La vida es Eterna

La vida es Eterna

Por el presidente Ezra Taft Benson
Liahona Abril 1992

Todos sentimos pesadumbre por la pérdida de seres queridos, pero también gratitud. Gratitud por la seguridad que tenemos de que la vida es eterna.


La vida es eterna. Somos seres eternos; antes de esta vida terrenal vivimos como espíritus inteligentes. Ahora estamos viviendo parte de la eternidad. Nuestro nacimiento terrenal no fue el comienzo; la muerte, que nos espera a todos, no es el fin.

Como seres eternos, tenemos en nosotros una chispa de divinidad y, habiendo viajado por casi todo el mundo, estoy convencido de que los hijos de nuestro Padre en todas partes son esencialmente buenos. Quieren vivir en paz, quieren ser buenos vecinos, aman sus hogares y sus familias, desean mejorar su nivel de vida desean hacer lo que es correcto y yo sé que Dios los ama.

Como Su siervo humilde, siento amor en mi corazón hacia los hijos de nuestro Padre dondequiera que vivan. Los he conocido en los llamados lugares elevados y en lugares bajos; he conversado con ellos en sus hogares y en sus campos, en sus pequeñas granjas, en sus tiendas, en los caminos de la tierra y en el aire. He tenido el privilegio de asociarme con ellos en reuniones grandes y pequeñas y adorar en sus iglesias.

A medida que viajamos por este mundo revuelto y pecador, lleno de tentaciones y problemas, nos sentimos humildes con la expectativa de la muerte, la incertidumbre de la vida y el poder y el amor de Dios. Todos sentimos pesadumbre por la pérdida de seres queridos, pero también gratitud. Gratitud por la seguridad que tenemos de que la vida es eterna; gratitud por el gran plan del evangelio que se nos ha dado a todos nosotros; gratitud porque tenemos la seguridad de que la vida es eterna; gratitud por el gran plan del evangelio, dado libremente a todos nosotros; gratitud por la vida, por las enseñanzas y por el sacrificio del Señor Jesucristo.

Gracias a Dios por la vida y el ministerio del Maestro, Jesús el Cristo, que rompió los lazos de la muerte, que es la luz y la vida del mundo, que dio el ejemplo, que estableció las normas que debíamos seguir y proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…” (Juan 11:25-26).

Sí, la vida es eterna; continuaremos viviendo después de la vida en la tierra, a pesar de que a menudo perdamos de vista esa gran verdad básica.

Muy a menudo ponemos ambiciosamente nuestro afecto en cosas que no valen la pena, en cosas perecederas. Los tesoros materiales de la tierra son únicamente para proveernos, por así decirlo, alojamiento y comida mientras estamos aquí en la escuela. A nosotros nos toca poner el oro, la plata, las casas, las acciones, las tierras, el ganado y otras posesiones terrenales en el lugar que corresponde.

Este es tan sólo un lugar de duración temporal. Estamos aquí para aprender la primera lección hacia la exaltación: obediencia al plan del Evangelio del Señor.

Existe siempre la expectativa de la muerte, pero en realidad no hay muerte, no hay separación permanente. La Resurrección es una realidad; las Escrituras están repletas de evidencias. Casi inmediatamente después de la gloriosa resurrección del Señor, Mateo registra:

“Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

“y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mateo 27:52-53).

El mundo espiritual no está lejos; algunas veces, el velo entre esta vida y la vida en el más allá es muy delgado. Nuestros seres queridos que han muerto no se encuentran lejos de nosotros.

El profeta Brigham Young preguntó: “¿Pero dónde se encuentra el mundo espiritual?” Y luego contestó su propia pregunta:

“Está aquí… ¿Van los espíritus más allá de los límites de esta tierra organizada? No, no lo hacen. Son traídos a esta tierra con el expreso propósito de habitarla por toda la eternidad…

“Cuando el espíritu deja su cuerpo, entra en la presencia de nuestro Padre y Dios; está preparado entonces para ver, oír y comprender las cosas espirituales… Si el Señor lo permitiera, y ésa fuera Su voluntad, podríais ver los espíritus que han salido de este mundo, tan claramente como ahora veis cuerpos con vuestros ojos…” (Journal of Discourses, volumen 3, págs. 367-369).

Sí, la vida es eterna. La muerte no es el fin. A las mujeres afligidas que se encontraban frente a la tumba, los ángeles proclamaron:

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado…” (Lucas 24:5-6).

No hay nada en la historia que se compare con esa dramática declaración: “No está aquí, sino que ha resucitado”.

Ninguna otra influencia ha tenido mayor impacto en esta tierra como la vida de Jesús el Cristo. No podemos imaginarnos lo que sería nuestra vida sin sus enseñanzas. Sin Él nos encontraríamos perdidos en un espejismo de creencias y adoraciones, donde gobierna lo sensual y lo materialista. Nos encontramos lejos de la meta que Él nos puso, pero nunca debemos perderla de vista; ni tampoco debemos olvidar que nuestro ascenso hacia la luz, hacia la perfección, no sería posible excepto por Sus enseñanzas, Su vida, Su muerte y resurrección.

Que Dios acelere el día en que la gente de todo el mundo acepte Sus enseñanzas, Su ejemplo y Su divinidad; sí, cuando acepten como una realidad Su gloriosa resurrección, la que rompió los lazos de la muerte para todos nosotros.

Debemos aprender una y otra vez que únicamente aceptando y viviendo el evangelio de amor, de la manera en que el Maestro lo enseñó, y que únicamente haciendo Su voluntad, podremos romper los lazos de la ignorancia y la duda que nos atan. Debemos aprender esta sencilla y gloriosa verdad a fin de que podamos experimentar los dulces goces del Espíritu ahora y eternamente. Debemos esforzarnos al máximo por hacer Su voluntad; debemos ponerlo en primer lugar en nuestra vida. Sí, nuestras bendiciones se multiplican cuando compartimos Su amor con nuestro prójimo

Actualmente, miles de fieles misioneros llevan este importante mensaje a todo el mundo: Jesús es el Cristo, el Salvador de la humanidad, el Redentor del mundo, el Hijo de Dios. Él es el Dios de este mundo, nuestro abogado ante el Padre.

En la actualidad, los misioneros, mensajeros de la verdad, y millones de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días testifican que Dios ha hablado desde los cielos, que Jesucristo ha aparecido de nuevo al hombre y que la resurrección es una realidad.

Testifico de la veracidad del mensaje del cual ellos son portadores y agrego mi testimonio solemne, en el nombre de Jesucristo. Amén. □

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Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

Por Rosemary M. Wixom
Presidenta General de la Primaria

De un discurso pronunciado en la transmisión de una conferencia de estaca de Salt Lake City, el 24 de octubre de 2010.

Nuestro esfuerzo voluntario por comunicarnos mejor hoy bendecirá a nuestra familia eternamente.

Dedicar tiempo a hablar y a escuchar

En un mundo perfecto, todo niño regresaría a casa de la escuela para ser recibido con un plato de galletas de chocolate recién horneadas, un vaso grande de leche fresca y una mamá lista para dedicar tiempo a hablar y a escuchar acerca de cómo fue el día de su hijo. No vivimos en un mundo perfecto, así que pueden olvidar las galletas y la leche, si lo desean, pero no olviden “dedicar tiempo a hablar y a escuchar”.

Hace veintinueve años, el presidente James E. Faust (1920–2007), Segundo Consejero de la Primera Presidencia, se lamentó de que las familias pasaran tan poco tiempo juntas. Piensen en eso, hace veintinueve años, dijo en la conferencia general: “Uno de los problemas principales que hoy día tienen las familias es que cada vez pasan menos tiempo juntos… El tiempo que los miembros de la familia pasan juntos es precioso, tiempo que se necesita para hablar, escuchar, dar ánimo y para mostrar cómo hacer cosas”1.

Al pasar tiempo juntos y hablar con nuestros hijos, llegamos a conocerlos y ellos llegan a conocernos a nosotros. Nuestras prioridades, los verdaderos sentimientos de nuestro corazón, llegarán a ser parte de nuestra conversación con cada hijo.

¿Cuál es el mensaje principal proveniente del corazón que compartirían con un hijo?

El profeta Moisés nos enseña en Deuteronomio:

“Y amarás a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

“Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón;

“y se las repetirás a tus hijos y les hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes”(Deuteronomio 6:5–7; cursiva agregada).

Y yo añado una más: “Y cuando se sienten a la mesa para cenar juntos”.

Si queremos que nuestra familia esté junta para siempre, tenemos que comenzar el proceso hoy. Pasar tiempo hablando con nuestros hijos es invertir en nuestra familia eterna conforme caminamos juntos la senda hacia la vida eterna.

Una madre de Illinois, EE.UU., habló sobre cómo encontró tiempo para hablar con sus hijos:

“Cuando nuestros hijos eran pequeños, adquirí el hábito de mirar algunos de mis programas favoritos de televisión… Lamentablemente, los programas se emitían a la misma hora en que los niños se iban a dormir.

“ …En cierto momento me di cuenta de que en mi lista de prioridades había colocado los programas primero y a mis hijos bastante más abajo. Por un tiempo traté de leerles cuentos antes de dormir con el televisor encendido, pero en mi corazón sabía que eso no era lo mejor. Al reflexionar sobre los días y semanas que había perdido por mi hábito de mirar televisión, comencé a sentirme culpable y decidí cambiar. Me llevó un tiempo convencerme de que en verdad podía apagar el televisor.

“Tras unas dos semanas de dejar el televisor apagado, sentí como si se me hubiese quitado una carga de encima. Me di cuenta de que me sentía mejor, incluso en cierto modo más limpia, y supe que había tomado la decisión correcta”2.

La hora de ir a dormir es el momento perfecto para hablar.

Helamán dijo sobre los guerreros jóvenes: “Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían” (Alma 56:48).

Lo que les enseñó fueron “las palabras de sus madres”. Al hablar con sus hijos, esas madres enseñaban la palabra de Dios.

Mantener la comunicación personal

Conversar produce mucho bien y el adversario conoce el poder de la palabra hablada. A él le encantaría disminuir el Espíritu que viene a nuestro hogar cuando hablamos, escuchamos, nos alentamos mutuamente y hacemos cosas juntos.

Satanás inútilmente trató de impedir la restauración del evangelio de Jesucristo en esta dispensación cuando trató de detener una conversación crucial entre José Smith y Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo.

Como dijo José: “Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y surtió tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar” (José Smith—Historia 1:15).

Al adversario le encantaría trabarnos la lengua o hacer lo que sea para impedir que expresemos en forma verbal los sentimientos del corazón cara a cara. Él se deleita en la distancia y la distracción; se deleita en el ruido; se deleita en la comunicación impersonal y en cualquier cosa que nos aparte de la calidez de una voz y del sentimiento personal proveniente de la conversación frente a frente.

Escuchar el corazón de nuestros hijos

Escuchar es tan importante como hablar. El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Si escuchamos con amor, no habrá necesidad de preguntarnos qué decir; pues nos será dado por el Espíritu”3.

Cuando escuchamos, vemos lo que hay dentro del corazón de quienes nos rodean. Nuestro Padre Celestial tiene un plan para cada uno de Sus hijos. Imaginen si pudiéramos echar una mirada al plan individual para cada uno de nuestros hijos. ¿Y si pudiéramos saber cómo aumentar sus dones espirituales? ¿O cómo motivar a un hijo para que logre su potencial? ¿Y si pudiéramos saber cómo ayudar a cada hijo en la transición de tener la fe de un niño a tener un testimonio?

¿Cómo podemos saber?

Podemos comenzar a saber al escuchar.

Un padre Santo de los Últimos Días dijo: “Logro mucho más cuando escucho a mis hijos que cuando les hablo… He aprendido gradualmente que mis hijos no quieren mis respuestas confeccionadas, comprobadas por el tiempo y llenas de sabiduría… Para ellos, el poder hacer preguntas y hablar de sus problemas es más importante que recibir mis respuestas. Por lo general, cuando terminan de hablar, si yo he escuchado suficiente tiempo y lo suficientemente bien, en realidad no necesitan mi respuesta; ellos mismos la han encontrado”4.

Centrarse en las cosas más importantes requiere tiempo. Hablar, escuchar y animar no ocurre con rapidez; no se pueden apresurar ni programar, ya que se hacen mejor como parte de un proceso. Suceden cuando hacemos cosas juntos: cuando trabajamos juntos, cuando creamos y jugamos juntos. Suceden cuando desconectamos los medios de comunicación, eliminamos las distracciones del mundo y nos concentramos los unos en los otros.

Ahora bien, eso es algo difícil de lograr. Si nos detenemos y desconectamos todo, tenemos que estar preparados para lo que sucede a continuación. Al principio, el silencio puede ser sofocante; puede que sobrevenga una incómoda sensación de pérdida. Sean pacientes, esperen unos segundos y luego disfruten. Dediquen toda su atención a quienes los rodeen al preguntarles algo sobre ellos, y luego escuchen. Padres, hablen sobre algo que le interese a su hijo. Ríanse del pasado y sueñen con el futuro. A veces, las conversaciones sin importancia pueden conducir a charlas significativas.

Dar prioridad a nuestro propósito eterno

La primavera pasada, mientras visitaba una clase de jovencitas, la maestra nos pidió que anotáramos nuestras diez prioridades. En seguida empecé a escribir. Debo admitir que lo primero que pensé fue: “Número 1: limpiar el cajón de los lápices de la cocina”. Cuando terminamos las listas, la líder de las Mujeres Jóvenes nos pidió que compartiéramos lo que habíamos escrito. Abby, que acababa de cumplir doce años, estaba sentada junto a mí. Ésta era la lista de Abby:

1. Ir a la universidad.
2. Ser diseñadora de interiores.
3. Servir en una misión en la India.
4. Casarme en el templo con un ex misionero.
5. Tener cinco hijos y un hogar.
6. Mandar a mis hijos a la misión y a la universidad.
7. Ser una abuelita “que regala galletitas”.
8. Malcriar a los nietos.
9. Aprender más sobre el Evangelio y disfrutar de la vida.
10. Regresar a vivir con mi Padre Celestial.

Yo le digo: “Gracias, Abby. Me has enseñado en cuanto a tener una visión del plan que nuestro Padre Celestial tiene para todos nosotros. Cuando sabes que transitas una senda, a pesar de las desviaciones que puedan ocurrir, estarás bien. Si tu senda se centra en el objetivo supremo, el de la exaltación y de regresar a nuestro Padre Celestial, llegarás allí”.

¿Dónde obtuvo Abby ese sentido de propósito eterno? Comienza en nuestro hogar; comienza en nuestra familia. Le pregunté: “¿Qué haces con tu familia para establecer esas prioridades?”.

Su respuesta fue: “Además de leer las Escrituras, estamos estudiando Predicad Mi Evangelio”. Luego añadió: “Hablamos mucho; en la noche de hogar, mientras cenamos juntos y en el automóvil cuando viajamos”.

Nefi escribió: “Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo”. ¿Por qué? “Para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Hablar, escuchar y alentarnos unos a otros, así como hacer cosas juntos en familia nos acercará a nuestro Salvador, quien nos ama. Nuestro esfuerzo voluntario para comunicarnos mejor hoy, este día, bendecirá a nuestras familias eternamente. Testifico que cuando hablamos de Cristo, también nos regocijamos en Cristo y en la dádiva de la Expiación. Nuestros hijos sabrán “a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”.

Notas

1. Véase James E. Faust, “El enriquecer la vida familiar”, Liahona, julio de 1983, pág. 65.
2. Susan Heaton, “Talk Time Instead of TV Time,” Ensign, octubre de 1998, pág. 73.
3. Jeffrey R. Holland, “Me seréis testigos”, Liahona, julio de 2001, pág. 16.
4. Véase George D. Durrant, “Ayudas para los padres: Tiempo para hablar”, Liahona, septiembre de 1973, pág. 45.

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La Expiación y la travesía de la vida mortal

La Expiación y la travesía de la vida mortal

Por el élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Tomado de un discurso pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 23 de octubre de 2001. Para ver el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.

El poder habilitador de la Expiación nos fortalece para hacer el bien y ser benignos, y para servir más allá de nuestro propio deseo personal y de nuestra capacidad natural.


El presidente David O. McKay (1873–1970) resumió de manera concisa el grandioso objetivo del evangelio del Salvador: “El propósito del Evangelio es… hacer buenos a los hombres malos y a los hombres buenos hacerlos mejores, y cambiar la naturaleza humana”1. Por consiguiente, el trayecto de la vida terrenal es para que pasemos de ser malos a buenos y a mejores, y para que experimentemos el potente cambio de corazón, que nuestra naturaleza caída se transforme (véase Mosíah 5:2). Seguir leyendo

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“¡Ha resucitado!”: El testimonio de un profeta

Liahona Abril 2012

“¡Ha resucitado!”: El testimonio de un profeta

Por el presidente Thomas S. Monson

“El llamado del clarín al mundo cristiano”, ha declarado el presidente Thomas S. Monson, es que Jesús de Nazaret se levantó de entre los muertos. “La realidad de la resurrección nos da a cada uno de nosotros esa paz que sobrepasa todo entendimiento” (véase Filipenses 4:7)1

En los siguientes extractos, el presidente Monson comparte su testimonio de la resurrección del Salvador y su gratitud por ella, y declara que debido a que el Hijo conquistó la muerte, todos los hijos del Padre que vengan a la tierra vivirán nuevamente.

La vida después de la existencia mortal

“Yo creo que ninguno de nosotros puede comprender la trascendencia total de lo que Cristo hizo por nosotros en Getsemaní, pero agradezco cada día de mi vida Su sacrificio expiatorio por nosotros.

“A último momento Él podría haberse arrepentido, pero no lo hizo. Descendió debajo de todo para salvar todas las cosas. Al hacerlo, Él nos concedió vida después de esta existencia mortal. Él nos reivindicó de la caída de Adán.

“Mi agradecimiento hacia Él llega hasta lo profundo de mi alma. Él nos enseñó cómo vivir; Él nos enseñó cómo morir; Él aseguró nuestra salvación”2.

Disipando las tinieblas de la muerte

“En ciertas situaciones, como cuando se trata de prolongados sufrimientos y enfermedades, la muerte llega como un ángel de misericordia. Pero casi siempre, la consideramos como la enemiga de la felicidad humana.

“Las tinieblas de la muerte siempre se pueden disipar por medio de la luz de la verdad revelada. ‘Yo soy la resurrección y la vida’, dijo el Maestro, ‘el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás’.

“Esa seguridad —sí, incluso la sagrada confirmación— de que hay vida más allá de la tumba, bien podría proporcionar la paz que el Señor prometió cuando les aseguró a Sus discípulos: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo’”3.

No está aquí

“Nuestro Salvador volvió a la vida. El acontecimiento más glorioso, reconfortante y tranquilizador de la historia de la humanidad se había llevado a cabo: la victoria sobre la muerte. El dolor y la agonía de Getsemaní y del Calvario se habían borrado; la salvación de la humanidad se había asegurado; la caída de Adán se había resuelto.

“La tumba vacía de esa primera mañana de Pascua era la respuesta a la pregunta de Job: ‘Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?’. A todos los que estén al alcance de mi voz, declaro: si un hombre muriere, volverá a vivir. Lo sabemos, pues tenemos la luz de la verdad revelada…

“Mis queridos hermanos y hermanas, en el momento de nuestro más hondo pesar, nos pueden brindar profunda paz las palabras del ángel en esa primera mañana de Pascua de Resurrección: ‘No está aquí, sino que ha resucitado’”4.

Todos volverán a vivir

“Reímos, lloramos, trabajamos, jugamos, amamos y vivimos; y luego morimos…

“Y permaneceríamos muertos de no ser por un Hombre y Su misión, sí, Jesús de Nazaret…

“Con todo mi corazón y el fervor de mi alma levanto mi voz en testimonio, como testigo especial, y declaro que Dios vive; Jesús es Su Hijo, el Unigénito del Padre en la carne. Él es nuestro Redentor y nuestro Mediador ante el Padre. Fue Él quien murió en la cruz para expiar nuestros pecados. Él fue las primicias de la resurrección y gracias a Su muerte todos volveremos a vivir”5.

Un testimonio personal

“Declaro mi testimonio personal de que la muerte ha sido vencida, se ha logrado la victoria sobre la tumba. Ruego que todos puedan reconocer la verdad de las palabras que Aquel que las cumplió hizo sagradas. Recuérdenlas. Aprécienlas. Hónrenlas. Él ha resucitado”6.

Cómo enseñar con este mensaje

Tras compartir las citas del mensaje del presidente Monson, haga notar el testimonio que da del verdadero significado de la Pascua. Podría hacer las siguientes preguntas a los miembros de la familia: “¿Qué significa para ustedes que un profeta viviente haya testificado de estas verdades en la actualidad? ¿Cómo pueden aplicarlas a su vida?”. Considere dar su propio testimonio.

Jóvenes
Lo veré de nuevo

Por Morgan Webecke
Papá hacía que cada uno de sus hijos se sintiera especial. Nos amaba y perdonaba fácilmente; se empeñaba por asegurarse de que cada uno de nosotros fuera feliz y dejó bien en claro que deseaba lo mejor para nosotros. Yo lo quería mucho.

Cuando yo estaba en el sexto grado de la escuela, mi papá murió en un accidente automovilístico. Mi familia y yo estábamos completamente desolados; había un vacío grande en nuestra familia. Papá era en el que yo me apoyaba, a quien acudía si tenía problemas. En vez de buscar ayuda, dejé que el enojo y el dolor se arraigaran en mí. Finalmente decidí que era culpa de Dios; dejé de leer las Escrituras y de orar; iba a la Iglesia sólo porque mamá quería que fuera, pero trataba de mantenerme lejos de mi Padre Celestial.

Entonces fui a un campamento para las Mujeres Jóvenes por primera vez. Me gustó conocer a nuevas amigas, pero aún no leía las Escrituras. La última noche tuvimos una reunión de testimonios y sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: el Espíritu. Admiré a las chicas que se levantaron a dar su testimonio, pero yo permanecí sentada porque pensaba que no tenía uno. De repente sentí que tenía que levantarme. Abrí la boca sin saber qué decir; dije que estaba agradecida por el campamento de las Mujeres Jóvenes, pero después empecé a decir que sabía que Jesucristo había muerto por mí, que mi Padre Celestial me amaba y que la Iglesia era verdadera.

Me envolvió un sentimiento de paz extraordinario. Como resultado de esa experiencia, ahora puedo decir que sé que veré nuevamente a mi papá gracias a la expiación y resurrección del Salvador.

Niños
¡Él vive!

El presidente Monson enseña que debido a que Jesucristo murió y resucitó, todos vamos a vivir de nuevo. Mira las ilustraciones más abajo. Escribe un número en cada casilla para mostrar el orden en que sucedieron los acontecimientos.

Gracias a que Jesucristo vive, las familias pueden estar juntas para siempre. Haz un dibujo de tu familia en el recuadro de abajo.

Notas

1. “Ha resucitado”, Liahona, abril de 2010, pág. 17.
2. “Al partir”, Liahona, mayo de 2011, pág. 114.
3. Véase “Ahora es el momento”, Liahona, enero de 2002, pág. 68; véase también  Juan 11:25–2614:27.
4. “¡Ha resucitado!”, Liahona, mayo de 2010, pág. 90; véase también Job 14:14Mateo 28:6.
5. “¡Yo sé que vive mi Señor!”, Liahona, mayo de 2007, págs. 24, 25.
6. Véase “Ha resucitado”, Liahona, abril de 2003, pág. 7.

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Conferencia General Octubre 2017

Conferencia General Octubre 2017


Sesión general de mujeres 23 de Septiembre 2017
Enciendan su luz Sharon L. Eubank
Permanecer en Dios y reparar la brecha Neill F. Marriott
Un valor inconmensurable Joy D. Jones
Tres hermanas Dieter F. Uchtdorf
Sesión del sábado por la mañana 30 de Septiembre 2017
El anhelo de volver a casa Dieter F. Uchtdor
Las necesidades ante nosotros Bonnir L. Oscarson
El plan y la proclamación Dallin H. Oaks
“Tengo una obra para ti” John C. Pingree Jr.
El pan vivo que ha descendido del cielo D. Todd Christofferson
Sed, pues, vosotros perfectos… con el tiempo Jeffrey R. Holland
 Sesión del sábado por la Tarde 30 de Septiembre 2017
El eclipse espiritual Gary E. Stevenson
El arrepentimiento es siempre positivo Stephen W. Owen
Lo eterno de cada día Quentin L. Cook
Por designio divino Ronald A. Rasband
El corazón de la viuda O. Vincent Halek
El Libro de Mormón: ¿Cómo sería su vida sin él? Russell M. Nelson
Sesión General del Sacerdocio 30 de Septiembre 2017
El sacerdocio y el poder redentor del Salvador Dale G. Renlund
La verdad de todas las cosas David F. Evans
Ganar la confianza del Señor y la de su familia. Richard J. Maynes
Portadores de luz celestial Dieter F. Uchtdorf
El Señor dirige Su Iglesia Henry B. Eyring
Sesión del domingo por la mañana 01 de Octubre 2017
Para que tu gozo sea cabal Jean B. Bingham
¿Ha cesado el día de los milagros? Donald L. Hallstrom
Preciosas y grandísimas promesas David A. Bednar
Volverse al Señor  W. Christopher Waddell
Señor, que sean abiertos nuestros ojos  W. Craig Zwick
No tengáis miedo de hacer lo bueno Henry B. Eyring
Sesión del domingo por la tarde 01 de Octubre 2017
¡El viaje continúa! M. Russell Ballard
El testigo convincente de Dios: El Libro de Mormón Tad R. Callister
Separados, pero aún unidos Joni L. Koch
¿Confiamos en Él? Lo difícil es bueno Stanley G. Ellis
Verdades esenciales, nuestra necesidad de actuar Adilson de Paula Parrella
Buscad… de los mejores libros Ian S. Arden
Amémonos unos a otros como Él nos ha amado José L. Alonso
La voz del Señor Neil L. Andersen
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“No Serás Ocioso”

Liahona Enero 1962

“No Serás Ocioso”

(Tomado de the Charch News

El mandamiento del Señor «Cesad de ser ociosos» es frecuentemente mencionado entre los Santos de los Últimos Días, pero princi­palmente refiriéndose a las cosas materiales o temporales. ¿Hemos acaso meditado suficientemente en cuanto a la aplicación espiritual de esta Escri­tura?

Existen otras varias referencias concernientes a la ociosidad, que justificarían la relación del mandamiento con nuestra actividad en la Iglesia. Notemos sólo algunas de ellas:

“De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado.

“El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprendiere su deber, y no se presentare aprobado, no será con­tado digno de permanecer. Así sea. Amén.” (Doc. y Con. 107:99-100)

Esto está directamente relacionado con nues­tra posición y actividad en la Iglesia, y con nuestro grado de voluntad en aceptar tales compromisos.

También en la Sección 68, versículo 30, tene­mos otro mandamiento sobre este particular:

“Y en vista de que se les manda trabajar, los habitantes de Sion también han de recordar sus labores con toda fidelidad, porque se tendrá al ocioso en memoria ante el Señor.”

Encontramos una declaración similar en la Sección 73, donde el Señor dice:

“Sea diligente cada cual en todas las cosas. No habrá lugar en la iglesia para el ocioso, a no ser que se arrepienta y enmiende sus costumbres.” (Doc. y Con. 73:29)

Estas y otras referencias están en completa armonía con el primer v gran mandamiento por el cual somos enseñados a amar al Señor con todo nuestro corazón, poder, mente y fuerza. No cabe la ociosidad en esto.

La versión de dicho mandamiento, tal como aparece en la Sección 4 de las Doctrinas y Con­venios, es también para destacar: “. . . oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.” (Doc. y Con. 4:2)

Y en la Sección 59, es esto repetido conclu­yendo con las palabras: “y en el nombre de Jesu­cristo lo servirás”. ¿Podemos dar menos de lo mejor que hay en nosotros, al servir al Señor?

En el Nuevo Testamento somos enseñados que debemos “fructificar” y también se nos dice que las ramas que no son productivas o fructíferas deben ser podadas y echadas al fuego. Tam­bién repetidamente nos es dicho, en revelaciones modernas, que debemos “meter nuestra hoz con nuestra fuerza” y se nos promete que si hacemos esto no pereceremos, sino que traeremos salva­ción a nuestras almas.

La actividad en la Iglesia es vital para nues­tra salvación y nuestra exaltación en la presencia de Dios. Con dicha actividad, cumplimos con varias cosas a la vez: 1—Ayudamos a salvar a nues­tro prójimo; 2—Ayudamos a edificar el Reino; 3—Trabajamos para nuestra propia salvación.

Nadie puede ser .simplemente arrastrado ha­cia el Reino de Dios. El hecho en sí de ser miembro de la iglesia, no basta para la salvación. No participar del trabajo en la Iglesia, es acumu­lar moho. Si decimos que es bueno despreocu­parse de vez en cuando de los trabajos en la Iglesia, significa que no entendemos el plan del evangelio.

El mandamiento del Señor es: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 3:48)

La perfección en cualquier cosa ¿puede lo­grarse descansando, siguiendo el camino más fácil o siendo inactivo?

El propósito del evangelio es ayudarnos a ser perfectos como Dios. No hay otro propósito. En­tonces, siendo que el logro de la perfección re­quiere esfuerzos, ¿debemos negar nuestra partici­pación en las actividades?

Pensemos en la perfección en algún negocio. ¿Puede el ocioso prosperar en negocios? Pensemos en la música, la pintura o cualquiera de las artes. ¿Puede el ocioso llegar a ser un gran músico, un gran pintor o un gran realizador en cualquier línea?

¿Es menos difícil llegar a ser perfecto como Dios, que llegar a serlo como Padcrewski o Heifetz en la música, o como Pupin, Kirtley Mather o Millikan en la ciencia? ¿O como Einstein? ¿O como Shakespeare o Lincoln? Entonces, debemos ser diligentes.

Cuando nos alejamos de la actividad en la Iglesia, nos alejamos también del desarrollo en la fase más importante de nuestras vidas. Es ad­mirable llegar a ser un gran historiador o un constructor de renombre, o un astrónomo notable o un exitoso hombre de negocios. Todo conoci­miento que adquiramos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección. Pero ser un dies­tro negociante, gran músico o todo un maestro en campo alguno, no nos asegura la salvación.

Es la cualidad espiritual la que salva. El des­arrollo de un alma grande se logra sólo mediante un constante empeño por la salvación, lo cual es inspirado de Dios.

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“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

“¿Quién subirá al monte de Jehová?”

por el presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Agosto 2001

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y con­servamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas per­sonas gracias a él.


En el Salmo 24 se halla la pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?” (Salmos 24:3).

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lugares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares.

Creo que encontramos la belleza y santidad de “su lugar santo” al entrar en los magníficos templos de Dios. Bajo la profética inspiración del presidente Gordon B. Hinckley, estamos viviendo la época más grandiosa de la edificación de templos. Casi cada semana del año pasado se dedicó un nuevo templo, y en un mes se dedicaron hasta siete. Nunca antes en nin­guna época, la edificación de templos se había llevado a cabo en tan gran­de escala. Los fieles Santos que pagan sus diezmos y ofrendas lo han hecho posible, y cada uno de ellos recibirá bendiciones eternas por su fidelidad. Asimismo, los que participan de las bendiciones del templo también serán eternamente bendecidos.

Cada templo es una inspiración, es magnífico y bello en todos los aspec­tos, pero el edificio en sí no bendice. Las bendiciones de la investidura y demás ordenanzas divinas —que abarcan aquello que no es de este mundo, como las llaves del sacerdocio— se reciben mediante la obediencia y la fidelidad a la autoridad del sacerdocio y a los con­venios realizados.

Al percibir y ver la belleza impresionante del templo, visualizamos y conservamos en el recuerdo las infinitas bendiciones que recibirán muchas personas gracias a él. No obstante, debemos recordar que hay líderes y santos fieles en partes del mundo que todavía carecen de un santuario donde recibir las ordenanzas santificadoras y purificadoras del templo. Éstos son presidentes de esta­ca, patriarcas, miembros de sumos consejos, obispados y otros líderes del sacerdocio, así como una multitud de santos fieles, aún sin investir y que por encima de todo desean sellarse a sus amados padres, cónyuges e hijos. Tenemos la bendición y la responsabilidad de ayudarles a recibir las bendiciones del templo. Los futuros templos serán en cierta forma una santificación de nuestra de­voción y esfuerzos en la edificación del reino de Dios en nuestros días.

En medio de la magnificencia y el esplendor de los templos modernos, haríamos bien en detenernos un mo­mento y reflexionar en aquellos trabajadores sin camisa ni calzado que construyeron los templos de Nauvoo y de Kirtland. Cada templo que se erige hoy día es una reivin­dicación de José y de Hyrum Smith, y el triunfo de ellos y de todas las personas que sufrieron la desolación, las pa­lizas y los asesinatos de manos de los crueles tiranos de los populachos que forzaron a los primeros miembros de la Iglesia a ir hacia el oeste.

Salió triunfante el pequeño Sardius Smith, un niño de nueve años que en la masacre de Haun’s Mill, el 30 de oc­tubre de 1838, se deslizó bajo los fuelles de la herrería en busca de refugio, y que al ser descubierto fue muerto a ba­lazos. Triunfó el obispo Edward Partridge (1793-1840), quien fue sacado de su casa y arrastrado a la plaza del pue­blo por hombres brutales y desalmados que derramaron brea caliente sobre su cuerpo y la cubrieron de plumas.

En los templos del Señor aprendemos obediencia y sacrificio; hacemos votos de castidad y de consagración de nuestra vida para propósitos sagrados; es posible limpiarnos y purificarnos, y que nuestros pecados sean lavados a fin de poder ir al Señor tan limpios, blancos y sin mancha como la nieve recién caída.

“¿Quién subirá al monte de Jehová?” Podemos vi­sualizar las casi innumerables multitudes de elegidos, devotos y creyentes que vendrán al sacro santuario de Dios a procurar sus bendiciones. Al entrar en sus san­tos salones, Nefi nos recordará que “el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; por­que él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios” (2 Nefi 9:41).

A medida que los Santos vayan a los sacrosantos salo­nes de lavamiento y unción y sean lavados, serán limpios espiritualmente; y, al ser ungidos, serán renovados y re­generados en alma y espíritu.

Podemos visualizar las incontables parejas jóvenes y bellas que vendrán a unirse en matrimonio. Vemos cla­ramente el gozo indescriptible en sus rostros cuando se sellan entre sí y les es sellada, mediante su fidelidad, la bendición de la sagrada Resurrección, con el poder para levantarse en la mañana de la Primera Resurrección revestidos de gloria, inmortalidad y vida eterna. Podemos ver las innumerables familias rodean­do el altar, todos vestidos de blanco, con sus cabezas reclinadas y sus manos entrelazadas durante el sella- miento, como si hubiesen nacido en el nuevo y sempi­terno convenio. Podemos ver el ejército de jóvenes angelicales, con la alegría y la avidez de la juventud, asistiendo a la casa del Señor con asombro y admira­ción para bautizarse por los muertos.

Podemos visualizar las innumerables huestes celestia­les de aquellos cuya odisea eterna quedó suspendida y que están a la espera de que se haga la obra vicaria por ellos, incluyendo la purificación del bautismo, las santas bendiciones de la investidura y la exaltadora bienaven­turanza de los sellamientos. Podemos ver familias bai­lando, clamando y sollozando de gozo al reunirse en la vida venidera.

Estamos agradecidos por la existencia del poder sellador que ata en el cielo lo que se ha atado en la tierra, y expresamos gratitud y veneración a nuestro grandioso y humilde profeta, quien posee todas esas llaves.

“¿Quién estará en su lugar santo?” Ruego que haya una mano de socorro para aquellos que han flaqueado en la fe o que han transgredido, para traerlos de regreso. Después de arrepentirse por completo, tendrán una ne­cesidad especial de la parte redentora de la investidura. Deseo que puedan saber que sus pecados no serán recor­dados ya más.

Al pensar en el mandamiento de permanecer en lu­gares sagrados, debemos recordar que, con excepción del templo, los lugares más sagrados y santos de todo el mundo deben ser nuestros propios hogares, los cuales deben estar consagrados y dedicados únicamen­te a propósitos santos. En nuestros hogares debe en­contrarse toda la seguridad, el amor fortalecedor y la compresión amable que necesitamos de forma tan desesperada.

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?

“El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha ele­vado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (Salmos 24:3-4). Pues “la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmos 93:5). □

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Tú eres José

Devocional mundial para jóvenes adultos • 7 de mayo de 2017 • Tabernáculo de Salt Lake

Tú eres José

Élder Kim B. Clark
Setenta Autoridad General
Una velada con el élder Kim B. Clark

Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco estar con ustedes esta noche. Siento gran amor por ustedes. Siempre que estoy con los jóvenes adultos de esta Iglesia ¡siento amor y siento gozo!

Los invito a participar conmigo en lo que espero sea un recorrido de descubrimiento, fe e inspiración. Quiero llevarlos a los primeros días de la Restauración, cuando José Smith era un joven adulto. Los invito a hacer un recorrido que yo mismo he hecho. He pasado la mayor parte de mi vida estudiando y enseñando sobre líderes y las organizaciones que ellos dirigen. He tenido la bendición de conocer a grandes líderes y de trabajar con muchas de las organizaciones más selectas que las personas hayan creado sobre la tierra; pero este recorrido a las primeras experiencias de José en la Restauración ha reforzado mi convicción de que ustedes y yo somos parte de la organización más extraordinaria sobre la faz de la tierra, la Iglesia verdadera y viviente del Señor.

Deseo llevarlos a una época en la vida de José en la que afrontó incertidumbre y dificultad. Fue una etapa en la que estaba aprendiendo quién era él, quién era el Señor y cómo el Señor trabajaría con él.

Llegaría el momento en el que José sería el gran profeta de la Restauración, en el que reprendería a los guardias armados en la cárcel de Richmond con tal poder que ellos temblarían, en el que establecería la Iglesia, realizaría milagros poderosos, predicaría el Evangelio con un entendimiento maravilloso, construiría ciudades y templos, y establecería el fundamento para el recogimiento de Israel y la obra de salvación en ambos lados del velo. Pero quiero llevarlos a una época antes de eso, cuando José todavía no era lo que llegaría a ser. Deseo regresar a esos días porque esos días fueron para José lo que son los días ahora para ustedes. Creo que hay lecciones importantes sobre Jesucristo y Su doctrina, y acerca de Su profeta, José Smith, que aprenderán de los días en los que José era joven adulto. Sé que al escuchar esta noche con el Espíritu del Señor, el amor que sienten por el Señor y su fe en Él y en el Padre Celestial aumentarán, y su testimonio de la Restauración y del profeta José Smith será más fuerte.

El relato

Comienzo el relato con las planchas de oro. José Smith, a los 21 años, en septiembre de 1827, recibió las planchas del ángel Moroni, junto con dos piedras en aros de plata, que los nefitas llamaban intérpretes1. Más tarde, José y su esposa, Emma, se mudaron a Harmony, Pensilvania, el pueblo natal de Emma, debido a la intensa persecución en Palmyra, Nueva York2.

En Harmony, José copió los caracteres de las planchas y los estudió. Le pidió a su amigo Martin Harris que encontrara a alguien para traducir las planchas, pero Martin no tuvo éxito3.

Para febrero de 1828, a José le había quedado claro que tendría que traducir el registro él solo, con la ayuda de los intérpretes4. Con el tiempo, José aprendió a traducir el registro “… por el don y el poder de Dios”5.

Emma, que estaba embarazada de su primer hijo, fue la primera escribiente de José. Ella y José trabajaron en el registro hasta abril de 1828, cuando Martin Harris llegó a Harmony a escribir para José.

En junio, José había completado la traducción de la primera parte del registro, incluso lo que llamó el libro de Lehi. Martin Harris quería desesperadamente llevar el manuscrito a Nueva York para mostrárselo a su esposa y a su familia. José pidió permiso al Señor dos veces, pero cada vez la respuesta fue no. Martin insistió y José preguntó al Señor una tercera vez. Esta vez el Señor le dio permiso con la condición de que Martin Harris prometiera mostrar el manuscrito solo a su esposa y a otras pocas personas. Eufórico, Martin partió de inmediato para Palmyra con el manuscrito.

Pero José estaba preocupado. En ese período, José recibió una visita de Moroni y fue reprendido por sus pedidos reiterados de permitir que Martin llevara el manuscrito. José tuvo que devolver a Moroni los intérpretes y las planchas6.

Como si no fuera suficiente preocupación, Emma dio a luz, pero el bebé no vivió. Emma también casi muere y José pasó dos semanas constantemente a su lado. Cuando se sintió mejor, Emma instó a José a que averiguara lo que había pasado con Martin y el manuscrito.

El día en que José llegó a Palmyra, Martin Harris le confirmó sus peores temores: el manuscrito se había perdido. Su madre describió la escena:

“José… se levantó de la mesa exclamando: ‘Martin, ¿has perdido el manuscrito?’.

“‘Sí; se perdió’, respondió Martin, ‘y no sé dónde está’.

“‘¡Oh!’… dijo José, apretando sus manos, ‘¡Todo está perdido! ¡Todo está perdido! ¿Qué haré? He pecado… Debí haber estado satisfecho con la primera respuesta que recibí del Señor …’ Lloraba y se quejaba, y caminaba continuamente …

“‘¡Cuánta reprobación merezco del ángel del Altísimo!’ …

“¿Qué podía decir para consolarlo, cuando él veía a toda la familia sentirse igual que él; los sollozos, los gemidos y los lamentos más amargos invadieron la casa … Siguió caminando de un lado a otro, mientras lloraba y se afligía, hasta cerca del amanecer, cuando, con persuasión, ingirió un poco de alimento.

“A la mañana siguiente, comenzó su viaje a casa. Nos despedimos afligidos, porque parecía que todo lo anticipado con tanto anhelo… se había esfumado en un momento, y perdido para siempre”7.

El viaje de cuatro días a Harmony debe haber sido duro para José. Estaba preocupado por Emma, y afligido por la pérdida de su primer hijo. Había perdido el manuscrito y ya no tenía las planchas ni los intérpretes. Fue un largo viaje a casa.

José tomó la decisión de volverse al Señor8. Describió lo que sucedió cuando regresó a Harmony con estas palabras:

“Poco después de mi llegada, empecé a humillarme ante el Señor en oración ferviente y… le supliqué que si era posible me concediera misericordia y me perdonara todo lo que había hecho contrario a Su voluntad”9.

“Me encontraba… caminando a cierta distancia cuando… el mensajero celestial que antes se había manifestado apareció y me entregó de nuevo el Urim y Tumim [los intérpretes]… Pregunté al Señor por medio de ellos y recibí la siguiente revelación”10.

La revelación que José recibió está registrada en la sección 3 de Doctrina y Convenios. Es una dura amonestación y un llamado a arrepentirse, con una promesa. Primero, la amonestación:

“Y he aquí, con cuánta frecuencia has transgredido los mandamientos y las leyes de Dios, y has seguido las persuasiones de los hombres.

“Pues he aquí, no debiste haber temido al hombre más que a Dios. Aunque los hombres desdeñan los consejos de Dios y desprecian sus palabras,

“sin embargo, tú debiste haber sido fiel; y con su brazo extendido, él te hubiera defendido de todos los dardos encendidos del adversario; y habría estado contigo en todo momento de dificultad”11.

José fue motivado por la persuasión y el temor de los hombres cuando pidió permiso reiteradamente al Señor para darle el manuscrito a Martin Harris. José había comenzado a arrepentirse, pero el Señor le enseñó que había algo más que hacer:

“He aquí, tú eres José, y se te escogió para hacer la obra del Señor, pero caerás por motivo de la transgresión, si no estás prevenido.

“Mas recuerda que Dios es misericordioso; arrepiéntete, pues, de lo que has hecho contrario al mandamiento que te di, y todavía eres escogido, y eres llamado de nuevo a la obra”12.

Moroni le pidió a José que regresara los intérpretes y las planchas, pero le prometió: “Si eres muy humilde y penitente, puede que los recibas de nuevo”13. José siguió arrepintiéndose y recibió de Moroni, no mucho tiempo después, las planchas y los intérpretes14.

Más tarde, preocupado por el avance lento de la traducción durante el invierno de 1829, José le pidió al Señor que le enviara un escribiente15. En abril, el Señor envió a Oliver Cowdery a Harmony para servir como escribiente de José tras su milagrosa conversión16.

Con la llegada de Oliver, el proceso de traducción avanzó a un ritmo extraordinario.

La traducción del Libro de Mormón estuvo llena de milagros y bendiciones para José.

Sin embargo, la pregunta sobre qué hacer con el libro de Lehi en verdad lo preocupaba. Sin el registro de Lehi, no habría explicación sobre la familia de Lehi, el viaje a la tierra prometida ni el origen de los nefitas y los lamanitas.

En mayo de 1829, el Señor le reveló a José un plan, establecido por siglos, para reemplazar el libro de Lehi con lo que conocemos ahora como las planchas menores de Nefi. Esas planchas contenían un resumen del libro de Lehi y las profecías y enseñanzas de Nefi y otros profetas. Esos escritos, contenidos en el Libro de Mormón desde 1 Nefi hasta Palabras de Mormón, fueron inspirados por el Señor, preservados por cientos de años y agregados al registro por Mormón bajo la dirección del Señor17.

José y Oliver no tradujeron de nuevo el libro de Lehi. El Señor advirtió a José que hombres malvados habían cambiado el manuscrito original y estaban al acecho para interrumpir la obra del Señor. José tradujo las planchas menores de Nefi y colocó la traducción al inicio del Libro de Mormón.

La traducción del Libro de Mormón trajo experiencias maravillosas: se restauró el sacerdocio, José y Oliver fueron bautizados y recibieron el don del Espíritu Santo18. Once testigos vieron las planchas y dieron testimonio de su realidad.

El Libro de Mormón, con el testimonio de los testigos, se publicó en 1830. Martin Harris, que fue uno de los testigos, hipotecó su granja para pagar la impresión.

Tengo aquí dos tesoros de las colecciones históricas de la Iglesia que quiero mostrarles. El primero es una página del manuscrito original del Libro de Mormón. Esta página contiene la traducción al inglés de 1 Nef1 3:7:

“Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles una vía para que cumplan lo que les ha mandado”.

El segundo tesoro es un ejemplar de la primera edición del Libro de Mormón.

Lo que José recibió por revelación fue impreso en Palmyra y está aquí en el Libro de Mormón. El relato que les he contado sobre José cuando era joven adulto, sobre Emma, Martin Harris, Oliver Cowdery, Moroni y el Libro de Mormón es verdadera.

Lo que este relato significa para ustedes

Los invito, queridos hermanos y hermanas, a aplicar este relato a su experiencia en la vida. El Señor los prepara y les enseña, así como lo hizo con José cuando era joven adulto. Hay lecciones importantes que pueden aprender de la experiencia de José. Esta noche quiero centrarme en tres: fe y confianza en Jesucristo, arrepentimiento, y el poder espiritual del Libro de Mormón.

Lección 1: Fe y confianza en Jesucristo

Comienzo con la lección 1: Fe y confianza en Jesucristo.

Quiero que piensen por un momento en la situación de José cuando Martin Harris le pidió que preguntara por tercera vez al Señor. El Señor ya había dicho que no dos veces. El tercer pedido de Martin creó un dilema para José; fue una prueba de su fe.

Piensen; por un lado, José tenía fe en Jesucristo y fue bendecido con muchas experiencias espirituales extraordinarias. Él había visto y hablado con el Padre y el Hijo; tuvo entrevistas con Moroni y otros profetas; acababa de experimentar la milagrosa traducción del Libro de Lehi usando los intérpretes y su piedra vidente19.

Por otro lado, José tenía 22 años y estaba preocupado. Tenía una esposa maravillosa, que estaba embarazada de su primer hijo. No tenía dinero, ni educación ni medios para proveer para su familia. Estaba rodeado de escépticos y acosadores, y tenía pocos amigos. No había consultores a quién preguntar, ni mesa directiva, ni banqueros que le dieran fondos y consejos. Él sabía que tenía que publicar los registros, pero no tenía idea cómo pagar por la impresión si Martin Harris lo abandonaba. Su vida estaba llena de incertidumbre.

A pesar de su gran legado de experiencias espirituales, José “[temió] al hombre más que a Dios”20 y eligió preguntar por tercera vez, provocando así el desagrado del Señor y desencadenando lo que causó la pérdida del manuscrito. Pero el Señor fue misericordioso con José. Usó la fe que José ya tenía para ayudarlo a arrepentirse y preparó los medios para compensar la pérdida del manuscrito.

En muchas maneras, la situación de ustedes es como la de José. Son jóvenes adultos con preocupaciones e incertidumbres sobre el matrimonio y la familia, educación, trabajo y sobre encontrar su lugar en este mundo y en el Reino del Señor. Puede que haya otros desafíos y problemas en su vida.

Como José, ustedes ya tienen recursos y experiencias espirituales. Han sentido el Espíritu del Señor en oración, en las Escrituras, en el servicio a los demás. Han experimentado el amor, la gracia y el poder del Señor Jesucristo en el arrepentimiento, en la Santa Cena y en el santo templo.

Cuando afronten pruebas, como seguramente lo harán, no escuchen a sus miedos ni dependan de las persuasiones de los hombres. En vez de ello, los invito a que hagan las cosas que el Señor ayudó a José a hacer. Les prometo que traerán poder espiritual a su vida.

Primero, recurran a las experiencias y recursos espirituales que ya tienen para encontrar más fe y confianza en Jesucristo. Confíen en las bendiciones espirituales que han sentido y recibido a fin de obtener fortaleza para seguir avanzando con fe en el Salvador. Él es la bendición más importante de todas. Su amor nunca falla. Él estará con ustedes en todo momento de dificultades.

Segundo, miren hacia adelante con fe para ver que el Salvador influye en su vida. Recuerden cómo el Señor preparó a Oliver Cowdery para ser el escribiente de José y ayudó a José a compensar la pérdida de las 116 páginas con las planchas menores de Nefi21. El Señor actuó en la vida de José y también en la de ustedes. Ustedes tienen una identidad y un propósito eternos, y un destino divino. El Señor está participando en su vida ahora mismo; va delante de ustedes, abriendo puertas, preparando a otras personas para que los ayuden y abriendo el camino delante de ustedes.

Lección 2: El arrepentimiento

Prosigo ahora con la lección 2: El arrepentimiento.

Volvamos ahora al momento en que José descubre que se perdió el manuscrito. José sabía que había pecado contra el Señor y transgredido Sus mandamientos. Lo abrumaba la culpa y el dolor; pero José se volvió al Señor y encontró el milagro del perdón y el gozo de la redención.

El Señor esperaba de José un alto estándar, sin excusas. Trataba a José como el gran profeta que Él quería que José llegara a ser. José temió al hombre más que a Dios; confió en su propio entendimiento y no en Dios. Para José, el arrepentimiento era mucho más que simplemente decir: “Cometí un error. Lamento haber perdido el manuscrito”. José tenía que superar las actitudes, miedos y tendencias en su vida que eran la raíz de sus pecados; y necesitaba crecer, aprender y cambiar a lo largo de toda su vida.

José necesitaba un cambio en el corazón que solo es posible mediante la misericordia, el amor y el poder de Jesucristo. Eso fue exactamente lo que José recibió. El Señor conocía el potencial del carácter noble de José. Cuando le dijo a José: “… tú eres José… arrepiéntete… todavía eres escogido”22, pueden escuchar en esas palabras al Salvador extendiendo a José Su amor y misericordia, anhelando que José cambie.

También pueden escuchar al Señor enseñar a José quién es realmente. Quizás había crecido como un niño pobre, en una granja y sin educación, pera esa no era su verdadera identidad. Él era José el Profeta, vidente elegido mediante el cual Jesucristo restauraría la plenitud de Su evangelio a la tierra.

Cuando del Señor llamó a José al arrepentimiento, fue un llamado para que José hiciera los cambios necesarios a fin de elevarse y lograr su verdadera identidad mediante el poder de la expiación de Jesucristo. El Salvador ya había sufrido todo lo que José padeció, lo cual fue real y duro, y muy preocupante. Jesucristo ofreció a José el camino al perdón y a la redención. Durante muchos días, semanas y meses, José buscó el perdón del Señor y Su poder redentor, y los recibió.

Hermanos y hermanas, el Señor establece estándares muy altos para ustedes también, sin excusas. Él los trata como el discípulo valiente y compasivo que desea que sean; pero Él también los ama, como amó a José. Todos cometemos errores de vez en cuando, y cada uno necesita las bendiciones del arrepentimiento.

Como pueden ver de la experiencia de José, el arrepentimiento es mucho más que decir al Señor y a su obispo que hicieron algo mal. Pecar es alejarse del Señor; arrepentirse es regresar a Él. El arrepentimiento requiere un cambio en el corazón y la mente, un cambio de vida adecuado a su situación personal.

Más aun, el arrepentimiento los bendice continuamente. Es la manera en que el Señor nos ayuda a actuar mejor y a ser mejores a lo largo de la vida. Es la manera en que ustedes se elevan y logran su identidad eterna como hijos e hijas de Dios y verdaderos seguidores de Jesucristo.

Las promesas son verdaderas, hermanos y hermanas. Vuélvanse al Señor Jesucristo; arrepiéntanse de sus pecados y guarden Sus mandamientos. Él posee misericordia infinita23, y como José enseñó después: “Nuestro Padre Celestial es más… extenso en sus misericordias y bendiciones de lo que estamos dispuestos a creer o recibir”24. Jesucristo eligió sufrir por sus pecados y todos sus dolores y penas para que Él pudiera perdonarlos, sanarlos, cambiarlos, fortalecerlos y bendecirlos con gozo. Él verdaderamente es el Salvador y Redentor.

Lección 3: El poder espiritual del Libro de Mormón

Ahora sigo con la lección 3: El poder espiritual del Libro de Mormón.

Una vez que José fue perdonado de sus pecados, se regocijó al recibir las planchas y los intérpretes de nuevo25. Su experiencia con el manuscrito perdido había grabado en su alma la importancia del Libro de Mormón en la obra del Señor. El mensaje central de los profetas del Libro de Mormón es su testimonio de Jesucristo y de Su doctrina. Hay poder espiritual en ese libro.

Podemos ver ese poder en la experiencia de la traducción de José. La traducción no fue mecánica; fue una experiencia espiritual y le enseñó la forma de actuar del Señor y del Espíritu Santo. El Libro de Mormón fue una experiencia reveladora para José de principio a fin; le enseñó la doctrina de Jesucristo, y el Señor lo llamó para que la viviera: para que actuara con fe en Jesucristo, se arrepintiera, se bautizara y recibiera el Espíritu Santo26.

El Señor bendijo a José con mayor poder espiritual en estas experiencias. Después de ser bautizado, por ejemplo, dijo que fue “[lleno] del Espíritu Santo” y “el verdadero significado e intención de [las Escrituras]” fue “[comprendido]”27.

El Señor usó la salida a luz del Libro de Mormón para elevar a José y acercarlo a Él. El Señor lo instruyó y fortaleció al traer a luz ese libro por el poder del Espíritu Santo.

El Libro de Mormón puede ser una experiencia reveladora para ustedes, así como lo fue para José.

Los profetas que escribieron el Libro de Mormón vieron nuestros días. Nos escribieron a nosotros. Sus palabras hablan de nuestra época, nuestras necesidades y nuestro objetivo. Si tienen un corazón abierto al leer y orar sobre el Libro de Mormón, el Espíritu Santo 28 les “manifestará la verdad”29; sabrán que el Señor Jesucristo es su Salvador y Redentor y que José Smith es el Profeta de la Restauración.

Ya sea que aún no sean miembros de la Iglesia o sean miembros desde hace mucho o poco tiempo, los invito a que hagan lo que hizo José: lean el Libro de Mormón, oren sobre él, actúen con fe en Jesucristo para arrepentirse, bautizarse y recibir el Espíritu Santo. Luego, sigan adelante para recibir y guardar todas las ordenanzas y convenios de salvación, incluso la ordenanza de sellamiento en el templo.

Sé del poder del Libro de Mormón por muchas, muchas experiencias personales. Quiero compartir una de ellas con ustedes esta noche; una que ocurrió cuando yo era joven adulto. Había estado en mi misión en Alemania por dos meses. Habían sido dos meses difíciles y estaba desalentado. Una mañana me arrodillé y le dije al Padre Celestial mis preocupaciones. Le dije: “Padre Celestial, por favor ayúdame”. Mientras oraba oí una voz tan perceptible y clara como si alguien estuviera parado a mi lado. La voz dijo: “Cree en Dios”.

Me senté en la cama y abrí el Libro de Mormón en Mosíah, capítulo 4, versículos 9 y 10, y leí las palabras del rey Benjamín:

“Creed en Dios; creed que él existe, y que creó todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra; creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra…

“… creed que debéis arrepentiros de vuestros pecados, y abandonarlos, y humillaros ante Dios… y ahora bien, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis”30.

Al leer esas palabras sentí como si el rey Benjamín me estuviera hablando a mí. Sentí el poder del Espíritu Santo en el corazón; sabía que esa era la respuesta a mi oración. Necesitaba confiar en el Señor, arrepentirme e ir a trabajar. Desde ese día, el Libro de Mormón ha sido una fuente de poder espiritual en mi vida.

Mis queridos hermanos y hermanas, sé que el Libro de Mormón los guiará a Jesucristo y a Su doctrina. Lean el Libro de Mormón, estúdienlo, oren en cuanto a él, atesórenlo en la mente y el corazón cada día, como el presidente Monson nos ha aconsejado que lo hagamos. En cada momento de su vida, nuestro Señor y Salvador hablará paz a su alma, los elevará y fortalecerá, y los acercará más y más a Él, mediante ese libro, por el poder del Espíritu Santo.

Testimonio

Estas tres lecciones de los años de José como joven adulto testifican del poder de Jesucristo y de Su doctrina. Doy testimonio de que Jesús es el Cristo, el Hijo viviente del Dios viviente. Hay un Redentor. ¡Él vive!

Espero y ruego que aprendan de la vida de José. Aunque tuvo dificultades en sus años como joven adulto, él confió en el Señor y el Señor lo bendijo para llegar a ser el gran Profeta de la Restauración. José hizo la santa obra de Dios. ¡La Restauración es verdadera! Recuerden esto: Jesús es el Cristo y José es Su profeta. Hay una cadena ininterrumpida de llaves del sacerdocio, autoridad y poder que vincula a José Smith con Thomas S. Monson. El presidente Monson es el profeta del Señor en la tierra hoy. Todo es verdad.

Por lo tanto, mis queridos hermanos y hermanas de toda la tierra, les digo: confíen en el Señor Jesucristo. Él sabía el nombre de José; Él sabe el nombre de ustedes. Él los ama y participa en su vida. Mediante Su misericordia, gracia y amor pueden elevarse y, como el profeta José, superar cada prueba y llegar a ser lo que están destinados a ser: valientes, fieles Santos de los Últimos Días; líderes en su familia eterna y en Su Iglesia verdadera y viviente; verdaderos discípulos de Jesucristo, llenos de Su luz y Su amor, preparados para recibir al Salvador cuando venga otra vez. De eso testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.


Notas

  1. Moroni había aconsejado, enseñado y guiado a José durante cuatro años. José había ido al Cerro Cumorah el mismo día de septiembre de cada año desde 1823. Cada año iba con gran esperanza de que recibiría las planchas, solo para que Moroni le dijera que él (José) no estaba listo. En septiembre de 1827 estaba listo. En cuanto a los intérpretes, véase Alma 37:21–24. José Smith dijo que las dos piedras constituían lo que se llamó en la antigüedad, el Urim y Tumim. Véase José Smith— Historia 1:35; véase también Richard E. Turley Jr., Robin S. Jensen y Mark Ashurst-McGee, “José el vidente”, Liahona, octubre de 2015, págs. 10–17.
  2. Isaac Hale, el padre de Emma, ofreció a Emma y a José una granja, una casa, un granero y otras mejoras si regresaban a Harmony, Pensilvania (véase The Joseph Smith Papers, Documents, Tomo 1: julio de 1828 a junio de 1831, ed. Michael Hubbard MacKay and others [2013], pág. 29; Michael Hubbard MacKay and Gerrit J. Dirkmaat, From Darkness unto Light: Joseph Smith’s Translation and Publication of the Book of Mormon, 2015, págs. 32–33). Martin Harris, un amigo y próspero granjero local, dio a José y a Emma Smith $50 para ayudar a pagar deudas y costear la mudanza a Pensilvania (véase The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Relatos de José Smith, 1832–1844, ed. Karen Lynn Davidson y otros, 2012, pág.15).
  3. Para un análisis de la transcripción de los caracteres y de los viajes de Martin Harris, véase Richard E. Bennett, “Martin Harris’s 1828 Visit to Luther Bradish, Charles Anthon and Samuel Mitchill”, en Dennis L. Largey, et. al., eds., The Coming Forth of the Book of Mormon, Salt Lake City: Deseret Book, 2015, págs. 103–115.
  4. Varias narraciones apoyan la idea de que Martin Harris llevó el ejemplo de los caracteres a al menos a tres personas “para explorar la posibilidad de obtener una traducción y que José Smith comenzó a traducir solo después de que Martin Harris regresó si encontrar un traductor” (en The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 241). En los comienzos de la historia, José Smith escribió que Martin Harris “dijo que el Señor le había indicado que debía ir a la ciudad de Nueva York con algunos caracteres. De modo que copiamos algunos de ellos y él los llevó y viajó a las ciudades del Este presentándoselos a los eruditos y diciéndoles: ‘¿Podría leer esto, por favor?’, y los eruditos respondían: ‘No puedo’, pero que si les llevaba… las planchas, ellos las leerían. [Martin Harris] regresó y me los dio para que los tradujera y yo dije: ‘No puedo, pues no soy un erudito’. Sin embargo, el Señor había preparado los lentes para poder leer el libro; y por lo tanto, comencé a traducir los caracteres” (en The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1, Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 15; se actualizó la puntuación y escritura para mayor claridad).
  5. Prefacio de la edición de 1830 del Libro de Mormón. Para una reseña de la traducción del Libro de Mormón véase el ensayo “La traducción del Libro de Mormón”, de Temas del Evangelio, en topics.lds.org.
  6. Véase Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 10, josephsmithpapers.org.
  7. Lucy Mack Smith, Biographical Sketches of Joseph Smith the Prophet and His Progenitors for Many Generations, 1853, págs.121–122.
  8. Fue una bendición que José estuviera rodeado por su familia cuando llegó esta noticia terrible. Antes de que se fuera a Harmony, su madre le aconsejó que “… quizás el Señor lo perdonaría luego de un período breve de humillación y arrepentimiento”. Véase: Smith, Biographical Sketches, pág. 121.
  9. Smith, Biographical Sketches, pág. 125.
  10. José Smith, en Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 10, josephsmithpapers.org.
  11. Doctrina y Convenios 3:6–8.
  12. Doctrina y Convenios 3:9–10.
  13. Véase Smith, Biographical Sketches, pág. 125.
  14. Hay relatos conflictivos en cuanto a la fecha en que se devolvieron las planchas. La historia de José dice que fue dentro de pocos días, mientras que la historia de Lucy Mack Smith indica que fue en septiembre (véase Manuscript History of the Church, vol. A-1, pág. 11, josephsmithpapers.org; Lucy Mack Smith, Biographical Sketches, pág. 126).
  15. Durante ese otoño e invierno José realizó algunas traducciones con Emma como su escribiente, pero la mayor parte del tiempo ella y José tenían que trabajar en la granja y cuidar de su hogar (véase Smith, Biographical Sketches, pág.131).
  16. Oliver se había hospedado con los Smith en Manchester mientras enseñaba en la escuela. Escuchó los relatos de las planchas y del Libro de Mormón, y “una noche, luego de que se retiró a la cama, oró al Señor para saber si esas cosas eran así, y que el Señor le había manifestado a él que eran verdaderas” (Joseph Smith History, 1838–1856, tomo A-1, pág. 15, josephsmithpapers.org). Con ese conocimiento, sintió el deseo imperioso de escribir para José.
  17. Véase Doctrina y Convenios 10:38–42. Nefi fue inspirado a crear las planchas menores (véase 1 Nefi 9:3–6), y así es como Mormón describe la inspiración que recibió para incluirlas en el registro: “Mas he aquí, tomaré estas planchas que contienen estas profecías y revelaciones, y las pondré con el resto de mis anales, porque me son preciosas… Y hago esto para un sabio propósito; pues así se me susurra, de acuerdo con las impresiones del Espíritu del Señor que está en mí” (Palabras de Mormón 1:6–7).
  18. Cuando José terminó de traducir el registro, él y Oliver fueron inspirados a ir al bosque y orar sobre el bautismo para la remisión de los pecados que se menciona en la traducción de 3 Nefi (véase 3 Nefi 11:21–2819:9–1327:16–20). Sus oraciones fueron contestadas. José y Oliver recibieron el Sacerdocio Aarónico de Juan el Bautistas y se bautizaron el uno al otro (véase José Smith—Historia 1:68–73. Luego recibieron el Sacerdocio de Melquisedec de Pedro, Santiago y Juan, que les dio la autoridad de otorgar el don del Espíritu Santo (véase: Doctrina y Convenios 27:12–13).
  19. Véase The Joseph Smith Papers, Revelations and Translations, Volume 3, Part 1: Printer’s Manuscript of the Book of Mormon, 1 Nephi 1–Alma 35, ed. Royal Skousen and Robin Scott Jensen, 2015, págs. xvii–xix; MacKay and Dirkmaat, From Darkness unto Light,, págs. 67–69.
  20. Doctrina y Convenios 3:7.
  21. Cuando José supo que Martin Harris había perdido el manuscrito, no sabía que el Señor había inspirado a Mormón a incluir las planchas menores de Nefi en el registro. No sabía que el Señor inspiraría a Martin Harris a arrepentirse, a ser testigo del Libro de Mormón y a pagar por su impresión. José no sabía nada de eso. El Señor estaba frente a José preparando el camino ante él.
  22. Doctrina y Convenios 3:9–10.
  23. Véase Mosíah 28:4.
  24. Joseph Smith, en Manuscript History of the Church, vol. D-1, addenda, p. 4, josephsmithpapers.org.
  25. El contraste con la oscuridad que experimentó en los meses sin la habilidad de traducir fue intenso. El Señor había dado a José el poder para “… traducirlos por medio [de intérpretes]”. Pero José había “… [perdido ese] don y se ofuscó [su] mente” (Doctrina y Convenios 10:1–2. La mente de José se había iluminado por el poder del Espíritu Santo y había experimentado oscuridad espiritual en su mente con la pérdida de esa luz. Esa pérdida hizo que para José el espíritu de revelación y la guía del Espíritu fuese dulce.
  26. Fue la traducción del relato del bautismo y la recepción del Espíritu Santo en el momento de la visita del Salvador al pueblo en el templo en Bountiful que hicieron que José y Oliver buscaran revelación sobre la autoridad para bautizar y administrar el don del Espíritu Santo (véase The Joseph Smith Papers, Histories, Tomo 1: Joseph Smith Histories, 1832–1844, pág. 42; véase también Oliver Cowdery, carta a W. W. Phelps, con fecha 7 de septiembre de 1834, en Latter Day Saints’s Messenger and Advocate, Oct. 1834, págs. 15–16).
  27. José Smith—Historia 1:73–74.
  28. Las personas que se bautizan en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días reciben el don del Espíritu Santo, que es el derecho a la compañía constante del Espíritu Santo. Las personas que aún no se bautizaron pueden recibir el poder del Espíritu Santo para testificar del Libro de Mormón, pero el Espíritu Santo no permanecerá con ellos.
  29. Moroni 10:4.
  30.  Mosíah 4:9–10.
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Devocional mundial para jóvenes adultos – 10 de Septiembre de 2017

Devocional mundial para jóvenes adultos – 10 de Septiembre de 2017

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, se dirigirá a los jóvenes adultos de todo el mundo

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Las Ruinas de Meguido

Liahona Noviembre 1962
Excabaciónes Bíblicas en la Tierra Santa

Las Ruinas de Meguido

por Christine y O. Preston Robinson

Segundo de una serie de artículos escritos por el hermano Robinson y su esposa, como resultado de su última visita a la Tierra Santa. (N. del Editor)

Cuando tuvo la visión que le mostró la última gran batalla del mundo, identificando el lugar como Armagedón (Apocalipsis 16: 16), Juan el Reve­lador debe haber tenido un perfecto conocimiento en cuanto a la trágica historia de Meguido. Har-Mageddon (Armagedón) significa ‘las montañas de Meguido» donde, a través de los siglos del pasado, probablemente hayan tenido lugar las más importantes batallas pelea­das jamás en el mundo.

Meguido es realmente una fortaleza situada sobre una colina a la entrada del paso que por el Sudoeste conduce desde las llanuras de Sarón hasta las de Jezreel (Esdraelón), que es el valle más grande de Israel. En dirección hacia la costa del mar Mediterráneo, esta llanura está rodeada por una áspera zona mon­tañosa, entre cuyos picos más altos se encuentran los montes Tabor, Gilboa y Carmelo. Fué sobre el Monte Tabor, según algunas autoridades en la materia, donde Cristo se transfiguró. El Gilboa se distingue a raíz de haber sido allí donde Saúl, el primer rey de Israel, y su hijo Jonatán fueron muertos durante su batalla con los filisteos. Y el Monte Carmelo fué escenario de aquella notable ocasión en que Elías el Profeta con­fundió a los sacerdotes de Baal, quienes fueron in­capaces de conseguir que sus dioses se manifestaran mientras que el Todopoderoso hizo que una bola de fuego consumiera el sacrificio ofrecido por Elías.

Debido al hecho de que a esta altura las montañas se proyectan en forma escarpada hacia el mar Medi­terráneo, las llanuras de Jezreel y de Sarón, unidas ambas por el paso dominado por la fortaleza de Meguido, constituyen la única vía de acceso hacia el in­terior de Palestina y de Egipto.

La Biblia, en hebreo, da a esta ruta el nombre de Derekh Hay-yam, que significa «camino del mar.» Durante la dominación romana, llegó a ser una arteria de estrategia militar muy importante, conocida por el nombre de «Via Maris.» Era éste el preferido y obli­gado itinerario de todos los ejércitos provenientes de la zona mesopotámica—la comarca comprendida entre los ríos Tigris y Eufrates—, que llegaban a Palestina o a Egipto con intenciones de conquista. A menos que utilizaran la ruta marítima, estos contingentes debían pasar por estos valles y por consiguiente les era nece­sario salvar primeramente el obstáculo presentado por la fortaleza de Meguido antes de poder alcanzar en­tonces sus objetivos militares.

Batalla tras batalla, Meguido fué escenario de constantes contiendas. Su historia más remota la identifica como una fortaleza canaanita. En 1478 a J.C, Meguido fué capturada por Tutmés III, rey de Egipto. Ya en aquella lejana época, sus botines de guerra eran magníficos. Fué precisamente en las proximidades de las llamadas «aguas de Meguido» que Débora y Barac vencieron a los canaanitas comandados por Sisara. En esta lucha, los hebreos estaban en inferioridad de condiciones con respecto a los canaanitas, quienes se presentaron a la batalla en carrozas armadas. Providencialmente, sin embargo, una gran tormenta tuvo lugar y la copiosa lluvia resultante hizo desbordar el río Cisón de manera tal que los carros de guerra de Sisara, al igual que el resto de sus tropas, se quedaron atascados en el lodo. Esto permitió que Débora y Barae arremetieran en contra de ellos y los derrotaran.

Es interesante destacar que también sobre esas mismas riberas del río Cisón, Elias el Profeta hizo matar, después de su demostración del poder de Dios sobro el Monto Carmelo, a los 450 inicuos sacerdotes de Baal, Esto irritó tanto a jezabel, la esposa de Acab, rey de Israel, que sentenció a Elías a morir en la misma forma. Jezabel hizo buscar minuciosamente por todas las colinas y llanuras de Juclea al gran Profeta, pero éste eludió triunfante la persecución de la irascible mujer.

Durante su reinado, también Salomón dependió grandemente de la fortificación de Meguido. El sabio monarca hizo restaurar y reforzó dicho baluarte, utili­zándolo luego para alojar sus 1.400 carros de guerra y su caballería consistente en 12.000 hombres.

Precisamente en Meguido, Jehú, «ungido de Jchova para que exterminara la familia de Acab,» mató a Ocozins, rey de Judá. También allí, en el año 610 a J.C, fué asesinado c\ amado rey Josías, cuando éste intentó interceder en una disputa surgida entre Necao, faraón de Egipto, y el rey de Asiria. Su cuerpo fué llevado entonces en una carroza a Jerusalén, donde «todo Israel lloró su muerte.»

Los ejércitos de Alejandro Magno y los de Asiría y Babilonia, cruzaron repetidas veces las llanuras de Esdraelón y sostuvieron enconadas batallas en Meguido y sus alrededores. También tuvieron lugar en esta zona los más importantes encuentros de las famosas «Cruzadas,» Aun en nuestro siglo, Meguido jugó un papel importante durante la Primera Guerra Mun­dial. En 1018, las tropas británicas invadieron el Norte de Palestina a través del paso de Meguido, a raíz de lo cual al Mariscal de Campo Allenby se le dio el título de Sir Allenby de Meguido.

Las primeras excavaciones modernas fueron efectuadas en Meguido en el año 1925, bajo la dirección del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago. Einanciada por el millonario John D. Roekefeller hijo, y con la asistencia de la propia Biblia como guía, la expedición descubrió varias fortificaciones que datan de unos 2.000 años antes de Jesucristo. Allí se en­contró el Sello de Sama, el leal siervo de Jeruboam,

Aproximadamente en el centro de las vastas ruinas de Meguido, se levanta un reacondicionado altar canaanita, cuyo origen probablemente se remonte hasta los tiempos de Abrahán, cuando éste inició su derro­tero a          través  del valle de Esdraelón hacia Siquein (Samaría), y donde el gran patriarca construyó su primer altar. Se cree que fué allí donde el Señor prometió a Abrahán que el país de Canaán iba a ser eternamente para él y sus descendientes.

En la actualidad, al pie de las amplias ruinas de Meguido yace el hermoso valle de Esdraelón (Jezreel), donde se está desarrollando un extraordinaria­mente           productivo plan de agricultura. Gracias al abundante suministro de agua provisto por el río Cisón y sus tributarios, ésta es una de las más fértiles llanuras del moderno Israel.

El hermoso valle de Esdraelón está limitado al Sud y al Oeste por el Monte Carmelo y las sierras de Samada, al Este por los Montes Tabor y Gilboa, y al Norte por las onduladas colinas de Nazaret y de Galilea, alargándose hacia la hoy pujante y moderna ciudad industrial de Haifa, a orillas del mar Medite­rráneo.

Al caminar por entre las ruinas de Meguido, teniendo a sus pies la impresionante y pacífica vista del floreciente valle, sólo por medio de un gran esfuerzo puede uno imaginar que esa zona se ha destacado en la historia como un indómito campo de batalla, y que es ése el terrible Armagedón previsto por Juan el Revelador.

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Las Ruinas de Gat

Liahona Diciembre 1962
Excavaciones Bíblicas en la tierra Santa…

Las Ruinas de Gat

Por Christine y O. Preston Robinson

Tercero de una serie de artículos escritos por los hermanos Robinson sobre la excursión que efectuaron por la Tierra Santa a principios de año. (N. del Editor)

Fue durante el reinado de David, que Israel co­menzó a alcanzar la cumbre de su poder y gloria. Precisamente en el valle de Ela, unas pocas millas afuera de la ciudad de Gat, el joven David puso por primera vez de manifiesto el gran poder que habría de llevar al pueblo de Israel de la mano hacia el progreso.

Toda persona familiarizada con la Biblia conoce la historia de la famosa batalla librada entre David y Goliat. Aunque son bien conocidos los detalles de dicha lucha, sólo unos pocos eruditos bíblicos, sin embargo, se han aventurado a determinar el lugar considerado como escenario de la misma.

Fue aproximadamente en el año 1063 antes de Jesucristo, que un altivo y presumido gigante emergió del ejército filisteo y colocándose a su frente, provocó durante 40 días a las huestes de Israel, que se encontra­ban acampadas del otro lado del valle. Este soldado descomunal, retó a duelo a cualquiera de los guerreros israelitas que deseara batallar contra él. Su desafío consistía en conceder que los filisteos pasarían a ser siervos de los israelitas, si alguno de ellos llegaba a vencerle. Y si, por el contrario, él resultaba victorioso, los israelitas pasarían a ser sus esclavos.

Este gigante se llamaba Goliat, y era oriundo de la ciudad de Gat. Su altura era de 6 codos y 1 palmo (unos 2 metros 90 centímetros, aproximadamente), y tenía un físico perfectamente proporcionado.

Prácticamente por casualidad, David se encontraba visitando los ejércitos israelitas, que actuaban bajo las órdenes directas del rey Saúl. David había venido a traer provisiones para sus tres hermanos que estaban en el campo de batalla y cuando oyó el desafío de Goliat, se ofreció para luchar contra él. La historia de lo que sucedió como resultado de un certero tiro de honda, es bien conocida. Lo que no ha llegado a saberse con exactitud, es dónde esta acción tan impor­tante para la historia de Israel tuvo lugar.

La ciudad de Gat es mencionada repetidamente en el Antiguo Testamento. Esta fue una de las cinco ciudades filisteas (pentápolis)—siendo las otras Gaza, Ascalón, Ecrón y Asdod. Gat era llamada la ciudad real de los filisteos, y por consiguiente debe haber sido la residencia de sus reyes, lo cual fue por lo menos durante el período en que David debió huir y ocultarse de’ la ira de Saúl, puesto que la historia nos dice que entonces él y sus hombres buscaron refugio en dicha ciudad y vivieron allí, bajo la protección de uno de las reyes filisteos, por un período de 16 meses.

Aparte de haber constituido el hogar de Goliat y uno de los refugios de David, Gat debe haber sido sufi­cientemente importante para resultar una de las ciudades en las cuales fue guardada el arca del con­venio. La ciudad jugó un gran papel durante los reinados de Saúl, David y Salomón. Algo después, Roboam la fortificó, y aún más tarde, Amos nos relata algunas de las grandes calmidades que le acontecieron (Amos 6:2).

¿Dónde estaba ubicada esta importante ciudad filistea y qué le sucedió a la misma?

Por más de veinticinco años, los arqueólogos han estado buscando el sitio de la antigua ciudad de Gat en la Tierra Santa. Entre 1958-1959, los doctores R. H. Mitchell y B. Mazar efectuaron una intensa investiga­ción, llegando a la conclusión, después de una ardua tarea, que un montículo conocido con el nombre de Tel enNajila es, sin lugar a razonable duda alguna, el sitio de la famosa y antigua ciudad. Las primeras excavaciones del terreno revelaron ya una impresionante fortaleza que se calcula fue construida unos ocho siglos antes de Jesucristo. A fines del año en curso fue iniciada una serie de excavaciones de gran magnitud, que habrán de continuarse por un período de cinco años como mínimo. Las tareas del primer año consis­tirán en el dragado de largas zanjas experimentales, una vez completada la excavación de la vieja fortaleza, a fin de descubrir el grado histórico del lugar.’

Las tareas arqueológicas en las ruinas de Gat, estarán a cargo de la compañía Neher Biblical Excavation. El proyecto ha sido aprobado para recibir apoyo por parte del Departamento de Estado de los Estados Unidos y por el gobierno de Israel. En la faz educacional, el programa será secundado por el Seminario Teológico de Princeton.

Será en extremo interesante saber qué es lo que habrá de ser descubierto durante las excavaciones en Gat. Las mismas constituirán la primera exploración en gran escala de un terreno filisteo e indudablemente proveerán importantes informaciones acerca de la historia de Israel y bíblica, que hasta la fecha ha permanecido relativamente obscura.

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José Smith — Profeta del Señor

Liahona Diciembre 1962

José Smith — Profeta del Señor
“. . . Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.” (Juan 6:14)

Por R. Héctor Grillone

Para llevar a cabo lo que José Smith realizó, se necesita tener mucho más que una simple teoría o programa por delante. Cientos de personas—hombres y mujeres—intentaron solucionar el gran problema de la apostasía, pero nadie recurrió a la fuente natural de todas las causas, excepto nuestro Profeta moderno. La historia nos habla de personajes tales como Huss, Wesley, Calvino, Lutero, John Brown y muchos otros. Todos ellos presentaron su reclamo a las iglesias y su proclama al mundo. Muchos consiguieron prosélitos, varios fracasaron ruidosamente y algunos fueron sen­tenciados a la hoguera—drástica medida que caracteri­zaba los tiránicos juicios de toda una era de sofocación espiritual de la que la humanidad nunca habría podido ser rescatada sin la directa ayuda divina. Indudable­mente, los que se rebelaron y protestaron, en su mayoría, actuaron conforme a sinceras convicciones y honestos propósitos, puesto que prefirieron afrontar el peligro que el enojo y la sangrienta reacción de los ofendidos representaba, antes que acallar sus inquietudes espirituales y ceder a la presión despiadada de los que se habían encaramado sobre las conciencias populares.

Durante la Edad Media y hasta la época moderna la apostasía había arribado a un punto culminante y la iglesia predominante instituyó, especialmente en Italia y en España, la famosa Inquisición que determinó los trágicos resultados que hoy la historia deplora y narra con cierta reticencia. Los hombres y las mujeres —no importaban sus edades, condición civil o situación económica—que no confesaban públicamente ser cristianos, eran sacrificados como los corderos y palo­minos de las ofrendas hebreas; más aún, aquellas escenas parecían ser una reminiscencia de los rituales druidas. En 1633, el científico y matemático italiano Galileo Galilei tuvo que arrodillarse—actitud que ni Pedro permitió a Cornelio—ante la Inquisición y abjurar su supuesta herejía de haberse opuesto a los conceptos promulgados por la iglesia en cuanto al movimiento natural de la Tierra. El sacerdote dominico Tomás de Torquemada, nombrado oficialmente por la iglesia inquisidor en España en 1842, fué responsable directo de la muerte de más de 8.000 personas en la hoguera—personas que tuvieron la valentía de morir por sus propias conciencias. Las historia nos hace saber que Torquemada tenía que viajar escoltado por un verdadero ejército de 250 hombres—especialmente cada una de las tantas veces que debía ir a Roma para disculpar sus inhumanas torpezas ante el papa. En nuestro amado continente, la Inquisición estableció sus célebres tribunales del Santo Oficio, a fin de administrar la conciencia de los pueblos, en Chile, Perú, México, Colombia y las Provincias del Plata.

Todas estas gentes, figuras del preludio a la res­tauración, lucharon en contra de una administración arbitraria del evangelio. Hoy, en al altar de las realiza­ciones del hombre, la llama del reconocimiento hacia aquellos nobles iniciadores es conservada latente por la gratitud de los que gozamos de libertad.

José Smith también dejó oír su voz, y dispuesto a no acallarla, dio entonces su vida como testimonio final. Pero una esencial característica diferencia a este moderno Profeta de todos los demás predicadores o defensores de la verdad: el joven labrador no entró a analizar los credos existentes para determinar y destacar sus controversias, ni tampoco seleccionó piedras elementales de tal o cual doctrina para edificar con ellas una iglesia más. José Smith, haciendo eco sincero a la inspiración divina y desprovisto de todo interés creado o filosofía alguna, recurrió al único acto- comunión del alma y la actitud física—que posibilita las revelaciones del Altísimo: la oración. El Profeta mormón fue lo suficientemente humilde como para reconocer la limitada capacidad humana para tratar el asunto, y no confió en “el brazo de la carne,” sino que acudió al Padre de las Luces en busca de luz.

En verdad, parece ser que el hombre se inclina preferentemente a hacer las cosas por sí mismo, antes de recurrir a alguien—aun a Dios. La humildad, uno de los dones más preciados, es algo que a veces, si no está firmemente estructurada, se confunde en los términos del avergonzamiento. Quizás es por ello que el hombre teme ser o aparentar ser humilde, conside­rando que ésta es una condición que disminuye sus posi­bilidades. El presidente David O. McKay ha dicho que la reverencia—la cual exige humildad—pone de manifestó no la debilidad sino el poder del hombre. Esta declaración, de por sí misma, nos da a entender que mucha gente considera a la humildad como una expresión de los débiles, los cobardes o los incapacitados, cuando en realidad no es sino privativa de los que han sabido despojarse del orgullo humano para obtener una pureza de conciencia de características divinas.

José Smith, reverente y humilde, dobló sus rodillas y elevó fervientemente al Señor su voz, confiando en que El dejaría oír la Suya. Pregunto y fue contestado. Y presentó luego a la humanidad no una tesis de sus propias meditaciones intelectuales o filosóficas, sino el resultado de su devota indagación: la palabra revelada de Dios.

Desde aquella magnífica mañana de 1820, los pueblos del mundo han estado recibiendo las verdades del evangelio restaurado, cuya dispensación fue en­tonces iniciada. Los cielos habían estado cerrados por cerca de quince siglos—largos y obscuros—, más ahora sus ventanas se han abierto y por ellas fluyen las palabras y las bendiciones del Señor, gracias a que un ser preordinado en la preexistencia aceptó cumplir— y verdaderamente cumplió—su asignación.

En la actualidad, toda nación y toda lengua está presenciando la gloriosa marcha del plan de Dios en su última etapa—una marcha de paz, de amor y de justicia. Y más aún, los pueblos están siendo testigos de los efectos, alcances y poderes del evangelio restaurado—“por sus frutos los conoceréis—y comienzan a despertar del letargo en que la tradición—sombra nociva para el cultivo de la verdad—les tuvo sumidos.

Sin embargo, filósofos, clérigos, literatos, críticos y aun numerosas personas comunes, aúnan todavía sus voces—en un coro impotente—pretendiendo desvirtuar las contribuciones del Profeta moderno y restar im­portancia a las revelaciones divinas, sin querer com­prender que con ello sólo consiguen regocijar a Satanás. Y su especial atención, se ha concentrado precisamente en el baluarte del mormonismo: el Libro de Mormón, resultado de la manifestación directa del “don y poder de Dios”.

El Libro de Mormón es genuino. No es una novela debida a la fantasía de José Smith. Es el fruto, más bien, de su honesto interés por las cosas del Señor. Hombres y acontecimientos, historia y profecías, dan testimonio de su veracidad. No cualquiera—ni el más sabio de los hombres—pudo haberlo escrito sin la asistencia del Espíritu de Dios. Se ha dicho que para poder producir una obra similar, un hombre debería reunir las siguientes condiciones:

1.- Tener entre 23 y 24 años de edad.

2.-  Tener sólo tres años de educación formal.

3.- Cualquiera sea lo que escriba, debe ser en base a lo que sepa.

4.- Escribir un libro de 239 capítulos; 54 de ellos acerca de guerras, 21 sobre historia, 55 sobre profecías, 71 de doctrinas, 17 acerca de misioneros y 21 sobre la misión de Cristo.

5- Escribir una historia ocurrida en un país antiguo, cubriendo el período comprendido entre los años 600 a. J. C. y 421 de nuestra era.

6.- Incluir en dicho relato la historia de dos pueblos distintos y separados, junto con la de diferentes grupos de gentes o naciones contemporáneas.

7.- Describir las culturas religiosa, económica, social, política e institucional de estas dos naciones principales.

8.- Combinar en dicha historia la religión de Jesu­cristo y el sistema de vida cristiana.

9.- Completar el trabajo—habiendo cubierto un período de mil años—en sólo 80 días, aproximadamente.

10.- Una vez terminada la obra, no hacer cambio alguno. La primera edición del libro debe conservarse y mantenerse para siempre.

11.- Cada vez que, a los fines de poder dormir o comer haya hecho un alto en el trabajo, no preguntar luego al escribiente, al reanudar la tarea, que lea el último párrafo u oración que le hubiere dictado.

12.- Una vez terminada la obra, la misma debe comprender unas 546 páginas, con un promedio de 400 palabras en cada una de ellas.

13.- Agregar una considerable cantidad de nuevos giros gramaticales al idioma. (José Smith agregó 180 palabras nuevas al idioma inglés, mientras que William Shakespeare sólo añadió unas 30 a sus obras completas.)

14.- Declarar que el registro es una historia sagrada.

15.- Coincidir con las profecías bíblicas y dar cumplimiento a muchas de ellas, aun en cuanto a la forma exacta en que había de aparecer la obra, para quiénes sería escrita y cuáles eran sus propósitos y alcances.

16.- Darla a conocer a toda nación, raza, lengua y pueblo, declarando que es la palabra de Dios.

17.- Incluir en el registro esta maravillosa promesa: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntaseis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.”

8.- Cientos de miles de personas deben testificar, al menos durante los próximos 130 años, que habiendo puesto a prueba dicha promesa, el Espíritu Santo les ha hecho saber que el libro es verdadero.

19.- Afiliares de grandes hombres, gigantes intelec­tuales y reconocidos eruditos, deben reconocer la veracidad de la obra, aun hasta el punto de ofrecer sus vidas por ello.

20.- El libro no debe contener errores o equivoca­ción alguna.

21.- Las culturas de las civilizaciones descriptas en dicha historia, deben ser prácticamente desconocidas al tiempo de escribirla.

22.- La obra no debe tener ninguna declaración absurda, imposible o contradictoria.

23.- Aun así, muchos de sus hechos, ideas y de­claraciones deben parecer enteramente inconsistentes o estar en firme oposición con los conceptos y creencias prevalecientes en el mundo.

24.- Debe invitar a los más capaces y conocidos profesores y entendidos a que examinen cuidadosamente el texto. Y aun tratar de que el libro llegue a manos de los que parecen dispuestos a demostrar que el mismo es una falsificación y que a la vez estén capacitados para descubrir cualquier error al respecto.

25.- Durante los próximos 130 años, toda investiga­ción, evidencia científica y descubrimiento arqueológico relacionados con sus aseveraciones, deben confirmarlas hasta en el más mínimo detalle.

26.- Después de 130 años de análisis intensivo, ningún hecho o afirmación contenidos en el relato deberán ser desaprobados.

27.- Durante los próximos 130 años, muchas de las profecías contenidas en el libro deben cumplirse.

28.- Tres hombres honestos y de reconocida repu­tación, deberán testificar al mundo que un mensajero celestial apareció ante ellos para mostrarles los antiguos anales de los cuales reclama haber hecho la traducción.

29.- Estos tres testigos deben haber tocado, palpado y sopresado las referidas planchas y sus grabados.

30.- Otras ocho personas deberán también testificar haber visto y tocado las planchas a la luz del día.

31.- Tanto los tres primeros como los otros ocho testigos deben dar su testimonio al respecto, no en pos de ganancia material alguna, sino aun a costa de su sacrificio personal y de soportar persecuciones—cuando no la muerte.

32.- Debe encontrar alguien que aun sabiendo que no se recibirá remuneración alguna por la inversión, esté dispuesto a financiar la edición del libro; y éste debe venderse al precio del costo o menos.

33.- Finalmente, después de sufrir persecuciones y vilipendios durante 20 dramáticos años, estar dispuesto a dar su vida—y efectivamente darla—para sellar su testimonio.

En verdad, todo esto es imposible desde el simple punto de vista humano; habría sido asimismo imposible para José Smith, si no hubiera contado con la inspira­ción y el poder del Espíritu Santo. Hoy, gracias a la labor de este hombre, muchos pueblos del mundo están disfrutando de las bendiciones y el progreso espiritual reservados para ésta, la dispensación del cumplimiento de todos los tiempos. Y día a día, tal como lo anticipó Mormón en el prefacio de su compendio, el judío y .el gentil se están convenciendo de que JESÚS ES EL CRISTO.

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El Derecho de ser Feliz

Liahona Diciembre 1962

El Derecho de ser Feliz

Por el presidente David O. McKay

A felicidad es el deseo de toda la humanidad. Cada uno de nosotros tiene el derecho de ser feliz. Muchas personas se empeñan sinceramente en poner lo mejor de su parle para ello. Lamentablemente pocos, no obstante, llegan a compren­der que la guía más segura para dicha realización puede ser encontrada en la .declaración de Jesús de Nazaret: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39) Este pasaje tan significativo contiene un secreto más digno de ser poseído que la fama o el poder, algo de más valor que todas las riquezas del mundo. Pero debe nacer de nosotros mismos. No podemos comprarlo. No podemos ordenar que nos sea proveído.

Dicho secreto es un principio o norma cuya aplicación habrá de permitir que la esperanza y la alegría reemplacen al desaliento y la tristeza; y henchirá nuestra vida con paz y contentamiento eternos.

¿Cuáles son las normas que traen la felicidad? Con toda mi alma creo que el mundo debe procurar hallarlas, que cada uno de nosotros habrá de encontrar gozo si nos guiamos por ellas. ¿Cuáles son algunas de estas normas?

La primera de todas, el fundamento de la felicidad y la paz en este mundo, es la fe en Dios. Los más grandes hombres han reconocido la existencia de un poder superior al mundo mismo—una fuerza que está más allá de la com­prensión finita del hombre. Hace ya varios años, se preguntó a los científicos más destacados del mundo si creían en Dios, y el noventa por ciento de ellos respondió “Sí”. Pero la mayor parte de ellos no sabía cómo Dios es. Saben que existe algún poder o fuerza; aun lo perciben alrededor de ellos. Pero también comprenden que no pueden inclinarse ante la electricidad o el átomo, porque el hombre está en camino de dominar el átomo, la fuerza conocida más grande. En verdad, el hombre es mayor que cualquiera de las fuerzas físicas que conoce.

Nosotros simplemente creemos que esa fuerza, ese poder que emana de alguna parte y lo crea todo, es un Dios personal.

Igualmente importante que la fe en Dios, es la creencia en Su Hijo Amado mediante el cual Dios se ha revelado a Sí mismo como el único “nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12)

Recordaremos que cuando uno de Sus discípulos le pidió: “Señor, muéstranos el Padre,…” Cristo respondió:… ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has cono­cido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre;…” (Juan 14:8, 9). En lo que a mí respecta, cuando me arrodillo para orar, me gusto saber que me estoy dirigiendo a un Ser personal e inteligente—Cristo, el Hijo Amado—que está representando a Dios el Padre.

Otra de las normas o principios de la felici­dad, es el libre albedrío. Cuando el Padre dijo en el principio: “. . . podrás escoger según tu voluntad,…” (Moisés 3:17), al hombre le fué dada una parte de la divinidad de Dios. Ninguna otra de Sus creaciones tiene el poder de elegir. Podemos escoger entre lo bueno y lo malo. Podemos decir “sí” o “no”.

El libre albedrío no sólo para pensar, sino para hablar, actuar y trabajar, es un privilegio dado por Dios al hombre. En el Libro de Mormón, el profeta Jacob enseña:

“Anímense pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos: para escoger la vía de la muerte eterna, o la de la vida eterna.” (2 Nefi 10:23)

Y en la presente dispensación, el Señor nos ha dicho:

“Porque la tierra está llena, hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.” (Doc. y Con. 104:17)

Otra de las normas que debemos reconocer y valorar—agradeciéndola al Señor—es el poder del auto­dominio. El individuo que cede a las tentaciones no es feliz. La mujer que transige a cada impulso no es dichosa. Tanto el uno como la otra, encuentran placer en la indulgencia. Y también es así con cada animal. Pero la indulgencia no significa virilidad ni tampoco conduce a Dios. Llegar a Dios exige esfuerzo, resis­tencia y dominio. En su vuelo, la alondra asciende en virtud de la aposición o resistencia del aire—pero canta a medida que se eleva.

¿Es acaso tan ilusoria la verdad contenida en la paradójica declaración de que “uno debe perder su vida para hallarla”, que la humanidad parece no poder comprenderla? ¿O es tan incompatible con la lucha por la existencia, que los hombres la consideran impracticable?

El hecho de que Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida” ha establecido una ley inmutable— cuya obediencia habrá de mejorar aquellas condiciones sociales y económicas dentro de las cuales “la inhumani­dad del hombre hacia el hombre ha causado incontables lamentos”—permanece, no obstante, en pie.

La ley, específicamente definida, declara que “vivimos nuestras vidas más cabalmente cuando nos empeñamos en hacer que el mundo sea mejor y más feliz.” La ley de la naturaleza, la supervivencia del más apto, consiste en la auto preservación a costa del sacrificio de todos los demás; pero, en contraste con ella, la verdadera vida espiritual significa “negarse a sí mismo para el bien de otros.”

Valoremos las cosas que tenemos para ser felices; no suspiremos por lo que está fuera de nuestro alcance. Precisamente la apreciación de las cosas que nos rodean es una de las normas del evangelio. Y os la recomiendo a vosotros, padres y madres, esposos y esposas. Y tam­bién la aconsejo a vosotros, los que estáis en la edad de la juventud, a nuestros muchachos y muchachas que suelen sentirse desalentados cuando ven o piensan que algunos de sus amigos tienen cosas que ellos no tienen. Sed felices con lo que poseéis y dejaos llevar de la mano por el Señor. Y progresaréis.

Nosotros, los que tenemos el evangelio de Jesu­cristo, sabemos sin lugar a dudas cuántas bendiciones, privilegios y oportunidades el mismo nos ofrece cuando nos embarcamos activamente en “el servicio de nuestros semejantes y nuestro Dios.”

La felicidad es hija de la obediencia y proviene de la observancia de las normas del evangelio de Jesucristo.

Que el Señor os bendiga, jóvenes y señoritas, para que podáis conservar valientemente las normas de la Iglesia, doquiera que os encontréis. Sed vosotros, jóvenes, lo suficientemente bravos como para preservar vuestra dignidad de hombres. Mantened vosotras, señoritas, vuestras virtudes y belleza constantemente. Que podamos nosotros, como miembros de la Iglesia, dar ejemplos al mundo y conservar siempre altos los nobles principios del evangelio de Jesucristo.

El profeta José Smith ha dicho: “La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos con­duce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los manda­mientos de Dios.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, página 312.)

Si el evangelio trae salvación al hombre—lo cual, os testifico, es indudable—la felicidad es entonces un atributo que cada uno de nosotros debe poseer. ¡Empeñémonos en ser verdaderamente felices!

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La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Quisiera Saber…

La Adivina de Endor y el Profeta Samuel

Por Joseph Fielding Smith
Consejo de los Doce Apóstoles

En el capitulo 28 del libro 1 de Sa­muel, leemos que el rey Saúl, habiendo muerto el Profe­ta, recurrió a cierta pitonisa de Endor pidiéndole que hiciera «venir a Samuel» para poder obtener consejos de él. Lo que yo quisiera saber es lo siguiente: ¿Cómo fué posible que una bruja tuviera poder suficiente para traer del mundo de los espíritus a un profeta de Dios? Aun reconociendo que el que obraba por medio de la adivina fué el gran poder de Satanás, ¿cómo pudo haber sido que dicho poder fuera efectivo sobre un profeta de Dios?

Hay varios pormenores relacionados con esta historia que el lector presu­pone y que no están necesariamente en armonía con los hechos. En primer lugar, el rey Saúl no vio al espíritu que acababa de ser llamado. Toda la información respecto de la identificación del mismo, pro­vino exclusivamente de la mujer. No hay duda que la adivina estaba ciertamente familiarizada con Samuel y pudo efectivamente describirlo. Es factible también pensar que la mujer era suficientemente perspicaz como para comprender la desesperada situación del rey de Israel. No obstante, permanece aún el hecho de que fué ella, y no Saúl, quien describió la aparición.

En mayo de 1898, el presidente Charles W. Penrose escribió un excelente artículo sobre el particular y no puedo hacer algo mejor que transcribir sus palabras, a fin de explicar mejor el caso:

«Hay mucha diferencia de opiniones en cuanto a la visita que Saúl, el rey de Israel, hizo, conforme lo narra la Biblia, a la adivina de Endor  y al significado de la entrevista de ésta con el finado profeta Samuel.

El concepto popular al respecto, es que la pitonisa, a instancias de Saúl, «trajo» el espíritu de Samuel y que el rey conversó con él y se enteró del destino que le esperaba en su guerra con los filisteos. Pero el inte­rrogante emerge ante el hecho de cómo un bruja, que de acuerdo a la ley mosaica no podía vivir en el país, y con quien toda consulta estaba prohibida por el Señor, pudo tener poder para traer de vuelta, por medio de su mandato, al espíritu de un profeta de Dios. En respuesta a ello se ha venido sugiriendo que la mujer no era realmente una adivina sino una profetisa oculta. Y por qué ella tenía necesidad de encu­brir su paradero, no se ha mencionado. Se ha alegado que la teoría de una «profetisa» ha sido propuesta y mantenida por personas que entienden cabalmente todo el asunto. No obstante, una cuidadosa investi­gación del caso mostrará que ha habido un gran mal entendimiento en la materia. Repasemos lo que el historiador relata:

«Se juntaron, pues, los filisteos, y vinieron y acamparon en Sunem; y Saúl juntó a todo Israel, y acamparon en Gilboa.

Y cuando vio Saúl el campamento de los filisteos, tuvo miedo, y se turbó su corazón en gran manera.

Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por Urim, ni por profetas.

Entonces Saúl dijo a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte. Y sus criados le respondieron: He aquí hay una mujer en Endor que tiene espíritu de adivinación.

Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos, y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere.

Y la mujer le dijo: He aquí tú sabes lo que Saúl ha hecho, cómo ha cortado de la tierra a los evocadores y a los adivinos. ¿Por qué, pues, pones tropiezo a mi vida, para hacerme morir?

Entonces Saúl le juró por Jehová, diciendo: Vive Jehová, que ningún mal te vendrá por esto.

La mujer entonces dijo: ¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel.

Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo:

¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra.

El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia.

Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado hacién­dome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer.

Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí si Jehová se ha apartado de ti y es tu enemigo?

Jehová te ha hecho como dijo por medio de mí; pues Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David.

Como tú no obedeciste a la voz de Jehová, ni cumpliste el ardor de su ira contra Amalee, por eso Jehová te ha hecho esto hoy.

Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos; y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos. (1 Samuel 28; 4-19; cursiva agregada.)

De lo precedente, se desprende que la mujer visitada por el rey Saúl era de la clase proscripta por mandamiento de Dios, a raíz de ser practicante de adivinación por medio de encantadores. Ni los profe­tas ni las profetisas eran entonces expulsados de la tierra o tratados sin respeto. Solamente lo eran aque­llas personas que, condenadas por la ley de Moisés, se escapaban de los alcances y efectos de las misma. Saúl había intentado todo medio legítimo para obtener orientación sobrenatural, pero habiéndose él alejado del Señor y el Señor apartado de él, no había respuesta de los cielos a sus inquisiciones; no hubo para él pala­bras del Señor por parte de los profetas, ni tampoco comunicación alguna le fué concedida por medio del Urim y Tumim. No recibió manifestación ninguna mediante sueños o visiones, ni tampoco murmullos, del Espíritu divino. En su desesperación, Saúl se volvió al poder opuesto. En ello, este rey pecó también en­tonces. El sabía que estaba violando la ley del Señor. En tiempos en que sirvió a Dios, «Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos,» pero cuando él mismo cayó en las tinieblas, procuró los medios de la tiniebla y selló su propia suerte. Y está escrito:

«Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina.» (1 Crónicas 10: 13; cursiva agregada.)

La ley del Señor con respecto a la prohibición de estas artes, fué dada a Moisés y forma parte del gran código mosaico. Y, por ejemplo, leemos en Levítico;

«No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. . .» (Levítico 19:31.)

Y también en Deuteronomio:

«Y liarás según la sentencia que te indiquen los del lugar que Jehová escogiere, y cuidarás de hacer según todo lo que te manifiesten.

«Según la ley que te enseñen, y según el juicio que te digan, harás; no te apartarás ni a diestra ni a siniestra de la sentencia que te declaren.

«Y el hombre que procediere con soberbia, no obe­deciendo al sacerdote que está para administrar allí delante de Jehová tu Dios, o al juez, el tal morirá; y quitarás el mal de en medio de Israel.» (Deuteronomio 17: 10-12.)

La adivina de Endor, pues, en lugar de ser una profetisa, era una mujer que practicaba la nigromancía, es decir, la comunicación o la pretendida comunica­ción con los espíritus de los muertos. Pero ella estaba dominada por un encantador; en otras palabras, era una médium espiritista, similar a los modernos pro­fesores del arte, que reclamaba estar poseída por un espíritu notable, por medio del cual podía comunicarse con los muertos. Observaremos que en oportunidad de la misteriosa sesión, Saúl no vio al espíritu de Samuel ni a ningún otro personaje, sino a la bruja solamente. Ella declaró estar viendo a «un hombre anciano, cu­bierto con un manto.» Saúl—dice el relato—»entendió que era Samuel», pero fué la adivina quien manifestó las palabras atribuidas a Samuel. La conversación toda entre el rey y el pretendido personaje fué conducida a través de la médium. Y por supuesto, todo esto pudo tener lugar sin la presencia real del profeta Samuel. La mujer, bajo la influencia de un encantador, pudo haber comunicado a Saúl las palabras atribuidas al Profeta, de igual manera como en la actualidad los médiums espiritistas, quienes como en el caso que nos ocupa realizan sus tareas por la noche o encubiertos por las tinieblas, dan voz a pretendidos mensajes de los muertos.

Que tales personas, en tiempos modernos o anti­guos, puedan o hayan podido invocar los espíritus de siervos o asistentes de Dios que hayan fallecido, va más allá de toda fe racional. Estos no están a la dis­posición de brujas, magos, adivinos o nigromantes. Lastimosa sería, en verdad, la condición de los espí­ritus en el paraíso si estuvieran bajo tales dominios. No tendrían descanso ni podrían disfrutar de su liberación de las labores y los problemas de la vida terrenal, lo cual es esencial para su felicidad, sino que estarían en una situación de esclavitud y sujetos a la voluntad y el capricho de personas que no conocen a Dios y cuyas vidas y ánimos son sólo terrenales.

Tampoco es ni ha sido nunca factible, conformo a la doctrina correcta, cine un profeta o una profetisa del Señor haya ejercido su poder para «traer» los espíritus de otros profetas o santos a su libre voluntad, para mantener una conversación con respecto a asuntos terrenales. No es ésta una de las funciones de los profetas o profetisas. La idea de que estas cosas pue­den ser hechas a requerimiento de hombres y mujeres en la carne, no debe ser abrigada por ningún Santo de los Últimos Días. El Señor ha dicho:

«Y cuando os dijeren: Preguntad a aquellos que tienen espíritu de pitón, y a los adivinos que atisban y hablan entre dientes, decid: ¿No debe un pueblo consultar a su Dios para (pie los vivos sepan de sus muertos?

«A la ley y al testimonio; y si no hablaren según esta palabra, es porque en ellos no hay luz.» (2 Nefi 18: 19-20; compárese, con Isaías 8: 19-20).

Ha sido sugerido que, en el caso de referencia, el Señor envió a Samuel en espíritu para que comunicara a Saúl lo que éste debía saber en cuanto a su inminente destino. Pero este concepto no armoniza con las decla­raciones del caso, hechas en el relato correspondiente. Si el Señor deseaba realmente impartir instrucciones o dar información alguna al rey de Israel, ¿por qué no respondió cuando Saúl le suplicó por medio de los canales legítimos de comunicación divina?

«Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim ni por profetas.» (1 Samuel 28:6.)

Saúl había intentado todos los conductos auténti­cos, a fin de obtener respuesta del Señor. ¿Por qué habría de ignorar el Señor los medios por El estable­cidos y enviar luego a Samuel, un Profeta, a través de un procedimiento prohibido? ¿Por qué iba a utilizar una persona que tenía «espíritu de pitón», siendo que El mismo la había condenado por Su propia ley?

«Pero»—también se ha argumentado—»la predicción declarada por el espíritu de referencia llegó a cumplirse al pie de la letra; Israel fué entregada en manos de los filisteos y tanto Saúl como sus tres hijos, su escudero y su oficialidad fueron muertos. Por consiguiente, aquélla fué una profecía verdadera.» Aun admitiendo que fué perfectamente correcta, es indudable que si las brujas, los magos, los nigromantes y los encantadores proscriptos por la ley, no fueran capaces de predecir a veces algunas verdades, ninguna necesidad habría de prevenir a la gente en contra de ellos. Si Satanás nunca dijere una verdad, no sería posible para él engañar luego a la humanidad con sus falsedades. Los poderes de las tinieblas no podrían jamás prosperar sin el uso de un poco de luz. Precisamente, una pequeña verdad mezclada con una considerable mentira consti­tuyen uno de los métodos preferidos del enemigo para guiar a los hombres por mal camino. Por lo tanto, no hay nada valedero en la historia de esta entrevista de Saúl con la adivina de Endor, que pueda establecer, racional o doctrinariamente, el concepto de que la mujer de referencia era una profetisa del Señor ni que Samuel apareció verdaderamente a ella.

No existe evidencia satisfactoria alguna de que los espíritus de los muertos puedan comunicarse con los seres vivientes a través de médiums espiritistas ni por ninguno de los métodos comúnmente empleados para tal fin. Es indudable que los espíritus satánicos actúan como «encantadores» o «controles» y que personifican a los muertos o «revelan» cosas que sólo ellos y sus amigos mortales pretenden conocer, con el propósito de desviar a los crédulos, pero los que se ponen a disposición de estos poderes de las tinieblas para intermediar por ellos, no tienen autoridad ni poder para obligar la presencia de los espíritus de los justos o inducirles a comunicarse con los vivientes. Los justos están más allá y por arriba del arte de tales individuos, y los mismos médiums son frecuentemente víctimas de los espíritus diabólicos, y por consiguiente, «engañadores engañados».

«He aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión.» Cuando el Señor tiene algo que revelar, lo hará de la manera, por los medios y a través de las personas que El mismo ha designado. Si las personas mortales quieren saber algo acerca de sus seres queridos que ya han dejado de existir, deben recurrir al Señor y no a aquellos indi­viduos que presumen tener acceso «donde los ángeles temen poner sus pies.»

La esfera terrenal y la dimensión en que viven los espíritus de los que han muerto, son completamente distintas una de la otra y un velo ha sido sabiamente colocado entre ambas. Así como los seres vivientes no pueden, en su condición terrenal, ver ni conversar con los muertos, es razonable creer que también los habi­tantes del reino de los espíritus, en su condición nor­mal, están vedados de intercomunicarse con los mortales. Por especial y específico permiso del Señor, los seres de ambos lados del velo podrían manifes­tarse mutuamente, pero esto será ciertamente de acuerdo a la ley y conforme al orden que Dios ha establecido.

Mediante la obediencia a la ley y evitando nuestra asociación con personajes e influencias que no conocen a Dios ni obedecen Su evangelio, los Santos de los Últimos Días podremos eludir insidiosas decepciones y pesares, y seremos más susceptibles a la luz, inspira­ciones y revelaciones que han procedido y proceden de nuestro Padre Eterno.

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El Principio de la Reverencia

Liahona Octubre 1962

El Principio de la Reverencia

Por el presídeme David O, McKay

A reverencia es una de las más hermosas virtudes del hombre, que destaca no su debilidad sino su poder. Se ha dicho que el amor es el supremo atributo humano; y también que la simpatía mutua es otro de los principales dones. Pero yo colocaría a la reverencia inmediatamente después del amor. ¿Qué es la reverencia? Es un profundo respeto amalgamado con el amor—“una compleja emoción que emana de los sentimientos combinados del alma.»

La reverencia contiene contemplación, deferencia, dignidad y estima. Sin un cierto grado de la misma, por consiguiente, la cortesía, la gentileza o la consideración por los sentimientos o los derechos de otros, no serían posibles.

Esta incomparable virtud constituye uno de los principales fundamentos de la religión. La reverencia hacia Dios y las cosas sagradas es una de las más grandes características de toda alma noble. El hombre puede triunfar, pero si no sabe ser reverente nunca llegará a ser un gran hombre. Un gran hombre es reverente ante Dios y todo lo que con Él se asocia. Precisa­mente el mayor de los problemas mundiales en la actualidad, deriva de la actitud de los indi­viduos hacia Dios y Su Hijo Jesucristo.

No hace mucho estuvo cerca do la Cortina de Hierro. Pude sentir la presencia de una sombra pendiendo sobre aquella ciudad de Berlín. En la antiquísima China, el Cristianismo y la fe en Cristo han sido también aplastados por los comunistas. La reverencia y la fe en Dios están esfumándose de la mente de innumerables personas en aquellas naciones dominadas por el comunismo, y no necesitamos prueba mayor para demostrar el error de esa ideología.

Cierta vez visité el Taj Mahal, en la India- todo “un poema de arquitectura”—el más hermoso edificio en el mundo entero, conforme a la aseveración de muchos, mandado a construir por Shah Jehan en memoria de su esposa, Mumtaz Mahal. No se trata de una capilla o casa de oración; es, en realidad, una tumba. Cuando me encontraba allí, observé una gran cantidad de visitantes, turistas, curiosos y lu­gareños. Todos hablaban quedamente. En verdad, podría decirse que el ambiente creaba un espíritu de reverencia. Todos los visitantes procedían reverentemente porque sabían que el edificio no había sido erigido precisamente para dar cabida a actitudes irrespetuosas o descon­sideradas.

En la Iglesia, los edificios han sido construidos con el propósito de proveernos de un ambiente propicio para la comunión con nuestro Padre Celestial. No puedo concebir que alguien entre en nuestra casa de oración y solaz espiritual, animado en su corazón por impulsos alborotados.

Cuando entramos en una capilla, lo hacemos con el deseo de adorar al Señor. Queremos participar de Su Espíritu y por medio del mismo desarrollar nuestra fuerza espiritual. La primera frase de la oración que nos recomendara el Maestro, dice; “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” (Mateo 6:9.) La palabra “santificado” está estrechamente asociada con el espíritu de la reverencia, porque ésta es el más sagrado de los atributos del alma. Si fuéramos a visitar o a entrevistar a uno de los reyes o gobernantes del mundo, indudablemente consideraríamos cuál sería la forma correcta de vestir y de presentarnos ante él. Quizás hasta consultaríamos a los entendidos y gastaríamos dinero a fin de poder estar propiamente ataviados. Y en este caso, sólo llegaríamos a estar en la presencia de un simple potentado o gobernante terrenal por quien tenemos gran respetó.

Pero cuando entramos en la casa de oración, nos allegamos a la presencia de nuestro Padre Celestial. Y este solo pensamiento debiera ser suficiente incentivo para que preparemos nuestros corazones, nuestras mentes y aun nuestra vestimenta, de manera que podamos estar adecuada y convenientemente en Su presencia.

Los niños, mediante el ejemplo y el precepto de los mayores, deben ser enseñados e impresionados acerca de lo improcedentes que en las reuniones de culto resultan la confusión y el desorden. Debiera con­vencérseles durante la niñez y recalcárseles en su juventud, que el conversar o aun murmurar durante un sermón constituye una marcada falta de respeto, y que es el colmo de la rudeza el abandonar el lugar de la reunión antes de finalizada la misma.

Los niños debieran ser enseñados en la sala de clase, dándoseles la oportunidad de hablar y de participar libremente en las actividades y los programas corres­pondientes, pero a ninguno de ellos debiera permitírsele perturbar o distraer a otros por medio de vulgares movimientos o frívolos comentarios. El buen orden en la clase es esencial para poder sembrar en los corazones y en las vidas de los jóvenes, el principio del auto­dominio. Además, es menester que desde nuestra edad temprana sepamos todos que nadie puede atropellar los derechos de nuestros semejantes.

Sea que nos reunamos en una humilde capilla o en “un poema de arquitectura”, nuestro acercamiento y actitud ante el Señor no varía. El sólo saber que Él está allí debe ser el factor que determine nuestra conducta.

En la vida hogareña hay tres influencias principales que despiertan el espíritu de la reverencia en nuestro niños y contribuyen al desarrollo de sus almas: la ternura en la orientación, la cortesía entre los padres y de éstos hacia sus hijos, y la oración familiar. Enseñad a vuestros niños estas lecciones desde temprano en sus vidas.

En todo hogar, la reverencia hacia el nombre de Dios debe ser algo predominante. En ninguna familia de la Iglesia debiera manifestarse expresión alguna de profanación al respecto. Esto es malo; es absoluta­mente irreverente tomar el nombre de Dios en vano. No existe una sola provocación que lo justifique. Apli­quemos constantemente en nuestras vidas diarias esta cualidad virtuosa de la reverencia.

Si hubiera más reverencia en los corazones de los hombres, habría menos lugar para el pecado y el dolor, y una creciente capacidad para el gozo y la alegría. El hacer que de entre todas las brillantes virtudes, esta joya que es la reverencia sea más atractiva, más adaptable y mucho más practicada, es un proyecto digno de todo esfuerzo por parte de los padres, y especialmente entre los miembros de la Iglesia.

 

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