Entendamos el islam

Entendamos el islam

Por Daniel C. Peterson
Profesor de Estudios Islámicos y Árabe de la Universidad Brigham Young
Liahona Abril 2018

Nota: Debido a que es importante entender a los miembros de otras religiones, los líderes de la Iglesia sintieron que podría ser de utilidad brindar un resumen de la historia y de las enseñanzas del islam, la segunda religión más grande del mundo.

Fotografías de Getty Images

Mosaico del siglo XIX que ilustra la Kaaba en La Meca, la ciudad donde nació Mahoma y la más sagrada del mundo islámico.

Para bien o para mal, prácticamente no pasa un día sin que el islam o los musulmanes aparezcan en las noticias. Es de comprender que muchas personas que no son musulmanas —entre ellas los Santos de los Últimos Días— sientan curiosidad, y hasta preocupación. ¿Tenemos algo en común con nuestros vecinos musulmanes? ¿Podemos vivir y trabajar juntos?

En primer lugar, podría ser útil entender algunos antecedentes históricos:

En el año 610 d. C., un mercader árabe llamado Mahoma ascendió a los montes de su ciudad natal de La Meca para reflexionar y orar sobre la confusión religiosa que lo rodeaba. Luego comentó que había recibido una visión en la que fue llamado como un profeta para su pueblo. Este acontecimiento marca el inicio de la religión conocida como el islam, palabra que significa “sumisión” (a Dios). A un creyente del islam se le llama musulmán, lo cual significa “que se somete”.

A partir de entonces, Mahoma dijo que recibió muchas revelaciones hasta el día de su muerte casi 25 años después. Las compartió primero con los residentes de su ciudad natal, advirtiéndoles de juicios divinos que vendrían; llamando a quienes lo escuchaban a arrepentirse y a tratar debidamente a las viudas, los huérfanos y los pobres; y predicando la resurrección universal de los muertos y el juicio final de Dios.

Sin embargo, el ridículo y la persecución que él y sus seguidores padecieron se volvieron tan intensos que se vieron obligados a huir a la ciudad de Medina, a unos cuatro días a camello hacia el norte.

Allí, el rol de Mahoma cambió drásticamente1. De ser solamente un predicador y una voz de advertencia, llegó a ser el legislador, el juez y el líder político de una importante ciudad árabe y, con el tiempo, de la península arábiga. Ese primer establecimiento de una comunidad de creyentes le dio al islam una identidad religiosa arraigada en la ley y la justicia que continúa siendo una de sus características más notables y significativas.

Después de la muerte de Mahoma en el año 632 d. C., surgieron dos facciones principales entre sus seguidores, las cuales se dividieron inicialmente por estar en desacuerdo sobre quién debía sucederlo como líder de la comunidad islámica2. La mayor de ellas ha llegado a llamarse sunismo (debido a que afirma seguir la Sunna, o las prácticas habituales de Mahoma). La otra, que creció en torno al yerno de Mahoma, Alí, se llamó shi‘at ‘Ali (la facción de Alí) y en la actualidad es ampliamente conocida como el chiismo. A diferencia de los suníes, los chiíes (conocidos como musulmanes chiitas) creen que el derecho de suceder a Mahoma como líderes de la comunidad pertenece propiamente al familiar varón más cercano del profeta Mahoma, Alí, y a sus herederos.

A pesar de tales desacuerdos, el mundo islámico ha sido más unido, como religión, que el cristianismo. Es más, por varios siglos, hasta después de alrededor del año 800 d. C., podría decirse que la civilización islámica era la más avanzada del mundo en cuanto a la ciencia, la medicina, la matemática y la filosofía.

Fuentes de la doctrina y las prácticas musulmanas

Las revelaciones declaradas por Mahoma se agruparon en un libro llamado el Corán (del verbo árabe qara’a, “leer” o “recitar”) una década o dos después de su muerte. El Corán, que se compone de 114 capítulos, no es un relato acerca de Mahoma. Al igual que Doctrina y Convenios, no es una narrativa en lo absoluto; los musulmanes lo consideran la palabra (y las palabras) de Dios dadas directamente a Mahoma3.

Los cristianos que lo lean hallarán temas familiares. Enseña, por ejemplo, que Dios creó el universo en siete días, que colocó a Adán y a Eva en el Jardín de Edén, que el diablo los tentó, que cayeron y que se llamó a una línea de profetas posteriores (la mayoría de los cuales también aparecen en la Biblia). Estos profetas se describen en el Corán como musulmanes, debido a que habían sometido su voluntad a Dios.

Abraham, quien se describe como un amigo de Dios, aparece de forma destacada en el texto4. (Entre otras cosas, se cree que él recibió revelaciones que escribió, pero que se han perdido5). Moisés, Faraón y el éxodo de los hijos de Israel también aparecen en el texto.

Sorprendentemente, María, la madre de Jesús, se menciona 34 veces en el Corán, en comparación con las 19 veces que se hace mención de ella en el Nuevo Testamento. (Ella es, de hecho, la única mujer que se nombra en el Corán).

Un refrán coránico constante es la doctrina del tawhid, una palabra que podría traducirse como “monoteísmo” o, más literalmente, “hacer uno”. Representa uno de los principios fundamentales del islam: que solo hay un único ser divino. “No ha engendrado ni ha sido engendrado”, declara el Corán, “y no hay nadie igual a Él”6. Lo que se desprende de esto es seguramente la distinción más importante entre el islam y el cristianismo: los musulmanes no creen en la deidad de Jesucristo o del Espíritu Santo. Esto también indica que, aunque todas las personas son creaciones de Dios por igual, según la doctrina islámica no somos Sus hijos.

Sin embargo, los musulmanes creen que Jesús ha sido un profeta de Dios sin pecado, nacido de una virgen y destinado a desempeñar un rol principal en los sucesos de los últimos días. Se lo menciona con frecuencia y reverencia en el Corán.

Enseñanzas y prácticas musulmanas básicas

Los denominados “cinco pilares del islam” —resumidos de forma más concisa no en el Corán sino en una declaración que tradicionalmente se atribuye a Mahoma— establecen una doctrina básica del islam:

  1. El testimonio

Si el islam tiene un credo universal, es la shahada, “profesión de fe” o “testimonio”. El término hace referencia a una fórmula árabe que, traducida, dice lo siguiente: “Testifico que no hay más divinidad que Dios [Alá] y que Mahoma es el mensajero de Dios”. La shahada es la entrada al islam; el recitarla con una convicción sincera es convertirse en musulmán.

El equivalente árabe de la palabra Dios es Alá. Es una contracción de las palabras al- (“el”) y ilah (“dios”); no se trata de un nombre propio sino de un título y está íntimamente relacionado con la palabra hebrea Elohim.

Debido a que no existe el sacerdocio islámico, no hay ordenanzas del sacerdocio, ni tampoco hay una única “iglesia” islámica. Por consiguiente, profesar la shahada es, en cierto sentido, el equivalente islámico del bautismo. La actual falta de una estructura de liderazgo formal, unificada y mundial tiene otras implicaciones. Por ejemplo, no hay un líder global de los musulmanes, nadie que hable en nombre de toda la comunidad. (Mahoma es considerado casi universalmente el último profeta). Esto también significa que no existe una iglesia de la cual los terroristas o “herejes” puedan ser excomulgados.

  1. La oración

Muchos que no son musulmanes están al tanto del rito musulmán de la oración llamado salat, el cual implica un número específico de postraciones físicas, cinco veces al día. Recitar versículos prescritos del Corán y tocar el suelo con la frente demuestra una humilde sumisión a Dios. Una clase de oración más espontánea, llamada du‘a,puede ofrecerse en cualquier momento sin necesidad de que uno se postre.

Para las oraciones del viernes al mediodía, los musulmanes varones deben orar en una mezquita (del término árabe masjid, o “lugar de postración”) y se alienta a las mujeres musulmanas a que hagan lo mismo. Allí, en grupos separados por sexo, forman líneas y oran dirigidos por el imán (del término árabe amama, el cual significa “frente a”) de la mezquita y escuchan un breve sermón. Los viernes, sin embargo, no son el equivalente al día de reposo; si bien el “fin de semana” en la mayoría de los países musulmanes se centra en el yawm al-jum‘a (“el día de reunión”) o viernes, trabajar ese día no se considera un pecado.

  1. La limosna

El zakat (que significa “aquello que purifica”) supone hacer donaciones caritativas para ayudar a los pobres, así como también a mezquitas y otros proyectos islámicos. Por lo general se estima que es el 2,5 por ciento del capital total de cada musulmán por encima de cierto monto mínimo. En algunos países musulmanes lo recaudan las instituciones gubernamentales; en otros es voluntario.

  1. El ayuno

Cada año, los musulmanes devotos se abstienen de comer, beber y tener relaciones sexuales desde la salida hasta la puesta del sol durante todo el mes lunar de Ramadán. Además, se dedican a hacer actos de caridad especiales para los pobres y a leer el Corán durante el mes7.

  1. La peregrinación

Los musulmanes que cuenten con la salud y los recursos para hacerlo deben realizar una peregrinación hasta La Meca al menos una vez en la vida. (Por lo general se incluye, pero no se requiere, una visita a Medina, la segunda ciudad más sagrada del islam). Para los musulmanes fieles, dicha peregrinación es un acontecimiento profundamente espiritual y emotivo, algo similar a ir a la conferencia general en persona o a entrar en el templo por primera vez.

Algunos asuntos de actualidad

Los tres puntos centrales de la preocupación de los que no son musulmanes con respecto al islam son la violencia religiosa, la ley islámica —o sharia— y la forma en que el islam trata a las mujeres.

Algunos extremistas han utilizado el término yihad para referirse exclusivamente a la “guerra santa”, pero la palabra en realidad significa “esfuerzo práctico”, a diferencia de “simplemente” orar y estudiar las Escrituras.

Los juristas y pensadores musulmanes han ido variando su interpretación de la yihad. Las fuentes legales convencionales sostienen, por ejemplo, que una yihad militar aceptable debe ser defensiva y que se debe advertir a los oponentes y darles la oportunidad de cesar las acciones provocadoras. Hoy en día, algunos juristas y otros pensadores musulmanes sostienen que la yihad puede indicar cualquier acción práctica que tenga la intención de beneficiar a la comunidad islámica o mejorar el mundo en general. Se dice que Mahoma había señalado una diferencia entre la “yihad mayor” y la “yihad menor”. Esta última, dijo él, es la guerra, pero la yihad mayor es combatir la injusticia, así como también la resistencia personal que uno demuestra al vivir con rectitud.

El terrorismo islamista actual se adjudica raíces religiosas, pero podría decirse que refleja reclamos sociales, políticos y económicos que guardan poca o ninguna relación con la religión como tal8. Además, es importante reconocer que la gran mayoría de los musulmanes del mundo no se han unido a la violencia de los terroristas9.

La sharia es otro tema de preocupación para algunas personas que no son musulmanas. Se trata de un código de conducta musulmana tomado del Corán y del hadiz —pequeños informes de lo que Mahoma y sus compañeros dijeron o hicieron que proporcionan un modelo de conducta musulmana y asimismo complementan y explican pasajes coránicos—10. La sharia contiene reglas de vestimenta tanto para el hombre como para la mujer (tales como el uso del hiyab, o velo); aunque algunos países musulmanes las imponen, en otras naciones se deja a criterio personal. La sharia también cubre aspectos tales como la higiene personal, la hora y el contenido de la oración y las reglas que regulan el matrimonio, el divorcio y la herencia. Por consiguiente, cuando los musulmanes señalan en las encuestas que desean regirse por la sharia, pueden estar haciendo una declaración política o no; simplemente podrían estar declarando que aspiran a tener una verdadera vida musulmana.

Muchas personas que no son musulmanas, cuando piensan en la forma en que el islam trata a la mujer, piensan de inmediato en la poligamia y en los velos. Sin embargo, la realidad cultural es mucho más compleja. Muchos pasajes del Corán declaran que la mujer es igual al hombre, mientras que otros parecen asignarle roles secundarios. Ciertamente, existen prácticas en muchos países islámicos —a menudo con raíces en la cultura tribal preislámica u otras costumbres preexistentes— que consideran a la mujer como subordinada. Sin embargo, la forma en que los musulmanes ven los papeles de las mujeres varía considerablemente de país a país e incluso dentro de los países.

Cómo perciben el islam los Santos de los Últimos Días

A pesar de la diferencia en nuestras creencias, ¿en qué forma pueden los Santos de los Últimos Días abordar el hecho de entablar relaciones con los musulmanes?

Antes que nada, debemos reconocer el derecho de los musulmanes de que “adoren cómo, dónde o lo que deseen” (Artículos de Fe 1:11). En 1841, los Santos de los Últimos Días del municipio de Nauvoo aprobaron una ordenanza sobre la libertad religiosa que garantizaba “la libre tolerancia y los mismos privilegios” para “los católicos, presbiterianos, metodistas, bautistas, Santos de los Últimos Días, cuáqueros, episcopales, universalistas, unitarios, mahometanos [musulmanes] y todas las demás sectas y denominaciones religiosas, cualesquiera que sean”11.

Debemos recordar, además, que nuestros líderes de la Iglesia por lo general han sido profundamente positivos en su aprecio por el fundador del islam. En 1855, por ejemplo, en una época en la que muchos cristianos tachaban a Mahoma de anticristo, los élderes George A. Smith (1817–1875) y Parley P. Pratt (1807–1857), del Cuórum de los Doce Apóstoles, dieron extensos sermones no solo manifestando un conocimiento impresionantemente amplio e imparcial de la historia islámica, sino también elogiando a Mahoma mismo. El élder Smith destacó que Mahoma “fue sin duda levantado por Dios con el propósito” de predicar en contra de la idolatría, y expresó su simpatía por los musulmanes, de quienes, al igual que los Santos de los Últimos Días, rara vez se escribe “una historia sincera”. El élder Pratt tomó la palabra inmediatamente después y expresó su admiración por las enseñanzas de Mahoma y por la moralidad y las instituciones de la sociedad musulmana12.

Una declaración oficial más reciente fue la que hizo la Primera Presidencia en 1978. Específicamente menciona a Mahoma entre “los grandes líderes religiosos del mundo”, y señala que, como ellos, él “recibió una porción de la luz de Dios. Dios dio verdades morales a [estos líderes]”, escribieron los presidentes Spencer W. Kimball, N. Eldon Tanner y Marion G. Romney, “para iluminar a naciones enteras y para brindar un nivel más alto de entendimiento a las personas”13.

Edificar sobre terreno común

Aunque los Santos de los Últimos Días y los musulmanes discrepamos en asuntos importantes —en particular la divinidad de Jesucristo, Su función como Salvador y el llamamiento de profetas modernos—, tenemos muchas cosas en común. Ambos creemos, por ejemplo, que somos moralmente responsables ante Dios, que debemos procurar tanto la rectitud personal como una sociedad buena y justa, y que resucitaremos y compareceremos ante Dios para ser juzgados.

Tanto los musulmanes como los Santos de los Últimos Días creemos en la importancia vital de que haya familias fuertes, en el mandato divino de ayudar a los pobres y a los necesitados y en que demostramos nuestra fe por medio de acciones de discipulado. Parece no haber ninguna razón por la que los Santos de los Últimos Días y los musulmanes no puedan vivir su religión lado a lado e incluso, cuando se presente la oportunidad, cooperar juntos en comunidades en las que, más y más, convivimos como vecinos en un mundo cada vez más secular. Juntos podemos demostrar que la fe religiosa puede ser una potente fuerza para bien y no meramente una fuente de conflicto e incluso violencia, como sostienen algunos críticos.

El Corán mismo sugiere una manera de vivir en paz juntos a pesar de nuestras diferencias: “Si Dios hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad, pero quiso probar vuestra fe en lo que os reveló. Apresuraos a realizar obras de bien, porque todos compareceréis ante Dios, y Él os informará acerca de las cosas en que discrepabais”14.

Notas

  1. De hecho, 622 d. C. —el año de la hégira,o migración, a Medina— es el primer año del calendario (hijri) musulmán, y las revelaciones que recopila el Corán se clasifican como de La Meca o de Medina.
  2. A lo largo de los siglos, ambas facciones también se han distanciado una de la otra debido a otros asuntos secundarios.
  3. Es significativo, no obstante, que aunque se permite la traducción del Corán en otros idiomas, solo el original en árabe se considera como el verdadero Corán y como Escritura.
  4. Véase Corán 4:125.
  5. Véanse Corán 53:36–62; 87:9–19; véase también Daniel C. Peterson, “News from Antiquity”, Ensign,enero de 1994, págs. 16–21.
  6. Corán 112:3–4. Las traducciones del Corán en inglés son de Daniel C. Peterson.
  7. Las ediciones convencionales del Corán se dividen en 30 partes iguales precisamente con ese propósito.
  8. Véanse, por ejemplo, Robert A. Pape, Dying to Win: The Strategic Logic of Suicide Terrorism, 2005; Graham E. Fuller, A World without Islam, 2010; Robert A. Pape y James K. Feldman,Cutting the Fuse: The Explosion of Global Suicide Terrorism and How to Stop It, 2010.
  9. Véase Charles Kurzman, The Missing Martyrs: Why There Are So Few Muslim Terrorists, 2011; véase también John L. Esposito y Dalia Mogahed, Who Speaks for Islam? What a Billion Muslims Really Think, 2008; James Zogby, Arab Voices: What They Are Saying to Us, and Why It Matters, 2010.
  10. Es bastante similar, de hecho, a la ley rabínica del judaísmo.
  11. Ordenanza en relación a las sociedades religiosas, ciudad de Nauvoo, [Illinois] sede de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 1 de marzo de 1841.
  12. Véase Journal of Discourses,3:28–42.
  13. Declaración de la Primera Presidencia, 15 de febrero de 1978. En su revisión de Introduction to the Qur’an, 1970, por Richard Bell, W. Montgomery Watt, erudito eminente del islam y sacerdote anglicano, ofreció una manera posible en la que un cristiano creyente pudiera considerar que el Corán es inspirado.
  14. Corán 5:48; compárese con 2:48.

 

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Las sendas a la verdadera felicidad

Las sendas a la verdadera felicidad

Por el élder Ulisses Soares
De la Presidencia de los Setenta
Liahona Abril 2018

Tomado del discurso “Paths for Happiness”, pronunciado en una ceremonia de graduación en la Universidad Brigham Young–Hawái el 8 de junio de 2017.

Ruego que cada uno de nosotros pueda escoger amar al Señor y seguir Sus sendas a la felicidad.

Por encima de cualquier otra cosa, el Padre Celestial desea nuestra felicidad verdadera y perdurable.

“Nuestra felicidad constituye el designio de todas las bendiciones que Él nos da: las enseñanzas del Evangelio, los mandamientos, las ordenanzas del sacerdocio, las relaciones familiares, los profetas, los templos, las bellezas de la creación e inclusive la oportunidad de experimentar la adversidad… Él envió a Su Hijo Amado para llevar a cabo la Expiación a fin de que seamos felices en esta tierra y recibamos una plenitud de gozo en las eternidades”1.

Las personas de todas partes se hallan en busca de algo. A su propia manera, lo que en verdad buscan es la felicidad. No obstante, tal y como sucede con la verdad, muchas no la encuentran “porque no saben dónde hallarla” (D. y C. 123:12).

Puesto que no saben dónde hallar la felicidad verdadera y perdurable, la buscan en cosas que en realidad solo proporcionan satisfacción pasajera: comprar cosas, procurar la gloria y la alabanza del mundo mediante conductas inapropiadas, o centrarse en la belleza y el atractivo físicos.

Con frecuencia se confunde la satisfacción con la felicidad. Parece que cuanto más buscan las personas el placer pasajero, menos felices llegan a ser. Por lo general, la satisfacción dura un breve tiempo.

Tal como dijo el presidente David O. McKay (1873–1970): “Tal vez puedan tener esa satisfacción transitoria, sí, pero no podrán hallar gozo; no podrán hallar felicidad. La felicidad se halla solo al recorrer aquel sendero bien hollado, que es angosto, aunque recto, el cual conduce a la vida eterna”2.

Desafortunadamente para muchos, la felicidad es escurridiza. Los científicos saben que “más que un mero estado de ánimo positivo, la felicidad es un estado de bienestar que incluye llevar una buena vida; es decir, una vida que tenga una sensación de sentido y una honda satisfacción”3.

Existen estudios que demuestran que la felicidad no es el resultado de pasar de una experiencia a la siguiente; más bien, lograr la verdadera felicidad, por lo general, requiere un esfuerzo sostenido por un largo tiempo en pos de algo más importante en la vida. La felicidad la determinan los hábitos, las conductas y los patrones de pensamiento que podemos dirigir directamente mediante acciones intencionales. Gran parte de nuestra felicidad está, en efecto, “bajo control de cada persona”4.

Consideremos la importancia de algunas de las sendas a la felicidad que se hallan en las Escrituras y que han enseñado los profetas y apóstoles modernos. Dar pasos firmes y fieles en esas sendas nos permitirá disfrutar la felicidad en el camino que tenemos por delante.

La virtud

La primera de dichas sendas es la virtud, que es un modelo de pensamiento y conducta que se basa en normas morales elevadas. Abarca la castidad y la pureza moral, las cuales te harán merecedor de entrar en los santos templos del Señor. Las personas virtuosas poseen una apacible dignidad y fortaleza interior. Tienen confianza en sí mismas, puesto que son dignas de recibir el Espíritu Santo y de que Él las guíe. La virtud comienza en el corazón y en la mente, y es la acumulación de miles de pequeñas decisiones y acciones diarias.

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

“El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás” (D. y C. 121:45–46).

El presidente Thomas S. Monson (1927–2018) ha enseñado que “no hay amigo más valioso que su propia conciencia tranquila, su propia pureza moral, y ¡qué glorioso sentimiento es saber que están en el lugar señalado, limpios, y con la confianza de que son dignos de estar allí”5.

La rectitud

Segundo, otra senda a la felicidad es la rectitud. El élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó:

“Comprende que la felicidad perdurable proviene de lo que eres, y no de lo que tienes.

“El gozo verdadero procede de un carácter recto y este se edifica a partir de constantes decisiones rectas… Tus decisiones rectas determinan quién eres y lo que es importante para ti; además, te facilitan hacer lo bueno. Para lograr la felicidad ahora y durante toda tu vida, sé firme en obedecer al Señor”6.

Al estudiar las Escrituras, aprendemos que las promesas que el Señor nos hizo nos instan a vivir rectamente. Dichas promesas nos nutren el alma, dándonos esperanza al alentarnos a no rendirnos, incluso cuando afrontamos nuestros desafíos diarios propios de vivir en un mundo de valores éticos y morales en decadencia. Por lo tanto, tenemos que procurar que nuestros pensamientos, palabras y acciones nos conduzcan por la senda de regreso a nuestro Padre Celestial.

La fidelidad

Una tercera senda a la felicidad es la fidelidad. Es fundamental entender que Dios nos bendice de acuerdo con nuestra fe, la cual es el impulso a vivir con un propósito divino y una perspectiva eterna. La fe es un principio práctico que inspira diligencia; se manifiesta en nuestra actitud positiva y en nuestro deseo de hacer de buena gana todo lo que el Padre Celestial y Jesucristo nos piden; nos lleva a arrodillarnos para implorar guía al Señor, y nos alienta a levantarnos y actuar con confianza a fin de lograr aquello que está de acuerdo con Su voluntad.

Conforme sigas adelante en tu travesía, se te probará para ver si harás todas las cosas que el Señor tu Dios te mande (véase Abraham 3:25). Esto es parte de las experiencias de la vida terrenal. Requerirá que sigas adelante con firmeza en Cristo, siendo guiado por el Espíritu y confiando en que Dios proveerá para tus necesidades.

Recuerda que no debes titubear en tu fe, incluso en momentos de grandes dificultades. Conforme seas firme, el Señor aumentará tu capacidad de elevarte por encima de los desafíos de la vida. Se te facultará para dominar los impulsos negativos y adquirirás la capacidad de superar incluso los que parezcan ser obstáculos abrumadores.

La santidad

La santidad, otra senda a la felicidad, se relaciona con la perfección espiritual y moral. La santidad indica pureza de corazón y de intención. ¿Cómo podemos esforzarnos cada día para nutrirnos espiritualmente, de modo que podamos cultivar ese carácter divino?

El presidente Harold B. Lee (1899–1973) respondió: “Perfeccionamos nuestro ser espiritual mediante la práctica… Debemos ejercitar diariamente nuestro espíritu por medio de la oración, de realizar buenas obras, de compartir con los demás. Debemos alimentar a diario nuestro espíritu mediante el estudio de las Escrituras, la [noche de hogar], la asistencia a las reuniones, el participar de la Santa Cena…

“El hombre justo se esfuerza por superarse, sabiendo que todos los días tiene necesidad de arrepentirse”7.

Otro elemento importante de la santidad se relaciona con hacer y guardar convenios en el templo. Si somos fieles, dichos convenios pueden elevarnos más allá de los límites de nuestro poder y nuestra perspectiva. Podemos recibir todas las bendiciones que promete el evangelio de Jesucristo por medio de nuestra fidelidad a las ordenanzas y los convenios que hacemos ante el Padre Celestial y Jesucristo en el templo. Parte del modelo de vivir “de una manera feliz” incluye edificar un templo donde adorar y hacer convenios con el Señor (véase 2 Nefi 5:16, 27).

El punto clave de esta senda es que debemos estar muy atentos a cultivar la espiritualidad y a ser moralmente puros.

La obediencia

Guardar todos los mandamientos de Dios se relaciona con las otras sendas a la felicidad. Después que los nefitas se hubieron separado de los lamanitas, prosperaron en extremo conforme cumplieron con los juicios, estatutos y mandamientos “del Señor en todas las cosas, según la ley de Moisés” (2 Nefi 5:10). Ese modelo es otro elemento importante de vivir “de una manera feliz”.

El presidente Monson ha enseñado: “Si guardamos los mandamientos, nuestra vida será más feliz, más plena y menos complicada. Nuestros desafíos y problemas serán más fáciles de sobrellevar y recibiremos [las] bendiciones prometidas [de Dios]”8. Asimismo dijo: “El conocimiento que buscamos, las respuestas que añoramos, y la fortaleza que deseamos hoy en día para hacer frente a los desafíos de un mundo complejo y cambiante pueden ser nuestras si de buena gana obedecemos los mandamientos del Señor”9.

El Salvador nos exhorta:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos…

“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él” (Juan 14:15, 21).

El altruismo y el amor

La senda dorada a la felicidad es la del altruismo y del amor; un amor que muestra preocupación, interés y cierta medida de caridad por cada alma viviente. El amor es la ruta directa a la felicidad que enriquecerá y bendecirá nuestra vida y la vida de otras personas. Significa, tal como dijo el Salvador, que muestres amor incluso por tus enemigos (véase Mateo 5:44).

Al hacerlo, estarás cumpliendo el mandamiento mayor de amar a Dios. Te remontarás por encima de los malignos vientos que soplen, por encima de lo sórdido, lo contraproducente y lo amargo. La felicidad verdadera y perdurable llega solo cuando escogemos “[amar] al Señor [nuestro] Dios con todo [nuestro] corazón, y con toda [nuestra] alma y con toda [nuestra] mente” (véase Mateo 22:37; véanse también Deuteronomio 6:5Marcos 12:30Lucas 10:27).

Ruego que cada uno de nosotros pueda escoger amar al Señor y seguir Sus sendas a la felicidad, la cual es “el objeto y propósito de nuestra existencia”10.

Aprende lo que es la verdadera felicidad en lds.org/go/41849.

Notas

  1. “Felicidad”, Temas del Evangelio, org/topics?lang=spa&old=true.
  2. David O. McKay, en Conference Report, octubre de 1919, pág. 180.
  3. “Happiness”, Psychology Today,com/basics/happiness.
  4. “Happiness”, Psychology Today.
  5. Thomas S. Monson, “Ejemplos de rectitud”, Liahona,mayo de 2008, pág. 65.
  6. Véase Richard G. Scott, “Cómo tomar la decisión correcta”,Liahona,julio de 1995, pág. 36.
  7. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee,2001, págs. 195, 197.
  8. Véase Thomas S. Monson, “Guarden los mandamientos”,Liahona,noviembre de 2015, pág. 83.
  9. Thomas S. Monson, “La obediencia trae bendiciones”, Liahona,mayo de 2013, pág. 92.
  10. José Smith, en History of the Church,tomo V, pág. 134.

 

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La felicidad: Más que un estado de ánimo

La felicidad: Más que un estado de ánimo

Por Maryssa Dennis y Charlotte Larcabal
Revistas de la Iglesia
Liahona Abril 2018

Se nos enseña que tener gozo es el propósito de nuestra existencia (véase 2 Nefi 2:25); así que, ¿por qué la felicidad parece tan escurridiza en ocasiones? Tal vez sea porque no entendemos qué es en realidad la felicidad… y qué no es.

¿Qué es la felicidad?

En su definición más sencilla, la felicidad es la elevación temporal del estado mental a un nivel más intenso que el del equilibrio emocional habitual1. En otras palabras, significa sentirse bien.

Hay muchas maneras de provocar un aumento del nivel emocional —bromear con un amigo, participar de algún juego divertido o incluso comer un trozo de pastel— aunque nunca perdura mucho tiempo. Con frecuencia, terminamos brincando de una fuente de satisfacción a otra en un intento por recapturar dicha intensidad emocional. Pero, ¿no existe ninguna felicidad que perdure?

Sí, aunque es mucho más sutil de lo que pensamos, lo cual explica por qué a menudo erramos y no damos en el blanco. El mundo nos dice que una vida que vale la pena debe estar llena de aventuras, que tus días deben ser una constante montaña rusa de emociones que recorre un camino sencillo colmado de satisfacciones. No obstante, la verdad es que no se necesita sentir un gran entusiasmo constantemente a fin de vivir “de una manera feliz” (2 Nefi 5:27). La felicidad duradera —aquello que podríamos llamar la verdaderafelicidad— es, más bien, un sentimiento calmo y constante de bienestar, en lugar de una obvia sensación de euforia. La diversión y el placer se desvanecen, pero la verdadera felicidad no es un estado de ánimo pasajero, dura mucho más tiempo. Mientras que experimentar satisfacción eleva las emociones por encima del equilibrio, lograr la verdadera felicidad es como elevar el equilibrio en sí mismo2.

Podríamos pensar que la felicidad estable requiere constante prosperidad y falta de dolor o pruebas. No obstante, hay estudios que indican que las circunstancias favorables no garantizan la felicidad y que las desfavorables no la impiden. Antes bien, entre todos los factores que influyen en la felicidad propia, nuestras decisiones ejercen la máxima influencia3. El élder Ulisses Soares, de la Presidencia de los Setenta, enseñó: “La felicidad está determinada por los hábitos, las conductas y los patrones de pensamiento que podemos dirigir directamente mediante acciones intencionales”. La felicidad es más que solo un buen estado de ánimo o una vida libre de preocupaciones; se trata de una manera de pensar y de vivir que podemos controlar. Es cierto que nuestra genética y nuestra crianza influyen en los niveles generales del estado de ánimo, pero nuestras decisiones personales desempeñan un papel importante. En pocas palabras, “la felicidad es una decisión que cualquier persona puede tomar”4.

¿Cómo puedo ser feliz?

¿De qué modo específico “decidimos” ser felices? ¿Cuál es el ingrediente secreto de nuestro pastel de la felicidad? Tal como explicó el élder Soares, la verdadera felicidad requiere “un esfuerzo sostenido por un largo tiempo en pos de algo más importante en la vida”. De manera semejante, Viktor Frankl, un conocido psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, afirmó que la felicidad es el “efecto secundario de una dedicación personal a una causa mayor que uno mismo”5.

¿Y qué causa podría ser mayor que la que el único Dios ha dispuesto para nosotros? En nuestra búsqueda de la felicidad, no tenemos que buscar fuera del plan del Padre Celestial. Después de todo, ¡por algo se llama el “plan de felicidad”! Alma 42:8, 16. Pasaje tras pasaje de las Escrituras testifica que seguir el plan de Dios brinda felicidad (véanse 2 Nefi 2:13Helamán 13:38). Aunque llevar una vida recta no nos salvará de todo pesar, nos colocará en una posición en la cual seremos más capaces de experimentar la felicidad en esta vida, y conducirá a nuestra exaltación y gozo eterno en el mundo venidero.

De forma muy semejante a lo que sucede con la fe, la felicidad puede debilitarse o fortalecerse, según nuestras acciones. Si dedicamos nuestro tiempo a procurar el regocijo momentáneo, nuestra felicidad será “[llevada] por doquiera de todo viento” (véase Efesios 4:14). Sin embargo, si nos esforzamos por vivir de manera recta, cultivaremos un sentimiento constante e interior de paz y bienestar que puede capear cualquier tempestad. Y cuando se da prioridad a la fe por encima de la diversión, podemos descubrir el verdadero gozo; la clase de gozo que solo puede hallar “el que verdaderamente se arrepiente y humildemente busca la felicidad” (Alma 27:18).

¿Qué puedo hacer?

Hacer un esfuerzo diario y concienzudo por centrarse en el Salvador. Leer las Escrituras, orar al Padre Celestial y tomar la Santa Cena con detenimiento todas las semanas. Servir a quienes estén a nuestro alrededor y mostrar gratitud por nuestras bendiciones. Al colmar nuestra vida de significado y darnos razones a nosotros mismos para ser felices, la felicidad llegará.

Para conocer más

Véanse más consejos sobre cómo embarcarse en el viaje a la verdadera felicidad en el artículo de Liahona “Las sendas a la verdadera felicidad”.

Notas

  1. Véase Carolyn Gregoire, “This Is Scientific Proof That Happiness Is a Choice”, HuffPost, 13 de diciembre de 2013, huffingtonpost.com/2013/12/09/scientific-proof-that-you_n_4384433.html.
  2. Véase Alex Lickerman, “How to Reset Your Happiness Set Point”, Pyschology Today, 21 de abril de 2013, psychologytoday.com/blog/happiness-in-world/201304/how-reset-your-happiness-set-point.
  3. Véase Michael Mendelsohn, “Positive Psychology: The Science of Happiness”, ABC News, 11 de enero de 2008, abcnews.go.com/Health/story?id=4115033&page=1.
  4. Carolyn Gregoire, “This Is Scientific Proof That Happiness Is a Choice”.
  5. Viktor E. Frankl, Man’s Search for Meaning, 1984, pág. 17.

 

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Oración: La clave del testimonio y de la Restauración

Oración: La clave del testimonio y de la Restauración

Por el élder Robert D. Hales (1932–2017)
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Tomado de un discurso de la Conferencia General de octubre de 2003.
Liahona Abril 2018

Sigan el ejemplo de José Smith y el modelo de la Restauración. Escudriñen las Escrituras, arrodíllense en oración, pidan con fe, escuchen al Espíritu Santo.

Como líderes de la Iglesia, a menudo nos preguntan: “¿Cómo recibo un testimonio del evangelio restaurado de Jesucristo?”.

Para obtener un testimonio y llegar a ser un converso, se empieza con el estudio y la oración, luego se vive el Evangelio con paciencia y persistencia, se invita al Espíritu y se confía en Él. La vida de José Smith y el modelo de la Restauración son ejemplos excelentes de este proceso. A medida que [comparto] con ustedes… los acontecimientos de la Restauración, busquen los pasos que conducen al testimonio…

Gran confusión

José Smith nació el 23 de diciembre de 1805 en Sharon, Vermont, EE. UU. Nació en una familia que oraba y estudiaba la Biblia. En su juventud, se interesó en la religión y se dio cuenta de que había una “gran confusión” en cuanto a las doctrinas de Cristo, con “sacerdote contendiendo con sacerdote, y converso con converso” (José Smith—Historia 1:6).

Aquella confusión… [había comenzado] siglos antes, en lo que se ha denominado la Gran Apostasía. El día de Cristo “no vendrá”, dijo el apóstol Pablo, “sin que antes venga la apostasía” (2 Tesalonicenses 2:3).

Pocas décadas después de la resurrección de Cristo, Sus apóstoles fueron muertos, Sus enseñanzas fueron corrompidas y el sacerdocio fue quitado de la tierra; pero Pablo, al ver nuestro día, profetizó que “en la dispensación del cumplimiento de los tiempos [Dios reuniría] todas las cosas en Cristo” (Efesios 1:10) y que Él restauraría una vez más sobre la tierra la verdadera Iglesia de Cristo…

José encuentra una respuesta

José Smith, a los catorce años de edad, se encontró en medio de un “tumulto de opiniones [religiosas]”. A menudo se preguntaba: “Si [una de estas iglesias] es verdadera, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?” (José Smith—Historia 1:10).

José recurrió a la Biblia para encontrar respuestas: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría”, leyó en la epístola de Santiago, “pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).

Detalle de Los deseos de mi corazón II, por Walter Rane

Siguiendo la instrucción de Santiago, José se dirigió a una arboleda cerca de su casa y oró. Al invocar a Dios, “una columna de luz… descendió”, más brillante que el sol del mediodía, y aparecieron “dos Personajes”. “Uno de Ellos [le] habló, [llamándole] por [su] nombre y dijo, señalando al otro: Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:16–17).

Dios el Padre y Su Hijo, Jesucristo, conversaron con José y Ellos dieron respuesta a su pregunta. Le enseñaron que la verdadera Iglesia de Cristo había sido quitada de la tierra. José aprendió que esos integrantes de la Trinidad eran seres separados y distintos, que Ellos lo conocían por nombre y que deseaban contestar sus oraciones. Los cielos se habían abierto, la noche de la apostasía se había acabado y la luz del Evangelio comenzaba a brillar.

Al igual que José, muchos de nosotros buscamos la luz de la verdad… Al igual que José, debemos escudriñar las Escrituras y orar… ser humildes y aprender a ejercer la fe.

Moroni y las planchas de oro

Durante los tres años que siguieron a la Primera Visión, José dijo: “… solía sentirme censurado a causa de mis debilidades e imperfecciones”, pero nunca perdió la fe ni se olvidó del poder de la oración.

El 21 de septiembre de 1823, a los diecisiete años de edad, [José] se arrodilló para pedir “perdón de todos [sus] pecados”… y para saber “de [su] condición y posición ante [Dios]” (véase José Smith—Historia 1:29). Al orar… apareció una luz que fue aumentando “hasta que la habitación quedó más iluminada que al mediodía” (versículo 30). En aquella luz había un personaje vestido con una túnica de “blancura exquisita” (versículo 31). Llamó a José por su nombre y se presentó como Moroni; le dijo “que Dios tenía una obra para [él]”, y le habló de un antiguo registro “escrito sobre planchas de oro” que, una vez traducido, llegó a ser el Libro de Mormón; que el libro contenía un registro de la plenitud del Evangelio (véanse los versículos 33–34)… A José se le dieron instrucciones para que obtuviera el registro… enterrado cerca [del] cerro… Cumorah.

Al día siguiente, José encontró las planchas, pero no había llegado el momento de sacarlas a la luz. Moroni le pidió a José que se reuniera con él allí el mismo día, cada año, durante los siguientes cuatro años (véanse los versículos 52–53). José obedeció y acudió cada año al cerro, donde Moroni le dio “instrucciones” (versículo 54) con respecto a la restauración de la Iglesia de Cristo…

José recibió las planchas el 22 de septiembre de 1827, a los veintiún años de edad. También recibió un antiguo instrumento para traducirlas, llamado Urim y Tumim. Con aquellos sagrados intérpretes, junto con el Espíritu Santo, José comenzó la obra de traducción…

Se despliega la Restauración

A los veintitrés años de edad, José se encontraba traduciendo las planchas cuando él y [su escriba], Oliver [Cowdery], llegaron a un pasaje que hablaba del bautismo para la remisión de los pecados… [y] tuvieron deseos de saber más. José sabía lo que tenía que hacer.

El 15 de mayo de 1829, [José y Oliver] se retiraron al bosque para preguntar al Señor y, mientras oraban, Juan el Bautista apareció en una “nube de luz” (José Smith—Historia 1:68); él… había bautizado al Salvador en vida y tenía las llaves del sacerdocio necesarias para llevar a cabo esa ordenanza por medio de la autoridad de Dios…

Juan… impuso las manos [sobre la cabeza de José y Oliver] y confirió el Sacerdocio Aarónico sobre [cada uno de] ellos (véanse D. y C. 13José Smith—Historia 1:68–69)… A finales de mayo o principios de junio de 1829, los apóstoles Pedro, Santiago y Juan confirieron a José y a Oliver el Sacerdocio de Melquisedec, o sacerdocio mayor.

La restauración del Sacerdocio de Melquisedec, por Walter Rane

La traducción del Libro de Mormón se terminó también aquel mes de junio y el libro se publicó… el 26 de marzo de 1830… Días después…, el 6 de abril, la Iglesia se organizó formalmente… Tal como profetizó Pablo, la antigua Iglesia de Cristo volvía a ser establecida sobre la tierra.

Pero la obra de la Restauración no había terminado… [El Templo de Kirtland, el primer templo construido en esta dispensación]… fue dedicado el 27 de marzo de 1836. Una semana después, el 3 de abril, se llevó a cabo una reunión allí. Después de una solemne y silenciosa oración, el Señor Jesucristo [se apareció a José y Oliver]… Moisés, Elías y Elías el Profeta aparecieron también [en el Templo de Kirtland] y le entregaron a José [las llaves del sacerdocio] (véase D. y C. 110).

Detalle de Jesucristo aparece al profeta José Smith y a Oliver Cowdery, por Walter Rane

Un modelo que podemos seguir

Hermanos y hermanas, ¿podemos ver el modelo? Cada uno de los principales acontecimientos de la Restauración —la Primera Visión, la aparición de Moroni y la salida a la luz del Libro de Mormón, la restauración del sacerdocio y la aparición de Jesucristo [en] Su santo templo— fueron precedidos por la oración…

[Muchas veces] he sentido el innegable testimonio del Espíritu de Dios, como un fuego ardiendo en mi corazón, de que el Evangelio restaurado es verdadero… [Si no saben estas cosas por ustedes mismos] permítanme sugerirles que acepten la invitación que extendió Moroni en el Libro de Mormón: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo; y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:4–5)…

Sigan el ejemplo de José Smith y el modelo de la Restauración. Acudan a las Escrituras, arrodíllense en oración, pidan con fe, escuchen al Espíritu Santo… y, en el nombre de Jesucristo, prometo que si “pedís [al Padre Celestial] con fe, creyendo que recibiréis, guardando diligentemente [los] mandamientos [del Señor], de seguro os serán manifestadas estas cosas” (1 Nefi 15:11).

 

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La jornada final y solitaria del Salvador

La jornada final y solitaria del Salvador

Por Chakell Wardleigh
Revistas de la Iglesia
Liahona Abril 2018

A lo largo de Su vida terrenal, el Salvador experimentó muchas jornadas: Su jornada al salir de Belén a Egipto cuando era un bebé, Su jornada de 40 días por el desierto, Sus muchas jornadas a ciudades, pueblos y hogares para enseñar, sanar y bendecir durante Su ministerio, y muchas otras. Sin embargo, hay una jornada que el Salvador tuvo que afrontar solo, una que solo Él podía soportar.

“El domingo de Pascua de Resurrección celebramos el acontecimiento más anticipado y glorioso de la historia del mundo.

“Es el día que lo cambió todo.
“Ese día, mi vida cambió,
“la vida de ustedes cambió;
“el destino de todos los hijos de Dios cambió”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “El don de la gracia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 107.

Sufrimiento incomparable

“… Ninguna mente mortal puede concebir la plena importancia de lo que Cristo hizo en Getsemaní.

“Sabemos que sudó grandes gotas de sangre de cada poro mientras bebía las heces de aquella amarga copa que Su Padre le había dado.

“Sabemos que sufrió, tanto en cuerpo como en espíritu, más de lo que a un hombre le es posible sufrir, con excepción de la muerte.

“Sabemos que de alguna manera, incomprensible para nosotros, ese sufrimiento satisfizo las exigencias de la justicia, rescató las almas penitentes de los dolores y los castigos del pecado, y puso la misericordia al alcance de aquellos que creyeran en Su santo nombre.

“Sabemos que quedó postrado en el suelo a causa de los dolores y de la agonía de una carga infinita que lo hicieron temblar y desear no tener que beber la amarga copa”.

Véase élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Cuórum de los Doce Apóstoles, “El poder purificador de Getsemaní”, Liahona,julio de 1985, pág. 9.

Aplicación personal: Aunque no siempre nos demos cuenta, el Salvador sufrió todas las formas de dolor durante la Expiación. Él entiende todos los dolores físicos, desde un hueso roto hasta la enfermedad crónica más grave; Él sintió la oscuridad y la desesperación de dolencias mentales como la depresión, la ansiedad, la adicción, la soledad y el dolor, y sintió cada herida espiritual porque tomó sobre Sí todos los pecados de la humanidad.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “En un momento de debilidad quizá clamemos: ‘Nadie sabe lo que se siente; nadie entiende’. Pero el Hijo de Dios sabe y entiende perfectamente, ya que Él ha sentido y llevado las cargas de cada uno” (“Soportar sus cargas con facilidad”, Liahona, mayo de 2014, pág. 90).

Él era el único capaz

“Lo que hizo solamente lo podía hacer un Dios. Como el Hijo Unigénito del Padre en la carne, Jesús heredó atributos divinos. Fue la única persona nacida en este mundo que pudo realizar ese acto tan importante y divino. Siendo el único hombre sin pecado que haya vivido en la tierra, no estaba sujeto a la muerte espiritual. A causa de Su divinidad, también tenía poder sobre la muerte física. Así hizo por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos. Rompió las frías ligaduras de la muerte. Hizo posible que tuviéramos el sereno consuelo del don del Espíritu Santo”.

Véase presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “La Expiación: nuestra mayor esperanza”, Liahona, enero de 2002, pág. 20.

Aplicación personal: Por medio de Su expiación, el Salvador soltó las cadenas de la muerte y nos redimió a todos de nuestros pecados para que toda persona tuviese vida eterna. Él era el único capaz de llevar a cabo una tarea tan sobrecogedora e imposible. Cuando nos enfrentamos a serios desafíos, nos consuela saber que el Salvador en realidad puede hacer posible lo imposible.

No se volvió atrás

“… En un cerro llamado Calvario, mientras los seguidores lo miraban impotentes, Su cuerpo herido fue clavado en la cruz. Sin piedad, se burlaron de Él, lo maldijeron y lo escarnecieron…

“Las agonizantes horas pasaron mientras Su vida se consumía; y de Sus labios resecos procedieron las palabras: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró’…

“A último momento, el Maestro podría haberse vuelto atrás; pero no lo hizo. Descendió debajo de todo para salvar todas las cosas. Después, Su cuerpo inerte fue puesto rápida y cuidadosamente en un sepulcro prestado”.

Véase presidente Thomas S. Monson (1927–2018), “¡Ha resucitado!”, Liahona, mayo de 2010, págs. 88–89.

Aplicación personal: Sufrió dolor agonizante, soledad y desesperación, pero aún así el Salvador soportó y terminó Su jornada mortal con gracia, incluso suplicándole a Su Padre que perdonara a aquellos que lo crucificaron. A causa de Su ejemplo perfecto, podemos enfrentar nuestras propias pruebas y dificultades con gracia, y con Su ayuda podemos perseverar también hasta el fin.

Los muchos testigos de Su resurrección

“… Yo creo en los muchos testigos de la resurrección del Salvador, cuyas experiencias y testimonios se encuentran en el Nuevo Testamento: Pedro y sus compañeros de los Doce, y la querida y pura María de Magdala, entre otros. Creo en los testimonios que se hallan en el Libro de Mormón: el de Nefi, el apóstol, junto con la multitud en la tierra de Abundancia, entre otros. Creo en el testimonio de José Smith y Sidney Rigdon, quienes, después de muchos otros testimonios, proclamaron el gran testimonio de esta última dispensación: ‘¡Que vive! Porque lo vimos’. Bajo la mirada del ojo de Dios, que todo lo ve, me levanto yo mismo como testigo de que Jesús de Nazaret es el Redentor resucitado, y yo testifico de todo lo que se desprende del hecho de Su resurrección. Que ustedes reciban la convicción y el consuelo de este mismo testimonio”.

Élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “La resurrección de Jesucristo”, Liahona, mayo de 2014, pág. 114.

Aplicación personal: Aunque no nos encontrábamos entre aquellos que vieron el cuerpo resucitado y perfeccionado del Redentor, aún podemos ser testigos de Él en la actualidad. Él siempre puede ser el centro de nuestra vida, sin importar la hora o el lugar en que nos encontremos. Cada vez que ofrecemos nuestro corazón y nuestras manos para servir a los demás; demostramos gentileza, bondad y respeto a todos; defendemos la verdad y compartimos nuestro testimonio del Evangelio, somos verdaderos testigos de Jesucristo.

No tenemos que caminar solos

“… Uno de los grandes consuelos de esta época de Pascua de Resurrección es que debido a que Jesús caminó totalmente solo por el largo y solitario sendero, nosotros no tenemos que hacerlo. Su solitaria jornada proporciona una compañía excelente para nuestra pequeña versión de ese sendero: el misericordioso cuidado de nuestro Padre Celestial, la infalible compañía de este Hijo Amado, el excelente don del Espíritu Santo, los ángeles del cielo, familiares a ambos lados del velo, profetas y apóstoles, maestros, líderes y amigos. Se nos han dado todos estos compañeros y más para nuestra jornada terrenal por medio de la expiación de Jesucristo y de la restauración de Su evangelio. La verdad que se pregonó desde la cima del Calvario es que nunca estaremos solos ni sin ayuda, aunque a veces pensemos que lo estamos…

“Ruego que… siempre permanezcamos al lado de Jesucristo ‘en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que [estemos], aun hasta la muerte’, porque ciertamente así es como Él permaneció a nuestro lado, aun hasta la muerte y cuando tuvo que estar total y definitivamente solo”.

Élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “Nadie estuvo con Él”, Liahona, mayo de 2009, pág. 88.

Aplicación personal: En esta Pascua de Resurrección, recuerda la jornada final y solitaria del Salvador. Él sacrificó todo lo que tenía para que tú y toda persona en la tierra puedan llegar a ser puros y tener vida eterna. Aprende de Su ejemplo perfecto; consérvalo en tus pensamientos y en tu corazón, y siempre ten presente que nunca estás solo. A causa de que Él soportó su jornada final en total y absoluta soledad, Él no te abandonará. Su amor por ti es infinito e inmutable, y Él está listo para brindarte paz, consuelo y esperanza a medida que continúas tu propia jornada. Su don de la Expiación es eterno, y se te concedió a ti.

Mira cómo la pascua nos ayuda a entender la Pascua de Resurrección en lds.org/go/41817.

 

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Los hilos más sutiles

Los hilos más sutiles

por el presidente David O. McKay

Quienes son esos pequeños seres que vienen a ale­grar el corazón de un hombre y su esposa y los convierten en padres? Más de una vez he usado la definición: “Un niño es un tierno broto de humanidad, que cae de la casa de Dios para florecer aquí en la tierra.”

Hay muchos factores que influyen en el niño, pero en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el primero es el hogar. El Señor ha dado grandes responsa­bilidades a los padres. Oigamos una vez más lo que nos dice:

«. . . Si hubiere en Sión, o en cualquiera de sus estacas organizadas, padres que tuvieren hijos, y no les enseñaren a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, cuando éstos tuvieren ocho años de edad, el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres.» (Doc. y Con. 68:25.)

Confío en que todos los padres ya lo estén haciendo, pero hay aún más oportunidades para mejorar esta ense­ñanza. El nuevo plan para la noche de hogar que ha comen­zado este año, ayudará a los padres a llevar a cabo su función de una mejor manera.

Haced de cada hora, de cada momento que pasáis junto a vuestra familia un instante verdadera­mente precioso. Vuestro ejemplo a los niños será mucho más eficaz que vuestras enseñan­zas. De vuestros hogares saldrán los futuros líderes de la Iglesia y del gobierno.

Hay hilos muy sutiles que influyen en la vida de un bebé, de un niño. Al llegar a la adolescencia esos hilos se hacen cuerdas y más tarde en la vida, cadenas—las cadenas de los hábitos.

Son muchas las fuerzas que están tirando esos hilos al niño—el hogar, la escuela, los amigos y la sociedad. Hay miles de personas que trabajan hoy día para tratar de orientar la influencia de la escuela, los amigos, la so­ciedad y los negocios, en la vida del niño, para que éste pueda ir por la senda del bien. Todas estas fuerzas son ajenas al hogar.

Pero el agente principal y más importante en el desarrollo del niño es la familia. “El hogar virtuoso es la base de todo progreso na­cional.”

“El poder de una nación, especialmente de una nación republicana—dijo un escritor— está en los hogares inteligentes y ordenados.”

“No hay lugar como el hogar para conver­tir niños en hombres y niñas en mujeres.”

¿Cuál es la influencia del hogar en el niño? Primeramente quiero mencionar el aspecto físico. Su seguridad física depende de la pro­tección que le otorgue su familia. Un buen hogar incluye un amplio conocimiento por parte de los padres, y especialmente de la ma­dre, del cuidado físico, nutrición conveniente, higiene, prevención de enfermedades, vesti­menta adecuada, comida limpia, aire fresco y protección contra accidentes. Un buen hogar inculcará en los niños hábitos saludables me­diante la instrucción y el ejemplo en comer, dormir y práctica de deportes. No necesito explayarme en destacar las condiciones funda­mentales de un buen hogar; si tenéis casas ventiladas adecuadamente, y si sabéis qué clase de comida estáis dando a vuestros hijos, estáis entonces, contribuyendo a la salud y la felicidad del hogar.

Como segunda influencia quiero mencionar la oportunidad de una buena educación. Los padres deben dirigir a sus hijos en su desarro­llo cultural y estar dispuestos a contestar sus preguntas. Si vuestros hijos hacen preguntas, están agregando felicidad a vuestra vida. Los niños cuyos padres pueden dejar sus trabajos de vez en cuando y alienarlos con juegos constructivos o pa­sar algunas horas con ellos estudiando la naturaleza, se pueden llamar muy afortunados. ¿Quién puede valorar la asociación de un niño con su madre ―un niño que contempla una puesta de sol, las bellezas de la naturaleza, y que ve los blancos copos de nieve que cubren las montañas, a través de los ojos de su padre o de su madre? Más tarde en su vida, al ob­servar estas cosas siempre recordará a sus padres. Estas son las cuerdas que conducen a la juventud por los senderos de la ternura y la humanidad.

Inculcad en la vida de vuestros hijos nobleza de sentimientos que los conduzca a amar lo bello, lo genuino, lo virtuoso, y que también instintivamente se aparten de lo malo, lo falso y lo vil.

El aspecto cultural y físico es muy importante, pero lo he mencionado con el fin de conduciros a lo que yo considero el aspecto más importante, aun­que es el más abstracto. Me estoy refiriendo a la influencia personal del hogar. El factor que más influye en la vida de un niño es el conjunto de per­sonalidades que existen dentro del grupo familiar.

¿Quién puede medir la influencia del hogar? La salud es importante, y el cuidado físico y cultural también, pero no hay nada de tanto valor como ese conjunto de influencias familiares centradas especial­mente en la madre. Si solamente logramos implan­tar en nuestro hogar el espíritu del evangelio—hacer que nuestros hijos sientan verdadero amor hacia los padres y hermanos y que a través de la madre com­prendan y amen el evangelio—nuestros problemas estarán solucionados.

Dios nos ayude a enseñar en nuestros hoga­res, en el mayor grado posible, los ideales de Cristo. Y para practicarlo hagamos que nuestros hijos se arrodillen con nosotros más frecuentemente. Esto es realmente algo muy práctico. Que por medio de la oración familiar, los padres y los hijos se acerquen más a Dios. Hablemos con frecuencia del evangelio, motivemos y contestemos preguntas al respecto. Cumplamos siempre con los mandamientos que Dios ha dado a sus hijos en esta dispensación. Especial­mente el que se menciona en la escritura que hemos citado antes: “. . . Si hubiere en Sión, o en cual­quiera de sus estacas organizadas, padres que tuvie­ren hijos, y no les enseñaren a comprender la doctri­na del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, cuando éstos tu­vieren ocho años de edad, el pecado recaerá sobre las cabezas de los padres.” (Ibid.)

El Señor bendiga los hogares de todos los Santos de los Últimos Días.

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Oración dedicatoria del Templo de Oakland

Oración dedicatoria del Templo de Oakland

por el presidente David O. McKay
Liahona Febrero 1965

OH Dios Padre Eterno, Creador de los cielos, de la tierra y de todas las cosas que hay en ella, un grupo de tus hijos estamos reunidos en este sa­grado servicio, con nuestros corazones llenos de gra­titud por todas tus bendiciones.

Estamos agradecidos por el conocimiento que te­nemos acerca de nuestra relación contigo, que Tú eres nuestro Padre Celestial, a quien podemos recu­rrir en busca de inspiración y guía en nuestros mo­mentos de tribulaciones y congojas, con nuestros corazones llenos de esperanza y anhelos, como lo hacemos con nuestros padres terrenales.

Ayúdanos a librar nuestras mentes de los malos pensamientos y nuestras almas del egoísmo y la en­vidia, que podamos unimos en un espíritu de since­ridad y verdad con el sólo propósito de amarte, amar­nos unos a otros y ser sinceros con toda la gente del mundo.

Padre, sea tu Espíritu un guía mientras este­mos reunidos en este servicio, que la vía de co­municación entre Ti y nosotros sea abierta para que podamos sentir que realmente estamos participando de tu divino Espíritu.

Perdona nuestras debilidades y flaquezas y per­mite que nos presentemos ante ti con corazones sin­ceros y vidas puras, y que todo lo que hagamos en este día sea de acuerdo con tu voluntad y tus deseos.

Estamos agradecidos porque enviaste a tu amado Hijo para revelar al mundo tu existencia y señalar el camino, para que la humanidad pueda volver a tu presencia como hijos e hijas tuyos.

Estamos agradecidos también porque después de la época de oscuridad, cuando la Luz de la Verdad estaba oculto, restauraste el evangelio en esta dispensación revelándote en unión de Jesucristo, al pro­feta José Smith y declarándole: “Este es mi Hijo Amado, escúchalo”. Gracias por el mensaje que él declaró al mundo: que Tú vives, que escuchas y con­testas las oraciones de los hombres, que Jesucristo es el Salvador del mundo, y que por medio de Él la muerte ha sido vencida y el hombre está libre de ella.

Estamos agradecidos porque bajo tu guía e ins­piración la Iglesia de Jesucristo fue restaurada en su plenitud y está dando la oportunidad a todo hom­bre, mujer y niño, de servir a la humanidad en una manera correcta. No hay palabras para expresar nuestra gratitud por su influencia en el mundo ac­tual, y te suplicamos, oh Padre, que continúes ex­tendiendo dicha influencia para que pronto pueda ser establecida la paz sobre la tierra.

Estamos agradecidos porque después de tu glo­riosa revelación al profeta José Smith, restauraste por medio de mensajeros celestiales los sacerdocios Aarónico y de Melquisedec, y también todas las lla­ves del sacerdocio que tuvieron tus profetas desde la época de Adán a través de Abrahán y Moisés hasta Malaquías, que poseía el poder para: “. . . volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres… hasta la última generación. Por esta plena y estable restau­ración de tu autoridad te expresamos nuestra grati­tud y loamos tu Santo Nombre en este día.

Gracias por este continente de América “tierra escogida sobre todas las demás”, por la libertad con­cedida por la Constitución de los Estados Unidos, que garantiza a cada hombre el derecho de adorarte de acuerdo con los dictados de su propia conciencia, y que hizo posible el establecimiento de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Padre, haz que la gente del país no te olvide. Ayúdanos a comprender la grandeza de nuestra patria. Gracias por el derecho que tenemos de votar y por la libertad para reunimos legislativamente para aclarar y discu­tir problemas sin miedo o coerción de dictadores, policías secretos o campos de concentración. Ayuda a la humanidad a lograr un entendimiento más claro de que el gobierno existe para proteger al individuo —y no el individuo al gobierno.

Te suplicamos por este país. Bendice al presi­dente de los Estados Unidos, que tenga la inteligen­cia suficiente para salvar tanto a esta nación como al mundo de una guerra devastadora. Y ayuda a sus colaboradores; que sean guiados e iluminados por tu Espíritu para que mantengan y sostengan el glo­rioso principio de la libertad humana.

Te damos gracias por los hombres que has elegido para que guíen tu Iglesia, desde el profeta José Smith, su hermano Hyrum, sus colaboradores así co­mo sus sucesores, a través de los años hasta las Autoridades Generales actuales—la Primera Presi­dencia, el Consejo de los Doce, los Ayudantes de los Doce, el Patriarca de la Iglesia, el Primer Consejo de los Setenta y el Obispado Presidente. Dótalos rica­mente de tu Espíritu, para que bajo su guía, el evan­gelio pueda ser difundido por todas las naciones de la tierra.

Bendice con salud y sabiduría a éste, tu siervo, a quien has llamado para dirigir tu Iglesia en estos días. Continúa revelándole tu deseo y voluntad en lo que concierne al crecimiento y avance de tu obra entre los hijos de los hombres. Bendice a sus consejeros. Une a la Primera Presidencia por el Espíritu y po­der de Dios en todos sus trabajos, y que con cada pensamiento, palabra y acción glorifique tu nombre. Aquí en esta sagrada casa, con humildad y profunda gratitud, reconocemos tu divina guía e inspiración. Ayúdanos a magnificar nuestros llamamientos y a predicar a todos la palabra de libertad que contiene el evangelio. Porque la verdad significa libertad y da a todos el derecho de adorar, obrar y servir. Ayú­danos para que nunca olvidemos el significado de estas bendiciones.

Bendice a las presidencias de estaca, sumos con­sejos, obispos de los barrios, presidencias de ramas, presidencias de los quórumes de los sacerdocios Aarónico y de Melquisedec, presidentes y superintenden­tes de las organizaciones auxiliares de todo el mundo. Guíalos para sean capaces de cumplir con las res­ponsabilidades que se les han dado. Te suplicamos que mantengas a los oficiales de los quórumes y de­más organizaciones auxiliares unidos, que sean “uno” como Tú y tu Hijo son Uno, porque la unidad es un principio básico del evangelio de Jesucristo.

Te rogamos que no olvides a tus siervos que pre­siden las misiones en todo el mundo, a los misio­neros que han salido a proclamar al mundo la restau­ración del evangelio y el plan de salvación. Protégelos de todo mal y bendícelos con los dones y poderes propios de su ministerio. Bendice a sus familias con paz y comodidad.

Estamos agradecidos porque Tú inspiraste al pro­feta Brigham Young para que profetizara a los santos que vinieron por el Cabo de Hornos, bajo la dirección de Samuel Brannan en 1847, que “vendrá el tiempo cuando las costas del Pacífico, podrán ser vistas des­de el Templo del Señor”, y más tarde, en 1924, al élder George Albert Smith del Consejo de los Doce, que declaró que algún día “un Templo se levantaría en las colinas de la Bahía del Este, un Templo que serviría de faro a los barcos de todas las naciones del mundo que cruzaran la bahía de San Francisco”. Estamos agradecidos también por los hombres que fueron nombrados en 1934 para buscar un sitio y que eligieron este glorioso lugar donde hoy se levanta el templo. Estamos agradecidos que por intermedio de tu divina inspiración el sitio quedara a nuestra dis­posición y que tu siervo, el presidente Heber J. Grant, autorizara su compra, y que finalmente en 1961 se decidiera la construcción del templo.

Estamos especialmente agradecidos, oh Padre Celestial, por el comité de las presidencias de estaca quienes tuvieron a su cargo la organización y cons­trucción del templo. Bendícelos por su devoción y servicio desinteresado.

Este templo, el decimoquinto que ha sido erigido a tu Santo Nombre, es un monumento que testifica la fe y lealtad de los miembros de tu Iglesia en el pago de sus diezmos y ofrendas. Estamos agradeci­dos que los miembros de la Iglesia reconocen que el pago de los diezmos y ofrendas trae bendiciones y hace posible el cumplimiento de tus propósitos a tra­vés de la construcción de capillas, tabernáculos y templos dondequiera que la Iglesia esté organizada.

Invocamos tus bendiciones particularmente sobre los miembros que viven en el perímetro del templo, por su desinteresada y generosa colaboración, con­tribuyendo su tiempo y esfuerzo para terminar esta Sagrada Casa.

Estamos agradecidos por el espíritu de coopera­ción que ha influido en los hombres y mujeres de esta ciudad y pueblos circunvecinos, y la cooperación del Alcalde, del Consejo Municipal, de la Cámara de Comercio así como de todos aquellos que han tenido una visión de la importancia de este templo.

Agradecemos todo el esfuerzo hecho por los miembros, aun los niños, quienes dieron monedas desde diez centavos hasta un dólar, así como los mi­llonarios que dieron de sus miles. Acepta, oh Padre, desde la contribución de la viuda hasta la de los jó­venes que se privaron de alguna ropa o diversión para hacer posible la erección de este edificio. Permanezca en ellos a través de su vida el espíritu que los alentó a dar y servir, porque sólo por servir podrán lograr la felicidad.

Nuestro Padre, te rogamos que bendigas a los que construyeron el templo, y a todos aquellos quie­nes en una u otra forma por su intermedio o influen­cia ayudaron a su terminación. Reine la paz en los hogares de tus hijos dondequiera que estén, que las enfermedades y las angustias sean expulsadas de entre ellos.

Sea consolado el espíritu de cada contribuyente y prospere cien veces más. Y que todos sepan que cuentan con la gratitud de miles, posiblemente de millones de seres que están del otro lado del velo, y para quienes las puertas de la prisión podrán abrir­se y proclamarse la libertad a los que acepten la verdad para que sean libres.

Mientras su cuerpo estaba aún en la tumba, Cristo, tu Hijo Amado, predicó a los espíritus en prisión que habían sido desobedientes en los días de Noé, y esto prueba que todos los que han pasado por el velo deben oír también la palabra de Dios y obe­decer sus principios eternos de vida y salvación.

Los templos se construyen a tu Sagrado Nombre como un medio de unir a tu pueblo, vivos y muertos, con los lazos de la fe, paz y amor a través de las eternidades.

Ayúdanos, oh Padre, a entender con más entu­siasmo y sinceridad que nunca, que sólo por medio de la obediencia a tus principios eternos y a las ordenanzas del evangelio de Jesucristo, podrán nues­tros seres queridos que han muerto sin bautizarse, tener el glorioso privilegio de entrar en tu reino. Te rogamos, por tanto, que aumentes nuestro deseo de hacer todo el esfuerzo posible para la consuma­ción de tu propósito de traer a la inmortalidad y a la vida eterna a todos tus hijos.

Con estos y muchos otros gloriosos principios en nuestras mentes, nos hemos reunido en este día para expresarte la gratitud de nuestros corazones.

Y ahora, Padre, como uno de tus siervos, y por la autoridad del Sagrado Sacerdocio de Melquisedec, te dedico este Templo de Oakland, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y lo consagro para los sagrados propósitos para los que ha sido edificado. Te lo dedicamos a Ti, con todas sus pertenencias, como una Casa de Oración, una Casa de Adoración, de Alabanzas, de Inspiración y Comunión contigo.

Te rogamos, Padre Celestial, que aceptes este edificio en su totalidad y que lo guardes desde el cimiento hasta las torres que lo coronan. Protégelo de los terremotos, huracanes, tormentas, y contra cualquiera otra amenaza devastadora. Sean santifica­dos la fuente bautismal, los salones de las ordenan­zas y muy especialmente los cuartos de sellamientos, para que tu Espíritu siempre esté presente para consolar e inspirar. Protege todo el sistema me­cánico concerniente a luz, calefacción, ventilación, ascensores, etc. Bendice a todas las personas que tienen a su cargo el cuidado de estas cosas para que puedan hacer su trabajo fiel, hábil y reverente­mente.

Te dedicamos el terreno sobre el cual está edifi­cado el templo, así como el que lo rodea, sus muros, ornamentos florales, árboles, plantas, flores y los arbustos que crecen en sus tierras, que puedan re­toñar y florecer y tomarse bellísimos y fragantes, que tu Espíritu more en todo ello, y que esta porción de terreno sea un lugar de descanso y paz, un lugar para meditar santamente e inspirar bellos pensa­mientos.

Bendice al presidente del templo y a su esposa. Sea la humildad la fuerza motriz de sus sentimien­tos, y la sabiduría y la amabilidad guíen sus acciones. Deja que tanto ellos, como todos los obreros que sean llamados como asistentes, selladores y guar­dianes, mantengan una atmósfera de limpieza y santidad en cada habitación. No permitas que nin­guna persona o cosa inmunda penetre en esta casa, porque “mi Espíritu” dice el Señor “no morará en tabernáculos impuros”, ni tampoco morará en una casa donde haya egoísmo, arrogancia e insalubridad. Por tanto, todos los que se alleguen dentro de los muros de este Sagrado Templo, vengan con manos limpias y corazones puros, y tu Santo Espíritu siempre esté presente para consolar, inspirar y ben­decir, para que todos puedan sentir tu influencia apa­cible y sagrada. Haz Señor, que aún la gente que pase por los jardines o mire el templo desde lejos, eleve sus ojos y sus pensamientos de las cosas sórdidas y viles de la vida y mire hacia Ti y tu Divina Provi­dencia.

Ahora, oh Dios, nuestro Eterno Padre Celestial, los fieles miembro de tu Iglesia, llenos de amor hacia Ti y tus hijos, han erigido este templo con los diezmos y las ofrendas, y te lo ofrecen, para que en él se realicen las ordenanzas y ceremonias esen­ciales para lograr la felicidad, salvación y exaltación de tus hijos que viven tanto en la tierra como en el mundo espiritual. Acepta nuestra ofrenda, inúndala con tu Santo Espíritu y protégela con tu poder.

Con esta oración dedicamos nuestras vidas al establecimiento del Reino de Dios en la tierra, para la paz del mundo y para tu gloria eterna, en el nom­bre de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo, Amén.

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Una lección de fe

Una lección de Fe

por el presidente David O. McKay
Liahona Enero 1965

La primera lección de fe en Dios, en calidad de nuestro Padre, la aprendí en mi niñez al arrodillarme para orar al lado de mi madre. Me dijo que nuestro Padre Celes­tial escuchaba y contestaba las oraciones de un niño en forma tan atenta y con tan buena voluntad como los padres atienden a los pedidos de sus hijos. Creí implícitamente lo que mi madre me dijo, y al orar, siempre le imploraba al Señor sus bendiciones, en la misma forma en que pedía a mis padres un favor. No sabía nada acerca del principio abstracto de la fe, y sin embargo, tenía una fe verdadera y constante en que Dios oiría y contestaría mis oraciones. Cuando estaba enfermo, aceptaba la administración de los élderes como cura infalible, por ejemplo, cuando el obispo Francis A. Hammond me bendijo durante un grave ataque de garrotillo, inmediatamente me sentí mejor. Recuerdo perfectamente la completa seguridad que inundó mi mente cuando el obispo Hammond me bendijo y reprendió el dolor. No había en mí otro pensamiento sino que me iba a sentir mejor, y así fue, desde ese momento.

Con la misma fe recurrí al Señor en una oración espe­cial, una noche en que era víctima de un temor intenso, causado por abrumada imaginación.

En esa época, estando mi padre fuera del hogar, mi madre, antes de ir a acostarse, solía buscar debajo de las camas para ver que no hubiera ladrones o algún intruso en la casa. Habiendo presenciado esto varias veces, comencé a te­mer la presencia de ladrones como si fuera casi una realidad, y no me hubiera asombrado ver a mi madre descubrir uno o dos ladrones ocultos debajo de las camas o en un ropero. Frecuen­temente, después que apagábamos la luz, mi imaginación me hacía oír rumores de pasos que se acercaban a la ventana y no sólo creía oír ladrones, sino que también los soñaba.

Una noche, cuando tenía yo unos seis o siete años de edad, soñé que dos ladrones ata­caron a mamá y al bebé, y cuando traté de pedir auxilio, uno de ellos me dió un balazo en la espalda. Aun hoy día puedo recordar vívidamente cada detalle de esta pesadilla.

La combinación de estas y otras experien­cias convirtieron en insoportables algunas de mis noches. El temor imaginario de la proba­bilidad de que nos atacaran mientras nuestro padre no estaba para protegernos dominó mi raciocinio infantil, y provocó en mis sentimientos una tensión insoportable. Al ir ma­durando, en más de una ocasión me sentí agradecido hacia mis padres por haber selec­cionado mis libros con cuidado, de modo que a esa edad no sabía nada de historias espe­luznantes de la novela de hoy. Alguien dijo que “no hay momentos más felices que aque­llos que pasamos en la soledad, abandonados a nuestra propia imaginación”, pero para mí esos momentos de desvelo en la obscuridad se convirtieron en los más angustiosos de mi ni­ñez.

En la noche particular que mencioné, por alguna razón insignificante, me desperté y comencé a imaginarme que podía oír pasos junto a la ventana. En imaginación seguí al intruso alrededor de la casa hasta la puerta del come­dor. En pocos segundos, estaba seguro que había entrado en la casa. Mi temor debe ha­ber sido intenso, porque estaba resollando fuertemente, y me parecía oír los latidos de mi corazón. En otras noches había experimen­tado, hasta cierto punto, el mismo temor, y mis padres me habían dicho que era pura imaginación. En esta ocasión pensé que si realmente era imaginación, debía vencerla; y si era realidad, ciertamente necesitábamos pro­tección.

De acuerdo con las enseñanzas de mi madre y el anhelo natural de mi alma, recurrí al Señor en oración. Para mí había sólo una manera de orar, es decir, hincado al lado de la cama. E] esfuerzo que me costó salir de la cama y arrodillarme en la obs­curidad, no fue fácil, pero lo hice, y oré a Dios como nunca, pidiéndole consuelo y protección. En el momento que dije “amén”, oí una voz decir, tan distin­tamente como cualquier otra cosa que he oído en mi vida: “No temas, nada te dañará.” En el acto el miedo desapareció; me sentí consolado y volví a mi cama a un sueño reposado y placentero. Entendí, en esa ocasión, que era la voz del Señor que contesta­ba la oración de un niño afligido, y así lo confieso hoy día.

Subsiguientemente, cada vez que esos temores infantiles comenzaban a surgir, inmediatamente me acordaba de ese momento consolador, y oía otra vez las palabras: “No temas, nada te dañará.” No tardó mucho la seguridad divina en reemplazar el temor imaginario.

Así probé por mi propia experiencia que las ense­ñanzas de mis padres eran verdaderas, que mi Padre Celestial oía y contestaba la oración sincera de un niño con la prontitud con que sus padres accedían a uno de sus pedidos, y la única condición era: ¿Es para el bien del niño? En la ocasión de referencia resultó ser para mí un consuelo durante toda mi vida, y me dio una certeza completa de la verdad de las palabras de Cristo, que más tarde en mi vida leí: “Y cuanto le pidáis al Padre en mi nombre, creyen­do que recibiréis, si es justo, he aquí, os será con­cedido.” (3 Nefi 18:20.)

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El espíritu de nuestro hogar

El espíritu de nuestro hogar

por Reed H. Bradford
(Tomado de the Instructor)
Liahona Enero 1965

LIAHONA se complace en traer a sus lectores estos artículos que apoyan el nuevo programa de la Iglesia, que tiene por objeto enseñar y vivir el evangelio en el hogar. No hay organización más eficaz para la instrucción de un niño en los primeros años de su vida, que el hogar.

El Señor ha mandado que los padres enseñen los principios básicos del evangelio a su hijos. (Ver Doc. y Con. 68:25-28.) De hecho, ha indicado que si los padres des­cuidan el cumplimiento de sus responsabilidades, “el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres.” (versículo 25.) En los artículos publicados en esta revista hemos tra­tado de destacar las oportunidades de satisfacción y felicidad que puede lograr toda familia que obedece los principios del evangelio, y desde hace algún tiempo hemos venido publicando una serie de artículos titulados “La Enseñanza del Evangelio en el Hogar.”

En vista de que la Iglesia ahora proporcionará un manual que contiene material sobre las enseñanzas básicas del evangelio, que será el tema para un gran número de las Noches de Hogar para la Familia, los artículos que publicaremos de ahora en adelante tendrán como fin ayudar a los miembros de la familia a gozar de sus rela­ciones entre sí, aumentar su testimonio del evangelio y afirmar la unidad familiar.

SENTADO junto a ellos en un banquete, pude no­tar en sus relaciones un espíritu extraordinario y hermoso. Manifestaban un interés sincero el uno en el otro, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes; parecían adivinarse sus necesidades. Sus nombres: el élder LeGrand Richards, del Consejo de los Doce, y su esposa, Ina Jane Ashton Richards.

Yo sabía del éxito que ambos habían logrado en muchos campos pero en lo que más estaba interesado en ese momento era saber los principios que los guia­ron en la feliz crianza de sus hijos.

—Si tuviera que seleccionar el elemento principal o básico que prevaleció en las relaciones entre usted y sus hijos, ¿cuál sería?—le pregunté a la hermana Richards que estaba sentada a mi lado.

—Amamos a nuestros hijos—me contestó sin ti­tubear—ése es el elemento más importante.

Es la misma respuesta que muchos otros padres de la Iglesia me han dado. Pero ¿a qué se refieren? ¿Qué relación hay entre el significado de “amor” como el Salvador lo enseñó, y la instrucción y cum­plimiento del evangelio en el hogar? Entre otras cosas, quiere decir:

  1. Respeto mutuo.—No hay nada de más valor que el alma humana creada por nuestro Padre Ce­lestial. En ella hay una gran potencialidad: la habili­dad para pensar, para adquirir conocimiento y sabiduría, para crear, para renacer, para casarse, para convertirse en padre o madre, para gozar de la vida, para aprender a dominar sus emociones, para sopor­tar los desengaños e injusticias con dignidad y sin desesperación, para compartir las bendiciones del sacerdocio, y para convertirse en hijo o hija de nuestro Padre Celestial (ver y Con, 11:30.) llegando a ser como El, y dignos consiguientemente de morar con Él en el reino celestial.

Todos nuestros hechos como padres, como hijos y como hermanos o hermanas, deben manifestar un entendimiento profundo de esta potencialidad. Si así sucede, se establecerá una línea sensible que ja­más se traspasará en las relaciones de unos con otros. Los padres dirán “por favor” y “gracias” a sus hijos con el mismo agradecimiento que manifiestan hacia otros adultos. Los niños querrán aprender de la ex­periencia y sabiduría mayores de sus padres y senti­rán hacia ellos una profunda gratitud.

  1. Preocupaciónincondicionalpor los demás. —Es verdad que muchas personas, cuando están pen­sando en hacer bien a uno de sus semejantes, se de­jan llevar consciente o inconscientemente, por la re­compensa que van a recibir. Pero el amor que el Salvador enseñó indica un grado mayor de madurez. “Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a co­nocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.” (Juan 17:26.) En cierto sentido, éste es un amor “incondicional” hacia los demás. Reconoce que todo ser humano es un her­mano o hermana de todo otro ser humano, ya sea joven o viejo, prudente o imprudente, diestro o torpe, hombre o mujer, culto o inculto.

La persona que posee esta clase de amor puede ser paciente cuando los demás son impacientes, amable cuando son bruscos. Su intención hacia los demás no es vengarse por las injusticias que se le han hecho, sino perdonarlas. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34.) Jesús dijo esto impulsado por la lástima que sentía hacia ellos, porque sabía que sufrirían como resul­tado de sus hechos. Se dió cuenta de que no cono­cerían la dicha que podrían haber logrado si hu­bieran vivido de acuerdo a sus enseñanzas. Se ex­presó de ese modo porque los amaba, porque eran sus hermanos y hermanas.

En una de las oraciones más admirables jamás ofrecidas, el Salvador mostró su gran interés por los demás. Sabía que muy pronto moriría, conocía las tentaciones que sobrevendrían a sus discípulos y la persecución de que serían objeto. Expresó su amor en estas palabras:

Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. … Yo les he dado tu pa­labra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. . . . Santifícalos en tu verdad. .. . (Juan 17:11, 14,15, 17.)

  1. Unidad en la familia.—Los miembros de la familia que comprendan el amor demostrado por el Salvador podrán percibir el verdadero significado de la unidad familiar. Imaginémonos dos vides que crecen junto a un muro. Se entrelazan al ir cre­ciendo, pero al mismo tiempo conservan su indivi­dualismo, siguen siendo dos vides.

Los miembros de la familia podrán comprender su potencialidad como individuos, pero alcanzarán su meta con mayor eficacia si complementan sus vides recíprocamente. El esposo, en calidad de po­seedor del sacerdocio, preside el hogar; pero con­sulta con su esposa todas las decisiones importantes, procurando el beneficio de su conocimiento, sabi­duría y experiencia. Se esfuerzan por llegar a un acuerdo en todo lo que a ambos concierne, y enton­ces apoyan este acuerdo como su acuerdo. Cuando los niños tengan la edad suficiente, y sea oportuno, pueden tomar parte en las decisiones para que de este modo ganen experiencia; y cuando lleguen a tener sus propios hogares, tendrán ya habilidad y comprensión. Esta disposición de querer compartir conocimiento, destreza y comprensión con otros, se manifiesta en las palabras del Salvador: “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a cono­cer.” (Juan 15:15.)

  1. Hay un espíritu especial en el hogar.—Como resultado de las expresiones de respeto, interés y unidad, surge un espíritu sensible entre los miem­bros de la familia. Es el espíritu que caracteriza a nuestro Padre Celestial, al Salvador y al Espíritu Santo. “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no enva­nece; no es indecoroso… no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad.” (I Corintios 13:4-6.) Este amor y es­píritu habilitó a Alma, padre, en el Libro de Mormón, para poder continuar siendo paciente y ama­ble con su hijo, aun cuando éste cometió muchos pecados graves durante gran parte de su vida. Fue lo que impulsó a David a perdonarle la vida a Saúl, que había tratado de matarlo en varias ocasiones. Permite que los padres den a sus hijos su tiempo, energía y todo tipo de recursos, sin egoísmo, y sin pensar en ninguna recompensa. Inculca en cada in­dividuo el amor hacia su Padre Celestial. Cuando se entiende debidamente, es una de las principales fuerzas existentes, tanto en esta vida como en la futura que implican el bien.

A medida que destacamos el valor de enseñar y vivir el evangelio en el hogar—la principal de todas las organizaciones docentes en los primeros años de vida del niño—permitamos que este Espíritu caracterice nuestras relaciones. Así podremos aprender el uno del otro en nuestro Programa de la Noche de Hogar para la Familia así como en otras situaciones. Aprenderemos a ser tolerantes hacia otros, a ser honrados y a escucharlos con interés. Aunque sea necesario reprender “a veces con se­veridad, cuando lo induzca el Espíritu Santo”, en­tendamos al mismo tiempo, que el amor del uno para con el otro debe ser “más fuerte que el vínculo de la muerte.” Nuestros hogares serán entonces verdaderamente un pedazo de cielo en la tierra.

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Comparemos Valores

Comparemos valores

por Paul H. Dunn
del Consejo de los Setenta
Liahona Enero 1965

Mis hermanos y hermanas, siento mi humildad y estoy agradecido por la oportunidad de pre­sentarme ante vosotros, sentir vuestro espíritu y go­zar del mensaje de nuestro Profeta viviente esta mañana. Hace muchos años que, como vosotros, he prestado oído a los consejos y la inspiración de estos hermanos sentados en el estrado, y particularmente a nuestro Profeta viviente, que nos han pedido que los sostengamos con nuestra fe y oraciones y han pedido a nuestro Padre Celestial que les concediera la orientación que necesitaban. Ahora reconozco la importancia de la fe y oraciones en este momento en que me dispongo a relatarles algunos de los senti­mientos íntimos relacionados con este gran Evan­gelio de Jesucristo. Me ha impresionado vivamente el mensaje de nuestro Profeta esta mañana, que nos comunicó los sentimientos más profundos de su cora­zón, adquiridos no solamente tras muchos años de experiencia sino también por medio de su conoci­miento y amor a la gente y su constante sintoniza­ción con el Dios viviente.

Cuando vemos a una persona que está de mal humor o indispuesta, solemos decir que “se levantó con el otro pie”. ¿Os han acusado de ello alguna vez? No hace mucho estuve a punto de pasar por uno de “esos días”. Sucedió, así:

Como a la medianoche recibí un llamado telefó­nico de uno de los maestros de nuestro programa del Instituto de Religión, que tenía yo a mi cargo, y por eso me llamaba para comunicarme que le iba a ser imposible enseñar su clase a la mañana siguiente por­que se encontraba enfermo. Quería saber si yo to­maría su lugar. Le dije que no se preocupara, que me haría cargo de su clase, aunque la perspectiva de preparar adecuadamente la lección con tan poca anticipación me dejó pensativo.

En cuanto corté la comunicación me dispuse a preparar la lección, y finalmente como a eso de las dos de la mañana, cuando ya no podía ver las pala­bras sobre la página, tuve que acostarme. Por demás sería decir lo cansado que me sentía y cuánto necesitaba dormir. Sin embargo, las probabilidades no eran muy halagadoras, en vista de que la clase empezaba a las siete de la mañana, y quedaba como a unos cuarenta y ocho kilómetros de donde vivía, todo lo cual quería decir que tendría que levantarme a las cinco de la mañana, y me daría cuando mucho tres horas de descanso.

Poco después de haberme acostado, y cuando es­taba casi dormido, mi hijita de cuatro años me hizo volver a la realidad insistiendo en que necesitaba un vaso de agua, pues simplemente no podía aguantar hasta la mañana. De modo que tras un gran es­fuerzo, me levanté, le traje el vaso de agua, y me volví a acostar, pero momentos después me despertó otra hija que había tenido una horrible pesadilla. Su llamado urgente me hizo levantar bruscamente, y con la prisa de acudir a su lado se me olvidó encender la luz del pasillo. Caminando a oscuras, repentina­mente paró mi marcha una puerta que había quedado a medio cerrar, pero unos segundos después y con una magulladura recién adquirida llegué al lado de mi hija y le prodigué algunos mimos para confortarla.

Una vez más me acomodé en el lecho tibio con la esperanza de que las pocas horas restantes me dieran un poco de paz y descanso, pero mi esposa, que se había despertado con todo aquel ruido, diestra y lentamente me hizo volver en mí para decirme que acababa de recordar que ella también necesitaba el automóvil a la mañana siguiente para un compromiso que tenía en la Iglesia y quería saber qué arreglos podríamos hacer para que los dos pudiéramos llegar a donde teníamos que ir. Cuando por fin resolvimos el problema eran ya las tres de la mañana, y poco después, cuando el despertador sonó a las cinco de la mañana, ya podéis imaginar cómo me sentía. Después de pasar una noche tan accidentada, era lógico que me levantara “con el otro pie” y mi estado de ánimo no era el más apropiado para ir a enseñar una clase de religión.

Y fue entonces que sucedió el milagro; un pe­queño detalle que hizo que la tormenta de la noche pasada se convirtiera en un día glorioso. Salía de casa cuando mi hijita de cuatro años, la misma que dió comienzo a los problemas de la noche anterior, me llamó la atención tirándome del saco. La levanté en mis brazos, me tomó las dos orejas con sus manitas y sin más ni más, mi dió el beso más sonoro que jamás haya recibido en la punta de la nariz. “Papito—me dijo—¡cuánto te quiero! Tú no te enojas.”

“No me enojo, ¿eh?—dije, tratando de echar de mí el mal humor que se había apoderado de mi ser.

“Sí, eres el mejor papá del mundo”—y dándome otro beso en el cuello se deslizó hasta el suelo y corrió a acostarse de nuevo.

Lo que estaba a punto de resultar una mañana tormentosa se convirtió en un día radiante. Mientras manejaba con el corazón lleno de alegría, me puse a pensar en las muchas bendiciones que tenía: mi familia, mi buena y devota esposa, el hecho de ser miembro de la Iglesia de Cristo y ciudadano de un gran país como éste, la libertad que en él gozamos, todo lo cual volvió a mi memoria con la magia de un simple beso. Esta criaturita de cuatro años, con su amor y agradecimiento me hizo volver a la perspec­tiva correcta de la vida y nuevamente me trajo al pensamiento los valores eternos que todos buscamos.

Comencé a pensar en la facilidad con que per­mití que un desvelo me hiciera olvidar del momento, aquellas mismas cosas, y el efecto que mi mal humor podría haber surtido en todo lo que habría hecho ese día. Felizmente se me hizo volver a la realidad pero con cuanta frecuencia permitimos que nuestro, mal humor se convierta en un hábito que domina nuestros pensamientos diarios y dejamos que los problemas o el deseo de una satisfacción momentánea y usual­mente pasajera cobren tanta importancia que olvi­damos metas y propósitos más duraderos. Aun cuan­do es necesario preocuparnos por ciertos problemas y resolver exigencias temporales, la única impor­tancia que estas cosas tienen para nosotros es que nos conducen a cierto fin son el medio para alcanzar la meta elegida. La felicidad imperecedera, esa feli­cidad que todos buscamos, no resulta de una satis­facción material continua, procurando constante­mente las comodidades físicas y emocionales de la vida y desconformándonos con todo lo demás al grado de hacernos olvidar nuestras bendiciones v responsabilidades, olvidar si Señor y su amor por nosotros y su deseo de ayudamos en nuestra bús­queda de la felicidad. “Porque, ¿que aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36.)

Se ha dicho que “la vida tiene valor sólo cuando su propósito tiene mérito”. ¿Cuál es ese propósito? Hablando a David Whitmer, uno de los tres testigos del Libro de Mormón, el Señor dijo, por medio del profeta José Smith, que la vida eterna era el don más grande de Dios. (Doc. y Con. 14:7.) ¿Qué mejor propósito podemos buscar en nuestra vida? Sabiendo que es cierto, porque tengo un testimonio personal al respecto, quisiera hablar especialmente a la juven­tud, que está viviendo en la crítica etapa formativa, vital de la vida, y también a los padres y maestros que os guían, acerca de la importancia de enfocar debidamente los valores positivos. Todos nosotros, así como vosotros mismos, os deseamos lo mejor de todo en esta vida y en la venidera. Lo mejor de todo es conocer y amar a nuestro Padre Celestial y a su Hijo Jesucristo, y una vida llena de felicidad aquí en la tierra, por medio de lo cual finalmente seréis conducidos a la meta deseada de la vida eterna. ¿En qué forma podemos determinar las cosas de valor que lograrán tal fin? Por medio de la religión que encierra todos los principios que nos surten la forta­leza, determinación y fe para seguir adelante. En vista de que actualmente vivimos en un mundo cada vez más ateo, una visita ocasional o aun semanal a la Iglesia no es suficiente para lograr el conocimiento que necesitamos. La religión tiene que ser parte de nuestra vida diaria y debe penetrar cada uno de los aspectos de nuestra existencia. A fin de proporcionar esta educación diaria e influencia religiosa, se esta­blecieron seminarios, institutos de religión y escuelas de la Iglesia, y por eso es que desempeñan un papel importante en la vida de nuestra juventud.

Hoy, más que nunca, nuestra juventud necesita de la religión. Hace años ya, me impresionó un edi­torial de nuestro amado profeta David O. McKay, en el que presentaba algunas de las razones por las cuales es necesario dar la debida instrucción religiosa a nuestra juventud. Permítaseme referirme a tres de sus puntos.

“Primero—dijo el Profeta—la juventud necesita de la religión para mantener el equilibrio correcto durante la época formativa de sus vidas.” La juven­tud suele ser impetuosa, y a menudo, cuando quiere formular sus propias conclusiones, tiende a juzgar a sus padres como “pasados de moda” y pone su confianza en otros que parecen estar llevándolos hacia nuevos ámbitos y un nivel más elevado. De manera que en esta situación cuando el joven, doctrinado con ideas que parecen impugnar sus conceptos re­ligiosos anteriores, puede perder el equilibrio debido. La juventud de hoy piensa mucho más que en cual­quier otra época, y por eso necesita una influencia diaria que la conserve propiamente equilibrada.

“Segundo—continuó diciendo el Profeta—la ju­ventud necesita de la religión para dar firmeza a la sociedad”. Fue Goethe quien comentó que él destino de una nación, en cualquier momento de la historia, depende de la opinión que ejerzan los jóvenes entre los cinco y los veinte años.” Cuando se habla de la necesidad de estabilizar nuestra sociedad, recuerdo que, cuando era soldado en la Segunda Guerra Mun­dial, me ponía a pensar en la tragedia de que hu­biera tanta destrucción, sufrimiento y dolores en un mundo que ha sobresalido tan notablemente en otros campos, por ejemplo, en el de la ciencia. No puedo menos que recordar el maravilloso fusil M-l que me entregaron cuando era de la Infantería y lo agrade­cido que me sentía por la protección que me ofrecía. El ingenio que produjo esta arma de guerra fue maravilloso, y sin embargo, su uso deslustraba la civilización, porque muchas veces, en defensa de mi país, tuve que apretar el gatillo y quitar la vida a uno de mis semejantes, por el motivo mismo que nuestro Profeta indicó en su editorial.

Robert A. Millikan, renombrado científico, se expresó de la siguiente manera en cuanto a sus pro­pios estudios; “La ciencia sin la religión manifies­tamente puede llegar a ser una maldición para la humanidad en vez de una bendición, pero la ciencia, gobernada por el espíritu de la religión es la llave al progreso y la esperanza del futuro.” Esta decla­ración sugiere que los destacados científicos del futuro, así como los que sobresalgan en cualquier otro campo de acción, necesitarán entendimiento y adiestramiento espiritual.

Tercero, la juventud necesita la religión para satisfacer el anhelo innato del alma. El presidente McKay dijo que “el hombre es un ser espiritual, y que en determinada época todo hombre se siente in­vadido de un anhelo, un deseo irresistible de en­contrar el eslabón que lo une a lo infinito. Se da cuenta de que no es meramente un objeto físico que es echado aquí y allá, y finalmente se sumerge en la incesante corriente de la vida. Hay algo dentro de él que lo impulsa a superarse a sí mismo, a dirigir el medio ambiente en que vive, a ser dueño de su cuerpo y todas las cosas físicas, y vivir en un mundo más noble y hermoso.”

El Profeta continúa, citando tres necesidades esenciales que acompañan el anhelo espiritual, y las cuales se han hecho sentir a través de los siglos: 1. Toda persona normal desea saber algo de Dios. ¿Qué aspecto tiene? ¿Se interesa en la familia humana o la abandona por completo? 2, ¿Cuál es la mejor manera de vivir en este mundo para lograr el mayor éxito y felicidad? 3, ¿Qué es ese paso inevitable que llamamos muerte? ¿Qué hay más allá? Si uno quiere saber la contestación a estos anhelos del alma huma­na, debe concurrir a la Iglesia, y frecuentemente, a fin de lograrlas.”

La juventud necesita religión. El mundo la ne­cesita, de hecho, es lo que más falta le hace. Humil­demente ruego que todos vosotros jóvenes, junto con vuestros padres, comprendáis la necesidad de la in­fluencia diaria y constante de la religión, y que la apoyéis con interés y entusiasmo. Si conserváis vues­tras energías e ideales enfocados debidamente, podréis, igual que nosotros, heredar la vida eterna.

Cuán agradecido me siento esta mañana por el : testimonio que tengo del evangelio de Jesucristo, y el conocimiento y significado que me da, de que Dios realmente vive, que Jesús es el Cristo, que el profeta José Smith fue llamado y ordenado por Dios para restablecer su Iglesia en estos últimos días, y de tener la completa seguridad y conocimiento de que David O. McKay es un profeta viviente del Señor. He sido miembro de esta Iglesia toda mi vida, y he tenido la maravillosa oportunidad de estar en su pre­sencia y sentir el contacto de espíritu con espíritu que me ha dado la certeza absoluta de que estas cosas son verdades. Os doy este testimonio humilde y agrade­cidamente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La elección del compañero Eterno

La elección del compañero Eterno

por el presidente David O. McKay

Al elegir al compañero en nuestro matrimonio, es necesario estudiar la disposición, herencia y preparación de la persona con quien recorreremos el largo camino de la vida. Pensad cuán importante es encontrar características tales como la honradez, lealtad, castidad y reverencia. Y luego de encontrarlas, ¿cómo podréis saber si hay afinidad, algo que os haga congeniar al menos? ¿Hay acaso una guía, —preguntáis. Si bien el amor no es siempre una guía, especialmente cuando no es recíproco o cuando se otorga a una persona ruda o insolente; tampoco hay felicidad sin amor. Pero sé que preguntaréis: “Muy bien, pero, ¿cómo podré saber cuándo esté enamorado?”

Esta pregunta es muy importante. Hace muchos años en la Universidad de Utah, una noche un compañero de estudios y yo hablábamos sobre el tema mientras caminábamos. Como generalmente sucede entre los jóvenes de esa edad, hablábamos de las muchachas. Ni él ni yo sabíamos si estábamos enamorados o no. Por supuesto en esa época yo aún no había conocido a mi esposa—la que hoy ha sido mi compañera por más de sesenta años. Mi acompañante esa noche, con el tiempo llegó a ser superintendente general de la Asociación de Mejoramiento Mutuo, presidente de misión, Ayudante del Consejo de los Doce y más tarde Apóstol. Me estoy refiriendo al finado élder George Q. Morris.

En respuesta a mi pregunta: “¿Cómo podremos saber si estamos enamorados?”, George me contestó: “Mi madre me dijo una vez que si en alguna ocasión conocía a una joven en cuya presencia sintiera deseos de progresar, de elevarme, y de hacer siempre lo mejor, tal mujer era digna de mi amor y lo estaba despertando en mi corazón.”

Os aconsejo jóvenes, que toméis esto como una guía. Y a vosotros, señoritas, os pido que también os guieis por esto.

El noviazgo es una época maravillosa. Debería ser algo sagrado. Es la época en que elegís a vuestro compañero. Jóvenes, el éxito de vuestras vidas depende de vuestra elección. Orad fervientemente al elegir a aquella que os inspirará a hacer lo mejor y recordad siempre que ningún hombre daña lo que ama.

Los adultos conocemos la potencialidad de la juventud, y nos damos cuenta de que vosotros, jóvenes y señoritas, habéis comenzado a vivir en ese período de la vida en que sois llevados por vuestras pasiones las cuales os han sido dadas por Dios. Jóvenes no os engañéis. Estáis en esa etapa de la vida en la que vuestra naturaleza física se manifiesta, pero al mismo tiempo debéis recordar que Dios os ha dado el raciocinio y os ha dado juicio con un propósito divino. Dejad que la razón y el juicio sean vuestra guía—vuestro equilibrio.

¿Os habéis detenido alguna vez a observar un motor—girando, arrojando fuerza y calor? En estos motores encontraréis equilibrio. Si no fuera por esto el edificio estallaría, Al intensificarse el calor, estas fuerzas equilibradoras se regulan de tal manera que todo queda bajo control. Vosotros tenéis la razón y el juicio como fuerzas equilibrantes de vuestras pasiones. Tratad de guardar el equilibrio, pues de lo contrario puede haber una explosión que arruine vuestras vidas.

Ahora bien, las semillas de un matrimonio feliz, se siembran en la juventud. La felicidad no comienza en el altar; empieza en la juventud y el cortejo. Estas semillas las cultiva vuestra habilidad para dominar las pasiones. La castidad debería ser la virtud más notables entre la juventud. En nuestra Iglesia no hay más que un concepto y se aplica a los jóvenes tanto como a las señoritas. Si seguís este concepto—si en verdad escucháis los dictados de vuestro corazón—aprenderéis que el autodominio durante la juventud y el vivir de acuerdo con las normas de moralidad, son fuente de la virilidad, la hermosura femenina, la base para un hogar feliz y un factor contribuyente para la fuerza y perpetuidad de la raza.

La negligencia en la juventud es una marca personal que se paga con los años. Veinte, treinta o cuarenta años más tarde, pagaréis por ella. El dominio y la castidad son también semillas que con los años dan fruto, y esos años pasan tan rápidamente.

Joven, recuerda que cuando llevas a una señorita a una fiesta, sus padres confían en tí. Ella es su tesoro más precioso. Permitidme daros aquí un consejo con todo mi corazón: Siempre recuerdo las palabras de mi padre, cuando siendo yo un adolescente comencé a cortejar a una señorita: “David, trata a esa señorita, del mismo modo que quieres que los jóvenes traten a tus hermanas.” Jóvenes, seguid este consejo, e iréis por la vida con la conciencia tranquila.

El matrimonio sigue al cortejo, en la misma forma en que el día sigue a la noche, y tiene el divino propósito de criar una familia. Ofrece la oportunidad de compartir nuestro amor y cuidado con los niños. Sin hijos—o con la creencia de que tener hijos no es importante—el matrimonio está incompleto y no logra su cometido.

Se nos enseña que debemos amar a todos nuestros semejantes y todos sabemos que las personas que más amamos son las que mejor conocemos. Amo a aquella que he visto sacrificar su vida por nuestros pequeños, y a cuya lado me senté tantas veces y juntos oramos y anhelamos por nuestros queridos hijos.

La felicidad que mi esposa y yo hemos conocido en más de sesenta y cuatro años de casados, proviene de que hemos tenido siete hijos, seis de los cuales aún viven. Estos hijos, junto con nuestros nietos y biznietos, son el tesoro eterno que poseemos.

Amo también a mi madre, quien ofreció su vida para que yo pudiera venir al mundo. Cuando nos encontremos con estas personas en el reino eterno, las reconoceremos por las experiencias en esta vida. Esta unión de nuestros corazones existirá para siempre después de esta vida. Por esta razón es que nos casamos y sellamos por tiempo y eternidad. No es simplemente un dogma de la Iglesia, es una verdad fundamental para la vida y felicidad de la humanidad. Es parte de tu sabiduría elegir la casa del Señor donde empeñarás tu amor y consagrarás tus votos.

Concluiré, dándoos aquí una síntesis del significado de este matrimonio. El novio que se arrodilla ante el altar tiene en su corazón la posesión más valiosa que un esposo puede desear—la seguridad de que esa joven que pone confiadamente su mano junto a la suya es tan pura como un rayo de sol tan inmaculada como la nieve recién caída del cielo. Él tiene la seguridad de que en su pureza y dulzura, es la representación divina de la maternidad.

Igualmente sublime es la seguridad que la novia tiene de que el hombre que ama, a quien se entrega en matrimonio, es tan puro y limpio como ella. Una unión así será verdaderamente un matrimonio ordenado de Dios para gloria de su creación.

Jóvenes, ésta es la herencia que deberéis recordar al elegir vuestro compañero eterno, y ruego que os deis cuenta de su valor y que logréis el verdadero gozo y felicidad de este caro ideal.

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El Arrepentimiento ¿Que significa arrepentirse?

El Arrepentimiento
¿Que significa arrepentirse?

Por el élder Theodore M. Burton
del primer quorum de los setenta
Liahona Noviembre 1988

El arrepentirse no quiere decir que la persona reciba un castigo, sino más bien que cambie su vida, a fin de que Dios le pueda ayudar a escapar del castigo eterno.

A veces, los principios más básicos del evangelio son los que menos se entienden. Uno de ellos es el principio del arrepentimiento.

A fin de que una persona progrese y se desarrolle espiri­tualmente, es necesario que se arrepienta. Este principio es tan fundamental en el evange­lio que el Señor recalca su importancia una y otra vez en las Escrituras.

Por ejemplo, tal como podemos ver en Doctrina y Convenios, cuando los primeros miembros de la Iglesia de esta dispensación recibían el llamamiento misional, con frecuencia el Señor repetía la siguien­te amonestación:

“Y ahora, he aquí, te digo que la cosa que será de máximo valor para ti será declarar el arrepentimiento a este pueblo, a fin de que puedas traer almas a mí, para que con ellas reposes en el reino de mi Padre.” (D. y C. 15:6; 16:6; cursiva agregada.)

Estas revelaciones no fueron sólo para aquellos que las recibieron directamente, sino también para nosotros, y nos ayudan a comprender que lo que de­be ser de más valor para nosotros es declarar el arre­pentimiento a los demás y ponerlo en práctica noso­tros mismos.’

Volver a nuestro padre

¿Qué significa arrepentirse? Bueno, creo que re­sulta más fácil comprender lo que no es el arrepenti­miento que saber lo que es.

Como Autoridad General, ha sido mi responsabi­lidad preparar información para que la Primera Pre­sidencia la utilice al considerar las solicitudes de readmisión a la Iglesia de transgresores arrepentidos y la restauración del sacerdocio y las bendiciones del templo. En dichas solicitudes, muchas veces los obispos escriben: “Considero que esta persona ya ha sufrido bastante”. Pero sufrir no significa arrepentir­se. Se sufre cuando la persona no se ha arrepentido completamente. Los presidentes de estaca anotan: “Pienso que ya se le ha castigado lo suficiente”. Pe­ro el recibir un castigo no significa arrepentirse. El castigo sigue a la desobediencia y precede al arrepen­timiento. Es común que un esposo escriba: “Mi es­posa lo ha confesado todo”. Pero confesar no signifi­ca arrepentirse. El confesar es admitir que se es culpable, lo que sucede cuando la persona comienza a arrepentirse. Por otro lado, una esposa escribe:

“Mi esposo sufre muchos remordimientos”. Pero su­frir remordimientos no significa arrepentirse. Si una persona continúa sufriendo remordimientos y lamen­tando lo que hizo, quiere decir que todavía no se ha arrepentido totalmente. El sufrimiento, el castigo, la confesión, el remordimiento y la pena pueden, a ve­ces, acompañar al arrepentimiento, pero esto no sig­nifica que la persona se ha arrepentido. Pero enton­ces, ¿qué es el arrepentimiento?

A fin de contestar esta pregunta debemos ir al Antiguo Testamento. Este fue originalmente escrito en hebreo, y la palabra que se usa para hacer refe­rencia al concepto del arrepentimiento es shub, que’ quiere decir “apartarse de».

El mensaje que encierra el Antiguo Testamento es shub, o sea, apartarse del pecado y volverse a nuestro Padre Celestial; abandonar la desdicha, la pena, el remordimiento y la desesperación, y regre­sar a la familia de nuestro Padre. Allí es donde po­demos hallar la felicidad y el gozo verdaderos, y sen­tirnos integrados con sus otros hijos.

Profeta tras profeta se refieren al shub para hacer­nos saber que si nos arrepentimos sinceramente y abandonamos el pecado, se nos recibirá con gozo y satisfacción. Reiteradamente, el Antiguo Testamen­to nos enseña que debemos alejamos del mal y dedicarnos a hacer lo que es noble y bueno. Esto signifi­ca que no sólo debemos cambiar nuestra conducta, sino también nuestros pensamientos, porque éstos son los que controlan nuestras acciones.

El concepto de shub se encuentra también en el Nuevo Testamento, que fue originalmente escrito en griego. Para referirse al arrepentimiento, los es­critores griegos utilizaron la palabra metanoeo, que significa “cambiar de parecer o de criterio”, o que la meditación es tan intensa que llega a cambiar el modo de vida. Considero que la palabra griega metanoeo es un sinónimo excelente de «la palabra hebrea shub, ya que ambas significan cambiar completa­mente o apartarse del mal para volverse a Dios y su justicia.

Surgió la confusión, sin embargo, cuando el Antiguo Testamento se tradujo del griego al latín y se cometió un error en la traducción. La palabra griega metanoeo se tradujo al latín por poeniteig, que quiere decir castigo, pena, penitencia, además de arre­pentimiento. El hermoso significado de la palabra he­brea y griega se cambió, en el latín, a significar do­lor, castigo, paliza, corte, mutilación, desfiguración, inanición y hasta tortura. No es de extrañar enton­ces que la gente haya llegado a temer la palabra arrepentimiento, la cual se interpreta como castigo rei­terado o interminable.

Escapar del castigo eterno

El arrepentirse no quiere decir que la persona re­ciba un castigo, sino más bien que cambie su vida, a fin de que Dios le pueda ayudar a escapar del cas­tigo eterno y entrar en Su descanso con gozo y rego­cijo. Si comprendemos este concepto, vamos a aceptar y a valorar la palabra arrepentimiento dentro de nuestro vocabulario religioso y no nos causará ansiedad ni temor.

En Ezequiel 33:15 podemos aprender más acerca del significado del arrepentimiento: “Si el impío res­tituyere la prenda, devolviere lo que hubiere roba­do, y caminare en los estatutos de la vida, no ha­ciendo iniquidad, vivirá ciertamente y no morirá”.

Analicemos estos tres pasos del arrepentimiento. El primero es el compromiso de “restituir la pren­da”, el cual es el paso más difícil en el proceso del arrepentimiento. A qué se refiere cuando dice que “el impío restituyere la prenda”?

En este contexto restituir la prenda quiere decir renovar un convenio hecho con Dios. Cuando ha­cemos algo malo, no debemos buscar ninguna clase de excusas ni justificaciones, sino que debemos re­conocer plena y totalmente el error. No nos justifiquemos diciendo cosas como: “Si no hubiera estado tan enojado”, “Si mis padres hubieran sido más es­trictos”, “Si mi obispo hubiera sido más comprensi­vo”, “Si mis maestros me hubieran enseñado me­jor”, “Si no hubiéramos estado solos tanto tiempo”. Hay miles de excusas como éstas y, a la larga, nin­guna de ellas es valedera.

Tomemos una firme determinación

A fin de que nuestro arrepentimiento sea comple­to, debemos olvidarnos de toda justificación; debe­mos ponernos de rodillas ante Dios y admitir con toda honestidad que hemos obrado mal. Al hacer esto, abrimos el corazón a nuestro Padre Celestial y tomamos la firme determinación de seguirle.

El comienzo del arrepentimiento consiste precisa­mente en tomar la firme determinación de dedicarse a Dios y cambiar de vida, y hacerlo. El mejor ejemplo que el Salvador nos dio acerca de la gran determi­nación de dedicarse a su Padre fue en el jardín del Getsemaní, donde sufrió en agonía y sudó gotas de sangre.

Antes, Él siempre se había comunicado libremen­te con el Padre Celestial; pero ahora se encontraba solo para tomar sobre sí la pesada carga de los peca­dos del mundo. Fue como si los cielos le estuvieran cerrados y que su Padre no quisiera escucharlo.

En medio del terrible sufrimiento, hizo el esfuerzo por orar y pidió: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Tres veces pidió al Padre que lo libe­rara (véase Mateo 26:36-44), pero no se le concedió su súplica, y su alma continuó padeciendo esa tremenda angustia.

Aun así, Cristo estaba firmemente decidido a cumplir con la voluntad del Padre; estaba dispuesto a hacerlo, y siguió adelante. Si bien el sufrimiento era espantoso, Jesús fue fiel a la determinación que ha­bía tomado de ser obediente en todas las cosas, cos­tara lo que costara.

La ley está decretada

Cuando nos esforzamos por arrepentimos, po­demos sufrir física y mentalmente, pero la deter­minación que habremos tomado de dedicarnos a nuestro Padre Celestial nos permite tolerar el pro­ceso del arrepentimiento, durante el cual debemos recordar que el Señor no nos castiga por nuestros peca­dos; simplemente nos retira sus bendiciones. Somos nosotros los que nos castigamos a nosotros mismos. Reiteradamente las Escrituras nos dicen que “es por los inicuos que los inicuos son castigados” (Mormón 4:5). Veamos un ejemplo para aclarar este concepto.

Supongamos que mi madre me dice que no toque la cocina (estufa) porque está caliente y me voy a quemar. Al hacerlo, ella me hace saber las cosas co­mo son; me enuncia una ley. Si yo, ya sea por olvi­do o deliberadamente, toco la cocina caliente, me quemo. Puedo llorar y lamentarme, pero ¿quién es responsable de mi quemadura? No puedo culpar a mi madre y por cierto que tampoco a la cocina. Yo, y nadie más, soy el único responsable; yo me castigo a mí mismo.

Este ejemplo pasa por alto el principio de la mise­ricordia, un elemento muy importante que voy a aclarar al analizar el segundo paso del proceso del arrepentimiento, o sea, la restitución, o, de acuerdo con el pasaje de referencia, “devolver lo que hubiere robado”.

Si habéis robado dinero y otros objetos, podríais reponerlos, poco a poco, aun cuando sean grandes cantidades. Pero ¿qué sucede si os habéis robado la virtud? ¿Hay algo que podáis hacer, aun por voso­tros mismos, para devolveros la virtud? Aun cuando dierais vuestra propia vida, no podríais hacerlo. En­tonces, ¿quiere decir que no vale la pena intentar la restitución haciendo buenas obras? ¿Acaso significa que vuestro pecado es imperdonable? ¡No!

Jesucristo pagó por vuestros pecados, y así satisfizo las demandas de la justicia. Por lo tanto, El será mi­sericordioso con vosotros si os arrepentís. Cuando os arrepentís verdaderamente, cambiando vuestra vida, permitís que Cristo, en su misericordia, os perdone vuestros pecados.

Cuanto más serio sea el pecado, mayor será el es­fuerzo que habremos de hacer para arrepentimos; pero si diariamente procuramos volver completa­mente al Señor, podremos permanecer sin mancha ante el Salvador. La clave en todo esto radica en permitir que el Señor complete el proceso de cica­trización sin volver a abrir la herida. Así como que se requiere tiempo para sanar una herida del cuerpo, del mismo modo se requiere tiempo para sanar una del alma.

Por ejemplo, si me corto, la lastimadura paulati­namente se curará. Pero mientras se cura puede pi­car, y si me golpeo o estiro la piel, puede volverse a abrir, lo que prolongará el período de cicatrización. Pero existe un peligro aún mayor: que si me rasco, se me infecte por los microbios en los dedos, lo que me puede hacer perder un miembro del cuerpo o hasta la vida misma.

Tenemos que dejar que las heridas físicas se cu­ren, y si son de cuidado, debemos consultar a un médico. Lo mismo sucede con las heridas del alma. Permitid que la herida se sane sin “rascarla” con vanas lamentaciones. Si la transgresión es seria, es ne­cesario confesarla. Id a vuestro obispo en busca de ayuda espiritual. Es muy posible que sufráis mientras él desinfecte la herida o le ponga puntadas para ce­rrarla, pero se curará debidamente.

Pensamientos positivos y virtuosos

Mientras os encontráis en el proceso del arrepen­timiento, sed pacientes. Manteneos ocupados con pensamientos positivos y virtuosos, así como con obras y acciones que os permitan volver a ser felices y a llevar una vida útil.

Mientras dirijamos nuestros pensamientos a lo malo y al pecado, y nos neguemos a perdonarnos a nosotros mismos, lo más probable es que volvamos a nuestros pecados. Pero si nos apartamos de nuestros problemas y transgresiones y los eliminamos, tanto de nuestros pensamientos como de nuestros hechos, podremos concentramos en obras buenas y positi­vas, y al volcarnos de lleno a luchar por causas dig­nas, no tendremos la tentación de pecar.

Veamos ahora el tercer paso del proceso del arre­pentimiento, que es abandonar el pecado o hacer el esfuerzo por “caminar en los estatutos de la vida”, como lo cita el versículo mencionado.

Debemos abandonar los pecados, uno por uno, y si lo hacemos, tenemos la promesa del Señor que dice: “No se le recordará ninguno [ni uno solo de ellos] de sus pecados que había cometido; hizo según el derecho y la justicia; vivirá ciertamente” (Ezequiel 33:16).

El Señor dijo al profeta José Smith: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdona­do; y, yo, el Señor, no los recuerdo más”.

¿Cómo sabemos que alguien se ha arrepentido de sus pecados? El Señor nos da la respuesta en el si­guiente versículo: Por esto podréis saber si un hom­bre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confe­sará y los abandonará» (D. y C. 58:42-43).

Sabemos que la confesión es uno de los pasos pre­liminares al arrepentimiento total. Cuando se trata de pecados serios, hay que confesarlos al obispo o presidente de estaca que tenga la autoridad para re­cibir dicha confesión. Además, hay que recibir el perdón de las personas que se hayan visto afectadas por nuestro pecado. No se deben hacer confesiones o súplicas en público a menos que el pecado cometi­do haya sido en contra del público en general.

El arrepentimiento de pecados graves lleva tiempo y dedicación. Ya sea que se trate de transgresiones pequeñas o muy serias, el paso final del proceso del arrepentimiento —abandonar el pecado y volverse a nuestro Padre Celestial— es no volver a cometer el mismo error.

Debemos estar agradecidos por el Salvador, que está siempre dispuesto a ayudarnos a superar nues­tros errores y pecados. Él nos ama y nos comprende y sabe que debemos enfrentar la tentación.

En el Libro de Mormón, el rey Benjamín explica una de las formas en que podemos demostrar nuestra gratitud al Señor por la gran misericordia que tiene hacia nosotros, y por su sacrificio expiatorio en be­neficio nuestro. Dice así: “Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría; para que sepáis que cuando os halláis en el servicio de vuestros se­mejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17).

Dios es misericordioso y nos ha provisto el cami­no a seguir para arrepentimos de nuestros pecados y escapar del cautiverio del dolor, la pena, el sufri­miento y la desesperación que vienen como conse­cuencia de la desobediencia. Como sus hijos, es ne­cesario que comprendamos el verdadero significado de la palabra arrepentimiento, que nos ofrece un ho­rizonte de luz en medio de la obscuridad. □

Como hijos de Dios, es necesario que comprendamos el verdadero significado de la palabra arrepentimiento, que nos ofrece un horizonte de luz en medio de la obscuridad.

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Antes creía ahora lo se

Antes creía ahora lo se

por Don L. Searle

Cuando los misioneros lo conocieron, en Ca­lifornia, Sigifredo Verano no les pareció una buena referencia; tenía el cabello largo y usaba barba, al estilo de algunos de los grupos rebeldes de la década de 1970. Trabajaba ocho horas por día para mantener a su familia y además estudiaba para prepararse a fin de conseguir un empleo mejor, y no le quedaba mucho tiempo disponible para escuchar a los misioneros.

La mayoría de los amigos que Sigifredo tenía en el trabajo eran ateos o agnósticos, y él no había asistido regularmente a ninguna iglesia por casi veinte años.

Cuando los misioneros conocieron a su esposa, Ana Lucía, ella les dijo que podían ir a hablar con él siempre y cuando no estuviera muy ocupado. Des­pués de unas cuantas visitas breves, Sigifredo dijo: “Bueno, sí, enséñenme esas charlas de una vez”.

Fue debido al amor y la dedicación de varios mi­sioneros y a la fe de sus hijos que Sig y Ana Verano empezaron por fin a asistir a las reuniones de la Iglesia; pero ha sido la diligente obediencia de los dos lo que les ha ayudado a adquirir y fortalecer el testimonio.

En el año 1963 Sig Verano emigró de su tierra na­tal, Colombia, en América del Sur, al estado de Ca­lifornia, en los Estados Unidos. Ana, en aquel enton­ces su novia, se quedó para esperar a que él lograra una posición económica estable en el nuevo país.

En Colombia, él sólo había ido hasta el tercer año de escuela y hablaba muy mal el inglés. Una vez en Los Angeles, California, comenzó a trabajar haciendo sombreros y percibiendo el salario míni­mo. Siempre buscaba en los avisos del periódico un trabajo que fuera mejor remunerado, y un día vio uno que ofrecía un curso de capacitación para “machínist” (mecánico de máquinas, en este caso), pen­sando que se trataba de un maquinista, o sea, un conductor de locomotoras. El sueldo era bueno y como en su país los maquinistas tienen un trabajo fijo, se anotó para tomarlo.

Le iba muy bien en el curso, y después de un tiempo preguntó cuándo iban a trabajar con las “máquinas grandes”, a lo que le contestaron que tu­viera paciencia, que lo harían más adelante. Pero ya estaban terminando la capacitación y Sig seguía sin haber visto una locomotora. Un día le preguntó a un compañero cuánto tendrían que viajar en los trabajos futuros.

“¿Qué tiene que ver el viajar con este trabajo?”, replicó su compañero. Después de un diálogo un tanto confuso, Sig le preguntó: “¿Podrías decirme exactamente qué es lo que estamos aprendiendo?”

Pero el nuevo empleo como mecánico le proveía los medios suficientes para mantener a Ana cuando se casaran; hasta entonces mantenían su noviazgo por correspondencia. En 1964 se casaron por poder y en 1965 ella emigró a los Estados Unidos. Su pri­mer hijo, Edison, nació en 1966, Julie en 1968 y Marbell en 1972.

Sigifredo continuó estudiando para adquirir una educación y mejorar su situación económica.

“Terminaba un curso para empezar otro”, dice su esposa. Y así se convirtió en un experto mecánico de autos, oficio en el que tenía mucho éxito.

Si bien Sig nunca había negado la existencia de Dios, ni cometido pecados graves, la religión no sig­nificaba mucho para él. Tampoco podía aceptar las filosofías de sus amigos ateos y agnósticos. En una oportunidad le hizo la siguiente pregunta a uno de ellos:

“Si fueras a convertirte a una religión, ¿cuál elegi­rías?” A lo que el hombre contestó: “Me haría mormón”, y le explicó que su preferencia se debía a que los Santos de los Últimos días eran gente muy buena.

De hecho, fue el buen ejemplo del único mormón que Sig había conocido, “el ejemplo de un buen hombre”, lo que lo persuadió a escuchar a los misio­neros.

Lo que ellos le dijeron le pareció verdadero; la Palabra de Sabiduría le causó un impacto tal que dejó de fumar y de beber alcohol; también comenzó a tener sus oraciones personales. A pesar de eso, no le era nada fácil asistir a la Iglesia porque hacía mu­cho que había perdido la costumbre de hacerlo; y pronto dejó de escuchar las charlas misionales.

Sin embargo, a sus hijos les gustaba mucho ir a la Primaria, que en ese entonces se realizaba por las tardes, en un día laboral. O Sig o Ana los llevaban hasta la capilla, pero una tarde, cuando estaban lis­tos para salir, el auto no arrancaba. “Bueno, no es culpa mía”, les dijo su papá, “Creo que hoy no po­drán ir”.

Una vez en la casa, Edison, de seis años no se dio por vencido. “Oremos”, dijo, y todos se pusieron de rodillas, oraron y regresaron al auto. Para sorpresa de Sig, éste arrancó de inmediato.

Después de esa experiencia todos asistían a la Iglesia, aunque después de un tiempo dejaron de hacerlo. Pero se suscitaron una se­rie de coincidencias que les re­cordaban la existencia de la Iglesia. Por ejemplo, la ma­dre de Ana, que había ido a visitarlos desde Colombia, siempre hacía comentarios positivos acerca de los jó­venes misioneros que se reunían cerca de la casa de ellos, por la pulcritud en el vestir y el aspecto sano que tenían. Por otro lado, un amigo colombiano, de la marina mercante, fue un día a visitarlos. Al sentarse a la mesa les pidió permiso para bendecir los alimentos. Por la forma de orar, Sig se dio cuenta de que era mormón. Este amigo era un converso que estudiaba fervientemente las Escrituras durante los largos viajes que tenía que hacer y, sin saber que sus amigos estaban investígando la Iglesia, les dio su testimonio.

Un tiempo antes de esa visita, Sig Verano les ha­bía dicho a los misioneros que podían ir a verlos co­mo amigos, pero no a enseñarles el evangelio. Uno de ellos estaba para terminar la misión y regresar a casa, y fueron a visitarlos y a invitarlos a conocer a los padres del misionero en una reunión de despedi­da que unos amigos habían preparado para él. Reci­bieron una impresión tan buena de los mormones que conocieron allí que volvieron a tomar las char­las misionales.

Pero Ana, fiel a las tradiciones de la iglesia de sus antepasados, asumió una actitud negativa cuando se dio cuenta de que su esposo estaba considerando se­riamente el bautismo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ella decía que no necesitaba volver a bautizarse, de modo que llegaron a un acuerdo:

Ya que a los niños les gustaba ir a la Iglesia Mormona, él mismo comenzaría a llevarlos des­pués de que se bautizara, y ella continuaría asis­tiendo a su iglesia.

Pero durante la semana previa al bautismo de Sig, Ana soñó, reiteradamente, con el bautismo del Sal­vador, realizado por Juan el Bautista, en las aguas del río Jordán. Entonces se dio cuenta de que esos sueños le estaban indicando lo que debía hacer.

Sigifredo y Ana se bautizaron en el mes de enero de 1974; a fines de año, su hijo Edison, después de haber cumplido los ocho años de edad, también se bautizó.

No obstante, la lucha no terminó allí, ni la amo­rosa dedicación de otros para hermanarlos.

Un buen maestro orientador, el hermano George Baker, les ayudó a mantenerse activos en la Iglesia. Como el hermano Verano no estaba acostumbrado a asistir a reuniones tres veces en el día domingo, co­menzando a las siete de la mañana con la reunión del sacerdocio, estaba a punto de dejar de ir. Él tra­bajaba desde la medianoche hasta las seis de la ma­drugada, y le era muy difícil asistir a las reuniones matinales. Pero el hermano Baker hizo arreglos para que alguien los fuera a buscar, porque él no podía hacerlo, para llevarlos a las reuniones y mantenerlos activos en la Iglesia.

Conforme asistían a las reuniones y obedecían los principios del evangelio, la familia progresaba espiri­tualmente. El hermano Verano fue llamado como presidente de la rama hispanohablante de la estaca, creada en 1978, y luego como obispo, cuando pasó a ser barrio, cinco años después.

La creación de la rama fue también una bendi­ción para Ana Verano, porque como sabía muy po­co de inglés, no podía participar mucho de las acti­vidades del barrio regular, donde sólo se hablaba ese idioma. Pero en la rama de español recibió llama­mientos y progresó prestando servicio a los demás, tal como lo hacía su esposo.

“Recibí un verdadero testimonio por medio del servicio en la Iglesia”, dice el hermano Verano. “El servicio constante es una de las cosas que fortalece el testimonio de una persona”.

El primer barrio de habla hispana de la estaca se dividió poco después de haberse creado, y el herma­no Sig fue llamado como miembro del sumo consejo. En la actualidad es secretario ejecutivo de la estaca para los tres barrios hispanohablantes de la Estaca Hollywood Norte, Los Angeles, California. Su espo­sa tiene un llamamiento en el programa (de habla inglesa) de extracción de nombres de la estaca.

Además de muchos cursos vocacionales que este hermano tomó, se preparó en la venta de bienes raí­ces, lo que le dio muy buenos resultados y la opor­tunidad de fortalecer su testimonio.

Al principio tuvo dificultades en su carrera de ventas. Una semana después de haber comenzado a trabajar lo despidieron cuando el dueño de la agencia de bienes raíces se enteró de la religión a la que pertenecía, por haberse negado a trabajar los domingos.

“El evangelio es tan importante en nuestra vida que el domingo está vacío si no podemos asistir a las reuniones de la Iglesia», explica el hermano Verano.

“Los mormones dedican demasiado tiempo a su Iglesia, de modo que no pueden tener éxito. Ve a buscar trabajo a una agencia chica donde el dueño no esté muy interesado en vender”, le dijo el dueño de la agencia.

Pero el hermano Verano tomó esta experiencia como un desafío y encontró trabajo en una agencia importante de bienes raíces; en 1979, trabajando só­lo parte del tiempo, fue el mejor vendedor del año. Siempre se ha negado a trabajar los domingos, y co­mo presidente de rama y obispo también ha dedica­do parte de los sábados a prestar servicio en la Igle­sia. Y aun así, por varios años, ha estado entre los cinco mejores vendedores de la agencia.

El hermano Verano dice que, por medio del ser­vicio en la Iglesia, ha adquirido el conocimiento de que el Señor vive, de que por El podemos ser redi­midos y de que ha puesto profetas en la tierra para guiarnos y orientamos. Aquellos que no estén muy seguros de la veracidad del evangelio pueden llegar a saber con certeza que es verdadero, tal como el hermano Verano lo ha llegado a saber, poniéndolo a prueba por medio de la obediencia a los manda­mientos y de prestar servicio a los demás.

“Cuando me bauticé en la Iglesia”, dice el herma­no Verano, “yo creía que el evangelio es verdadero; pero ahora lo sé”.

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El milagro de la Santa Biblia

El milagro de la Santa Biblia

Por Mario Labraña

Discurso en la Reunión Sacramental del barrio Zarahemla, Montreal. Basado en el discurso, de M. Russell Ballard, Conf. Gen. Abril 2007

Quisiera comenzar citando algunas palabras del élder Ballard:

Mis hermanos y hermanas, ¡la Santa Biblia es un milagro! Es un milagro que los 4.000 años de historia sagrada y secular de la Biblia fueran registrados y preservados por los profetas, apóstoles y clérigos inspirados.

Es un milagro que tengamos la poderosa doctrina, los principios, la poesía y los relatos de la Biblia, pero, por encima de todo, es un milagro maravilloso que tengamos el registro de la vida, del ministerio y de las palabras de Jesús, que fue protegido durante la época del oscurantismo y a través de los conflictos de innumerables generaciones para que pudiésemos tenerlo en la actualidad.

Es un milagro que la Biblia contenga literalmente en sus páginas el Espíritu de Cristo que convierte y sana, y que durante siglos haya hecho volver el corazón de los hombres, guiándolos a orar, a elegir el sendero correcto y a buscar para encontrar a su Salvador.

La Santa Biblia lleva bien su nombre; es santa porque enseña la verdad, es santa porque nos consuela con su espíritu, es santa porque nos enseña a conocer a Dios y a comprender Sus tratos con los hombres, y es santa porque a través de sus páginas testifica del Señor Jesucristo.

Sería beneficioso si repasamos rápidamente un poco de historia, para entender cómo sucedieron ciertos acontecimientos:

  1. Hoy en día es claro para nosotros que posteriormente a la muerte de los apóstoles que el Señor Jesucristo llamó en su ministerio, la iglesia que Él había constituido fue llevada al desierto de la apostasía, y que la autoridad del sacerdocio fue llevada al
  2. Ya en el primer siglo de la era cristiana, por manos de los romanos, los cristianos de la época comenzaron a ser perseguidos hasta el extermini Se estima que este período se prolongó hasta el año 305 d.C.
  3. Los registros sagrados eran quemados, los lugares de adoración arrasados, los cristianos torturados y muertos, y todo para destruir la Iglesia y para abolir la Cristiandad de la ti
  4. Este tipo de persecución cesó porque se llegó a pensar que la Iglesia Cristiana había sido extinguida para siempre.
  5. Algunos historiadores y estudiosos del tema, aseguran que eventos milagrosos permitieron, posterior a tal persecución, que la cristiandad fuera la religión del estado, y que el emperador mismo fuera la cabeza de la Iglesia.
  6. Claro es, que a esas alturas, la iglesia difería muchísimo a la constituida por Cristo, y ya se había hecho apóstata.
  7. Con el transcurrir del tiempo, esta iglesia comenzó a adoptar en sus credos y ritos los pensamientos de escuelas filosóficas contemporánea
  8. Esta condición apóstata de la iglesia se extendió hasta finales del siglo XV. Y el período comprendido entre los siglos X y XV ha llegado a ser conocido como ‘las edades obscuras’, caracterizadas por el estancamiento en el progreso de las artes, las ciencias y las letras, y por una condición general de analfabetismo e ignorancia entre las masas.
  9. Pero nuestro Señor hizo que surgiera un despertar del intelecto humano. Destaca lo que se conoce como el ‘renacimiento de las letras’. Este renacer lucha principalmente contra la tiranía eclesiástica que prohibía hasta la muerte el acceso a las escrituras sagradas y al saber en general.

Volviendo a las palabras del élder Ballard, él agrega y cito:

La época del oscurantismo fue oscura porque la luz del Evangelio se le ocultó a las personas; éstas no tenían a los apóstoles ni a los profetas, ni tenían acceso a la Biblia. El clero mantenía las Escrituras en secreto y fuera del alcance de las personas. Mucho les debemos a los valientes mártires y reformadores como Martín Lutero, John Calvin y John Huss, quienes exigieron la libertad para adorar y el acceso común a los libros sagrados.

William Tyndale dio su vida porque creía profundamente en el poder de la Biblia; él dijo: ‘La naturaleza de la palabra de Dios es tal, que el hombre que la lea o que oiga explicaciones y debates en cuanto a ella, comenzará de inmediato a convertirse en una persona cada vez mejor, hasta que llegue a ser un hombre perfecto’.

Decenas de millones de personas han hallado fe en Dios y en Jesucristo al buscar la verdad en la Biblia. Innumerables son las personas que no tenían nada, excepto la Biblia para nutrir y guiar su fe.

Gracias al esfuerzo de los reformadores, la Biblia se convirtió en una posesión familiar. La palabra de Dios se leía tanto en el hogar de los humildes como en las salas de los grandes.

Ahora, permítanme compartir un pensamiento personal. Este nace al considerar las palabras que Nefi registra en su Primer Libro, donde un ángel le muestra que la palabra de Dios iba a ser despojada de ‘muchas partes que son claras y sumamente preciosas’ (1 Nefi 13). Y a pesar que se intentó todo para destruir la verdad del evangelio y despojarle de su pureza y santidad, aún con todo eso, la Santa Biblia salió airosa y triunfante.

Es maravilloso ver que a pesar de haber sido privada de muchas cosas sumamente preciosas, aun así este valioso testimonio del evangelio del Salvador tuvo la fuerza y el poder de mantener la suficiente Luz que permitiría posteriormente la restauración del evangelio y de la iglesia del Cordero de Dios.

El élder James Talmage escribió que los movimientos del Renacimiento y de la Reforma sirvieron como el arado que prepara el terreno para sembrar la semilla.

El élder Ballard continúa diciendo:

Millones de familias se han unido en la búsqueda por encontrar la Iglesia de Jesucristo mediante el estudio de la Biblia. Una de esas familias, a comienzos del siglo XIX, era la familia de Joseph Smith. Uno de sus hijos era José Smith, un joven que escudriñaba la Biblia para saber cuál de las numerosas denominaciones religiosas era igual a la Iglesia que Jesucristo había organizado. Las palabras de la Biblia le indujeron a orar para obtener mayor luz y conocimiento espirituales de Dios. Decidido a buscar la sabiduría prometida en las Santas Escrituras, José se arrodilló en humilde oración a comienzos de la primavera de 1820. ¡Ah, qué maravillosa luz y verdad se derramaron sobre él cuando aquel día contempló la gloriosa manifestación de Dios el Padre y del Señor Jesucristo! Una vez más, Dios llamó a un profeta tal y como lo hizo en los días de Noé, Abraham y Moisés.

Cuán agradecidos debiéramos sentirnos por la Santa Biblia; en ella aprendemos no sólo de la vida, de las enseñanzas y de las doctrinas de Cristo; aprendemos sobre Su Iglesia, Su sacerdocio y sobre la organización que Él estableció y llamó la Iglesia de Jesucristo en aquel entonces. Nosotros creemos en esa Iglesia y creemos también que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es esa misma Iglesia, restaurada en la tierra, completa y con la misma organización y el mismo sacerdocio.

Sin la Biblia, no tendríamos conocimiento de Su Iglesia de aquel entonces, ni tendríamos hoy la plenitud de Su Evangelio.

Ahora les comento de un evento trascendental en la historia de nuestra Iglesia; inmediatamente después de terminada la traducción del Libro de Mormón, el Señor le mandó al Profeta José que hiciera una revisión de la Biblia, para ello tomó como referencia la versión del Rey Santiago. Teniendo solamente 24 años de edad y tomando 3 años de trabajo, este dio como resultado colateral muchas de las más maravillosas revelaciones que ahora constituyen parte del libro de Doctrina y Convenios, además de una versión que conocemos como la Versión Inspirada de la Biblia.

Esta versión restaura muchas de las partes que habían sido quitadas de los registros bíblicos en el pasado. ¿No es eso maravilloso?

A principios del año 1973, la Iglesia constituyó un comité con la finalidad de producir una nueva versión de la Biblia y de las demás Escrituras SUD:

El presidente Monson siendo un experto impresor, estaba encargado del diseño y formato de las páginas; las notas, encabezados de capítulos y diccionario fueron responsabilidad del élder McConkie, experto en doctrina; el élder Packer supervisó el trabajo de un comité encargado de la guía temática de tal manera que el formato resultante fuera de fácil acceso para cualquiera.

Para agosto de 1979 estaba terminada la nueva versión de la Biblia SUD. Después de cientos de miles de horas de voluntariado de personas dedicadas y fieles durante 7 años desde la conformación del comité, una Biblia notable había

llegado a buen término. El volumen final ascendió a 2.432 páginas que incluían el Antiguo y Nuevo Testamento, encabezados, correlaciones y notas al pie de página, así como anexos, una guía temática, un diccionario bíblico, la revisión y traducción de José Smith, un diccionario geográfico y 14 mapas a color.

Finalmente y literalmente se cumplió la profecía del profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento:

“Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano” (Eze. 37:17).

También al patriarca Lehi se le reveló este milagro: 2 Nefi 3:12

Ahora, contamos con esta maravillosa versión en español.

He observado en los últimos tiempos un creciente descrédito a los asuntos religiosos. Muchos, si no todos, fundamentan sus argumentos desprestigiando a la Biblia y a quienes creen en su divinidad. La religión cae en el calificativo de superstición, y por ende los religiosos de supersticiosos, incluso de ignorantes.

Nada de esto es novedad para ninguno de nosotros.

Hermanos y hermanas, tenemos demasiados motivos para convertirnos en verdaderos expertos en saber exponer las doctrinas básicas y fundamentales del evangelio de Jesucristo. ‘Somos los soldados que combaten error’.

Usando solo la Biblia deberíamos saber exponer correctamente doctrinas como:

  • La vida premortal.
  • Que Jehová en el Antiguo Testamento es el tantas veces profetizado Mesías y Redentor del Nuevo Testamento.
  • El Bautismo para la remisión de pecados.
  • La Autoridad del Sacerdocio.
  • La Expiación de Jesucristo.
  • La profetizada Apostasía de la Iglesia Primitiva.
  • La necesidad de Profetas vivientes.
  • La Restauración también profetizada en la Biblia.
  • La divinidad de Jesucristo.

Debemos desarrollar y fortalecer nuestro testimonio de la divinidad del Salvador de tal manera que el Espíritu Santo pueda sostener dicho testimonio al momento de compartirlo y hacerlo llegar al corazón de quienes escuchan.

Retomo las palabras del élder Ballard:

Jesús enseñó que debíamos “[escudriñar] las Escrituras; porque… ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Estas palabras brindan entendimiento e inspiración a todo el que sinceramente desee conocer y entender la verdad sobre Jesucristo.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días creen que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil” (2 Timoteo 3:16). Amamos la Biblia y las demás Escrituras.

…la Biblia …es uno de los pilares de nuestra fe, un poderoso testimonio del Salvador y de la influencia constante de Cristo en la vida de quienes le adoran y le siguen. Cuanto más leamos y estudiemos la Biblia y sus enseñanzas, más claramente veremos la base doctrinal del evangelio restaurado de Jesucristo. Tenemos la tendencia de amar aquellas Escrituras a las que le dedicamos más tiempo. Tal vez debamos equilibrar nuestro estudio a fin de amar y comprender todas las Escrituras.

Especialmente ustedes, jóvenes, no pasen por alto la Biblia ni le resten valor; es el registro sagrado y santo de la vida de nuestro Señor. La Biblia contiene cientos de páginas más que todas nuestras otras Escrituras juntas; es el cimiento de todo el cristianismo. Nosotros no criticamos ni menospreciamos las creencias de ninguna persona. Nuestra gran responsabilidad como cristianos es compartir todo lo que Dios ha revelado con todos Sus hijos e hijas.

Aquellos que se unen a esta Iglesia no abandonan su fe en la Biblia, antes bien, la fortalecen. El Libro de Mormón no le quita valor, ni le resta importancia a la Biblia; al contrario, la amplía, la extiende y la exalta. El Libro de Mormón testifica de la Biblia y ambos testifican de Cristo.

Cuando veo lo que hay detrás de este maravilloso libro, de todo lo que tantos soportaron, del sacrificio de tantos otros, del trabajo y entrega de tantos más, del amoroso interés del Padre Celestial, de lo que ha significado en mi vida, vienen a mi mente y a mi corazón con notable fuerza las palabras del himno que me dice:

Asombro me da el amor que me da Jesús,
Confuso estoy por su gracia y por su luz.

En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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No es divertido ser pobre

No es divertido ser pobre

por el élder Marvin J. Ashton
del Consejo de los Doce
Discurso pronunciado en la Uni­versidad Brigham Young, Provo, Utah.

La peor pobreza es perder nuestra propia estima y nuestro autor respeto. Cuando perdemos la confianza en los amigos y en nosotros mismos, no nos queda mucho en que confiar.

No es divertido ser pobre, pero nadie tiene por qué serlo. Por medio de la oración y las obras que hagamos, Dios nos ayuda a evitar ser po­bres, ya que “rico es el que tiene vida eterna” (D. y C. 6:7).

A pesar de lo que declara este pasaje de las Escri­turas, podemos llegar a ser víctimas de la verdadera pobreza si no nos comportamos debidamente todos los días. La clave radica en la siguiente pregunta: ¿Qué significan los términos pobre y rico? ¿Están re­lacionados sólo con las cosas materiales? Otra pre­gunta importante que toda persona debe considerar no es precisamente lo que haría si tuviera mucho di­nero, tiempo, influencia u oportunidades para la educación, sino más bien cuál sería la mejor forma de utilizar los bienes y recursos que tiene y los que haya de recibir.

El propósito de este artículo es tratar de ayudamos a todos a evitar el ser pobres. Es de esperar que si ya somos pobres, a la manera en que yo defino el tér­mino, podamos superar dicha condición. Voy a citar algunos de los “mandamientos” que debemos guardar a fin de no ser pobres. No me cabe la menor duda de que hay muchos más, pero los siguientes son sufi­cientes para comenzar.

No perderás a un amigo ni dejarás de serlo.

La persona es pobre cuando se va quedando sin amigos; cuando no los tiene. Cuando nuestros ami­gos, aquellos con quienes más nos relacionamos, tie­nen motivos para dejarnos, para no creemos ni con­fiar en nosotros, entonces somos pobres. Cuando perdemos a los amigos, frecuentemente se desvane­cen de nosotros toda fortaleza y deseo de obrar bien.

Con frecuencia perdemos a los amigos porque no estamos dispuestos a pagar el precio de conservarlos. El poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson di­jo: “La única manera de tener un amigo es saber ser amigo”.

La persona es pobre cuando no tiene amigos, pero es más pobre aún si deja de ser un amigo para los demás. Hagan lo que hagan los demás, no podemos nunca damos por vencidos en nuestros esfuerzos por ser amigos sinceros.

Honrarás tu carácter y lo protegerás de la autodestrucción.

La persona es pobre cuando tiene codicia y no es honrada; cuando cede a las presiones externas que la inducen a comportarse mal. Somos de carácter pobre cuando, al hacer algo, no nos esforzamos por hacer las cosas lo mejor posible. Una combinación correcta de virtud, acción y honradez hace que una persona sea rica.

Según la forma en que actuemos ante las dificul­tades y los problemas de la vida se determinará vuestro carácter. Debemos dar gracias a Dios por las personas que tienen la valentía de ser verídicas e íntegras en todo momento de la vida. Lo mejor que se puede decir de una persona es: “No tiene dobleces; es íntegra de la cabeza a los pies”.

No engañarás.

Uno de los instrumentos favoritos de Satanás es el engaño, y por sus artimañas se le ha dado el títu­lo de “padre de las mentiras”. Sí él pudiera, haría que todos nos empobreciéramos viviendo y fomen­tando mentiras. La persona que fomenta el engaño es la que pierde más que nadie, y es responsable de los daños que causa. El hombre engañador tiene pri­mero en cuenta la ventaja que vaya a sacar con su mentira, mientras que un hombre de carácter consi­dera solamente lo que es justo y digno.

No transigirás con tus principios.

Todos debemos recordar constantemente que el carácter de la persona se forma aplicando debida­mente la educación que vaya recibiendo en el trans­curso de su vida. El hacer saber y fomentar la ver­dad en forma constante nos protege de la pobreza. Una persona que vive principios elevados de moral y virtud no transigirá jamás con sus principios en ninguna circunstancia.

Los que no transigen con sus principios no son nunca pobres. Los que viven en conformidad con principios meritorios son ricos.

Te amarás a ti mismo.

La peor derrota que puede sufrir una persona es la de dejarse vencer por sí misma. A nadie le gusta ser derrotado, pero no hay nada más devastador que el derrotarse a sí mismo. La peor pobreza es perder nuestra propia estima y nuestro auto respeto. Cuan­do perdemos la confianza en los amigos y en noso­tros mismos, no nos queda mucho en que confiar.

La persona es pobre cuando antepone la desespe­ración a la esperanza; cuando no recuerda quién es en verdad y se olvida de la relación que tiene con Dios, con su familia y consigo misma. Somos impor­tantes—hijos espirituales de nuestro Padre Celestial —y con su ayuda podemos lograr todas las cosas.

Serás honrado.

La persona es pobre cuando piensa que la honra­dez es una norma en lugar de un sistema apropiado de vida. La conciencia limpia vale más de lo que cuesta ganarla. “¿Qué aprovechará al hombre si ga­nare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Marcos 8:36.) ¿Cuántas veces oímos decir que es mucho mejor que se nos tenga confianza a que se nos ame? Sin honradez no hay base sobre la cual edificar.

No te aprovecharás injustamente de los demás en beneficio propio.

La persona es pobre cuando utiliza el nombre de un individuo o de una organización para promover o vender algo cuyo valor es dudoso. El que trata de hacemos creer que algo es “bueno” por el simple he­cho de que sea miembro de la Iglesia es una persona injusta, insensata y pobre. La deshonestidad es cual­quier mensaje o comunicación que una persona transmita a otra con la intención de engañarla.

Cualquiera de nosotros que sea deshonesto, en el grado que sea, se está encaminando a la pobreza.

No considerarás una simple declaración como arrepentimiento.          

Una persona es pobre cuando no se da cuenta de que el arrepentimiento es todo un proceso y no una simple declaración. Todo ser humano tiene que en­frentar el desafío de reconocer y cargar su propia cruz. El arrepentimiento sincero requiere acción.

Una persona que esté dispuesta a arrepentirse nunca deberá más de lo que reciba. El arrepenti­miento nos permite levantarnos después de habernos caído. Una persona es pobre sólo cuando no tiene la disposición de comprender el verdadero significa­do del principio del arrepentimiento y aplicarlo de­bidamente. El arrepentimiento no significa declarar públicamente que vamos a cambiar nuestra manera de vivir, sino que es determinar firmemente que va­mos a llevar una vida mejor y abandonar totalmente el pecado, y hacerlo. El arrepentimiento es la forma en que nos comportemos tanto en público como en privado.

No permitirás que el dinero te controle.

La persona es pobre cuando se deja gobernar por el dinero que gana, en lugar de controlarlo. Gane­mos lo que ganemos por semana, por quincena o por mes, el dinero debe gastarse debidamente. Es preciso que nos ajustemos a un presupuesto y viva­mos de acuerdo con él.

Todas las personas tienen emergencias o pasan por problemas económicos en la vida, pero este tipo de problema no tiene por qué empobrecernos. Ade­más, se puede evitar. Podemos evitar el apremio económico si aprendemos la manera de ayudarnos a nosotros mismos. Por ejemplo, cualquier persona que tenga buenos amigos, familiares, vecinos, un obispo y un presidente de estaca que se preocupen por ella se puede considerar rica.

Por medio del trabajo honrado, la educación y la determinación de salir adelante, podemos sentir sa­tisfacción personal si usamos debida y correctamente los recursos que estén a nuestro alcance. Nadie tie­ne que disculparse por haber logrado una situación económica desahogada si lo ha hecho por medios honrados y si sabe gastar el dinero debidamente. Só­lo somos pobres si el dinero y las riquezas pasan a ser nuestra meta y nuestro dios en la vida.

Yo respeto a los que han alcanzado el éxito eco­nómico por vías honradas, pero lo hago sola y ex­clusivamente si es notorio que utilizan el dinero con sabiduría. Una de las grandes lecciones que apren­demos en la vida es que más importante que el he­cho de tener es lo que hagamos con lo que tene­mos. No juzgamos el valor del sol por el tamaño, sino por lo que hace por nosotros.

Con los amigos, la virtud, el carácter, la verdad, la integridad, el arrepentimiento y otros dones de Dios, tenemos a nuestro alcance perlas de gran pre­cio que pueden ser nuestras si las sabemos buscar.

No es divertido ser pobre y, afortunadamente, nin­guno de nosotros tiene por qué serlo. □

Este artículo es una adaptación de un discurso pronunciado en la Uni­versidad Brigham Young, Provo, Utah.

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