Saber quiénes son… y quiénes han sido siempre

Saber quiénes son… y quiénes han sido siempre

Sheri L. Dew
Conferencia de Mujeres de la Universidad Brigham Young
Centro Marriott, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
4 de mayo de 2001

Hermanas, ¡ustedes son simplemente asombrosas! No son perfectas, pero son asombrosas. Desde Siberia hasta Seattle, se han ganado mi corazón y mi más profundo respeto. Creo que hoy en día, dentro de ​las hermanas de esta Iglesia hay más recto valor y determinación inherentes de los que ha habido nunca en ningún grupo de mujeres que hayan vivido jamás. Y hoy deseo contarles por qué.

Hace poco, mi sobrina Megan, de dieciséis años, y dos de sus amigas se quedaron a dormir en casa. Aquella noche, mientras conversábamos, una de ellas me preguntó cómo había sido crecer en una granja en los viejos tiempos… (No obstante fue peor lo que me pasó hace unos días, cuando un guapo misionero retornado me dijo: “Hermana Dew, si yo tuviera cuarenta años más…”. Bueno, si alguna vez me caso espero que mi esposo haga mejor los cálculos). En cualquier caso, les conté a Megan y a sus amigas que, en los “viejos tiempos”, yo había sido extremadamente tímida, y no tenía absolutamente ninguna confianza en mí misma.

“¿Cómo lograste dejar de sentirte así?”, preguntó Megan. Estaba a punto de dar una respuesta trillada cuando me detuve, con la sensación de que aquellas fantásticas jovencitas estaban dispuestas a escuchar más; de modo que les expliqué que la razón era espiritual: No fue sino hasta que comencé a entender lo que el Señor sentía por mí, cuando mis sentimientos sobre mí misma y sobre mi vida comenzaron a cambiar lentamente. Entonces comenzaron a llover las preguntas: ¿Cómo sabía yo lo que sentía el Señor? ¿Y cómo podían averiguar lo que Él sentía por ellas?

Durante varias horas, Escrituras en mano, hablamos de cómo escuchar la voz del Espíritu, de cuán ansioso está el Señor por desvelar el conocimiento cuidadosamente almacenado en nuestros espíritus en cuanto a quiénes somos y cuál es nuestra misión, y sobre la transformadora diferencia que marca el saberlo…

Mi mensaje para ustedes hoy, mis queridas hermanas a quienes amo, es el mismo: No hay nada más vital para nuestro éxito y nuestra felicidad aquí que aprender a escuchar la voz del Espíritu. Es el Espíritu el que nos revela nuestra identidad, la cual no es solamente quiénes somos, sino quiénes hemos sido siempre. Y cuando lo sabemos, nuestra vida adquiere un sentido de propósito tan asombroso que nunca podemos volver a ser las mismas…

Como pueblo, constantemente hablamos y cantamos acerca de quiénes somos. Los niños de tres años se saben la letra de “Soy un hijo de Dios”12. La Proclamación sobre la familia declara que cada una de nosotras tiene un destino divino13. El segundo valor de las Mujeres Jóvenes es la naturaleza divina14. Y las primeras palabras de la Declaración de la Sociedad de Socorro son: “Somos hijas espirituales de Dios amadas por Él, y nuestra vida tiene significado, propósito y dirección”15. Y aun así, a pesar de todas las palabras, ¿realmente creemos? ¿Realmente entendemos? ¿Ha penetrado en nuestro corazón esta doctrina trascendental sobre quiénes somos, lo cual significa quiénes hemos sido siempre y, por lo tanto, quiénes podemos llegar a ser? Seguir leyendo

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Decisiones y milagros… Y ahora veo

Decisiones y milagros… Y ahora veo

Irina Kratzer
Conferencia de la Universidad Brigham Young para la Mujer
Edificio N. Eldon Tanner, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
27 de abril de 2000

Hubo un momento en mi vida en que me conmovieron el amor y la luz de Cristo. Desde entonces, mi vida cambió para siempre.

Sé lo que es vivir sin el Evangelio. Yo viví así treinta años. Nací en Rusia, de buenos padres que me cuidaron con amor y ternura, y me dieron la ospatunidad de recibir una buena educación. Ellos hicieron todo lo posible para que yo fuera feliz. Pasé la mayor parte de mi vida en Siberia. Al hacerme mayor me casé y di a luz a una adorable bebé. Pronto me gradué con éxito en la universidad y conseguí un trabajo que realmente me gustaba. Y sin embargo, a pesar de todo, estaba lejos de ser feliz.

Desde el primer momento, mi matrimonio parecía no ir bien, y poco a poco se derrumbó. La situación económica en Rusia empeoraba cada día. Apenas podía proveer alimentos sencillos para mi hija y para mí. Pecaba. Tomaba una mala decisión tras otra. El hambre, la depresión y las malas decisiones hacían que mi vida fuera miserable. Yo culpaba a la mala suerte sin darme cuenta de que, en muchos sentidos, estaba sufriendo las consecuencias naturales de mis pecados; pero, ¿cómo podía saberlo? El pecado no existía según lo que me habían enseñado. Permítanme explicarme.

Después de la revolución comunista de 191710, la religión se prohibió en Rusia. Desde el jardín de infancia me enseñaron que no existía tal cosa como un Dios, y que solamente el partido comunista y el abuelo Lenin podían brindar la felicidad al pueblo ruso11. Las personas religiosas eran duramente perseguidas en nuestra sociedad. Los creyentes perdían sus empleos, no se les permitía asistir a la escuela y se les tildaba de “locos”12. A todo el mundo se le requería tomar clases de ateísmo en la universidad, donde probábamos que Dios no existía. Aunque, con el tiempo, el socialismo fracasó en nuestro país y la ideología comunista demostró ser inviable, el ateísmo seguía vivo en la mente del pueblo. También en mi mente estaba bien arraigado. Simplemente no pensaba en Dios. Pero sentía dolor en el corazón spa mis malas decisiones. Más tarde aprendería que el dolor que sentía era la luz de Cristo que me daba un sentido de conciencia para discernir el bien del mal13. Pero la sociedad iba en contra de mis sentimientos de dolor. A los ojos de otras personas, yo no estaba haciendo nada particularmente mal.

El élder M. Russell Ballard dijo: “Las normas del mundo se han desplazado como las arenas de un desierto tormentoso. Lo que una vez era inusitado o ​inaceptable, es hoy en día común y corriente”14. Así era como vivía yo. Si no hay Dios, no hay pecado; si no hay pecado, depende absolutamente de ti lo que hagas con tu vida. Disfruta. Aprovéchate. spaque cuando ya no estés, todo lo demás se irá también.

En el Libro de Mormón he leído sobre esta misma filosofía que enseñaba el anticristo, Korihor: no hay “ninguna expiación spa los pecados de los hombres, sino que en esta vida a cada uno le [toca] de acuerdo con su habilidad; spa tanto, todo hombre [prospera] según su genio, todo hombre [conquista] según su fuerza; y no [es] ningún crimen el que un hombre [haga] cosa cualquiera”15. Seguir leyendo

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Canastos y frascos

Canastos y frascos

Chieko N. Okazaki
Conferencia General anual
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
6 de abril de 1996

Chieko N. Okazaki durante un discurso en la conferencia general. 1996. La hermana Okazaki fue una escritora prolífica y una popular oradora. Habiendo sido maestra y directora en una escuela primaria, con frecuencia empleaba ayudas visuales cuando hablaba. Fotografía spa Welden C. Anderson. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

​Mis queridos hermanos y hermanas, ¡aloha! En febrero me regocijé con ustedes cuando el número de miembros de la Iglesia fuera de los Estados Unidos sobrepasó ligeramente al número de miembros en este país16. Ese leve cambio es un indicador imspatante del carácter internacional de la Iglesia. Pensé en las palabras de Pablo a los gálatas: “Ya no hay judío, ni griego; no hay esclavo, ni libre; no hay varón, ni mujer; spaque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”17. Esta semana celebro el aniversario número cincuenta y cuatro de mi bautismo. Las personas como yo, que somos conversas, conocemos la promesa de Pablo: “spaque spa un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”18.

Hermanos y hermanas, hoy deseo hablar de la hermosa unidad que compartimos en el Evangelio. Hace tres semanas regresé de una gira spa Filipinas, Australia, Nueva Zelanda, Tonga y Fiyi, donde la hermana Susan Warner y yo participamos en la capacitación de líderes19. Asignaciones anteriores me llevaron a México, Honduras, Guatemala, Samoa, Corea y Japón.

En todos esos lugares trabajamos arduas y largas horas. La gente nos decía: “¡Cuánto deben haberse cansado!”. spa el contrario, sentimos que fuimos sostenidas “como en alas de águila”20 spaque hemos visto a las hijas de Sion “[despertar] y [levantarse]… y [vestir sus] ropas hermosas”21 en respuesta a las buenas nuevas del Evangelio. Enseñamos, pero también aprendimos; y este es el punto que deseo subrayar.

La lección más imspatante fue que realmente todos somos uno en Cristo Jesús22. Somos uno en el amor que recibimos del Salvador; somos uno en nuestro testimonio del Evangelio; somos uno en fe, esperanza y caridad; somos uno en nuestra convicción de que el Libro de Mormón es la palabra inspirada de Dios; somos uno al apoyar al presidente Hinckley y a las demás Autoridades Generales23. Somos uno al amarnos los unos a los otros. Seguir leyendo

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Obtengan una vida

Obtengan una vida

Elaine L. Jack
Charla fogonera del Sistema Educativo de la Iglesia
Centro Marriott, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
3 de enero de 1993

Jayne B. Malan, Ardeth G. Kapp y Elaine L. Jack, Presidencia General de las Mujeres Jóvenes. 1989. La hermana Kapp sirvió como Presidenta General de las Mujeres Jóvenes entre 1984 y 1992. Esta presidencia supervisó la creación del lema y de los valores de las Mujeres Jóvenes, y actualizó el programa del Progreso Personal. La hermana Jack fue Presidenta General de la Sociedad de Socorro entre 1990 y 1997. En esta imagen, de izquierda a derecha, las hermanas Malan, Kapp y Jack. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Justo antes de que los hijos de Israel entraran en la tierra prometida, Moisés, su líder, les dio un gran sermón final. Líder suyo durante cuarenta años, Moisés pronunció este sermón sobre el conocimiento esencial de la vida, sabiendo perfectamente que no acompañaría a su pueblo a su nueva patria. ¿Qué les diría esa última vez? Moisés habló a su pueblo de las cosas que era más imspatante que supieran si deseaban vivir de una manera feliz y regresar a su Padre Celestial.

Cerca del final de su mensaje, explicó con claridad cuáles eran las opciones que tenían. Él pronunció estas significativas palabras:

“A los cielos y a la tierra llamo spa testigos hoy contra vosotros, de que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia,

“amando a Jehová tu Dios, escuchando su voz y aferrándote a él, spaque él es tu vida y la prolongación de tus días, a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar”20.

Mis queridos hermanos y hermanas, igual que Moisés, aquí estoy yo viendo cómo ustedes, los jóvenes adultos de la Iglesia, se preparan para entrar en muchas tierras de promisión. Esta tarde repito las palabras de Moisés y les pido que escojan la vida, que entiendan con el corazón y con la mente que el Señor ciertamente es su “vida y la prolongación de [sus] días”. Seguir leyendo

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El tesoro desconocido

El tesoro desconocido

Jutta B. Busche
Conferencia de la Universidad Brigham Young para Mujeres
Centro Marriot, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
6 de abril de 1990

Una tarde de finales del verano de 1940, la familia Baum —la madre, dos hijos, un hijo adoptado, dos hijas y un bebé— se juntaron en el comedor en ausencia del padre, que era soldado en la guerra18. La madre había estado toda la tarde ocupada, improvisando una cena con provisiones limitadas como diente de león, nabos y patatas. Al poner la comida en la mesa, miró a sus hijos y preguntó: “¿Dónde está Jutta?”. Sobresaltados, los tres niños se miraron unos a otros y luego, uno por uno, bajaron la mirada con sentimiento de culpabilidad. La madre repitió la pregunta con más urgencia: “¿Dónde está Jutta?”. Finalmente, uno de los niños dijo, con voz sumisa: “Sigue atada a un árbol en el bosque. Se nos olvidó soltarla. Estábamos jugando a la guerra”.

Este incidente era algo típico de mi infancia. En aquella época yo solo tenía cinco años y ya era un marimacho. Crecí principalmente entre chicos, y disfrutaba participando en juegos de guerra. Yo les servía básicamente de “transportador de armas”, aunque de vez en cuando hacía las veces de “el enemigo”. Estoy agradecida a mi Padre Celestial por haber nacido en ​ese tiempo en Alemania. La guerra fue una época llena de sacrificios, temor, pánico, dolor y dificultades, pero también una época de recuerdos vívidos, aprendizaje y crecimiento, porque el verdadero aprendizaje a menudo sucede solamente en tiempos de adversidad19.

Durante los años de la guerra, recuerdo que cada tarde, al anochecer, preparaba una pequeña mochila con una muda extra, un par de medias y un par de zapatos, y caminaba unos tres kilómetros (un poco menos de dos millas) desde mi casa hasta un túnel para pasar la noche sola, en un compartimento de un tren estacionado allí para dar refugio a los civiles, temerosos de los bombardeos que había casi cada noche. También recuerdo el primer plátano que vi en mi vida, y lo bien que sabía. La guerra acababa de terminar, y un compasivo solado de las fuerzas de ocupación me lo dio. Recuerdo muy vívidamente nuestra exigua dieta de sopas aguadas, ortiga, diente de león, nabos y las melazas que las personas del pueblo tenían la fortuna de obtener de un vagón averiado. Recuerdo muy bien el olor de la lana de oveja que nosotros mismos esquilábamos e hilábamos para hacernos jerséis y vestidos. Como consecuencia de la falta de alimentos y asistencia médica durante aquellos años, vi a mi hermana, de dieciséis años, y a mi hermano, de diecinueve, enfermar y finalmente morir. La muerte de mi hermano, al cual estaba muy unida, me dolió extremadamente y me llenó de una profunda conciencia de la fragilidad de la vida.

En nuestro hogar hubo muy poca instrucción religiosa, aunque mis padres eran protestantes. Seguir leyendo

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Teología de los Santos de los Últimos Días sobre el sufrimiento

Teología de los Santos de los Últimos Días sobre el sufrimiento

Francine R. Bennion
Conferencia de la Universidad Brigham Young para Mujeres
Harris Fine Arts Center, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
28 de marzo de 1986

Francine R. Bennion. 1995. La hermana Bennion prestó servicio en la Mesa Directiva General de las Mujeres Jóvenes y de la Sociedad de Socorro en las décadas de 1970 y 1980. Fotografía por Busath Photography. (Por cortesía de Francine Bennion).

No es mi intención dar aquí una definición precisa del término sufrimiento, ni distinguir entre diversos tipos de sufrimiento. Para los fines de este análisis, sufrimientoes todo aquello que nos hiere grandemente en cualquier modo.

Tampoco es mi intención responder a todas las preguntas sobre el sufrimiento, ni aun sugerir que todos tengamos las mismas preguntas. Tenemos nuestras propias preguntas, y nuestra ha de ser la búsqueda de la paz. Mi intención es hablar de la reserva a la que muchas de nosotras acudimos para recibir comprensión y consuelo en momentos de angustia.

Mi amiga Sheila Brown salió de una cirugía cerebral con un lado de su cuerpo paralizado y con el habla y la vista gravemente dañadas. Un día, mientras trabajábamos tensando y relajando sus músculos, Sheila me preguntó de qué iba a hablar en la Conferencia de la Mujer de BYU.

“La teología de los Santos de los Últimos Días sobre el sufrimiento”.

“Oh”, dijo ella buscando las palabras y tratando de articularlas, “creo que deberías hablar de la teología del coraje y de la esperanza como mirando por una ventana”.

“Pienso que es lo mismo”, respondí.

Tenemos la costumbre de hablar de fragmentos de teología: un tema por aquí, una suposición o una tradición por allá, a menudo fuera del contexto del conjunto. Somos un pueblo acostumbrado también a los fragmentos de Escrituras fuera de contexto: una frase aquí, un versículo allá, palabras que dicen algo que se ajusta al tema que tratamos y repican con claridad y convicción. Tenemos que hacerlo; no tenemos tiempo ni capacidad para decir todo de una sola vez. No obstante, en ocasiones la claridad se distorsiona y la convicción deja paso a la duda cuando la persona mezcla unos fragmentos con otros. Por ejemplo, ¿qué piensan de lo siguiente?

2 Nefi 2:25 “… existen los hombres para que tengan gozo”.
Job 5:7 “Pero como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción”.
Deuteronomio 4:29–31 “Mas si desde allí buscas a Jehová tu Dios, lo hallarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. Cuando estés en angustia y te alcancen todas estas cosas, si en los postreros días te vuelves a Jehová tu Dios y escuchas su voz… [Él] no te dejará”.
Salmos 22:1–2 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día y no respondes; y de noche no me quedo en silencio”.
Mateo 27:46 “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”.
Abraham 3:18 “[Los] espíritus… no tienen principio; existieron antes, no tendrán fin, existirán después, porque son gnolaum o eternos”.
2 Nefi 2:14 “… Dios… ha creado todas las cosas, tanto los cielos como la tierra y todo cuanto en ellos hay; tanto las cosas que actúan como aquellas sobre las cuales se actúa”.
Proverbios 3:13 “Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría y que adquiere entendimiento”.
Eclesiastés 1:18 “Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia; y quien añade conocimiento, añade dolor”.

Una función de la teología es proporcionar un marco global que dé sentido a los fragmentos y a las aparentes contradicciones o paradojas que estos sugieren. La teología ofrece un marco que ciñe la diversidad y la complejidad a una red más sencilla con la que podemos dar cierto sentido aun a las cosas que no comprendemos del todo. Seguir leyendo

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La estación del despertar

La estación del despertar

Elaine A. Cannon
Charla fogonera de las Mujeres Jóvenes
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
28 de marzo de 1981

Elaine A. Cannon hablando en una reunión general de mujeres. 1983. Escritora, editora y personaje radiofónico y televisivo, la hermana Cannon apoyó activamente la creación de una revista para los jóvenes de la Iglesia, y prestó servicio como editora adjunta cuando comenzó a publicarse la revista New Era en 1971. También solicitó que las Mujeres Jóvenes tuvieran instrucción religiosa dominical aparte de sus reuniones semanales. La Iglesia adoptó este sistema en 1980, cuando ella era Presidenta General de las Mujeres Jóvenes. Fotografía por Marty Mayo. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Como presidencia de las Mujeres Jóvenes deseamos que sepan que nos comprometemos a sostener al presidente Kimball y a las Autoridades Generales, y a ayudar al Señor Jesucristo en Su gran misión de “llevar a cabo la inmortalidad y ​22. Nuestro interés en particular son las jovencitas de entre doce y dieciocho años. Es un privilegio prestar servicio a esta generación de jovencitas tan dignas de la realeza23.

Ahora en Utah, donde se produce este programa, comienza la época del florecimiento. Es la estación del despertar. Los retoños espesan las ramas. Las primeras flores alegran valientes la Manzana del Templo ¡Es primavera! Mientras que allá, en Australia y Nueva Zelanda —una parte del mundo de la que muchas de ustedes oyen hablar por primera vez— las estaciones se suceden de manera inversa. Es casi la época de la cosecha.

Y así es con nosotras en esta congregación. Hay más de un cuarto de millón de mujeres jóvenes, niñas que están en la primavera de sus vidas. También hay más de treinta y cinco mil presidencias adultas, guardianas de las jovencitas que estamos —algunas de nosotras— apurando hasta el límite el verano de nuestras vidas.

En algún punto entre nuestras estaciones de primavera y de recolección debemos nutrir, podar y enriquecer nuestra vida antes de que pueda producirse el milagro de la cosecha. Oramos por todas nosotras para que, un día, el producto de nuestra vida sea aceptable ante Dios.

Para ustedes que están en la estación del despertar, en la primavera de sus vidas, es a quienes va dedicada la canción especial que entonó el coro al comienzo de esta reunión. Es como si cada una de ustedes se preguntara: Seguir leyendo

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Dejarse llevar, soñar, dirigir

Dejarse llevar, soñar, dirigir

Ardeth G. Kapp
Conferencia de la Universidad Brigham Young para Mujeres
Ernest L. Wilkinson Center, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
2 de febrero de 1980

He observado, y confieso que me ha sucedido en el pasado, que muchas personas en la Iglesia se dejan llevar por la multitud. Muchas buenas personas se dejan arrastrar a la reunión sacramental y a la Escuela Dominical, incluso a la noche de hogar, y devanean por un estudio casual de las Escrituras. Esas personas que van a la deriva forman parte al menos de uno de dos grupos: En el primero están aquellos que se adentran en el torrente, involucrándose a fondo en la actividad en la Iglesia y flotando con la corriente, cómodos al sentir la falsa seguridad de estar en el lugar correcto. Otros, que conforman el segundo grupo, aunque aceptan unos pocos principios elegidos se resisten a ser parte del caudal, del torrente, y deciden irse a los remolinos de las orillas, libres de las demandas de una participación plena. Es difícil decidir cuál de estos grupos ​es mejor o peor. Aquellas de nosotras que, solo en términos de actividad, nos metemos de lleno en la Iglesia, no necesariamente metemos de lleno a la Iglesia en nosotras; y si nos fuésemos, la Iglesia apenas notaría la diferencia. Al seguir las costumbres, hacer lo correcto pero sin llegar a saber, comprender, aceptar y poner en práctica los principios y las doctrinas de salvación, se nos puede comparar con la persona que pasa toda su vida encordando su instrumento, sin llegar a escuchar nunca la música para la cual este fue creado, e incapaz de reconocerla si lo hiciera.

En lo que a principios se refiere, seamos sólidas como la roca. En lo que atañe a la práctica, que todo lo que hagamos esté basado en esos principios de salvación, y que entendamos la intrínseca relación que existe entre principios y costumbres. Resueltas a seguir la admonición del Profeta y convertirnos en eruditas de las Escrituras es como aprendemos gradualmente la doctrina que nos prepara para permanecer sobre la roca de la revelación y para tener cada vez menos la sensación de ser arrastradas, vagando, cuestionando y buscando.

Hay muchas personas buenas que son muy fieles (y hago hincapié en fieles) en seguir las tradiciones y las costumbres. Recuerdo una canción que cantábamos en la Escuela Dominical:

“Nunca llegues tarde a la Escuela Dominical; ven con tu sonrisa y con tu radiante faz”.

El estribillo acababa así:

“Trata de estar, de estar siempre allí, sin demora a las diez de la mañana”18.

Las diez de la mañana fue por mucho tiempo una costumbre, una tradición. No era un principio. Sin embargo, hubo entre los fieles quienes se sintieron incómodos con el cambio, cuyos sentimientos no eran muy distintos de los que manifiestan algunas personas cuando se modifican costumbres o tradiciones en la actualidad. Puede que los cambios, que siempre llegarán, sean para algunos una prueba de fuego, porque su fundamento solo se basa en las costumbres, y no entienden los principios invariables y eternos.

Ser fieles no hace necesariamente que desarrollemos la fe. El primer principio del Evangelio es la fe en el Señor Jesucristo19. Tener fe en Él es conocerlo, conocer Su doctrina y saber que el curso de nuestra vida está en armonía y es aceptable para Él. Ser fiel es relativamente fácil, pero la fe nace del estudio, el ayuno, la oración, la meditación, el sacrificio, el servicio y, finalmente, de la revelación personal. Los destellos de entendimiento llegan línea sobre línea, precepto tras precepto. Nuestro Padre está ansioso por darnos alimento tan rápido como podamos tolerarlo, pero nosotros regulamos la suculencia y la cantidad de nuestra dieta espiritual. Y lo hacemos mediante el mismo procedimiento que utilizaron los hijos de Mosíah: Seguir leyendo

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Las mujeres Santos de los Últimos Días en el cambiante mundo actual

Las mujeres Santos de los Últimos Días en el cambiante mundo actual

Belle S. Spafford
Devocional de la Universidad Brigham Young
Centro Marriott, Universidad Brigham Young, Provo, Utah
11 de febrero de 1975

Belle S. Spafford, Marianne C. Sharp y Louise W. Madsen con la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro. 1962. Con las hermanas de la presidencia a la cabecera de la mesa (de izquierda a derecha las hermanas Madsen, Spafford y Sharp), la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro posa en un Edificio de la Sociedad de Socorro de seis años de antigüedad. Las hermanas de la Mesa Directiva capacitaban a las unidades de la Sociedad de Socorro por todo el mundo, supervisaban la producción de ropa del templo, publicaban la Relief Society Magazine y diseñaban los cursos de estudio de la Sociedad de Socorro. Fotografía por J. M. Heslop. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Siempre es un gran placer y una experiencia fortalecedora para mí hablar frente a un grupo de alumnos de la Universidad Brigham Young. Disfruté mucho del coro esta mañana, y también agradezco que se refirieran a mí como una mujer joven15. El otro día me llamaron del Consejo Nacional de Mujeres y me preguntaron si aceptaría un nombramiento como delegada en una reunión internacional en París. Pensé: “Antes de aceptar, debería comunicárselo a uno de los miembros de la Primera Presidencia”. De modo que llamé al presidente Tanner y dije: “Me han invitado a prestar servicio como delegada, y creo que no debería aceptar por esto, por esto y por esto”16. Tenía muchas y muy buenas razones, pensé.

Él me escuchó con atención y luego me dijo: “¿Sabes?, creo que debes aprovechar tus oportunidades mientras todavía eres joven”.

Esta mañana me siento particularmente honrada por haber sido invitada por el presidente del comité de programa de la Semana de la Mujer para hablar en este devocional. Dado que es la Semana de la Mujer, me parece adecuado referirme principalmente al papel de la mujer Santo de los Últimos Días en el cambiante mundo actual17. Soy consciente de que este grupo está compuesto por hombres y por mujeres. En la estructura que gobierna la Iglesia, los hombres juegan un papel importante en lo que a las actividades de las mujeres se refiere, en tanto en cuanto estas se relacionan con la labor de la Iglesia. En las primeras reuniones de la Sociedad de Socorro en Nauvoo, el profeta José Smith definió claramente esa relación. En la primera reunión, una presidencia compuesta por tres mujeres —una presidenta, una primera consejera y una segunda consejera— fue llamada a presidir la organización. Más tarde en aquella reunión, el profeta José dijo: “Sirva esta presidencia como una constitución: que todas sus decisiones se consideren ley y se obedezcan como tal. Si deseamos que las oficiales lleven a cabo el designio de la institución, sean ellas nombradas y apartadas… Las actas de sus reuniones serán el precedente sobre el cual actúen: su constitución y su ley”18. No obstante, en la tercera reunión de la sociedad el Profeta dio esta directiva perdurable: “Recibirán instrucciones mediante el orden del sacerdocio que Dios ha establecido, por mediación de quienes han sido nombrados para conducir, guiar y dirigir los asuntos de la Iglesia en esta última dispensación”19.

A causa de estos mandatos, parece imperativo que no solo las mujeres, sino también los hermanos del sacerdocio, sean conocedores del papel que representa la mujer. Los hermanos desearán estar al tanto de los problemas que afrontan las mujeres, para que mediante el entendimiento de estos y de los deberes y las responsabilidades de las hermanas, ellos estén en posición de dar consejo y dirección en armonía con el designio del Señor. El progreso de la obra de la Iglesia es una responsabilidad conjunta de los hombres y las mujeres de la Iglesia, cada uno trabajando en la esfera que se le ha asignado. Cuanto más profunda sea la comprensión que cada uno tenga del papel del otro, mayor habrá de ser el éxito total de la obra de la Iglesia. La comprensión ​se edifica principalmente sobre el conocimiento. Por tanto no me parece inapropiado hablar sobre el papel de la mujer en el cambiante mundo actual a este grupo compuesto tanto por hombres como por mujeres. Seguir leyendo

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La Sociedad de Socorro brinda felicidad

La Sociedad de Socorro brinda felicidad

Lucrecia Suárez de Juárez
Conferencia de Área para México y América Central
Auditorio Nacional, Parque Chapultepec, Ciudad de México
26 de agosto de 1972

Queridas hermanas, qué hermoso y significativo es para todas nosotras pensar que en muchos lugares del mundo, en tierras lejanas, en pueblos, ciudades y regiones rurales, se encuentran las hermanas cuidando sus hogares y familias, y dedicándose al trascendental programa de la Sociedad de Socorro12.

Bienvenidas sean todas ustedes, mis hermanas, y que nuestros corazones sean como uno solo en amor y humildad para el Señor. No hay océanos, ni montañas, ni desiertos, ni barreras de tierra que puedan separar a las hermanas de la Sociedad de Socorro, porque todas son iguales en fe y devoción, iguales en sus deseos de seguir las enseñanzas del Evangelio y en ser mujeres ejemplares ante el mundo. El programa y el espíritu de la Sociedad de Socorro abren la puerta hacia un amplio campo en el que se cultivan los más nobles atributos de la mujer, y esto nos trae felicidad; el ganarla y contribuir a la felicidad de los demás, debe ser la meta más importante de nuestra vida.

​Maneras de lograr la felicidad

Las hermanas que logran desarrollar esas cualidades deben manifestarlas primero en su hogar, y después al prójimo en general. La felicidad nos llega por diversos caminos; si damos consuelo a los enfermos y necesitados, a los afligidos, moribundos, huérfanos y viudas, nuestro corazón se siente feliz. Cuando el Señor nos bendice con un llamamiento, sentimos miedo porque sabemos que somos incompetentes, mas si ponemos nuestra voluntad y esfuerzo para desempeñarlo, después sentimos felicidad y decimos, bienaventurado el llamamiento que nos hizo ir más allá de nuestras capacidades. En el trabajo de la Sociedad de Socorro tenemos muchas experiencias, unas más satisfactorias que otras. Si la experiencia fue un éxito, somos felices, y si fracasamos, debemos ser valientes y continuar con más caridad y amor. El amor hacia nuestras hermanas hay que probarlo con hechos a fin de que nos brinde felicidad. La caridad es un amor tan grande que estamos dispuestas a dar parte de nosotras mismas. Tenemos el ejemplo de las maestras visitantes, que llevan mensajes de fe y consolación, y ellas son felices. Las bellas y útiles manualidades para nuestros hogares contribuyen a la felicidad de nuestros seres queridos13; los cánticos que se elevan en alabanza a Dios unen a las hermanas en comunión espiritual, y eso nos hace sentir gozo.

¿Podrá una mujer sola combatir las influencias negativas que dañan a nuestros hijos? No, hermanas; pero estamos unidas como un ejército de mujeres rectas y resueltas que pueden hacer algo.

Como hermanas de la Sociedad de Socorro e hijas de nuestro Padre Celestial, debemos buscar sabiduría, paz, buenos frutos y humildad. ¡Qué mayor felicidad que ver a nuestra familia viviendo limpia y rectamente! En una ocasión, el presidente McKay dijo que una mujer debe ser inteligente y pura porque es la fuente de la vida, “el origen viviente del cual fluye la corriente de la humanidad”14.

El papel que desempeña la madre

Veamos ahora a una hermana en su papel de madre. La experiencia que voy a relatar nos muestra la preparación que la Sociedad de Socorro puede brindar a una madre para educar a sus hijos.

Esta joven madre comenzó el camino de la vida. “¿Es largo el camino?”, preguntó. Su guía respondió: “Sí; el camino es duro y tú serás anciana antes de llegar a su fin, pero el final será mejor que el principio”. La madre era feliz; jugaba con sus hijos, recogía flores para ellos al lado del camino y los bañaba en arroyos puros; el sol brillaba sobre ellos y la vida era buena; la joven madre exclamó: “Nada podría ser mejor que esto”. Después anocheció y vinieron tempestades; el camino senda estaba oscuro y los niños temblaban de miedo y de frío. La madre se acercó y los cubrió con su manto, y los niños dijeron: “Mamita, no tenemos temor porque tú estás ​con nosotros y sabemos que ningún daño nos puede sobrevenir”. La madre dijo: “Esto es mejor que la luz del día, porque he enseñado el valor a mis hijos, y soy feliz”.

Les enseñó acerca de Dios

Amaneció y frente a ellos había un cerro; los niños subieron y se cansaron, pero ella siempre les decía: “Tengan paciencia y en un ratito llegaremos a la cima”. Cuando los niños llegaron dijeron: “Nunca habríamos llegado sin ti, mamá”. Y la madre, mientras descansaba feliz esa noche, mirando el cielo estrellado, dijo: “Este día ha sido mejor que ayer, porque mis hijos han aprendido a ser fuertes ante las dificultades; ayer les di valor y hoy fuerza”. Al día siguiente vinieron nubes extrañas que obscurecieron la tierra, nubes de guerra, de odio y maldad; y los niños andaban a tientas y tropezaban, y la madre dijo: “Miren hacia arriba; alcen la vista hacia la luz”. Los niños alzaron la vista y vieron, por encima de las nubes, una gloria sempiterna que los guio y los llevó más allá de la obscuridad. Esa noche la madre dijo: “Me siento más feliz que los otros días, porque he enseñado a mis hijos acerca de Dios”.

Pasaron los días, los meses y los años, y la madre envejeció. Era pequeña y frágil, pero sus hijos eran altos y fuertes, y ella caminaba con valor. Cuando el camino era difícil y escabroso la llevaban en sus brazos, porque ella era pequeña y ligera. Al fin llegaron a una colina, y más allá de la colina vieron un camino brillante y una puerta de oro que estaba abierta. La madre feliz dijo: “He llegado al fin de mi jornada, y ahora sé que el fin es mejor que el principio, porque ahora mis hijos pueden caminar solos”. Y los hijos respondieron: “Tu siempre caminarás con nosotros, madre, aun cuando hayas entrado por esa puerta”. Ellos se detuvieron y la vieron avanzar sola, y las puertas se cerraron tras ella. Entonces los hijos, con la mirada fija en el infinito, dijeron: “No la podemos ver, pero aún está con nosotros”.

Y así es, queridas hermanas; nuestra madre no es un dulce recuerdo; es como si estuviera con nosotras. La felicidad de las madres se encuentra en la rectitud de sus hijos, que se alcanza con la guía de la Sociedad de Socorro, el brazo fuerte del sacerdocio, y la valentía de esas madres, así como su fe en Dios.

La Sociedad de Socorro brinda felicidad

La idea que trato de transmitirles es esta: La Sociedad de Socorro brinda felicidad a nuestra vida, si la buscamos diligentemente.

Nuestros corazones en esta noche rebosan de gratitud hacia nuestro Padre Celestial por bendecirnos con la presencia de Sus siervos escogidos, a quienes amamos entrañablemente, porque ​sabemos que la palabra de Dios está en ellos15. Mi testimonio es que Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo viven, y que el alma del hombre puede comunicarse con Ellos por medio del Espíritu Santo. Mi oración esta noche es que, en el curso que viene, la Sociedad de Socorro nos brinde a cada una de nosotras la fuerza para cumplir con nuestros deberes, el gozo en el servicio y el éxito conforme a nuestros esfuerzos justos.

Les dejo estos humildes pensamientos en el bendito nombre de nuestro Salvador, Jesucristo. Amén.

Lucrecia Suárez de Juárez, discurso, 26 de agosto de 1972, en “Sister Lucrecia Suarez de Juarez”, Official Report of the First Mexico and Central America Area General Conference of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 25–27 de agosto de 1972 (Salt Lake City: Deseret Press, 1973), págs. 82–84. Título proporcionado por los editores.

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Mi yugo es fácil y ligera mi carga

Mi yugo es fácil y ligera mi carga

Alice C. Smith
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
1º de octubre de 1969

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

​Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga16.

A través de los siglos, desde las costas del Mediterráneo oriental nos llega esta cálida invitación de nuestro Salvador.

Al subir Jesús por las secas colinas de Galilea o al caminar por los polvorientos caminos de Judea, se encontró con pobreza, enfermedades, aflicciones de todo tipo. Halló al pecador arrepentido y al no arrepentido. Se reunió con los que sufrían, y de esas experiencias y Su inmensa comprensión provino Su compasivo ruego: “Venid a mí”.

En 1830, el profeta José Smith declaró que Dios es “el mismo Dios inmutable”17. Por tanto no sorprende que, el 28 de julio de 1843, dieciséis mujeres fueran asignadas a “buscar a los pobres y afligidos… para aliviar las necesidades de todos”18. Dieciseis en un mundo de millones; pero tuvo que haber un comienzo. En 1843, dieciséis maestras visitantes; hoy en día [1969], muchas más de 100 000; mañana 200 000; y pasado mañana dos millones.

Hace unas semanas me encontré con una maravillosa amiga mía. Ella ha sido activa en la Sociedad de Socorro por muchos años. La amo, y fue muy agradable verla. Quería saberlo todo de ella. Le pregunté lo que estaba haciendo actualmente en la Iglesia. Hubo una pausa bastante notable. Entonces, contestó: “Oh, solo soy maestra visitante”. ¡Solo una maestra visitante! Después de despedirnos pensé en cómo se sentiría ella si el Salvador fuera a su próxima reunión de maestras visitantes y le dijera: “Quiero que seas mi emisaria. Quiero que les digas a las mujeres de tu distrito que las amo, que me interesa lo que les sucede a ellas y a sus familias. Quiero que seas mi ayudante, que veles por estas hermanas, que cuides de ellas para que todo esté bien en mi reino”19. Si nos viéramos después de tal encuentro como ese, ¿no sería diferente la respuesta de ella? ¿No la ha llamado Él ya por medio de Su sacerdocio con la misma certeza que si hubiera estado ante ella?

¿Cuántas de nuestras maestras visitantes piensan de sí mismas como “solo maestras visitantes”?

A la maestra visitante se le da la gran responsabilidad de buscar a las necesitadas. Es más, con su visita, ella les está diciendo a todas las hermanas que alguien se preocupa, y que Dios se interesa.

La maestra visitante debe ser la mejor amiga de todas las hermanas de su distrito. Oh, no me refiero a la amiga más cercana, sino a una verdadera amiga.

Espero que todas aquí tengan una verdadera amiga, porque entonces sabrán a qué me refiero. ¿Qué es una verdadera amiga? Es una amiga en la que puedes confiar y con quien sabes que tus secretos estarán a salvo. Es una persona que escucha y que desea escuchar. Es alguien a quien le interesa todo cuanto te sucede y que siempre ayuda cuando es necesario.

​Cuando voy a la puerta y encuentro a mi mejor amiga allí, esperando a entrar, mi corazón resplandece. No puedo esperar a abrir la puerta. Estoy encantada de verla. Yo sé que me ama, igual que yo la amo a ella.

La maestra visitante debe producir una reacción así en todas las personas por las que vela. No debe ser alguien que se apresura el último día del mes y dice: “Solo tengo unos minutos; sé que has leído el mensaje y te lo sabes mejor que yo, y de todos modos no lo necesitas. Qué tal estás y nos vemos en la Sociedad de Socorro la semana que viene”. La maestra visitante debe dejar tras de sí un amor que bendiga tanto a la hermana que recibe la visita como el hogar de esta.

Hace años, al salir de la capilla después de una reunión de la Sociedad de Socorro, mi maestra visitante me detuvo. “Alice”, dijo, “tú tienes todo lo que necesitas. Ojalá pudiera hacer algo por ti”.

“Haces algo por mí cada mes”, le contesté. “Me llevas un mensaje de amor. Me siento consolada y fortalecida gracias a tu interés por mí y por mi familia”, pero no parecía completamente satisfecha.

Menos de dos horas después llegó a mi puerta. En sus manos llevaba una hogaza de pan casero recién horneado. “Después de despedirme de ti hoy”, dijo, “recordé que una vez me dijiste que tus responsabilidades en la universidad te tenían tan ocupada que nunca tenías tiempo para hacer pan. Así que hay algo especial que puedo hacer por ti”.

Hace cinco años regresamos a casa tras una ausencia de tres años20. Estábamos cansados del largo viaje al exterior y aún no habíamos tenido tiempo para ir al mercado. Veinte minutos después de llegar a casa, llamaron a nuestra puerta. Allí estaba ella, mi maestra visitante (que por entonces hacía tiempo que había sido relevada) con una hogaza de pan casero recién horneado y un frasco con mermelada de frambuesa. Me encanta el emblema de la Sociedad de Socorro con su lema: “La caridad nunca deja de ser”, pero mi propio emblema personal de las maestras visitantes siempre será una hogaza de pan casero recién horneado21.

Hemos de “aliviar las necesidades de todos”22. En nuestro confuso y complejo mundo, así como en el mundo de Jesús, hay soledad, desesperación, pecado y sufrimiento. ¿Quién sabe qué día encontraremos estas cosas en el hogar de nuestras amigas? Debemos estar preparadas.

La compasión es una forma de vida. La encantadora, joven y bella Darlene, madre de un pequeño bebé, contrajo esclerosis múltiple. La enfermedad progresó con tanta rapidez que no podía cuidar de su bebé. En ese momento recibió la visita de dos compasivas maestras visitantes. “Derramen aceite y vino en las heridas del afligido”, aconsejó el profeta José Smith23. Ellas continuaron visitando y ayudando.

Con el paso de los años, otras amigas suyas que al principio habían estado pendientes de ella dejaron de visitarla con tanta frecuencia. Su marido la abandonó y Darlene se llenó de amargura. Respondía con palabras de enojo y animosidad a quienes le ofrecían ayuda. ¿Por qué tenía ella que yacer imposibilitada mientras otras personas viajaban, jugaban y trabajaban a su antojo? ¿Por qué tenía que quedarse en cama, cada vez ​más débil? Ella renegaba de su suerte y, a medida que lo hacía, sus amigas dejaban de ir.

Una de las maestras visitantes se fue a vivir lejos y la otra fue relevada, pero su amoroso cuidado no cesó. A través de los años, esta dedicada exmaestra visitante la visitó con frecuencia y le ofreció su ayuda constante. Podía ver lo que escondían las palabras de enojo y amargura de Darlene. Aun cuando se las dirigiera a ella, no desamparó a la mujer herida que sufría.

Hace poco la familia de Darlene se trasladó a Utah. Darlene, ya completamente postrada en cama y todavía sin haber cumplido los cuarenta, se mudó aquí también. ¿Puso eso fin al interés de su antigua maestra visitante? No. Una llamada telefónica de larga distancia a un miembro de la familia de la maestra visitante en Utah: “Por favor, visite a Darlene. Hágale saber que pienso en ella y que la amo. Por favor, vaya a verla siempre que pueda”.

La compasión es una forma de vida. Los años de cuidados y la distancia no importan cuando una maestra visitante es una verdadera amiga que se interesa y ama. Los mensajes de las maestras visitantes son importantes. Las normas que rigen nuestras visitas son importantes, pero más allá y por encima de todas ellas, es mucho más importante el corazón que comprende, se interesa y ama.

Las maestras visitantes nunca fueron más necesarias. Puede que nunca conozcan a una Darlene, pero cada mes encuentran a quienes necesitan amor y aceptación.

A medida que la Iglesia crece cada año, la necesidad de maestras visitantes es mayor. ¿Qué futuro les espera? Ellas ayudarán a combatir la soledad que aflige nuestro mundo y el carácter impersonal de las grandes ciudades. Velarán por el extranjero, la viuda, el huérfano, el herido, el afligido, y cuidarán de todas las hermanas con interés y amorosa atención. Serán tan necesarias como lo fue mi abuela cuando se levantaba de su cálida cama de pionera en noches de tormenta para viajar kilómetros sobre una carreta tirada por caballos para atender una llamada de socorro24. Como mi madre que durante la Depresión halló al hambriento, así harán ellas25. Como la maestra visitante que me llevó su amor junto a una hogaza de pan casero recién horneado, así harán ellas. Ayudarán a aliviar el sufrimiento físico, emocional y mental. Socorrerán al pecador y darán consuelo al afligido. Llevarán el mensaje de un Evangelio de amor a todas nuestras hermanas por todo el mundo. A medida que su cálido y tierno cuidado esparza su red por todo el mundo, llegarán a ser un estandarte a las naciones26.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga27.

​Dios bendiga a las maestras visitantes. Porque cuando todas trabajan juntas el yugo es fácil y la carga es ligera.

En esto conocerán todos que somos discípulas del Señor, si tenemos amor las unas por las otras28. Ruego que siempre sea así. Amén.

Alice C. Smith, discurso, 1º de octubre de 1969, págs. 18–23, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975. Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Alice C. Smith, “My Yoke Is Easy and My Burden Is Light”, 1º de octubre de 1969, en “Officers Meeting”, Relief Society Magazine, tomo LVII, nro. 3 (marzo de 1970), págs. 174–177.

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Unidad de sentimientos

Unidad de sentimientos

Louise W. Madsen
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
3 de octubre de 1962

Conferencia General de la Sociedad de Socorro. 1962. La primera Conferencia General de la Sociedad de Socorro se celebró en 1889. Esta fotografía del Tabernáculo de Salt Lake muestra a una gran multitud en una de las sesiones de la conferencia de octubre de 1962, en la que habló Louise W. Madsen. Fotografía por Ross Welser. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Mis queridos hermanos y hermanas, justo antes de entrar en el jardín de Getsemaní la noche en que fue traicionado, el Señor, “alzando los ojos al cielo”14, oró al Padre. El presidente McKay se ha referido a esta oración como “la oración más grandiosa que se haya pronunciado en este mundo, y la de mayor impacto”15. Su oración fue por aquellos que habían creído en Él y “por los que han de creer” en Él. El siguiente versículo encierra un mensaje sublime: “… para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”16.

Esta es la más bella expresión del principio de la unidad. Es este principio de unidad, este espíritu de ser “uno” los unos con los otros y con nuestro Dios, lo que ha sido una pieza instrumental para hacer posible que la Iglesia progrese y alcance los propósitos para los que fue establecida.

Una de las declaraciones del profeta José Smith a la Sociedad de Socorro que tiene grande y perdurable importancia es que “por la unidad de sentimientos, obtenemos poder con Dios”17. Esta es una expresión del principio de la unidad que muestra cómo obra este principio para cumplir propósitos. Él instó a las hermanas a que obtuvieran poder de lo alto siendo “una” en espíritu y en la determinación de hacer lo que Él desea que hagan. La evidencia de que lo han hecho está en el crecimiento y en los logros de la Sociedad de Socorro por todo el mundo. Las vastas expansiones de tierras y los océanos de agua que nos separan no alteran ni disminuyen el sentimiento y la necesidad de “unidad”. Un cuarto de millón de mujeres unidas en sentimiento y propósito, buscando el poder de nuestro Padre Celestial en rectitud, pueden ejercer un formidable poder para bien donde sea que estén.

¿Cuál es este poder que podemos obtener? Dado que procede de nuestra unidad con Dios, ​nuestro Padre, y Su Hijo, Jesucristo, ¿no es, en palabras de Miqueas, hacer “lo que es bueno y lo que pide Jehová de [nosotros]… hacer justicia… y [humillarnos] para andar con [nuestro] Dios”?18. ¿No es el privilegio de servir lo que buscamos, la fuerza impulsora de la compasión a sentir? ¿No es el poder de la fortaleza que da Dios y la bendición del conocimiento lo que estimamos? ¿No es el poder del pensamiento y de la acción desinteresados, la falta de egoísmo, la habilidad para elevarnos por encima de la crítica y la mezquindad lo que deseamos? El poder para ser instrumentos en la salvación de las almas ha sido conforme a la Sociedad de Socorro. Edificar testimonios firmes de la divinidad del Salvador y del Evangelio es nuestro objetivo principal. La caridad, el amor puro de Cristo, es el principio que nos guía19.

Una vez más se nos recuerda que esos aspectos del poder se derivan de la “unidad de sentimientos”, la “unidad de sentimientos” entre nosotras y con nuestro Padre Celestial. Esta clase de unidad no se puede mantener con éxito sin todo lo que no sea lo mejor de cada uno de nosotros. No conformarnos con la sola mediocridad aumenta la capacidad de la organización para hacer uso de este poder que proviene de los cielos en toda su plenitud. Nuestra visión y objetivo deben ser exaltados, y la integridad de propósito y confiabilidad de cada miembro deben aumentar.

Aquellos a quienes se les da poder deben asumir las responsabilidades que lo acompañan. Una de ellas es el liderazgo prudente. Guiar, persuadir y dirigir correctamente20, fortalecer en rectitud, instruir e impulsar la acción valiente son aspectos del liderazgo para los que las mujeres de la Sociedad de Socorro están capacitadas21. La fortaleza de una organización consagrada al bien, que se adapta a las cosas que se deben hacer y está convencida de que su labor es básica y espiritualmente correcta, es la fortaleza que el Señor requiere de nosotras. Cada Sociedad de Socorro, no importa cuán pequeña sea ni cuán aislada esté, debe ser partícipe de esta “unidad de sentimientos”.

En su epístola a los romanos, Pablo habla de “la fe que tenemos en común, vosotros y yo”22, y ruega a sus hermanos que le ayuden23 en todas las cosas que se deben hacer. Les advierte que eviten “disensiones y tropiezos en contra de la doctrina”24, y hace mención de algunas hermanas a quienes elogia de manera particular:

Os encomiendo a Febe, nuestra hermana, quien está al servicio de la iglesia que está en Cencrea;

que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que a ella le sea menester; porque ella ha ayudado a muchos y también a mí mismo.

Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,

que expusieron su vida por mí, a quienes no solo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles…

Saludad a Mary, quien ha trabajado mucho entre vosotros…

​Saludad a Trifena y a Trifosa, que trabajan arduamente en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, quien ha trabajado mucho en el Señor25.

Esta clase de elogio también se les puede hacer a muchas de las mujeres de esta dispensación. De un gran número de las hermanas que tienen oficios en la sociedad podría decirse, en palabras de Pablo, que “trabajan arduamente en el Señor”26. Sin embargo, es la sociedad en su conjunto, como organización auxiliar de la Iglesia, la que recibe poder de Dios por la “unidad de sentimientos”, que es lo que mejor sirve para hacer la obra que Él desearía que una organización de Sus hijas hiciera.

¡Cuán bellos los vínculos de hermandad! Inspiradores los lazos de la amistad. Gloriosa la labor de miles de hermanas unidas con un propósito justo. Llena de humildad darse cuenta de que lo que hemos de hacer es la obra del Señor.

Que Él nos bendiga con el deseo de acercarnos a Él en “unidad de sentimientos”, y a ser uno como Cristo pidió en oración que fuesen Sus seguidores. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Louise W. Madsen, discurso, 3 de octubre de 1962, págs. 44–46, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Louise W. Madsen, “Union of Feeling”, 3 de octubre de 1962, en “General Session”, Relief Society Magazine, tomo XLIX, nro. 11 (noviembre de 1962), págs. 804–805.

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Al más pequeño de estos

Al más pequeño de estos

Margaret C. Pickering
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
28 de septiembre de 1950

Mis queridos hermanos y hermanas, el título de este discurso que voy a dar esta tarde lo he tomado de Mateo, capítulo veinticinco, y trata del juicio final, cuando el Hijo del Hombre vendrá en toda Su gloria y todas las naciones serán recogidas ante Él, y Él separará las unas de las otras como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y dirá a los que se hallen a Su diestra:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.

Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?

¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos?, ¿o desnudo y te cubrimos?

¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis10.

Durante los ciento ocho años de existencia de la Sociedad de Socorro, el servicio caritativo —la tierna asistencia inspirada en el amor que las mujeres, por su propia naturaleza, están singularmente capacitadas para proveer— ha sido una parte integral de su programa11. De hecho, la Sociedad de Socorro tuvo su origen en el interés por el bienestar del grupo inmediato en ​el que vivían los santos y, desde ese momento hasta el presente, la Sociedad de Socorro ha dado al mundo el testimonio de fe que este tanto necesita: una gran demostración práctica de amor fraternal a través de los millones de visitas amistosas para llevar alegres mensajes que promueven la fe, a través del cuidado a los ancianos, los necesitados, los enfermos y los que están confinados, y a través del servicio compasivo en el momento de la muerte. A lo largo de los años se ha hecho hincapié en diversos aspectos de ese servicio, según las necesidades de los tiempos. En los primeros años de la Sociedad de Socorro, tanto en Nauvoo como posteriormente en el Oeste, ocuparse de las necesidades físicas o temporales de los santos era de suma importancia —hacer prendas de vestir y ropa de cama, cuidar de los enfermos y compartir las escasas provisiones— porque las cosechas limitadas y las inclemencias del tiempo en la frontera del Oeste hacían que fuese necesario. Sin embargo, durante aquellos años no se olvidaron las necesidades espirituales y, a medida que conquistaban el desierto y las necesidades temporales se volvieron menos agudas, la Sociedad de Socorro continuó ministrando las necesidades espirituales de las hermanas. Hasta el momento de la inauguración del plan de bienestar, mediante el cual se cubren las necesidades temporales de los Santos, la Sociedad de Socorro continuó proveyendo directamente algunas de esas necesidades bajo la dirección de los obispos12. No obstante, durante la última década los esfuerzos de la Sociedad de Socorro han pasado de suplir directamente dichas necesidades a ayudar a producir asignaciones de bienestar y a ocuparse más ampliamente del hambre espiritual de las mujeres.

Para mí, todo esto es un testimonio del origen divino de esta organización: que se establece para prestar servicio como, cuando y donde sea más necesario. Nunca en la historia de la civilización se han sentido las personas de todas las edades y en todas las naciones más preocupadas, inseguras, confundidas y temerosas. Nunca ha tenido el mundo mayor necesidad de un testimonio de fe a través de demostraciones prácticas de amor fraternal. Ahora la Sociedad de Socorro tiene una gran oportunidad. No hace mucho bien hablar de cosas tales como la “humanidad”, la “democracia” y la “hermandad del hombre” a menos que podamos hacer uso de ellas y ponerlas en práctica con nuestros vecinos, ya que es ahí donde comienza la concordia y la hermandad internacional de los hombres. El profeta José dijo en una de las primeras reuniones de la sociedad: “Limítense sus obras principalmente a los que se hallan a su alrededor, dentro del círculo de sus conocidos”13.

La Sociedad de Socorro, mediante el precepto y el ejemplo durante más de cien años, ha procurado ayudarnos a desarrollar las fuerzas de nuestra propia naturaleza con las cuales podemos enriquecer la vida de los demás y, al hacerlo, enriquecer nuestra propia vida. Al grado que nosotras, a nivel individual, participemos activamente en ministrar “al más pequeño de estos”, hasta ese punto se ha fortalecido la organización por medio de las personas. Aunque la Sociedad de Socorro solo registra oficialmente las visitas y los actos de servicio autorizados por el Presidente, está al tanto de que solamente el Maestro conoce muchos de los conmovedores actos de servicio de nuestras hermanas que han sido un bálsamo para el alma y, más allá de la llamada del deber, es a esos servicios a los que me refiero específicamente14.

​Si bien las maestras visitantes —a través de sus visitas mensuales— tienen extraordinarias oportunidades para encontrar a las personas que necesitan especial atención y discernir las maneras de brindar ayuda, en cada vecindario hay muchas personas mayores, enfermas, solas o angustiadas —algunas son miembros de la Iglesia, otras no— que no tienen carencias temporales pero necesitan el interés amable, la seguridad y la paz interior. No hay nadie más capacitada para ocuparse de esas necesidades que amables y fieles vecinas Santo de los Últimos Días, hermanas de la Sociedad de Socorro respaldadas por la tradición de un siglo de servicio compasivo y de comprensión para inspirarlas y guiarlas. La presidenta Spafford se ha referido al servicio caritativo como “el corazón de la Sociedad de Socorro —la palabra amable, el rayo de esperanza, el cálido apretón de manos”15. Es el estímulo constante de ese corazón, mediante la sinceridad y la frecuencia en que lo usamos, lo que aumenta la circulación de la esperanza, la alegría, el amor fraternal y la fe en Dios en el mundo hoy en día, y lo que produce un brillo cálido y apacible en las almas de los hombres en la misma proporción que la cantidad de estímulo que se aplica.

¿Qué hay de las ancianas de su vecindario, algunas de las cuales no ven muy bien, que apreciarían una animada visita, una hora de lectura o de ayuda para escribir una carta, o que se las acompañara a la Iglesia o a un espectáculo? ¿Y de la persona confinada en casa por quien podrían hacer algún mandado o las compras? ¿Qué hay de la madre de su vecindario cuyo hijo ha sido llamado a la guerra y está deprimida, o la joven esposa cuyo esposo se ha alistado en el servicio militar y está confundida y disgustada en cuanto a lo que le depara el futuro? ¿O la persona que acaba de llegar y se siente fuera de lugar o sola, tal vez uno de nuestros propios conversos de un país extranjero que tiene dificultades con nuestro idioma y nuestras costumbres y necesita que se le expliquen?

¿Qué sucede con el enfermo crónico a quien un rostro sonriente y una perspectiva fresca brindarían una nueva esperanza? ¿O un niño que ha de guardar cama por un largo período de tiempo a causa, por ejemplo, de una fiebre reumática, a quien le haría feliz una galleta o un postre sencillo? ¿Y qué hay de quedarse de vez en cuando una tarde o una noche con los hijos de una vecina que casi nunca sale porque no puede pagar a una niñera? Si solamente abrimos los ojos, hay infinidad de oportunidades alrededor nuestro para mostrar amor de hermanas.

Hace poco leí un pequeño párrafo sobre la magia de dar en relación con un artículo sobre cómo vencer la soledad. Decía así:

Para vencer la soledad, debes entregarte. ¿Tiendes tu mano a los demás de manera amable y servicial? ¿Haces sacrificios personales? ¿Visitas a los enfermos, haces trabajo social o prestas ayuda y consuelo de algún otro modo a los que son menos afortunados que tú? Es fácil contribuir con dinero o firmar un cheque pero, ¿qué entregas con ello de tu corazón? Si vas más allá de los gestos rutinarios de ​amabilidad, estableciendo así un vínculo de compasión y afecto por otras personas, es imposible que estés sola16.

Sí, el servicio caritativo beneficia y bendice tanto al que lo realiza como al que lo recibe. En estos tiempos, cuando los hogares se rompen y los planes se alteran de nuevo por la llamada de nuestros jóvenes al servicio militar, con el espectro de la guerra cerniéndose sobre nosotros, hay gran necesidad de acelerar nuestros actos de servicio caritativo, no solo como un medio para alentar y ayudar a nuestros vecinos, sino para aumentar nuestra propia fe y apaciguar nuestros propios miedos, porque siguiendo así el ejemplo de nuestro Salvador seremos fortalecidas y podremos decir con David de antaño: “El día en que tema, yo en ti confiaré”17.

Que podamos hacerlo, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Margaret C. Pickering, “Unto the Least of These: Mateo 25:40”, 28 de septiembre de 1950, págs. 119–124, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Margaret C. Pickering, “Unto the Least of These”, 28 de septiembre de 1950, en “General Session”, Relief Society Magazine, tomo XXXVII, nro. 12 (diciembre de 1950), págs. 831–832.

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Obtener conocimiento e inteligencia

Obtener conocimiento e inteligencia

Marianne C. Sharp
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
27 de septiembre de 1950

Mis queridas hermanas, ruego que el Espíritu del Señor me acompañe durante los minutos que hablaré esta mañana, y que pueda contar con su fe y sus oraciones.

Actualmente vivimos en medio de la eternidad, y disfrutamos de aquellas bendiciones de las que fuimos merecedoras en virtud de nuestra fidelidad en el mundo espiritual; se nos dice que, si somos leales y fieles en esta existencia terrenal, si guardamos este, nuestro segundo estado, nos será aumentada gloria sobre nuestra cabeza por siempre jamás15 ​. En la revelación leemos que la gloria de Dios es la inteligencia16, y que como Dios es hoy, el hombre puede llegar a ser17.

Por lo tanto, cada una de nosotras debería prestar oído a estas palabras del Señor en la sección 131 de Doctrina y Convenios que dicen: “Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección; y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero”18.

Hermanas, ¿qué significan estas palabras para nosotras, madres de Sion y oficiales en la Sociedad de Socorro? ¿Significan que aquellas de nosotras que tal vez tuvimos la oportunidad de obtener un título universitario hemos por tanto obtenido ventaja en el mundo venidero, o que hemos adquirido suficiente conocimiento e inteligencia? Eso no es lo que yo leo en las Escrituras. Porque si tal fuere el caso, el Señor tomaría a los hombres instruidos del mundo para que fueran Sus profetas escogidos.

Había muchos eruditos en este país y en el mundo cuando el Señor dio esa gloriosa primera visión a José Smith, un muchacho poco instruido de catorce años de edad. Ustedes recordarán que, unos años después, cuando el Profeta traducía el Libro de Mormón, a Martin Harris se le permitió llevarse una copia de una parte de los caracteres y la traducción y mostrárselas a un hombre instruido, el profesor Anthon. Recordarán cuál fue el resultado19. Al predecir este incidente, en el Libro de Mormón leemos: “Entonces el Señor Dios le dirá [refiriéndose a José Smith]: Los instruidos no las leerán porque las han rechazado, y yo puedo efectuar mi propia obra; por tanto, tú leerás las palabras que yo te daré”20.

También recordarán que Dios había tomado las cosas débiles de la tierra para vencer a las poderosas, lo que me lleva a concluir que la así llamada educación superior no es necesaria para la adquisición de conocimiento e inteligencia.

Sin embargo, si hemos de recorrer la senda del progreso eterno, debemos estar siempre procurando y adquiriendo conocimiento e inteligencia, porque el profeta José dijo: “El hombre no puede ser salvo sino al paso que adquiera conocimiento”21, y el Señor declara: “Es imposible que el hombre se salve en la ignorancia”22.

Entonces, dado que el conocimiento y la inteligencia son el portal hacia la vida eterna, ¡con cuánto fervor deberíamos nosotras aquí hoy, como oficiales de la Sociedad de Socorro, asegurarnos de estar adquiriendo siempre conocimiento e inteligencia! Probablemente consagrar todo nuestro tiempo libre a tal búsqueda no nos daría una ventaja en el mundo venidero sin que hagamos un estudio diligente. Así pues, cuán prudentes habríamos de ser para no malgastar nuestro tiempo en ocupaciones estériles, sino para dedicarlo a consagrar el tiempo al estudio del conocimiento y la inteligencia, es decir, a obtenerlo;

y cuán difícil es estudiar para nosotras que somos madres. Lo nuestro no es la torre de marfil ​ni el claustro solitario. Debemos estudiar mientras nuestros asuntos familiares sigan su curso, con una interrupción para cuidar a un niño, y otra para remover el guiso en el fuego, y una tercera para abrir la puerta o responder al teléfono. De modo que cuán necesario es que elijamos las cosas correctas cuando estudiamos. ¿Y qué deberíamos estudiar? En la sección 88 de Doctrina y Convenios, el Señor nos da una lista de algunas cosas que deberíamos enseñarnos las unas a las otras. Leemos: “Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino. Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender; de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y de los reinos”23.

Hermanas, ¿se dan cuenta del estrecho paralelismo que existe en parte entre el tema que estamos estudiando en la Sociedad de Socorro y las palabras del Señor en cuanto a lo que hemos de estudiar? Cuán agradecidas deberíamos estar como miembros de la Sociedad de Socorro por tener la oportunidad de estudiar estas lecciones que han sido aprobadas por las Autoridades Generales. Y quienes nos encontramos aquí, en este edificio esta mañana, tenemos la responsabilidad de asegurarnos de estar supervisando y alentando y exhortando a las hermanas a enseñarse diligentemente las unas a las otras. Pero, hermanas, todo el estudio diligente del mundo no es suficiente para adquirir conocimiento e inteligencia, porque se nos dice que no solo se adquieren por medio de la diligencia, sino por la obediencia. ¿Obediencia a qué? Obediencia a los mandamientos de Dios, y de ese modo obtendremos conocimiento e inteligencia que no podemos obtener de ninguna otra manera. Todo el estudio del conocimiento académico del mundo, y aun el estudio de principios justos, no nos darán ventaja a menos que seamos obedientes a los mandamientos de Dios. Debemos ser obedientes. Como dijo Pablo: “Y si… entendiese… todo conocimiento… y no tengo caridad, nada soy”24.

¿Y cuáles son los mandamientos de Dios? Hace cerca de dos mil años le hicieron esa misma pregunta al Salvador, quien contestó, todas saben la respuesta: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”25.

Por la obediencia a estos mandamientos, hermanas, obtendremos conocimiento e inteligencia.

Brigham Young dijo: “Vivir el Evangelio requiere tiempo, fe, los afectos del corazón y una gran dosis de esfuerzo”26. Hermanas, ¿no están obteniendo conocimiento e ​inteligencia por medio de sus labores de vestir al desnudo, preparar comida para el hambriento, cuidar de los enfermos, consolar al afligido y derramar bálsamo en el corazón desconsolado? ¿No es esa su gran labor en esta Sociedad de Socorro? ¿No les está dando la Sociedad de Socorro la oportunidad, tanto mediante la diligencia como mediante la obediencia, de adquirir conocimiento e inteligencia? El Señor sabía la clase de organización que era necesaria sobre esta tierra para perfeccionar a Sus hijas, y nuestra es la responsabilidad de asegurarnos de que a cada mujer Santo de los Últimos Días se le dé la oportunidad de adquirir conocimiento e inteligencia, y el Señor nunca está en deuda con nosotras. A medida que obramos vigorosamente por el bien de nuestras hermanas, al trabajar por nuestro propio bien, Él derrama conocimiento e inteligencia para salvación sobre nuestra cabeza.

Hermanas, me gustaría dejar mi testimonio de la obra de la Sociedad de Socorro. Nada, aparte de la obra que realizamos en nuestros propios hogares, nos traerá las bendiciones que podemos obtener por medio de nuestra devoción y trabajando con fuerza para la Sociedad de Socorro. Es mi oración que cada una de nosotras se dé cuenta del doble objetivo de la Sociedad de Socorro que nos proporcionará conocimiento e inteligencia, y que cada una de las que estamos aquí vaya a casa con la determinación de asegurarse de que las lecciones de la Sociedad de Socorro se enseñen con diligencia, y de que a todas las hermanas se les da la oportunidad de trabajar con fuerza por el Señor y por nuestro propio conocimiento e inteligencia para salvación. Ruego esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

Marianne C. Sharp, “Gaining Knowledge and Intelligence”, 27 de septiembre de 1950, págs. 4–8, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Marianne C. Sharp, “Gaining Knowledge and Intelligence”, 27 de septiembre de 1950, sesión de la mañana, en “Departmental Meeting”, Relief Society Magazine, tomo XXXVII, nro. 12 (diciembre de 1950), págs. 812–814.

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Cultivar los valores de la vida eterna

Cultivar los valores de la vida eterna

Mary J. Wilson
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
29 de septiembre de 1949

Mis queridos hermanos y hermanas, como texto para mi mensaje de hoy he tomado el versículo siete de la sección 6 de Doctrina y Convenios: “no busquéis riquezas sino sabiduría; y he aquí, los misterios de Dios os serán revelados, y entonces seréis ricos. He aquí, rico es el que tiene la vida eterna”.

La responsabilidad más importante que recae sobre cualquier persona es la de construir una vida significativa que valga la pena. Este objetivo no se alcanza en un día, en una semana, ni en un mes. Como dijo J. G. Holland:

No se llega al cielo de un solo brinco,
sino que nosotros construimos la escalera por la que subimos
desde la baja tierra hasta a los abovedados cielos,
y ascendemos paso a paso hasta la cumbre10.

Con cada persona nace la asignación divina de construir una vida. Entonces, ¿cuáles son los materiales que deberíamos emplear para edificar esa vida que valga la pena?

Henry Wadsworth Longfellow, el gran poeta estadounidense que inspira, captó la visión:

La estructura que erigimos
tiene como material el tiempo;
nuestros hoys y los ayeres
son los bloques con que construimos11.

Sin un modelo y un plan no podemos construir nada que sea perdurable. En nuestra construcción debe haber propósito y dirección. ¿Cuál es el gran plan mediante al cual damos forma a nuestra vida? Nosotras, como hermanas de la Sociedad de Socorro, conocemos la respuesta, que es conocer y hacer la voluntad de nuestro Padre Celestial. “Dios”, como dijo Tolstói, “es Aquel sin el que no podemos vivir”12.

Nuestro tiempo, nuestra energía y nuestros recursos son limitados, de modo que necesariamente hemos de hacer frente a la responsabilidad de tomar decisiones. ¿Cuán necesario es, por tanto, que desarrollemos un modelo de vida que contenga valores que no perezcan y los incorporemos individualmente a la estructura de nuestra vida?

Permítanme sugerir algunas de las cualidades eternas por las que debemos luchar. Son la fe sincera y perdurable, la oración, el interés y el amor hacia nuestros semejantes, y la devoción sincera al plan de nuestro Padre Celestial para el logro de la vida eterna.

La fe es la que les da la visión para seguir adelante y la confianza en el éxito final, aun a pesar del desánimo personal. Es bueno recordar la historia de Marie Curie13. Cómo ella trabajó y luchó, y siguió adelante sin dejar que la adversidad frustrara su plan, porque tenía fe; ella sabía que, algún día, alcanzaría el objetivo por el cual estaba trabajando.

En Primer Nefi, capítulo diecisiete, aprendemos que a Nefi se le mandó construir un gran barco. Sus hermanos lo ridiculizaron y se rieron de él, y dijeron que estaba loco, pero él se puso delante de ellos y dijo: “Si Dios me hubiese mandado hacer todas las cosas, yo podría hacerlas. Si me mandara que dijese a esta agua: Conviértete en tierra, se volvería tierra; y si yo lo dijera, se haría”14.

¡Qué fe incondicional!

Por medio de la fe recibimos el poder para elegir, para separar el grano de la paja. Fue esta clase de fe la que hizo posible que nuestros antepasados pioneros renunciaran a todas las cosas de naturaleza material y se volvieran a la religión, y que luego edificaran este gran imperio occidental para nosotros.

Cuando hablo de fe, me gusta recordar la fe que tuvieron mi padre y mi madre a lo largo de los años. Uno de mis hermanos pequeños enfermó repentinamente. Papá no estaba en casa, pero mamá reunió a sus otros siete hijos en el cuarto donde yacía el enfermo, y todos nos arrodillamos alrededor de su cama15. Ahora no recuerdo las palabras que pronunció mi madre, pero sí recuerdo el sentimiento que había, porque habló al Padre Celestial como si Él realmente estuviera presente, y no dudamos que la oración de mamá sería contestada; y así fue, porque esa misma tarde nuestro hermanito se levantó otra vez y estuvo jugando con nosotros.

Bendito en verdad es el hogar, benditos los niños cuyos padres tienen una fe tan incondicional, la clase de fe que hace posible que nos elevemos por encima de las malas experiencias, que nos proyectemos hacia metas eternas y veamos las experiencias de la vida en su contexto eterno.

No hay un elemento más importante en la edificación de la fe que la oración. Es el medio de acercarnos a Dios, y por este medio conocemos Su voluntad. No obstante, ¿hacemos siempre oraciones significativas, o son una especie de hábito y una rutina para nosotros? Las oraciones que enriquecerán nuestra alma y nos darán fe y una nueva visión son las oraciones en las cuales abrimos por completo el alma a Dios, con fe y esperanza en que Él nos dará fortaleza para afrontar y vencer las cosas que nos impiden alcanzar un verdadero progreso espiritual, que es el destino de todos los hijos de Dios, particularmente de cada Santo de los Últimos Días, que tiene derecho, si vive con rectitud, a la guía del Espíritu Santo.

Un élder de la Misión Uruguaya relató hace poco una visita que tuvo con un matrimonio mayor hispano. En su primer encuentro, él les dijo que cada vez que le tocaba ofrecer la oración familiar podía expresarle a Dios sus sentimientos e ideas íntimos. Esas personas en su iglesia solo habían podido pronunciar una oración memorizada que no comprendían. Esa conversación hizo despertar su interés, y en muy poco tiempo fueron bautizados miembros de nuestra Iglesia.

La fe y la oración, sin embargo, no pueden obrar en nuestra vida de una manera eficaz si son meros principios abstractos. En Santiago se nos dice que la fe sin obras es muerta16. Por lo tanto, nuestra fe debe reflejarse en servicio y amor hacia nuestros semejantes. El Salvador mismo dijo: “El que ha prestado servicio a sus semejantes, ha prestado servicio a su Padre Celestial”17. Una de las declaraciones más grandiosas sobre el Salvador que hay en la Biblia es que anduvo haciendo bienes18.

Cuando se habla de servicio, tendemos a buscar una oportunidad extraordinaria para servir en algún lugar remoto. Tendemos a olvidar los acres de diamantes que tenemos a nuestras propias puertas, en la misma comunidad o en el mismo bloque —o quizás en nuestra propia casa hay quienes están desanimados o empobrecidos por la falta de palabras de amor y de esperanza19. Hay quienes están enfermos espiritualmente, al igual que hay quienes se sienten enfermos mental o físicamente. En conjunto, nuestro ámbito de servicio se encuentra dentro de esos acres en torno a nuestros propios hogares.

En una de sus visitas, dos maestras visitantes encontraron a una hermana desolada por la pena. Había pasado por un gran pesar y había perdido la fe en sí misma y en Dios. Esta hermana afligida había pasado algo muy grave, y esas maestras visitantes sintieron un renovado interés por esa alma desafortunada, y la visitaron con frecuencia. Sabían que, de algún modo, debían infundir en el corazón de aquella hermana el deseo de vivir. También debían reavivar en ella el amor por su Dios y la fe en sí misma. Lo lograron, y este es solamente un ejemplo del verdadero amor y servicio que provienen de nuestras visitas de maestras visitantes. Hay miles de casos así en los que se ha ayudado a las personas dentro de nuestra propia organización de la Sociedad de Socorro.

Debemos recordar que nadie nunca encuentra que la vida valga la pena; se debe hacer que valga la pena.

El verdadero significado del amor se nos enseña en el undécimo capítulo de Primer Nefi, versículos veintiuno al veintitrés. El ángel estaba hablando a Nefi y dijo:

“¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno! ¿Comprendes el significado del árbol que tu padre vio? Y le contesté, diciendo: Sí, es el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres; por lo tanto, es más deseable que todas las cosas. Y él me habló, diciendo: Sí, y el de mayor gozo para el alma”.

Los Santos de los Últimos Días tienen un maravilloso concepto del significado y de la necesidad del progreso por medio de la adquisición de conocimiento. En los versículos dieciocho y diecinueve de la sección ciento treinta de Doctrina y Convenios leemos: “Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección”.

¿Cómo podemos cultivar entonces el conocimiento y la inteligencia en nuestra búsqueda de la vida eterna? Primero, debemos despertar en nosotros la necesidad de crecimiento, y entonces encontraremos los medios y las oportunidades para el desarrollo.

Cuando Michael Pupin, el gran inventor, se fue de su hogar en Hungría con rumbo a los Estados Unidos, su madre —que estaba ciega porque no sabía leer ni escribir— le dijo: “Hijo mío, si deseas salir al mundo debes proveerte de otro par de ojos, los ojos de la lectura y de la escritura. En el mundo hay mucho conocimiento y aprendizaje maravillosos, los cuales no puedes obtener a menos que estudies”. Y luego concluyó diciendo: “El conocimiento es la escalera de oro por la cual ascendemos al cielo”20.

No solo adquirimos conocimiento por medio del estudio de buenos libros, sino que por medio de la oración también encontramos maneras y medios de desarrollo. No malgastemos el tiempo.

Benjamin Franklin dijo: “¿Amas la vida? No desperdicies el tiempo, porque es la sustancia de que está hecha”21.

A menudo se escucha esta expresión: “Si tan solo tuviera tiempo para hacer esto o aquello…”, pero pasamos por alto lo que se puede lograr en pequeños fragmentos de tiempo. El difunto Charles W. Eliot de Harvard recopiló los clásicos de Harvard en respuesta a su afirmación de que cualquier persona podía adquirir una buena educación si dedicaba quince minutos al día al estudio inteligente22.

Estén siempre alerta a sus oportunidades. Estudien. Busquen buenos amigos. Insistan en llenar su vida de riquezas eternas. Tienen una maravillosa primogenitura. Viven en una tierra escogida sobre todas las demás23. Ustedes han aceptado el evangelio de Jesucristo como modelo de vida. Sus oportunidades son ilimitadas, pero solo ustedes pueden diseñar sus vidas hasta las gloriosas mansiones eternas.

Que Dios nos bendiga a todos para que podamos tener la visión necesaria para ver lo mejor de la vida, y nos dé fuerza para vivir conforme a un modelo eterno, es mi humilde oración, en el nombre de Jesús. Amén.

Mary J. Wilson, “Cultivating Life’s Eternal Values”, 29 de septiembre de 1949, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, págs. 238–246, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Mary J. Wilson, “Cultivating Life’s Eternal Values”, 29 de septiembre de 1949, en “General Session”, Relief Society Magazine, tomo XXXVI, nro. 12 (diciembre de 1949), págs. 817–819.

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