Antiguo Testamento, el sacrificio simboliza expiación, consagración y comunión con lo divino, anticipando tipológicamente la obra redentora de Jesucristo. Por tanto, la reedificación del templo implica la reinstauración del orden sagrado donde el pecado es tratado y la presencia de Dios es nuevamente accesible a Su pueblo. Desde un enfoque analítico, este versículo enseña que la adoración verdadera requiere un lugar, un orden y una autoridad divinamente establecidos, y que la restauración espiritual de una comunidad no puede separarse de la restauración de sus prácticas sagradas. Así, el templo no es solo un símbolo nacional, sino el eje teológico donde convergen la expiación, el convenio y la santificación del pueblo del Dios del cielo.


Esdras 6:7 — “No estorbéis la obra de esa casa de Dios…”
Aquí se manifiesta el principio de la protección divina sobre Su obra. Incluso autoridades externas son llamadas a no interferir, lo que refleja la supremacía del propósito de Dios sobre los intereses humanos.

La declaración articula de manera contundente una doctrina fundamental sobre la inviolabilidad del propósito divino y la protección providencial que Dios extiende sobre Su obra. Este mandato, emitido por una autoridad imperial, revela que incluso los poderes seculares pueden ser instrumentos para salvaguardar aquello que Dios ha decretado, subrayando así Su soberanía sobre las estructuras políticas y sociales. La frase no solo prohíbe la oposición externa, sino que establece un principio más amplio: la obra de Dios posee un carácter sagrado que exige respeto, y todo intento de obstaculizarla se sitúa en tensión directa con la voluntad divina. En este sentido, el texto invita a considerar que la verdadera seguridad de la obra no reside en la capacidad humana, sino en la intervención activa de Dios, quien puede restringir la oposición y abrir caminos inesperados para el cumplimiento de Sus designios. Así, esta declaración no solo protege la reconstrucción del templo en su contexto histórico, sino que también enseña que cuando una obra está alineada con el mandato de Dios, Él mismo levanta límites contra la adversidad y garantiza, en última instancia, su consumación conforme a Su propósito eterno.


Esdras 6:8–9 — “Sean pagados puntualmente los gastos… para que no cese la obra.”
Estos versículos enseñan la doctrina de la provisión divina. Dios no solo manda la obra, sino que provee los medios necesarios para su cumplimiento, aun a través de recursos seculares.

La instrucción revela, desde una perspectiva doctrinal, una profunda enseñanza sobre la provisión divina y la continuidad de la obra de Dios en medio de las realidades temporales. Este mandato, emanado de una autoridad imperial, pone de manifiesto que el Señor no solo decreta la edificación de Su casa, sino que también asegura los medios necesarios para su cumplimiento, incluso utilizando estructuras seculares como instrumentos de Su voluntad. El texto subraya que la obra divina no debe detenerse por carencias materiales cuando está alineada con el propósito revelado; más bien, Dios interviene en la esfera económica y política para sostenerla. Asimismo, la expresión “para que no cese la obra” introduce un principio de urgencia y perseverancia: la obra del Señor requiere continuidad, diligencia y fidelidad sostenida, sin permitir que la oposición o la escasez la interrumpan. Este pasaje enseña que la economía del reino de Dios no está desligada del mundo, sino que lo redime al poner sus recursos al servicio de fines sagrados, mostrando que toda provisión verdadera proviene de Dios y está orientada a la edificación de Su presencia entre Su pueblo.


Esdras 6:10 — “Para que ofrezcan sacrificios… y oren por la vida del rey…”
Aquí se observa una interacción doctrinal entre lo espiritual y lo político: la intercesión del pueblo de Dios por las autoridades. La adoración incluye oración por aquellos que, consciente o inconscientemente, facilitan la obra divina.

La expresión revela una profunda intersección doctrinal entre el culto sagrado y el orden social, mostrando que la adoración verdadera no es aislada, sino que tiene implicaciones comunitarias y políticas. El sacrificio y la oración aquí no solo cumplen una función ritual, sino que constituyen actos de mediación espiritual, donde el pueblo del convenio intercede incluso por autoridades gentiles que, consciente o inconscientemente, están siendo instrumentos en las manos de Dios. Este pasaje enseña que la relación con Dios trasciende la esfera individual y se proyecta hacia el bienestar colectivo, incluyendo a quienes ejercen poder temporal. Se establece que la fidelidad al convenio implica una responsabilidad de intercesión, reconociendo que Dios gobierna sobre todas las naciones y puede influir en los corazones de los gobernantes para cumplir Sus propósitos. Así, la oración por el rey no es una simple formalidad política, sino una manifestación de la confianza en la soberanía divina, donde el pueblo participa activamente en el sostenimiento de un orden que permite la continuidad de la obra de Dios en la tierra.


Esdras 6:14 — “Edificaban y prosperaban, conforme a la profecía… por el mandamiento del Dios de Israel…”
Este versículo es doctrinalmente central: une la revelación profética, la obediencia y la prosperidad espiritual. La obra avanza cuando está alineada con la palabra de Dios.

La expresión articula una de las síntesis doctrinales más completas del proceso de la obra divina: la convergencia entre revelación, obediencia y prosperidad espiritual. El texto sugiere que el verdadero progreso no se mide únicamente en términos materiales o visibles, sino en la alineación del esfuerzo humano con la palabra revelada de Dios. La mención explícita de la profecía de Hageo y Zacarías indica que la edificación del templo no fue simplemente una empresa arquitectónica, sino un acto teológico guiado por dirección profética autorizada, donde el mandamiento divino establece tanto el inicio como la legitimidad de la obra. Esto enseña que la prosperidad genuina del pueblo del convenio surge cuando la acción se somete a la voluntad revelada, y no al impulso humano independiente. Además, la coexistencia de los decretos de reyes terrenales con el “mandamiento del Dios de Israel” subraya que toda autoridad humana es, en última instancia, instrumental y subordinada al designio divino. Así, el pasaje invita a comprender que la edificación del reino de Dios —en cualquier época— prospera únicamente cuando está fundamentada en la obediencia a la revelación, sostenida por la fidelidad del pueblo y dirigida por la soberanía de Dios.


Este es uno de los pocos casos en que los judíos siguieron a sus profetas tal como el Señor deseaba que lo hicieran. El regreso desde Babilonia fue realmente una oportunidad para que este pequeño remanente de judíos reiniciara su historia, comenzara de nuevo conforme a la voluntad de Dios y a la Ley de Moisés.

Todo lo que tenían que hacer era seguir a Dios, obedecer la Ley de Moisés y escuchar el consejo de sus profetas para recibir las bendiciones de prosperidad prometidas en las palabras: “en tanto que guardéis mis mandamientos, prosperaréis en la tierra” (2 Nefi 1:20).

La promesa es clara: cuando los profetas profetizan y el pueblo los sigue, el pueblo prospera.

George Q. Cannon: ¿Cuál era el propósito de construir un templo en los días de Salomón? ¿Cuál era el propósito de reconstruirlo después de su destrucción por Nabucodonosor? ¿Por qué Esdras y los judíos que estaban con él en el cautiverio babilónico fueron fortalecidos para salir y reedificar el templo de Dios en Jerusalén? (Esdras 3:1–13; Esdras 6:1–22).

Leemos en las Escrituras que la bendición de Dios reposó sobre ellos. Es cierto que sus enemigos los hostigaron e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para detener sus labores; sin embargo, fueron abundantemente bendecidos. Dios aceptó su obra y les otorgó bendiciones escogidas y especiales. (Journal of Discourses, 14:126).


Esdras 6:15 — “Esta casa fue terminada…”
Representa la doctrina del cumplimiento de las promesas divinas. Lo que Dios inicia, finalmente lo lleva a término, a pesar de retrasos y oposición.

La declaración constituye una afirmación profundamente teológica que trasciende el simple cierre de un proyecto arquitectónico para revelar el principio doctrinal del cumplimiento de los propósitos divinos en el tiempo señalado por Dios. Este versículo encapsula la convergencia entre la fidelidad humana y la soberanía divina: lo que comenzó como un mandato revelado, enfrentó oposición, sufrió interrupciones, y sin embargo, llegó a su consumación porque estaba sostenido por la voluntad inmutable de Dios. La culminación del templo no solo representa la restauración física de un edificio, sino la reanudación del orden del convenio, del culto legítimo y de la presencia simbólica de Dios entre Su pueblo. Se enseña que la obra de Dios puede ser demorada, pero nunca frustrada; Él dirige los tiempos, dispone los medios y fortalece a Su pueblo hasta que Su palabra se cumple plenamente. Así, esta breve frase se convierte en un testimonio de la fidelidad divina: aquello que Dios decreta, finalmente se completa, invitando al creyente a perseverar con esperanza en medio de los procesos incompletos, confiando en que el propósito divino siempre alcanza su plenitud.


Una vez que los judíos recibieron por segunda vez la aprobación real desde la capital persa, la obra avanzó rápidamente. Según la Biblia, tomó cuatro años completarla, desde el segundo hasta el sexto año del reinado de Darío.

Josefo afirma que tomó siete años, desde el segundo hasta el noveno año. (Antigüedades, XI, 4:7).

Ambas fuentes coinciden en que la obra concluyó durante el último mes del año, equivalente a marzo en nuestro calendario. Josefo añade que fue el día 23 de ese mes.

Siguiendo esta cronología, podemos ver que el templo fue terminado justo a tiempo para una dedicación a principios de abril.


Esdras 6:16 — “Celebraron con gozo la dedicación…”
Este versículo refleja la doctrina del gozo como fruto de la obediencia y la consagración. La culminación de la obra sagrada produce adoración y gratitud.

La expresión encierra una rica dimensión doctrinal que trasciende la mera emoción colectiva, revelando el gozo como una consecuencia teológica de la obediencia sostenida y la culminación de la obra divina. Esta celebración no surge espontáneamente, sino que es el fruto de un proceso marcado por oposición, demora y perseverancia, lo cual sugiere que el gozo auténtico en la vida del creyente está profundamente ligado a la fidelidad al convenio y a la participación en la obra de Dios. En el contexto del templo, este gozo adquiere un carácter sagrado: no es solo satisfacción por una tarea concluida, sino una manifestación de la restauración de la presencia divina entre el pueblo. La dedicación del templo simboliza la reconsagración de la comunidad misma, y el gozo que la acompaña refleja la reconciliación entre Dios y Su pueblo mediante el culto restaurado. Así, este versículo enseña que el verdadero gozo espiritual no proviene de circunstancias favorables, sino de ver cumplidos los propósitos de Dios en medio de la historia, y de participar activamente en ellos con un corazón fiel y consagrado.


Tres grandes fiestas se celebraban en Jerusalén en los días de Jesús: 1) la Pascua, 2) la Fiesta de los Tabernáculos y 3) la Fiesta de las Semanas (Pentecostés). En la dedicación del Templo de Kirtland por los Santos de los Últimos Días, en abril de 1836, hubo un derramamiento pentecostal del Espíritu. En la dedicación del Templo de Zorobabel por los judíos, en abril del año 520 a. C., celebraron con una gozosa fiesta de Pascua. Ellos “celebraron con regocijo la fiesta de los panes sin levadura durante siete días; porque Jehová los había alegrado” (v. 22).

“En la Fiesta de los Tabernáculos, que conmemoraba la liberación de Israel por parte del Señor y su entrada en la tierra prometida, el pueblo cantaba las palabras del Salmo 118 y agitaba ramas de palma. Durante la entrada triunfal del Señor en Jerusalén, las multitudes clamaron: ‘¡Hosanna!’ y extendieron ramas de palma para que Jesús pasara sobre ellas, demostrando así su entendimiento de que Jesús era el mismo Señor que había librado a Israel en la antigüedad (Sal. 118:25–26; Mat. 21:9, 15; Mar. 11:9–10; Juan 12:13). Estas personas reconocieron a Cristo como el Mesías largamente esperado. La palabra Hosanna se ha convertido en una celebración del Mesías en todas las épocas (1 Nefi 11:6; 3 Nefi 11:14–17). El grito de Hosanna fue incluido en la dedicación del Templo de Kirtland (DyC 109:79) y ahora forma parte de la dedicación de los templos modernos.” (About Mormon Temples and Temple Dedications).

Ann Madsen dijo: “Una de las semanas más espirituales de mi vida fue aquella en la que asistimos a la dedicación del Templo de Washington. La recuerdo ahora con tanto gozo como el que sentí entonces. Pienso en ella con frecuencia cuando necesito recordar; cuando necesito sentir nuevamente al Espíritu Santo confirmándome que fue uno de los momentos culminantes de mi vida. Estábamos con queridos amigos que también habían asistido a la dedicación, y el ambiente tranquilo y el clima perfecto fueron un gran catalizador para largas conversaciones sobre el Evangelio, una continuación del Espíritu que habíamos sentido en el templo”. (Dawn Hall Anderson, Susette Fletcher Green y Dlora Hall Dalton, eds., Clothed with Charity: Talks from the 1996 Women’s Conference [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1997], 102–103).


Esdras 6:21 — “Los que se habían apartado de la impureza… para buscar a Jehová…”
Aquí se enseña la doctrina de la santificación como requisito para participar plenamente en el culto y en la comunión con Dios.

La expresión encapsula una doctrina central del pensamiento bíblico: la santificación como condición necesaria para la verdadera comunión con Dios. Este pasaje no solo describe una acción ritual, sino un movimiento espiritual deliberado de separación del mundo hacia una consagración consciente al Señor. El acto de “apartarse” implica más que evitar la contaminación externa; sugiere una transformación interna que redefine la identidad del individuo como miembro del pueblo del convenio. Asimismo, el propósito de esa separación —“buscar a Jehová”— establece que la santidad no es un fin en sí mismo, sino el medio mediante el cual se accede a una relación más profunda con Dios. En este contexto postexílico, donde la identidad religiosa había sido amenazada por la mezcla cultural y espiritual, el versículo subraya la necesidad de una renovación intencional basada en pureza y devoción. Se enseña que el acceso a las bendiciones del pacto y la participación en la adoración verdadera requieren una disposición a abandonar aquello que contamina el alma, evidenciando que la cercanía con Dios está inseparablemente ligada a la pureza de vida y al deseo sincero de buscarle con integridad.


¡Qué apropiada debió de sentirse esta celebración de la Pascua! Esdras reconoce que los hijos de Israel habían vuelto del cautiverio. Al igual que aquella primera liberación —la del ángel destructor y la esclavitud egipcia— los israelitas fueron librados de su enemigo. Es interesante notar que tanto Egipto como Babilonia han sido utilizados en las Escrituras como representaciones figuradas de la capital del reino de Satanás. Los israelitas debían ser liberados de la Babilonia espiritual y del Egipto espiritual.

Consideremos cuán perfectamente encaja este pasaje de Doctrina y Convenios con esta celebración de la Pascua:

“Y los que sean de Judá huyan a Jerusalén, a los montes de la casa del Señor. Salid de entre las naciones, sí, de Babilonia, de en medio de la iniquidad, que es Babilonia espiritual” (D. y C. 133:14).

El remanente que salió con Zorobabel había hecho exactamente lo que el Señor mandó a los santos 2368 años después, en 1831. Habían obedecido el llamado de huir a Jerusalén y al templo de Jerusalén. Habían abandonado las naciones de la iniquidad y la Babilonia espiritual.

Había muchos judíos que permanecieron en Babilonia bajo el dominio persa. La vida era buena. ¿Por qué marcharse? Tuvieron la oportunidad de unirse a Zorobabel, pero no lo hicieron. Otros tendrían la oportunidad de unirse a Esdras cuando él condujo otro grupo migratorio a Jerusalén. Pero algunos no abandonarían Babilonia. Tal vez la sangre de Israel corría por sus venas, pero no estaban dispuestos a partir.

Consideremos las semejanzas entre el éxodo israelita desde Egipto y el éxodo judío desde Babilonia:

  • En ambos casos, los judíos estuvieron bajo el dominio de gobernantes gentiles opresores, ya fuera Faraón o Nabucodonosor.
  • En ambos casos, los judíos se aferraron a las promesas de que heredarían la tierra prometida a sus padres.
  • En ambos casos, fue el Señor quien dirigió el éxodo: desde Egipto por medio de Moisés, y desde Babilonia por medio de Sesbasar, Zorobabel y Esdras.
  • En ambos casos, los sobrevivientes fueron librados de la destrucción por el ángel destructor. En el caso del cautiverio babilónico, el “ángel destructor” fue Nabucodonosor y sus sucesores (la destrucción de Jerusalén, el horno de fuego y el foso de los leones; véase Daniel 3 y 6).
  • En ambos casos, el Señor los envió con el oro y la plata de sus captores (Éxodo 12:35–36; Esdras 1:4–11).
  • En ambos casos, la comida de la Pascua fue celebrada como un memorial de su liberación.

Bruce R. McConkie: El llamado ahora es para todos los hombres, tanto judíos como gentiles:

“Salid de entre las naciones, sí, de Babilonia, de en medio de la iniquidad, que es Babilonia espiritual”.

Hay una gran clave escondida en estas palabras. El recogimiento es tanto temporal como espiritual. Israel se recoge espiritualmente al unirse a la Iglesia; se recoge temporalmente al congregarse donde se encuentran las congregaciones de la Iglesia.

La gran cuestión consiste en abandonar Babilonia, abandonar el mundo, abandonar la iniquidad; consiste en llegar a ser puros de corazón para formar parte de Sion. (El Mesías Milenario: La Segunda Venida del Hijo del Hombre [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], pág. 292).


Esdras 6:22 — “Jehová… había vuelto el corazón del rey… para fortalecer sus manos…”
Este versículo resume la doctrina de la soberanía divina sobre los corazones humanos, mostrando que Dios influye en las circunstancias externas para fortalecer a Su pueblo.

La expresión de “Jehová… había vuelto el corazón del rey… para fortalecer sus manos…” encapsula una de las doctrinas más profundas de la teología bíblica: la soberanía activa de Dios sobre la voluntad humana y los procesos históricos. Este pasaje no sugiere coerción divina, sino una influencia providencial mediante la cual Dios orienta los corazones de los gobernantes para favorecer el cumplimiento de Sus propósitos redentores. El “volver el corazón” implica una intervención sutil pero decisiva, donde lo político se convierte en instrumento de lo sagrado, y el poder terrenal es alineado, consciente o inconscientemente, con la voluntad divina. Asimismo, la finalidad de esta acción —“fortalecer sus manos”— revela que la gracia de Dios no solo abre puertas externas, sino que también infunde vigor, ánimo y perseverancia en Su pueblo, capacitándolo para continuar la obra a pesar de las dificultades previas. Este versículo enseña que la restauración no depende exclusivamente del esfuerzo humano, sino de una sinergia entre la obediencia del pueblo del convenio y la intervención divina que prepara el entorno, disponiendo incluso a las autoridades seculares para sostener la edificación del reino de Dios.

1 Response to El libro de Esdras

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    me eccato por que estoy estudiando esdras

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