Fe y obras

Conferencia General Octubre 1975

Fe y obras

Por el élder Adney Y. Komatsu
Ayudante del Consejo de los Doce
Domingo 5 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos y amigos: humildemente agradezco a mi Padre Celestial por la oportunidad’ y bendición de estar presente en esta Conferencia General. He gozado del maravilloso espíritu que hemos tenido y de las muchas instrucciones y con­sejos dados por nuestro Profeta, el pre­sidente Spencer W. Kimball y todas las Autoridades Generales de la Iglesia. Es­pero y ruego que el Espíritu del Señor me guíe y dirija para que diga cosas que aporten al espíritu de esta conferencia.

En el Nuevo Testamento leemos las palabras de Juan: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).

Nuestro Padre Celestial, debido al gran amor que tiene por sus hijos te­rrenales, nos dio la oportunidad de es­tar en esta vida y aquí, preparar la for­ma de volver a su presencia después de esta experiencia terrenal, por medio del Salvador Jesucristo.

Durante su ministerio Él dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y to­do aquel que vive y cree en mí, no mo­rirá eternamente» (Juan 11:25-26).

Más adelante, también dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió» (Juan 12:44).

Como miembros de la Iglesia de Je­sucristo de los Santos de los Últimos Días, así como muchos de los cristianos del mundo, entendemos y creemos que hay un Dios y que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Salvador del mundo.

Sin embargo, en el Lejano Oriente, entre los muchos países asiáticos donde está la gran mayoría de la población de esta tierra, la gente todavía no ha enten­dido esta simple verdad ni aceptado el plan de Dios para sus hijos. A pesar de ello, la obra del Señor está progresando entre la gente asiática. Hace diez años había tres misiones en el Lejano Orien­te; hoy, hay quince misiones y cinco es­tacas. Seguir leyendo

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El poder del sacerdocio

Conferencia General Octubre 1975

El poder del sacerdocio

Por el élder W. Grant Bangerter
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión del Sacerdocio

Mis queridos hermanos, creo que lo que tengo que decir es un complemento de lo que el obispo Brown ha expresado y confío en que el Espíritu del Señor me bendecirá duran­te la exposición de este mensaje.

Aun sin presumir de ser una autori­dad en el tema del sacerdocio, al igual que vosotros, he considerado por años su propósito y el poder que le corres­ponde.

En la Iglesia, frecuentemente escu­cha uno testimonios en términos gene­ralizados. Por ejemplo, hablamos del conocimiento que tenemos de que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que ésta es la Iglesia verdadera. Sin embargo, hay ocasiones en que no mostramos la mis­ma fe en áreas más específicas del evan­gelio.

He escuchado a algunos decir que creen en todo, menos en el Plan de Bienestar; o en todo, excepto en los diezmos. Algunas personas solían decir que podían seguir al profeta José Smith o a David O. McKay, pero no a Brigham Young o a Heber J. Grant. Pues bien, esa clase de selección no es con­veniente.

En esta ocasión quisiera preguntaros: «¿Qué clase de testimonio tenéis sobre el poder del sacerdocio?» Y, siendo que acaba de terminar el mes de septiembre, os pregunto: ¿cuántos de vosotros, maestros orientadores, habéis efectuado vuestras visitas?» Bueno hermanos, ésa es una pregunta con trampa. El enemigo nos ha enseñado la forma de hacer esa pregunta: «¿Habéis efectuado vuestras visitas?» Por cierto que es una manera muy pobre de referirse a la amplia mi­sión comprendida en la orientación fa­miliar. Al incitarnos a preguntar «¿Ha­béis efectuado vuestras visitas?», Satanás destruye un noventa por ciento de nuestra eficacia. Todo lo que implica esa pregunta es una rápida visita en el último día del mes, a fin de poder pre­sentar el informe completo.

Existen otros ejemplos que nos muestran que no siempre apreciamos completamente la naturaleza del sacer­docio. Cuando el obispado desea que cierto evento se lleve a cabo especial­mente bien, ¿a quién asigna la respon­sabilidad? Generalmente, a la Sociedad de Socorro. Y bien, ¿por qué no al sacerdocio? porque hemos creado el há­bito de decir, «el sacerdocio no lo va a hacer». ¿Por qué algunos presidentes de estaca no se valen de sus maestros orientadores para llevar personas a la conferencia de estaca? Porque se ha es­parcido el rumor de que «los maestros orientadores no lo hacen». Otros rumo­res son «los padres no lo hacen», o «los miembros de nuestro barrio no aceptan asignaciones».

En verdad, estas expresiones indican falta de fe o falta de comprensión hacia el poder de Dios. Cuando un buen pre­sidente de estaca, sin siquiera pensarlo, dejó escapar el comentario, «los maes­tros orientadores no lo harán», le con­testé, «Presidente, ¿tiene idea de lo que acaba de decir? Creo que lo que ha di­cho es que aun cuando el Señor ha esta­blecido un procedimiento por medio del cual debemos dirigir la Iglesia, ese sistema no va a funcionar y, por lo tan­to, usted ha ideado uno mejor».

Asistí a una conferencia de estaca en la que el presidente me llevó por el edi­ficio y me mostró dos mil sillas prepa­radas para la congregación. Le pregunté cómo sabía que asistirían dos mil per­sonas y contestó: «Enviamos a los maestros orientadores a invitar a todos y hemos recibido sus informes que nos indican que mañana asistirá esa canti­dad de personas». Evidentemente se co­rrió la voz de que yo sería uno de los oradores, porque setenta y cinco de aquellos dos mil no asistieron. Pero tu­vieron una buena asistencia y desde en­tonces ha ido en considerable aumento. Seguir leyendo

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La visión del Sacerdocio Aarónico

Conferencia General Octubre 1975

La visión del Sacerdocio Aarónico

Por el obispo Victor L. Brown
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Esta noche quisiera hacer un de­safío a cada oficial de la Iglesia que posea responsabilidades en el Sacerdocio Aarónico, o sea, a cada diá­cono, maestro y presbítero, así también como a los líderes. Compartamos una visión de lo que puede llegar a ser el Sacerdocio Aarónico y luego unámonos en un grande y continuo esfuerzo para hacer realidad esa visión. Debo aclarar también que los mismos principios han de aplicarse a nuestras mujeres jóvenes; no debemos ignorarlas ni menospre­ciarlas en ese afán por mejorar esta generación de jóvenes.

Hermanos, algunas veces el trabajo del Sacerdocio Aarónico no recibe la di­rección adecuada. A veces, cuando los líderes ven que los jóvenes están per­diendo interés en la Iglesia, redoblan sus esfuerzos para desarrollar activida­des semana tras semana, incluyendo al­gunas especiales, fiestas de adolescen­tes y visitas a lugares exóticos, esperan­do así competir con las actividades es­colares, las sociales y la televisión, atra­yendo la atención de nuestra juventud. Permiten que los presbíteros y maestros jueguen al básquetbol en cada noche de actividades por falta de alternativas o porque eso es lo que algunos jóvenes prefieren. Estos líderes, con poca visión, no le piden a la juventud que dé de sí misma o que se moleste por temor a perderlos. «Los jóvenes quieren activi­dades de entretenimiento», dicen algunos de los directores, «y tenemos que darles lo que desean si queremos mantenerlos activos». Pero aun cuando los jóvenes puedan asistir a tales actividades durante algún tiempo, mediante ellas no pueden convertirse ni considerar un honor especial el hecho de poseer el sacerdocio y pasan después a ser adultos inmaduros y mal preparados para el servicio en la Iglesia y para la humanidad.

Aun cuando no haya nada de malo en los deportes, actividades o fiestas, este tipo de entretenimiento personal fracasa porque tiene puesta su mira en la dirección equivocada. En lugar de lle­var a cabo la obra del ministerio que el Señor ha asignado al Sacerdocio Aa­rónico y sus quórumes, se ignora el ser­vicio y el sacrificio personal y se busca competir en forma mundana para lla­mar la atención de la juventud. Cuando eso sucede, los jóvenes pueden comen­zar a pensar que la Iglesia existe para complacer sus caprichos y deseos y que deben evaluarla a la medida de su pro­pia indulgencia, y si así piensan, pue­den encontrar las atracciones del mun­do más excitantes que cualquiera de las que nosotros podamos proveerles apro­piadamente. De modo que por imitar al mundo, los perdemos en el mundo.

Hay un enfoque mejor: debemos concentrar nuestra atención en el quo­rum del sacerdocio y en la forma en que lleva a cabo el trabajo que el Señor le ha asignado. El quorum hace entonces, una vital contribución para la exaltación de sus miembros. Cuando un líder del Sacerdocio Aarónico toma en serio el trabajo del quorum, no teme llamar a sus miembros, molestarlos ni sacrificar­los. Y cuando estos miembros experi­mentan la dulzura y el gozo del sacrifi­cio, sentimientos casi desconocidos pa­ra el mundo, comienzan a considerar el sacerdocio con solemnidad, aprecio y respeto.

Quisiera reiterar esto. Si hacer el tra­bajo del sacerdocio es la meta de los quórumes del Sacerdocio Aarónico, sus miembros se activarán y permanecerán activos. Los miembros pierden interés si la presidencia del quorum o los líderes ignoran la’ obra del Señor y tratan de desarrollar programas de entreteni­miento para estimular la actividad. Es una ley de la vida: «Amaréis una causa, sólo si os sacrificáis por ella». Todos sabemos esto por experiencia propia. Frecuentemente los presbíteros que han sido frívolos e inmaduros antes de sus misiones progresan rápidamente después de unos pocos meses de dificulta­des en el campo misional. Testimonio, propósito y paz reemplazan la falta de dirección, la confusión y la apatía. La explicación es simple: aprenden a sacri­ficarse por una causa noble. Hermanos poseedores del Sacerdocio Aarónico, no esperéis hasta cumplir una misión para experimentar el gozo del sacrificio que es inherente al servicio a Dios y a la humanidad. No debéis esperar a llegar a la edad de diecinueve años para tener motivos para amar y defender el sacerdo­cio. Seguir leyendo

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«Emanuel… Dios con nosotros»

Conferencia General Octubre 1975

«Emanuel… Dios con nosotros»

Por el élder Henry D. Taylor
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Como en todas las etapas de la historia, la juventud de hoy en día también enfrenta la realidad de tener que hacer muchas decisiones im­portantes y de gran alcance.

El presidente Spencer W. Kimball ha manifestado que la Iglesia tiene nece­sidad de más misioneros, y ha declara­do que ha llegado el tiempo en que de­bemos acelerar el paso, cambiar nuestro derrotero y elevar nuestras metas.

Al proponer este cometido en abril de 1974, el presidente Kimball dijo:

«En la actualidad tenemos 18.600 misioneros.» (Los miembros aceptaron el desafío y ahora contamos con más de 21.000). «Podemos enviar más, ¡muchos más!. . . Cuando pido más misioneros, no pido misioneros sin un testimonio, ni misioneros inmorales. . . nuestros jó­venes deben llegar a comprender que cumplir una misión constituye un privi­legio, y que deben hallarse en buenas condiciones físicas, mentales y espiri­tuales; y además, que ‘el Señor no pue­de considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia'» (D. y C. 1:31).

«Frecuentemente surge la pregunta: ‘¿Debe todo joven cumplir una misión?’ La respuesta afirmativa la ha dado el Señor. Todo hombre joven ha de cum­plir una misión.»

Además de ir a una misión, el Profe­ta indicó que «cada varón debe también pagar su diezmo, guardar el Día del Señor, asistir a las reuniones de la Igle­sia, casarse en el templo y educar debi­damente a sus hijos, y efectuar muchas otras obras importantes. ¡Claro que de­be hacerlo! . . . mas no siempre lo hace.»

«Nos damos cuenta de que si bien todos los varones deben definitivamen­te cumplir una misión, no todos están preparados para ir a enseñar el evange­lio al extranjero. Demasiados mucha­chos llegan a la edad requerida sin tener absolutamente ninguna preparación pa­ra la misión, y desde luego, no deben ir. Pero todos deben estar preparados. Hay unos cuantos cuyas condiciones físicas no les permiten cumplir con el servicio misional; pero hay demasiados incapa­citados por sus condiciones emociona­les, mentales y morales, porque no han conservado su vida limpia ni en ar­monía con el espíritu de la obra mi­sional. Estos deberían haberse prepara­do. . . Pero, como han quebrantado las leyes pueden verse excluidos, y en esto yace uno de nuestros más grandes co­metidos: el de mantener dignos a nuestros muchachos.» (Liahona de noviem­bre de 1974, págs. 3 y 4.)

Si bien la responsabilidad principal de predicar el evangelio ha recaído so­bre los hombros del sacerdocio, hay muchas señoritas a quienes también se les concederá el privilegio de servir co­mo misioneras; por consiguiente, deben de igual manera prepararse para el día en que puedan ser llamadas.

Los padres pueden y deben desem­peñar una función muy importante in­culcando en todos sus hijos el deseo de vivir dignamente a fin de que puedan hacerse merecedores de cumplir con una misión. Por mi parte, siempre esta­ré agradecido por haber nacido de buenos padres que enseñaron a sus hi­jos que ésa era una parte de su respon­sabilidad. En nuestro hogar nunca hubo dudas en cuanto a si cumpliríamos o no con una misión, pues se suponía que así había de ser y se daba por un hecho, considerándose sólo cuestión de tiem­po. Como resultado de este estímulo y esperanza, los seis hijos de la familia cumplimos una misión. Seguir leyendo

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¿Y por qué no?…

Conferencia General Octubre 1975

¿Y por qué no?…

Por el élder David B. Haight
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

En el Seminario para Represen­tantes Regionales que se llevó a cabo en octubre del año pasado, el pre­sidente Kimball nos conmovió el alma al ensanchar la perspectiva de nuestra responsabilidad como directores del sacerdocio, al decirnos: «…debemos hacer las cosas de un modo diferente y mejor». Además, nos dijo repetidamen­te: «¿Y por qué no podemos lograrlo?» («Lengthening Our Stride», discurso pronunciado en el Seminario para Re­presentantes Regionales, realizado el 3 de octubre de 1974, y que se publicó en Liahona de noviembre de 1974, pág. 2, bajo el título «Id por todo el mundo»).

Hace poco, supe de un maestro orientador de un quorum de élderes, a quien se le dio el nombre de un miem­bro inactivo del quorum. Un domingo, temprano por la mañana, cuando se di­rigía a la reunión del sacerdocio, fue primero a la casa de aquel hermano; lla­mó a la puerta, y cuando este último abrió, le dijo: «Voy a la reunión del sacerdocio y pensé que tal vez quisiera usted ir conmigo».

Aquel hombre, perplejo y un tanto enfadado por la interrupción de su sueño a tan temprana hora y en día do­mingo, le respondió: «No, no tengo nin­gún interés» y le dio con la puerta en la nariz, preguntándose seguramente có­mo habría obtenido la Iglesia su nom­bre y dirección.

El siguiente domingo por la mañana, otra vez sonó el timbre de la casa de aquel señor. Al abrir la puerta, se en­contró nuevamente frente a frente con el mismo individuo, radiante y sonrien­te, que iba al sacerdocio. «Pasé por aquí en caso de que hubiera usted cam­biado de idea. A todos nos gustaría mucho que asistiera a la reunión». La respuesta, nada amistosa, fue: «¡Váyase y déjeme en paz!», dicho lo cual, le ce­rró otra vez la puerta en la nariz.

Una semana después los aconteci­mientos se repitieron, pero esa vez el maestro orientador añadió: «Tenemos un excelente grupo de hermanos en el quorum. Lo necesitamos. . . usted es miembro de nuestro quorum. ¿Podría pasar a buscarlo el próximo domingo?

Aquel hermano, que quería evadirse de toda participación, llegó a la conclu­sión de que la única manera de poner fin a las tempranas visitas de ese señor era yendo a una reunión y probando allí mismo que no tenía ningún interés en ir a la Iglesia.

El domingo siguiente, cuando el maestro orientador tocó el timbre, no le salió al encuentro un «¡váyase y déjeme en paz!», sino un hombre bien vestido y listo para ir a la Iglesia a mostrar su fal­ta de interés. Sin embargo, el espíritu de la reunión del sacerdocio, los amis­tosos apretones de mano, el sincero in­terés que todos mostraron por él, cam­bió la actitud y despertó la conciencia de un hombre que necesitaba sólo un suave impulso para salir adelante. Seguir leyendo

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Por última vez

Conferencia General Octubre 1975

Por última vez

Por el élder William R. Bradford
Del Primer Quorum de los Setenta
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Mis queridos hermanos, en esta ocasión me siento muy emo­cionado a causa de las circunstancias que me han hecho llegar hasta aquí. Hace pocos días, encontrándome en Santiago de Chile, recibí una llamada telefónica después de la cual mi esposa y yo nos abrazamos llorando de emo­ción: acababa yo de recibir un llamado del presidente Kimball para servir en este sagrado quorum.

Confieso públicamente mi debilidad; sin embargo, sé que el Señor fortalecerá a aquellos que buscan diligentemente su Espíritu. A través de toda mi vida ha influido en mis decisiones el eco de las palabras: «Ven, sígueme». Es un gran honor y un privilegio seguir los dicta­dos del Espíritu Santo, y os aseguro que siempre estoy en espera de recibirlos.

En esta oportunidad, quisiera rendir tributo a mis familiares y a mis antepa­sados, en especial por su devoción al cuidar del evangelio desde su restaura­ción hasta el presente, por la forma en que lucharon por defender a Sión en al­gunos de sus momentos más difíciles. Y ruego que pueda honrar siempre sus venerados nombres. En cuanto a mis padres, dentro de pocos días darán co­mienzo a su tercera misión de servicio regular, y me gustaría hacer notar en es­ta ocasión que su amor y su ejemplo han ejercido una profunda influencia en mi vida. Mi padre me enseñó a no limi­tarme sólo a participar parcialmente en las cosas del evangelio sino a dedicarme a ellas de todo corazón y totalmente, mientras que mi madre me ha llevado de la mano guiándome en este empeño todos los días de mi vida.

¿Cómo puede un hombre expresar con palabras el amor que emana de su corazón por su esposa y compañera ete­rna, así como por el gozo de incalcula­ble valor que le brindan los hijos que ella le ha dado? Tal es un gozo sagrado; es el gozo de que hablan las escrituras al decir: «… y existen los hombres para que tengan gozo» (2 Nefi 2:25). Nuestra mutua unión endulza y alegra inmen­samente esta, nuestra vida mortal. Seguir leyendo

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Doy gracias…

Conferencia General Octubre 1975

Doy gracias…

Por el élder Charles A. Didier
Del Primer Quorum de los Setenta
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Mis queridos hermanos, el encon­trarme aquí en este día lo debo a los cientos de manos que me impul­saron, me animaron y me ayudaron, así como a las muchas manos que se levan­taron hoy dándome su voto de sosteni­miento, y de hecho, debo todo esto a mi condición de miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

En esta oportunidad quisiera limitar­me a manifestar sencillamente mi grati­tud: primero a mi querida esposa, por lo que ha hecho por mí, por la fe que ha tenido en mí y su esfuerzo constante por ser una buena madre para nuestros dos varoncitos; a mi madre, ya fallecida, que tuvo el valor de guiar a la familia a la Iglesia y de velar porque sus hijos aprendieran los principios del evange­lio; a mi padre, que todavía no es miem­bro de la Iglesia, pero que me enseñó a seleccionar siempre las virtudes de la vida; a los misioneros, aquellos mi­sioneros que golpearon a mi puerta lle­vándome el mensaje de la restauración del evangelio, a los que me enseñaron, a los que me bautizaron; a los hermanos con quienes tuve el gran placer de tra­bajar en la Misión de Francia-Suiza, a los misioneros a los que respeto por su dedicación, su sacrificio y su ejemplo.

Extiendo mi agradecimiento a voso­tros, los líderes de la Iglesia, y a todos los hermanos que me han ayudado a vi­vir constantemente el evangelio de Jesu­cristo. Doy gracias al Profeta del Señor, el presidente Kimball, a quien amo y admiro porque se halla entre nosotros para guiarnos a través de estos tiempos tan difíciles.

Doy gracias a mi Señor y Salvador Jesucristo por su sacrificio, doy gracias a mi Padre Celestial que me brindó la posibilidad de aprender la belleza de su evangelio.

Quisiera compartir con vosotros mi testimonio de que sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo, como asimismo, que el Espíritu Santo puede otorgar a todos los que lo deseen el mismo testimonio que yo tengo de la veracidad del Libro de Mormón y de todos los principios que existen en la Iglesia de Jesucristo en la tierra hoy en día. De esto os doy sole­mne testimonio, en el nombre de Jesu­cristo. Amén.

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Las llaves del Reino

Conferencia General Octubre 1975

Las llaves del Reino

Por el élder James E. Faust
Ayudante al Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Una tranquila mañana de la se­mana pasada salí de mi oficina en Sao Paulo, Brasil, y me dirigí hacia el lugar donde se edificará el templo. Había una ligera neblina matutina que comenzaba a despejarse. Mientras ca­minaba por la suave pendiente que con­duce al sitio, observé con gran interés y agrado que habían limpiado el terreno y colocado estacas nuevas para marcar los contornos del templo que pronto se eri­giría para la gloria de Dios y para ben­decir a sus hijos en Sudamérica. Este templo será diferente a cualquier otro edificio construido en estos lugares.

De pie, ante lo que será la entrada del templo, recordé cómo hace treinta y seis años mis compañeros y yo desem­barcamos en Santos, después de vein­tiún días de viaje y nos dirigimos por tren a Sao Paulo. Había otros misione­ros en el mismo buque con destino a Argentina y Uruguay (que en ese enton­ces eran misiones relativamente nuevas en el continente).

En toda Sudamérica, contábamos con sólo un puñado de miembros de la Iglesia, en su mayoría emigrantes euro­peos, muchos de los cuales se habían convertido en sus países. Al encontrar­me en este lugar donde se levantaría es­te maravilloso edificio, recordé lo difícil y poco prometedor que parecía el futu­ro de la Iglesia en Sudamérica hace treinta y seis años. A pesar de los afanes de más de setenta misioneros, tuvimos únicamente tres bautismos en un año, en toda la misión. No se habían traduci­do Doctrinas y Convenios, la Perla de Gran Precio ni el Libro de Mormón al portugués. Llevábamos a cabo nuestras reuniones en cuartos pequeños e ina­propiados para el importante mensaje que tratábamos de dar a conocer.

En comparación, el año pasado hubo en Sudamérica más de 8.000 bautismos. Contamos con veintidós estacas, dieci­siete misiones, y con más de 152.000 miembros y podemos decir que la obra apenas comienza. Nuestra primera gran generación de representantes regionales y presidentes de estaca y misión suda­mericanos son hombres de negocios, in­cluyendo banqueros, comerciantes, pro­pietarios de fábricas y profesionales; hombres de una gran habilidad y fe.

Me maravilla la forma en que todo esto ha acontecido. Ciertamente es un cumplimiento de lo que Jesús dijo a sus primeros apóstoles: «Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos» (Mateo 16:19). He podido ver de cerca todo este progreso, y por eso no puedo menos que sentir que es la obra de Dios. Seguir leyendo

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Convenios y bendiciones

Conferencia General Octubre 1975

Convenios y bendiciones

Por el élder William H. Bennett
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Mis hermanos; desde tiempos an­tiguos hasta el presente, nuestro Padre Celestial ha hecho con sus hijos convenios, por los cuales ha prometido bendecir a aquellos que sean fieles. Mi mensaje hoy será sobre algunos de esos convenios y bendiciones.

De las escrituras aprendemos que antes de nacer en la carne, existíamos como espíritus, hijos literales de nues­tro Padre Celestial. No todos alcanzaron la misma inteligencia y algunos fueron más fieles y obedientes que otros, y co­mo resultado de esto, fueron elegidos para recibir bendiciones especiales y misiones importantes en la tierra. (Véa­se Abraham 3:11-12, 14, 16-19, 22-23.)

Miguel el Arcángel, fue elegido para ser Adán, el primer hombre sobre la tie­rra, para actuar bajo la dirección del Pa­dre y el Hijo a la cabeza de la familia humana.

Otros de los elegidos fueron: Set, el más fiel de los hijos de Adán, quien na­ció después de la muerte de Abel; Enoc, a quien el Señor prometió que a través de su linaje nacerían Noé y el Mesías y que su posteridad permanecería en la tierra mientras ésta existiera. Noé, esco­gido como segundo padre de la raza hu­mana después del diluvio; Sem, selecto hijo de Noé; y Abraham, Isaac y Jacob. (Véase Abraham 1:3; Moisés 1:34, 6:8, 22, 45-46; Lucas 3:8.)

En medio de la idolatría, Abraham adoró al verdadero Dios y probó su fi­delidad en cada prueba que el Señor le dio. Por lo tanto, Jehová hizo un sagra­do convenio de bendecir a Abraham y su posteridad fiel hasta la última gene­ración. Abraham, llegó a ser «Heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, con el de­recho que pertenecía a los patriarcas» (Abr. 1:2). Este derecho al sacerdocio ha continuado a través del linaje de los fie­les «conforme a lo que Dios había seña­lado a los patriarcas, relativo a la simiente» (Abraham 1:4; D. y C. 84:14- 16).

Podemos preguntarnos. . . ¿Por qué fueron algunos los elegidos para poseer el sacerdocio y representar a Dios en la tierra como sus ministros especiales? Alma nos da una convincente respuesta a esto: «Y esta es la manera conforme fueron ordenados. . . fueron llamados y preparados desde la fundación del mundo por causa de su gran fe y buenas obras, habiéndoseles concedido prime­ramente escoger el bien o el mal; y por haber escogido el bien y ejercido una fe sumamente grande, son llamados con una santa vocación,. . . y de conformi­dad con ella, se dispuso para tales seres» (Alma 13:3-4).

Por lo tanto, debido a la fidelidad premortal de Abraham, se le autorizó a nacer en la tierra a través del linaje de padres fieles, también poseedores del sacerdocio. Además de su excelente ac­tuación previa, habiendo probado su sublime fidelidad en todas las aflic­ciones que pasó en la tierra, el Señor hi­zo con él este solemne convenio tal co­mo está registrado en Abraham 2:8-9 y 11.

«Me llamo Jehová, y conozco el fin desde el principio; por tanto, mi mano te cubrirá. Y haré de ti una nación gran­de, y te bendeciré sobre manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición a tu simiente después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdo­cio a todas las naciones; y bendeciré a los que te bendijeren, y maldeciré a los que te maldijeren; y en tu simiente, serán bendecidas todas las familias de la tierra, aun con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, aun de vida eterna.» Seguir leyendo

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La limpieza del alma

Conferencia General Octubre 1975

La limpieza del alma

Por el élder John H. Vandenberg
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Durante el invierno de 1925-1926, en un pequeño recinto en la ciu­dad de Liverpool, Inglaterra, un grupo de misioneros con destino a varias par­tes de Gran Bretaña y el continente eu­ropeo se reunieron para recibir consejos e instrucciones del élder James E. Talmage, entonces Presidente de la Misión Europea. Parte de los consejos incluían esta advertencia: «Los que vienen de poblaciones pequeñas del oeste esta­dounidense, sin duda alguna observa­rán algunas costumbres y métodos dife­rentes a los de su lugar de origen, que posiblemente los impulsen a hacer críti­ca. Cuidaos de no hacerlo. Recordad que sois los extranjeros en un país ex­traño; sois los invitados. En breve re­conoceréis que tales costumbres y mé­todos son buenos y son resultado de ex­periencias probadas. Lo mejor es que observéis con el deseo de aprender.»

Habiendo sido uno de esos misione­ros, asignado a los Países Bajos (Holan­da), descubrí durante el tiempo que es­tuve allí que el consejo era sabio; desde mi llegada hasta mi partida, aprendí mucho de mis observaciones. Recorrí muchas de sus ciudades, observé sus limpios alrededores, los pintorescos edificios, los canales tan bien conserva­dos. Sobre todo, experimenté una agra­dable relación con un pueblo feliz. Ob­servé a muchas personas dirigiéndose a las grandes y hermosas iglesias en el Día del Señor. Los habitantes eran ale­gres y prósperos, vivían bajo un sistema de gobierno parlamentario. Yo aprendí su historia. Se nos permitía como mi­sioneros, movernos de una parte a otra en nuestros esfuerzos misionales. Esta era una nación que había luchado por ochenta años y hecho grandes sacrifi­cios para obtener libertad de religión, estrechamente vinculada con los Esta­dos Unidos de Norteamérica, pues ¿no había sido este país el que ofreció refu­gio a los peregrinos que llegaron de In­glaterra para evitar la persecución y unos cuantos años después se dirigieron a las costas de Norteamérica? Muchos holandeses emigraron a América y con su amor por la libertad y su fe en Dios, hicieron una gran contribución a al­gunas de las colonias inglesas que fue­ron establecidas a fin de que sus ciuda­danos pudieran gozar de la libertad de adorar a Dios de acuerdo con sus de­seos.

George Washington, un firme defen­sor de la religión, dijo:

«De todas las disposiciones y cos­tumbres que conducen a la prosperidad política, la religión y la moral son apo­yos imprescindibles. En vano sería que quien reclamara ser buen patriota se es­forzara por trastornar estos grandes pi­lares de la felicidad humana, estos fir­mes apoyos de los deberes de los hom­bres y ciudadanos. El político mismo a la par con el piadoso, debería respetar­los y apreciarlos. Con grandes reservas, accedamos a la suposición de que pode­mos conservar la moral sin la religión. No importa cuánto crédito le demos a la influencia de la educación refinada en ciertas mentalidades, la razón y la expe­riencia nos impiden esperar que esa moralidad nacional pueda prevalecer sin el principio religioso. Seguir leyendo

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La buena reputación

Conferencia General Octubre 1975

La buena reputación

Por el élder O. Leslie Stone
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, en esta ocasión quisiera deciros unas palabras sobre la importancia de man­tener una buena reputación.

Se han pronunciado desde este pul­pito muchas sabias palabras subrayan­do la importancia de que vivamos el evangelio y mejoremos nuestro modo de vivir. Ahora bien, ¿por qué razón es importante que guardemos los- manda­mientos y vivamos conforme a las en­señanzas de Cristo? Tal vez muchos res­ponderíamos: «Pues debemos hacerlo para ganar la vida eterna». Efectiva­mente, para ganar la vida eterna; pero, ¿para quién? ¿Para nosotros mismos? Sí, en parte. Recordemos que Cristo en­señó: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Marcos 8:35). De esto he­mos de sacar en limpio que nuestro in­terés no debe fijarse en satisfacer nues­tra propia conveniencia, por así decirlo, sino en servir a nuestros semejantes, lo cual se traducirá en dedicamos por en­tero al servicio de nuestro Padre Celes­tial, a trabajar en su obra y para su glo­ria. Mas para que nuestro servicio arro­je un resultado eficaz, es preciso que pongamos nuestra vida en orden. En­tonces, al vivir el evangelio, nuestra vi­da reflejará justicia y virtud, lo cual constituirá una poderosa influencia pa­ra el bien de quienes nos rodean. Por esta causa, no basta que seamos justos por el solo propósito de labrar nuestra propia salvación, sino que también de­bemos irradiar el bien hacia los demás de modo que, impulsados por el poder de nuestro ejemplo, eleven sus normas de vida y lleguen a experimentar deseos de seguir el modelo que nos dejó el Salva­dor.

En nuestras actividades diarias, las personas que nos rodean emiten sus opiniones sobre nosotros, opiniones que pueden ser justas o injustas pues no nos es posible controlar, en toda la ex­tensión de la palabra, lo que los demás piensen y opinen de nosotros; no obs­tante, sí podemos controlar la forma en que comunicamos mensajes a los demás mediante nuestra conducta.

Hermanos, debemos poner nuestro mayor empeño en crearnos una buena reputación. Esto es de un valor incalcu­lable y constituye en muchos casos el punto de partida para influir en los de­más para su propio bien, al mismo tiempo que puede significar el medio para llevar el evangelio a muchas almas.

La importancia de lo que significa gozar de una buena reputación adquirió mayor sentido para mí cuando hace ya muchos años, me asocié con un impor­tante hombre de negocios. Nuestros planes consistían en comenzar un nuevo negocio al por mayor, en el que él pon­dría el capital y yo me encargaría de la administración; una vez que llegamos a un entendimiento, me extendió un che­que por una inmensa suma de dinero y me dijo: «Si el negocio resulta un éxito, se llevará usted todo el crédito; pero si fracasa, será usted quien caerá en des­crédito». Luego añadió: «Si el negocio fracasara, usted perdería más que yo, pues en lo que a mí respecta, perdería únicamente el dinero y de éste tengo más, pero usted. . . usted perdería su re­putación, lo cual es mucho más valioso que el dinero».

Jamás olvidaré la importancia que aquel acaudalado hombre de negocios concedía a la reputación. Felizmente pa­ra ambos, la empresa resultó todo un éxito.

Tal vez pueda formarse una reputa­ción bajo una apariencia engañosa que muestra profundidad donde no la hay, honestidad donde hay fraude y virtud donde hay perversidad. Pero la aparien­cia nada vale ya que es preferible fun­damentar la reputación en la verdad, de modo que sea como un diáfano cristal a través del cual pueda verse claramente el reflejo de la integridad del alma; pues es mediante esta integridad de carácter que llegaremos a ser puros y santos de­lante del Señor. De esta manera podre­mos servir a nuestros semejantes en la forma más eficaz. Seguir leyendo

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Depositemos nuestro amor en el Señor

Conferencia General Octubre 1975

Depositemos nuestro amor en el Señor

Por el élder Gene R. Cook
Del Primer Consejo de los Setenta
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Hermanos, mi corazón rebosa, y siento que lo que deseo más que cualquier otra cosa en este momento, es expresar sinceramente ante vosotros el amor que siento por mi Padre Celestial.

Durante todo el día han revoloteado en mis pensamientos las palabras que me dirigió mi esposa temprano esta mañana: «¿Estás preparado para hoy?»

No he podido dejar de pensar en esto al darme cuenta de que si no estoy prepa­rado, ya es demasiado tarde. El hecho de que los treinta y cuatro años de mi vida representan el tiempo de la prepa­ración ha comenzado a adquirir forma más concreta para mí. Al mirar hacia atrás en mis recuerdos, han desfilado por ellos todas las personas que han ejercido influencia sobre mí, aquellas que me rodearon en los años de mi in­fancia y mi juventud, mis familiares, los líderes del sacerdocio, los presidentes de misión, estos buenos hermanos del Primer Consejo de los Setenta para quienes he trabajado durante algunos años. Al pensar en todo esto, compren­do que ha sido en los días pasados, en sus largas horas, en sus muchas mañanas, cuando he trabado mis mayo­res luchas y he ganado.

Esta tarde, hermanos, me gustaría compartir con vosotros el mensaje de una escritura que no se ha apartado de mi mente, una escritura de Alma que mencionó el élder Sill, que se encuentra en el Libro de Mormón y dice lo siguiente:

«Predícales el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo: enséñales a hu­millarse, y a ser mansos y humildes de corazón; enséñales a resistir toda tenta­ción del diablo, con su fe en el Señor Je­sucristo.

Sí, y pide a Dios todo tu sostén; sí, sean todos tus hechos en el Señor, y dondequiera que fueres, sea en el Señor; sí, dirige al Señor tus pen­samientos; sí, deposita para siempre en el Señor el afecto de tu corazón.

Consulta al Señor en todos tus he­chos, y él te dirigirá para bien; sí, cuan­do te acuestes por la noche, acuéstate en el Señor, para que él te cuide mientras duermes; y cuando te levantes en la mañana, rebose tu corazón de gratitud hacia Dios; y si haces estas cosas, serás exaltado en el postrer día.» (Alma 37:33, 36-37.)

Hermanos, doy testimonio ante vo­sotros de que esta es la Iglesia de Jesu­cristo, que Él está a la cabeza de ella, que es la roca de nuestra salvación, y que debemos depositar en El todo nues­tro amor. Os testifico además, que si lo depositamos primero en cualquier otra persona o casa, no recibiremos la bendi­ción de la promesa de ser exaltados en el postrer día. Os testifico con una cer­tidumbre imposible de describir con pa­labras, que esta es la Iglesia verdadera de Jesucristo, la única sobre la faz de la tierra, porque el Señor así lo ha declara­do. Doy testimonio de que el presiden­te Kimball es un Profeta de Dios, y qui­siera decir a estos buenos hermanos que integran las Autoridades Generales de la Iglesia, que de todo corazón dedico al Señor todos mis esfuerzos, mi tiempo, mis recursos, mis talentos y todo lo que tengo, para servirle en lo que El desee. Os dejo este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Anécdotas excepcionales

Conferencia General Octubre 1975

Anécdotas excepcionales

Por el élder Sterling W. Sill
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Como parte del programa de cada una de las reuniones de directores que se efectuaron en 1966, en conexión con las conferencias trimestrales de es­taca, se presentaron durante unos dos o tres minutos breves relatos de anécdo­tas excepcionales. Una anécdota excep­cional es parte de una experiencia in­sólita vivida por una persona, pero que se aplica a la vida de muchas otras.

Una parte interesantísima de la per­sonalidad humana, es que cada indivi­duo ha sido dotado por la creación con el instinto de coleccionista; y así como las ardillas coleccionan bellotas, al­gunas personas coleccionan estampillas, mariposas y monedas, y hay otros que coleccionan acciones, bonos y pólizas de seguro, cuentas bancarias y bienes raíces. También coleccionamos actitu­des, habilidades, hábitos y rasgos de personalidad.

Desde 1966 yo he coleccionado setenta y dos breves anécdotas excep­cionales. Estos son segmentos de las ex­periencias de alguien, los cuales he cin­celado, pintado y pulido, y aun memorizado y grabado, a fin de que estén dis­ponibles eternamente para mi propio uso personal. En los doce minutos que se me han asignado esta tarde, quisiera presentaros como un regalo, cuatro anécdotas excepcionales de tres minu­tos cada una.

Esta es la primera:

Después del asesinato de Julio César, el mundo se dividió en dos grandes campos de batalla. Uno estaba dirigido por los conspiradores de Bruto y el otro por Octavio César y Marco Antonio, un amigo de Julio César. Durante la larga y ardua guerra que siguió, Marco Antonio se distinguió como el soldado más gran­dioso en el mundo. Podríamos pregun­tarnos, «¿cómo hizo para lograrlo?» Si pudiéramos descubrir los secretos de su éxito, podríamos reproducirlos en nues­tra propia vida. A continuación daré al­gunas de las claves que se han men­cionado en relación con los logros de Marco Antonio: «Armado con su con­vincente habilidad para dirigir la pala­bra, el poder de su lógica, el valor de su habilidad para dirigir y la autodisciplina que lo caracterizaba, arrasó con todo lo que se le ponía delante. Tomó sobre sí las tareas más difíciles con la más asombrosa disposición; durante semanas vivió con una dieta de insectos y cortezas de árboles. Y así se ganó la indiscutible lealtad de sus hombres, el elogio del pueblo, el apoyo de Octavio y la confianza en sí mismo». Teniendo en su contra tal destreza y dedicación, los generales enemigos abandonaron uno a uno la batalla. Y cuando ganó la guerra, Marco Antonio ocupó el lugar que antes había tenido el grandioso Ju­lio César, como amo y señor del mun­do. Pero cuando hubo pasado la nece­sidad de luchar, se convirtió en un ser ocioso, y la ociosidad es la causante de algunos de los fracasos más trágicos de la vida.

Marco Antonio se dirigió a Egipto donde cayó en los brazos amorosos de la hechizante reina Cleopatra; allí llegó a ser víctima de los lujos agradables, de la perfumada elegancia y la inmoralidad de la corte egipcia. Su grandiosa mente se nubló con las llamas del vino y se convirtió en lo que Plutarco llama «un General sólo de nombre». Cuando abandonó sus mejores cualidades, per­dió la lealtad de sus hombres, la ova­ción del pueblo, el apoyo de Octavio y su propio respeto. Finalmente se envió una guardia de soldados para que to­maran prisionero a Marco Antonio y lo llevaran a Roma encadenado. Ya no era necesario enviar un ejército para ven­cerlo, sino sólo un puñado de los solda­dos más mezquinos. Seguir leyendo

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La noche de hogar

Conferencia General Octubre 1975

La noche de hogar

Por el élder James A. Cullimore
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Mis amados hermanos y her­manas, esta tarde quisiera decir algo sobre la noche de hogar. Tal como lo expresó el presidente Kimball en la Conferencia de Área en Estocolmo, existe una gran necesidad de orienta­ción familiar y de la noche de hogar pa­ra ayudar a neutralizar las enfermeda­des del mundo. Dijo el profeta: «El espíritu de esta hora es mundano. El vandalismo es común. Jóvenes aparen­temente de buenas familias manifiestan su rebeldía en actos de destrucción. Muchos se resisten y enfrentan a los re­presentantes de la ley. Parece que se ha perdido el respeto por la autoridad, ya sea secular, religiosa o política. La in­moralidad, el abuso de drogas y el deterioro moral y espiritual parecen crecer mientras el mundo es todo confusión. Pero en nuestro tiempo, el Señor nos ofrece su programa eterno con un nue­vo aspecto y promete hacer que el mun­do retorne al estilo de una vida familiar sana y a la interdependencia familiar. Se trata de devolver al padre el lugar que le corresponde a la cabecera de la familia, quitar a la madre de la vida social y el empleo para llevarla al hogar, y quitar a los hijos de las actividades triviales. El programa de enseñanza en el hogar con su maravillosa actividad, la noche de hogar, neutralizará los efectos nocivos sólo si la gente aplica el reme­dio.»

En la Conferencia de octubre de 1964, el presidente David O. McKay reintrodujo el programa de la noche de hogar, diseñado para ayudar a los padres en las enseñanzas del evangelio en el ho­gar. Desde entonces, la Iglesia ha puesto énfasis en este importante programa y ha establecido el lunes por la noche pa­ra llevarlo a cabo.

Cada año se imprimen más de 907 mil hermosos ejemplares del manual de la noche de hogar preparados por ex­pertos escritores, cerca de 830 mil en in­glés y 77 mil en otros idiomas, los cua­les se distribuyen en 48 países. En el manual de la noche de hogar de 1973-74, la Primera Presidencia manifestó: ‘Per­mitidnos recordaros cuán importante es la unidad familiar en el plan de nuestro Padre Celestial. De hecho, la organiza­ción de la Iglesia existe para ayudar a la familia y a sus miembros a alcanzar la exaltación. Todo Santo de los Últimos Días tiene la gran responsabilidad de asegurarse que los miembros de su fa­milia se esfuerzan por crear en el hogar un clima y condición en el que todos puedan alcanzar la perfección. En cuan­to a los padres, es necesario que dedi­quen su tiempo y energía mucho más allá de la simple provisión de los ele­mentos físicos para los hijos. De los hi­jos se espera que controlen la tendencia natural hacia el egoísmo.

Tanto los padres como los hijos de­ben esforzarse por poner las respon­sabilidades familiares primero, para po­der alcanzar la exaltación familiar.» (Manual para la noche de hogar para la familia, pág. 4.) Seguir leyendo

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Tú también debes saber

Conferencia General Octubre 1975

Tú también debes saber

Por el élder Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Ya hemos dicho muchas veces que creemos que los jóvenes apren­den más de nuestra conducta como pa­dres y adultos que de las lecciones que deliberadamente nos proponemos en­señarles. Ellos aprenden a ser íntegros no tanto por las declaraciones, sino ob­servando y asociándose con personas para quienes la integridad es una norma inquebrantable. Los jóvenes tienen la tendencia a imitar lo que realmente somos y no lo que decimos ser o lo que creemos ser. No hay lección más impor­tante que el ejemplo de una vida de in­tegridad, de honestidad impecable, de una ciudadanía responsable.

No digo esto para poner en duda la importancia vital del privilegio que tenemos como padres y adultos de compartir nuestro conocimiento y com­prensión, y nuestras arraigadas convic­ciones con nuestros hijos y otros miem­bros de esta joven generación; ni tam­poco lo digo para excusarnos de esta sa­grada obligación. Las lecciones que aprendemos en el regazo materno per­manecen nítidas y frescas en nuestra mente, la comprensión que obtenemos del consejo de nuestro padre queda profundamente grabada en nuestra al­ma.

Tenemos la responsabilidad de no negar a nuestros hijos, la oportunidad de aprender aquellos principios que forman los cimientos de todo lo que ha­ya de noble y de bueno en nosotros.

Aquellos que están familiarizados con las Escrituras, saben que la mayoría de las más poderosas y beneficiosas en­señanzas de estos registros sagrados, son las amonestaciones de algunos pa­dres a sus propios hijos.

Yo no tuve la bendición de conocer a mi padre, pues él murió durante mi in­fancia, y ha sido especialmente vital pa­ra mí, descubrir qué es lo que los pa­dres desean que sus hijos aprendan, y comprender el profundo deseo que tienen de hacerles saber aquellas cosas que para ellos son de gran importancia.

La serie de capítulos en los que Al­ma comparte con sus hijos las lecciones más significativas de su propia vida, son un ejemplo poderoso e inspirador acer­ca de las instrucciones que un padre de­be dar a sus hijos. De sus experiencias, ya fueran buenas o malas, obtuvo cier­tas convicciones cruciales, las cuales sintió que debía enseñar. De tres de es­tos temas, con un potente y tierno testi­monio, este humilde hombre habla a su hijo Helamán y repite el mismo testi­monio a sus otros hijos (Alma, capítulo 36).

«Mi hijo, estás en tu juventud, y te ruego, por tanto, que oigas mis palabras y aprendas de mí; porque sé que quien pusiere su confianza en Dios, será sos­tenido en sus tribulaciones, pesares y aflicciones, y será exaltado en el postrer día.

Y no quiero que pienses que lo sé de mí mismo: no de lo temporal, sino de lo espiritual; no del ánimo carnal, sino de Dios.» (Alma 36:3,4.)

«. . .sino el Espíritu de Dios que está en mí es el que me da a conocer estas cosas; porque si no hubiera nacido de Dios, no las habría sabido.» (Alma 38:6.) .

«. . .y no fue sino hasta que imploré misericordia al Señor Jesucristo que re­cibí la remisión de mis pecados. Pero he aquí, clamé a él y hallé paz para mi al­ma.» (Alma 38:8.)

«Y he sido sostenido en pruebas y dificultades de todas clases, sí, y en to­do género de aflicciones; sí, Dios me ha librado de la cárcel, y del cautiverio, y de la muerte; sí y pongo mi confianza en él, y todavía me librará.» (Alma 36:27.) Seguir leyendo

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