Quienes hallan la manera de ver verdaderamente al Hombre, hallan el camino que conduce a los gozos más importantes y al bálsamo para los desalientos más exigentes de esta vida.
Mis amados hermanos y hermanas, queridos amigos, agradezco estar con ustedes este maravilloso fin de semana de conferencia general. Harriet y yo nos regocijamos con ustedes al sostener a los élderes Gong y Soares, y a los muchos hermanos y hermanas que han recibido varios nuevos llamamientos durante esta conferencia general.
Aunque echo de menos a mi querido amigo el presidente Thomas S. Monson, amo, sostengo y apoyo a nuestro profeta y presidente, Russell M. Nelson, y a sus nobles consejeros.
También me siento agradecido y honrado por volver a trabajar más de cerca con mis amados hermanos del Cuórum de los Doce.
Más que nada, me siento profundamente humilde y muy feliz por ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, donde millones de hombres, mujeres y niños están dispuestos a impulsar desde donde están —en cualquier llamamiento o asignación— y se esfuerzan de todo corazón por servir a Dios y a Sus hijos, edificando el Reino de Dios.
Hoy es un día sagrado; es domingo de Pascua de Resurrección y conmemoramos aquella gloriosa mañana cuando nuestro Salvador rompió las ligaduras de la muerte1 y salió triunfante de la tumba.
El día más importante de la historia
Hace poco pregunté en internet: “¿Qué día alteró más el curso de la historia?”.
Las respuestas oscilaron desde lo sorprendente y lo extraño a lo esclarecedor y provocador. Entre ellas estaban el día en que un asteroide prehistórico cayó sobre la península de Yucatán; cuando Johannes Gutenberg terminó su imprenta en 1440; y, por supuesto, aquel día de 1903 cuando los hermanos Wright demostraron al mundo que el hombre sí podía volar.
Si se les hiciera a ustedes la misma pregunta, ¿qué contestarían?
Para mí, la respuesta es clara.
Para encontrar el día más importante de la historia debemos remontarnos a la tarde de hace casi 2000 años, en el huerto de Getsemaní, cuando Jesucristo se arrodilló en intensa oración y se ofreció como rescate por nuestros pecados. Fue durante ese sacrificio enorme e infinito de sufrimiento físico y espiritual sin parangón que Jesucristo, Dios mismo, sangró por cada poro. Motivado por un amor perfecto, Él lo dio todo para que nosotros pudiéramos recibir todo. Su sacrificio sublime, difícil de comprender, solo perceptible al aplicar todo el corazón y la mente, nos recuerda la deuda universal de gratitud que le debemos a Cristo por Su don divino.
Esa misma noche, Jesús fue llevado ante las autoridades políticas y religiosas, que se burlaron de Él, lo golpearon y lo condenaron a una muerte vergonzosa. Colgó en agonía sobe la cruz hasta que, finalmente, quedó consumado2. Su cuerpo inerte fue depositado en un sepulcro prestado y, entonces, la mañana del tercer día, Jesucristo, el Hijo de Dios Todopoderoso, salió del sepulcro como un ser de esplendor, luz y majestad, glorioso y resucitado. Seguir leyendo →
Ruego que demostremos nuestra gratitud y nuestro amor por Dios al ministrar con amor a nuestras hermanas y hermanos eternos.
¡Qué maravillosa bendición vivir en una época de continua revelación de Dios! Al esperar y aceptar la “restauración de todas las cosas”1, que ha venido y que vendrá a través de los eventos profetizados de nuestros tiempos, se nos está preparando para la segunda venida del Salvador2.
¡Y qué mejor manera de prepararse para recibirlo que esforzarse por llegar a ser como Él al ministrarnos con amor los unos a los otros! Tal como Jesucristo enseñó a Sus seguidores al comienzo de esta dispensación: “Si me amas, me servirás”3. Nuestro servicio a los demás es una muestra de discipulado y nuestra gratitud y amor por Dios y Su Hijo, Jesucristo.
A veces pensamos que tenemos que hacer algo grandioso y heroico para “que cuente” como servicio a nuestro prójimo. Sin embargo, los simples actos de servicio pueden tener efectos profundos en los demás, así como en nosotros mismos. ¿Qué hizo el Salvador? Mediante Sus dones divinos de la Expiación y la Resurrección —que celebramos en este hermoso Domingo de Pascua— “[ninguna] otra persona ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que han vivido y los que aún vivirán sobre la tierra”4. Pero Él también sonrió, habló, caminó, escuchó, dedicó tiempo, animó, enseñó, alimentó y perdonó a los demás. Dio servicio a familiares y amigos, vecinos y extraños por igual, e invitó a conocidos y seres queridos a disfrutar de las abundantes bendiciones de Su evangelio. Esos “sencillos” actos de servicio y amor proporcionan un modelo de cómo debemos ministrar hoy en día.
Al tener el privilegio de representar al Salvador en los esfuerzos que hagan para ministrar, pregúntense: “¿Cómo puedo compartir la luz del Evangelio con esa persona o familia? ¿Qué es lo que el Espíritu me inspira a hacer?”
Ministrar se puede llevar a cabo en una gran variedad de formas personalizadas. ¿Cuáles son ejemplos de ello? Seguir leyendo →
Rogamos que cada hombre y mujer salga de esta conferencia general con un compromiso más profundo de cuidar los unos de los otros de todo corazón.
Parafraseando a Ralph Waldo Emerson, los momentos más memorables de la vida son aquellos en los que sentimos la avalancha de la revelación1. Presidente Nelson, no sé cuantas más “avalanchas” podremos soportar este fin de semana. Algunos tenemos corazones débiles, Pero si lo pienso bien, usted puede arreglar eso también. ¡Qué profeta!
Con el espíritu de las maravillosas declaraciones y testimonios del presidente Nelson anoche y esta mañana, doy mi propio testimonio de que estos ajustes son ejemplos de la revelación que ha guiado a esta Iglesia desde sus comienzos. Son aún más evidencia que el Señor está apresurando Su obra en su tiempo2.
Para todos los que están ansiosos por conocer los detalles de estos asuntos, sepan que inmediatamente después de terminar esta sesión de la conferencia, comenzará una secuencia que incluye, y no necesariamente en este orden, enviar una carta de la Primera Presidencia a cada miembro de la Iglesia de quienes tengamos su correo electrónico. Se adjuntará un documento de siete páginas, con preguntas y respuestas, para todos los líderes del sacerdocio y de organizaciones auxiliares. Por último, esos materiales se publicarán inmediatamente en ministering.lds.org. ““Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis”3.
Ahora, a la maravillosa asignación que el presidente Russell M. Nelson nos ha dado a mí y a la hermana Jean B. Bingham. Hermanos y hermanas, a medida que la obra de la Iglesia madura institucionalmente, se desprende que nosotros debiéramos madurar de manera personal, también, elevándonos individualmente por encima de cualquier rutina mecánica e inerte para alcanzar el discipulado sincero del que habló el Salvador al final de Su ministerio terrenal. Mientras se preparaba para dejar a su todavía inocente y algo confuso pequeño grupo de seguidores, no les dio una lista de una docena de pasos administrativos qu tenían que seguir ni les dejó un puñado de informes que debían llenar por triplicado. No, Él resumió la labor de ellos con un mandamiento fundamental: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado… En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros”4.
En un intento de aproximarnos a ese ideal del Evangelio, este recién anunciado concepto de ministrar en el sacerdocio y la Sociedad de Socorro incluirá los elementos siguientes, algunos de los cuales la Sociedad de Socorro ya ha puesto en práctica con un éxito maravilloso5. Seguir leyendo →
Implementaremos un enfoque más nuevo y santo de cuidar y ministrar a los demás.
Gracias, élder Gong y élder Soares, por sus sinceras expresiones de fe. Estamos muy agradecidos por ustedes y sus queridas compañeras.
Ahora, estimados hermanos y hermanas, constantemente buscamos la dirección del Señor sobre cómo podemos ayudar a nuestros miembros a guardar los mandamientos de Dios, especialmente esos dos grandes mandamientos de amar a Dios y a nuestro prójimo (Lucas 10:27).
Desde hace meses, hemos estado buscando una mejor manera de ministrar las necesidades espirituales y temporales de nuestro pueblo a la manera del Salvador.
Hemos tomado la decisión de jubilar la orientación familiar y el programa de maestras visitantes tal como los conocíamos. En su lugar, implementaremos un enfoque más nuevo y santo de cuidar y ministrar a los demás. Nos referiremos a estos esfuerzos simplemente como “ministrar”.
Los esfuerzos eficaces de ministrar se realizan mediante el don innato de las hermanas y por el incomparable poder del sacerdocio. Todos necesitamos esa protección para resguardarnos de las astutas artimañas del adversario.
El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, y la hermana Jean B. Bingham, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, explicarán cómo los hermanos asignados del sacerdocio y las hermanas asignadas de la Sociedad de Socorro y de las Mujeres Jóvenes trabajarán ahora para servir y cuidar a los miembros de la Iglesia en todo el mundo.
La Primera Presidencia y los Doce están unidos en respaldar sus mensajes. Con gratitud y espíritu de oración, abrimos este nuevo capítulo en la historia de la Iglesia. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Tener profetas es una señal del amor de Dios por Sus hijos. Ellos hacen saber las promesas y la verdadera naturaleza de Dios y de Jesucristo.
Mis queridos hermanos y hermanas, donde sea que estén, quisiera expresar mi sincero y profundo agradecimiento por su voto de sostenimiento en el día de ayer. Aunque me siento poco elocuente y tardo en el habla, al igual que Moisés, me consuelo en las palabras que el Señor le dijo:
“¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, Jehová?
“Ahora pues, ve, que yo estaré en tu boca, y te enseñaré lo que has de decir” (Éxodo 4:11–12; véase también el versículo 10).
Siento consuelo también por el amor y el apoyo de mi amada esposa. Ella ha sido un ejemplo de bondad, amor y total devoción al Señor, para mí y para mi familia. La amo con toda mi alma, y estoy agradecido por la influencia positiva que ella ha tenido en nosotros.
Hermanos y hermanas, quiero testificarles que el presidente Russell M. Nelson es el profeta de Dios sobre la tierra. Nunca he visto a nadie más bondadoso y amoroso que él. Aunque me sentí inadecuado para este sagrado llamamiento, sus palabras y la tierna mirada en sus ojos al extenderme esta responsabilidad me hicieron sentirme abrazado por el amor del Señor. Gracias, presidente Nelson. Lo sostengo y lo amo.
¿No es una bendición que tengamos profetas, videntes y reveladores sobre la tierra en estos días; hombres que procuran conocer la voluntad del Señor y seguirla? Es reconfortante saber que no estamos solos en el mundo, a pesar de los desafíos que afrontamos en la vida. Tener profetas es una señal del amor de Dios por Sus hijos. Ellos hacen saber las promesas y la verdadera naturaleza de Dios y de Jesucristo a Su pueblo. He aprendido eso por medio de mis experiencias personales. Seguir leyendo →
Este es domingo de Pascua de Resurrección. Con reverencia atestiguo y solemnemente doy testimonio del Cristo viviente —Aquél que “murió, fue enterrado y resucitó al tercer día, y ascendió a los cielos”.
Queridos hermanos y hermanas, cuando nuestros hijos eran muy jóvenes, les contaba historias de cachorros beagle y les tarareaba himnos para dormir, incluyendo “Cristo ha resucitado”1. A veces, en broma, cambiaba la letra a: “Hay que irse a dormir, aleluya”. Normalmente nuestros hijos se dormían rápido; o al menos sabían que si yo pensaba que estaban dormidos, dejaría de cantar.
Las palabras—al menos mis palabras—no pueden expresar los poderosos sentimientos cuando el presidente Russell M. Nelson cariñosamente me tomó de las manos, con mi querida Susan a mi lado, y me extendió este sagrado llamamiento del Señor, que me dejó sin aliento y me ha hecho sollozar varias veces estos últimos días.
Este domingo de Pascua de Resurrección, con alegría canto: “Aleluya”. El canto de amor redentor de nuestro Salvador resucitado2 celebra la armonía de los convenios (que nos conectan a Dios y los unos a los otros) y la expiación de Jesucristo (que nos ayuda a despojarnos del hombre y la mujer natural y se someta al influjo del Espíritu Santo3).
Juntos, nuestros convenios y la Expiación de nuestro Salvador habilitan y ennoblecen. Juntos, nos ayudan a aferrarnos, por una parte, y despojarnos, por otra. Juntos, dulcifican, conservan, santifican, redimen. Seguir leyendo →
En los días futuros, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo.
¡Qué privilegio ha sido celebrar la Pascua de Resurrección con ustedes en este domingo de conferencia general! Nada podría ser más apropiado que conmemorar el acontecimiento más importante que jamás haya ocurrido en esta tierra al adorar al Ser más importante que la haya pisado. En esta, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, adoramos a Aquel que comenzó Su infinita expiación en el Jardín de Getsemaní. Estuvo dispuesto a sufrir por los pecados y las debilidades de cada uno de nosotros, padecimiento que hizo que “sangrara por cada poro”1. Fue crucificado en la cruz del Calvario2 y se levantó al tercer día como el primer Ser resucitado de los hijos de nuestro Padre Celestial. ¡Lo amo y testifico que Él vive! Él es quien dirige y guía Su Iglesia.
Sin la infinita Expiación de nuestro Redentor, ninguno de nosotros tendría esperanza alguna de algún día regresar a nuestro Padre Celestial. Sin Su resurrección, la muerte sería el fin. La expiación de nuestro Salvador ha hecho que la vida eterna sea una posibilidad y la inmortalidad una realidad para todos.
Es a causa de Su misión trascendental y de la paz que Él concede a Sus seguidores que mi esposa, Wendy, y yo sentimos consuelo la noche del 2 de enero de 2018, cuando nos despertó una llamada telefónica para informarnos que el presidente Thomas S. Monson había pasado al otro lado del velo.
¡Cuánto echamos de menos al presidente Monson! Rendimos tributo a su vida y su legado. Siendo un gigante espiritual, dejó una huella indeleble en todos los que lo conocieron y en la Iglesia que él amaba.
El domingo, 14 de enero de 2018, en la sala superior del Templo de Salt Lake, se organizó la Primera Presidencia siguiendo un modelo sencillo y a la vez sagrado, establecido por el Señor. Luego, en la asamblea solemne de ayer por la mañana, los miembros de la Iglesia de todo el mundo levantaron la mano para confirmar la acción que previamente tomaron los Apóstoles. Agradezco humildemente su constante apoyo.
También estoy agradecido por aquellos que ocuparon este puesto antes que yo. He tenido el privilegio de servir en el Cuórum de los Doce Apóstoles durante 34 años y conocer personalmente a diez de los dieciséis previos Presidentes de la Iglesia. He aprendido mucho de cada uno de ellos.
También debo mucho a mis antepasados. Mis ocho bisabuelos se convirtieron a la Iglesia en Europa; cada una de esas almas valientes sacrificó mucho para venir a Sion. No obstante, durante las generaciones posteriores, no todos mis antepasados se mantuvieron tan dedicados y, por ello, no me crie en un hogar centrado en el Evangelio. Seguir leyendo →
Necesitamos que se nos recuerde que estas cosas aparentemente pequeñas y sencillas, a lo largo de un período de tiempo significativo, hacen que se realicen grandes cosas.
I.
Mis queridos hermanos y hermanas, al igual que ustedes, he sido profundamente conmovido, edificado e inspirado por los mensajes, la música y los sentimientos de esta ocasión al estar juntos. Estoy seguro de que hablo en nombre de ustedes al expresar agradecimiento a nuestros hermanos y hermanas que, como instrumentos en las manos del Señor, nos han dado el efecto fortalecedor de este rato juntos.
Me siento agradecido de hablar a esta audiencia el domingo de Pascua de Resurrección. Hoy nos unimos a otros cristianos para celebrar la resurrección del Señor Jesucristo. Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la resurrección literal de Jesucristo constituye un pilar de nuestra fe.
Debido a que creemos en los relatos de la Biblia y del Libro de Mormón acerca de la resurrección literal de Jesucristo, también creemos, por las numerosas enseñanzas de las Escrituras, que una resurrección similar vendrá a todos los seres mortales que hayan vivido en esta tierra. Esa resurrección nos concede lo que el apóstol Pedro llamó “una esperanza viva” (1 Pedro 1:3). Esa esperanza viva es nuestra convicción de que la muerte no es el final de nuestra identidad sino tan solo un paso necesario dentro del misericordioso plan de nuestro Padre Celestial para la salvación de Sus hijos. Ese plan requiere que haya una transición de la mortalidad a la inmortalidad. Para tal transición es fundamental el ocaso de la muerte y la gloriosa mañana hecha posible por la resurrección de nuestro Señor y Salvador, que celebramos en este domingo de Pascua de Resurrección.
II.
En un gran himno escrito por Eliza R. Snow, nosotros cantamos:
Oh cuán glorioso y cabal el plan de redención: merced, justicia y amor en celestial unión1
Para el fomento de ese plan y esa unión celestiales, nos congregamos en reuniones, incluyendo esta conferencia, con el fin de enseñarnos y alentarnos unos a otros.
Esta mañana, he sentido que para el tema de mi mensaje debo usar la enseñanza de Alma a su hijo Helamán, cual se registra en el Libro de Mormón: “Por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (Alma 37:6). Seguir leyendo →
Ruego con todo mi corazón que escuchen la voz del Espíritu, el cual se envía a ustedes muy generosamente,
Mis hermanos y hermanas, estoy agradecido por la oportunidad de hablarles en el día de reposo del Señor, en la conferencia general de Su Iglesia, en esta época de Pascua de Resurrección. Doy gracias a nuestro Padre Celestial por el don de Su Amado Hijo, quien vino de forma voluntaria a la tierra para ser nuestro Redentor. Estoy agradecido por saber que Él expió nuestros pecados y se levantó en la Resurrección. Todos los días tengo la bendición de saber que, gracias a Su expiación, algún día resucitaré para vivir para siempre en una familia amorosa.
Sé estas cosas de la única manera en que cualquiera de nosotros puede saberlas. El Espíritu Santo me ha dicho en la mente y el corazón que son verdaderas; no solo una vez, sino con frecuencia. He necesitado ese consuelo continuo. Todos experimentamos tragedias durante las cuales necesitamos el consuelo del Espíritu. Lo sentí un día mientras estaba de pie junto a mi padre en un hospital. Observamos a mi madre dar algunas respiraciones cortas, y luego cesó de respirar. Al contemplar su rostro, ella sonreía a medida que el dolor se alejaba. Después de un momento de silencio, mi padre habló primero. Dijo: “Una niña pequeña ha vuelto a casa”.
Lo dijo suavemente. Parecía tener paz. Estaba informando algo que él sabía que era verdad. En silencio, comenzó a recoger los efectos personales de mi madre. Salió al pasillo del hospital para agradecer a cada una de las enfermeras y doctores que la habían atendido durante días.
Mi padre tenía la compañía del Espíritu Santo en ese momento para sentir, saber y hacer lo que hizo aquel día. Había recibido la promesa, tal como muchos la han recibido: “para que puedan tener su Espíritu consigo” (D. y C. 20:79).
Mi esperanza hoy es aumentar el deseo y la capacidad de ustedes de recibir el Espíritu Santo. Recuerden: Él es el tercer miembro de la Trinidad. El Padre y el Hijo son seres resucitados; el Espíritu Santo es un personaje de espíritu. (Véase D. y C. 130:22). Ustedes deciden si lo reciben y le dan la bienvenida en su corazón y mente.
Las condiciones bajo las cuales podemos recibir esa bendición suprema quedan claras con las palabras que se pronuncian cada semana, pero tal vez no siempre nos entren en el corazón y la mente. Para que se nos dé el Espíritu debemos “[recordar] siempre” al Salvador y “guardar sus mandamientos” (D. y C. 20:77). Seguir leyendo →
Queridos hermanos y hermanas, agradezco mucho poder expresarles algunos de mis sentimientos.
Hace algunos años, mi esposa y yo estuvimos presentes en la ceremonia inaugural de la exhibición interactiva para los niños, en el Museo de Historia de la Iglesia en Salt Lake City. Al terminar la misma, el presidente Monson pasó a nuestro lado y mientras nos daba la mano nos dijo: “perseveren y triunfarán”. Una enseñanza muy profunda que seguramente todos compartimos su veracidad.
Jesucristo nos asegura que “el que persevere hasta el fin, este será salvo”1.
Perseverar significa “permanecer firme en el compromiso de ser fiel a los mandamientos de Dios a pesar de la tentación, la oposición o la adversidad”2.
Aunque una persona haya tenido experiencias espirituales poderosas y prestado servicio fiel, podría, algún día, desviarse, o caer en la inactividad si no persevera hasta el fin. Ojalá que, en todo momento y en forma enfática, pongamos en nuestras mentes y corazones la frase: “ese no será mi caso”.
Cuando Jesucristo enseñó en Capernaúm, “muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él”.
“Dijo entonces Jesús a los doce: ¿También vosotros queréis iros?”3.
Creo que también hoy, a todos los que hemos hecho convenios sagrados con Jesucristo, Él nos pregunta: “¿También vosotros queréis iros?”.
Ruego que todos, con una reflexión profunda sobre lo que nos deparan las eternidades, respondamos como Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”4. Seguir leyendo →
El evangelio de Jesucristo se centra en el amor del Padre y del Salvador por nosotros, en nuestro amor por Ellos y en el de los unos por los otros.
Amamos y extrañamos al presidente Thomas S. Monson, y amamos y sostenemos al presidente Russell M. Nelson. El presidente Nelson ocupa un lugar especial en mi corazón.
Cuando era un padre joven, nuestro hijo pequeño, que tenía cinco años, llegó un día de la escuela y preguntó a su mamá: “¿Qué clase de trabajo hace papá?”. Luego explicó que sus nuevos compañeros de clase comenzaron a hablar sobre los trabajos de sus padres. Uno dijo que su padre era el jefe de la policía municipal, mientras que otro declaró con orgullo que su padre era jefe de una gran empresa.
Cuando le preguntaron sobre su padre, mi hijo simplemente dijo: “Mi papá trabaja en una oficina con una computadora”. Entonces, al ver que su respuesta no impresionó a sus nuevos amiguitos, añadió: “Y, por cierto, mi padre es el jefe del universo”.
Supongo que ahí terminó la conversación.
Le dije a mi esposa: “Es hora de que le enseñemos algunos detalles más del Plan de Salvación y de quién está realmente al mando”.
Al enseñar a nuestros hijos el Plan de Salvación, su amor por el Padre Celestial y por el Salvador aumentaba al darse cuenta de que es un plan de amor. El evangelio de Jesucristo se centra en el amor del Padre y del Salvador por nosotros, y en nuestro amor por Ellos y en el de los unos por los otros.
El élder Jeffrey R. Holland dijo: “… el primer gran mandamiento de toda la eternidad es amar a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Ese es el primer gran mandamiento; pero la primera gran verdad de toda la eternidad es que Dios nos ama con todo Su corazón, alma, mente y fuerza; ese amor es la piedra fundamental de la eternidad y debe ser la piedra fundamental de nuestra vida diaria”1. Seguir leyendo →
Por Reyna I. Aburto
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
Para llegar a nuestro sublime destino, nos necesitamos el uno al otro y debemos unirnos.
Una de las criaturas más excepcionales del mundo es la mariposa monarca. En un viaje que hicimos a México para pasar Navidad con la familia de mi esposo, visitamos un santuario donde millones de mariposas monarca pasan el invierno. Fue fascinante contemplar esa impresionante escena y reflexionar en el ejemplo de unidad y obediencia a las leyes divinas que demuestran las creaciones de Dios1.
Las mariposas monarca tienen un gran sentido de orientación y se valen de la posición del sol para saber hacia dónde ir. Cada primavera, viajan miles de kilómetros desde México hasta Canadá, y en el otoño regresan a los mismos bosques de oyamel en México2. Lo hacen año tras año, un diminuto aleteo a la vez. En el trayecto, se agrupan en árboles por la noche para protegerse del frío y de los depredadores3.
En inglés, a un grupo de mariposas se le llama caleidoscopio4. ¿Acaso no es linda esa imagen? Cada mariposa del caleidoscopio es única y distinta. A estas aparentemente frágiles criaturas las diseñó un Creador amoroso que les dio capacidad para sobrevivir, trasladarse, multiplicarse y diseminar vida de una flor a otra, esparciendo polen. Aunque cada una es diferente, trabajan juntas para hacer del mundo un lugar más hermoso y fructífero.
Como las mariposas monarcas, nosotros estamos en un viaje de vuelta al hogar celestial donde nos reuniremos con nuestros Padres Celestiales5. Al igual que ellas, hemos recibido atributos divinos que nos permiten navegar por la vida para que “[cumplamos] la medida de [nuestra] creación”6. Como ellas, si entrelazamos los corazones7, el Señor nos protegerá “como la gallina junta sus polluelos bajo las alas”8 y hará de nosotros un bello caleidoscopio.
Niñas y niños, jovencitas y jovencitos, hermanas y hermanos: estamos todos juntos en este viaje. Para llegar a nuestro sublime destino, nos necesitamos el uno al otro y debemos unirnos. El Señor nos ha mandado: “Sed uno; y si no sois uno, no sois míos”9.
Jesucristo es el ejemplo máximo de unidad con Su Padre. Ellos son uno en propósito, en amor y en obras, con “la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre”10.
¿Cómo podemos seguir el ejemplo perfecto de unidad del Señor con Su Padre y ser más unidos con Ellos y entre nosotros? Seguir leyendo →
¡Qué don incomparable reciben quienes depositan su fe en Jesucristo! Dicho don es el Santo Espíritu.
En este domingo de Pascua de Resurrección, nuestros pensamientos se dirigen a la resurrección del Señor Jesucristo y a la tumba vacía, que brinda, a todo creyente, esperanza en el triunfo de Cristo sobre lo que de otro modo sería una derrota segura. Yo creo, como el apóstol Pablo, que tal como Dios “levantó a Cristo Jesús de los muertos [así] vivificará también [nuestros] cuerpos mortales por su Espíritu que mora en [nosotros]”1.
Vivificar significa dar vida. Tal como Cristo trae nuestro cuerpo de vuelta a la vida tras la muerte física mediante el poder de Su resurrección, así también puede vivificarnos, o darnos vida, tras la muerte espiritual2. En el libro de Moisés, leemos que Adán recibió esa clase de vivificación: “[Adán] fue bautizado, y el Espíritu de Dios descendió sobre él, y así nació del Espíritu, y fue vivificado en el hombre interior”3.
¡Qué don incomparable reciben quienes depositan su fe en Jesucristo! Dicho don es el Santo Espíritu, que nos da lo que el Nuevo Testamento llama “vida en Cristo”4. No obstante, ¿damos por sentado en ocasiones ese don?
Hermanos y hermanas, es un privilegio extraordinario tener el “Santo Espíritu por guía”5, tal como lo demuestra la siguiente experiencia:
Durante la Guerra de Corea, el alférez Frank Blair prestó servicio en un buque de transporte de tropas con base en Japón6. El barco no era lo bastante grande para tener un capellán oficial, de modo que el capitán pidió al hermano Blair que fuera el capellán extraoficial de la nave, pues había observado que el joven era una persona de fe y principios, y muy respetado por toda la tripulación.
El alférez Blair escribió: “Nuestro buque quedó atrapado en medio de un enorme tifón. Las olas eran de unos catorce metros de altura. Yo estaba de guardia… en el momento en que uno de nuestros tres motores dejó de funcionar y se reportó una grieta en el eje de eslora del barco. Nos quedaban dos motores, uno de los cuales funcionaba solo a media máquina. Estábamos en serio peligro”.
El alférez Blair terminó la guardia y se estaba por ir a dormir cuando el capitán tocó a su puerta. Preguntó: “¿Podría orar por el barco, por favor?”. Por supuesto, el alférez Blair dijo que sí.
En ese momento, el alférez Blair podría haber rogado simplemente: “Padre Celestial, por favor, bendice nuestro barco y protégenos”, y luego haberse ido a dormir. En cambio, oró para saber si había algo que él pudiera hacer para ayudar a garantizar la seguridad del buque. En respuesta a la oración del hermano Blair, el Espíritu Santo lo inspiró a dirigirse al puente de mando, hablar con el capitán y averiguar más. Encontró al capitán tratando de determinar la velocidad en que debía hacer funcionar los motores restantes del barco. El alférez Blair regresó al camarote para orar de nuevo. Seguir leyendo →
Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad.
Mis amados hermanos, gracias por su dedicación al Señor y Su santa obra. Es un verdadero gozo estar con ustedes. Como nueva Primera Presidencia, les agradecemos sus oraciones y sus esfuerzos para sostenernos. Estamos agradecidos por sus vidas y su servicio al Señor. Su dedicación al deber y su servicio desinteresado son igual de importantes en sus llamamientos que los nuestros en nuestros llamamientos. A través de una vida de servicio en la Iglesia, he aprendido que en verdad no importa dónde servimos; lo que le importa al Señor es cómo servimos.
Expreso una profunda gratitud por el presidente Thomas S. Monson, quien fue un ejemplo para mí durante más de cincuenta años. Y expreso una honda admiración por sus consejeros, el presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf. Los felicito por su servicio al Señor y a Sus profetas. Estos dos dedicados siervos han recibido nuevas asignaciones; y continúan sirviendo con energía y empeño; les rindo honor y los amo.
Prestar servicio en la Iglesia verdadera y viviente del Señor con Su autoridad y poder es una bendición extraordinaria. La restauración del sacerdocio de Dios, incluso la de las llaves del sacerdocio, pone a disposición de los Santos de los Últimos Días dignos la mayor de todas las bendiciones espirituales. Vemos cómo esas bendiciones se derraman sobre mujeres, hombres y niños de todo el mundo.
Vemos mujeres fieles que entienden el poder inherente a sus llamamientos, así como de su investidura y otras ordenanzas del templo. Dichas mujeres saben cómo invocar los poderes del cielo para proteger y fortalecer a sus esposos, a sus hijos y a otras personas que aman. ¡Son mujeres espiritualmente fuertes que lideran, enseñan y ministran sin temor en sus llamamientos, con poder y autoridad de Dios!1 ¡Cuán agradecido estoy por ellas!
Asimismo, vemos hombres fieles que viven a la altura de sus privilegios como poseedores del sacerdocio. Lideran y prestan servicio con sacrificio, a la manera del Señor, con amor, bondad y paciencia. Bendicen, guían, protegen y fortalecen a otras personas mediante el poder del sacerdocio que poseen. Brindan milagros a quienes sirven, al tiempo que mantienen a salvo su propio matrimonio y familia. Evitan el mal y son poderosos élderes de Israel2. ¡Estoy muy agradecido por ellos!
Ahora bien, me gustaría expresar una inquietud. Es esta: Demasiados de nuestros hermanos y hermanas no entienden plenamente el concepto del poder y la autoridad del sacerdocio. Actúan como si prefirieran satisfacer sus propios deseos y apetitos egoístas en vez de usar el poder de Dios para bendecir a Sus hijos.
Me temo que demasiados de nuestros hermanos y hermanas no comprenden los privilegios que podrían tener3. Por ejemplo, algunos de nuestros hermanos, actúan como si no entendieran lo que es el sacerdocio y lo que les permite hacer. Déjenme darles algunos ejemplos específicos.
No hace mucho, asistí a una reunión sacramental en la que se había de dar nombre y una bendición de padre a una bebé recién nacida. El joven padre sostuvo a su preciada bebé en brazos, le dio un nombre y luego ofreció una hermosa oración; pero no le dio una bendición a la niña. Esa dulce bebé recibió un nombre, ¡pero ninguna bendición! Aquel querido élder no conocía la diferencia entre una oración y una bendición del sacerdocio; con su autoridad y poder del sacerdocio, podría haber bendecido a la bebé, pero no lo hizo; y yo pensé: “¡Qué oportunidad perdida!”
Permítanme citar otros ejemplos. Sabemos de hermanos que apartan a hermanas como líderes y maestras de la Primaria, de las Mujeres Jóvenes o de la Sociedad de Socorro, pero no las bendicen con el poder para cumplir con sus llamamientos; solo imparten amonestaciones e instrucciones. Vemos que algún padre digno no da bendiciones del sacerdocio a su esposa ni a sus hijos cuando es exactamente lo que ellos necesitan. El poder del sacerdocio ha sido restaurado en esta tierra; no obstante, hay demasiados hermanos y hermanas que atraviesan terribles pruebas en la vida sin recibir jamás una verdadera bendición del sacerdocio. ¡Qué tragedia! Esa es una tragedia que podemos eliminar.
Hermanos, poseemos el santo sacerdocio de Dios. Tenemos Su autoridad para bendecir a Su pueblo. Tan solo piensen en la extraordinaria promesa que nos ha dado el Señor cuando dijo: “… a quien bendigas yo bendeciré”4. Tenemos el privilegio de actuar en nombre de Jesucristo para bendecir a los hijos de Dios, de acuerdo con Su voluntad con respecto a ellos. Presidentes de estaca y obispos, por favor, asegúrense de que todos los miembros de los cuórums bajo su mayordomía entiendan cómo dar una bendición del sacerdocio, incluyendo la dignidad personal y la preparación espiritual que se requieren para invocar el poder de Dios plenamente5.
A todos los hermanos que poseen el sacerdocio: los invito a inspirar a los miembros a guardar sus convenios, ayunar y orar, estudiar las Escrituras, adorar en el templo, y servir con fe como hombres y mujeres de Dios. ¡Podemos ayudar a todos a ver, con el ojo de la fe, que la obediencia y la rectitud los acercarán más a Jesucristo, les permitirán disfrutar de la compañía del Espíritu Santo y experimentar gozo en la vida!
Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor será siempre un esfuerzo organizado y dirigido a ministrar a los hijos de Dios individualmente y a sus familias6. Puesto que esta es Su iglesia, nosotros, como Sus siervos, hemos de ministrar a la persona en particular, tal como Él lo hizo7. Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad.
Una experiencia que tuve hace más de sesenta años en Boston me enseñó cuán potente puede ser el privilegio de ministrar a las personas individualmente. Por entonces, era cirujano residente en el Hospital General de Massachusetts; estaba de guardia todos los días, cada dos noches y cada dos fines de semana. Tenía un limitado tiempo para mi esposa, para nuestros cuatro hijos y para la actividad en la Iglesia. No obstante, nuestro presidente de rama me asignó visitar la casa de Wilbur y Leonora Cox, con la esperanza de que el hermano Cox volviera a la actividad en la iglesia. Él y Leonora se habían sellado en el templo8. Sin embargo, Wilbur no había participado durante muchos años.
Mi compañero y yo fuimos a su casa; al entrar, la hermana Cox nos recibió con entusiasmo9, pero el hermano Cox se retiró abruptamente a otra sala y cerró la puerta.
Me dirigí a la puerta cerrada y toqué. Tras un momento, oí un resignado: “Entre”. Abrí la puerta y hallé al hermano Cox sentado junto a una serie de equipos de radioaficionado. En ese pequeño cuarto, encendió un cigarro; claramente, mi visita no era para nada bienvenida.
Observé la sala con asombro y dije: “Hermano Cox, siempre he querido aprender más sobre la tarea de los radioaficionados. ¿Quisiera enseñarme? Lamento no poder quedarme más tiempo esta noche, pero ¿podría regresar en otra ocasión?”.
Él titubeó un momento y luego dijo que sí. Aquel fue el comienzo de lo que llegó a ser una gran amistad. Regresé y me enseñó. Yo comencé a quererlo y respetarlo. A través de las visitas subsiguientes, la grandeza de aquel hombre se dejó entrever. Nos hicimos muy buenos amigos, al igual que nuestras queridas compañeras eternas. Luego, con el paso del tiempo, nuestra familia se mudó. Los líderes locales continuaron apoyando a la familia Cox10.
Unos ocho años después de aquella primera visita, se creó la Estaca Boston11. Adivinen quién fue su primer presidente de estaca. ¡Sí! ¡El hermano Cox! Durante los años subsiguientes, también prestó servicio como presidente de misión y presidente de templo.
Años después, como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, se me asignó crear una nueva estaca en el condado de Sanpete, Utah. Durante las entrevistas habituales, me sorprendió gratamente encontrarme de nuevo con mi querido amigo, el hermano Cox. Sentí la inspiración de llamarlo como el nuevo patriarca de estaca. Después de ordenarlo, nos abrazamos y lloramos. Las personas presentes en la sala se preguntaban por qué lloraban aquellos dos hombres adultos. Pero nosotros lo sabíamos; y la hermana Cox también. ¡Nuestras lágrimas eran de gozo! En silencio, recordamos la increíble travesía de amor y arrepentimiento que había empezado una noche en su casa, hacía más de treinta años.
La historia no termina allí; la familia del hermano y la hermana Cox creció hasta estar compuesta por tres hijos, veinte nietos y cincuenta y cuatro bisnietos. Añadan a aquello su influencia en cientos de misioneros, en miles de personas más en el templo, y en cientos de personas más que han recibido bendiciones patriarcales de manos de Wilbur Cox. Su influencia y la de Leonora Cox seguirán repercutiendo a través de muchas generaciones en todo el mundo.
Experiencias tales como esta, de Wilbur y Leonora Cox, ocurren cada semana —ojalá que cada día— dentro de esta Iglesia. Hay dedicados siervos del Señor Jesucristo que llevan a cabo Su obra, con Su poder y autoridad.
Hermanos, hay puertas que podemos abrir, bendiciones del sacerdocio que podemos dar, corazones que podemos sanar, cargas que podemos aligerar, testimonios que podemos fortalecer, vidas que podemos salvar, y gozo que podemos llevar a los hogares de los Santos de los Últimos Días; todo ello porque poseemos el sacerdocio de Dios. Somos los hombres que han sido “llamados y preparados desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios, por causa de [nuestra] fe excepcional” para hacer esta obra12.
Esta noche los invito a literalmente levantarse conmigo en nuestra gran hermandad eterna. Cuando mencione el nombre de su oficio del sacerdocio, por favor, pónganse de pie y permanezcan parados. Diáconos, ¡pónganse de pie! Maestros, ¡levántense! ¡Presbíteros! ¡Obispos! ¡Élderes! ¡Sumos sacerdotes! ¡Patriarcas! ¡Setentas! ¡Apóstoles!
Ahora bien, hermanos, permanezcan de pie y acompañen a nuestro coro para cantar las tres estrofas de “Rise Up, O Men of God” [Levantaos, hombres de Dios]?13. Mientras canten, piensen en su deber como las huestes poderosas de Dios a fin de ayudar a preparar el mundo para la segunda venida del Señor. Ese es nuestro cometido; ese es nuestro privilegio. Testifico de ello en el nombre de Jesucristo. Amén.
Los ayunos y oraciones de Leonora de cada lunes durante años seguramente ejercieron una poderosa influencia para bien.
En 1954, el presidente de rama Ira Terry llamó a Wilbur como superintendente de la Escuela Dominical de la rama. Wilbur aceptó el llamamiento y abandonó para siempre todos los hábitos contrarios a la Palabra de Sabiduría. Dedicó el resto de su vida al servicio de la obra del Salvador.
Magnificar el santo sacerdocio que tienen es vital para la obra del Señor con sus familias y con sus llamamientos eclesiásticos.
Mis queridos hermanos, hemos oído un anuncio revelador del presidente Russell M. Nelson; hemos oído importantes explicaciones de los élderes Christofferson y Rasband, y del presidente Eyring. Lo que se dirá luego, incluso más de parte del presidente Nelson, explicará lo que ustedes —los líderes del Señor y poseedores del sacerdocio— harán ahora en sus responsabilidades. Para ayudarles en esto, repasaré algunos principios fundamentales que rigen el sacerdocio que poseen.
I. El sacerdocio
El Sacerdocio de Melquisedec es la autoridad divina que Dios ha delegado para efectuar Su obra de “llevar a cabo… la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39); en 1829, los apóstoles del Salvador, Pedro, Santiago y Juan lo confirieron a José Smith y a Oliver Cowdery (véase D. y C. 27:12). Es sagrado y poderoso, más allá de nuestra capacidad de descripción.
Las llaves del sacerdocio son los poderes para dirigir el ejercicio de la autoridad del sacerdocio. Por lo tanto, cuando los apóstoles confirieron el Sacerdocio de Melquisedec a José y a Oliver, también les dieron las llaves para dirigir su uso (véase D. y C. 27:12–13). No obstante, no se confirieron todas las llaves del sacerdocio en ese momento. Todas las llaves y conocimiento necesarios para esta “dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 128:18) se dan “línea sobre línea” (versículo 21). Siete años después, se entregaron más llaves en el Templo de Kirtland (véase D. y C. 110:11–16). Esas llaves se entregaron para dirigir la autoridad del sacerdocio en las asignaciones adicionales que se dieron en aquel momento, tal como el bautismo por los muertos.
El Sacerdocio de Melquisedec no es un rango ni un título. Es un poder divino que se nos confía para su uso en beneficio de la obra de Dios para Sus hijos. Debemos recordar siempre que los hombres que poseen el sacerdocio no son “el sacerdocio”. No es apropiado decir “el sacerdocio y las mujeres”. Deberíamos decir “los poseedores del sacerdocio y las mujeres”.
II. Un ministerio de servicio
Ahora consideremos lo que el Señor Jesucristo espera de quienes poseen Su sacerdocio; el modo en que hemos de traer almas a Él.
El presidente Joseph F. Smith enseñó: “Se ha dicho, y es verdad, que la Iglesia está perfectamente organizada; el único problema es que esas organizaciones no están completamente al tanto de las obligaciones que tienen. Cuando se den cuenta por completo de lo que se requiere de ellas, cumplirán sus deberes más fielmente y la obra del Señor será mucho más fuerte, más potente e influyente en el mundo”1.
El presidente Smith también advirtió:
“Los títulos dados por Dios, de honor…, que se relacionan con los diversos oficios y órdenes del Santo Sacerdocio, no deben emplearse ni considerarse de la misma manera que los que se originan en el hombre; no son una condecoración ni una indicación de dominio, sino más bien de un nombramiento al servicio humilde en la obra del único Maestro al que profesamos servir…
“Estamos obrando en bien de la salvación de las almas y debemos sentir que este es el deber más grandioso que se nos ha encomendado. Por lo tanto, debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo, si fuese necesario, por amor a Dios, por la salvación del hombre y el triunfo del reino de Dios en la tierra”2.
III. Los oficios del sacerdocio
En la Iglesia del Señor, los oficios del Sacerdocio de Melquisedec tienen funciones diferentes. Doctrina y Convenios se refiere a los sumos sacerdotes como “presidentes residentes o siervos sobre diversas estacas esparcidas fuera de aquí” (D. y C. 124:134). Se refiere a los élderes como “ministros residentes de [la iglesia del Señor]” (D. y C. 124:137). Las siguientes son otras enseñanzas sobre estas funciones separadas.
Los sumos sacerdotes ofician y administran las cosas espirituales (véase D. y C. 107:10, 12). Además, como enseñó el presidente Joseph F. Smith, “en tanto al que ha sido ordenado sumo sacerdote, debe sentir que tiene la obligación… de dar un ejemplo digno de emulación a los mayores y a los jóvenes; y de asumir una posición tal de ser un maestro de rectitud, no solo por precepto, sino más particularmente mediante el ejemplo, al dar a los más jóvenes el beneficio de la experiencia de la edad, llegando así a ser en lo individual un poder en medio de la comunidad en la que resida”3.
Sobre los deberes de los élderes, el élder Bruce R. McConkie, del Cuórum de los Doce, enseñó: “Un élder es un ministro del Señor Jesucristo… Está comisionado para actuar como lo haría su Maestro y en nombre de Él… al ejercer su ministerio entre sus semejantes; es el agente del Señor”4.
El élder McConkie criticó la idea de que alguien sea “solamente un élder”: “Cada élder de la Iglesia posee tanto sacerdocio como el Presidente de esta…”, dijo. “¿Qué es un élder? Es un pastor; es un pastor que presta servicio en el redil del Buen Pastor”5.
En esa importante función de ministrar en el redil del Buen Pastor no hay ninguna distinción entre los oficios de sumo sacerdote y de élder del Sacerdocio de Melquisedec. En la maravillosa sección 107 de Doctrina y Convenios, el Señor declara: “Los sumos sacerdotes según el orden del Sacerdocio de Melquisedec tienen el derecho de oficiar en su propio puesto, bajo la dirección de la presidencia, para administrar las cosas espirituales, y también en el oficio de élder [u oficios del Sacerdocio Aarónico]” (véase D. y C. 107:10; véase también el versículo 12).
El principio más importante para todos los poseedores del sacerdocio es el principio que ha enseñado Jacob, el profeta del Libro de Mormón. Después de que él y su hermano José fueron consagrados sacerdotes y maestros del pueblo, declaró: “Y magnificamos nuestro oficio ante el Señor, tomando sobre nosotros la responsabilidad, trayendo sobre nuestra propia cabeza los pecados del pueblo si no le enseñábamos la palabra de Dios con toda diligencia” (Jacob 1:19).
Hermanos, nuestras responsabilidades como poseedores del sacerdocio son un asunto muy serio. Otras organizaciones podrían sentirse satisfechas con las normas del mundo sobre la forma de dar mensajes y de cumplir con sus otras funciones; pero nosotros, los que poseemos el sacerdocio de Dios, tenemos el poder divino que rige incluso la entrada al Reino Celestial de Dios. Tenemos el propósito y la responsabilidad que el Señor definió en el prefacio revelado de Doctrina y Convenios. Debemos proclamar al mundo:
“… que todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo;
“para que también la fe aumente en la tierra;
“para que se establezca mi convenio sempiterno;
“para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra” (D. y C. 1:20–23).
Para cumplir con ese mandato divino, debemos ser fieles en “magnificar” nuestros llamamientos y responsabilidades del sacerdocio (véase D. y C. 84:33). El presidente Harold B. Lee explicó lo que significa magnificar el sacerdocio: “Cuando uno se convierte en poseedor del sacerdocio, se convierte en agente del Señor. Uno debe considerar su llamamiento con la perspectiva de que está en la obra del Señor. Eso es lo que significa magnificar el sacerdocio”6.
Por lo tanto, hermanos, si el Señor mismo les pidiera que ayudaran a uno de Sus hijos o hijas —lo cual ha hecho por medio de Sus siervos— ¿lo harían? Y si lo hicieran, ¿actuarían como agentes de Él, “en la obra del Señor”, confiando en la ayuda que ha prometido?
El presidente Lee impartió otra enseñanza sobre magnificar el sacerdocio: “Cuando colocan una lupa por encima de algo, aquello se ve más grande de lo que puede verse a simple vista; la lupa es una lente de aumento. Ahora bien,… cuando cualquier hombre magnifica su sacerdocio —es decir, cuando lo engrandece más de lo que él creía que este era primeramente y lo hace más importante de lo que cualquier otro hombre haya creído que fuera— ese es el modo de magnificar el sacerdocio”7.
El siguiente es un ejemplo de cómo un poseedor de sacerdocio magnificó sus responsabilidades del sacerdocio. Lo oí de boca del élder Jeffrey D. Erekson, que fue mi compañero en una conferencia de estaca en Idaho. Mientras era un joven élder casado y desesperadamente pobre que se sentía incapaz de terminar su último año de la universidad, Jeffrey decidió abandonarla y aceptar una atractiva oferta laboral. Algunos días después, el presidente del cuórum de élderes fue a su casa. “¿Entiendes la importancia de las llaves del sacerdocio que poseo?”, preguntó el presidente del cuórum de élderes. Cuando Jeffrey dijo que sí, este le dijo que desde que se había enterado de sus intenciones de abandonar la universidad, el Señor lo había importunado durante noches de insomnio para que diera a Jeffrey este mensaje: “Como tu presidente de cuórum de élderes, te aconsejo que no dejes la universidad. Este es un mensaje del Señor para ti”. Jeffrey continuó en la universidad. Años después, me encontré con él cuando era ya un próspero hombre de negocios, y oí que decía a una congregación de poseedores del sacerdocio: “Aquel [consejo] ha marcado toda la diferencia en mi vida”.
Un poseedor del sacerdocio magnificó su sacerdocio y su llamamiento, y aquello marcó “toda la diferencia” en la vida de otro hijo de Dios.
IV. El sacerdocio en la familia
Hasta aquí, he hablado de las funciones del sacerdocio en la Iglesia. Ahora hablaré del sacerdocio en la familia. Empezaré refiriéndome a las llaves. El principio de que la autoridad del sacerdocio solo puede ejercerse bajo la dirección de alguien que posea las llaves para dicha función es fundamental en la Iglesia, pero no se aplica al ejercicio de la autoridad del sacerdocio en la familia8. Los padres que poseen el sacerdocio presiden en sus familias por la autoridad del sacerdocio que poseen; no tienen necesidad de tener la dirección ni la aprobación de las llaves del sacerdocio a fin de aconsejar a los miembros de su familia, organizar reuniones familiares, dar bendiciones del sacerdocio a su esposa e hijos, o dar bendiciones de salud a los miembros de la familia u otras personas.
Si los padres magnificaran su sacerdocio en su propia familia, esto haría avanzar la misión de la Iglesia más que cualquier otra cosa que pudieran hacer. Los padres que poseen el Sacerdocio de Melquisedec deben guardar los mandamientos a fin de tener el poder del sacerdocio para dar bendiciones a los miembros de la familia; también deben cultivar lazos familiares de amor para que los miembros de la familia quieran pedir bendiciones a sus padres. Y el padre y la madre deben fomentar que se den más bendiciones del sacerdocio en la familia.
Padres, actúen como “compañeros iguales” de sus esposas, tal como enseña la Proclamación para la Familia9. Y, padres, cuando tengan el privilegio de ejercer el poder y la influencia de la autoridad de su sacerdocio, háganlo “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero” (D. y C. 121:41). Esa elevada norma para el ejercicio de la autoridad del sacerdocio es de suma importancia en la familia. El presidente Harold B. Lee extendió esta promesa apenas llegó a ser Presidente de la Iglesia: “El poder del sacerdocio, que ustedes poseen, nunca es más extraordinario que cuando hay una crisis en su hogar, una enfermedad grave, o cuando hay que tomar alguna decisión trascendental… Comprendido en el poder del sacerdocio, que es el poder de Dios Todopoderoso, está el poder de efectuar milagros, si así es la voluntad del Señor, pero para que nosotros utilicemos ese sacerdocio, debemos ser dignos de ejercerlo. No comprender ese principio equivale a no recibir las bendiciones de poseer ese gran sacerdocio”10.
Mis amados hermanos, el que magnifiquen el santo sacerdocio que poseen es crucial para la obra del Señor con sus familias y llamamientos de la Iglesia.
Testifico de Aquel a quien pertenece el sacerdocio; mediante Su sufrimiento y sacrificio expiatorios, y Su resurrección, todos los hombres y mujeres tenemos la seguridad de la inmortalidad y la oportunidad de alcanzar la vida eterna. Todos nosotros debemos ser fieles y diligentes al hacer nuestra parte en esta gran obra de Dios, nuestro Padre Eterno. En el nombre de Jesucristo. Amén.