La palabra de Dios a Sus hijos

MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

La palabra de Dios a Sus hijos

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Las Escrituras nos enseñan que lo primero que hizo Dios después de crear al hombre y a la mujer fue hablar con ellos1. Él tenía información esencial y valiosas instrucciones que darles. Su propósito no era agobiarlos o preocuparlos, sino guiarlos hacia la felicidad y la gloria eterna.

taking notes during general conference

Eso era solo el principio. Desde aquel día hasta hoy, Dios ha seguido comunicándose con Sus hijos. Discípulos de todas las generaciones han preservado, atesorado y estudiado Sus palabras. Estas son veneradas por aquellos que procuran conocer la voluntad de Dios y dan testimonio de la verdad de que “no hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”2.

Este ha sido el modelo desde el principio de los tiempos, y es el modelo que continúa hoy en día. No es solamente un bonito relato bíblico; es la manera que Dios ha establecido para comunicar mensajes esenciales a Sus hijos. Él levanta a personas de entre nosotros, las llama a ser profetas y les da palabras que decir, las cuales se nos invita a recibir como si vinieran de Su propia boca3. Él ha declarado: “… sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo”4.

Este es uno de los mensajes más gloriosos, alentadores y esperanzadores de la Restauración: ¡Dios no guarda silencio! Él ama a Sus hijos. No nos ha dejado para que andemos errantes en tinieblas.

Dos veces al año, en abril y en octubre, tenemos la oportunidad de escuchar la voz del Señor por medio de Sus siervos en nuestras maravillosas conferencias generales.

Les doy mi testimonio personal de que, mucho antes de recorrer ese largo camino hasta el púlpito, la persona que discursa en la conferencia general ha invertido un inmenso esfuerzo, oración y estudio en respuesta a la asignación que se le ha dado. Cada mensaje de conferencia representa incontables horas de preparación y sincera súplica para comprender lo que el Señor desea que Sus santos escuchen.

¿Qué sucedería si nosotros, como oyentes, combinásemos la preparación de los oradores con nuestra propia preparación? ¿Cuán diferente sería nuestra experiencia con la conferencia general si la viéramos como una oportunidad de recibir mensajes del Señor mismo? Por medio de las palabras y la música de la conferencia general, podemos recibir respuestas personalizadas a cualquier pregunta o problema que estemos afrontando.

Si alguna vez se preguntan si el Padre Celestial realmente les hablará, permítanme recordarles las sencillas y a la vez profundas palabras que cantan nuestros niños de la Primaria: “[Usted es] un hijo de Dios; Él [le] envió aquí”. Su propósito es ayudarle a regresar y que “con Él pueda vivir”.

Si se acerca al Padre Celestial como Su hijo que es, usted puede pedirle con un corazón sincero: “[Guíame; enséñame] la senda a seguir”. Él le hablará por medio de Su Santo Espíritu, y entonces depende de usted “[hacer] Su voluntad”. Les prometo que, si lo hacen, “Él [les] bendecirá”5.

La guía del Señor es necesaria hoy en día tanto como lo ha sido siempre en la historia del mundo. Al prepararnos para escuchar la palabra del Señor, procuremos diligentemente el Espíritu de verdad a fin de que, cuando el Señor hable por medio de Sus siervos, podamos comprender, ser edificados y regocijarnos juntos6.

Testifico que “si [hacemos] estas cosas, las puertas del infierno no prevalecerán contra [nosotros]; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante [nosotros], y hará sacudir los cielos para [nuestro] bien y para la gloria de su nombre”7.

Cómo enseñar con este mensaje

Durante la conferencia general podemos recibir respuestas personalizadas a nuestras preguntas y nuestros problemas al escuchar a los siervos de Dios que han sido designados. Considere la posibilidad de analizar lo siguiente con las personas a las que enseña: ¿Cómo pueden prepararse para recibir tales respuestas durante la conferencia general? El presidente Uchtdorf nos anima a “[procurar] diligentemente el Espíritu de verdad”. ¿Qué creen que significa, y cómo pueden ustedes incluir esto en su preparación? Además de las bendiciones que se mencionan en Doctrina y Convenios 21:6, ¿qué otras bendiciones recibimos al prepararnos para escuchar las palabras del Señor por medio de Sus siervos? Podría invitar a las personas a quienes enseña a que escriban en su diario lo que el Espíritu les enseñe en esta conferencia general.

JÓVENES

Cómo prepararse para escuchar la voz de Dios

youth preparing for general conference

El presidente Uchtdorf explica que lo primero que hizo Dios después de crear al hombre y a la mujer fue hablar con ellos y darles información e instrucciones valiosas. Nosotros recibimos la misma bendición en abril y en octubre durante la conferencia general, cuando los líderes de la Iglesia se dirigen a nosotros y nos dan el consejo que el Señor desea que escuchemos.

¿Alguna vez has escuchado la voz de Dios por medio de Sus siervos durante la conferencia general? ¿Has sentido alguna vez que un mensaje concreto te daba la respuesta que habías estado buscando? Podrías escribir en tu diario esa experiencia y el modo en que te ayudó. Luego prepárate para escuchar la voz del Señor en esta próxima conferencia anotando las preguntas que tengas y reflexionando en ellas durante tu estudio de las Escrituras. Pide al Padre Celestial en oración que recibas respuestas y entendimiento durante la conferencia. Al escuchar a los siervos del Señor, concéntrate en las impresiones individuales. ¿Qué has aprendido? ¿Cómo te sentiste inspirado a cambiar? Anota esas impresiones porque ¡es el Espíritu el que te habla!

Recuerda siempre que el Padre Celestial te ama y te guiará en la dirección correcta. A medida que te esfuerces por escuchar Su voz por medio de Sus siervos, serás bendecido y edificado.

¡Prepárate para la conferencia!

Utiliza esta tarjeta a fin de prepararte para la conferencia general; llévala contigo durante la conferencia para que puedas escribir lo que aprendas.

  • Anota tus preguntas.Me pregunto si…
  • Ora al Padre Celestial.Me gustaría recibir ayuda para aprender acerca de…
  • Escucha la conferencia general.Aprendí que…

Notas

  1. Véase Génesis 1:28.
  2. Amós 3:7.
  3. Véase Doctrina y Convenios 21:5.
  4. Doctrina y Convenios 1:38.
  5. Véase “Soy un hijo de Dios”, Himnos, 196; Canciones para los niños,págs. 2–3.
  6. Véase Doctrina y Convenios 50:21–22.
  7. Véase Doctrina y Convenios 21:6.
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Oren por cada hermana por su nombre

PRINCIPIOS PARA LAS VISITAS DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Oren por cada hermana por su nombre

visiting teaching companions praying together

Nuestro amor y la inspiración que recibamos sobre las hermanas a las que enseñamos aumentarán cuando oremos individualmente y con humildad por cada hermana por su nombre.

Una hermana relató que, durante una difícil etapa de su vida, con frecuencia recibía una llamada telefónica o un simple mensaje de texto de sus maestras visitantes en “días particularmente oscuros”. Parecían saber exactamente cuándo necesitaba que le levantaran el ánimo. Ella sabía que oraban por ella tanto durante las visitas como cuando estaban solas.

Las Escrituras comparten muchos ejemplos de hombres y mujeres que oraron por otras personas por nombre. Entre los casos más impresionantes está el del padre de Alma, hijo. Un ángel habló a Alma, hijo, diciendo: “… tu padre… ha orado con mucha fe en cuanto a ti… por tanto, con este fin he venido para convencerte del poder y la autoridad de Dios, para que las oraciones de sus siervos sean contestadas según su fe” (Mosíah 27:14).

Orar los unos por los otros abre nuestro corazón para recibir las bendiciones que el Señor desea darnos. “La finalidad de la oración no es cambiar la voluntad de Dios, sino obtener para nosotros y para otras personas las bendiciones que Dios esté dispuesto a otorgarnos, pero que debemos solicitar a fin de recibirlas”1.

“Piensen en nuestra fuerza combinada si toda hermana orara cada mañana y noche, o, mejor todavía, si orara sin cesar, como el Señor ha mandado”, dijo Julie B. Beck, quien fuera Presidenta General de la Sociedad de Socorro2. Orar por las hermanas a quienes visitamos nos fortalece individualmente y como mujeres Santos de los Últimos Días.

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, dijo: “Deben orar para conocer el corazón de las personas… Tendrán que saber lo que Dios desea que hagan a fin de ayudarles y hacerlo, en todo lo posible, con el mismo amor que Dios siente por ellas”3.

Relief Society sealFe, Familia, Socorro

Considere esto

¿Qué inspiración o ideas han recibido recientemente al orar de manera individual por las hermanas a las que enseña?

Ministrar

En vez de proporcionar un mensaje específico, cada mes se presentará en esta página un principio diferente que nos ayude a ministrarnos de manera más eficaz las unas a las otras. Al orar y procurar inspiración, ustedes conocerán el mensaje espiritual y la clase de servicio que cada hermana necesita.

Notas
1. Guía para el Estudio de las Escrituras, “Oración”.
2. Julie B. Beck, “Lo que las mujeres Santos de los Últimos Días hacen mejor: Ser firmes e inquebrantables”, Liahona, noviembre de 2007, pág. 110.
3. Henry B. Eyring, “El sacerdocio y la oración personal”, Liahona, mayo de 2015, pág. 86.

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Las maestras visitantes son emisarias de Dios

EN EL PÚLPITO

Las maestras visitantes son emisarias de Dios

Por Alice C. Smith

Sister Alice Smith

Acerca de la hermana Smith

Alice Colton Smith (1913–2006) se graduó de la Universidad de Columbia en 1934. En 1946, su esposo, Whitney, y ella se trasladaron a Logan, Utah, EE. UU., para asistir a la Universidad Utah State, donde Alice obtuvo una maestría en sociología y posteriormente comenzó a enseñar allí. Como profesora adjunta, ella enseñó hasta mediados de la década de 1970, cuando renunció a fin de poder centrarse más en su servicio en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro. La hermana Smith fue llamada a servir en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro en 1964, donde prestó servicio durante catorce años. Ella aportó una perspectiva cosmopolita y académica a la Mesa Directiva.

Entre 1960 y 1963, la familia Smith vivió en Viena, Austria, donde fueron llamados a organizar la primera misión de los Santos de los Últimos Días con sede en Austria.

Alice Smith pronunció este discurso en la sesión de la Sociedad de Socorro de la Conferencia General de octubre de 1969. La puntuación y el uso de mayúsculas se han estandarizado.

sisters praying together

Al subir Jesús por las secas colinas de Galilea o al caminar por los polvorientos caminos de Judea, se encontró con pobreza, enfermedades, aflicciones de todo tipo. Halló al pecador arrepentido y al no arrepentido. Conoció a los que sufrían; y de esas experiencias y Su inmensa comprensión provino Su compasivo ruego: “Venid a mí”.

En 1830, el profeta José Smith declaró que Dios es “el mismo Dios inmutable” [D. y C. 20:17]. Por tanto, no sorprende que, el 28 de julio de 1843, dieciséis mujeres fueran asignadas a “buscar a los pobres y afligidos… para aliviar las necesidades de todos”1. Dieciséis en un mundo de millones; pero tuvo que haber un comienzo. En 1843, dieciséis maestras visitantes; hoy en día [1969], muchas más de 100 000; mañana 200 000; y pasado mañana dos millones.

Hace unas semanas, me encontré con una maravillosa amiga mía. Ella ha sido activa en la Sociedad de Socorro por muchos años… Le pregunté lo que estaba haciendo actualmente en la Iglesia. Hubo una pausa bastante notable. Entonces, contestó: “Oh, solo soy maestra visitante”. ¡Solo una maestra visitante! Después de despedirnos pensé en cómo se sentiría ella si el Salvador… le dijera: “Quiero que seas mi emisaria. Quiero que les digas a las mujeres [a las que haces tus visitas] que las amo, que me interesa lo que les sucede a ellas y a sus familias. Quiero que seas mi ayudante, que veles por estas hermanas, que cuides de ellas para que todo esté bien en mi reino”. Si nos reuniéramos después de tal encuentro, ¿no sería diferente la respuesta de ella? ¿No la ha llamado Él ya por medio de Su sacerdocio con la misma certeza que si hubiera estado ante ella?

¿Cuántas de nuestras maestras visitantes piensan de sí mismas como “simplemente maestras visitantes”?

A la maestra visitante se le da la gran responsabilidad de buscar a las necesitadas. Es más, con su visita, ella les está diciendo a todas las hermanas que alguien se preocupa, y que Dios se interesa…

No debe ser alguien que se apresura el último día del mes y dice: “Solo tengo unos minutos; sé que has leído el mensaje y te lo sabes mejor que yo, y de todos modos no lo necesitas. Qué tal estás y te veré en la Sociedad de Socorro la semana que viene”. La maestra visitante debe dejar tras de sí un amor que bendiga tanto a la hermana que recibe la visita como el hogar de esta…

A medida que la Iglesia crece cada año, la necesidad de maestras visitantes es mayor… Ellas ayudan a combatir la soledad que plaga el mundo y la impersonalidad de las grandes ciudades. Velarán por el extranjero, la viuda, el huérfano, el herido, el afligido, y cuidarán de todas las hermanas con interés y amoroso cuidado… Ayudarán a aliviar el sufrimiento físico, emocional y mental. Darán ayuda a la pecadora y consolarán a la afligida. Llevarán el mensaje de un Evangelio de amor a todas nuestras hermanas por todo el mundo…

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

Dios bendiga a las maestras visitantes. Porque cuando todas trabajan juntas el yugo es fácil y la carga es ligera…

Ruego que siempre sea así. Amén.

Esta nueva serie destaca la vida de mujeres devotas y sus mensajes, tomados del libro At the Pulpit: 185 Years of Discourses by Latter-day Saint Women, 2017.

Nota
1. Antiguo Manual de Instrucciones de la Sociedad de Socorro, pág. 29. Véase Handbook of the Relief Society of the Church of Jesus Christ of Latter-day Saints (1931), 29.

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Cuando lo malo parece bueno y lo bueno parece malo

Cuando lo malo parece bueno y lo bueno parece malo

Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso, “A Banquet of Consequences: The Cumulative Result of All Choices”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young, el 7 de febrero de 2017. Para leer el discurso completo en inglés, visite speeches.byu.edu.

La forma en la que el adversario trata de malinterpretar y socavar las bendiciones de vivir de acuerdo con el plan del Padre.

Uno de los aspectos más astutos de los esfuerzos del adversario para frustrar el plan de felicidad de nuestro Padre Celestial es su engañosa enseñanza de que no hay influencia maligna ni demonio (véase 2 Nefi 28:22) y su intento de redefinir lo malo como bueno y lo bueno como malo, la oscuridad como luz y la luz como oscuridad, y lo amargo como dulce y lo dulce como amargo (véase 2 Nefi 15:20).

A eso a veces se le llama cambio de paradigma—“cuando la forma habitual de pensar o hacer algo se reemplaza por una manera nueva y diferente1, y de esa forma representen las cosas para que sean exactamente lo contrario de lo que realmente son. En su novela clásica Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis escribió desde el punto de vista de un viejo diablo. Lewis invirtió los valores tradicionales usando la ironía y la sátira para que lo malo pareciera bueno y lo bueno malo2.

En cuanto a ese tema, hace unos meses tuve una reunión estimulante con un experto en publicidad reconocido internacionalmente. Hablábamos de la influencia del mal y de las consecuencias de las malas decisiones.

Imaginó un interesante relato hipotético de la reunión de Lucifer con una agencia de publicidad. El adversario describió su dilema: él y sus seguidores se habían rebelado y rechazado el plan del Padre y habían llegado a comprender que no podían prevalecer contra Dios. Lucifer entendió que si bien el plan del Padre era de alegría y felicidad, su propio plan resultaba en dolor y miseria. El problema, explicó Lucifer al ejecutivo de publicidad, era cómo atraer seguidores.

Se determinó que la única esperanza de éxito que tenía Lucifer era lograr un cambio de paradigma o una inversión de valores; en otras palabras, caracterizar el plan del Padre como algo que resultaba en angustia y miseria, y el plan de Lucifer como algo que resultaba en alegría y felicidad.

Esa reunión hipotética tiene un propósito útil. La verdad es que los enemigos del plan del Padre no solo intentan socavar la doctrina y los principios del plan, sino que también intentan tergiversar las bendiciones que fluyen del plan. Su esfuerzo básico es hacer que lo que es bueno, justo y alegre parezca miserable.

Analizaré algunos de los esfuerzos que lleva a cabo el adversario parar tergiversar y socavar las bendiciones de vivir de acuerdo con el plan del Padre.

Palabra de Sabiduría

family walking near a harbor

En el transcurso de mi vida, he visto que el alcohol ha arruinado y a veces ha destruido la vida de muchos de mis amigos. La cultura del alcohol no solo tiene que ver con la doctrina de la Iglesia; también tiene que ver con la salud y la felicidad de todos. Los Santos de los Últimos Días pueden ser una voz importante en educar a la sociedad sobre las consecuencias de ese problema.

En el plan del Padre, la Palabra de Sabiduría —que se dio a causa de “maldades y designios… de hombres conspiradores”— proporciona principios de salud. Está “adaptada a la capacidad del débil y del más débil de todos los santos”. Establece cosas específicas, incluso que el “vino o bebidas fuertes [alcohol]… no es bueno”. El tabaco y las bebidas calientes (té y café) “no son para el cuerpo” (D. y C. 89:4, 3, 5, 8–9).

Esa revelación también favorece buenas prácticas de salud con una promesa. Promete que los que actúen en obediencia al mandato divino, “recibirán salud… y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento” (D. y C. 89:18–19)3.

La distorsión que utiliza el adversario se manifiesta claramente por su defensa del tabaco y del alcohol.

Incluso hoy en día, la agencia de publicidad hipotética tendría dificultades para arrojar luz favorable en el uso del tabaco. El profeta José Smith (1805–1844) recibió la Palabra de Sabiduría por revelación en 1833. En 1921, el presidente Heber J. Grant (1856–1945), por inspiración del Señor, exhortó a todos los santos a vivir más plenamente la Palabra de Sabiduría4. En ese momento, la publicidad masiva y la idealización en las películas hacían que el fumar cigarrillos pareciera moderno, sofisticado y divertido. No fue sino hasta 1964, cuarenta y tres años más tarde, que el Cirujano General de los Estados Unidos concluyó: “Fumar cigarrillos es un peligro para la salud de suficiente importancia en los Estados Unidos como para justificar medidas correctivas apropiadas”5.

Las estadísticas actuales con respecto al consumo de cigarrillos no se disputan. Las personas que fuman tienen más probabilidades de desarrollar una enfermedad cardíaca, un derrame cerebral y cáncer de pulmón. Se calcula que fumar aumenta el riesgo de cáncer de pulmón 25 veces6.

De modo que lo que el adversario presenta como de moda, sofisticado y divertido, de hecho, ha resultado en miseria y en la muerte prematura de millones de personas.

El alcohol es otro ejemplo. Durante muchos años, he seguido con interés un proyecto de investigación que comenzó en la década de 1940. Al principio, se estudió periódicamente a lo largo de toda su vida a 268 hombres que asistían a la Universidad de Harvard. Más adelante, otras personas, entre las que se incluyó a mujeres, también formaron parte del estudio. El objetivo del estudio original era descubrir todo acerca del éxito y de la felicidad.

Ese estudio contiene tres conclusiones significativas: Primero, la felicidad en las personas adultas tiene una alta correlación con la felicidad familiar durante la niñez, en particular, con el amor y el afecto de los padres7. Segundo, la importancia de un matrimonio saludable y estable brinda felicidad para toda la vida8; y tercero, el efecto negativo del alcohol en el éxito y la felicidad en el matrimonio y en la vida. El abuso del alcohol afecta a un tercio de las familias de los Estados Unidos y una cuarta parte tiene que ver con las admisiones en los hospitales. Desempeña un papel importante en la muerte, la mala salud y los logros truncados9.

Un artículo reciente que apareció en la primera plana del diario Washington Post informó que “las mujeres de este país están bebiendo mucho más y con más frecuencia que sus madres y abuelas lo hicieron, y que el consumo de alcohol las está matando en cantidades récord”. El artículo concluyó que “la ciencia actual y emergente no respalda los supuestos beneficios del consumo moderado” y que “el riesgo de muerte por cáncer parece aumentar con cualquier nivel de consumo de alcohol”10.

En los últimos años, muchas universidades en todo el mundo han estado tratando de disminuir el consumo de alcohol por parte de sus estudiantes debido a su relación a graves comportamientos antisociales, entre los que se incluye el abuso sexual y problemas serios de salud, en especial del consumo excesivo de alcohol. Ahora se ha establecido, desde el punto de vista médico, el terrible impacto del alcohol en el cerebro de muchos jóvenes11.

Al mencionar problemas de salud principalmente personales, no he intentado categorizar otras consecuencias graves del consumo de alcohol, como accidentes al conducir en estado de ebriedad, hombres que intentan excusar agresiones físicas y sexuales debido a la disfunción causada por el alcohol, y los efectos que tiene en el cerebro fetal el alcohol que las mujeres ingieren durante el embarazo12.

Como si fumar cigarrillos, abusar del alcohol y la epidemia de opiáceos13 no fuesen ya suficientemente perjudiciales para la sociedad, ahora vemos las fuerzas del mal abogar por la legalización de la marihuana para uso recreativo.

Opciones familiares

family praying together

Las opciones familiares siguen un modelo similar. En el plan del Padre se establece claramente el papel de las familias.

En “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” leemos: “La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad. La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo”14.

Es bastante común en el mundo de hoy, en otro cambio de paradigma, pregonar opciones alternativas de una manera positiva que están en conflicto directo con ese plan y que son adversas para el matrimonio y la familia:

  • La opción de mujeres y hombres de colocar la educación y las carreras antes que el matrimonio y la familia.
  • La opción de no tener hijos o tener pocos hijos15o interrumpir el embarazo cuando no sea conveniente.
  • La opción de participar en una conducta inmoral como sustituto de la institución sagrada del matrimonio.

El adversario se ha centrado en las mujeres y ha descrito la maternidad como una vía sin salida de actos monótonos; se ha centrado en los hombres y ha representado la paternidad como algo poco importante y la fidelidad como “pasada de moda”. El aislamiento y la deshumanización que resultan de la pornografía son ejemplos de la conducta inmoral que está sustituyendo a la sagrada institución del matrimonio; subraya el terrible alejamiento de la verdad y de la rectitud que el adversario desea.

Las opciones alternativas inapropiadas se representan como apropiadas para ayudar a alcanzar los objetivos mundanos de libertad e igualdad. Como resultado de tales opciones, el promedio de hijos que una mujer tendrá en su vida está disminuyendo radicalmente. Se estima que el 46 por ciento de la población mundial vive en países donde la tasa de fertilidad es menor de 2,1 hijos, la tasa necesaria para que la población se mantenga estable. La mayoría de los países europeos y asiáticos están por debajo de ese nivel. Italia y Japón tienen tasas de aproximadamente 1,3 hijos por pareja. Se espera que la población de Japón disminuya de 120 millones a cerca de 100 millones para el año 205016.

Algunas personas han descrito esa disminución mundial en la población como un “invierno demográfico”17. Muchos países no están teniendo suficientes hijos para reemplazar a la generación que está muriendo.

Permítanme compartir otra realidad que me preocupa mucho. Tuve una conmovedora experiencia en Jerusalén en 2016 en el Children’s Memorial [Museo Conmemorativo de los Niños], que es parte del World Holocaust Remembrance Center [Centro Mundial de Conmemoración del Holocausto]. El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, y yo, junto con dos líderes judíos americanos, colocamos una corona funeraria conmemorativa. Se cree que más de un millón de niños judíos fueron muertos durante el Holocausto18.

Al pasar por el museo, me sentí sumamente conmovido. Mientras me encontraba afuera recobrando la compostura, reflexioné sobre el horror de la experiencia y de repente me di cuenta de que en los Estados Unidos solamente, hay tantos abortos cada dos años como el número de niños judíos que murieron en el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial19.

Los niños judíos fueron muertos porque eran judíos, y no hay nada análogo en toda la historia, pero la intensidad de mis sentimientos se debió a la pérdida de niños. Traer hijos al mundo es una parte sagrada del plan de felicidad de nuestro Padre Celestial. Estamos tan insensibilizados e intimidados con la inmensidad de la práctica del aborto que muchos de nosotros lo hemos puesto en lo recóndito de nuestra mente y tratamos de mantenerlo fuera de nuestra consciencia. Claramente, el adversario está atacando el valor de los niños en muchos niveles.

El aborto se debe plantear con cuidado; es un problema que probablemente no se resolverá con la condena personal ni las acusaciones recriminatorias. Algunos han advertido que no se juzgue un barco, ni a hombres ni a mujeres, sin comprender la duración del viaje y las tormentas a las que se enfrenten20. Debo agregar que muchos que participan en esa conducta deplorable no tienen un testimonio del Salvador ni conocimiento del plan del Padre.

Sin embargo, para aquellos que creen que somos responsables ante Dios, e incluso para muchos de los que no son de nuestra fe, eso se ha convertido en una tragedia de proporciones monumentales. Cuando lo combinamos con el invierno demográfico que acabamos de explorar, es una seria mancha moral en nuestra sociedad.

El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) enseñó: “La felicidad máxima en el matrimonio la determina en gran parte un factor principal: el tener y criar hijos… La Iglesia no puede aprobar ni tolerar medidas que tan marcadamente pongan límites al tamaño de la familia”21.

Con respecto al número de hijos y la cantidad de tiempo entre uno y otro, se debe considerar la salud de la madre, y el esposo y la esposa deben tomar la decisión con espíritu de oración22. Terceras personas no deben juzgar tales decisiones. Algunos miembros fieles no pueden tener hijos ni la oportunidad de casarse. Recibirán todas las bendiciones en el banquete máximo de consecuencias23.

Sin embargo, Lucifer ha apoyado el aborto y, en un horrible cambio de paradigma, ha convencido a muchas personas que los hijos representan una pérdida de oportunidad y miseria, en lugar de gozo y felicidad.

Como Santos de los Últimos Días, debemos estar a la vanguardia de los corazones y las mentes que cambian sobre la importancia de los hijos. Los ataques a la familia que acabo de describir terminan en dolor y miseria.

El Señor ha declarado que Su obra y Su gloria es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). El plan se establece por medio de las familias. Cada miembro de la familia es importante y sus funciones son bellas, gloriosas y satisfactorias.

La proclamación sobre la familia no podría ser más clara acerca de las consecuencias de las opciones que no sean compatibles con el plan del Padre. Proclama inequívocamente: “… advertimos que la desintegración de la familia traerá sobre las personas, las comunidades y las naciones las calamidades predichas por los profetas antiguos y modernos”24.

Eso establece claramente el banquete máximo de consecuencias y el impacto cumulativo de las opciones que no son compatibles con el plan de felicidad del Padre.

En todos los matrimonios y en la crianza de los hijos hay desafíos y sacrificios, pero las recompensas por ambas en esta vida y en las eternidades son asombrosamente hermosas. Emanan de un amoroso Padre Celestial.

Prosperar en la tierra

Un conocido pasaje de las Escrituras a lo largo del Libro de Mormón consta de dos partes; dice: “… al grado que guardes los mandamientos de Dios, prosperarás en la tierra”. La segunda parte dice: “… si no guardas los mandamientos de Dios, serás separado de su presencia” (véase, por ejemplo, Alma 36:30). Es claro que tener la bendición del Espíritu Santo por medio de la obediencia es un elemento principal para prosperar en la tierra.

Además, las enseñanzas sagradas de la Iglesia establecen que tener suficiente para nuestras necesidades es la mejor medida de prosperidad temporal. En este caso, el cambio de paradigma de Lucifer es agrandar la búsqueda de grandes riquezas y la adquisición de productos de lujo sumamente visibles. Algunos parecen sentirse impulsados a lograr el estilo de vida de los ricos y los famosos. El exceso de riqueza no se promete a los miembros fieles, ni suele traer felicidad.

Como pueblo, los Santos de los Últimos Días efectivamente han prosperado. Los principios financieros prudentes incluyen:

  • Buscar primeramente el reino de Dios.
  • Trabajar, planificar y gastar con prudencia.
  • Planificar para el futuro.
  • Utilizar la riqueza para edificar el reino de Dios.

El objetivo de Lucifer

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Además de representar las bendiciones como miseria, Lucifer procura socavar el plan del Padre y destruir la fe en Jesucristo y Su doctrina. La agresión hacia la Biblia y la divinidad de Jesucristo nunca se ha visto más marcada en mi vida de lo que lo es en la actualidad. Como se predijo en las Escrituras, Lucifer está valiéndose de muchos dispositivos para lograr ese objetivo.

Una cosa es ser engañado por el adversario, y otra es ser uno de sus mercenarios. El élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Cuórum de los Doce Apóstoles, lo expresó hermosamente: “¡Qué trágico es que tantos mortales sean mercenarios para el adversario… y que… se compren a tan bajo precio! Un poco de nivel social, un poco de dinero, un poco de alabanza, un poco de fama fugaz, y están dispuestos a cumplir las órdenes de aquél que puede ofrecer todo tipo de ‘recompensas’ transitorias, pero que no tiene moneda celestial”25.

Probablemente no haya mejor ejemplo del impacto de los mercenarios que la visión de Lehi del árbol de la vida y del edificio grande y espacioso en el Libro de Mormón. Los que estaban en el edificio señalaron con el dedo a los que se habían asido a la vara de hierro e incluso habían comido del fruto del árbol. Los que comieron se “avergonzaron a causa de los que se mofaban de ellos; y cayeron en senderos prohibidos y se perdieron” (1 Nefi 8:27–28).

Por lo tanto, las malas opciones resultan en un banquete con resultados amargos, rancios, desagradables y miserables.

Comparen eso al glorioso banquete de consecuencias que se prometen a ustedes, los que son fieles. Ustedes “serán llenos de la gloria del Señor” y serán “santificados por el Espíritu para la renovación de” su cuerpo, y todo lo que el Padre tiene les será dado (D. y C. 84:32, 33; véanse también los versículos 34–38).

En un banquete de consecuencias como ese, la comida espiritual con la que nos deleitemos es deliciosa, sabrosa, dulce, suculenta, nutritiva y satisfactoria, y permitirá que nuestros corazones se regocijen. Cuando “[vengamos] al Santo de Israel y [nos saciemos] de lo que no perece ni se puede corromper” (2 Nefi 9:51), podremos seguir el camino estrecho y la vía derecha que nos llevará al Santo de Israel, “pues su nombre es el Señor Dios” (2 Nefi 9:41).

Notas
1. Merriam-Webster’s Collegiate Dictionary, edición nro. 11, 2003, “paradigm shift [cambio de paradigma]”, merriam-webster.com.
2. C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Miguel Marías (trad.), 2004.
3. Véase Jed Woodworth, “The Word of Wisdom”, en Revelaciones en Contexto: Los acontecimientos de trasfondo de las revelaciones de Doctrina y Convenios, editado por Matthew McBride y James Goldberg, 2016, págs. 195–203; “La Palabra de Sabiduría”, 1 de junio de 2013, history.lds.org.
4. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Heber J. Grant, 2003, pág. 203–213.
5. Smoking and Health: Report of the Advisory Committee to the Surgeon General of the Public Health Service, PHS publication no. 1103 (1964), pág. 33; véase también The Health Consequences of Smoking—50 Years of Progress: A Report of the Surgeon General, 2014, surgeongeneral.gov.
6. Véase “Health Effects of Cigarette Smoking”, Centers for Disease Control and Prevention, 15 de mayo de 2017, cdc.gov.
7. Véase George E. Vaillant, Triumphs of Experience: The Men of the Harvard Grant Study, 2012, págs. 108–109.
8. Véase Alvin Powell, “Decoding Keys to a Healthy Life”, Harvard Gazette, 2 de febrero de 2012, news.harvard.edu.
9. Véase Vaillant, Triumphs of Experience, pág. 292. En comparación, un estudio separado a largo plazo de miembros activos de la Iglesia arrojó resultados positivos (véase James E. Enstrom y Lester Breslow, “Lifestyle and Reduced Mortality among Active California Mormons, 1980–2004”, Preventive Medicine, tomo 46, nro. 2 [febrero de 2008], págs. 133–136).
10. Kimberly Kindy y Dan Keating, “For Women, Heavy Drinking Has Been Normalized. That’s Dangerous”, Washington Post, 23 de diciembre de 2016, washingtonpost.com; las citas al final Robert D. Brewer del programa sobre el alcohol de los Centers for Disease Control and Prevention [Centros para la prevención y el control de las enfermedades].
11. Véase “Fact Sheets—Underage Drinking”, Centros para la prevención y el control de las enfermedades, 20 de octubre de 2016, cdc.gov.
12. Véase Anne Schuchat, “The CDC’s Recommendations to Help Prevent Fetal Alcohol Spectrum Disorders”, American Family Physician, tomo 95, nro. 1 (1 de enero de 2017), págs. 6–7, aafp.org.
13. Véase “Inside a Killer Drug Epidemic: A Look at America’s Opioid Crisis”, New York Times, 6 de enero de 2017, nytimes.com.
14. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
15. “El porcentaje de personas de 25 a 34 años de edad que no tienen hijos que viven con ellos se duplicó desde 1967” (Emily Schondelmyer, “No Kids in the House: A Historical Look at Adults Living without Children”, U.S. Census Bureau, 20 de diciembre de 2016, census.gov).
16. Véase World Fertility Patterns 2015, United Nations, Department of Economic and Social Affairs, Population Division, 2015, pág. 6, un.org; “Birth and Fertility of the Resident Population”, Istat (Italian National Institute of Statistics), 28 de noviembre de 2016, istat.it; “The Future of World Religions: Population Growth Projections, 2010–2050, Buddhists”, Pew Research Center, 2 de abril de 2015, págs. 6–12, 102–111, pewresearch.org; Adam Taylor, “It’s Official: Japan’s Population Is Dramatically Shrinking”, Washington Post, 26 de febrero de 2016, washingtonpost.com; and Ana Swanson, “Japan’s Birth Rate Problem Is Way Worse Than Anyone Imagined”, Washington Post, 7 de enero de 2015, washingtonpost.com.
17. Véase The New Economic Reality: Demographic Winter, BYUtv, byutv.org.
18. Véase “Plight of Jewish Children”, Holocaust Encyclopedia, United States Holocaust Memorial Museum, ushmm.org.
19. Véase Reproductive Health: Data and Statistics: “Abortion”, Centros para la prevención y el control de las enfermedades, 10 de mayo de 2017, cdc.gov. Reconozco que el número de abortos ha disminuido en los últimos años, pero el número sigue siendo sumamente elevado.
20. A veces se atribuye a Thomas Carlyle (1795–1881); véase Manual de Instrucciones 1: Presidentes de estaca y obispos, 2010, 17.3.1. Esta sección proporciona excepciones limitadas de aborto relacionadas con violación, incesto, salud de la madre y defectos graves del bebé.
21. The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball, 1982, págs. 328–329; véase también El matrimonio eterno, Manual para el alumno (manual del Sistema Educativo de la Iglesia, 2003), pág. 80, LDS.org.
22. Véase Gordon B. Hinckley, Cornerstones of a Happy Home (folleto, 1984), pág. 6, LDS.org.
23. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 1.3.3.
24. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, 2.
25. Neal A. Maxwell, Things As They Really Are, 1978, pág. 42.

 

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La familia: La fuente de la felicidad

La familia: La fuente de la felicidad

Élder Erich W. KopischkePor el élder Erich W. Kopischke
De los Setenta

Tomado del discurso “What Do You Envision in Life?”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 2 de diciembre de 2014. Para el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.

Mediten la doctrina de las familias eternas y lleguen a saber por sí mismos qué es realmente lo más importante.

family at dinner table

El concepto de la familia y la vida familiar como una verdadera fuente de felicidad se ha debilitado profundamente en décadas recientes. La familia tradicional está siendo atacada por muchas y variadas fuentes en todo el mundo. (En la página 18 de este ejemplar, el élder Quentin L. Cook menciona algunos de esos ataques). Sin embargo, existen otros inconvenientes y riesgos que se relacionan incluso con algunos de nosotros que conocemos la importancia, la divinidad y el destino eterno de la familia.

Influenciados por el mundo y sus tentaciones, el creciente y egocéntrico deseo de satisfacción propia y la inclinación por la comodidad o por querer que las cosas sean fáciles, ponemos a nuestra familia y nuestra felicidad bajo presión. Con demasiada frecuencia, la felicidad en nuestra vida se define por la calidad de nuestro “paquete integral de tranquilidad”, el cual esperamos obtener y retener con “una pequeña inversión y un alto rendimiento”.

Sin embargo, la vida no funciona de esa manera; jamás estuvo previsto que fuera fácil. El Señor dijo mediante el profeta José Smith: “Porque tras mucha tribulación vienen las bendiciones. Por tanto, viene el día en que seréis coronados con mucha gloria” (D. y C. 58:4).

Ordenado por Dios

El Señor ha revelado claramente cómo desarrollar y mantener familias fuertes. Todos estamos invitados a estudiar y aplicar los principios que se establecen en “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”. Además, debemos reconocer que obtener fortaleza personal y felicidad en la vida familiar requiere sacrificio y fe.

La proclamación sobre la familia declara “que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos”. Señala, además, “que el mandamiento de Dios para Sus hijos de multiplicarse y henchir la tierra permanece en vigor”1.

Para muchas personas, la imagen y el propósito de la familia han cambiado drásticamente. La sociedad está adoptando cada vez más el modelo de matrimonio de la supuesta “alma gemela”, el cual se centra en las necesidades y los sentimientos de los adultos en vez de los de los niños. Como resultado, muchos comienzan el matrimonio después de una larga relación en vez de dar ese paso después de un noviazgo apropiado. Encontrar a la persona perfecta, probar una relación viviendo juntos sin el beneficio del matrimonio o procurar un estilo de vida lujoso se han vuelto prácticas comunes para muchas personas antes de que finalmente decidan casarse.

Las Escrituras y los profetas modernos nos enseñan lo contrario. Edificamos nuestro matrimonio sobre el fundamento de la castidad y la fidelidad, con la intención de establecer y criar una familia. El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) enseñó: “Hay muchos que hablan y escriben contra el matrimonio; aun entre nuestros propios miembros algunos lo aplazan y lo impugnan… Instamos a todas las personas a aceptar el matrimonio [tradicional] como la base de la felicidad verdadera… Básicamente, el matrimonio presupone una familia”2.

Cuando mi esposa Christiane y yo éramos jóvenes, esas fueron las palabras de nuestro profeta viviente, y confiamos en su consejo y lo seguimos. Nos arrodillamos frente a frente en el altar del Templo de Berna, Suiza, cuando teníamos 20 y 22 años de edad, respectivamente. Éramos dignos del convenio, no teníamos una idea clara de qué esperar, no teníamos experiencia laboral ni preciados estudios universitarios, y éramos bastante pobres.

Todo lo que teníamos en abundancia era nuestro amor del uno por el otro y un gran e ingenuo entusiasmo. Sin embargo, comenzamos a construir juntos nuestro mundo. No pospusimos tener hijos, y tuvimos que apoyarnos mutuamente para obtener una formación académica. Creíamos firmemente en la promesa del Señor: “si guardáis sus mandamientos, él os bendice y os hace prosperar” (Mosíah 2:22).

Y Él cumplió Su promesa. Cuando nos casamos, Christiane estudiaba enfermería. Parte de nuestra visión era que ella terminara su carrera, pero, a la vez, también tomamos la decisión consciente de comenzar a cumplir nuestro sueño de tener una familia. Como resultado, nuestro primer hijo nació alrededor de dos semanas antes de que Christiane rindiera su examen final de enfermería.

Ahora, casi 40 años después, estamos agradecidos por haber formado nuestra familia juntos. Nuestra fe en Dios y nuestra relación matrimonial se han vuelto inquebrantables a medida que hemos visto la mano del Señor guiándonos a lo largo del proceso de edificar nuestro reino en la vida terrenal. Dicho reino continuará creciendo para siempre jamás.

Estén dispuestos a sacrificarse

family walking

Ambos estábamos listos y dispuestos a sacrificarnos por nuestra visión de la felicidad. Aceptamos las funciones divinamente designadas que establecen que el padre debe “presidir” y “proveer”, y que la madre es “responsable del cuidado de sus hijos”3. Julie B. Beck, ex Presidenta General de la Sociedad de Socorro, declaró: “La función de los padres en el sacerdocio es presidir y otorgar las ordenanzas del sacerdocio a la siguiente generación. La función de las madres en el sacerdocio es influenciar. Estas son responsabilidades esenciales, complementarias e interdependientes”4.

El ayudarnos uno al otro en el matrimonio y la familia como compañeros iguales no significa que siempre hacemos las mismas cosas ni que hacemos todo juntos ni en partes iguales. Comprendemos y aceptamos las diferentes funciones que se nos han dado por designio divino según se establecen en la proclamación sobre la familia. No seguimos el curso del mundo en lo que se describe como “emancipación”, en la que tanto el esposo como la esposa viven únicamente para consumar su propio egoísmo. Vivimos los principios del Evangelio; el esposo y la esposa se complementan el uno al otro, y las familias se esfuerzan por tener unidad y abnegación.

Algunos de ustedes podrían decir: “Bueno, nuestra situación es diferente. El mundo de hoy no es ideal; debe haber lugar para las excepciones”. Es cierto, pero estoy tratando de enseñar la regla del ideal divino y dejar que ustedes hagan frente a las excepciones a medida que sigan el curso de su vida.

En la visión que teníamos de nuestra familia, deseábamos que Christiane estuviera en casa para criar a nuestros hijos, lo cual supuso un sacrificio. Poco después de que supimos que un bebé venía en camino, Christiane me recordó la decisión mutua que habíamos tomado, aun antes de nuestra boda, de que ella dejaría de trabajar fuera de casa tan pronto como naciera el bebé. Traté de eludir lo que sabía que sería una responsabilidad adicional mencionando que ella contribuía un tercio de nuestros ingresos familiares. Ella simplemente respondió: “Yo me ocuparé de los niños, y tú ocúpate de poner el pan sobre la mesa”.

Sabía que ella tenía razón; lo habíamos hablado mucho tiempo atrás; estaba en armonía con nuestra visión de la vida familiar, estaba en armonía con las palabras de los profetas vivientes y sentíamos que era lo correcto. Así que ella abandonó su carrera bien remunerada como enfermera para estar cerca de los niños y para satisfacer sus necesidades diarias, y yo tuve que arreglármelas para proveer alimentos y un techo. El Señor nos bendijo para poder lograr ese aspecto de nuestra visión.

Tan a menudo como las circunstancias lo permitían, realizamos juntos otros asuntos importantes, tales como la crianza de los hijos, la enseñanza, la orientación o incluso cambiar pañales. Esa división de las labores existió porque siempre había sido parte de cómo imaginábamos nuestra vida familiar.

Christiane y yo descubrimos que, conforme hemos actuado con fe y confiado en el Señor, Él nos ha ayudado a hacer Su voluntad a Su manera y de acuerdo a Su tiempo. Ahora bien, debo decir que a Su manera no significó que todo salió inmediatamente del modo que pensamos que resultaría. A veces tuvimos que ser pacientes, en ocasiones tuvimos que esforzarnos más y otras veces hasta parecía que el Señor estaba poniendo a prueba nuestra dedicación. Sin embargo, nuestra visión siempre nos ha inspirado y ha sido el fundamento de nuestras decisiones más importantes.

Una de las cosas que Christiane y yo siempre imaginamos era estar con nuestros hijos en el salón celestial del templo como preludio del gozo y de la gloria eternos que un día esperamos experimentar. A lo largo de los últimos años, hemos llevado a cada uno de nuestros hijos a recibir las ordenanzas del templo, simbólicamente regresándolos a nuestro Padre Celestial después de enseñarles los principios de la rectitud. Hemos acompañado a tres de nuestros hijos a altares del templo cuando se casaron con el amor de su vida, y tenemos previstos más matrimonios en el templo.

Nada nos ha dado más felicidad y satisfacción en nuestra vida que el gozo que hemos hallado mutuamente y en nuestra posteridad. Cuando comprendimos que estos son tan solo los comienzos de nuestro progreso eterno y, por lo tanto, apenas los primeros niveles de nuestro gozo y felicidad, estuvimos —y estamos— dispuestos a sacrificar todo lo que tenemos para vivir la doctrina de la familia y para lograr plenamente nuestra visión.

Les invito a meditar esta doctrina y a llegar a saber por sí mismos qué es realmente lo más importante. Este tipo de felicidad es la esencia de nuestra existencia, y la felicidad que proviene de las buenas relaciones entre el esposo, la esposa y los hijos siempre crece.

Implementen su visión

family on the swings

Después de estudiar la doctrina de la familia y establecer una visión para su felicidad, deben tomarse en serio la tarea de implementar dicha visión.

Los rechazos iniciales que recibí en mi noviazgo con Christiane me desanimaron un poco. Había estado a punto de decidir iniciar una fructífera carrera como joven adulto soltero de la Iglesia, pero un día tuve una impresión espiritual especial. Estaba participando en una ordenanza en el templo de Suiza cuando escuché una voz en mi corazón que dijo algo así como: “Erich, si no te esfuerzas seriamente por casarte y entrar en el nuevo y sempiterno convenio, todas estas enseñanzas y bendiciones prometidas en realidad no te servirán de nada”. Fue un llamado de atención que recibí a la tierna edad de 21 años, y desde ese momento me esforcé aun más por ser digno de esa bendición.

Les invito a fijarse metas personales con respecto a su visión. En Predicad Mi Evangelio leemos: “Las metas reflejan los deseos de nuestro corazón y nuestra visión de lo que podemos lograr. A través de las metas y los planes, nuestras esperanzas se transforman en acción. El fijar metas y el hacer planes son actos de fe”5.

No traten con liviandad las cosas sagradas. Cuando alcancen la edad de casarse, no salgan con otras personas solo para divertirse. Jamás comprometan su primogenitura eterna haciendo nada que los prive de hacer los convenios más importantes en el templo. Al tratar a cada persona con la que salgan como un potencial compañero o compañera eternos, nunca harán cosas inapropiadas que dañen física o espiritualmente a su pareja ni que comprometan la dignidad de ustedes y ensombrezcan su visión. Al conservarse dignos, su percepción espiritual jamás se apagará, y siempre tendrán derecho a los susurros del Espíritu. El Espíritu Santo les alentará y confirmará que las decisiones más importantes de la vida son las correctas, incluso si, a veces, ustedes están muertos de miedo.

Rindan cuentas al Señor con respecto a su visión y sus metas en la vida. Si hay algo de lo que tienen que arrepentirse, no duden ni por un segundo en hacerlo. Tanto esta vida como la vida eterna son demasiado importantes como para “[demorar] el día de vuestro arrepentimiento” (Alma 13:2734:33). Acepten la invitación de un profeta de Dios, quien nos instó: “… pedid al Padre, en el nombre de Jesús, cualquier cosa que necesitéis. No dudéis, mas sed creyentes; y empezad, como en los días antiguos, y allegaos al Señor con todo vuestro corazón, y labrad vuestra propia salvación con temor y temblor ante él” (Mormón 9:27).

Reconozco que, dadas sus circunstancias, algunos de ustedes tal vez necesiten adaptar la visión ideal de la familia para que se ajuste a su situación personal. Sin embargo, he aprendido que el Señor nos ayuda a actuar con fe y procurar el ideal hasta donde sea posible.

El principio de perfeccionar

El evangelio de Jesucristo contiene un componente reconfortante; se trata del aspecto perfeccionador o consumador de nuestra fe en el Señor Jesucristo. Moroni nos amonestó que siempre permanezcamos en el sendero correcto, “confiando solamente en los méritos de Cristo, que [es] el autor y perfeccionador de [nuestra] fe” (Moroni 6:4).

Gracias a nuestra fe en Jesucristo, podemos seguir el curso que debemos tomar en la vida. Sin embargo, si tropezamos por nuestra debilidad o por oportunidades perdidas, Él nos tenderá Su mano, suplirá lo que nos falta y se convertirá en el perfeccionador de nuestra fe. Él declaró: “pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones” (D. y C. 137:9).

El Manual 2 establece: “Los miembros fieles cuyas circunstancias no les permitan recibir las bendiciones del matrimonio eterno y de la paternidad en esta vida recibirán todas las bendiciones prometidas en las eternidades, siempre y cuando guarden los convenios que hayan hecho con Dios”6.

Testifico que el Señor quiso decir lo que dijo cuando declaró que “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18) y que Su más profundo deseo para todos Sus hijos es que reciban “una plenitud de gozo” (Moisés 7:67). Por lo tanto, siempre tengan presente su visión y “[esfuércense] por lograr el ideal de vivir en una familia eterna. Eso significa prepararse para llegar a ser cónyuges dignos y padres o madres amorosos. En algunos casos, estas bendiciones no se cumplirán hasta la vida venidera, pero la meta máxima es la misma para todos”7.

Sé que hay tantas circunstancias diferentes en la vida como el número de personas que hay en el mundo; sé que existen diferencias en las culturas, las tradiciones y las expectativas. Sin embargo, estas doctrinas y principios son eternos y verdaderos, y son independientes de las situaciones de nuestra vida personal. Tengo la absoluta confianza de que, al meditar sinceramente y considerar con espíritu de oración estas doctrinas y principios, ustedes podrán adquirir una visión personal de su vida que complacerá al Señor y los conducirá a su mayor felicidad.

Notas
1. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
2. Véase Spencer W. Kimball, “Pautas para efectuar la obra de Dios con pureza”, Liahona, agosto de 1974, págs. 34–35.
3. “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, pág. 129.
4. Julie B. Beck, comentarios hechos durante la capacitación de la Conferencia General, octubre de 2009.
5. Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 156.
6. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 1.3.3.
7. Manual 2, 1.3.3.

 

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Santos: La historia de la Iglesia – ¡Escúchalo!

capítulo 2
¡Escúchalo!

Este es el capítulo 2 de la nueva historia de la Iglesia narrada en cuatro tomos y titulada Santos: La historia de la Iglesia de Jesucristo en los Últimos Días. El libro estará disponible en 14 idiomas en papel impreso, en la sección Historia de la Iglesia de la aplicación Biblioteca del Evangelio, y en línea en saints.lds.org. Los siguientes capítulos se irán publicando en las próximas ediciones hasta que el tomo 1 se publique más adelante este año. Dichos capitulos estarán disponibles en 47 idiomas en la aplicación Biblioteca del Evangelio y en santos.lds.org.
sacred grove

José se levantó temprano una mañana de la primavera de 1820, y se dirigió a un bosque cercano a su casa. El día era despejado y hermoso, y la luz del sol se filtraba por las ramas de los árboles. Deseaba estar a solas para orar, y conocía un lugar tranquilo en el bosque donde recientemente había estado cortando árboles; había dejado allí su hacha clavada en la cepa de un árbol talado1.

Al llegar al lugar, José miró alrededor para asegurarse de que estaba solo. Se sentía inquieto porque iba a orar en voz alta y no quería que lo interrumpieran.

Al comprobar que estaba solo, José se arrodilló sobre la tierra fresca y comenzó a expresar los deseos de su corazón a Dios. Él suplicó por misericordia y perdón, y pidió sabiduría para encontrar respuestas a sus preguntas. “Oh Señor – oró – ¿a qué iglesia debo unirme?”2.

Mientras oraba, su lengua comenzó a hincharse hasta el punto de no poder hablar. Escuchó pisadas a sus espaldas pero, al girarse, no vio a nadie. Intentó orar nuevamente, pero las pisadas se hicieron más fuertes como si alguien viniera a prenderle. Se puso de pie de un salto y se dio vuelta, mas no vio a nadie3.

Entonces un poder invisible se apoderó de él. Trató de volver a hablar, pero su lengua estaba trabada. Densas tinieblas se formaron a su alrededor hasta impedirle ver la luz del sol. Vinieron a su mente dudas e imágenes terribles que lo confundían e inquietaban. Sentía como si un ser terrible, real e inmensamente poderoso quisiera destruirlo4.

Esforzándose con todas sus fuerzas, José clamó a Dios una vez más. Su lengua fue desatada, y suplicó a Dios que lo librará. Sin embargo, vio que se hundía en la desesperación, que era superado por una oscuridad insoportable y que estaba a punto de entregarse a la destrucción5.

En ese momento, una columna de luz apareció sobre su cabeza, la cual descendió lentamente y pareció prender fuego a la arboleda. Cuando la luz reposó sobre él, José se sintió libre de la atadura de aquel poder invisible y, en su lugar, el Espíritu de Dios lo colmó de una paz y un gozo inefables.

First Vision

Al mirar hacia la luz, José vio a Dios el Padre de pie en el aire, arriba de él. Su faz era más brillante y gloriosa que cualquier cosa que José había visto jamás. Dios lo llamó por su nombre, y señaló a otro Ser que apareció a Su lado. “Este es mi Hijo Amado —dijo Él—. ¡Escúchalo!”6.

José vio la faz de Jesucristo; era tan resplandeciente y gloriosa como la del Padre.

—José —dijo el Salvador—, tus pecados te son perdonados”7.

Una vez aliviada su carga, José repitió su pregunta: “¿A qué iglesia debo unirme?”8.

—No te unas a ninguna de ellas — le dijo el Salvador—. Enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando el poder de ella”.

El Señor le dijo a José que el mundo estaba inmerso en el pecado. “Nadie hace lo bueno —explicó Él—; se han apartado del Evangelio y no guardan mis mandamientos”. Le dijo que las verdades sagradas se habían perdido o corrompido, pero prometió revelar la plenitud de Su evangelio a él, José Smith, en el futuro9.

Mientras el Salvador hablaba, José vio a huestes de ángeles, y la luz que los rodeaba resplandecía más que el sol a mediodía. “He aquí, vengo pronto —dijo Jesús—, vestido con la gloria de mi Padre”10.

José pensaba que las llamas habrían consumido el bosque, pero los árboles ardieron como la zarza de Moisés sin consumirse11.

sacred groveEn esta arboleda que aún permanece cerca del hogar de la familia Smith, José se arrodilló a orar para saber a qué iglesia debía unirse.

Cuando la luz se desvaneció, José yacía de espaldas en el suelo mirando hacia el cielo. La columna de luz se había ido; así también su sentimiento de culpa y su confusión. Su corazón rebosaba de sentimientos de amor divino12. Dios el Padre y Jesucristo habían hablado con él, y él había aprendido por sí mismo la manera de hallar la verdad y el perdón.

Encontrándose demasiado débil para moverse por motivo de la visión, José permaneció acostado en el bosque hasta que recuperó algo de sus fuerzas. Logró llegar hasta la casa, y se apoyó sobre la chimenea. Su madre lo vio y le preguntó qué le sucedía.

—Todo está bien —le aseguré—; me siento bastante bien13.

Unos días más tarde, mientras conversaba con un predicador, José le contó lo que había visto en el bosque. El predicador había participado activamente en los recientes resurgimientos religiosos, y José esperaba que tomara en serio su visión.

Al principio, el predicador trató con ligereza sus palabras —había personas que, de tiempo en tiempo, aseguraban tener visiones celestiales14— pero luego se enojó y se puso a la defensiva; y le dijo a José que su historia era del diablo. Los días de visiones y revelaciones habían quedado atrás desde hacía mucho tiempo, le dijo, y no volverían jamás15.

José se sorprendió, pero pronto descubriría que nadie creía en su visión16. ¿Por qué habrían de creerle? Tan solo tenía catorce años y, prácticamente, no había recibido instrucción escolar alguna. Provenía de una familia pobre y probablemente pasaría el resto de su vida trabajando la tierra y haciendo trabajos esporádicos para apenas sobrevivir.

No obstante, su testimonio inquietó a algunas personas lo suficiente como para exponer a José al ridículo público. Cuán extraño, pensaba él, que un simple joven, sin trascendencia alguna en el mundo, fuese blanco de tantas amarguras y burlas. “¿Por qué me persiguen por decir la verdad? —Quería preguntarles—. ¿Por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto?”.

José se hizo estas preguntas durante toda su vida. “Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron —relataría más tarde—; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto”.

“Yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía —testificó—; y no podía negarlo”17.

Una vez que José comprendió que la gente se ponía en su contra cuando él relataba su visión, la reservó mayormente para sí, satisfecho del conocimiento que Dios le había dado18. Posteriormente, después de mudarse del estado de Nueva York, intentó registrar la sagrada experiencia que había tenido en el bosque. En su relato, describió su anhelo por recibir perdón y la admonición del Salvador para un mundo que tenía necesidad de arrepentirse. Lo escribió con sus propias palabras, con un lenguaje imperfecto, en un intento ferviente por capturar la majestuosidad de aquel momento.

En los años subsiguientes, él relató la visión más públicamente, haciendo uso de escribas que pudieron ayudarle a expresar mejor lo que no admitía descripción. En estos relatos, habló de su deseo de hallar la iglesia verdadera; contó que Dios el Padre se apareció primero para presentar al Hijo; y escribió menos acerca de su propia búsqueda del perdón y más sobre el mensaje universal de la verdad del Salvador y la necesidad de la restauración del Evangelio19.

En cada esfuerzo que hizo por registrar su experiencia, José testificó que el Señor había escuchado y contestado su oración. Había aprendido, siendo un jovencito, que la Iglesia del Salvador ya no estaba en la tierra; pero que el Señor había prometido revelar más acerca de Su evangelio a Su debido tiempo. Por tanto, José decidió confiar en Dios, permanecer fiel al mandamiento que había recibido en el bosque y esperar pacientemente hasta recibir guía adicional20.

En santos.lds.org/spa hay, en inglés, una lista completa de las obras citadas.

La palabra Tema en las notas indica que existe información adicional en santos.lds.org/spa.

Notas

  1. José Smith—Historia 1:14; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 3, en JSP, tomo H1, pág. 212 (borrador 2); Entrevista a José Smith por David Nye White, 21 de agosto de 1843, en [David Nye White], “The Prairies, Nauvoo, Joe Smith, the Temple, the Mormons, &c.”, Pittsburgh Weekly Gazette, 15 de septiembre de 1843, pág. 3, disponible en josephsmithpapers.org.
  2. Entrevista a José Smith por David Nye White, 21 de agosto de 1843, en [David Nye White], “The Prairies, Nauvoo, Joe Smith, the Temple, the Mormons, &c.”, Pittsburgh Weekly Gazette, 15 de septiembre de 1843, pág. 3, disponible en josephsmithpapers.org; Joseph Smith History, alrededor del verano de 1832, pág. 3, en JSP,tomo H1, pág. 12.
  3. José Smith, Journal, 9–11 de noviembre de 1835, en JSP, tomo J1, pág. 88.
  4. José Smith—Historia 1:15; Hyde, Ein Ruf aus der Wüste, págs. 15–16; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 3, en JSP,tomo H1, pág. 212 (borrador 2).
  5. José Smith—Historia 1:16; José Smith, Journal, 9–11 de noviembre de 1835, en JSP, tomo J1, pág. 88; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 3, en JSP, tomo H1, pág. 212 (borrador 2).
  6. José Smith—Historia 1:16–17; Joseph Smith History, circa Summer 1832, pág. 3, en JSP, tomo H1, págs. 12–13; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 3, en JSP, tomo H1, pág. 214 (borrador 2); José Smith, Journal, 9–11 de noviembre de 1835, enJSP, tomo J1, pág. 88.
  7. Joseph Smith History, alrededor del verano de 1832, pág. 3, enJSP, tomo H1, pág. 13.
  8. Entrevista a José Smith por David Nye White, 21 de agosto de 1843, en [David Nye White], “The Prairies, Nauvoo, Joe Smith, the Temple, the Mormons, &c.”, Pittsburgh Weekly Gazette, 15 de septiembre de 1843, pág. 3, disponible en josephsmithpapers.org.
  9. José Smith—Historia 1:5–26; Joseph Smith History, circa Summer 1832, pág. 3, en JSP, tomo H1, pág. 13; Levi Richards, Journal, 11 de junio de 1843; José Smith, “Church History”, Times and Seasons, 1 de marzo de 1842, tomo III, pág. 706, en JSP, tomo H1, pág. 494.
  10. Joseph Smith History, alrededor del verano de 1832, pág. 3, enJSP, tomo H1, pág. 13.
  11. Pratt, Interesting Account, pág. 5, en JSP, tomo H1, pág. 523.
  12. José Smith—Historia 1:20; Entrevista a José Smith por David Nye White, 21 de agosto de 1843, en [David Nye White], “The Prairies, Nauvoo, Joe Smith, the Temple, the Mormons, &c.”,Pittsburgh Weekly Gazette, 15 de septiembre de 1843, pág. 3, disponible en josephsmithpapers.org; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 3, en JSP, tomo H1, pág. 214 (borrador 2); Joseph Smith History, alrededor del verano de 1832, pág. 3, en JSP,tomo H1, pág. 13.
  13. José Smith—Historia 1:20; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 3, en JSP, tomo H1, pág. 214 (borrador 2).
  14. Véase Bushman, “Visionary World of Joseph Smith”, págs. 183–204.
  15. José Smith—Historia 1:21; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 3, en JSP, tomo H1, pág. 216 (borrador 2); Neibaur, Journal, 24 de mayo de 1844, disponible en josephsmithpapers.org. Tema: Iglesias cristianas en la época de José Smith.
  16. José Smith—Historia 1:22, 27; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 4, en JSP, tomo H1, págs. 216–218 (borrador 2); Entrevista a José Smith por David Nye White, 21 de agosto de 1843, en [David Nye White], “The Prairies, Nauvoo, Joe Smith, the Temple, the Mormons, &c.”, Pittsburgh Weekly Gazette,15 de septiembre de 1843, pág. 3, disponible en josephsmithpapers.org.
  17. José Smith—Historia 1:21–25; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 4, en JSP, tomo H1, págs. 216–218 (borrador 2).
  18. Joseph Smith History, alrededor del verano de 1832, pág. 3, enJSP, tomo H1, pág. 13; véase también Historical Introduction to Joseph Smith History, alrededor del verano de 1832, en JSP, tomo H1, pág. 6.
  19. En el curso de su vida, José escribió o supervisó la redacción de cuatro relatos de esta experiencia; el primero se encuentra en Joseph Smith History, alrededor del verano de 1832, págs. 1–3, enJSP, tomo H1, págs. 11–13. Otras cinco personas, que lo escucharon contar la experiencia, escribieron sus propios relatos. Los nueve relatos se encuentran en “Primary Accounts of Joseph Smith’s First Vision of Deity”, sitio web de Joseph Smith Papers [Documentos de José Smith], josephsmithpapers.org. Para leer un análisis de las similitudes y diferencias entre los relatos, véase “Relatos de la Primera Visión”, sitio web de Temas del Evangelio, lds.org/topics/essays. Tema: Relatos de la Primera Visión de José Smith
  20. José Smith—Historia 1:26; Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 4, en JSP, tomo H1, pág. 218 (borrador 2).
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SEGUIR al profeta

SEGUIR al profeta

Por el élder Claudio R. M. Costa
De los Setenta

Cada bendición que tengo hoy comenzó con un testimonio sobre los profetas modernos.

young man reading Book of Mormon

Me bauticé en junio de 1977, cuando tenía veintiocho años de edad. Lo que me hizo aceptar el Evangelio es la fe y el conocimiento que obtuve en cuanto a los profetas modernos.

Cuando tenía doce años, los misioneros se reunieron conmigo y con mi familia —mis padres, mi hermano y mis dos hermanas— y hablaron sobre la familia. Dijeron que los miembros de la Iglesia tienen una noche familiar y explicaron en cuanto a la noche de hogar.

Mi padre les dijo: “Gracias por venir, pero no estamos interesados”. Yo estaba muy triste, pero él me explicó: “Hijo, en nuestra familia tenemos siete noches familiares, y ellos dijeron que solo debemos tener una. No tienen nada para enseñarnos”.

Cinco años después, cuando tenía diecisiete años, conseguí un empleo en otra ciudad y viví solo. Mientras me hallaba lejos de casa, los misioneros tocaron a la puerta de mis padres de nuevo. Esta vez, mi familia escuchó y se bautizó. Cuando mis padres me lo dijeron, respondí: “No tengo ningún interés en la religión en este momento”.

Pasaron otros cinco años y fui a alojarme a la casa de mis padres mientras cambiaba de empleo. Mi padre era el líder misional del barrio, y las misioneras lo visitaban brevemente todas las tardes para mantenerlo al corriente y coordinar la planificación. Cierto día le preguntaron: “¿Quién es aquel joven?”;

a lo que él dijo: “Es mi hijo mayor”.

“¿Es miembro de la Iglesia?”

“No”.

“Debemos hablar con él”.

Sin embargo, yo les dije: “No, no tengo interés”.

Aprender acerca de José Smith

Luego, cierto día, mi padre permitió que las misioneras enseñaran a una mujer en casa. Llegaron alrededor de las 17:00 h y comenzaron a enseñarle; además, sabían que yo me hallaba en la sala contigua preparando un sándwich antes de ir a ver a mis amigos. Enseñaron en cuanto a un joven profeta —José Smith— y sobre la Primera Visión; mientras tanto, yo escuchaba en la otra sala.

Cuando llegó el momento de salir de casa, el Espíritu empezó a obrar en mi corazón y acudieron algunas preguntas a mi mente: “¿Por qué no haces lo que las hermanas enseñaron a esa mujer? ¿Por qué no estudias la historia de José Smith y preguntas al Señor si fue un profeta?”. Entonces me dije a mí mismo: “Soy feliz; hago cosas buenas; no lo necesito”. No obstante, el Espíritu empezó a luchar conmigo y resolví no visitar a mis amigos aquella noche. Regresé a casa y pregunté a mamá: “¿Dónde puedo leer la historia de José Smith?”. Me dio su ejemplar de las Escrituras y me mostró el libro de José Smith—Historia, y leí y oré. Leí el primer párrafo, medité y pregunté al Padre Celestial si lo que este contiene es verdad. Hice lo mismo tras cada párrafo, hasta leer todo. Mi corazón ansiaba una respuesta; leí y oré toda la noche, hasta las 9:20 h de la mañana siguiente.

El Señor me reveló que José Smith fue un profeta. Tuve una experiencia muy sagrada. Al terminar de orar, prometí que buscaría a las misioneras y me bautizaría, puesto que tenía ese conocimiento certero.

Les dije a las hermanas: “Tengo que bautizarme ahora”. Me explicaron en cuanto a las lecciones que debía escuchar y los compromisos que tenía que hacer. Sin embargo, repliqué: “No quiero perder ni un solo día debido al conocimiento que el Señor me ha dado de que José Smith fue un profeta”.

Las hermanas llamaron al líder de zona. Este accedió a organizar un cronograma acelerado para las lecciones. Programó la entrevista bautismal y me dijo que también debía hablar con el líder misional de barrio, a lo que dije: “No se preocupe, yo hablaré con el líder misional; es mi papá. Ha estado orando durante años para que yo me bautice”.

El bautismo fue una experiencia que jamás olvidaré; ¡qué dulce y maravilloso sentimiento! Sentí que era un hombre nuevo. Estaba limpio. Me sentía muy cerca de Dios y estaba muy feliz.

Seguir al profeta viviente

Debido a que tengo un testimonio firme sobre lo que sucedió en la Arboleda Sagrada en 1820, siempre he estado activo en el Evangelio y en la Iglesia. Comencé a prestar servicio, a cumplir con llamamientos y a dar todo lo que tenía a la Iglesia.

Dos semanas después de mi bautismo, el presidente de estaca me llamó como líder de los jóvenes adultos solteros de estaca (aunque tuve que preguntarle qué era una estaca). Durante las dos semanas siguientes, organicé una conferencia regional de adultos solteros. Fue la mejor conferencia de adultos solteros de la historia de la Iglesia, puesto que allí conocí a mi esposa.

Un año después, nos casamos. Hace treinta y ocho años que estamos felizmente casados. Tenemos cuatro hijos y diez nietos, y todas las bendiciones que tenemos se deben a una decisión que tomamos. Antes de casarnos, le pregunté: “¿Me apoyarás para que seamos obedientes al cien por ciento a los profetas vivientes?”. Me dijo que sí.

Tras haberme bautizado, el primer discurso que escuché del profeta, el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985), era en cuanto a ser autosuficientes y ser prudentes con el dinero. Dijo, además, que debíamos ofrecer una buena formación académica a nuestros hijos1. En nuestra familia se han enseñado esas dos cosas y han sido grandes bendiciones. Mis hijos están en una buena situación en la actualidad; no porque yo sea muy inteligente, sino porque escogí obedecer a los profetas.

Me encanta servir al Señor y a mis semejantes porque eso es lo que he aprendido de los profetas.

Obtener sus propios testimonios

young woman reading scriptures

Sigan a los profetas. Escuchen sus palabras y pongan en práctica lo que enseñan, y serán felices. Mi fe y mi conocimiento concernientes a la Iglesia y al Evangelio provinieron de mi testimonio de que José Smith fue un profeta.

Amo al Padre Celestial y a Jesucristo; deseo estar con Ellos para siempre. Esa es la razón por la cual es importante escuchar a los profetas; ellos conocen el camino de regreso a la presencia de Dios.

Creo que todos los jóvenes deben leer la historia de José Smith con verdadera intención, con el corazón y la mente abiertos, y preguntar al Padre Celestial; y estoy seguro de que el Señor dará respuesta, tal como me la dio a mí. Si leen la versión que tenemos en las Escrituras, pueden obtener un testimonio firme. Después pueden leer también las otras versiones2.

José Smith vio una luz, vio a Dios el Padre y a Jesucristo, y Ellos le hablaron. Ese es un conocimiento divino que se recibe de Dios, por medio del Espíritu.

Después de haber recibido esa confirmación en el corazón, establezcan la meta de conocer las palabras de los profetas vivientes. Estudien las palabras de estos que están en las Escrituras, en la conferencia general, en Para la Fortaleza de la Juventud, en las revistas de la Iglesia, y en LDS.org. Aprendan sus consejos en Seminario, en la Escuela Dominical, y en las reuniones de su cuórum o clase. Establezcan metas basándose en las prioridades proféticas; luego llévenlas a cabo sin rodeos.

Se sentirán más cerca del Señor; sentirán cómo se ensancha su inteligencia en la escuela y en todas las cosas. Y recuerden que nunca están solos. Hay personas que brindan apoyo y que están dispuestas a ayudar, entre ellas, el obispo o presidente de rama. Y el Señor y Su Espíritu los acompañarán.

Notas

  1. Véase Spencer W. Kimball, “Los Servicios de Bienestar: El Evangelio en acción”, Liahona, febrero de 1978, págs. 108–113.
  2. Véase “Relatos de la Primera Visión”, Temas del Evangelio,topics.lds.org.
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El Libro De Mormón una Gran Respuesta a la «Gran Interrogante»

El Libro De Mormón una
Gran Respuesta a la
«Gran Interrogante»

Élder Neal A. Maxwell
El Élder Neal A. Maxwell (1926-2004) fue miembro del Quórum  de los Doce Apóstoles


El Libro de Mormón brinda grandes y profundas respuestas a lo que Amulek llamó “el gran interrogante” — a saber: ¿realmente ha de haber un Cristo?— (Alma 34: 5-6).   El Libro de Mormón con claridad y con evidencia dice: “¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!”  Es más, en su tema central el libro declara que “todas las cosas que han sido dadas por Dios al hombre, desde el principio del mundo, son símbolo de [Cristo]” (2 Nefi 11: 4). ¡Cuán sorprendentes son sus respuestas, si consideramos todo lo que Dios pudo haber escogido para decirnos! Él, ante quien se encuentran todas las cosas — pasadas, presentes y futuras— continuamente (véase DyC 130: 7), ha decidido decirnos acerca del “evangelio” (3 Nefi 27: 13-14, 21; DyC 33: 12;  39: 6; 76: 40-41) — las trascendentales  “buenas nuevas,” — las resplandecientes respuestas a la “gran interrogante.”

Asombrosamente, también, Dios, quien ha creado “incontables mundos” (Moisés 1: 33, 37-38; véase también Isaías 45: 18) decidió confirmarnos en este “granito de arena” que “Él no hace nada a menos que sea para el beneficio de [este] mundo; porque él ama a [este] mundo” (2 Nefi 26: 24). y “porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1: 39).

No debe sorprendernos que este glorioso mensaje del evangelio sea más perfecto que cualquiera de sus mensajeros, salvo Jesús solamente. Ni debería sorprendernos que el mensaje del evangelio sea más comprensible  que la inteligencia de cualquiera de sus portadores u oidores, salvo Jesús solamente. Seguir leyendo

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La Expiación y la Resurrección

La Expiación y la Resurrección

Élder D. Todd Christofferson

El élder D. Todd Christofferson es miembro del Quórum de los Doce Apóstoles.
Este artículo es una adaptación del discurso dado en BYU el 26 de marzo de 2005.


Es un honor para mí compartir algunos pensamientos sobre la Expiación y la Resurrección de Jesucristo. He luchado, como muchos de ustedes, con una mente finita para comprender ese sacrificio infinito del Salvador. No pretendo poder sondear las profundidades del tema, pero espero poder ofrecer alguna idea o dos que sean útiles y alentadoras para nosotros mientras reflexionamos nuevamente sobre los grandes eventos de esos pocos días que significan toda la diferencia en nuestra existencia.

En su mente, traten de colocarse nuevamente en el tiempo de ese primer fin de semana de Pascua. Hoy es sábado, el sábado judío. Aquí estamos—los eventos de ayer y anteayer nos han impactado profundamente. Fue en la noche del jueves cuando ocurrió la Última Cena. Después de eso, Jesús cruzó el arroyo y entró en el Jardín de Getsemaní, y sufrió allí de una manera que ninguno de nosotros ha presenciado completamente y ciertamente ninguno comprende. Quizá fue hasta las primeras horas de la mañana de ayer que eso continuó. Ayer, Él fue agredido y abusado por los que estaban en el poder, tanto judíos como romanos. Finalmente, fue condenado por Pilato y azotado. Ha pasado menos de veinticuatro horas desde que fuimos testigos de la horrible escena de Su crucifixión, mientras Él colgaba allí en la cruz y sufría intensamente nuevamente. Fue un tiempo muy, muy oscuro, y no han pasado muchas horas desde entonces. Apresuradamente colocamos Su cuerpo en la tumba antes del atardecer de ayer. Ahora aquí estamos en este sábado. Es mediodía, y estamos preguntándonos, llenos de duda y confusión. Pensábamos que Él sería quien rescatara a Israel. Pensábamos que Él era el Mesías, y sin embargo, Él se ha ido; está muerto.

Justo antes de morir ayer, Él pronunció esas palabras: “Consumado es” (Juan 19:30). ¿Qué quiso decir? ¿Quiso decir que había fracasado? ¿Que nunca regresaría? ¿Que Él se ha ido y todo ha terminado? ¿Hay algo más? Lo que tú y yo no sabíamos en este contexto, en este sábado de duda, es que Él, Su espíritu, ha estado ocupado en otro lugar. Esta mañana Él entró al mundo de los espíritus. Los registros futuros confirmarán que Él era esperado allí.

[Se había reunido una multitud de los justos] esperando la venida del Hijo de Dios al mundo espiritual [justo esta mañana], para declarar su redención de las cadenas de la muerte.

Su polvo dormido debía ser restaurado a su perfecto estado, hueso a su hueso, y los tendones y la carne sobre ellos, el espíritu y el cuerpo para ser unidos y no volver a ser divididos, para que pudieran recibir una plenitud de gozo.

Mientras esta vasta multitud esperaba y conversaba, regocijándose en la hora de su liberación… , el Hijo de Dios apareció, declarando libertad a los cautivos que habían sido fieles;

Y allí les predicó el evangelio eterno, la doctrina de la resurrección y la redención de la humanidad de la caída, y de los pecados individuales bajo condiciones de arrepentimiento. (D&C 138:16–19)

Eso es lo que Él ha estado haciendo esta mañana. Y en el lenguaje del presidente Joseph F. Smith, “Él [ha] organizado sus fuerzas y designado mensajeros, revestidos de poder y autoridad, y los comisionó para que salieran y llevaran la luz del evangelio a los que estaban en oscuridad, incluso a todos los espíritus de los hombres” (D&C 138:30). Y así será predicado el evangelio a los que están muertos. Ahora, lo que nos espera mañana no lo sabemos. Pero a su debido tiempo, la alegría incomprensible vendrá a nosotros. Mañana por la mañana, María y otras mujeres estarán en la tumba. La encontrarán vacía. Los ángeles declararán que el Salvador, que no está allí, ha resucitado. Pedro y Juan entrarán en la tumba y la encontrarán vacía. Más tarde esa mañana, con el sol quizás apenas saliendo, Jesús mismo se aparecerá a María y le hablará, la primera mortal que verá al Señor resucitado. Se mostrará a otras mujeres y a Pedro de manera individual. Estará con dos de ustedes en el camino a Emaús, y luego, hacia la tarde, se mostrará a Sus Apóstoles y quizás a algunos de nosotros, reunidos, preguntándonos y meditando sobre el maravilloso testimonio de aquellos que lo vieron antes. Eso es lo que nos espera mañana, y es glorioso contemplarlo.

Me pregunto si apreciamos las expectativas que recaen sobre nosotros debido a lo que Él ha hecho y lo que ahora nos ofrece. En quizás la referencia más temprana a Él y Su rol en nuestras vidas, este es el comentario de Dios a Moisés: “Pero he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y Escogido desde el principio, me dijo—Padre, hágase tu voluntad, y la gloria sea tuya para siempre” (Moisés 4:2).

En una simple frase, creo que el Salvador reveló cuál fue y siempre ha sido Su propósito principal y Su motivación. Su propósito es hacer la voluntad del Padre, y Su motivación es glorificar al Padre. Creo que se requirió toda esa devoción, toda la medida de Su devoción a hacer la voluntad del Padre y la motivación de glorificar al Padre, para que Él pudiera soportar lo que tuvo que soportar y llevar la Expiación hasta su conclusión.

Los relatos de Su sufrimiento en Mateo, Marcos y Lucas, hablando de Getsemaní, enfatizan cuánto sufrió Él. (Me ha interesado que no hay relato de Getsemaní en Juan, al menos en lo que tenemos de Juan. Me pregunto si fue algo que él sintió demasiado sagrado para tocar o simplemente demasiado tierno para relatar). Al menos tres veces, parece que Él suplicó al Padre para que no tuviera que beber el cáliz amargo. En Mateo, el relato es:

“Yendo un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?

Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

Se apartó de nuevo la segunda vez, y oró, diciendo: Padre mío, si este cáliz no puede pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Y vino y los halló nuevamente dormidos, porque los ojos de ellos estaban cargados.

Y dejándolos, se fue de nuevo y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras” (Mateo 26:39–44).

Esto realmente es todo lo que tenemos (repetido de forma variada en Marcos y Lucas) de lo que fue esa oración. Estoy seguro de que hubo mucho más. Pero eso fue lo más convincente, diciendo esencialmente: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz. Si hay alguna manera de que esto se logre sin que yo tenga que beberlo, eso es lo que te ruego que hagas. No obstante, no sea como yo quiero, sino como tú quieras.”

Lucas registra que debido a Su agonía, “su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:44). El Salvador mismo, cuando lo describió al Profeta José Smith, dijo que no era sudor, sino, de hecho, sangre, que Él sangraba de cada poro. Lucas también registra que un ángel vino a fortalecerlo en esa prueba (véase Lucas 22:43). Y más tarde, cuando ese sufrimiento continuó en la cruz, parecía agravarse cuando el Padre retiró Su Espíritu para que el Hijo pudiera pisar el lagar solo. “Y a la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloí, Eloí, lama sabachthani? que es, interpretado, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34).

Sin embargo, siempre, en toda esta agonía y en todas estas súplicas por alivio, estaba Su sumisión a la voluntad del Padre—”Sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieras” (Mateo 26:39). “Padre, si este cáliz no puede pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad” (Mateo 26:42). Al describir la Expiación y la preocupación de que Él no se echara atrás y no terminara de beber ese amargo cáliz, expresó una vez más la motivación principal que lo sostuvo durante ese sufrimiento incomprensible: “Sin embargo, gloria sea al Padre, y tomé y terminé mis preparativos para los hijos de los hombres” (D&C 19:19; énfasis añadido).

Si Jesús no se hubiera entregado al Padre y a la voluntad del Padre, a lo largo de Su vida y durante Su existencia antes de esta vida, quizás no habría podido llevar la Expiación hasta su conclusión. Como Él lo expresó en Juan: “Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy él, y que no hago nada de mí mismo; sino que como mi Padre me enseñó, yo hablo estas cosas. Y el que me envió está conmigo: el Padre no me ha dejado solo; porque siempre hago lo que le agrada” (Juan 8:28–29).

En el Libro de Mormón, Él declaró: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que había de venir al mundo. Y he aquí, yo soy la luz y la vida del mundo; y he bebido de ese amargo cáliz que el Padre me ha dado, y he glorificado al Padre al tomar sobre mí los pecados del mundo, en los cuales he sufrido la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio” (3 Nefi 11:10–11).

Más tarde, en ese mismo libro de 3 Nefi: “He aquí, os he dado mi evangelio, y este es el evangelio que os he dado: que vine al mundo a hacer la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió” (3 Nefi 27:13). Y las inolvidables palabras de Abinadí: “Sí, así será conducido, crucificado y muerto, la carne siendo sujeta hasta la muerte, la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7).

Me pregunto si nosotros, para mantenernos en nuestro camino, para perseverar y resistir hasta el fin, para cosechar todos los beneficios de Su Expiación, debemos igualmente entregarnos a la voluntad y gloria del Padre y del Hijo. ¿No es lógico que tú y yo, para poder recibir lo que Él ofrece, tendríamos que hacer lo que Él hizo y hacer de nuestra mayor ambición hacer la voluntad de Dios y nuestro mayor deseo glorificarlo?

Leí anteriormente algunos versículos de la sección 138 de la Doctrina y Convenios, que se refieren a la venida del Salvador al mundo espiritual antes de la Resurrección. Hay una descripción interesante de los cuerpos de las personas justas que estaban esperando esa venida. Así es como se les describe: “Se habían reunido en un solo lugar una multitud innumerable de los espíritus de los justos, que fueron fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la mortalidad; y que ofrecieron sacrificio a la semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios, y sufrieron tribulación en el nombre de su Redentor. Todos estos habían partido de la vida mortal, firmes en la esperanza de una resurrección gloriosa, por la gracia de Dios el Padre y su Unigénito Hijo, Jesucristo” (D&C 138:12–14).

Lo que me interesa particularmente aquí es esa frase “que ofrecieron sacrificio a la semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios.” No ofrecieron un sacrificio equivalente, sino algo en la semejanza, de la misma naturaleza. Y debido a eso, fueron firmes en la esperanza de una resurrección gloriosa o celestial. ¿Qué sería una ofrenda a la semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios?

Tenemos la declaración familiar dada a Adán: “Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán, diciéndole: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le dijo: No lo sé, salvo que el Señor me lo mandó. Entonces el ángel habló, diciendo: Esta cosa es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, que está lleno de gracia y verdad. Por tanto, harás todo lo que hagas en el nombre del Hijo, y te arrepentirás y llamarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre” (Moisés 5:6–8; énfasis añadido).

Sabemos que cuando Él apareció en este hemisferio, después de Su resurrección y ascensión, Él terminó ese tipo de sacrificio a la semejanza del Unigénito; es decir, el sacrificio animal. Pero Él reafirmó un aspecto del mandamiento a Adán—”Te arrepentirás y llamarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre”—cuando más tarde dijo: “Ofreceréis por sacrificio ante mí un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y el que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, a él lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo” (3 Nefi 9:20). Entonces, nuestro sacrificio en la semejanza del Suyo sería someternos completamente a Dios.

Como dice en la sección 20 de la Doctrina y Convenios: “Por tanto, Dios Todopoderoso dio a su Unigénito Hijo, como está escrito en esas escrituras que se han dado de él. Sufrió tentaciones, pero no les prestó atención. Fue crucificado, murió y resucitó al tercer día; y ascendió al cielo, para sentarse a la diestra del Padre, para reinar con poder omnipotente según la voluntad del Padre. [¿Para qué propósito?] Para que cuantos creyeran y fueran bautizados en su santo nombre, y perseveraran . . . hasta el fin, fuesen salvos” (D&C 20:21–25).

Ese es nuestro sacrificio en la semejanza del Suyo, siendo bautizados en Su santo nombre y perseverando hasta el fin. Permítanme recordarles dos versículos familiares de un himno sacramental, “Dios nos amó, por eso envió a Su Hijo.”

Dios nos amó, por eso envió a Su Hijo,
Cristo Jesús, el Expiador,
Para mostrarnos por el camino que recorrió
La única y verdadera manera de llegar a Dios.

Y luego el cuarto verso que rara vez cantamos:

En palabra y obra Él requiere
Mi voluntad, como hijo a su padre,
Que se haga doblegar, y yo, como hijo,
Aprendo conducta del Santo. 

Ese aprendizaje, esa sumisión a Él y a Su voluntad que nos permitiría cosechar el beneficio de la Expiación, puede implicar varias cosas. La única revelación registrada en el canon de las escrituras que se dio a Brigham Young incluye este versículo: “Mi pueblo debe ser probado en todas las cosas, para que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, incluso la gloria de Sión; y el que no pueda soportar el castigo no es digno de mi reino” (D&C 136:31).

Al principio de mi tiempo como un Setenta, fui compañero del élder Russell M. Nelson en una conferencia de estaca. Tuvimos una experiencia maravillosa juntos, y cuando terminamos y estábamos conduciendo a casa, le dije: “Élder Nelson, espero que si alguna vez ves un error en mí o algún fallo o defecto, me lo digas.” Él respondió: “Lo haré.” Me sentí un poco incómodo por su aparente ansia de cumplir con mi solicitud, pero luego dijo: “Esa es una de las maneras en que mostramos nuestro amor el uno por el otro.” Y creo que ese es, de hecho, un principio verdadero.

El Salvador dijo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo podará, para que dé más fruto” (Juan 15:1–2). Qué forma tomará esa poda, qué sacrificios podría implicar para cualquiera de nosotros, probablemente no lo sabremos de antemano. Pero si, como el joven rico, preguntáramos: “¿Qué me falta aún?” (Mateo 19:20), la respuesta del Salvador probablemente sería la misma: “Sígueme” (Mateo 19:21)—o, en el lenguaje de el rey Benjamín, “[Sé] como un niño, sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor, dispuesto a someterse a todas las cosas que el Señor vea conveniente infundir sobre él, así como un niño se somete a su padre” (Mosíah 3:19). Aquí hay otra forma de expresarlo: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame [y esta adición de la Traducción de José Smith]. Y ahora bien, para que un hombre tome su cruz, es negarse a sí mismo toda impiedad, y todo deseo mundano, y guardar mis mandamientos” (Mateo 16:24; Traducción de José Smith, Mateo 16:26).

Debemos ser capaces de decir, como Job, que nuestra sumisión a Él, a Su voluntad, es tan completa que “aunque él me matare, en él confiaré” (Job 13:15). Creo que esto está perfectamente descrito en forma poética en el himno “Cuando Contemplo la Cruz Admirable,” de Isaac Watts.

Cuando contemplo la cruz admirable En la que el Príncipe de la gloria murió, Mi ganancia más rica la considero pérdida Y derramo desprecio sobre todo mi orgullo. Prohíbe, Señor, que yo me jacte Sino en la muerte de Cristo, mi Dios. Todas las vanas cosas que más me cautivan, Las sacrifico a Su sangre. Mira, de Su cabeza, Sus manos, Sus pies, La tristeza y el amor fluyen mezclados; ¿Se encontró alguna vez tal amor y tristeza, O espinas componiendo tan rica corona? Si todo el mundo de la naturaleza fuera mío, Sería un presente demasiado pequeño; Un amor tan asombroso, tan divino, Demanda mi alma, mi vida, mi todo. De hecho, merece todo nuestro ser.

Aunque no podamos alcanzar de inmediato el ejemplo perfecto del Salvador de siempre hacer aquellas cosas que agradan al Padre y vivir nuestras vidas de manera que lo glorifiquen siempre, podemos progresar como lo hizo el Salvador mismo, de gracia en gracia, hasta que obtengamos la plenitud. “Yo, Juan, doy testimonio de que vi su gloria, como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, … que vino y habitó en la carne, y habitó entre nosotros. Y yo, Juan, vi que no recibió la plenitud al principio, sino que recibió gracia por gracia; y no recibió la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia, hasta que recibió la plenitud; y así fue llamado el Hijo de Dios, porque no recibió la plenitud al principio” (D&C 93:11–14).

Hace algunos años, en la conferencia general, cité esta reconfortante declaración del presidente Brigham Young, quien parecía entender el desafío que enfrentamos:

Después de todo lo que se ha dicho y hecho, después de que él haya dirigido a este pueblo tanto tiempo, ¿no perciben que hay falta de confianza en nuestro Dios? ¿Pueden percibirlo en ustedes mismos? Pueden preguntar, “[Hermano] Brigham, ¿lo percibes en ti mismo?” Yo lo hago, puedo ver que aún me falta confianza, en cierto modo, en Aquel en quien confío.—¿Por qué? Porque no tengo el poder, como consecuencia de lo que la caída ha traído sobre mí. . . .

Algo se levanta dentro de mí, a veces[,] que … traza una línea divisoria entre mi interés y el interés de mi Padre celestial; algo que hace que mi interés y el interés de mi Padre celestial no sean precisamente uno. . . .

Debemos sentir y entender, en la medida de lo posible, en la medida que nuestra naturaleza caída nos lo permita, en la medida en que podamos obtener fe y conocimiento para entendernos a nosotros mismos, que el interés de ese Dios a quien servimos es nuestro interés, y que no tenemos otro, ni en el tiempo ni en la eternidad. [3]

Con ustedes, doy testimonio de los frutos de esa gran Expiación. Para mí, estos se dividen en tres categorías.

Perdón. El primero es el perdón, o como a veces decimos, la justificación. “Y acontecerá que todo aquel que se arrepienta y sea bautizado en mi nombre será lleno; y si persevera hasta el fin, he aquí, lo tendré por inocente ante mi Padre en aquel día cuando yo me pare a juzgar al mundo” (3 Nefi 27:16).

“He aquí, os digo que todo aquel que haya oído las palabras de los profetas, sí, todos los santos profetas que han profetizado acerca de la venida del Señor—os digo que todos aquellos que hayan escuchado sus palabras, y creído que el Señor redimiría a su pueblo, y hayan esperado ese día para la remisión de sus pecados, os digo que estos son su simiente, … los herederos del reino de Dios” (Mosíah 15:11).

Y este testimonio de la sección 20: “Sabemos que la justificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera” (D&C 20:30).

Santificación. Un segundo fruto es la purificación o, como a veces decimos, la santificación que llega a través de Su gracia. “Ninguna cosa impura puede entrar en su reino; por lo tanto, nada entra en su descanso, salvo aquellos que han lavado sus ropas en mi sangre, por su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados, y su fidelidad hasta el fin. Ahora bien, este es el mandamiento: Arrepentíos, todos los confines de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, para que podáis quedar sin mancha ante mí en el último día” (3 Nefi 27:19–20).

En Moroni, leemos: “De nuevo, si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, y no negáis su poder, entonces sois santificados en Cristo por la gracia de Dios, mediante el derramamiento de la sangre de Cristo, que está en el pacto del Padre para la remisión de vuestros pecados, para que os convirtáis en santos, sin mancha” (Moroni 10:33).

Y nuevamente, de la sección 20, un testimonio: “Sabemos también, que la santificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera, para todos aquellos que aman y sirven a Dios con toda su alma, mente y fuerza” (D&C 20:31).

Resurrección. El tercer glorioso fruto de la Expiación es la Resurrección misma, que llega porque Él expió la transgresión de Adán. “El Señor dijo a Adán: He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén. De ahí vino el dicho entre el pueblo, que el Hijo de Dios ha expiado la culpa original, en la cual los pecados de los padres no pueden ser imputados sobre la cabeza de los hijos, porque ellos están limpios desde la fundación del mundo” (Moisés 6:53).

En la sección 88, aprendemos: “Ahora bien, en verdad os digo que por la redención que se ha hecho por vosotros, se lleva a cabo la resurrección de los muertos. Y el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre. Y la resurrección de los muertos es la redención del alma” (D&C 88:14–16).

Respecto a la Resurrección, leemos: “Los que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que era un cuerpo natural; incluso vosotros recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será esa gloria con la que vuestros cuerpos serán vivificados. Vosotros que sois vivificados por una porción de la gloria celestial, recibiréis entonces de la misma, incluso una plenitud” (D&C 88:28–29).

Poder para cambiar. El poder de la Expiación para perdonar, para santificar, para dar nueva vida, incluso vida eterna e inmortal, vino a mí en una experiencia sencilla pero poderosa hace algunos años. Nuevamente, es uno de muchos testimonios. En esta ocasión, la Primera Presidencia me había asignado entrevistar a una mujer para la posible restauración de sus bendiciones del templo. Ella había cometido algunas transgresiones graves, había sido excomulgada, luego bautizada nuevamente, y ahora había solicitado el privilegio de regresar al templo. Eso requería esta entrevista y el rito de la imposición de manos para restaurar esas bendiciones y derechos. Mientras me preparaba para esa entrevista y leía el resumen de lo que había sucedido en su vida, me quedé asombrado. No podía creer que pudiera haber tanto de lo vil y lo maligno en una sola vida. Mientras leía, me preguntaba a mí mismo, ¿Cómo pudo la Primera Presidencia pensar que esta persona nuevamente calificaría para entrar a la casa del Señor? Cuando ella entró en la habitación para ser entrevistada, parecía tener un resplandor, una luz interna. Mientras hablábamos, me vino una sensación de que ella era pura—quizás una de las almas más puras que jamás había conocido. La miré a ella y miré el papel que describía su pasado, y no podía creer que fuera la misma mujer. Y en un sentido real, ella era una persona diferente. La Expiación la había transformado. Me dio entender, de manera poderosa, la profundidad, amplitud y alcance de la gracia expiatoria de Jesucristo. Él es real, y Su gracia es muy real.

Conclusión

Es apropiado considerar el testimonio del Profeta José Smith al concluir esta reflexión sobre la Expiación y la Resurrección. El martirio otorga al testimonio de un profeta una validez especial. La raíz griega martireo, de la cual se deriva la palabra inglesa martyr (mártir), significa “testigo” o “dar testimonio.” Se describe que el profeta Abinadí selló las palabras, o la verdad de sus palabras, con su muerte (véase Mosíah 17:20). La muerte de Jesús fue un testamento de Su divinidad y Su misión. En Hebreos se declara que Él es “el mediador del nuevo testamento” (Hebreos 9:15), validado por Su muerte, “porque donde hay testamento, es necesario que intervenga la muerte del testador. Porque el testamento es firme después de que los hombres han muerto” (Hebreos 9:16).

Como la mayoría de los ungidos del Señor en tiempos antiguos, José Smith selló su misión y sus obras con su propia sangre. En una lluvia de balas, en la tarde del 27 de junio de 1844, en Carthage, José y su hermano Hyrum fueron abatidos por la religión y el testimonio que profesaban. Y como anunciaron los apóstoles de los últimos días: “Los testadores ahora están muertos, y su testamento está en vigor… Su sangre inocente sobre el estandarte de la libertad, y sobre la magna carta de los Estados Unidos, es un embajador para la religión de Jesucristo, que tocará los corazones de los hombres honestos de todas las naciones” (D&C 135:5, 7; énfasis en el original).

El Salvador no ha tenido entre los mortales un testigo más fiel, un discípulo más obediente, un defensor más leal que José Smith.

Termino con su gran testimonio del Salvador, haciéndolo mío y uniéndolo al tuyo:

Vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud;

Y [vimos] a los santos ángeles, y a los que están santificados ante su trono, adorando a Dios, y al Cordero, quienes lo adoran por los siglos de los siglos.

Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de Él, este es el testimonio, el último de todos, que damos de Él: ¡Que Él vive!

Porque lo vimos, incluso a la diestra de Dios; y oímos la voz que da testimonio de que Él es el Unigénito del Padre—

Que por Él, y mediante Él, y de Él, los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son hijos e hijas engendrados para Dios. (D&C 76:20–24)

Este es el aspecto más significativo de toda nuestra existencia. Es real. Él es real. “No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:6). Él vive. En el nombre de Jesucristo, amén.

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La astronomía y los egipcios: Un enfoque a Abraham 3

La astronomía y los egipcios:
Un enfoque a Abraham 3

por Kerry Muhlestein
Kerry Muhlestein es profesor asociado de escritura antigua en BYU.


Desde hace mucho he tenido la idea de que el universo está construido sobre símbolos, mediante los cuales una cosa habla de otra; la menor testificando de la mayor, elevando nuestros pensamientos del hombre hacia Dios, de la tierra hacia el cielo, del tiempo a la eternidad […] Dios enseña por medio de símbolos; ése es su método preferido de enseñanza. —Orson F. Whitney1

Abraham 3 es una de las secciones más enigmáticas de la Perla de Gran Precio. Tanto el maestro como el alumno sienten que hay algo más en el texto que el significado que están sacando de él. Cada exploración minuciosa suavemente descubre otra capa de entendimiento del texto, pero siempre sentimos que solamente hemos extraído la mínima parte de lo que tiene que ofrecer. Aunque no pretendo poseer una gran llave para abrir esta revelación, creo que hay algunos principios de apercepción intuitiva que arrojan luz sobre la visión nocturna de Abraham. Seguir leyendo

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Evidencias del Libro de Mormón

Evidencias del Libro de Mormón

por el élder Milton R. Hunter

Todas estas tradiciones indias y las escrituras dan testimonio de las visita hecha por el Salvador resucitado a América

Poco antes de que el profeta José Smith hubiera completado la traducción del Libro de Mormón, Jesucristo y el ángel Moroni dieron testimonio de que la traducción del libro era correcta. Nunca en la historia del mundo había sucedido un acontecimiento tan maravilloso con relación a un libro.

Algunos años atrás un apóstol me dijo: “Si se encontrara un libro indio que sostenga o apoye el Libro de Mormón, sería un descubrimiento de enorme significado.”

Tal libro existe; más aún, presentaré citas de cuatro libros indígenas producidos durante el periodo colonial americano que contienen material similar al que se encuentra en el Libro de Mormón. Los escritores indios agregan un testimonio de la veracidad del Libro de Mormón.

Ixtlílxochitl, un príncipe indio que vivió en el valle de México, escribió un libro conteniendo la historia de sus antepasados desde el tiempo de su arribo a América hasta la llegada de los españoles. Lo escribió en base a documentos heredados de sus antepasados; así, el libro Trabajos de Ixtlílxochitl constituye una versión lamanita de la historia de los antiguos americanos, mientras que el Libro de Mormón representa la versión nefita.

Los dos libros tienen numerosas cosas en común, y cada uno verifica al otro. Por ejemplo, el Libro de Mormón declara que la antigua América fue primeramente poblada por un grupo de colonizadores llamados “jareditas”, quienes vinieron de la Torre de Babel. Ixtlílxochitl también declara que los primeros pobladores de América después del diluvio vinieron “de una muy alta torre” o sea, la Torre de Babel.

Observemos cuán similares son los relatos al compararlos:

“… Jared vino de la gran torre con su hermano y sus familias, y con algunos otros y sus familias, en la época en que el Señor confundió el lenguaje del pueblo, y juró en su ira que serían dispersados por toda la superficie de la tierra; y conforme a la palabra del Señor fue dispersada la gente.” (Et. 1:33.)

Ixtlilxochitl, el escritor indio, escribe:

«… y…los hombres multiplicándose hicieron una muy alta torre, para protegerse en ella cuando el segundo mundo fuera destruido.

Cuando las cosas estaban en lo mejor, su lenguaje fue cambiado y como no podían comprenderse unos a otros se fueron a diferentes partes del mundo.” (Trabajos de Ixtlilxochitl, citado en Mllton R. Hunter y Thomas Stuart Ferguson, “Ancient America and the Book of Mormon -La antigua América y el Libro de Mormón-, 1950, pág. 24.)

Haciendo otras comparaciones adicionales entre el Libro de Mormón y los registros o trabajos de Ixtlilxochitl, citaré de los escritos jareditas:

“…y el Señor se compadeció de Jared; por tanto, no confundió el lenguaje de Jared.
… y el Señor tuvo compasión de sus amigos y de las familias de ellos también, y no fueron confundidos.” (Eter 1:35, 37.)

Entonces el Señor guio a la colonia de Jared por un valle hasta la orilla del mar y en barcos los hizo llegar a América, la tierra a la cual El declaró como “una región que es favorecida sobre todas las regiones de la tierra” (Eter 1:42).

La historia de Ixtlilxochitl que se compara a ésta declara:

“…y los toltecas, que eran como siete compañeros con sus esposas, y se comprendían en un mismo lenguaje entre ellos, vinieron a estas partes habiendo cruzado primero tierras y mares, viviendo en cuevas, padeciendo graves penalidades, hasta que llegaron a esta tierra, la cual ellos encontraron buena y fértil para habitar.” (Ixtlilxochitl, págs. 24-25.)

Ambos textos, el Libro de Mormón y los Trabajos de Ixtlilxochitl, declaran que otros dos grupos de colonizadores emigraron desde el Viejo Mundo a América.

El primero de estos grupos vino de Jerusalén en el año 600 a. de J. C., y más tarde dividieron en dos llamados nefitas y lamanitas. Estos últimos tenían tez oscura o bronceada, tal como los indios americanos.

El otro grupo, los mulekitas, salió de Jerusalén en el año 586 a. de J. C. y después se mezcló con los nefitas.

El Libro de Mormón habla de los nefitas como “blancos y sumamente bellos y deleitables” (2 Nefi 5:21).

Ixtlilxochitl, hablando de ese grupo de colonizadores a quienes él llama toltecas, dice:
“Estos reyes eran de alta estatura, y blancos y barbados, semejantes a los españoles…” (Ixtlilxochitl, pág. 240.)

Poco después que Don Pedro de Alvarado y sus huestes conquistaron Guatemala,’ más o menos en el año 1526, los indios de aquellas tierras escribieron cuatro libros: Anales de los cackchiqueles, Título de los Señores de Totonicapán, Popol Vuh y Anales de los Xahil.

Todos estos libros dan testimonio adicional del Libro de Mormón.

Cada uno de ellos concuerda con los Trabajos de Ixtlilxochitl, y todos verifican el Libro de Mormón, el cual declara que los antiguos americanos vinieron del otro lado del mar, que fue construido un barco en un lugar llamado Abundancia, bajo la dirección de Nefi, el menor de los cuatro hermanos que salieron de Jerusalén con su padre Lehi. Bajo la dirección de Nefi los colonizadores vinieron a América en aquel barco.

En Anales de los Xahil leemos:

“‘¿Cómo cruzaremos el mar, oh, nuestro hermano menor?’ dijeron ellos. Y nosotros respondimos ‘Lo cruzaremos en los barcos.’ Entonces entramos en los barcos… y navegamos al este y llegamos allí.” (Anales de los Xahil, traducción y notas de George Raymond, Miguel Angel Asturias y J. M. Gonzáles Mendoza, Editorial Universitaria, México, 1946.)

Los indios quichés que escribieron Totonicapán declararon que ellos eran “descendientes de Israel, de la misma lengua y las mismas costumbres… Eran los hijos de Abraham y Jacob.” (Título de los Señores de Totonicapán, pág. 170.)

Él Libro de Mormón hace una declaración similar. Los nefitas, lamanitas y mulekitas vinieron de Jerusalén y ellos también eran descendientes de Israel, o sea, hijos de Abraham y Jacob.

En el libro de “Totonicapán” se afirma que el Señor dio al líder de este antiguo grupo un “presente llamado Girón Golgal”, el cual guio a los antepasados de los indios a través del océano a su nueva tierra.

Este regalo es comparable al instrumento llamado Liahona, que le fue dado a Lehi por el Señor para que les sirviera como compás para guiar a su pueblo desde Jerusalén a América. (Véase 1 Nefi 16:10, 17; 18:12; D. y C. 17:1.)

Es significativo hacer notar que Ixtlilxochitl describe las terribles tormentas que ocurrieron en América al tiempo de la crucifixión de Cristo, lo cual confirma el relato del Libro de Mormón. Cito a Ixtlilxochitl:

“…el sol y la luna se eclipsaron, la tierra tembló, las rocas se rompieron y muchas otras cosas y señales ocurrieron. Esto sucedió en el año de El Calli… el cual ajustándolo a nuestra cuenta viene a ser el mismo tiempo cuando Cristo, nuestro Señor, sufrió; y ellos dicen que sucedió durante los primeros días del año.” (Ixtlilxochitl, pág. 190.)

Es importante destacar que en el relato del Libro de Mormón también las grandes tormentas ocurrieron exactamente al mismo tiempo en que Cristo era crucificado y durante los primero días del año. (Véase 3 Nefi 8:5-19.)

Después de esta terrible tormenta y de tres días de oscuridad, los nefitas se reunieron en los alrededores del templo, en el país de Abundancia. Allí oyeron una voz que les hablaba tres veces desde los cielos, pero no podían entenderle; la tercera vez percibieron que decía:

“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7).

Todos miraron hacia el cielo y vieron a un hombre descendiendo vestido con una túnica blanca (3 Nefi 11:8). El vino, y parándose en medio de ellos, dijo: “…he aquí yo soy Jesucristo de quien los profetas testificaron que vendría al mundo” (3 Nefi 11:10).

Durante los siguientes meses El apareció a los nefitas muchas veces, dando a ellos el sacerdocio y enseñándoles su evangelio.

Tan impresionante fue la influencia del Señor resucitado sobre los antiguos americanos, que cuando los españoles llegaron encontraron a todas las tribus indias a través del hemisferio occidental anhelantemente adorando su recuerdo. Durante el período colonial americano, por todas partes fueron encontradas tradiciones que hablaban de un Dios blanco y con barba que visitó a los antepasados de los indios en la antigua América.

Todos estos escritos y tradiciones indias dan testimonio de la visita hecha por el Salvador resucitado a América tal como quedó registrada en el Libro de Mormón.

Doy mi testimonio, como resultado de la lectura que el Libro de Mormón, que El Espíritu Santo me ha dado testimonio de que es verdad Testifico que contiene la palabra de Dios, que es una historia verdadera de los antiguos estadounidenses. En el nombre de Jesucristo Amén.

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El sacerdocio preparatorio

El sacerdocio preparatorio

Por el élder Boyd K. Packer
Del consejo de los Doce

Este artículo es mi extracto del discurso pronunciado por el élder Packer en la Conferencia de Área de Sao Paulo, el 1, de noviembre de 1978.

Tengo siete hijos, y he aprendido mucho de ellos y también he tenido que de­pender mucho de ellos. Por temporadas no ha habido en nuestra casa otro poseedor del Sacerdocio de Melquisedec aparte de mí; pues nuestros élderes han estado cumpliendo misiones o se han casado y se han ido; por lo tanto el sacerdocio que ha prevalecido en nuestro hogar ha sido el Sacerdocio Aarónico. Por causa de mi llamamiento, estoy mucho tiempo alejado de mi hogar y me siento muy agradecido a nuestros jóvenes hijos que poseen el sacerdocio.

Deseo hablaros a vosotros, jóvenes, sobre ese sacerdocio, y contaros uno o dos relatos de nuestras experiencias familiares. Hace muchos años nuestros hijos acostumbraban pasar el verano en la casa de campo de su abuelo. Hace doce años uno de nuestros hijos tuvo un caballo que le habían regalado el mismo día en que el animalito había nacido; después de eso había estado con una tropa* de caballos salvajes que formaban parte de la hacienda; pero ya tenía dos años, edad en que podía ser domado para caballo de silla. Un año fuimos a la finca del abuelo a principios del verano. Nos llevó todo un día encerrar los caballos en el corral; fi­nalmente pudimos atraparlo y ponerle un grueso cabestro después de lo cual lo atamos a un fuerte poste. «Ahora debemos dejarlo que se quede allí por dos o tres días», le dije a mi hijo, «hasta que deje de luchar contra el cabestro y se calme». Después de terminar nuestras tareas por la ma­ñana, fuimos a almorzar. Mi hijo se apresuró a terminar su comida y luego salió rápidamente para ver al caballo. Tenía sólo catorce años y amaba aquel animal.

En el momento en que estábamos terminando de comer, oí un ruido seguido por un grito de mi hijo. In­mediatamente imaginé lo que había pasado: Había desatado al caballo. Yo le había advertido que no lo hiciera, pero él quería tratar de amansar al animal; y a fin de poder contenerlo, se había enrrollado la cuerda alrededor de la muñeca. Al asomarnos a la puerta, vi al caballo que pasaba al galope con mi hijo corriendo detrás; unido a él por la cuerda, el caballo lo llevaba de tiro; entonces fue cuando cayó al suelo. Si el animal hubiera dado la vuelta hacia la derecha, habría salido por el portón alejándose hacia las montañas; pero dio vuelta hacia la izquiera y se encontró arrinconado por dos cercas. Mientras él trataba de encontrar la forma de salir de allí, yo desenrrollé la soga de la muñeca de mi hijo y la volví a arrollar alrededor del poste; mi muchacho estaba lastimado, aunque no era nada serio.

Al cabo de un momento habíamos vuelto a atar al caballo como estaba al principio, y nos sentamos para tener una conversación de padre a hijo. Yo le dije lo siguiente: «Hijo mío, si quieres llegar a controlar a tu caballo, tendrás que usar algo más que los músculos; el animal es mucho más grande y más fuerte que tú. Algún día podrás montarlo, pero primero habrá que entrenarlo; y eso es algo que no puedes hacer con los músculos. Aparte de que es más grande y más fuerte que tú, también es salvaje». Dos años después volvimos a visitar la finca en la pri­mavera. El caballo de mi hijo había estado durante todo el invierno con la tropa. Fuimos a buscarlo y encon­tramos a toda la manada junto al río. Yo sabía que si nos acercábamos de­masiado, huirían; por lo tanto, mi hijo y su hermana fueron a buscar un balde que llenaron con avena y comenzaron a caminar en silencio por el borde del prado. Los caballos empezaron a ale­jarse lentamente; entonces él silbó, y su caballo se apartó de la manada y se acercó al trote hacia el amo. Habíamos aprendido una gran lección; en aquellos dos años habían sucedido muchas cosas, y mi hijo había hecho uso de algo más que sus músculos para enseñar a su caballo.

Pero el día que sucedió el accidente, cuando había desatado al caballo de­sobedeciendo mis órdenes, se había asustado mucho. «Papá», me preguntó, «¿Qué debemos hacer?» y yo le había respondido: «Esta es la forma en que lo haremos, y un día ese caballo correrá hacia ti cuando lo llames». En esos dos años él se había preparado y había aprendido una lección.

El Sacerdocio Aarónico es un sa­cerdocio preparatorio; es el sacerdocio menor. Preparatorio, ¿para qué? Tiene como objeto preparar a los jóvenes para recibir el Sacerdocio de Melquisedec, prepararlos para la vida, ca­pacitarlos para ser líderes, enseñarles la obediencia, ayudarlos a aprender a controlar cosas que son mayores que ellos; tiene como objeto mostrarles cómo usar algo más que sus músculos.

Ahora bien, cuando sois ordenados diáconos a los doce años, pasáis a formar parte de un quórum. ¡Qué maravillosa bendición es pertenecer al quórum! Desde ese momento en adelante toda vuestra vida pertene­ceréis a un quórum: El quórum de los diáconos con doce miembros, el de los maestros con veinticuatro miembros, el de los presbíteros con cuarenta y ocho. Luego, si sois fieles y dignos, seréis ordenados al Sacerdocio de Melquisedec o Sacerdocio Mayor. Pero ahora me interesa hablar a los jóvenes del Sa­cerdocio Aarónico, el cual nos prepara para recibir el Sacerdocio de Melquisedec; es necesario que aprendáis ahora a hacer las cosas en la misma forma en que las haréis cuando tengáis el Sacerdocio Mayor.

Desearía volver a hablaros de mi hijo, que actualmente está casado. Se graduó de ingeniero y se ha ido a vivir a una gran ciudad. Cuando se alejaron, él y su esposa estaban nerviosos por el nuevo trabajo y el nuevo hogar que formarían lejos de las familias. El me contó estas dos experiencias que de­searía relataros.

Trabajaba en un cuarto muy grande con otros ingenieros. Después de trabajar durante dos meses, había organizado todo para poder irse del trabajo a la hora de salida. Siempre les habíamos enseñado a nuestros hijos a llegar al empleo un poco más temprano y a quedarse un poco más tarde, a fin de hacer algún trabajo extra. Pero en ese día especial él deseaba irse a la casa a la hora exacta de salida; uno de los compañeros de trabajo le preguntó a dónde iría.

—¿Por qué estás tan apurado?

—Porque esta noche tengo una cena.

—¿Qué clase de cena es esa?

Es una cena de nuestro quórum; cada uno lleva a su esposa, y además de la cena tenemos una reunión.

— No lo puedo comprender. He vivido acá dos años y todavía no conozco a nadie; mi esposa y yo vivimos bastante solos. Tú has estado acá solamente dos meses y ya estás invitado a una cena.

Otro día uno de los ingenieros que trabajaba con él le preguntó si le ayudaría a mudarse.

—Encontramos un apartamento mejor y el sábado nos mudaremos. Pero necesitaré ayuda. ¿Me ayudarías tú?

Nuestro hijo respondió:

—Sí, por supuesto, con mucho gusto.

Al llegar el sábado su esposa preparó pan casero y una comida para llevarles y les ayudaron a mudarse. Luego mi hijo me comentó:

—Papá, he estado pensando sobre aquello. Apenas nos conocemos el uno al otro. Si yo soy la persona más cercana que tiene, la persona a quien él se atrevió a pedirle que le ayudara a mudarse, eso significa que no tiene a nadie. Y sin embargo, ¡nosotros te­nemos tantos amigos!

Cuando él y su esposa llegaron a aquella ciudad, fueron inmediatamente a la Iglesia. El asistió a la reunión de su quórum, y desde el primer día todos sus compañeros le hicieron sentirse cómodo. El quórum es para eso: Para apoyarse mutuamente, para ayudarse los unos a los otros. Vosotros, los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, podéis empezar a prepararos desde ahora. Se os ha capacitado para ayudar a los demás recogiendo las ofrendas de ayuno, cumpliendo con otros deberes, ayudando en la Santa Cena y en la orientación familiar.

¿Por qué? Porque pertenecéis a un quórum. La palabra quórum es maravi­llosa, pero en la Iglesia todavía no se ha comprendido en su totalidad el signi­ficado y el valor de los quórumes del sacerdocio.

Pertenecer a un quórum es un honor muy grande. El ser llamado para presi­dir un quórum o ser su secretario o maestro es una seria responsabilidad. ¿Sabéis de dónde proviene la palabra quórum? No se encuentra ni en el Anti­guo ni en el Nuevo Testamento, sino que proviene de la antigua Roma. Cuan­do en aquella época se formaba una co­misión de mucha importancia para llevar a cabo alguna gran obra, se nom­braban miembros para esa comisión; a éstos se les enviaba un certificado, y en él aparecía la palabra quórum. En el certificado decía a qué se dedicaría la comisión, cuan importante era, se expli­caba que para ella se había elegido grandes hombres y luego terminaba con estas palabras: Quorum vos unum, las cuales significaban:  «Debéis ser unidos».

Mis jóvenes hermanos, vosotros per­tenecéis a un quórum. ¡Qué extraordina­ria oportunidad! Podéis aprender a tomar a vuestro cargo asuntos impor­tantes, dirigir bien vuestra vida y ayu­dar a los demás. Me siento muy agradecido de haber poseído y todavía poseer el Sacerdocio Aarónico; estoy muy agradecido de que mis hijos lo ha­yan poseído y de que haya tantos como vosotros que ahora lo poseen. Que Dios os bendiga, mis muchachos. Que el Es­píritu del Señor descanse sobre vos­otros. El evangelio es verdadero; el sacerdocio es una gran oportunidad.

(Liahona Mayo 1980)

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La Nueva Jerusalén

La Nueva Jerusalén

Por Joseph Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doces Apostoles

¿Cuál es la interpretación correcta de Apocalipsis 21:1-2, con referencia a la Nueva Jerusalén que habría de descender del cielo?

Para un mejor entendimiento de la pregunta, transcribamos primeramente los versículos mencionados:

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.

Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. (Apocalipsis 21:1-2)

Es general la creencia de que esta ciudad de Jerusalén es la antigua población de los judíos que en el día de la regeneración será renovada, pero esto es erróneo. En su libro, Eter nos dice que el Señor le reveló muchas de estas mismas cosas que le fueron mostradas a Juan mediante visiones divinas. Como se sabrá, Eter fue el último de los profetas jareditas a quien el Señor reveló grandes e importantes cosas concernientes a la historia de los judíos y a la ciudad de Jerusalén, tal como se conocía en la época del ministerio personal del Salvador. En su visión, muy similar a la concedida a Juan, Eter vio la antigua ciudad de Jerusalén y también la nueva, que aún no había sido edificada, y al respecto Moroni nos informa:

. . . he aquí, rechazaron todas las palabras de Éter; porque él verdaderamente les habló de todas las cosas, desde el principio del hombre; y de que después que se hubieron retirado las aguas de la superficie de esta tierra, llegó a ser una tierra escogida sobre todas las demás, una tierra escogida del Señor; por tanto, el Señor quiere que lo sirvan a él todos los hombres que habiten sobre la faz de ella;

y de que era el sitio de la Nueva Jerusalén que descendería del cielo, y el santo santuario del Señor.

He aquí, Éter vio los días de Cristo, y habló de una Nueva Jerusalén sobre esta tierra.

Y habló también concerniente a la casa de Israel, y la Jerusalén de donde Lehi habría de venir —que después que fuese destruida, sería reconstruida, una ciudad santa para el Señor; por tanto, no podría ser una nueva Jerusalén, porque ya había existido en la antigüedad; pero sería reconstruida, y llegaría a ser una ciudad santa del Señor; y sería edificada para la casa de Israel—

y que sobre esta tierra se edificaría una Nueva Jerusalén para el resto de la posteridad de José, para lo cual ha habido un símbolo.

Porque así como José llevó a su padre a la tierra de Egipto, de modo que allí murió, el Señor consiguientemente sacó a un resto de la descendencia de José de la tierra de Jerusalén, para ser misericordioso con la posteridad de José, a fin de que no pereciera, tal como fue misericordioso con el padre de José para que no pereciera.

De manera que el resto de los de la casa de José se establecerán sobre esta tierra, y será la tierra de su herencia; y levantarán una ciudad santa para el Señor, semejante a la Jerusalén antigua; y no serán confundidos más, hasta que llegue el fin, cuando la tierra deje de ser.

Y habrá un cielo nuevo, y una tierra nueva; y serán semejantes a los antiguos, salvo que los antiguos habrán dejado de ser, y todas las cosas se habrán vuelto nuevas.

Y entonces viene la Nueva Jerusalén; y benditos son los que moren en ella, porque son aquellos cuyos vestidos son hechos blancos mediante la sangre del Cordero; y son ellos los que están contados entre el resto de los de la posteridad de José, que eran de la casa de Israel.

Y entonces viene también la antigua Jerusalén; y benditos son sus habitantes, porque han sido lavados en la sangre del Cordero; y son los que fueron esparcidos y recogidos de las cuatro partes de la tierra y de los países del norte, y participan del cumplimiento del convenio que Dios hizo con Abraham, su padre. (Eter 13:2-11)

Y acontecerá que estableceré a mi pueblo, oh casa de Israel.

Y he aquí, estableceré a este pueblo en esta tierra, para el cumplimiento del convenio que hice con Jacob, vuestro padre; y será una Nueva Jerusalén. Y los poderes del cielo estarán entre este pueblo; sí, yo mismo estaré en medio de vosotros.(3 Nefi 20: 21-22)

En el día de la regeneración, cuando todas las cosas sean renovadas, existirán tres grandes ciudades sagradas. Una será Jerusalén la antigua, reedificada conforme a la profecía de Ezequiel. La otra será la ciudad de Sión o de Enoc, la misma que fue arrebatada a los cielos y que habrá de ser restituida en la tierra; y la tercera será la ciudad de Sión o Nueva Jerusalén, que la simiente de José ha de construir sobre este continente (América).

Y enviaré justicia desde los cielos y haré brotar la tierra para testificar de mi Unigénito; su resurrección de los muertos, sí y también la resurrección de todos los hombres; y haré que la justicia y la verdad a nieguen la tierra como un diluvio, a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra a un lugar que yo he de preparar, una Ciudad Santa, para que mi pueblo ciña sus lomos y espere el tiempo de mi venida; porque allí estará mi tabernáculo, y se llamará Sión, una Nueva Jerusalén.

Y el Señor le dijo a Enoc: Entonces tú y toda tu ciudad los recibiréis allí, y los recibiremos a nuestro seno, y ellos nos verán; y nos echaremos sobre sus cuellos, y ellos sobre los nuestros, y nos besaremos los unos a los otros;

Y allí será mi morada, y será Sión, la cual saldrá de todas las creaciones que he hecho; y por el espacio de mil años la tierra descansará. (Moisés 7: 62-64.)

Al finalizar el milenio, se nos dice que Satanás, habiendo estado cautivo, será nuevamente desatado y otra vez predicará la mentira entre las naciones. Y entonces vendrá el fin. La tierra morirá y será purificada, recibiendo su restauración (resurrección). Durante este período purificador, la ciudad de Sión o Nueva Jerusalén será arrebatada de la tierra a fin de que, cuando ésta esté debidamente preparada para la gloria celestial como lo declara Juan el Revelador, pueda descender del cielo y de Dios.

(Liahona , Noviembre 1963)

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Testimonio

Conferencia General Octubre 1963

Testimonio

Por el presidente N. Eldon Tanner

Mi amado presidente David O. McKay, presi­dente Brown, hermanos y hermanas: Es con gran dificultad y un sentimiento de profunda humildad que me paro ante vosotros respondiendo a este alto honor y enorme responsabilidad que me han sido confe­ridos, pues me considero uno de vuestros siervos más humildes, el más débil e incapaz de todos. Humilde­mente ruego al Señor que me conceda Su espíritu y Sus bendiciones al estar frente a vosotros esta mañana.

Estoy seguro de que mi llamamiento a esta posi­ción debe haber resultado una sorpresa para muchos de vosotros, como lo ha sido para mí. En verdad, es otra evidencia de que Dios trabaja misteriosamente para llevar a cabo Sus maravillas.

Mis colegas, las Autoridades Generales, han podido apoyarme en esta posición únicamente porque tienen un fuerte testimonio del hecho de estar dirigidos por un Profeta de Dios. Con humildad ruego que al apoyar al Profeta en esta decisión, conociendo mis debilidades, continúen orando por mí y fortaleciéndome, pues lo necesito grandemente; y con esta confianza, mis her­manos y hermanas, puedo decir, como Nefi en la an­tigüedad:

“. . . Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él no da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado.” (I Nefi 3: 7.)

Sinceramente agradezco a cada uno de vosotros por vuestra confianza y voto de apoyo, y os prometo, y lo hago también a mis hermanos y colegas, a quienes tanto amo y apoyo con todo mi corazón, y también a usted, presidente McKay, como representante del Señor y de Dios, poner a disposición de la edificación del reino de Dios todas las cosas con que el Señor me ha bendecido.

Doy gracias a Dios por mi fiel y devota esposa y familia, que amo inmensamente y quienes siempre me han apoyado y fortalecido con su inspiración, lealtad, fe y oraciones; estoy seguro de que continuarán apoyán­dome en este nuevo llamamiento.

Agradezco a mi Padre Celestial por el maravilloso privilegio que he tenido de asociarme con estos hombres magníficos, por la influencia de cada uno de ellos sobre mi vida y por el aliento y fortalecimiento que me dan. Estoy agradecido a Dios por la significativa be­dición de poder asociarme tan íntimamente y sentir el gran espíritu y la influencia de nuestro amado presi­dente David O. McKay. Todo lo que ha sido escrito y dicho acerca de él, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, no logra ni puede describir la grandeza de este hombre que ha sido escogido como un Profeta di­vino, y que en la actualidad preside la Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días — el reino de Dios sobre la tierra.

Es imposible apreciar o estimar la enorme influen­cia que el presidente McKay ha ejercido en bien de la humanidad. Cuanto más nos acercamos a él, más se fortalece nuestro testimonio de que es realmente un

Profeta de Dios. Con tristeza menciono la ausencia de nuestro amado amigo y colega, el presidente Henry D. Moyle, a quien tanto extrañamos todos, y cuyo deceso ha hecho necesarios estos cambios. Tanto su familia como sus amigos, su Iglesia, su comunidad y su país, han sufrido una pérdida tremenda. Amado padre y es­poso, fue también un amigo verdadero y leal, un vecino considerado, un miembro devoto y un capacitado líder de la Iglesia. Siempre trabajó en bien de su país y del mejoramiento de la humanidad. Quisiera expresar mi amor y simpatía por la hermana Moyle y su familia, y rogar que el Espíritu del Señor les acompañe, les fortalezca y les aliente.

En esta ocasión, también quisiera dar la bienvenida al hermano Thomas Monson, a quien apoyo con todo mi corazón.

No tengo palabras para expresar mi profundo amor por el Señor y mi gratitud por las innumerables ben­diciones que ha derramado sobre mí, y sinceramente ruego por Su continua orientación y fortalecimiento, mientras yo trate de servirle. Quiero prometeros nueva­mente que mi vida y todo lo que poseo, serán comple­tamente dedicados al servicio de mi Hacedor y de mis semejantes, abrigando en mi corazón una oración para que El me provea de sabiduría y conocimiento, valor y fuerza, inspiración, determinación y habilidad para guardar Sus mandamientos y servirle en manera acep­table.

Una y otra vez quiero solicitar a todos vosotros el apoyo de vuestra fe y oraciones, a fin de que pueda dedicarme al servicio de mi Señor sólo en procura de Su gloria.

Quiero dejaros mi testimonio; yo sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que dio Su vida por mí y por vosotros; que ésta es Su Iglesia y Su reino; que a la cabeza de nuestra Iglesia en la actualidad tenemos a un Profeta de Dios, inspirado de Él, y a través de quien somos orientados por los senderos de la verdad y la justicia.

Ruego que podamos seguir sus consejos y admoni­ciones, sabiendo que de esta forma seremos llevados hacia la inmortalidad y la vida eterna; y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El Profético Destino de la Iglesia

Conferencia Genera Octubre 1963

El Profético Destino de la Iglesia

Por el presidente Hugh B. Brown

Al contemplar las miles de personas que están congregadas aquí, y tener en cuenta que otros cientos de miles están escuchando y participando de esta conferencia por medio de la radio y la televisión, sentimos que la responsabilidad de captar la atención y orientar el pensamiento de tan vasta multitud sería una tarea abrumadora si no fuera que por medio de oraciones y de la fe podemos contar con la inspiración divina.

Durante los últimos meses se ha manifestado un considerable interés en cuanto a la posición de la Igle­sia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con respecto a los derechos civiles. Quisiéramos hacer saber, por lo tanto, que en esta Iglesia no existe doctrina, creencia o práctica tendiente a negar el pleno disfrute de los derechos civiles a ninguna persona, no importan su raza, credo o color.

Tal como muchas veces lo hemos expresado antes, nuevamente decimos que creemos que todos los hom­bres son hijos del mismo Dios, y que es moralmente malo que cualquier persona o grupo de personas prive a ser humano alguno del derecho de tener un empleo digno amplias oportunidades educacionales y todo pri­vilegio correspondiente a la ciudadanía, como también lo es el negarle el derecho de adorar a Dios conforme a los dictados de su propia conciencia.

Firme y persistentemente hemos apoyado la consti­tución de los Estados Unidos, lo cual significa que aprobamos toda prerrogativa constitucional de cada uno de sus ciudadanos.

Exhortamos a todos los hombres del mundo, tanto dentro como fuera de la Iglesia, a que apoyen el estable­cimiento de una completa igualdad civil para todos los hijos de Dios. No hay otra cosa que podría perturbar más nuestros altos ideales concernientes a la fraternidad humana, que la desigualdad ciudadana.

Indudablemente, el asistir a un conferencia mor- mona resulta, para muchos, una nueva experiencia. Quizás algunos podrían preguntarse – como lo hizo Natanael en los días de Cristo, con respecto a Nazaret (Juan 1: 46) —: “¿Del mormonismo, puede salir algo bueno?” – Tal como lo hizo Felipe, nosotros respondere­mos: “Ven y ve.” A todos vosotros os extendemos una cálida bienvenida y esperamos que el tiempo que paséis con nosotros os resulte inspirador y benéfico.

En medio de este mundo fantásticamente variable, donde los viejos métodos, modelos e ideas están siendo reemplazados por substitutos nuevos y revoluciónanos, sería conveniente que los líderes religiosos en todas par­tes reexaminen y evalúen nuevamente sus credos, y con valor traten de descubrir las causas de la decadencia del interés del hombre por la religión.

Atravesamos hoy por un período de absoluta re­construcción intelectual y desasosiego espiritual. A fin de comprenderla moralmente, debemos considerar la religión desde el punto de vista intelectual. No debe­mos permitir que las aguas de la vida sean paralizadas y congeladas por fríos pensamientos religiosos.

Por un momento, quisiéramos considerar los funda­mentos divinos e históricos de la Iglesia de Jesucristo, su estado actual y su profético destino.

Basados en la autoridad bíblica, afirmamos que Dios el Padre formuló un plan divino para la salvación humana, aun antes de la Creación de la tierra cuando todos los hijos del Creador se regocijaron ante la pers­pectiva de ser mortales. (Job 38: 7.)

En una época anterior a la incidencia del Jardín de Edén, los espíritus de todos los hombres tuvieron una prístina existencia como inteligencias dotadas de cuer­pos de espíritu, de los que Dios fue el Padre universal. La Biblia nos dice lo siguiente:

“Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espí­ritu vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12; 7)

El Señor dijo a Jeremías que Él lo conoció antes de que su cuerpo fuera formado, y que le había santifi­cado ordenándole profeta ante las naciones. (Jeremías 1: 5.) Y el apóstol Pablo testificó:

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12: 9.)

Precisamente durante esta existencia premortal, en un concilio celestial presidido por Dios el Padre, uno de los espíritus se levantó contra El, tratando de usurpar Su poder a fin de forzar a los hombres a obedecer sus mandatos. Codiciando la divinidad, dijo entonces al Padre: “Dame tu gloria.” Si el Padre hubiera consen­tido los cielos serían una dictadura bajo la cual todos los hijos espirituales de Dios habrían vivido en esclavitud.

Uno de los principales en aquella vasta asamblea era Jehová – el mismo que en la carne habría de ser Cristo, el Redentor. Él fue el primogénito entro los espíritus v por derecho patrimonial, heredero y Señor. Oponiéndose al complot de privar a los hombres de su libertad, abogó entonces por el libre albedrío como lema de su contraposición.

Todos los que apoyaron al Mesías habrían de ob­tener cuerpos mortales, que al final de la etapa de probación “volverían a la tierra” de la cual habían venido. Contarían con el derecho de escoger el camino que habrían de seguir en la vida y aceptarían la responsabilidad de su conducta.

Se garantizó la resurrección de la muerte para todos, por medio de la expiación voluntaria de Cristo — un miembro de la Trinidad. El mismo, poder divino de la procreación, constituiría otra de la bendiciones del esta­do mortal.

El orgulloso y provocador Lucifer promovió una gran rebelión contra este plan y le siguió una tercera parte de los espíritus. Juan el Revelador nos provee la siguiente información:

“. . . Hubo un gran batalla en los cielos: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo- Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.” (Apocalipsis 12: 7-9.)

Isaías tenía conocimiento de esto, al decir:

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la maña­na! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las na­ciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.” (Isaías 14: 12-14.)

Por causa de su desobediencia, Adán fue desterrado del Jardín de Edén; detrás de él y su posteridad, fue cerrada la puerta y el camino del árbol de la vida fue guardado por una espada encendida. (Génesis 3: 24.) El nacimiento a la vida mortal borra todo recuerdo de aquella preexistencia espiritual y toda memoria anterior no es sino un débil eco; sin embargo, cuando solemos cantar, un algo secreto parece susurrar a nuestros oídos la idea de que somos extraños aquí, y que provenimos de una esfera más exaltada.

Cuando el pecado y la muerte juntan sus manos para aprisionarnos, nuestro destino se nos antoja sin esperanzas; Satanás acecha entonces intencionado ante lo que parece ser una derrota para Cristo. El diablo sabe que los hombres no tienen poder para conquistar la muerte y que sin la ayuda divina dormirían para siempre en sus tumbas.

Ya con los sacrificios que Adán ofreciera, fue presa­giada la expiación y cada Profeta que le sucedió supo de la misión de Cristo. Otro es el campo de batalla, pero aún continúa la guerra del bien contra el mal entre los hijos de los hombres.

Al nacer en la carne, Cristo tenía poder para con­quistar la muerte. Vino al mundo para atravesar, tam­bién El, el valle de la probación y trazar un recto y angosto sendero por el cual los hombres podrían re­gresar de la muerte a la vida hasta los cielos y agregó:

“. . . Nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6.)

Y así Cristo nació en Belén, entrando en el mundo de los hombres mortales, del que Belcebú se consideraba único dueño. La guerra fue reiniciada con el Mesías y los hijos leales de Dios en un lado, y Lucifer y sus se­guidores en el otro.

Al nacer Jesús, Satanás buscó la destrucción del Hijo de Dios, y trató, por la fuerza, de desbaratar Su divina misión. Pero el Padre había proscripto la compul­sión. El diablo ha tenido siempre instrumentos dispo­nibles sobre la tierra y en la oportunidad Herodes ha­bía de ser su agente. Este hombre era cruel y vil co­mo su amo; procurando matar al Niño Jesús, asesinó a numerosos infantes en Palestina. Pero este Niño de madre mortal, era también el Hijo de Dios el Padre y no podía ser vencido por hombres ni por malos espíritus. Habiendo fracasado en su infame intención, Satanás decidió astutamente esperar la hora propicia, cuando el Niño llegara a hombre, y entonces trató de vencerle por medio de artificios.

Después de cuarenta días de ayuno, Jesús se en­contró con el ruin tentador, quien le sugirió satisfacer Su hambre transformando las piedras en pan y mani­festando, de esta forma, Su poder. Con ello, Satanás trató de sembrar las semillas del orgullo y la arrogancia —dos de sus principales vicios; pero Cristo le demostró que “no sólo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra de Dios.”

No habiendo tenido éxito en su intento de enaltecer el apetito y el orgullo, Lucifer recurrió a la ambición de poderío — el amor al poder, roca sobre la que él mismo se había establecido. Pero Cristo desdeñó una vez más esta oferta maligna. El tercer esfuerzo que el diablo hizo para atrapar al Hijo de Dios, consistió en ofrecerle riquezas y potestad, pero sólo logró otra réplica firme del Salvador: “Vete de mí, Satanás. . .” (Lucas 4: 8.)

El diablo encontró algunos aliados entre aquellos que habían seguido a Jesús. Como muchos otros, Judas pensó que las riquezas del mundo son provechosas, pese a cómo se obtengan. Vendió entonces a su Maestro por unas cuantas monedas que resultaron ser de miseria y muerte, como todas las recompensas de Lucifer.

La lucha continuó y Cristo fue crucificado, pero no vencido; El seguía teniendo poder sobre la muerte y sólo cedió por propia voluntad, a fin de conquistar la muerte y abrir las puertas que habían sido cerradas a Adán. Aun muriendo, Cristo fue victorioso, porque llevó a cabo el propósito de Su venida a la tierra, rompiendo las cadenas de la muerte y siendo primicia de la resu­rrección.

Sus contados seguidores honestos continuaron sién­dole fíeles hasta ser arrebatados por la muerte. Entonces la apostasía se hizo universal y Satanás manifestó su soberanía a través de las épocas de tiniebla espiritual.

Pero más tarde, Dios envió mensajeros especiales a la tierra a fin de llevar cabo la reformación y preparar el camino para la escena final y la restauración.

El mensaje del mormonismo es éste: que el plan de salvación del que hemos hablado, es el evangelio de Jesucristo. Desde Adán basta Malaquías se enseñó este evangelio en cada dispensación y alcanzó su punto cul­minante en el Meridiano de los Tiempos, cuando Cristo fue resucitado de los muertos. Desde el mismo prin­cipio, Él había sido siempre la figura central del plan de salvación. Los judíos habían esperado, por siglos, la venida del Mesías, un libertador del linaje de David enviado por Dios. Más a pesar de las profecías y señales que les fueron dadas, no lo reconocieron y lo rechazaron.

Los mismos Profetas que habían predicho la venida del Mesías, recibieron también visiones y revelaciones concernientes a Su segunda venida. La Santa Biblia registra sus mensajes de advertencia y las señales por medio de las cuales los hombres habían de recibir, en estos últimos días, exhortaciones y orientación.

Por ejemplo, en Salmos leemos que antes de la venida del Señor se verá en la tierra un fuego devorador, mientras que Joel advierte que, entre otras señales anun­ciadoras, la luna se convertirá en sangre y las estrellas perderán su brillo. A Zacarías le fue revelado que los pies del Señor se pararán sobre el Monte de los Olivos, el cual se partiría por el medio hacia el este y el oeste. Malaquías predijo que El vendría súbitamente a Su templo y sería como fuego purificador y jabón de lava­dores. Refiriéndose a nuestros días, Job dijo:

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.” (Job 19: 25.)

Aunque éstas y muchas otras profecías fueron he­chas antes del nacimiento de Cristo en Belén, la mayoría de los acontecimientos a que se refieren no tuvieron lugar en esa época ni durante la vida terrenal del Sal­vador.

Desde el tiempo en que comenzó Su trascendental ministerio, muchos hombres han tratado de evaluar al Cristo, variando sus estimaciones desde denun­cias blasfemas hasta cultos de adoración consistentes en sacrificios físicos. Algunos dudan aun que tal Hom­bre haya jamás vivido y otros preguntan si quizás no fue sólo un mito. ¿Fue El, acaso, un oportunista, un visionario o un revolucionario social? ¿O fue un genio, un sabio, un realizador de cosas maravillosas o un gran maestro? Si consultamos a los hombres que estu­vieron más cerca de El — aquellos que le siguieron al Monte de la Transfiguración — aprenderemos que fue, en verdad, “el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16: 16) Quisiéramos pedir a todos y cada uno de los que nos están escuchando hoy; que determinen su propia apreciación acerca de Jesús de Nazaret, a fin de llegar a la conclusión de que si fue El o no el Cristo, el Hijo de Dios. Nosotros testificamos humildemente este he­cho trascendental. En el Evangelio según San Juan, Jesús es considerado el Verbo, que fue con Dios en el principio y por medio de quien todas las cosas fueron hechas; El fue la vida y la luz de los hombres que, hecho carne, habitó entre nosotros. (Juan 1: 1-3, 14.)

El apóstol Pablo declaró:

“Dios,… en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.” (Hebreos 1:1-2.)

Y en el octavo verso del mismo capítulo agrega:

“Más el Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino.” (lbid.,1: 8.)

Indudablemente Su divinidad, Su poder y Su auto­ridad nunca han sido puestos en juicio con tanta auda­cia y ferocidad como lo son hoy en día. Jamás, en la historia, la gente común de todos los pueblos ha sentido tanta necesidad de orientación divina como en la actua­lidad. Nunca lo hemos necesitado más como en nuestros días, en que tantas falsas ideologías y milagros científi­cos están empujando al mundo hacia los límites de la aniquilación.

Hay en la actualidad hombres y naciones que están tratando de desplazar a Dios, desterrar la religión y convertir al mundo en una sola nación atea. La guerra actual entre Cristo y el anti-Cristo es un cumplimiento de profecías innegables, y constituye una señal o eviden­cia de la proximidad del Milenio.

Exhortamos a todos los Cristianos del mundo a que certifiquen su fe en El guardando Sus mandamientos. Su obra de redención no está completa, ni lo estará, hasta que el evangelio se escriba en la vida y el cora­zón de los hombres. El hecho de que resucitó de los muertos — el más fehacientemente comprobado de la historia — nos asegura que vive todavía; El nos ha pro­metido que volverá y todos aquellos que lean las pro­fecías contenidas en las Escrituras e identifiquen las señales de nuestro tiempo, deben convencerse de que estamos viviendo en los últimos días, que los grandes eventos predichos por los Profetas, han sido y están siendo realizados sobre el escenario de la historia contemporánea. Reconozcamos en los portentosos acon­tecimientos actuales, el preludio del gran final.

Estando en la Isla de Patmos, Juan recibió una visión concerniente a las cosas venideras; oyó que diez mil ángeles cantaban alabanzas al Hijo de Dios y que luego se unían a toda criatura sobre la tierra y los cielos, para decir a una:

. . Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 5: 13.)

También vio “volar por en medio del cielo a otro ángel que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. . .” Vio un lago sin fondo, el dragón atado con cadenas y mil años de concordia, paz y descanso. Vio asimismo la santa ciudad, la nueva Jerusalén, ba­jando de Dios desde los cielos, para reunirse con los de su reino en la tierra.

Entonces vio a los pequeños y a los grandes pa­rarse ante el trono de Dios a fin de ser juzgados con­forme a los registros, cada cual de acuerdo con sus méritos. La muerte y el infierno dejaron libres a sus cautivos, el mar devolvió a sus muertos y los ángeles cantaron hosannas al Príncipe de Paz, su Señor.

Damos nuestro humilde testimonio de que Jesús de Nazaret es el Salvador y Redentor del mundo y que El regresará y reinará personalmente sobre la tierra. Y que en esa época todos los pueblos del mundo se reunirán con las huestes celestiales, y cantarán: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y El reinará por los siglos de los siglos… Rey de Reyes y Señor de Señores.” Y lo hacemos pú­blicamente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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