Prepara tu corazón

Prepara tu corazón

Leone O. Jacobs
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
29 de septiembre de 1949

Presidente Clark, hermanos y hermanas, es ciertamente inspirador ver sus rostros y contemplar la influencia que ustedes, hermanas, tienen para bien, y estoy segura de que, si esa influencia se pudiera medir de algún modo, excedería sobremanera nuestra estimación más optimista12.

Apreciamos su lealtad a esta organización y al Evangelio, así como el amor y la comprensión que ejercen en sus comunidades.

Ruego que durante el breve tiempo que hablaré ante ustedes pueda contar con su fe y sus oraciones, y que nuestro Padre Celestial me fortalezca.

Uno de los principios más gloriosos de la vida es que siempre podemos elevarnos por encima de nuestro nivel actual. Cuán descorazonadora sería la vida si, una vez inmersos en una conducta impropia, no pudiéramos levantarnos y cambiar nuestro rumbo; pero no tenemos por qué permanecer como somos. Cada día ofrece un nuevo comienzo.

Una vez, hablando con un amigo, un anciano hizo un repaso de su vida. “Cuando tenía treinta años, yo simplemente no era bueno”, dijo, “nada bueno en absoluto, ni siquiera para mí mismo; entonces un día sentí el impulso, el deseo de darle un vuelco a mi vida. Decidí que iba a cambiar mi rumbo, y desde ese día hasta hoy he llevado una vida de la que me siento orgulloso”.

Un día, una joven universitaria se detuvo en plena vorágine y dijo: “Me parece que estoy yendo con las personas inadecuadas. Creo que no quiero ir donde ellas están yendo”. No siguió aquel camino.

Una madre de tres niños robustos nunca había considerado necesario dar a sus hijos una instrucción religiosa. Oh, sí, ella les daba una alimentación equilibrada, los mantenía tan limpios como se puede mantener a los niños y observaba estrictamente la hora en que se iban a dormir. Pero un día se hizo la siguiente reflexión: “Me pregunto si realmente soy una buena madre. Parece que criar a una familia es mucho más que solamente proporcionar alimento y vestido. Creo que tengo tiempo para mi club de bridge y para nuestros compromisos sociales por las tardes, pero puede que esté descuidando algunos aspectos muy importantes”13. Ella tomó cartas en el asunto.

​Las vidas pueden cambiar, ¿no es así? Podemos dirigir el curso de nuestra vida por uno diferente, pero ¿cómo? Digamos que preparando nuestro corazón.

Y bien, ¿qué significa preparar nuestro corazón? Significa examinarse a uno mismo, escudriñar nuestra vida cotidiana para ver qué hay, y cuáles son las cosas de valor y las que hay que desechar. Significa humillarse ante el Señor. Significa deshacerse de la amargura y el egoísmo. Significa un perdón completo de todas las injusticias que nos han infligido, reales o imaginarias. Significa abrir nuestro corazón de par en par a la rectitud, poniéndonos en actitud de recibir lo bueno. Significa ataviar nuestra vida de otra manera.

Imagínense un campo labrado y arado de principio a fin, casi perfectamente nivelado; las malas hierbas quemadas a lo largo de la cerca; se ha hecho todo lo posible para favorecer el crecimiento de la buena semilla. Podemos preparar de la misma manera nuestro corazón, con una actitud de receptividad a lo bueno. Podemos enterrar los antiguos hábitos inútiles y pulir las asperezas del error, pero oímos a alguien decir: “Ojalá pudiera disfrutar trabajando en la Iglesia como tal o cual hermana. Ojalá pudiera disfrutar viviendo el Evangelio como hace ella”;

se puede. Todo está en el corazón; todo consiste en preparar nuestro corazón para que desee esa clase de vida. Escuchamos a otras personas decir: “Pero no sé cómo siempre saca tiempo para todo”.

En uno de nuestros últimos congresos de la Sociedad de Socorro, un obispo dijo algo que creo que es muy importante que recordemos, y es lo siguiente: “Si están demasiado ocupadas para servir al Señor, están demasiado ocupadas”.

Sí, si estamos demasiado ocupadas para servir al Señor, estamos demasiado ocupadas haciendo otras cosas que no valen la pena.

En el Antiguo Testamento leemos lo siguiente: “Porque Esdras había preparado su corazón para buscar la ley de Jehová, y para cumplirla… Porque Esdras había preparado su corazón para buscar la ley de Jehová, y para cumplirla”14.

¡Qué bello ideal para trabajar en ello!

Y en Doctrina y Convenios el Señor dijo al profeta José Smith: “Por tanto, prepara tu corazón para recibir y obedecer las instrucciones que estoy a punto de darte”15.

Creo que preparar nuestro corazón es quizás el aspecto más decisivo en el progreso hacia cualquier meta. Es cierto, llevar a cabo nuestros planes también es importante, pero una vez tenemos el corazón completa e incondicionalmente preparado, la acción es relativamente fácil. Como dice el poema: “Es el porte del alma lo que determina a meta”16.

Y creo firmemente que, en lo que a vivir el Evangelio se refiere, podemos hacer lo que deseemos si lo deseamos lo suficiente.

Ahora, la Sociedad de Socorro nos ayuda mucho a preparar nuestro corazón para la rectitud. Tenemos mucha ayuda en nuestras maravillosas lecciones y en nuestra actividad ​semanal, y no solo nos ayudan a preparar nuestro propio corazón para vivir, sino que tenemos la oportunidad de ayudar a preparar el corazón de otras personas. El programa de las maestras visitantes es una oportunidad estupenda para ayudar a volver a las hermanas que no son tan activas como deberían, poco a poco, a una mayor actividad en el Evangelio.

Sabemos que vivir el Evangelio significa compartirlo con los demás, y las maestras visitantes son en verdad una oportunidad para compartir el Evangelio. Es cierto que requiere mucha preparación, gran reflexión, tacto y sentido común, y estoy segura de que las maestras visitantes aún no han alcanzado todo su potencial.

Hace poco escuché a un obispo suplicar con urgencia a las hermanas de la Sociedad de Socorro que rodearan de amor a nuestras hermanas que van a la deriva y se han distanciado de la Iglesia por haber contraído matrimonio fuera de ella. Ciertamente debemos esforzarnos por acercarnos a estas hermanas y, por medio de un amor puro y un interés personal, hacer que se sientan amadas, que son parte de nuestra organización y son necesarias en ella.

Recuerden, si están demasiado ocupadas para servir al Señor, están demasiado ocupadas. Preparen el corazón para buscar la ley del Señor y para cumplirla, y hagan todo lo posible por ayudar a otras personas a preparar los corazones para la rectitud. Ruego a nuestro Padre Celestial que nos ayude a planificar el curso de nuestra vida en el sendero estrecho y angosto, y que sigamos ese curso con diligencia; y lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

Leone O. Jacobs, “Prepare Thy Heart”, 29 de septiembre de 1949, págs. 246–251, en Relief Society Annual Conference Proceedings, 1945–1975, Biblioteca de Historia de la Iglesia (CHL, por sus siglas en inglés); véase también Leone O. Jacobs, “Prepare Thy Heart”, 29 de septiembre de 1949, en “General Session”, Relief Society Magazine,tomo XXXVI, nro. 12, diciembre de 1949, págs. 819–820.

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La crisis religiosa de hoy en día

La crisis religiosa de hoy en día

Elsie Talmage Brandley
Conferencia de junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
9 de junio de 1934

​Esta es una reunión de los líderes de la juventud —de los jóvenes Santos de los Últimos Días—, y en presencia de ustedes, que tan generosamente dan de sí mismos, rindo sincero tributo23. Suyo es el don del que el poeta debía hablar cuando dijo: “Quien con su limosna da de su propio ser, alimenta a tres: a sí mismo, a su prójimo hambriento y a mí”24.

Me siento feliz y agradecida por estar viva en esta época y formar parte de mi propia generación —la generación intermedia de las tres que actualmente trabajan en la Asociación de Mejoramiento Mutuo— porque contamos con una mayor y más experimentada para guiarnos con su sabiduría, y con una más joven que nos llena de entusiasmo y energía25. Tenemos a ambas para ayudarnos a hallar guía a fin de pasar de nuestros propios problemas individuales hacia los casi aterradores problemas de un nuevo día. Negar el hecho de que estamos ante un nuevo día es cerrar los ojos al mundo que nos rodea; demostramos estar ciegos y sordos a horizontes y sonidos tan importantes que una mente inteligente no solo debe aceptarlos, sino integrarlos en el patrón cambiante y colorido que es la vida que tenemos por delante. Con el paso de cada generación se acentúa el cambio, unos problemas dan lugar a otros, las respuestas cambian con los tiempos. En vista del asombroso progreso y el drástico cambio del pasado siglo, es fácil ver algunas de las razones por las que los problemas ahora son más graves y menos fáciles de resolver mediante los viejos métodos de la disciplina y las declaraciones.

En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el cambio ha ido al compás de lo acontecido fuera de la misma, y así ha de ser, porque el mormonismo se basa en un cimiento de revelación moderna, y por eso tiene más derecho a cambiar, bajo una dirección autorizada, que muchas otras organizaciones que existen26. Los cambios se han producido, y continuarán haciéndolo, en las tradiciones, las prácticas y los métodos. En la primera sección de Doctrina y Convenios se nos dice que el Señor habló a Sus siervos conforme al idioma de ellos para que alcanzasen entendimiento27. ¿Es acaso irreverente o sacrílego concluir que, con un mayor entendimiento, el lenguaje podría tornarse cada vez más explícito y profundo?

De algunas cosas estamos seguros; nos aferramos a ciertos principios arraigados. Como Santos de los Últimos Días aceptamos la divinidad de Jesús de Nazaret; creemos sin reservas en el Evangelio restaurado tal como se ha dado por medio del profeta José Smith; consideramos que las Autoridades Generales de la Iglesia han sido divinamente comisionadas para hablar en el nombre de Dios y dar testimonio de la divinidad de Cristo; aceptamos los libros canónicos de la Iglesia como la palabra autorizada dada para la guía espiritual del hombre sobre la tierra.

Un equipo de geólogos, al atravesar un yacimiento de pizarra suelta en una pronunciada pendiente, se dio cuenta de que la pizarra se resbalaba. La mayor parte del grupo llegó al otro lado de la colina a salvo pero uno de ellos, que cerraba la comitiva, vio que la resbaladiza roca lo arrastraba en su glacial garra hacia un declive que podría significar la muerte. Al mirar hacia el frente advirtió en su trayectoria el tronco de un viejo árbol, y reconoció una oportunidad de ponerse a salvo. ​Estirándose hacia el tocón, agarrándolo y aferrándose a él con todas sus fuerzas, pudo sujetarse mientras pasaba todo el yacimiento de pizarra suelta. Su conocimiento de la estabilidad de un árbol que permanece firmemente arraigado a pesar de la movediza superficie de roca le dio seguridad; pudo hacer frente al aparente desastre aferrándose a aquello que está arraigado de ese modo . A las raíces fundamentales de las creencias de la Iglesia nos aferramos; a ellas anclamos nuestra fe; en ellas creemos. Las diferencias que pueden surgir entre grupos y personas no se apoyan en esas raíces. Fuera de esto, que es básico, las opiniones pueden diferir. Como líderes, examinemos las posibles evidencias de divergencia y las razones de las mismas, si las hay, y tratemos de vislumbrar una posible solución.

Consideren de nuevo las muchas nuevas formas de vida que se presentan hoy en día para su comprensión e incorporación en un nuevo sistema: en política, economía, tecnología, ciencia, educación, bienestar social, recreación y muchos otros ámbitos28. Cualquier malentendido ocasional entre los jóvenes y las personas de edad madura podría ser principalmente de orientación: de encontrar órbitas en el nuevo sistema. Las personas de edad madura se relacionan mucho con la juventud a la hora de hacer frente a la mayoría de los cambios en los campos de la invención, de los descubrimientos, de los avances científicos, de recreación y capacitación vocacional, y de muchas nuevas aplicaciones de la verdad religiosa aceptada. Si se encuentran ante una puerta por la que los jóvenes exigen su derecho a pasar y las personas maduras vacilan, ¿no es, quizás, porque la juventud siempre fue curiosa, osada e inquisitiva, mientras que las personas mayores, habiendo corrido sus propios riesgos, ansían seguridad?

Los padres y los líderes proporcionan y administran formación, y la formación enseña a los jóvenes a explorar, a experimentar, a probar nuevas formas y a encontrar nuevos caminos. ¿Es coherente renegar de lo que se encuentran en esos periplos educativos? ¿Nos esforzamos por descubrir cuán rezagados podríamos estar nosotros, líderes y padres, respecto a los jóvenes, en lugar de tratar de sopesar cuán lejos se han apartado ellos de nosotros?

En el contexto religioso que nos ocupa hoy, el mundo considera inadecuadas las condiciones del pasado. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no tiene más dificultades para hacer ajustes religiosos que otros, y quizás tenga muchas menos, pero ya no es posible que la Iglesia se mantenga al margen del mundo. En sus lecturas, sus estudios, sus observaciones y sus contactos, los jóvenes hacen descubrimientos que a ellos les parecen nuevos. Cuando esos descubrimientos parecen amenazar las tradiciones religiosas de sus mayores, honradas a lo largo del tiempo, es inevitable que surja la preocupación.

La situación no es nueva en esta época ni en esta Iglesia; las personas siempre han valorado profundamente sus creencias y sus prácticas religiosas, mayores y menores, y se han sentido ofendidas por las innovaciones que las han puesto en peligro. Hace cinco siglos, a Colón se le rehusó la ayuda en su intento de demostrar que la tierra era redonda porque la Biblia había hablado de los cuatro confines de la tierra, y una esfera no podía tener cuatro confines29. Hace cinco años, una mujer insistía en que su hija renunciara a la anestesia en su parto ​basándose en que la Biblia decía que la mujer había de dar a luz a sus hijos con dolor y sufrimiento30.

Nosotros no debemos, ni ahora ni en los últimos días, y especialmente en la Iglesia de Jesucristo, apelar a la palabra de Dios para provocar un malentendido innecesario. En palabras de un difunto miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles:

“No tergiversemos las Escrituras en un esfuerzo por justificar lo que no podemos explicar. Los primeros capítulos de Génesis y los pasajes de las Escrituras que se relacionan con ellos nunca pretendieron ser un libro de texto sobre geología, arqueología, ciencias de la tierra o ciencias del hombre; las sagradas Escrituras perdurarán, mientras las concepciones de los hombres cambian con los nuevos descubrimientos. No mostramos reverencia por las Escrituras cuando las usamos incorrectamente mediante una interpretación imperfecta”31.

En mi opinión, conocer las verdades fundamentales del Evangelio es dejar a la persona libre para ir a lo largo y ancho, anclada en ese conocimiento, en busca de todo lo demás que la tierra, los mares y los cielos tienen para enseñar. En lugar de hacer de las verdades religiosas un tema de discordia y una fuente de divergencia, ¿no deberíamos, como líderes e individualmente, tratar de hacer de ellas un medio para extraer orden y armonía de la aparente confusión?

Una de las influencias que trae consigo el nuevo día, una influencia de importancia vital, es la de la lectura; pero uno de los yacimientos de pizarra de la actualidad es la lectura sin sentido crítico. El estudio de la página impresa debe ser analítico; si no, no tendrá sentido o será demasiado poderoso, y ambas condiciones son peligrosas. Cito al azar una o dos líneas de diversas fuentes para recordarles lo que los jóvenes leen día tras día, semana tras semana, y pregunto: Antes de que nuestras propias ideas estuvieran claramente definidas y consolidadas, ¿podríamos haber vivido a base de una dieta de lectura como esta y haber sido inmunes a su influencia? ¿No debemos reconocer que las fuerzas que rodean a los jóvenes hoy en día son más potentes a la hora de alentarlos a hacerse preguntas que las fuerzas del pasado?

Cuando describe la Feria de Chicago32, Robert Morse Lovett dice en Current History de enero de 1934:

Eran muchas las evidencias de los logros de la ciencia —el teléfono, la radio, la televisión, el avión— pero, ¿dónde estaba la evidencia de un género humano con una vida más plena o la promesa de ella? La decepción era especialmente profunda cuando las personas iban a los salones de Ciencia Social y Religión. Las exposiciones en las dos últimas sugerían una inquietante duda en cuanto al significado, la realidad y el futuro de progreso hacia una vida más plena. Por toda la feria se escuchaban comentarios en cada rincón sobre las nuevas mejoras que habían mecanizado la vida pero que no habían logrado enriquecer los valores de vida33.

​En Christian Century del 24 de enero de 1934, Albert Edward Bailey presenta un diálogo imaginario entre el arquitecto de una nueva iglesia y un soñador con ideas de cómo debería ser esa iglesia. El soñador dice:

“Intenta encontrar en la estructura lugares para la meditación; yo los veo como senderos hacia Dios. Toma, por ejemplo, los senderos del servicio… con estatuillas que ilustran la parábola del Buen Samaritano; frescos en las paredes que muestran a Lincoln emancipando a los esclavos; la primera vez que se aplicó la anestesia; Howard y la reforma penitenciaria; una biblioteca Carnegie; Jane Addams y Hull House…”. El arquitecto responde: “Este sueño tuyo significa desechar muchas de las ideas y las costumbres de antaño; dudo que alguna vez logres que la Iglesia en su conjunto lo acepte”, a lo que el soñador contesta: “Bueno, ¿no nos hallamos en medio de una revolución social de primera magnitud? ¿Por qué no habría la Iglesia de llevar a cabo una pequeña revolución… si esta fuera a… acercar un poco más el reino de Dios?”34.

En “The Will to Doubt”, Glenn Frank dice:

La voluntad de creer nos ha dado a nuestros grandes santos; la voluntad de dudar nos ha dado a nuestros grandes científicos. La meta del hombre inteligente es desarrollar un carácter en el que la voluntad de creer del santo y la voluntad de dudar del científico se encuentren y se combinen. Por separado, ninguno de los dos hace entero al hombre. Una fe meramente ciega produce un santo blando; una duda solamente ciega produce un científico duro. La humanidad debe mucho al santo y mucho al científico, pero a la humanidad le iría mal si el mundo estuviese poblado solamente por santos con una fe ciega, o por científicos con una duda ciega. La ciencia moderna es discreta. Aplaza el juicio cuando no sabe. En todos los demás ámbitos —la religión, la política, etc.— debemos aprender a hacer lo mismo. Hemos de obrar a la luz de lo mejor que sabemos en un momento dado, pero debemos estar dispuestos a que nuestras creencias estén abiertas al cambio a la luz de nuevos hechos. Así podemos combinar al santo y al científico35.

Con pensadores como estos, instando a los jóvenes a hacerse preguntas, ¿por qué no habrían de hacerlo? El liderazgo maduro no se puede permitir quedarse a un lado, mantenerse distante esperando en la puerta a que los jóvenes regresen de explorar por sí mismos. Nosotros, los líderes de la Asociación de Mejoramiento Mutuo, debemos ir con ellos y aprender lo que ellos aprenden, y ver lo que ellos ven. Un joven de prominencia en la Asociación de Mejoramiento Mutuo, al hacer a su padre una pregunta recibió la siguiente respuesta: “No quiero que vuelvas a hablar nunca de esas cosas en mi presencia”. Ese hombre renunció a pasar con su hijo por la puerta de la indagación, y perdió su poder para liderar al joven. ¡Los líderes de ​la Asociación de Mejoramiento Mutuo no deben perder sus contactos por una actitud como esa! Los jóvenes deben preguntar a fin de encontrar respuestas; los jóvenes deben analizar y armonizar. Su gran deseo de hacerlo es una muestra de su interés; la pasividad indiferente sería la muerte, pero esa intensidad es vida. Los jóvenes deben convertirse personalmente; solo con la fuerza de una juventud convertida puede esta Iglesia alcanzar su elevado y glorioso destino36.

Por otro lado, los jóvenes deben admitir que hay muchas cosas que aceptamos sin criticar ni dudar: comemos fruta sin saber de botánica; admiramos las estrellas en nuestra ignorancia de la astronomía; enviamos telegramas sin conocimiento del código morse; el amor, la amistad, el hogar, los libros y la naturaleza llegan a ser preciados y de gran valor sin apenas esfuerzo por explicar las razones técnicas. No animemos a los jóvenes a segregar la religión como el único aspecto de la vida sobre el cual concentrar la indagación dubitativa: ayudémosles a entender que ellos aceptan algunas cosas sin mayor prueba que el hecho de que proporcionan gozo, esperanza, fe y valor; ¿no pueden aceptar la religión, hasta cierto punto, con la misma compostura?

Citando otra vez The Earth and Man, permítannos darnos cuenta que:

es natural que la mente joven e inmadura piense que lo que es nuevo para ella debe necesariamente de ser nueva para el mundo. Alumnos relativamente inexpertos están descubriendo de vez en cuando aparentes discrepancias entre la fe de sus padres y el desarrollo del pensamiento moderno, y ellos tienen la tendencia a magnificarlas y exagerarlas cuando, de hecho, sus bisabuelos encontraron las mismas supuestas dificultades y aun así sobrevivieron. No crean a aquellos que afirman que el evangelio de Jesucristo se opone en modo alguno al progreso o que no es compatible con los avances37.

Líderes de los jóvenes de la Asociación de Mejoramiento Mutuo, ¿qué podemos hacer? Es cierto que no podemos desestimar los problemas individuales de los jóvenes y las jovencitas simplemente porque sus bisabuelos tuvieron problemas similares; pero debemos tratar a cada joven que tiene preguntas como trataríamos a un investigador, y darle a cada uno la misma consideración con espíritu de oración. Puede que los caminos de los jóvenes no sean nuestros caminos; quizás su forma de hablar a nosotros nos parezca directa, extraña e irreverente; pero tal vez, para ellos, nosotros seamos extraños también. Deberíamos tratar a jóvenes y mayores como viajeros con destino a un puerto oriental. Los jóvenes viajan hacia el este, hacia el sol naciente; las personas de edad puede que vayan hacia el oeste, hacia las sombras del atardecer. Sin embargo, en su destino común se encontrarán, y se darán cuenta de que ambos siguieron recto el curso de su viaje; pero siempre habrá entre ambos la diferencia de su experiencia en el camino38. ¿No ha sido el poder acumulativo del mormonismo suficiente en un siglo como para crear un cemento que una todas las verdades y los deseos de verdad en un conjunto, una búsqueda unida en la que todos los miembros, sin importar su edad, puedan caminar juntos? ¿Existe un lugar, un lugar legítimo y reverente, donde ​indagar durante la edificación del testimonio? Nosotros respondemos, y debemosresponder: sí; y decimos que la base de la duda y la indagación ha sido la genialidad de la Iglesia, el poder a través del cual los miembros se han abierto paso en ella.

Cuando le preguntaron a James E. Talmage cómo había adquirido él su testimonio, respondió: “Aunque parezca que nací con un testimonio, aun en los primeros años de mi adolescencia fui conducido a preguntarme si ese testimonio realmente era mío o lo había obtenido de mis padres. Comencé a investigar las afirmaciones de la Iglesia, buscando algo rebatible en ellas que me demostrara su falta de solidez. Después de meses de indagación… me convencí de su veracidad de una vez por todas, y este conocimiento es una parte tan plenamente integral de mí que, sin él, no sería yo mismo”39.

Otra conversión se describe como sigue:

Al principio tenía prejuicios en cuanto a las doctrinas pero, al continuar el élder con su prédica… esta produjo en la mente de Daniel Spencer un efecto extraordinario. Durante dos semanas cerró su establecimiento y se negó a hacer negocios con nadie; se encerró para estudiar y allí, a solas con su Dios, puso en la balanza de su mente clara y su concienzudo corazón el mensaje que había encontrado… Un día… exclamó estallando en un mar de lágrimas: “Es la verdad, y si soy honesto la debo aceptar, pero me costará todo lo que tengo sobre la tierra”. Se dio cuenta de que, a los ojos de sus amigos y vecinos, debía caer del pedestal social en el que se encontraba al de las personas despreciadas, pero bajó como un hombre40.

Estas experiencias, que han sido las de muchas personas que han nacido en la Iglesia y fuera de ella, explican la maravilla que es el poder del Evangelio. Con un cuerpo de miembros constituido en gran parte por quienes se han unido a la Iglesia después de una minuciosa investigación, que se han cuestionado las creencias de sus padres, no podemos decir de manera coherente que los jóvenes no tienen derecho a cuestionar la religión como cualquier otra preocupación del ser humano y evaluarla en términos de valor individual.

Ojalá pudiera recibir inspiración para sugerirles a ustedes, líderes, medios poderosos para llegar a todos los jóvenes de la Iglesia y retenerlos. Me despediré con lo que espero que sea un pensamiento útil, y es este:

Escuchen lo que ellos tienen que decir; abran el corazón y la mente a sus problemas. Nunca les pidan silencio, sino inspírenlos a expresar en alta voz las preguntas más íntimas de sus almas. Al escucharlos, olviden sus propias convicciones; recuérdenlas solamente cuando vayan a responder.

Una mujer ha dicho: “La veloz reorganización social de esta época ha hecho necesaria la flexibilidad, y solo aquellos que están alerta y son enérgicos, los que tienen curiosidad en cuanto a ​la vida, suficientemente flexibles para asimilar las nuevas formas de pensar y de vivir, pueden ajustarse a circunstancias diferentes y hacer frente al futuro sin temor”41.

Tanto jóvenes como mayores pueden aceptar los arraigados principios del Evangelio, los fundamentos, y así lo hacen y lo harán. Como Iglesia, repito, aceptamos la divinidad de Cristo, la restauración por medio de José Smith y la autoridad de Dios que poseen aquellos que hoy en día han sido comisionados para hablar en Su nombre. Esta es el ancla a la que debemos sujetarnos, y así lo hacemos42. Anclados con seguridad de este modo podemos investigar toda nueva teoría, toda nueva creencia, todo nuevo pensamiento, y aceptar lo que es de valor para nosotros. Como líderes, ¿qué podemos hacer?, pregunto de nuevo; y de nuevo respondo: Escuchar a los jóvenes y aprender de ellos, hablar a los jóvenes y enseñarles. No pierdan ninguna oportunidad de prender con el fuego de sus creencias el detonador que encenderá en ellos la chispa del testimonio, esa fuerza eléctrica que producirá en ellos la energía para trabajar para la Iglesia, calor al abrigo del Evangelio, luz para iluminar su camino hacia el cumplimiento de esa concepción más elevada de inteligencia como la gloria de Dios. Que Dios nos conceda la recompensa de ver que la crisis de la religión de nuestros días se vuelve hacia las grandes y gloriosas posibilidades que están inseparablemente unidas en estos últimos días a nuestra grande y gloriosa Iglesia, ¡la Iglesia de Jesucristo!43.

Elsie Talmage Brandley, “The Religious Crisis of Today”, Improvement Era, tomo XXXVII, nro. 8 (agosto de 1934), págs. 467–468, 496–497; véase también Elsie Talmage Brandley, “The Religious Crisis of Today”, Latter-day Saints’ Millennial Star, tomo XCVI, nro. 36 (6 de septiembre de 1934), págs. 561–566.

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El sentido de responsabilidad del oficio

El sentido de responsabilidad del oficio

Lalene H. Hart
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Edificio del Obispo, Salt Lake City, Utah
4 de abril de 1933

La vida de cada una de nosotras la determina en gran medida una responsabilidad triple: el deber para con nosotras mismas, el deber para con nuestros semejantes y el deber para con nuestro Dios. Las leyes de la ética establecen ciertas normas que controlan las relaciones y el comportamiento humano.

Las hermanas que forman parte de una organización de la Sociedad de Socorro se hallan en una escuela de capacitación en ética muy superior a cualquier otra clase o cualquier otro club. Además de adquirir conocimiento mediante lecciones esbozadas, ellas aprenden otras lecciones sobre el valor, la tolerancia, la bondad y la dedicación. Esta escuela trata también de generar en sus miembros un sentimiento de responsabilidad social, de estimular el interés en el bienestar de sus vecinos, y desarrollar el interés en las personas de toda clase y toda raza.

Cada mujer que entra como oficial11 al servicio de esta organización lo hace con cierto grado de ambición y con la determinación de adquirir nuevas ideas y experiencias que le darán una visión más amplia de la vida, elevarán sus propios modelos de ideales y los de otras personas, y presta un servicio eficaz a aquellos con quienes tiene contacto. La preparación para una vida mejor y más plena nunca antes ha sido tan intensa. Las mujeres están interesadas en más cosas y en más personas que antes. Están deseosas por saber más en cuanto a la naturaleza humana, a su propia personalidad y a su desarrollo.

Aquellas a quienes se les ha dado la responsabilidad de dirigir esta preparación12 deben elevarse al nivel de sus posibilidades y ofrecer oportunidades y experiencias a sus ​respectivos grupos, lo cual hará posible que descubran una vida más libre de las cosas que desalientan, preocupan y enojan, y más llena de las cosas que satisfacen, estimulan e inspiran. Nosotras no hemos solicitado esta responsabilidad, pero se nos ha otorgado como un honor. No obstante, cualquier oficio deja de ser un honor a menos que ese oficio se honre. Ben Jonson dice: “Los grandes honores son grandes cargas, pero para quien los recibe con codicia la carga es doble. En toda dignidad, sus afanes deben ser aún el doble que sus gozos”13.

Ser merecedora de presidir con dignidad y aplomo una sociedad bien organizada es el máximo logro de una oficial; alcanzarlo requiere una labor larga y ardua.

La misión de las oficiales es crear y desarrollar en la vida de nuestras miembros el espíritu del Evangelio, y llevar su mensaje a todas las personas a fin de alentar a quienes están afligidos o descorazonados.

Al acercarnos al final de la temporada en nuestro plan de trabajo, bien podríamos preguntarnos: El trabajo de este año, ¿ha sido un éxito o un fracaso en lo que a mí concierne individualmente? ¿Qué es el éxito y cómo se ha de medir? No por la duración de los días ni por la acumulación de conocimiento o influencia, sino por la adaptación continua e implacable de nuestros poderes y capacidades a las oportunidades y necesidades de nuestro entorno.

Puede que ese resultado quede muy lejos del listón que nos hemos puesto, o hasta puede que lo supere, pero nada puede sobrepasar en majestuosidad de propósito al deseo de hacer el uso más eficaz de nuestros talentos al servicio de los demás.

Esa oficial de la Sociedad de Socorro que ha vivido bien, ha amado mucho, ha dado con generosidad, ha servido de buena gana y ha aumentado en gracia mediante su responsabilidad, ha alcanzado el éxito. Ha fallado si ha ignorado la verdad, si ha desechado sus ideales más elevados y ha desdeñado las normas de su propia organización y de la Iglesia.

Reparemos seriamente en la responsabilidad que yace sobre nosotras a fin de levantarnos y brillar, y de mostrar a un mundo dubitativo, expectante y escéptico que hay un Dios en los cielos, que Jesucristo vive y que le importa el bienestar de Sus hijos.

Lalene H. Hart, “Sensing Responsibility of Office”, 4 de abril de 1933, en “Officers’ Meeting”, Relief Society Magazine, tomo XX, nro. 5 (mayo de 1933), págs. 271–272.

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El valor de la fe

El valor de la fe

Amy Brown Lyman
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
3 de abril de 1926

Amy Brown Lyman en la Capacitación de Servicio Social en Anaconda, Montana. Alrededor del año 1920. La hermana Lyman, con lentes, en el centro de la primera fila, llegó a ser una trabajadora social calificada después de algunas estadías formativas en Hull House, Chicago, y fue líder en la implementación de la obra de servicio social en la Sociedad de Socorro. La hermana Lyman sirvió en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro por treinta y seis años, incluso durante su época como presidenta. Fotografía por Montgomery Studio. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

La falta de fe en el mundo hoy en día, junto con algunas experiencias personales recientes, me ha llevado últimamente a apreciar más que nunca antes el valor de la fe y la gran bendición que es para quienes la poseen.

Estoy segura de que cada mujer de esta audiencia ha pasado pruebas y aflicciones que habrían sido casi insoportables sin la fe en Dios y sin un testimonio del Evangelio, con todo lo que ello abarca.

​La fe en nuestro Padre Celestial y en Su Hijo Jesucristo es un punto a su favor para cualquier persona. Le ayuda a ser valiente y audaz, y a desarrollar un carácter positivo y enérgico en lugar de uno negativo y vacilante. Ayuda a tener confianza en uno mismo y en otras personas; a creer en uno mismo y en los demás; a ser generoso con aquellos que están necesitados, y caritativos con los menos afortunados; a ser alegre y optimista, y a tener esperanza.

La fe en el Padre y en el Hijo es una bendición; sí, una de las bendiciones más grandes que una persona puede tener. Como consolador es más trascendental que cualquier otra influencia. Es una fuente de solaz en tiempos de enfermedad, de pesar o desesperación. La fe ayuda a la persona a mantener la calma y a sufrir con relativa entereza cualquier cosa que venga; a ser paciente y a reconciliarse con las circunstancias que no puede controlar. Le ayuda a ser sumiso y humilde, y a poner su confianza en Dios.

La fe en el Padre y en el Hijo implica la creencia en Sus enseñanzas, que incluyen un estado preterrenal y una vida más allá del sepulcro; y para un Santo de los Últimos Días abarca el plan del Evangelio para vida y salvación tal como se nos ha revelado por medio del profeta José Smith12. Una fe y una creencia así ayuda a la persona a desarrollar un plan de vida en un plano más elevado, y a establecer normas de vida nobles, que valgan la pena y vayan de acuerdo con las normas del Evangelio. Ayuda a hacer juicios de valor, a elegir entre las cosas que realmente valen la pena, aquellas que son duraderas y eternas, y aquellas que son temporales y pasajeras. Hace que nos demos cuenta de que la vida es un peldaño hacia una vida superior, y que cuanto mejor sea la vida aquí, mayor será la felicidad aquí y en la vida venidera. La fe llena a quien la posee del deseo de emular la vida del Salvador y de guardar los mandamientos de Dios.

La fe sublime es uno de los más grandes de todos los dones. Declaremos nuestra lealtad a nuestra fe. Que, como algunos dicen, “no haya hombre que pueda destruir mi fe, mi esperanza y mi creencia, y dejarme un pedregal”. Porque he observado que aquellos que no tienen fe y tienden a minar y a destruir la fe de otras personas, nunca, hasta donde yo sé, dejan nada constructivo en su lugar.

No nos dejemos influir por los cínicos, los ateos o los que dudan, ni por la ola de duda y desesperación que cubre la tierra hoy en día13. Aferrémonos a la creencia de que la fe, con buenas obras, es un activo14, un consolador, una bendición; es el poder de Dios para salvación para todos aquellos que creen15. Aferrémonos a la creencia de que la fe es nuestra primogenitura, y no la vendamos por un plato de lentejas16.

Amy Brown Lyman, discurso, 3 de abril de 1926, en “Conference Addresses”, Relief Society Magazine, tomo XIII, nro. 7 (julio de 1926), págs. 381–382. Título proporcionado por los editores.

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El perdón es como la misericordia

El perdón es como la misericordia

Jennie Brimhall Knight
Conferencia General de la Sociedad de Socorro
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
Jueves, 3 de abril de 1924

Han sido muchas las magníficas lecciones que se han enseñado durante esta conferencia, y estoy segura de que muchas resoluciones se han renovado a los efectos de que seamos mejores líderes, mejores modelos de conducta en nuestras distintas comunidades, hermanas más compasivas, esposas más devotas y madres más comprensivas.

El grupo congregado hoy aquí pertenece a la clase de mujeres que no tienen tiempo para ser ociosas, ni para dejarse enredar por aquellas cosas que se nos ha enseñado que son una pérdida de tiempo y no conducen al progreso. Nuestro objetivo es servir y, en ese servicio, hallar gozo en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.

Junto al sendero de la vida que conduce a la felicidad hay muchos escollos que debemos evitar si hemos de alcanzar nuestra meta. Uno de esos escollos diré que es el no perdonar. Junto a él hay un pequeño montículo de perdón que, si nos subimos a él, nos elevará por encima de las nimiedades de la vida para ver una llanura más grande y más ancha, y un sendero bien definido.

Hay muchos hechos de los hombres y las mujeres que no aprobamos, ni participamos de ellos, ni los sancionamos, y aunque nuestra misión es hacer todo lo que podamos en el espíritu de verdadera caridad y amor fraternal para mostrar un camino mejor, el plan más perfecto de la paz, no debemos aborrecer a nuestros semejantes por el hecho de que sus caminos no sean los nuestros. Debemos dejar que nuestro Padre los juzgue.

En la palabra del Señor por medio del profeta José Smith que se encuentra en Doctrina y Convenios leemos: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres. Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos”12.

El otro día me hablaron de una mujer que vivía en la misma calle que su padre, y sin embargo llevaba muchos años sin hablar con él. También supe de una presidenta de la Sociedad de Socorro que, al enterarse de que una de las hermanas de la organización se había sentido ofendida por algo que había hecho alguien de la presidencia de la Sociedad de Socorro, fue a casa de esta hermana y trató de hablar del tema, disculparse y, si era necesario, hacer las cosas bien, pero esa hermana no pudo encontrar un lugar en su corazón para el perdón, de modo que la presidenta se apartó, afligiéndose por esa hermana. ¿Cuál de las dos mujeres sería más feliz hoy? Mi padre dice con frecuencia: “El odio hace más daño a aquél que odia que a lo odiado”13.

En una ocasión, Pedro preguntó a Jesús: “… ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”. Y Jesús le respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. Luego dijo: “Por lo cual, el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y… le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Mas como este no podía pagar, mandó su señor venderlo a él, y a su mujer e hijos, con todo lo que tenía, para que se le pagase. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor, movido a misericordia por aquel siervo, le soltó y le perdonó la deuda.

“Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios; y tomándole del cuello, le ahogaba, diciendo: ¡Págame lo que me debes! Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba, diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel…

“Y viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y declararon a su señor todo lo que había pasado. Entonces llamándole su señor, le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también haber tenido misericordia de tu consiervo, así como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Así también hará con vosotros mi Padre Celestial, si no perdona de corazón cada uno a su hermano sus ofensas”14.

¿No es verdad que Jesús nos enseñó a orar: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden?15.

Martín Lutero dijo, hablando de esto: “Cuando dices ‘no perdonaré’ y vas ante Dios con tu padrenuestro, y mascullas ‘perdónanos nuestras deudas’, es como si estuvieras diciendo: ‘Yo no lo perdono; así pues, oh Dios, no me perdones tú a mí’”16.

No guardemos resentimientos en el hogar los unos hacia los otros, sino procuremos y oremos cada día para encontrar una manera de perdonarnos, recordando que el perdón es como la misericordia, “es dos veces bendita: bendice al que la concede y al que la recibe”17. Si en este asunto pudiéramos volvernos más como niños pequeños, ¡cuánto más felices seríamos!, porque quién conoció a un niño pequeñito que no estuviera dispuesto a perdonar al primer indicio de remordimiento por parte del ofensor; sí, y aun antes de que el que cometió la ofensa mostrara arrepentimiento alguno. ¿No dijo Dios “si no os hacéis como un niño pequeñito, de ningún modo heredaréis el reino de Dios”?18.

Aquellas que han sido sumamente probadas y amargamente ofendidas, recuerden que perdonar requiere un corazón generoso, lleno de misericordia y dedicado a la oración, junto con una firme voluntad, pero recuerden también que un corazón que no perdona pone una barrera entre sí mismo y el perdón de Dios porque, ¿no está escrito que “el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”19?

De modo que enterremos todas y cada una de nosotras nuestros agravios, ya sea que atañan a nuestra familia inmediata, a nuestra Iglesia o a nuestro prójimo, y cubramos con una losa de olvido los escollos que nos privan de la felicidad y perdonemos como esperamos ser perdonados.

Jennie B. Knight, discurso, 3 de abril de 1924, Sesión por la tarde, en “General Meetings”, Relief Society Magazine, tomo XI, nro. 6 (junio de 1924), págs. 307–309. Título proporcionado por los editores.

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Amarás a tu prójimo

Amarás a tu prójimo

Emma N. Goddard
Conferencia de junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo
Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
9 de junio de 1918

Amarás a tu prójimo. Esta no era una ley nueva cuando fue dada por el Señor en el meridiano de los tiempos13. El libro de Levítico registra que esa ley le fue dada a Israel en la dispensación mosaica: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo”14. El Maestro hizo hincapié en este mandato de una manera muy bella en respuesta a la pregunta de un intérprete de la ley que se levantó y dijo:

“Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?”.

Él le dijo:

“¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”.
Y él, respondiendo, dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.
Y le dijo: “Bien has respondido; haz esto y vivirás”.
Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”15.

Ustedes recordarán, y no hace falta que lo repita en detalle, la hermosa y al mismo tiempo clara y sencilla parábola que contó Cristo del hombre que cayó en manos de ladrones y fue abandonado magullado y ensangrentado junto al camino. Cómo primero el sacerdote y luego el levita pasaron de largo, y cómo por último llegó el despreciado samaritano y lo atendió del modo más amable y tierno, echando aceite y vino en sus heridas, y poniéndolo finalmente sobre su cabalgadura para llevarlo al mesón, e incluso entonces diciendo al mesonero que seguía necesitando cuidados, y que cuando él volviera por ese camino le pagaría todos los gastos. Luego el Maestro se volvió al intérprete de la ley y preguntó: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones?”, dejando de este modo el peso de la decisión a la persona que le hacía la pregunta. ¿Qué más podía decir de lo que dijo? “El que tuvo misericordia de él”. Entonces Jesús le dijo: “Ve y haz tú lo mismo”16.

En respuesta a uno de los escribas que preguntó cuál era el primer mandamiento de todos, Jesús respondió: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos”17.

Evidentemente los apóstoles entendieron este mandato, y ha llegado hasta nosotros a través de los tiempos. Pablo, al dirigirse a los romanos que no habían sido instruidos en esta ley de la ética, declaró:

“No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros, porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No cometerás adulterio; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; no codiciarás; y si hay algún otro mandamiento, en estas palabras se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”18.

De igual manera, al dirigirse a los gálatas, Pablo repitió el mandato diciendo: “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”19.

Si todas las naciones cristianas se hubieran guiado por esta ley que dio el Maestro como una norma de vida para todos Sus seguidores, no habría habido guerras ni contención, sino paz sobre la tierra, y habría prevalecido la buena voluntad para con los hombres.

La incalculable miseria, la pena y la muerte que existen actualmente en el mundo son una consecuencia de la violación de esta ley, ¿y quién sabe cuándo cesarán?20. Puede que en breve nuestros muchachos heridos regresen a casa, y de nuevo habrá “grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora por sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron”21. Bajo estas condiciones tendremos sobradas oportunidades de demostrar nuestra fe en el mandato del Maestro de esforzarnos por consolar y animar a los que están atribulados, recordando que “la religión pura y sin mácula” es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo22. Cada día estamos rodeados de oportunidades de poner en práctica este mandato divino23.

Pero, ¿cómo se aplica ese hermoso mandamiento a nosotros como oficiales de estas grandes organizaciones? Porque estos muchachos y muchachas, estos jóvenes y jovencitas que están a nuestro cargo, ciertamente son nuestro prójimo. En estos momentos críticos de la historia de nuestro mundo ellos necesitan nuestra ayuda y nuestro socorro más que nunca. Debemos lanzarles todos los salvavidas, porque están rodeados de los más sutiles tipos de tentaciones. Son jóvenes e inexpertos, y por naturaleza aman la libertad y tienen sus propias ideas de cómo obtener placer. Hemos de guiarlos y aconsejarlos en esta etapa adolescente de su vida, y ayudarles a forjar un carácter firme y decidido. Debemos bregar con ellos en sus tentaciones y ayudarles a afrontarlas y a vencerlas. Debemos estudiarlos y tratar de comprenderlos porque, si lo hiciéramos a menudo, hallaríamos la manera de llegar al corazón de los que aparentemente son más descuidados e indiferentes.

Edgar A. Guest ha dicho:

Cuando en ti surja el desdén,
y de tus labios reproche,
conoce del que censuras
más que su oficio y su nombre.
Pues conocer al otro podría
prejuicios desvanecer
y hasta llegar a agradarte
si lo conocieras bien.
Si llegas a conocer a alguien
y a entender su proceder
sus defectos ya no importan
y hallas más virtud en él24.

Mostremos a nuestros jóvenes la gloria de la rectitud en lugar de la horridez del pecado; que vivir la ley del Evangelio produce paz y gozo perdurables en vez de la angustia que sigue a la vida malgastada.

A fin de llegar a su corazón, nosotros mismos debemos vivir muy cerca del Señor. Dios es amor, y cuanto más poseamos este atributo mayor será nuestro éxito25. Nuestros jóvenes deben sentir ese amor, ese gran deseo que tenemos de ayudarlos y bendecirlos. Pero, si después de nuestros esfuerzos unos pocos caen y se convierten en presa de malos hábitos y son abandonados magullados y ensangrentados junto al camino, ¿qué haremos con ellos? Como el buen samaritano, debemos tenderles la mano y, si es posible, traerlos tierna y amorosamente de regreso, y plantar una vez más sus pies en el camino estrecho y angosto.

Piensa con ternura en quien yerra
pues, aunque teñido de pecado,
no debemos olvidar
que sigue siendo nuestro hermano.
Habla con tiento a los que yerran;
con santas palabras y sones de afecto
podemos aun rescatarlos
de escabrosas sendas y de infiernos26.

Debemos ser honestos y sinceros, mostrando siempre por nuestro propio ejemplo que creemos en el Evangelio, que lo amamos con toda nuestra alma y todo nuestro corazón, y que nos esforzamos cada día por vivir de acuerdo con sus preceptos. Debemos darnos a nosotros mismos junto a nuestra ofrenda porque, como dice Lowell:

No lo que damos, sino lo que compartimos,
pues sin el dador la dádiva es vana en sí;
a tres bendice el que con su don se entrega:
a sí mismo, a su prójimo hambriento y a mí27.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”28.

J. L. Spalding dice: “Si la justicia es una ley universal, el amor es un deber universal. Nada sino el amor puede hacernos justos para con nosotros mismos”29. Nuestros miembros deben sentir que los amamos a cada uno de ellos y que sentimos por ellos un interés real y personal.

No conozco un ejemplo mejor de esta clase de maestro que el doctor Karl G. Maeser30. Él vivía para su trabajo. Cada alumno sentía su bondadosa influencia; era como si una bendición siguiera su estela; sus alumnos sentían su presencia. Cada vez que entraba al aula de inmediato reinaba el orden donde había resonado la algarabía despreocupada de jóvenes y jovencitas. El deseo de ser y hacer todo lo que él enseñaba dominaba a sus alumnos. Su sonrisa de aprobación era suficiente recompensa a sus más arduos esfuerzos. Él los guiaba a través de sus más sublimes enseñanzas a consagrar su vida y todo su ser a la profesión para la cual se estaban preparando. Estudiaba individualmente a sus alumnos y los entendía; sabía exactamente cuándo y cómo dar una reprimenda u ofrecer una palabra de elogio o de aliento e incluso mostrar una atención más amorosa y tierna. Haríamos bien en emular su noble ejemplo. Debemos procurar guiar, no obligar, recordando los mandatos del Maestro: “Sígueme”; “apacienta mis ovejas”31.

La temporada que viene debemos tratar de involucrarnos en las actividades recreativas de nuestros miembros y exhortarlos a evitar aun la apariencia del mal. Los acompañantes y protectores naturales de nuestras jovencitas, a saber, sus hermanos y novios, han salido en defensa de los colores de su país; por eso recomendamos más que nunca que, en todas sus salidas, sobre todo cuando se ausenten de casa durante la noche, ellas tengan chaperón. Debemos enseñarles que un chaperón no es un espía, sino un amigo, un protector, un consejero sabio y amoroso. De hecho, que lo apropiado en una fiesta es que haya chaperón, y que la buena ética lo requiere.

La juventud es una etapa de deleites dulces e inocentes; por eso debemos promoverlos y, en todo lo posible, ayudar a proporcionarlos. Pero, además de tomarnos ese interés en su vida social, debemos tratar de inculcar en nuestros jóvenes la seriedad de las circunstancias que actualmente nos rodean, y la necesidad de cada uno de ellos de asumir una responsabilidad personal para ayudar a lograr la victoria de la causa de la verdad y la libertad. Todos podemos poner nuestro granito de arena, no importa cuán pobres y humildes, cuán ricos e influyentes seamos. Nuestros chicos en el frente lo están arriesgando todo32. ¿No deberíamos estar gustosa y alegremente dispuestos a hacer un pequeño sacrificio y privarnos de algunas cosas en casa? Sobre cada uno de nosotros descansa una sagrada obligación, y la gravedad de la situación requiere que refrenemos la frivolidad y ofrezcamos nuestra fuerza y energía juvenil para apoyar la llamada que nos hace nuestro propio gran país y las naciones aliadas en esta lucha mundial por un reinado de rectitud, y no de poder.

Que Dios nos ayude a darnos cuenta de la magnitud de la obra que se nos ha delegado y nos conceda fortaleza y sabiduría para cumplir plenamente nuestro deber en cuanto a ella. Que durante esta conferencia seamos totalmente llenos de este espíritu de dar y de hacer. Sí, consagremos nuestra vida misma, si fuere necesario, para establecer la paz y la rectitud sobre la tierra, demostrando plenamente de este modo que nosotros, en efecto, amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Ayudando así a criar una generación recta, ciertamente prestaremos el mejor servicio a Dios y al país.

Emma Goddard, “Thou Shalt Love Thy Neighbor”, 9 de junio de 1918, en “Addresses at the June Conference: ‘We Stand for Service to God and Country’”, Young Woman’s Journal, tomo XXIX, nro. 8, agosto de 1918, págs. 434–437.

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Ahora mi conocimiento es preciso

Ahora mi conocimiento es preciso

Annie D. Noble
Conferencia de junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
11 de junio de 1916

Mis hermanos y hermanas, considero que es un gran honor estar entre ustedes esta mañana. Siento que estoy entre la aristocracia del mundo, y me ha impresionado profundamente la belleza de los rostros del pueblo de Sion.

Llevo solo tres años y medio en este país, y cerca de seis años en la Iglesia. Estoy agradecida por estar aquí, en Sion, y por las grandes bendiciones que el Señor ha derramado sobre mí11. En menos de seis años, mis hijos e hijas han sido recogidos en el redil de Cristo, habiendo investigado cada uno de ellos por sí mismo. Soy consciente de que el conocimiento básico de los principios del Evangelio nos hace fuertes, y me regocijo hoy día. Y puedo testificar de la verdad, y del conocimiento y el fuerte testimonio que tienen mis hijos y que tiene mi esposo. Bendigo al Señor porque nos ha llamado en este día para que veamos la luz del Evangelio; fue algo grandioso para nosotros. Habíamos pertenecido muchísimos años a la denominación bautista, y debo decir que durante algunos años me había preocupado mucho lo que se esperaría de mí como cristiana12. Y me preguntaba, ¿cuánto debería hacer? Continuamente daba lo que sentía que era correcto, pero seguía teniendo dudas y pensaba lo agradable que sería saber con claridad cuánto se esperaba de nosotros, tanto en servicio como en recursos. Y deseo regocijarme porque ahora tengo un conocimiento preciso, no solo en cuanto a este punto, sino sobre otros muchos aspectos que han llegado a ser muy claros para mí y para todos nosotros.

Deseo dar mi testimonio de que sé que este Evangelio es verdadero; que sé que José Smith fue un verdadero profeta del Señor. No fue sino hasta casi seis meses después de unirme a la Iglesia que pude decir que sabía que José era un profeta del Señor. Cada semana solía asistir a reuniones espirituales en casas de miembros en Nottingham13, en la ciudad de la que vengo, y cuando escuchaba a los hermanos y las hermanas dar testimonio de que el Profeta era un verdadero profeta del Señor… Yo sabía que el Evangelio era verdadero, tenía un testimonio de eso, pero, oh, sentía que me gustaría decir que yo sabía que José Smith era un profeta del Señor. Resulta extraño que pudiera tener un testimonio del Evangelio y aún no tuviese un testimonio de los siervos por medio de quienes el Señor habló y a quienes entregó ese Evangelio, pero así era. Una tarde me dirigía como de costumbre a una de esas reuniones espirituales cuando ese deseo de poder declarar a mis hermanos y hermanas que José Smith era un verdadero profeta del Señor me embargó mientras caminaba14. Y en un instante fue como si una voz dijera: Ahora puedes decirlo; y yo dije, sí, puedo decirlo. Sé que él es un verdadero profeta del Señor. Esa es la respuesta que recibí, y fui a la reunión y declaré, y he declarado desde entonces, el testimonio que me fue dado al instante15.

Mis queridas hermanas, deseo decirles cuánto las amo a todas. Amo a mis hermanas de la Estaca Weber, y a todas mis hermanas. Mi corazón se conmueve cuando miro los rostros de las hermanas, a quienes a menudo no conozco personalmente, y mi corazón se llena de amor por ellas, porque sé que son mis hermanas en la Iglesia, y ruego que el Señor las bendiga a todas y las guarde en obediencia. La obediencia es algo grande. Ruego que el Señor las bendiga a todas. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Annie D. Noble, Discourse, 11 de junio de 1916, en “Fast Meeting”, Young Woman’s Journal, tomo XXVII, nro. 10, octubre de 1916, págs. 626–627. Título proporcionado por los editores.

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Una gran locomotora

Una gran locomotora

Amelia Flygare
Conferencia de junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
10 de junio de 1916

Amelia Flygare. Aproximadamente década de 1910. La hermana Flygare prestó servicio como presidenta de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de las Mujeres Jóvenes (YLMIA, por sus siglas en inglés) de la Estaca Weber entre 1911 y 1922. Además de su servicio en la YLMIA, sirvió también como la primera presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio. Ella y su esposo, Christian Flygare, participaban activamente en organizaciones de la comunidad y en el gobierno de la ciudad. (Fotografía en posesión de la familia. Por cortesía de Steve Coray).


El tema que se me ha asignado es “La responsabilidad de los oficiales”: directores de música y de coro, miembros de comités y otros oficiales. El deber y la responsabilidad van de la mano.

Esta mañana no puedo dejar de hacer referencia a la parábola que nuestro Salvador nos ha dejado de manera tan bella acerca de los talentos. En esta parábola, Él explica que cada miembro de esta gran organización tiene un talento. A algunos se les da más que a otros, pero eso no significa que el que tiene el talento menor no deba hacer hincapié en él ni cultivarlo ni asumir la responsabilidad por ese talento. No entraré en detalles sobre los talentos, porque están en el capítulo 25 de San Mateo —están ahí para que los leamos, están para beneficiarnos— pero les diré que, cuando los hombres a quienes Dios mismo había dado los talentos fueron llevados ante Él, aquel a quien se le habían dado cinco talentos llegó y dijo: “Yo he duplicado los talentos que me diste”; y Jesús respondió: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré”. También dijo esto a aquel a quien había dado solamente dos talentos13. Eso es un gran estímulo para nosotros, porque ya sea que se nos llame a la presidencia, a la función de consejero o a cualquier función, nuestro lugar en esta gran obra significa tanto como el lugar más importante14. Se puede comparar, mis hermanos y hermanas, con una gran locomotora. Cada tornillito, cada rueda chiquita, cada pequeño mecanismo cumple una función a fin de mantener toda la maquinaria en armonía15. En nuestra Iglesia ocupamos un lugar propio, y no importa dónde se nos llame a trabajar, no importa cuál sea nuestra función, debemos hacer nuestra parte y hacerla con alegría; y cuando hagamos una parte, nuestras responsabilidades y talentos se sumarán, e iremos hacia adelante y hacia arriba, porque así está señalado.

Deseo llamar su atención a la directora de música, por ejemplo. En primer lugar, oficiales, se espera que elijamos a las personas que trabajan con nosotros, tal como nos ha dicho tan bellamente nuestra presidenta esta mañana, con sabiduría y con un corazón dedicado a la oración, de modo que podamos elegir a las personas más adecuadas que se ajusten a cada puesto en particular, aquellas a quienes Dios ha bendecido con talentos concretos, y entonces, cuando las hayamos elegido, debemos poner sobre ellas la responsabilidad16. Supervisen sus progresos y sus reveses, sin decir: “Ahora nos gustaría que desempeñara esta función” para luego darse la vuelta y decirle a otra persona: “Asegúrese de que lo haga, por favor”. ¿Saben que eso debilita nuestra fortaleza y nuestra confianza y debilita la confianza que ese miembro en particular tiene en nosotros? Si podemos hacer que una oficial sienta que ciertamente es obrera y que su posición es importante para esa asociación, creo que ella asumirá su parte.

Durante toda esta conferencia no pude evitar pensar que de poco sirve que yo tome cinco minutos. Sobre este tema concreto hemos visto un ejemplo tras otro. La hermana Cooper nos ha dirigido cuando hemos cantado17. Todos sabemos y sentimos que ella está realmente inspirada cuando nos dirige, y eso ha ayudado a inspirar a nuestras directoras de música de manera que irán a casa con el sentimiento de que también deben asumir las responsabilidades de liderazgo en ese llamamiento en particular. Incluso cuando ponemos a un humilde miembro en un pequeño comité, esa posición también debe magnificarse, y no desmereceremos a sus ojos si de vez en cuando vamos a esos oficiales y les decimos: “Bien hecho; lo han hecho realmente bien y esperamos que hagan muchas, muchas más cosas”, y de ese modo creo que sienten que sería un pecado traicionar esa confianza que hemos puesto en ellos18.

Creo que no sería inapropiado contarles lo que una vez escuché decir al presidente Woodruff19. Para mí, el presidente Wilford Woodruff era tan perfecto como cualquier otro hombre que haya conocido. Cuando yo era niña, él era un hombre pequeño y sin pretensiones que vivía apartado en el campo con una de sus familias, y se me enseñó a reverenciarlo y respetarlo20. No conozco a ningún otro hombre al que se me enseñara a respetar tanto. Fue justo en una etapa de mi vida en la que cedí a esa influencia, y en los años que siguieron le escuché decir, cuando estaba a la cabeza de esta gran organización, que fue tan bendecido siendo un humilde élder de la Iglesia como lo había sido como Presidente21. Para mí eso es un estímulo para la vida, y lo cuento con mucha frecuencia en nuestra organización. No importa qué posición ocupen; procuren entender que, a menos que magnifiquen esa posición, no la ocuparán; de hecho no habrá una posición para ustedes.

Debemos recordarles que, en nuestra organización, nuestra fortaleza y poder se miden en función del apoyo que nosotros le damos como miembros de Mejoramiento Mutuo. En esta gran organización mutual, nuestro poder solo se mide en función de la responsabilidad que asumimos en ella, y así es en toda la Iglesia. El poder y el progreso de la Iglesia se observan en la responsabilidad que los miembros asumen22.

Ahora, mis queridas hermanas, no sé si he fortalecido su fe en cuanto a esto, ni si alguna de mis reflexiones les ha quedado, pero recuerden con todo que somos hijas de Dios y le debemos todo aquello que podamos hacer para servirlo, y que no debería haber una posición —ni una sola— que no merezca nuestros mejores esfuerzos, y si ponemos nuestros mejores esfuerzos en cualquier llamamiento al que seamos llamadas a servir, lo mejor nos será devuelto.

Que Dios bendiga esta obra y bendiga a cada obrero sincero en ella, para que nuestra influencia pueda sentirse a lo largo y ancho de la tierra. Lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

Amelia Flygare, Discourse, 10 de junio de 1916, en “Division of Responsibility: Five Minute Talks by Stake Officers”, Young Woman’s Journal, tomo XXVII, nro. 7, julio de 1916, págs. 445–446. Título proporcionado por los editores.

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Dios me lo ha revelado

Dios me lo ha revelado

Rachel H. Leatham
Reunión adyacente al aire libre por exceso de aforo durante la conferencia general anual
Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah
5 de abril de 1908

Rachel H. Leatham. Aproximadamente 1906. Leatham trabajó como guía del Centro de información de la Manzana del Templo hasta 1911, cuando contrajo matrimonio con James Jensen. Ellos vivieron en Bingham, Salt Lake City y Sandy, Utah, donde Leatham prestó servicio en la presidencia de varias organizaciones auxiliares a nivel de barrio y de estaca. (Fotografía en posesión de la familia. Por cortesía de Mary Austin Ungerman).

Mis hermanos y hermanas, sé que algunos comprenderán mis sentimientos al dirigirme a ustedes. Creo que soy una de las muchachas más felices de todo el mundo, y es el Evangelio lo que hace que me sienta así, porque yo sé que el Evangelio es verdadero. Yo sé que Dios, nuestro Padre, y Su hijo Jesucristo, descendieron y trajeron el Evangelio, y lo establecieron, y hablaron al profeta José Smith. Sé que Jesús es el Cristo y que José Smith es Su profeta. Siento que si pudiera vivir para siempre nunca podría agradecer lo suficiente a mi Padre Celestial las bendiciones que he recibido en mi vida, el privilegio de salir al mundo y compartir este testimonio, y darles a conocer que el Evangelio ha sido restaurado, que Cristo ha dado autoridad a Sus siervos, y las bendiciones que están reservadas para aquellos que escuchen y obedezcan las palabras de verdad, de vida y de salvación que brotan de los labios de los siervos de Dios que son enviados a predicar el Evangelio.

A veces pienso que nosotros, los jóvenes en casa, no somos del todo conscientes de las responsabilidades que descansan sobre nosotros. No siempre recordamos que quienes nos dirigen son mayores y que, cuando nuestros padres y madres se hayan ido, recaerá sobre nosotros la responsabilidad de asumir su trabajo; que somos los futuros responsables de Sion. ¿Estamos haciendo nuestra parte y preparándonos para ser capaces de hacer la obra que nuestros padres han hecho? ¿Estamos ordenando nuestra vida para que el Espíritu de Dios more en nosotros como ha morado en nuestros padres? ¿Nos damos cuenta de la magnitud de las bendiciones que Dios nos ha dado, y comprendemos las palabras de vida y salvación que se encuentran en las Escrituras y en Doctrina y Convenios? ¿Somos capaces de decir cuáles son las promesas que Dios nos ha hecho si guardamos Sus mandamientos?13. ¿Estamos familiarizados con el antiguo registro de los habitantes de este continente, el Libro de Mormón? ¿Estamos familiarizados con las grandes verdades que se nos enseñan en él y con los libros que nos enseñan las bellezas de la obra en la que estamos embarcados en la actualidad? Me temo que no somos suficientemente versados en los principios del Evangelio, y que no somos tan diligentes como deberíamos14.

Donde mucho se da, mucho se requiere, y cada uno de ustedes sabe cuánto se nos ha dado a nosotros y cuánto se requerirá de nuestras manos15. ¿Nos estamos preparando para estar a la altura? Vivamos de toda palabra que sale de la boca de Dios16. Vivamos de modo que Él siempre esté dispuesto a reconocernos como Suyos, a bendecirnos y a amarnos.

No quiero alargarme, pero deseo compartir mi testimonio una vez más. Quiero volver a decir que sé que el Evangelio es verdadero. No porque mi padre lo sepa, ni porque mi madre siempre me lo haya enseñado; yo sé que el Evangelio es verdadero porque Dios me lo ha revelado. Su Espíritu ha dado testimonio a mi espíritu, y ese testimonio es el don más preciado que Dios me ha dado17.

Que Dios nos bendiga a todos, lo pido en el nombre de Jesús. Amén.

Rachel H. Leatham, Discourse, 5 de abril de 1908, en “Outdoor Meeting”, Seventy-Eighth Annual Conference of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 4–6 de abril de 1908, Salt Lake City: Deseret News, 1908, págs. 81–82. Título proporcionado por los editores.

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Todavía tenemos una misión mayor

Todavía tenemos una misión mayor

Bathsheba W. Smith
Discurso en el periódico Woman’s Exponent
Salt Lake City, Utah
Enero de 1906

Escuchad el fuerte repicar, el son.
Es el tiempo que, ajetreado, toca su fin.
El año ha pasado,
llevándose con él esperanzas y temores,
sonrisas y lágrimas de multitudes, carentes de canción.
E. R. Snow16

El fin del año 1905, que es el año del centenario del Profeta, remueve en mi mente multitud de pensamientos17.

En mis recuerdos vuelvo a los años de mi niñez y mi juventud en Virginia18 —los élderes llegan pregonando: “Arrepentíos y sed bautizados, porque el reino de los cielos está cerca”19— y, al igual que antaño, me conmueven las buenas nuevas de la restauración del evangelio de Cristo20; una vez más me reúno con los santos en Misuri, y oigo los horribles gritos de los del populacho cuando capturan a José y a Hyrum21. Veo a los heridos y los moribundos; me expulsan de Misuri, pero en Quincy, en una conferencia de la Iglesia, encuentro con gozo a José y Hyrum, y a los apóstoles que allí son llamados a trabajar en Europa22.

Recuerdo al Profeta y su asombroso poder espiritual, su inteligencia, su amorosa amabilidad y la inmensa bondad de su corazón23. Sus sermones, sus dichos, la organización de nuestra propia Sociedad de Socorro en 184224. Sus revelaciones, persecuciones, el martirio y el pesar de los santos allá. Queda poco en este mundo, aparte de nuestros hogares y nuestras familias, pero el Evangelio llega a serlo todo para mí. Luego llega la quema de nuestros hogares y el éxodo forzoso de Nauvoo en pleno invierno25. Los elementos rugen sobre nosotros y alrededor nuestro, pero somos capaces de resistir, de descansar al final, aun en sombra de muerte, por así decirlo, porque aquí nos separamos de multitud de nuestros seres queridos26. Pero, resurgiendo de nuestra debilidad, en obediencia a los siervos del Altísimo, avanzamos a través de intransitables planicies, vadeando torrentes, escalando cumbres escarpadas y llegando “al valle” para hallar en el desierto consuelo y descanso de la persecución27.

Todos los acontecimientos de aquellos años de probación se unen hoy para revelarme, en el ocaso de mi vida, la grandiosa importancia del Plan de Salvación. Un mensaje consolador del Dador de todo lo bueno parece brindarme la dulce certeza de que nada de lo sufrido, y nada de lo logrado, fue en vano, no importa cuán alto el precio; sí, la sabiduría cauterizó nuestras heridas; el dolor alumbró paciencia; y nuestros santos mártires por ventura llevaron a nuestros mejores defensores a los tribunales de lo alto28.

Y estoy convencida de que fue mejor ser fiel y perseverar hasta el fin, mostrando el mérito de subyugar nuestro ego y sostener el estandarte de la verdad, que detenernos en la apatía y la comodidad, olvidando a Dios y haciendo caso omiso del débil, el cansado y el desamparado.

Es bueno reflexionar en el pasado, pero más allá y por encima de las sombras de la pena y el error, nuestro deber siempre se despliega ante nosotros.

Confortar al que está triste, socorrer al oprimido,
visitar a la viuda y al huérfano29.

Ir de casa en casa buscando al pobre, al abatido, ministrar al enfermo, preparar los cuerpos de los difuntos, recoger y distribuir —como ustedes han hecho, mis hermanas, durante tantos años— presentes y donaciones para dar alivio.

No obstante tenemos una misión más importante: enseñar a las madres a criar a sus hijos en sencillez y en verdad y virtud, para que abunden entre nosotros círculos de familias felices30.

Y todavía tenemos una misión mayor. No desmayamos en nuestro empeño por enseñar a los demás pero manifestamos una enorme carencia de religión verdadera cuando seguimos sin enmendar nuestras propias faltas. ¿Cuándo aprenderemos que la viga está en nuestro propio ojo y que la paja solamente turba la visión de nuestro prójimo?31.

Somos llamados mediante la voz suave y apacible, un susurro que proviene de nuestro Padre, a labrar nuestra propia salvación32.

En pocas palabras, los elementos constructivos del Plan de Salvación son estos: Como el hombre es, Dios una vez fue; como Dios es, el hombre puede llegar a ser33; la gloria de Dios es la inteligencia34. Nada puede ser completamente aniquilado, ni ningún acto perdido35. Es imposible salvarse en la ignorancia36. El Espíritu de Dios, que es el Espíritu Santo y el Consolador, nos rodea e impregna el universo, y es el medio a través del cual podemos recibir la inspiración de Dios hacia la inteligencia, y por medio del cual es nuestro derecho recibir consuelo; y finalmente que la fe, la esperanza y la caridad son necesarias para la gracia divina, ¡pero la mayor de ellas es la caridad!37.

Por tanto es sencillamente necesario que, mientras vivan, tanto las mujeres como los hombres no cesen de estudiar con diligencia para adquirir el conocimiento de lo que es de mayor valor. Para mí, la mejor manera de conseguirlo es desechar la maldición del tedio al aprender a realizar nuestro trabajo tan bien que disfrutemos hacerlo, y tendremos motivo para regocijarnos por los logros de nuestras manos.

Aprendamos de las obras de Dios al estudiar la naturaleza, descubrir sus flores, sus modalidades, sus leyes. Estudiemos para mejorar nuestros pensamientos, acercándonos a nuestro Padre Celestial, orando para recibir la inspiración del Espíritu Santo.

Mejoremos nuestro vocabulario en el hogar y con nuestros hijos, para que nuestras palabras no sean ociosas, quejumbrosas ni vanas, sino que, dado que nada se pierde, sean alegres, llenas de esperanza, inteligentes, y reflejen un espíritu de caridad.

Abramos los libros de la vida y la salvación, y estudiemos también a los grandes escritores, poetas y pintores, para que nuestra mente pueda vestirse de inteligencia y nuestro corazón abunde en sensibilidad.

Y ahora deseo hacer una reflexión para la labor del año que tenemos por delante. Puede que nuestras múltiples tareas nos impidan visitar a alguna hermana mayor o desvalida para animarla, pero podríamos prestarle un libro para que lea cuando desee, y por ventura sirva para fortalecer su determinación, alegrar su vida y edificar su mente. Del mismo modo, después de leer un buen libro, pásenlo a otra hermana diciendo: “Le encomiendo este libro. A mí me ha instruido y puede que le edifique a usted; y cuando lo haya leído, devuélvalo para que yo pueda prestarlo otra vez”.

Otra reflexión: Cuando se sienta fatigada, después de haber hecho bien su parte, ceda satisfecha el peso a una mujer más fuerte.

Y ahora, mis hermanas, las bendiciones más escogidas de Dios sean sobre ustedes, y la paz sea con ustedes.

Bathsheba W. Smith, “Relief Society Annual Greeting: President Bathsheba W. Smith Addresses Associate Workers in All the World”, Woman’s Exponent, tomo XXXIV, nro. 7, enero de 1906, págs. 41–42. Título proporcionado por los editores.

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La oración

La oración

Ann M. Cannon
Conferencia de junio de la Asociación de Mejoramiento Mutuo
Salón de Asambleas del Barrio Catorce, Salt Lake City, Utah
4 de junio de 1901

El tema de la oración es muy especial para mí. Sé que la oración puede aliviar las cargas más pesadas y dar reposo al cansado15. Nada más puede otorgar un alivio tan perfecto. Aun el derramamiento de una lágrima es una oración. En la vida de todos hay momentos en que necesitamos fortaleza y consuelo adicionales16. No se desalienten al orar una y otra vez por lo mismo17. Dios comprende nuestras necesidades y nos bendecirá a Su propia manera. Para mí, el poder de la oración se asemeja mucho a la electricidad. Tal como el cable es el que conduce la corriente eléctrica, de la misma manera me parece a mí que la oración es el canal a través del cual la inspiración viene al hombre.

Ann M. Cannon, “Prayer”, 4 de junio de 1901, en “General M.I.A. Conference”, Young Woman’s Journal, tomo XII, nro. 8, agosto de 1901, pág. 366.

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Nuestro sexto sentido, o sentido del entendimiento espiritual

Nuestro sexto sentido, o sentido del entendimiento espiritual

Sarah M. Kimball
Consejo Nacional de Mujeres
Auditorio de Música Metzerott, Washington D. C.
21 de febrero de 1895

Sarah M. Kimball. Aproximadamente década de 1890. En su papel como secretaria de la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro, la hermana Kimball coordinó la recolección de registros autobiográficos de hombres y mujeres en 1880. Esta cápsula del tiempo se creó para celebrar el aniversario de la fundación de la Iglesia, y se recuperó en 1930. Los objetos se distribuyeron entre las mujeres vivas más ancianas que descendían de los autores originales. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Ven, Santo Espíritu, celestial paloma;
con tus poderes vivificantes,
de amor sagrado prende una llama
en estos fríos corazones nuestros16.

En ocasiones como esta conviene tener en cuenta aquellos temas que serán de mayor beneficio para el género femenino; y en mi opinión es oportuno hablar aquí de la capacidad mental en que la mujer está preferentemente preparada para sobresalir. La contemplación del sentido del entendimiento espiritual me produce, en primer lugar, un sentimiento de pequeñez e incapacidad, y luego me anima en mi intento de expresar algunos pensamientos sobre este apasionante tema.

Esta facultad, como nuestros sentidos físicos, es algo que se puede cultivar. Sus posibilidades son ilimitadas; es la causa más incomprendida; es lo divino de nuestra naturaleza; abre nuestro entendimiento a cosas que no se ven con los ojos naturales ni se disciernen con la mente terrenal; amplía nuestra percepción. Con los ojos y los sentidos de nuestra naturaleza física nos conectamos con nuestro entorno físico; con los ojos y los sentidos espirituales despiertos y cultivados entramos en comunión con el infinito.

Este sexto sentido conecta la existencia terrenal con la inmortal; testifica con un lenguaje inconfundible de la inmortalidad del alma17. Instruye, exalta y refina a quienes prestan atención a sus susurros y siguen su influencia guiadora. Este sentido conduce a cumbres maravillosas de entendimiento superior; enseña los secretos de la siempre existente vida —nuestra relación con el pasado, el presente y el futuro— y restituye nuestra armonía con la fuente infinita de vida e inteligencia18. Ilumina al alma que lo cultiva, purifica los pensamientos y las acciones, ensancha la esfera de comprensión y exalta las aspiraciones. El ejercerlo continuamente acerca al que lo posee cada vez más al trono del Todopoderoso.

Quienes responden a los susurros de este sentido se acercan con compasión los unos a los otros, tal como se vio ejemplificado en el congreso religioso que se celebró en Chicago en 1893, donde peregrinos religiosos y potenciales reformadores de todas las tierras y todos los credos se reunieron y armonizaron en un vínculo de amor. Esto fue especialmente cierto en la sección femenina de ese memorable congreso19.

La luz de este sentido se ha presagiado en varias épocas de la historia del mundo. En el siglo diecinueve, los brillantes reflectores de la religión, la filosofía y la ciencia se han unido en el estudio de una senda inexplorada hacia un refugio de luz que es inextinguible.

El ejercicio legítimo del poder espiritual que se adquiere por medio del funcionamiento de este sentido pone a la persona en posesión de las llaves del conocimiento, y la viste con una responsabilidad adicional relacionada con el entendimiento y la elevación de la familia humana.

Aquellos que buscan mediante la fe y la sincera oración hallan la luz que conduce a la puerta de oro20. El camino angosto se abre ante los que llaman con la seguridad que proviene del estudio y la fe21, y son recibidos en comunión con el Padre y la Madre Infinitos22, se les permite entrar en las sagradas mansiones, asistir a la escuela de los profetas23 y, paso a paso, llegar a la escuela de los dioses, donde aprenden los procesos mediante los cuales se organizan los mundos al combinar elementos eternos, inteligentes y obedientes; los usos por los que los mundos son creados; el modo en que son gobernados y las leyes de progreso mediante las cuales todos los seres y las cosas animadas son perfeccionadas y glorificadas en sus respectivas esferas24.

Los estudiosos de este sentido llegan a familiarizarse —unos más y otros menos— con la condición de esa porción de la familia humana cuyos diversos estados son a semejanza de las estrellas. Ellos contemplan la inteligencia, la gloria y la paz que son a semejanza de la luna; y progresivamente este sentido instruye, disciplina, ilumina y pone al que lo posee en armonía con el resplandor de la luz celestial y la gloria que son a semejanza del sol25. Todos los que entran en esta gloria superior son herederos con Jesucristo, nuestro hermano mayor en el estado preterrenal, de todo conocimiento, poder, exaltación y gloria que posee el Padre26.

Cuando a través de nuestra naturaleza espiritual estamos en comunión con Dios, nos acercamos cada vez más los unos a los otros, y nuestras palabras y obras se combinarán de manera cada vez más armoniosa hasta que los hijos diligentes de la tierra, reconociendo el parentesco espiritual universal, saluden al apacible amanecer milenario y participen en el triunfante reino de nuestro Dios y Su Cristo.

Se espera mucho de las aventajadas pensadoras y diligentes obreras que componen el Consejo Trienal de la Mujer27. Sus labores de preparación han sido arduas; los susurros de este sentido han desarmado la oposición y les han traído una gran medida de victoria. El poder de muchas oraciones ondea sobre ustedes en forma de inspiración; y, en respuesta, la más sublime expresión de su sabiduría combinada debe irradiar e inspirar a las almas receptivas de todo el mundo, despertando esperanzas más elevadas y actividades más firmes en la causa de una civilización más refinada, y a un entendimiento más perfecto de la ciencia divina, tal como nos revela nuestro sexto sentido, o sentido del entendimiento espiritual.

Para concluir, la autora, en amorosa solidaridad, pide que esa luz espiritual aumentada ilumine la senda de las diversas líneas del buen trabajo representado en el Consejo Trienal.

Sarah M. Kimball, “Our Sixth Sense, or the Sense of Spiritual Understanding”, febrero de 1895, documento mecanografiado, Biblioteca de Historia de la Iglesia; véase también Sarah M. Kimball, “Our Sixth Sense, or the Sense of Spiritual Understanding: Read at the Triennial Council of Women in Washington, February 21, 1895”, Woman’s Exponent, tomo XIII, nro. 18, 15 de abril de 1895, pág. 251.

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La escuela de la experiencia

La escuela de la experiencia

Mattie Horne Tingey
Congreso Mundial de Mujeres en Órganos Representativos
Instituto de Arte de Chicago, Chicago, Illinois
19 de mayo de 1893

Mujer, madre; madre, esposa…
Las palabras más hermosas que el hombre jamás haya conocido17.

La escuela de la vida, de la que todos nosotros somos pupilos, es una institución grande y gloriosa. De concepción divina, es perfecta en organización; generalizada y de largo alcance en su funcionamiento; e incomprensible en sus resultados. Se remonta a la existencia preterrenal del hombre, y se prolonga hasta las vastas eternidades por venir18.

Cuando nos dedicamos al estudio de la naturaleza y nos familiarizamos un poco con sus bellezas, su armonía, su grandeza y perfección, nuestra mente se expande y no podemos sino pensar en el Creador, el Organizador, el Poder que controla tanta vida e inteligencia; y casi sin darnos cuenta nos invade un sentimiento de reverencia por ese Poder invisible, por esa inmensa Inteligencia, y surgen naturalmente en nuestra mente las preguntas: ¿Por medio de qué poder llegaron a existir todas estas cosas?19. ¿Quién planeó y quién controla un sistema tan perfecto, y cuál es el objeto de su creación? Este espíritu de indagación en cuanto al porqué de nuestra existencia terrenal es el principio de la teología; porque la religión pura y sin mancha es la verdadera ciencia de la vida20. Desde la perspectiva del llamado pueblo mormón, esta tierra es solamente un departamento de un grandioso sistema de educación que ha sido concebido por nuestro Padre Celestial para el refinamiento y el progreso de Sus hijos. Las sagradas Escrituras —la Santa Biblia— enseñan que todas las cosas fueron creadas primero espiritual y luego temporalmente, y el hombre no es una excepción a la regla21. El departamento primario, o primer grado, en esta escuela de la vida fue el mundo de los espíritus, donde los hijos y las hijas de Dios pasaron por una probación espiritual que les permitió adquirir la inteligencia y la experiencia necesarias a fin de prepararlos para un futuro estado de existencia; en otras palabras, para permitirles entrar en el departamento preparatorio de la escuela de la experiencia22. Su posición o estado en esta segunda probación, o probación terrenal, es conforme a su diligencia y fidelidad en el primer departamento. No tengo tiempo para entrar en detalles sobre esta organización; baste decir que, en la sabiduría de Dios, el hombre ha sido puesto a cargo de este departamento, pero a la mujer se le ha dado el poder y el honor de abrir la puerta que todos deben cruzar antes de poder acceder a esa etapa de acción superior y avanzar en la tarea de progresión que fue diseñada y delineada por nuestros Padres Celestiales23. Y digo padres porque, si bien oímos hablar mucho de nuestro Padre Celestial y muy poco —o nada— de nuestra Madre Celestial, tanto la razón como la revelación nos enseñan que madre hay también allá24. Esta es la maternidad pura y verdadera: proporcionar cuerpos físicos a los espíritus celestiales, para que lo temporal y lo espiritual se unan y avancen en la obra de perfeccionamiento.

Y quisiera preguntar a esta inteligente audiencia: ¿Es acaso desdeñable esta labor? ¿Hay una obra mayor o más noble, o una que sea más importante y beneficiosa para la familia humana que la maternidad? Es igual de importante para el noble y el plebeyo, para el rico y el pobre. El hombre nunca podrá alcanzar una altura de perfección tal, una cumbre de grandeza tal, que pueda negar que le debe la posibilidad de su éxito a una mujer: su madre. Es por esta razón que inculcamos a nuestras niñas la necesidad de prepararse a fin de llegar a ser esposas y madres puras, fuertes e inteligentes, para que sus hijos puedan comenzar su vida en esta tierra con expectativas justas: cuerpos fuertes y sanos; mentes brillantes y activas; libres de enfermedades o vicios heredados. Y a fin de que esto pueda cumplirse de manera perfecta, es un derecho de la mujer —más aún, es su deber— demandar del esposo y padre la misma pureza de vida y de carácter que ella misma mantiene y que él demanda de ella. Porque, a los ojos de Dios, el hombre se halla bajo tan grande condenación como la mujer por la falta de castidad y la vida pecaminosa. Si no, la mujer debe ser el poder superior, la inteligencia mayor, si se espera y se requiere de ella más que de su hermano varón25.

Tampoco es esta una obra solo para la mujer. Por razones que nuestro Padre Celestial conoce mejor, la inteligencia que adquirimos en nuestra existencia previa se nos retira por el momento, y venimos a la tierra en la forma de bebés puros, inocentes e indefensos. Sobre las madres se ha puesto la responsabilidad de nutrir y enseñar a esas tiernas plantas. Durante la infancia es cuando se graban en la mente las impresiones más perdurables. Tengamos madres educadas, refinadas y juiciosas, y el hogar, la sociedad, el país y el mundo cosecharán los frutos. Una vez escuché a un prominente hombre de Utah señalar que, si solo pudiera educar a una parte de su familia, educaría sin duda a sus hijas antes que a sus hijos. Él comprendía el poder y la influencia que tiene la mujer, especialmente cuando se convierte en madre, sobre las generaciones presentes y futuras26.

¡Oh!, si las madres entendieran a fondo, apreciaran plenamente y utilizaran con sabiduría el poder que Dios les ha otorgado, no habría mayor axioma que el viejo dicho: “La mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo”27.

Cuando las mujeres albergan la idea de la esposa y madre que se me enseñó a mí, que al casarse renuncia a su propia individualidad y siente que no tiene opinión ni voluntad independientes de las de su marido, ¿podrá sorprendernos que sus hijos crezcan con la idea de que padre y madre son uno, y que ese uno es el padre? Siempre me ha causado un sentimiento de indignación oír a una mujer decir en respuesta a la pregunta de su hijo: “Oh, yo no sé nada de esas cosas; pregúntale a tu padre”. Cada vez que hace un comentario de ese tipo, la madre pierde influencia y el padre la adquiere.

Dejen que la mujer se prepare para estar lado a lado, hombro a hombro con su esposo en todos los asuntos de la vida, para ser una sabia consejera y una ayuda idónea para él, conforme a los designios de su Creador28; dejen que las madres inculquen en sus hijos los principios de justicia e igualdad de derechos, y las mujeres de la próxima generación no tendrán que mendigar y suplicar lo que en justicia les pertenece.

¿Por qué será que hoy en día hay una visión mucho más amplia que antes de la posición que ocupa la mujer? Porque la propia mujer está comenzando a sentir que es un ser inteligente y responsable, con una mente capaz de la inteligencia más elevada, con talentos que es su deber desarrollar y utilizar para el progreso y la sublimación de la familia humana. Este sentimiento aumenta de manera gradual pero incesante; se siente por todo el mundo, y continuará creciendo hasta que llegue a ser un poder sobre la tierra.

Rindo honor a las nobles mujeres de este congreso, que se han mantenido firmes muchas veces frente a oposición extrema y amargo desprecio, y han osado mantener sus convicciones de la verdad y la rectitud. Que su número aumente y su influencia se sienta hasta que llegue a cada rincón y a cada extremo del mundo habitado29.

Mattie Horne Tingey, “Address of Mrs. Mattie Horne Tingey: Delivered in the Woman’s Congress at Chicago, during the Services of the Y.L.M.I.A.”, Young Woman’s Journal, tomo IV, nro. 12, septiembre de 1893, págs. 547–549. Título proporcionado por los editores.

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Oración

Oración

Elvira S. Barney
Asociación de Sufragio de la Mujer en Utah
Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Territorio de Utah
7 de octubre de 1889

Elvira S. Barney. Aproximadamente década de 1880. La hermana Barney ejerció la obstetricia y la medicina en Utah. Ella estaba profundamente comprometida con la causa de los derechos de la mujer y de la libertad religiosa. En una reunión multitudinaria que tuvo lugar en Salt Lake City el 6 de marzo de 1886, dijo: “Oh, si mi voz pudiera llegar a los oídos de aquellos que, en los Estados Unidos, están desinformados o mal informados. Les pediría que escuchasen el testimonio de las diez mil esposas y madres de Utah que tienen familias grandes, inteligentes y amorosas de hijos bellos y puros”. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

Oh, Dios, el Eterno, el Padre de los cielos y la tierra, en el nombre de Tu Hijo, Jesucristo, nosotros, una pequeña porción de la familia humana, nos congregamos bajo este techo con un propósito particular, y te rogamos que inspires tanto a los oradores como a la audiencia con una porción de Tu celestial influencia divina para que el resultado de nuestra asamblea sea el bien, y podamos aprender y prepararnos para la tempestad o la calma, para la guerra o la paz, para la prosperidad o la adversidad. Nos has bendecido en nuestra juventud, hasta ahora has estado con nosotros en todo el camino de la vida, y te rogamos que no nos olvides en los años de nuestro ocaso.

Hiciste que la tierra fuera creada, y del caos la formaste. Hiciste que la tierra produjera vegetación, y que los animales y el ser humano que creaste pudieran subsistir en ella y morar sobre su faz; y ahora te imploramos que bendigas la tierra para que siga produciendo vegetación, y hagas que el rocío de los cielos descienda, y las lluvias en su estación16. Te pedimos que temples el clima en bien de la humanidad y de toda creación animal, a fin de que sintamos deseos de alabar Tu santo nombre porque vive el hombre. Te pedimos a Ti, el Gran Eterno, que ordenes a los relámpagos, los terremotos y los elementos que se manifiesten para el bien de toda creación vegetal y animal17.

Oramos por los débiles, oramos por los afligidos, y oramos por los fuertes, para que estén dispuestos a ayudar a llevar las cargas de los débiles18. Oramos para que, en Tu propio tiempo y a Tu propia manera, ablandes el corazón de los inicuos y los inmorales, para que Tu gracia se extienda y cubra toda la tierra como con dosel, a fin de que no haya pecado ni iniquidad, y triunfe la rectitud. Te pedimos que estés con los gobernantes del país para que Tu voz llegue a sus oídos en las cámaras de consejo, de modo que teman dictar leyes injustas19 y contemplen la posibilidad de mejorar y regenerar aquellas que ya existen, para que las quejas de este pueblo no asciendan a Ti por causa de la opresión20. Rogamos que ablandes el corazón de los inflexibles, a fin de que los medios de los que dispone el hombre puedan utilizarse para toda la humanidad; que no se olviden de su benefactor, sino que siempre doblen la rodilla en humilde reverencia ante Ti21.

Suplicamos que estés con la mujer, como has estado con el hombre, para fortalecerla donde ella es débil y así pueda ayudar en la defensa de la verdad y la rectitud; y que donde se escuche su voz por toda la vasta superficie de la tierra, esta llegue al corazón de los que son honestos, y pueda ella servir para alisar las arrugas de leyes injustas tal como hace y ha hecho con las almohadas bajo las doloridas cabezas de Tus soldados y siervos22. Te rogamos que bendigas a Tus siervas aquí, en este pequeño rincón en los valles de las montañas, para que podamos realizar actos nobles y grandes que se comparen con la grandeza de las montañas que nos rodean.

Escúchanos, oh, Padre, en esta ocasión, y acepta nuestra humilde ofrenda, porque nos dedicamos nosotros mismos, nuestra reunión y nuestra causa a Ti, pidiendo perdón por nuestros pecados, en el nombre de Jesús. Amén.

Elvira S. Barney, “Prayer: By Dr. Elvira S. Barney, at the U.W.S.A. Convention Held in the S.L. Assembly Hall”, Woman’s Exponent, tomo XVIII, nro. 12, 15 de noviembre de 1889, pág. 94.

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El poder de la oración

El poder de la oración

Ellenor G. Jones
Asociación de Mejoramiento Mutuo de las Mujeres Jóvenes del Barrio Once de Salt Lake City
Salt Lake City, Territorio de Utah
1 de febrero de 1882

La oración es la llave que abrirá las compuertas del conocimiento16.

Es la roca fundamental de la vida de todo cristiano, y podemos decir sin temor a equivocarnos que, sin conocimiento, nadie puede alcanzar una posición de utilidad en el Reino de Dios.

Sabemos que nuestro Salvador, a quien todos deberíamos elegir como nuestro modelo a seguir, oraba con frecuencia; y en el Evangelio según San Lucas, capítulo 22, versículos 39 y 40, después de haber administrado la última cena a Sus apóstoles, leemos: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Y cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad para que no entréis en tentación”17.

De estas pocas palabras de nuestro Salvador aprendemos que la oración también es una salvaguardia que nos refrenará de hacer lo malo en la hora de tentación.

Por medio de la oración, nuestra fe se fortalece, nuestra capacidad de comprensión aumenta y recibimos poder para discernir el bien del mal.

Por medio de la oración somos guiados a buscar la verdad y aprendemos a amar y a guardar las leyes de rectitud que se establecen en Su Iglesia y reino, y mediante las cuales podemos ser llevados de regreso a la santa y divina presencia de nuestro Dios.

Por medio de la oración, las ventanas de los cielos se abren, y se derraman bendiciones sobre nuestra cabeza y sobre aquellos a los que amamos y por quienes oramos18.

Por medio de la oración, las tinieblas que durante siglos se habían cernido sobre la tierra se disiparon, y la luz de la verdad sempiterna resplandeció; porque fue mientras José Smith —por entonces apenas un muchacho— estaba orando a Dios para saber cuál de todas las doctrinas que había oído predicar era verdadera que la verdad fue revelada, para que quienes vivían en los días de José el Profeta conocieran la verdad, así como las generaciones por venir.

Si leen la Biblia, el Libro de Mormón y otros buenos libros, aprenderán que todas las personas buenas y grandes fueron aquellas que oraban a Dios, porque esa es la única manera de llegar a ser bueno y grande. Mis jóvenes amigas, es bueno que, mientras recorren esta travesía de la vida, recuerden que no hay prisión tan oscura, ni hoyo tan profundo, ni extensión de envergadura tal, que el Espíritu de Dios no pueda penetrar; y cuando todos los demás privilegios nos son negados, podemos orar y Dios nos escuchará19. Esto nadie nos lo puede quitar. Pero recuerden que es un don sumamente valioso, es algo que se debe cultivar; y cuando la voz suave y apacible susurre: “vayan y oren”, ustedes deben obedecer, porque no hacerlo contrista al Espíritu, y con el tiempo la voz se apaga.

Si en algún momento sienten el peso abrumador de la decepción o la pena, recuerden que aunque sus oraciones apenas sean como los gemidos del más frágil de los bebés, Dios, que es más amoroso que la más tierna de las madres, les oirá y responderá20. Pero no podemos decir que responderá siempre según los deseos de su mente; sin embargo, en Su gran sabiduría, Él ve y sabe lo que es mejor para ustedes, y responderá conforme a Su sabiduría.

A los jóvenes diremos: Sean dedicados a la oración; pidan a Dios que inspire su corazón con aspiraciones nobles y les ayude a llegar a ser buenos y grandes en Su Iglesia y reino. Y que cuando lleguen al final de su vida puedan hallar ese espíritu de paz que había en nuestro Señor cuando se apareció a Sus discípulos después de Su resurrección, y pronunció esas dulces palabras: “Paz a vosotros”21.

Que Dios les dé Su Espíritu para que puedan buscarlo a Él, es mi ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.

E. G. Jones, “The Power of Prayer”, en Improvement Star, tomo I, nro. 4, periódico manuscrito, Barrio Once, YLMIA; reimpreso en Woman’s Exponent, tomo X, nro. 17, 1 de febrero de 1882, págs. 134–135.

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