Confiad en el Señor

Confiad en el Señor

por el élder Gene R. Cook
Del Primer Quorum de los Setenta

(Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, el 29 de mayo de 1984.)

Os será más fácil tomar decisiones, especialmente las más importantes, si oráis con fe, confiando sinceramente en el Señor.

Me gustaría dirigirme a la juventud de esta magnífica generación que el Señor está levantando para cumplir sus propósitos. Vosotros estáis en los umbrales de algunos de los descubri­mientos y las decisiones claves de la vi­da. Entre éstos se incluyen: el conoceros a vosotros mismos y reconocer vuestra capacidad, decidir cumplir una misión, decisiones en cuanto a los estudios y una profesión, la inclinación laboral para el futuro, la búsqueda de un compañero eterno y el matrimonio en el templo. Os contaré cuatro relatos verídicos que ilus­tran estos descubrimientos y decisiones claves.

Creed en vuestra capacidad divina  

¿Cómo podéis descubrir vuestra capa­cidad? El alcance de la mente humana es ilimitado. Vosotros sois hijos e hijas de Dios, y todos fuimos creados a semejan­za del Padre.

Un joven, al que llamaré Juan, cursaba el primer año de escuela secundaria; era un poco más alto que los demás y se des­tacaba en baloncesto y atletismo. Sin em­bargo, con el transcurso del año, el entre­nador del equipo de baloncesto comenzó a decirle: “Juan, quédate sentado. No sir­ves para deportes. Eres muy torpe”. En una oportunidad en que estaban jugando un partido le dijo: “No, no te necesita­mos. ¡Quédate aquí! No corres lo sufi­cientemente rápido, ni puedes tirar la pe­lota. No eres ágil”. Este tipo de comentarios se repitieron durante varios meses. Finalmente, Juan comenzó a creer lo que el entrenador le decía, y dejó de jugar al baloncesto, tanto en la Iglesia como en la escuela. También dejó de co­rrer. Durante los años restantes en que cursó la secundaria evitó participar en cualquier deporte. Cuando comenzó a ir a la universidad, se requería hacer algo de atletismo, pero él participó lo menos posible.

A los diecinueve años fue en una mi­sión a un país extranjero. Allí se dio cuenta de que a veces los autobuses no paraban completamente para que la gente subiera o bajara, de modo que los misio­neros tenían que aprender a hacerlo co­rriendo.

Una tarde Juan y su compañero esta­ban a dos cuadras de distancia de la para­da del ómnibus cuando vieron que éste se acercaba. Uno de ellos le dijo al otro: “Eider, corra o llegaremos tarde a nuestra próxima charla”. Para sorpresa de Juan, él alcanzó el autobús antes que su compa­ñero. Esa misma tarde buscó la manera, en forma premeditada, de que tuvieran que correr varias veces a fin de tomar el ómnibus, y todas las veces llegó primero.

Juan no salía de su asombro; era casi increíble, porque sabía que su compañero había recibido varios premios por ser el mejor corredor del lugar donde vivía. Juan no lo podía creer. ¿Era posible? Volvieron a hacer carreras y ganó otra vez.

De pronto llegó a la triste conclusión de que había desperdiciado su habilidad atlética. Podría haber sobresalido en ella si no se hubiera dejado llevar por la opi­nión que otros tenían de él. Esto lo hizo pensar seriamente en otras actitudes ne­gativas que tenía acerca de sí mismo. Quizás esas también estuvieran equivo­cadas.

Tal vez vosotros os encontréis en ese mismo proceso. ¿Os ha convencido al­guien de que no tenéis talento para la música o las matemáticas, o que siempre vais a ser obesos? Revaluad vuestras acti­tudes; todos tenemos grandes dones, pero muchos de nosotros nos auto limitamos severamente con actitudes negativas acerca de nuestra capacidad.

El Señor dijo: “Porque cuál es su pen­samiento en su corazón, tal es él” (Pro­verbios 23:7). Y nuevamente: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23). No podéis elevaros más de lo que creáis y penséis acerca de voso­tros mismos.

Confiad en que el Señor os ayudará a dar libertad a los dones que apenas co­menzáis a reconocer y utilizar. Reprimi­do dentro de cada uno de nosotros existe un verdadero genio. ¡No permitáis que nadie os convenza de lo contrario!

Recordaréis que Juan se descubrió a sí mismo mientras estaba en el campo mi­sional. ¿Acaso no nos enseñó el Señor que el que quiera salvar su vida, la perde­rá, y que todo el que la pierda en el servi­cio de los demás la hallará? (Véase Ma­teo 16:25.) ¡Descubríos a vosotros mismos! Si aún no lo habéis hecho, id en una misión, porque conforme busquéis servir al Señor, os encontraréis también a vosotros mismos.

“Y ahora te doy este llamamiento y mandamiento concerniente a todos los hombres. . . serán ordenados y envia­dos a predicar el evangelio sempiterno entre las naciones, para promulgar el arrepentimiento.” (D. y C. 36:4—6.)

Confiad en los susurros del Espíritu

Permitidme contaros la experiencia que vivió otro joven, al que llamaré Pe­dro. A los dieciocho años cursaba el pri­mer año en la universidad. Como tenía una beca, se preocupaba mucho por sacar buenas calificaciones, de modo que se inscribió para tomar la clase de oratoria que pensó sería fácil.

Un día la profesora dijo: “Jóvenes, en los últimos veinticinco años que he ense­ñado, sólo he dado cinco sobresalientes, la nota más alta”. A Pedro se le cayó el alma a los pies; trató de cambiar de clase, pero ya era demasiado tarde. Con el transcurso de los meses obtuvo diferentes buenas calificaciones pero nunca una So­bresaliente, razón por la que se sentía muy desilusionado.

Entonces llegó el momento de dar el último discurso del semestre, lo cual de­terminaría el cincuenta por ciento de la nota final. La profesora les asignó hablar durante veinticinco minutos, defendien­do un tema de controversia. Después de cada presentación, a los miembros de la clase se les permitiría hacer comentarios en voz alta para expresar sus opiniones, y luego cada uno de ellos debía presentar una crítica por escrito.

Se acercaba el día en que Pedro daría la presentación, y no sabía exactamente el tema que iba a tratar. Oró al respecto, y sintió una viva impresión: “Si estás buscando un tema de controversia, elige el Libro de Mormón”.

Pedro tenía temor, ya que sabía que era el único miembro de la Iglesia en la clase. Por otra parte, la profesora era muy activa en una iglesia protestante y durante el semestre había leído pasajes de la Biblia y puesto muy en claro que ella la consideraba la única revelación de Dios a los hombres.

El día de la presentación, cuando anunció el tema de su disertación, se hizo un gran silencio en la clase. Con el deseo de no ofender a nadie, especialmente a la profesora, comenzó a hablar del Libro de Mormón desde un punto de vista históri­co y académico. Entonces, a mediados del discurso, sintió la influencia del Espí­ritu y pensó: “No puedo hablarles sola­mente acerca del aspecto histórico del li­bro; no me importa lo que piensen de mí ni la calificación que me dé la profesora. El Libro de Mormón es verdadero y to­dos ellos deben saberlo”.

Entonces comenzó a enseñar tal como había aprendido a hacerlo con los investi­gadores cuando era misionero de estaca; expresó su testimonio varias veces y has­ta finalizó en el nombre de Jesucristo.

Estaba pronto para recibir el ataque de sus compañeros de clase, pero para su sorpresa, nadie dijo nada. La profesora los motivó a que analizaran la presenta­ción y dieran su opinión, pero no lo hi­cieron. Nadie dijo una palabra. Final­mente, frustrada, la profesora dijo: “Te puedes sentar, Pedro”.

Los comentarios por escrito de los de­más alumnos fueron todos positivos. Unos cuatro o cinco escribieron: “Casi me has convencido de que lo que dijiste es verdad”. Uno de ellos, el que había criticado más severamente a los otros es­tudiantes, escribió: “Me gustaría mucho saber más acerca de tu iglesia”. Pedro sacó la calificación más alta y estaba ra­diante de felicidad. Pero aun si lo hubie­ran reprobado, habría sido bendecido por prestar atención a los susurros del Espíri­tu. El Señor ha mandado que todos sea­mos “testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis” (Mosíah 18:9). En verdad.

El bendice a aquellos que, con fe, dicen: “No me avergüenzo del evangelio” (Ro­manos 1:16).

Si aún no lo hacéis, algún día haréis frente al mundo, tal como lo hizo este joven. ¿Cuán firme será vuestra fe? Os será mucho más fácil tomar decisiones, especialmente las más importantes — matrimonio, misión, estudios, carrera—, si oráis con fe, confiando sinceramente en el Señor, y luego seguís los susurros del Espíritu.

Guardad los mandamientos 

Debemos aseguramos de que las deci­siones que tomemos estén en armonía con los mandamientos. La obediencia re­quiere tener confianza en la sabiduría del Señor y su amor por nosotros. El relato de otro joven, al que llamaré Tomás, ilustra este concepto.

Cuando Tomás tenía once años, consi­guió un trabajo de repartir periódicos a domicilio. Le iba tan bien económica­mente que cuando cumplió los dieciséis años aún continuaba haciendo lo mismo. Un día el gerente, que era un miembro inactivo de la Iglesia, le dijo: “Has sido tan leal y has vendido tantas subscripcio­nes que te voy a nombrar ayudante del gerente de circulación del periódico. Esto significa que supervisarás a los otros jó­venes que hacen los repartos y les ense­ñarás a vender subscripciones. Después de salir de la escuela y de terminar tu ruta, podrás venir a la oficina a trabajar unas dos o tres horas para atender el telé­fono, lo que te permitirá hacer tu tarea o estudiar. Considerándolo todo, será un buen trabajo para ti, y ganarás el triple”.

Tomás se quedó muy contento. Estaba ahorrando dinero para ir en una misión y éste era un trabajo ideal, precisamente en una época en que muchos jóvenes de su edad tenían muchas dificultades para conseguir uno.

Se repetía a sí mismo una y otra vez: “El Señor realmente bendice a los que cumplen los mandamientos”. Él siempre había pagado el diezmo, santificado el día de reposo y honrado el sacerdocio.

Después de un año y medio lleno de éxito, el gerente le dio otra oportunidad  de progresar. “¿Sabes, Tomás?, dentro de una semana vamos a comenzar a re­partir el periódico de los domingos. No sólo tendrás tu ruta para repartir por la mañana, sino que tendrás que quedarte en la oficina desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde. Además recibi­rás un aumento del 30 por ciento.”

Como él no demostró mucho entusias­mo con la noticia, el gerente agregó in­mediatamente: “Sé que eres mormón y que estarás pensando en no aceptar esta responsabilidad extra para los domingos. Pero si la rechazas, también perderás tu ruta semanal. Cualquier otro joven haría cualquier cosa por ocupar tu lugar”.

Al pedalear su bicicleta hacia la casa, Tomás se sentía terriblemente desalen­tado. Oró una y otra vez: “¿Cómo es posible, Padre? He guardado los manda­mientos; siempre he tratado de hacer lo correcto; he pagado el diezmo, estoy pre­parándome para ir a una misión, y ahora estoy a punto de perder el trabajo. ¿Debo aceptar este trabajo extra de los domin­gos o no?”

Le planteó el problema a su padre, quien sabiamente le respondió: “No sé la respuesta, pero sé de Alguien que la sa­be”. Después habló con el obispo, quien le dijo más o menos lo mismo que su padre. Durante dos días enteros oró y lu­chó para llegar a una decisión. Sabía que podría asistir a la reunión sacramental de otro barrio que la efectuaba por la tarde.

Cuando su jefe le preguntó lo que ha­bía decidido, Tomás le contestó:

—Me gusta mucho el trabajo, pero no puedo trabajar los domingos; eso no está bien.

—Estás despedido —dijo el gerente, enojado—. El sábado puedes recoger tu última paga. ¡Eres un desagradecido!

Durante los días siguientes el gerente casi ni le dirigió la palabra. Cuando To­más se preguntaba si la decisión que ha­bía tomado era la correcta, la respuesta parecía ser la misma: “Quizás haya algu­nas personas que tengan que trabajar los domingos, pero tú no; y no debes hacer­lo”.

Al ir a recoger su último cheque, vio que el gerente estaba esperándolo.

—Tomás, perdóname —le dijo—. Estaba equivocado; no debí haber tratado de forzarte a ir en contra de tus creencias. He encontrado a otro joven que pertenece a otra religión que está dispuesto a hacer el trabajo extra de los domingos. Tú pue­des continuar con tu trabajo regular. ¿Aceptas?

Con gran agradecimiento en su cora­zón, él le contestó:

—Por supuesto.

Entonces el gerente agregó:

—De ahora en adelante recibirás el 30 por ciento de aumento que te iba a pagar por el trabajo extra de los domingos.

El sentimiento que Tomás llevaba en su corazón al volver a la casa era indes­criptible. “Vale la pena cumplir los man­damientos del Señor”, se dijo a sí mismo. Por supuesto que también habría valido la pena aun cuando no hubiera recibido el aumento. Un año después, cuando dio su discurso de despedida antes de salir como misionero, se sintió muy feliz de ver que el gerente estaba entre la congregación. Pero su gozo fue aún mayor cuando hace unos meses se enteró de que, después de veintiséis años de inactividad, el gerente es ahora el líder del grupo de sumos sa­cerdotes de su barrio.

Las decisiones con respecto al trabajo, la misión, el matrimonio y la carrera no son nada fáciles, pero si dependéis del Señor y cumplís sus mandamientos, po­dréis estar seguros de que “todas las co­sas obrarán juntamente para vuestro bien” (D. y C. 90:24).

Tened cuidado de no poner nunca en peligro vuestros principios; confiad siem­pre en el Señor.

Tened fe en medio de la oposición  

Permitidme daros un último ejemplo de otro joven al que llamaremos Raúl. Este enfermó gravemente mientras estaba en la misión en un país lejano. Tenía pro­blemas digestivos tan serios que el presi­dente de la misión estaba considerando la posibilidad de enviarlo a la casa.

Un día, mientras iba caminando con su compañero, le dio un dolor tan fuerte en un pie que ni siquiera pudo caminar hasta la casa donde iban a dar una charla a unos investigadores.

El médico diagnosticó que tenía artritis causada por la humedad, y le mandó que hiciera reposo por unos días.

Aunque siguió las instrucciones del doctor y recibió una bendición del sacer­docio, su salud continuaba igual. Raúl era líder de distrito en la misión, y los misioneros del distrito que trabajaban con él habían comenzado a bautizar en una ciudad en donde hacía tiempo que no había bautismos. Le era difícil compren­der cómo el Señor podía permitirle des­perdiciar un tiempo tan valioso cuando su distrito había empezado a tener éxito.

Pasó una semana, dos, tres, un mes, y Raúl no mejoraba. Finalmente lo lleva­ron al hospital de la capital, donde podría recibir mejor asistencia médica. Una ra­diografía reveló que un hueso del pie se había fracturado y se había unido en una posición incorrecta. Le hicieron varios tratamientos con electricidad que, su­puestamente, iban a ayudar a que el hue­so soldara debidamente, pero no dieron resultado. La fractura del pie y sus otros problemas de salud lo tenían un tanto de­salentado y, otra vez, se consideró la po­sibilidad de enviarlo a la casa.

Una mañana, después de casi tres me­ses, al levantarse de la cama se dio cuen­ta de que el pie no le dolía más. Apoyó en él con cuidado todo el peso de su cuer­po, luego pateó el piso con fuerza, y has­ta corrió un kilómetro con su compañero; estaba totalmente curado. Con gran rego­cijo volvió inmediatamente a continuar su trabajo en la obra misional.

Pasaron dos semanas y recibió una car­ta de sus padres que empezaba: “Querido hijo”, y luego seguía un párrafo o dos en los que lo regañaban por no haberles he­cho saber acerca de sus problemas de sa­lud. Se habían enterado por medio de otro misionero, uno de sus amigos, que les había escrito. Con mucho amor le de­cían: “Toda la familia ha comenzado a orar constantemente y a ayunar por ti. También pusimos tu nombre en el templo y esperamos que esto te ayude”.

Mientras leía la carta con lágrimas de emoción y hojeaba su diario personal, descubrió que el día que se había levanta­do completamente sanado era el mismo en que sus padres le habían escrito la car­ta; el mismo día en que toda la familia había comenzado a orar y a poner en práctica su fe en beneficio del hijo y her­mano que estaba tan lejos de ellos.

¿Cómo podía suceder una cosa así a unos once mil kilómetros de distancia? Quizás nadie lo sepa, pero el poder de la fe es algo que no se puede negar. Frente a toda oposición, confiad en el Señor; aun cuando ésta persista hasta el punto que no se pueda resistir, continuad confiando en Dios.

La vida es una lucha continua, pero el Señor cumple sus promesas. Todos voso­tros os enfrentáis con problemas y deci­siones importantes, pero todos se pueden resolver si confiáis en el Señor.

Él es la respuesta a todas las cosas; Él es quien os revelará vuestra capacidad y os hará saber quiénes sois y lo que debéis hacer.

Para terminar, me gustaría hacer unas cuantas sugerencias que os ayudarán a manteneros cerca del Señor y a confiar en El:

  1. Orad a Dios continuamente durante el día, pidiéndole guía y revelación. (Véase 2 Nefi 9:52.)
  2. Leed las Escrituras diariamente, aunque sea sólo unos minutos. Ellas os darán la dirección que necesitáis en este mundo y os enseñarán acerca del venide­ro.
  3. Ejercitad vuestra fe y dad prioridad a las cosas espirituales, y todas las demás os serán agregadas a su debido tiempo.
  4. Procurad hacer Su voluntad y no la vuestra, humillándoos y arrepintiéndoos o cambiando vuestra vida, según sea ne­cesario.
  5. Amad a vuestro prójimo; servidle. Apacentad las ovejas del Señor.
  6. Guardad los mandamientos con exactitud.

Recordad que al final el Señor prospe­rará a todos los que guarden sus manda­mientos. Él dijo: “Y si los hijos de los hombres guardan los mandamientos de Dios, él los alimenta y los fortifica, y provee los medios por los cuales pueden cumplir lo que les ha mandado” (1 Nefi 17:3; cursiva agregada).

Os testifico que si cumplís con los mandamientos, Él os alimentará, os forti­ficará y os proveerá los medios para que logréis todo lo necesario para completar fielmente vuestra misión divina aquí en la tierra. Que el Señor os bendiga en las decisiones que debéis tomar en esta etapa tan importante de vuestra vida. □

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Acontecimientos más importantes antes de la venida de Cristo

¿Cuáles son los acontecimientos más importantes que han de suceder antes de la venida de Cristo?

Joseph F. McConkie,
Profesor de Escrituras antiguas de la Universidad Brigham Young.

Las Escrituras explícitamente prohíben especular acerca de la hora y el día en que Cristo regresará. Queda en claro que el calendario que usamos no ha de ser uno de meses y años, sino de acontecimientos. Existen profecías incondicionales que se deben cumplir antes de la venida de Cristo. Estos acontecimientos se describen en las Escrituras como la “terminación de su obra” y deben ocurrir mayormente “al comenzar el séptimo milenio [de la histo­ria temporal de la tierra], la preparación de la vía antes de la hora de su venida” (D. y C. 77:6, 12).

En el capítulo 9 del libro de Apocalip­sis leemos de las guerras y de las plagas que ocurrirán cuando se abra el séptimo sello. Por revelación, el profeta José Smith nos dijo que estas cosas “se cum­plirán después que sea abierto el séptimo sello, antes de la venida de Cristo” (D. y C. 77:13).

Los santos fieles pueden reconocer es­tos acontecimientos y así prepararse para recibir a Cristo a su regreso. Considere­mos brevemente seis acontecimientos claves (no necesariamente en orden cro­nológico) que deben cumplirse antes de la Segunda Venida. Son: (1) la prédica del evangelio en todo el mundo, (2) el recogimiento de Israel, (3) la construc­ción de templos, (4) la visita de Cristo a Adán-ondi-Ahman, (5) la batalla de Armagedón y (6) señales y maravillas en los cielos.

1. La prédica del evangelio en todo el mundo. El evangelio restaurado mediante José Smith ha de ser predicado entre to­das las naciones, tribus, lenguas y pue­blos antes de la venida de Cristo. Toda nación, familia y lengua debe tener la oportunidad de aceptar o rechazar a Cristo tal como el Libro de Mormón testifica de él (3 Nefi 21:11). En ello se incluye a los pueblos de la Unión Soviética, China, India y las naciones musulmanas. A to­dos se les ha de enseñar el evangelio en su propia lengua y a través de su propia gente (D. y C. 90:11; Alma 29: 8). En todas estas naciones se encontrarán con­gregaciones de Santos de los Últimos Días armados con “la justicia y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:12,14). Aparentemente deben ocurrir grandes cambios en los gobiernos de los hombres antes de que tales profecías puedan cumplirse.

2. El recogimiento de Israel. Por me­dio de la enseñanza del evangelio se cumplirán las profecías acerca del recogi­miento de Israel. Esto se aplica al pueblo lamanita, al judío y a las tribus perdidas.

Todos se hallaban perdidos o dispersos por haber rechazado a Cristo y sus man­damientos. Nuevamente podrán reclamar su herencia antigua cuando hayan regre­sado a Cristo y a sus convenios sempiter­nos. Una vez que sean “restaurados a la verdadera iglesia y redil de Dios”, volve­rán bajo la dirección del profeta, que ten­drá las llaves del recogimiento de Israel a las tierras de su herencia. (2 Nefi 9:2; D. y C. 110:11.)

3. La construcción de templos. A me­dida que Israel se vaya congregando, Sión se irá estableciendo, y a medida que Sión se vaya estableciendo se irán cons­truyendo templos. El propósito de los templos es preparar al pueblo para reunir­se con Dios. Malaquías prometió que en los últimos días el Señor vendría súbita­mente a su templo (Malaquías 3:1).

Isaías identificó la construcción de tem­plos como una señal del recogimiento de Israel en preparación para la venida de Cristo (Isaías 2:1-3). Las promesas proféticas incluyen la construcción de tem­plos tanto en la Jerusalén antigua como en la Nueva Jerusalén en el condado de Jackson (D. y C. 84:4; 124:36).

4. La visita de Cristo a Adán-ondi- Ahman. Antes del grande y terrible día en que Cristo venga a reclamar lo que le pertenece y a traer juicios sobre los mal­vados; antes de que descienda abierta y públicamente, aparecerá priviada y silen­ciosamente a algunos de los santos fieles de todas las épocas en el valle de Adán- ondi-Ahman. Aquí, quienes hayan tenido llaves y poderes, desde la época de Adán hasta el presente, rendirán un informe de sus mayordomías. Entregarán sus llaves a Adán, quien a su vez las entregará a Cristo. De esta manera todo quedará listo para que Cristo comience su reinado mi­lenario (D. y C. 116; Daniel 7:9-14; 21-22).

5. La batalla de Armagedón. Cuando Israel haya regresado a sus tierras, ha­biéndose congregado de todas las nacio­nes de la tierra, y la Jerusalén antigua haya sido reconstruida con el templo del Señor, entonces vendrá una época de gran iniquidad y destrucción la que cul­minará en la batalla de Armagedón.

Se ha supuesto falsamente que existirá un estado de rectitud como introducción a la época milenaria; sin embargo, no es así. La tierra entera estará llena de iniqui­dad. Dos de los profetas de Dios serán sacrificados en Jerusalén y sus cuerpos yacerán en la plaza por tres días y medio antes de que Dios los levante de los muertos (Apocalipsis 11:8-11).

De acuerdo con la divina providencia, las tribulaciones de Jerusalén serán para­lelas a sus pecados: la ciudad será toma­da, las casas saqueadas y las mujeres vio­ladas (Zacarías 14:2). Parecería que sólo los justos escaparán esta destrucción y pillaje.

Tal será el escenario de la gran batalla final, la batalla de Armagedón. Esta cul­minante batalla, parte de una guerra religiosa, una guerra que confronta la causa de Israel y su Cristo con las fuerzas de Gog y Magog, será sostenida en la valle de Esdraelón en las antiguas tierras de Palestina. De acuerdo con el capítulo 9 del libro de Apocalipsis, versículo 16, en este lugar unos “doscientos millones” de hombres se trabarán en una batalla que se extenderá a todas las naciones de la tie­rra. Durante esta batalla, Cristo pondrá nuevamente su pie sobre el Monte de los Olivos y este sagrado monte se partirá en dos; rescatará a su pueblo y enjuiciará a los malvados. La derrota de Gog y Ma­gog significará la destrucción final de los enemigos de Israel y el fin de las nacio­nes y los reinos terrenales. Poco después, Cristo reinará como Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 9; D. y C. 45:48; Apocalipsis 19:14—16).

6. Señales y maravillas en los cielos. Unos 2.000 años antes en el Monte de los Olivos, Cristo había relatado a sus discí­pulos las destrucciones que vendrían so­bre Israel en los últimos días. Entonces hizo la promesa: “E inmediatamente des­pués de la tribulación de aquellos días, el sol se obscurecerá, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y se­rán conmovidos los poderes del cielo” (José Smith—Mateo 1:33).

Esta será entonces la gran señal final, porque “entonces”, El prometió, “apare­cerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo, y entonces lamentarán todas las tri­bus de la tierra; y verán al Hijo del Hom­bre que viene en las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (José Smith—Mateo 1:36). □

 

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Principios

Principios

Por el élder Boyd K. Packer
del Quórum de los Doce
Liahona Octubre/Noviembre 1985

La siguiente es una versión editada de un discurso pronunciado en el Seminario de Representantes Regionales como parte de las actividades de la conferencia general, el 6 de Abril de 1984.

Si existe alguna manera mejor para que un joven miembro de la Iglesia obtenga un conocimiento profundo del evangelio, es sirviendo en una misión. La misión es una combinación casi perfecta del estudio y la aplicación de los principios a medida que se van aprendiendo.

Recibí la asignación de hablar acerca del llamamiento de misioneros. El Se­ñor nos ha mandado predicar el evangelio. Las escrituras repiten ese men­saje más de ochenta veces —más de 80 veces: “Predicad el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo”, y esa es razón suficiente para hacerlo. Qui­siera añadir otra razón para llamar misioneros. Creo que si tan sólo com­prendiéramos, si pudiéramos captar el significado de ello, nos impulsaría a tomar una mayor determinación de aseguramos de que todo joven se en­cuentre digno de recibir un llama­miento misional. Salvo aquellos que tengan algún serio impedimento, todo joven debe ser lo suficientemente digno para recibir un llamamiento mi­sional.

Ahora, considerando como es el mundo, no hacemos el mismo hincapié en que las hermanas reciban un llamamiento misional. Por un lado, el nú­mero de lugares seguros a donde se pueden asignar hermanas es muy limitado en cada misión. Tenemos algunas misiones en donde casi predomina el número de hermanas. No es que debamos dejar de llamar a hermanas para que sirvan en el campo misional; sino llamar a un número cada vez mayor de élderes.

Si pudieseis comprender lo que quiero comunicaros acerca del llama­miento de misioneros, comprenderíais que éste no sólo es esencial para el crecimiento de la Iglesia sino también para su seguridad. Supongo que el me­jor título para lo que quiero decir sería la palabra sencilla: Principios. Es mi intención expresar ideas acerca de los principios fundamentales del gobierno del sacerdocio, y luego presentar algu­nos ejemplos de cuán esenciales son en el gobierno de la Iglesia, y finalmente aplicarlos a la obra misional. Estos principios, por supuesto, se aplican a todos los aspectos de la obra de la Igle­sia.

Sabemos que la tarea de los líderes locales del sacerdocio es interminable. Aun si dedicaran todo su tiempo, no lo podrían hacer —y por supuesto, tienen que proveer para sus familias y ser ciu­dadanos responsables. Si ese es el caso, ¿cómo pueden elegir lo correcto? De todo lo que tienen que hacer,

¿Cómo pueden sabiamente discernir cuáles son las tareas que pueden dele­gar? Las responsabilidades de los líde­res locales se pueden colocar en las siguientes categorías:

Tenemos que mantener una organi­zación, con el problema constante de buscar personal.

Tenemos que dirigir programas.

Tenemos que apegarnos a una serie de normas y procedimientos.

Tenemos que administrar reglas ofi­ciales.

Por último, tenemos que honrar y enseñar principios.

La organización, los programas, los procedimientos, las normas, y los principios son todos de gran importan­cia, pero no de igual importancia. Bien se podría pasar tiempo y dinero en co­sas que no son de vida o muerte y desatender los asuntos más cruciales.

Permitidme dar dos ejemplos, uno referente al aspecto más espiritual de nuestro ministerio y otro referente al aspecto temporal.

El primero está relacionado con los tribunales de la Iglesia. Es nuestra res­ponsabilidad disciplinar a los miem­bros cuando haya habido una transgre­sión muy grave. En el Manual General de Instrucciones se encuentra detallada la manera de organizar un tribunal y los procedimientos que se deben de se­guir.

No obstante, a menos que se esté familiarizado con los principios rela­cionados con tales casos, se podría lle­var a cabo un tribunal de la Iglesia que se ajuste a todas las indicaciones del manual y se siga el procedimiento adecuado, y sin embargo, herir en lugar de sanar al miembro descarriado. Si no conocéis los principios —con esto me refiero a los principios del evangelio, a la doctrina, a las revelaciones— si no conocéis lo que las revelaciones dicen acerca de la justicia o la misericordia, o lo que revelan acerca de la repren­sión o el perdón, ¿cómo podéis tomar decisiones inspiradas en aquellos casos difíciles que requieren vuestro fallo?

Existe en el manual de instrucciones un elemento espiritual que va más allá de los procedimientos; le pertenece al sacerdocio y trae implícitos poderes divinos. A menos que estéis familiari­zados con él, a menos que los obispos y presidentes de estaca estén familiari­zados con él, podrán implantar progra­mas y aún así no redimir a los Santos.

Otro ejemplo: en las revelaciones está claro que debemos cuidar de los pobres dignos. ¿Cómo se debe hacer? Hemos de colectar las ofrendas de ayu­no, y están los programas de bienestar, los cuales ya conocemos. Los manua­les de instrucciones especifican la ma­nera de administrar estos programas. Sin embargo, cada caso es diferente. Sin un conocimiento de los principios del evangelio, podríais actuar en técni­co apego con las instrucciones, y de­gradar en vez de exaltar al miembro. Suponed que no sabéis nada en cuanto a la independencia, la frugalidad y la autosuficiencia.

No se trata de la dedicación, ya que nunca pondríamos eso en tela de jui­cio. Se trata más bien del orden de prioridades; es un asunto de visión.

Los principios del evangelio rigen cada aspecto de la administración de la Iglesia. Su explicación no aparece en los manuales de instrucciones; sino en las Escrituras. Son la sustancia y el propósito de la revelación.

Los procedimientos, programas, la política administrativa y aun algunos esquemas de organización están suje­tos a cambios. Es más, es nuestra li­bertad y nuestro deber alterarlos de vez en cuando. Pero los principios y la doctrina nunca cambian.

Podéis errar si ponéis demasiado én­fasis en los programas y procedimien­tos que pueden cambiar, cambiarán y que por fuerza deben cambiar, y no comprendéis los principios fundamen­tales del evangelio, los cuáles nunca cambian.

Ahora, prestad mucha atención.

Con esto no quiero decir que debéis hacer caso omiso a los manuales; ni por un momento lo diría. Lo que sí digo es lo siguiente: hay un elemento espiritual que no aparece en los ma­nuales pero que debéis incluir en vues­tro ministerio si deseáis agradar al Se­ñor.

Si conocéis el evangelio sentiréis una lealtad para con las instrucciones del manual que de otro modo no po­dríais tener. Mediante ello, evitaréis las innovaciones que no pueden dar re­sultado.

Por motivo del crecimiento acelera­do de la Iglesia, existe la tendencia a querer solucionar problemas modifi­cando los límites geográficos, alteran­do programas, reorganizando a los lí­deres o proveyendo edificios más cómodos. Lo que realmente nos hace falta es una simplificación, un avivamiento de los principios básicos del evangelio en la vida de todo Santo de los Últimos Días. La verdadera esen­cia del gobierno del sacerdocio no con­siste en procedimientos, sino en prin­cipios y doctrina.

El profeta José Smith nos dio la cla­ve. Refiriéndose a la administración, dijo: “Les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”.

Hace un tiempo entrevisté a un jo­ven obispo en Brasil; tenía 27 años de edad. Me impresionó el hecho de que poseía todos los atributos de un prós­pero líder de la Iglesia: humildad, tes­timonio, buena presentación, inteli­gencia, espiritualidad. He aquí, pensé, un joven con un futuro brillante en la Iglesia.

Al verlo me pregunté “¿Cómo será su futuro? ¿Qué haremos por él? Me puse a pensar como serían los años futuros.

Será obispo aproximadamente seis años, teniendo para entonces 33 años de edad; luego servirá como miembro del sumo consejo de estaca ocho años y cinco años como consejero en la pre­sidencia de estaca. A los 46 años será llamado como presidente de estaca; al cabo de seis años será relevado para llegar a ser Representante Regional, cargo que desempeñará durante cinco años. Lo cual quiere decir que habrá pasado treinta años como un ideal, un ejemplo, la imagen, el líder. No obs­tante, en todo ese tiempo, no habrá asistido a tres clases consecutivas de Doctrina del Evangelio ni habrá parti­cipado en tres clases de los quórumes del sacerdocio.

Hermanos, ¿podéis veros en este ejemplo? A menos que haya sabido los principios fundamentales del evange­lio antes de su llamamiento, casi no dispondrá de tiempo para aprenderlos después. Las reuniones, compromisos, presupuestos y otros asuntos que ata­ñen a las capillas le consumirán su tiempo. Estas cosas por lo general no se dejan de lado.

Pero sí se dejan de lado los princi­pios: el evangelio se deja de lado, la doctrina se deja de lado. Cuando eso sucede, ¡corremos un gran peligro! Te­nemos evidencias de ello en la Iglesia hoy día.

¡Quisiera alzar mi voz con una so­lemne y seria amonestación! Vivimos en tiempos de gran oposición, no solamente en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Crece de día y de no­che en todos lados. Los enemigos de afuera, quienes, apoyados por los apóstatas de adentro, ponen a prueba la fe de los miembros de la Iglesia.

Pero no son los programas los que de­safían; por el contrario, les tienen cier­ta admiración. Son en las doctrinas donde enfocan; son las doctrinas las que reciben sus ataques, y notamos que muchos líderes se encuentran per­didos ante preguntas sobre temas doctrinales. He estado relacionado con el programa de Comunicaciones Públicas de la Iglesia y recibimos diariamente llamadas de todas partes: “Necesita­mos ayuda; ¿qué hacemos? Están po­niendo la doctrina en tela de juicio”. Si nuestros miembros no están al tanto de las doctrinas, corremos peligro, pese a programas eficaces y edificios funcio­nales.

Ahora bien, no deseo subestimar nuestros esfuerzos. Puedo ver mani­festaciones de los principios del evan­gelio en todas partes. Permitidme pre­sentaros un ejemplo.

En las reuniones de liderazgo de es­taca, con frecuencia le pregunto a al­gún joven presidente del quorum de élderes acerca del procedimiento que se emplea para llamar a un nuevo con­sejero. ¿En qué forma llamaría usted a un nuevo consejero? Lo que ocurre a continuación, me complace informa­ros, es típico de lo que generalmente sucede:

El presidente dice:

—Bueno, primero, repaso mental­mente la lista de los nombres de los miembros del quorum y selecciono al que me impresiona que debe ser mi consejero. Después oro acerca de mi decisión.
—¿Por qué ora al respecto?
—Para recibir la guía del Señor.
—¿Qué clase de guía?
—Para saber si es correcta o no.
—¿Quiere decir usted revelación? —Sí.
—¿Cree que es posible recibir reve­lación cuando se trata de una cosa co­mo ésta?
—Sí.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Pero usted es un joven común y corriente; ¿en verdad cree que puede recibir revelación de Dios?
—¡Sí!
—¿La ha recibido anteriormente?
—Sí.
—Creo que no podré convencerlo de lo contrario, ¿o sí?
—¡No!

¡Imaginaos! Un presidente de quo­rum de élderes común y corriente sabe lo que es la revelación y cómo obtener­la. Un joven común y corriente sabe cómo dirigirse al Señor a través del velo y recibir instrucciones por medio de la revelación.

Esa es la esencia, la esencia misma del gobierno del sacerdocio. Es un principio del evangelio. Es una ley de Dios que El revelará su voluntad a sus siervos, no sólo a los profetas y Após­toles, sino a sus siervos por todo el mundo. Es un valioso principio que se debe guardar y nutrir, pero cuando te­nemos que estar al tanto de demasia­dos programas, tendemos a sofocarlo.

Ahora bien, si este joven presidente está familiarizado con las Escrituras, nunca seguirá a falsos líderes. En Doctrina y Convenios habrá leído lo si­guiente:

“Asimismo, os digo que a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio o edificar mi iglesia, a me­nos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad, y que ha sido debida­mente ordenado por las autoridades de la Iglesia.” (D. y C. 42:11.)

Tampoco estará organizado tan me­cánicamente como para no reconocer la inspiración. En la sección cuarenta y seis de Doctrina y Convenios habrá leído lo siguiente:

“Pero a pesar de las cosas que están escritas, siempre se ha concedido a los élderes de mi iglesia desde el princi­pio, y siempre será así, dirigir todas las reuniones conforme los oriente y los guíe el Espíritu Santo.” (D. y C. 46:2.)

Es tan sumamente importante que todo miembro, y particularmente todo líder, comprenda y conozca el evange­lio.

No es fácil encontrar tiempo para estudiar el evangelio. Es difícil para un presidente de estaca el poder hacerlo y aún mucho más difícil para un obispo, pero es necesario y es posible. Los hermanos deben asistir a las clases tan a menudo como les sea posible; los obispos y presidentes de estaca deben buscar la manera de asistir por lo me­nos a una buena porción de las clases de Doctrina del Evangelio y las leccio­nes de los quórumes correspondientes.

Debemos aseguramos de que las ge­neraciones que nos siguen aprendan los principios del evangelio. Es nues­tro deber enseñarles y entregarles in­tactos los principios y las ordenanzas del evangelio y la autoridad del sacerdocio.

Fomentad aquellos programas que se han diseñado para enseñar el evan­gelio. La Primaria, la Escuela Domini­cal (dicho sea de paso, he oído decir que algunos líderes locales han reco­mendado que se descontinúe la Escue­la Dominical; eso ciertamente sería una tontería), las lecciones del sacer­docio y de las organizaciones auxilia­res, las lecciones de Vida Espiritual de la Sociedad de Socorro, el programa del Sacerdocio Aarónico y las Mujeres jóvenes, y las reuniones sacramentales pueden ser herramientas poderosas si las empleamos para predicar el evangelio. Las reuniones sacramentales de­ben tratar temas del evangelio. Y no veo cómo un obispo o presidente de estaca podría descansar hasta que el programa de seminario para sus jóve­nes estuviera funcionando apropiadamente y el programa de capacitación para maestros, el cual hace que estos programas sean de la mejor calidad, reciba la debida atención. Todos estos aspectos merecen cuidado y ratificación.

Para concluir, solamente quiero mencionar un punto más: ¿Qué tiene que ver todo esto con el llamamiento de misioneros? Tiene todo que ver.

Si existe alguna manera mejor para que un joven miembro de la Iglesia obtenga un conocimiento profundo del evangelio, es sirviendo en una misión. La misión es una combinación casi perfecta del estudio y la aplicación de los principios a medida que se van aprendiendo. Nada se le puede compa­rar.

El llamamiento de misionero le re­quiere ser capaz de enseñar los princi­pios básicos del evangelio todo el día, durante todos los días. Enseña el plan de salvación una y otra vez.

El Señor es nuestro ejemplo. Sería difícil describir a Jesucristo como un ejecutivo. Permitidme repetirlo: sería difícil describir a Jesucristo como un ejecutivo. ¡Él fue un maestro! Ese es el ideal, el modelo.

Los misioneros son maestros. Nin­gún alumno aprende tanto al escuchar una lección como el maestro que la prepara.

Imaginaos lo que sería tener un pe­ríodo de estudio diario de las Escritu­ras de dos horas con un compañero. ¿Os gustaría? El misionero estudia las Escrituras como nunca lo ha hecho y como nunca podrá hacerlo después, especialmente si recibe un llamamien­to para servir como líder.

Se le da una base en la verdadera esencia del evangelio; se le enseñan los principios fundamentales del go­bierno del sacerdocio. El futuro de la Iglesia dependerá en que él sepa eso.

Pregunta: ¿En dónde suponéis que ese joven presidente del quorum de él­deres obtuvo su cimiento en los princi­pios del evangelio, el orden de la reve­lación? ¿En dónde suponéis que aprendió acerca de la revelación? Indudablemente lo hizo durante su mi­sión.

La seguridad de la Iglesia en genera­ciones futuras yace en el éxito que ten­gamos al llamar misioneros. Si nos preocupa el futuro de esta obra, no descansaremos hasta que cada joven capaz llegue a ser digno y tenga el de­seo de recibir el llamamiento para ser­vir en una misión.

Ahora bien, al principio solamente mencioné el hecho de que se nos man­da predicar el evangelio. Se nos man­da que lo hagamos, ya sea que por ello recibamos o no beneficios y bendicio­nes adicionales. ¿Por qué? ¡Porque es nuestro deber! Ese es un principio, ¡un principio imperativo!

Los procedimientos y los progra­mas, las normas y la organización, los presupuestos y los edificios son impor­tantes en su debido lugar. Debemos de llevarlos a cabo, pero no a expensas de las cosas más importantes.

Debemos seguir adelante. Ahora mismo podríamos establecer seis mi­siones nuevas si tuviésemos suficien­tes misioneros. De modo que nuestro consejo e instrucción para todos los lí­deres es que sigan adelante, que renue­ven con gran urgencia el llamamiento de jóvenes y a un número menor pero suficiente de hermanas, para que sal­gan a predicar el evangelio a toda na­ción, tribu, lengua y pueblo, en res­puesta al mandamiento que se nos ha dado, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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Éstos son vuestros Días

Éstos son vuestros Días

por el élder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce
Liahona Octubre/Noviembre 1985

Mirad hacia un futuro claro y brillante. Estáis en esta época y en estas circunstancias por llamamiento divino. Dios os conoce y sabe lo que sois capaces de hacer.
Viviréis en una época en que la paz habrá sido quitada de la tierra. Pero podéis tener la paz de Dios en vuestros corazones y hogares.

El desear haber vivido en otra época, aunque es a veces comprensible, por lo general no es algo muy útil. Un personaje de la época del Libro de Mormón escribió: “Sí, si hubiesen sido aquellos días los míos, entonces mi al­ma se habría regocijado en la rectitud de mis hermanos” (Helamán 7:8). Sin embargo, ese líder llegó a saber cómo el llamamiento de Dios para servir en un período de tiempo en particular es tanto una parte de Su llamado como lo es llevar a cabo ciertos deberes en nuestros días.

Por lo tanto, juventud de la Iglesia, por llamamiento divino, ¡éstos son vuestros días! Viviréis en una época en que se están cumpliendo profecías, donde se está haciendo historia, de promesas especiales, de marcados contrastes, y de afirmaciones benditas.

En calidad de generación naciente, podréis, en mi opinión, evitar el error de algunos jóvenes de la antigüedad: “Y se levantó después de ellos otra ge­neración que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel” (Jueces 2:10).

Y de la misma manera, evitaréis el triste resultado que experimentó otra generación, acerca de la cual leemos: “Porque he aquí, tenían muchos hijos que crecieron y aumentaron en años hasta actuar por sí mismos, y unos. . . los indujeron … a unirse a esos ladro­nes de Gandiantón” (3 Nefi 1:29).

En igual forma veréis a algunos de vuestros amigos en la Iglesia, quienes han recibido la misma instrucción que vosotros, perderse, volverse disiden­tes, “olvidándose enteramente del Se­ñor su Dios” (véase Alma 47:36).

Cuando tenía 18 años, fui, casi di­rectamente de la graduación de la es­cuela secundaria, a la Segunda Guerra Mundial, y llevé conmigo una copia de carbón de mi bendición patriarcal, la cual se puso muy borrosa. La leía para recibir consolación y seguridad cons­tantes cuando era un joven y temeroso soldado de infantería durante el com­bate de la Isla de Okinawa, en el Pací­fico. Poco antes de esa experiencia, había sufrido una crisis en la escuela secundaria en lo relacionado con mi amor propio. El haber criado cerdos como parte de un proyecto de un club agropecuario no me ayudó mucho en mi vida social; tampoco lo hizo el he­cho de tener severos problemas de ac­né; y como si eso fuera poco, por moti­vo de mi corta estatura, tampoco pude llegar a formar parte del equipo de baloncesto. Todas estas cosas se habían combinado para producir una intensa decepción personal, justo antes de par­tir hacia la guerra.

Pero a medida que me alejaba del hogar de mis padres, amorosos y bue­nos, sabía quién era y podía darme una idea de lo que el futuro me deparaba. Sabía, también, que el Señor me ama­ba, aunque en otros aspectos me en­contraba inseguro y preocupado.

Algunos de vosotros, jóvenes que formáis parte de la creciente genera­ción de los Santos de los Últimos Días, me dais la impresión de estar espiri­tualmente más adelantados, y de tener algunas de las cualidades de tres jóve­nes llamados Sadrac, Mesac y Abednego. Estos jóvenes discípulos se ne­garon a postrarse y a adorar el ídolo de oro del rey Nabucodonosor. Cuando se encontraron ante la posibilidad de per­der la vida en el incinerador, dieron una de las respuestas clásicas de toda la historia humana. Su fe incondicio­nal y su confianza estaban completa­mente en el Señor. . . quien podría o no salvarlos, pero no importaba.

“He aquí nuestro Dios a quien servi­mos puede libramos del homo de fue­go ardiendo; y de tu mano, o rey, nos librará.

“Y si no, sepas, oh rey, que no ser­viremos a tus dioses, ni tampoco ado­raremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:17-18, cursiva agregada).

El Señor estará con vosotros a medi­da que hagáis frente a vuestros hornos de fuego. Y podéis estar seguros de que tales experiencias se presentarán, tal como lo dijo Pedro:

“Amados, no os sorprendáis del fue­go de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese” (1 Pedro 4:12).

Entre las sugerencias que quiero ha­ceros en éstos, vuestros días, están las siguientes:

  1. Aprended a desarrollar reflejos correctos, los cuales os ayudarán al en­frentar cada nueva tentación. Aquellos que tienen que decidir cada vez que se enfrentan a las tentaciones no sola­mente pierden tiempo, sino que hasta pueden perder sus almas.
  2. Aprended a distinguir entre el go­zo y el placer. Por ejemplo, no dejéis que la risa del mundo os engañe; se trata solamente de un grupo solitario que trata de reconfortarse.
  3. Guardad la fe, y la fe os guarda­rá.
  4. Divertíos sanamente, pero apren­ded la sobriedad del gozo.
  5. Sed diferentes del mundo para poder hacer la diferencia en él.
  6. Aprended a ver las drogas, el al­cohol, la pornografía y la inmoralidad como lo que en realidad son: ataques directos y audaces en contra de vuestra libertad personal y de vuestras proba­bilidades de ser felices. Estas cosas destruyen el cuerpo y la mente; redu­cen a cenizas el discernimiento del al­ma. El celebrar malamente vuestra capacidad de sentir destruirá tal capacidad.
  7. No permitáis que vuestros esta­dos de ánimo ataquen vuestras creen­cias. Lo que está escrito en el Libro de Mormón es cierto, sin importar lo que tengáis en vuestro calendario social.
  8. El tiempo sigue su marcha en vuestra vida, aunque seáis jóvenes. A medida que maduráis, las semanas se vuelven días, los meses semanas, y los años meses. Tarde o temprano diréis con Jacob, “nuestras vidas también han pasado como si fuera un sueño” (Jacob 7:26). Más aún, el tiempo pasa más rápidamente cuando nos encontramos felices y ansiosamente dedicados a algo: “Así sirvió Jacob por Raquel siete años; y le parecieron como pocos días, porque la amaba” (Génesis 29:20).
  9. Podéis saber por vosotros mis­mos que Jesús vive, que ésta es su Iglesia y que Su evangelio es verdade­ro. Pero hay sólo una forma, y no hay atajos ni caminos más fáciles: “El que. quiera hacer la voluntad de Dios, co­nocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17).
  10. No siempre podréis explicar lo que os está pasando personalmente o lo que está pasando a vuestro alrede­dor. De allí la necesidad de una fe y una confianza profundas en nuestro Padre Celestial. Podéis aprender a de­cir con Nefi: “Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17). Esto es todo lo que a veces podemos saber, ¡y sin embargo es suficiente!

Dios os ha llamado y puesto en la tierra en esta época y en estas circuns­tancias, y os conoce mejor que voso­tros mismos y sabe lo que sois capaces de hacer. Sin embargo, Dios no se contentará con que permanezcáis co­mo sois ahora, aunque seáis muy bue­nos, ¡porque Él sabe lo que podéis lle­gar a ser!

Tendréis suficientes desafíos y vuestros días serán como los días de Noé (véase Mateo 24:37-12). Pero és­ta también será una época en que la Iglesia progresará y sus miembros es­tarán diseminados por toda la faz de la tierra (véase 1 Nefi: 4:14).

Se establecerán más y más estacas de la Iglesia, así como también más templos.

Sí, viviréis en una época en que la paz habrá sido quitada de la tierra (D. y C. 1:35). Pero podéis tener la paz de Dios en vuestros corazones y hogares —la cual sobrepasa todo entendimien­to (véase Juan 14:27; Filipenses 4:7).

Sí, viviréis en una época en la cual, por motivo de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará (véase Mateo 24:12). Pero aún podréis tener amor en vuestros corazones y en vuestros hoga­res.

Sí, viviréis en una época en la cual muchos, por causa de la iniquidad, se desesperarán por las circunstancias de la humanidad (véase Moroni 10:22). Pero podéis contaros entre el pueblo de Dios, que tendrá “por armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:14). El Señor estará en medio de todo su pueblo; lo guiará y a voso­tros también.

“Y no podéis llevar ahora todas las cosas; no obstante, tened buen ánimo, porque yo os guiaré. De vosotros son el reino y sus bendiciones, y las rique­zas de la eternidad son vuestras” (D. y c. 78:18).

“Y habrá grandes tribulaciones entre los hijos de los hombres, mas preser­varé a mí pueblo” (Moisés 7:61).

Sí, viviréis en una época en la cual a muchos no les importarán las sagradas Escrituras (véase Moisés 1:41); pero veréis cómo las Escrituras —tanto antiguas como modernas— crecerán juntamente (véase 2 Nefi 3:12), espe­cialmente a medida que aprendáis a usarlas.

Sí, también viviréis en una época en la cual más y más gente considerará a Jesús como “cosa de ningún valor” (1 Nefi 19:9); algunos lo considerarán co­mo un simple hombre (véase Mosíah 3:9); pero vosotros podéis considerarlo como vuestro Pastor y Modelo. Por otra parte, Su mandamiento para voso­tros es que lleguéis a ser “aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

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El arte de ser Padres: Una cuestión del corazón

El arte de ser Padres:
Una cuestión del corazón

por Patricia T. Holland
Primera Consejera en la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes
Liahona Octubre/Noviembre 1985

Hace poco le preguntaron a una niña de cuatro años de edad por qué estaba llorando su hermanito. Miró al bebé, pensó un momento y contestó: “Si tú no tuvieras cabello ni dientes y te temblaran las piernas, también llora­rías”.

Todos venimos al mundo llorando y un poco temblorosos. El más sublime de los milagros de la ciencia, así como la más grandiosa de todas las artes, es el hecho de que los padres tomen a un bebé recién nacido, el cual es solamen­te un envoltorio de potencialidades, y con amor lo guíen y ayuden a desarro­llarse hasta llegar a ser un ser humano- totalmente funcional.

Cuando el Señor creó a los padres, creó algo asombrosamente parecido a Él. Nosotros, que hemos dado vida a nuestros hijos, tenemos el conocimien­to innato de que éste es el más sublime de los llamamientos, el más sagrado de los cometidos, y es por eso que el más leve fracaso nos puede causar una an­gustia desesperante.

Pese a nuestras mejores intenciones y nuestros esfuerzos más diligentes, algunos de nosotros descubrimos que nuestros hijos no están creciendo de la manera que quisiéramos. A veces es muy difícil comunicarse con ellos. Quizás estén teniendo problemas en la escuela, se sientan emocionalmente angustiados, se rebelen abiertamente o sean extremadamente tímidos. Son muchas las causas por las que sus pa­sos aún sean un tanto vacilantes.

Y parecería que aun si nuestros hijos no están teniendo dificultades, una cierta inquietud nos hace preguntamos cómo podemos alejarlos de sendas tan dolorosas. En momentos como ésos, acuden a nuestra mente preguntas tales como: “¿Lo estoy haciendo bien? ¿Llegarán a ser personas íntegras? ¿Debo pegarles o tratar de razonar con ellos? ¿Los debo controlar, o es mejor no hacerles caso?” La realidad logra que aun los mejores padres se sientan un poco inseguros.

Recientemente leí la siguiente ano­tación en mi diario, la cual escribí cuando era una madre joven y angus­tiada: “Ruego constantemente para no hacer algo que perjudique emocional­mente a mis hijos. Si llegara a lasti­marlos de alguna forma, ruego que ellos sepan que no fue mi intención. Frecuentemente lloro en silencio por cosas que quizás haya dicho y hecho sin pensar y espero no repetir esas transgresiones. Ruego que no haya he­cho nada que destruya mi sueño de lo que quiero que mis hijos lleguen a ser. Ansío ayuda y guía, especialmente cuando siento que les he fallado.”

Bien, al releer esto después de todos estos años, considero que mis hijos se están desarrollando sorprendentemente bien a pesar de haber tenido una madre tan nerviosa. La razón por la que com­parto esto es porque deseo comunicar­les que soy una de ustedes, una madre que carga un atado de culpa por los errores del pasado, una confianza tam­baleante por el presente y el temor de fracasos futuros. Pero más que nada, deseo que todo padre que lea estas pa­labras tenga esperanza.

Siendo que casi ninguno de nosotros es profesional en materia de desarrollo infantil, se imaginarán por qué me sen­tí tan complacida al escuchar esto de uno que lo es. Un catedrático en la Universidad Brigham Young me dijo en una ocasión:

—Pat, el ser padres no tiene casi nada que ver con la capacitación. Es todo cuestión del corazón.

Cuando le pedí que me lo explicara, dijo:

—Frecuentemente los padres consi­deran que la razón por la falta de co­municación con sus hijos es que no están suficientemente capacitados. La comunicación no es tanto un asunto de capacitación como lo es de actitud. Cuando nuestra actitud refleja manse­dumbre, humildad, amor e interés en el bienestar de nuestros hijos, eso fo­menta la comunicación. Nuestros hijos reconocen el esfuerzo de nuestra parte. Por otro lado, cuando somos impacientes, hostiles o rencorosos, no im­porta qué palabras utilicemos ni cómo tratemos de disfrazar nuestros senti­mientos, el corazón perspicaz de nues­tros hijos captará nuestra actitud nega­tiva.

En el Libro de Mormón, Jacob dijo que debemos descender a las profundi­dades de la humildad y consideramos insensatos ante Dios si queremos que El abra las puertas de los cielos. (Véa­se 2 Nefi 9:42.)

Esa humildad, junto con nuestra ha­bilidad para admitir nuestros errores, parece ser un requisito fundamental tanto para recibir la ayuda divina como para obtener el respeto de nuestros hi­jos.

Mi hija es una jovencita con un gran talento musical. Por muchos años yo pensaba que este talento no se desarro­llaría a menos que estuviera parada de­trás de ella y supervisara sus prácticas como un capataz. Un día, cuando mi hija era adolescente, me di cuenta de que mi actitud, que en una ocasión ha­bía sido de provecho, ahora obviamen­te estaba dañando nuestra asociación. Atormentada por el temor de que ella no desarrollara el gran talento que Dios le había dado, así como por la realidad de una relación que empeora­ba diariamente, decidí hacer lo que ha­bía visto que mi madre hacía cuando se encontraba ante un problema serio. Me fui a mi lugar secreto, donde oré fer­vientemente en busca de la única sabi­duría que podría ayudarme a mantener abiertos los canales de comunicación, la clase de sabiduría y ayuda que se recibe mediante lenguas angelicales.

Al concluir, sabía lo que tenía que ha­cer.

Ya que faltaban sólo tres días para la Navidad, le di a Mary un regalo perso­nal y una nota que decía: “Querida Mary: Siento mucho el conflicto que he causado al estar como un policía junto al piano. Debo de haberme visto ridícula— tú, yo y mis pistolas. Perdó­name. Te estás con vertiendo rápida­mente en una señorita. Tenía miedo de que no llegaras a tener suficiente con­fianza en ti misma y no te sintieras realizada como mujer si no desarrolla­bas tu talento. Te quiero mucho. Mamá».

Más tarde ese mismo día ella me buscó y en un tranquilo rincón de nuestro hogar me dijo:

—Mamá, sé que quieres lo mejor para mí, y eso lo he sabido toda mi vida. Pero si voy a tocar bien el piano, ¡la que tiene que practicar soy yo, no tú!

Entonces me abrazó y con los ojos llenos de lágrimas me dijo:

—Me he preguntado cómo podría enseñarte eso, y de alguna manera tú sola lo descubriste.

Años más tarde, al recordar Mary y yo ese incidente, me confió que mi buena voluntad para decir “lo siento; cometí un error; perdóname” le dio un gran sentimiento de autoestima porque le comunicó que era digna de una dis­culpa paternal, y que los hijos a veces tienen la razón. Me pregunto si es po­sible obtener una revelación personal sin consideramos insensatos ante Dios. Me pregunto si el influenciar y enseñar a nuestros hijos requiere que nos parezcamos más a un niño. ¿No deberíamos compartir con ellos nues­tros más profundos temores y dolores, así como nuestras mayores esperanzas y alegrías — en lugar de sermonearlos, dominarlos y reprenderlos una y otra vez?

Me gustaría concluir con una expe­riencia que ocurrió recientemente.

Durante tres días seguidos mi hijo Duffy, que tiene once años de edad y juega fútbol americano en el equipo escolar, salía de algún escondite en nuestra casa y me atacaba al estilo pro­fesional. La última vez que lo hizo, en mi esfuerzo por evitar su ataque, me caí, tumbé una lámpara y me encontré con el codo derecho incrustado cerca de las cejas. Perdí toda la paciencia y lo regañé por tomarme como maniquí para sus ataques.

Su respuesta me llegó al corazón cuando, llorando, me dijo:

—Pero mamá, tú eres la mejor ami­ga que un muchacho podría tener. Yo pensaba que esto te divertía tanto co­mo a mí. Por mucho tiempo he estado pensando en lo que voy a decir en mi primera entrevista cuando reciba el trofeo como el mejor jugador. Cuando me pregunten cómo llegué a ser tan bueno les diré: “Practiqué con mi ma­má”.

Todo niño tiene que entrenar con su mamá y, en forma más importante, to­da mamá tiene que entrenar con sus hijos. Esa es la manera que Dios les brinda tanto a los padres como a los hijos para lograr su salvación. Ante­riormente mencioné que todos vinimos al mundo llorando. Considerando to­dos los humildes propósitos de esta vi­da, probablemente comprendamos que de vez en cuando continuaremos derra­mando algunas lágrimas. Sería de ayu­da el tener siempre presente que éstos son hijos de Dios al igual que nuestros. Y por sobre todo, nos puede brindar un perfecto brillo de gloria el saber que cuando necesitamos ayuda podemos traspasar el velo para obtenerla.

Os testifico que Dios nunca nos abandonará en esta experiencia celes­tial, y que nosotros nunca debemos abandonar a nuestros hijos ni darnos por vencidos. En el nombre de Jesucristo. Amén. ■

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El ambiente de nuestros hogares

El ambiente de nuestros hogares

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona Octubre/Noviembre 1985

Permitid que vuestros hijos se vean expuestos al fruto de las mentes grandiosas, a ideas sublimes, a los principios eternos y a aquello que los edificará y motivará para bien.

Qué cosa tan difícil, y hasta frus­trante a veces, pero al mismo tiempo maravillosa y desafiante, es ser padre o madre de los niños que están naciendo y creciendo en esta época tan compleja. Todos cometemos errores, y la mayoría de nosotros cometemos muchos de ellos. Todos experimenta­mos congojas, y la mayoría hemos te­nido una buena dosis de ellas. Pero también hemos experimentado gozo y alegría al observar el crecimiento de nuestros hijos desde la cuna hasta la madurez.

Confío en que algunos de vosotros habéis venido a esta reunión con la es­peranza de recibir ayuda para los pro­blemas difíciles que tengáis. Ya habéis recibido ayuda de aquellos que han di­rigido la palabra. Le he rogado al Se­ñor que me guíe para poder decir algo que os sea de provecho.

No es cosa fácil ser padre o madre. Muchos experimentan tanta frustra­ción, tanta preocupación, tantos sue­ños y esperanzas hechos pedazos. Me doy cuenta, por supuesto, de que exis­ten muchos hogares en los que la situa­ción no es así; donde las cosas mar­chan bien, donde nunca se escuchan voces airadas, donde los padres son fe­lices y tranquilos y los hijos son fieles y crecen sin ningún problema serio. Si gozáis de un hogar así, dad gracias; agradecedle al Señor esta maravillosa bendición.

Pero os aseguro que existen muchos de la otra clase, ya que he recibido cartas respecto a ellos, de padres y ma­dres y de hijos e hijas. Es muy fácil decir que si hacemos esto o lo otro todo saldrá bien. Pero he conocido hombres y mujeres íntegros, personas fieles y honradas que se esfuerzan por cumplir con las enseñanzas de la Igle­sia, quienes llegan a sufrir mucho por la conducta de sus hijos.

Tengo algunas de las respuestas pa­ra estos problemas, pero debo confesar que no las tengo todas. Nosotros mis­mos somos los causantes de muchos de los problemas que nos aquejan. En otros casos, éstos parecen suceder a pesar de todo lo que hagamos para evitarlos. Pienso en el caso particular de unas personas maravillosas que conoz­co. Los hijos mayores crecieron, se ca­saron en el templo y continuaron vi­viendo la clase de vida que complacía a sus padres. Pero también tenían un hijo menor, un joven inteligente y capaz. Las amistades que tenía mientras cursaba la escuela secundaria lo apar­taron del camino correcto. Se dejó cre­cer el pelo y empezó a descuidar su apariencia. Hizo muchas otras cosas que causaron mucha tristeza a sus pa­dres. Su padre estaba afligido; lo regañaba y amenazaba; lloraba, oraba y lo reprendía, pero no respondió. La ma­dre también lloró y oró, pero controla­ba sus emociones y nunca alzaba la voz. En repetidas ocasiones le expresaba su amor a aquel hijo. El mucha­cho se fue de casa. La madre le mantu­vo el dormitorio ordenado, su cama lista, comida en el refrigerador y le dijo que cuando quisiera regresar a ca­sa siempre sería bienvenido.

Pasaron los meses, mientras la an­gustia continuaba. El amor de su ma­dre por fin empezó a penetrar su cora­zón. El joven comenzó a ir a dormir a casa de vez en cuando. Sin reprenderlo nunca, ella sonreía, bromeaba con él, le servía platillos deliciosos, lo abraza­ba y le expresaba su amor. Después de cierto tiempo, el joven empezó a mos­trar pulcritud en su persona, iba a casa con más frecuencia y llegó a darse cuenta de que no había otro lugar más cómodo, más seguro y feliz como el que antes había abandonado. Al fin pudo poner su vida en orden; sirvió una misión, un poco mayor de edad que la mayoría de los misioneros. Tu­vo mucho éxito en la obra misional, regresó a su hogar, continuó sus estu­dios y empezó a destacarse. La última vez que lo vi, él y su madre, ambos bendecidos con una voz maravillosa, cantaron a dueto, mientras que algunos que conocían la historia de su vida de­rramaban lágrimas de gozo.

A los que me escucháis y tenéis hi­jos o hijas como este joven, quiero de­ciros que no os deis por vencidos. Nunca estarán perdidos mientras voso­tros continuéis esforzándoos por ayudarlos. Recordad que el amor, más que cualquier otra cosa, es lo que los hará volver. No creo que los castigos lo lo­gren, ni las reprimendas sin amor. Lo que al final los atraerá será la pacien­cia, las expresiones de amor y ese ex­traordinario poder que viene con la oración.

Con el propósito de ayudaros, qui­siera sugerir cuatro elementos para for­talecer el ambiente de vuestros hoga­res. Mi sugerencia es que permitáis que vuestros hijos se críen en un hogar en donde reine
(1) un espíritu de servi­cio,
(2) una atmósfera de desarrollo,
(3) la disciplina del amor y
(4) el hábi­to de la oración.

Un espíritu de servicio

El egoísmo es un elemento destruc­tivo y corrosivo en la vida de la mayo­ría de nosotros; es la causa de gran parte de la tensión entre padres e hijos y es causa de tensiones en padres bien intencionados, quienes a veces fomen­tan sentimientos egoístas en aquellos al darles todo lo que desean, a menudo cosas innecesarias y costosas.

El antídoto para el egoísmo es el servicio, el dar de nosotros mismos pa­ra ayudar tanto a aquellos que viven dentro de las paredes de nuestra casa como a las demás personas. Un niño que crece en un hogar en el cual el padre es egoísta es posible que desa­rrolle esas tendencias en su vida. Por otro lado, aquel niño que se da cuenta de que sus padres sacrifican comodida­des para ayudar a los necesitados pro­bablemente siga el mismo ejemplo cuando llegue a la madurez.

El niño que ve a su padre cumplir con un llamamiento en la Iglesia, sir­viendo a Dios por medio del servicio a sus semejantes, es factible que actúe de manera similar cuando crezca. La niña que ve a su madre ayudar a los necesitados, ayudar a los pobres y prestar socorro a los afligidos, probablemente seguirá tal ejemplo en su vi­da adulta.

¿Os gustaría que vuestros hijos cre­cieran con un espíritu de altruismo? El ceder a todos sus deseos egoístas no lo logrará. Por el contrario, permitidles observar en sus propios hogares, y en las relaciones entre los miembros de la familia, la veracidad del gran principio que el Señor estableció: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará”. (Marcos 8:35.)

Una atmósfera de desarrollo               

Qué maravilloso e interesante es ver cómo las mentes jóvenes se ensanchan y se fortalecen. Yo soy una de esas personas que aprecian el tremendo po­tencial para el bien que tiene la televi­sión. Pero también soy de los que cen­suran la terrible pérdida de tiempo y oportunidad cuando en algunos hoga­res los niños miran hora tras hora aquello que ni los instruye ni los forta­lece.

Cuando era niño vivíamos en una casa grande y vieja. Una de las habita­ciones se llamaba “la biblioteca”. Con­taba con una mesa resistente y una buena lámpara, tres o cuatro sillones cómodos, que también tuviesen buena luz, y libros en estantes que llenaban las paredes. Había muchos volúmenes, los cuales mis padres habían adquirido en el transcurso de muchos años.

Nunca nos forzaron a leerlos, pero los ponían en lugares accesibles, en donde pudiéramos alcanzarlos cuando quisiéramos.

Siempre había silencio en aquel sa­lón, ya que se daba por sentado que era un lugar para el estudio.

También había revistas —las revis­tas de la Iglesia y otras dos o tres revis­tas buenas. Había libros de historia y literatura, libros de temas técnicos, diccionarios, enciclopedias y un atlas mundial. La radio hizo su aparición cuando yo iba creciendo, pero en nues­tro hogar prevalecía un ambiente pro­picio para el aprendizaje. No quiero que penséis que éramos grandes erudi­tos, pero sí se nos exponía a la buena literatura, a las grandes ideas de pensa­dores famosos, al lenguaje de hombres y mujeres de pensamientos profundos que se expresaban hermosamente.

En muchos de los hogares actuales no se cuentan con las posibilidades económicas para formar una biblioteca así. La mayoría de las familias se las arreglan en espacios bastante reduci­dos, pero con un poco de planeamiento se puede encontrar una esquina o lugar que pueda convertirse en el refugio de los ruidos del exterior, un lugar donde uno se pueda sentar a leer y meditar.

Es algo maravilloso tener un escritorio o una mesa, por sencillos que sean, sobre los cuales podamos encontrar los libros canónicos de la Iglesia, algunos buenos libros, las revistas de la Iglesia y otras publicaciones dignas de nuestra lectura.

A temprana edad, exponed a vues­tros hijos a los buenos libros. La ma­dre que no les lee a sus hijos no sólo les perjudica a ellos sino también a sí misma. Requiere tiempo, lo sé; tam­bién requiere autodisciplina y la orga­nización de los minutos y las horas de cada día. Nunca se convertirá en algo tedioso al ver a esas mentes jóvenes llegar a conocer a diferentes persona­jes, expresiones e ideas. La buena lec­tura se puede convertir en un hábito deseable, mucho más productivo, en cuanto a sus efectos a largo plazo, que muchas de las otras actividades en las que los niños pasan su tiempo. Se ha calculado que “el niño promedio del continente americano ha pasado apro­ximadamente 8.000 horas viendo televisión antes de entrar al jardín de in­fantes”. Y gran parte de lo que miran es de dudoso valor moral.

Padres y madres, esforzaos por crear un ambiente de progreso en vues­tros hogares. Permitid que vuestros hi­jos se vean expuestos al fruto de las mentes grandiosas, a ideas sublimes, a los principios eternos y a aquello que los edificará y motivará para bien.

El Señor ha dicho a su pueblo: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe”. (D. y C. 88:118.) Deseo aconsejara todos los padres que me estáis escu­chando, que tratéis de crear, dentro de vuestros hogares, un ambiente propi­cio para el aprendizaje y el progreso que se derivará del mismo.

La disciplina del amor          

Es tan evidente que tanto lo grandio­samente bueno como lo terriblemente malo que se encuentra en el mundo hoy día es el resultado de los frutos dulces y amargos de la manera en que se criaron a los niños de ayer. Según la capacitación que demos a una nueva generación, así será el mundo del ma­ñana. Si estáis preocupados por el fu­turo, prestad atención a la manera en que se están criando a los niños de hoy. En muchos aspectos, la dureza que caracteriza a gran parte de nuestra sociedad es el producto de la dureza impuesta a los niños de ayer.

Cuando éramos pequeños, nos en­cantaba el barrio al cual asistíamos. Había en él gran variedad de personas, y creo que las conocíamos a todas. La gente raras veces se mudaba de casa en esos días. Creo que los amábamos a todos, con excepción de cierto hom­bre. Debo confesar que lo detestaba. Me he arrepentido de tal sentimiento desde hace mucho, pero al recordar aquellos días, vuelvo a experimentar la intensidad de ese sentimiento. Los hi­jos de este hombre eran nuestros ami­gos, pero yo lo consideraba a él como mi enemigo. ¿Cuál era la razón de ese sentimiento? Porque tenía un carácter horrible, al cual daba rienda suelta an­te la más leve provocación; les gritaba y les pegaba a sus hijos en una forma que nunca he olvidado.

Quizás fue porque en el hogar donde me crié había un padre quien, como por arte de magia, sabía disciplinamos sin recurrir al castigo físico, aunque no cabe duda de que había casos en que lo merecíamos. He visto los frutos del temperamento de nuestro vecino manifestarse en las vidas perturbadas de sus hijos.

No vacilo en afirmar que ningún hombre que profese ser un seguidor de Cristo, y ningún hombre que profese ser miembro de la Iglesia puede abusar de sus hijos sin ofender a Dios, quien es su Padre y repudiar las enseñanzas del Salvador y sus profetas. Jesucristo declaró: “Y cualquiera que haga trope­zar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar”. (Mateo 18:6.)

Brigham Young dijo: “Criad a vues­tros hijos conforme al amor y el temor de Dios; examinad su disposición y su carácter y obrad de acuerdo con ellos; no os permitáis jamás corregirlos con enojo, y enseñadles a quereros y no a temeros”. (Véase Gordon B. Hinckley, “Mirad a vuestros hijos”, Liaho­na, febrero de 1979.)

La disciplina severa, la disciplina cruel, inevitablemente conduce no a la corrección, sino al resentimiento y la amargura. No cura nada; solamente agrava el problema. Es contraprodu­cente. El Señor, al establecer el espíri­tu de gobierno en la Iglesia, también ha establecido un modelo del espíritu de gobierno en el hogar en las siguien­tes palabras de revelación:

“Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sa­cerdocio, sino por la persuasión, por longanimidad, benignidad, manse­dumbre y por amor sincero;

“reprendiendo en la ocasión con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo [y creo que sólo en ese caso]; y entonces demostrando mayor amor ha­cia el que has reprendido, no sea que te considere su enemigo;

“para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que los lazos de la muerte.” (D. y C. 121:41, 43—44.)

Pablo escribió a los efesios: “Y vo­sotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disci­plina y amonestación del Señor”. (Efe­sios 6:4.)

Cuando os enfrentéis a pequeños problemas, e inevitablemente lo ha­réis, controlaos. Recordad la sabiduría del antiguo proverbio: “La blanda res­puesta quita la ira”. (Proverbios 15:1.)

No existe en el mundo mejor disci­plina que la disciplina del amor; tiene su propio aspecto mágico.

El hábito de la oración

Doblemente bendecido es el niño que, a pesar de ser demasiado pequeño para comprender las palabras, puede sentir el espíritu de oración cuando una amorosa madre o buen padre le ayudan por las noches a decir una oración an­tes de acostarse.

Es sumamente afortunado el niño o la niña, incluyendo los adolescentes, en cuyos hogares se lleva a cabo la oración familiar por la mañana y por la noche.

No conozco mejor manera de desa­rrollar un espíritu de agradecimiento en los niños que hacer que todos los miembros de la familia se arrodillen para agradecer al Señor sus bendicio­nes. Tal expresión de humildad desa­rrollará en el corazón de los niños el reconocimiento del hecho de que Dios es la fuente de todos los dones precio­sos que poseemos.

No conozco una mejor forma de cul­tivar un deseo de hacer lo correcto que humildemente pedir perdón de Aquel cuyo derecho es el de perdonar, y pe­dir fortaleza para vencer nuestras debi­lidades.

Cuán maravilloso es orar al Señor por aquellos que están experimentando dolor o enfermedad, por los hambrien­tos y necesitados, por aquellos que es­tán solos y temerosos, y por aquellos que se encuentran cautivos y afligidos. Cuando esas oraciones se hacen con sinceridad, se experimentará un mayor deseo de ayudar a los necesitados.

Además, aumentará el respeto por el obispo, por el presidente de estaca y por el Presidente de la Iglesia si los recordamos constantemente en nues­tras oraciones familiares.

Es de vital importancia enseñarles a los niños a orar en lo que concierne a sus propias necesidades y los deseos justos de su corazón. A medida que los miembros de la familia se arrodillan juntos para orar al Todopoderoso y ha­blar con Él acerca de sus necesidades, los niños desarrollarán una inclinación natural de volverse a Dios, como Pa­dre y amigo, en épocas de necesidad y aflicción.

Permitid que la oración matutina y vespertina, tanto individual como fa­miliar, se convierta en una práctica en la que vuestros hijos progresen mien­tras aún están pequeños. Será una ben­dición durante toda su vida. Ningún padre en la Iglesia puede darse el lujo de descuidar este aspecto tan impor­tante.

Mis amados compañeros en el sa­grado llamamiento de ser padres, estos son los cuatro elementos que quisiera sugeriros para ayudaros en vuestro es­fuerzo por crear un buen ambiente en vuestros hogares: (1) Un espíritu de servicio, (2) una atmósfera propicia para el progreso, (3) la disciplina de amor divino, y (4) el hábito de la ora­ción sagrada.

Que Dios os bendiga, mis queridos hermanos y hermanas.

Agradezco al Señor los muchos bue­nos padres de esta Iglesia que son ejemplos de honradez e integridad ante sus hijos y ante el mundo. Le doy gra­cias por su fe y su fidelidad. También le agradezco el gran deseo que tienen de criar a sus hijos en la luz y la ver­dad, como el Señor lo ha mandado. Ruego que las bendiciones del Señor coronen vuestros esfuerzos, y que al­gún día cada uno de vosotros pueda decir al igual que Juan de antaño: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad”. (3 Juan 4.) ■

Ideas para los maestros orientadores

Quizás desee recalcar estos puntos en su visita de orientación familiar:

Existen cuatro elementos importan­tes que son vitales para crear un am­biente positivo en nuestros hogares:

  1. Un espíritu de servicio entre los miembros de la familia y hacia nues­tros semejantes.
  2. Un ambiente propicio para el pro­greso y el desarrollo de los miembros de la familia.
  3. La decisión paternal de emplear el-amor como el principio dominante de la disciplina de la familia.
  4. El hábito de llevar a cabo la ora­ción familiar diaria, durante la cual la familia, unida, solicita la guía de nues­tro Padre Celestial, así como el perdón por los errores cometidos.

Sugerencias para desarrollar el tema:

  1. Exprese sus sentimientos y expe­riencias personales en cuanto a las cua­tro pautas mencionadas anteriormente.
  2. ¿Existen algunos versículos de las Escrituras o citas en este artículo que la familia podría leer en voz alta y analizar?
  3. ¿Sería mejor este análisis después de conversar con el cabeza de la fami­lia antes de la visita? ¿Hay algún men­saje del líder del quorum o del obispo sobre el tema de las relaciones familia­res?
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Anales de gran valor

Anales de gran valor

por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Adaptado de un discurso dado en 1979 en el Simposio para Educadores Religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia, en la Universidad Brigham Young.

Una de las mejores maneras de aprender el evangelio es escudri­ñar las Escrituras.

La palabra escudriñar quiere decir investigar, estudiar y examinar con el fin de descubrir el significado de algo. Escudriñar implica algo más que sim­plemente leer e incluso memorizar.

Cuando Jesús les dijo a los judíos, “Escudriñad las Escrituras”, estaba ha­blando a hombres que se jactaban de su conocimiento de las Escrituras. Ha­bían pasado su vida leyéndolas y memorizándolas; estaban preparados para citar, y así lo hicieron, pasajes enteros de las Escrituras en respaldo de sus reglas y ritos apóstatas, mas fallaron por completo en descubrir su verdade­ro significado.

Recordaréis que los judíos a quienes habló trataban de encontrar errores, declarando que Jesús había quebranta­do la ley de Moisés al sanar al hombre enfermo en el día de reposo. No obs­tante, Jesús no perdió el más mínimo tiempo disputando sus querellas en cuanto a detalles irrelevantes. Por ser el Señor del día de reposo, más bien respondió a sus acusaciones declarán­dose a sí mismo. Por rechazar ellos al Señor y su explicación tocante a la re­lación que existía entre El y su Padre Celestial, les dijo que carecían de co­nocimiento en cuanto a la palabra de Dios de la cual afirmaban ser maes­tros.

Si hubieran entendido las Escritu­ras, habrían aceptado las profecías de Moisés y de los otros profetas concer­nientes al Mesías prometido y también habrían reconocido a Jesucristo como el cumplimiento de las mismas.

En todas las dispensaciones ha habi­do hombres santos a quienes se les ha enseñado e instruido desde los cielos tocante al evangelio de Jesucristo. Es­tas enseñanzas e instrucciones se han preservado en las Escrituras a fin de que todos los que así lo deseen puedan aprender en cuanto a quién adorar y cómo vivir a fin de lograr el propósito de la vida mortal y así hacerse acree­dores de las recompensas prometidas.

Es mi opinión que un estudio del Antiguo Testamento proporciona prue­bas fehacientes del valor y beneficios del estudio de las Escrituras.

En el transcurso del año próximo, todos los adultos de la Iglesia estudia­rán el Antiguo Testamento. Un enfoque que yo considero de gran ayuda para entender el Antiguo Testamento es aprender de otros libros de Escritura aquello que tenían para decir los hom­bres más justos de la época. Hombres tales como Abraham, Moisés, Lehi y Nefi bien pueden ser considerados es­pecialistas en asuntos relacionados con el Antiguo Testamento. Podemos con­siderarnos afortunados por contar con algunas de las enseñanzas de estos hombres, las cuales fueron preserva­das para nuestro uso. Considero que debemos estudiarlas y seguir sus con­sejos si es que deseamos entender y enseñar el mensaje del evangelio tal como se encuentra en el Antiguo Tes­tamento.

Los escritos de Abraham, Moisés y Enoc según se encuentran en la Perla de Gran Precio, y los escritos de Lehi y Nefi según los hallamos en el Libro de Mormón, constituyen un gran com­plemento en nuestro intento de enten­der el propósito de los primeros escri­tos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, ellos dejan bien en claro el origen y la naturaleza del hombre.

Durante muchos años tuve la asig­nación de la Primera Presidencia de servir en lo que se conocía como el Comité de Publicaciones de la Iglesia. Teníamos la responsabilidad de leer y tomar decisiones en cuanto a los mate­riales preparados que se usarían en los cursos de estudio de nuestras organiza­ciones auxiliares. Al leer tales materia­les, hubo veces en que mi espíritu se sintió ofendido por el lenguaje que se empleaba para expresar los puntos de vista de personas que no creían en la misión de Adán. Me refiero a palabras y frases tales como “hombre primiti­vo”, “hombre prehistórico”, “antes de aprender el hombre a escribir”, y des­cripciones similares.

El Señor nos dice que Adán fue el primer hombre (véase Moisés 3:7), lo cual, según yo lo entiendo, quiere de­cir el primer ser mortal en la tierra. Asimismo, Enoc declaró que se con­servó un registro de Adán en un libro que fue escrito bajo la guía del Señor Todopoderoso mismo.

Sí confundimos la misión de Adán y Eva, también confundiremos la misión del Salvador. Las consecuencias deri­vadas de la misión que Adán y Eva llevaron a cabo hicieron necesario el sacrificio expiatorio del Salvador. Tal es el mensaje central del Antiguo Testamento. La práctica del sacrificio de sangre, descrita en el Antiguo Testa­mento, se instituyó como muestra del gran sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo.

Lehi y Nefi enseñaron estas verda­des. De hecho, una de las más claras explicaciones del gran mensaje del Antiguo Testamento la podemos en­contrar en tales escritos (véase 1 Nefi 20-21; 2 Nefi 6-8, 12-25).

Fue a causa de la importancia de las enseñanzas del Antiguo Testamento que el Señor inspiró a Lehi a enviar a sus hijos de nuevo a Jerusalén para ob­tener las planchas de bronce, para con­seguir el Antiguo Testamento —pues eso era lo que contenían tales plan­chas. El Señor no quería que este nue­vo pueblo que El levantaría de la si­miente de Lehi se viera privado de esos anales.

Vemos entonces que Nefi nos ayuda a entender el mensaje del Antiguo Tes­tamento cuando comenta las enseñan­zas de Isaías. No creo que haya una explicación más sencilla, clara ni rele­vante del mensaje del Antiguo Testa­mento que la que encontramos en los capítulos 25 al 33 de 2 Nefi. Considero que un estudio detenido de estos capí­tulos resultaría menester para cual­quier persona que desee entender y en­señar el mensaje del Antiguo Testamento. En estos capítulos Nefi separó lo importante de lo que no lo era. Escribió: “Hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y es­cribimos según nuestras profecías, pa­ra que nuestros hijos sepan a qué fuen­te han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Estas son las palabras de Nefi, pro­nunciadas entre 500 y 600 años antes de Cristo, enseñando lo que había aprendido de los registros del Antiguo Testamento inscritos en las planchas de bronce. Se trata de un buen consejo para quienes en la actualidad somos padres y maestros. El Antiguo Testa­mento nos enseña en cuanto a la salva­ción y los mandamientos que debemos obedecer a fin de participar de la salva­ción.

Las personas que andan por la obs­curidad tal vez no puedan discernir el significado fundamental ni los princi­pios básicos que contiene el Antiguo Testamento. Pero como Santos de los Últimos Días, nosotros no tenemos ex­cusa para no discernirlo. Es, por lo tanto, de suma importancia que no es­condamos las verdaderas enseñanzas del Antiguo Testamento de nuestros hijos ni de aquellos a quienes se nos llama para enseñar, apartándonos de su fin y perdiéndonos en elementos de menos importancia. Debemos concen­trarnos en el trigo y no en la paja.

No contamos con el tiempo aquí pa­ra considerar todas las lecciones im­portantes que se pueden enseñar del Antiguo Testamento —tales como au­toridad, sacerdocio, obediencia, leal­tad, unidad, fe, la importancia de se­guir a los profetas vivientes, y muchos otros asuntos de vital importancia. Sin embargo, analizaré brevemente unas cuantas enseñanzas del Antiguo Testa­mento que opino que son de singular relevancia.

El Antiguo Testamento nos propor­ciona muchos ejemplos tocante a la importancia de escuchar y seguir lo que el Señor nos amonesta concernien­te a aquellas cosas que nos depara el futuro. El Señor amonestó a José, y el pueblo de Egipto sobrevivió una cares­tía precisamente por escuchar las pala­bras de José. El Señor preservó a la familia humana y a otras formas de vida por medio de la obediencia de Noé al construir el arca. El también preservó a Moisés, a Abraham, a Mesac, Sadrac y Abednego. En muchas ocasiones amonestó a Israel; algunas veces lo escucharon y otras no. En nuestra dispensación, repetidamente se nos ha amonestado en cuanto a la ne­cesidad de prepararnos. En las revela­ciones modernas leemos: “Preparaos, preparaos para lo que ha de venir, por­que el Señor está cerca” (D. y C. 1:12).

El Señor sabe en cuanto a las cala­midades que sobrevendrán a los habi­tantes de la tierra antes de su venida, y nos ha dado instrucciones para nuestra protección, del mismo modo que lo hi­zo en la antigüedad.

Hoy día se nos ha dado la responsa­bilidad de amonestar a los habitantes de la tierra, responsabilidad solemne que debemos recordar y analizar tanto en la mente como en el corazón. Como Santos de los Últimos Días, se nos ha comisionado a compartir con las per­sonas a quienes enseñamos aquello que hemos recibido del Señor. No obs­tante, hay veces que pretendemos en­señar sin obtener de antemano la debi­da información y el espíritu propicio.

Hyrum Smith, el hermano del Pro­feta, recibió instrucciones en cuanto a este asunto en una revelación dada por el Señor antes de la organización de la Iglesia. Sintiéndose muy impresionado por el mensaje de la Restauración, de­seaba salir a predicar antes de darle al Señor la oportunidad de prepararlo. En la revelación el Señor dice:

“No intentes declarar mi palabra, si­no primero procura obtenerla, y enton­ces será desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi pa­labra, sí, el poder de Dios para con­vencer a los hombres” (D. y C. 11:21).

Para aquellos que deseamos com­partir el evangelio eficazmente —ya sea con nuestros hijos, nuestros her­manos y hermanas como parte de una enseñanza formal, o con nuestros amigos— encontramos en esta revela­ción lecciones muy importantes. De­bemos poner nuestra vida en orden a fin de que el Espíritu del Señor pueda influir en nuestros pensamientos y ac­ciones —para que podamos recibir la debida inspiración de los cielos. Es menester que nos esforcemos y que aprendamos su palabra con un deseo absoluto para que sus enseñanzas pue­dan llegar a ser nuestras enseñanzas. Entonces podremos hablar con poder y convicción. Si decidimos preparamos de alguna otra manera, nuestro éxito no está asegurado, y transmitiremos nuestras propias ideas o algunas de las ideas de los hombres, mas no las del Señor. La fuente primordial de las pa­labras del Señor la encontramos en los libros canónicos, las cuales se ven re­calcadas, según sea necesario, por los profetas vivientes.

Considero que es importante que nos familiaricemos con estos aspectos espirituales básicos. Estoy seguro de que podremos tener mayor éxito en nuestra vida diaria y al compartir el mensaje del evangelio con el mundo, si por lo menos escudriñamos las Escrituras y adquirimos un mejor enten­dimiento de la palabra, la intención y la voluntad del Señor.

Adaptado de un discurso dado en 1979 en el Simposio para Educadores Religiosos del Sistema Educativo de la Iglesia, en la Universidad Brigham Young.

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La plenitud del evangelio en el Libro de Mormón

Siendo que el Libro de Mormón contiene la plenitud del evangelio,

¿Por qué no hace nin­guna mención de Templos o de la obra vicaria?

Monte S. Nyman, Profesor de Escrituras Anti­guas de la Universidad Brigham Young, Provo, Utah.
Liahona Octubre 1984

Para poder responder a esta pregunta, primeramente debemos comprender lo que significa la frase “la plenitud del evangelio’’.

En Doctrina y Convenios encontramos el registro de tres ocasiones en que el Señor declaró que en el Libro de Mormón estaba contenida la plenitud del evangelio (véase D. y C. 20:9; 27:5; 42:12). El ángel Moroni también declaró a José Smith que el Libro de Mormón contenía la plenitud del evangelio:

“Dijo que se hallaba depositado un li­bro, escrito sobre planchas de oro, el cual daba una relación de los antiguos habitantes de este continente, así como del origen de su procedencia. También declaró que en él se encerraba la pleni­tud del evangelio eterno cual el Salvador lo había comunicado a los antiguos habitantes” (José Smith-Historia 1:34; cursiva agregada).

Durante algunos años les he pedido a muchos de mis alumnos postgraduados que definan la palabra “evangelio”. La respuesta que normal­mente recibo es la de “buenas nuevas”. Esta respuesta proviene del significado que atribuían a esta palabra los anti­guos griegos, y aunque es correcta, mi experiencia me ha demostrado que mu­chos miembros de la Iglesia en realidad nunca han meditado a fondo el signifi­cado de las “buenas nuevas’’: ¿Cuáles son las buenas nuevas que presenta el evangelio? Las Escrituras restauradas proveen una respuesta lógica y estimu­lante a esta pregunta. Doctrina y Conve­nios nos proporciona tres definiciones del evangelio.

  1. Doctrina y Convenios 33:11-12:

“Sí, arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros para la remisión de sus pe­cados; sí, bautizaos en el agua, y enton­ces vendrá el bautismo de fuego y del Espíritu Santo.

“He aquí, de cierto, de cierto os digo, éste es mi evangelio; y recordad que deberán tener fe en mí, o de ninguna manera podrán salvarse” (cursiva agre­gada).

  1. Doctrina y Convenios 39:5-6:

“De cierto, de cierto te digo, que el que recibe mi evangelio, me recibe a mí; y quien no recibe mi evangelio, tampoco me recibe a mí.

“Y éste es mi evangelio: Arrepenti­miento y bautismo en el agua, tras lo cual viene el bautismo de fuego y del Espíritu Santo, sí, el Consolador, el cual manifiesta todas las cosas y enseña las cosas apacibles del reino” (cursiva agregada).

  1. Doctrina y Convenios 76:40-43:

“Y éste es el evangelio, las buenas nuevas, que la voz de los cielos nos tes­tificó:

“Que vino al mundo, sí, Jesús, para ser crucificado por el mundo y llevar los pecados del mundo, y para santificarlo y limpiarlo de toda Injusticia;

“para que por él pudiesen ser salvos todos aquellos a quienes el Padre había puesto en su poder y hecho por él;

“y él glorifica al Padre y salva todas las obras de sus manos, menos a esos hijos de perdición que niegan al Hijo después que el Padre lo ha revelado” (cursiva agregada).

El Libro de Mormón registra, en las enseñanzas del Salvador, una definición aún más detallada, pero que va de acuerdo con las tres que encontramos en Doctrina y Convenios:

“He aquí, os he dado mi evangelio, y éste es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.

“Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz; y que después de ser levantado sobre la cruz, pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres, para que así como he sido levantado por los hombres, así también los hom­bres sean levantados por el Padre, para comparecer ante mí, para ser juzgados por sus obras, ya fueren buenas o malas;

“y por esta razón he sido levantado; por consiguiente, de acuerdo con el po­der del Padre, atraeré a mí mismo a to­dos los hombres, para que sean juzga­dos según sus obras.

“Y sucederá que cualquiera que se arrepienta y se bautice en mi nombre, será lleno; y si perseverar hasta el fin, he aquí, yo le tendré por inocente ante mi Padre el día en que me presente para juzgar al mundo.

“Y aquel que no persevera hasta el fin, éste es el que también es cortado y echado en el fuego, de donde nunca más puede volver, por motivo de la justi­cia del Padre.

“Y ésta es la palabra que él ha dado a los hijos de los hombres; y por esta ra­zón él cumple las palabras que ha dado; y no miente, sino que cumple todas sus palabras.

“Y nada Impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su re­poso, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.

“Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día podáis presentaros ante mí sin mancha.

“En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio: y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi Igle­sia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis; porque aquello que me habéis visto hacer, eso haréis vosotros” (3 Nefi 27:13-21; cur­siva agregada).

En resumen, las buenas nuevas del evangelio son el plan de salvación o los principios y ordenanzas mediante los cuales podemos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Cabe aclarar también, antes de con­testar la pregunta original con respecto a los templos, que de acuerdo con las Escrituras, el evangelio define el plan por el cual los hombres pueden regresar al reino celestial. No especifica la manera en que los hombres pueden recibir la exaltación dentro del reino celestial, ya que para esto son necesarias las ordenanzas y bendiciones del templo (véase D. y C. 131:1-4).

Aunque el Libro de Mormón no pro­porciona detalles ni enseñanzas con respecto a las ordenanzas que se reali­zaban en los templos, sí verifica que los hubo entre los nefitas. Sí habla de la aparición de escritos milagrosos en el muro del templo, los cuales fueron escritos por el dedo de Dios (véase Alma 10:2). Este Incidente se relató en el con­texto de la genealogía de un hombre, y no da ninguna explicación del templo en sí.

Del Libro de Mormón podemos obte­ner algunas indicaciones respecto a las funciones que tenían los templos entre los nefitas. Parece ser que construían templos en el momento y lugar que pen­saran conveniente de acuerdo con las necesidades de la población. Después de la división entre los nefitas y los lama­nitas, Nefi escribió que su pueblo edificó un templo “según el modelo del templo de Salomón” (2 Nefi 5:16). Jacob recibió el mandamiento de amonestar a su pue­blo en contra del orgullo y la inmoralidad dentro del templo (Jacob 1:17; 2:2, 11). El rey Benjamín pidió que su pueblo se congregara en el templo para recibir instrucciones (Mosíah 1:18; 2:1; 5-7), y el rey Llmhi pidió que su pueblo se reu­niera allí para recibir Instrucciones acerca de Ammón y sus hermanos que habían bajado de la tierra de Zarahemla (Mosíah 7:17). Posiblemente fue éste el mismo templo mencionado en varias ocasiones en el registro de su padre, el rey Noé, y es muy posible que haya sido construido por el padre de Noé, el rey Zenif, ya que aparentemente estaba edificado cuando Noé llegó a ser rey (véase Mosíah 11:10, 12; 19:5). Cuando el pueblo nefita se mudó a las tierras del norte, allí también edificaron templos (Helamán 3:9, 14). Después de la des­trucción de los inicuos al tiempo de la crucifixión de Cristo, el pueblo se ha­llaba congregado alrededor del templo en la tierra de Abundancia cuando se les apareció el Salvador (3 Nefi 11:1). El Libro de Mormón también contiene el re­gistro de la construcción de templos en­tre los lamanitas (Alma 26:29). Toda esta evidencia confirma las enseñanzas del, profeta José Smith:

“¿Qué objeto podrá tener el recogi­miento de los judíos o el pueblo de Dios, en cualquier época del mundo? . . .

“El objeto principal fué edificar una casa al Señor, en la cual podría revelar a su pueblo las ordenanzas de su casa y las glorias de su reino, y enseñar a la gente el camino de la salvación; porque hay ciertas ordenanzas y principios que, para poder enseñarse y practicarse, de­ben efectuarse en un lugar o casa edifi­cada para tal propósito” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 375-376). Aun cuando el Libro de Mormón no con­tiene ninguna referencia a las ordenan­zas específicas que se efectúan en el templo, sí contiene las mismas enseñan­zas que la Biblia con respecto a las bases para la obra vicaria. El profeta Malaquías predijo la venida de Elías antes del día de Jehová, grande y terrible, cuya venida volvería o ataría a los hijos a sus padres y a los padres a sus hijos. Este poder sellador, conocido también como el sacerdocio patriarcal, fue res­taurado el 3 de abril de 1836 al profeta José Smith en el templo de Kirtland (véase D. y C. 110:13-16). Cuando el Salvador ministró entre los nefitas des­pués de su resurrección, les dijo que el Padre le había dado el mandamiento de impartirles las enseñanzas de Malaquías, las cuales se encuentran registra­das ahora en 3 Nefi, capítulos 24-25. El capítulo 25 contiene la profecía de Ellas. El Señor estableció el fundamento básico para la obra vicaria en el Libro de Mormón y dejó para Doctrina y Conve­nios las enseñanzas específicas acerca de la exaltación dentro del reino celes­tial.

Hubo otra ordenanza relacionada con los templos que también se dejó para ser aclarada mayormente en Doctrina y Convenios. Esta es la ceremonia del ma­trimonio por tiempo y toda la eternidad. Aunque el Libro de Mormón no enseña esta Importante doctrina, sí Infiere que tales matrimonios fueron realizados.

“Y se casaban y se daban en matri­monio, y fueron bendecidos de acuerdo con la multitud de las promesas que el Señor les había hecho” (4 Nefi 11).

Aunque ésta es solamente una de­ducción, existen entre los lamanitas ciertas tradiciones que indican que es­tas ordenanzas sí fueron realizadas. El hermano Golden R. Buchanan, quien durante varios años actuó como presi­dente de la Misión India del Suroeste [de Norteamérica], declaró:

“El principio del matrimonio eterno no es nuevo para muchas de las tribus. La hermosa ceremonia de casamiento de la tribu Hopl, con la novia vestida en un hermoso vestido blanco tejido por las manos de su novio, es un rito sagrado, y su tradición dice que perdura por todas las eternidades. Esta ceremonia no in­dica que el matrimonio es ‘hasta que la muerte os separe’ ” (“Indlan Traditlons”, Improvement Era, abril de 1955, pág. 286).

Así pues, existió entre los nefitas el conocimiento y la práctica del matrimo­nio eterno, y los lamanitas llevaron a cabo esta práctica aún después de ha­ber caído en la apostasía. De nuevo Mormón, bajo la Inspiración del Señor, decidió dejar esta enseñanza para que fuera revelada en los últimos días.

En resumen, la razón por la cual el Libro de Mormón no revela más detalles acerca de los templos y otras ordenanzas relacionadas con la exaltación la ex­plica probablemente la naturaleza misma de la revelación. Se puede consi­derar que las Escrituras son “revelaciones abiertas”, o revelaciones que están a la disposición de todo aquél que tenga Interés en leerlas. Lo del tem­plo, por otra parte, puede considerarse como “revelación cerrada”, o revelación reservada solamente para aquellos que se prepararán para conocer y compren­der este tipo de revelación sagrada. Tal como lo dijera el profeta José Smith, desde la fundación del mundo se ha re­servado esto para que fuera revelado al pueblo del Señor (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 376, y D. y C. 124:36-41). Ahora ha llegado a noso­tros la oportunidad de recibir esas orde­nanzas como parte del evangelio, y to­dos debemos aprovechar esta oportunidad. ■

La misión de Elías el Profeta

“Muchos de los antepasados de ustedes murieron sin haber tenido nunca la oportunidad de aceptar el Evangelio ni de recibir las bendiciones y las promesas que ustedes han recibido. El Señor es justo y es amoroso, y, por consiguiente, Él ha preparado tanto para ustedes como para mí la manera de que se cumpla el deseo de nuestro corazón de brindar a nuestros antepasados todas las bendiciones que Él nos ha brindado a nosotros.

Bendiciones para las personas fallecidas

“Muchos de los antepasados ya fallecidos de ustedes habrán recibido un testimonio de que el mensaje de los misioneros es verdadero. Cuando ustedes recibieron ese testimonio, pudieron pedirles a los misioneros el bautismo; pero los que están en el mundo de los espíritus no pueden hacerlo. Las ordenanzas que ustedes tanto apreciaron sólo se brindan en este mundo. Alguien en este mundo tiene que ir a un santo templo y aceptar los convenios por la persona que está en el mundo de los espíritus. Ésa es la razón por la que tenemos la obligación de buscar el nombre de nuestros antepasados y asegurarnos de brindarles lo que ellos no pueden recibir allá sin nuestra ayuda…

“Recuerden que los nombres que serán tan difíciles de buscar son de personas reales, a las que ustedes deben su existencia en este mundo y con las cuales volverán a encontrarse en el mundo de los espíritus. Cuando ustedes fueron bautizados, sus antepasados los contemplaron desde allá con esperanza. Quizás, al cabo de siglos, se regocijaron al ver a uno de sus descendientes hacer el convenio de buscarlos y de brindarles la libertad. Cuando se reúnan con ellos, verán en sus ojos ya sea gratitud o una terrible desilusión. El corazón de ellos está ligado a ustedes y su esperanza está en las manos de ustedes. Ustedes tendrán más que su fortaleza natural si deciden seguir trabajando para buscarlos”.

Henry B. Eyring, “Teniendo entrelazados sus corazones”,

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¿Es necesario tomar la Santa Cena con la mano derecha?

¿Es necesario tomar la Santa Cena con la mano derecha?
¿Importa, en realidad, qué mano se use?

por Russell M. Nelson
Representante Regional, ex presidente general de la Escuela Dominical.
Liahona Octubre 1983

Cuando Raquel yacía moribunda a consecuencia del alumbramiento de su hijo, nombró al recién nacido Benoni, que en hebreo significa “hijo de mi tristeza” o “aflicción”. No obstante, su acongojado esposo, Jacob (o sea, Israel), cambió el nombre del niño, tal vez para evitar la repetida referencia al difícil parto y consiguiente muerte de su esposa cada vez que se mencionara el nombre de la criatura. En vez de ése, escogió llamarlo Benjamín, que significa “hijo de la mano derecha” (véase Génesis 35:16-19), El nombre especial dado a Benjamín, su décimo segundo hijo, fue símbolo del gran amor de Israel por su muy preciada Raquel.

También es evidente en la parábola de las ovejas y los cabritos que el otorgar un lugar a la mano derecha es un símbolo de preferencia o favoritismo. Jesús dijo:

“Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria,

“y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.

“Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda,

“Entonces el Rey dirá a los de su derecha; Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:31-34.)

Los relatos de las Escrituras nos dan algunas ideas y antecedentes del significado simbólico de la mano derecha, símbolo que se hace presente en el idioma y otros aspectos culturales tanto del mundo judío como del cristiano. En latín, por ejemplo, dexfer (derecha) y sinister (izquierda) no sólo indicaban derecha e izquierda, sino que también llegaron a ser la raíz de adjetivos con connotaciones favorables y desfavorables. El uso de la mano derecha como ademán simbólico con el tiempo se propagó hasta ser utilizado en la administración de juramentos gubernamentales y en las cortes de justicia cuando se presentaban testigos para atestiguar.

Teniendo en mente estos antecedentes, podemos ahora analizar el tema de la mano a la que podríamos dar preferencia al tomar la Santa Cena.

La palabra sacramento se deriva de dos raíces latinas: sacr, que significa “sagrado”, y ment, que significa “mente”, lo que denota pensamientos sagrados. Aún más precisa es la palabra latina sacramentum, que literalmente significa “juramento u obligación sagrada”. El participar del sacramento, o Santa Cena, entonces, se puede decir que es renovar con juramento el convenio anteriormente hecho en las aguas del bautismo. Es un momento mental sagrado que incluye: (1) un juramento manifestado por el uso de la mano y simbólico del convenio que la persona, en forma individual, ha hecho; y (2) el uso del pan y el agua, símbolos del gran sacrificio expiatorio del Salvador del mundo.

La mano que se usa al tomar la Santa Cena sería entonces, por lógica, la misma que se usa al hacer cualquier otro juramento sagrado. Para la mayoría de nosotros, esto quiere decir la mano derecha. Sin embargo, los convenios sacramentales, así como otros de naturaleza eterna, pueden ser y efectivamente son hechos por aquellos que han perdido el uso de su mano derecha, o por aquellos que no tienen ninguna de ellas. Mucho más importante que el interés que podamos sentir por cuál de las manos se debe utilizar al tomar la Santa Cena es que participemos de ella con profunda comprensión del sacrificio expiatorio que representa.

Los padres a veces se preocupan por qué mano sus hijos utilizan al tomar la Santa Cena. En la Iglesia se ofrece la Santa Cena a los niños que aún no han sido bautizados, como medio de educación, preparación y capacitación, “para representar el convenio que tomarán sobre sí cuando lleguen a la edad de responsabilidad”. (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, 2da. ed., Salt Lake City: Bookcraft, 1966, p. 660.)

De manera que, es sumamente importante que los niños desarrollen sentimientos positivos y una actitud mental sagrada del simbolismo y significado de la Santa Cena. Los padres que deseen enseñar la importancia de esta sublime experiencia podrían escoger este tema para formar parte de la instrucción presentada en una noche de hogar. Luego, si es necesario hacer recordatorios durante una reunión, pueden hacerse calladamente, demostrando paciencia y amor.

El participar de la Santa Cena es un proceso mental sagrado, y como tal se convierte en algo muy personal para mí. Yo pienso en los convenios que hago con Dios y Jesús mientras se ofrecen las oraciones; pienso en Dios, que ofreció a su Hijo Unigénito; pienso en el sacrificio expiatorio de mi Salvador, Jesucristo. La Santa Cena fue instituida por El, El ofreció su cuerpo y sangre para toda la humanidad, aun para mí, y designó el pan y el agua como emblemas simbólicos. Porque yo tengo la mano derecha, la ofrezco al tomar la Santa Cena, como juramento de que siempre recordaré Su sacrificio expiatorio, tomaré Su nombre sobre mí y lo recordaré, y guardaré los mandamientos de Dios.

Este es un privilegio sagrado que gozan todos los fieles Santos cada día de reposo.

(Liahona Octubre 1983)

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Somos mejores debido a él

Somos mejores debido a él

Por el presidente Russell M. Nelson
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles

El 11 de enero de 2018 se llevó a cabo un velatorio público por el presidente Thomas S. Monson en el Centro de Conferencias. Los servicios funerarios se realizaron el día siguiente en el Centro de Conferencias. Esa tarde se llevó a cabo un entierro privado el el Cementerio de Salt Lake City.

Querida familia, hermanos, hermanas y amigos, qué honor hablar en el funeral de mi líder, mentor y querido amigo, el presidente Thomas S. Monson.

Me siento conmovido por este hombre a quien he conocido y amado por más de 50 años. En nombre de todas las Autoridades Generales y los Oficiales Generales, proclamamos nuestro amor y gratitud por el presidente Monson. A su familia —Thomas, Ann y Clark, junto con sus cónyuges, hijos y nietos— también expresamos nuestro más profundo amor y pésame. Agradecemos enormemente los mensajes sinceros de Ann M. Dibb, el presidente Dieter F. Uchtdorf y el presidente Henry B. Eyring, y lo que el Coro del Tabernáculo Mormón cantó tan hermosamente.

El presidente Monson vivió de manera excepcional. ¡Nunca habrá alguien como él! Hubo y aún habrá muchas lágrimas derramadas por cada uno de nosotros por esta separación. ¡Realmente lo extrañaremos! Pero nuestro pesar lo alivia la expiación del Señor Jesucristo. Su copa amarga hace que nuestra pérdida sea soportable. Su Expiación hace que la Resurrección sea una realidad. Su Expiación hace posible que las familias estén juntas para siempre en el plan del Padre Celestial. Nos regocijamos en saber que el presidente Monson está de nuevo con su querida Frances y que algún día nosotros también podremos reanudar nuestra relación con ellos.

Desde el fallecimiento del presidente Monson, los recuerdos de su vida han sido muy bien preparados y presentados por los medios de comunicación. Han sido emocionantes para mí. Además, dignatarios y amigos de todo el mundo han enviado sus condolencias y expresado su profunda admiración.

Esto se espera de un hombre que ha influido en la vida de millones de personas de todo el mundo y moldeado su destino. Todos somos mejores debido a él y la Iglesia está mejor gracias a él. Deja un legado de crecimiento. Desde su ordenación como Apóstol en 1963, los miembros de la Iglesia pasaron de 2,1 millones a casi 16 millones. El número de misioneros que actualmente está sirviendo ha crecido de 5700 a más de 70 000. Y los templos —en ese entonces solo 12— ahora son 159, y vendrán más.

Pero con todo esto, el presidente Monson constantemente se centró en la persona. Nos lo recordaba con expresiones como “Envíen una nota al amigo que han olvidado”, “Abracen a un niño”, “Digan ‘Te amo’ más seguido”, “Siempre den las gracias” y “Nunca permitan que el problema que se tenga que resolver llegue a ser más importante que la persona a la que se tenga que amar”.

El presidente Monson nunca buscó publicidad. En un mundo saturado con “selfis”, él fue modelo de desinterés. Él personificó la declaración del Salvador, quien dijo: “El que es el mayor entre vosotros será vuestro siervo”( Mateo 23:11). Dio de su propio tiempo para visitar, bendecir y amar a los demás. Incluso cuando comenzó a debilitarse, continuó ministrando, haciendo visitas frecuentes a hospitales y geriátricos.

A través de los años, compartí muchas experiencias queridas con el presidente Monson. Permítanme relatar solo una que muestra cómo él usó la persuasión, la longanimidad, la benignidad, la mansedumbre y el amor sincero para lograr metas extraordinarias (D. y C. 121:41).

En 1985, me dieron la responsabilidad de la Iglesia en Europa, una asignación que el presidente Monson tuvo por muchos años. Yo era su compañero menor en mucho de todo ese trabajo desafiante. Detrás de la Cortina de Hierro, el presidente Monson había trabajado por casi dos décadas para establecer confianza con los líderes del gobierno de la República Democrática Alemana.

En 1988, él y yo viajamos con una pequeña delegación de nuestros líderes locales de la Iglesia a su ciudad capital de Berlín Este. En este país que había estado cerrado para la obra misional por más de 50 años, sentimos la impresión de pedir autorización para que los misioneros sirvieran allí. También pedimos permiso para que los élderes dignos de ese país tuvieran la oportunidad de servir al Señor como misioneros en otro lado.

Esa reunión decisiva se llevó a cabo el gris y lúgubre 28 de octubre de 1988. Nos reunimos con Erich Honecker, presidente del consejo de estado de la República Democrática Alemana, y su personal. Él comenzó con un largo discurso sobre los méritos del comunismo. (Todo lo que podíamos hacer era escuchar).

Luego, bajo las luces de incontables cámaras, se invitó al presidente Monson a hablar. Con firmeza, pero amablemente, presentó su mensaje de cómo y por qué los misioneros serían buenos para ese país.

Luego de la petición del presidente Monson, todos esperaron la respuesta del presidente Honecker con suma ansiedad. Nunca olvidaré su respuesta: “Presidente Monson, ¡lo conocemos! ¡Lo hemos visto por muchos años! ¡Confiamos en usted! ¡Su pedido respecto a los misioneros está aprobado!”.

Cuando dejamos la reunión, las nubes se apartaron por un momento y el sol brilló fuertemente sobre nosotros. Parecía que el cielo nos estaba dando la señal de aprobación de lo que acababa de ocurrir.

Ahora, cuando la vida del presidente Monson ha llegado a su final, sentimos que la bendición del Señor a Su profeta Nefi se aplica de igual manera a nuestro querido y fallecido líder:

“Bienaventurado eres tú, [presidente Thomas S. Monson], por las cosas que has hecho; porque he visto que has declarado infatigablemente a este pueblo la palabra que te he dado. Y no les has tenido miedo, ni te has afanado por tu propia vida, antes bien, has procurado mi voluntad y el cumplimiento de mis mandamientos.

“Y porque has hecho esto tan infatigablemente, he aquí, te bendeciré [a ti y a tu familia] para siempre”( Helamán 10:4–5).

Solemnemente proclamo que el presidente Thomas S. Monson fue un profeta de Dios. Enseñó como profeta y testificó como profeta. Tuvo el valor y la bondad de un profeta. Recibió revelación como profeta y respondió como profeta. Vivió como profeta y murió como profeta, sellando con su vida su testimonio de que Dios vive, de que Jesús es el Cristo, de que Su Iglesia ha sido restaurada en la tierra y que esta obra sagrada es verdadera. Al testimonio que él compartió tantas veces desde este púlpito, humildemente agrego el mío, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Un profeta amoroso y valiente

Un profeta amoroso y valiente

Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El 11 de enero de 2018 se llevó a cabo un velatorio público por el presidente Thomas S. Monson en el Centro de Conferencias. Los servicios funerarios se realizaron el día siguiente en el Centro de Conferencias. Esa tarde se llevó a cabo un entierro privado el el Cementerio de Salt Lake City.

Es un honor para mí que se me haya invitado a hablar en el funeral de un gran profeta de Dios, el presidente Thomas S. Monson. Mi corazón se extiende a su familia y a todos los que sienten su fallecimiento. Hay millones de personas en toda la tierra que comparten ese sentimiento de pérdida. Era amado por aquellos que lo conocían por sus discursos emotivos e inspiradores, y su liderazgo. El número de personas que lo amaban debido a su bondad personal solo lo conoce el Dios que lo mandó a cuidar de ellas.

Cuidar a otras personas ocurría a menudo en el ministerio del presidente Monson. Iba a visitar a alguien que tenía necesidad, y mientras estaba allí sentía que debía ir a visitar a otra persona, y después a otra. Más que unas pocas veces, esa persona decía: “Sabía que vendría”. Ellos podían haberlo sabido, el Señor podía haberlo sabido, pero el presidente Monson no lo sabía cuando comenzó. Sin embargo, aquellos que sabían que él iría también conocían que Dios los amaba lo suficiente como para enviar a Su siervo. Sintieron el amor de Dios a través de la bondad del presidente Monson hacia ellos. El amor de Dios y el amor por los hijos de Dios impregnaba su vida.

Ese amor comenzó pronto y permaneció con él hasta el final. En su servicio personal y al dirigir La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, trató estas palabras del profeta Isaías como la palabra de Dios. Isaías escribió sobre la ley del ayuno, que se centra en el cuidado por los necesitados:

“¿No consiste [esta ley] en que compartas tu pan con el hambriento y a los pobres errantes alojes en tu casa; en que cuando veas al desnudo, lo cubras y no te escondas del que es tu propia carne?

“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se manifestará pronto; e irá tu rectitud delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.

“Entonces invocarás, y te responderá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí…

“y Jehová te guiará siempre, y en las sequías saciará tu alma… y serás como huerto de riego y como manantial cuyas aguas nunca faltan” (Isaías 58:7–9, 11).

Estando al servicio del Señor a lo largo de su vida, el presidente Monson cuidó de aquellos que tenían necesidades temporales y espirituales, y recibió esas bendiciones prometidas. Cuando llamaba al Señor en oración, el Señor contestaba. Y a Thomas Monson le llegó la seguridad de que el Señor estaba allí.

A menudo, el presidente Monson citaba la promesa de que el Señor estaría con nosotros en nuestro servicio fiel a Él. En su experiencia, esas promesas eran verdaderas:

Doctrina y Convenios 84:88 era de sus favoritas: “Y quienes os reciban, allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”.

Dado que sabía que esa promesa era una realidad, el presidente Monson era optimista. También hacía que fuera valiente. Cuando tenía que tomar decisiones difíciles e importantes, anticipaba que el Señor contestaría su oración y le mostraría el camino a seguir. Cuando se le llamaba a lo que parecían ser situaciones peligrosas o arriesgadas, otros estaban asustados, pero él no sentía miedo. Creía que el Señor iba delante de él y que tenía ángeles a su alrededor para sostenerlo, lo cual resultó ser verdad. Su hija, Ann, que ha hablado de forma tan emotiva hoy, estuvo a su lado antes de que falleciera. Yo tuve la bendición de estar allí. Al mirar su cara, pensé que la bendición del Señor se estaba cumpliendo. Había estado rodeado y sostenido por ángeles humanos, y quizás más.

Sentí la seguridad de que el Señor resucitado, que ha ido antes que él al mundo de los espíritus, lo esperaba con los brazos abiertos. Sentí un testimonio ardiente, que ahora comparto con ustedes, de que el presidente Monson conocía al Señor, que había sido limpio mediante la Expiación al dar todo de sí en el servicio al Señor y a los hijos del Padre. Había llegado a conocer al Señor. Amaba al Señor y decía que sabía que el Señor lo amaba.

El presidente Monson vivió de la manera en que el rey Benjamín nos recomendó:

“Yo os digo: Quisiera que os acordaseis de conservar siempre escrito este nombre en vuestros corazones para que no os halléis a la izquierda de Dios, sino que oigáis y conozcáis la voz por la cual seréis llamados, y también el nombre por el cual él os llamará.

“Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?…

“Por tanto, quisiera que fueseis firmes e inmutables, abundando siempre en buenas obras para que Cristo, el Señor Dios Omnipotente, pueda sellaros como suyos, a fin de que seáis llevados al cielo, y tengáis salvación sin fin, y vida eterna” (Mosíah 5:12–13, 15).

Testifico que Jesús es el Cristo. Ofrezco mi solemne testimonio de que, mediante Su vida libre de pecado y Su expiación infinita, todos los hijos del Padre Celestial que vengan a la mortalidad resucitarán. Mediante la ministración de ángeles a José Smith, el profeta de la Restauración, todas las llaves del sacerdocio fueron restauradas. Esas llaves se pasaron en una línea intacta al presidente Monson. Incluyen el poder de sellar a familias juntas por toda la eternidad. El presidente Monson sabía eso, y así lo testificaba. Ese poder del sacerdocio continuará en la Iglesia del Salvador sobre la tierra hasta que Él regrese.

El presidente y la hermana Monson fueron sellados por ese poder. Ruego que haya una bendición sobre toda su posteridad para que tengan la seguridad de que el Señor los cuida y que esperen con anhelo una reunión familiar gloriosa y eterna. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Un profeta para nuestro tiempo

Un profeta para nuestro tiempo

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El 11 de enero de 2018 se llevó a cabo un velatorio público por el presidente Thomas S. Monson en el Centro de Conferencias. Los servicios funerarios se realizaron el día siguiente en el Centro de Conferencias. Esa tarde se llevó a cabo un entierro privado el el Cementerio de Salt Lake City.

Me siento profundamente honrado y agradecido por el privilegio de rendir tributo al presidente Thomas S. Monson, un profeta de Dios, y mi atesorado amigo.

En este tierno momento, calan hondo los sentimientos y pensamientos, y las palabras resultan insuficientes para expresar mi amor, gratitud y tristeza.

Harriet y yo expresamos nuestro más sincero pésame, condolencias y gratitud a la familia, a todos los que lo aman y a las muchas personas que lo atendieron con tanto esmero. Extendemos especial gratitud a Ann Monson Dibb, hija del presidente Monson. Tras la muerte de Frances, la amada esposa del presidente Monson, el servicio dedicado de Ann, apoyado por sus hermanos y familiares, fue una gran bendición para el presidente Monson en el invierno de su vida.

¡Cuánto lo echo de menos! Lo consideré un amigo mucho antes de conocerlo. Creo que todos los que lo conocieron, lo escucharon o lo vieron, aunque fuese desde la distancia, se consideraban sus amigos.

Cuando la hermana Uchtdorf y yo viajábamos por el mundo, la gente transmitía su amor, gratitud y oraciones por su amado profeta. Esos cordiales saludos provenían de jóvenes, de ancianos y de personas de todas las edades.

Thomas S. Monson fue un hombre extraordinario, verdaderamente un gigante espiritual. Poseía gran conocimiento, fe, amor, visión, testimonio, valor y compasión, y lideraba y servía, no desde un pedestal, sino siempre frente a frente. Tenía un lugar especial en el corazón por los pobres y los necesitados. Extrañaremos su voz, su firmeza, su confianza en el Señor, su sonrisa, su sentido del humor, su entusiasmo, su optimismo y sus historias, que considero son parábolas de un profeta de Dios de estos últimos días.

Han pasado ya 24 años desde que el presidente Monson nos invitó a Harriet y a mí a su oficina y me llamó a servir como Autoridad General de la Iglesia. Harriet y yo nos esforzamos por hacer frente a la importancia del momento y al impacto trascendental que eso tendría en nuestras vidas.

Sin embargo, la calidez del presidente Monson, así como su interés personal, ánimo, entusiasmo por la obra y dignidad profética nos infundieron tranquilidad y paz. Sentimos que nos encontrábamos en presencia de alguien que conocía al Salvador, que era Su siervo, a quien nuestro Padre Celestial conocía.

El presidente Monson bendijo en especial a Alemania y a su gente. Su fe firme sirvió para fortalecer la nuestra durante los años de la Guerra Fría. No solo llevó maletas llenas de ropa y otras cosas para los miembros de Alemania Oriental, sino que la potente oración apostólica que pronunció en 1975 prometió bendiciones espirituales inimaginables. El presidente Monson regresó con quien entonces era el élder Russell M. Nelson, y dio seguimiento a esas promesas divinas. Todas se cumplieron, paso por paso. Un profeta de Dios había hablado, y Dios honró la fe y la labor de Su siervo fiel.

Cuando Harriet y yo acompañamos al presidente Monson a una conferencia en Hamburgo, preguntó por Michael Panitsch, un expresidente de estaca y patriarca, uno de los fieles pioneros de la Iglesia en Alemania. El hermano Panitsch estaba gravemente enfermo, postrado en cama y no podía asistir a nuestras reuniones. No obstante, el presidente Monson deseaba visitarlo.

Poco antes, el presidente Monson se había operado de un pie y casi no podía caminar sin dolor. El hermano Panitsch vivía en el quinto piso de un edificio sin ascensores, y tendríamos que subir muchos escalones. Sin embargo, el presidente Monson insistió, de modo que fuimos.

Le fue muy difícil subir, pero con alegría siguió adelante. Llegamos al lecho del hermano postrado en cama, y el presidente Monson ofreció una hermosa bendición del sacerdocio, le dio las gracias por su vida de servicio fiel y lo alegró con una sonrisa.

Siempre que pienso en esa experiencia, recuerdo lo que el apóstol Pedro dijo de Jesús, su amigo y maestro: “[Él] anduvo haciendo bienes”(Hechos 10:38).

Lo mismo se puede decir del hombre que amamos, respetamos y sostuvimos como profeta de Dios, nuestro amigo y amigo de Dios, Thomas Spencer Monson.

El servir como uno de los consejeros del presidente Monson en la Primera Presidencia de la Iglesia ha sido una experiencia de lo más satisfactoria y gratificante espiritualmente. Ha abarcado felicidad y dolor, risa y pesar, conversaciones profundas, y muchos momentos proféticos inspirados.

Hace poco, cuando el presidente Eyring y yo nos disponíamos a salir después de una visita en casa del profeta, el presidente Monson nos detuvo y dijo: “Amo al Salvador Jesucristo, y sé que Él me ama”. ¡Qué testimonio más dulce y poderoso del profeta de Dios!

El presidente Monson fue en verdad un profeta para nuestros días. Fue un hombre para todas las épocas. Todo lo que conocemos y amamos del presidente Thomas S. Monson seguirá adelante. Su espíritu se ha ido a casa, a Dios, nuestro Padre Celestial, que le dio la vida. Dondequiera que vaya en este hermoso mundo, siempre me acompañará una parte de este atesorado amigo.

Brindo una afectuosa despedida a nuestro amado profeta: Gracias, presidente Thomas S. Monson. Para siempre Dios esté con vos. En el sagrado nombre de Jesucristo, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Amén.

 

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Un legado de amor y servicio

Un legado de amor y servicio

Por Ann M. Dibb
Hija del presidente Monson

El 11 de enero de 2018 se llevó a cabo un velatorio público por el presidente Thomas S. Monson en el Centro de Conferencias. Los servicios funerarios se realizaron el día siguiente en el Centro de Conferencias. Esa tarde se llevó a cabo un entierro privado el el Cementerio de Salt Lake City.

Es una bendición estar hoy ante ustedes y decir unas palabras en memoria de mi padre, el presidente Thomas Spencer Monson, decimosexto Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hoy este Centro de Conferencias rebosa con el amor y las oraciones de ustedes. Les agradezco su presencia y apoyo.

Como familia, queremos dar gracias a las numerosas personas que han bendecido a nuestro padre con su servicio y cuidado. Extendemos nuestro sincero agradecimiento al presidente Henry B. Eyring y al presidente Dieter F. Uchtdorf. Agradecemos a cada uno de los miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles. Además, agradecemos a las muchas otras Autoridades Generales y oficiales de la Iglesia. El personal de la oficina del presidente Monson y demás empleados son inmejorables. El equipo de seguridad de mi padre, en particular Tracy Monson y Dan Stephens, con su profesionalismo y atenciones, han proporcionado un servicio excepcional. Extendemos un agradecimiento especial al personal de enfermería, de manera particular a la hermana Aleese Walker. Estamos agradecidos por los fisioterapeutas, dentistas y doctores dedicados, entre ellos a su médico internista, el Dr. Russell Maxwell. Todos ustedes han sido extraordinarios en su inquebrantable compasión y cuidado.

Quiero dar gracias a mi esposo, Roger, y a nuestros hijos por el apoyo que me dieron mientras cuidaba a mi padre y a su abuelo.

Querido Padre, ha sido una sagrada bendición y un honor cuidarte, tal como lo pidió mi devota madre. Sé que hemos tenido “ángeles alrededor de [nosotros], para [sostenernos]”1.

Por último, quiero dar gracias a ustedes, los miembros de la Iglesia. Los 54 años en que han orado a diario mientras mi padre prestaba servicio como Apóstol y luego como Presidente de la Iglesia, han marcado la diferencia.

Hoy me siento profundamente agradecida por mi padre y el legado que creó: un legado de amor y servicio. Si bien era un profeta, mi padre sabía que no era perfecto. Con todo su corazón, confió humildemente en nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, y se esforzó por ser como Él. Hace como un año, se encontraba trabajando en su oficina. Había un ejemplar abierto de la revista Liahona, y allí aparecía una fotografía de él. Mi padre señaló la foto y dijo: “Conozco a ese hombre; hizo lo mejor que pudo”.

Un legado de amor

El presidente Monson, con solo “hacer lo mejor que pudo”, dejó un inolvidable legado de amor. Amaba al Señor y amaba a la gente. Veía nuestro potencial y de verdad creía en nuestra capacitad para cambiar y progresar por medio de la expiación de Jesucristo.

Amaba a sus padres, hermanos y familiares; amaba a su querida compañera eterna, Frances, su bella, apacible, fiel defensora y habilitadora. Amaba a su familia y a cada uno de sus misioneros del este de Canadá. En especial amaba a sus nietos. A pesar de su ocupado horario, creó innumerables recuerdos con ellos. Tenía un interés genuino por la vida de cada uno de ellos.

Personas totalmente extrañas también sintieron el amor del presidente Monson. En una ocasión, mientras visitaba un centro local para ancianos, estrechó la mano de un hombre que estaba en una silla de ruedas. El hombre levantó la vista y dijo tímidamente: “Presidente Monson, me ha estrechado la mano, pero necesito un abrazo”. Sin vacilar, papá se agachó y con ternura abrazó a aquel buen hombre.

Papá solía recitar el gran mandamiento del Salvador:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”2.

También eligió vivir ese mandamiento cada día.

Un legado de servicio

En Los dos hidalgos de Verona, William Shakespeare sabiamente escribió: “Los que no saben manifestar su pasión no aman”3. Mi padre lo entendía bien, y demostró su amor por los demás al seguir el ejemplo del Salvador: “[Él] anduvo haciendo bienes… porque Dios estaba con él”4. Mi padre pasó su vida entera al servicio de los demás.

Tuve el privilegio de acompañar a mi padre en muchas de sus visitas personales. Con regularidad visitábamos a su amigo de toda la vida, el élder Glen Rudd, de 98 años de edad. Una vez, había transcurrido un tiempo entre nuestras visitas. Un día, una de las secretarias de la oficina de mi padre contestó una llamada telefónica del élder Rudd; él preguntó: “¿Está el presidente Monson visitando a los enfermos, a los afligidos y a los ancianos?, porque si es así, ¡yo soy uno de ellos!”. Rápidamente respondimos con una visita a su casa. Después de la visita, papá se dio vuelta y con una sonrisa en el rostro dijo: “Ann, creo que hoy hemos hecho el bien”.

El deseo que mi padre tenía de servir a los demás a menudo iba más allá de su capacidad para hacerlo, teniendo en cuenta sus muchas responsabilidades. Con determinación, encontró una solución: emplearía a otras personas para que proporcionaran el servicio necesario en su nombre. Llamaba a personas que había seleccionado con detenimiento y decía: “¿Es este mi amigo Mac? Habla Tom. ¿Te gustaría sentir hoy una chispa de alegría en tu alma?”. En otras palabras, significaba que el presidente Monson necesitaba un “favor de servicio”. A “Mac” no le quedaba más remedio que acceder.

No tenemos que ser el Presidente de la Iglesia para detectar la necesidad de otra persona y “sentir una chispa de alegría en nuestras almas”. Mi papá obró en consecuencia a la frecuente impresión de que “eso sería un buen acto de bondad”, solo para descubrir que era la respuesta a la oración de otra persona. Al seguir las impresiones del Espíritu, nuestros simples actos de servicio también pueden ser respuestas a oraciones, y podemos continuar ese legado al servir a los demás.

Hace poco más de un año, mi padre y yo visitamos a otro buen amigo que tenía 94 años de edad y se encontraba gravemente enfermo. Con un vozarrón, mi padre dijo: “¿Es este mi amigo Brent Goates?”. El hermano Goates abrió los ojos y dijo con gran esfuerzo y emoción: “Tom, has venido. Maravilloso. Maravilloso”.

Mi padre explicó: “Brent, no hay lugar en el que preferiría estar que aquí contigo. Es donde el Señor querría que estuviera”. Mi padre conversó con él como si ambos fuesen jóvenes otra vez y Brent fuese un hombre lleno de vida y competente; después le dio al hermano Goates una bendición del sacerdocio. Cuando nos íbamos y caminábamos hacia el carro, mi padre dijo: “El Señor nos dio el sacerdocio para servir y bendecir a los demás. Es una gran bendición visitar a mi amigo y hacerle saber que nos acordamos de él. Siento que hoy hemos hecho el bien, Ann”. Ese día papá no dejaba de sonreír; silbaba y se sentía feliz.

Al observarlo, me di cuenta de que papá sabía cómo obtener el verdadero gozo. Mediante su servicio devoto, había aprendido que el gozo se obtiene al amar al Señor y servir al prójimo. Ese gozo está al alcance de cada uno de nosotros. No hay mejor manera de honrar a mi padre, el profeta, y a nuestro Salvador Jesucristo que vivir cada día de tal modo que al final podamos decir de verdad: “Siento que hoy he hecho el bien”.

Tengo un testimonio. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es verdadera. Sé que Dios vive y que ama a Sus hijos. Gracias a todos los que han amado y rendido honor a mi padre, el presidente Thomas Spencer Monson. Que cada uno de nosotros siga al profeta del Señor. Ruego que miremos a Cristo, nuestro Señor y Redentor perfecto, como nuestro ejemplo eterno. Mi sincera oración es que mi amado padre, y algún día todos nosotros, escuchemos estas palabras: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor”5.

Digo estas cosas en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Doctrina y Convenios 84:88.
  2. Mateo 22:37–39.
  3. William Shakespeare, Los dos hidalgos de Verona, acto 1, escena 2, Citas de las obras de Shakespeare, por Antonio Tausiet, internet.
  4. Hechos 10:38.
  5. Mateo 25:21.

 

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La aventura de la vida terrenal

La aventura de la vida terrenal

Élder Dieter F. Uchtdorf
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Una velada con el élder Dieter F. Uchtdorf
Devocional mundial para jóvenes adultos • 14 de enero de 2018 • Centro de Conferencias

Mis queridos jóvenes amigos, mis queridos hermanos y hermanas, les traigo el amor y las bendiciones del Cuórum de los Doce Apóstoles.

Extraño al presidente Thomas S. Monson. Él fue mi querido y apreciado amigo, mi tutor y mentor. Les puedo asegurar, que el Señor mismo está a la cabeza de esta Iglesia, sí, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El Señor ha proporcionado un plan divino para que Su Iglesia siempre esté guiada por profetas, videntes y reveladores.

Los tenemos en nuestros pensamientos constantemente. Oramos por ustedes, y los amamos y admiramos.

La reunión mundial y el evento compartido que precedieron y continuarán después de esta reunión es un ejemplo de su bondad. Decenas de miles de ustedes han participado de maneras extraordinarias, desde ayudar a aquellos que sufren, hasta levantar el espíritu de otros mediante canciones. Ustedes están destinados a compartir la buena nueva del evangelio de Jesucristo mediante mensajes en las redes sociales y otros medios, y a través de su ejemplo personal. Gracias por demostrar su disposición de servir a Dios y sus semejantes.

Es tan bueno estar con ustedes hoy y sentir su espíritu, su fortaleza, su energía. Estoy muy feliz de que hemos tenido la oportunidad de escuchar a mi esposa. Harriet de verdad es la fuente de alegría en mi vida. Todo el que la conoce, la ama. Es la clase de persona que hace que los que la rodean sean mejores y más felices, y por cierto ha surtido esa influencia en mí.

Acabamos de celebrar nuestro 55 aniversario de bodas. Al ver a nuestros dos hijos y sus cónyuges, a nuestros seis nietos con sus familias y a nuestros tres bisnietos, nos sorprende la grandiosa aventura que ha sido nuestra vida.

Se me ocurrió algo interesante mientras me preparaba para este evento. Sí, es verdad, no recuerdo bien los años cuando tenía entre 18 y 30, pero a pesar de mi edad actual, todavía me siento joven por dentro. De hecho, la mayoría de nosotros, las personas mayores, nos consideramos jóvenes que simplemente han estado viviendo mucho tiempo.

Las generaciones mayores tienen mucho más en común con la suya de lo que se imaginan. Creo que las diferencias entre los hijos del Padre Celestial, cualquiera sea su edad, son pequeñas comparadas con las similitudes. Por ejemplo, muchos de ustedes tienen preguntas sobre Dios y sobre ustedes mismos —preguntas profundas y fundamentales que son similares a aquellas que preguntaron personas mucho más mayores que ustedes:

“¿En verdad Dios existe? ¿Se preocupa por nosotros?”.

“¿Estoy en el sendero correcto?”.

“¿Por qué a veces me siento vacío, abrumado, ignorado o solo?”.

“¿Por qué Dios no ha intervenido en mi vida?

“¿Por qué Él no contestó una oración?”.

“¿Por qué Él permitió que yo experimentara esa tristeza, enfermedad o tragedia?”.

Esas pueden ser preguntas muy difíciles de responder.

En esta era de respuestas instantáneas, donde el conocimiento aparentemente absoluto e irrefutable se halla tan solo en una búsqueda de Google, a veces nos sentimos frustrados cuando las respuestas a nuestras preguntas más personales, importantes y urgentes se demoran. Elevamos el corazón al cielo y todo lo que parecemos obtener es un “cursor de espera” frustrante y giratorio.

No nos gusta esperar.

Cuando tenemos que esperar más de unos segundos para que un buscador responda, suponemos que la conexión se cortó o falló. En nuestra frustración, incluso hasta abandonamos la búsqueda; pero cuando se trata de preguntas eternas, asuntos del alma, debemos ser más pacientes. Seguir leyendo

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Ustedes son líderes

Ustedes son líderes

Hermana Harriet R. Uchtdorf
Una velada con el élder Dieter F. Uchtdorf
Devocional mundial para jóvenes adultos • 14 de enero de 2018 • Centro de Conferencias

Discurso de la hermana Harriet R. Uchtdorf para el Devocional mundial para jóvenes adultos de enero de 2018.

Mis queridos hermanos y hermanas, ¡mis queridos jóvenes amigos!

Lucen muy bien; son hermosos; son maravillosos. ¡Vaya! Ojalá pudiera darle a cada uno de ustedes un gran abrazo.

La semana pasada fue un momento de tristeza y gratitud. Amo al presidente Monson. Lo extrañaré, pero estoy segura que está feliz de estar de nuevo con Frances, su compañera eterna.

Es tan bueno estar con ustedes hoy. También me gusta estar con mi apóstol favorito. Lo sé, no debemos tener favoritos, pero en mi caso, parece que está bien porque estoy casada con él.

Celebramos nuestro aniversario 55 y ¡todavía nos amamos!

¡Hablemos de los frutos del Evangelio! Cuando recibimos mensajes de amor y felicitaciones en tales ocasiones de nuestros nietos y bisnietos, sabemos cuán valiosas son las bendiciones de ser miembros de la Iglesia y del Evangelio.

Para aquellos de ustedes que están solteros, divorciados o viven en circunstancias familiares difíciles, sepan que Dios los conoce y los ama, y cuando se mantienen fieles a sus convenios, el gozo de la vida familiar no disminuye ni se aleja de ustedes. No sé exactamente cómo será, pero sé que la gracia, la misericordia y el amor de Dios es suficiente para todos nosotros. Él hace que suceda de acuerdo a Su manera y Su tiempo.

Dieter y yo crecimos en la misma rama en Fráncfort, Alemania. Sabía que estaba enamorado de mí, pero yo en verdad no estaba interesada. Era amable y éramos amigos; aprendimos a bailar juntos en nuestras actividades de la Iglesia. Esa era la época de foxtrot, bugui-bugui y rock and roll.

Después que se unió a la Fuerza Aérea y llegó a ser piloto de guerra, no lo vi por casi dos años. Para ser honesta, cuando regresó a Fráncfort, mi primera impresión no fue muy favorable. Se parecía un poco a los jóvenes de la película Top Gun.

Sin embargo, cuando me habló me impresionó un poco; obviamente había madurado durante esos dos años. Él sabía qué quería hacer con su vida y era firme en el Evangelio.

Estaba muy decidido y era creativo en sus esfuerzos de cortejo, y unos meses después nos casamos y mi apellido cambió de Reich a Uchtdorf. Nunca me he arrepentido de haberle dado una buena mirada a él más allá de aquella primera impresión incierta.

Dieter es el amor de mi vida, y el padre y abuelo orgulloso de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.

Deben saber que todavía nos encanta bailar juntos, incluso actualmente.

Permítanme llevarlos al momento en que yo tenía 12 años. Fue una época triste para mí. Mi padre había muerto de cáncer unos meses antes. Él era un gran padre, un esposo amoroso y un hombre muy bueno. Era muy instruido, hablaba cinco idiomas, tocaba profesionalmente diferentes instrumentos musicales en una orquesta sinfónica y venía de una familia de músicos prominentes de Fráncfort.

Mis padres tenían grandes planes para nosotros. El futuro parecía brillante y promisorio, incluso después de los destructivos años de la Segunda Guerra Mundial. Pero los años de la enfermedad de mi padre tornaron nuestro hogar en un lugar de sufrimiento, tristeza y desesperanza.

Después que falleció mi padre, mi madre estaba extremadamente deprimida. Los domingos, íbamos a los servicios de nuestra iglesia protestante, pero no podíamos encontrar el bálsamo de Galaad. Parecía como si no había nada ni nadie que pudiera brindar consuelo a mi madre.

¡Casi nadie! Nuestro Padre Celestial, en Su gran amor, no nos había olvidado.

Fue ocho meses después de que falleció mi padre que dos misioneros estadounidenses tocaron a nuestra puerta en Fráncfort. Esos dos misioneros, guiados por el Espíritu y bien preparados, sabían exactamente lo que necesitaba nuestra pequeña familia; le dejaron el valioso Libro de Mormón a mi madre.

A mi madre le encantaba leer y amaba la Biblia. De inmediato quedó cautivada con este nuevo libro de Escritura. Cuando comenzó a leer el Libro de Mormón, no pudo parar hasta que lo terminó de tapa a tapa. Mi madre estaba tan emocionada sobre el contenido y el mensaje del Libro de Mormón que a menudo hacía que mi hermana y yo nos sentáramos y escucháramos mientras ella leía versículos que parecían ser escritos solo para nosotras.

Durante las últimas semanas de la vida de mi padre, a menudo me apoyaba en la ventana de nuestro departamento orando fervientemente a Dios por alivio a nuestro dolor.

Y vino la respuesta; esta vino mediante el mensaje del evangelio restaurado de Jesucristo. Cuánto amo el Libro de Mormón; cuánto amo su mensaje del Plan de Salvación, del plan de felicidad. Qué bello y poderoso mensaje de esperanza y luz nos da el Padre Celestial. Cuando aceptamos el Libro de Mormón, este alivió nuestro dolor, y sanó nuestra desesperación y tristeza causada por la muerte de mi padre.

Cuando el Libro de Mormón llegó a nuestro hogar, ya no hubo más oscuridad en nuestra familia, debido a que la luz y la oscuridad no pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo. Sentíamos el Espíritu tan fuerte y sabíamos con todo nuestro corazón y mente que el mensaje que trajeron esos misioneros era verdadero.

La paz volvió a nuestro hogar. El mensaje del Evangelio y el ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días produjo un verdadero milagro en nuestra familia; fue como si se nos hubieran enviado ángeles.

Los dos misioneros que vinieron a nuestro hogar eran aproximadamente de la edad de ustedes. No tenían una historia impresionante de ellos mismos, pero fueron como dos ángeles de gloria enviados por Dios. Ellos nos trajeron las bendiciones del evangelio restaurado de Jesucristo.

Mis queridos amigos jóvenes, ustedes están hechos del mismo material divino. Algunos de ustedes están casados, otros solteros, pero todos están viviendo entre las personas de este mundo. Son los elegidos de nuestros días, quienes por palabra y acciones enseñan y viven el mensaje del Evangelio entre su pueblo. Para este propósito, fueron puestos en su pueblo o ciudad, escuela o trabajo, nación y familia. No se olviden, tienen el potencial de ser ángeles de gloria para aquellos que están justo a su lado.

Ustedes están representando a la Iglesia de Jesucristo y son líderes poderosos al proclamar el mensaje del Evangelio con su buena vida y valiente testimonio.

Un líder es alguien que ayuda a los demás a ver, sentir y encontrar el camino correcto. Por favor, ayúdense unos a otros a mantenerse firmemente establecidos en la Iglesia y el Evangelio. Dios los ha puesto en un lugar donde tienen muchas oportunidades de ser herramientas en las manos del Señor Jesucristo. Él cuenta con ustedes, Él los conoce, Él confía en ustedes y Él les dará poder. Él vive. ¡Él es real!

Cada palabra simple y clara o acción de bondad, integridad, caridad, amabilidad, servicio, amor y compasión pueden llegar a ser su acto de liderazgo en el reino de Dios. No subestimen su influencia y poder para el bien. Esos dos jóvenes misioneros de su edad me ayudaron a ver el camino que lleva a nuestro Salvador y de vuelta al Padre Celestial.

Por supuesto, yo tuve que recorrer ese camino por mí misma, superar desafíos, hallar respuesta a preguntas, enfrentar elecciones serias y tomar decisiones. ¡Ustedes también! La Iglesia y el Señor les ofrecen recursos poderosos para lograr su propósito en la vida. El Libro de Mormón es uno de ellos, y está frente a ustedes. Tómenlo, acepten el Libro y sus enseñanzas. Acérquense al Padre Celestial y Él los guiará. ¡Confíen en el Señor!

Mis queridos amigos jóvenes, por favor sepan de mi amor y gratitud por cada uno de ustedes. Mis oraciones y bendiciones están con ustedes. Son una parte importante de esta obra maravillosa y sagrada de nuestro Redentor. De ello testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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