Revelación

Revelación

por el élder Harold B. Lee

Discurso dado por el élder Harold B. Lee ante una asamblea de alumnos de la Universidad de Brigham Young, el día 15 de octubre de 1952.


Como el Presidente Wilkinson ha anunciado, se me ha pedido hablarles un rato esta mañana sobre el tema “el principio de la revelación”. Me siento muy humilde y tengo necesidad de la dirección divina mientras les dirijo la palabra. Estoy abrumado al contemplar la multitud de caras por todos lados. Quisiera relatar tres historias para poder iluminar sus mentes tocante a este sujeto de la revelación.

Hace varios años recibimos la visita de un prominente ingeniero civil del este, el cual fué hospedado por un hombre de alta posición en la Iglesia. Cuando aquél había regresado a su casa, nuestro hermano de la Iglesia dijo: —¿Saben ustedes qué me dijo el ingeniero civil? Dijo, —Sabe que podría aceptar esta Iglesia. Me maravillo de las cosas que están haciendo, su magnífico sistema educacional, el plan de bienestar, la vida tan fina de las comunidades mor-monas, la limpieza de su vida social y las demás de sus virtudes. Y si no fuera por una de sus reclamaciones podría entregarme completamente a la vida de ustedes—. Nuestro hermano le preguntó, —¿Y cuál es la cosa que no puede aceptar?— Respondió el ingeniero, —Si quitaran de la Iglesia el principio de la revelación, podría ser yo miembro de ella—. Y luego nuestro hermano hizo una observación sorprendente. —¿Qué no debemos tomar en cuenta el parecer del ingeniero?

La segunda historia es una repetida muy a menudo por el hermano Widstoe, el cual, volviendo a casa después de haber oficiado en una conferencia de estaca, contaba una discusión que había tenido con unos de los oficiales de estaca. Uno del grupo le había preguntado, —Hermano Widstoe, ¿cuánto hace desde que la Iglesia recibió una revelación?— Estregando la barba pensativamente, el hermano Widstoe dijo, —A ver. El jueves pasado recibió una—. Los que le preguntaron se quedaron muy sorprendidos.

La tercera historia resulta de una discusión que tuve con un ilustre joven educador quien se perturbaba por causa de las palabras de los que dicen que las autoridades generales hablan la voluntad del Señor. Y para dar énfasis a lo que dijo, me platicó de una conversación que había tenido con un profesor de la universidad de Brigham Young. Discutían un discurso que fué dado por el presidente Clark, cuyo discurso se trató de las relaciones internacionales y tuvo por su título “Nuestra menguada soberanía”. Según el joven educador este profesor opinaba del discurso de la siguiente manera: —Por salir de los labios de uno de la primera presidencia, el discurso del presidente Clark es la voluntad del Señor, y si no lo acepta uno, no anda en armonía con él en este particular.

Pues, esto le había desagradado al educador, y él resistía la opinión del profesor. Me dijo, —¿Qué piensa de eso?— Yo contesté, —pues, recuerdo que el presidente Clark dijo por vía de introducción en sus observaciones esa noche, —Ahora, yo tengo toda la responsabilidad por lo que voy a decirles a ustedes esta noche. No estoy hablando por parte de nadie—. Y luego le dije que yo había tenido una entrevista con uno que estaba listo para ejercer su carrera de maestro de la Iglesia antes de que se fuera a uno de nuestros seminarios para enseñar, y que cuando le hablaba de su fe y su lealtad, él había dicho, —No concuerdo con todo lo que las autoridades generales dicen. Por ejemplo, no estoy de acuerdo con lo que dijo el presidente Clark en la universidad esa noche—. Me habría gustado decir a ese joven, —Pues, supongo que sería difícil que un pigmeo obtuviera el punto de vista de un gigante—. Pero no dije eso porque habría sido un poco áspero. En cambio, le dije, —Sabe usted que cuando he tenido la oportunidad de sentarme a los pies de un gran abogado internacional, un perito en su trabajo, gasto todos mis esfuerzos en escuchar en vez de hablar. Por mi parte, yo le prestaba toda mi atención al hermano Clark. No me encontraba en una posición para criticar. Seguir leyendo

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El pecado de la ingratitud

El pecado de la ingratitud

Por Joseph Fielding Smith
del concilio de los doce.
Liahona Junio 1953


He sido edificado por las palabras de mis hermanos durante las varias sesiones de esta conferencia. Hemos recibido instrucción, admonición, amonestación; nuestra atención ha sido llamada a nuestras faltas, y espero que todo sea recordado.

Es mi deseo, en los pocos minutos que tengo, añadir mi pequeña parte por testimonio, instrucción y consejo como el Señor me inspire a hablar. He tenido varios temas desde el principio de esta conferencia, pero siempre alguien se ha levantado y presentado esos temas. Por lo tanto, pensaba que quizá podría pensar de algo que ninguna otra persona pensaría, y quiero hablar esta tarde unos momentos sobre el pecado de la ingratitud, que yo considero ser el más prevaleciente de todos los pecados, porque todos somos culpables de ella; yo lo soy, ustedes lo son, la gente en todas partes sobre la faz de este mundo es culpable de este pecado en algún grado.

En una ocasión, leemos en las escrituras, un abogado joven vino al Salvador con una pregunta, tentándole y diciendo:

Maestro, ¿cuál es el mandamiento grande en la ley?
Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente.
Este es el primero y el grande mandamiento.
Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mateo 22:36-40).

Si observamos la primera ley, seguirá naturalmente la segunda, y de hecho, como el Salvador lo señaló, no seremos culpables de no observar la ley y los profetas en otra cosa alguna.

Jesucristo vino a este mundo con una misión definida como el Salvador del hombre y el Redentor del mundo. Cuando Nicodemo vino al Salvador, preguntando, vino en la noche porque tenía miedo a los judíos, pero creyendo en Jesucristo, le hizo unas preguntas y el Salvador le dió unas instrucciones definidas acerca del bautismo por agua y el espíritu, y en el curso de la conversación que siguió, el Salvador dijo esto: Seguir leyendo

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La Influencia de una Madre

La Influencia de una Madre

por Joseph L. Wirthlin
del Obispado General
Liahona Mayo 1951

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?
por qué su valor sobrepasa grandemente al de las piedras preciosas.
El corazón de su marido está en ella confiado. . .
Se levantan sus hijos y  la llaman bienaventurada;
y su marido también la alaba. —Proverbios 31:10-11, 28.

Cada hombre que ha hecho un logro meritorio en la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo o en cualquier otra cosa, ha sido incitado a hacer lo bueno, a ser enérgico, y lograr su ambición por su madre o esposa.

Presidenta Spafford y hermanas, estimo ser un gran honor participar con ustedes en esta sesión de su gran conferencia.

Veo sus caras y ¿qué es lo que veo? Veo lo mejor de la maternidad. Ustedes representan lo mejor en la vida, porque viven el evangelio del Señor Jesucristo, y en esta gran Sociedad de Socorro de la cual son miembros, dan servicio semejante al de Cristo, cuidando a los que están en dolor o angustia. También son responsables por el desarrollo cultural y espiritual de las madres de Israel, y no sé de ninguna otra obra que es más importante.

Al pensar de ustedes esta mañana, las palabras del antiguo autor de los Proverbios vinieron a mi mente. El escribió:

Mujer fuerte, ¿Quién la hallará?
Porque su estima sobrepuja largamente a la de piedras preciosas.
El corazón de su marido está en ella confiado, y no tendrá necesidad de despojo. Le da ella bien y no mal todos los días de su vida.
Busca lana y lino, y con voluntad trabaja con sus manos.
Es como nave de mercader trae su pan de lejos.
Se levanta siendo aun de noche y da comida a su familia, y tarea a sus criadas.
Considera un campo y lo compra;  y planta viña del fruto de sus manos. . .
Abrió su boca con sabiduría: y la ley de clemencia está en su lengua.
Considera la marcha de su casa, y no come el pan de balde.
Se levantan sus hijos y llama bienaventurada; y su marido también la alaba. (Proverbios 31:10-16, 26-28).

Estoy seguro que estas palabras son muy aplicables a todas ustedes. La unidad de más importancia en la Iglesia y en la nación es el hogar, y ustedes son las que velan sobre el hogar. Seguir leyendo

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Eternidad de los lazos familiares

Eternidad de los lazos familiares

por Joseph Fielding Smith

(Discurso pronunciado por radio el do­mingo 3 de diciembre de 1944 por la es­tación KSL de Salt Lake City).

El matrimonio fue instituido por el Señor para que se prolongase eter­namente. De la misma manera, como es natural, esto es respecto a la fami­lia. El plan dado en el Evangelio para el gobierno del hombre en la tierra es típico de la ley celestial. Me parece imposible imaginarme un estado de tristeza mayor que el de ser dejado en el mundo eterno sin poder recla­mar al padre y a la madre, esposa e hijos. Debe ser horrible ver a aque­llos que viven en unidad de familia donde prevalece el gozo, la paz y la unidad, y pensar que en la vida eter­na, esa sociedad será quebrantada y disuelta y los miembros forzados a vivir su eternidad fuera de ese círcu­lo familiar como extraños unos con otros; cuando menos con todos los sentimientos más finos que estimu­lan y unen a los miembros de la fami­lia, totalmente destruidos y los miem­bros estando en el mismo nivel como ahora consideran a sus amigos y des­conocidos. ¿Podría llamárseles “cielos” a tal condición? ¿Es razonable el creer que cuando el padre y la ma­dre al encontrarse, si son dignos de la salvación, deben encontrarse el uno al otro con el mismo sentimien­to con el cual se encuentran con aque­llos que les son desconocidos en la tierra? ¿Es razonable creer que no continuará en los corazones y senti­mientos de los padres y las madres, el mismo afecto y amor mutuo que cultivaron aquí, y que no continuará el mismo estado entre ellos y sus hi­jos? Para los Santos de los Últimos Días, tales pensamientos son contra­rios, fuera de pensarse, sin ningún semblante de misericordia, amor o justicia. Para ellos, un lugar tal co­mo este no puede ser “los cielos”.

El reino de Dios un gobierno

El reino de Dios es un gobierno. Es gobernado por oficiales debida­mente nombrados. Tiene un Rey que guarda el mando supremo; que go­bierna en misericordia y justicia. Es­tá escrito acerca de Él, “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fide­lidad ceñidor de sus riñones.” “Él es el Señor Omnipotente”; “El Dios de las Huestes”, cuyo centro es la recti­tud y la verdad y cuyo dominio es eterno. Pero no gobierna solo. Él ha nombrado oficiales a los cuales ha dado autoridad para gobernar y rei­nar. De estos oficiales que han sido nombrados para tomar posiciones im­portantes, el Rey ha dicho que ellos se sentarán en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Habrá en este reino, Sacerdotes y reyes “hacia Dios y su Padre”, y así está escrito, y “ellos reinarán para siempre”.

En este mundo la familia es la uni­dad que forma el gobierno. Destrúyase a la familia y perecerá el go­bierno. Debe ser que en el gobierno de los cielos, siendo manejado por oficiales comisionados y sujetos a le­yes eternas, también debe existir la familia en unidad para que forme ese gobierno, igualmente deben ha­ber comunidades, ciudades y estados, porque la tierra es típica de los cie­los donde todas las cosas están orde­nadas. ¿Cómo podría haber una ley y orden con la familia destruida? Pensar en tal cosa en este mundo co­mo un gobierno progresivo, sin fa­milia, está más allá del dominio de la razón. Las leyes que gobiernan en el reino de Dios son leyes naturales, pues todas las leyes de la naturaleza son leyes de Dios. Un gobierno compuesto de individuos, sin obligacio­nes familiares no es ni será el plan del Señor. Los individuos, a la vista del Señor no son controlados por el estado. Seguir leyendo

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La Maternidad

La Maternidad

Por el presidente David O. McKay

 (El siguiente discurso fué pronuncia­do el Día de las Madres, en tributo a la maternidad, el 14 de mayo de 1944 por el presidente David O. McKay en la Escuela Dominical del Barrio Vein­tiséis (Pioneer Stake).


“Dice a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí tu madre”. (Juan 19:26-27).

Mis hermanos y hermanas:

Este es un servicio muy impresio­nante, y particularmente se debe a la presencia de tantas madres, a su contribución personal en el progra­ma. Ustedes estarán de acuerdo con­migo que cada número ha sido no so­lamente apropiado sino eficiente — los discursos, los cantos, la música sacramental, y la Santa Cena misma, administrada tan idealmente por los presbíteros y diáconos.

La hora sacramental es un lapso de contemplación, en el que hacemos convenios. Debemos llevar en men­te el sacrificio que ofreció el Salva­dor, y lo sucedido en Getsemaní cuando introdujo el sacramento en La Ultima Cena. La Santa Cena no es la Cena del Señor. Los apóstoles habían participado de las pascuas antes que el Señor hubiera instituido la Santa Cena. Nosotros tenemos el privilegio de participar ahora en la misma forma que lo hicieron los On­ce cuando Cristo lo instituyó una no­che antes de ir a Getsemaní.

Deseo llamarles la atención esta mañana a los principios de un hogar ideal como fue proyectado durante la vida de Cristo. Sabemos poco acer­ca de la vida hogareña de Jesús, y nunca la he asociado con el Día de las Madres; pero creo que el Salva­dor nos da un mensaje con respeto al Día de las Madres como lo hace en cada otra fase de nuestra vida.

Un artista conocido, una vez gravó un impresionante cuadro de María, que la presentaba hincada al lado de una cuna acariciando amorosamente en sus manos la mano suave de su niño dormido.

Las lágrimas se asoman a sus ojos y ruedan por sus mejillas mientras ella, adivinando el futuro, ve la gran responsabilidad que su querido ha de asumir y el enorme sacrificio que ha de hacer cuando haya llegado a ser hombre. En la parte inferior del cuadro existe la siguiente referencia: Seguir leyendo

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Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor

Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor

Élder Patrick Kearon
De la Presidencia de los Setenta
Una velada con el élder Patrick Kearon
Devocional mundial para jóvenes adultos • 6 de mayo de 2018 • Universidad Brigham Young–Centro Idaho

Con la participación del Élder Patrick Kearon de la Presidencia de los Setenta y la hna. Kearon

Tu valor infinito y el amor infinito de Dios

Hermana Jennifer Kearon

Gracias al coro por ese bello himno en alabanza a nuestro Creador.

Es una delicia y privilegio absolutos estar con ustedes en este devocional. Disfrutamos de cada oportunidad de estar con los jóvenes adultos de la Iglesia. Los amamos. Qué emoción ser participantes activos con ustedes en un período tan vibrante en la restauración continua del evangelio de Jesucristo.

Jóvenes o mayores, a todos nos gustan los cuentos de hadas, en especial cuando es una historia de amor. Tengo que decir que nuestra historia de amor fue hermosa y un cuento de hadas totalmente inesperado. Crecí en California; mi esposo en Inglaterra y Arabia Saudita. Me crié en la Iglesia desde que nací; mi esposo se convirtió a la Iglesia a mediados de sus veinte. Se nos unió desde dos continentes separados en la gran ciudad de Londres. Él había sido miembro de la Iglesia por dos años y estaba asistiendo al barrio de adultos solteros en Londres, mientras yo llegué para pasar seis meses estudiando historia del arte y literatura inglesa. Nunca tuve la intención, ni esperaba, enamorarme perdidamente mientras estudiaba en el Reino Unido, pero la vida puede tener vueltas impredecibles y magníficas.

Estoy tan agradecida de que el Señor nos guio el uno al otro. Nos casamos en el Templo de Oakland, California, y me mudé directo a Inglaterra donde vivimos por los siguientes 19 años, hasta el momento del llamamiento de mi esposo como Autoridad General en 2010.

Hemos sido bendecimos con cuatro hijos. Perdimos a nuestro hijo mayor, un varón, durante una cirugía de corazón cuando tenía 19 días de nacido. Su defecto en el corazón se descubrió durante mi embarazo y nuestra lucha firme por su corta vida nos enseñó de milagros, de la voluntad de Dios y de la realidad íntima y personal de la expiación y resurrección de Jesucristo.

A nuestro dulce hijo le siguieron nuestras tres preciadas hijas, a quienes adoramos, respetamos y aprendemos de ellas cada día. Son tesoros para nosotros. Con una fe poco común, han estado dispuestas a mudarse —todas ellas adolescentes— de su hogar en Inglaterra a Utah, a Alemania y ahora de vuelta a Utah, mientras su padre ha sido asignado a servir en varias posiciones en la Iglesia.

Tu valor infinito y el amor infinito de Dios

Ahora, ¿hay cosas que realmente no les gustaban de niños que ahora aman de adultos? ¿Qué tal la hora de la siesta? Apuesto a que nunca quisieron tomar siestas cuando eran niños. ¡Yo no quería! ¡Pero ahora la oportunidad de dormir un poco más es un lujo! Me encanta la hora de la siesta. Bien, ¿y respecto al brócoli u otra comida que no les gustaba de niños? Bien, ¿les gusta ahora?

Sin importar cómo se sientan respecto a la siesta o al brócoli, hay cosas que no les gustaba de niños —muchas de ellas— que aún no les gusta de adultos. Nunca nos gustó caernos y lastimarnos las rodillas. Nunca nos gustó intentar entrar en un equipo deportivo y no lograrlo. Nunca nos gustó que se metieran con nosotros, se burlaran, nos dejaran de lado o deliberadamente alguien nos hiriera. Y aún no nos gusta.

Recuerdo en la escuela primaria que me iba muy bien en el salón de clases, pero era bailarina y un fracaso total en el área deportiva. Podía hacer una pirueta, pero no podía pasar —ni tirar, ni lanzar, ni patear, ni atrapar, ni batear. Algunos niños me ponían apodos y se burlaban de mis brazos delgados. Sí, tenía brazos delgados, es verdad, pero ¡todavía duele! Recuerdo con claridad que si elegíamos a nuestros propios equipos para alguna clase de competencia académica, mis compañeros me escogían entre los primeros. Pero si alguna vez elegíamos equipos para una competencia atlética, siempre me escogían de última. ¡Se sentía horrible!

Ahora, ¿por qué comparto esto con ustedes, varias décadas después de los hechos? Porque, como pueden ver, ese tipo de cosas se queda con nosotros. Recordamos cómo se sentía el ser rechazado, no querido o desaprobado por nuestros compañeros y quizás, trágicamente, por nuestros familiares. Y eso no cambia solo porque crecemos y nos hacemos adultos. Quizás ayer mismo se sintieron así. Compañeros, padres, hermanos, cónyuges, maestros, colegas de trabajo, amigos, pueden decir y hacer cosas que nos lastiman profundamente. A menudo, sin intención, pero a veces, puede ser a propósito. Y, de vez en cuando, tomamos represalia.

Aprender a encontrar, sentir y comprender nuestro valor personal sin importar lo que otras personas quizás piensen o digan sobre nosotros es crítico para nuestro bienestar espiritual y emocional de toda la vida. Cuando permitimos que las palabras, acciones u opiniones de los demás dicten cómo nos sentimos, nos convertimos en víctimas frágiles, sin saber cuándo la aprobación de alguien hacia nosotros se tornará en desprecio.

Igualmente, si basamos nuestro valor solo en nuestros logros, desempeño o dones percibidos visualmente, nos predisponemos al fracaso y a la decepción cuando no estamos a la altura o no destacamos.

Saben esto, pero aquellos de ustedes que luchan con eso deben escucharlo a menudo y que se les asegure su infinito valor, que está desconectado de sus logros, pero muy vinculado a su relación con Dios. ¿Qué significa infinito? Ilimitado, inagotable, sin fin. Cada uno de ustedes tiene valor ilimitado, inagotable y sin fin. ¿Para quién? ¿Para la persona que metafóricamente les pone apodos en el parque? No. Son de valor ilimitado, inagotable y sin fin para su Padre Celestial, el Único que los conoce mejor, sin importar lo que alguien más pueda pensar o decir de ustedes. Solo dejen que la belleza y quietud de esa verdad pese sobre su alma por un momento. Ustedes son “ante [Sus] ojos… de gran estima”1.

Cuando alguien los hiere o experimentan un fracaso de algún tipo, vayan a donde nunca son rechazados o ridiculizados. Su Padre Celestial los ama, sea quienes sean, con lo que sea que estén luchando. Son lo suficiente; son lo suficiente. Los ama simplemente de la manera que son, aquí, ahora, con su hermosa complejidad. Pero también los ama lo suficiente como no para dejarlos que sigan de la manera que son aquí y ahora. ¡Él tiene planes mucho más grandes para ustedes! Ustedes son “herederos de Dios, y coherederos con Cristo”2 y entonces deben continuar aprendiendo a guardar los mandamientos, cometer errores, crecer, luchar y cambiar, hasta que lleguen a su potencial divino, refinado y purificado —y algún día eterno perfeccionados— mediante la gracia de Cristo3.

Si trazáramos el diseño de nuestra vida, probablemente planearíamos una vida de felicidad, éxito y relativa facilidad, quizás con nociones de dificultades leves para que podamos superarlas sin mucho esfuerzo. ¿Quién quiere experimentar fracasos, luchas o cualquier tipo de pérdida o sufrimiento? ¿Quién quiere hacer cosas difíciles? Si viviéramos la clase de vida que quisiéramos, siempre nos aceptarían en las mejores universidades o en las de postgrado, tendríamos el trabajo soñado y nos casaríamos con nuestra alma gemela perfecta, con quien nunca tendríamos una discusión. Nunca tendríamos que luchar con un llamamiento de la Iglesia, nuestros seres queridos permanecerían convertidos en cuerpo y alma al evangelio de Jesucristo y con quienes compartiéramos nuestra fe serían bautizados en una semana. Nuestras madres no tendrían cáncer, nuestros padres no nos dejarían y nuestros hermanos no morirían jóvenes en accidentes trágicos. No perderíamos bebés en operaciones de corazón y nunca tendríamos que esperar el tiempo del Señor. Ustedes me entienden. Pero tampoco desarrollaríamos grados significativos de paciencia, compasión, humildad, longanimidad, bondad amorosa, perseverancia, disciplina, generosidad o fe, esperanza y caridad. Volveríamos a nuestro Padre Celestial más o menos en el mismo estado que estuvimos cuando dejamos Su presencia, porque no habríamos experimentado nada que requiriera cambio o nuestro crecimiento completo y total dependencia en Dios.

Pero no estamos viviendo vidas tranquilas, diseñadas por nosotros. Estamos viviendo la vida que Dios ha planeado para nuestro gozo y progreso máximos. Así que tengan confianza de que el amor infinito y tierno de Dios los invitará a hacer los cambios en su vida mediante las experiencias que lleguen a su camino, tanto dulces como amargas. Pero Él siempre invita al cambio de una manera amorosa, alentadora y confirmadora. No escuchen las voces en su cabeza —que quizás estén ahí desde su infancia— que les dicen que no pueden cambiar, que no son lo suficientemente buenos y que incluso fallarán otra vez. Escuchen solo los susurros del Espíritu Santo y “la agradable palabra de Dios… que sana el alma herida”4 que confirma su valor infinito y el consuelo amoroso de Dios de que pueden hacerlo.

Cuando estén cansados de la vida y sientan que no pueden ver que viene algo bueno de todos sus esfuerzos de vivir con rectitud, no renuncien. No comprometan sus sueños y metas. Aumenten su fe de que siempre vale la pena esperar por el tiempo del Señor.

Y cuando cosas terribles, dolorosas y trágicas pasen en su vida, y ustedes verdaderamente no sepan cómo sobrevivirán el camino a través su propio Getsemaní personal, recuerden que Cristo, el Ungido, ya ha soportado sus aflicciones y sufrió sus dolores5. Ha sido molido por sus iniquidades y por Sus heridas son sanados6. Él conoce, íntima y personalmente, el dolor que padecen. Él es el Primogénito del Padre y Él ha padecido primero sus sufrimientos en su totalidad, ya sean mentales, físicos, emocionales o espirituales. Nunca duden de Sus prometas de esperanza y sanación. Han sido creados para tener una existencia gozosa y abundante. Su valor es infinito y también el amor de Dios por ustedes.

Conclusión

Me entusiasma que escuchen a mi esposo. Quiero que sepan —sin importar su edad o etapa en la vida, si salen en citas o están casados— que este hombre que amo profundamente ha sido infinitamente amable conmigo durante 27 años de matrimonio. Él nunca, nunca, me ha hecho sentir pequeña o no querida, y nunca ha hecho una broma a mis expensas. Espero que puedan aprender de eso.

Deseo expresar mi fe viviente en el Cristo Viviente, quien en verdad “es la luz, la vida y la esperanza del mundo. Su camino es el sendero que lleva a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero”7. Esta es Su Iglesia guiada por Su profeta.

En el nombre sagrado y salvador de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Isaías 43:4.
  2. Romanos 8:17.
  3. Véase Moroni 10:32.
  4. Jacob 2:8.
  5. Véase Isaías 53:4
  6. Véase Isaías 53:5.
  7. “El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles”, Liahona, abril de 2000, págs. 2–3.

Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor

Élder Patrick Kearon
De la Presidencia de los Setenta
Una velada con el élder Patrick Kearon

Estoy muy agradecido por Jen, quien, sin excepción, vive lo que enseña. Ella sabe quién es y se regocija en saberlo; es valiente al compartirlo con los demás donde sea que esté. Agradezco mucho que nos conociéramos dos años después de que yo me uniera a la Iglesia. Ella ha sido un ejemplo bendito para mí desde entonces y lo continúa siendo.

Es maravilloso pensar en ustedes reuniéndose en todo el mundo. Ruego, en el espíritu de la hermosa oración de apertura de Landon, que reciban lo que necesitan, que si requieren inspiración, que la reciban. Si ustedes necesitan algo excepcional, esto vendrá. Hay tal poder cuando nos reunimos así, cuando nos preparamos para momentos como este. Hay poder al reunirse. Si necesitan sanación, que tengan sanación; si necesitan consuelo, que reciban consuelo; si necesitan paz, que tengan paz. Si necesitan ayuda con los exámenes, supongo que es un poco temprano para eso en la mayoría de sus semestres, pero que cuando venga el momento, que la tengan también.

Ruego que cuando sean inspirados, cuando reciban un mensaje para ustedes, que entonces tengan la fortaleza y la convicción para actuar en consecuencia y no solo retrocedan a cualesquiera sean sus hábitos actuales. Si necesitan un momento de cambio, si requieren un momento de renovada fortaleza y fe, que ese sea su regalo.

Cuando tenía 15 o 16 años, era muy egocéntrico y tenía muchos de los sentimientos de inestabilidad, incertidumbre y vulnerabilidad que surgen como parte de la adolescencia. Algunos de esos sentimientos persistieron, pero fueron más intensos en aquellos años de juventud. Me sentía perdido, inseguro e inadecuado. No me ayudó vivir en un internado en un área desolada de la costa de Inglaterra. Mis padres vivían muy lejos en Arabia Saudita. Con respecto a la escuela, Hogwarts con Snape habría sido un lugar más acogedor.

El mal tiempo era común en esa costa, pero un invierno una tormenta particularmente grande sopló a través del Mar de Irlanda con ráfagas huracanadas. El mar se estrellaba sobre las barreras y en algunos casos las sobrepasó. Entonces unas 5000 viviendas se inundaron en los alrededores, y las personas quedaron aisladas, sin electricidad ni medios de calefacción o iluminación en sus hogares, y con pocos alimentos.

Cuando la inundación comenzó a bajar, la escuela nos envió. Jamás había visto un desastre natural de esa magnitud antes, y me causaba asombro vivirlo de cerca. Había agua y barro por todas partes. Los rostros de los afectados lucían pálidos y demacrados. No habían podido dormir por días. Mis compañeros de escuela y yo nos pusimos a trabajar, moviendo las cosas mojadas a los pisos superiores donde podrían secarse y levantando las alfombras arruinadas. Las alfombras empapadas eran increíblemente pesadas, y el mal olor en las casas era terrible.

Lo que me sorprendió fue la camaradería que se desarrolló entre los que ayudamos y los que recibieron ayuda. Había un sentimiento maravilloso y de bondad entre las personas, unidas en una causa digna en circunstancias difíciles. Luego reflexioné que esos sentimientos de inseguridad que habitualmente consumían mi mente adolescente desaparecieron al involucrarme en el gran esfuerzo de ayudar a los vecinos.

Desearía que esa realización hubiera perdurado. Descubrir que ayudar a otros era el antídoto para mi pesimismo y egocentrismo debería haber sido transformador. Pero no fue así, porque el descubrimiento no se arraigó lo suficiente, y fallé en reflexionar más sobre lo que había sucedido. Ese entendimiento vino después. Ustedes probablemente han descubierto esa verdad en su propia vida. Podría ser útil para ustedes pensar sobre cuándo les pasó esto y cómo.

La invitación de la conferencia general a ministrar

Estaba considerando esto durante la conferencia general. Me siento muy afortunado de la oportunidad de hablarles poco después de la histórica conferencia general de hace solo unas semanas. Las impresiones, la paz y la infusión de energía recibida todavía permanecen en mí.

El enfoque de los mensajes fue el llamado repetido a ministrar como el Salvador, haciéndolo por amor, sabiendo que nosotros y quienes nos rodean somos hijos de nuestro Padre Celestial. No serviremos porque nuestro servicio se está contando ni midiendo, sino porque amamos a nuestro Padre Celestial y nos motiva un objetivo superior y más noble: ayudar a nuestros amigos a encontrar y permanecer en el camino a casa hacia Él. Amamos y servimos a nuestro prójimo como lo haría Jesús si Él estuviera en nuestro lugar, tratando en verdad de mejorar las vidas de las personas y aligerar sus cargas. De allí surge gozo y satisfacción perdurables, tanto para el que da como para el que recibe, compartiendo los frutos de saber y sentir nuestro valor infinito y el amor eterno de Dios por cada uno de nosotros.

Este mensaje fue resumido por el presidente Nelson de esta manera: “Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor será siempre un esfuerzo organizado y dirigido a ministrar a los hijos de Dios individualmente y a sus familias. Puesto que esta es Su iglesia, nosotros, como Sus siervos, hemos de ministrar a la persona en particular, tal como Él lo hizo. Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad”1.

Al reflexionar sobre lo que nos enseñaron, sé que si aceptamos este llamado a ministrar, tendremos la oportunidad de pensar en otros; crecer en fe, confianza y felicidad; y vencer nuestro enfoque egoísta y la sensación de vacío y tristeza que conlleva. Ojalá hubiera llegado a esa conclusión mucho antes en mi vida, pero estoy muy agradecido de haberlo aprendido a través de los años y de recibir recordatorios constantes de esta gran verdad.

Los beneficios y las bendiciones de este tipo de ministración

La belleza de este tipo de servicio, ministración o discipulado es que ayuda a los demás de maneras muy numerosas, y además nos transforma, alejándonos de nuestras preocupaciones, temores, ansiedades y dudas. Al principio, el servicio nos distrae de nuestros problemas, pero eso rápidamente se convierte en algo mucho más elevado y hermoso. Comenzamos a sentir luz y paz, casi sin darnos cuenta. Sentimos calma, calidez y consuelo. Reconocemos un gozo que no viene de otra manera. Estos dones nos llegan en un grado mucho mayor de lo que realmente hemos hecho, en términos de ayudar a otro.

El presidente Spencer W. Kimball lo explicó, en parte, como sigue: “La vida en abundancia que mencionan las Escrituras, es el capital espiritual que se obtiene con la multiplicación de nuestro servicio a los demás, y la inversión de nuestros talentos al servicio de Dios y de la humanidad”2. Al prestar servicio a los demás, nos convertimos en mejores personas… Ciertamente, es mucho más fácil ‘hallarnos’ ¡porque hay mucho más de nosotros para hallar!”3.

Ejemplos de la transformación que experimentamos cuando ministramos y la diferencia cuando no lo hacemos

Esta transformación es lo que los nuevos misioneros descubren al dejar de preocuparse por sí mismos y preguntarse: “¿A quién puedo ayudar y cómo?”. Lo que sucede es que dejan de pensar en sí mismos y se enfocan en su propósito de traer almas a Cristo. Este descubrimiento a menudo es difícil para los misioneros. Pueden sentirse abrumados por estar en un lugar nuevo con diferentes personas, comidas, costumbres y, a menudo, un idioma desafiante que les resulta muy difícil enfocarse en los demás y servir. Pero cuando lo hacen, todo cambia. Dejan de preocuparse, trabajan y asumen la tarea altruista ante ellos, y descubren una nueva dimensión en sus misiones y sus vidas, con paz y un sentimiento de propósito.

Tristemente, el reverso de este descubrimiento a menudo afecta a los misioneros cuando regresan y comienzan a canalizar las necesidades de la siguiente etapa de su vida, sea esta educación, empleo o asuntos personales y familiares. Han pasado 18 meses o 2 años aprendiendo que somos más felices cuando no nos preocupamos por nosotros o, como dijo el presidente Hinckley, cuando nos olvidamos de nosotros y nos ponemos a trabajar. A menudo, cuando regresan a la vida que dejaron, también regresan a muchos de los hábitos más egocéntricos que formaron parte de esa vida. En particular, vuelven a centrarse en sí mismos, cómo están, cómo lucen o suenan, y qué piensan los demás de ellos.

Tan cierto como enfocarse y ayudar a otros trae luz, paz y alegría, centrarnos en nosotros trae dudas, ansiedad y tristeza.

Tuve una experiencia hace un par de meses cuando estuve despierto durante muchas horas, intentando dormir, pero sin lograrlo. Finalmente me levanté y caminé un poco por la casa, luego volví a la cama para intentar dormir. Mientras que el sueño continuaba eludiéndome, de repente me vino un pensamiento transformador: “Deja de pensar en ti mismo”. Luego vino la pregunta:

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América, un país escogido

Conferencia General, Octubre 1944

América, un país escogido

Por Élder Ezra T. Benson
del Concilio de los Doce

Discurso difundi­do por la KSL y otras estaciones de la Columbia Broadcasting System el día 8 de octubre de 1944 durante la 115a. Conferencia Semestral de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

A los pueblos que habían de morar sobre el bendito país de las Américas, o sea el Hemisferio Occidental, un profeta antiguo dirigió esta promesa significativa y adver­tencia solemne:

“Porque, he aquí, que éste es un país es­cogido; y cualquier pueblo que lo posea, se verá libre de la esclavitud y de la cauti­vidad, y también de cuantas naciones haya debajo del cielo, siempre que el pueblo sirva únicamente al Dios del país, que es Je­sucristo… porque, he aquí, que ésta es una tierra escogida sobre todas las demás; por tanto, el que la posea tiene que servir a Dios, o, de otro modo, será barrido; porque éste es el decreto eterno de Dios”. (Libro de Mormón, Éter 2:10 y 12).

Fundada sobre la verdad de principios cristianos, esta nación norteamericana ha llegado a ser la potencia más grande del mundo. ¿De dónde han venido sus bendicio­nes de influencia y éxito? ¿Y qué seguri­dad tenemos de que estas bendiciones con­tinuarán? ¿No han venido por motivo de haber reconocido humilde y devotamente el poder dominante de Dios Todopoderoso durante el establecimiento de la nación, y por la voluntad que tuvieron los padres fundadores de sujetar sus hechos a la ley divina?

Los primeros colonos de los Estados Uni­dos llegaron allí impulsados por un mismo fin: la libertad de adorar como quisieran y la libertad de conciencia. Los peregrinos y los puritanos en Nueva Inglaterra, los cuáqueros en Pennsylvania, los católicos en Maryland, los luteranos en Georgia, los hu­gonotes en Virginia —todos vinieron bus­cando a Dios y el ejercicio de sus derechos dados de Dios y evidentes en sí mismos; de­rechos basados sobre principios eternos.

Como estaban familiarizados con las Sa­gradas Escrituras, creían que la libertad es un don del cielo. Para ellos el hombre, sien­do hijo de Dios, hacía resaltar     el carácter sagrado del individuo y el interés que la Pro­videncia misericordiosa manifestaba en los asuntos de los hombres y las naciones. Re­conocieron que dependían enteramente de Dios, y mostraron su fe humilde y su devo­ción hacia los principios cristianos.

Aquellos que más tarde fueron los di­rectores y fundadores, humildemente reco­nocieron la necesidad que había de recibir ayuda divina. Claramente vieron la impor­tancia de religión y moralidad vitales en los asuntos de los hombres y las nacio­nes. En seguida citó unas palabras de sus sinceras declaraciones. Jorge Washington di­jo:

“No puede hallarse un pueblo que reco­nozca y adore esa Mano Invisible que dirige los asuntos de los hombres más que el pue­blo de los Estados Unidos. Parece que una seña de esa agencia providencial ha mar­cado cada uno de los pasos mediante los cua­les han llegado al estado de una nación in­dependiente”.

Entonces, refiriéndose al lugar que de­ben ocupar la religión y la moralidad, el’ padre de esa nación sigue diciendo:

“De todas las disposiciones y hábitos que son la causa de la prosperidad política, la religión y la moralidad son apoyos indis­pensables… Tanto la razón como la expe­riencia nos prohíben pensar que la morali­dad puede prevalecer en la nación si se excluye el principio religioso”.

Daniel Webster, con visión profética, de­claró:

“Si nosotros y nuestra posteridad somos fieles a la religión cristiana, y si nosotros y ellos vivimos siempre en el temor de Dios y respetamos sus mandamientos… po­dremos abrigar las esperanzas más hala­gadoras en cuanto al futuro destino de es­te país”.

No obstante, indicó que si lo hacíamos, entonces…

“Ningún hombre podrá decir qué tan re­pentinamente nos sobrevendrá una catástrofe que hundirá toda nuestra gloria en una obscuridad profunda”.

Estas son palabras solemnes, pero igual­mente graves fueron las que Abraham Lin­coln pronunció muchos años después; y és­tas fueron: Seguir leyendo

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No estamos solos en esta vida

No estamos solos en esta vida

por el élder Richard L. Evans
del Concilio de los Doce Apóstoles
Discurso dado el 3 de octubre de 1954 en C.B.S. “Church of the Air”
Liahona Enero 1955


Mientras vemos a otros y les habla­mos (y a veces cuando escudriñemos el propio corazón) nos consta que hay mu­cha soledad en la vida —no solamente la soledad que viene por falta del com­pañerismo de otra gente —sino la sole­dad que resulta de la falta de propósito, o la falta de entendimiento de las razones porque vivimos.

Sin duda, algo de soledad existe por­que somos inseparablemente nosotros mismos. Algunos pensamientos, algunas experiencias, y algunas intuiciones que tenemos adentro de nosotros, no se pue­den compartir con otros. Venimos al mundo solos. Nos apartamos de él sotos. Siempre y eternamente somos nosotros mismos.

Pero la soledad es más que la vida solitaria. (Uno puede ser solitario en un lugar muy activo y amontonado de gente). Hay una clase de soledad que viene del sentido de no pertenecerse, de no convenir, de no conocer nuestra parte —de no saber qué somos, ni quiénes so­mos, ni de dónde vinimos, ni para dón­de vamos, ni para qué estamos aquí, ni, en fin, lo que la vida significa básica­mente.

Los años de la vida mortal pasan de prisa. Si no fuese por algunas certezas gloriosas y eternas, habría un sentido universal de la frustración. Trabajamos mucho por las cosas que nos sostengan la vida, y por las cosas que nos pro­vean un poquito de placer —pero no hay ninguna de esas cosas tangibles que po­damos llevar con nosotros. Estas cosas que llamamos nuestras son de nosotros por solamente un tiempo corto.

Hace poco que la granja del agricul­tor era de otro, y pronto será de otro.

El capital comercial, los edificios, las casas que tenemos, todas las cosas a las cuales tenemos el título, las dejare­mos en un rato. Y nuestra salida hará burla de todos los títulos de nuestra habitación terrenal. Seguir leyendo

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Naturaleza Sagrada del Convenio del Matrimonio Eterno

Conferencia General, Octubre 1949

Naturaleza Sagrada del Convenio
del Matrimonio Eterno

Por Joseph Fielding Smith
del Consejo de los Doce
Liahona Febrero 1950

“Y le siguieron muchas gentes, y los sanó allí.

“Entonces se llegaron a él los Fariseos, tentándole, y diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?

“Y él respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, macho y hembra los hizo.

“Y dijo: Por tanto, el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne.

“Así que, no son ya más dos, sino una carne: por tanto, lo que Dios juntó, no lo aparta el hombre”. (Mateo 19:2-6)

Deseo llamar vuestra atención, en primer lugar, al hecho de que el Señor ha declarado que cuando se unen en matrimonio un hombre y una mujer, conforme con el plan del Señor, y por autoridad de él, se convierten en uno, una carne; y nada hay en este mandamiento que indique en lo mínimo que es válido únicamente hasta que la muerte los separe. En estas palabras el Señor está enseñando que el matrimonio es eterno, pues dice:

“. . .No son ya más dos, sino una carne’’. Debemos tener esto presente.

Deseo ahora leer más de estas instrucciones que dió a los Fariseos:

“Dícenle: ¿Por qué, pues, Moisés mandó dar carta de divorcio, y repudiarla?

“Díceles: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres: más al principio no fué así”. (Mateo 19:7, 8)

Quisiera que ahora observaseis los convenios que hacen un hombre y una mujer cuando los casa el Señor, o un siervo del Señor, oficiando por medio de su autoridad. El Señor nos lo ha revelado, y lo hallaréis en las Escrituras. Deseo leer de la Sección 76 de las Doctrinas y Convenios, versículos 54 a 60. El Señor, refiriéndose a los que guardan sus convenios y son fieles y verdaderos y sellados por el Santo Espíritu de la Promesa, dijo: “Ellos son la Iglesia del Primogénito. Seguir leyendo

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Escogeos hoy a Quien Sirváis

Conferencia General, 3 de abril de 1949

Escogeos hoy a Quien Sirváis

Por Presidente David O. McKay
de la Primera Presidencia.
Liahona Febrero 1950

“Escogeos hoy a quien sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron de esa otra parte del río, o a los dioses de los Amorrheos en cuya tierra habitáis; que yo y mi casa serviremos a Jehovố. (Josué 24:15).

Aprecio profundamente, hermanos, la responsabilidad de este momento, al dirijirme a este gran auditorio presente aquí y al que escucha a través del aire. Ruego que me extiendan vuestras oraciones y simpatías.

Me regocijo con vosotros en presencia del Pte. Smith en esta conferencia. Estoy agradecido como vosotros por el progreso de la Iglesia. Su crecimiento en las estacas y misiones es muy satisfactorio. Como el presidente Smith ha indicado, entre los hombres y mujeres del mundo que saben reflexionar, los propósitos de la Iglesia son mejor entendidos, resultando en una disminución del prejuicio. Son más adecuados los medios de la Iglesia para promulgar el evangelio restaurado de paz, amor y hermandad universal por el mundo entero.

Sin embargo, el enemigo está obrando también. Es astuto y sutil y busca cada oportunidad para socavar los cimientos de esta Iglesia atacando en cualquier parte donde puede debilitar o destruir.

La Escritura que leí a manera de introducción la reconoceréis como la resolución inalterable de Josué cuya nobleza de carácter y dirección sobresaliente le resultaron en el título de “el siervo de Jehová”. Poco antes de su muerte, hizo una llamada a Israel “que se apartasen de los dioses falsos” que estaban entre ellos a fin de ser fieles y obedientes al Dios de Israel. Evidentemente el pueblo de la época de Josué, eligió sabiamente, porque, se nos relata, que Israel

…sirvió a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que vivieron después de Josué.

A cada persona normal Dios ha dado “la libertad de elección”. Nuestro progreso moral y espiritual depende del uso que hacemos de esa libertad.

La verdadera prueba para cualquier Iglesia o religión está en la clase de hombres que produce. Estoy muy gozoso y profundamente agradecido por la alta calidad de la juventud que se encuentra en la Iglesia hoy en día como ha sido indicado recientemente por un informe de los exámenes médicos de 6.556 futuros misioneros, previo a su partida hacia las misiones. Seguir leyendo

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Esta es mi Obra y mi Gloria

Esta es mi Obra y mi Gloria

Por el Pres. George F. Richards
del Concilio de los Doce.
Liahona Agosto 1950

Lo siguiente es una citación de la Perla de Gran Precio; la palabra del Señor a Moisés su siervo, y profeta.

“Porque he aquí esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”. Moisés 1: 9.

Por esto tenemos el evangelio y la Iglesia de nuestro Maestro como se goza por los Santos de los Últimos Días, porque por éstas razones él propuso el cumplimiento de todos los designios pertenecientes a la salvación del hombre.

Por lo tanto hay tremendas responsabilidades sobre su Iglesia, La Iglesia de los Santos de los Últimos Días, perteneciendo a la salvación de los hijos de los hombres; una de las más grandes de las cuales es predicar el evangelio del reino en todo el mundo como testigos entre todas las naciones antes que el fin se acerque;

¿Y, qué es lo que la Iglesia está haciendo acerca de ello. Está sosteniendo como 5,000 misioneros en el campo de misiones y estacas de la iglesia, con varios cientos en exceso de los números en los tiempos presentes en las naciones del mundo y en las islas de los mares, donde un trabajo intensivo se está llevando a cabo y un trabajo estupendo en la conversión está siendo cumplido. Hay también ciertas condiciones en casa, en las estacas de Sión, que hacen un pedido de misioneros que estén capacitados los cuales puedan salir con celo por la causa del Maestro y por el bienestar de la salvación de sus semejantes.

De acuerdo con las últimas estadísticas compiladas en las oficinas del Obispado General, hay como 53,392 jóvenes de la Iglesia arriba de veintiún años de edad quienes tienen oficios en el Sacerdocio de Aarón quienes aún no han recibido el Sacerdocio de Melquisedec. Estos son designados como miembros adultos del Sacerdocio de Aarón. Hay como 17,623 jóvenes de la Iglesia arriba de los veintiún años de edad quienes no poseen el Sacerdocio. Tomando estos dos grupos juntos tenemos 71,035 jóvenes arriba de los veintiún años de edad quienes no poseen el sacerdocio de Melquisedec; un número suficiente para llenar este tabernáculo a capacidad siete veces, estimando el cupo a diez mil personas.

Esta cifra es aterradora y ella representa solamente a aquellos que viven en estacas organizadas de la Iglesia. Las misiones también tienen su cuota.

A los doce años de edad los jóvenes dignos en la Iglesia deben recibir oficios como diáconos en el Sacerdocio de Aarón; a los quince años el oficio de maestros, a los diecisiete el oficio de presbítero, y a los diecinueve años, el oficio de Élder (o anciano) en el Sacerdocio de Melquisedec.

Las estadísticas muestran que en la Iglesia hay tres mil seiscientos cuarenta y ocho jóvenes entre las edades de doce y veintiún años quienes no poseen ningún oficio en el Sacerdocio.

Uno podrá preguntar, ¿cuán importante es que el joven de la Iglesia reciba el Sacerdocio; y cuán serio es para los que no lo hallan así? El Señor contesta la pregunta en esta manera:

“Más ¡ay de todos aquellos que no aceptan este Sacerdocio que habéis recibido el cual ahora os confirmo, por mi propia voz desde los cielos, a vosotros los que estáis presentes este día; y aún a las huestes celestiales y a mis ángeles que he mandado que os cuiden”. (D. y C. 84:42). Seguir leyendo

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Los Judíos Regresan a Palestina

Los Judíos Regresan a Palestina

Por el Élder Ezra Taft Benson
del Concilio de los Doce.

Mis queridos hermanos y hermanas: si puedo yo tener una parte de su fe y oraciones y el Espíritu del Señor, es mi deseo darles algunos pensamientos que han estado en mi corazón desde que regresé de las playas de Europa hace unos tres años.

Quisiera hablar de un drama maravilloso que se está llevando a cabo hoy día ante nuestros propios ojos. En gran parte se pasa sin ser observado, particularmente por los líderes espirituales, sin embargo ha sido predicho por los profetas hace miles de años, y en tiempos modernos los profetas de los Santos de los Últimos Días han hecho referencia a ello durante los últimos ciento veinte años.

En cuestiones espirituales el género humano es propenso a adorar al pasado e ignorar las revelaciones nuevas del presente. Las gentes generalmente reverencian a los profetas muertos y persiguen a los que viven mientras no se fijan en el cumplimiento de las profesías modernas y antiguas. Esta condición fué verificada en el meridiano de los tiempos cuando las gentes proclamaban a Moisés y a Abraham y desecharon al más grande de todos los profetas, sí, aun el Redentor del mundo. El mismo espíritu caracteriza lo presente en gran parte.

Este gran evento de lo cual hablo es una de las señales de los tiempos, y es muy importante, según me parece, particularmente a todos los cristianos. Se está llevando a cabo en un pedazo angosto de tierra que mide 176 kilómetros de largo y 96 de ancho, en una área más o menos del tamaño del estado de Vermont. Esta pequeña sección tiene una población aproximadamente de tres millones, divididos como sigue: (aproximadamente……1.700,000 árabes; 140,000 cristianos y otras sectas menores; y 1.000,000 descendientes de Judá, el hijo de Jacob).

El número de judíos ha aumentado en los años recientes en una manera sorprendente. Los planes se están formando para incorporar alrededores de un millón y medio más durante los meses próximos, y planes proyectados dan lugar para algunos cuatro millones en este pequeño lugar.

Este millón y medio que llegará durante los meses próximos según los planes, traerán cerca de doscientos mil judíos de campos de personas disgregadas por todo Europa fatigada de guerras; unos setecientos mil otros judíos europeos; seiscientos mil que actualmente viven en tierra musulmana; y aproximadamente cien mil de otros continentes.

En conexión con este drama, me parece que las palabras de Dios por medio de Isaías se están cumpliendo otra vez, esto es, que en los últimos días el Señor empezaría una obra maravillosa, que la sabiduría de los sabios perecería y la prudencia de los prudentes se desvanecería. (Véase Isaías 29:14).

Mientras estuve en Europa en 1946, cuando los periódicos hacían mención frecuente del problema judaico, recibí un comentario de uno de nuestros líderes industriales de nuestro país quien era un estudiante de este problema particular, en lo cual dijo que la única salvación que tenían los judíos era que fuesen tan buenos ciudadanos posibles en cualquiera nación donde residiesen. Seguir leyendo

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Atacando Desde Adentro

Atacando Desde Adentro

por Élder Alberto E. Bowen
del Concilio de los Doce.
(Sermón que pronunció en la despedida de los graduados de la Universidad, de Brighani Young el día 12 de junio de 1950).


El Cristianismo nunca ha sido tratado con facilidad. Fué rechazado por los judíos. Fué proscrito por el imperio el cual le dió su origen. Fué resistido por el devoto de los Griegos y las filosofías de los romanos. Ha tenido que combatir los discípulos de la Edad de las Razones, los romanceros, los científicos. Hoy ha sido empeñado en las listas con otros, aquellos ordenados al servicio.

Una docena de años pasados un divino eminente deploró lo que él describió como un alejamiento de la religión cristiana. El hizo una petición elocuente por el regreso de aquéllos desviados. El hizo esto porque fué movido de tristeza al descubrir que no estaban contentos en su ateísmo porque ellos estaban hallando que habiendo renunciado su fe, eran cortados de las amarraduras que les habían dado significado y propósito a sus vidas. Ellos habían rechazado su religión pero no habían rechazado la importancia de ella y andaban buscando algo para que el universo y sus vidas fueran de significación.

El atribuye el alejamiento de su fe a lo que él dice que es una falta de religión de no estar en paso con el avanzamiento del conocimiento, y él los invita que vuelvan con la seguridad de que ellos pueden volver a la iglesia sin aceptar lo que él llama las antiguas creencias increíbles la causa de su descarrilamiento.

El desea ignorar las doctrinas básicas en la cual la Iglesia cristiana fué fundada. En este sentido los hombres pueden ser buenos cristianos sin tener una creencia en Jesucristo como el Hijo de Dios ni en su resurrección de los muertos. Esto quiere decir que uno puede colgar su fe cristiana en el progresa de la obra de la humanidad.

En vez de que la religión nos sea una guía para conducir y una medida de valor, debe ser empleada al vivir de la sabiduría de la humanidad.

Hace un año que otro que fué ordenado al ministerio del cristianismo y que había ocupado algunos puestos de pastor, abiertamente repudió la noción de que el cristianismo hace alguna pretensión o supremacía como religión. El desecha completamente a Dios y no hace mención alguna de Jesucristo. Estos hombres son típicos de un número grande que varían desde el que reclama la completa renunciación, hasta la adhesión al nombre mientras repudian la substancia vital de la fe cristiana. Ambos son partidarios del credo humanístico, un credo que hace hombre, en lugar de Dios, el creador de todo entendimiento y el mediador de todo valor.

Dios es el creador de los hombres. Uno todavía quiere unirse al cristianismo. El otro desea arrojarlo. El último parece ser más consistente. Él nos dice claramente que “todas las ideas pertenecientes a Dios son hechas de hombres. Todas las instituciones de religión son creaciones humanas”.

“No son eternas”. Crecen en un tiempo o período particular en la historia de la humanidad, “cuando el hombre sintió su desamparo, su futilidad, y dió la tarea de realizar su ideal al poder sobrenatural”.

No hay nada particularmente nuevo en esto. Durante el curso de la historia del cristianismo, la iglesia cristiana ha tenido que afrontarse al conflicto entre sus enseñanzas de la autoridad suprema de Dios y su propósito concerniente al hombre y la noción de que al hombre es suficiente en sí. La oposición ha venido en diferentes formas y en diferentes designaciones, como por ejemplo, la última autoridad de razonar, o el naturalismo materialístico. Pero todo el tiempo se han descansado en la suficiencia del hombre sin la intervención de Dios. Seguir leyendo

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Cristóbal Colón “El Espíritu de Dios Obró Sobre El”

Cristóbal Colón
“El Espíritu de Dios Obró Sobre El”

Por Cyril Drew Pearson
Liahona Abril/Mayo 1950

Y mirando, vi a un hombre entre los Gentiles que estada separado de la posteridad de mis hermanos por las muchas aguas; y vi como descendió el Espíritu de Dios, que obró sobre él; y, saliendo el hombre a la mar, atravesó las aguas y llegó hasta encontrar a los descendientes de mis hermanos, que estaban en la tierra de promisión. (1 Nefi 13:12).

Muchos miembros de la Iglesia interpretan este pasaje como refiriéndose a Cristóbal Colón. ¿Qué clase de hombre era Colón? ¿Pensó él mismo que era el escogido de Dios para llevar a cabo la proeza? ¿Vivió él y murió él como uno sobre quien el Espíritu de Dios había obrado?

En la Biblioteca Colombina en Sevilla, España, a la cual visitó el autor de este artículo en 1948, hay un volumen de Tragedias por Séneca, el filósofo Romano que era contemporáneo de Pablo, el Apóstol. Séneca nació en Córdoba, España en el mismo año en que el Salvador nació en Judea. Este mismo volumen en, Sevilla contiene, la tragedia Medea, de Séneca, y era en un tiempo una posesión de mucho valor para Colón. Contiene un pasaje muy marcado que dice así:

Vendrá una época después de muchos años cuando el Océano aflojará las cadenas y revelará una tierra inmensa, cuando Tifis descubrirá nuevos mundos y Tule no será ya lo último.

Junto con el pasaje referido hay una nota escrita a mano en Latín por Fernando, el hijo menor de Colón:

La profecía fué cumplida en mi padre. . . el Almirante en el año 1492.

Poco después de que Colón fué regresado a España en cadenas, escribió de nuevo el pasaje de Séneca para que se refiriese más a él.

La versión de Colón es:

En un tiempo muy distante en el futuro, vendrá el día en que el océano se librará de su esclavitud, y se descubrirá un continente muy grande, y un nuevo marinero, como aquel Tifis que guio a Jason, descubrirá un nuevo mundo.

El día 26 de febrero de 1501, Colón escribió al Padre Gorrico en Sevilla pidiendo que un cierto Libro de Profecía fuera escrito otra vez en una manera más sencilla, así como le gustaba al Rey Fernando.

Este libro de Profecías era una compilación de Colón mismo de cada pasaje de la Biblia que se pudiera interpretar como una predicción del descubrimiento del nuevo mundo. Colón tenía esperanzas de que la esposa de Fernando, La Reina Isabel, una mujer de piedad indiscutible, se convencería por las escrituras que él, Colón, era el siervo escogido de Dios para descubrir el nuevo mundo, y que la reina sería movida a mandarle en una expedición. Seguir leyendo

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Es Necesaria la Unidad entre los Miembros de la Iglesia

Es Necesaria la Unidad entre los
Miembros de la Iglesia

por el Élder Harold B. Lee.
Liahona Abril/Mayo 1950

Deseo hablarles de un asunto que ha sido expresado en las conferencias generales de la Iglesia por la Primera Presidencia desde que me recuerdo.

Me refiero a la importancia de la unidad entre los Santos de los Últimos Días.

Si pagáramos unidamente como un pueblo nuestras ofrendas y observáramos la ley de ayunos completamente como el Señor nos la ha enseñado, y si fuéramos unidos en llevar a cabo los principios del Plan de Bienestar como nos han sido dados por nuestros líderes de hoy, estaríamos libres de hambre y miseria, y podríamos cuidar completamente a nuestros miembros. Nuestra falta de estar unidos sería el dejar a nuestros pobres y necesitados llegar a depender de los gobiernos o el público.

Si estuviéramos unidos en la obra misionera, pronto haríamos llegar el día cuando el Evangelio sería predicado afuera y adentro de los límites de las estacas organizadas de Sión. Si no nos unimos, perderemos lo que ha sido la vida y el sostén que ha dado alimento y estímulo a esta Iglesia por una generación.

Si fuéramos unidos en guardar la ley de sacrificio y de pagar los diezmos como nos ha sido dado para vivir hoy día, tendríamos suficiente para edificar nuestros templos, nuestras capillas, nuestras escuelas, más si faltamos en esto estaremos en servidumbre a la hipoteca, la deuda. Si estuviéramos unidos como un pueblo en elegir a hombres honorables a los puestos altos en el gobierno civil, sin respeto a el partido con el cual estamos afiliados, podríamos guardar nuestras comunidades y preservar la ley y el orden entre nosotros.

Nuestra falta de unión significa que permitimos la tiranía, opresión, demanda de contribuciones, y la confiscación de nuestras propiedades. Si fuéramos unidos en apoyar a nuestros periódicos y revistas oficiales las cuales pertenecen a y operan para el beneficio de los miembros de la Iglesia, estaría siempre en esta Iglesia una voz segura del pueblo, más si rehusamos estar unidos en dar este apoyo, permitiremos a nosotros mismos ser los sujetos de abuso, maldición, de mal representación sin tener voz alguna para la defensa.

Si fuéramos unidos en proteger a. nuestra juventud de las asociaciones-promiscuas que nutren casamientos a fuera de la Iglesia, y afuera de nuestros templos, por tener recreaciones sociales como un pueblo unido como ha sido la práctica desde los días de nuestros abuelos estaríamos construyendo nuestros hogares sobre fundamentos seguros y felices. Nuestra falta de ser unidos en este asunto será nuestra falta de recibir las bendiciones, eternas que de otra manera serían, nuestras. Seguir leyendo

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