La estación del despertar

La estación del despertar

Elaine A. Cannon
Charla fogonera de las Mujeres Jóvenes
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
28 de marzo de 1981

Elaine A. Cannon hablando en una reunión general de mujeres. 1983. Escritora, editora y personaje radiofónico y televisivo, la hermana Cannon apoyó activamente la creación de una revista para los jóvenes de la Iglesia, y prestó servicio como editora adjunta cuando comenzó a publicarse la revista New Era en 1971. También solicitó que las Mujeres Jóvenes tuvieran instrucción religiosa dominical aparte de sus reuniones semanales. La Iglesia adoptó este sistema en 1980, cuando ella era Presidenta General de las Mujeres Jóvenes. Fotografía por Marty Mayo. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Como presidencia de las Mujeres Jóvenes deseamos que sepan que nos comprometemos a sostener al presidente Kimball y a las Autoridades Generales, y a ayudar al Señor Jesucristo en Su gran misión de “llevar a cabo la inmortalidad y ​22. Nuestro interés en particular son las jovencitas de entre doce y dieciocho años. Es un privilegio prestar servicio a esta generación de jovencitas tan dignas de la realeza23.

Ahora en Utah, donde se produce este programa, comienza la época del florecimiento. Es la estación del despertar. Los retoños espesan las ramas. Las primeras flores alegran valientes la Manzana del Templo ¡Es primavera! Mientras que allá, en Australia y Nueva Zelanda —una parte del mundo de la que muchas de ustedes oyen hablar por primera vez— las estaciones se suceden de manera inversa. Es casi la época de la cosecha.

Y así es con nosotras en esta congregación. Hay más de un cuarto de millón de mujeres jóvenes, niñas que están en la primavera de sus vidas. También hay más de treinta y cinco mil presidencias adultas, guardianas de las jovencitas que estamos —algunas de nosotras— apurando hasta el límite el verano de nuestras vidas.

En algún punto entre nuestras estaciones de primavera y de recolección debemos nutrir, podar y enriquecer nuestra vida antes de que pueda producirse el milagro de la cosecha. Oramos por todas nosotras para que, un día, el producto de nuestra vida sea aceptable ante Dios.

Para ustedes que están en la estación del despertar, en la primavera de sus vidas, es a quienes va dedicada la canción especial que entonó el coro al comienzo de esta reunión. Es como si cada una de ustedes se preguntara: Seguir leyendo

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Dejarse llevar, soñar, dirigir

Dejarse llevar, soñar, dirigir

Ardeth G. Kapp
Conferencia de la Universidad Brigham Young para Mujeres
Ernest L. Wilkinson Center, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
2 de febrero de 1980

He observado, y confieso que me ha sucedido en el pasado, que muchas personas en la Iglesia se dejan llevar por la multitud. Muchas buenas personas se dejan arrastrar a la reunión sacramental y a la Escuela Dominical, incluso a la noche de hogar, y devanean por un estudio casual de las Escrituras. Esas personas que van a la deriva forman parte al menos de uno de dos grupos: En el primero están aquellos que se adentran en el torrente, involucrándose a fondo en la actividad en la Iglesia y flotando con la corriente, cómodos al sentir la falsa seguridad de estar en el lugar correcto. Otros, que conforman el segundo grupo, aunque aceptan unos pocos principios elegidos se resisten a ser parte del caudal, del torrente, y deciden irse a los remolinos de las orillas, libres de las demandas de una participación plena. Es difícil decidir cuál de estos grupos ​es mejor o peor. Aquellas de nosotras que, solo en términos de actividad, nos metemos de lleno en la Iglesia, no necesariamente metemos de lleno a la Iglesia en nosotras; y si nos fuésemos, la Iglesia apenas notaría la diferencia. Al seguir las costumbres, hacer lo correcto pero sin llegar a saber, comprender, aceptar y poner en práctica los principios y las doctrinas de salvación, se nos puede comparar con la persona que pasa toda su vida encordando su instrumento, sin llegar a escuchar nunca la música para la cual este fue creado, e incapaz de reconocerla si lo hiciera.

En lo que a principios se refiere, seamos sólidas como la roca. En lo que atañe a la práctica, que todo lo que hagamos esté basado en esos principios de salvación, y que entendamos la intrínseca relación que existe entre principios y costumbres. Resueltas a seguir la admonición del Profeta y convertirnos en eruditas de las Escrituras es como aprendemos gradualmente la doctrina que nos prepara para permanecer sobre la roca de la revelación y para tener cada vez menos la sensación de ser arrastradas, vagando, cuestionando y buscando.

Hay muchas personas buenas que son muy fieles (y hago hincapié en fieles) en seguir las tradiciones y las costumbres. Recuerdo una canción que cantábamos en la Escuela Dominical:

“Nunca llegues tarde a la Escuela Dominical; ven con tu sonrisa y con tu radiante faz”.

El estribillo acababa así:

“Trata de estar, de estar siempre allí, sin demora a las diez de la mañana”18.

Las diez de la mañana fue por mucho tiempo una costumbre, una tradición. No era un principio. Sin embargo, hubo entre los fieles quienes se sintieron incómodos con el cambio, cuyos sentimientos no eran muy distintos de los que manifiestan algunas personas cuando se modifican costumbres o tradiciones en la actualidad. Puede que los cambios, que siempre llegarán, sean para algunos una prueba de fuego, porque su fundamento solo se basa en las costumbres, y no entienden los principios invariables y eternos.

Ser fieles no hace necesariamente que desarrollemos la fe. El primer principio del Evangelio es la fe en el Señor Jesucristo19. Tener fe en Él es conocerlo, conocer Su doctrina y saber que el curso de nuestra vida está en armonía y es aceptable para Él. Ser fiel es relativamente fácil, pero la fe nace del estudio, el ayuno, la oración, la meditación, el sacrificio, el servicio y, finalmente, de la revelación personal. Los destellos de entendimiento llegan línea sobre línea, precepto tras precepto. Nuestro Padre está ansioso por darnos alimento tan rápido como podamos tolerarlo, pero nosotros regulamos la suculencia y la cantidad de nuestra dieta espiritual. Y lo hacemos mediante el mismo procedimiento que utilizaron los hijos de Mosíah: Seguir leyendo

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Las mujeres Santos de los Últimos Días en el cambiante mundo actual

Las mujeres Santos de los Últimos Días en el cambiante mundo actual

Belle S. Spafford
Devocional de la Universidad Brigham Young
Centro Marriott, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
11 de febrero de 1975

Belle S. Spafford, Marianne C. Sharp y Louise W. Madsen con la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro. 1962. Con las hermanas de la presidencia a la cabecera de la mesa (de izquierda a derecha las hermanas Madsen, Spafford y Sharp), la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro posa en un Edificio de la Sociedad de Socorro de seis años de antigüedad. Las hermanas de la Mesa Directiva capacitaban a las unidades de la Sociedad de Socorro por todo el mundo, supervisaban la producción de ropa del templo, publicaban la Relief Society Magazine y diseñaban los cursos de estudio de la Sociedad de Socorro. Fotografía por J. M. Heslop. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Siempre es un gran placer y una experiencia fortalecedora para mí hablar frente a un grupo de alumnos de la Universidad Brigham Young. Disfruté mucho del coro esta mañana, y también agradezco que se refirieran a mí como una mujer joven15. El otro día me llamaron del Consejo Nacional de Mujeres y me preguntaron si aceptaría un nombramiento como delegada en una reunión internacional en París. Pensé: “Antes de aceptar, debería comunicárselo a uno de los miembros de la Primera Presidencia”. De modo que llamé al presidente Tanner y dije: “Me han invitado a prestar servicio como delegada, y creo que no debería aceptar por esto, por esto y por esto”16. Tenía muchas y muy buenas razones, pensé.

Él me escuchó con atención y luego me dijo: “¿Sabes?, creo que debes aprovechar tus oportunidades mientras todavía eres joven”.

Esta mañana me siento particularmente honrada por haber sido invitada por el presidente del comité de programa de la Semana de la Mujer para hablar en este devocional. Dado que es la Semana de la Mujer, me parece adecuado referirme principalmente al papel de la mujer Santo de los Últimos Días en el cambiante mundo actual17. Soy consciente de que este grupo está compuesto por hombres y por mujeres. En la estructura que gobierna la Iglesia, los hombres juegan un papel importante en lo que a las actividades de las mujeres se refiere, en tanto en cuanto estas se relacionan con la labor de la Iglesia. En las primeras reuniones de la Sociedad de Socorro en Nauvoo, el profeta José Smith definió claramente esa relación. En la primera reunión, una presidencia compuesta por tres mujeres —una presidenta, una primera consejera y una segunda consejera— fue llamada a presidir la organización. Más tarde en aquella reunión, el profeta José dijo: “Sirva esta presidencia como una constitución: que todas sus decisiones se consideren ley y se obedezcan como tal. Si deseamos que las oficiales lleven a cabo el designio de la institución, sean ellas nombradas y apartadas… Las actas de sus reuniones serán el precedente sobre el cual actúen: su constitución y su ley”18. No obstante, en la tercera reunión de la sociedad el Profeta dio esta directiva perdurable: “Recibirán instrucciones mediante el orden del sacerdocio que Dios ha establecido, por mediación de quienes han sido nombrados para conducir, guiar y dirigir los asuntos de la Iglesia en esta última dispensación”19.

A causa de estos mandatos, parece imperativo que no solo las mujeres, sino también los hermanos del sacerdocio, sean conocedores del papel que representa la mujer. Los hermanos desearán estar al tanto de los problemas que afrontan las mujeres, para que mediante el entendimiento de estos y de los deberes y las responsabilidades de las hermanas, ellos estén en posición de dar consejo y dirección en armonía con el designio del Señor. El progreso de la obra de la Iglesia es una responsabilidad conjunta de los hombres y las mujeres de la Iglesia, cada uno trabajando en la esfera que se le ha asignado. Cuanto más profunda sea la comprensión que cada uno tenga del papel del otro, mayor habrá de ser el éxito total de la obra de la Iglesia. La comprensión ​se edifica principalmente sobre el conocimiento. Por tanto no me parece inapropiado hablar sobre el papel de la mujer en el cambiante mundo actual a este grupo compuesto tanto por hombres como por mujeres. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro brinda felicidad

La Sociedad de Socorro brinda felicidad

Lucrecia Suárez de Juárez
Conferencia de Área para México y América Central
Auditorio Nacional, Parque Chapultepec, Ciudad de México
26 de agosto de 1972

Queridas hermanas, qué hermoso y significativo es para todas nosotras pensar que en muchos lugares del mundo, en tierras lejanas, en pueblos, ciudades y regiones rurales, se encuentran las hermanas cuidando sus hogares y familias, y dedicándose al trascendental programa de la Sociedad de Socorro12.

Bienvenidas sean todas ustedes, mis hermanas, y que nuestros corazones sean como uno solo en amor y humildad para el Señor. No hay océanos, ni montañas, ni desiertos, ni barreras de tierra que puedan separar a las hermanas de la Sociedad de Socorro, porque todas son iguales en fe y devoción, iguales en sus deseos de seguir las enseñanzas del Evangelio y en ser mujeres ejemplares ante el mundo. El programa y el espíritu de la Sociedad de Socorro abren la puerta hacia un amplio campo en el que se cultivan los más nobles atributos de la mujer, y esto nos trae felicidad; el ganarla y contribuir a la felicidad de los demás, debe ser la meta más importante de nuestra vida.

​Maneras de lograr la felicidad

Las hermanas que logran desarrollar esas cualidades deben manifestarlas primero en su hogar, y después al prójimo en general. La felicidad nos llega por diversos caminos; si damos consuelo a los enfermos y necesitados, a los afligidos, moribundos, huérfanos y viudas, nuestro corazón se siente feliz. Cuando el Señor nos bendice con un llamamiento, sentimos miedo porque sabemos que somos incompetentes, mas si ponemos nuestra voluntad y esfuerzo para desempeñarlo, después sentimos felicidad y decimos, bienaventurado el llamamiento que nos hizo ir más allá de nuestras capacidades. En el trabajo de la Sociedad de Socorro tenemos muchas experiencias, unas más satisfactorias que otras. Si la experiencia fue un éxito, somos felices, y si fracasamos, debemos ser valientes y continuar con más caridad y amor. El amor hacia nuestras hermanas hay que probarlo con hechos a fin de que nos brinde felicidad. La caridad es un amor tan grande que estamos dispuestas a dar parte de nosotras mismas. Tenemos el ejemplo de las maestras visitantes, que llevan mensajes de fe y consolación, y ellas son felices. Las bellas y útiles manualidades para nuestros hogares contribuyen a la felicidad de nuestros seres queridos13; los cánticos que se elevan en alabanza a Dios unen a las hermanas en comunión espiritual, y eso nos hace sentir gozo.

¿Podrá una mujer sola combatir las influencias negativas que dañan a nuestros hijos? No, hermanas; pero estamos unidas como un ejército de mujeres rectas y resueltas que pueden hacer algo.

Como hermanas de la Sociedad de Socorro e hijas de nuestro Padre Celestial, debemos buscar sabiduría, paz, buenos frutos y humildad. ¡Qué mayor felicidad que ver a nuestra familia viviendo limpia y rectamente! En una ocasión, el presidente McKay dijo que una mujer debe ser inteligente y pura porque es la fuente de la vida, “el origen viviente del cual fluye la corriente de la humanidad”14.

El papel que desempeña la madre

Veamos ahora a una hermana en su papel de madre. La experiencia que voy a relatar nos muestra la preparación que la Sociedad de Socorro puede brindar a una madre para educar a sus hijos.

Esta joven madre comenzó el camino de la vida. “¿Es largo el camino?”, preguntó. Su guía respondió: “Sí; el camino es duro y tú serás anciana antes de llegar a su fin, pero el final será mejor que el principio”. La madre era feliz; jugaba con sus hijos, recogía flores para ellos al lado del camino y los bañaba en arroyos puros; el sol brillaba sobre ellos y la vida era buena; la joven madre exclamó: “Nada podría ser mejor que esto”. Después anocheció y vinieron tempestades; el camino senda estaba oscuro y los niños temblaban de miedo y de frío. La madre se acercó y los cubrió con su manto, y los niños dijeron: “Mamita, no tenemos temor porque tú estás ​con nosotros y sabemos que ningún daño nos puede sobrevenir”. La madre dijo: “Esto es mejor que la luz del día, porque he enseñado el valor a mis hijos, y soy feliz”.

Les enseñó acerca de Dios

Amaneció y frente a ellos había un cerro; los niños subieron y se cansaron, pero ella siempre les decía: “Tengan paciencia y en un ratito llegaremos a la cima”. Cuando los niños llegaron dijeron: “Nunca habríamos llegado sin ti, mamá”. Y la madre, mientras descansaba feliz esa noche, mirando el cielo estrellado, dijo: “Este día ha sido mejor que ayer, porque mis hijos han aprendido a ser fuertes ante las dificultades; ayer les di valor y hoy fuerza”. Al día siguiente vinieron nubes extrañas que obscurecieron la tierra, nubes de guerra, de odio y maldad; y los niños andaban a tientas y tropezaban, y la madre dijo: “Miren hacia arriba; alcen la vista hacia la luz”. Los niños alzaron la vista y vieron, por encima de las nubes, una gloria sempiterna que los guio y los llevó más allá de la obscuridad. Esa noche la madre dijo: “Me siento más feliz que los otros días, porque he enseñado a mis hijos acerca de Dios”.

Pasaron los días, los meses y los años, y la madre envejeció. Era pequeña y frágil, pero sus hijos eran altos y fuertes, y ella caminaba con valor. Cuando el camino era difícil y escabroso la llevaban en sus brazos, porque ella era pequeña y ligera. Al fin llegaron a una colina, y más allá de la colina vieron un camino brillante y una puerta de oro que estaba abierta. La madre feliz dijo: “He llegado al fin de mi jornada, y ahora sé que el fin es mejor que el principio, porque ahora mis hijos pueden caminar solos”. Y los hijos respondieron: “Tu siempre caminarás con nosotros, madre, aun cuando hayas entrado por esa puerta”. Ellos se detuvieron y la vieron avanzar sola, y las puertas se cerraron tras ella. Entonces los hijos, con la mirada fija en el infinito, dijeron: “No la podemos ver, pero aún está con nosotros”.

Y así es, queridas hermanas; nuestra madre no es un dulce recuerdo; es como si estuviera con nosotras. La felicidad de las madres se encuentra en la rectitud de sus hijos, que se alcanza con la guía de la Sociedad de Socorro, el brazo fuerte del sacerdocio, y la valentía de esas madres, así como su fe en Dios.

La Sociedad de Socorro brinda felicidad

La idea que trato de transmitirles es esta: La Sociedad de Socorro brinda felicidad a nuestra vida, si la buscamos diligentemente.

Nuestros corazones en esta noche rebosan de gratitud hacia nuestro Padre Celestial por bendecirnos con la presencia de Sus siervos escogidos, a quienes amamos entrañablemente, porque ​sabemos que la palabra de Dios está en ellos15. Mi testimonio es que Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo viven, y que el alma del hombre puede comunicarse con Ellos por medio del Espíritu Santo. Mi oración esta noche es que, en el curso que viene, la Sociedad de Socorro nos brinde a cada una de nosotras la fuerza para cumplir con nuestros deberes, el gozo en el servicio y el éxito conforme a nuestros esfuerzos justos.

Les dejo estos humildes pensamientos en el bendito nombre de nuestro Salvador, Jesucristo. Amén.

Lucrecia Suárez de Juárez, discurso, 26 de agosto de 1972, en “Sister Lucrecia Suarez de Juarez”, Official Report of the First Mexico and Central America Area General Conference of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 25–27 de agosto de 1972 (Salt Lake City: Deseret Press, 1973), págs. 82–84. Título proporcionado por los editores.

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Mi yugo es fácil y ligera mi carga

Mi yugo es fácil y ligera mi carga

Alice C. Smith
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
1º de octubre de 1969

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

​Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga16.

A través de los siglos, desde las costas del Mediterráneo oriental nos llega esta cálida invitación de nuestro Salvador.

Al subir Jesús por las secas colinas de Galilea o al caminar por los polvorientos caminos de Judea, se encontró con pobreza, enfermedades, aflicciones de todo tipo. Halló al pecador arrepentido y al no arrepentido. Se reunió con los que sufrían, y de esas experiencias y Su inmensa comprensión provino Su compasivo ruego: “Venid a mí”.

En 1830, el profeta José Smith declaró que Dios es “el mismo Dios inmutable”17. Por tanto no sorprende que, el 28 de julio de 1843, dieciséis mujeres fueran asignadas a “buscar a los pobres y afligidos… para aliviar las necesidades de todos”18. Dieciseis en un mundo de millones; pero tuvo que haber un comienzo. En 1843, dieciséis maestras visitantes; hoy en día [1969], muchas más de 100 000; mañana 200 000; y pasado mañana dos millones.

Hace unas semanas me encontré con una maravillosa amiga mía. Ella ha sido activa en la Sociedad de Socorro por muchos años. La amo, y fue muy agradable verla. Quería saberlo todo de ella. Le pregunté lo que estaba haciendo actualmente en la Iglesia. Hubo una pausa bastante notable. Entonces, contestó: “Oh, solo soy maestra visitante”. ¡Solo una maestra visitante! Después de despedirnos pensé en cómo se sentiría ella si el Salvador fuera a su próxima reunión de maestras visitantes y le dijera: “Quiero que seas mi emisaria. Quiero que les digas a las mujeres de tu distrito que las amo, que me interesa lo que les sucede a ellas y a sus familias. Quiero que seas mi ayudante, que veles por estas hermanas, que cuides de ellas para que todo esté bien en mi reino”19. Si nos viéramos después de tal encuentro como ese, ¿no sería diferente la respuesta de ella? ¿No la ha llamado Él ya por medio de Su sacerdocio con la misma certeza que si hubiera estado ante ella?

¿Cuántas de nuestras maestras visitantes piensan de sí mismas como “solo maestras visitantes”?

A la maestra visitante se le da la gran responsabilidad de buscar a las necesitadas. Es más, con su visita, ella les está diciendo a todas las hermanas que alguien se preocupa, y que Dios se interesa.

La maestra visitante debe ser la mejor amiga de todas las hermanas de su distrito. Oh, no me refiero a la amiga más cercana, sino a una verdadera amiga.

Espero que todas aquí tengan una verdadera amiga, porque entonces sabrán a qué me refiero. ¿Qué es una verdadera amiga? Es una amiga en la que puedes confiar y con quien sabes que tus secretos estarán a salvo. Es una persona que escucha y que desea escuchar. Es alguien a quien le interesa todo cuanto te sucede y que siempre ayuda cuando es necesario.

​Cuando voy a la puerta y encuentro a mi mejor amiga allí, esperando a entrar, mi corazón resplandece. No puedo esperar a abrir la puerta. Estoy encantada de verla. Yo sé que me ama, igual que yo la amo a ella.

La maestra visitante debe producir una reacción así en todas las personas por las que vela. No debe ser alguien que se apresura el último día del mes y dice: “Solo tengo unos minutos; sé que has leído el mensaje y te lo sabes mejor que yo, y de todos modos no lo necesitas. Qué tal estás y nos vemos en la Sociedad de Socorro la semana que viene”. La maestra visitante debe dejar tras de sí un amor que bendiga tanto a la hermana que recibe la visita como el hogar de esta.

Hace años, al salir de la capilla después de una reunión de la Sociedad de Socorro, mi maestra visitante me detuvo. “Alice”, dijo, “tú tienes todo lo que necesitas. Ojalá pudiera hacer algo por ti”.

“Haces algo por mí cada mes”, le contesté. “Me llevas un mensaje de amor. Me siento consolada y fortalecida gracias a tu interés por mí y por mi familia”, pero no parecía completamente satisfecha.

Menos de dos horas después llegó a mi puerta. En sus manos llevaba una hogaza de pan casero recién horneado. “Después de despedirme de ti hoy”, dijo, “recordé que una vez me dijiste que tus responsabilidades en la universidad te tenían tan ocupada que nunca tenías tiempo para hacer pan. Así que hay algo especial que puedo hacer por ti”.

Hace cinco años regresamos a casa tras una ausencia de tres años20. Estábamos cansados del largo viaje al exterior y aún no habíamos tenido tiempo para ir al mercado. Veinte minutos después de llegar a casa, llamaron a nuestra puerta. Allí estaba ella, mi maestra visitante (que por entonces hacía tiempo que había sido relevada) con una hogaza de pan casero recién horneado y un frasco con mermelada de frambuesa. Me encanta el emblema de la Sociedad de Socorro con su lema: “La caridad nunca deja de ser”, pero mi propio emblema personal de las maestras visitantes siempre será una hogaza de pan casero recién horneado21.

Hemos de “aliviar las necesidades de todos”22. En nuestro confuso y complejo mundo, así como en el mundo de Jesús, hay soledad, desesperación, pecado y sufrimiento. ¿Quién sabe qué día encontraremos estas cosas en el hogar de nuestras amigas? Debemos estar preparadas.

La compasión es una forma de vida. La encantadora, joven y bella Darlene, madre de un pequeño bebé, contrajo esclerosis múltiple. La enfermedad progresó con tanta rapidez que no podía cuidar de su bebé. En ese momento recibió la visita de dos compasivas maestras visitantes. “Derramen aceite y vino en las heridas del afligido”, aconsejó el profeta José Smith23. Ellas continuaron visitando y ayudando.

Con el paso de los años, otras amigas suyas que al principio habían estado pendientes de ella dejaron de visitarla con tanta frecuencia. Su marido la abandonó y Darlene se llenó de amargura. Respondía con palabras de enojo y animosidad a quienes le ofrecían ayuda. ¿Por qué tenía ella que yacer imposibilitada mientras otras personas viajaban, jugaban y trabajaban a su antojo? ¿Por qué tenía que quedarse en cama, cada vez ​más débil? Ella renegaba de su suerte y, a medida que lo hacía, sus amigas dejaban de ir.

Una de las maestras visitantes se fue a vivir lejos y la otra fue relevada, pero su amoroso cuidado no cesó. A través de los años, esta dedicada exmaestra visitante la visitó con frecuencia y le ofreció su ayuda constante. Podía ver lo que escondían las palabras de enojo y amargura de Darlene. Aun cuando se las dirigiera a ella, no desamparó a la mujer herida que sufría.

Hace poco la familia de Darlene se trasladó a Utah. Darlene, ya completamente postrada en cama y todavía sin haber cumplido los cuarenta, se mudó aquí también. ¿Puso eso fin al interés de su antigua maestra visitante? No. Una llamada telefónica de larga distancia a un miembro de la familia de la maestra visitante en Utah: “Por favor, visite a Darlene. Hágale saber que pienso en ella y que la amo. Por favor, vaya a verla siempre que pueda”.

La compasión es una forma de vida. Los años de cuidados y la distancia no importan cuando una maestra visitante es una verdadera amiga que se interesa y ama. Los mensajes de las maestras visitantes son importantes. Las normas que rigen nuestras visitas son importantes, pero más allá y por encima de todas ellas, es mucho más importante el corazón que comprende, se interesa y ama.

Las maestras visitantes nunca fueron más necesarias. Puede que nunca conozcan a una Darlene, pero cada mes encuentran a quienes necesitan amor y aceptación.

A medida que la Iglesia crece cada año, la necesidad de maestras visitantes es mayor. ¿Qué futuro les espera? Ellas ayudarán a combatir la soledad que aflige nuestro mundo y el carácter impersonal de las grandes ciudades. Velarán por el extranjero, la viuda, el huérfano, el herido, el afligido, y cuidarán de todas las hermanas con interés y amorosa atención. Serán tan necesarias como lo fue mi abuela cuando se levantaba de su cálida cama de pionera en noches de tormenta para viajar kilómetros sobre una carreta tirada por caballos para atender una llamada de socorro24. Como mi madre que durante la Depresión halló al hambriento, así harán ellas25. Como la maestra visitante que me llevó su amor junto a una hogaza de pan casero recién horneado, así harán ellas. Ayudarán a aliviar el sufrimiento físico, emocional y mental. Socorrerán al pecador y darán consuelo al afligido. Llevarán el mensaje de un Evangelio de amor a todas nuestras hermanas por todo el mundo. A medida que su cálido y tierno cuidado esparza su red por todo el mundo, llegarán a ser un estandarte a las naciones26.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga27.

​Dios bendiga a las maestras visitantes. Porque cuando todas trabajan juntas el yugo es fácil y la carga es ligera.

En esto conocerán todos que somos discípulas del Señor, si tenemos amor las unas por las otras28. Ruego que siempre sea así. Amén.

Alice C. Smith, discurso, 1º de octubre de 1969, págs. 18–23, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975. Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Alice C. Smith, “My Yoke Is Easy and My Burden Is Light”, 1º de octubre de 1969, en “Officers Meeting”, Relief Society Magazine, tomo LVII, nro. 3 (marzo de 1970), págs. 174–177.

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Unidad de sentimientos

Unidad de sentimientos

Louise W. Madsen
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
3 de octubre de 1962

Conferencia General de la Sociedad de Socorro. 1962. La primera Conferencia General de la Sociedad de Socorro se celebró en 1889. Esta fotografía del Tabernáculo de Salt Lake muestra a una gran multitud en una de las sesiones de la conferencia de octubre de 1962, en la que habló Louise W. Madsen. Fotografía por Ross Welser. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Mis queridos hermanos y hermanas, justo antes de entrar en el jardín de Getsemaní la noche en que fue traicionado, el Señor, “alzando los ojos al cielo”14, oró al Padre. El presidente McKay se ha referido a esta oración como “la oración más grandiosa que se haya pronunciado en este mundo, y la de mayor impacto”15. Su oración fue por aquellos que habían creído en Él y “por los que han de creer” en Él. El siguiente versículo encierra un mensaje sublime: “… para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”16.

Esta es la más bella expresión del principio de la unidad. Es este principio de unidad, este espíritu de ser “uno” los unos con los otros y con nuestro Dios, lo que ha sido una pieza instrumental para hacer posible que la Iglesia progrese y alcance los propósitos para los que fue establecida.

Una de las declaraciones del profeta José Smith a la Sociedad de Socorro que tiene grande y perdurable importancia es que “por la unidad de sentimientos, obtenemos poder con Dios”17. Esta es una expresión del principio de la unidad que muestra cómo obra este principio para cumplir propósitos. Él instó a las hermanas a que obtuvieran poder de lo alto siendo “una” en espíritu y en la determinación de hacer lo que Él desea que hagan. La evidencia de que lo han hecho está en el crecimiento y en los logros de la Sociedad de Socorro por todo el mundo. Las vastas expansiones de tierras y los océanos de agua que nos separan no alteran ni disminuyen el sentimiento y la necesidad de “unidad”. Un cuarto de millón de mujeres unidas en sentimiento y propósito, buscando el poder de nuestro Padre Celestial en rectitud, pueden ejercer un formidable poder para bien donde sea que estén.

¿Cuál es este poder que podemos obtener? Dado que procede de nuestra unidad con Dios, ​nuestro Padre, y Su Hijo, Jesucristo, ¿no es, en palabras de Miqueas, hacer “lo que es bueno y lo que pide Jehová de [nosotros]… hacer justicia… y [humillarnos] para andar con [nuestro] Dios”?18. ¿No es el privilegio de servir lo que buscamos, la fuerza impulsora de la compasión a sentir? ¿No es el poder de la fortaleza que da Dios y la bendición del conocimiento lo que estimamos? ¿No es el poder del pensamiento y de la acción desinteresados, la falta de egoísmo, la habilidad para elevarnos por encima de la crítica y la mezquindad lo que deseamos? El poder para ser instrumentos en la salvación de las almas ha sido conforme a la Sociedad de Socorro. Edificar testimonios firmes de la divinidad del Salvador y del Evangelio es nuestro objetivo principal. La caridad, el amor puro de Cristo, es el principio que nos guía19.

Una vez más se nos recuerda que esos aspectos del poder se derivan de la “unidad de sentimientos”, la “unidad de sentimientos” entre nosotras y con nuestro Padre Celestial. Esta clase de unidad no se puede mantener con éxito sin todo lo que no sea lo mejor de cada uno de nosotros. No conformarnos con la sola mediocridad aumenta la capacidad de la organización para hacer uso de este poder que proviene de los cielos en toda su plenitud. Nuestra visión y objetivo deben ser exaltados, y la integridad de propósito y confiabilidad de cada miembro deben aumentar.

Aquellos a quienes se les da poder deben asumir las responsabilidades que lo acompañan. Una de ellas es el liderazgo prudente. Guiar, persuadir y dirigir correctamente20, fortalecer en rectitud, instruir e impulsar la acción valiente son aspectos del liderazgo para los que las mujeres de la Sociedad de Socorro están capacitadas21. La fortaleza de una organización consagrada al bien, que se adapta a las cosas que se deben hacer y está convencida de que su labor es básica y espiritualmente correcta, es la fortaleza que el Señor requiere de nosotras. Cada Sociedad de Socorro, no importa cuán pequeña sea ni cuán aislada esté, debe ser partícipe de esta “unidad de sentimientos”.

En su epístola a los romanos, Pablo habla de “la fe que tenemos en común, vosotros y yo”22, y ruega a sus hermanos que le ayuden23 en todas las cosas que se deben hacer. Les advierte que eviten “disensiones y tropiezos en contra de la doctrina”24, y hace mención de algunas hermanas a quienes elogia de manera particular:

Os encomiendo a Febe, nuestra hermana, quien está al servicio de la iglesia que está en Cencrea;

que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que a ella le sea menester; porque ella ha ayudado a muchos y también a mí mismo.

Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,

que expusieron su vida por mí, a quienes no solo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles…

Saludad a Mary, quien ha trabajado mucho entre vosotros…

​Saludad a Trifena y a Trifosa, que trabajan arduamente en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, quien ha trabajado mucho en el Señor25.

Esta clase de elogio también se les puede hacer a muchas de las mujeres de esta dispensación. De un gran número de las hermanas que tienen oficios en la sociedad podría decirse, en palabras de Pablo, que “trabajan arduamente en el Señor”26. Sin embargo, es la sociedad en su conjunto, como organización auxiliar de la Iglesia, la que recibe poder de Dios por la “unidad de sentimientos”, que es lo que mejor sirve para hacer la obra que Él desearía que una organización de Sus hijas hiciera.

¡Cuán bellos los vínculos de hermandad! Inspiradores los lazos de la amistad. Gloriosa la labor de miles de hermanas unidas con un propósito justo. Llena de humildad darse cuenta de que lo que hemos de hacer es la obra del Señor.

Que Él nos bendiga con el deseo de acercarnos a Él en “unidad de sentimientos”, y a ser uno como Cristo pidió en oración que fuesen Sus seguidores. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Louise W. Madsen, discurso, 3 de octubre de 1962, págs. 44–46, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Louise W. Madsen, “Union of Feeling”, 3 de octubre de 1962, en “General Session”, Relief Society Magazine, tomo XLIX, nro. 11 (noviembre de 1962), págs. 804–805.

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Al más pequeño de estos

Al más pequeño de estos

Margaret C. Pickering
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
28 de septiembre de 1950

Mis queridos hermanos y hermanas, el título de este discurso que voy a dar esta tarde lo he tomado de Mateo, capítulo veinticinco, y trata del juicio final, cuando el Hijo del Hombre vendrá en toda Su gloria y todas las naciones serán recogidas ante Él, y Él separará las unas de las otras como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y dirá a los que se hallen a Su diestra:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.

Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?

¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos?

¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis10.

Durante los ciento ocho años de existencia de la Sociedad de Socorro, el servicio caritativo —la tierna asistencia inspirada en el amor que las mujeres, por su propia naturaleza, están singularmente capacitadas para proveer— ha sido una parte integral de su programa11. De hecho, la Sociedad de Socorro tuvo su origen en el interés por el bienestar del grupo inmediato en ​el que vivían los santos y, desde ese momento hasta el presente, la Sociedad de Socorro ha dado al mundo el testimonio de fe que este tanto necesita: una gran demostración práctica de amor fraternal a través de los millones de visitas amistosas para llevar alegres mensajes que promueven la fe, a través del cuidado a los ancianos, los necesitados, los enfermos y los que están confinados, y a través del servicio compasivo en el momento de la muerte. A lo largo de los años se ha hecho hincapié en diversos aspectos de ese servicio, según las necesidades de los tiempos. En los primeros años de la Sociedad de Socorro, tanto en Nauvoo como posteriormente en el Oeste, ocuparse de las necesidades físicas o temporales de los santos era de suma importancia —hacer prendas de vestir y ropa de cama, cuidar de los enfermos y compartir las escasas provisiones— porque las cosechas limitadas y las inclemencias del tiempo en la frontera del Oeste hacían que fuese necesario. Sin embargo, durante aquellos años no se olvidaron las necesidades espirituales y, a medida que conquistaban el desierto y las necesidades temporales se volvieron menos agudas, la Sociedad de Socorro continuó ministrando las necesidades espirituales de las hermanas. Hasta el momento de la inauguración del plan de bienestar, mediante el cual se cubren las necesidades temporales de los Santos, la Sociedad de Socorro continuó proveyendo directamente algunas de esas necesidades bajo la dirección de los obispos12. No obstante, durante la última década los esfuerzos de la Sociedad de Socorro han pasado de suplir directamente dichas necesidades a ayudar a producir asignaciones de bienestar y a ocuparse más ampliamente del hambre espiritual de las mujeres.

Para mí, todo esto es un testimonio del origen divino de esta organización: que se establece para prestar servicio como, cuando y donde sea más necesario. Nunca en la historia de la civilización se han sentido las personas de todas las edades y en todas las naciones más preocupadas, inseguras, confundidas y temerosas. Nunca ha tenido el mundo mayor necesidad de un testimonio de fe a través de demostraciones prácticas de amor fraternal. Ahora la Sociedad de Socorro tiene una gran oportunidad. No hace mucho bien hablar de cosas tales como la “humanidad”, la “democracia” y la “hermandad del hombre” a menos que podamos hacer uso de ellas y ponerlas en práctica con nuestros vecinos, ya que es ahí donde comienza la concordia y la hermandad internacional de los hombres. El profeta José dijo en una de las primeras reuniones de la sociedad: “Limítense sus obras principalmente a los que se hallan a su alrededor, dentro del círculo de sus conocidos”13.

La Sociedad de Socorro, mediante el precepto y el ejemplo durante más de cien años, ha procurado ayudarnos a desarrollar las fuerzas de nuestra propia naturaleza con las cuales podemos enriquecer la vida de los demás y, al hacerlo, enriquecer nuestra propia vida. Al grado que nosotras, a nivel individual, participemos activamente en ministrar “al más pequeño de estos”, hasta ese punto se ha fortalecido la organización por medio de las personas. Aunque la Sociedad de Socorro solo registra oficialmente las visitas y los actos de servicio autorizados por el Presidente, está al tanto de que solamente el Maestro conoce muchos de los conmovedores actos de servicio de nuestras hermanas que han sido un bálsamo para el alma y, más allá de la llamada del deber, es a esos servicios a los que me refiero específicamente14.

​Si bien las maestras visitantes —a través de sus visitas mensuales— tienen extraordinarias oportunidades para encontrar a las personas que necesitan especial atención y discernir las maneras de brindar ayuda, en cada vecindario hay muchas personas mayores, enfermas, solas o angustiadas —algunas son miembros de la Iglesia, otras no— que no tienen carencias temporales pero necesitan el interés amable, la seguridad y la paz interior. No hay nadie más capacitada para ocuparse de esas necesidades que amables y fieles vecinas Santo de los Últimos Días, hermanas de la Sociedad de Socorro respaldadas por la tradición de un siglo de servicio compasivo y de comprensión para inspirarlas y guiarlas. La presidenta Spafford se ha referido al servicio caritativo como “el corazón de la Sociedad de Socorro —la palabra amable, el rayo de esperanza, el cálido apretón de manos”15. Es el estímulo constante de ese corazón, mediante la sinceridad y la frecuencia en que lo usamos, lo que aumenta la circulación de la esperanza, la alegría, el amor fraternal y la fe en Dios en el mundo hoy en día, y lo que produce un brillo cálido y apacible en las almas de los hombres en la misma proporción que la cantidad de estímulo que se aplica.

¿Qué hay de las ancianas de su vecindario, algunas de las cuales no ven muy bien, que apreciarían una animada visita, una hora de lectura o de ayuda para escribir una carta, o que se las acompañara a la Iglesia o a un espectáculo? ¿Y de la persona confinada en casa por quien podrían hacer algún mandado o las compras? ¿Qué hay de la madre de su vecindario cuyo hijo ha sido llamado a la guerra y está deprimida, o la joven esposa cuyo esposo se ha alistado en el servicio militar y está confundida y disgustada en cuanto a lo que le depara el futuro? ¿O la persona que acaba de llegar y se siente fuera de lugar o sola, tal vez uno de nuestros propios conversos de un país extranjero que tiene dificultades con nuestro idioma y nuestras costumbres y necesita que se le expliquen?

¿Qué sucede con el enfermo crónico a quien un rostro sonriente y una perspectiva fresca brindarían una nueva esperanza? ¿O un niño que ha de guardar cama por un largo período de tiempo a causa, por ejemplo, de una fiebre reumática, a quien le haría feliz una galleta o un postre sencillo? ¿Y qué hay de quedarse de vez en cuando una tarde o una noche con los hijos de una vecina que casi nunca sale porque no puede pagar a una niñera? Si solamente abrimos los ojos, hay infinidad de oportunidades alrededor nuestro para mostrar amor de hermanas.

Hace poco leí un pequeño párrafo sobre la magia de dar en relación con un artículo sobre cómo vencer la soledad. Decía así:

Para vencer la soledad, debes entregarte. ¿Tiendes tu mano a los demás de manera amable y servicial? ¿Haces sacrificios personales? ¿Visitas a los enfermos, haces trabajo social o prestas ayuda y consuelo de algún otro modo a los que son menos afortunados que tú? Es fácil contribuir con dinero o firmar un cheque pero, ¿qué entregas con ello de tu corazón? Si vas más allá de los gestos rutinarios de ​amabilidad, estableciendo así un vínculo de compasión y afecto por otras personas, es imposible que estés sola16.

Sí, el servicio caritativo beneficia y bendice tanto al que lo realiza como al que lo recibe. En estos tiempos, cuando los hogares se rompen y los planes se alteran de nuevo por la llamada de nuestros jóvenes al servicio militar, con el espectro de la guerra cerniéndose sobre nosotros, hay gran necesidad de acelerar nuestros actos de servicio caritativo, no solo como un medio para alentar y ayudar a nuestros vecinos, sino para aumentar nuestra propia fe y apaciguar nuestros propios miedos, porque siguiendo así el ejemplo de nuestro Salvador seremos fortalecidas y podremos decir con David de antaño: “El día en que tema, yo en ti confiaré”17.

Que podamos hacerlo, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Margaret C. Pickering, “Unto the Least of These: Mateo 25:40”, 28 de septiembre de 1950, págs. 119–124, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Margaret C. Pickering, “Unto the Least of These”, 28 de septiembre de 1950, en “General Session”, Relief Society Magazine, tomo XXXVII, nro. 12 (diciembre de 1950), págs. 831–832.

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Obtener conocimiento e inteligencia

Obtener conocimiento e inteligencia

Marianne C. Sharp
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
27 de septiembre de 1950

Mis queridas hermanas, ruego que el Espíritu del Señor me acompañe durante los minutos que hablaré esta mañana, y que pueda contar con su fe y sus oraciones.

Actualmente vivimos en medio de la eternidad, y disfrutamos de aquellas bendiciones de las que fuimos merecedoras en virtud de nuestra fidelidad en el mundo espiritual; se nos dice que, si somos leales y fieles en esta existencia terrenal, si guardamos este, nuestro segundo estado, nos será aumentada gloria sobre nuestra cabeza por siempre jamás15 ​. En la revelación leemos que la gloria de Dios es la inteligencia16, y que como Dios es hoy, el hombre puede llegar a ser17.

Por lo tanto, cada una de nosotras debería prestar oído a estas palabras del Señor en la sección 131 de Doctrina y Convenios que dicen: “Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección; y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero”18.

Hermanas, ¿qué significan estas palabras para nosotras, madres de Sion y oficiales en la Sociedad de Socorro? ¿Significan que aquellas de nosotras que tal vez tuvimos la oportunidad de obtener un título universitario hemos por tanto obtenido ventaja en el mundo venidero, o que hemos adquirido suficiente conocimiento e inteligencia? Eso no es lo que yo leo en las Escrituras. Porque si tal fuere el caso, el Señor tomaría a los hombres instruidos del mundo para que fueran Sus profetas escogidos.

Había muchos eruditos en este país y en el mundo cuando el Señor dio esa gloriosa primera visión a José Smith, un muchacho poco instruido de catorce años de edad. Ustedes recordarán que, unos años después, cuando el Profeta traducía el Libro de Mormón, a Martin Harris se le permitió llevarse una copia de una parte de los caracteres y la traducción y mostrárselas a un hombre instruido, el profesor Anthon. Recordarán cuál fue el resultado19. Al predecir este incidente, en el Libro de Mormón leemos: “Entonces el Señor Dios le dirá [refiriéndose a José Smith]: Los instruidos no las leerán porque las han rechazado, y yo puedo efectuar mi propia obra; por tanto, tú leerás las palabras que yo te daré”20.

También recordarán que Dios había tomado las cosas débiles de la tierra para vencer a las poderosas, lo que me lleva a concluir que la así llamada educación superior no es necesaria para la adquisición de conocimiento e inteligencia.

Sin embargo, si hemos de recorrer la senda del progreso eterno, debemos estar siempre procurando y adquiriendo conocimiento e inteligencia, porque el profeta José dijo: “El hombre no puede ser salvo sino al paso que adquiera conocimiento”21, y el Señor declara: “Es imposible que el hombre se salve en la ignorancia”22.

Entonces, dado que el conocimiento y la inteligencia son el portal hacia la vida eterna, ¡con cuánto fervor deberíamos nosotras aquí hoy, como oficiales de la Sociedad de Socorro, asegurarnos de estar adquiriendo siempre conocimiento e inteligencia! Probablemente consagrar todo nuestro tiempo libre a tal búsqueda no nos daría una ventaja en el mundo venidero sin que hagamos un estudio diligente. Así pues, cuán prudentes habríamos de ser para no malgastar nuestro tiempo en ocupaciones estériles, sino para dedicarlo a consagrar el tiempo al estudio del conocimiento y la inteligencia, es decir, a obtenerlo;

y cuán difícil es estudiar para nosotras que somos madres. Lo nuestro no es la torre de marfil ​ni el claustro solitario. Debemos estudiar mientras nuestros asuntos familiares sigan su curso, con una interrupción para cuidar a un niño, y otra para remover el guiso en el fuego, y una tercera para abrir la puerta o responder al teléfono. De modo que cuán necesario es que elijamos las cosas correctas cuando estudiamos. ¿Y qué deberíamos estudiar? En la sección 88 de Doctrina y Convenios, el Señor nos da una lista de algunas cosas que deberíamos enseñarnos las unas a las otras. Leemos: “Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino. Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender; de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos”23.

Hermanas, ¿se dan cuenta del estrecho paralelismo que existe en parte entre el tema que estamos estudiando en la Sociedad de Socorro y las palabras del Señor en cuanto a lo que hemos de estudiar? Cuán agradecidas deberíamos estar como miembros de la Sociedad de Socorro por tener la oportunidad de estudiar estas lecciones que han sido aprobadas por las Autoridades Generales. Y quienes nos encontramos aquí, en este edificio esta mañana, tenemos la responsabilidad de asegurarnos de estar supervisando y alentando y exhortando a las hermanas a enseñarse diligentemente las unas a las otras. Pero, hermanas, todo el estudio diligente del mundo no es suficiente para adquirir conocimiento e inteligencia, porque se nos dice que no solo se adquieren por medio de la diligencia, sino por la obediencia. ¿Obediencia a qué? Obediencia a los mandamientos de Dios, y de ese modo obtendremos conocimiento e inteligencia que no podemos obtener de ninguna otra manera. Todo el estudio del conocimiento académico del mundo, y aun el estudio de principios justos, no nos darán ventaja a menos que seamos obedientes a los mandamientos de Dios. Debemos ser obedientes. Como dijo Pablo: “Y si… entendiese… todo conocimiento… y no tengo caridad, nada soy”24.

¿Y cuáles son los mandamientos de Dios? Hace cerca de dos mil años le hicieron esa misma pregunta al Salvador, quien contestó, todas saben la respuesta: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”25.

Por la obediencia a estos mandamientos, hermanas, obtendremos conocimiento e inteligencia.

Brigham Young dijo: “Vivir el Evangelio requiere tiempo, fe, los afectos del corazón y una gran dosis de esfuerzo”26. Hermanas, ¿no están obteniendo conocimiento e ​inteligencia por medio de sus labores de vestir al desnudo, preparar comida para el hambriento, cuidar de los enfermos, consolar al afligido y derramar bálsamo en el corazón desconsolado? ¿No es esa su gran labor en esta Sociedad de Socorro? ¿No les está dando la Sociedad de Socorro la oportunidad, tanto mediante la diligencia como mediante la obediencia, de adquirir conocimiento e inteligencia? El Señor sabía la clase de organización que era necesaria sobre esta tierra para perfeccionar a Sus hijas, y nuestra es la responsabilidad de asegurarnos de que a cada mujer Santo de los Últimos Días se le dé la oportunidad de adquirir conocimiento e inteligencia, y el Señor nunca está en deuda con nosotras. A medida que obramos vigorosamente por el bien de nuestras hermanas, al trabajar por nuestro propio bien, Él derrama conocimiento e inteligencia para salvación sobre nuestra cabeza.

Hermanas, me gustaría dejar mi testimonio de la obra de la Sociedad de Socorro. Nada, aparte de la obra que realizamos en nuestros propios hogares, nos traerá las bendiciones que podemos obtener por medio de nuestra devoción y trabajando con fuerza para la Sociedad de Socorro. Es mi oración que cada una de nosotras se dé cuenta del doble objetivo de la Sociedad de Socorro que nos proporcionará conocimiento e inteligencia, y que cada una de las que estamos aquí vaya a casa con la determinación de asegurarse de que las lecciones de la Sociedad de Socorro se enseñen con diligencia, y de que a todas las hermanas se les da la oportunidad de trabajar con fuerza por el Señor y por nuestro propio conocimiento e inteligencia para salvación. Ruego esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

Marianne C. Sharp, “Gaining Knowledge and Intelligence”, 27 de septiembre de 1950, págs. 4–8, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Marianne C. Sharp, “Gaining Knowledge and Intelligence”, 27 de septiembre de 1950, sesión de la mañana, en “Departmental Meeting”, Relief Society Magazine, tomo XXXVII, nro. 12 (diciembre de 1950), págs. 812–814.

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Cultivar los valores de la vida eterna

Cultivar los valores de la vida eterna

Mary J. Wilson
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
29 de septiembre de 1949

Mis queridos hermanos y hermanas, como texto para mi mensaje de hoy he tomado el versículo siete de la sección 6 de Doctrina y Convenios: “no busquéis riquezas sino sabiduría; y he aquí, los misterios de Dios os serán revelados, y entonces seréis ricos. He aquí, rico es el que tiene la vida eterna”.

La responsabilidad más importante que recae sobre cualquier persona es la de construir una vida significativa que valga la pena. Este objetivo no se alcanza en un día, en una semana, ni en un mes. Como dijo J. G. Holland:

No se llega al cielo de un solo brinco,
sino que nosotros construimos la escalera por la que subimos
desde la baja tierra hasta a los abovedados cielos,
y ascendemos paso a paso hasta la cumbre10.

Con cada persona nace la asignación divina de construir una vida. Entonces, ¿cuáles son los materiales que deberíamos emplear para edificar esa vida que valga la pena?

Henry Wadsworth Longfellow, el gran poeta estadounidense que inspira, captó la visión:

La estructura que erigimos
tiene como material el tiempo;
nuestros hoys y los ayeres
son los bloques con que construimos11.

Sin un modelo y un plan no podemos construir nada que sea perdurable. En nuestra construcción debe haber propósito y dirección. ¿Cuál es el gran plan mediante al cual damos forma a nuestra vida? Nosotras, como hermanas de la Sociedad de Socorro, conocemos la respuesta, que es conocer y hacer la voluntad de nuestro Padre Celestial. “Dios”, como dijo Tolstói, “es Aquel sin el que no podemos vivir”12.

Nuestro tiempo, nuestra energía y nuestros recursos son limitados, de modo que necesariamente hemos de hacer frente a la responsabilidad de tomar decisiones. ¿Cuán necesario es, por tanto, que desarrollemos un modelo de vida que contenga valores que no perezcan y los incorporemos individualmente a la estructura de nuestra vida?

Permítanme sugerir algunas de las cualidades eternas por las que debemos luchar. Son la fe sincera y perdurable, la oración, el interés y el amor hacia nuestros semejantes, y la devoción sincera al plan de nuestro Padre Celestial para el logro de la vida eterna.

La fe es la que les da la visión para seguir adelante y la confianza en el éxito final, aun a pesar del desánimo personal. Es bueno recordar la historia de Marie Curie13. Cómo ella trabajó y luchó, y siguió adelante sin dejar que la adversidad frustrara su plan, porque tenía fe; ella sabía que, algún día, alcanzaría el objetivo por el cual estaba trabajando.

En Primer Nefi, capítulo diecisiete, aprendemos que a Nefi se le mandó construir un gran barco. Sus hermanos lo ridiculizaron y se rieron de él, y dijeron que estaba loco, pero él se puso delante de ellos y dijo: “Si Dios me hubiese mandado hacer todas las cosas, yo podría hacerlas. Si me mandara que dijese a esta agua: Conviértete en tierra, se volvería tierra; y si yo lo dijera, se haría”14.

¡Qué fe incondicional!

Por medio de la fe recibimos el poder para elegir, para separar el grano de la paja. Fue esta clase de fe la que hizo posible que nuestros antepasados pioneros renunciaran a todas las cosas de naturaleza material y se volvieran a la religión, y que luego edificaran este gran imperio occidental para nosotros.

Cuando hablo de fe, me gusta recordar la fe que tuvieron mi padre y mi madre a lo largo de los años. Uno de mis hermanos pequeños enfermó repentinamente. Papá no estaba en casa, pero mamá reunió a sus otros siete hijos en el cuarto donde yacía el enfermo, y todos nos arrodillamos alrededor de su cama15. Ahora no recuerdo las palabras que pronunció mi madre, pero sí recuerdo el sentimiento que había, porque habló al Padre Celestial como si Él realmente estuviera presente, y no dudamos que la oración de mamá sería contestada; y así fue, porque esa misma tarde nuestro hermanito se levantó otra vez y estuvo jugando con nosotros.

Bendito en verdad es el hogar, benditos los niños cuyos padres tienen una fe tan incondicional, la clase de fe que hace posible que nos elevemos por encima de las malas experiencias, que nos proyectemos hacia metas eternas y veamos las experiencias de la vida en su contexto eterno.

No hay un elemento más importante en la edificación de la fe que la oración. Es el medio de acercarnos a Dios, y por este medio conocemos Su voluntad. No obstante, ¿hacemos siempre oraciones significativas, o son una especie de hábito y una rutina para nosotros? Las oraciones que enriquecerán nuestra alma y nos darán fe y una nueva visión son las oraciones en las cuales abrimos por completo el alma a Dios, con fe y esperanza en que Él nos dará fortaleza para afrontar y vencer las cosas que nos impiden alcanzar un verdadero progreso espiritual, que es el destino de todos los hijos de Dios, particularmente de cada Santo de los Últimos Días, que tiene derecho, si vive con rectitud, a la guía del Espíritu Santo.

Un élder de la Misión Uruguaya relató hace poco una visita que tuvo con un matrimonio mayor hispano. En su primer encuentro, él les dijo que cada vez que le tocaba ofrecer la oración familiar podía expresarle a Dios sus sentimientos e ideas íntimos. Esas personas en su iglesia solo habían podido pronunciar una oración memorizada que no comprendían. Esa conversación hizo despertar su interés, y en muy poco tiempo fueron bautizados miembros de nuestra Iglesia.

La fe y la oración, sin embargo, no pueden obrar en nuestra vida de una manera eficaz si son meros principios abstractos. En Santiago se nos dice que la fe sin obras es muerta16. Por lo tanto, nuestra fe debe reflejarse en servicio y amor hacia nuestros semejantes. El Salvador mismo dijo: “El que ha prestado servicio a sus semejantes, ha prestado servicio a su Padre Celestial”17. Una de las declaraciones más grandiosas sobre el Salvador que hay en la Biblia es que anduvo haciendo bienes18.

Cuando se habla de servicio, tendemos a buscar una oportunidad extraordinaria para servir en algún lugar remoto. Tendemos a olvidar los acres de diamantes que tenemos a nuestras propias puertas, en la misma comunidad o en el mismo bloque —o quizás en nuestra propia casa hay quienes están desanimados o empobrecidos por la falta de palabras de amor y de esperanza19. Hay quienes están enfermos espiritualmente, al igual que hay quienes se sienten enfermos mental o físicamente. En conjunto, nuestro ámbito de servicio se encuentra dentro de esos acres en torno a nuestros propios hogares.

En una de sus visitas, dos maestras visitantes encontraron a una hermana desolada por la pena. Había pasado por un gran pesar y había perdido la fe en sí misma y en Dios. Esta hermana afligida había pasado algo muy grave, y esas maestras visitantes sintieron un renovado interés por esa alma desafortunada, y la visitaron con frecuencia. Sabían que, de algún modo, debían infundir en el corazón de aquella hermana el deseo de vivir. También debían reavivar en ella el amor por su Dios y la fe en sí misma. Lo lograron, y este es solamente un ejemplo del verdadero amor y servicio que provienen de nuestras visitas de maestras visitantes. Hay miles de casos así en los que se ha ayudado a las personas dentro de nuestra propia organización de la Sociedad de Socorro.

Debemos recordar que nadie nunca encuentra que la vida valga la pena; se debe hacer que valga la pena.

El verdadero significado del amor se nos enseña en el undécimo capítulo de Primer Nefi, versículos veintiuno al veintitrés. El ángel estaba hablando a Nefi y dijo:

“¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno! ¿Comprendes el significado del árbol que tu padre vio? Y le contesté, diciendo: Sí, es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres; por lo tanto, es más deseable que todas las cosas. Y él me habló, diciendo: Sí, y el de mayor gozo para el alma”.

Los Santos de los Últimos Días tienen un maravilloso concepto del significado y de la necesidad del progreso por medio de la adquisición de conocimiento. En los versículos dieciocho y diecinueve de la sección ciento treinta de Doctrina y Convenios leemos: “Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección”.

¿Cómo podemos cultivar entonces el conocimiento y la inteligencia en nuestra búsqueda de la vida eterna? Primero, debemos despertar en nosotros la necesidad de crecimiento, y entonces encontraremos los medios y las oportunidades para el desarrollo.

Cuando Michael Pupin, el gran inventor, se fue de su hogar en Hungría con rumbo a los Estados Unidos, su madre —que estaba ciega porque no sabía leer ni escribir— le dijo: “Hijo mío, si deseas salir al mundo debes proveerte de otro par de ojos, los ojos de la lectura y de la escritura. En el mundo hay mucho conocimiento y aprendizaje maravillosos, los cuales no puedes obtener a menos que estudies”. Y luego concluyó diciendo: “El conocimiento es la escalera de oro por la cual ascendemos al cielo”20.

No solo adquirimos conocimiento por medio del estudio de buenos libros, sino que por medio de la oración también encontramos maneras y medios de desarrollo. No malgastemos el tiempo.

Benjamin Franklin dijo: “¿Amas la vida? No desperdicies el tiempo, porque es la sustancia de que está hecha”21.

A menudo se escucha esta expresión: “Si tan solo tuviera tiempo para hacer esto o aquello…”, pero pasamos por alto lo que se puede lograr en pequeños fragmentos de tiempo. El difunto Charles W. Eliot de Harvard recopiló los clásicos de Harvard en respuesta a su afirmación de que cualquier persona podía adquirir una buena educación si dedicaba quince minutos al día al estudio inteligente22.

Estén siempre alerta a sus oportunidades. Estudien. Busquen buenos amigos. Insistan en llenar su vida de riquezas eternas. Tienen una maravillosa primogenitura. Viven en una tierra escogida sobre todas las demás23. Ustedes han aceptado el evangelio de Jesucristo como modelo de vida. Sus oportunidades son ilimitadas, pero solo ustedes pueden diseñar sus vidas hasta las gloriosas mansiones eternas.

Que Dios nos bendiga a todos para que podamos tener la visión necesaria para ver lo mejor de la vida, y nos dé fuerza para vivir conforme a un modelo eterno, es mi humilde oración, en el nombre de Jesús. Amén.

Mary J. Wilson, “Cultivating Life’s Eternal Values”, 29 de septiembre de 1949, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, págs. 238–246, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Mary J. Wilson, “Cultivating Life’s Eternal Values”, 29 de septiembre de 1949, en “General Session”, Relief Society Magazine, tomo XXXVI, nro. 12 (diciembre de 1949), págs. 817–819.

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Prepara tu corazón

Prepara tu corazón

Leone O. Jacobs
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
29 de septiembre de 1949

Presidente Clark, hermanos y hermanas, es ciertamente inspirador ver sus rostros y contemplar la influencia que ustedes, hermanas, tienen para bien, y estoy segura de que, si esa influencia se pudiera medir de algún modo, excedería sobremanera nuestra estimación más optimista12.

Apreciamos su lealtad a esta organización y al Evangelio, así como el amor y la comprensión que ejercen en sus comunidades.

Ruego que durante el breve tiempo que hablaré ante ustedes pueda contar con su fe y sus oraciones, y que nuestro Padre Celestial me fortalezca.

Uno de los principios más gloriosos de la vida es que siempre podemos elevarnos por encima de nuestro nivel actual. Cuán descorazonadora sería la vida si, una vez inmersos en una conducta impropia, no pudiéramos levantarnos y cambiar nuestro rumbo; pero no tenemos por qué permanecer como somos. Cada día ofrece un nuevo comienzo.

Una vez, hablando con un amigo, un anciano hizo un repaso de su vida. “Cuando tenía treinta años, yo simplemente no era bueno”, dijo, “nada bueno en absoluto, ni siquiera para mí mismo; entonces un día sentí el impulso, el deseo de darle un vuelco a mi vida. Decidí que iba a cambiar mi rumbo, y desde ese día hasta hoy he llevado una vida de la que me siento orgulloso”.

Un día, una joven universitaria se detuvo en plena vorágine y dijo: “Me parece que estoy yendo con las personas inadecuadas. Creo que no quiero ir donde ellas están yendo”. No siguió aquel camino.

Una madre de tres niños robustos nunca había considerado necesario dar a sus hijos una instrucción religiosa. Oh, sí, ella les daba una alimentación equilibrada, los mantenía tan limpios como se puede mantener a los niños y observaba estrictamente la hora en que se iban a dormir. Pero un día se hizo la siguiente reflexión: “Me pregunto si realmente soy una buena madre. Parece que criar a una familia es mucho más que solamente proporcionar alimento y vestido. Creo que tengo tiempo para mi club de bridge y para nuestros compromisos sociales por las tardes, pero puede que esté descuidando algunos aspectos muy importantes”13. Ella tomó cartas en el asunto.

​Las vidas pueden cambiar, ¿no es así? Podemos dirigir el curso de nuestra vida por uno diferente, pero ¿cómo? Digamos que preparando nuestro corazón.

Y bien, ¿qué significa preparar nuestro corazón? Significa examinarse a uno mismo, escudriñar nuestra vida cotidiana para ver qué hay, y cuáles son las cosas de valor y las que hay que desechar. Significa humillarse ante el Señor. Significa deshacerse de la amargura y el egoísmo. Significa un perdón completo de todas las injusticias que nos han infligido, reales o imaginarias. Significa abrir nuestro corazón de par en par a la rectitud, poniéndonos en actitud de recibir lo bueno. Significa ataviar nuestra vida de otra manera.

Imagínense un campo labrado y arado de principio a fin, casi perfectamente nivelado; las malas hierbas quemadas a lo largo de la cerca; se ha hecho todo lo posible para favorecer el crecimiento de la buena semilla. Podemos preparar de la misma manera nuestro corazón, con una actitud de receptividad a lo bueno. Podemos enterrar los antiguos hábitos inútiles y pulir las asperezas del error, pero oímos a alguien decir: “Ojalá pudiera disfrutar trabajando en la Iglesia como tal o cual hermana. Ojalá pudiera disfrutar viviendo el Evangelio como hace ella”;

se puede. Todo está en el corazón; todo consiste en preparar nuestro corazón para que desee esa clase de vida. Escuchamos a otras personas decir: “Pero no sé cómo siempre saca tiempo para todo”.

En uno de nuestros últimos congresos de la Sociedad de Socorro, un obispo dijo algo que creo que es muy importante que recordemos, y es lo siguiente: “Si están demasiado ocupadas para servir al Señor, están demasiado ocupadas”.

Sí, si estamos demasiado ocupadas para servir al Señor, estamos demasiado ocupadas haciendo otras cosas que no valen la pena.

En el Antiguo Testamento leemos lo siguiente: “Porque Esdras había preparado su corazón para buscar la ley de Jehová, y para cumplirla… Porque Esdras había preparado su corazón para buscar la ley de Jehová, y para cumplirla”14.

¡Qué bello ideal para trabajar en ello!

Y en Doctrina y Convenios el Señor dijo al profeta José Smith: “Por tanto, prepara tu corazón para recibir y obedecer las instrucciones que estoy a punto de darte”15.

Creo que preparar nuestro corazón es quizás el aspecto más decisivo en el progreso hacia cualquier meta. Es cierto, llevar a cabo nuestros planes también es importante, pero una vez tenemos el corazón completa e incondicionalmente preparado, la acción es relativamente fácil. Como dice el poema: “Es el porte del alma lo que determina a meta”16.

Y creo firmemente que, en lo que a vivir el Evangelio se refiere, podemos hacer lo que deseemos si lo deseamos lo suficiente.

Ahora, la Sociedad de Socorro nos ayuda mucho a preparar nuestro corazón para la rectitud. Tenemos mucha ayuda en nuestras maravillosas lecciones y en nuestra actividad ​semanal, y no solo nos ayudan a preparar nuestro propio corazón para vivir, sino que tenemos la oportunidad de ayudar a preparar el corazón de otras personas. El programa de las maestras visitantes es una oportunidad estupenda para ayudar a volver a las hermanas que no son tan activas como deberían, poco a poco, a una mayor actividad en el Evangelio.

Sabemos que vivir el Evangelio significa compartirlo con los demás, y las maestras visitantes son en verdad una oportunidad para compartir el Evangelio. Es cierto que requiere mucha preparación, gran reflexión, tacto y sentido común, y estoy segura de que las maestras visitantes aún no han alcanzado todo su potencial.

Hace poco escuché a un obispo suplicar con urgencia a las hermanas de la Sociedad de Socorro que rodearan de amor a nuestras hermanas que van a la deriva y se han distanciado de la Iglesia por haber contraído matrimonio fuera de ella. Ciertamente debemos esforzarnos por acercarnos a estas hermanas y, por medio de un amor puro y un interés personal, hacer que se sientan amadas, que son parte de nuestra organización y son necesarias en ella.

Recuerden, si están demasiado ocupadas para servir al Señor, están demasiado ocupadas. Preparen el corazón para buscar la ley del Señor y para cumplirla, y hagan todo lo posible por ayudar a otras personas a preparar los corazones para la rectitud. Ruego a nuestro Padre Celestial que nos ayude a planificar el curso de nuestra vida en el sendero estrecho y angosto, y que sigamos ese curso con diligencia; y lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

Leone O. Jacobs, “Prepare Thy Heart”, 29 de septiembre de 1949, págs. 246–251, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Leone O. Jacobs, “Prepare Thy Heart”, 29 de septiembre de 1949, en “General Session”, Relief Society Magazine,tomo XXXVI, nro. 12, diciembre de 1949, págs. 819–820.

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La crisis religiosa de hoy en día

La crisis religiosa de hoy en día

Elsie Talmage Brandley
Conferencia de junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
9 de junio de 1934

​Esta es una reunión de los líderes de la juventud —de los jóvenes Santos de los Últimos Días—, y en presencia de ustedes, que tan generosamente dan de sí mismos, rindo sincero tributo23. Suyo es el don del que el poeta debía hablar cuando dijo: “Quien con su limosna da de su propio ser, alimenta a tres: a sí mismo, a su prójimo hambriento y a mí”24.

Me siento feliz y agradecida por estar viva en esta época y formar parte de mi propia generación —la generación intermedia de las tres que actualmente trabajan en la Asociación de Mejoramiento Mutuo— porque contamos con una mayor y más experimentada para guiarnos con su sabiduría, y con una más joven que nos llena de entusiasmo y energía25. Tenemos a ambas para ayudarnos a hallar guía a fin de pasar de nuestros propios problemas individuales hacia los casi aterradores problemas de un nuevo día. Negar el hecho de que estamos ante un nuevo día es cerrar los ojos al mundo que nos rodea; demostramos estar ciegos y sordos a horizontes y sonidos tan importantes que una mente inteligente no solo debe aceptarlos, sino integrarlos en el patrón cambiante y colorido que es la vida que tenemos por delante. Con el paso de cada generación se acentúa el cambio, unos problemas dan lugar a otros, las respuestas cambian con los tiempos. En vista del asombroso progreso y el drástico cambio del pasado siglo, es fácil ver algunas de las razones por las que los problemas ahora son más graves y menos fáciles de resolver mediante los viejos métodos de la disciplina y las declaraciones.

En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el cambio ha ido al compás de lo acontecido fuera de la misma, y así ha de ser, porque el mormonismo se basa en un cimiento de revelación moderna, y por eso tiene más derecho a cambiar, bajo una dirección autorizada, que muchas otras organizaciones que existen26. Los cambios se han producido, y continuarán haciéndolo, en las tradiciones, las prácticas y los métodos. En la primera sección de Doctrina y Convenios se nos dice que el Señor habló a Sus siervos conforme al idioma de ellos para que alcanzasen entendimiento27. ¿Es acaso irreverente o sacrílego concluir que, con un mayor entendimiento, el lenguaje podría tornarse cada vez más explícito y profundo?

De algunas cosas estamos seguros; nos aferramos a ciertos principios arraigados. Como Santos de los Últimos Días aceptamos la divinidad de Jesús de Nazaret; creemos sin reservas en el Evangelio restaurado tal como se ha dado por medio del profeta José Smith; consideramos que las Autoridades Generales de la Iglesia han sido divinamente comisionadas para hablar en el nombre de Dios y dar testimonio de la divinidad de Cristo; aceptamos los libros canónicos de la Iglesia como la palabra autorizada dada para la guía espiritual del hombre sobre la tierra.

Un equipo de geólogos, al atravesar un yacimiento de pizarra suelta en una pronunciada pendiente, se dio cuenta de que la pizarra se resbalaba. La mayor parte del grupo llegó al otro lado de la colina a salvo pero uno de ellos, que cerraba la comitiva, vio que la resbaladiza roca lo arrastraba en su glacial garra hacia un declive que podría significar la muerte. Al mirar hacia el frente advirtió en su trayectoria el tronco de un viejo árbol, y reconoció una oportunidad de ponerse a salvo. ​Estirándose hacia el tocón, agarrándolo y aferrándose a él con todas sus fuerzas, pudo sujetarse mientras pasaba todo el yacimiento de pizarra suelta. Su conocimiento de la estabilidad de un árbol que permanece firmemente arraigado a pesar de la movediza superficie de roca le dio seguridad; pudo hacer frente al aparente desastre aferrándose a aquello que está arraigado de ese modo . A las raíces fundamentales de las creencias de la Iglesia nos aferramos; a ellas anclamos nuestra fe; en ellas creemos. Las diferencias que pueden surgir entre grupos y personas no se apoyan en esas raíces. Fuera de esto, que es básico, las opiniones pueden diferir. Como líderes, examinemos las posibles evidencias de divergencia y las razones de las mismas, si las hay, y tratemos de vislumbrar una posible solución.

Consideren de nuevo las muchas nuevas formas de vida que se presentan hoy en día para su comprensión e incorporación en un nuevo sistema: en política, economía, tecnología, ciencia, educación, bienestar social, recreación y muchos otros ámbitos28. Cualquier malentendido ocasional entre los jóvenes y las personas de edad madura podría ser principalmente de orientación: de encontrar órbitas en el nuevo sistema. Las personas de edad madura se relacionan mucho con la juventud a la hora de hacer frente a la mayoría de los cambios en los campos de la invención, de los descubrimientos, de los avances científicos, de recreación y capacitación vocacional, y de muchas nuevas aplicaciones de la verdad religiosa aceptada. Si se encuentran ante una puerta por la que los jóvenes exigen su derecho a pasar y las personas maduras vacilan, ¿no es, quizás, porque la juventud siempre fue curiosa, osada e inquisitiva, mientras que las personas mayores, habiendo corrido sus propios riesgos, ansían seguridad?

Los padres y los líderes proporcionan y administran formación, y la formación enseña a los jóvenes a explorar, a experimentar, a probar nuevas formas y a encontrar nuevos caminos. ¿Es coherente renegar de lo que se encuentran en esos periplos educativos? ¿Nos esforzamos por descubrir cuán rezagados podríamos estar nosotros, líderes y padres, respecto a los jóvenes, en lugar de tratar de sopesar cuán lejos se han apartado ellos de nosotros?

En el contexto religioso que nos ocupa hoy, el mundo considera inadecuadas las condiciones del pasado. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no tiene más dificultades para hacer ajustes religiosos que otros, y quizás tenga muchas menos, pero ya no es posible que la Iglesia se mantenga al margen del mundo. En sus lecturas, sus estudios, sus observaciones y sus contactos, los jóvenes hacen descubrimientos que a ellos les parecen nuevos. Cuando esos descubrimientos parecen amenazar las tradiciones religiosas de sus mayores, honradas a lo largo del tiempo, es inevitable que surja la preocupación.

La situación no es nueva en esta época ni en esta Iglesia; las personas siempre han valorado profundamente sus creencias y sus prácticas religiosas, mayores y menores, y se han sentido ofendidas por las innovaciones que las han puesto en peligro. Hace cinco siglos, a Colón se le rehusó la ayuda en su intento de demostrar que la tierra era redonda porque la Biblia había hablado de los cuatro confines de la tierra, y una esfera no podía tener cuatro confines29. Hace cinco años, una mujer insistía en que su hija renunciara a la anestesia en su parto ​basándose en que la Biblia decía que la mujer había de dar a luz a sus hijos con dolor y sufrimiento30.

Nosotros no debemos, ni ahora ni en los últimos días, y especialmente en la Iglesia de Jesucristo, apelar a la palabra de Dios para provocar un malentendido innecesario. En palabras de un difunto miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles:

“No tergiversemos las Escrituras en un esfuerzo por justificar lo que no podemos explicar. Los primeros capítulos de Génesis y los pasajes de las Escrituras que se relacionan con ellos nunca pretendieron ser un libro de texto sobre geología, arqueología, ciencias de la tierra o ciencias del hombre; las sagradas Escrituras perdurarán, mientras las concepciones de los hombres cambian con los nuevos descubrimientos. No mostramos reverencia por las Escrituras cuando las usamos incorrectamente mediante una interpretación imperfecta”31.

En mi opinión, conocer las verdades fundamentales del Evangelio es dejar a la persona libre para ir a lo largo y ancho, anclada en ese conocimiento, en busca de todo lo demás que la tierra, los mares y los cielos tienen para enseñar. En lugar de hacer de las verdades religiosas un tema de discordia y una fuente de divergencia, ¿no deberíamos, como líderes e individualmente, tratar de hacer de ellas un medio para extraer orden y armonía de la aparente confusión?

Una de las influencias que trae consigo el nuevo día, una influencia de importancia vital, es la de la lectura; pero uno de los yacimientos de pizarra de la actualidad es la lectura sin sentido crítico. El estudio de la página impresa debe ser analítico; si no, no tendrá sentido o será demasiado poderoso, y ambas condiciones son peligrosas. Cito al azar una o dos líneas de diversas fuentes para recordarles lo que los jóvenes leen día tras día, semana tras semana, y pregunto: Antes de que nuestras propias ideas estuvieran claramente definidas y consolidadas, ¿podríamos haber vivido a base de una dieta de lectura como esta y haber sido inmunes a su influencia? ¿No debemos reconocer que las fuerzas que rodean a los jóvenes hoy en día son más potentes a la hora de alentarlos a hacerse preguntas que las fuerzas del pasado?

Cuando describe la Feria de Chicago32, Robert Morse Lovett dice en Current History de enero de 1934:

Eran muchas las evidencias de los logros de la ciencia —el teléfono, la radio, la televisión, el avión— pero, ¿dónde estaba la evidencia de un género humano con una vida más plena o la promesa de ella? La decepción era especialmente profunda cuando las personas iban a los salones de Ciencia Social y Religión. Las exposiciones en las dos últimas sugerían una inquietante duda en cuanto al significado, la realidad y el futuro de progreso hacia una vida más plena. Por toda la feria se escuchaban comentarios en cada rincón sobre las nuevas mejoras que habían mecanizado la vida pero que no habían logrado enriquecer los valores de vida33.

​En Christian Century del 24 de enero de 1934, Albert Edward Bailey presenta un diálogo imaginario entre el arquitecto de una nueva iglesia y un soñador con ideas de cómo debería ser esa iglesia. El soñador dice:

“Intenta encontrar en la estructura lugares para la meditación; yo los veo como senderos hacia Dios. Toma, por ejemplo, los senderos del servicio… con estatuillas que ilustran la parábola del Buen Samaritano; frescos en las paredes que muestran a Lincoln emancipando a los esclavos; la primera vez que se aplicó la anestesia; Howard y la reforma penitenciaria; una biblioteca Carnegie; Jane Addams y Hull House…”. El arquitecto responde: “Este sueño tuyo significa desechar muchas de las ideas y las costumbres de antaño; dudo que alguna vez logres que la Iglesia en su conjunto lo acepte”, a lo que el soñador contesta: “Bueno, ¿no nos hallamos en medio de una revolución social de primera magnitud? ¿Por qué no habría la Iglesia de llevar a cabo una pequeña revolución… si esta fuera a… acercar un poco más el reino de Dios?”34.

En “The Will to Doubt”, Glenn Frank dice:

La voluntad de creer nos ha dado a nuestros grandes santos; la voluntad de dudar nos ha dado a nuestros grandes científicos. La meta del hombre inteligente es desarrollar un carácter en el que la voluntad de creer del santo y la voluntad de dudar del científico se encuentren y se combinen. Por separado, ninguno de los dos hace entero al hombre. Una fe meramente ciega produce un santo blando; una duda solamente ciega produce un científico duro. La humanidad debe mucho al santo y mucho al científico, pero a la humanidad le iría mal si el mundo estuviese poblado solamente por santos con una fe ciega, o por científicos con una duda ciega. La ciencia moderna es discreta. Aplaza el juicio cuando no sabe. En todos los demás ámbitos —la religión, la política, etc.— debemos aprender a hacer lo mismo. Hemos de obrar a la luz de lo mejor que sabemos en un momento dado, pero debemos estar dispuestos a que nuestras creencias estén abiertas al cambio a la luz de nuevos hechos. Así podemos combinar al santo y al científico35.

Con pensadores como estos, instando a los jóvenes a hacerse preguntas, ¿por qué no habrían de hacerlo? El liderazgo maduro no se puede permitir quedarse a un lado, mantenerse distante esperando en la puerta a que los jóvenes regresen de explorar por sí mismos. Nosotros, los líderes de la Asociación de Mejoramiento Mutuo, debemos ir con ellos y aprender lo que ellos aprenden, y ver lo que ellos ven. Un joven de prominencia en la Asociación de Mejoramiento Mutuo, al hacer a su padre una pregunta recibió la siguiente respuesta: “No quiero que vuelvas a hablar nunca de esas cosas en mi presencia”. Ese hombre renunció a pasar con su hijo por la puerta de la indagación, y perdió su poder para liderar al joven. ¡Los líderes de ​la Asociación de Mejoramiento Mutuo no deben perder sus contactos por una actitud como esa! Los jóvenes deben preguntar a fin de encontrar respuestas; los jóvenes deben analizar y armonizar. Su gran deseo de hacerlo es una muestra de su interés; la pasividad indiferente sería la muerte, pero esa intensidad es vida. Los jóvenes deben convertirse personalmente; solo con la fuerza de una juventud convertida puede esta Iglesia alcanzar su elevado y glorioso destino36.

Por otro lado, los jóvenes deben admitir que hay muchas cosas que aceptamos sin criticar ni dudar: comemos fruta sin saber de botánica; admiramos las estrellas en nuestra ignorancia de la astronomía; enviamos telegramas sin conocimiento del código morse; el amor, la amistad, el hogar, los libros y la naturaleza llegan a ser preciados y de gran valor sin apenas esfuerzo por explicar las razones técnicas. No animemos a los jóvenes a segregar la religión como el único aspecto de la vida sobre el cual concentrar la indagación dubitativa: ayudémosles a entender que ellos aceptan algunas cosas sin mayor prueba que el hecho de que proporcionan gozo, esperanza, fe y valor; ¿no pueden aceptar la religión, hasta cierto punto, con la misma compostura?

Citando otra vez The Earth and Man, permítannos darnos cuenta que:

es natural que la mente joven e inmadura piense que lo que es nuevo para ella debe necesariamente de ser nueva para el mundo. Alumnos relativamente inexpertos están descubriendo de vez en cuando aparentes discrepancias entre la fe de sus padres y el desarrollo del pensamiento moderno, y ellos tienen la tendencia a magnificarlas y exagerarlas cuando, de hecho, sus bisabuelos encontraron las mismas supuestas dificultades y aun así sobrevivieron. No crean a aquellos que afirman que el evangelio de Jesucristo se opone en modo alguno al progreso o que no es compatible con los avances37.

Líderes de los jóvenes de la Asociación de Mejoramiento Mutuo, ¿qué podemos hacer? Es cierto que no podemos desestimar los problemas individuales de los jóvenes y las jovencitas simplemente porque sus bisabuelos tuvieron problemas similares; pero debemos tratar a cada joven que tiene preguntas como trataríamos a un investigador, y darle a cada uno la misma consideración con espíritu de oración. Puede que los caminos de los jóvenes no sean nuestros caminos; quizás su forma de hablar a nosotros nos parezca directa, extraña e irreverente; pero tal vez, para ellos, nosotros seamos extraños también. Deberíamos tratar a jóvenes y mayores como viajeros con destino a un puerto oriental. Los jóvenes viajan hacia el este, hacia el sol naciente; las personas de edad puede que vayan hacia el oeste, hacia las sombras del atardecer. Sin embargo, en su destino común se encontrarán, y se darán cuenta de que ambos siguieron recto el curso de su viaje; pero siempre habrá entre ambos la diferencia de su experiencia en el camino38. ¿No ha sido el poder acumulativo del mormonismo suficiente en un siglo como para crear un cemento que una todas las verdades y los deseos de verdad en un conjunto, una búsqueda unida en la que todos los miembros, sin importar su edad, puedan caminar juntos? ¿Existe un lugar, un lugar legítimo y reverente, donde ​indagar durante la edificación del testimonio? Nosotros respondemos, y debemosresponder: sí; y decimos que la base de la duda y la indagación ha sido la genialidad de la Iglesia, el poder a través del cual los miembros se han abierto paso en ella.

Cuando le preguntaron a James E. Talmage cómo había adquirido él su testimonio, respondió: “Aunque parezca que nací con un testimonio, aun en los primeros años de mi adolescencia fui conducido a preguntarme si ese testimonio realmente era mío o lo había obtenido de mis padres. Comencé a investigar las afirmaciones de la Iglesia, buscando algo rebatible en ellas que me demostrara su falta de solidez. Después de meses de indagación… me convencí de su veracidad de una vez por todas, y este conocimiento es una parte tan plenamente integral de mí que, sin él, no sería yo mismo”39.

Otra conversión se describe como sigue:

Al principio tenía prejuicios en cuanto a las doctrinas pero, al continuar el élder con su prédica… esta produjo en la mente de Daniel Spencer un efecto extraordinario. Durante dos semanas cerró su establecimiento y se negó a hacer negocios con nadie; se encerró para estudiar y allí, a solas con su Dios, puso en la balanza de su mente clara y su concienzudo corazón el mensaje que había encontrado… Un día… exclamó estallando en un mar de lágrimas: “Es la verdad, y si soy honesto la debo aceptar, pero me costará todo lo que tengo sobre la tierra”. Se dio cuenta de que, a los ojos de sus amigos y vecinos, debía caer del pedestal social en el que se encontraba al de las personas despreciadas, pero bajó como un hombre40.

Estas experiencias, que han sido las de muchas personas que han nacido en la Iglesia y fuera de ella, explican la maravilla que es el poder del Evangelio. Con un cuerpo de miembros constituido en gran parte por quienes se han unido a la Iglesia después de una minuciosa investigación, que se han cuestionado las creencias de sus padres, no podemos decir de manera coherente que los jóvenes no tienen derecho a cuestionar la religión como cualquier otra preocupación del ser humano y evaluarla en términos de valor individual.

Ojalá pudiera recibir inspiración para sugerirles a ustedes, líderes, medios poderosos para llegar a todos los jóvenes de la Iglesia y retenerlos. Me despediré con lo que espero que sea un pensamiento útil, y es este:

Escuchen lo que ellos tienen que decir; abran el corazón y la mente a sus problemas. Nunca les pidan silencio, sino inspírenlos a expresar en alta voz las preguntas más íntimas de sus almas. Al escucharlos, olviden sus propias convicciones; recuérdenlas solamente cuando vayan a responder.

Una mujer ha dicho: “La veloz reorganización social de esta época ha hecho necesaria la flexibilidad, y solo aquellos que están alerta y son enérgicos, los que tienen curiosidad en cuanto a ​la vida, suficientemente flexibles para asimilar las nuevas formas de pensar y de vivir, pueden ajustarse a circunstancias diferentes y hacer frente al futuro sin temor”41.

Tanto jóvenes como mayores pueden aceptar los arraigados principios del Evangelio, los fundamentos, y así lo hacen y lo harán. Como Iglesia, repito, aceptamos la divinidad de Cristo, la restauración por medio de José Smith y la autoridad de Dios que poseen aquellos que hoy en día han sido comisionados para hablar en Su nombre. Esta es el ancla a la que debemos sujetarnos, y así lo hacemos42. Anclados con seguridad de este modo podemos investigar toda nueva teoría, toda nueva creencia, todo nuevo pensamiento, y aceptar lo que es de valor para nosotros. Como líderes, ¿qué podemos hacer?, pregunto de nuevo; y de nuevo respondo: Escuchar a los jóvenes y aprender de ellos, hablar a los jóvenes y enseñarles. No pierdan ninguna oportunidad de prender con el fuego de sus creencias el detonador que encenderá en ellos la chispa del testimonio, esa fuerza eléctrica que producirá en ellos la energía para trabajar para la Iglesia, calor al abrigo del Evangelio, luz para iluminar su camino hacia el cumplimiento de esa concepción más elevada de inteligencia como la gloria de Dios. Que Dios nos conceda la recompensa de ver que la crisis de la religión de nuestros días se vuelve hacia las grandes y gloriosas posibilidades que están inseparablemente unidas en estos últimos días a nuestra grande y gloriosa Iglesia, ¡la Iglesia de Jesucristo!43.

Elsie Talmage Brandley, “The Religious Crisis of Today”, Improvement Era, tomo XXXVII, nro. 8 (agosto de 1934), págs. 467–468, 496–497; véase también Elsie Talmage Brandley, “The Religious Crisis of Today”, Latter-day Saints’ Millennial Star, tomo XCVI, nro. 36 (6 de septiembre de 1934), págs. 561–566.

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El sentido de responsabilidad del oficio

El sentido de responsabilidad del oficio

Lalene H. Hart
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Edificio del Obispo, Salt Lake City, Utah
4 de abril de 1933

La vida de cada una de nosotras la determina en gran medida una responsabilidad triple: el deber para con nosotras mismas, el deber para con nuestros semejantes y el deber para con nuestro Dios. Las leyes de la ética establecen ciertas normas que controlan las relaciones y el comportamiento humano.

Las hermanas que forman parte de una organización de la Sociedad de Socorro se hallan en una escuela de capacitación en ética muy superior a cualquier otra clase o cualquier otro club. Además de adquirir conocimiento mediante lecciones esbozadas, ellas aprenden otras lecciones sobre el valor, la tolerancia, la bondad y la dedicación. Esta escuela trata también de generar en sus miembros un sentimiento de responsabilidad social, de estimular el interés en el bienestar de sus vecinos, y desarrollar el interés en las personas de toda clase y toda raza.

Cada mujer que entra como oficial11 al servicio de esta organización lo hace con cierto grado de ambición y con la determinación de adquirir nuevas ideas y experiencias que le darán una visión más amplia de la vida, elevarán sus propios modelos de ideales y los de otras personas, y presta un servicio eficaz a aquellos con quienes tiene contacto. La preparación para una vida mejor y más plena nunca antes ha sido tan intensa. Las mujeres están interesadas en más cosas y en más personas que antes. Están deseosas por saber más en cuanto a la naturaleza humana, a su propia personalidad y a su desarrollo.

Aquellas a quienes se les ha dado la responsabilidad de dirigir esta preparación12 deben elevarse al nivel de sus posibilidades y ofrecer oportunidades y experiencias a sus ​respectivos grupos, lo cual hará posible que descubran una vida más libre de las cosas que desalientan, preocupan y enojan, y más llena de las cosas que satisfacen, estimulan e inspiran. Nosotras no hemos solicitado esta responsabilidad, pero se nos ha otorgado como un honor. No obstante, cualquier oficio deja de ser un honor a menos que ese oficio se honre. Ben Jonson dice: “Los grandes honores son grandes cargas, pero para quien los recibe con codicia la carga es doble. En toda dignidad, sus afanes deben ser aún el doble que sus gozos”13.

Ser merecedora de presidir con dignidad y aplomo una sociedad bien organizada es el máximo logro de una oficial; alcanzarlo requiere una labor larga y ardua.

La misión de las oficiales es crear y desarrollar en la vida de nuestras miembros el espíritu del Evangelio, y llevar su mensaje a todas las personas a fin de alentar a quienes están afligidos o descorazonados.

Al acercarnos al final de la temporada en nuestro plan de trabajo, bien podríamos preguntarnos: El trabajo de este año, ¿ha sido un éxito o un fracaso en lo que a mí concierne individualmente? ¿Qué es el éxito y cómo se ha de medir? No por la duración de los días ni por la acumulación de conocimiento o influencia, sino por la adaptación continua e implacable de nuestros poderes y capacidades a las oportunidades y necesidades de nuestro entorno.

Puede que ese resultado quede muy lejos del listón que nos hemos puesto, o hasta puede que lo supere, pero nada puede sobrepasar en majestuosidad de propósito al deseo de hacer el uso más eficaz de nuestros talentos al servicio de los demás.

Esa oficial de la Sociedad de Socorro que ha vivido bien, ha amado mucho, ha dado con generosidad, ha servido de buena gana y ha aumentado en gracia mediante su responsabilidad, ha alcanzado el éxito. Ha fallado si ha ignorado la verdad, si ha desechado sus ideales más elevados y ha desdeñado las normas de su propia organización y de la Iglesia.

Reparemos seriamente en la responsabilidad que yace sobre nosotras a fin de levantarnos y brillar, y de mostrar a un mundo dubitativo, expectante y escéptico que hay un Dios en los cielos, que Jesucristo vive y que le importa el bienestar de Sus hijos.

Lalene H. Hart, “Sensing Responsibility of Office”, 4 de abril de 1933, en “Officers’ Meeting”, Relief Society Magazine, tomo XX, nro. 5 (mayo de 1933), págs. 271–272.

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El valor de la fe

El valor de la fe

Amy Brown Lyman
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
3 de abril de 1926

Amy Brown Lyman en la Capacitación de Servicio Social en Anaconda, Montana. Alrededor del año 1920. La hermana Lyman, con lentes, en el centro de la primera fila, llegó a ser una trabajadora social calificada después de algunas estadías formativas en Hull House, Chicago, y fue líder en la implementación de la obra de servicio social en la Sociedad de Socorro. La hermana Lyman sirvió en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro por treinta y seis años, incluso durante su época como presidenta. Fotografía por Montgomery Studio. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

La falta de fe en el mundo hoy en día, junto con algunas experiencias personales recientes, me ha llevado últimamente a apreciar más que nunca antes el valor de la fe y la gran bendición que es para quienes la poseen.

Estoy segura de que cada mujer de esta audiencia ha pasado pruebas y aflicciones que habrían sido casi insoportables sin la fe en Dios y sin un testimonio del Evangelio, con todo lo que ello abarca.

​La fe en nuestro Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo es un punto a su favor para cualquier persona. Le ayuda a ser valiente y audaz, y a desarrollar un carácter positivo y enérgico en lugar de uno negativo y vacilante. Ayuda a tener confianza en uno mismo y en otras personas; a creer en uno mismo y en los demás; a ser generoso con aquellos que están necesitados, y caritativos con los menos afortunados; a ser alegre y optimista, y a tener esperanza.

La fe en el Padre y en el Hijo es una bendición; sí, una de las bendiciones más grandes que una persona puede tener. Como consolador es más trascendental que cualquier otra influencia. Es una fuente de solaz en tiempos de enfermedad, de pesar o desesperación. La fe ayuda a la persona a mantener la calma y a sufrir con relativa entereza cualquier cosa que venga; a ser paciente y a reconciliarse con las circunstancias que no puede controlar. Le ayuda a ser sumiso y humilde, y a poner su confianza en Dios.

La fe en el Padre y en el Hijo implica la creencia en Sus enseñanzas, que incluyen un estado preterrenal y una vida más allá del sepulcro; y para un Santo de los Últimos Días abarca el plan del Evangelio para vida y salvación tal como se nos ha revelado por medio del profeta José Smith12. Una fe y una creencia así ayuda a la persona a desarrollar un plan de vida en un plano más elevado, y a establecer normas de vida nobles, que valgan la pena y vayan de acuerdo con las normas del Evangelio. Ayuda a hacer juicios de valor, a elegir entre las cosas que realmente valen la pena, aquellas que son duraderas y eternas, y aquellas que son temporales y pasajeras. Hace que nos demos cuenta de que la vida es un peldaño hacia una vida superior, y que cuanto mejor sea la vida aquí, mayor será la felicidad aquí y en la vida venidera. La fe llena a quien la posee del deseo de emular la vida del Salvador y de guardar los mandamientos de Dios.

La fe sublime es uno de los más grandes de todos los dones. Declaremos nuestra lealtad a nuestra fe. Que, como algunos dicen, “no haya hombre que pueda destruir mi fe, mi esperanza y mi creencia, y dejarme un pedregal”. Porque he observado que aquellos que no tienen fe y tienden a minar y a destruir la fe de otras personas, nunca, hasta donde yo sé, dejan nada constructivo en su lugar.

No nos dejemos influir por los cínicos, los ateos o los que dudan, ni por la ola de duda y desesperación que cubre la tierra hoy en día13. Aferrémonos a la creencia de que la fe, con buenas obras, es un activo14, un consolador, una bendición; es el poder de Dios para salvación para todos aquellos que creen15. Aferrémonos a la creencia de que la fe es nuestra primogenitura, y no la vendamos por un plato de lentejas16.

Amy Brown Lyman, discurso, 3 de abril de 1926, en “Conference Addresses”, Relief Society Magazine, tomo XIII, nro. 7 (julio de 1926), págs. 381–382. Título proporcionado por los editores.

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El perdón es como la misericordia

El perdón es como la misericordia

Jennie Brimhall Knight
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
Jueves, 3 de abril de 1924

Han sido muchas las magníficas lecciones que se han enseñado durante esta conferencia, y estoy segura de que muchas resoluciones se han renovado a los efectos de que seamos mejores líderes, mejores modelos de conducta en nuestras distintas comunidades, hermanas más compasivas, esposas más devotas y madres más comprensivas.

El grupo congregado hoy aquí pertenece a la clase de mujeres que no tienen tiempo para ser ociosas, ni para dejarse enredar por aquellas cosas que se nos ha enseñado que son una pérdida de tiempo y no conducen al progreso. Nuestro objetivo es servir y, en ese servicio, hallar gozo en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.

Junto al sendero de la vida que conduce a la felicidad hay muchos escollos que debemos evitar si hemos de alcanzar nuestra meta. Uno de esos escollos diré que es el no perdonar. Junto a él hay un pequeño montículo de perdón que, si nos subimos a él, nos elevará por encima de las nimiedades de la vida para ver una llanura más grande y más ancha, y un sendero bien definido.

Hay muchos hechos de los hombres y las mujeres que no aprobamos, ni participamos de ellos, ni los sancionamos, y aunque nuestra misión es hacer todo lo que podamos en el espíritu de verdadera caridad y amor fraternal para mostrar un camino mejor, el plan más perfecto de la paz, no debemos aborrecer a nuestros semejantes por el hecho de que sus caminos no sean los nuestros. Debemos dejar que nuestro Padre los juzgue.

En la palabra del Señor por medio del profeta José Smith que se encuentra en Doctrina y Convenios leemos: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres. Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos”12.

El otro día me hablaron de una mujer que vivía en la misma calle que su padre, y sin embargo llevaba muchos años sin hablar con él. También supe de una presidenta de la Sociedad de Socorro que, al enterarse de que una de las hermanas de la organización se había sentido ofendida por algo que había hecho alguien de la presidencia de la Sociedad de Socorro, fue a casa de esta hermana y trató de hablar del tema, disculparse y, si era necesario, hacer las cosas bien, pero esa hermana no pudo encontrar un lugar en su corazón para el perdón, de modo que la presidenta se apartó, afligiéndose por esa hermana. ¿Cuál de las dos mujeres sería más feliz hoy? Mi padre dice con frecuencia: “El odio hace más daño a aquél que odia que a lo odiado”13.

En una ocasión, Pedro preguntó a Jesús: “… ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”. Y Jesús le respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. Luego dijo: “Por lo cual, el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y… le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Mas como este no podía pagar, mandó su señor venderlo a él, y a su mujer e hijos, con todo lo que tenía, para que se le pagase. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor, movido a misericordia por aquel siervo, le soltó y le perdonó la deuda.

“Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios; y tomándole del cuello, le ahogaba, diciendo: ¡Págame lo que me debes! Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba, diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel…

“Y viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y declararon a su señor todo lo que había pasado. Entonces llamándole su señor, le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también haber tenido misericordia de tu consiervo, así como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Así también hará con vosotros mi Padre Celestial, si no perdona de corazón cada uno a su hermano sus ofensas”14.

¿No es verdad que Jesús nos enseñó a orar: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden?15.

Martín Lutero dijo, hablando de esto: “Cuando dices ‘no perdonaré’ y vas ante Dios con tu padrenuestro, y mascullas ‘perdónanos nuestras deudas’, es como si estuvieras diciendo: ‘Yo no lo perdono; así pues, oh Dios, no me perdones tú a mí’”16.

No guardemos resentimientos en el hogar los unos hacia los otros, sino procuremos y oremos cada día para encontrar una manera de perdonarnos, recordando que el perdón es como la misericordia, “es dos veces bendita: bendice al que la concede y al que la recibe”17. Si en este asunto pudiéramos volvernos más como niños pequeños, ¡cuánto más felices seríamos!, porque quién conoció a un niño pequeñito que no estuviera dispuesto a perdonar al primer indicio de remordimiento por parte del ofensor; sí, y aun antes de que el que cometió la ofensa mostrara arrepentimiento alguno. ¿No dijo Dios “si no os hacéis como un niño pequeñito, de ningún modo heredaréis el reino de Dios”?18.

Aquellas que han sido sumamente probadas y amargamente ofendidas, recuerden que perdonar requiere un corazón generoso, lleno de misericordia y dedicado a la oración, junto con una firme voluntad, pero recuerden también que un corazón que no perdona pone una barrera entre sí mismo y el perdón de Dios porque, ¿no está escrito que “el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”19?

De modo que enterremos todas y cada una de nosotras nuestros agravios, ya sea que atañan a nuestra familia inmediata, a nuestra Iglesia o a nuestro prójimo, y cubramos con una losa de olvido los escollos que nos privan de la felicidad y perdonemos como esperamos ser perdonados.

Jennie B. Knight, discurso, 3 de abril de 1924, Sesión por la tarde, en “General Meetings”, Relief Society Magazine, tomo XI, nro. 6 (junio de 1924), págs. 307–309. Título proporcionado por los editores.

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Amarás a tu prójimo

Amarás a tu prójimo

Emma N. Goddard
Conferencia de junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
9 de junio de 1918

Amarás a tu prójimo. Esta no era una ley nueva cuando fue dada por el Señor en el meridiano de los tiempos13. El libro de Levítico registra que esa ley le fue dada a Israel en la dispensación mosaica: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo”14. El Maestro hizo hincapié en este mandato de una manera muy bella en respuesta a la pregunta de un intérprete de la ley que se levantó y dijo:

“Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”.

Él le dijo:

“¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”.
Y él, respondiendo, dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.
Y le dijo: “Bien has respondido; haz esto y vivirás”.
Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”15.

Ustedes recordarán, y no hace falta que lo repita en detalle, la hermosa y al mismo tiempo clara y sencilla parábola que contó Cristo del hombre que cayó en manos de ladrones y fue abandonado magullado y ensangrentado junto al camino. Cómo primero el sacerdote y luego el levita pasaron de largo, y cómo por último llegó el despreciado samaritano y lo atendió del modo más amable y tierno, echando aceite y vino en sus heridas, y poniéndolo finalmente sobre su cabalgadura para llevarlo al mesón, e incluso entonces diciendo al mesonero que seguía necesitando cuidados, y que cuando él volviera por ese camino le pagaría todos los gastos. Luego el Maestro se volvió al intérprete de la ley y preguntó: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones?”, dejando de este modo el peso de la decisión a la persona que le hacía la pregunta. ¿Qué más podía decir de lo que dijo? “El que tuvo misericordia de él”. Entonces Jesús le dijo: “Ve y haz tú lo mismo”16.

En respuesta a uno de los escribas que preguntó cuál era el primer mandamiento de todos, Jesús respondió: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos”17.

Evidentemente los apóstoles entendieron este mandato, y ha llegado hasta nosotros a través de los tiempos. Pablo, al dirigirse a los romanos que no habían sido instruidos en esta ley de la ética, declaró:

“No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros, porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No cometerás adulterio; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; no codiciarás; y si hay algún otro mandamiento, en estas palabras se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”18.

De igual manera, al dirigirse a los gálatas, Pablo repitió el mandato diciendo: “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”19.

Si todas las naciones cristianas se hubieran guiado por esta ley que dio el Maestro como una norma de vida para todos Sus seguidores, no habría habido guerras ni contención, sino paz sobre la tierra, y habría prevalecido la buena voluntad para con los hombres.

La incalculable miseria, la pena y la muerte que existen actualmente en el mundo son una consecuencia de la violación de esta ley, ¿y quién sabe cuándo cesarán?20. Puede que en breve nuestros muchachos heridos regresen a casa, y de nuevo habrá “grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora por sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron”21. Bajo estas condiciones tendremos sobradas oportunidades de demostrar nuestra fe en el mandato del Maestro de esforzarnos por consolar y animar a los que están atribulados, recordando que “la religión pura y sin mácula” es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo22. Cada día estamos rodeados de oportunidades de poner en práctica este mandato divino23.

Pero, ¿cómo se aplica ese hermoso mandamiento a nosotros como oficiales de estas grandes organizaciones? Porque estos muchachos y muchachas, estos jóvenes y jovencitas que están a nuestro cargo, ciertamente son nuestro prójimo. En estos momentos críticos de la historia de nuestro mundo ellos necesitan nuestra ayuda y nuestro socorro más que nunca. Debemos lanzarles todos los salvavidas, porque están rodeados de los más sutiles tipos de tentaciones. Son jóvenes e inexpertos, y por naturaleza aman la libertad y tienen sus propias ideas de cómo obtener placer. Hemos de guiarlos y aconsejarlos en esta etapa adolescente de su vida, y ayudarles a forjar un carácter firme y decidido. Debemos bregar con ellos en sus tentaciones y ayudarles a afrontarlas y a vencerlas. Debemos estudiarlos y tratar de comprenderlos porque, si lo hiciéramos a menudo, hallaríamos la manera de llegar al corazón de los que aparentemente son más descuidados e indiferentes.

Edgar A. Guest ha dicho:

Cuando en ti surja el desdén,
y de tus labios reproche,
conoce del que censuras
más que su oficio y su nombre.
Pues conocer al otro podría
prejuicios desvanecer
y hasta llegar a agradarte
si lo conocieras bien.
Si llegas a conocer a alguien
y a entender su proceder
sus defectos ya no importan
y hallas más virtud en él24.

Mostremos a nuestros jóvenes la gloria de la rectitud en lugar de la horridez del pecado; que vivir la ley del Evangelio produce paz y gozo perdurables en vez de la angustia que sigue a la vida malgastada.

A fin de llegar a su corazón, nosotros mismos debemos vivir muy cerca del Señor. Dios es amor, y cuanto más poseamos este atributo mayor será nuestro éxito25. Nuestros jóvenes deben sentir ese amor, ese gran deseo que tenemos de ayudarlos y bendecirlos. Pero, si después de nuestros esfuerzos unos pocos caen y se convierten en presa de malos hábitos y son abandonados magullados y ensangrentados junto al camino, ¿qué haremos con ellos? Como el buen samaritano, debemos tenderles la mano y, si es posible, traerlos tierna y amorosamente de regreso, y plantar una vez más sus pies en el camino estrecho y angosto.

Piensa con ternura en quien yerra
pues, aunque teñido de pecado,
no debemos olvidar
que sigue siendo nuestro hermano.
Habla con tiento a los que yerran;
con santas palabras y sones de afecto
podemos aun rescatarlos
de escabrosas sendas y de infiernos26.

Debemos ser honestos y sinceros, mostrando siempre por nuestro propio ejemplo que creemos en el Evangelio, que lo amamos con toda nuestra alma y todo nuestro corazón, y que nos esforzamos cada día por vivir de acuerdo con sus preceptos. Debemos darnos a nosotros mismos junto a nuestra ofrenda porque, como dice Lowell:

No lo que damos, sino lo que compartimos,
pues sin el dador la dádiva es vana en sí;
a tres bendice el que con su don se entrega:
a sí mismo, a su prójimo hambriento y a mí27.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”28.

J. L. Spalding dice: “Si la justicia es una ley universal, el amor es un deber universal. Nada sino el amor puede hacernos justos para con nosotros mismos”29. Nuestros miembros deben sentir que los amamos a cada uno de ellos y que sentimos por ellos un interés real y personal.

No conozco un ejemplo mejor de esta clase de maestro que el doctor Karl G. Maeser30. Él vivía para su trabajo. Cada alumno sentía su bondadosa influencia; era como si una bendición siguiera su estela; sus alumnos sentían su presencia. Cada vez que entraba al aula de inmediato reinaba el orden donde había resonado la algarabía despreocupada de jóvenes y jovencitas. El deseo de ser y hacer todo lo que él enseñaba dominaba a sus alumnos. Su sonrisa de aprobación era suficiente recompensa a sus más arduos esfuerzos. Él los guiaba a través de sus más sublimes enseñanzas a consagrar su vida y todo su ser a la profesión para la cual se estaban preparando. Estudiaba individualmente a sus alumnos y los entendía; sabía exactamente cuándo y cómo dar una reprimenda u ofrecer una palabra de elogio o de aliento e incluso mostrar una atención más amorosa y tierna. Haríamos bien en emular su noble ejemplo. Debemos procurar guiar, no obligar, recordando los mandatos del Maestro: “Sígueme”; “apacienta mis ovejas”31.

La temporada que viene debemos tratar de involucrarnos en las actividades recreativas de nuestros miembros y exhortarlos a evitar aun la apariencia del mal. Los acompañantes y protectores naturales de nuestras jovencitas, a saber, sus hermanos y novios, han salido en defensa de los colores de su país; por eso recomendamos más que nunca que, en todas sus salidas, sobre todo cuando se ausenten de casa durante la noche, ellas tengan chaperón. Debemos enseñarles que un chaperón no es un espía, sino un amigo, un protector, un consejero sabio y amoroso. De hecho, que lo apropiado en una fiesta es que haya chaperón, y que la buena ética lo requiere.

La juventud es una etapa de deleites dulces e inocentes; por eso debemos promoverlos y, en todo lo posible, ayudar a proporcionarlos. Pero, además de tomarnos ese interés en su vida social, debemos tratar de inculcar en nuestros jóvenes la seriedad de las circunstancias que actualmente nos rodean, y la necesidad de cada uno de ellos de asumir una responsabilidad personal para ayudar a lograr la victoria de la causa de la verdad y la libertad. Todos podemos poner nuestro granito de arena, no importa cuán pobres y humildes, cuán ricos e influyentes seamos. Nuestros chicos en el frente lo están arriesgando todo32. ¿No deberíamos estar gustosa y alegremente dispuestos a hacer un pequeño sacrificio y privarnos de algunas cosas en casa? Sobre cada uno de nosotros descansa una sagrada obligación, y la gravedad de la situación requiere que refrenemos la frivolidad y ofrezcamos nuestra fuerza y energía juvenil para apoyar la llamada que nos hace nuestro propio gran país y las naciones aliadas en esta lucha mundial por un reinado de rectitud, y no de poder.

Que Dios nos ayude a darnos cuenta de la magnitud de la obra que se nos ha delegado y nos conceda fortaleza y sabiduría para cumplir plenamente nuestro deber en cuanto a ella. Que durante esta conferencia seamos totalmente llenos de este espíritu de dar y de hacer. Sí, consagremos nuestra vida misma, si fuere necesario, para establecer la paz y la rectitud sobre la tierra, demostrando plenamente de este modo que nosotros, en efecto, amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Ayudando así a criar una generación recta, ciertamente prestaremos el mejor servicio a Dios y al país.

Emma Goddard, “Thou Shalt Love Thy Neighbor”, 9 de junio de 1918, en “Addresses at the June Conference: ‘We Stand for Service to God and Country’”, Young Woman’s Journal, tomo XXIX, nro. 8, agosto de 1918, págs. 434–437.

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