Esas preciosas manos
Presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Marzo 1991
Cuando Jesús de Nazareth impartió sus enseñanzas entre los hombres y ministró entre ellos, no les habló como lo hacían los escribas ni los letrados de aquel tiempo, sino que utilizó un lenguaje comprensible para todos. Jesús les enseñó por medio de parábolas, y sus mensajes conmovieron a quienes los escucharon y los motivaron a llevar una vida nueva. El pastor de la montaña, el sembrador del campo, el pescador con su red—todos se convertían al entender las verdades eternas que enseñaba el Maestro.
El cuerpo humano divinamente creado, con sus verdaderamente admirables poderes y complejos elementos, cobró un nuevo significado cuando el Señor habló de los ojos de los ciegos y de los oídos de los sordos que se abrieron para ver y oír realmente, y de los corazones que se ablandaron y sintieron al recibir el nuevo conocimiento. Al impartir sus enseñanzas, el Salvador hizo mención de los pies, la nariz, el rostro, el costado, la espalda, y fueron notables las ocasiones en las que se refirió a otros miembros realmente peculiares del cuerpo: las manos.
Consideradas por los artistas y escultores como los miembros del cuerpo humano más difíciles de plasmar en un lienzo, o de moldear con arcilla, las manos son una maravilla dignas de contemplar. No hay edad, color, tamaño, ni forma que distorsione ese milagro de la creación.

Hablemos primero de las manos de un niño. ¿Quién de nosotros no ha alabado a Dios o no se ha maravillado de sus poderes al sostener a una criatura entre sus brazos? Esas manitas, tan pequeñas pero tan perfectas a la vez, provocan siempre un tema de conversación. ¿Puede alguien resistir el tierno apretón de las diminutas manos de un bebé? En el acto aflora una sonrisa en nuestros labios y un brillo especial ilumina nuestros ojos. Al reflexionar sobre todo esto, podemos comprender sin lugar a dudas el tipo de sentimientos que inspiraron al poeta a escribir:
Cual dulce retoño humano, que del seno de Dios ha brotado ha venido… el bebé a la tierra a florecer.
A medida que un niño crece, se abre su puño cerrado en una expresión de perfecta confianza, que sugiere: “Tómame de la mano, mamá, para que ya no tenga miedo”. Hay un bello canto que los niños entonan al unísono, y en el cual se refleja una súplica de paciencia, una invitación a la enseñanza y una oportunidad para servir, y que dice:
Mis manitas cruzadas y quietas están
Y aunque son muy pequeñas lo bueno harán durante las horas del día he de ver cuántas cosas podrán mis manitas hacer.
Por mis manos buen Padre doy gracias a ti
Y enséñanos siempre a ellas y a mí que sólo contento y feliz es aquel
que es siempre obediente, cumplido y fiel.
(Canta Conmigo, No. B-74-) Seguir leyendo →