Gloria a Dios en las alturas

Gloria a Dios en las alturas

Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Cada vez que actuamos en armonía con el Señor —haciendo Su voluntad, elevando a los que nos rodean— estamos dando testimonio de que Él vive y que nos ama.

Setecientos años antes del nacimiento de Jesucristo en Belén de Judea, el pro­feta Isaías declaró: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).

Ciento veinticinco años antes del nacimiento del Salvador, el rey Benjamín profetizó: “Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:8).

El día antes del nacimiento del niño Jesús, Nefi, el hijo de Nefi, oyó una voz que decía: “… mañana vengo al mundo” (3 Nefi 1:13).

Al día siguiente, a océanos de distancia, nació el Cristo niño. No hay duda de que Su madre, María, contemplaba con asombro a su hijo recién nacido, el Unigénito del Padre en la carne.

En las colinas de Judea que rodean a Belén, nos dice Lucas, había pastores que velaban en los campos (véase Lucas 2:8). Esos pastores eran “hombres justos y san­tos” (véase Alma 13:26) que darían testimonio del Cristo niño.

“Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.

“Pero el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo:

“que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor…

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían:

“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:9–11, 13–14).

Imaginen esa escena en Judea: el cielo lleno del resplan­dor de una estrella gloriosa y coros celestiales marcando ese acontecimiento singular. Los pastores fueron “deprisa” (Lucas 2:16) para ver al bebé recostado en un pesebre. Más tarde, “dieron a conocer” (Lucas 2:17) lo que habían oído y visto.

Cada año en la Navidad añadimos nuestro testimonio al de los pastores: que Jesucristo, el Hijo literal del Dios viviente, vino a este rincón de la tierra que llamamos la Tierra Santa.

Los pastores reverentemente fueron al establo para ado­rar al Rey de reyes. ¿Cómo lo adoraremos en esta época? ¿Andaremos haciendo compras interminables? ¿Andando deprisa en nuestros hogares decorando y envolviendo? ¿Será ese nuestro tributo a nuestro Salvador? ¿O brindare­mos también paz a corazones atribulados, buena voluntad a los que necesitan un propósito más elevado, gloria a Dios en nuestra disposición a hacer Su voluntad?

Jesús lo expresó de manera sencilla: “Ven, sígueme” (Lucas 18:22).

El evangelio de Jesucristo, restaurado por medio del profeta José Smith, ha resonado con los creyentes en todo el mundo. He presenciado por mí mismo el fervor de las personas de las islas del mar hasta la enormidad de Rusia que han abrazado la sagrada palabra del Salvador.

El mensaje de la Navidad

Entre los primeros santos que se congregaron en Sion se encontraba Hannah Last Cornaby, que se estableció en Spanish Fork, Utah, EE.UU. En los difíciles primeros días de la Iglesia restaurada, la Navidad a veces se celebraba con una preciada naranja o un juguete tallado, o tal vez solo una muñeca de trapo, pero no siempre. El 25 de diciembre de 1856, Hanna escribió:

“Llegó la víspera de la Navidad, y mis amados pequeños, con la fe propia de los niños, colgaron sus medias, pregun­tándose si se llenarían [de regalos]. Con corazón dolorido, que mantuve oculto, les aseguré que no permanecerían en el olvido; y se durmieron, esperando con alegría el día siguiente.

“Sin tener una partícula de algo dulce, no sabía qué hacer. Sin embargo, no debían sentirse decepcionados. Entonces pensé en unas calabazas que había en la casa, las cuales herví, luego colé el líquido, que, al hervirlo unas cuantas horas, se convirtió en almíbar. Con eso, y unas pocas especias, hice una masa de jengibre que, al cortarla en toda variedad concebible de diseños, y horneados en una sartén, (no tenía una estufa) llenó sus medias, lo cual les gustó tanto como si hubiera venido de la repostería más fina” 1.

Entre las líneas de este cuento se deja ver el relato de una madre que trabaja durante la noche sin siquiera tener un horno para aliviar sus esfuerzos. Sin embargo, estaba comprometida a llevar alegría a sus hijos, a reforzar su fe, a afirmar en su hogar: “¡Oh, está todo bien!” 2. ¿No es ese el mensaje de la Navidad?

El presidente Thomas S. Monson ha enseñado: “… nuestras oportunidades de dar de nosotros mismos son en verdad ilimitadas, aunque también son perecede­ras. Hay corazones que alegrar, palabras bondadosas que decir; regalos que dar” 3.

Cada vez que actuamos en armonía con el Señor —haciendo Su voluntad, elevando a los que nos rodean— estamos dando testimonio de que Él vive y que nos ama, sin importar nuestros desafíos temporales.

Después de que el converso escocés John Menzies Macfarlane se unió a la Iglesia con su madre viuda y su hermano, los tres viajaron a Salt Lake City, Utah, en 1852. Tenía 18 años. A lo largo de los años, se convirtió en topó­grafo, constructor e incluso juez de distrito, pero fue su música la que lo distinguió.

Organizó su primer coro en Cedar City, Utah, y llevó a su conjunto alrededor del sur de Utah. Después de una actua­ción en St. George, el élder Erastus Snow (1818–1888), un apóstol y líder de la colonia, animó a John a mudarse a St. George y llevar consigo a su familia y su música.

Los tiempos habían sido duros en 1869, y el élder Snow le pidió al hermano Macfarlane que organizara un programa navideño que elevara el ánimo de la gente. Para ese aconte­cimiento, el hermano Macfarlane quería una pieza musical nueva y cautivadora, pero a pesar de lo mucho que se esfor­zaba por componer, no se le ocurría nada. Oró para recibir inspiración una y otra vez.

Entonces una noche despertó a su esposa y exclamó: “¡Tengo la letra para una canción, y creo que también tengo la música!”. Se apresuró a ir al teclado de su pequeño órgano de salón y tocó la melodía, escribiéndola mientras su esposa sostenía ante él la luz parpadeante de un pequeño trozo de franela que ardía al flotar en un tazón de grasa. Las palabras y la música fluyeron:

En la Judea, en tierra de Dios,
fieles pastores oyeron la voz:
¡Gloria a Dios,
gloria a Dios,
gloria a Dios en lo alto!
¡Paz y buena voluntad!
¡Paz y buena voluntad! 4.

El hermano Macfarlane nunca había estado en Judea para ver que las llanuras eran más como laderas rocosas, pero el mensaje ins­pirado de su música brotó de su alma como un testimonio del nacimiento del Salvador en Belén, un comienzo que cambiaría el mundo para siempre 5.

John Menzies Macfarlane testificó de Jesucristo a través de su música, y Hannah Last Cornaby testificó de Cristo por medio de su servicio a sus hijos. Nosotros también podemos servir al Señor y dar testimonio de Él mediante actos sencillos de generosidad. Nosotros también podemos marcar una dife­rencia dentro de nuestras familias, nuestros barrios, nuestros lugares de trabajo y nuestras otras esferas de responsabilidad.

Marquemos la diferencia

Una forma sencilla de marcar la diferencia es participar en la campaña anual de Navidad de la Iglesia a través de las redes sociales. La campaña tiene como fin ayudar a los santos, y a los hijos de Dios en todo el mundo, a centrarse en el Salvador. Este año la Iglesia lanzará otro esfuerzo global para celebrar el nacimiento de Cristo y animar a la gente a emularlo al servir a los demás durante la época de la Navidad.

La Iglesia repetirá el tema de éxito del año pasado: “Ilumi­na el mundo” (véase Mormon .org). El tema proviene de Juan 8:12, que dice: “Y Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

La campaña incluye un calendario del advenimiento y versículos bíblicos relacionados que proporcionan ideas para que la gente preste servicio y comparta la luz de la Navidad.

“Cada uno de nosotros vino a la tierra habiendo recibido la luz de Cristo”, ha dicho el presidente Monson. “Al seguir el ejemplo del Salvador y vivir como Él vivió y enseñó, esa luz arderá en nosotros e iluminará el camino para los demás” 6.

Llegamos a conocer al Salvador al hacer lo que Él hizo. Al prestar servicio a los demás los acercamos a ellos, y a nosotros mismos, a Él.

“El nombre más grande de todos”

Durante la Navidad, extraño especialmente a nuestro pequeño nieto Paxton. Nació con un raro trastorno gené­tico y sufría de innumerables problemas de salud. Nuestro Padre Celestial enseñó a nuestra familia muchas lecciones especiales y tiernas durante los tres cortos años en que Paxton bendijo nuestras vidas

Mi hermana confeccionó un hermoso acolchado y lo tituló “El nombre más grande de todos”. En el acolchado figuran 26 de los nombres de Jesucristo.

Mi hermana, Nancy Schindler, confeccionó un hermoso acolchado en honor de Paxton. Lo tituló: “El nombre más grande de todos”. En el acolchado figuran 26 de los nom­bres de Jesucristo, empezando con las letras de la A a la Z. El acolchado me recuerda la gloriosa futura reunión fami­liar con Paxton que se hará posible mediante el sufrimien­to, sacrificio y resurrección del Salvador.

El acolchado me inspiró a comenzar un estudio de los nombres de Jesucristo tal como se revelan en las Escrituras. El investigar los nombres de Él se ha convertido en parte de mi estudio personal de las Escrituras. Hasta ahora, he localizado cientos de nombres que se dan al Salvador.

Una de mis responsabilidades como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, y como se establece en Doctrina y Convenios, es dar testimonio de Jesucristo. En Doctrina y Convenios dice: “Los doce consejeros viajantes son llamados para ser los Doce Apóstoles, o sea, testigos especiales del nombre de Cristo en todo el mundo” (D. y C. 107:23; cursiva agregada).

Hace poco me pidieron que hablara durante una reu­nión sacramental en el Hospital de Niños de la Primaria, en Salt Lake City. Sentí la inspiración de hablar acerca de Jesucristo y de Sus nombres que brindan esperanza. Di testimonio del Salvador como “la estrella resplandeciente de la mañana” (Apocalipsis 22:16), un “sumo sacerdote de las cosas buenas por venir” (Hebreos 9:11), “un Dios de milagros” que se levantó “con sanidad en sus alas” (2 Nefi 27:23; 25:13), el “Príncipe de paz” (Isaías 9:6; 2 Nefi 19:6), y “la resurrección y la vida” (Juan 11:25).

En la Navidad, me gusta recitar los diferentes nombres del Salvador mientras camino hacia mi oficina y desde ella en medio de las luces de Navidad de la Manzana del Templo. Empiezo con la A, [el orden figura en inglés] “el Alfa y la Omega” (Apocalipsis 1:8); B, “al niño” de Belén (Lucas 2:12, 16); C, “Consejero” (Isaías 9:6; véase 2 Nefi 19:6); D, “el Libertador” (Romanos 11:26); E, el “exaltado” (Salmos 89:19); F, “fundador de la paz” (Mosíah 15:18); y así sucesivamente.

Durante esta temporada de Navidad, espero memorizar más nombres de Él y buscar oportunidades para honrar Su nombre. A medida que ustedes se esfuercen por marcar una diferencia en esta temporada navideña, espero que coloquen al Salvador en el centro de sus labores y que le brinden gloria a medida que sirvan a los demás en Su nombre.

Doy testimonio de que nuestro Padre Eterno vive. Su plan de felicidad bendice profundamente la vida de cada uno de Sus hijos en todas las generaciones. Sé que Su Amado Hijo, Jesucristo, el niño que nació en Belén, es el Salvador y Redentor del mundo.

Estas palabras de alabanza resuenan en mis oídos: “¡Gloria a Dios en lo alto!; ¡Paz y buena voluntad!” 7.

De un discurso pronunciado en BYU Management Society–Salt Lake Chapter, en Salt Lake City, Utah, EE. UU., el 13 de diciembre de 2016.

NOTAS

  1. Hannah Cornaby, Autobiography and Poems, 1881, págs. 45–46.
  2. “¡Oh, está todo bien!”, Himnos, nro. 17.
  3. Thomas S. Monson, “Que así vivamos”, Liahona, agosto de 2008, pág. 5.
  4. “En la Judea, en tierra de Dios”, Himnos, nro. 134.
  5. Véase Karen Lynn Davidson, Our Latter-day Hymns: The Stories and the Messages, 1988, págs. 223–224.
  6. Thomas S. Monson, “Sean un ejemplo y una luz”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 86.
  7. Himnos, nro. 134.

 

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14 sucesos de la Natividad

14 sucesos de la Natividad

Por Jessica Griffith

El nacimiento de Jesucristo se celebra cada año: cantamos himnos, disfrutamos de tradiciones familiares y recordamos a nuestro Señor al honrar Su Natividad. Sin embargo, ¿qué detalles sobre la Natividad hallamos en las Escrituras?

SUCESO LUGAR
Se profetiza el nacimiento de Cristo
Génesis 49:10Isaías 7:149:1–7Miqueas 5:2Mosíah 3:8Alma 7:10Helamán 14:2–5
LA ANTIGUA JERUSALÉN Y LA ANTIGUA AMÉRICA
Muchos años antes del nacimiento del Salvador, los profetas habían recibido revelaciones sobre Jesucristo. Los profetas del Antiguo Testamento hablaron de un rey que descendería del rey David y que nacería en Belén: un Mesías. Según la interpre­tación judía, ese Mesías llega­ría a ser un rey que liberaría a Su pueblo, los judíos, de la opresión política y que reina­ría sobre la tierra con justicia.
Sin embargo, lo que los judíos de la antigüedad no esperaban era a un Rey que liberaría a Su pueblo de la opresión espiritual. En vez de una salvación temporal y un reino terrenal, Jesucristo ofrecía una salvación eterna y el reino de Su Padre.
El ángel Gabriel visita a los padres de Juan el Bautista
Mateo 17:12–13Lucas 1:5–25(especialmente el versículo 17); Doctrina y Convenios 27:7; Guía para el Estudio de las Escrituras, “Elías”
JUDEA
Juan el Bautista fue un Elías, o precursor, de Cristo. El ángel Gabriel le dijo a Zacarías, el padre de Juan, que su esposa Elisabet tendría un hijo, a quien debían llamar Juan. Zacarías dudó, por lo que quedó sordo y mudo.
El ángel Gabriel se aparece a María
Mateo 1:18Lucas 1:26–38
NAZARET Y GALILEA

La siguiente visita de Gabriel fue seis meses después a María, la prima de Elisabet. Él le dijo a María que aunque ella era virgen, tendría un hijo por el poder del Espíritu Santo, y que el niño sería Jesucristo. María aceptó humildemente su llamamiento para ser la madre del Hijo de Dios. El ángel también le dijo que su prima Elisabet había concebido.

María visita a Elisabet
Lucas 1:39–56
JUDEA
Luego de la visita angélica de María, ella partió de Nazaret para visitar a su prima Elisabet en Judea por tres meses. Mientras María estaba allí, Elisabet recibió un testimonio mediante el Espíritu Santo de que el bebé de María era el Hijo de Dios. María también compartió su propio testimonio de Dios.
Nace Juan el Bautista
Lucas 1:57–80
JUDEA
Cuando Juan el Bautista nació, la gente supuso que le darían el nombre de Zacarías, como su padre. Elisabet rechazó ese nombre, y dijo a sus amistades y vecinos que su nombre era Juan. Cuando estos amigos y vecinos le preguntaron a Zacarías al respecto, él coincidió con Elisabet. Debido a que siguió las indicaciones de Gabriel en cuanto al nombre de su hijo, Zacarías recuperó el habla y utilizó su capacidad de oír y hablar para glorificar a Dios.
El ángel Gabriel se aparece a José
Mateo 1:18–23
NAZARET
Al ver que María estaba embara­zada cuando regresó a Nazaret, José, el hombre que estaba des­posado con ella, tuvo la intención de “dejarla secretamente”, o anu­lar discretamente su compromiso matrimonial. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, el ángel Gabriel se apareció a él en un sueño y le testificó que el bebé de María había sido concebido del Espíritu Santo, y que el niño sería Aquel que salvaría a Su pue­blo de sus pecados. En vez de separarse de María, José tomó la decisión de casarse con ella.
Todos son empadronados
Lucas 2:1–4; James E. Talmage, Jesús el Cristo, 1964, págs. 96–97
El Imperio Romano
El empadronamiento era tanto una inscripción tributaria como un censo, y era implementado por los romanos. Normalmente, los romanos empadronaban a la gente de acuerdo con su residencia actual, pero la costumbre judía era hacerlo según su hogar ancestral. Por causa de ello, Belén, el hogar ancestral de José, estaba repleto de gente, y los mesones estaban llenos.
Nace Jesucristo
Lucas 2:6–7
Nazaret, Belén y Judea
Belénsignifica “casa de pan” y fue el lugar en el que se profetizó que nacería el Mesías.
José y María viajaron a Belén para ser empadronados. Cuando Jesús nació, María improvisó una cuna acostando al bebé en un pesebre, o un comedero para alimentar al ganado. No se menciona la presencia de animales.
Aparecen las señales profetizadas en las Américas
Helamán 14:1–53 Nefi 1:15–21
Las Américas
Como fue profetizado, el día en que Cristo nació hubo un día y una noche y un día de plena luz en el continente americano, y apareció una estrella nueva en el cielo.
Los pastores oyen del nacimiento de Cristo
Lucas 2:8–17
Cerca de Belén
En esa época del año, los pastores cuidaban sus rebaños fuera tanto de día como de noche. Allí es donde se encontraban cuando se les apareció un ángel, quien les anunció el nacimiento del Salvador. Tras el anuncio del ángel, apareció una hueste de ángeles, glorificando a Dios. Después de escuchar esto, los pastores se dieron prisa hasta Belén para ver a Jesús. Una vez que lo hubieron visto, dejaron a José y a María y testificaron a otras personas de lo que habían visto.
Jesús es circuncidado, recibe un nombre y es presentado en el templo
Lucas 2:21–38;  James E. Talmage, Jesús el Cristo, págs. 100–102
BELÉN
Después de ocho días, Cristo fue circuncidado y recibió un nombre, según la costumbre judía. Fue llamado Jesús, o “Yeshua”, que en hebreo significa “Salvador”.
La costumbre judía esta­blecía que una mujer debía esperar 40 días después del nacimiento de su bebé para entrar al templo. Al término de los 40 días, María y José llevaron a Jesús para presen­tarlo en el templo. Allí encon­traron a Simeón, a quien se le había prometido que antes de morir vería a Cristo. Él reconoció a Cristo, lo sostuvo entre sus brazos y glorificó a Dios. También profetizó de la misión de Cristo en la tierra.
Una profetisa llamada Ana también dio testimonio de Cristo en el templo, y asimis­mo testificó de Su misión.
Los magos le preguntan a Herodes sobre Cristo
Mateo 2:1–10
JERUSALÉN
Un número indeterminado de magos “del oriente” fueron a Jerusalén en busca de Cristo. Habían visto una estrella nueva en el cielo, lo cual indicaba que había nacido el Cristo. Le preguntaron al rey Herodes, rey de Judea nombrado por los romanos, dónde se encontraba el niño. Herodes se sintió amenazado por la posibilidad de un nuevo rey, el Mesías, quien, pensó él, se apoderaría de su reino. Sin dar a conocer sus temores a los magos, les pidió que le hicieran saber dónde se encontraba Cristo. Él tenía pensado matarlo.
Los magos hallan a Cristo y le dan presentes
Mateo 2:9–12; Bible Dictionary, “Magi”
BELÉN
Los magos finalmente encon­traron a Cristo. Mateo indica que hallaron a Jesús, de niño, en su casa, lo cual sugiere que llegaron al menos un año después del nacimiento de Cristo. Le entregaron oro, incienso y mirra: presentes valiosos que reconocían el estatus real de Jesús. En un sueño, se les dijo a los magos que no compartieran su hallazgo con Herodes.
Se le advierte a José que huya a Egipto
Mateo 2:13–16, 19–23
BELÉN, EGIPTO Y NAZARET
Contrario a lo que dijeron que harían, los magos nunca informaron a Herodes. Herodes reaccionó decretando que todos los niños menores de dos años nacidos en Belén fueran muertos. Tras ser avisado en una visión, José llevó a María y a Jesús a Egipto, donde permanecieron hasta la muerte de Herodes. Cuando Herodes murió, un ángel visitó a José en una visión y le dijo que era seguro regresar a Israel. Sin embargo, al escuchar que el hijo de Herodes era el gobernante actual, José llevó a su familia a Nazaret en Galilea en vez de Judea, por lo que comenzó la vida de Cristo como Jesús de Nazaret. Años más tarde, Él sería bautizado, haría milagros y llevaría a cabo Su expia­ción maravillosa y eterna.

La verdadera esencia de la Navidad

“La dicha que sentimos en esta temporada se debe a que Él vino al mundo. La paz que emana de Él, Su amor infinito que cada uno de nosotros puede percibir, así como el sobrecogedor sentimiento de gratitud por lo que gratuitamente nos dio a un precio tan alto para Él, constituyen la verdadera esencia de la Navidad”.

Presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), “El maravilloso y verdadero relato de la Navidad”, Liahona, diciembre de 2000, pág. 6.

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José Smith: DE LA DEBILIDAD A LA FORTALEZA

José Smith: DE LA DEBILIDAD A LA FORTALEZA

Por el élder Marcus B. Nash
De los Setenta

Si nosotros, al igual que José Smith, reconocemos nuestra debilidad y acudimos al Señor con fe, también seremos fortalecidos.

[Nota de los traductores: En este artículo se citan varias veces los propios escritos de José Smith. En inglés, las citas contienen algunos errores de ortogra­fía, puntuación y del uso de las mayúsculas. (La ortografía del inglés americano no se empezó a estandarizar hasta finales de 1820). Sin embargo, para facilitar la lectura, las citas se tradujeron sin repetir esos errores].

Hace miles de años, José de antaño profetizó: “… Así me dice el Señor: Levanta­ré a un vidente escogido del fruto de tus lomos… y a él daré poder para llevar mi palabra… Y de la debilidad él será hecho fuerte” (2 Nefi 3:7, 11, 13).

Me fascina y me inspira esta profecía de que “de la debilidad él será hecho fuerte”. Puede parecer ilógico que el Señor llame a los débiles para llevar a cabo una obra majestuosa. Sin embargo, quienes reconocen su debilidad pueden sentirse motivados por esa misma debilidad a buscar la fortaleza del Señor. Aquellos que se humillan con fe serán fortalecidos por Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra (véanse Mateo 28:18; Mosíah 4:9)1.

Desde su juventud, José Smith acudió al Señor en esos términos. Cuando tenía 14 años, José anhelaba recibir el perdón de los pecados y saber cuál era la iglesia correc­ta. Él escribió: “… no obstante la intensidad de mis sentimientos, que a menudo eran punzantes… era imposible que una persona tan joven como yo, y sin ninguna expe­riencia en cuanto a los hombres y las cosas, llegase a una determinación precisa sobre quién tenía razón y quién no” ( José Smith—Historia 1:8).

Plenamente consciente de esa debilidad, José fue a la Arboleda Sagrada para averiguar dónde podría hallar la Iglesia de Dios. Preguntó para poder hacer algo al respecto, para poder unirse a esa iglesia (véase José Smith—Historia 1:18). Como respuesta a su humilde y sincera petición, Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo se aparecieron a José. Al hacerlo, lo libraron del poder del maligno y prepararon la vía para la Restauración (véase José Smith—Historia 1:14–19).

José Smith no negaba que él pertenecía a “lo débil del mundo” (D. y C. 1:19; 35:13). Años después, el Señor se dirigió a él de la siguiente manera: “… para este fin te he levantado, para manifestar mi sabiduría por medio de las cosas débiles de la tierra” (D. y C. 124:1).

Un muchacho desconocido

José se describió a sí mismo como “… un muchacho desconocido… que estaba bajo la necesidad de ganarse un escaso sostén con su trabajo diario” ( José Smith—Historia 1:23). Nació en un estrato social bajo y tuvo una limitada educación formal. El primer intento que hizo para escribir su historia pone de manifiesto la débil condición en que se encontraba cuando fue llamado a la obra.

“Nací en el pueblo de Sharon en el estado de Vermont Norteamérica, el día veintitrés de diciembre de 1805 d. C., de buenos padres, que no escatimaron esfuerzos para instruirme en la religión cristiana. Cuando tenía unos diez años mi padre, Joseph Smith, se mudó a Palmyra, condado de Ontario, en el estado de Nueva York; y por encontrarnos en condiciones indigentes se veía obligado a trabajar ardua­mente para mantener a una familia grande, ya que había nueve niños; y puesto que se exigía el esfuerzo de todos los que estábamos capacitados para ayudar en el mantenimien­to de la familia, nos vimos privados del beneficio de una instrucción escolar. Baste decir que yo apenas había apren­dido a leer y escribir y las reglas básicas de Aritmética” 2.

José sentía tan profundamente su falta de escolarización que una vez se lamentó por estar atrapado en “la pequeña y estrecha prisión casi como si fuera la oscuridad absoluta del papel, la pluma y la tinta, y un lenguaje enrevesado, entre­cortado, disperso e imperfecto” 3. A pesar ello, el Señor lo llamó a traducir el Libro de Mormón —las 588 páginas del libro que se publicaron originalmente—, cosa que hizo en menos de 90 días.

Cualquiera que lo piense claramente llegará a la conclu­sión de que es imposible que José, quien tenía una forma­ción académica tan débil, llevara a cabo semejante tarea por sí solo, y las explicaciones que algunas personas han urdido son mucho más difíciles de creer que la verdadera explicación: él era un profeta que traducía por el don y el poder de Dios.

El testimonio de Emma

Hacia el final de su vida, Emma Smith recordó que en la época en que su esposo tradujo las planchas de oro, él “no era capaz de escribir ni dictar una carta coherente y bien formulada, ni mucho menos dictar un libro como el Libro de Mormón; y aunque participé activamente en las situaciones que ocurrieron, me resulta tan maravilloso, ‘una maravilla y un prodigio’, como a cualquier otra persona” 4.

Con el contexto que ofrece esta historia, es interesante ver la primera página del primer diario de José, fechado el 27 de noviembre de 1832 (que aparece a la derecha). Él escribió esto aproximadamente tres años y medio después de finalizar la traducción del Libro de Mormón. Observen que escribe y luego tacha las siguientes palabras:

“Libro de Registro de José Smith, hijo, comprado para apuntar todas las menores circunstancias que se someten a mi observación”.

Al tomar este diario en mis manos y leer las palabras tachadas, me he imaginado a José sentado en un ambiente rústico de la frontera de los Estados Unidos, escribiendo la primera oración y luego pensando: “No, no salió bien; voy a intentarlo de nuevo”. Así que tacha la oración y escribe: “Libro para Registro de José Smith, comprado el 27 de noviembre de 1832, con el propósito de llevar un pequeño recuento de todas las cosas que se someten a mi observación & c— —”.

Por fin, probablemente sin estar satisfecho del todo con las palabras forzadas y vacilantes que acababa de redactar, escribe: “Oh que Dios permita que yo sea guiado en todos mis pensamientos. Oh, bendice a tu Siervo. Amén” 5. En esta oración percibo que José sentía su ineptitud y debili­dad, e invocaba a Dios con fe para que lo guiara en todo lo que hiciera.

Ahora bien, comparen esa entrada del diario con la copia de una página del manuscrito original del Libro de Mormón, transcrita en algún momento entre abril y junio de 1829 (aparece en la página siguiente).

Observen la prosa fluida, sin puntuación ni tachaduras. No fue una composición. José la dictó palabra por palabra mientras fijaba la vista en instrumentos que el Señor había preparado para él —entre ellos el Urim y Tumim y, en oca­siones, una piedra de vidente—, usando un sombrero para cubrir sus ojos de la luz externa a fin de ver claramente las palabras a medida que aparecían (véanse 2 Nefi 27:6, 19–22; Mosíah 28:13). Como pueden ver, existe una amplia diferencia entre la traducción del Libro de Mormón y la entrada del diario: una es producto de José Smith, el pro­feta, vidente y revelador; la otra es producto de José Smith, el hombre. Si observan cuidadosamente este manuscrito original de la traducción, leerán palabras que deben haber sido alentadoras para José:

“Y sucedió que yo, Nefi, dije a mi padre: Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin preparar­les una vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7).

Poco antes de esas palabras, él había traducido lo siguiente: “Pero he aquí, yo, Nefi, os mostraré que las tiernas misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para hacerlos poderosos, sí, hasta tener el poder de librarse” (1 Nefi 1:20).

Sí, uno de los temas del Libro de Mormón —y de la vida del profeta José— es que los débiles que buscan humilde­mente al Señor con fe son hechos fuertes, incluso podero­sos, en la obra del Señor. Dicho fortalecimiento ocurre aun en cosas aparentemente pequeñas.

Por ejemplo, José, quien tenía mala ortografía, corrigió la forma en que Oliver Cowdery, su principal escribiente, escribió el nombre Coriántumr (véase Helamán 1:15). La primera vez que José le dictó el nombre a Oliver, este escri­bió Coriantummer, lo cual era razonable porque ninguna palabra en inglés termina en “mr”. Sin embargo, José —quien tenía tan mala ortografía como para aceptar la forma de dele­trear el nombre que el Señor le dio— corrigió la forma de escribirlo durante la traducción. Ahora sabemos que, aunque dicha forma de escribirlo es inusual en inglés, está perfecta­mente bien escrita en egipcio, y encaja en el marco del Viejo Mundo. José no podría haber sabido eso sino por revelación6.

Podemos ser fortalecidos

El milagro de la traducción del Libro de Mormón es un ejemplo de cómo José, de la debilidad, fue hecho fuerte. Hay otra lección, una más personal: Si nosotros, al igual que José, reconocemos nuestra debilidad y acudimos al Señor con fe y con todo nuestro corazón, con la determi­nación de hacer Su voluntad, también seremos fortalecidos en nuestra debilidad. Eso no significa necesariamente que la debilidad desaparecerá en la vida mortal, sino que Dios hará fuerte a tal persona.

José reconocía humildemente sus imperfecciones. Él comentó que cuando era joven “manifestaba las debilida­des de la juventud y las flaquezas de la naturaleza humana” ( José Smith—Historia 1:28). Hacia el final de su vida, les dijo a los santos de Nauvoo que él “… no era sino un hom­bre, y no debían esperar que fuese perfecto… pero que si toleraban [sus] debilidades y las de los hermanos, de igual manera [él] toleraría sus debilidades” 7.

José jamás fingió ser perfecto ni infalible, pero reconocía que el poder de Dios se ejercía por medio de él cuando actuaba como profeta: “Cuando hablo como hombre, es tan solo José el que habla, mas cuando el Señor habla a través de mí, ya no es José Smith quien habla, sino Dios” 8.

Por tanto, de la debilidad, José fue hecho fuerte; lo sufi­cientemente fuerte como para hacer “más por la salvación del hombre… exceptuando solo a Jesús” (D. y C. 135:3), que cualquier otro profeta de la historia.

Del mismo modo, de la debilidad, nuestro inmutable Dios nos hará fuertes a ustedes y a mí si acudimos a Él con fe y con verdadera intención de corazón, como lo hizo José.

Oración y humildad

Según Su química celestial, el Señor nos da debilidad para que nos hagamos fuertes de la única manera que importa en esta vida y en la eternidad: mediante Él. Él dice: “y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:27).

Según esta Escritura, se nos da debilidad para que sea­mos humildes. Aquellos que deciden humillarse y ejercer fe en Él serán hechos fuertes. Nuestra humildad ante Dios, por tanto, es un catalizador esencial para que la fortaleza y el poder de Dios se manifiesten en nuestra vida.

Hay quienes “… se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben por sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve” (2 Nefi 9:28). El antídoto para este tipo de orgullo es “[considerarnos] insensatos ante Dios y [descender] a las profundidades de la humildad” (2 Nefi 9:42).

Desde su juventud, José comprendió que una de las claves para cultivar la humildad es acudir a nuestro Padre Celestial mediante la oración franca y sincera. Daniel Tyler, uno de los primeros miembros de la Iglesia, recordó una época en la que muchas personas de Kirtland se habían vuelto en contra del Profeta. El hermano Tyler, quien esta­ba presente en una reunión en la que el Profeta oró con la congregación en busca de la ayuda del Señor, describió la experiencia con las siguientes palabras:

“Yo había oído orar a hombres y mujeres… pero nunca, hasta entonces, había oído a hombre alguno dirigirse a su Hacedor como si Él hubiese estado presente escuchándole, como un padre bondadoso escucharía los pesares expresa­dos por un hijo obediente. En ese entonces José no era ins­truido, pero esa oración, que hasta cierto punto fue a favor de aquellos que lo acusaban de haberse descarriado… se embebió del aprendizaje y la elocuencia del cielo… A mí me parecía que si se hubiera descorrido el velo, podría haber visto al Señor frente al siervo más humilde que yo hubiese visto” 9.

La fortaleza proveniente de la debilidad

Cuando José tenía 17 años, Moroni le dijo que “Dios tenía una obra para mí, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo pueblo” ( José Smith—Historia 1:33).

Estoy seguro de que, en aquel entonces, muchos pensa­ron que tal declaración era evidencia de delirios de grandeza; sin embargo, en el mundo de hoy, por medio de internet, el nombre de aquel desconocido y joven granjero es conocido en todo el mundo, y se habla bien y mal de él.

Justo antes de que José y Hyrum afrontaran la muerte en Carthage, Illinois, Hyrum leyó en voz alta a José y a otros que estaban con ellos en la celda de la prisión, y luego dobló la página que contiene las siguientes palabras:

“Y sucedió que le imploré al Señor que diera gracia a los gentiles, para que tuvieran caridad.

“Y aconteció que el Señor me dijo: Si no tienen caridad, es cosa que nada tiene que ver contigo; tú has sido fiel; por tanto, tus vestidos estarán limpios. Y porque has visto tu debilidad, serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre” (Éter 12:36–37).

En un sentido literal, es de la debilidad que José fue hecho fuerte. Motivado, en parte, por su debilidad, procuró la ayuda de Dios con fe y con la determinación de actuar de acuerdo con Su voluntad. Acudió a nuestro Padre Celes­tial en esos términos a lo largo de su vida. Como resultado, experimentó la Primera Visión, tradujo el Libro de Mormón, recibió llaves del sacerdocio, organizó la Iglesia restaura­da de Cristo y trajo a la tierra la plenitud del evangelio de Jesucristo. El profeta José se hizo fuerte poco a poco; no se volvió poderoso de un momento a otro. Recibió fortaleza, y la recibiremos ustedes y yo, “línea sobre línea, precepto tras precepto; un poco aquí, y otro poco allí” (D. y C. 128:21; véanse también Isaías 28:10; 2 Nefi 28:30).

Así que no se desanimen; el proceso de hacerse fuerte es gradual y requiere paciencia y una firme determinación de seguir al Salvador y obedecer Su voluntad, pase lo que pase.

El don ha vuelto

William Tyndale, quien tradujo y publicó la Biblia en inglés en el siglo XVI, le declaró a un hombre instruido que se oponía a que la Biblia estuviese al alcance de la gente común: “Si Dios me preserva la vida, de aquí a pocos años haré que el joven que guía el arado sepa más sobre las Escrituras que ustedes” 10.

En un curioso paralelismo, 300 años después, Nancy Towle, una famosa predicadora viajante de la década de 1830, visitó Kirtland para observar personalmente a los “mormones”. Cuando conversó con José Smith y otros líderes de la Iglesia, criticó la Iglesia con aspereza.

Según el registro de Towle, José no pronunció palabra hasta que ella se dirigió a él y le exigió que jurase que un ángel le había mostrado dónde se hallaban las planchas de oro. Él respondió cordialmente que nunca juraba, en absoluto. Al no lograr irritarlo, ella trató de menospreciarlo. “¿No le avergüenzan tales afirmaciones?”, preguntó. “¡Usted, que no vale más que cualquier ignorante labrador de nues­tra tierra!”

José contestó con calma: “El don ha vuelto, como en los tiempos antiguos, a pescadores analfabetos” 11.

Las palabras de Tyndale fueron proféticas: un joven que guiaba el arado llegó a conocer más sobre las Escrituras que cualquier otro hombre que jamás haya existido, a excepción del Salvador.

Ciertamente, la Iglesia y el evangelio restaurados de Jesucristo no son la obra de José Smith, un “labrador” de la frontera de los Estados Unidos. Más bien, son la obra del Señor Jesucristo, restaurada mediante José Smith, el Profeta. Al pensar en su vida, José tal vez se haya sentido identifi­cado con la observación de Jacob de que “… el Señor Dios nos manifiesta nuestra debilidad para que sepamos que es por su gracia y sus grandes condescendencias para con los hijos de los hombres por las que tenemos poder para hacer estas cosas” ( Jacob 4:7).

Sé que José Smith fue y es un profeta de Dios, hecho fuerte a partir de su debilidad. El presidente Brigham Young (1801–77) dijo: “Siento como que quisiera exclamar ‘¡Aleluya!’ en todo momento al pensar en que llegué a conocer a José Smith, el Profeta” 12. Aunque no he tenido ese privilegio en esta vida, recibo consuelo por medio de la poética promesa de que “él conocido por miles será” 13. Estoy profundamente agradecido por el Profeta y por su humildad ante nuestro Dios, quien lo hizo fuerte. Asimismo, me siento motivado por esta historia y por la doctrina de que el Señor nos fortalecerá a cada uno de nosotros en nuestra debilidad si también nos humillamos ante Él y ejercemos nuestra fe en Él con la firme determinación de hacer Su voluntad. ◼

Tomado del discurso: “Out of Weakness He Shall Be Made Strong”, pronun­ciado en el septuagésimo Devocional Anual Conmemorativo de José Smith en Logan, Utah, EE. UU., el 10 de febrero de 2013.

NOTAS

  1. Agradezco a mis colegas, particularmente a Richard E. Turley, hijo, y a Jed Woodworth, del Departamento de Historia de la Iglesia, por su reflexiva contribución.
  2. José Smith, en The Joseph Smith Papers, Histories, tomo I: 1832–1844, ed. Karen Lynn Davidson y otros, 2012, pág. 11.
  3. José Smith, “Carta a William W. Phelps, 27 de noviembre de 1832”, pág. 4, josephsmithpapers .org.
  4. Emma Smith, en “Last Testimony of Sister Emma”, Saints’ Herald, 1 de octubre de 1879, pág. 290; ortografía estandarizada; véase también Russell M. Nelson, “A Treasured Testament”, Ensign, julio de 1993, págs. 62–63.
  5. José Smith, en The Joseph Smith Papers, Journals, tomo I: 1832–1839, ed. Dean C. Jessee y otros, 2008, pág. 9.
  6. Sobre “Coriántumr” y la ortografía de nombres propios, véase Royal Skousen, en Book of Mormon Authorship Revisited: The Evidence for Ancient Origins, ed. Noel B. Reynolds, 1997, págs. 61–93. Valiéndose de evidencia tomada del manuscrito original, Skousen demuestra que la primera vez que los nombres propios aparecen en el texto, se escribieron correctamente. Cuando aparecen posteriormente, a veces la ortografía de los nombres no es correcta, lo que implica que José Smith escribió cada nombre la primera vez, pero confió en la memoria del escribiente de allí en adelante.
  7. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 555–556.
  8. Edward Stevenson, en las compilaciones de Hyrum L. Andrus y Helen Mae Andrus, They Knew the Prophet, 1974, pág. 87.
  9. Daniel Tyler, en “Recollections of the Prophet Joseph Smith”, Juvenile Instructor, 15 de febrero de 1892, pág. 127; véase también Enseñanzas: José Smith, págs. 133–134.
  10. William Tyndale, en S. Michael Wilcox, Fire in the Bones: William Tyndale—Martyr, Father of the English Bible, 2004, pág. 47.
  11. Vicissitudes Illustrated, in the Experience of Nancy Towle, in Europe and America, 1833, págs. 156, 157.
  12. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 359.
  13. “Loor al Profeta”, Himnos, nro. 15.

LA RÁPIDA ADQUISICIÓN DE CONOCIMIENTO Y MADUREZ DE JOSÉ

“Lo que más sobresale en todo el minis­terio del profeta José es su juventud, su poca educación académica y su increíble capacidad para adquirir conocimiento y madurez. Tenía catorce años cuando tuvo la Primera Visión y diecisiete en la ocasión de la primera visita del ángel Moroni; tenía veintiún años cuando recibió las planchas de oro y solo veintitrés cuando terminó la traducción del Libro de Mormón (en menos de sesenta días de trabajo). Recibió más de la mitad de las revelaciones de nuestro libro Doctrina y Convenios cuando tenía veinticinco años o menos; tenía veintiséis cuando se organizó la Primera Presidencia y treinta cuando se dedicó el Templo de Kirtland”.

Élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “José, el hombre y el Profeta”, Liahona, julio de 1996, pág. 77.

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Podemos mejorar, parte 2: Cómo hallar nuestro lugar en la Iglesia de Jesucristo

Podemos mejorar, parte 2: Cómo hallar nuestro lugar en la Iglesia de Jesucristo

Por Betsy VanDenBerghe
La autora vive en Utah, EE. UU.

No dejen que otras personas les impidan disfrutar de las bendiciones de ser miembros de la Iglesia de Cristo.

woman at church

Nota de los editores: Independientemente de cuán firme sea nuestra creencia en el evangelio de Jesucristo, puede ser difícil mantenerse fieles cuando no nos sentimos integrados. Los líderes de la Iglesia trataron recientemente esta dificultad en una serie de videos titulada Unity in Diversity [Unidad en la diversidad]. En el artículo “Podemos mejorar: Cómo recibir a otras personas en el redil”, del ejemplar de septiembre de 2017, tratamos la responsabilidad que tenemos de que las personas se sientan bienvenidas. En este artículo, la segunda parte, veremos cómo ser responsables de nuestra propia fe sin importar que nos sintamos integrados o no.

Después de ochos años sin asistir a la Iglesia, Paulo (todos los nombres se han cambiado) recibió una llamada telefónica de su obispo en Brasil que le preguntó cómo se encontraba. Paulo anhelaba regresar, pero muchas preocupaciones le impedían volver a ser plenamente activo. ¿Cómo podía evitar compararse, pues aún seguía soltero, con aquellos que estaban casados y tenían hijos? ¿Tendría amigos en la Iglesia después de tanto tiempo y, de ser así, qué pensarían de él? ¿Aún sería capaz de sentir el Espíritu como lo había sentido durante su conversión y su misión, o tendría fe suficiente para aceptar llamamientos?

Un mes después de la llamada telefónica, Paulo vio al presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, dar un discurso de conferencia titulado “Vengan, únanse a nosotros”1. “Aquel discurso me llegó al corazón”, recuerda, y a las pocas semanas estaba sentado en el estacionamiento del centro de reuniones, tembloroso y ofreciendo una oración en silencio para tener fuerza para salir del auto y entrar en el edificio.

“No todo fue perfecto”, recuerda de su primer año tras su regreso. No resultó fácil encajar. Sin embargo, el sentimiento de conexión con el Salvador y un fuerte deseo de tener una recomendación para el templo le permitieron superar sus inseguridades; empezó a leer las Escrituras y a orar de nuevo. “Si uno no se rinde, recibe fortaleza y puede sentir cómo le bendice el Señor”, aconseja a los que tienen dificultades para sentirse aceptados. “Tengo un testimonio de que esta es la Iglesia de Cristo, pero es con Él con quien se sentirán verdaderamente integrados”.

El relato de Paulo representa varios de los puntos que los líderes de la Iglesia describen en la serie de videos Unity in Diversity [Unidad en la diversidad]. Sus mensajes brindan esperanza y consejo a quienes no se sienten integrados. A veces nos sentimos solos, incluso en la Iglesia, pero como indican estos líderes y miembros, hay cosas que podemos hacer para ayudarnos a superar dificultades como la exclusión o el trato pésimo de otras personas. Podemos evitar las comparaciones, avanzar entre la incertidumbre, saber que siempre es posible volver y, por encima de todo, confiar en el Salvador.

Eviten las comparaciones: Todos seremos bendecidos al final

members at church

“Compararse con otras personas conduce al desánimo o al orgullo… Se reciben bendiciones a corto y a largo plazo. En mi opinión, a veces las bendiciones se reservan para después de cruzar el velo… En última instancia, podemos tener la certeza de que la promesa de la vida eterna es para todos”.

—Élder Gary E. Stevenson, del Cuórum de los Doce Apóstoles

Rochelle se mudó a un modesto dúplex en una zona adinerada en el oeste de los Estados Unidos tras haber pasado un tiempo en un refugio de desamparados. Divorciada y al cuidado de varios hijos, tenía dos empleos, a veces tres, para poder ganar suficiente para comida y alquiler, y había estado menos activa en la Iglesia, asistiendo de vez en cuando, desde su conversión.

“Aunque casi todos en mi nuevo barrio parecían estar mejor económicamente que yo”, explica ella, “me tendieron una mano y aceptaban mi manera de vestir. Realmente todos se preocupaban por mí”.

“Aunque sentía una fuerte presión económica, Rochelle nunca se resintió con los demás por sus circunstancias más favorables. “Quiero estar más segura, definitivamente, pero nunca vi las casas de mis vecinos y sentí que Dios me había dejado atrás”, recuerda ella. “Podía sentirlo a Él caminando a mi lado a pesar de mis malas decisiones”.

Si bien el horario de trabajo de Rochelle ha sido complicado en ocasiones, los líderes del barrio y los amigos la ayudaron a cumplir con su anhelo de asistir al templo. “El ir al templo con regularidad me ayuda a estar agradecida por todo lo que he conseguido”, comenta ella. “No me preocupa que otros parezcan estar en mejores condiciones que yo”.

Rochelle admite que ella y sus hijas tienen sus problemas y que “nos son una familia SUD perfecta”. Sin embargo, reconoce que “todos tienen problemas y que ninguna familia es realmente perfecta”, una perspectiva que la libera de mirar de reojo a los demás en vez de centrarse en su relación con Dios.

“Mis hijas pueden ver la diferencia que el Evangelio ha marcado en mi vida”, dice ella. “Yo también puedo sentir la diferencia, y estoy lo suficientemente ocupada con el trabajo, la familia y la Iglesia que no tengo tiempo para compararme. Simplemente estoy contenta de estar en la senda correcta”.

Manténganse fuertes: Cristo puede transformarlos

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“La persona sentada a mi lado que me ignora o que incluso quiere que me vaya… no cambia la realidad de lo que Cristo siente por mí y de las posibilidades que tengo en Él… Cada persona necesita tener la determinación de que va a tener un lugar en el reino de Dios [y en] el cuerpo de Cristo, y que las personas desconsideradas o descuidadas, o peor que eso, no pueden impedirlo”.

—Élder D. Todd Christofferson, del Cuórum de los Doce Apóstoles

De pequeño, Matthew asistió a la Iglesia en ramas pequeñas. Él y su esposa, una conversa de Ucrania, se acostumbraron a tener varios llamamientos y a participar plenamente en comunidades SUD internacionales, pero entonces se mudaron a los Estados Unidos. Los barrios grandes y las expectativas culturales diferentes les hacían sentirse “innecesarios y a la deriva”, recuerda él. “Parecía que no lográbamos encajar. Nos sentíamos ignorados, carentes de algo edificante y de conexión los domingos”.

Su frustración alcanzó un punto crítico cuando, tras mudarse a otra ciudad, Matthew y su esposa recibieron la visita de un líder local del sacerdocio cuyo propósito terminó siendo pedirles que controlaran a su niño pequeño durante la reunión sacramental. Profundamente dolido, Matthew consideró no volver jamás al centro de reuniones local. “Lo que me frenó”, explica, “fue mi testimonio de que esta es la Iglesia del Señor y que el Salvador me quiere en ella. Participar en el Evangelio tiene consecuencias que van más allá de cualquier daño o encuentro personal que tenga en esta vida”.

A veces las situaciones en la Iglesia pueden hacer que nos sintamos solos, marginados o innecesarios, un fenómeno que no es único de los santos de los últimos días. El escritor católico David Mills describe el reto que enfrentan los fieles que interactúan con personas que son “más ricas o más pobres, con más o menos formación académica que usted. Tal vez sean de una raza, etnia o edad diferente a la suya”. Y explica que tal vez no incluiríamos a ninguna de ellas en nuestras diversas redes sociales. Sin embargo, el compromiso religioso implica relacionarse con gente a la que no escogemos y “supone uno de los pocos sitios que quedan que se parecen más a una comunidad que a una red… Debe aprender a amar a esas personas, o al menos actuar con amor, cuando no se tiene el deseo de hacerlo”2. Confiar en Dios cuando no es posible bloquear o dejar de seguir a las personas de su comunidad religiosa suele ser la única manera de superar el problema.

Matthew descubrió que confiar en lo divino es crucial para mantenerse activo en la Iglesia. “Lo único que a veces me ha ayudado a seguir es mi testimonio de Cristo”, explica. “El Evangelio es mayor que cualquiera de nosotros. Cristo ve lo que nosotros no podemos; Él sabe lo que podemos llegar a ser y tiene sitio para todos”.

Jasmin, una miembro del sur de los Estados Unidos, admite que “me costó mucho llevarme bien con una hermana de mi barrio que parecía entrometerse mucho en mi vida, y dejé que eso me distanciara”. Pero cuando la preocupación por su hijo pequeño empezó a superar la incertidumbre de cómo sería regresar, Jasmin supo que era el momento de “no dejar que las opiniones de los demás me alejaran de Cristo, tanto si sentía o no que alguien del barrio me miraba con desprecio”.

Hizo acopio de suficiente valor para salir un domingo en medio de una tormenta de nieve e ir a donde su pequeña familia no tardó en sentirse aceptada por amigos que podían ayudarles a crecer en la Iglesia de Jesucristo. “Lamento haberme ido”, dice, “pero me siento agradecida porque no me rendí y seguí adelante, porque ni los demás ni yo somos el centro del Evangelio: lo es mi Salvador”.

Den un paso en la oscuridad y se hará la luz

members of the Church

“El hombre y la mujer naturales dicen: ‘Nada ni nadie hará que dé un paso hacia la oscuridad mientras no haya luz y sepa a dónde voy’. El requisito es dar el paso anticipando que, cuando el pie toque el suelo, se hará la luz”.

—Élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles

A veces a los miembros nuevos les cuesta mantenerse arraigados en el Evangelio cuando no tienen la completa certeza de qué les deparará el futuro. Para Mei-Hsin, una ama de casa de Taiwán, aprender acerca de este aspecto de la fe incluyó la admonición del Evangelio de traer hijos al mundo, un paso difícil porque “en mi cultura muchos tienen un solo hijo o tienen una mascota”, puntualiza. Cada embarazo la ha obligado a dar un paso hacia lo desconocido y a veces hasta ignorar fuertes críticas de familiares y de la cultura en general.

A veces avanzar requiere caminar hacia lo desconocido, lo cual puede resultar intimidante para quienes son nuevos en la fe, pues requiere desarrollar la confianza de que el Señor les ayudará durante el camino. Sentir desasosiego e incertidumbre, afirma el élder Bednar, es una parte normal de nuestro proceso de aprendizaje y crecimiento, pero otras veces caminar hacia lo desconocido —tanto si ello implica formar una familia o volver a participar en la Iglesia— puede ser particularmente sobrecogedor porque el testimonio se recibe después de la prueba de nuestra fe (véase Éter 12:6). Mei-Hsin y su esposo recibieron dicho testimonio después de crear una familia. “Somos felices y estamos agradecidos por nuestros hijos”, dice ella. “Hemos aprendido a vivir frugalmente, a ayudarnos y a amarnos unos a otros. Agradezco haberlos traído al mundo”.

Con frecuencia, los primeros pasos son los más difíciles. Según el élder Bednar, “la primera vez que [damos un paso en la oscuridad] no hay duda, pero sí un poco de incertidumbre y hasta puede que un poco de aprensión, lo cual es bastante normal”. Si bien el proceso de avanzar no puede ser totalmente fácil (“un ciclo perfecto que no se interrumpe jamás”, explica), crecemos gradualmente “línea por línea” con nuestra fe aumentando de modo incremental.

Avanzar requiere práctica, aconseja Lazare, de Georgia, un converso de un país fronterizo con Rusia y Europa. Aprender a confiar en sus amigos SUD fue el primer paso, tras lo cual accedió a recibir una bendición del sacerdocio. “Entonces pude pasar a las lecciones de los misioneros”, explica. A medida que aumentaba su fe en Jesucristo, Lazare dio “el gran paso del bautismo aun cuando no estaba seguro al cien por ciento. Pero el Señor me dio valor en cada fase y ahora agradezco haberlo hecho”.

No se den por vencidos

church scenes

“A las personas que creen que han pecado demasiado, que creen que han ido demasiado lejos o que llevan mucho tiempo alejados y de alguna manera creen que no pueden volver al círculo, les digo: nadie puede caer por debajo del brillo de la luz de Cristo. Eso no es posible”.

—Élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles

Habiendo crecido en Utah, EE. UU., en una familia SUD devota, Brian sentía que la Iglesia no era para él. “Me encantaban los juegos de fantasía, las películas y la música rock”, dice, “no el escultismo, las Escrituras ni los deportes”. En cuanto pudo irse de casa, se mudó a un apartamento y “me abrí al mundo, incluso el sexo y las drogas”. Después de un periodo de tiempo que él llama de “vida disoluta y experimentación”, tuvo problemas económicos y sus padres lo acogieron de nuevo, aunque no volvió a la Iglesia.

El nacimiento de una hermanita hizo que Brian se replanteara sus puntos de vista. La primera vez que la tomó en brazos, recuerda, “supe que no era solo otro tipo de animal”. Algo aprensivo, asistió a la bendición de su hermanita y cuando llegó el momento de la Santa Cena, “no la tomé, aunque una parte de mí tenía hambre espiritual de ella”.

En un intento por aclarar sus sentimientos encontrados, Brian empezó a llevar un diario. “Una noche me quedé hasta tarde escribiendo acerca de mi dilema espiritual”, dice, “y tuve mi primera experiencia espiritual, aunque no con el bando bueno”. Sintió una fuerza maligna, repleta de odio y enojo, que intentaba adueñarse de su alma. “Después de eso”, explica, “supe que necesitaba al Señor”. Pero habiéndose alejado tanto, Brian se preguntaba: “¿Podía ser digno de Su ayuda y protección?”. También se preguntaba si alguna vez podría volver a participar de la Santa Cena.

El camino de regreso fue duro. No resultó fácil dejar de fumar; confesarse con el obispo requirió valor; fue difícil dejar atrás a sus antiguos amigos y actividades. Su familia, su novia y su obispo, todos le apoyaron, pero Brian descubrió su mayor fuente de fortaleza en Jesucristo.

“Descubrí que el Señor estaba ansioso por ayudarme”, recuerda. “Se presentaron nuevas oportunidades para reemplazar mis antiguas actividades. Cuanto más me esforzaba por vivir el Evangelio, más claro se tornaba el camino”. A medida que Brian confiaba en el Señor y descubría Su disposición para perdonar y sanar, la Santa Cena cobró un sentido mayor para él y le ayudó a acercarse más al Salvador. “Aunque había tomado el pan y el agua cientos de veces cuando era niño, por fin pude participar de la Santa Cena como si fuera la primera vez”.

Nadie puede ocupar tu lugar

members at church

Salir del auto y entrar en la Iglesia, tender una mano a otros miembros, superar situaciones hirientes, vivir el Evangelio sin la plena seguridad de lo que deparará el futuro y confesar los pecados… todos recorremos sendas difíciles e inciertas en nuestro camino hacia el árbol de la vida (véase 1 Nefi 8).

Nuestro compromiso personal de seguir al Salvador es esencial para llegar a salvo. Si bien el aliento, el amor y la aceptación de los líderes y miembros de la Iglesia es importante, cada uno de nosotros puede enfrentarse a ocasiones en las que debemos estar dispuestos a seguir al Salvador, aun si sentimos que lo estamos haciendo solos.

Ocupen su lugar en la Iglesia de Jesucristo. No se comparen, dejen que Cristo los transforme, den pasos de fe que serán recompensados y sepan que nunca es demasiado tarde para volver. “Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:20).

Notas

1. Véase Dieter F. Uchtdorf, “Vengan, únanse a nosotros”, Liahona, noviembre de 2013, págs. 21–24.
2. David Mills, “Go to Church, Meet Annoying People”, 1 de febrero de 2017, aleteia.org/2017/02/01/go-to-church-meet-annoying-people.

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El evangelio de Jesucristo: Un refugio y una protección

El evangelio de Jesucristo: Un refugio y una protección

Por Getulio Walter Jagher e Silva
Seminarios e Institutos
El autor vive en Curitiba, Brasil.

Las enseñanzas de Doctrina y Convenios pueden protegernos de las dificultades que enfrentaremos durante la preparación para la segunda venida del Señor.

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El Señor quiere proteger a Su pueblo. Durante una época de gran persecución en la Iglesia, Él destacó la importancia de congregarse en Sion “para defensa y para refugio contra la tempestad” (D. y C. 115:6; cursiva agregada).

Ese refugio y protección se encuentran al vivir el evangelio de Jesucristo cuando escudriñamos “estos mandamientos” (D. y C. 1:37). Por consiguiente, examinemos algunos de los principios que se encuentran en Doctrina y Convenios, los cuales, si los comprendemos y los vivimos, nos brindarán protección y serán un refugio contra las tentaciones, las maldades y otros peligros que afrontamos en la actualidad.

Se nos protege cuando buscamos el Espíritu Santo

Tener al Espíritu Santo con nosotros puede ser un refugio y una protección del mundo. El Señor le prometió a Oliver Cowdery que si se empeñaba en obtener el don de revelación, este le libraría “de las manos de [sus] enemigos, pues de no ser así, [le] matarían y llevarían [su] alma a la destrucción” (D. y C. 8:4). Fíjense en que la voz del Espíritu protegería a Oliver Cowdery de la muerte y del pecado.

Recibir la verdad por medio del poder del Espíritu Santo también nos protegerá de los preceptos de los hombres y las mentiras y los engaños de Satanás. El Señor ha prometido que “aquellos que son prudentes y han recibido la verdad, y han tomado al Santo Espíritu por guía, y no han sido engañados, de cierto os digo que estos no serán talados ni echados al fuego, sino que aguantarán el día” (D. y C. 45:57; cursiva agregada). El poder del Espíritu Santo escribe la verdad en nuestro corazón y nos protege del engaño.

Sin embargo, dar oído a las impresiones del Espíritu no significa que se nos vaya a proteger de toda prueba. La sección 122 de Doctrina y Convenios demuestra que aun cuando seamos dignos, podemos afrontar pesares y dificultades. Para Dios y Su sabiduría, que “conoce todas estas cosas” (D. y C. 127:2), “todas estas cosas [nos] servirán de experiencia, y serán para [nuestro] bien” (D. y C. 122:7).

Se nos protege cuando seguimos a los profetas vivientes

El día que se organizó la Iglesia, el Señor mandó a los santos que escucharan al profeta:

“… daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad;

“porque recibiréis [la] palabra [del Presidente de la Iglesia] con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.

“Porque si hacéis estas cosas, las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre” (D. y C. 21:4–6).

El Señor nos dice en Doctrina y Convenios que “aquellos que no oyeren la voz del Señor, ni la voz de sus siervos, ni prestaren atención a las palabras de los profetas y apóstoles, serán desarraigados de entre el pueblo” (D. y C. 1:14; cursiva agregada).

Escuchar y aplicar las enseñanzas de los profetas vivientes nos brindará protección y seguridad, pues ellos nos hablan de los problemas actuales y nos dicen lo que debemos hacer para superar esos desafíos. Qué gran bendición es tener a los oráculos vivientes del Señor.

En Doctrina y Convenios 101:43–62 el Señor emplea la parábola de un olivar para demostrar la importancia de escuchar al profeta viviente. En ella se compara al profeta con un atalaya en una torre. Antiguamente se edificaban torres desde las que el atalaya podía ver más allá de los límites de la ciudad y advertir a la gente cuando se acercaba el enemigo.

La parábola comienza así: “… edificad una torre para que uno vigile el terreno circunvecino y sea el atalaya, a fin de que mis olivos no sean derribados cuando venga el enemigo a despojar y tomar para sí el fruto de mi viña” (versículo 45; cursiva agregada).

El élder M. Russell Ballard, del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó acerca de la protección y las bendiciones que se reciben al seguir al profeta: “No es cosa insignificante, mis hermanos y hermanas, el tener un profeta de Dios entre nosotros… Cuando escuchamos el consejo del Señor expresado por medio de las palabras del Presidente de la Iglesia, nuestra respuesta debe ser positiva y pronta. La historia ha demostrado que hay seguridad, paz, prosperidad y felicidad cuando respondemos al consejo profético”1.

Más importante que la protección física que se recibe al prestar atención a los profetas es la protección espiritual. Es una necesidad acuciante, pues “Satanás ha intentado engañaros, para destruiros” (D. y C. 50:3). Escuchar a los profetas nos protege de las filosofías del mundo y de “la sutil astucia de los hombres que acechan para engañar” (D. y C. 123:12).

Se nos protege cuando somos fieles en el matrimonio

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El Señor nos promete que el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio puede ser eterno (véase D. y C. 132:19). La doctrina de la exaltación es un refugio contra las falsas relaciones que plagan nuestro mundo. Aunque muchas voces mundanas declaren que el matrimonio está anticuado, es inconveniente o innecesario, la voz del Señor declara: “… quien prohíbe casarse no es ordenado por Dios, porque el matrimonio lo decretó Dios para el hombre” (D. y C. 49:15).

El Señor nos enseña cómo proteger nuestro matrimonio: “Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra” (D. y C. 42:22).

El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) explicó la naturaleza integral de ese mandamiento:

“Y cuando [el Señor] dice con todo el corazón, no da lugar a compartirlo, a dividirlo ni a quitarlo. Y para la mujer se podría parafrasear lo mismo: ‘Amarás a tu marido con todo tu corazón, y te allegarás a él y a ningún otro’.

“Las palabras ninguna otra [ningún otro] excluyen a todos y a todo lo demás. De ese modo, el cónyuge se vuelve preeminente en la vida de su compañero o compañera, y ni la vida social ni el trabajo ni la política ni ningún otro interés, persona o cosa alguna puede tener precedencia sobre este”2.

Lo que vemos nos afecta enormemente, tanto para bien como para mal. Creo que esa es la razón de la advertencia del Señor en el versículo siguiente: “Y el que mirare a una mujer para codiciarla negará la fe, y no tendrá el Espíritu; y si no se arrepiente, será expulsado” (D. y C. 42:23; cursiva agregada).

A fin de estar protegidos de los ataques del enemigo, los ojos y el corazón deben dirigirse solo a nuestro cónyuge y al Señor. No debemos permitir que nuestros ojos se desvíen ni deseen a alguien que no sea nuestro cónyuge; debemos bloquear el corazón y la mente para protegernos de la tentación. Esa es la receta del Señor para tener éxito en el matrimonio.

Se nos protege cuando servimos en una misión

Tenemos muchas oportunidades de prestar servicio en la Iglesia, y el Señor se deleita “en honrar a los que [le] sirven” (D. y C. 76:5). En Doctrina y Convenios se enseñan grandes principios acerca de servir en una misión.

El Señor promete que “… ningún hombre que salga y predique este evangelio del reino, sin dejar de continuar fiel en todas las cosas, sentirá fatigada o entenebrecida su mente, ni su cuerpo, miembros ni coyunturas; y ni un cabello de su cabeza caerá a tierra inadvertido. Y no padecerá hambre ni sed” (D. y C. 84:80). Adviértase que el Señor no nos exonera de las dificultades, pero nos promete que estaremos bajo Su cuidado divino.

Y añade: “Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88). Al servirle, “acontecerá que el poder descansará sobre ti; tendrás una fe grande, y estaré contigo e iré delante de tu faz” (D. y C. 39:12). A quienes sirvan en una misión con todo su corazón se les promete que “será[n] bendecido[s] espiritual así como temporalmente” (D. y C. 14:11).

El Señor extiende esta protección a las familias de quienes prestan servicio: “… yo, el Señor, les prometo abastecer a sus familias; y les será abierta una puerta eficaz desde ahora en adelante” (D. y C. 118:3).

Y a los misioneros fieles se les promete: “… tus pecados te son perdonados, y tus espaldas serán cargadas de gavillas” (D. y C. 31:5). Esta bendición es un refugio para nuestra alma.

Se nos protege cuando obedecemos la ley del diezmo

En Doctrina y Convenios encontramos la siguiente enseñanza en cuanto al diezmo: “He aquí, el tiempo presente es llamado hoy hasta la venida del Hijo del Hombre; y en verdad, es un día de sacrificio y de requerir el diezmo de mi pueblo” (D. y C. 64:23).

Me gusta decir que la ley del diezmo es contraria a las matemáticas, porque 90 será mayor que 100. Cuando le damos al Señor el 10 por ciento de nuestros ingresos, Él promete que “abrir[á] las ventanas de los cielos y derramar[á] sobre [n]osotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10; véase también 3 Nefi 24:10).

A fin de evaluar cuán firme es nuestra fe, podemos fijarnos en la actitud que tenemos hacia la ley del diezmo. Pagar el diezmo no es una cuestión de dinero, sino de fe.

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, nos enseña: “Al decidir ahora mismo ser pagador de un diezmo íntegro, y gracias a nuestro empeño constante en obedecer, nuestra fe se verá fortalecida y, con el tiempo, nuestro corazón se ablandará. Es ese cambio en el corazón gracias a la expiación de Jesucristo, más que el hecho de entregar nuestro dinero o bienes, lo que [le] posibilita al Señor prometer a los pagadores de un diezmo íntegro el recibir protección en los últimos días [véase D. y C. 64:23]. Podremos tener confianza en que seremos merecedores de esa bendición de protección si nos comprometemos ahora a pagar un diezmo íntegro y somos constantes al hacerlo”3.

Se nos protege cuando obedecemos la Palabra de Sabiduría

Vivimos en una época en la que nuestra salud puede verse amenazada por muchas sustancias peligrosas. El Señor, sabiendo a qué nos enfrentaríamos, le enseñó en 1833 al profeta José Smith: “Por motivo de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hombres conspiradores en los últimos días, os he amonestado y os prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación” (D. y C. 89:4).

A los que observen la ley de salud del Señor se les promete que “… recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos [salud física]; y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos [bendiciones intelectuales y espirituales]; y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar [salud física]”.

Y el Señor promete seguridad a los que obedezcan esta ley: “Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará” (D. y C. 89:18–21).

Esa promesa no significa que no moriremos, pues la muerte es parte del plan eterno, sino que “el ángel destructor, el que vendrá a castigar a los impíos por sus pecados tal como afligió en la antigüedad a los egipcios corruptos [véase Éxodo 12:23, 29], pasará y no tocará a los santos”4.

Se nos protege cuando permanecemos en lugares santos

watchtower and templeImagen de la torre procedente de Getty Images; Templo de Sacramento, California, por Sandra Rast

El Señor nos manda una y otra vez que permanezcamos en lugares santos (véanse D. y C. 45:3287:8101:22). Sin duda, los templos son lugares santos. El presidente Joseph Fielding Smith (1876–1972) enseñó:

“Si comprendemos lo que hacemos, entonces la investidura nos será por protección durante toda la vida; una protección que no tiene el hombre que no va al templo.

“He oído decir a mi padre [el presidente Joseph F. Smith] que en los momentos de prueba, en la hora de la tentación, él pensaba en las promesas, en los convenios que había hecho en la Casa del Señor, y que estos eran una protección para él”5.

Junto con los templos, las capillas y los salones de clase de los centros de reuniones de la Iglesia y nuestros hogares son lugares santos dedicados. Esos lugares son santos si las personas que viven en ellos son puras de corazón y viven los mandamientos de Dios. Cuando guardamos los mandamientos, disfrutamos de la compañía, de la dirección y del consuelo del Espíritu Santo, y si Él puede ser nuestro compañero constante, entonces ciertamente permaneceremos en lugares santos.

Conclusión

En Doctrina y Convenios hemos visto varias formas de protección que nos brinda el evangelio de Jesucristo cuando tratamos de aprender y vivir estos principios. Podemos preguntar dónde encontrar esa protección.

El Señor, mostrando Su amor y misericordia por los santos, prometió que estaría con nosotros: “Sed de buen ánimo, hijitos, porque estoy en medio de vosotros, y no os he abandonado” (D. y C. 61:36). “… escuchad… dice el Señor, vuestro Dios, sí, Jesucristo, vuestro intercesor, que conoce las flaquezas del hombre y sabe cómo socorrer a los que son tentados” (D. y C. 62:1).

Cuando aplicamos la Expiación y las enseñanzas de nuestro Salvador Jesucristo, podemos recibir la protección y el refugio que nos brinda la fortaleza para aliviar las cargas, vencer los pecados y las dificultades, y convertirnos en santos.

Notas

1. M. Russell Ballard, “Recibiréis su palabra”, Liahona, mayo de 2001, pág. 80.
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 221.
3. Henry B. Eyring, “La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren”, Liahona, noviembre de 2005, pág. 40.
4. J. Reuben Clark Jr., en Conference Report, 17 de octubre de 1940; véase también Doctrina y Convenios: Manual para el alumno (manual del Sistema Educativo de la Iglesia, 1985), pág. 198.
5. Joseph Fielding Smith, “The Pearl of Great Price”, Utah Genealogical and Historical Magazine, julio de 1930, pág. 103; véase también Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph Fielding Smith, 2013, págs. 250–251.

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Mi regalo al Salvador

Mi regalo al Salvador

Por Cherstan Pixton
La autora vive en Idaho, EE. UU.

Como misionera, me sentía incompetente. ¿Qué podía hacer para dejar de centrarme en mí misma y empezar a centrarme en el Salvador?

gift to the Savior

Rusia es muy frío en el invierno y por lo general nublado, lo que hacía que los días fueran grises y un tanto deprimentes. Eran los últimos días de noviembre y, además del clima deprimente, me sentía sola, incompetente e incapaz de ser una buena misionera. Se me acababa de dar la asignación de capacitar a una nueva compañera y, aun cuando la hermana Hart era magnífica, ahora me sentía muy presionada a aprender mejor el idioma, a ser un ejemplo y a encontrar a alguien —a cualquiera— a quien pudiéramos enseñar.

Nos acababan de avisar que nuestro nuevo presidente de misión iba a llevar a cabo una conferencia de zona en Ekaterimburgo, a cinco horas de nuestra área de Perm. Muy temprano en una mañana fría de diciembre, la hermana Hart y yo fuimos a la estación de tren.

Mientras esperábamos, medité sobre los sentimientos que había estado teniendo. Pensé en los días de fiesta que se aproximaban y en el anhelo que tenía de estar con mi familia. La emoción de estar en el campo misional se había disipado y ahora sentía que no había logrado mucho como misionera en los nueve meses que había estado allí. Finalmente anunciaron que nuestro tren había llegado, de modo que abordamos y nos sentamos, y empecé a pensar en el Salvador. Cerré los ojos y pedí en oración que pudiera hallar la manera de hacer a un lado esos sentimientos y de centrarme mejor en Él.

En la conferencia de zona al día siguiente, el discurso del presidente Rust fue hermoso y sincero. Cuando la hermana Rust se levantó a hablar, compartió una historia sencilla de cómo el Salvador es el pastor que iría a buscar a la oveja que se había apartado para traerla de nuevo al redil. Habló de los sacrificios que el Salvador ha hecho por nosotros y finalmente dio un potente testimonio de la oportunidad que nosotros, como misioneros, tenemos de servirle al traer a Sus ovejas perdidas al redil. La hermana Rust nos desafió a pensar en un regalo que le pudiéramos dar al Salvador esa Navidad.

Cuando nos dio el desafío, tuve la fuerte impresión de que el regalo que yo debía darle al Salvador era el de simplemente hablar con más personas. Hasta ese momento me había sentido aterrorizada de comenzar una conversación con personas completamente extrañas, ¡especialmente en ruso! No quería que pensaran que era tonta porque no les entendía, así que era simplemente más fácil no decir nada. Sin embargo, en ese momento supe exactamente lo que debía hacer. Tenía que dejar de pensar en mí y comenzar a pensar en mis hermanos y hermanas. Me puse la meta de hablar con alguien sobre el Evangelio en todo vehículo de transporte que tomara durante el resto del mes y de dedicar eso como mi regalo de Navidad al Salvador.

Cuando la hermana Hart y yo abordamos otro tren de regreso a Perm la siguiente mañana, comencé con mi meta de hablar con las personas que estaban sentadas a mi lado. No les interesó mucho lo que les compartí, pero ¡por lo menos intenté!

El dar mi regalo al Salvador fue una lucha diaria, pero poco a poco me di cuenta de que estaba más feliz y tenía más confianza, y sentí que estaba cumpliendo mejor con mi llamamiento como misionera. La Navidad llegó y pasó, pero decidí que seguiría hablando con las personas. Empecé a hablar con ellas no solo cuando estábamos en algún transporte público, sino también en la calle, en la tienda, en la biblioteca y en todo lugar al que íbamos.

El que yo hablara más con las personas no hizo que encontráramos a alguien a quien enseñar; sin embargo, siento que planté semillas del Evangelio. Hicimos nuevos amigos con conductores de autobuses, con personas en la tienda de comestibles y con otras personas. Lo mejor era que cuando veíamos a alguien de nuevo, a menudo los veíamos sonreír, y eran ellos los que nos saludaban primero. Tengo fe de que esas semillas que plantamos algún día florecerán cuando surjan nuevas oportunidades para que esas personas aprendan sobre el Evangelio. El Padre Celestial trabaja en formas pequeñas y sencillas, y a veces comienza con un simple “hola”.

Ahora que pienso en ese momento que estaba en el tren rumbo a Ekaterimburgo, me doy cuenta de que el Padre Celestial contestó mi oración. Me ayudó a ver que la obra misional no se trata de mí, sino de los demás, y que cuando ponemos a los demás por encima de nosotros y nuestras propias preocupaciones y pesares, encontramos la felicidad que todos estamos buscando. Me maravilla lo generoso que es el Salvador, porque aun cuando nos esforzamos por darle todo cuanto podamos a Él, nos bendice y nos regresa cien veces más.

 

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Buscando nuevamente su fe

Buscando nuevamente su fe

Por David Dickson
Revistas de la Iglesia

El camino de regreso no siempre es fácil, pero siempre está ahí.

Te Oranoa

Las palabras “[cayeron] en senderos prohibidos y [se perdieron]” (1 Nefi 8:28) probablemente no suenan muy optimistas para la mayoría de nosotros cuando las leemos en el Libro de Mormón. En realidad, todo lo contrario. Es muy fácil imaginar una especie de final lúgubre para las personas descritas en la visión de Lehi del árbol de la vida —el grupo que probó del fruto y luego lo dejó atrás.

Sin embargo, Te Oranoa M., de 17 años, de Nueva Zelanda, tiene un entendimiento diferente de las cosas. “Lo que me inspira de esta Escritura”, explica ella, “es que no dice que ellos están perdidos para siempre”.

¡Qué pensamiento increíble! Y es uno que proviene de la experiencia personal. “Yo misma me alejé de la Iglesia”, dice, “pero he podido regresar”.

Desapareciendo

Te Oranoa creció en la Iglesia y habla sobre obtener su propio testimonio e incluso establecer metas espirituales. “Pero ese testimonio se debilitó”, dice.

En cierta manera, ella encontró puntos en común con Amulek, en especial en la forma en que él se describió a sí mismo al pueblo de Ammoníah: “Endurecí mi corazón, porque fui llamado muchas veces, y no quise oír; de modo que sabía concerniente a estas cosas, mas no quería saber” (Alma 10:6).

Para Te Oranoa, esa Escritura tiene un significado especial. “Así como Amulek, yo sabía todas estas cosas espirituales y el Espíritu me estaba diciendo que hiciera ciertas cosas, pero como yo estaba siendo un poco terca y un poco orgullosa, no las quería hacer. Después, mi testimonio más o menos se disipó”.

Al final, el relato de Amulek se convirtió en más que algo familiar para Te Oranoa. También se convirtió en un punto crítico para su camino de regreso.

Buscando un recuerdo grato

Incluso en momentos en que su fe se debilitó, ella aún podía recordar tiernas experiencias anteriores. Te Oranoa nunca olvidó cómo se había sentido cuando asistió al templo con su grupo de jóvenes o cuando fue a una conferencia de la juventud.

“Había un patrón”, dice ella. “Me sentía muy bien cuando iba a la capilla, pero no me sentía bien cuando no iba”.

Finalmente llegó el día cuando Te Oranoa decidió ver si podía conectarse con esos buenos sentimientos otra vez. Lo primero que hizo fue leer discursos de conferencias generales recientes.

Un artículo de la Conferencia General de octubre de 2016, “Aprendan de Alma y Amulek”, por el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, despertó algo en el alma de Te Oranoa. Reconoció mucho de su propia vida y sentimientos cuando el presidente Uchtdorf describió cómo la fe de Amulek se había desvanecido. También recordó más firmemente que nunca la felicidad que ella había disfrutado cuando su fe era más fuerte. Al instante, ella quiso hacer algunos cambios.

“Estaba esperando encontrar algo que encendiera ese fuego de mi testimonio”, explica, “así que leí el discurso del presidente Uchtdorf y, sí, ¡sentí esa llama en mi interior!”.

Esperando la eternidad

El camino de Te Oranoa de regreso a la fe no siempre ha sido fácil, pero hay una luz en particular al final del túnel que hace que ella continúe: la esperanza de una familia eterna.

“Las familias pueden ser eternas”, dice. “Ese es mi sueño más grande, mi esperanza más grande en la vida. Cada vez que quiero aprender sobre algo o encuentro una doctrina difícil de entender, intento relacionarla con las familias eternas. Por ejemplo, ¿por qué es importante para mí la expiación de Jesucristo? Por un lado, necesito Su expiación en mi vida para poder ser digna de entrar al templo y ser sellada a mi familia por toda la eternidad”.

Volver a Dios

Quizás valga la pena recordar que las personas en la visión de Lehi que se perdieron después de haber probado el fruto, de hecho lo probaron. Debieron haber sabido que era bueno, incluso si fue brevemente; y pueden sentirlo nuevamente. Esa es la esperanza a la que Te Oranoa se aferra, para ella y para los demás.

“No tienes que seguir yendo por esos caminos prohibidos por el resto de tu vida”, dice. “Puedes volverte al Señor cuando quieras”.

 

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Ocho razones por las cuales la Navidad es un gran momento para ser misionero

Ocho razones por las cuales la Navidad es un gran momento para ser misionero

Por Charlotte Larcabal
Revistas de la Iglesia

¡Hay algo con las festividades que hace que compartir el Evangelio sea mejor!

Christmastime scenes

Amas a tus amigos, amas el Evangelio y no sabes cómo combinarlos.

Si esto te suena familiar, no estás solo. Muchas personas quieren compartir el Evangelio con sus amigos pero tienen terror de parecer avasallantes o raras. Compartir el Evangelio puede causar mucha ansiedad.

¡Pero no temas nunca! Incluso si nunca antes has mencionado la Iglesia a nadie, la temporada navideña puede estar llena de muchos momentos misionales normales, fáciles y totalmente posibles. ¿Cómo?

Lo primero que hay que hacer es orar. Intenta pedir al Padre Celestial oportunidades para compartir el Evangelio. Ora para saber a quién hablar o invitar y ¡ora pidiendo valor para actuar sobre ello!

Lo segundo es comenzar y comenzar ahora. Aquí está el secreto: la obra misional es muy fácil en la época de Navidad. ¿Por qué? Tenemos ocho razones.

  1. A todos les gusta una buena fiesta.

Lo más probable es que tu barrio o quizás incluso tu familia planifique una fiesta de Navidad. ¡Invita a un amigo a unirse a la diversión! Probablemente habrá una canción o un mensaje sobre el Salvador y podría ser justo lo que tu amigo necesite escuchar.

  1. Invitar a las personas a la capilla en la época de Navidad es muy normal.

going into a Church building

¡Hay algo en la Navidad que hace que las personas quieran ir a la Iglesia! Esta es una época grandiosa para hacer saber a tus amigos que están invitados a ver cómo los miembros de la Iglesia adoran al Salvador.

  1. Los dulces de Navidad son la manera perfecta de hacer que una invitación o un mensaje del Evangelio sean algo más dulce.

Christmas treats

¿Un plato con galletas junto con tu Escritura preferida? ¿Barritas de chocolate y una cita sobre la Navidad? ¡Sí, por favor!

  1. Las familias tienden a reunirse.

Pasar tiempo con la familia constituye una gran parte de las tradiciones de Navidad, así que debería ser fácil hablar sobre tu familia, sus tradiciones en las festividades y tus creencias sobre la familia.

  1. Las luces y beber chocolate caliente son populares en esta época.

hot cocoa

Bebe chocolate o mira las decoraciones de Navidad en la ciudad para la noche de hogar o una actividad de la Mutual. Las actividades de los días festivos son divertidas para todos y es una gran manera de que un amigo vea cómo vives tu religión.

  1. Los mensajes mormones de Navidad son asombrosos y fáciles de compartir.

¡Incorpora el espíritu de la Navidad a las redes sociales al compartir el video “Ha nacido un Salvador”! ¿A cuántos de tus amigos de Facebook les encantaría ver a un angelito ayudar a un conserje gruñón en “El verdadero motivo de la Navidad” o un tierno relato sobre la generosidad en “El abrigo: Un relato sobre la caridad”? Busca estos y otros grandiosos mensajes de la Navidad para compartir en LDS.org o el Canal Mormón.

  1. La Navidad es una celebración sobre el Salvador.

Muchos cristianos estarán más centrados en el Salvador en la Navidad. Además de compartir ideas de servicio diarias, Mormon.org también destacará las enseñanzas del Salvador y maneras de “Iluminar el mundo”. Eso podría ser exactamente lo que tus amigos estén buscando para honrar a Cristo en la Navidad.

  1. ¡Hay tantas maneras de dar y prestar servicio en la época de Navidad!

singing Christmas carols with friends

El servicio es una asombrosa manera de ser misionero y hay muchas oportunidades para prestar servicio a los demás en las festividades. Podrías visitar un hogar de ancianos, cantar villancicos navideños a un vecino o donar artículos a un albergue local. Puedes encontrar ideas de servicio para los primeros 25 días de diciembre en Mormon.org.

¿Qué esperas?

Debido al Evangelio, tú sabes sobre Jesucristo y toda la esperanza que Él brinda. Ese es un regalo asombroso y es uno que puedes dar a los demás. Si con sinceridad le pides al Padre Celestial oportunidades para compartir el Evangelio, Él te inspirará para saber a quién puedes hablar. La Navidad es una época de compartir, de dar y de recordar a Jesucristo.

Una temporada de celebración

“¡Esta es una época de gozo! ¡Una temporada de celebración! ¡Un tiempo maravilloso cuando reconocemos que nuestro Dios Todopoderoso envió a Su Hijo Unigénito, Jesucristo, para redimir al mundo! ¡Para redimirnos a nosotros!”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “¿No tenemos razón para regocijarnos?”, (Devocional de Navidad de la Primera Presidencia, 6 de diciembre de 2009), broadcasts.lds.org.

En cada paso del camino

He estado hablando con una vecina que está muy interesada en el Evangelio. La invité a la Mutual, pero siempre hay algo que evita que ella asista. Una noche me di cuenta de que no había orado al respecto. Inmediatamente, me arrodillé y oré para que el Espíritu Santo estuviera conmigo y me guiara. Luego de orar, esperé una respuesta pero no recibí ninguna. Confusa, oré de nuevo, pero esta vez sentí la inspiración de agradecer a Dios todas las bendiciones que tengo. También oré para poder ayudar a los demás a darse cuenta de las muchas bendiciones que tienen y todas las bendiciones que podrían tener gracias al poder del Salvador. Sentí muy fuerte que no importa cuánto tome, mi Padre Celestial estará conmigo en cada paso del camino, proporcionándome paciencia y bendiciéndome más. Poco después de esas oraciones, ¡mi amiga me acompañó a la Mutual!

Elora C., 14 años, Arizona, EE. UU.

Puede que no parezca mucho

Hace un tiempo, mi amigo de la capilla se mudó y yo era el único mormón que quedaba en mi escuela. Mi maestro de la Escuela Dominical recientemente nos había hablado sobre cómo podíamos compartir el Evangelio con nuestros amigos. Oré para saber cómo podía hacer esto y definitivamente recibí una respuesta. Estaba hablando con uno de mis amigos y comenzamos a hablar sobre su postura respecto a salir con personas del sexo opuesto. Le expliqué que no creo en salir con personas del sexo opuesto hasta los 16 años y, para mi sorpresa, él tenía algunos de los mismos valores. Puede que no parezca mucho, pero fue realmente una respuesta a mis oraciones y mi testimonio de la oración se ha fortalecido.

David S., 13 años, Texas, EE. UU.

 

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“He estado orando por algo importante, pero no sé si he recibido una respuesta. ¿Cómo la voy a reconocer?”

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

“He estado orando por algo importante, pero no sé si he recibido una respuesta. ¿Cómo la voy a reconocer?”

Recibir respuestas a las oraciones se ha descrito como un proceso: primero estudias la pregunta en tu mente; luego preguntas a Dios si tu respuesta es correcta. Si tu respuesta es correcta, el Señor “[hablará] paz a tu mente” (D. y C 6:23).

Pero, ¿y si no tienes una sensación de paz sobrecogedora? O ¿qué pasa si sientes que tienes una respuesta pero no estás seguro de si eres tú o el Espíritu Santo?

Según el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “La revelación viene en pequeños incrementos a lo largo de cierto tiempo, y se concede de acuerdo con nuestro deseo, dignidad y preparación”1. No siempre llega de repente; la mayoría de las veces llega “línea por línea, precepto por precepto” (2 Nefi 28:30) y a menudo tienes que dar un paso en una dirección incluso antes de que sientas que tienes una respuesta completa. A veces puede que no obtengas respuesta alguna —es ahí cuando necesitas actuar de todas maneras con fe de que Dios responderá cuando sea el momento correcto.

Si te preocupa si tu respuesta viene de ti o del Espíritu Santo, recuerda que la mejor respuesta será una que te “invita e induce a hacer lo bueno, y a amar a Dios y a servirle” (Moroni 7:13).

David A. Bednar, “El espíritu de revelación”, Conferencia General de abril de 2011.


Decide y espera el Espíritu

Un verano, no sentí que el Señor me hubiera dado una respuesta sobre una decisión importante. Había orado sinceramente cada día para saber Su voluntad sobre mí y le dije lo que yo deseaba hacer. Aún sin tener una respuesta clara, tomé la decisión. Inmediatamente sentí el Espíritu testificándome que la decisión que había tomado me ayudaría a crecer y llegar a ser más como mi Padre Celestial. A veces necesitamos actuar para recibir una respuesta —el Padre Celestial respeta nuestro albedrío y nuestros deseos justos. Si estamos viviendo dignamente, Su Espíritu nos guiará a través de nuestros deseos debido a que dichos deseos estarán alineados con los de Él.

Amanda H., 16 años, Utah, EE. UU.


Ora pidiendo ayuda

He orado y recibido respuestas por muchas cosas, pero las ocasiones que más sobresalen son las relacionadas con el trabajo escolar. Antes de un examen, oro para estar tranquila y poder recordar la información que he estudiado. Muchas veces recordé párrafos enteros de información que sé que nunca hubiera podido recordar sin Su ayuda. Él ha bendecido mucho mi vida y valoro el poder de la oración y Su influencia, la cual siento mediante ella.

Emily B., 18 años, Queensland, Australia


Sé paciente y observador

Hace un tiempo, me puse la meta de orar por oportunidades de servicio. Pensé en maneras que podría ayudar a los demás, pero no recibí lo que creía era una inspiración. Me estaba desanimando, cuando mi mamá compartió conmigo Alma 5:40: “Todo lo que es bueno viene de Dios”. Me di cuenta de que los apacibles pensamientos de servicio que tenía eran de hecho impresiones del Espíritu Santo. Sé que nuestras oraciones siempre son contestadas; solo necesitamos ser pacientes, observadores y confiar en el Señor.

Lybee B., 16 años, Oregón, EE. UU.


Confía en el Espíritu

Cuando aprendas a confiar en el Espíritu Santo y a desarrollar la capacidad de reconocer la manera en que el Padre Celestial te responde, verás cuán disponible está el Espíritu para ti. Su voz nos indica suavemente que si estamos preocupados con las cosas del mundo, no notaremos los susurros y sentimientos delicados que provienen del cielo. Sin embargo, si estamos viviendo como debemos, entonces siempre tendremos la promesa de que sabremos en nuestro corazón lo que el Espíritu está diciendo en respuesta a nuestras súplicas.

Hermana Ribeiro, 24 años, Misión Brasil Puerto Alegre Sur


¡Inténtalo y verás!

A veces el Señor nos pide que actuemos por fe antes de obtener una respuesta completa. ¿Quieres saber si la Palabra de Sabiduría es en verdad un mandamiento de Dios? ¡Entonces vívela! ¿Quieres saber si el Libro de Mormón es verdadero? ¡Entonces léelo! Confía en la promesa que se encuentra en Juan 7:17: “El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo”.

Preston O., 19 años, Utah, EE. UU.


Por el poder de Cristo

Estaba mirando la transmisión de Cara a Cara con el élder Rasband y la hermana Oscarson cuando un joven hizo esta misma pregunta sobre recibir respuestas. La hermana Oscarson citó Moroni 7:16: “Por el poder y el don de Cristo… sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios”. Ese pasaje de las Escrituras nos muestra que podremos saber la voluntad de Dios para nosotros con un conocimiento perfecto. Siente el Espíritu y sabrás la respuesta.

Sara S., 17 años, Santa Catarina, Brasil


Las respuestas tienen por objeto servir de ayuda y exponer un punto de vista, y no deben considerarse pronunciamientos oficiales de doctrina de la Iglesia.

La inspiración viene un poco a la vez

“Cuando buscamos inspiración para las decisiones, el Señor nos da suaves impresiones que nos hacen pensar, ejercer la fe, esforzarnos, luchar a veces, y poner manos a la obra. Es raro que la solución total de un asunto sumamente importante o complejo aparezca de pronto. La mayoría de las veces aparece parte por parte, sin que podamos tener a la vista el fin”.

Élder Richard G. Scott (1928–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Cómo reconocer las respuestas a las oraciones”, Conferencia General de octubre de 1989.

Siguiente pregunta

“A veces no me siento digno de que el Salvador me ame. ¿Cómo puedo superar este sentimiento y reconocer mi valor individual?”.

Envía tu respuesta y, si lo deseas, una fotografía de alta resolución hasta el martes, 15 de enero de 2018, a liahona.lds.org (haz clic en “Envía un artículo”).

Es posible que las respuestas se modifiquen para abreviarlas o darles más claridad.

 

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Cara a Cara para los Jóvenes Adultos

Cara a Cara para los Jóvenes Adultos Solteros

Con La participación del élder M. Russell Ballard y el élder Dallin H. Oaks del Quórum de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

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Recordarle siempre

Recordarle siempre

Cada domingo, se nos da la oportunidad de recordar y renovar nuestros convenios bautismales al participar de la Santa Cena.

La Santa Cena consiste en participar de pan y agua. El pan partido nos recuerda el sufrimiento y la muerte físicos que Cristo venció por nosotros, y los vasitos de agua nos recuerdan el sufrimiento espiritual que hizo que sangrara por cada poro para la remisión de nuestros pecados. La Santa Cena es un poderoso recordatorio del precio que el Salvador pagó al expiar por nosotros.

“No hay duda de que esa es la razón por la que recibimos esa ordenanza particular, con todos sus simbolismos, más regularmente y con más frecuencia que ninguna otra en la vida”, dijo el élder Holland. “Se presenta en lo que se conoce como la más sagrada, la más santa de todas las reuniones de la Iglesia”.

Lee el discurso completo: «Haced esto en memoria de mi»

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Thomas Edison El mago de la luz

Thomas Edison El mago de la luz

Esta película narra parte de la vida del creador de la luz y las bombillas: Thomas Alva Edison. Durante la emisión se conoce el porqué y el cómo logra sus inventos como: el zoopraxiscopio y el fonógrafo. La historia cuenta la vida de Jack, un niño que escapa de un orfanato sin rumbo fijo y es el robo de un periódico el que lo lleva al taller del inventor Edison, quien lo acoge como trabajador y aprendiz. Con el transcurso de los días, Jack le da inspiración para innovar y así formar parte de sus creaciones como la cámara de cine y el vitascopio. Al pasar el tiempo, sus caminos se separan y Jack decide hacer su propia empresa de películas de cine, al utilizar uno de los inventos de Edison.

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Un eslabón conexivo

Devocional mundial para jóvenes adultos • 10 de septiembre de 2017 • Centro de la Estaca Apex, Carolina del Norte

Un eslabón conexivo

Élder David A. Bednar
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Una velada con el élder David A. Bednar

La cadena de las generaciones

Mi mensaje se origina en una experiencia que Susan y yo tuvimos en septiembre de 1999. El presidente Gordon B. Hinckley fue al Colegio Ricks, actualmente BYU–Idaho, para dedicar el recién terminado edificio Spencer W. Kimball. Susan y yo tuvimos el honor de ser los anfitriones del presidente y de la hermana Hinckley durante un día muy espiritual e inolvidable.

Mientras estuvo allí, el presidente Hinckley se dirigió en un devocional al alumnado, al personal y al profesorado. Yo me encontraba sentado en el estrado, a pocos metros del Presidente de la Iglesia restaurada del Señor cuando este pronunció su mensaje. Incluso hoy en día, en este mismo momento al ver sus rostros y dirigirme a ustedes, tengo un vívido recuerdo del presidente Hinckley ante este púlpito en el Auditorio Hart. Recuerdo los principios que enseñó, su tono de voz y expresiones faciales, y las cosas que aprendí por el poder del Espíritu Santo mientras lo escuchaba.

Los invito a participar ahora en una porción de aquel devocional.

“El sábado y el domingo pasados estábamos en Columbus, Ohio, dedicando un templo nuevo y hermoso. El templo y la capilla adyacentes estuvieron llenos durante las seis sesiones. El Espíritu del Señor estuvo presente y fue una ocasión grandiosa y significativa dedicar el segundo templo en la historia de la Iglesia en el gran estado de Ohio.

“Me acompañaron mi esposa y mi hija, quien estaba allí para ayudar a su madre. Para nuestro deleite, una nieta y dos de sus hijos, nuestros bisnietos, llegaron de St. Louis, donde residen…

“Cuando el otro día me encontraba en el templo en Columbus, Ohio, mirando a mis bisnietos, me pasó algo muy peculiar. De repente me di cuenta que me encontraba en medio, con tres generaciones con las que estoy familiarizado detrás de mí y tres generaciones por delante. Mi corazón literalmente se volvió a mis padres, y también se volvió a mi posteridad. Me imaginé una cadena de generaciones, la que se remonta a un lejano pasado del que sabemos muy poco. Ahora me sobrepasan tres generaciones. Imaginé esa cadena en mi mente, hasta la fecha intacta, brillante y fuerte…

“Después pensé, al estar sentado en el templo, que yo soy un eslabón que une a todas las generaciones del pasado y todas las generaciones del futuro. Todo lo que poseo de mente y cuerpo, de tejido y extremidad, de articulación y de cerebro, lo he recibido como herencia de los que me precedieron. Y todo lo de mi posteridad ha pasado a ellos a través de mí. No puedo darme el lujo de romper esa cadena. Mi posteridad no se puede dar el lujo de romper esa cadena…

“Ojalá tuviera la elocuencia de palabra para transmitirles a ustedes, los jóvenes aquí presentes, el sentimiento que tuve en el templo, el enorme deseo de que ni yo ni mi posteridad rompiésemos jamás la cadena de las generaciones de nuestra familia.

“A ustedes les digo, con toda la energía de que soy capaz, no se conviertan en un eslabón débil en la cadena de sus generaciones. Ustedes vienen a este mundo con un maravilloso legado; descienden de hombres y mujeres grandes, de hombres de arrojo y valor, de mujeres de logro y de fe extraordinaria. Nunca los defrauden. Nunca hagan nada que debilite la cadena de la cual forman una parte fundamental”1.

Las imágenes de una cadena de generaciones me quedaron claras en la mente. La advertencia de no convertirme en un eslabón débil en la cadena de generaciones me impactó el corazón, y la exhortación de nunca hacer nada que debilitara la cadena de las generaciones penetró mi alma. Para Susan y para mí, las lecciones simples y potentes que aprendimos aquella tarde de septiembre han influido para bien nuestro matrimonio, nuestra familia y todos los aspectos de nuestra vida.

Siendo una jovencita que crecía en su ciudad natal de Afton, Susan conocía y admiraba a una familia de su barrio que es un ejemplo maravilloso de la cadena de generaciones.

[Palabras de la hermana Susan K. Bednar]

En el barrio donde crecí había una familia increíble que tenía catorce hijos. La madre y el padre, Bessie y Evan Call, se habían casado en el templo y eran leales y fieles a sus convenios. Enseñaron a sus hijos la doctrina del Evangelio restaurado y fueron bendecidos para criar una familia recta.

Hace varios años, conocí a una hermosa jovencita en una reunión sacramental a la que asistía. Cuando se presentó, mencionó que yo conocía a su madre. Su madre era hija del hermano y de la hermana Call, y una preciada amiga de mi juventud. Esa joven a la que conocí en la reunión sacramental era nieta de los Call. Después de preguntar, me enteré que era la nieta número 44 de 96 nietos, y que su nuevo bebé era el bisnieto número 230 de Bessie y Evan Call. Esas cifras me dejaron pasmada; ¡qué posteridad tan enorme!

He pensado muchas veces desde entonces: ¿Qué habría pasado si los hermanos Call no se hubieran casado en el templo o guardado sus convenios? ¿Qué habría pasado si no hubieran permanecido fieles a la “tremenda fe” de las generaciones anteriores? ¿Qué habría pasado si no hubiesen enseñado el Evangelio a sus hijos por medio del ejemplo y del precepto? ¿Qué habría pasado si hubiesen sido un eslabón débil en la cadena de sus generaciones? ¿Cuántas personas se habrían visto afectadas? La respuesta es clara. Las decisiones que ese matrimonio tomó ya han influido en más de 300 miembros de la familia, y el número sigue creciendo a medida que llegan a esa familia más bisnietos y tataranietos.

Comparen eso a una experiencia diferente que tuve con una querida amiga que no era miembro de la Iglesia a quien había conocido durante mucho tiempo. Imaginen mi sorpresa cuando un día me mencionó casualmente que tenía una abuela mormona. Me sorprendí, ya que ella no sabía nada con respecto a la doctrina y los principios del Evangelio y nunca se había interesado en conocerlos. Aunque no sé la respuesta, a menudo me he preguntado: “¿Dónde ocurrió la ruptura en la cadena de sus generaciones?”. La conclusión cierta es que mi amiga nunca había disfrutado de las bendiciones del evangelio de Jesucristo en su vida por las decisiones que tomaron quienes la precedieron. Seguir leyendo

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Arrepentimiento y caridad

Devocional mundial para jóvenes adultos • 7 de mayo de 2017 • Tabernáculo de Salt Lake

Arrepentimiento y caridad

Sue L. Clark
Una velada con el élder Kim B. Clark

El élder Clark y yo estamos contentos de estar con ustedes en este devocional mundial.

Deseo compartir con ustedes algunas pensamientos muy queridos para mí y espero que también sean significativos para ustedes.

Primero, quiero expresar mi amor. He llegado a tener un sentimiento especial por los jóvenes adultos de la Iglesia. Ustedes están en la etapa de su vida en la que están tomando decisiones críticas: seguir sus estudios, buscar empleo, servir en misiones, salir en citas, casarse e iniciar una familia. He sentido y sido testigo del gran poder que tienen para bien cuando hacen y guardan convenios sagrados y procuran la voluntad del Señor al tomar esas decisiones. ¡Ustedes son extraordinarios! El Señor los ama; yo lo sé.

También quiero compartir mi testimonio y algunas palabras de ánimo. Quiero que sepan que sé que Dios es nuestro Padre Celestial viviente. Sé que Él nos dio el Plan de Salvación y ese maravilloso don de Su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor. Sé que el profeta José Smith es el profeta de la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Sé que Cristo vendrá otra vez y que debemos estar preparados para esa ocasión.

¿Cómo nos preparamos para un evento tan monumental? ¡Puede ser abrumador! ¡Hay tanto por hacer! Me gustaría brindar ánimo y esperanza con dos principios que nos ayudarán a prepararnos: arrepentimiento y caridad.

El presidente Monson nos enseñó en la conferencia general del pasado octubre: “Una parte fundamental del plan es nuestro Salvador Jesucristo. Sin Su sacrificio expiatorio, todo estaría perdido. Sin embargo, no es suficiente simplemente creer en Él y en Su misión; es necesario que nos esforcemos y aprendamos, que escudriñemos y oremos, que nos arrepintamos y mejoremos”1.

Debemos arrepentirnos, ¡y qué bendición es eso! Mediante la expiación y el poder de Jesucristo, podemos superar toda debilidad, dolor, pesar y pecado. He aprendido que, aunque a menudo el arrepentimiento se refiere a dejar de hacer algo, también podría referirse a algo que debemos comenzar a hacer que no hemos estado haciendo.

Una de las cosas más importantes que tenemos que comenzar a hacer como parte del arrepentimiento es servir a otras personas. Es al servir a los demás, trabajar lado a lado con el Señor y sentir Su amor puro, que llegamos a conocer realmente al Salvador. Vi el poder del amor que proviene de servir a los demás en una reunión sacramental hace apenas un mes.

Entré a la capilla con una amiga mía que se detuvo a saludar a una de las niñas de su clase de la Primaria. Durante la reunión, se sostuvo a mi amiga como la nueva presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca. La pequeña niña que ella había saludado al ingresar a la capilla, se dio vuelta y miró a mi amiga, su maestra. Esa dulce niña sabía que relevarían a su maestra, ¡y comenzó a llorar! Se deslizó hasta el final del banco y apoyó la cabeza en el hombro de su madre. Miré a mi amiga, la nueva presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca, ¡y también la vi comenzar a llorar! Ese testimonio de amor fue muy poderoso para mí; sentí que también se me llenaban los ojos de lágrimas. Fui testigo del don del amor puro de Cristo que proviene del Salvador a Sus verdaderos seguidores al servir en Su reino.

En Moroni, capítulo 7, Mormón nos enseña:

“Por tanto, amados hermanos míos, si no tenéis caridad, no sois nada, porque la caridad nunca deja de ser. Allegaos, pues, a la caridad, que es mayor que todo, porque todas las cosas han de perecer;

“pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre”2.

Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que cada uno de nosotros actúe con fe en Jesucristo para volvernos hacia Él, arrepentirnos de nuestros pecados y servirle con todo nuestro corazón. Sé que si lo hacemos, realmente llegaremos a ser Sus verdaderos seguidores; y, si “[pedimos] al Padre con toda la energía de [nuestros] corazones, que [seamos] llenos de [Su] amor”3, sé que tendremos más fe, más esperanza y sentiremos más amor, incluso el amor puro de Cristo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Thomas S. Monson, “El camino perfecto a la felicidad”, Liahona, noviembre de 2016, págs. 80–81.
  2. Moroni 7:46–47.
  3. Moroni 7:48.
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El amor y el matrimonio

Devocional mundial para jóvenes adultos • 8 de enero de 2017 • Universidad Brigham Young

El amor y el matrimonio

Wendy Watson Nelson
Una velada con el presidente Russell M. Nelson

Gracias, coro, por ese conmovedor número musical.

Mis queridos hermanos y hermanas, ¡los amamos y estamos contentos de estar con ustedes! Realmente son la esperanza de Israel, y es por eso que, al expresar algunas ideas, ruego que el Espíritu Santo transmita el mensaje exacto que ustedes necesiten escuchar.

Antes de casarme, fui profesora de terapia matrimonial y familiar durante más de veinticinco años; los últimos trece aquí, en la Universidad Brigham Young. Aconsejé a miles de matrimonios y oí una historia trágica tras otra sobre familias divididas y relaciones arruinadas. Vi de primera mano lo que funciona en el matrimonio y lo que no. Aprendí lo que puede sanar aun a los matrimonios destrozados y lo que puede destruir a otros casi de la noche a la mañana. Así que, hoy, permítanme hablarles sobre lo que seguramente es uno de sus temas preferidos: El amor y el matrimonio.

Quisiera compartir cuatro verdades que creo que no solo les evitarán pesares innecesarios, sino que también los ayudarán a ser —y a escoger— un cónyuge recto, y luego establecer un matrimonio feliz y una familia productiva1.

Esta noche espero que me vean como su “tía Wendy” al hablarles desde el corazón, tal como lo haría —y lo he hecho— con mis sobrinas y sobrino. De modo que, estas son las cuatro verdades de la tía Wendy sobre el amor y el matrimonio2:

Verdad nro. 1: Las verdades sobre el amor y el matrimonio las recibirán de nuestro Padre Celestial. Él decretó que el matrimonio fuese un componente irreemplazable de Su plan de felicidad3. El Espíritu es el mensajero de estas verdades. Los insto a procurar comprenderlas.

Por el contrario, Satanás y sus siervos son quienes originan y perpetúan las mentiras sobre el amor y el matrimonio. El adversario se regocija cada vez que persuade a una víctima a aceptar algo que profana o denigra el amor y el matrimonio. No obstante, la verdad es la verdad, las mentiras son mentiras; y ninguna cantidad de publicidad, campañas ni promociones astutas cambiará eso.

Verdad nro. 2: La pureza personal es la clave del verdadero amor. Cuanto más puros sean sus pensamientos y sentimientos, sus palabras y acciones, tanto mayor será su capacidad de dar y recibir amor verdadero.

Créanme si les digo que cada vez que derraman su corazón al Padre Celestial en oración y luego escuchan, cada vez que estudian las Escrituras buscando respuestas a las preguntas de su corazón, cada vez que evitan cualquier cosa que herirá a su espíritu (como la pornografía), cada vez que adoran en el templo, cada vez que hallan los datos necesarios para las ordenanzas de algún antepasado, ustedes escogen aumentar su pureza personal.

Su futuro cónyuge les agradecerá, pues en ese preciso momento se estarán preparando para la verdadera intimidad conyugal. Así que, si son solteros y se preguntan cuál es la mejor forma de prepararse para el amor verdadero, la respuesta es: hagan lo que sea necesario para mantener sus pensamientos, sentimientos, palabras y acciones puros. Inviten al Espíritu a guiarlos; ¡Él los ayudará!; y si están casados, ¡mi consejo es exactamente el mismo! Seguir leyendo

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