La fe de un profeta

Conferencia General Octubre 1975

La fe de un profeta

Por el élder A. Theodore Tuttle
Del Primer Consejo de los Setenta
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

En nombre del presidente F. Dilworth Young y del Consejo de los Setenta, extiendo una cordial bienveni­da al élder Gene Cook como miembro del Consejo. Él está bien calificado, muy bien instruido y con una tremenda capacidad; ama al Señor, conoce su tra­bajo y está completamente dedicado al mismo. Estamos complacidos y senti­mos que vosotros también lo estáis, con el anuncio de la organización del Primer Consejo de los Setenta. Damos una afectuosa y sincera bienvenida a los tres primeros miembros de este quorum, los élderes Charles Didier, William Bradford y George Lee. Estos son hombres de constancia y probada habilidad. Se trata de grandes misioneros y estamos ansiosos de experimentar el privilegio de trabajar con ellos.

Inmenso es el poder de la fe. «La fe es la fuerza motriz de toda acción. . . (José Smith «Lectures on Faith», pág. 8.) El profeta José dijo:

“. . . por fe se hicieron los mundos. Dios habló, el caos oyó y los mundos se pusieron en orden por causa de la fe que había en El. Y así fue con el hom­bre, él habló por su fe en el nombre de Dios y el sol se detuvo, la luna obede­ció, las montañas se movieron, cayeron las prisiones. . .

Si no hubiera sido por la fe de los hombres, ellos hubieran hablado en vano al sol, la luna, las estrellas, las pri­siones. . .

La fe entonces es el primer gran principio que tiene poder, dominio y autoridad sobre todas las cosas. . . Sin la fe no hay poder, y sin poder, no habría creación ni existencia.

Cuando un hombre obra por fe, ejer­ce un esfuerzo mental y no físico. Es por medio de palabras y no por sus po­deres físicos, con lo que trabaja todo ser que obra por la fe. . .» (Lectures on Faith, por José Smith, págs. 8, 9-10,61.)

Creo que existen básicamente, dos clases de fe. Una es aquella de la que he hablado —la fe de que Dios vive y go­bierna en los cielos— la que nos sos­tiene en los desafíos que tenemos que’ enfrentar en la vida, y nos capacita para seguir adelante sin darnos por vencidos y para soportar las pruebas que todos tenemos que pasar. Esta fe ha caracteri­zado la vida de nuestra gente a través de su historia. Es un grandioso legado para la posteridad.

Hay otra clase de fe; más poderosa, menos conocida, menos observada. Esta fe en Dios, compone la habilidad que dispongamos para cumplir con nuestros justos deseos. Es la fe creativa, la clase de fe generadora, sin la cual nada se ve­rificaría; esta es la gran fuerza motriz en la vida del ser humano, es la clase de fe que mueve montañas.

Las escrituras nos enseñan que cier­tos poderes de los cielos se encuentran gobernados por la fe del hombre mor­tal. La capacidad de que dispone el Señor para ayudarnos a vencer los obs­táculos, es limitada solamente por nues­tra fe en El.

«Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos; por tanto, no se mostró sino hasta después de su fe. . . Y en ningún tiempo ha habido quien obre milagros sino hasta después de tener fe; por tanto, primero creyeron en el Hijo de Dios.» (Eter 12:12, 18.) Seguir leyendo

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Hazlo

Conferencia General Octubre 1975

Hazlo

Por el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, hace al­gún tiempo que no asisto a una conferencia de la Iglesia. Esta mañana os traigo la confirmación de que el evangelio es verdadero en Londres, In­glaterra, en Auckland, Nueva Zelandia, en Nukualofa, Tonga; y es verdadero en Salt Lake City, Utah. Y yo me siento muy agradecido por estar aquí.

Presidente Kimball: Durante los últi­mos meses he sido el portador de su mensaje de amor y saludo para los miembros allende de la mar; y ahora, aquí, en esta mañana, le traigo el-afecto sincero y la firme lealtad de más de cien mil miembros de la Iglesia en el Pacífi­co del Sur, quienes ansiosamente cuen­tan los días que faltan para su llegada el próximo febrero, cuando usted ha de presidir las diversas conferencias de la Iglesia en sus países.

La sola idea de llevar a cabo cuarenta y cuatro sesiones de conferencia en die­cisiete días y en nueve diferentes luga­res, apabulla la imaginación; y si esto no fuese suficiente, agreguemos aproxi­madamente 44.800 kilómetros de viaje aéreo y dieciocho cambios del reloj a fin de concordar con las horas de las di­ferentes zonas.

Este es el programa que seguirá el hombre que ha desafiado a un pueblo a «acelerar el paso», un hombre que no declara únicamente «Haced lo que di­go», sino más importante aún, «Haced lo que yo hago». Es mucho más fácil responder cuando la trompeta emite el claro sonido del ejemplo.

Sobre el escritorio del presidente Kimball hay un cartelito con un lema que simplemente dice, «HAZLO». Para nuestro inspirado Profeta la convenien­cia personal está en segundo lugar; todo lo hace para satisfacer la conveniencia del Señor. Su ejemplo en el trabajo ya es como una leyenda, estableciendo la pauta que nosotros debemos seguir.

Mientras me encontraba en una base aérea en Wyoming durante la Segunda Guerra Mundial, en la reunión sacra­mental de nuestra rama se anunció que se llevaría a cabo una conferencia de ra­ma la semana siguiente con la posibili­dad de que nuestro presidente de mi­sión estuviese acompañado de una Au­toridad General de Salt Lake City. Al llegar a la conferencia de rama el siguiente domingo por la mañana, nos presentaron a la autoridad visitante, un hombre a quien ninguno de nosotros había visto antes: era el élder Spencer W. Kimball, el miembro más nuevo del Consejo de los Doce, cumpliendo con una de sus primeras asignaciones. Tenía una modalidad bondadosa y un testimonio innegable y sin embargo, ex­presó preocupación porque aquel lla­mamiento tan importante había recaído sobre él. Pero luego, con confianza renovada, dijo: «Hermanos, no sé exac­tamente la razón por la que el Señor me ha llamado, pero cuento con un talento que puedo ofrecer. Mi padre me enseñó a trabajar; y si el Señor tiene necesidad de un trabajador, estoy disponible.» ¡Sí, el Señor necesitaba aquel trabajador! Necesitaba un buen trabajador que es­tuviese preparado para asumir la res­ponsabilidad primordial en una época crítica.

Esta es la época, y un Profeta que sabe cómo trabajar, se encuentra seña­lando el camino. Mas un hecho es cier­to, esta obra de los últimos días requie­re que miles de nosotros estemos dis­puestos a seguir el paso y el ritmo del Profeta.

Un Profeta que trabaja solo, no pue­de ser muy productivo. Cada dispen­sación ha tenido la imperiosa necesidad de discípulos trabajadores y aptos, y el presidente Kimball está llamando al más grandioso ejército de trabajadores en la historia de la Iglesia. Considere­mos juntos estos tres objetivos como punto de partida en nuestra preparación para mantener el paso de nuestro Profe­ta:

Primero, debemos estar mejor infor­mados en cuanto a la doctrina; segundo, debemos estar más dispuestos a HA­CER; y tercero debemos ser más accesi­bles a los dones del Espíritu.

Un gran maestro dijo: «Aquel que no lee, de ninguna manera puede exceder al que no sabe leer.» La ignorancia en el evangelio es casi inexcusable en esta época de ilustración y modernas técni­cas didácticas. Especialmente entre aquellos de nosotros que nos hemos comprometido en las aguas del bautis­mo y ratificamos ese compromiso al participar del sacramento semanalmen­te. Seguir leyendo

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Un Hogar Celestial: Una Familia Eterna

Liahona de Febrero 1988

Un Hogar Celestial: Una Familia Eterna

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Constantemente se nos recuerda, tanto por medio de los himnos como en forma oral o escrita, que la familia es la base de una vida recta, y que ninguna otra institución puede tomar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales.

Una casa se construye de madera, cemento, piedras o ladrillos. Una familia se edifica con amor, sacrificio y respeto. Una casa puede ser un paraíso cuando cobija a la familia. Esta puede ser grande o pequeña y estar compuesta de gente joven o vieja; puede estar bien constituida o ser desorganizada y tener serios problemas; puede estar formada por padre, madre e hijos de ambos sexos, solteros todavía, o por un matrimonio solo. Pero, sea cual sea la condición, continúa siendo una familia, porque las familias son eternas.

Aprendamos del Supremo Arquitecto

Ya sea que nos estemos preparando para establecer nuestra propia familia o simplemente considerando cómo hacer un paraíso de la que ya tenemos, todos podemos aprender del Señor. Él es el Supremo Ar­quitecto, y nos ha enseñado cómo edificar un hogar.

Mientras Jesús caminaba por los polvorientos ca­minos de los pueblos y las aldeas, que en la actuali­dad llamamos reverentemente Tierra Santa, y enseñaba a sus discípulos en la hermo­sa Galilea, lo hacía fre­cuentemente por medio de parábolas, en un lenguaje que las perso­nas podían comprender con más facilidad. Mu­chas veces se refirió a .la edificación del hogar.

En una oportunidad declaró que “toda. . . casa divi­dida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25). Y en los últimos días advirtió: “He aquí, mi casa es una casa de orden. . . y no de confusión” (D. y C. 132:8).

En una revelación que recibió el profeta José Smith en Kirtland, estado de Ohio, el 27 de diciem­bre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos; pre­parad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de glo­ria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. v C. 88:119).

¿Dónde podríamos encontrar un diseño más apro­piado para establecer sabia y adecuadamente nuestro hogar? Este sería como el que Mateo describió, una casa edificada “sobre la roca”, capaz de resistir las lluvias de la adversidad, los ríos de la oposición y los vientos de la duda que se encuentran permanente­mente presentes en el turbulento mundo en que vivi­mos. (Véase Mateo 7:24—251)

Algunos podrían preguntarse: “Pero si esa revela­ción se dio como guía para la construcción de un templo, ¿se puede también aplicar a la vida familiar?

Yo les respondo:

¿Acaso el apóstol Pablo no dijo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en voso­tros?” (1 Corintios 3:16.)

Dejemos que el Se­ñor sea el Arquitecto Maestro de la familia, del hogar que establez­camos. Entonces cada uno de nosotros será el constructor de ese ho­gar y de esa familia.

Quisiera mencionar al­gunas normas dadas por Dios, lecciones de la vi­da, y puntos para consi­derar a medida que construimos.

Arrodillémonos a orar

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y el enderezará tus vere­das.” (Proverbios 3:5-6.)

Así habló el sabio Salomón, el hijo de David, rey de Israel.

En el continente americano, Jacob, el hermano de Nefi, de­claró: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe” (Jacob 3:1).

Este consejo inspira­do de los cielos tiene para nosotros en la ac­tualidad el mismo valor que el agua pura y cris­talina para la reseca y sedienta tierra por­que vivimos en tiempos de gran inquietud.

Los consultorios médicos de todo el mundo se en­cuentran llenos de pacientes aquejados de problemas emocionales al igual que de aflicciones físicas. Nuestros tribunales manejan enorme cantidad de casos de divorcio debido a que mucha gente no ha po­dido resolver sus conflictos. En las grandes compañías modernas existen comités especia­les que pasan largas ho­ras tratando de ayudar a la gente que tiene pro­blemas.

Un empleado de per­sonal encargado de atender a los que nece­sitan ayuda puso sobre su escritorio un cartelito para todos aquellos que tenían problemas para resolver.

El cartel decía: “¿Ha probado orar?” Esta persona qui­zás no se diera cuenta en toda su magnitud de que el consejo que daba puede resolver más pro­blemas, aliviar más su­frimiento, prevenir más transgresiones y brindar mucha más paz y tran­quilidad en el alma hu­mana que cualquier otro método que se pueda utilizar.

A un destacado juez de los Estados Unidos se le preguntó qué po­demos hacer los ciuda­danos de diferentes países del mundo para reducir el crimen y la desobediencia a las leyes y para que haya paz y tranquilidad en nuestra vida y en nues­tras respectivas nacio­nes. Pensativamente contestó: “Yo diría que vol­ver a la antigua práctica de la oración familiar”.

¿No os sentís agradecidos de que la oración fami­liar no sea algo pasado de moda para nosotros? No hay nada en el mundo más bello que ver a una familia unida en oración. Hay realmente un gran significado en lo que se dice de que “la familia que ora unida se mantiene unida”.

El Señor nos mandó que tuviéramos oracio­nes familiares cuando dijo: “Orad al Padre en vuestras familias, siem­pre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas y vues­tros hijos” (3 Nefi 18:21).

Pensemos en una típica familia de la Igle­sia ofreciendo sus ora­ciones al Señor. El pa­dre, la madre y los hijos están hincados, con la cabeza inclinada, los ojos cerrados. Un dulce espíritu de amor, uni­dad, y paz inunda el hogar. ¿Piensan que el padre, al escuchar a su pequeño hijo orar a Dios, pidiendo que su papá haga lo que es correcto y obedezca los manda­tos del Señor, puede te­ner dificultad en hacer lo que su niño ha pedi­do?  O una adolescente, al oír a su dulce madre rogar al Señor que ins­pire a su hija para que seleccione bien a sus ami­gos, para que se prepare a fin de poder casarse en el templo, ¿no creen que trataría de hacer todo lo posible por que se cumpla lo que su ma­dre, a la que ama tanto, ha pedido en humilde oración? Y cuando un padre, una madre y to­dos los hijos oran in­tensamente pidiendo que los varones de la fa­milia vivan dignamente para que cuando llegue el momento puedan re­cibir un llamamiento para servir como em­bajadores del Señor en los campos misionales de la Iglesia, ¿se dan cuenta de que esos muchachos crecerán con el firme deseo de servir como misioneros?

Al ofrecer a Dios nuestras oraciones fami­liares y personales, ha­gámoslo con fe y con­fianza en El. Si alguno de nosotros ha sido len­to para escuchar el con­sejo de que debemos orar siempre, no hay mejor momento que ahora para comenzar a hacerlo. Aquellos que piensan que la oración puede ser un síntoma de debilidad deben re­cordar que una persona nunca es más grande que cuando está de ro­dillas.

Sirvamos diligentemente

Para obtener un ejemplo de lo que es el servicio, sólo tenemos que recordar la vida del Señor. Al ministrar en­tre los hombres, la vida de Jesús fue como un resplandeciente faro de bondad. El fortaleció nuevamente los inútiles miembros de los paralíticos, dio vista a los ojos de los ciegos, oído a los Sordos y vida al cuerpo de los muer­tos.

Sus parábolas son una prédica sobre el poder que cada uno de noso­tros puede encontrar dentro de sí. Con la pa­rábola del buen samaritano enseñó: “Amarás a tu prójimo”. Por medio de la bondad demostrada a la mujer adúltera, enseñó una comprensiva compasión. En su parábola de los talentos nos enseñó a todos que debemos superarnos y esforzarnos por lograr la perfec­ción. Es como si nos hubiera estado preparando para el papel que desempeñaríamos al establecer una fami­lia eterna. Las personas que elevan a otras no depen­den de los demás para obtener su propia fortaleza.

Los que cumplen con la voluntad del Señor y obede­cen sus mandamientos no ponen en duda su palabra. La gente que sirve a las demás personas no tiene tiempo para estar de mal humor, resentirse o tener lástima de sí misma.

En la vida de nuestro Profeta, el presidente Ezra Taft Benson, y en su familia encontramos un buen ejemplo de lo que es el servicio diligente. El presi­dente Benson contó a las Autoridades Generales las circunstancias en que su padre respondió al llama­miento para servir en una misión: Dejó a su esposa, que estaba esperando un bebé, a sus siete hijos, la granja y todo lo que poseía para ir a servir. ¿Perdió acaso algo? Nuestro Profeta nos cuenta que su madre reunía a todos los hijos alrededor de la mesa de la cocina y allí, a la vacilante luz de la lámpara de pe­tróleo, les leía las cartas que recibía del esposo. Va­rias veces durante la lectura tenía que parar para enjugarse las lágrimas que brotaban incesantemente de sus ojos. ¿Cuál fue el resultado? Que llegado el momento todos sus hijos sirvieron en una misión, to­dos sirvieron diligentemente.

Ayudemos a los que van por mal camino

En la travesía de la vida hay muchos que se desvían de la buena senda, que hacen caso omiso de las señales del camino que lleva a la vida eterna, para luego descubrir que el desvío que eligieron no los conduce absolutamente a ningún lado. La indiferen­cia, la negligencia, el egoísmo y el pecado cobran un alto precio en la vida de los seres humanos. En mu­chas familias existen personas que inexplicablemen­te, sin ninguna razón aparente, se rebelan, y luego se dan cuenta de que lo único que lograron fue sufri­miento y pesar.

Al final del año 1985 la Primera Presidencia ex­presó su preocupación por los miembros que habían abandonado el redil de Cristo, en una declaración especial titulada “Una invitación a regresar”. El mensaje contenía la siguiente súplica: “Recomenda­mos a los miembros de la Iglesia que perdonen a los que les hayan ofendido. A aquellos que se han hecho inactivos y a los que han empezado a criticar la Igle­sia ‘Regresen. Regresen y siéntense a la mesa del Se­ñor, para probar nuevamente los dulces y agradables frutos del hermanamiento con los santos’. Estamos seguros de que muchos han deseado regresar, pero se han sentido incómodos ante la idea. Les aseguramos que encontrarán brazos abiertos para recibirlos y ma­nos dispuestas a ayudarlos.”

Debemos extender esa misma invitación cariñosa a los integrantes de nuestra familia que han abandona­do los senderos de la verdad. El amor es el lazo de unión, el bálsamo que cura. Jamás debemos dejar de amar, ni siquiera a los miembros de nuestra familia que nos hayan causado aflicción. El Señor nos ha ordenado que debemos vivir “juntos en amor” (D. y C. 42:45).

Hincaos a orar. Servid diligentemente. Ayudad a aquellos que van por mal camino. Cada uno es una parte vital del diseño preparado por el Señor para hacer de nuestro hogar un pedacito de cielo.

Edifiquemos con habilidad, de la manera correcta y siguiendo Su diseño. Entonces el Señor, que es nuestro inspector en dicha construcción, nos podrá decir, como lo hizo cuando se le apareció a Salomón, constructor de la antigüedad: “Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi co­razón todos los días” (1 Reyes 9:3). Entonces tendre­mos hogares celestiales y familias eternas. Humilde y sinceramente ruego para que todos podamos recibir esta inmensa bendición. □

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Ven sígueme

Ven sígueme

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Noviembre 1988

Con los problemas de la actualidad, tenemos necesidad de aquel mismo espíritu pionero para que nos aparte de los peligros que amenazan a nuestra sociedad.


A la entrada del Valle del Gran Lago Salado, como un centinela marcando el acceso y señalando el camino, hay un monumento al presidente Brigham Young que lleva inscritas sus palabras: “Este es el lugar”. La estatua del Presidente da la espalda a las privaciones, las penurias y difi­cultades de la larga jornada a través de las planicies desiertas; el brazo extendido apunta en dirección a un valle que encerraba valiosa promesa.

Los historiadores de los Estados Unidos describen aquella primera compañía de 1847, que organizó y dirigió Brigham Young, como uno de los grandes acontecimientos heroicos de la his­toria del país.

Cientos de pione­ros mormones su­frieron y murieron a causa de las en­fermedades, la falta de protección con­tra los elementos o la escasez de ali­mentos. Hubo mu­chos que, por no tener carretas ni animales de tiro, recorrieron a pie los dos mil kilómetros a través de planicies y montañas, empujando o tirando de carros de mano. Una de cada seis de estas personas pereció en el viaje.

El viaje de muchos de esos viajeros no había co­menzado en Nauvoo, Kirtland, Far West o Nueva York [lugares de los Estados Unidos], sino en tierras distantes, como Inglaterra, Escocia, los países Es­candinavos o Alemania. Los niños pequeños no po­drían comprender la gran fe que motivaba a sus pa­dres a alejarse de la familia, los amigos, las como­didades y la seguridad en que vivían; quizás esos niños hayan preguntado: “Mamá, ¿por qué nos vamos de casa? ¿A dónde vamos?” Y la respuesta haya sido: “Vamos, mi chiquito. Nos vamos a Sión, la ciudad de nues­tro Dios”.

Confiados a Dios

Entre la seguridad del hogar que deja­ban y la promesa de Sión se encontraban las rugientes y trai­cioneras aguas del vasto océano. ¿Quién puede des­cribir el miedo que haría presa de aquellos corazones durante los peligro­sos viajes? Impulsa­dos por la inspira­ción silenciosa del Espíritu, sostenidos por una fe sen­cilla pero firme, confiaban en Dios y se embarcaban en su jor­nada. La vieja vida quedaba atrás; por delante te­nían una vida nueva.

A bordo de uno de aquellos barcos de madera atestados de pasajeros estaban mis bisabuelos, acom­pañados de su pequeña familia y sus escasas posesio­nes. Las olas eran altas, el viaje largo, el alojamien­to estrecho y abarrotado. Una de las niñitas, de nombre Mary, cuya salud había sido siempre frágil, día a día se iba deteriorando y volviéndose cada vez más débil ante los ansiosos ojos de su madre. Tenía una enfermedad seria; y allí no había clínicas, ni re­cetas médicas, ni hospital. Sólo tenían el balanceo constante de la vieja embarcación. Día tras día los preocupados padres escudriñaban angustiosamente el horizonte buscando ver tierra; pero no había nada a la vista. La pequeña Mary no pudo soportar las pe­nurias del viaje y, después de muchos días de fiebre y enfermedad, pasó pacíficamente más allá de este valle de lágrimas.

Con los familiares y amigos apretujados en la cu­bierta, el capitán de la nave dirigió el servicio fune­rario. Colocaron tiernamente el preciado cuerpecito en la lona humedecida por las lágrimas y lo dejaron caer en el mar enfurecido. El padre de la niña, un hombre fuerte, trató de consolar a la madre repi­tiendo con palabras entrecortadas por la emoción:

“ ‘Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito’ (Job 1:21). ¡Volveremos a ver a nues­tra Mary otra vez!”

La gloria de Sión

Las escenas como la que acabo de describir no eran raras. Todo el camino, desde Nauvoo, estado de Illinois, a Salt Lake City, estaba sembrado de lá­pidas hechas con piedras apiladas, para marcar las tumbas. Este fue un precio que muchos pioneros pa­garon. Sus cuerpos se hallan enterrados en paz, pero sus nombres viven para siempre.

Los cansados bueyes caminaban lentamente, cru­jían las ruedas de las carretas, los valientes viajeros se afanaban fatigados; nuestros antepasados, inspira­dos por la fe y empujados por las tormentas, marcha­ban firmes. Ellos también tenían su columna de nu­be durante el día y su columna de fuego por la no­che. (Véase Exodo 13:21.) Muchas veces cantaban:

Santos, venid, sin miedo ni temor,
mas con gozo andad.
Aunque cruel jornada ésta es,
tal el mal, la bondad. . .
¡Oh, está todo bien!
(Himnos, 214.)

Aquellos pioneros tenían presentes en la memoria estas palabras del Señor:

“Los de mi pueblo deben ser probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, sí la gloría de Sión; y el que no aguanta el castigo, no es digno de mi rei­no.” (D. y C. 136:31.)

Al acercarse a su anhelado fin la larga y penosa lucha, un espíritu jubiloso invadió el corazón de to­dos, y los pies cansados y los cuerpos fatigados en­contraron una nueva fortaleza.

En las gastadas páginas del viejo diario de un pio­nero, leemos lo siguiente:

“Nos postramos en humilde oración al Dios To­dopoderoso con el corazón lleno de gratitud hacia El, y le dedicamos a El esta tierra para morada de su pueblo.”

Otro pionero escribió:

“En nuestra casa de un solo cuarto, que habíamos cavado en la ladera de una colina, no había ningu­na ventana. Tampoco había puerta; en su lugar, mi madre había colgado una frazada vieja para cubrir la entrada. Esa fue la puerta que tuvimos aquel primer invierno. Pero mi madre afirmaba que ninguna rei­na al entrar en su palacio hubiera podido sentirse más feliz ni más agradecida por su vivienda y por las bendiciones del Señor de lo que ella se había sentido al entrar en aquel refugio subterráneo.”

Las pruebas, las penurias, las luchas y aflicciones se enfrentaron con resuelto valor y una fe inque­brantable en el Dios viviente. Las palabras de su líder y profeta dieron un texto a su promesa: “Y éste será nuestro convenio: Andaremos en todas las ordenanzas del Señor” (D. y C. 136:4).

Las pruebas de nuestros días

El paso del tiempo nos hace olvidar y dejamos de sentir aprecio por aquellos que recorrieron un sendero de dolor, dejando atrás una huella de se­pulcros sin nombre marcada por las lágrimas. Y ¿qué pasa en nuestros días? ¿No tenemos pruebas? ¿No hay caminos escabrosos que recorrer, monta­ñas escarpadas que subir, sendas que abrir, ríos que atravesar? ¿No tenemos acaso necesidad de aquel mismo espíritu pionero para que nos aparte de los peligros que amenazan a nuestra sociedad?

Las normas de moral están cada vez más bajas. Tenemos hoy más gente que nunca en la cárcel, en reformatorios y con todo tipo de problemas.

El crimen está en aumento constante, mientras que la decencia va disminuyendo rápidamente.

Hay muchos que buscan las emociones pasaje­ras, sacrificando a cambio los gozos eternos. El hombre ha conquistado el espacio, pero le es imposible ejercer control sobre sí mismo. De esa manera perdemos el derecho a la paz.

¿Podríamos arreglárnoslas para encontrar el valor y la firmeza de propósito que caracteriza­ban a los pioneros de épocas pasadas? ¿Podemos nosotros ser pioneros en nuestros días? El dic­cionario da esta definición de la palabra pionero: “Persona que prepara el camino para otras”.

¡Ah, cuánto necesita cíe pioneros el mundo actual!

Tanto los griegos como los romanos se desta­caron con magnificencia en sus días de esplen­dor, pero su dominio terminó cuando quisieron tener lo que llamaron “libertad” sin considerar los derechos de los demás. Quisieron una vida cómoda sin tener que trabajar para ganarla; qui­sieron gozar de seguridad y tranquilidad sin hacer ningún esfuerzo personal por lograrlas. Y al final lo perdieron todo; su libertad, su comodi­dad, su seguridad y tranquilidad. En nuestros días vemos repetirse las mismas tendencias en las personas que se esfuerzan por alcanzar sus propias metas egoístas. Otras hay que, al tratar de buscar alguna guía, se dejan llevar de un la­do a otro y se preguntan: “¿A quién escucharé?”

“¿A quién seguiré?” “¿A quién serviré?” Y Sata­nás está siempre pronto a proveerles líderes y profetas falsos que los guíen astutamente hacia abajo, alejándolos de todo lo que sea recto y bueno.

Defendamos firmemente la verdad

Pero si tenemos oídos que de verdad oyen, presta­remos atención a las palabras del Salvador, quien dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”

(Juan 14:6). La suya es la voz a la que debemos prestar atención a fin de no ceder a las tentaciones y permanecer firmes en la verdad. Recordad que la interminable búsqueda del gozo en las emociones fuertes y en el vicio jamás calmará los anhelos insa­tisfechos del alma. El vicio nunca conduce a la vir­tud; el odio jamás promueve el amor; la cobardía nunca engendra el valor; la duda nunca inspira la fe; la contención jamás viene del Señor.

Hay personas a quienes les resulta difícil soportar las burlas y los comentarios ofensivos de los que ridiculizan la castidad, la honradez y la obediencia a los mandamientos de Dios. Otras se mantienen fir­mes y encuentran fortaleza en las historias de los justos cuyos ejemplos se extienden con la misma va­lidez a través de los siglos. Cuando Noé recibió ins­trucciones de construir el arca, sus necios coterrá­neos echaron una mirada al cielo sin nubes y luego se burlaron y lo despreciaron. . . hasta que comen­zaron las lluvias.

Hace muchos siglos, los habitantes del continente americano pusieron en tela de juicio la realidad del Salvador y de su misión; así fue que discutieron y desobedecieron hasta que, cuando El fue crucifica­do, un fuego inextinguible consumió a Zarahemla, hubo terremotos, la ciudad de Moroníah quedó se­pultada bajo tierra y las aguas se tragaron a la ciu­dad de Moroni. El desprecio, la burla, la profana­ción y el pecado fueron consumidos por una sofo­cante tiniebla y un silencio aterrador. De esta ma­nera se cumplió la palabra de Dios.

¿Es necesario que aprendamos estas lecciones a un precio exorbitante? Los tiempos cambian, pero la verdad permanece igual. Cuando nos negamos a aprender de las experiencias del pasado, nos conde­namos a repetirlas con todo el pesar, el sufrimiento y la angustia que traen aparejados. ¿No podemos te­ner la sabiduría de obedecer a Aquel que conoce el fin desde el principio, nuestro Señor, el que creó para nosotros el plan de salvación?

¿No podemos seguir al Príncipe de Paz, a aquel Pionero que literalmente preparó el camino para que lo siguiéramos? Su plan divino puede salvarnos del pecado, de la presunción y del error. Su ejemplo nos indica el camino a seguir: cuando enfrentó la tentación, huyó de ella; cuando se le ofreció el mundo entero, lo rechazó; cuando se le pidió su vi­da, la dio.

“Venid a mí”, mandó Jesús;
andemos en divina luz;
porque así nos dijo El:
“Amad a Dios y sedle fiel”.

Llevad mi yugo, y sabed
que soy humilde; y haced
lo que os mando, y veréis
si gloria no recibiréis.
(Himnos, 81.)

Al enfrentarnos con un nuevo año que está por comenzar, decidámonos a ser pioneros para preparar el sendero de rectitud para nuestros semejantes, si­guiendo amorosa y fielmente a nuestro Señor y Sal­vador, Jesucristo. □

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Una ciudad sobre una colina

Liahona de Noviembre de 1990

Una ciudad sobre una colina

Por el Presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia


“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid y subamos al monte de Jehová, a la casa del dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas,” (Isaías 2:3.)

Siempre recordaré la gran experiencia que viví durante la dedi­cación del Templo de Washington. Durante la mayor parte de una semana estuve junto con otras personas, en la entrada del templo, sirviendo de anfitrión a los invitados especiales; entre éstos se encon­traban la esposa del presidente de los Estados Unidos, jueces de la Suprema Corte de Justicia, senadores y diputados, embajadores de diversas naciones, clérigos, educadores y ejecutivos de empresas y negocios. Después de esa semana de invitaciones especiales, más de 300.000 personas caminaron reve­rentemente por ese edificio sagrado.

Diarios y revistas publicaron extensos artículos en cuanto a ese templo y la radio y la televisión llevaron la historia del edificio a muchas partes del mundo. Es de dudar que algún otro edificio construido en el este de los Estados Unidos durante esos años haya atraído tanto la atención del público.

Casi sin excepción, todos los que fueron adoptaron una actitud de admira­ción y de reverencia. Muchos se sintieron profundamente conmovidos. Al dejar el recinto del templo, la Primera Dama de la nación de esa época, la señora de Ford, hizo el siguiente comen­tario: “Esta es en verdad una gran experiencia para mí… es algo de gran inspiración para todos”.

Al encontrarme junto con mis compañeros de tarea, día tras día en ese sagrado edificio, dando la bienvenida a muchas de las más altas personalidades tanto de este país como de todo el mundo, dos pensamientos cruzaron mi mente. El primero estaba relacionado con el pasado; el segundo tenía que ver con el presente y el futuro.

Mis pensamientos volaron hacia 135 años atrás. Los miembros de la Iglesia se encontraban en ese entonces en Commerce, Illinois, sin hogar y desamparados, enfren­tándose a la perspectiva del crudo invierno que se aprox­imaba. Habían sido desalojados de Misuri, huyendo a través del río Misisipí y buscando asilo en el estado de Illinois. En un lugar donde el río forma una gran recodo, habían comprado una sección de tierra, un hermoso sitio, pero tan pantanoso que una yunta de animales de tiro no podía cruzarla sin quedar enterrada en el barro. Ese era el lugar que, con tremendos trabajos y sacrificios, habría de llegar a ser Nauvoo, la hermosa. Pero en 1839 Commerce era el lugar de encuentro de miles de miembros de la Iglesia que habían sido desposeídos de todas sus propie­dades, habiendo quedado en la absoluta miseria; indivi­duos que habían dejado atrás el trabajo y los esfuerzos de años, sus casas, graneros, tierras, capillas y edificios públicos, así como varios centenares de hermosas y pro­ductivas granjas; más aún, enterrados en las praderas debajo del pasto de Misuri, habían dejado a muchos de sus seres amados que fueron muertos por las turbas enfu­recidas. En tales circunstancias, desamparados y despo­seídos, totalmente imposibilitados de recobrar lo que en Misuri constituía su hogar, decidieron recurrir al Presi­dente y al Congreso de los Estados Unidos en busca de ayuda, y José Smith y Elias Higbee viajaron a Washington.

Partieron de Commerce el 20 de octubre de 1839, viajando en un ligero carruaje tirado por caballos. Llega­ron a la ciudad de Washington cinco semanas más tarde. La mayor parte del primer día que pasaron en la capital, la dedicaron a buscar algún alojamiento que pudieran pagar o que estuviera al alcance de sus magros recursos. En una carta que dirigieron a Hyrum Smith decían lo siguiente: “Encontramos el alojamiento más barato que podía conseguirse en la ciudad” (History of The Church of Jesús Christ of Latter-day Sninls, tomo IV, pág. 40).

Al recurrir al presidente de la nación, Martin Van Buren, le expusieron su desesperante caso; el presidente les respondió: “Caballeros, vuestra causa es justa, pero nada puedo hacer por vosotros… Si tomo medidas favo­rables para vosotros, me arriesgaría a perder los votos del pueblo del estado de Misuri” (History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, tomo IV, pág. 80).

Después de su fracaso con el presidente de los Estados Unidos, los delegados de la Iglesia recurrieron al Con­greso de la nación. En las semanas siguientes, de amar­gura y frustración, José regresó a Commerce, re­corriendo la mayor parte del camino a caballo. El her­mano Higbee permaneció en Washington a fin de seguir luchando por la causa de los miembros de la Iglesia, para llegar a conseguir sólo que el Congreso le contestara que no había nada que pudieran hacer al respecto.

¡Cuánto habían cambiado las cosas para la Iglesia desde los tiempos en que José Smith había sido repudiado en Washington, en el año 1839, basta 1974, en que tanto a la Iglesia como al templo se les dio la bienvenida! Tales, en esencia, fueron el primero y el último pensamiento que asaltaron mi mente y corazón durante esos hermosos días dedicados al Templo de Washington.

Entre esos dos capítulos, el primero y el último, corrió la hebra de otros numerosos capítulos intermedios que hablan de la muerte de José y Hyrum en aquel sofocante día 27 de junio de 1844; de la destrucción de la hermosa ciudad de Nauvoo, construida con tantos sacrificios; de las largas caravanas de carretas que cruzaron el río para internarse en el territorio de Iowa; de los campamentos de nieve y barro de aquella funesta primavera de 1846; de Winter Quarters al lado del río Misuri y la terrible difteria, las fiebres y la plaga que diezmó las filas de los santos; del llamado de los hombres a las filas del ejército, llamado hecho por el mismo gobierno que poco tiempo atrás se había negado a oír las súplicas de los santos; de la senda marcada por sepulcros a lo largo del Elkhorn, el Platte y el Sweetwater, ríos de los estados de Nebraska y Wyoming, sobre el South Pass hasta la entrada al valle del Gran Lago Salado; de las decenas de miles de santos que dejaron Inglaterra y el Este de los Estados Unidos para tomar el curso de esa senda, algunos de ellos tirando de carros de mano y muriendo en medio de las miserables condiciones creadas por el crudo invierno del estado de Wyoming; de la interminable tarea de abrirse paso por entre los arbustos de artemisa de los valles de las monta­ñas de Utah; de la excavación de kilómetros y kilómetros de canales de riego, para irrigar la sedienta tierra desértica, a fin de que produjera el sustento necesario; de décadas de clamor y denuncias contra nosotros, origina­das en el fanatismo irracional; del despojamiento de los derechos civiles bajo leyes originadas en el gobierno fede­ral con sede en Washington y ejecutadas por las fuerzas de orden civil enviadas por ese mismo poder gubernamen­tal. Estos son sólo algunos de los capítulos de aquella época histórica.

Gracias sean dadas a Dios porque esas duras épocas ya han pasado. Gracias sean dadas también a todos aquellos que permanecieron fieles, a pesar de las duras pruebas a que se vieron sometidos. ¡Qué precio, qué terrible precio tuvieron que pagar, sacrificio del cual nosotros somos los beneficiarios! No olvidemos nunca los sacrificios de los primeros santos, mis hermanos y hermanas. Debemos agradecerles a aquellos que, mediante la virtud de su vida, ganaron desde entonces una nueva medida de res­peto de parte de aquella gente para con la nuestra. Debe­mos estar agradecidos por vivir en un tiempo mejor, en el que reina un entendimiento más amplio y un aprecio más extenso y generoso para con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Esos eran los pensamientos que me embargaban al encontrarme saludando a los miles de distinguidos visi­tantes que fueron al Templo de Washington, muchos de los cuales llegaron hasta el edificio con gran curiosidad y salieron del mismo con una gran admiración, y algunos, hasta con lágrimas en los ojos.

Pero esos pensamientos se relacionaban principal­mente con el pasado. Hubo otros pensamientos que tuve también sobre el presente y el futuro. Viajando en cierta oportunidad por la periferia de la ciudad de Washington, observé con admiración las imponentes agujas de la Casa del Señor, que se elevan hacia el cielo desde una colina ubicada en un denso bosque. En mi mente se agolparon entonces las palabras de muchos pasajes de las Escritu­ras, palabras pronunciadas por el Señor mientras se encontraba sobre el monte y enseñaba al pueblo. Dijo El entonces:

“Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

“Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, más sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14—16; cursiva agregada.)

Toda esta gente ha pasado a ser como una ciudad sobre una colina, que no puede esconderse. A veces, cuando un miembro de la Iglesia se ve envuelto en algún escándalo, nos ofende el hecho de que los diarios y los noticieros hagan sensacionalismo destacando que el delincuente es mormón. Siempre que eso ocurre hacemos el comentario de que si el delincuente fuera miembro de cualquier otra Iglesia, ni se mencionaría su afiliación religiosa. Pero, ¿no es acaso esto, en sí mismo, indirectamente un elogio para nuestra gente como Iglesia? El mundo espera algo dife­rente y mejor de nosotros, y cuando alguno de nuestros miembros hace algo indebido, la prensa se ocupa rápida­mente de hacerlo destacar. En verdad, hemos llegado a ser una ciudad sobre la cumbre de un monte, una ciudad que todo el mundo puede ver. Si vamos a ser en verdad quienes el Señor quiere que seamos, tenemos que llegar a ser “… linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtu­des de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admi­rable” (1 Pedro 2:9).

Si seguimos las enseñanzas de los profetas, mientras el mundo sigue con sus tendencias actuales, nos convertire­mos poco a poco en un pueblo distinto y peculiar que el mundo no podrá menos que notar. Por ejemplo, a medida que la unidad de la familia se desintegra bajo las presiones mundanas, nuestra posición con respecto a la santidad de la familia llegará a ser más evidente y aún más peculiar, en contraste con el resto del mundo, si tenemos la fe de mantenernos en esa posición.

A medida que siga desarrollándose la actitud liberal y de promiscuidad con respecto al sexo, la doctrina de la Iglesia, predicada persistentemente por más de un siglo y medio, llegará a ser aún más peculiar, y hasta rara para muchos.

A medida que el consumo del alcohol y el uso de las drogas vayan aumentando anualmente bajo los estímulos de la sociedad y las incitaciones de la propaganda, nues­tra posición, establecida por el Señor hace más de un siglo, irá volviéndose más importante.

A medida que el día de reposo del Señor vaya convir­tiéndose cada vez más en un simple día de comercio y diversión, aquellos que obedezcan el precepto de la ley escrita por el dedo del Señor en el Sinaí, que se ha reforzado por la revelación moderna, seguirán siendo considerados más extraños y extraordinarios.

No siempre es fácil vivir enteramente aislados, ni dese­amos hacerlo, sino que debemos relacionarnos con los demás. Al hacerlo así, podemos ser benévolos, inofensivos. Podemos y debemos evitar la actitud de considerar­nos perfectos o sumamente justos; al mismo tiempo, podemos y debemos mantener nuestras normas. La ten­dencia natural es precisamente la de hacer lo contrario, y muchos han sido los que han sucumbido a las tentacio­nes del mundo.

En 1.856, cuando los miembros de la Iglesia se encontra­ban prácticamente solos en los valles del Oeste de los Estados Unidos, algunos de ellos pensaron que se encon­traban a salvo de las costumbres mundanas. A tal con­cepto, Heber C. Kimball, miembro de la Primera Presidencia, contestó diciendo: “Quisiera deciros, mis hermanos, que se aproximan tiempos en los cuales tendre­mos que mezclarnos con toda clase de personas en estos tranquilos valles, a tal punto que llegará a ser difícil distinguir entre un santo y un enemigo del pueblo de Dios. Guardaos de la gran separación, porque llegará el tiempo en que todos serán “cernidos’ y muchos serán los que caerán; porque os digo que se aproxima una prueba, una gran prueba se aproxima, ¿y quién estará en condiciones de soportarla?” (Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, Bookcraft, 1945, pág. 446.)

No conozco la naturaleza precisa de esa gran prueba, pero me siento inclinado a pensar que el tiempo ya ha llegado y que la misma consiste en nuestra capacidad de vivir de acuerdo con el evangelio en lugar de adoptar las formas de vida, las costumbres y los vicios del mundo.

No pregono que debamos retirarnos de la sociedad, sino que, por lo contrario, considero que tenemos una gran responsabilidad y un gran cometido: ocupar nues­tros puestos en el mundo de los negocios, la ciencia, los gobiernos, la medicina, la educación, así como en cual­quier otra especialidad y vocación digna y constructiva. Tenemos la obligación de capacitar tanto las manos como el intelecto en el trabajo del mundo, para la bendición de toda la humanidad. A fin de lograrlo, debemos trabajar con otros; pero eso no significa que por hacerlo tengamos que bajar la guardia y hacer abandono de nuestras nor­mas y principios.

Si seguimos los consejos y la guía de nuestros líderes, podemos mantener la integridad de nuestra familia. Al hacerlo, aquellos que nos rodeen nos observarán con respeto y se verán impulsados a averiguar por qué y cómo lo logramos.

Podemos oponernos a la marea de pornografía y lasci­via que nos está invadiendo y que destruye la fibra misma de las naciones. Podemos evitar ser partícipes del con­sumo de bebidas alcohólicas y drogas y ayudar a evitar la proliferación de su uso. Al hacerlo, encontraremos a otras personas que sienten y piensan igual que nosotros y con quienes podremos unirnos para presentar un frente común en nuestra lucha contra todo ello.

Podemos evitar hacer compras en el día domingo. Te­niendo a nuestra disposición seis días de la semana, no veo qué necesidad tenemos de comprar muebles los domingos. Nadie tiene la necesidad de comprar ropa los domingos y, con una cuidadosa administración de nuestro tiempo, podemos evitar también vernos obligados a hacer las compras de comida en el día del Señor.

Si observamos éstas así como las demás normas enseña­das por la Iglesia, muchas serán las personas que nos respetarán y encontrarán fortaleza para hacer lo que ellas mismas saben que deberían hacer, pero que son muy débiles para tomar una decisión definitiva al respecto.

Recordemos las palabras de Isaías: “Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas” (Isaías 2:3).

No tenemos que comprometer nuestros principios con los demás; no debemos comprometerlos. La lámpara que el Señor ha encendido en esta dispensación puede llegar a ser una luz que alumbre todo el mundo, y otros, viendo nuestras buenas obras, serán guiados a glorificar a nues­tro Padre Celestial, emulando en sus propias vidas los ejemplos que habrán llegado a observar en nosotros.

Comenzando con vosotros y conmigo, puede haber todo un pueblo que, por virtud de nuestra vida en nuestros hogares, en el desempeño de nuestras profesiones, traba­jos y vocaciones, aun en nuestras diversiones, llegue a ser como una ciudad en la cima de una colina a la que los hombres puedan mirar e imitar, y un pendón a las nacio­nes del cual reciban fortaleza los pueblos de la tierra. □

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Ven, oye la voz del Señor

Publicado en revista Ensing, diciembre de 1985, pronunciado el viernes 10 de mayo de 1985, en Churchwide Fireside, uso de las escrituras.

Ven, oye la voz del Señor

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Se nos han dado las Sagradas Escrituras, aquellas maravillosas compilaciones de la palabra por un Dios de gracia divina que nos guía de nuevo a su presencia eterna. Estos volúmenes son de un valor infinito. Contienen «. . . la voluntad del Señor. . . la intención del Señor. . . la palabra del Señor. . . la voz del Señor, y el poder de Dios para salvación.» (Doctrinas y Convenios 68: 4)

De hecho, fue Pablo, quien dijo a su amado Timoteo: «Las escrituras sagradas. . . te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.» (2 Timoteo 3:15) En verdad, la salvación, el mayor de todos los dones, está a disposición de aquellos santos que viven la ley del Señor según consta en su santa palabra.

Pablo continúa:

«Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia.»

«A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra.»  (2 Timoteo 3:16-17)

Otro pasaje maravilloso, uno lleno de sabiduría y discernimiento divino, ensalza las escrituras en estas poéticas palabras:

«La ley de Jehová es perfecta: convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel: hace sabio al sencillo.»

«Los preceptos de Jehová son rectos: alegran el corazón. El mandamiento de Jehová es puro: alumbra los ojos.»

«El temor de Jehová es limpio: permanece para siempre; los decretos de Jehová son verdaderos: todos justos.»

«Deseables son más que el oro, sí, más que mucho oro refinado; y dulces más que la miel, y que el destilar del panal.»

«Tu siervo es, además, amonestado por ellos; en guardarlos hay gran galardón.» (Salmo 19:7-11)

Como todos sabemos, la palabra revelada que ha llegado a nosotros en nuestro día se ajusta a la norma antigua. Como la ley del Señor, es perfecta; a través de él, los testimonios se reciben y las almas se convierten.

¡Cuán preciosa es la palabra divina, revelada de nuevo a los hombres modernos, para satisfacer las necesidades modernas, para guiarnos en todas las circunstancias, desconocidas para nuestros antepasados, y que ahora existen en los últimos días! ¡Qué grandes recompensas nos esperan si nos enteramos de lo que ha salido en nuestros días y si vivimos como él decretó! Veamos, entonces, consideramos nuestros volúmenes de los últimos días de la Escritura, primero, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, y la Perla de Gran Precio.

El Libro de Mormón

¿Qué es el Libro de Mormón? En muchos aspectos es el más maravilloso libro jamás preparado por manos proféticas. Llámelo Biblia si se quiere, porque va de la mano con la misma Biblia en el anuncio de la mente y la voluntad del Señor y en el anuncio del plan eterno de salvación.

Como todos los miembros de la Iglesia saben, el Libro de Mormón es una historia de los tratos de Dios con los antiguos habitantes de las Américas. Es la historia de los pueblos caídos. Algunos de ellos procedían de la Torre de Babel, cuando el Señor confundió las lenguas de todos los pueblos. Otros fueron dirigidos por una mano divina de su casa de Jerusalén a una tierra prometida, para que no fuesen llevados cautivos a Babilonia con el resto rebelde de la casa de Israel en los días de Nabucodonosor.

Estos dos grupos conocidos generalmente como jareditas y leítas, después que sus primeros líderes habitaron el hemisferio occidental durante miles de años. Tuvieron la plenitud del evangelio eterno, recibieron revelaciones, y vieron visiones, hospedaron ángeles, y escucharon las palabras de sus profetas que vieron al Señor, sabían de su bondad y gracia, y enseñaron de Cristo y la salvación que viene a través de su sangre expiatoria.

Al igual que con la Biblia en el Viejo Mundo, y el Libro de Mormón en el Nuevo Mundo. Grabaron las enseñanzas de los santos hombres de Dios que hablaron siendo inspirados por el poder del Espíritu Santo.

De este  modo,  el  Libro de Mormón es un volumen de escritura sagrada. Habla de Dios, de Cristo y del Evangelio. Registra los términos y condiciones en los que viene la salvación. Y lo hace todo con una sencillez, claridad y perfección que supera con creces a la Biblia.

La Biblia del Viejo Mundo ha llegado a nosotros de los manuscritos de la antigüedad que pasaron por las manos de hombres no inspirados que cambiaron muchas partes de acuerdo con sus propias ideas doctrinales. Las delaciones eran comunes, y, en su estado actual, muchas partes claras y preciosas y muchos convenios del Señor se han perdido. Como consecuencia, los que confían en él tropiezan y se confunden y dividen entre muchas iglesias, todas ellas basadas en tal o cual interpretación de la Biblia.

Por otra parte, la Biblia del Nuevo Mundo, como yo elegí designar al Libro de Mormón, se ha conservado para nosotros por una providencia divina que mantiene el antiguo récord en manos proféticas. Escrito por la inspiración en las placas de oro, que estaba escondido en la tierra de Cumorah, para venir en los tiempos modernos por el ministerio de ángeles para luego ser traducido por el don y el poder de Dios.

Después de la traducción, la voz de Dios, hablando del cielo a testigos elegidos de antemano por él, declaró dos cosas: que la traducción era correcta y que el libro era verdad. Para nosotros, por supuesto, la Biblia es verdadera  hasta  donde está correctamente traducida, pero no ponemos ninguna restricción sobre el Libro de Mormón. Pues ha llegado a nuestras manos como un libro perfecto, o casi perfecto, como las manos mortales pueden hacerlo. Es un libro divino, un libro como ningún otra jamás se ha escrita, traducido o publicado.

Al contar lo que ocurrió en una reunión de los líderes de la Iglesia en su día, Joseph Smith, quien bajo la dirección Dios se erige como el traductor de este libro sagrado, dijo: «Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.» (Enseñanzas del profeta José Smith, sel Joseph Fielding Smith, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1938, p. 107)

Ahora, ¿qué hay de nuestro estudio y el uso de un libro así? Ciertamente queremos leer y reflexionar sobre esta palabra divina con el fin de acercarnos al Señor, a fin de obtener un testimonios de la verdad y la divinidad de la gran obra de los últimos días del Señor, a fin de aprender las doctrinas de salvación, a fin de colocar nuestros pies firmemente en el estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna.

¿Ayudaría si nos guiamos en nuestro estudio del Libro de Mormón? En verdad que lo haría, y por lo tanto las ayudas que nos ofrece la edición recién publicada de este libro divino. Notemos algunos de ellos.

En primer lugar, el nombre del libro en sí. Ahora dice, «El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo.» Este cambio se realizó en la sabiduría de los Hermanos y con la aprobación del Espíritu Santo.

Su propósito en esta era atea, cuando muchos de los que se oponen a la verdad claman que los Santos de los Últimos Días no son cristianos, es enviar una señal de que Cristo es el centro de esta religión revelada que ha llegado a nosotros.

Al igual que el Nuevo Testamento, que ha llegado a nosotros desde el Viejo Mundo, proclamando la divinidad del Hijo de Dios, lo mismo ocurre con este testamento preservado en el Nuevo Mundo. De hecho, no estaría mal decir que hay un quinto evangelio: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, y Tercer Nefi. Y el  testimonio es tan seguro como el testimonio  ferviente, y la doctrina como un sonido de la nueva palabra que viene del hemisferio occidental como la palabra antigua de Palestina.

En segundo lugar, hay una nueva introducción que establece de manera sucinta y con cuidado el propósito y la naturaleza de la obra y tiene el efecto de invitar a todos los hombres a leer y reflexionar sobre sus verdades. Seguir leyendo

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El misterio de la piedad

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 6 de enero 1985. Publicado en https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_mystery-godliness/.

El misterio de la piedad

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Me regocijo en el privilegio de presentar a los jóvenes algunos conceptos básicos acerca de la doctrina más profunda del Evangelio.

Es el primer principio de la religión revelada, la gran piedra angular sobre la cual todo lo demás descansa, la base para todas las doctrinas de salvación. Voy a hablar de lo que la palabra revelada llama el misterio de la piedad. Si nuestra visión es borrosa, donde esta doctrina y estos conceptos se refieren o, si a sabiendas o sin saberlo, hemos sido víctimas de algunas de las nociones sectarias falsas que abundan en referencia a ellos, nuestro progreso hacia la vida eterna será lento por cierto.

Comprender el Misterio de la Piedad

Un misterio, según el diccionario, es «algo más allá de la comprensión humana.» La definición de la palabra desde un punto de vista teológico, dice que un misterio es «un artículo de fe más allá de la comprensión humana, como la doctrina de la Trinidad.»

Si alguna vez hubo algo más allá de la comprensión humana, es la doctrina sectaria de la Trinidad.

Esta doctrina define a Dios y la divinidad como una esencia espiritual de tres-en-uno que llena la inmensidad del espacio; que enseña que son sin cuerpo, partes o pasiones; que aclama que él y que son desconocidos, incognoscible, y no creado, y específica, en los credos, que a menos que creamos todas estas cosas que no podemos ser salvos.

Es cierto que el hombre finito no puede comprender a su Creador Infinito en el pleno sentido de la palabra. No podemos decir cómo dioses comenzaron a ser o de donde vino la materia existente.

Pero estamos obligados a aprender todo lo que Dios ha revelado sobre sí mismo y su evangelio eterno. Si vamos a ganar la vida eterna, debemos llegar a conocer al Gran Dios y su Unigénito, a quien envió al mundo. Y este estado de prueba es el tiempo señalado para comenzar a conocer a Dios, y aprender sus leyes, y por lo tanto para iniciar el proceso de llegar a ser como él. Si no lo hacemos así nunca recibiremos la recompensa prometida.

Debido a que Dios se revela o permanecería por siempre como un desconocido, y porque las cosas de Dios son conocidas sólo por el poder del Espíritu, tal vez deberíamos redefinir un misterio. En el sentido del evangelio, un misterio es algo que está más allá de la  comprensión carnal.

Los santos están en condiciones de comprender todos los misterios, y entender toda la doctrina, y, finalmente, saber todas las cosas. Estos altos niveles de inteligencia se alcanzan sólo a través de la fe, obediencia y justicia. Una persona que se basa solo en el intelecto y que no guardan los mandamientos nunca podrá comprender los mundos sin fin, y el misterio de la piedad.

Probablemente hay más ignorancia y confusión sobre el misterio de la piedad de la que hay alrededor de cualquier otra doctrina. Como se expone en los tres credos de la cristiandad de Nicea, los Apóstoles y el de Atanasio, que Dios mismo dijo eran una abominación a su vista, y como se define en los artículos de religión de las diversas denominaciones, esta doctrina es una masa de confusión y una montaña de falsedad.

Incluso en la Iglesia, gracias a una falta de conocimiento y de la intelectualidad y la atracción mundana que se ajustan a las creencias generales de una cristiandad apóstata, están aquellos que han caído presa de muchas ilusiones falsas sobre la deidad. A modo de ilustración notemos algunos de los problemas.

¿Quién y Qué es Dios?

¿Hay un Dios? Si es así, ¿quién o qué es él? ¿Es él las leyes y fuerzas de la naturaleza? ¿O una imagen de barro o de oro? ¿O es Baal, el hijo resucitado de El a quien los cananeos ofrecieron sacrificios humanos? ¿Es Alá o Buda o la nada confuso y contradictorio que se describe en los credos de la cristiandad?

¿Existe tal cosa como la Trinidad en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres dioses, y, sin embargo, un dios, un dios que ni oye, ni habla, ni aparece, al igual que el adorado por los antiguos?

¿Es omnipotente, omnisciente y omnipresente, o son estas designaciones descriptivas parte de las leyendas del sectarismo Dios?

¿Hay tres dioses o uno? ¿Por qué dice Jesús que el Padre es más grande que él, y Pablo que Jesús es igual al Padre? ¿Por qué el gran énfasis escritural en proclamar que son tres dioses son uno, y que el Señor nuestro Dios es un Señor?

¿Lo del misterio del nacimiento de nuestro Señor? De hecho, ¿por qué Dios incluso tiene un hijo? ¿Es Jesús el Hijo del Hombre, o el Hijo de Dios, o hay alguna diferencia? ¿Era necesario tener un Salvador y Redentor, o es el Corán correcto en la enseñanza de que Dios no tenía necesidad de un hijo porque Allah no tiene más que hablar?

¿Por qué poder podría Jesús expiar los pecados del mundo, o levantarse de la tumba oscura de la muerte, o ascender físicamente al cielo? ¿Es realmente la expiación infinita y eterna, aplicable a todos los mundos y todas las cosas creadas?

¿Por qué un ángel dice a Juan: «Yo soy el Alfa y la Omega»?, y cuando Juan cae a sus pies para adorarlo, dijo: «. . . ¡Mira, no lo hagas!; yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. ¡Adora a Dios!» (Apocalipsis 1: 8, 19:10)

¿Por qué dice Jesús: Yo soy el Hijo de Dios, y me dijo tal y tal a mi Unigénito, cuando en realidad el Unigénito es la descendencia, no del Hijo, sino el Padre?

¿Por qué dice Cristo: Yo soy el Padre y el Hijo y yo cree al hombre a mi propia imagen, cuando en realidad Cristo es el Hijo y no el Padre, y cuando el hombre fue creado, no por el Hijo, sino el Padre?

¿Qué relación tenemos con el Señor? ¿No adoramos al Padre, y sólo a él, o también adoramos al Hijo? ¿Hay que buscar alguna relación especial con Cristo?, o ¿El plan de la llamada salvación para nosotros es buscar el Espíritu y por lo tanto obtener una unidad con el Padre y el Hijo?

Todos estos son sino ejemplos de preguntas, preguntas que plantean algunas de las cuestiones relativas al misterio de la piedad.

Entender través del poder del Espíritu

Es nuestro amigo Pablo que nos dice:

«E  indiscutiblemente, grande es el misterio de la divinidad: Dios fue manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto por los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo y recibido arriba en gloria.» (1 Timoteo 3:16)

Estamos de acuerdo. Pero todas estas cosas están más allá de la comprensión carnal. Dios que mora en la carne ¿Cómo puede alguien entender tal pronunciamiento y no ser vivificado por el poder del Espíritu Santo?

La palabra revelada a José Smith anuncia que tormento sin fin no dura para siempre, y que la condenación eterna es de duración limitada. A pesar del claro significado de las palabras, la palabra divina es que el castigo eterno y castigo sin fin, de hecho, tienen un fin.

«Pues he aquí, el misterio de la divinidad, ¡cuán grande es!», dice el Señor, como él le da a estas palabras una definición bíblica especial. Como él dice, esto se hace para que los conceptos involucrados «a fin de que obre en el corazón de los hijos de los hombres, enteramente para la gloria de mi nombre.» (Doctrinas y Convenios 19: 6-12)

Como sucede con un misterio como Dios, que habito en la carne, o como castigo eterno que no tiene referencia a la duración, sino más bien al tipo de castigo, lo mismo ocurre con todo lo demás abrazado dentro de la designación del misterio de la piedad. Seguir leyendo

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Las promesas hechas a los padres

De estudios de las Escrituras Vol. 3: Génesis a 2 Samuel, ed Kent P. Jackson y Robert L. Millet, Salt Lake City, UT: Randall Book Co., 1985, páginas 47-62.

Las promesas hechas a los padres

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Si puedo tener la debida orientación del Espíritu, voy a tratar de ayudar a capturar una visión de cómo los templos del Señor, cómo estas santas casas del  Señor,  asumen una posición central en todo el plan de salvación. Expondré cómo todas las cosas para los vivos y para el muertos, ¿cómo todas las doctrinas y principios que hemos recibido, están unidos en un todo unificado en y a través de las ordenanzas realizadas en la Casa del Señor?

¿Qué es un templo? Es la casa del Señor; es un santuario sagrado. Esa palabra se utiliza en el Antiguo Testamento con referencia al templo (por ejemplo, 1 Crónicas 22:19; 2 Crónicas 30:8). El santuario es un lugar apartado del mundo, un lugar reservado para las cosas espirituales. Es dentro el templo que el velo se separa. Es en el templo que el velo se levanta, el velo entre esta vida y el siguiente reino de la existencia.

El velo es delgado; el templo es el lugar donde se unen el tiempo y la eternidad, se entrelazan las manos y se sientan las bases para la alegría eterna, la felicidad eterna en los reinos que están por venir.

Sabemos que Dios no hace acepción de personas, que se ocupa de cada individuo únicamente sobre la base de la rectitud personal. Él ha dado una promesa en las revelaciones que los dones espirituales fluirán a los fieles, incluso hasta el punto, la promesa así lo dispone, que todas las personas fieles verán el rostro del Señor (Doctrinas y Convenios 67:10; 93:1)

El templo es la casa del Señor, y si el Señor tiene ocasión de visitar cualquier parte de su reino, el lugar al que el vendrá será a su santuario, la casa que se ha dedicado a él, la casa que es de él. Hay veces, multitudes de ellas, cuando el Señor ha aparecido en otras circunstancias y en otros lugares, pero han sido en los períodos de la historia de la Tierra cuando las casas del Señor no han sido erigidas, dedicadas, y nombradas para su uso personal. En aquellos días se presentó en un bosque de árboles, como en el oeste de Nueva York (José Smith11-20), o en la cima de la montaña como como el monte Sinaí (Éxodo 3), o en el Monte de la Transfiguración (Mateo 17), o donde quiera. Sino cuando tiene una casa que es de él, como cuando se le apareció a José Smith y Oliver Cowdery en el Templo de Kirtland (Doctrinas y Convenios 110:1-10), que es el lugar al  que viene. Debido a que todos los fieles están en igualdad total y completa, porque todos reciben bendiciones como resultado de la justicia y no de la posición en la iglesia o alguna otra eminencia, todos los que tienen derecho podrán ver el rostro del Señor y recibirán esa bendición en la Casa del Señor (Doctrinas y Convenios 97:15-16). Declaro estas cosas para ayudar a ganar una perspectiva del valor espiritual de lo que está involucrado en una Casa del Señor.

El presidente Joseph Fielding Smith enseñó: «No importa a qué hemos sido llamados a hacer, o cuál es la posición que ocupamos, o cuan fielmente trabajemos en la Iglesia, ninguno está exento de esta gran obligación». Se refería a la obra del templo, particularmente por los muertos. «Se requiere de apóstoles, así como del más humilde élder. Ni el lugar, ni distinción o el largo servicio en la Iglesia, en el campo de la misión, las estacas de Sión, o de qué otra manera puede haber sido, no dará derecho a ignorar la salvación de los que están muerto. Algunos pueden sentir que si pagan sus diezmos, asisten a sus reuniones ordinarias y otras funciones, dan de sus bienes a los pobres, tal vez pasan uno, dos o más años predicando en el mundo, están absueltos del mayor deber. Pero el más grande y grandioso deber de todos es la obra por los muertos.»

Discutiré a los vivos y a los muertos. Tengo la esperanza de que, desde el punto de vista de la expresiones doctrinales que se hacen y el espíritu, tendrán el concepto fijado firmemente en nuestras mentes que el centro de todas las cosas es el templo: Es el centro, ya que son, el corazón y el centro de lo que hacemos como mortales para que trabajemos en nuestra salvación.

Supongamos que dibujamos un círculo grande o rueda y ponemos en el centro de la rueda un cubo. Entonces sacamos hacia fuera desde el centro hasta el borde del círculo los diferentes radios. Ahora tenemos por lo menos tres conceptos que pueden ser ilustrados con esto. Podemos dibujar un círculo y poner el cubo como la creación, la creación del mundo y de todas las cosas. Entonces estaríamos hablando de la obra de Dios, nuestro Padre Celestial. Estaríamos demostrando que todas las cosas calzan y vienen a causa de la creación. Esto es básico.

Podemos dibujar otro círculo y otro cubo y otros radios, y podemos identificar el centro del círculo como el sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo; de nuevo sería una ilustración perfecta. Se demostraría que la Expiación es el centro y el corazón y el núcleo de todas las cosas. Es el mismo principio que con la creación. Si no existiera la creación, no habría nada. Dios nuestro Padre es Dios en primer lugar, el Creador, de acuerdo con la revelación. Y Dios en segundo lugar, el Redentor, es Cristo el Señor, y el corazón y centro del evangelio es la redención, lo que pone en funcionamiento todos los términos y condiciones del plan del Padre.

Ahora podemos sacar una tercera carta, dibujar exactamente el mismo diagrama. Hacemos un círculo, y esta vez ponemos el templo del Señor en el centro.

Por lo tanto, nos referimos primero a la obra de Dios, nuestro Padre, que es la creación, y luego a la obra de Cristo el Señor, que es la redención. Sin ambos no existiría sería nada. Ahora, cuando dibujamos la gráfica, por tercera vez, nos referimos a la obra de los mortales, y lo que debemos hacer por nuestra propia salvación y por la salvación de todos nuestros hermanos y hermanas que creen y obedecen. Por lo tanto, es la obra de Dios Padre; es la obra de Cristo el Hijo; y es el trabajo de nosotros, sus hermanos y hermanas todos trabajando para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. En cuando a nuestro trabajo se refiere, todo está centrado en el templo.

El trabajo para la vida y el trabajo por los muertos son uno; están vivos y muertos en la perspectiva eterna del Señor. Todas las cosas están presentes delante de su rostro, y es el mismo para él si una persona está en una habitación o en la habitación de al lado, si uno está en este la vida o en la próxima  vida. Las  mismas  vidas  eternas  se  aplican  a  todos  nosotros. Si vamos a labrar nuestra salvación y tenemos recompensa eterna con él eternamente en su reino, lo haremos por obediencia a las mismas leyes, no importa en cuál de los ámbitos vivimos.  Estas  cosas  ponen  una fundación. Es un concepto glorioso y maravilloso.

Ahora les pido que centren su atención conmigo en algunas cosas que están en las revelaciones. Algunos de ellas pueden no parecer a primera en dar directamente sobre lo que estamos aquí teniendo en cuenta, pero si somos guiados correctamente y guiados por el Espíritu y si todos atamos juntos éste paquete del que estamos hablando, vamos a ver que ellos llevan directamente y deliberadamente a lo que está involucrado. Algo de esto es muy básico; lo escuchamos eternamente en la Iglesia. No estoy seguro, sin embargo, no siempre que lo escuchamos con el énfasis adecuado y la claridad que debe asistir. Parte de ello va un poco más allá de lo básico de los principios fundamentales. Se trata de una exposición que no siempre se da; sin embargo, siempre se debe dar, en todas las reuniones apropiadas de la Iglesia.

Voy a empezar por tomar dos pasajes que son el mismo pasaje. En primer lugar, notemos cómo Malaquías registró el prometido regreso de Elías:

«He aquí, yo os envío a Elías el Profeta antes que venga el  día  de Jehová, grande y terrible.» (Malaquías 4:5)

Que, por supuesto, es la Segunda Venida. Esta escritura, para el mundo religioso de hoy en día, es tal vez uno de los más enigmáticos de todos los pasajes del Antiguo Testamento.

«Él (Elías) hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de   los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.» (Malaquías 4:6)

Esa es la forma en que se lee en la versión Reina Valera, y la traducción es correcta. Pero lo que es más interesante es que Moroni no lo citó de esa manera, a pesar de que la traducción es correcta. Moroni hizo una mejorar reproducción. Todo lo que hace es establecer que hay más de una manera de redactar un pasaje, y que la versión de que las personas reciben depende de la  madurez  espiritual  que  poseen. El  Señor nos quería dar una versión mejorada. Así que cuando Moroni vino a José Smith en esa noche del 21 hasta 22 septiembre, 1823, citó esta manera:

«He aquí, yo os revelaré el sacerdocio, por conducto de Elías el Profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.»

«Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá hacia sus padres.»

«De no ser así, toda  la tierra sería totalmente asolada a su venida.» (Doctrinas y Convenios 2:1-3; José Smith-Historia 38-39)

El Profeta tradujo el Libro de Mormón varios años después y regresó a la lengua que se encuentra en la versión King James (3 Nefi 25:5-6). También citó este mismo pasaje de Doctrina y Convenios en 1842, y de nuevo regresó a la Versión king James, no a lo que Moroni había dicho (Doctrinas y Convenios 128:17)

Por lo tanto, tenemos dos versiones, ambas retratan con precisión y dan una doctrina del reino. Uno de ellos la da de una manera que pretende abrir los ojos a algo más allá, por encima de eso, digamos, la generalidad de la humanidad que no son tan espiritualmente dotado pero que tienen derecho a recibir. En esta interpretación que Moroni dio, hay dos cosas que nos conciernen. Una dice: «Yo os revelaré el sacerdocio, por  conducto  de Elías el Profeta.» ¿Qué significa: «Revelar a vosotros el sacerdocio?» Pedro, Santiago y Juan vinieron en mayo o junio de 1829 y le confirieron a José Smith y Oliver Cowdery el sacerdocio, el sacerdocio de Melquisedec. Le entregaron también las llaves del reino, las llaves de las dispensaciones, y el santo apostolado.

José Smith y Oliver Cowdery tuvieron todo desde ese punto de vista en 1829. Elías no llegó hasta el tercer día del mes de abril en 1836. Llegó aproximadamente siete años después de que el Profeta y su socio habían recibido el sacerdocio. Sin embargo, el Señor reveló por conducto de Elías el sacerdocio, Elías trajo las llaves del poder sellador, y el Señor de este modo reveló el uso total y completo del sacerdocio. Autorizó el sacerdocio para ser utilizado y unir en la tierra y para sellar  eternamente  en  los cielos. Lleva ambas llaves y sacerdocio. El sacerdocio es el poder y la autoridad. Las llaves son el derecho de presidir. Por lo tanto, una persona es bautizada, y el bautismo es vinculante en la tierra, y es sellado en el cielo porque Elías vino. Una persona que se casa en el templo, es un matrimonio que existirá por tiempo y eternidad, porque Elías vino y trajo el poder para sellar. Esas ordenanzas que se llevaron a cabo antes de su llegada eran en previsión de la misma y se hicieron vinculante y fueron ratificadas por el Señor en consecuencia. Elías trajo las llaves del poder para sellar.

La siguiente frase que nos ocupa dice:

«Él plantará en el corazón de los hijos de la promesas hechas a los padres»

Eso plantea inmediatamente la pregunta: ¿Quiénes son los niños, que son los padres, y cuáles son las promesas? Si somos capaces de captar una visión desde el punto de vista doctrinal que responde a estas preguntas —que son los padres, que son los niños, y cuáles fueron las promesas— podemos tener una comprensión del evangelio y una comprensión del plan de salvación ampliado infinitamente. Entonces vamos a tener una visión de todo el plan de salvación. Hasta que no lo hagamos, en realidad, nunca vamos a tener esa visión. Seguir leyendo

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Traducción de José Smith; la restauración doctrinal

Devocional de la Universidad Brigham Young, el sábado 3 de noviembre 1984. Publicado en https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_joseph-smith-translation-doctrinal-restoration/.

Traducción de José Smith; la Restauración doctrinal

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Puedo decir con toda sinceridad que me siento a la vez agradado y honrado de conocer y estar con el consejo de la enseñanza de la Iglesia.

Aquí en la Universidad Brigham Young hemos reunido a los maestros del Evangelio de renombre escolar y discernimiento espiritual. Es un privilegio ser los maestros modelo de la Iglesia; ser una influencia leudante para todos los otros que enseñan las palabras de vida eterna; ser luces y guías y modelos para todos los maestros en el reino terrenal.

Les recuerdo del alto estatus de los que enseñan el evangelio por el poder del Espíritu. Como Pablo lo expresó, «a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego milagros;  después  los  dones   de   sanidades;   ayudas, administraciones y diversidades de lenguas.» (1 Corintios 12:28).

Tengan en cuenta el orden de prioridad. Los verdaderos apóstoles de la Iglesia son en primer lugar; los que poseen las llaves del reino, reciben revelación para la Iglesia, y regulan todos sus asuntos en todo el mundo, ya que son guiados por el poder del Espíritu Santo. El presidente Spencer W. Kimball preside la Iglesia hoy en día porque es el apóstol mayor de Dios en la tierra.

Al lado de los apóstoles se destacan los profetas, cada profeta ministrando en su propio lugar y esfera. El don de profecía es el don del testimonio, porque, como el ángel le dijo a Juan, «el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía.» (Apocalipsis 19:10)

Y es este don de la profecía, este regalo del testimonio, este don de saber «por el Espíritu Santo. . . que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que fue crucificado por los pecados del mundo.» (Doctrinas y Convenios 46:13)

—este es el regalo de la revelación personal que es la base de la roca sobre la que se construye la Iglesia.

Sobre esta roca —la roca de la revelación personal—, el Señor construye su Iglesia. Sin ella no habría Iglesia, ningún reino de Dios en la tierra, no habría luz del evangelio en las almas de los hombres. Evidentemente, en la verdadera Iglesia, que es lo siguiente en importancia a los apóstoles, llaves y poderes.

Después de los apóstoles y profetas, vienen los maestros. Se espera que cada maestro pueda ser un profeta y conozca por sí mismo la verdad y la divinidad de la obra. De hecho, en el verdadero sentido, un maestro es mayor que un profeta, por que un maestro no sólo tiene el testimonio de Jesús mismo, sino que lleva el testimonio de la enseñanza del Evangelio.

¿Qué es la comisión divina del maestro? Se trata de «predicar la palabra de verdad por el Consolador, en el Espíritu de verdad.» Y si él enseña en «alguna otra manera» —por el poder de la inteligencia y no la fuerza del Espíritu—, a pesar de que sus palabras son verdaderas «no es de Dios.» (Doctrinas y Convenios 50: 17-18) Tal es el lenguaje de la revelación.

De ahí que en «la ley de la Iglesia» —Hablando como en los fuegos ardientes del Sinaí—: el Señor manda: «Los. . . maestros de esta iglesia [es obligatorio] enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud del Evangelio. . . Y. . . esto es lo que enseñarán, conforme el Espíritu los dirija.» (Doctrinas y Convenios 42:13)

Luego, con los fuegos del testimonio ardiendo en los corazones de los maestros y los truenos del Sinaí preparado para llevar su mensaje a los confines de la tierra, el Señor emite este decreto —llamada  la  ley del maestro, si se quiere— «Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibís el Espíritu, no enseñaréis.» (Doctrinas y Convenios 42:14)

Así dice el Señor: «Recibid mi Espíritu y sed iluminados con ello; si es menos que esto —Tú no enseñaras a mi evangelio.

«Y todo esto procuraréis hacer como yo he mandado en cuanto a vuestras enseñanzas, hasta que se reciba la plenitud de mis Escrituras.» En ese momento sólo tenían la imperfecta versión King James de la Biblia y el libro casi perfecto Libro de Mormón. Estas fueron sus únicas fuentes bíblicas para los principios del Evangelio.

Cuando la Traducción de José Smith de la Biblia se incluyó en esta revelación bajo la denominación «plenitud de mis Escrituras» —los maestros utilizaron las diversas revelaciones para enseñar lo que ahora se encuentra en la llamada Versión Inspirada.

«Y al elevar vuestras voces por medio del Consolador,» el Señor dice a sus maestros «hablaréis y profetizaréis conforme a lo que me parezca bien.» (Doctrinas y Convenios 42: 12-16)

Esto, entonces, es lo que se espera de nosotros como maestros. Hemos de enseñar el Evangelio restaurado, —las verdades restauradas, las doctrinas restauradas de la salvación. Y es de esta restauración doctrinal— el nuevo revelador de la gran reserva de la verdad eterna de que voy a hablar.

Pedro, el apóstol principal de Dios en la tierra en el meridiano de los tiempos, es la fuente de los mayores pronunciamientos que jamás se ha hecho acerca de la restauración de todas las cosas, la restauración, que estaba destinada a ocurrir en los últimos días. Él y Juan, en su oficio y en virtud de su propia fe, sanó a un hombre cojo desde el vientre de su madre.

Fue una ocasión dramática de gran renombre. Al lisiado que pedía limosnas se le ordenó en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levantarse y caminar. «al instante fueron afirmados sus pies y sus tobillos» Él se levantó; él caminó; saltó; alabó a Dios y se mostró a los del pueblo reunido en el templo. Ellos se sorprendieron; se maravillaban; y, atónitos, y concurrieron al pórtico que se llama de Salomón, donde Jesús había enseñado muchas veces, para ver y aprender lo que había sucedido gran cosa en Israel.

Pedro tuvo su congregación. Era como cuando su maestro había abierto los ojos del ciego de nacimiento a fin de obtener una congregación a la que podía declararse como el Buen Pastor, el Señor Jehová, el Mesías prometido que daría su vida por las ovejas.

El mensaje de Pedro fue que, a pesar de que habían «matado al Autor de la vida,» Dios le había resucitado de entre los muertos, y que él es el único «nombre bajo el cielo, dado a los hombres», en que podrían ser salvos.

Pero, debido a que sus manos gotearon con la sangre inocente del Hijo de Dios sin pecado, Pedro les extendió, una esperanza de salvación inmediata, y la merecida recompensa en un futuro día de juicio.

«Así que, arrepentíos y convertíos», dijo; es decir, crean en mi testimonio a pesar de que aún no están listos para el bautismo; y, si Dios quiere, tal vez «sean borrados vuestros pecados; para que vengan tiempos de refrigerio de la presencia del Señor.»

Esto es: Después de haber pagado el castigo por sus pecados, puede haber algo de esperanza para que en el día del milenio en que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca; pueda haber un poco de esperanza en aquel gran día refrescante y de regeneración, cuando habrá un nuevo cielo y una nueva tierra sobre la cual mora la justicia.

Es decir: Puede haber un poco de esperanza para usted cuando el Señor «envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado», cuando el Hijo del hombre venga en su gloria para gobernar entre los hijos de los hombres.

Y por este mismo Jesús, que vino una vez y fue rechazado, sepan esto: «que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempos antiguos.» (Hechos 3: 1-21)

En otras palabras: Cristo debe morar en el cielo, no puede habitar de nuevo en la tierra hasta la época de la restauración, la época que marca el comienzo de la jornada del milenio. Y en esa época de la restauración, conocido como los tiempos de la restauración, el Señor restaurará todo lo que ha sido dicho por todos los profetas de todas las épocas, desde Adán hasta ese día paradisíaco.

Esta palabra santa no dice que el Señor restaurará todas las cosas antes de la Segunda Venida; que todas las cosas serán restauradas en la era de la restauración, que la edad o período o época o tiempo comenzarán poco antes del regreso del Señor Jesús en toda la gloria del reino de su Padre.

Que esta era de la restauración continuará durante el Milenio se ve en estas palabras reveladas:

«Sí, en verdad te digo que el día en que el Señor venga, él revelará todas las cosas.»

«Cosas que han pasado y cosas ocultas que ningún hombre conoció; cosas de la tierra, mediante las cuales fue hecha, y su propósito y estado final.»

«Cosas sumamente preciosas; cosas que están arriba y cosas que están abajo; cosas que están dentro de la tierra y sobre la tierra y en el cielo.» (Doctrinas y Convenios 101:32-34)

Esta era de la restauración de la que Pablo habló en estas palabras: «En la dispensación del cumplimiento de los tiempos» Dios ha «de reunir todas las cosas en Cristo. . . tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra.» (Efesios 1:10)

¿Cuáles son todas las cosas que habló Dios por boca de sus santos profetas desde el principio del mundo? ¿Y cómo y de qué manera serán restaurados por el Señor?

Es evidente que en los tiempos de la restauración —que tuvo su comienzo en la primavera de 1820, cuando Elohim el Padre y el Hijo Jehová aparecieron personalmente en la Arboleda Sagrada, y continuará en la era del milenio, cuando el regreso de Cristo revelará todas las cosas— claramente en esta era de la restauración, el prometió dar de nuevo lo que se conocía y tenía antiguamente tendrá dos aspectos.

Por un lado el Señor restaurará todas las cosas, tanto temporal como espiritualmente, como eran antes. Todos los santos profetas, en un grado u otro, sabían de la restauración prometida. Todos los profetas sabían que Cristo vendría en el meridiano de tiempo para llevar a cabo la expiación infinita y eterna, y que iba a venir de nuevo a sus santos y reinaría personalmente entre ellos en una tierra renovada.

Sabemos de estas cosas y ellos las conocían. ¿Cómo podrían las personas tener las verdades de la salvación sin el conocimiento de la Expiación y sin un conocimiento de un eventual triunfo de la verdad?

Esta tierra volverá a su estado edénico. Como cantamos en uno de los himnos WW Phelps:

Esta tierra que una vez fue un lugar del jardín,
con todas sus glorias comunes,
Y los hombres lo hizo vivir una raza santa,
y la adoración a Jesús cara a cara,
en Adán-ondi-Ahman.

Y como nuestro décimo artículos de fe testifica: «Creemos. . . que la tierra será renovada y recibirá (de nuevo) su gloria paradisíaca.» En verdad, habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, una tierra milenaria, semejante a la edénica tierra sobre la cual mora la justicia.

En ese día, que es parte de la restauración de todas las cosas, el Señor «Mandará al mar profundo, y será arrojado hacia los países del norte, y las islas serán una sola tierra; y la tierra de Jerusalén y la de Sion volverán a su propio lugar, y la tierra será como en los días antes de ser dividida.» (Doctrinas y Convenios 133: 23-24)

En ese día de la ciudad de Enoc —y la ciudad de Sión, el modelo perfecto para la milenaria Sion— volverá.

Leemos que Enoc caminó con Dios, por encima del poder de Mammon, Mientras Sion extendió a sí misma en el extranjero, y los santos y los ángeles cantan en voz alta, en Adán-ondi-Ahman. Su tierra era buena y muy bendecida, Más allá de Canaán todo de Israel, Su fama era conocida de este a oeste, Su paz era genial, y puro el resto  de Adán-ondi-Ahman.

Y gracias a Dios, todo esto vendrá otra vez en esta época de renovación, de frescura, de la restauración.

Hosanna a tales días venideros,
Segunda venida, del Salvador
Cuando toda la tierra en flor gloriosa
Ofrece los Santos un hogar santo,
Igual que Adán-ondi-Ahman.
(Himnos , núm. 389)

En el día de la restauración se renovarán los cuerpos de los hombres, liberados de la enfermedad, y será semejante a lo que eran en los días primitivos. Cuando los hombres vivían durante casi mil años; Pronto comenzarán a vivir a la edad de un árbol.

En el día de la restauración de los dos reinos de Israel serán una sola. Como un pueblo unido que habitarán en los montes de Israel, en la tierra de Palestina. Ellos edificarán las ciudades antiguas y reclamar la tierra desperdiciada, la que procederá a florecer como la rosa como manantiales de agua brotando desde el desierto seco y árido.

En ese día de la restauración de la Iglesia terrenal y reino de Dios es que se ha de establecer entre los hombres. Apóstoles y profetas, el sacerdocio y poder y las llaves, de nuevo se usaran para la enseñanza y recorrer la tierra y testificar del Señor resucitado. Regalos y milagros como en épocas pasadas han de ser manifestados. Los ciegos verán, los sordos oían, y los espíritus de los hombres, después de haber salido de esta vida, serán llamados de nuevo a reanimar sus cuerpos que de otro modo se pudrirán en fosas cavadas por los hombres.

Todas estas cosas y otras diez mil están destinados a ser restaurada en esta gloriosa era de la restauración. Todo esto es o debe ser bien conocido entre nosotros. Pero esto es algo que subyace en todo esto; algo que es la piedra angular sobre la que se construye; algo sin lo cual ninguna de estas cosas gloriosas podría ocurrir; algo que nosotros damos por sentado.

Ese algo es la restauración doctrinal. Es la restauración de los principios del Evangelio. Es la restauración de las verdades de la salvación. Es la restauración de ese conocimiento sin el que los hombres no podían tener fe como los antiguos y así prepararse para recibir y ser participantes en los otros eventos restaurados de los que hablamos. Seguir leyendo

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La Biblia, un libro Sellado

Discurso pronunciado en el Simposio CES sobre el Nuevo Testamento, 17 de agosto 1984, Universidad Brigham Young. Publicado en La Enseñanza en Seminario, lecturas de preparación para el maestro, Religión 370, 471 y 475.

La Biblia, un libro Sellado

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Es un gusto y un honor estar aquí con ustedes y es mi oración que el Espíritu se derrame abundantemente sobre todos nosotros a medida que consideramos algunos asuntos que son de gran importancia en lo que concierne a nuestra labor como maestros.

Debo hablarles acerca del libro sellado, el cual contiene muchos de los misterios del reino. Estos son aspectos de gran valor para quienes enseñan el Evangelio. Mi tema específico es la Biblia, un libro sellado, pero mi método y la forma en que voy a discutir este tema no será igual a la forma en que lo discute la gente normalmente.

Hay muchas cosas que se deben decir y voy a hablar claramente, esperando poder edificar y no ofender. Estas palabras tan bien conocidas pueden aplicarse a lo que voy a decir:

A todo ser viviente de esta tierra tarde o temprano, la muerte llega. ¿Podría el hombre dar su vida mejor? Que luego de enfrentar peligro y dolor, Por honrar el nombre que de otro heredó, ¿Y sacrificarlo todo por su Dios? (Thomas Babington Macaulay, “Horatius,” líneas 219–224, en The Lays of Ancient Rome, 1842).

Sin embargo, hay una traducción más sencilla que creo que es coloquial o apócrifa o seudoepigráfica, y que dice más o menos así: Los insensatos entran deprisa a los lugares donde los ángeles tienen miedo de entrar. Eso es lo que pasa.

Isaías y Juan nos hablan de un libro que está sellado. La profecía de Isaías habla de llevar las palabras de la parte no sellada del libro a una persona de gran conocimiento, a alguien que se considera tiene gran poder intelectual, quien pidió que se le llevara el libro.

Habiéndosele dicho que dos tercios del libro estaban sellados, el gigante intelectual, experto en el conocimiento lingüístico del mundo, dijo: “No puedo leer un libro sellado” (José Smith—Historia 1:65). Esta profecía se cumplió cuando Martin Harris llevó algunos de los caracteres, copiados de las planchas del Libro de Mormón, al profesor Charles Anthon a la ciudad de Nueva York (véase Isaías 29; 2 Nefi 27; José Smith—Historia 1:63–65).

Juan el Revelador vio en las manos del Gran Dios un libro sellado con siete sellos,  “que  contiene”, como lo dice la revelación, “la voluntad, los misterios y las obras revelados de Dios; las cosas ocultas de su economía concernientes a esta tierra durante los siete mil años de su permanencia, o sea, su duración temporal.” (Doctrinas y Convenios 77:6), y cada sello cubre un período de mil años. Según Juan lo vio, nadie sino el Señor Jesús, “el León de la tribu de Judá, la raíz de David” (Apocalipsis 5:5), tiene el poder de abrir estos siete sellos.

Este mismo conocimiento contiene la parte sellada del Libro de Mormón. Hasta donde sabemos, los dos libros sellados son el mismo libro. De esto sí estamos muy seguros: Cuando se traduzca la parte sellada del Libro de Mormón durante el Milenio, contendrá el relato de la vida preterrenal; de la creación de todas las cosas, la Caída, la Expiación y la Segunda Venida; de las ordenanzas del templo en su plenitud; del ministerio y la misión de los seres trasladados; de la vida en el mundo de los espíritus, tanto en el paraíso como en el infierno; de los reinos de gloria que serán habitados por seres resucitados y de muchas cosas como éstas.

Por ahora, el mundo no está listo para recibir estas verdades. Por un lado, estas doctrinas adicionales destruirían completamente la teoría de la evolución orgánica como se enseña casi universalmente en las instituciones educativas. Por otro lado, estas doctrinas describirán un concepto y plazo de tiempo en cuanto a la creación de esta tierra, de todas las formas de vida y de todas las estrellas y constelaciones que es totalmente diferente de lo que suponen todas las teorías de los hombres. Y es triste, pero hay quienes, si se vieran forzados a tomar una decisión en este momento, elegirían a Darwin por encima de Dios.

Nuestro propósito al referirnos al libro sellado o a los libros de los que hablan Isaías y Juan es el de crear el marco para considerar el libro sellado (la Santa Biblia) que tenemos ahora en las manos. Así como sólo el Señor Jesucristo tiene poder para abrir los siete sellos en el libro de Juan, así también la llegada de la parte sellada del Libro de Mormón depende de nuestra fe y rectitud.

Cuando rompamos el velo de incredulidad que por ahora nos deja fuera de una perfecta comunión con los dioses y los ángeles, y cuando obtengamos una fe como la del hermano de Jared, entonces adquiriremos el mismo conocimiento que él recibió. Esto no ocurrirá sino hasta después que venga el Señor. (Éter 4)

El Libro de Mormón salió a luz y se tradujo por el don y el poder de Dios. No se incluyó a los hombres sabios con su erudición ni conocimiento. No lo sacaron a luz los gigantes intelectuales que recibieron capacitación en la sabiduría lingüística del mundo. Salió a luz mediante el poder del Espíritu Santo. El traductor dijo: “No soy instruido” (2 Nefi 27:19). El Señor contestó: “Los instruidos no. . . leerán” el registro de las planchas. (2 Nefi 27:20)

Aquí hay una gran clave. Se traduce el Libro de Mormón correctamente ya que un hombre poco instruido lo hizo por el don y el poder de Dios. Lo hizo en menos de sesenta días de traducción. La Biblia abunda en errores y en malas traducciones, a pesar del hecho de que los académicos y traductores de mayor conocimiento de todas las épocas trabajaron por muchos años en los manuscritos de la antigüedad para traerlos a la luz.

La clave para lograr un entendimiento del santo orden no se encuentra en la sabiduría de los hombres, ni en los pasillos enclaustrados, ni en los títulos académicos, ni en el conocimiento del griego o el hebreo (aunque de todos estos den como resultado aclaraciones intelectuales muy especiales) sino que las cosas de Dios se conocen y comprenden mediante el poder del Espíritu de Dios (1 Corintios 2). Así dice el Señor: “Llamo a lo débil del mundo, a aquellos que son indoctos y despreciados” para llevar a cabo mi obra. (Doctrinas y Convenios 35:13)

Como bien lo expresó Pablo:

“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el polemista de este siglo? ¿Acaso no ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?”

“Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.”

“Pues mirad, hermanos, vuestro llamamiento, que no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles.”

“Sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte.” (1 Corintios 1:20, 25–27)

Naturalmente debemos aprender todo lo que podamos en todos los campos; debemos sentarnos con Pablo a los pies de Gamaliel, debemos obtener conocimiento de los reinos y países e idiomas (Doctrinas y Convenios 88:76–81). “Pero bueno es ser instruido”, Jacob nos dice, si hacemos “caso de los consejos de Dios.” (2 Nefi 9:29)

Pero sobre todas las cosas, más importante que todo esto junto, más importante que toda la sabiduría obtenida mediante el poder del intelecto, a través de los hombres sabios de todas las épocas, sobre todo esto está la necesidad de la guía del Espíritu al estudiar y al enseñar. La manera en la que el Libro de Mormón salió a luz, mediante el poder de Dios, que utilizó a un hombre poco instruido, establece el modelo para todos nosotros, para todas las obras en el reino. El Señor puede hacer Su obra a través de nosotros si se lo permitimos.

Bueno, me he formado una opinión cuidadosa y la creo firmemente, de que la Biblia, como la tenemos actualmente, es un libro sellado. No tiene el sello jaredita, que sólo puede ser quitado mediante la fe y la rectitud; la Biblia es para los hombres de nuestros días, para los justos y los malvados; y no está sellada con siete sellos sino con dos.

Daremos los nombres de éstos y cómo pueden ser quitados. La Biblia debe llegar a ser un libro abierto, un libro que todos los hombres de la tierra puedan leer, creer y comprender.

Pero primero debemos decir lo que la Biblia es y mostrar su relación con otros escritos inspirados para ganar la salvación. Todos sabemos que la Biblia es el más grande de todos los libros, que es un volumen de Escrituras sagradas que contiene la mente, la voluntad y la voz del Señor para todos los hombres de la tierra y que ha surtido el más grande efecto en la civilización del mundo, hasta este tiempo, que ningún otro libro que jamás se haya escrito.

No hay pueblo sobre la tierra que tenga a la Biblia en tan grande estima como nosotros. Creemos en ella, la leemos y escudriñamos lo que dice, nos regocijamos en las verdades que enseña y buscamos ajustar nuestras vidas de acuerdo a las normas divinas que en ella se proclaman. Pero no creemos, como lo hace el cristianismo evangélico, que la Biblia contiene todas las cosas necesarias para la salvación, ni creemos que Dios haya dejado de hablar a los hombres, ni de revelar, ni de hacer saber Su voluntad a Sus hijos.

Es más, sabemos que la Biblia contiene sólo una pequeña porción de todas las revelaciones que se han dado en épocas pasadas. Se han dado muchas más revelaciones que las que han sido preservadas para nosotros en la Biblia actual.

Contiene relativamente una pequeña parte de las verdades reveladas cuando se la compara a la gran cantidad de verdades reveladas que han recibido los hombres en épocas de mayor progreso espiritual que la nuestra. Incluso la pequeña porción de verdad que se ha preservado para nosotros en la Biblia actual no nos ha llegado en su expresión y perfección original. Un ángel le dijo a Nefi, en repetidas ocasiones, que la Biblia, que incluye tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, contenía el conocimiento de la salvación cuando se escribió originalmente y que luego pasó por las manos “de una iglesia grande y abominable, que es la más abominable de todas las demás iglesias” (1 Nefi 13:26); que se quitaron muchas cosas claras y preciosas y muchos convenios del Señor; y a causa de estas cosas muchísimos tropezaron y no sabían en qué creer ni cómo actuar. (1 Nefi 13)

Sin embargo, con todo esto, no podemos evitar concluir que la Divina Providencia dirige todas las cosas como deben ser. Esto significa que la Biblia, como la conocemos ahora, contiene esa porción de la palabra de Dios que un mundo rebelde, malvado y apóstata tiene derecho y es capaz de recibir.

No dudamos tampoco que la Biblia, como está ahora constituida, se ha dado para probar la fe de los hombres. Prepara a los hombres para recibir el Libro de Mormón.

Aquellos que en verdad creen en la Biblia aceptarán el Libro de Mormón; aquellos que creen en el Libro de Mormón aceptarán Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio, y aquellos que sean así iluminados se esforzarán por vivir para que puedan recibir la mayor luz y conocimiento de aquellos libros sellados que todavía saldrán a la luz: aquellos libros, repito, que saldrán a la luz por medio de hombres poco instruidos que serán guiados por el Espíritu Santo.

Afortunadamente, se ha escrito la Biblia para que todos los hombres, sin importar cuán pequeña sea su dotación espiritual, puedan obtener verdades e instrucciones de ella, en tanto que quienes tengan el poder de discernimiento puedan aprender las cosas profundas y escondidas, reservadas sólo para los Santos. Seguir leyendo

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Un hombre llamado Juan

Publicado en El Sacerdocio en acción, relatos sobre el Sacerdocio Aarónico, Tomados de la revista New Era de mayo 1984, páginas, 59-62.

Un hombre llamado Juan

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Una o dos veces en un periodo de mil años a veces cada cien años, más o menos, siempre a intervalos irregulares, siempre cuando el propósito divino así lo requiere; Viene a la tierra un hombre de perfección casi divina. Abraham fue uno de ellos; Moisés fue otro. José Smith fue el designado para nuestros días.

Estos hombres extraordinarios gigantes espirituales que se contaban entre los “nobles y grandes” de la vida premortalsiempre se han destacado como los faros ante el mundo. La obra que ellos llevan a cabo cambia el curso de la historia, y su vida siempre ha estado llena de problemas y tribulación. Otro de esos hombres fue Juan el Bautista.

¿Qué sabemos sobre este personaje? Lo que se sabe con certeza es bastante para llenar un libro, y lo que se ha especulado sobre su persona es suficiente para llenar un segundo tomo. La vida, el ministerio y la muerte de Juan siguieron un curso trágico y desusado.

Su nacimiento fue predicho por los profetas de la antigüedad, quienes se refirieron a él diciendo que sería una voz que clama en el desierto preparando el camino para el Señor (Isaías 40:3). El propio Gabriel, un ángel que venía de la presencia de Dios, visitó a Zacarías para anunciarle que su esposa, Elisabet, ya entrada en años, daría a luz un hijo cuyo nombre debía ser Juan, y que presentaría al Mesías ante Israel. Zacarías dudó de la palabra de Gabriel y por ello quedó sordo y mudo hasta después del nacimiento, cuando le pusieron nombre al niño.

Juan dio testimonio de Jesús como ningún otro profeta. Testifico de Él aún antes de su propio nacimiento, cuando todavía estaba en el vientre de su madre, cumpliéndose así esta promesa de Gabriel:

“. . . Será lleno del Espíritu Santo, aún desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15)

Unos treinta años después, mientras Juan bautizaba en Bétabara, Jesús fue a donde él estaba. Al verlo, Juan testificó:

“. . . ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29)

Y no dudamos que, después de languidecer cerca de un año en los repugnantes calabozos donde lo mantenían encarcelado y antes de ser asesinado por mandato del malvado Herodes Antipas, hubiera vuelto a testificar lo mismo.

Sabemos de la intrepidez de Juan para denunciar el pecado, que llegó al punto de acusar al rey Herodes de incesto y adulterio. Sabemos también que Jesús mandó ángeles para que lo confortaran en la prisión y que Él mismo dijo que entre los nacidos de mujeres, no había mayor profeta que Juan el Bautista (Lucas 7:28)

No obstante, la acción principal de su vida, la que sobresale entre todo lo demás, es que bautizó al Hijo de Dios. Siendo sacerdote del orden Levítico o Aarónico, Juan llamaba a las personas al arrepentimiento y los bautizaba para la remisión de sus pecados. Había elegido Betábara, sobre el río Jordán, para llevar a cabo los bautismos, y multitudes iban a escucharlo y recibir de sus manos el bautismo.

Su prédica y bautismos tenían por objeto preparar a la gente para la venida del Señor. “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento,” enseñaba, “pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11)

Cuando llegó Jesús, que venía de Galilea hacia el Jordán, cerca de Jerusalén, le pidió que lo bautizara. Con admiración, sobrecogido por el hecho de que el mismo Hijo de Dios fuera a recibir el bautismo de sus manos, pero al mismo tiempo sabiendo de antemano que así sería, Juan le dijo:

“. . . Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió:  “.  .  .  Permítelo  ahora,  porque  así nos  conviene cumplir toda justicia.” (Mateo 3:14-15)

Juan accedió a los deseos de su primo y, solemnemente, con dignidad y con el poder y autoridad del Sacerdocio de Aarón autoridad que los levitas habían empleado a lo largo de los siglos para bautizarsumergió al Señor Jesús en las aguas turbias del Jordán.

Entonces ocurrió el milagro: Los cielos se abrieron y Juan vio al Espíritu Santo que descendía serenamente, como una paloma, para morar con el Cordero de Dios para siempre (Mateo 3:16). Esta es una ocasión, de dos posibles en toda la historia, de que tengamos registro, en la cual un hombre mortal vio a la persona del Espíritu Santo. Y todavía había de suceder algo más. Una voz habló, una voz desde los cielos, la voz del Padre de todos nosotros, y dijo con gloriosa majestad:

“. . . Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” (Mateo 3:17)

En breve, ésta es la historia bíblica de Juan. Todas las historias de las Escrituras tienen su moraleja, su enseñanza, su doctrina, algo que guíe y ayude a aquellos que las lean y mediten sobre sus profundos y maravillosos conceptos. Nefi expreso de la siguiente forma lo que debemos aprender del bautismo de Jesús:

“Ahora, sí el Cordero de Dios, que es santo” —e indudablemente, Cristo no tenía pecado— tiene necesidad de ser bautizado por agua para cumplir con toda justicia, ¡cuánto mayor es, entonces, la necesidad que tenemos nosotros, siendo impuros,” — ¿y quién de nosotros no ha pecado?— “de ser bautizados, sí, por agua!” (2 Nefi 31:5)

Cristo no fue bautizado para la remisión de pecados, porque Él no había cometido ninguno. No obstante, como lo explica Nefi, recibió el bautismo por las siguientes razones:

  1. como demostración de humildad ante el Padre;
  2. como convenio de que obedecería los mandamientos;
  3. como preliminar para recibir el don del Espíritu Santo;
  4. para entrar al reino de Dios, pues nadie, ni siquiera el Hijo de Dios, puede entrar en él sin el bautismo; y
  5. como modelo y ejemplo para todos los seres humanos, para poder decir: “Sígueme tú. . . A quien se bautizare en mi nombre, el Padre dará el Espíritu Santo, como a mí; por tanto, seguidme y haced las cosas que me habéis visto hacer” (2 Nefi 31:5-12)

Y en conclusión, para nosotros, los que vivimos en estos últimos días, quizás el hecho más extraordinario de la vida de Juan sea que visitó a José Smith y a Oliver Cowdery el 15 de mayo de 1829, en su gloria de ser resucitado, y les dijo:

“Sobre  vosotros,  mis  consiervos,  en  el   nombre   del   Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el  cual  tiene  las  llaves  del  ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en rectitud.” (Doctrinas y Convenios 13)

Alabado sea el Señor por la obra y el ministerio de un hombre llamado Juan.

 

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Deja que las palabras vayan fuerte

El viernes 6 de abril de 1984, en el Seminario para Representantes Regionales. Publicado en Revista Ensing, febrero de 1985, páginas, 72-75.

Deja que las palabras vayan fuerte

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Mi tarea es discutir algunos principios doctrinales que son de tal importancia infinita, y están tan entrelazados con nuestra lucha por ganar la salvación, que no tengo forma de acuñar las frases o encuadrar las frases para atribuir a ellas la dignidad y la divinidad que se merecen.

No creo que los mismos ángeles de Dios en el cielo, que tienen el privilegio de ver a Dios mismo, tengan un lenguaje que puede exagerar la importancia de estos asuntos que han llegado a nosotros por revelación.

Mi oración llena de fe es que a medida que reitero estas eternas verdades conocidas por todos nosotros, pueda hablar por el poder del Espíritu Santo, y que sus corazones estén abiertos para que el mismo Espíritu Santo renueve en sus almas la veracidad y la magnitud de aquellos asuntos que ahora tenemos el privilegio de tener en cuenta.

Voy a hablar de la obligación que el Señor ha puesto sobre nosotros como su pueblo de predicar el evangelio que nos ha dado a toda criatura sobre la faz de la tierra.

Detrás de esta comisión divina están ciertas verdades eternas. El principal de ellos son los siguientes:

En primer lugar, que la salvación está en Cristo y se manifiesta a los hombres a través de su santo evangelio, el cual Evangelio lo proclama como el Hijo de Dios, que expió los pecados de los hombres y los rescató de la muerte temporal y espiritual traídos al mundo por la caída de Adán.

En segundo lugar, que el Señor ha restaurado en estos últimos días la plenitud de su evangelio eterno a través de José Smith, con lo que el conocimiento de Dios y de Cristo y de la salvación están disponible de nuevo para los hombres en la tierra.

En tercer lugar, que él ha puesto en marcha, por última vez, su iglesia y reino, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que administra el evangelio y por lo tanto hace que la salvación este disponible, repito, a todos los hombres, a los de toda nación, tribu, lengua y pueblo. Debido a que el evangelio es lo más importante en este o en cualquier mundo, porque sólo nosotros tenemos este poder de Dios para salvación, y porque es para todos los hombres, el Señor nos ha mandado a ir adelante «en solemnidad y en el espíritu de oración, en dar testimonio a todo el mundo  de  las  cosas  que  os  son  comunicadas.»  (Doctrinas  y Convenios 84:61)

Su palabra, no a las de un antiguo días, pero para nosotros, es: «Id, pues, por todo el mundo;. . . para que de vosotros salga el testimonio a todo el mundo y a toda criatura.“(Doctrinas y Convenios 84:62.)

Por su propia boca nos ha prometido:

«. . . Toda alma que crea en vuestras palabras y se bautice en el agua para la remisión de los pecados, recibirá el Espíritu Santo.» (Doctrinas y Convenios 84:64)

Además de su propia boca escuchamos esta asombrosa verdad:

«En verdad, en verdad os digo, que aquellos que no crean en vuestras palabras, ni se bauticen en el agua en mi nombre para la remisión de sus pecados, a fin de recibir el Espíritu Santo, serán condenados y no entrarán en el reino de mi Padre, donde mi Padre y yo estamos.»

«Y esta revelación y mandamiento dado a vosotros está en vigor desde esta misma hora en todo el mundo; y el evangelio es para todos los que no lo han recibido.»  (Doctrinas y Convenios 84:74-75)

¿De qué fuente recibirá el mundo el evangelio? ¿De qué fuente beberán para recibir esa agua que quita la sed eterna? Estas palabras contienen la respuesta del Señor:

«. . . De cierto os digo a todos aquellos a quienes se ha dado el reino: Es preciso que de vosotros les sea predicado a  ellos.» (Doctrinas  y Convenios 84:76)

¿Quién llevará el mensaje de salvación al mundo? ¿Quién es responsable de hacer la obra misional? ¿La voz que oyen nuestros niños, es la de nuestro Padre, invitándolos a mantener todo principio que ahora poseen, para que reciban la luz y el conocimiento que ha venido por la apertura de los cielos en nuestros días?

La respuesta del Señor es: «Todos aquellos a los que se le ha dado el reino.» Esto no es un trabajo reservado a los apóstoles y profetas solamente. No se limita a los setenta y los llamados a misiones.

La genialidad del sistema enviado del cielo es que involucra a todos los santos. Será llevado por todos nosotros, más aún por los conversos, y por nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, para elevar la voz de alerta en los oídos de todos ellos.

Pero la gran cruzada de la justicia ha comenzado. Hemos comenzado a reunir a los elegidos desde los cuatro extremos de la tierra en las estacas de Sión, donde, como pueblo, estarán preparados para la segunda venida del Hijo del Hombre. El trabajo está en marcha, y porque es la obra del Señor, no fallará.

Ha llamado a la carga y no retrocederá.
A los hombres que lo siguen Jesucristo probará.
¡Oh, sé presta, pues, mi alma a seguirle donde va!
Pues Dios avanza ya.
(Himno de Batalla de la República.)

La manera en que cada uno de nosotros ofrece las bendiciones del evangelio de nuestro Padre a otros se convierte en un factor importante en la elaboración de nuestra propia salvación. Y esto nos lleva al convenio del bautismo. Seguir leyendo

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¿Qué pensáis de la salvación por gracia?

Devocional de la Universidad Brigham Young, el martes 10 de enero 1984

¿Qué pensáis de la salvación por gracia?

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Creo que voy a tomar como texto lo que acabamos cantamos:

¡Gloria a Dios en las alturas
Deje respuesta en el cielo y en la tierra;
!Alabad su nombre
Su amor y adorar la gracia, quién todos nuestros dolores calibra;
voz alta cada vez más,
!Digno Cordero
[James Allen, «Gloria a Dios en las alturas,» Himnos no.44]

Me pregunto cuántos de nosotros somos conscientes de uno de los más grandes fenómenos religiosos de estos siglos, uno que ahora está barriendo al cristianismo protestante, algo que nunca ha sucedido en toda la era cristiana.

Somos testigos silenciosos de casi todo el mundo religioso, el que tuvo su nacimiento en la mente de unos pocos grandes reformadores religiosos, hace casi 500 años y que ahora está recibiendo un nuevo nacimiento de libertad e influencia.

¿Puedo divorciarme por un momento de la corriente principal del actual cristianismo evangélico, nadar contra la corriente por así decirlo, y dar a luz alguna expresión más simple y supuestamente maravilloso medio de salvarse con muy leve esfuerzo?

La herejía original

Antes de la reducción a cero en esta manía religiosa que ahora ha tomado posesión de millones de personas devotas, pero engañados, y como un medio de mantener todas las cosas en perspectiva, permítanme primero identificar la herejía original que hizo más que cualquier otra cosa para destruir el cristianismo primitivo.

Esta primera y principal herejía de un ahora caído  cristianismo decadente —y realmente es el padre de todas las herejías— extendió por todas las congregaciones de los verdaderos creyentes en los primeros siglos de la era cristiana; que pertenecía entonces y ahora pertenece a la naturaleza y la clase de ser que es Dios.

Era la doctrina, adaptada del gnosticismo, que cambió el cristianismo de la religión en la que los hombres adoraban a un Dios personal, a cuya imagen el hombre es, en la religión, en la que los hombres adoraban a una esencia espíritu llamado la Trinidad. Este nuevo a Dios, ya no es un Padre personal, ya no es un personaje de tabernáculo, se convirtió en una esencia incomprensible tres-en-uno espíritu que llena la inmensidad del espacio.

La adopción de esta falsa doctrina sobre Dios destruyó efectivamente la verdadera adoración entre los hombres y marcó el comienzo de la era de la apostasía universal. La iglesia dominante que luego se convirtió en un poder político, el poder autocrático sobre reinos e imperios, así como sobre sus propias congregaciones. La salvación, como entonces se suponía, era administrada por la Iglesia a través de los siete sacramentos.

La segunda herejía más grande

Casi un milenio y medio más tarde, durante el siglo XVI, como la Reforma surgió del Renacimiento, como un medio de romper el dominio de la iglesia dominante, los grandes reformadores cristianos encendieron un nuevo fuego doctrinal. Ese fuego, quema violentamente sobre las praderas secas y áridas de la autocracia religiosa, es lo que realmente preparó el camino para la restauración del evangelio en los tiempos modernos.

Fue la doctrina de fuego —la de quema, el flamear del fuego— que se convirtió en la segunda mayor herejía de la cristiandad, porque destruyó efectivamente la eficacia y el poder de la expiación del Señor Jesucristo, por quien viene la salvación.

La primera gran herejía, barrió como un fuego la pradera a través de las ramas que luchaban en un cristianismo naciente, destruyó el culto del verdadero Dios. Y el segundo, una originaria herejía en los mismos tribunales de las tinieblas, destruyó esa misma expiación del Hijo único de Dios.

Esta segunda herejía —y es la ilusión y la manía que prevalece hasta nuestros días en el gran cuerpo del protestantismo evangélico— es la doctrina de que somos justificados por la sola fe, sin las obras de la ley. Es la doctrina de que somos salvos por gracia, sin obras. Es la doctrina que podemos nacer de nuevo, simplemente al confesar al Señor Jesús con nuestros labios mientras continuamos viviendo en nuestros pecados.

Todos hemos escuchado los sermones de los grandes renovadores y profetas autoproclamados de los diversos ministerios de radio y televisión. Cualesquiera que sean los sujetos de sus sermones, siempre terminan con una invitación y una súplica para que la gente vaya hacia adelante y confiesen al Señor Jesús y puedan recibir el poder limpiador de la sangre.

Las emisiones de televisión de estos sermones siempre muestran estadios o coliseos llenos de gente, decenas y centenares y miles de los que van adelante para hacer sus confesiones, para convertirse en cristianos nacidos de nuevo, para ser guardado con todo lo que supone que esto incluye.

Mientras conducía por una carretera en mi coche, estaba escuchando el sermón de radio de uno de estos evangelistas que predicaba la salvación solo por la gracia. Dijo que lo único que tenía que hacer para ser salvo era creer en Cristo y llevar a cabo un acto afirmativo de confesión.

Entre otras cosas, dijo: «Si usted está viajando en un coche, simplemente toque con su mano la radio del coche, y haga contacto conmigo, y luego diga:» Señor Jesús, yo creo «, y serás salvo. »

Por desgracia, yo no acepté su generosa invitación para ganar la salvación instantánea; y así que supongo que mi oportunidad se perdió para siempre. Unido con este concepto está la doctrina de que los elegidos de Dios están predestinados para ser salvo, independientemente de cualquier acto de su parte, que, como supongo, es parte de la razón de un ministro luterano me dijo una vez: «Me salvé hace dos mil años, y no hay nada que pueda hacer al respecto de un modo u otro «, lo que significa que él pensó que él fue salvado por la sangre de Cristo derramada en el Calvario, sin ningún tipo de obras o esfuerzo de su parte.

El ejemplo de Martin Luther

He aquí un relato de cómo el propio Martin Lutero llegó a creer en la doctrina de la justificación por la fe; es un ejemplo perfecto de por qué esta doctrina tiene un gran atractivo.

Un biógrafo nos dice: Lutero «era mucho más preocupado por su salvación personal y dado a las reflexiones pesimistas sobre su condición pecaminosa», tanto es así que también «cayó gravemente enfermo, y fue presa de un ataque de desesperación.»:

Nadie le superó en la oración, el ayuno, vigilias de la noche, la auto- mortificación. El era. . . un modelo de santidad. Pero. . . no encontró paz y descanso en todos sus ejercicios de piedad. . . Vio el pecado en  todas partes. . . No podía confiar en Dios como un Padre reconciliado, como un Dios de amor y misericordia, pero temblaba delante de él, como un Dios de ira, de fuego consumidor. . . Fue el pecado como un poder omnipresente y el principio de que adolece, el pecado como la corrupción de la naturaleza, el pecado como un alejamiento de Dios y la hostilidad a Dios que pesaba sobre su mente como un íncubo y lo llevó al borde de la desesperación.

Si bien en este estado, él ganó la convicción de que el pecador es justificado por la fe sola, sin las obras de la ley. . . Esta experiencia se comportaba como una nueva revelación sobre Lutero. Se arrojó luz sobre toda la Biblia y lo hizo a él un libro de la vida y el confort. Se sintió aliviado de la terrible carga de culpa por un acto de la libre gracia. Él fue llevado fuera de la prisión oscura de la penitencia auto-infligida a la luz del día y el aire fresco del amor redentor de Dios. La justificación rompió las cadenas de la esclavitud legalista, y lo llenó de la alegría y la paz del estado de adopción; que le abrió las puertas del cielo. [Philip Schaff, Historia de la Iglesia Cristiana,  vol. 7, pp. 111, 116-17, 122-24]

Así lo afirma el biógrafo de Lutero. Debe quedar perfectamente claro para todos nosotros que la ruptura de Lutero con el catolicismo era parte del programa divino; llegó como Elías a preparar el camino para la Restauración. Pero esto no significa en ningún sentido poner un sello de aprobación divina en la doctrina que él ideó para justificar la ruptura en su propia mente.

Ejemplo de un día moderno

Recibí una carta de un ex misionero a quien llamaré Élder Carnalus Luciferno, porque nadie en su sano juicio podría tener un nombre así.

En su carta me habló de su propia conversión, de su servicio como líder de zona en el campo misional, de sus muchos conversos. Pero después de regresar a casa, como él lo expresó, «volví a mis viejas costumbres gentiles.»

Tras el cese de este modo de ser un verdadero santo, y convertirse en un verdadero gentil, conoció a algunos representantes de otra iglesia que le enseñó que somos salvos por gracia, sin obras, simplemente por creer en el Señor Jesús.

Entonces él se salvó, y su carta, que envió a mucha gente, era una invitación a estos otros a creer en Cristo y ser salvo como él fue salvado. Más tarde le dije a su presidente de misión, «Háblame de Elder Carnalus Luciferno.»

«Oh,» dijo, «Elder Carnalus Luciferno fue un buen misionero que hizo muchos conversos. Pero desde su regreso a casa, ha sido excomulgado».

«Oh», le dije. «¿Cuál era su problema?»

El presidente de misión respondió: «Antes de unirse a la Iglesia, él era homosexual, y entendí que desde su liberación, ha vuelto a las andadas».

El estrecho y angosto camino

Ahora, vamos a razonar juntos en este asunto de ser salvado sin la necesidad de hacer las obras de justicia. ¿Te has preguntado por qué nuestros misioneros converten a uno de cada ciudad y dos de una familia, mientras que los predicadores de esta doctrina de la salvación por gracia ganan millones de conversos?

¿Le parece extraño que nos desgastemos nuestras vidas en traer un alma a Cristo, para que podamos tener gozo con ella en el reino del Padre, mientras que nuestros colegas evangelistas no pueden ni siquiera contar a sus conversos por su número tan grande?

¿Por qué son los que vienen a escuchar el mensaje de la Restauración se cuentan por cientos  y miles de personas, más que por cientos de miles?

Puedo sugerir que la diferencia entre la forma estrecha y angosta, que pocos encuentran, y el camino ancho, » que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella» (Mateo 7: 13-14). Seguir leyendo

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La prueba de la mortalidad

Discurso pronunciado en la Universidad de Utah, el 10 de enero., 1982. Publicado en http://www.ldslastdays.com/default.aspx?page=talk_probation.htm.

La prueba de la mortalidad

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Estoy muy contento y honrado de tener esta oportunidad de conocer y adorar con ustedes en esta ocasión especial. Antes, el presidente Swinton me comento al teléfono que tal vez me gustaría decir algunas cosas esta noche de las que había dicho recientemente en la Universidad Brigham Young. He estado pensando en eso desde entonces y he llegado a la conclusión de que los estudiantes aquí no tienen que arrepientan de las cosa que los estudiantes de la Universidad Brigham Young. Creo que no voy a decir nada más sobre esa línea. Espero mucho que yo pueda ser guiado por el poder del Espíritu para decir lo que debo decir esta noche

En cualquier ocasión en la que hablan de la Iglesia se ponen en sintonía con el Espíritu Santo, terminan diciendo lo que el Señor quiere que digan. Otra forma de expresar esto es que terminan diciendo lo que el Señor diría si él personalmente estuviera presente. En un sentido muy literal y real, somos los agentes y representantes del Señor. No tenemos ningún mensaje de los nuestros. No hay nada que, como individuo, podamos concebir que ennoblecer, exaltar o, sobre todo, salvar a otra persona.

Todas las cosas que son buenas y edificantes y que han de salvar la virtud y el resto de energía en el Señor. Él nos ha dado, como sus siervos, algo que se llama el don del Espíritu Santo, y que nos da derecho a la compañía constante de ese miembro de la Trinidad si somos fieles y verídicos. En cualquier ocasión que nos las arreglamos para ponernos en sintonía con el Espíritu, decimos lo que debe ser dicho en esa ocasión en particular. Entonces, todo aquel que oye, que está en sintonía con el mismo Espíritu, es receptivo y cree y entiende las expresiones que son dichas.

Nuestras revelaciones dicen que cuando existe esa situación donde el orador habla por el poder del Espíritu, y los oyentes escuchan por el mismo poder, los resultados de adoración son perfectos. Ahora, espero que eso sea lo que podemos tener aquí esta noche en este entorno muy agradable y saludable, donde nos unimos.

La gran prueba de todo el mundo

Pensé, si soy guiado adecuadamente, me gustaría hablar con ustedes acerca de una gran prueba de la que cada uno de nosotros está obligado a tener. Supongo que durante nuestros días de estudiante estamos al tanto de los procesos de prueba. Hacemos un montón de estudio y preparación para que podamos pasar esta prueba, o que —ya sea oral, una prueba por escrito, o lo que sea— para un grado. Vamos a centrar nuestra atención esta noche en la mayor prueba de que alguna vez fueron llamados los individuos a tomar en toda la eternidad. Esa prueba va a venir o no va venir, a toda alma viviente nacido en el mundo, y es la prueba de la mortalidad. Estamos inmersos en una vida mortal en este momento. Estamos viviendo en un período que se ha definido proféticamente como un período de prueba —que es el lenguaje que se aplica a la situación y la condición del hombre desde la Caída.

Ahora, lo que me gustaría hacer, si se me permite, con la ayuda y apoyo de sus oraciones, es dar una visión general de lo que está involucrado en el plan de salvación. Si podemos tener esa visión amplia y tenemos nuestras mentes centradas en lo que el Señor ha hecho y está en el proceso de hacer de todos sus hijos, entonces podemos estar en posición de saber lo que tenemos que hacer en todos los campos de la actividad con el fin de pasar esta prueba.

Tres grandes verdades

Permítanme sugerir algunos grandes conceptos o verdades que tendrán el efecto de dar esta visión general del plan de la salvación eterna. Una forma de abordar el tema sería decir que hay tres eventos grandes y eternos que tienen preeminencia sobre y reemplazan todos los demás en importancia de eternidad en eternidad. En todas las eternidades que han sido o serán —en lo que a nosotros  respecta—  hay  tres  cosas  que  se  interponen preeminente. Sabemos un poco acerca de cada uno de ellos. No sabemos mucho acerca de cualquiera de ellos, pero sí sabemos lo suficiente para que podamos ver la relación que tienen entre sí y el efecto que deben tener sobre nosotros como individuos. Estos tres eventos son la Creación, la Caída, la Expiación. No hay eventos que jamás se hayan producido en toda la eternidad, ni nunca será, tan importante para nosotros como  individuos como la Creación, la Caída y la Expiación, y la Creación, la Caída y la Expiación se envuelven en un solo paquete para formar lo que se llama el Plan de Salvación.

La creación

Vamos a comenzar nuestra consideración aquí esta noche con sólo volver a lo básico y declarando algunas cosas que todos nosotros, espero, sabemos y somos conscientes, se manifiestan en relación con otros eventos con los que están conectados para que podamos obtener una visión integral de lo que está involucrado en el gran y eterno plan de salvación.

Obviamente, empezamos con el hecho de que somos los hijos de Dios. Comenzamos con el hecho de que Dios, nuestro Padre Celestial, es un Ser glorificado, exaltado, y perfecto, que tiene toda sabiduría, todo el poder, toda la fuerza. En Él está la perfección de cada atributo divino. Él es un ser resucitado. El Profeta enseñó que Dios era el único ser supremo e independiente. En él habita toda plenitud y perfección. Él dijo que Él era omnipotente, omnisciente, y por el poder de su espíritu, omnipresente —lo que significa que Él tiene todo el poder y sabe todas las cosas. A través de la forma indicada, Él es en y a través y alrededor todas las cosas— Él siendo, por supuesto, un ser personal, un personaje que tiene un cuerpo de carne y huesos.

Dios disfruta de un tipo, una especie, y de un estatuto de la existencia de la vida que se llama la vida eterna, y la vida eterna consiste en dos cosas. Consiste, número uno, la vida en la unidad familiar. Consiste, número dos, en tener el poder, dominio, fuerza, y la omnipotencia del Padre —todos los cuales se describe bajo el título, «La plenitud del Padre», o, «La plenitud de la gloria y el poder del Padre». Ahora, el nombre de ese tipo de existencia es la vida eterna. Ustedes y yo tenemos el potencial de ganar la vida eterna, lo que significa que está en nuestro poder avanzar desde el estado en el que ahora estamos en el estado de la gloria y exaltación por lo que vamos a ser como Él y vivir la clase de vida que Él vive— la vida en la  unidad familiar. Por supuesto, eso significa que el matrimonio celestial y todo lo que crece fuera de él. Significa avanzar, progresar y crecer de gracia en gracia como el mismo Cristo lo hizo, hasta que llegamos a ser como Dios es. Bueno, eso es lo que está en la tienda. Dios, nuestro Padre, ordenó y estableció el sistema que nos permita hacer eso.

José Smith dijo que Dios mismo —descubriendo que Él estaba en medio de espíritus y gloria— ordenó leyes mediante los cuales podemos avanzar y progresar y llegar a ser como Él. El nombre de esas leyes es el Evangelio de Dios —lo que significa que Dios, nuestro Padre Eterno. Hablamos sobre el Evangelio de Cristo, y cuando lo hacemos, lo que queremos decir es que el Señor Jesús adoptó el plan de su Padre. Él se convirtió en la figura central en ella y llevó a cabo la Expiación. Llamamos adecuadamente gran y eterno plan de Dios al Evangelio de Jesucristo para que podamos centrar nuestra atención en el Redentor que hizo las cosas que ponen el plan en pleno funcionamiento. Él es Aquel que dio eficacia y virtud y fuerza a la expiación infinita y eterna. Cuando Pablo describió, lo hizo en el lenguaje perfecto. Él dijo: «El Evangelio de Dios con respecto a Jesucristo, nuestro Señor, que fue hecho de la simiente de David, según la carne.» Seguir leyendo

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La insensatez de la enseñanza

Discurso a los Maestros de Religión del SEI, viernes 18 Septiembre 1981, en la Manzana del Templo, Salón de actos. Publicado en ldsces.org.

La insensatez de la enseñanza

élder Bruce R. McConkie

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles


Estoy encantado de tener este privilegio y la oportunidad de conocer y adorar con ustedes en esta ocasión especial. Y me hago eco de los sentimientos que fueron tan bien redactados y debidamente expresados en la oración que se acaba de dar, en particular las relativas al presidente Kimball, quien ahora esta bastante mal, pero en los últimos días ha tenido un importante progreso. Me han dicho que de acuerdo a los reportes medicos está mejorando y se espera que esté bien y fuerte, por lo menos a como estaba antes de esta enfermedad.

Ha habido un par de cosas que han sucedido en nuestras vidas y que han tenido más influencia y aún tendrán un mayor impacto sobre la Iglesia que cualquier otra cosa de la que soy consciente, y dos de ellos han llegado como resultado de la inspiración de cielo al presidente Kimball. Uno es el gran paso en la organización que fue tomada cuando tuvo la sabiduría y discernimiento para llenar el Primer Quórum de los Setenta y comenzar a usar a sus miembros en armonía con las disposiciones que se encuentran en las revelaciones. La organización, esto es lo que perfecciona a la Iglesia ya que no importa cuán grande sea el reino, éste crece y se amplia con sus variados intereses, el marco está ahí para el divino gobierno. Seguir leyendo

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