Respuestas a preguntas del Evangelio

Devocional para maestros de religión, el martes 1 de julio 1980. Publicado en La Enseñanza en Seminario, lecturas de preparación para el maestro, Religión 370, 471 y 475.

Respuestas a preguntas del evangelio

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

A: Investigadores que buscan la verdad con sinceridad Estimados hermanos y hermanas:

Recibo un diluvio de cartas en las que se hacen preguntas sobre las doctrinas, prácticas e historia de la Iglesia. Varias miles de preguntas me son presentadas cada año. Recientemente recibí una sola carta que incluía 210 preguntas principales, más muchas menores. Contestar las preguntas de esta sola carta hubiera tomado varios cientos de páginas. Con frecuencia tengo una pila de cartas sin contestar con una altura de 15 a 20 centímetros.

Hay ocasiones en que pasan semanas sin que tenga la oportunidad de leer las cartas, y ciertamente sin poder tener ocasión de contestarlas.

Las personas sensatas se pueden percatar de que si dedicara todas las horas que paso despierto a la investigación y trabajo que tomaría contestar las preguntas que me llegan, aun así no podría contestarlas todas. Pero, y esto es mucho más importante, aunque me fuera posible efectuar este servicio, no estaría haciendo lo correcto, ni tampoco sería bueno para las personas que me presentan sus problemas.

En vez de eso permítanme hacer las siguientes sugerencias generales a aquellas personas que buscan respuestas a preguntas sobre el Evangelio:

1.  Busquen luz y verdad.

Todos los hombres en todas partes, dentro y fuera de la Iglesia, sin referencia a una secta, partido o denominación, están obligados a buscar luz y verdad. La luz de Cristo viene como un regalo gratuito a todos los hombres; ilumina a todo hombre que viene al mundo; y los que siguen sus sugerencias buscan la verdad, logran conocimiento y entendimiento, y son guiados al Evangelio y sus verdades de salvación.

Los miembros de la Iglesia tienen una obligación adicional de entender tanto las leyes de la naturaleza como las doctrinas de salvación. Tienen el don del Espíritu Santo que es el derecho a la constante compañía de este miembro de la Trinidad, basado en la fidelidad. El Espíritu Santo es un revelador. Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). En el sentido completo y final, la única forma perfecta y absoluta de adquirir un conocimiento seguro en cualquier campo es recibir revelación personal del Santo Espíritu de Dios. Esta bendición enviada del cielo está reservada para aquellos que guardan los mandamientos y obtienen la compañía del Espíritu Santo, recordando que el Espíritu no morará en un tabernáculo impuro.

2.  Escudriñen las escrituras.

Las respuestas a casi todas las preguntas doctrinales importantes se encuentran en los Libros Canónicos o en los sermones y escritos del profeta José Smith. Si no se encuentran en esas fuentes, probablemente no son esenciales para la salvación y puede ser que estén más allá de nuestra actual capacidad espiritual para comprenderlas. Se nos darán nuevas revelaciones cuando entendamos y vivamos en armonía con esas verdades que ya hemos recibido.

La forma de lograr un alto estado en los estudios del Evangelio es primero estudiar, reflexionar y orar sobre el Libro de Mormón, y luego seguir el mismo curso con relación a las otras Escrituras. El Libro de Mormón contiene esa parte de la palabra del Señor que ha dado al mundo para preparar el camino para una comprensión de la Biblia y las otras revelaciones que ahora tenemos entre nosotros.

Se nos ha mandado escudriñar las Escrituras, todas ellas; atesorar la palabra del Señor, para que no seamos engañados, beber profundamente de la fuente de las Escrituras para que nuestra sed de conocimiento sea saciada. Pablo dice que las Escrituras nos pueden hacer “sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15) Éstas nos guían a la Iglesia verdadera y los administradores legales que Dios ha asignado para administrar Su obra en la tierra. Es mucho mejor para nosotros obtener respuestas por medio de las Escrituras que por algo que alguien más dice acerca de ellas. Es verdad que muchas veces necesitamos un intérprete inspirado para ayudarnos a comprender lo que los apóstoles y profetas han escrito para nosotros en los Libros Canónicos, pero también es verdad que muchas explicaciones dadas por mucha gente concerniente al significado de los pasajes de las Escrituras son un tanto menos que la verdad y menos edificantes.

Nos encontramos en una situación mucho mejor si podemos beber directamente de la fuente de las Escrituras sin que las aguas sean enlodadas por otra gente cuya comprensión no es tan grande como la de los escritores proféticos que escribieron primero los pasajes que se hallan en los Libros Canónicos y que se han aceptado como tales. No estoy rechazando los comentarios analíticos apropiados sobre las Escrituras; conozco y aprecio su valor y he escrito volúmenes de ellos yo mismo; simplemente estoy diciendo que las personas que tienen la facultad para hacerlo estarán mucho mejor si crean sus propios comentarios analíticos. Existe algo sagrado, solemne y salvador en el hecho de estudiar las Escrituras de manera individual. Debemos capacitarnos en esa dirección.

3.  Las verdaderas doctrinas están en armonía con los libros canónicos.

Los Libros Canónicos son Escritura. Nos sirven de guía. Son la voluntad, la intención y la voz del Señor. Él nunca ha revelado, revela o revelará algo que sea contrario al contenido de ellos. Ninguna persona que hable con el espíritu de inspiración enseñará jamás una doctrina que no esté en armonía con las verdades que Dios ya ha revelado.

Estas palabras del presidente Joseph Fielding Smith deben guiarnos a todos nosotros en nuestro estudio del Evangelio: “No importa qué esté escrito o lo que cualquiera haya dicho; si aquello que se ha dicho no concuerda con lo que el Señor ha revelado, podemos hacerlo a un lado. Mis palabras, y las enseñanzas de cualquier otro miembro de la Iglesia, ya sea en un cargo mayor o menor, si no concuerdan con las revelaciones, no estamos obligados a aceptarlas. Expongamos claramente este asunto.

Hemos aceptado los cuatro Libros Canónicos como las medidas o balanzas de acuerdo con las cuales medimos la doctrina de todo hombre. “No podéis aceptar los libros escritos por las autoridades de la Iglesia como normas en cuanto a doctrina, sino hasta el punto en que concuerden con las palabras reveladas en los Libros Canónicos.

“Todo hombre que escribe es responsable, no la Iglesia, por lo que él escriba. Si Joseph Fielding Smith escribe algo que no va de acuerdo con las revelaciones, todo miembro de la Iglesia está obligado a rechazarlo. Si escribe aquello que concuerde perfectamente con la palabra revelada del Señor, entonces se debe aceptar” (Doctrines of Salvation, Bruce R. McConkie, tomo 3, págs. 203–204).

4. Procuren buscar armonía entre las expresiones proféticas y las escrituras.

Cada verdad, en cada estudio, en toda la tierra, y en toda la eternidad, está en total armonía con toda otra verdad. La verdad siempre se encuentra en armonía consigo misma. La palabra del Señor es verdad, y ninguna Escritura jamás contradice a otra; ninguna aseveración inspirada de cualquier persona se encuentra fuera de armonía con la aseveración inspirada de otra. Pablo y Santiago no tenía puntos de vista diferentes sobre la fe y las obras; y todo lo que dijo Alma sobre la resurrección está de acuerdo con la sección 76 de Doctrina y Convenios. Cuando encontramos algo que parece ser un conflicto, esto quiere decir que todavía no hemos captado la visión total de los puntos tratados. Seguir leyendo

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Las Siete Herejías Mortales

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 1 de junio 1980. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_seven-deadly-heresies.

Las Siete Herejías Mortales

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles


He procurado diligentemente la guía del Espíritu esta noche para ayudarme en lo que deseo compartirles. Voy a salir de mi formato habitual y acostumbrado, y leeré algunas citas sobre el tema a tratar, y quiero expresar con templanza y precisión los principios doctrinales que esto involucra, y decirlos de manera que no dé lugar a dudas.

Voy a hablar sobre algunos temas que algunos consideran controversiales, aun que no debería ser así. Son cosas en las que debemos estar unidos, y en la medida que lo estemos, vamos a progresar, avanzar y crecer espiritualmente, y prepararnos para una vida de paz, felicidad y gozo aquí, y recibir una recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.

Hay una canción o un dicho o un refrán o una leyenda o una tradición o algo que habla de los “7 Pecados Capitales”. Yo no sé nada sobre ellos ni espero saberlo. De mi tema algunos de ustedes, desafortunadamente, saben un poco son «Las Siete Herejías Mortales», no son las grandes herejías de la cristiandad perdida y caída, pero son algunas que se han introducido entre nosotros.

Ahora cito un texto, que Pablo escribió a los santos del pasado, pero que se aplica a nosotros:

“. . . Oigo que hay entre vosotros disensiones; y en parte lo creo.”

“Porque es preciso que entre vosotros haya herejías, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.” (1Corintios 11:18-19)

Ahora voy a enumerar algunos axiomas (así llamamos en los círculos académicos a estos enunciados):

  • No hay salvación en creer una doctrina falsa.
  • La verdad, el puro diamante de la verdad, la verdad sin mezcla ni error, sólo la verdad conduce a la salvación.
  • Lo que creemos determina lo que hacemos.
  • Ningún hombre puede salvarse en la ignorancia de Dios y de sus leyes.
  • El hombre es salvo tan rápido como gane el conocimiento de Jesucristo y las verdades salvadoras de su evangelio eterno.
  • Las Doctrinas del Evangelio pertenecen al Señor, no al hombre, Son suyas, Él las ordenó, las revela, y espera que nosotros las creamos.
  • Las doctrinas de la salvación no se descubren en un laboratorio o en una excursión geológica o acompañando a Darwin alrededor del mundo. Vienen por revelación y no de otra manera.
  • Nuestra única preocupación en la búsqueda de la verdad debe ser, aprender y creer lo que el Señor sabe y cree. Providencialmente ha expuesto algunas de sus indicaciones en las santas escrituras.
  • Nuestro objetivo como mortales es ganar la “Mente de Cristo”, creer en lo que Él cree, pensar lo que piensa, decir lo que Él dice, para hacer lo que hace, y ser como Él.
  • Estamos llamados a rechazar toda herejía y allegarnos a toda verdad. Sólo entonces podremos progresar de acuerdo con el plan divino.

“Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección.”

Y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero.” (Doctrinas y Convenios 130:18- 19)

Tengan en cuenta que el conocimiento se obtiene mediante la obediencia. Viene por la obediencia a las leyes y ordenanzas. Hay algunas cosas que un hombre en pecado, no sabe ni podrá saber. Ahora me permito sugerir la lista de herejías:

Herejía uno: Hay quienes creen que Dios está progresando en conocimiento y está aprendiendo nuevas verdades.

Esto es falso total, absoluta y completamente .No hay una pizca de verdad en ello. Esto surge de una visión totalmente retorcida e incorrecta del Sermón “King Follett” sobre la idea de progreso eterno. Dios avanza en el sentido de que sus reinos aumentan y se multiplican sus dominios no en el sentido de que él aprenda nuevas verdades ni descubra nuevas leyes.

Dios no es un estudiante, Él no es un técnico de laboratorio, no está postulando nuevas teorías en base a experiencias pasadas. Él ya se graduó a un estado exaltado, que consiste en saber todas las cosas y tener todo poder.

La vida que Dios vive se llama “Vida Eterna”. Uno de sus nombres, es «Eterno», el uso de esa palabra distingue el tipo de vida que él vive. La vida eterna es la recompensa que obtendremos si creemos y obedecemos y andamos rectamente ante él. Y la vida eterna consiste en dos cosas:

Vivir en unidad familiar (Eterna) heredar, recibir y poseer la “Plenitud de la gloria del Padre”.

Cualquier persona que tenga estas cosas es un heredero y poseedor del más grande de los dones de Dios, que es la vida eterna.

Progreso Eterno consiste en vivir la clase de vida que Dios vive y aumentar en reinos y dominios eternamente. ¿Suponen que un ser infinito y eterno que ha presidido en nuestro universo por casi 2.555 millones años, que hizo los cielos siderales, cuyas creaciones son tan más numerosas como las partículas de la tierra, y que es consciente de hasta cuando cae un pajarillo a tierra…?

¿Suponen que un ser así tiene más que aprender y nuevas verdades que descubrir en los laboratorios de la eternidad? Eso está totalmente fuera de toda comprensión.

¿Suponen aprender algo que destruya el plan de salvación y transforme al hombre y al universo en una nada increada? ¿Suponen hallar un mejor plan de salvación, que el que se ha aplicado a los hombres en innumerables mundos?

He estado muy tentado a decir que cualquiera que lo suponga tiene el intelecto de una hormiga y la comprensión de un terrón de barro cocido en un pantano de fango primordial. . . Pero claro que yo nunca diría algo así.

La verdad salvadora, como reveló y enseñó, el profeta José Smith es que: Dios es omnipotente, omnisciente y omnipresente. Él sabe todas las cosas, tiene todo poder, y está en todas partes por el poder de su Espíritu. Y si no sabemos ni creemos esta doctrina no podemos tener fe para vida y salvación. José Smith enseñó: » tres cosas son necesarias para que cualquier ser racional e inteligente pueda ejercer la fe en Dios para vida y salvación.»

  1. La idea de que El verdaderamente existe.
  2. Una idea correcta de su carácter, perfección y atributos.
  3. Un conocimiento verdadero de que el curso que lleva su vida está de acuerdo con la voluntad de Dios.

Los atributos de Dios son el conocimiento, la fe o poder, la justicia, el juicio, la misericordia y la verdad. Las perfecciones de Dios se definen como: «las perfecciones que pertenecen a todos los atributos de su naturaleza». Es decir que Dios posee todo conocimiento, toda la fe o el poder, toda justicia, todo juicio, toda misericordia, y toda verdad. Él es de hecho es la encarnación y personificación y la fuente de todos estos atributos.

¿Suponen que Dios puede ser más honesto de lo que ya es? No debemos suponer que haya verdades que no conozca o conocimiento que él no posea.

“Sin el conocimiento de todas las cosas, Dios no sería capaz de salvar a ninguna de sus criaturas; ya que es a causa del conocimiento que tiene de todas las cosas, desde el principio hasta el fin, lo que le permite dar ese conocimiento a sus criaturas por el cual se hacen partícipes de la vida eterna; y si no fuera por la idea que existe en las mentes de los hombres de que Dios tiene todo el conocimiento sería imposible ejercer fe en él”. (Mormon Doctrine” Ed. 1966, p.264)

Si Dios sólo está practicando con algunas verdades que ha probado con algunos experimentos que ha hecho, no tendríamos ni la menor idea en cuanto al verdadero propósito de la creación. Seguir leyendo

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La comisión divina del maestro

Discurso pronunciado ante la junta general de la Escuela Dominical, en abril de 1979. Publicado en revista Ensing.

La comisión divina del maestro

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles,


Hemos recibido del Señor un consejo y la instrucción relativa a la enseñanza de su evangelio, que si es aceptado y seguido nos hará los mayores y más influyentes maestros en el mundo.

Este sistema revelado para predicar el evangelio es simple. Es fácil. Puede ser aprendido y practicado por todos los miembros de la Iglesia. Es el mismo sistema de enseñanza utilizado por el Señor Jesús durante su ministerio mortal entre los hombres; y si nos enteramos de sus principios y los aplicamos en nuestra enseñanza, fortaleceremos a los fieles, recuperaremos a los inactivos, y convertiremos al investigador.

Ahora invito a abrir sus corazones, de estar diligentemente atentos a lo que voy a decir, y luego para seguir y poner los principios divinos en funcionamiento en toda su enseñanza.

Lo que voy a establecer, deberá presentarse, por el poder del Espíritu Santo, si es que queremos tener un efecto en la conversión de los corazones de los que escuchan. Y los que oyen deben hacerlo por el poder de ese mismo Espíritu Santo para que puedan recibir la luz y entendimiento que debe venir a ellos como resultado de esta presentación.

Tomemos estas palabras de Pablo. En ellos se establecen algunas de las señas de identidad esenciales de la verdadera iglesia. Es decir, en las cosas que aquí se encuentran nombres, allí está la Iglesia y reino de Dios en la tierra; y donde no se encuentran estas cosas, no se encuentra la verdadera iglesia.

Pablo dice:

«Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros.» —Nota el orden de prioridad, el orden de importancia de las cosas que identifican a la Iglesia verdadera.

Las iglesias del mundo, las iglesias de los hombres, tienen lo que tienen, sino como perteneciente a la Iglesia verdadera y viviente, la palabra revelada es:

«.  .  .  A  unos  puso  Dios en la iglesia, primeramente  apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego milagros; después los dones de sanidades; ayudas, administraciones y diversidades de lenguas.» (1 Corintios 12:28)

Si hay una iglesia con apóstoles que funcionan de acuerdo con el modelo divino, que tienen las llaves del reino, que guían los destinos del pueblo de Dios de acuerdo a su mente y propósitos —es la iglesia verdadera.

Si hay una iglesia con profetas que sirven como profetas siempre han servido, revelando a la gente la mente y la voluntad del Señor —es la verdadera Iglesia.

Y en el mismo sentido, en cuanto a la tercera gran característica de identificación esencial, si hay una iglesia con los maestros que operan en el marco divino, que enseñan la verdad en la forma en que el Señor ha nombrado —es la verdadera iglesia.

Esto significa que todos los que enseñan el evangelio en la forma en que el Señor ordena a que se debe enseñar testigos vivos convertidos de la verdad y la divinidad de su gran obra de los últimos días.

Los verdaderos maestros de la iglesia son llamados de Dios y están autorizados y facultados para presentar su mensaje, y sólo su mensaje, ya que actúan en el curso de su nombramiento.

«Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar  sus ordenanzas.» (Artículos de Fe 5)

Para ganar la salvación tenemos que llegar a un conocimiento de la verdad. Jesús dijo:

«Los verdaderos adoradores adorarán  al  Padre  en  espíritu  y  en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

«Porque como Dios ha prometido su Espíritu. Y los que le adoran, deben adorar en espíritu y en verdad «(TJS, Juan 4:25-26)

El mundo de hoy está lleno de personas que se acercan al Señor con sus labios, pero sus corazones están lejos de él. «Ellos enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, más negando la eficacia de ella»  (José Smith-Historia 19)

La misma oscuridad espiritual cubrió la tierra en el día en que Jesús ministró entre los hombres. De aquellos que no quisieron oír la voz de nuestro Señor dijo:

«¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo:”

“Este pueblo con sus labios me honra, mas su corazón lejos está de mí.” “En   vano   me   honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.»  (Mateo 15: 7-9)

Los verdaderos adoradores adoran al verdadero Dios de acuerdo a los principios verdaderos. No hay salvación en adorar a un dios falso o en creer una doctrina falsa. Toda esa adoración es en vano. No tiene virtud salvadora o el poder.

Al hablar de esta misma eterna verdad que los hombres deben pedir al verdadero Dios y adorarlo en espíritu y en verdad, Pablo hace estas preguntas:

«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en     aquel de quien no han oído?  ¿Y  cómo oirán sin haber quien les predique?»   (Romanos 10:14)

La lógica de Pablo es perfecta. No hay manera de adorar al Padre en espíritu y en verdad hasta que sepamos quién es y creemos en él como Dios. No hay manera de creer en él y en sus leyes, a menos que se nos enseñen. Y no podemos ser enseñados a menos que haya un maestro.

Entonces Pablo pregunta:

«¿Y cómo predicarán si no son enviados?» (Romanos 10:15).

Es decir, ¿cómo pueden los maestros presentar la mente y la voluntad y la voz del Señor a sus discípulos a no ser que sean llamados por Dios y enviados a llevar el mensaje del Señor? A menos que sean llamados por Dios, las doctrinas que enseñan serán los mandamientos de los hombres y la adoración que fluye de la misma será en vano.

Así que Pablo llega a esta conclusión:

«.  .  .  La  fe viene por el oír,  y el oír por la palabra de Dios.» (Romanos 10:17)

En otras palabras, la fe en el Señor Jesucristo y su santo evangelio viene sólo cuando las verdades del Evangelio son impartidas por los administradores legales que han sido llamados por Dios para presentar su mensaje a sus hijos.

Ahora hablo de esta manera simple y contundente porque nunca podemos comprender cómo hemos de enseñar el Evangelio a menos que primero sepamos que en toda nuestra enseñanza representamos al Señor y somos puestos para enseñar su evangelio. Somos agentes del Señor, y como tal, tenemos el poder de decir sólo aquellas cosas que él quiere que digamos.

Un agente representa a alguien principal. No tienen poder propio. Actúan en nombre de otra persona. Ellos hacen lo que se les dice que hagan. Dicen lo que están autorizados a decir nada más, nada menos.

Somos agentes del Señor. Le representamos. «. . . siendo vosotros agentes,» dice, «estáis en la obra del Señor; y lo que hagáis conforme a su voluntad es asunto del Señor.»   (Doctrinas y Convenios 64:29)

Nuestro negocio como maestros es enseñar su doctrina y no otra. No hay otro camino que podemos seguir, si hemos de salvar almas. No tenemos ningún poder salvador nuestro. No podemos crear una ley o una doctrina que resucite a otra persona. El Señor no puede hacer estas cosas, y estamos nombrados para enseñar lo que él revela sobre estas y todas las doctrinas del Evangelio.

¿Qué, entonces, estamos autorizados a hacer en la enseñanza  del evangelio? ¿Cuál es nuestra comisión divina?

«El mandato divino del maestro» se resume en cinco puntos:

1.- Se nos ordena —es algo en lo que no tenemos otra opción; no hay cursos alternativos para nosotros  se  nos  manda enseñar  los principios del Evangelio.

En la revelación conocida como «la ley de la Iglesia,» el Señor dice:

«. . . Los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio» (Doctrinas y Convenios 42:12).

Numerosos revelaciones dicen: Predica mi Evangelio y enseña mi palabra, «diciendo sino las cosas escritas  por  los profetas y  apóstoles,  y  lo  que el Consolador les enseñe mediante la oración de fe.» (Doctrinas y Convenios 52:9)

Evidentemente no podemos enseñar lo que es  desconocido  para nosotros. Un requisito previo para la enseñanza del Evangelio es estudiar el evangelio. Por lo tanto este tipo de decretos divinos dice:

«Escudriñad las Escrituras» (Juan 5:39)

«Escudriñad estos mandamientos» (Doctrinas y Convenios 1:37)

«Atesorad mi palabra»  (JS-H 37)

«Estudia mi palabra» (Doctrinas y Convenios 11:22)

«Escudriñad los profetas» (3 Nefi 23:5)

«. . . Debéis escudriñar estas cosas. Sí, un mandamiento os doy que escudriñéis estas cosas diligentemente, porque grandes son las palabras de Isaías.» (3 Nefi 23:1)

«No intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla, y entonces será desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi palabra, sí, el poder de Dios para convencer a los hombres.» (Doctrinas y Convenios 11:21)

Podemos leer todos los libros canónicos de la Iglesia en un año si se procede a un ritmo de alrededor de seis páginas al día. Para ello la búsqueda sincera y la ponderación solemne requerida tomarán más tiempo.

No es el conocimiento y hay experiencias espirituales que se pueden obtener de la lectura, meditar y orar acerca de las escrituras que no se pueden obtener de ninguna otra manera. No importa cuan involucrados estén los miembros fieles y activos de la Iglesia en asuntos administrativos, nunca ganarán las grandes bendiciones que vienen del estudio de las escrituras a menos que paguen el precio de ese estudio y por lo tanto hacer de la palabra escrita una parte de sus vidas.

2.- Hemos de enseñar los principios del Evangelio, que se encuentran en los libros canónicos de la Iglesia.

En la ley de la Iglesia, el Señor dice:

«. . . Los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud del evangelio.” (Doctrinas y Convenios 42:12)

Entonces el Señor habla de la necesidad de ser guiados por el Espíritu, pero vuelve a la fuente bíblica de la verdad del Evangelio con estas palabras:

«Y todo esto procuraréis hacer como yo he mandado en cuanto a vuestras enseñanzas, hasta que se reciba la plenitud de mis Escrituras.“(Doctrinas y Convenios 42:15)

Cuando se dio esta revelación, la Biblia y el Libro de Mormón eran las únicas Escrituras disponibles para los Santos de los Últimos Días. Ahora también tenemos las Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio, y hay, por supuesto, otras revelaciones que se indicarán en su momento.

3.- Hemos de enseñar por el poder del Espíritu Santo.

Después de haber mandado a todos los maestros enseñar los principios del Evangelio que se encuentra en los libros canónicos, el Señor dice:

«. . . Esto es lo que enseñarán, conforme el Espíritu los dirija.»

Luego se da la gran directiva:

«Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibís el Espíritu, no enseñaréis.»

Junto con esta instrucción, se da esta promesa:

«Y al elevar vuestras voces por medio del Consolador, hablaréis y profetizaréis conforme a lo que me parezca bien.»

«Pues he aquí, el Consolador sabe todas las cosas, y da testimonio del Padre y del Hijo.» (Doctrinas y Convenios 42:13-14,16-17)

Cada maestro en cada situación de enseñanza bien podría razonar sobre estas líneas:

Si el Señor Jesús estuviera aquí, lo que diría en esta situación sería perfecto. Pero él no está aquí. En su lugar, me ha enviado para que lo represente.

Debo decir lo que él diría si estuviera aquí; y la única manera en que puedo hacer esto es siendo guiado para que él me diga qué decir.

Esta dirección revelada puede venir a mí sólo por el poder de su Espíritu. Por lo tanto, debo ser guiado por el Espíritu si voy a enseñar en mi calidad de agente del Señor.

Estos principios de la enseñanza de las verdades del Evangelio por el poder del Espíritu se exponen aún más en otra revelación por medio de preguntas y respuestas reveladas de esta manera:

Pregunta: «. . . Yo, el Señor, os hago esta pregunta: ¿A qué se os ordenó?»

Es decir, ¿cuál es su comisión? ¿Qué he autorizado a hacer? ¿Qué autorización has recibido de mí?

Respuesta: «A predicar mi evangelio por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad.» (Doctrinas y Convenios 50:13-14)

Es decir, que su comisión, su autorización, y lo que se nos ha ordenado hacer es enseñar el evangelio, no los puntos de vista privado, no las filosofías del mundo, sino mi evangelio eterno, y hacerlo por el poder de mi Espíritu, todo en armonía con el mandamiento que hasta ahora he dado: «. . . Si no recibís el Espíritu, no enseñaréis» (Doctrinas y Convenios 42:14)

Pregunta: «. . . El que es ordenado por mí y enviado a predicar la palabra de verdad por el Consolador, en el Espíritu de verdad, ¿la predica por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera?» (Doctrinas y Convenios 50:17)

Antes de escuchar la respuesta revelada, notemos que el Señor está aquí hablando de la enseñanza del Evangelio, la palabra de verdad, los principios de la salvación. Él no está hablando de las doctrinas del mundo y los mandamientos de los hombres, la adhesión a lo que es vano y no conducen a la salvación.

La pregunta es, ¿Cúando predicamos el evangelio, cuando enseñamos la palabra de verdad, cuando exponemos las verdaderas doctrinas de la salvación, lo hacemos por el poder del Espíritu Santo o de alguna otra manera? Obviamente, el «otro lado» para enseñar la verdad es por el poder de la inteligencia.

Ahora la respuesta revelada: «. . . Si es de alguna otra manera, no es de Dios.» (Doctrinas y Convenios 50:18)

Dejemos esto claro. A pesar de lo que enseñamos sea verdadero, no es de Dios, a menos que se enseñe por el poder del Espíritu. No hay conversión, sin experiencia espiritual, a menos que el Espíritu del Señor este involucrado.

Pregunta: «Y además, el que recibe la palabra de verdad, ¿la recibe por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera?»

Respuesta: «Si es de alguna otra manera, no es de Dios» (Doctrinas y Convenios 19-20)

Es por esto que he dicho al principio que si esta presentación era tener la conversión de energía, la debo presentar por el poder del Espíritu y que hay que escuchar y recibir por ese mismo poder. Sólo entonces «el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro», por lo que «ambos son edificados y se regocijan juntamente» (Doctrinas y Convenios 50:22)

4.- Hemos de enseñan los principios del Evangelio que se aplican a las necesidades y circunstancias de nuestros oyentes.

Los principios del Evangelio nunca cambian. Ellos son los mismos en todas las edades. Y en general las necesidades de las personas son las mismas en todas las edades. No hay problemas que nos han sucedido, excepto los que han sido la suerte común de los hombres desde el principio. Y lo que no es difícil de llevar a los principios de la Palabra eterna y aplicarlos a nuestras necesidades específicas. La verdad abstracta debe vivir en la vida de los hombres para que puedan dar sus frutos.

Nefi citó el Libro de Moisés y los escritos de Isaías y luego dijo: «apliqué todas las Escrituras a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción.» (1 Nefi 19:23 Aplicó las enseñanzas de Moisés e Isaías a las necesidades de los nefitas)

5.- Debemos testificar que lo que enseñamos es verdad.

Somos un testimonio que lleva la gente, como debe ser. Nuestras reuniones abundan en las solemnes garantías de que el trabajo en el que estamos inmersos es cierto. Testificamos con fervor y convicción de que Jesús es el Señor, que José Smith es su profeta, y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es «la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra» (Doctrinas y Convenios 1:30)

Todo esto lo hacemos bien. Pero tenemos que hacer más. El maestro inspirado, el que enseña por el poder del Espíritu, se espera que de testimonio de que la doctrina que enseña es verdadera.

Alma nos dio un ejemplo al respecto. Él predicó un sermón poderoso sobre nacer de nuevo. Entonces él dijo que había hablado claramente, había sido comisionado para hacerlo, había citado las Escrituras, y había enseñado la verdad.

«Y esto no es todo, añadió. ¿No suponéis que sé de estas cosas yo mismo? He aquí, os testifico que yo sé que estas cosas de que he hablado son verdaderas. . .“(Alma 5:45)

Este es el sello de la corona colocada sobre enseñar evangelio, es el testimonio personal del maestro de que la doctrina que ha enseñado es verdadera.

¿Quién puede discutir con un testimonio? Los incrédulos pueden contender acerca de nuestra doctrina. Pueden torcer las Escrituras para su destrucción. Ellos pueden explicar tal o cual asunto desde un punto de vista puramente intelectual, pero no pueden dominar un testimonio.

Si digo esto o que la profecía mesiánica de Isaías se cumplió en este o aquel acontecimiento en la vida de nuestro Señor, muchas voces están esperando para debatir el tema y demostrar que los sabios del mundo piensan lo contrario.

Pero si digo que conozco por las revelaciones del Espíritu Santo a mi alma que las declaraciones mesiánicas se refieren a Jesús de Nazaret, que era el Hijo de Dios, ¿qué hay que debatir?

Entonces he dado testimonio en el punto doctrinal que se enseña, y cada oyente que está en sintonía con el mismo Espíritu sabe en su corazón que lo que he dicho es verdad.

Alma, teniendo un testimonio de que las cosas que él había enseñado eran verdaderas, entonces preguntó:

«Y ¿cómo suponéis que yo sé de su certeza?»

Su respuesta, que establece un patrón para todos los maestros, es:

«He aquí, os digo que el Santo Espíritu de Dios me las hace saber. He aquí, he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo. Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque el Señor Dios me las ha manifestado por su Santo Espíritu; y éste es el espíritu de revelación que está en mí.»   (Alma 5:45-46)

Así que ahora tenemos ante nosotros una exposición de nuestra condición de agentes del Señor y de la comisión divina del maestro.

Estamos aquí para:

  1. Enseñar los principios del Evangelio,
  2. Enseñar de los libros canónicos,
  3. Por el poder del Espíritu Santo,
  4. aplicar siempre las enseñanzas a nuestras necesidades, y
  5. Para testificar que lo que hemos enseñado es verdade

Queda, entonces, una cosa más que decir sobre estos asuntos y es dar testimonio de que los conceptos aquí presentados son ciertos, y que si los seguimos tendremos el poder para convertir y salvar las almas de los hombres.

Lo sé.

Que el Señor nos ha mandado enseñar los principios de su evangelio, ya que se establecen en sus sagradas escrituras.

Eso si no hacemos esto por el poder de su Espíritu Santo, nuestra enseñanza no es de Dios.

Que él espera que apliquemos los principios de verdad eterna de nuestras vidas.

Que debemos dar testimonio a todos los que quieran escuchar que nuestras enseñanzas provienen de aquel que es eterno y conducirá a los hombres a la paz en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.

Que todos los que enseñan pueden hacerlo de acuerdo a este modelo divino, lo ruego, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Esta generación recibirá mi palabra a través de ti

Discurso pronunciado en el Simposio Sperry de la Universidad Brigham Young, el sábado, 27 de enero de 1979. Publicado en revista Ensing, en junio de 1980.

Esta generación recibirá mi palabra a través de ti

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles,

En el año 1829 el Señor dio información de gran importancia para el pueblo de nuestro tiempo cuando le dijo a José Smith, Su vidente de los últimos días:

«Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (Doctrinas y Convenios 5:10)

Deseo demostrar que esta declaración describe verdaderamente las condiciones tal como son. También deseo describir esas condiciones de tal forma que den testimonio de la gran obra del Profeta José Smith al restaurar el evangelio de nuestro Salvador y Maestro, el Señor Jesucristo.

«Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti.» La palabra es el evangelio de salvación; la palabra es el plan de salvación; la palabra es la mente y la voluntad y los propósitos del Señor en lo que concierne a Sus hijos en la tierra; la palabra es todas las verdades, derechos, poderes, doctrinas y principios que son necesarios para el hombre a fin de que puedan tomar las almas que poseen y transformarlas a la clase de almas que puedan ir a donde están Dios y Cristo.

Y la generación de la cual hablamos es esta época o período de tiempo. Es la dispensación en la cual vivimos; abarca desde el inicio de nuestra dispensación y hasta la segunda venida del Hijo del Hombre; y por ese período señalado de la historia de la tierra, la palabra del Señor, la palabra de salvación, la palabra de luz y verdad irán al mundo por medio de José Smith, y de ninguna otra manera y por medio de nadie más.

La palabra y la dispensación

Es esencial que tengamos un antecedente para poder apreciar de lo que se trata. Todos sabemos que la salvación está en Cristo. Él es el Primogénito del Padre. Él era semejante a Dios en la vida premortal, y Él llegó a ser, bajo la dirección del Padre, el Creador de todas las cosas. Vemos hacia Él; nuestra fe se centra en Él, y en el Padre por medio de Él.

Después de Cristo está ese gran personaje espiritual Miguel, quien dirigió a los ejércitos y a las huestes del cielo cuando hubo guerra y rebelión allí, y quien, habiendo sido preordenado para hacerlo así, vino aquí como el primer hombre de todos los hombres y se convirtió en el sumo sacerdote presidente sobre la tierra. La siguiente persona en jerarquía es Gabriel, quien vino a esta vida como Noé. Después de eso, no sabemos el orden de prioridad excepto que, de entre las huestes del cielo, ciertos hombres fueron escogidos y preordenados para ser los líderes de las dispensaciones.

Las dispensaciones son los períodos de tiempo en los cuales el plan de salvación, la palabra —la palabra eterna— se entrega a los hombres en la tierra. No sabemos cuántas ha habido. Supongo que ha habido diez; probablemente han sido veinte; y pudieron haber sido más. No me estoy refiriendo ahora a lo que a veces se llaman dispensaciones en el sentido de que Juan el Bautista, Pablo y algunos otros de los profetas han tenido asignaciones especiales. Estoy hablando de esas grandes épocas o períodos; de esas designadas porciones de tiempo de la historia de la tierra, en las que el Señor, por medio de un hombre, da Su palabra a todo el mundo y hace que todos los profetas, todos los videntes, todos los administradores, y todos los apóstoles de ese período se sujeten y sean exponentes de todo lo que venga por medio de ese individuo. Lo que esto significa es que el líder de una dispensación del evangelio es uno de los diez o veinte espíritus más importantes que hayan nacido en la tierra hasta la fecha.

Es muy poco lo que sabemos acerca de la calidad de hombres que nacerán durante el milenio. En ese entonces muchos grandes espíritus vendrán. Sin embargo, es razonable suponer que el Señor ha designado a unos cuantos que tenían capacidades y talentos espirituales para que vinieran a la tierra en épocas de tumultos, de iniquidad, rebelión y pecado, para ser luces y guías del mundo. Esto nos da una pequeña perspectiva sobre lo que pasa en la vida y en el rango y la posición de José Smith.

Empezamos con el Señor Jesús, y entonces tenemos a Adán y Noé. Después de ellos siguen los líderes de las dispensaciones. Luego llegamos a los profetas, a los Apóstoles, a los élderes de Israel, y a todos los hombres sabios, buenos y prudentes que tienen el espíritu de luz y entendimiento. Cada líder de dispensación es un revelador de Cristo para su día; cada profeta es un testigo de Cristo; y todos los demás profetas y Apóstoles que vengan son un reflejo y eco y exponente del líder de la dispensación. Todos ellos vienen para repetirle al mundo y para exponer y descubrir lo que Dios ha revelado por medio del hombre que fue señalado para dar al mundo Su palabra eterna durante esa época. Ese es el concepto de una dispensación.

La palabra viene por medio de José Smith

Llegamos ahora a nuestra dispensación. No vamos a tratar de minucias. No estamos interesados en cosas pequeñas o insignificantes. Necesitamos poner bajo este encabezado un concepto general de lo que involucra el dar la palabra al mundo por medio de un profeta particular.

José Smith dio al mundo tres grandes verdades. Estas verdades sobrepasan a todas las demás; tienen precedencia sobre todas las cosas; tienen más influencia en la salvación del hombre que cualquier otra, y si los hombres no las conocen, no pueden salvarse. La primera gran verdad es que Dios, nuestro Padre Celestial, es el Creador, el Protector, y quien sostiene todas las cosas y que Él ordenó y estableció el plan de salvación. Es Su evangelio y, como Pablo lo dijo, «el evangelio de Dios. . . acerca de su Hijo (que era del linaje de David según la carne.» (Romanos 1:1,3)

En la búsqueda de la palabra, tanto en la Doctrina y Convenios como en otras partes, la primera cosa que buscamos es el conocimiento de Dios tal como fue revelado por medio de José Smith. El conocimiento de Dios es la verdad más grande en toda la eternidad. Pero es necesario que haya una oposición en todas las cosas, y lo opuesto del conocimiento de Dios que ha llegado por medio de José Smith es la más grande herejía del mundo sectario. Esa herejía consiste en que Dios es una nada espiritual que llena la inmensidad del espacio, y que la creación vino a causa de los procesos de la evolución. De hecho y en verdad, José Smith vino a revelar a Dios, en un día de una casi total obscuridad espiritual, en un día en el cual los hombres ya no conocían la naturaleza y la clase de Ser a quien debían adorar.

La segunda gran verdad es que Jesucristo es el Salvador y Redentor del mundo, que la salvación viene por medio de Su sacrificio expiatorio, y que la Expiación es el fundamento sobre el que podemos edificar para que por medio de la obediencia a las leyes y las ordenanzas del evangelio eterno podamos ser salvos. Esta es la verdad número dos en toda la eternidad. No existe nada más importante para nosotros —habiendo primero aprendido quien es Dios nuestro Padre— que el saber acerca de Cristo y de la salvación que hay en Él. La perversión y herejía de esta verdad es el concepto sectario de que la gente se salva solamente por la gracia, sin las obras.

La tercera gran verdad en toda la eternidad es el conocimiento de Dios el Testador, que es el Espíritu Santo. El Santo Espíritu de Dios es un revelador que revela la verdad; Él es un santificador que limpia y perfecciona a las almas humanas; y es por medio de Él que los dones del Espíritu están a disposición de los fieles, para que puedan tener lo que los Apóstoles, profetas y los grandes hombres de todas las edades tuvieron en sus vidas. La herejía que existe al respecto en el mundo sectario es que los cielos están sellados, y que ya no hay revelación, que ya no hay milagros y que ya no existen los dones del Espíritu. Estas tres grandes verdades son las que buscamos al referirnos a que la palabra viene por medio del Profeta José Smith.

Ahora, una o dos palabras citadas de nuestras revelaciones con respecto a la posición profética de José Smith:

«. . . Yo, el  Señor,  sabiendo  las  calamidades  que  sobrevendrían  a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos.» (Doctrinas y Convenios 1:17)

Tal es la declaración revelada en el prefacio del  Señor en Su libro de mandamientos.

En la sección 21 leemos esto:

«He aquí, se llevará entre  vosotros  una historia;  y  en  ella  serás llamado vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo, élder de la iglesia por la voluntad de Dios el Padre, y la gracia de tu Señor Jesucristo.”

“Habiendo sido inspirado por el Espíritu Santo para poner los cimientos de ella y edificarla para la fe santísima.”

“Por tanto, vosotros, es decir, la iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad.» (Doctrinas y Convenios 21:1-2,4)

Viene entonces esta proclamación, la cual en el sentido más amplio de la palabra se aplica más completamente a un líder de dispensación: «porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.» (Doctrinas y Convenios 21:5). Cuando José Smith habló por el poder del Espíritu Santo, era como si el Señor mismo estuviera diciendo las palabras. La voz del Profeta era la voz del Señor; él no era perfecto; solamente Cristo estuvo libre de pecado y maldad. Pero el Profeta estaba tan cerca de la perfección hasta el punto en que los mortales llegan a serlo sin ser trasladados. Era un hombre de tal estatura espiritual que reflejaba al pueblo la imagen del Señor Jesús. Su voz era la voz del Señor.

«Porque si hacéis estas cosas» —es decir, escuchar las palabras de José Smith como si Jesús mismo las hubiera hablado— «las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre.» (Doctrinas y Convenios 21:6). En cierta medida, hemos visto un cumplimiento de esto en el aumento explosivo, dinámico, y creciente de la Iglesia en nuestros días. «Porque, así dice Dios el Señor: Yo lo he inspirado para impulsar la causa de Sión con gran poder para hacer lo bueno, y conozco su diligencia, y he oído sus oraciones. Sí, he visto su llanto por Sión, y haré que no llore más por ella; porque han llegado los días en que él se regocijará por la remisión de sus pecados y por la manifestación de mis bendiciones sobre sus obras.» (Doctrinas y Convenios 21:7-8)

Hay otro versículo que debemos tomar en cuenta muy particularmente; lo podemos tomar como una medida de nuestro discipulado personal: «Porque he aquí, bendeciré con poderosa bendición» —esto se aplica a todos nosotros— «a todos los que obraren en mi viña, y creerán en sus palabras que por mi conducto le son dadas por el Consolador, el cual manifiesta que Jesús fue crucificado por hombres inicuos, por los pecados del mundo, sí, para la remisión de pecados al de corazón contrito.» (Doctrinas y Convenios 21:9). La prueba del discipulado consiste en cuan completa y totalmente creemos en la palabra que ha sido revelada por medio de José Smith, y cuan efectivamente repetimos o proclamamos al mundo esa palabra.

Donde se encuentra la palabra

La palabra se encuentra en las visiones, en las revelaciones y en las declaraciones inspiradas de José Smith. Muchas de ellas están registradas en la Historia de la Iglesia. El relato de la Primera Visión está también en la Perla de Gran Precio. La carta a Wentworth es el equivalente de lo que ya está en la Perla de Gran Precio; es escritura, con la excepción de que no hemos presentado a la Iglesia y no nos obligamos a aceptarla ni proclamarla al mundo. Hay muchas cosas de igual validez, verdad, y excelencia literaria las que han sido colocadas formalmente en nuestras escrituras.

Cuando el Profeta y sus asociados adoptaron formalmente lo que ahora conocemos como Doctrinas y Convenios, él hizo la siguiente declaración: «Después de una deliberada consideración, por motivo de que estaba por imprimirse el libro de las revelaciones, que son el cimiento de la iglesia en estos últimos días y un beneficio al mundo pues muestran que las llaves de los misterios del reino de nuestro Salvador nuevamente se han conferido al hombre, y que las riquezas de la eternidad [están] al alcance de aquellos que están dispuestos a vivir de acuerdo con toda palabra que procede de la boca de Dios; por tanto la congregación votó expresando que consideraba el valor de las revelaciones para la Iglesia como el de las riquezas de toda la tierra, hablando temporalmente.» Tal es nuestra visión y opinión de la Doctrina y Convenios.

La palabra dada por medio de José Smith también se encuentra en los registros que tradujo. El principal de estos es el Libro de Mormón. Este libro es un nuevo testigo de Cristo; es comparable a la Santa Biblia; es un registro de los tratos de Dios con pueblos del viejo mundo. Con respecto al Libro de Mormón, José Smith dijo: «Declaré a los hermanos,» refiriéndose a una reunión con el Quórum de los Doce, «que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.» El Libro de Mormón contiene esa porción de la palabra del Señor que es necesaria para probar la divinidad de Su gran obra de los últimos días, y que se necesita para enseñar a la humanidad en general las doctrinas básicas de la salvación. Es el libro canónico fundamental y básico de los últimos días.

Algunas de las otras traducciones hechas por el Profeta se encuentran en La Perla de Gran Precio. Él tradujo el libro de Abraham y lo que se conoce como la Traducción de la Biblia por José Smith. Esta última es una obra maravillosamente inspirada; es una de las grandes evidencias de la misión divina del Profeta. Por revelación pura él insertó muchos nuevos conceptos y puntos de vista, tales como el material que se encuentra en el capítulo 14 de Génesis acerca de Melquisedec. Algunos capítulos los reescribió o los acomodó para que las cosas que se dicen en ellos tengan una nueva perspectiva y significado, tal como el capítulo 24 de Mateo y el primer capítulo del evangelio de Juan.

Otra fuente donde hay material del Profeta son sus sermones y sus enseñanzas. Tenemos lo que se encuentra en los libros canónicos, pero hay algo más —lo que habló y luego se registró. Cuando el Señor reveló lo que debemos enseñar, lo dijo en esa revelación conocida como la ley de la Iglesia (Doctrinas y Convenios 42): «. . . Los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón,  en  el  cual  se  halla  la  plenitud del evangelio.» (Doctrinas y Convenios 42:12). En esa época no tenían nuestras otras escrituras. «Y observarán los convenios y reglamentos de la iglesia para cumplirlos, y esto es lo que enseñarán, conforme el Espíritu los dirija.» (Doctrinas y Convenios 42:13). Así que nuestra obligación es enseñar lo que está en los libros canónicos mediante el poder del Espíritu Santo. «Y se  os  dará  el  Espíritu  por  la oración de  fe;  y  si  no  recibís el Espíritu, no enseñaréis. Y todo esto procuraréis hacer como yo he mandado en cuanto a vuestras enseñanzas, hasta que se reciba la plenitud de mis Escrituras.» (Doctrinas y Convenios 42:14-15)

Ahora tenemos más, aunque no tenemos la plenitud que un día será nuestra. «Y al elevar vuestras voces por medio del Consolador, hablaréis y profetizaréis conforme a lo que me parezca bien; pues he aquí, el Consolador sabe todas las cosas, y da testimonio del Padre y del Hijo.» (Doctrinas y Convenios 42:16-17)

Ahora, como dije, debemos hacer más que enseñar de los libros canónicos. Los siervos del  Señor  deben  ir  «predicando  la  palabra.  .  .  no diciendo sino las cosas escritas  por  los profetas y  apóstoles,  y  lo  que el Consolador les enseñe mediante la oración de fe.» (Doctrinas y Convenios 52:9; énfasis agregado).

José Smith tuvo, como ningún otro hombre en nuestra dispensación, la capacidad de sintonizarse con el Consolador y expresar las cosas que eran la mente y la voz del Señor, incluyendo cosas que no están incluidas en los libros canónicos. En este respecto, supongo que lo más notable que dijo es el sermón King Follet, del cual se dice que es el mejor sermón de todo su ministerio. Supongo que no hay algo que rebase el sermón que dio acerca del Segundo Consolador. Cuando el Profeta habló fue como si Dios hubiera hablado.

Las cosas que nos han llegado por medio de las revelaciones y sermones de otros de los hermanos que han vivido desde el Profeta José Smith, por ejemplo, la visión de la redención de los muertos que recibió el Presidente José F. Smith, o lo que cualquier persona inspirada dice en la Iglesia, esas cosas son un reflejo, una explicación, una ampliación de lo que se originó con el Profeta José Smith.

La Palabra y la Doctrina y Convenios

La Doctrina y Convenios presentan la palabra de varias maneras. Hay apariciones de seres celestiales. El Señor mismo vino según está registrado en la sección 110. La primera parte de la sección 27 fue recitada por un ángel que se le apareció al profeta y le dio las instrucciones. La palabra vino por la voz de Dios, en la que ahora es la sección 137 de Doctrina y Convenios (la visión de Alvin en el reino celestial). La palabra vino por medio de visiones como en la sección 76. Principalmente la palabra vino por el poder del Espíritu Santo. La mayoría de las revelaciones vinieron de esa manera.

Si el Espíritu Santo descansa sobre una persona, esa persona habla lo que el Señor hablaría y dicha persona llega a ser la voz del Señor. Vean este versículo de escritura:

«Y en ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo:» —ahora noten quien está hablando y vean el mensaje dado por el Espíritu Santo— «Soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que así como has caído puedas ser redimido; y también todo el género humano, sí, cuantos quieran.» (Moisés 5:9)

El Espíritu Santo habla en primera persona como si Él fuera el Hijo de Dios, recalcando el hecho de que cuando hablamos por el poder del Espíritu Santo, las palabras pronunciadas son las palabras de Cristo. Todos conocemos la expresión de Nefi de que los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo, y por lo tanto hablan las palabras de Cristo (2 Nefi 32:3). Los profetas que hablan por el poder del Espíritu Santo hablan las palabras de Cristo. Cada élder de la Iglesia, al ser inspirado por el Espíritu Santo, expresa palabras que son escritura y son tan verídicas y tan obligatorias por su contenido verdadero como las palabras pronunciadas por cualquier profeta. Puede ser que no las distingamos, ni que las votemos ni que decidamos que formal y oficialmente nos regiremos por ellas en nuestra conducta; pero son escritura, y son la voz y la palabra del Señor. Este es el tema de los sermones del Profeta. El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son uno; sin importar quién de ellos diga algo, siempre es la misma palabra. Si un hombre dice por la inspiración lo que ellos dirían, es escritura.

Algunas de las revelaciones llegaron por medio de la confirmación espiritual, lo que quiere decir, que el Profeta meditó el problema en su mente, usando su albedrío como estaba obligado a hacerlo, y luego le presentó el asunto al Señor y recibió la confirmación espiritual de que sus conclusiones eran correctas. Él entonces las escribió, en el nombre del Señor, y las publicamos como revelación.

También hay algunas cartas, por ejemplo las secciones 127 y 128; hay algunos escritos inspirados, tales como las secciones 121, 122, y 123; y hay algunos puntos de instrucción, como la sección 131.

Como saber que es la Palabra de Dios

La siguiente declaración se ha tomado del testimonio de los Doce, en la fecha en que se adoptaron formalmente estas revelaciones: «Estamos dispuestos, pues, a testificar a todo el género humano, a toda criatura sobre la faz de la tierra, que el Señor ha testificado a nuestras almas, por medio del Espíritu Santo, derramado sobre nosotros, que se dieron  estos mandamientos por la inspiración de Dios, que son benéficos para todos los hombres y que ciertamente son verdaderos» (Introducción a la Doctrina y Convenios, pág. V).

Ahora, no hay otra manera en el cielo o en la tierra de que alguien sepa de la verdad y validez de una revelación, a menos que descanse sobre él el mismo Espíritu que descansó sobre el revelador que la recibió. Estamos tratando las cosas del Espíritu. No podemos pesarlas, ni evaluarlas ni juzgarlas en un laboratorio, a menos que hablemos de un laboratorio espiritual. No existe la interpretación privada para las escrituras. La escritura «nunca fue dada por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.» (2 Pedro 1:21). Por lo tanto, cuando los Doce dan testimonio, como lo leemos aquí, de que las revelaciones en la Doctrina y Convenios son verdaderas, eso significa que el Santo Espíritu de Dios ha hablado al espíritu dentro de cada individuo, y a todos ellos colectivamente, y les testificó que las revelaciones recibidas por José Smith eran verdaderas. Solamente recibiendo una revelación espiritual se puede saber la verdad y la divinidad de un asunto espiritual; no hay otra manera.

La Palabra que está por venir

No hemos recibido, de ninguna manera, toda la palabra del Señor. Yo creo que hemos recibido la mayoría de la palabra del Señor que se requiere hasta la Segunda Venida. El Señor ha dado todo lo que los pueblos del mundo tienen la capacidad espiritual de recibir en esta época. Habrá otra gran dispensación —o sea otro gran período de iluminación— cuando Él venga. En esa ocasión Él revelará todas las cosas, tales como la parte sellada del Libro de Mormón. Pero Él no revelará ahora la parte sellada del Libro de Mormón, ni permitirá que la publiquemos al mundo porque su contenido está tan fuera del alcance de la capacidad espiritual de los hombres que los alejaría de la verdad en lugar de llevarlos a la verdad. En realidad es un acto de misericordia el que el Señor limite, a algún pueblo en particular, la cantidad de revelaciones que reciba.

Estamos ahora en una dispensación gloriosa en la cual substancialmente hemos recibido todas las revelaciones que podemos llevar; sin embargo, es cierto que si pudiéramos unirnos y tener fe, recibiríamos más. Eso es algo de lo que sucedió en el año 1978 cuando el Presidente Kimball recibió la revelación de que el evangelio y todas sus bendiciones (el sacerdocio y las ordenanzas de la casa del Señor) debían ir ahora a todas las razas y pueblos y lenguas sin restricción salvo que la gente viva en rectitud y sean dignos de recibir lo que se les ofrece. Esa nueva revelación llegó, en gran medida, porque el profeta de Dios y quienes se asocian con él se unieron en fe, en oración y en deseo, y buscaron una respuesta del Señor. Hay otras revelaciones que podríamos recibir, y espero que las recibiremos, a medida que nos pongamos a tono con el Espíritu. Pero el gran conjunto de revelación para nuestra dispensación —quiere decir las cosas que necesitamos saber para dirigir nuestra conducta a fin de ganar una vida eterna— estas cosas ya se han dado. Y no habrá una gran cantidad de revelaciones importantes que vengan antes de la Segunda Venida debido a la iniquidad del mundo. Parte de esa iniquidad alcanza y permanece entre los Santos de los Últimos Días. Pero finalmente, habrá un día en que se agreguen más revelaciones.

La reafirmación de la Palabra en nuestros corazones

Esta reafirmación es lo que acerca este tema a nosotros como personas. Se supone que cada hombre es un profeta para sí mismo. Cada cabeza de hogar debe ser el revelador para su familia. José Smith dijo estas gloriosas palabras cuando habló del Segundo Consolador: «Dios no ha revelado nada a José, sino lo que hará saber a los Doce, y aún el menor de los Santos puede saber todas las cosas tan pronto como las pueda aguantar.» Los primeros versículos de la sección 76 anuncian este concepto glorioso:

«Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin.» (Doctrinas y Convenios 76:5)

No estamos hablando ahora solamente de los Apóstoles y profetas; estamos hablando de todo el conjunto de los miembros fieles:

“Grande será su galardón y eterna será su gloria.”

Y a ellos les revelaré todos los misterios, sí, todos los misterios ocultos de mi reino desde los días antiguos, y por siglos futuros, les haré saber la buena disposición de mi voluntad tocante a todas las cosas pertenecientes a mi reino.”

“Sí, aun las maravillas de la eternidad sabrán ellos, y las cosas venideras les enseñaré, sí, cosas de muchas generaciones.”

Y su sabiduría será grande, y su conocimiento llegará hasta el cielo; y ante ellos perecerá la sabiduría de los sabios y se desvanecerá el entendimiento del prudente.”

“Porque por mi Espíritu los iluminaré, y por mi poderles revelaré los secretos de mi voluntad; sí, cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han llegado siquiera al corazón del hombre.” (Doctrinas y Convenios 76:6-10)

Esas palabras introducen la visión de los tres grados de gloria que recibieron, el Profeta y Sidney Rigdon. Cuando se hubo registrado debidamente esa visión, y mientras el Espíritu aun descansaba sobre ellos, como resumen y conclusión el Profeta escribió:

«Pero grandes y maravillosas son las obras del Señor y los misterios de su reino que él nos enseñó, los cuales sobrepujan a toda comprensión en gloria, en poder y en dominio» (Doctrinas y Convenios 76:114)

Tales cosas no se podían escribir. No se pueden escribir porque solamente se pueden comprender y sentir. No vienen por medio del intelecto. Vienen por el poder del Espíritu. Son asuntos «los cuales nos mandó no escribir mientras estábamos aún en el Espíritu, y no es lícito que el hombre los declare.”

“Ni tampoco es el hombre capaz de darlos a conocer, porque sólo se ven y se comprenden por el poder del Santo Espíritu que Dios confiere a los que lo aman y se purifican ante él.”

“A quienes concede este privilegio de ver y conocer por sí mismos.”

“Para que por el poder y la manifestación del Espíritu, mientras estén en la carne, puedan aguantar su presencia en el mundo de gloria.”

Y a Dios y al Cordero sean la gloria, la honra y el dominio para siempre jamás.” (Doctrinas y Convenios 76:115-119)

La reafirmación de la palabra por medio de nosotros es una cosa tan gloriosa que no tenemos las palabras para expresarla. No podemos expresar la grandeza y la maravilla de vivir en una época cuando Dios ha mandado a un revelador para que hable Su palabra en todo el mundo, y cuando Él ha mandado profetas adicionales para repetir el mensaje y proclamar la verdad y hacer que llegue a los corazones de los hombres lo que ellos sean capaces de recibir.

«Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (D. y C. 5:10). José Smith ha dado la palabra, y nosotros repetimos el mensaje, y gran parte de ese mensaje consiste en que cada uno de nosotros —igualmente valiosos— tiene el poder de ponerse a tono con el Espíritu Santo y aprender por sí mismo lo que recibe el profeta. Habrá un día —durante el milenio según lo predijeron los profetas antiguos (Jeremías fue uno de ellos) — en que «ningún hombre le dirá a su prójimo, Conoce a Jehová; porque todos lo conocerán. . . desde el más pequeño hasta el más grande.» El Profeta José Smith dijo que esta promesa se refiere a una revelación personal, de una visita del Señor a una persona. Si nos adherimos, como debemos hacerlo, a las normas de rectitud que hemos recibido, está dentro de nuestra capacidad el recibir una reafirmación de la palabra total y completa, de la palabra que el Señor dio primero por medio de José Smith. Empezamos a recibir esa reafirmación cuando tenemos en nuestros corazones el espíritu de testimonio, y el Santo Espíritu de Dios nos dice que la obra es verdadera.

Lo que estoy diciendo es que el gran final del progreso espiritual no es solamente el conocer que las revelaciones son verdaderas, sino que incluye también el ver visiones, sentir el Espíritu, obtener la luz y el conocimiento adicionales que no es lícito expresar y que no fue escrito en el registro revelado.

Cuán gloriosa es la dispensación en la cual vivimos. Vivimos en una época en la cual el Señor desea confirmar Su palabra en los corazones de todos los que escuchen Su voz, y es nuestro privilegio el obtenerla.

La cosa más gloriosa en todo este sistema de religión revelada que hemos recibido es que la palabra es verdad. No se puede pensar en algo relacionado con nuestro sistema de religión revelada que se compare en importancia al simple hecho de que es verdadero. Y a causa de que es verdadero, funciona. Porque es verdadero, triunfaremos. Debido a que es verdadero, si hacemos lo que ya sabemos que debemos hacer, tendremos paz, gozo y felicidad en esta vida y seremos herederos de la vida eterna en el reino de nuestro Padre en el más allá. Que Dios nos conceda que así sea para todos nosotros.

En el nombre de Jesucristo. Amén

 

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José Smith: Un revelador de Cristo

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 3 de septiembre 1978. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_joseph-smith-revealer-christ/.

José Smith: Un revelador de Cristo

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Devota y sinceramente espero que podamos tener una rica efusión del Espíritu Santo, por dos razones: primero, para que yo pueda decir lo que el Señor diría si él personalmente estuviera aquí; y en segundo lugar, para que estas palabras penetren en sus corazones y usted puedan saber con certeza que son verdaderas. Abordaré el tema: «José Smith: Un Revelador de Cristo.»

He elegido un texto elaborado y publicado por la Primera Presidencia de la Iglesia en 1935 con motivo del centenario de la organización de la primera Quórum de los Doce Apóstoles en nuestra dispensación:

Dos grandes verdades deben ser aceptados por la humanidad, si desean ser salvos: primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, aún el mismo Hijo de Dios, cuya sangre expiatoria y resurrección nos salvó de la muerte física y espiritual que vino por la caída; y además que Dios ha restaurado en la tierra, en estos últimos días, a través del profeta José Smith, su santo sacerdocio con la plenitud del Evangelio eterno, para la salvación de todos los hombres en la tierra. Sin estas verdades el hombre no puede esperar la riqueza de la vida venidera. (Improvement Era, abril 1935, pp. 204-5)

Tenemos un gran modelo, un patrón revelado en el cual se entretejen todas las revelaciones que se han dado en todas las épocas, el cual nos indica cómo se provee la salvación a los hombres en la tierra. Como todos sabemos, estamos aquí en la tierra como los hijos espirituales de Dios, nuestro Padre Celestial. Estamos aquí habitando cuerpos —tabernáculos de barro— para ser probados y examinados y calificados para ver si haríamos las cosas que el Señor nos manda y ordena a sus hijos en general y a cada uno de nosotros en particular. Estamos aquí para ver si creeríamos en la verdad eterna y si cumpliríamos con los principios tan aceptados y aprendidos. Y si creemos y obedecemos, nos las arreglamos para hacer las cosas que nos permitan, primero, para tener paz y alegría y felicidad en esta vida, y en segundo lugar, para tener una recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.

Para todas las edades en las que se ha dado el evangelio, para cada dispensación del evangelio, por cada tiempo en que Dios en su misericordia entrega el plan de salvación a sus hijos en la tierra, sigue un patrón idéntico: él revela dos grandes verdades que se aplican a la dispensación involucradas. Una de estas verdades se aplica a todas las dispensaciones y la otra a la dispensación específica. La verdad de aplicación universal para todos los hombres en todas las edades, desde el padre Adán hasta el último hombre es que la salvación está en Cristo; que él es el Redentor y Salvador de los hombres; que en y a través de su sacrificio expiatorio, y por la sangre que derramó, y la redención que obró, la salvación está disponible para todos los hombres. A causa de Cristo, todos los hombres se levantarán en inmortalidad, y los que creen y obedecen, serán resucitados resucitados a vida eterna en el reino de nuestro Padre.

La inmortalidad, por definición y en su naturaleza, es vivir eternamente con un cuerpo de carne y huesos; es ser resucitado; es tener un cuerpo y un espíritu unidos inseparablemente. La vida eterna, por el contrario, es vivir eternamente en la unidad familiar y, por otro lado, heredar, poseer, y recibir la dignidad, el honor, el poder y la gloria de Dios mismo. Cualquier persona para quien la unidad familiar continúa en la eternidad tendrá vida eterna, y en el transcurso del tiempo adquirirá toda dignidad, honor, gloria, poder, fuerza, y la omnipotencia que el Padre Eterno posee.

La inmortalidad viene a causa del Señor Jesucristo; es un regalo para todos los hombres. La vida eterna se pone a disposición a través del mismo sacrificio expiatorio, y es un don para todos los que obedecen la ley sobre la cual se basa su obtención. Las leyes de la salvación son los mismos para todas las edades. Ellos nunca han variado, y nunca pueden variar. Todo hombre desde Adán hasta la última alma que habite esta tierra debe cumplir precisa y exactamente las mismas cosas y obedecer las mismas leyes con el fin de heredar, recibir y poseer la misma gloria en la eternidad.

La salvación está en Cristo, y para que los hombres crean y obedezca las leyes de Cristo y de la doctrina de Cristo, que comprenden su evangelio eterno deben ser reveladas en cualquier época. Es un requisito universal e invariable. El evangelio no se originó en el meridiano de los tiempos, ni comenzó cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra. Es un evangelio eterno. Se inició en el comienzo, y ha descendido en períodos sucesivos de dispensaciones desde los días de Adán hasta la actualidad, y continuará mientras los hombres estén en la tierra; y siempre y eternamente la salvación estará en Cristo.

Pero necesitamos un revelador del conocimiento de la salvación en cualquier dispensación. Nuestra revelación dice:

«. . . La salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente. . .» (Mosíah 3:18)

Necesitamos que no haya equivocación al respecto. Nuestro afecto, nuestro interés, nuestra preocupación, nuestro amor, nuestra devoción, todo lo que tenemos y todo lo que poseemos se centra en el Señor Jesús; pero, una vez dicho esto afirmativamente e inequívoca y positivamente, llegamos al hecho de que se necesita un revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para cada época de la tierra. Así nos encontramos con una cosa como ésta en nuestras revelaciones:

«José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él. . .» (Doctrinas y Convenios 135:3)

Y por eso, en nuestra dispensación, vinculamos los nombres de Cristo y de José Smith.

Ahora les citaré las palabras de Brigham Young:

¿Quién puede decir en justicia algo contra José Smith? Yo estaba muy familiarizado con él, más que cualquier otro hombre. No creo que su padre y su madre le hayan conocido mejor que yo. No creo que existiera un hombre en la tierra que lo conociera mejor que yo; y me atrevo a decir con excepción de Jesucristo no ha habido y hay mejor hombre sobre en esta tierra que él. Yo soy su testigo. Fue perseguido por la misma razón que cualquier otra persona justa ha sido o está siendo perseguida en la actualidad. (John A. Widtsoe, comp. Discursos de Brigham Young, 2ª ed., pp. 702-3)

Para obtener una visión verdadera; vamos a razonar juntos y averiguar cómo el Señor opera en relación con sus hijos. En primer lugar, leemos en las revelaciones de Abraham acerca de los nobles y grandes en la vida premortal quienes fueron preordenado. A Abraham se le dice que él es uno de ellos. Ellos son señalados como la descendencia del Padre, como espíritus, como almas; y luego el relato dice:

«Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios. . .» Este es el Señor Jesús, el Señor Jehová. Este es el primogénito en el espíritu que, a través de la rectitud y celo y obediencia, se convirtió en «semejante a Dios», es decir como el Padre.

Y él (es decir, Cristo) dijo a los que estaban con él, es decir al ejército de los nobles y grandes, los que habían visto a Abraham: Descendamos (no yo, Jehová, solo, sino los nobles y grandes, los hijos poderosos y valientes de nuestro Padre); Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos; (es decir, las huestes espirituales de los cielos) puedan morar.

Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.” (Abraham 3:24-25)

¿Quiénes formaban parte en aquel gran concilio de la eternidad, de los nobles y grandes que Abraham vio? No hay mucha pregunta en nuestras mentes; ellos eran las personas que fueron preordenados para ministrar a los hombres en este mundo.

Si pensamos un poco sobre el orden de prioridad, de procedencia y jerarquía. Sabemos que el Señor Jesús era el número uno: poderoso, superior, valiente, inteligente sobre todos los demás. Sabemos que un espíritu llamado Miguel era el número dos, y que nació en este mundo como Adán, el primer hombre. Sabemos que un espíritu llamado Gabriel era el tercero en preeminencia, fuerza, y el poder, y que él vino a nosotros como Noé.

Después de eso no podemos especificar y categorizar a los diversos espíritus; pero sí sabemos que el más noble y el más grande y el más poderoso entre ellos estaban ordenados para encabezar las dispensaciones para ser la persona que, por su época y edad y dispensación, iniciaría la propagación de la verdad eterna en la tierra. Sabemos, por ejemplo, con referencia a Moisés, que encabezaba una de estas dispensaciones, que «nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara» (Deuteronomio 34:10) Eso establece un modelo. Sabemos de hombres como Enoc, quien vivió hasta que perfeccionó toda su ciudad y  todo su pueblo,  y  ellos fueron  trasladados  y  llevado  al cielo. Miramos hacia atrás a Abraham y lo consideramos a él como el padre de los fieles y nos alegramos de ser de su descendencia.

Hay un número limitado de poderosos espíritus nobles, que encabezaron sus respectivas dispensaciones. ¿Cuántos no sabemos?; quizá había ocho o diez o veinte, el número no importa. Pero hay un grupo reducido de individuos selectos por inteligencia, fuerza y poder junto al Señor Jehová. En el mismo sentido en que él llegó a ser semejante a Dios, estos individuos elegidos y seleccionados están destinados a dirigir su obra a lo largo de las épocas para ser semejantes a Cristo.

Al analizar la importancia relativa de estos individuos, sin conocer los detalles, se puede concluir que si un hombre nace en estos tiempos modernos para encabezar esta dispensación, es semejante a Adán, Moisés, al igual que a Abraham, o Cristo; en otras palabras, era uno de los diez o veinte espíritus más nobles y grandes que, hasta este momento, habían nacido en la mortalidad. Él y las huestes que con él llevaron a cabo sus proyectos creativos para traer a esta tierra a la existencia, él y sus compañeros encabezaron los períodos de tiempo en que la verdad eterna vino a los hijos de los hombres.

Esa es la forma en que clasificamos y colocamos al profeta José Smith: es uno de los grandes cabezas de dispensación, y una cabeza de dispensación es un revelador para su época y conocimiento de Cristo y de la salvación. Por lo tanto, los otros profetas de esta dispensación están asociados con él y los que vienen después de él, sostienen su obra y dan testimonio de él, se convierten en testigos de que él, Él principal profeta de su época, reveló al Señor Jesús y por lo tanto ha puesto la salvación a disposición.

Esto significa que en una reunión de testimonios en nuestro día vinculamos el nombre de José Smith con el de Jesucristo. Nos levantamos y decimos: «Yo sé que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo». Y en la siguiente respiración decimos: «Yo sé que José Smith, hijo, fue elegido, nombrado, ungido, y llamado como profeta de Dios para esta época con el fin de revelar a Cristo y para revelar la salvación. «Somos testigos de Cristo, y damos testimonio de José Smith.»

Esa es la forma en que ha sido desde el principio. Siempre ha habido reuniones de testimonio. Si hubiésemos vivido en los días de Adán y nos hubiésemos reunido para adorar al Señor, el Espíritu habría descansado poderosamente sobre nosotros en esas ocasiones y nos hubiera dicho: «Yo sé que la salvación está en Cristo que ha de venir, y sé que Adán, nuestro padre, es un administrador legal que tiene las llaves y poderes y autoridad, y que él es el revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para los hombres en la tierra».

Si hubiésemos vivido en los días de Enoc, habríamos planteado en nuestras reuniones de testimonio y diríamos: «Doy testimonio de Cristo, y doy testimonio de Enoc quien reveló a Cristo, y automáticamente Creo también en Adán, quien vino antes.» Ese patrón que también se ha seguido en los días de Noé, en los días de Abraham, en los días de Melquisedec, y en todas las épocas en que la verdad eterna ha sido revelada. Siempre hemos vinculado el nombre de Cristo al nombre de cabeza de dispensación, y automáticamente creeremos en todos los profetas que han venido antes.

No podemos suponer por un momento que sería posible para alguien que vivió en los días del Señor Jesús y que crea que él es el hijo de Dios y, sin embargo pueda rechazar el testimonio de Pedro, Santiago y Juan. Eso es una imposibilidad filosófica. Si hubiéramos vivido en ese día no habría sido posible decir: «Bueno, voy a creer en Cristo; pero no voy a creer en Pedro, Santiago y Juan, sus apóstoles, quienes lo han revelado a mí y que han dado testimonio de su origen divino.» El Señor y sus profetas siempre van de la mano. Con esto en mente permítanme leer estas palabras de Brigham Young:

Todo aquel que confiesa que José Smith fue enviado de Dios para revelar el santo Evangelio a los hijos de los hombres, y sentar las bases para el recogimiento de Israel, y la edificación del reino de Dios en la tierra, que el espíritu es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Dios envió a José Smith, y reveló el Evangelio eterno por y a través de él, es del Anticristo, no importa si se encuentra en un púlpito o en un trono. (JD 8:176-77)

Teniendo estos conceptos y estas expresiones en mente, voy a leerle algunos pasajes dados y pronunciados por el Señor Jesús, en la que se asocia a sí mismo con Juan el Bautista. Fuera de estos pasajes tendremos una afirmación y una reafirmación de la verdad y el concepto de que Cristo y sus profetas van de la mano, que no es posible creer en uno sin creer en el otro, y que al rechazar a los profetas rechazamos al mismo Cristo. Jesús dijo esto:

Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero. Porque yo no soy el único, hay otro que da testimonio de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero.

Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él también dio testimonio de la verdad.

Y él no recibió su testimonio de varón, sino de Dios, y vosotros mismos decís que él es un profeta, por lo tanto, debéis recibir su testimonio. (Juan 5: 32-35; Traducción de José Smith de la Biblia, en adelante citado como JST; todas las referencias bíblicas sin esta notación provienen de la versión King James)

Juan dio un persuasivo y poderoso testimonio como lo conocemos o encontramos en cualquier registro escrito. En las ocasiones en que Cristo los visitó cerca de Betábara, cuando bautizaba en el Jordán, él dijo:

«. . . ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1:29, 36)

Eso fue simplemente una declaración de texto o un encabezado para largos discursos  que, obviamente, predicó acerca de su origen divino. En una ocasión Juan dijo esto, y es tan contundente y tan claro como cualquier testimonio:

«El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.» (Juan 3:36)

Juan dijo, en efecto: «Este es Jesús; él es el Hijo de Dios.» No había manera posible de creer que Juan era un profeta y rechazar al Señor Jesús. Al aceptar a uno se acepta al otro. Jesús dijo:

Juan vino a vosotros en el camino de la justicia, y dio testimonio de mí, y vosotros no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, aunque visteis esto, no os arrepintis, después de creerle.

Porque el que no cree en Juan acerca de mí, no me puede creer, sin que primero se arrepienta.

Y si no os arrepentís, la predicación de Juan os condenará en el día del juicio.  (Mateo 21: 32-34; JST)

Podríamos recitar otra vez, parafraseando el idioma, y aplicarlo a José Smith y nuestra situación actual.

He aquí otro pasaje:

Entonces le dijeron los fariseos: ¿Por qué no nos recibís con nuestro bautismo, ya que nosotros guardamos toda la ley?

Pero Jesús les dijo: Vosotros no guardaís la ley. Si habíeraís guardado la ley, me hubierais recibido, porque yo soy el que dio la ley.

Yo no os recibiré con vuestro bautismo, porque no os aprovecha en nada. Porque  cuando venga lo que nuevo, lo viejo estará listo para ser desechado. (Mateo 9:18-21; JST)

Tras esas expresiones que nos son tan familiares, como la de poner vino nuevo en odres viejos. En otras palabras, tenemos una nueva revelación en nuestros días en una nueva iglesia, al igual como se encontraba en el meridiano de los tiempos.

Y algunos de ellos llegaron al él, diciendo: Maestro bueno, tenemos a Moisés y a los profetas, y todo aquel que vive por ellos.

Y Jesús respondió diciendo: Vosotros no sabéis de Moisés, ni de los profetas; por que si los hubierais conocido, hubierais creído en mí; por que de mí escribieron. Por que he venido para que tengáis vida. (Lucas 14:35- 36; JST)

El principio de que el Señor y sus profetas van de la mano es glorioso. Estas son algunas de las palabras que escribí sobre este tema en una ocasión.

Estas son algunas palabras que he escrito sobre este tema.

Somos hijos de Abraham, los Judios dijeron a Yavé;
seguiremos a nuestro Padre, heredaremos su tesoro.
Pero a partir de Jesús, nuestro Señor, vino la renovación:
sois los hijos de él, quienes están dispuestos a obedecererle,
si sois descendencia de Abraham, deberiaís andar en su camino,
y escapar de las fuertes cadenas del padre de la ira.

Tenemos a Moisés el vidente y a los profetas de la antigüedad;
cuyas palabras debemos atesorar como la plata y el oro.

Pero a partir de Jesús nuestro Señor, se oyó la voz aleccionadora;
Si a Moisés os volveís, prestad atención a su palabra;
sólo entonces podrís esperar recompensas de gran valor,
pues él habló de mi venida y labor en la tierra.

Tenemos Pedro y Pablo, y seguimos sus pasos, verdareros ceyentes,
pero el que habla es el señor de vivos y muertos:

En las manos de estos profetas, esos maestros y videntes,
que permanecen en su día y les he dado las llaves;
A ellos debéis volveros, para el favor Eterno.

Con estos principios en mente, vamos a estar atentos y de manera muy consciente de su aplicación a José Smith. Una de nuestras revelaciones dice en las palabras del Señor Jesús, dirigiéndose a José Smith «. . . Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (Doctrinas y Convenios 5:10) Creo que Él hizo esa declaración, ya sea en esas palabras literales o en el contenido de pensamiento, de todas las cabezas dispensación se ha habido. Creo que dijo a Enoc, Moisés, Abraham, y, en principio, a todos: «Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» Alguien tiene que revelar la verdad eterna, y estos hermanos que he mencionado son los que el Señor dio esa obligación.

Por lo tanto, nos encontramos con directrices como ésta, pronunciadas por el Señor a la Iglesia inmediatamente después de su organización en el sexto día de abril en 1830. Él está hablando de José Smith:

“Por tanto, vosotros, es decir, la iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad”

“Porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.” (Esto establece una cabeza de dispensación, aparte de todos los otros profetas. Aquí está la posterior declaración de él)

“Porque he aquí, bendeciré con poderosa bendición a todos los que obraren en mi viña, y creerán en sus palabras que por mi conducto le son dadas por el Consolador, el cual manifiesta que Jesús fue crucificado por hombres inicuos, por los pecados del mundo, sí, para la remisión de pecados al de corazón contrito.” (Doctrinas y Convenios 21:4- 5, 9)

¿Cuál es la medida de nuestro discipulado? ¿Cómo medimos y probamos la firmeza con la que nos arraigamos a la fe restaurada? Creo que una de las grandes pruebas es el grado y alcance, el fervor y sinceridad, la devoción y la fe verdadera que le damos a las palabras que salieron del profeta José Smith. He aquí un hombre que, en primer lugar, nos dio el Libro de Mormón, que es un relato de los tratos de Dios con un pueblo que tenía la plenitud del Evangelio, que da testimonio de Cristo, que relata con sencillez y en simpleza las verdades básicas y fundamentales que los hombres deben creer para ser salvos. Aquí está un hombre que dio un libro de incomparable valor de sus palabras, como si fuera para nosotros, por lo menos, ya que fue a través de él que vinieron. Aquí está un hombre que nos dio las revelaciones en Doctrina y Convenios —revelaciones que hablan en primera persona, como el mismo Señor Jesús estuviera hablando por su voz y boca, pero a través de los labios de José Smith— un volumen de la verdad revelada que Dios Todopoderoso habla a través de su profeta.

Aquí están las palabras que el Profeta nos dio en la Perla de Gran Precio, el libro de Moisés está tomado de la traducción de José Smith de las Escrituras y el Libro de Abraham que fue traducido de papiros. Aquí están las palabras de la traducción inspirada de José Smith, si palabras que vienen de Dios por el poder profético. Aquí hay sermones majestuosos, sermones maravillosos que narran la mente y la voluntad y el plan y los propósitos de Dios a los hombres en la tierra —por ejemplo el sermón Follet del que el presidente Kimball citó copiosamente en el funeral del hermano Stapley recientemente.

Hablamos de juzgar a un hombre por sus frutos y uno de los grandes frutos de José Smith son las palabras que habló, las palabras que escribió, el mensaje de inspiración que nos dio. Sugiero que una medida de discipulado, una norma de juicio mediante la cual podemos decir cuán firmemente estamos anclados en la fe del Señor, es la forma sincera y total en que creemos en las palabras que han llegado a través del profeta  José Smith. Obviamente en consecuencia tenemos una obligación y una necesidad de atesorar estas palabras, para buscar estas verdades, para aprender lo que son, y luego hacerlos una parte viva de nosotros.

Damos testimonio de Cristo, y lo hacemos con todo el fervor y convicción y el poder de toda nuestra alma, luchando y trabajando para hacerlo por el poder del Espíritu Santo; y como nuestras voces se hacen eco de la verdad eterna de que Cristo es el Señor, decimos también que José Smith es un profeta de Dios, un administrador legal que recibió poder de Dios, llaves y autoridad para que pudiera atar en la tierra y sellar eternamente en los cielos. Aquí, decimos, es Joseph Smith, un revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para nuestros días. Vinculamos nuestras voces en un gran testimonio de la verdad eterna; y la razón nos da el poder para dar testimonio de Cristo, a través de quien viene la salvación, es que José Smith, el Profeta y Vidente del Señor para nuestro día y en nuestros días, ha recibido la verdad eterna, ha dado testimonio, ha dado la revelación, ha sentado las bases.

Brigham Young dijo una vez: «Tengo ganas de gritar Aleluya, todo el tiempo, cuando pienso que pude conocer a José Smith» (Discourses of Brigham Young, pág 458.); y así es como debe ser, porque la salvación está en Cristo y la salvación está disponible porque José Smith reveló a Cristo al mundo. El mundo tampoco acepta el testimonio y cree en los profetas del Señor, y sigue su propio camino, se arriesga y pierde la esperanza de la salvación eterna. Uno debe creer en Adán y Cristo, si vive en aquel día; o en Abraham y Cristo, si vive en aquel día; o en Moisés y Cristo si viven a continuación; o, en nuestros días, en José Smith y en Jesucristo, al clamar «Hosanna» y «Aleluya» y «¡Alabado sea el Señor!» siempre y cuando sus nombres son mencionados por el poder del Espíritu Santo.

Estoy agradecido más allá de cualquier medida de expresión y en mi alma descansa la absoluta convicción, de que Jesús es el Señor. Lo sé mejor que nada en este mundo. En ese mismo sentido con certeza inquebrantable, absoluta y pura, y conocimiento revelado. Sé que José Smith, hijo, quien encabezó esta dispensación, como el profeta del Señor para nuestro día y nuestro tiempo; y que, como él afirmó, vio en la primavera de 1820 al Padre y al Hijo; y que, al igual que la afirmación de las revelaciones y las verdades que salieron de sus labios son la voz y la mente y voluntad y propósitos del Señor para mí y para todos los hombres de nuestros días.

Ruego a Dios nuestro Padre para que seamos valientes y verídicos, para que podamos permanecer y ser valientes en el testimonio de Cristo, porque la salvación está en Cristo y en ningún otro, y que podamos tener el mismo fervor y la misma devoción al vincular el poderoso y noble cabeza de nuestra dispensación con el nombre del propio Salvador.

Esto lo hago a través de la doctrina y por medio del testimonio en esta ocasión en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Jesucristo, y a este crucificado

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 5 de septiembre 1976. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_jesus-christ-crucified/.

Jesucristo, y a este crucificado

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Nos hemos reunido aquí esta noche en el espíritu de adoración y gratitud y acción de gracias, con el deseo, creo yo, de ser alimentados con el pan de vida, para tener la orientación y ser edificados, por la influencia edificante del Espíritu Santo. Necesitamos mucho ser guiado. Si puedo ser guiado por el poder del Espíritu Santo, lo que diré será lo que el Señor quiere que diga; sería lo que él diría si estuviera personalmente aquí. Será la mente y la voluntad y la voz del Señor y el poder de Dios para salvación. Y si cada uno de ustedes puede tener ese mismo Espíritu que descansa sobre ustedes, entonces ustedes tendrán un ardor en su pecho y sentirá en su alma el testimonio de que las verdades enseñadas son verdaderas y justas, y que, si vivimos nuestras vidas de acuerdo a ellas, vamos a estar avanzando a lo largo del camino que conduce a la vida eterna en el reino de nuestro Padre.

Ahora, he dejado mi mente libre, esperando que la inspiración adecuada fuese dada, pero he pensado que si soy guiado, tomaré esta frase que Pablo escribió y la utilizaré como un tema o un texto. Él dijo: «. . . Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Corintios 2:2). Esto, entonces, es mi tema: Jesucristo, y a éste crucificado.

Para preparar el terreno y sentar una base para lo que apropiadamente podría decir sobre este tema, leeré tres citas. Uno es de Doctrina y Convenios; en ella, el Señor dice:

“Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz.” (Doctrinas y Convenios 19:23)

La segunda escritura es de Nefi, en el Libro de Mormón:

“. . . Creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos.

Y hablamos de Cristo, nos regocijamos  en  Cristo,  predicamos  de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados.”

“. . . Creer en Cristo y no negarlo; y Cristo es el Santo de Israel; por tanto, debéis inclinaros ante él y adorarlo con todo vuestro poder, mente y fuerza, y con toda vuestra alma; y si hacéis esto, de ninguna manera seréis desechados.”  (2 Nefi 25:23, 26, 29)

La tercera cita, del profeta José Smith, nos da información que se enteró por la traducción del papiro, una parte de la cual se publicó como libro de Abraham.

Antes de la organización de esta tierra, tres Personajes hicieron un convenio eterno, que se relaciona con lo que dispensan a los hombres en la tierra; estos Personajes, según los anales de Abrahán, se llaman Dios el primero, el Creador; Dios el segundo, el Redentor; y Dios el tercero, el Testigo o Testador. —M.S.S. (Mayo 16 de 1841.) (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 105)

Ahora, somos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hemos tomado sobre nosotros su nombre en las aguas del bautismo. Renovamos el pacto en el mismo hecho cuando participamos de la Santa Cena. Si hemos nacido de nuevo, nos hemos convertido en los hijos e hijas del Señor Jesucristo. Somos miembros de su familia. Estamos obligados y esperábamos vivir según los estándares de la familia. Debido a que la pertenencia a la familia, y la estrecha asociación, tenemos el privilegio a una asociación íntima con él. Se nos ha dado el don del Espíritu Santo, que es la compañía constante de ese miembro de la Trinidad basado en la fidelidad. Y que el Espíritu Santo tiene como una de sus misiones principales darnos testimonio del Padre y del Hijo, y nos revela, de manera que no puede ser controvertido o cuestionado, su origen divino y las gloriosas verdades que se encuentran en él.

La salvación está en Cristo. Nos hemos apartado de la generalidad de la humanidad y nos hemos convertido en sus testigos. Y así, esta noche, si podemos ser guiados correctamente, y tener todos nuestros pensamientos y atenciones centrados en esta materia, por lo que seremos edificados mutuamente, voy a llamar la atención sobre algunas de las grandes realidades, básicas en el esquema eterno de las cosas. Y como veremos, todas estas cosas, por lo que ahora estamos preocupados, se centran en el Señor Jesucristo.

La verdad y la herejía Sobre la Trinidad

Ahora, para empezar, comenzaremos con Dios, nuestro Padre Celestial, aquí está el nombre de Dios el primero, el Creador. Y tenemos que entender que él es una persona santa, perfecta y sublime; que él es un ser en cuya imagen el hombre ha sido creado; que tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; y que somos, literalmente, somos sus hijos espirituales, siendo el Señor Jesús, el primogénito. Sugiero que la verdad más grande en toda la eternidad, sin excepción, es que hay un Dios en el cielo que es un ser personal, a cuya imagen el hombre está hecho, y que somos sus hijos espirituales. Debemos construir sobre la base de esta roca antes de cualquier progresión que siempre comienza en el reino espiritual. En primer lugar, creemos en Dios, nuestro Padre Celestial.

Sugiero también que la mayor herejía que nunca fue ideada por un poder maligno es la herejía que define la naturaleza y clase de ser que Dios es como una esencia espiritual que llena la inmensidad; como un ser sin cuerpo, partes o pasiones; como algo que es incomprensible, no creado, e incognoscible. La verdad más grande es Dios; la mayor herejía es la doctrina que recita lo contrario de la verdad en cuanto a la persona de Dios.

Sugiero que la segunda mayor verdad en toda la eternidad es que Cristo nuestro Señor es el Redentor; que él fue preordenado en los consejos de la eternidad para venir aquí y llevar a cabo el sacrificio expiatorio infinito y eterno; que a causa de lo que hizo hemos sido rescatados de los efectos de la muerte temporal y espiritual que vino al mundo por la caída de Adán. A causa de lo que hizo, que todos nosotros ganaremos la inmortalidad, lo que significa que vamos a resucitar. Y todos nosotros tenemos la esperanza, el potencial, la posibilidad, para ganar la vida eterna, además de la inmortalidad, lo que significa que podemos llegar a ser como Dios, nuestro Padre Celestial. Esa es la segunda verdad más grande en toda la eternidad.

La segunda mayor herejía en toda la eternidad es la doctrina que niega el origen divino, que establece un sistema que dice que somos salvos por gracia solamente, sin esfuerzos y sin trabajo de nuestra parte.

Ahora sugiero, conforme con lo que dijo el Profeta de Dios el tercero, que es el testigo o testador, que la tercera verdad más grande en toda la eternidad es que el Espíritu Santo de Dios, es un personaje de espíritu, un miembro de la Trinidad, tiene poder para revelar la verdad eterna en el corazón y el alma y la mente del hombre. Y esa revelación es conocida primero como un testimonio, y luego conocida como la recepción general de la verdad en el campo espiritual que el testimonio es la gran cosa que el hombre necesita para llevarlo en un curso de regreso a nuestro Padre en el cielo.

Dado que es la tercera más grande verdad en toda la eternidad, se deduce de que la tercera más grande y más grave herejía en toda la eternidad es la doctrina que niega que el Espíritu Santo de Dios revela la verdad al alma humana, y que niega que hay dones del espíritu, que hay milagros y poderes y gracias y las cosas buenas que el Señor por su Espíritu derrama sobre los mortales.

Debemos tener en nuestros corazones un sentimiento desbordante de gratitud y acción de gracias. Alabamos al Señor, nuestro Dios, es decir, el Padre, porque él nos ha creado. Si él no nos hubiera  creado,  no existiríamos; tampoco existiría la tierra, ni los cielos siderales, o el universo, o cualquier otra cosa. Si no hubiera habido un Dios eterno no habría creación, no habría nada. Y porque existimos, debemos tener en nuestras almas un grado infinito de gratitud y acción de gracias a Dios, nuestro Padre Celestial.

Ahora, en segundo lugar, debemos tener un grado infinito de gratitud y agradecimiento a Cristo el Señor, porque él llevó a cabo el sacrificio expiatorio infinito y eterno y puso en funcionamiento los términos y condiciones del plan del Padre. Si no hubiera habido expiación de Cristo, no habría resurrección. Y si no hubiese habido expiación de Cristo, no habría vida eterna, y por lo tanto nuestros cuerpos habrían permanecido para siempre en el polvo y nuestros espíritus habrían sido  eternamente desechados de la presencia de Dios, y habríamos llegado a ser como el diablo y sus ángeles. Lo que estoy diciendo es que, a través del sacrificio expiatorio del Señor Jesús, el plan del Padre entró en vigor. Sus términos y condiciones se pusieron en vigor; se les dio eficacia y validez. Y así debemos regocijarnos y tener acción de gracias y gratitud en nuestras almas para con el Señor Jesús, que nos redimió.

Ahora, en tercer lugar, en virtud de la obediencia a las leyes que han sido ordenadas y al convertirnos en limpio y puro, porque el Espíritu no morará en un tabernáculo impuro, estamos en condiciones de recibir la revelación por el poder del Espíritu Santo. Una vez que estamos en sintonía, entonces nos convertimos en parte de la familia del Señor Jesús. Nosotros participamos del mismo espíritu que él posee; empezamos a creer como él cree, actuamos como él actuó, y hablaremos como él habla. Como consecuencia de ello, nos ponemos en una posición de ganar la gloria y la vida eterna con él. Y así, en tercer lugar, nos regocijamos en lo que ha llegado a nosotros por el poder del Espíritu Santo, y de nuevo, una gratitud infinita cuando se trate de esas cosas.

El Plan de Salvación

Dios, nuestro Padre Celestial ordenó y estableció el plan de salvación. José Smith lo expresó con estas palabras. Él dijo:

«. . . Dios, hallándose en medio de espíritus y gloria, porque era más inteligente, consideró propio instituir leyes por medio de las cuales los demás podrían tener el privilegio de avanzar como El lo había hecho.» (Enseñanzas del Profeta José Smith,  p. 195)

Dios es exaltado, omnipotente y eterno; tiene todo el poder, toda la fuerza y todo el dominio. Él vive en la unidad familiar y el nombre de la clase de vida que él vive es la vida eterna. Si avanzamos y progresamos llegaremos a ser como él, entonces nos convertiremos, como Cristo, en herederos de la vida eterna en el reino de Dios. Ese es nuestro objetivo y nuestra meta. Por lo tanto no es esto lo que Pablo llama «el evangelio de Dios», es decir que el Padre ordenó y estableció el plan de salvación. Pero entonces Pablo dice: «Acerca de su Hijo que era del linaje de David según la carne» (Romanos 1: 3), lo que significa que Cristo adoptó el plan del Padre. Él lo hizo suyo. Él se abrazó a el. Se convirtió en el defensor de la salvación, el líder en la causa de la salvación, todo porque él fue elegido para nacer en el mundo como el Hijo de Dios.

Todo esto era conocido, enseñado y entendido en las grandes eternidades. Todos hemos escuchado el evangelio. Sabíamos sus términos y condiciones. Sabíamos lo que iba a estar involucrado en esta probación terrenal. Sabíamos que había que venir aquí y obtener un cuerpo mortal como un paso hacia la obtención de un cuerpo inmortal, uno de carne y huesos. Sabíamos que cuando viniéramos aquí tendríamos que ser probados y examinados. Necesitaríamos someternos a las experiencias y pruebas una vez que estuviéramos fuera de la presencia de Dios, ahora caminamos por fe y no por vista, cuando el espíritu se encuentra en un tabernáculo de barro y sujeto a las pasiones y los apetitos y las pasiones de la mortalidad. Esto es lo que todos sabíamos. Y entonces nuestro Padre envió el gran decreto a través de los consejos de la eternidad, «¿A quién enviaré, para llevar a cabo el sacrificio expiatorio infinito y eterno, para nacer en la mortalidad con el poder de la inmortalidad, para heredar de mí el poder de llevar a cabo el sacrificio expiatorio infinito y eterno? «Él consiguió dos voluntarios. Cristo, el Señor dijo: «Padre, hágase tu voluntad» (Moisés 4: 1-3). Es decir, «descenderé y haré lo que tú has ordenado y me sacrificaré. Voy a ser el cordero inmolado desde la fundación del mundo. «Lucifer quería modificar el plan del Padre tan radicalmente que casi podríamos decir que ofreció un nuevo sistema de salvación. Quería negar a todos los hombres su albedrío, para salvar a todos los hombres y, a cambio, recibir el poder y la dignidad y la gloria del Padre. Quería tomar el lugar del Padre. A continuación, la decisión fue tomada: «Voy a enviar al primero.»

El plan se puso en funcionamiento. Parte de ello fue la creación de esta tierra. Luego vino su poblamiento. Somos todos hijos e hijas de nuestro padre  Adán; todos  nosotros  somos  seres   eternos,   hijos   de   la Deidad. Nuestros cuerpos mortales se han hecho del polvo de la tierra. Estamos aquí, con cuerpos mortales, siendo examinados y probados para ver si vamos a caminar en integridad y guardar los mandamientos.

Ahora, nuestra primera obligación es creer en Cristo y aceptarlo literal, completa y totalmente por lo que él es. Creemos en Cristo cuando creemos en la doctrina que él enseña, en las palabras que él habla, el mensaje que proclama. Cuando él vino en la carne como el hijo de María, el relato dice que «anduvo. . . predicando el evangelio del reino » (Mateo 9:35), lo que significa que su mensaje era una revelación del plan de salvación para las personas en ese día, de las cosas que tenían que hacer para vencer al mundo, para perfeccionar sus vidas, y para tener derecho a volver con él a la presencia del Padre eterno.

Así, en primer lugar, creemos en Cristo. Y la prueba de si creemos en él es si creemos sus palabras y si creemos que él ha enviado a apóstoles y profetas en todas las edades. Y luego, después de haber creído, tenemos la obligación de ajustarnos a las verdades que hemos aprendido. Si nosotros comenzamos a crecer en gracias espirituales. Añadimos a nuestra fe virtud, y a la virtud ciencia, y a la ciencia templanza, la paciencia y la piedad y todos los demás atributos y características que se escriben en las revelaciones (2 Pedro 1:5-7). Así paso a paso y grado a grado empezamos a ser como Dios, nuestro Padre Celestial.

Nosotros no labramos nuestra salvación en un momento; no viene a nosotros en un instante, de repente. Ganar la salvación es un proceso. Pablo dice: «. . . Labrad vuestra salvación con temor y temblor» (Filipenses 2:12). Para algunos miembros de la Iglesia que habían sido bautizados y que se encontraban en el curso que lleva a la vida eterna, él dijo: «. . . Ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.» (Romanos 13:11). Es decir, «Hemos hecho algunos progresos a lo largo del camino recto y estrecho. Vamos hacia adelante, y si seguimos en esa dirección, la vida eterna será nuestra recompensa eterna».

Empezamos en la dirección de la vida eterna cuando nos unimos a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Entramos en una puerta, y el nombre de la puerta es el arrepentimiento y el bautismo. De esta manera conseguimos un camino, y el nombre de la ruta es el camino recto y estrecho. Y luego, si perseveramos hasta el final, es decir, si guardamos los mandamientos de Dios después del bautismo, subimos ese camino recto y estrecho, y en su extremo una recompensa que se denomina la  vida eterna. Todo esto está disponible mediante el sacrificio expiatorio de Cristo. Si no hubiera venido, no tendríamos ninguna esperanza o ninguna posibilidad en ningún caso, ya sea para ser resucitado o para tener la vida eterna. La salvación viene por la misericordia y el amor y la condescendencia de Dios. En otras palabras, se trata por la gracia de Dios, lo que significa que nuestro Señor lo puso a disposición. Pero él ya ha hecho su trabajo, ahora tenemos que hacer el nuestro; y tenemos la obligación de perseverar hasta el fin, de guardar los mandamientos, para trabajar en nuestra salvación, y en eso estamos en la iglesia y reino de Dios en la tierra.

El proceso de alcanzar la Vida Eterna

Decimos que un hombre tiene que nacer de nuevo, lo que significa que él tiene que morir como perteneciente a las cosas injustas en el mundo. Pablo dijo: «. . .Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho. . .» (Romanos 6: 6). Nacemos de nuevo cuando morimos como pertenecientes a la injusticia y cuando vivimos como perteneciente a las cosas del Espíritu. Pero eso no sucede en  un  instante. Eso  también  es  un proceso. Nacer de nuevo es algo gradual, salvo en algunos casos aislados que son tan milagrosos que se escriben en las Escrituras. En lo que a la generalidad de los miembros de la Iglesia están preocupados, nacemos de nuevo poco a poco, y nacemos de nuevo a la luz añadiendo y agregando conocimiento y deseos de justicia como guardamos los mandamientos.

Lo mismo es cierto de ser santificados. Los que van al reino de los cielos tienen que ser santificado, es decir, que se convierten en limpio y puro y sin mancha. Han quemado el mal y el pecado y la iniquidad de sus almas, como por fuego, y la expresión figurativa dice; «el bautismo de fuego.» Una vez más se trata de un proceso. Nadie es santificado en un instante, de repente. Pero si guardamos los mandamientos y seguimos adelante con firmeza después del bautismo, a continuación, grado a grado y paso a paso santificamos nuestras almas hasta ese día glorioso cuando estamos calificados para ir a donde Dios y los ángeles están.

Lo mismo ocurre con el plan de salvación. Tenemos que ser perfectos para ser salvos en el reino celestial. Pero nadie llega  a  ser  perfecto  en  esta vida. Sólo el Señor Jesús ha alcanzado ese estado, y tenía una ventaja que ninguno de nosotros tiene. Él era el Hijo de Dios, y él vino a esta vida con una capacidad espiritual y un talento y una herencia que superó más allá de toda comprensión lo que cualquiera del resto de nosotros. Nuestras revelaciones dicen que era semejante a Dios en la vida premortal y él fue, bajo el Padre, el creador de mundos sin número. Ese Santo Ser fue el Santo de Israel en la antigüedad y él es Sin Pecado en la mortalidad. Él vivió una vida perfecta, y puso el ejemplo ideal. Esto demuestra que podemos esforzarnos y seguir adelante hacia ese objetivo, pero ningún otro mortal, ni los más grandes profetas, ni los apóstoles más poderosos ni ninguno de los santos justos de cualquiera de las edades, ha sido alguna vez perfecto, pero tenemos que ser perfectos para ganar una herencia celestial. Como sucede al nacer de nuevo, y como es el santificar nuestras almas, para llegar a ser perfecto en Cristo es un proceso.

Si empezamos a guardar los mandamientos hoy, y nos los guardamos mañana, y vamos de gracia en gracia, peldaños a peldaño, y así mejoramos y perfeccionamos nuestras almas. Podemos llegar a ser perfecto en algunas cosas de menor importancia. Podemos ser perfecto en el pago del diezmo. Si pagamos una décima parte de nuestro interés anualmente a los fondos de diezmos de la Iglesia, si lo hacemos año tras año, con el deseo de hacerlo, y no teniendo la intención de retenerlo, y si lo haríamos, independientemente de lo que surja en nuestras vidas, entonces en esa cosa somos perfectos. Y en esa cosa y en esa medida estamos viviendo la ley, así como Moroni o los ángeles del cielo pudieron vivirla. Y así de grado en grado y paso a paso comenzamos en el curso a la perfección con el objetivo de llegar a ser perfecto como Dios, nuestro Padre Celestial es perfecto, nos convertimos eventualidad en herederos de la vida eterna en su reino.

Como miembros de la Iglesia, si trazamos un curso que lleva a la vida eterna; si comenzamos el proceso de renacimiento espiritual, y vamos en la dirección correcta; si trazamos un curso de santificar nuestras almas,  y grado tras grado vamos en esa dirección; y si trazamos un curso de perfeccionarnos, y paso a paso y etapa por etapa, estamos perfeccionando nuestras almas mediante la superación del mundo, entonces vamos a ganar la vida eterna. A pesar de que tenemos el renacimiento espiritual delante de nosotros, la perfección delante de nosotros, el grado completo de la santificación por delante de nosotros, si trazamos un curso y seguimos lo mejor de nuestra capacidad en esta vida, entonces cuando pasemos de esta vida vamos a seguir exactamente el mismo curso. Vamos a ya no estar sujeto a las pasiones y los apetitos de la carne. Habremos superado con éxito las pruebas de esta probación terrenal y a su debido tiempo vamos a conseguir la plenitud del reino de nuestro Padre, y eso significa la vida eterna en su presencia.

El profeta dijo que hay muchas cosas que la gente tiene que hacer, incluso después de la muerte, para labrar su salvación. No vamos a ser perfecto en el momento en que morimos. Pero si nos hemos trazado un curso, si nuestros deseos son correctos, si nuestros apetitos se reducen y si creemos en el Señor y estamos haciendo lo mejor de nuestras habilidades y de lo que debemos hacer, vamos a ganar la salvación eterna, que es la plenitud de la recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.

Esperanza y regocijo

Creo  que  debemos  tener  esperanza; Creo  que  debemos   tener regocijo. Podemos hablar de los principios de salvación y decir cuántos son y cómo la gente tiene que cumplir con estos estándares. Y puede parecer de ese modo duro y difícil y más allá de la capacidad de los mortales. Pero no tenemos que tomar ese enfoque. Debemos darnos cuenta de que tenemos los mismos apetitos y pasiones que todos los santos justos tenían en las dispensaciones que nos han precedido. Ellos no eran diferentes de lo que somos. Superaron la carne. Ganaron el conocimiento de Dios. Ellos entendieron acerca de Cristo y la salvación. Tenían las revelaciones del Espíritu Santo para sus almas del origen divino de Cristo y del ministerio profético de los profetas que ministraron entre ellos. Y como consecuencia labraron su salvación.

De vez en cuando en la perspectiva global alguien vino y a lo largo de lo que vivió se tradujo en que fue trasladado, pero eso no es todo para nuestro día y generación. Cuando morimos nuestra obligación es entrar en el mundo espiritual y continuar predicando el evangelio allí. Así, en cuanto a las personas que viven ahora están preocupados, nuestra obligación es creer en la verdad, y vivir la verdad, y trazar un camino a la vida eterna. Y si lo hacemos, tenemos la paz y la alegría y la felicidad en esta vida; y, cuando vamos a los reinos eternos, seguimos trabajando en la causa de la justicia. Y no vamos a fallar. Vamos a ganar la recompensa eterna.

El profeta José Smith dijo que ningún hombre puede cometer el pecado imperdonable después de que él se aparta de esta vida. Por supuesto que no; eso es parte de la prueba de esta probación terrenal. Y en esa misma base, cualquiera que esté viviendo con rectitud y tiene la integridad y devoción, si él está haciendo todo lo que pueda aquí, entonces cuando abandone este ámbito va a entrar en el paraíso de Dios y tendrá el descanso y la paz, es decir, descanso y paz en cuanto a los problemas y disturbios y vicisitudes y angustias de esta vida se refiere. Pero él va a continuar con el trabajo y el trabajo en la obra del Señor, y con el tiempo va a venir la resurrección de los justos. Él va a tener un cuerpo inmortal, lo que significa que el cuerpo y el espíritu se reunirán inseparablemente. Esa alma nunca volverá a ver la corrupción. Nunca más habrá muerte, pero lo que es igual de glorioso, o más aún, que el alma va a pasar a la vida eterna en el reino de Dios. Y la vida eterna significa la continuación de la unidad familiar. La vida eterna significa heredar, recibir y poseer la plenitud del Padre, el poder y la fuerza y la capacidad creativa y de todo lo que le ha permitió crear mundos sin número y ser el progenitor de un número infinito de espíritu.

Ahora, realmente no podemos concebir cuán gloriosa y maravillosa son todas estas cosas. Podemos vislumbrar algunas; podemos obtener un poco de comprensión. Sabemos que están disponibles porque Dios el Creador estableció el plan de salvación. Sabemos que están disponibles porque Dios el Redentor los puso en vigor y se entregó a la eficacia y validez en todos los términos y condiciones de ese plan eterno. Y sabemos que pueden ser revelados y conocidos por nosotros, porque Dios el testigo o testador da testimonio, certifica, da testimonio al espíritu que está dentro de nosotros de una manera que no puede ser controvertida, que las cosas de las que hablamos son ciertas.

La Crucifixión

Ahora me gustaría hablar de Jesucristo, y a éste crucificado, de la expiación del Señor. La Expiación fue elaborada en un jardín fuera de las murallas de Jerusalén, un jardín llamado Getsemaní. Se llevó a cabo de una manera que está más allá de nuestra comprensión. No entendemos cómo. Sabemos algo del por qué. Sabemos que ocurrió. Sabemos que, de una manera incomprensible para un intelecto finito, el Hijo de Dios tomó sobre sí los pecados de todos los hombres bajo las condiciones del arrepentimiento. Es decir, él pagó la pena. Él satisfizo las demandas de la justicia. Él hizo merced a nuestra disposición. La misericordia viene a causa de  la Expiación. La misericordia es para el penitente. La misericordia es para los arrepentidos. Todo el mundo tiene que sufrir por sus propios pecados y pagar con todo el rigor las exigencias de la justicia. Pero nuestro Redentor eterno y bendito sea su nombre, ha hecho por nosotros lo que nadie más podía, y lo hizo porque él era el Hijo de Dios y porque poseía el poder de la inmortalidad. Él ha tomado nuestros pecados sobre él, bajo las condiciones del arrepentimiento. El arrepentimiento significa que tenemos fe en el Señor Jesucristo, que abandonamos nuestros pecados, para que nosotros entremos en la iglesia y el reino de Dios en la tierra y recibimos el Espíritu Santo. El arrepentimiento es mucho más que una reforma. El arrepentimiento es un don de Dios, y se trata de miembros fieles de la Iglesia. Lo entendemos por el poder del Espíritu Santo.

El proceso de limpieza que se produce en nuestras vidas viene porque recibimos el poder purificador del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es un revelador, y el Espíritu Santo es un santificador. El Espíritu Santo revela la verdad a toda alma humana que obedece la ley. La obediencia nos califica para saber la verdad. Y luego el Espíritu Santo santifica el alma humana, por lo que llegamos a ser limpio y, finalmente, estamos calificados para ir a donde Dios y Cristo están.

La gratitud y acción de gracias

Ahora digo, como volvemos nuestra atención y nuestros pensamientos a estos infinitamente grandes y maravillosas y gloriosas verdades eternas, que debemos tener en nuestra almas gratitud y adoración y acción de gracias, más allá de cualquier medida de comprensión, a Dios nuestro Padre, que nos creó, a Cristo nuestro Señor, que nos redimió, y al Espíritu Santo de Dios, por cuya instrumentalidad llegamos a saber la verdad y la verdad de estos principios eternos sobre los que descansa la salvación.

He recitado estos principios, o al menos he hablado de ellos. No he tenido ocasión de leer las revelaciones. Podríamos hacer eso, pero no parece necesario o apropiado bajo las circunstancias. Permítanme sugerir a usted que la doctrina que he enseñado y las explicaciones que he dado son de las escrituras que son verdaderas.

Puedo dar testimonio de su verdad porque sé que por el poder del Espíritu Santo podemos conocer toda la verdad. Y si el Espíritu ha sido derramado sobre usted, como yo creo, entonces también sabemos que por el poder de ese Espíritu de verdad podemos saber la verdad de todas las cosas sobre las que estamos hablando. Y puesto que las conocemos, entonces la luz y la verdad y el conocimiento han entrado en tu alma y tienes la obligación no sólo de creer, sino también de conformar tu vida a las cosas que crees y por lo tanto trazar el rumbo glorioso y maravilloso que lleva a vida eterna.

Yo doy testimonio de que lo que hemos estado enseñando aquí es cierto; estamos obligados a dar testimonio siempre que hablamos por el poder del Espíritu. Digo en palabras sencillas, simples y sin ambigüedades que el Señor Jesús es el Hijo del Dios vivo; que vino al mundo para ser levantado en la cruz, y ser crucificado por los pecados del mundo; que nació con el poder de la inmortalidad, por un lado y el poder de la mortalidad por el otro; y que por lo tanto él voluntariamente entregó su vida y luego la tomó de nuevo, y de alguna manera (incomprensible para nosotros) elaboró el sacrificio expiatorio infinito y eterno. Estas cosas son verdaderas.

¡Qué cosa maravillosa es ser miembros de una iglesia y reino establecido por Dios mismo, en el que se conocen, enseñen y comprendan estas verdades! He venido aquí esta noche y miré a este maravilloso cuerpo estudiantil, veinticuatro mil de ustedes reunidos para este servicio devocional, y me dije a mí mismo acerca de lo que la voz de Dios le habló a Moisés desde la zarza ardiente. Él dijo: «. . . Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás tierra santa es.» (Éxodo 3:5)

Somos miembros de la verdadera Iglesia de Dios, y tenemos apóstoles y profetas y oráculos vivientes que enseñan  y  dan  testimonio  de  la verdad. También tenemos élderes y testigos casi sin número para revelar y explicar estas cosas a todos nosotros. Estamos caminando por donde los profetas de Dios han caminado. Vamos a la escuela en una institución que es guiada por el espíritu de inspiración, donde la mano del Señor está involucrada. Y podríamos parafrasear lo que dijo su voz a Moisés, que bien podríamos decir para todos nosotros, con referencia a nuestro trabajo en esta gran institución, «. . . Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás tierra santa es.»

La mano del Señor está en esta obra. Él quiere que seamos salvos. Él está pidiendo que guardemos los mandamientos. Estamos en un entorno y un clima y viviendo en circunstancias en las que tenemos todas las oportunidades para hacerlo. Y lo más glorioso, maravilloso sobre todo este sistema de religión revelada es que es cierto. Reflexionen sobre esto en su corazón. No hay nada conectado con todo el sistema de la religión revelada para comparar el hecho simple, puro, sin adulteración que es verdadero. Y porque es verdadero, se guardará un alma humana. Porque es verdad, es que prevalecerá. A su debido tiempo el conocimiento de Dios cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar. Dios nos conceda la visión de vivir en armonía con la verdad. Dios nos conceda las revelaciones de su Espíritu Santo, para que con una sola voz, podamos testificar de la verdad y renovar nuestra determinación de vivir en armonía con ella. Y yo doy testimonio de esta verdad en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Madres en Israel e hijas de Sion

Discurso pronunciado en Tonga, el 25 de febrero de 1976, Publicado en revista New Era, mayo de 1978.

Madres en Israel e hijas de Sion

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Hay muchos poderes maravillosos y bendiciones que vienen a la mujer en la Iglesia y reino de Dios en la tierra que no se encuentran en ningún otro lugar. El Señor nos ha dado muchas cosas que bendicen y ennoblecen y exaltan a las mujeres más allá de lo soñado alguna vez. Voy a mencionar algunas de estas cosas ahora.

Sabemos el lugar que las mujeres ocupan en el plan de salvación. Todos nosotros   somos   hijos   espirituales   de   Dios,   nuestro   Padre Celestial. Habitamos  con  él en  la  preexistencia; somos  miembros  de su familia; fuimos engendrados a su imagen. Él ordenó y estableció el plan de salvación para que pudiéramos avanzar y progresar y llegar a ser como él. El plan de salvación se llama el evangelio de Jesucristo .

Pero hijos espirituales no nacen solamente de un padre. Somos hijos de padres celestiales. Vivíamos en la unidad familiar en la preexistencia. Como nuestro gran himno doctrinal dice:

«¿Hay en los cielos padres solos?
Clara la verdad está;
la verdad eterna muestra:
madre hay también allá.».
LDS Himnos, Nº. 187

El nombre de la clase de vida que disfrutan nuestros Padres Celestiales se llama vida eterna. Si vamos a ganar la vida eterna, si queremos avanzar y progresar y llegar a ser como ellos, nosotros también debemos vivir en la unidad familiar en el mundo venidero. En otras palabras, tenemos que ganar nuestras propias unidades familiares eternas y seguir el modelo de nuestros padres eternos. Esta es la gran esperanza y santidad que el Evangelio extiende tanto a hombres como mujeres.

Ahora, puedo decir que toda bendición eterna se ofrece a los hombres; todo don y gracia, y una buena cosa que los hombres disfrutan; y cada poder que poseen; y cada milagro que pueden obrar a todas estas cosas están disponibles para las mujeres también. Hagamos nuestro estudio de estos asuntos, tomando algunos ejemplos de las Escrituras.

Tomemos ahora a Eva, la madre de todos los vivientes, como un ejemplo. De Adán y Eva, el Señor dijo:

«Y yo, Dios, creé al hombre a mi propia imagen, a imagen de mi Unigénito lo creé; varón y hembra los creé.”

Y yo, Dios, los bendije y díjeles: Fructificad y multiplicaos, henchid la tierra y sojuzgadla; y tened dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.» (Moisés 2: 27-28)

Debemos tener en cuenta que tanto Adán y Eva oraron; ambos oyeron la voz del Señor; y a ambos se les ordenó adorar y servir a su Creador.

Luego se ofreció un sacrificio; se apareció un ángel; y les enseñó a orar en el nombre del Hijo; se enteraron del gran plan de la redención; y Adán bendijo a Dios, estaba lleno del Espíritu Santo, y profetizó acerca de todas las familias de la tierra.

Ahora llegamos a la parte que desempeña la mujer. La Escritura dice:

«Y Eva, su esposa, oyó todas estas cosas y se alegró, diciendo: Si no fuera por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, y nunca deberíamos haber conocido bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, y la vida eterna que Dios concede a todos los obedientes.

«Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas.»

«Y Adán y Eva, su esposa, no cesaron de invocar a Dios.» (Moisés 5:11-12, 16)

Es común que hablemos de la transgresión de Adán, y de la caída de Adán, del Señor que da mandamientos a Adán. Pero, como hemos visto en estas escrituras, no fue Adán solamente, no fue Adán solo, quien estuvo involucrado en estas cosas. Todo lo que ocurrió fue una empresa conjunta que tuvieron en cuenta tanto Adán y Eva.

Eva fue un participante activo. Escuchó todo lo que Adán dijo. Habló de «nuestra transgresión», de «la alegría de nuestra redención», de la «semilla» que deben tener juntos, y de la «vida eterna» que no pudieron venir a cualquiera de ellos solos, sino que siempre se reserva para un hombre y una mujer juntos.

Ella y Adán oraron juntos; ambos bendijeron el nombre del Señor; ambos enseñaron a sus hijos; ambos recibieron revelación; y el Señor mandó a los dos juntos adorar y servirle en el nombre de Jesucristo para siempre.

En verdad, como dijo Pablo: «Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón.» (1 Corintios 11:11). Es un principio eterno que «no es bueno para el hombre estar solo»; que necesita una mujer para ser «ayuda idónea para él.» (Moisés 3:18) El hombre solo posee el santo sacerdocio y es designado para cuidar y dar guía espiritual a su esposa. Pero recae en la mujer, ya que nuestras revelaciones recitan, para «engendrar las almas de los hombres,» a fin de que el Padre Eterno sea glorificado. (Doctrinas y Convenios 132:63)

Eva, la madre de todos los vivientes, es verdaderamente el modelo perfecto para todas sus hijas. ¡Oh que todas las mujeres sigan el camino trazado por la primera mujer de todas las mujeres y hacer las cosas que hizo para que todos se salven!

Puedo ahora tomar a nuestro ancestro en común, Rebeca, como un patrón de lo que sus hijas en la Iglesia hoy en día pueden hacer. Rebeca era estéril hasta que Isaac suplicó al Señor en su nombre, y luego ella concibió. Entonces Jacob y Esaú, mientras que aún estaban en su vientre, lucharon juntos. Ella se turbó y preguntó: «¿Para qué vivo yo?» La Escritura dice: «Ella fue a consultar al Señor. Y el Señor le dijo: Dos naciones hay en tu vientre «, y luego los describió. (Génesis 25: 21-23)

Nuestro propósito al contar esta historia es mostrar que cuando Rebeca estaba agitada y necesitaba la guía divina, ella se tomó el asunto con el Señor, y él habló con ella. El Señor da revelación a las mujeres que oran a él con fe.

Cuando Jacob y Esaú habían llegado a la madurez, la mayor preocupación de sus padres fue el asunto de que debían casarse. La historia dice que Esaú «tomó por esposa a Judit, hija de Beeri heteo, y a Basemat hija de Elón heteo: Y fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca» (Génesis 26:34-35) ¿Qué esto significa que Esaú se casó fuera de la Iglesia?; Esaú no entró en el sistema del matrimonio celestial del Señor, y su matrimonio trajo gran dolor a sus padres.

Rebeca tenía una gran ansiedad en cuanto a con quién se casaría Jacob. Ella tenía miedo de que él también se apartarse de las enseñanzas de sus padres y se casara con alguien que no era elegible para recibir las bendiciones del matrimonio eterno.

Y por lo que la Escritura dice:

«Y dijo Rebeca a Isaac: Fastidio tengo de mi vida a causa de las hijas de Het. Si Jacob toma esposa de entre las hijas de Het, como éstas, de las hijas de esta tierra, ¿para qué quiero la vida?» (Génesis 27:46)

Es decir, Rebeca pensó que toda su vida se perdería si Jacob se casaba fuera de la Iglesia. Ella sabía que no podía entrar por la puerta que conduce a la exaltación a menos que él se casara en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, y por eso llevó el asunto a Jacob para llamar su atención. Esta es una gran lección. La madre estaba muy preocupada por el matrimonio de su hijo, y ella convenció a su padre para hacer algo al respecto. Estaba actuando como una guía y una luz para Jacob como mi esposa a menudo lo hace para mí.

Y así, el relato dice:

«Entonces Isaac llamó a Jacob, y lo bendijo y le mandó, diciendo: No tomes esposa de entre las hijas de Canaán.» (Génesis 28:1)

¿Cuántos de nosotros hemos recibido bendiciones, bendiciones patriarcales, en las que se nos dice que debemos casarnos en el templo por tiempo y por toda la eternidad? Así fue con Jacob. Isaac lo bendijo y le dio una orden, lo que eso significaba es, «No te casan fuera de la Iglesia.»

Ahora, cuando somos una parte minoritaria de la población, es difícil encontrar un compañero de matrimonio en la Iglesia. Tenemos que hacer un gran esfuerzo para asociarnos con los santos fieles de los Últimos Días, y asociarnos con personas buenas y limpias que son dignos de tener una recomendación para el templo.

Y así Isaac no sólo dijo:

«No tomes esposa de entre las hijas de Canaán,»

También dijo:

«Levántate, ve a Padán-aram, a casa de Betuel, padre de tu madre, y toma allí esposa de las hijas de Labán, hermano de tu madre.»

«Y el Dios omnipotente te bendiga, y te haga fructificar y te multiplique hasta llegar a ser multitud de pueblos;»

«Y  te  dé  la bendición de  Abraham,  y  a  tu descendencia  contigo.  .  .» (Génesis 28 1-4)

Es decir, si Jacob se casaba en la Iglesia y permanecía fiel, sería bendecido con aumento eterno, con una continuación de la unidad familiar en la eternidad, como su abuelo Abraham había sido bendecido antes que él. Ellos fueron obedientes y fieles. Aprendemos de la revelación de los últimos días que nos dicen que Abraham, Isaac y Jacob entraron en el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, «hicieron cosa alguna sino lo que les fue  mandado,» y «han entrado en su exaltación, de acuerdo con las promesas,  y se sientan  sobre  tronos, y no  son ángeles sino dioses.» (Doctrinas y Convenios 132:37)

Lo que decimos de Abraham, Isaac y Jacob lo decimos también por Sara, Rebeca y Raquel, las esposas que se situaron a su lado y que con ellos eran verdaderos y fieles en todas las cosas. Los hombres no se salvan solos, y las mujeres no ganan una plenitud eterna excepto en y a través de la continuación de la unidad familiar en la eternidad. La salvación es un asunto de familia.

La revelación sobre el matrimonio, dice que «si un hombre se casa con una mujer» por «el nuevo y sempiterno convenio», y si son fiel y verídicos en todas las cosas, «ellos» —el hombre y la mujer— «los ángeles y los dioses que están allí les dejarán pasar a su exaltación y gloria en  todas  las cosas. . . y esta gloria será una plenitud y continuación de las simientes por siempre jamás. Entonces serán dioses. . .» (Doctrinas y Convenios132: 19-20) Es decir, el hombre y su mujer juntos y no solos, será ensalza Ellos tendrán la vida eterna; que deberán llenar la medida de su creación; ellos heredarán y poseerán todas las cosas.

Qué maravilloso ejemplo ha establecido Rebeca para todas las mujeres de la Iglesia. No sólo oro y obtuvo revelación personal cuando lo necesitaba, sino que ella influyó en su marido y su hijo, e hicieron lo necesario para que Jacob se casara en la Iglesia y, con su amada Raquel, heredaron la vida eterna.

Si proseguimos nuestra investigación posterior, Alma nos relatar que el Señor «comunica su palabra  a  los  hombres  por  medio  de  ángeles; sí, no sólo a los hombres, sino a las mujeres también. Y esto no es todo; muchas veces les son dadas a los niños palabras que confunden al sabio y al erudito.» (Alma 32:23)

Nos gustaría ver de nuevo lo que ocurrió en la mañana del sábado, en un jardín tranquilo, fuera de un muro de la ciudad, ante una tumba abierta, cuando María Magdalena se convirtió en el primer mortal en ver al Señor de la Vida resucitado.

Nos mezclamos con los Judios que lloran ante una tumba sellada y escuchamos a las hermanas de Lázaro, —primero a Marta, y luego María— decir a su amado Señor: «. . . Si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto»; oiríamos Marta agregar: «Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará», y luego escucharíamos decir a través de su dolor: «. . . Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.» (Juan 11:21-27)

Nos gustaría ver a la viuda de Sarepta utilizar lo último de su harina y de su aceite para hornear una torta cocida para el hombre de Dios, y luego ver la tinaja de harina y la vasija del aceite que no faltaron hasta que el Señor envió de nuevo lluvia sobre la tierra. (1 Reyes 17: 8-14)

Nos gustaría ver cómo las madres de Israel y las hijas de Sión, junto con sus maridos y padres, hicieron justicia, temieron a Dios, y obraron milagros.

Nos gustaría ver su servicio compasivo, escuchar sus testimonios, regocijarse en sus oraciones, y saber que son aprobadas por el Señor.

Por último, nos gustaría verlas con sus familias, en la gloriosa inmortalidad en el reino de nuestro Padre.

Dios quiera que así sea para todos nosotros.

 

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Toda la luz y la verdad

Discurso pronunciado en la Conferencia de Área en Tahití, el martes 2 de marzo de 1976. Publicado en revista New Era, en enero de 2004.

Toda la luz y la verdad

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Tenemos un glorioso mensaje para el mundo. Anunciamos audazmente que el evangelio del Señor Jesucristo ha sido restaurado en nuestros días. Decimos que se han abierto los cielos. Decimos que la revelación viene de nuevo. Decimos que Dios habla hoy como  habló antiguamente. Decimos que se ha restaurado todo don y el poder y la gracia que tuvieron alguna vez los antiguos santos. No hay anuncio como este en todo el mundo.

¿Qué es el Evangelio?

El evangelio es el plan de salvación. Son todas las leyes y ordenanzas necesarias para salvar y exaltar al hombre. Es el sistema que nos permite tomar las almas que poseemos y calificarnos para ir a donde Dios y Cristo están.

Creemos que Dios ama a todos sus hijos, y que Él ha ofrecido y ofrecerá a todos ellos sus verdades salvadoras. Siempre que Él ofrece estas verdades salvadoras a los hombres, se llama una dispensación del evangelio. Esto significa que Él revela el evangelio de nuevo desde el cielo a los hombres en la tierra.

El plan de salvación fue revelado por primera vez en días de Adán. Se ha   puesto   de   manifiesto   en   varias   dispensaciones   desde entonces. Cuando fue revelado por primera vez, se realizó en tres formas:

  1. El hombre escuchó la voz de
  2. Ángeles ministraron a los hombres.
  3. El don del Espíritu Santo fue derramado sobre el hombre.

Por estos medios, los hombres aprendieron lo que deben hacer para ser salvo. Ser salvado es volver a la presencia de Dios, nuestro Padre. Los que son salvos tienen paz eterna y el descanso y la alegría en su reino. Él ha seguido este patrón en todas las dispensaciones sucesivas.

Nuestra Dispensación

La dispensación en que vivimos se llama la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esto significa que toda la luz y la verdad y el conocimiento del pasado están siendo canalizados en esta dispensación.

Queremos hacer un dibujo de esta manera. Cada dispensación del pasado es como un gran río. La dispensación actual es como un gran océano. Todos los ríos del pasado desembocan en el océano del presente. Hemos recibido de nuevo cada llave y poder y el derecho que los antiguos santos tenían. Una vez más la voz de Dios se ha oído. Una vez más, los ángeles han ministrado desde Su presencia. Una vez más la Iglesia y reino de Dios se ha establecido.

Todas estas cosas maravillosas comenzaron en la primavera de 1820. La persona elegida por Dios para ser su profeta fue José Smith, hijo. Este joven que deseaba saber cuál de todas las iglesias estaba en lo cierto. Él derramó su vida a Dios en humilde oración.

La hora entonces había llegado para la apertura de la nueva dispensación. Mensajeros de la eternidad aparecieron. Se le dijo al joven que si él se conservaba fiel, él sería el instrumento en las manos del Señor para restaurar de nuevo la plenitud del evangelio eterno. Él fue fiel a la confianza que se le había dado.

En el transcurso del tiempo, línea por línea,  el  evangelio  fue restaurado. El Señor tuvo que restaurar el conocimiento y doctrinas que los antiguos santos tenían. En gran medida, lo hizo dando un nuevo volumen de escritura. Creemos que la Biblia es la palabra de Dios. La aceptamos plenamente y completamente. Nosotros estudiamos y tratamos de vivir en armonía con sus enseñanzas.

Pero, además, tenemos otro gran volumen de escritura. El Libro de Mormón que es una historia de los tratos de Dios con los antiguos habitantes de las Américas. En ella se registra el plan de salvación. Se dice lo que los hombres tienen que hacer para ser salvo. Está en armonía perfecta y completa con la Biblia. Se amplían y aclaran muchas doctrinas. Se trata de un nuevo testigo de Cristo.

Dos Grandes Verdades

Hay dos grandes verdades que los hombres deben creer para ganar la salvación. La primera gran verdad es que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente, que fue crucificado por los pecados del mundo, para que Él rescatara a todos los hombres de la muerte temporal y espiritual traído al mundo por la caída de Adán, que la salvación está en Cristo. Nosotros lo reverenciamos como el Hijo de Dios. Damos testimonio de Su santo nombre.

La segunda gran verdad que los hombres deben creer es esto: Dios en estos últimos días ha restaurado la plenitud de Su evangelio eterno; Él ha llamado profetas y administradores legales de nuevo; Ha establecido Su reino terrenal; una vez más nos ha dado el poder de atar y sellar en la tierra y en el cielo.

Lo que la Restauración significa para nosotros

Ahora, incidente a estas grandes verdades, hay muchas otras. Yo destaco el hecho de que Dios nos ha dado en estos días la unidad eterna de la familia. Esta es una muestra de las doctrinas de la Restauración. Esto significa que, en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nos casamos por tiempo y por toda la eternidad. La unidad familiar que se inicia aquí continuará en el mundo eterno. Este es el concepto más noble que puede entrar en el corazón del hombre.

Dios me ha revelado por el poder del Espíritu Santo que se ha producido una restauración gloriosa y maravillosa en nuestros días. Yo soy testigo de ello. Puedo afirmar con absoluta certeza. Que cualquier ser viviente que obedecer la misma ley llegará a saber en su corazón lo mismo que yo sé en mi corazón. La manera en que Dios habla es por el derramamiento del don del Espíritu Santo.

Ahora les sugiero que mediten en su corazón estas cosas. Quiera Dios que la luz de la investigación y de la verdad pueda estar en el corazón de todos los hombres en todas partes. Los que reciben la verdad tendrán gozo en esta vida. Ellos serán herederos de la vida eterna en el mundo venidero.

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Por que el Señor instituyo la Oración

Publicado en el libro La Oración, 1977

Por que el Señor instituyo la Oración

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

En la pared occidental del cuarto del Consejo de los Doce Apóstoles, en el Templo de Salt Lake City, cuelga una pintura del Señor Jesucristo orando a su Padre en el Jardín de Getsemaní. Sumido en una incomparable agonía, padeciendo un profundo sufrimiento tanto físico como espiritual, más allá de la comprensión humana —haciendo parecer insignificante la inminente tortura de la cruz— aquí se encuentra nuestro Señor suplicándole a su Padre la fortaleza para llevar a cabo la infinita y eterna expiación.

De todas las oraciones pronunciadas, tanto en el tiempo como en la eternidad, por dioses, ángeles u hombres mortales, ésta se destaca en forma suprema, por encima y en forma preeminente, sobre todas las demás.

En este jardín llamado Getsemaní, fuera del muro en Jerusalén, el supremo miembro de la raza de Adán, Aquel cuyos pensamientos y palabras eran perfectos, le imploró a su Padre que le ayudara a salir triunfante en la más atormentadora prueba que se han impuesto sobre el hombre o Dios. Seguir leyendo

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¿Quién declarará a ésta generación?

Publicado en el libro La Oración, 1977, Deseret Book Company, Páginas, 6-20, ISBN 087747-836-8. Revista Ensign, enero 1976, páginas 7-10.

«¿Quién Declarará a ésta Generación?”

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

He orado y reflexionado seriamente para saber lo que el Señor quiere que yo diga en esta ocasión. En las primeras horas de la mañana, como me daba vueltas en la cama y mantenía a mi esposa despierta, llegué a la conclusión sobre un tema. Voy a hablar, si soy guiado por el Espíritu, de lo que yo considero en algunos aspectos el tercer mayor milagro que jamás ha ocurrido en toda la eternidad. Este milagro es de tal naturaleza y de tal realización que contó con la presencia de un coro celestial, que cantó:

«¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2:14)

Se contó con la presencia de un visitante angelical que proclamó a todos los habitantes de la tierra que «os [nosotros] ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lucas 2:11). Está claro que, si vamos a examinar esta cuestión, necesitamos un gran derramamiento del Espíritu Santo. Lo necesito para que lo que diga pueda expresarse de forma discreta, sabia y prudentemente y en armonía con la mente y la voluntad del Señor, ustedes lo necesitan para que estas palabras penetren en vuestros corazones y sepan con certeza de su veracidad eterna.

Los Tres milagros más grandes de la Eternidad

Al revisar y analizar como es el asunto, me parece a mí que el milagro más grande que jamás se produjo fue el milagro de la creación: el hecho de que Dios, nuestro Padre Celestial, nos trajo a la existencia, el hecho de que existimos; que nacimos como sus hijos espirituales; y que ahora tenemos el privilegio de habitar en tabernáculos mortales y participar de una experiencia de probatoria.

Me parece que el segundo milagro más grande que se ha producido nunca, en esta o en cualquiera de las creaciones de Dios, es el sacrificio expiatorio de su Hijo; el hecho de que él vino al mundo para redimirnos de la muerte temporal y espiritual causada por la caída de Adán; el hecho de que él nos reconcilia de nuevo con Dios y deja la inmortalidad y la vida eterna a nuestra disposición. Este sacrificio expiatorio de Cristo es la cosa más grande que incluso ha sucedido desde la creación.

Usted probablemente sabrá que al Profeta se le preguntó una vez: «¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?» Él respondió:

“Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen  a  nuestra   religión   son   únicamente   dependencias   de esto.”  (Enseñanzas del Profeta José Smith,  pág. 67)

El corazón y el núcleo y el centro de la religión revelada es el sacrificio expiatorio de Cristo. Todas las cosas descansan sobre él, todas las cosas están operativas a causa de ella, y sin ella no habría nada. Sin ella los fines de la creación serían nulos, se desvanecerían, no habría ni inmortalidad, ni vida eterna, y el destino final de todos los hombres sería llegar a ser como Lucifer y sus seguidores.

El fundamento subyacente sobre el sacrificio expiatorio de Cristo es la doctrina del origen divino, por la cual entendemos que el Señor Jesús, es el primogénito del Padre, fue preordenado para su misión, nació en este mundo, por un lado como el Hijo de Dios, heredando así de su Padre el poder de la inmortalidad; y por otro lado, como la descendencia de una mujer mortal, heredando de María, su madre, el poder de la mortalidad. Así se convirtió en la única persona que ha vivido que tenía el poder en sí mismo para vivir o morir a elección y por lo tanto el poder de efectuar el sacrificio expiatorio infinito y eterno sobre la cual todas las  cosas  se basan. Me parece que sería apropiado en esta ocasión, al acercarse la época de Navidad, cuando con alegría nos unimos a toda la cristiandad para conmemorar el día tradicional de su nacimiento, para que podamos hablar acerca de la doctrina de su nacimiento mortal. Esto es lo que yo considero, en muchos aspectos, el tercer milagro más grande de la eternidad.

Textos mesiánicos de las Escrituras

Hay varios textos que podríamos tomar. Un texto es la gran expresión mesiánica de Isaías, que se expresa en estas sencillas palabras: «¿quién declarará su generación?» (Isaías 53:8). Esto quiere decir, «¿Quién declarará su linaje? ¿Quién revelará su genealogía? ¿Quién revelará la fuente de dónde surgió? ¿Quién dará a conocer la divinidad del Mesías mortal? «También podríamos tomar otro texto, y este es uno que el mismo Jesús habló. Él dijo:

«¿De quién es hijo?» Este es el contexto: «¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Ellos le dijeron, el hijo de David. Él les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?» (Mateo 22: 42-44)

¿De quién es hijo? ¿Es él el hijo de un padre inmortal y  una  madre mortal? ¿Es él el Hijo de Dios? ¿Está separado y aparte de toda la humanidad en virtud de la natalidad que era suya? ¿Quién declarará su generación? Tenemos una cuenta en el Nuevo Testamento que comienza, «El Libro de la genealogía de Jesucristo» (Mateo 1:1). Entonces Mateo procede a delinear lo que parece ser la ascendencia del Señor, pero no podemos averiguar cómo encaja con otros pasajes de las Escrituras, por lo menos en la forma en que ha llegado a nosotros. Lucas da otra cuenta que no está de acuerdo con el libro de Mateo. Suponemos puede ser que uno de ellas es una genealogía real, destinada a indicar su posición y su lugar como el que se sienta sobre el trono de su padre David; el otro es posiblemente una genealogía ya sea de María o José —no podemos estar seguros— Los comentarios del mundo hablan sobre el nacimiento virginal como Nadie, dicen, podría haber nacido de esa manera «ficción piadosa.»; era algo que Mateo asumió, y así se  convirtió  en  una  tradición  en  la  Iglesia primitiva. Esta cuestión de la genealogía, este asunto del nacimiento de nuestro Señor, está en el corazón de la cristiandad. Gracias sean dadas a Dios, que por la apertura de los cielos y por revelación en nuestros días hemos ganado una comprensión de lo que esto involucra. Como resultado podemos poner el sacrificio expiatorio en su posición correcta y con todas las cosas, y entonces estamos en condiciones de trabajar por nuestra salvación y hacer las cosas que tenemos que hacer si queremos heredar la paz y la felicidad en esta vida y heredar la gloria eterna en la vida venidera.

¿De quién es hijo? Él es el primer hijo espiritual de Dios, nuestro Padre Celestial. No hay manera posible de concebir su genealogía, la generación de Cristo, sin saber que Dios nuestro Padre es un ser personal a cuya imagen hemos sido creados; que tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre —el padre de los espíritus de todos los hombres— El Señor Jesús, el gran Jehová, el creador de todas las cosas bajo el Padre, es el primogénito de toda aquella hueste de espíritus.

En esa vida premortal nuestro Padre ordenó y estableció un plan de salvación llamado el evangelio de Dios, plan que permitiría a sus hijos espirituales, Cristo inclusive, avanzar y progresar y llegar a ser como él. En ese día se emitió un gran clamor, un gran anuncio se transmitió a través de los consejos de la eternidad, con referencia al plan del Padre. Él dijo: «¿A quién enviaré para ser mi Hijo, para efectuar el sacrificio expiatorio infinito y eterno? ¿A quién enviaré para nacer en la mortalidad, heredando de mí el poder de la inmortalidad? ¿A quién enviaré para dar su vida por los pecados de los hombres y para reconciliar al hombre caído conmigo? «Cuando esa gran proclamación se dio, como ustedes saben, hubo dos voluntarios. Uno se adelantó, el primogénito del Padre, el Señor Jesús, y le dijo: «Aquí estoy envíame a mí. Seré tu hijo. Seguiré tu voluntad. Seguiré tu plan, haré todas las cosas en armonía con lo que tú has ordenado. «Hubo otro voluntario, y el dijo:» Heme aquí, envíame a mí, seré tu hijo, y redimiré a todo el género humano. . . y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra» (Moisés 4:1), es decir, “te voy a reemplazar a ti el más exaltado y noble de todos los seres existentes «Bueno, el decreto fue emitido:». Enviaré al primero «(Abraham 3:27), y fue el día en que hubo una gran batalla en el cielo, como bien saben.

El primer voluntario fue el Señor Jesucristo; que luego se convirtió en el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, aquel nombrado para venir y hacer todas las cosas necesarias para poner en funcionamiento el plan de su Padre. Ahora a partir de ese día, desde el día de la creación, los profetas predijeron su venida y ministerio. Nosotros llamamos a estas declaraciones profecías mesiánicas, por ejemplo, «He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7:14). O, «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre  su  hombro;  y  se  llamará  su  nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. El aumento de su dominio y la paz no tendrán fin, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.» (Isaías 9: 6 7)

¿Cuántos sermones se habrán predicado en el antiguo Israel en estos textos mesiánicos que sólo podemos imaginar? Las profecías más perfectas y los más grandes sermones se encuentran en el Libro de Mormón. Aquí hay un sermón—profecía que un ángel le habló a un profeta nefita:

“Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente que reina, que era y que es de eternidad en eternidad, descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de  barro,  e  irá  entre  los   hombres   efectuando grandes milagros, tales como sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, hacer que los cojos anden, y que los ciegos reciban su vista, y que los sordos oigan, y curar toda clase de enfermedades.”

Y echará fuera los demonios, o los malos espíritus que moran en el corazón de los hijos de los hombres.”

Y he aquí, sufrirá tentaciones, y dolor en el cuerpo, hambre, sed y fatiga, aún más de  lo  que  el  hombre  puede  sufrir sin  morir;  pues  he  aquí, la sangre le brotará de cada poro, tan grande será su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo.”

Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de  todas  las  cosas  desde  el  principio;  y  su madre se llamará María.” (Mosíah 3: 5-8)

Nacimiento del Salvador

A su debido tiempo, a la hora señalada, en la plenitud del propio tiempo del Señor, el  Salvador  nació  en  el  mundo.  ¿Quién  declarará  su generación? Tenemos intentos realizados por escritores proféticos del pasado. Mateo dice:

«.  .  .  El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando María, su madre, desposada con José, antes que se unieran, se halló que había concebido del Espíritu Santo.» (Mateo 1:18)

Y luego se cita lo que pasó y cita la profecía de Isaías sobre el nacimiento virginal. Permítanme leerles el pasaje en el libro de Lucas, ésto habló Gabriel a María:

Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.”

Y he aquí, concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.”

“Éste será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre.”

Y reinará en la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin.”

Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? Porque no conozco varón.”

Y respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios.

El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.” (Lucas 1:30-35)

Ahora tomo esas dos declaraciones: uno escrito por Mateo y el otro por Lucas —quizás no estén traducidas perfectamente y registrados en su forma actual, y añado estas palabras pronunciadas por Alma tal como el Espíritu Santo le movió a hacerlo. Alma, vio tal como veremos ahora, al unir lo que Mateo y Lucas han escrito y nos darán la perspectiva correcta y perfecta en cuanto a la generación del Señor Jesús. Él dijo:

“. . . Arrepentíos y preparad la vía del Señor, y andad por sus sendas, que son rectas; porque he aquí, el reino de los cielos está cerca, y el Hijo de Dios viene sobre la faz de la tierra.”

Y he aquí, nacerá de María, en Jerusalén, que es la tierra de nuestros antepasados, y siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido, a quien se hará sombra y concebirá por el poder del Espíritu Santo, dará a luz un hijo, sí, aun el Hijo de Dios.”. (Alma 7:9-10)

Ahora voy a llamar su atención sobre otro pasaje, y luego veremos si sabemos la respuesta a nuestra pregunta: «¿Quién declarará su generación?»

Este pasaje es de esa maravillosa visión que Nefi tuvo. Él dijo:

“. . . Vi la gran ciudad de Jerusalén, y también otras ciudades. Y vi la ciudad de Nazaret, y en ella vi a una virgen, y era sumamente hermosa y blanca.”

Y ocurrió que vi abrirse los cielos; y un ángel descendió y se puso delante de mí, y me dijo: Nefi, ¿qué es lo que ves?

Y le contesté: Una virgen, más hermosa y pura que toda otra virgen.”

Y me dijo: ¿Comprendes la condescendencia de Dios?” (Si un ángel le hubiera pedido a usted esto, ¿cuál habría sido su respuesta? Nefi fue un poco indeciso. Él sabía, en parte, pero no en su totalidad.)

Y le respondí: Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas.”

Y me dijo: He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios, según la carne.”

Y aconteció que vi que fue llevada en el Espíritu; y después que hubo sido llevada en el Espíritu por cierto espacio de tiempo, me habló el ángel, diciendo: ¡Mira!”

Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.”

Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios, sí, el Hijo del Padre Eterno! . . .” (1 Nefi 11:13-21)

¿Quién declarará su generación? ¿De quién es hijo? Bueno, ahora está perfectamente claro. Por un lado él es el hijo de Dios, el Dios que dijo en un lenguaje mesiánico, «Mi hijo eres tú; yo  te  he  engendrado  hoy.» (Salmos 2:7) Por otra parte, es el hijo de David y el hijo de María. Heredó de su padre el poder de la inmortalidad y de sus antepasados mortales el poder de la mortalidad. ¿Cómo sabemos esto? ¿Cómo  puede establecerse? Se trata de las cosas espirituales. Mateo dice que su libro es el libro de la genealogía de Jesucristo, y que registra los hechos. Él dice que hubo un nacimiento virginal; pero todo el mundo cristiano, encuentra este punto incierto y  tienen  sentimientos  encontrados  acerca  de  este pasaje. Algunos dicen: «Sí, nació de una virgen,» y otros dicen: «Fue una piadosa tradición.» Luego leemos el Libro de Mormón, y descubrimos la interpretación perfecta de la doctrina. ¿De quién es hijo y cómo lo sabemos? Pablo dijo una cosa muy importante: «. . . Nadie puede afirmar que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo.» (1 Corintios 12:3). El Profeta mejoró esto diciendo: «Ningún hombre puede saber que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo.»

Testimonio de la Genealogía del Salvador

¿Quién declarará su generación? ¿De quién es hijo? Hemos sido llamados de las tinieblas a la luz admirable de Cristo. Hemos sido llamados al lugar donde se abren los cielos, donde los dones del Espíritu Santo se derraman abundantemente, a todos los miembros de la Iglesia que buscan al Señor con integridad y rectitud de corazón. Contamos con los dones del Espíritu, tenemos el don de la revelación, y sabemos lo que esto involucra. Cada miembro de la Iglesia ha tenido las manos de un administrador legal sobre su cabeza, y ha oído el decreto: «Recibid el Espíritu Santo». Esto significa que recibimos el don del Espíritu Santo, que es el derecho a la compañía constante de ese miembro de la Trinidad, en base a nuestra fidelidad.

¿Quién declarará su generación? Su generación se puede declarar solamente por testigos vivos que han tenido la revelación del Espíritu Santo, el cual testifica a sus almas que Jesús es el Señor. No hay manera posible de saber que él es Cristo por encima de todo, que todo el poder reside en él, que él es el Hijo de Dios, sino por el proceso y los medios de la revelación. Pedro recibió una revelación personal mientras permanecía de pie en la presencia del Señor, y vino por el poder del Espíritu Santo. El testifico, «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16), y recibió una bendición del Señor por el testimonio que dio.

Ahora bien, si queremos saber quién reclamará su generación, la respuesta es que se trata de los Santos de los Últimos  Días;  son  los  élderes  de Israel; son los profetas y apóstoles que ministran entre nosotros; somos todos de aquellos de entre nosotros que hemos vivido de una manera tal que sabemos por los susurros del Espíritu Santo al espíritu dentro de nosotros que estas cosas son verdaderas. Usted puede ser uno de ellos, así que yo puedo ser uno, que declara la genealogía de Jesucristo, que da su genealogía, que llegó a saber en su corazón por un poder que está más allá de la intelectualidad, es el Señor, que Dios es su Padre; y eso dará comienzo a un curso de justicia personal. A menos que sepamos que Jesús es el Señor y que Dios es su Padre, no tenemos testimonios de la verdad y la divinidad de esta obra. En nuestros días, un testimonio es saber, primero, que Jesús es el Señor, lo cual es la doctrina de su divino origen. Es saber, segundo, que José Smith es un profeta de Dios y un revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para nosotros en nuestros días. Y, tercero, es saber que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra.

Ahora, yo soy sólo uno entre vosotros. Hay miles de nosotros aquí congregados en el espíritu de adoración. He estado hablando y escuchando, y el Espíritu del Señor ha estado presente. Me ha dado a entender que las verdades que son eternas, que perdurarán para todas las épocas, que son la gran base sobre la cual la causa de la verdad y la justicia descansa. Esas verdades se han adentrado en los corazones de todos los que han sido dotados con el mismo Espíritu, y usted sabe tal como yo sé que son verdaderas.

Ahora, en conclusión, en calidad de voz, y boca de vosotros mismos, declaro la generación del Señor Jesús, su génesis, la fuente de donde surgió:

Él es el hijo de Dios. Él nació en este mundo según la carne, con Dios como su padre y María como su madre, heredando los poderes de la mortalidad y la inmortalidad. Era por lo tanto capaz de efectuar el sacrificio expiatorio infinito y eterno. Él por lo tanto fue capaz de inclinarse en ese jardín al exterior de los muros de Jerusalén, ese jardín llamado Getsemaní, y tomar sobre sí los pecados de todos los hombres bajo la condición del arrepentimiento. Ese acto es el milagro más grande de todos los tiempos desde el milagro de la creación, y que es el acontecimiento que celebramos con el mundo la próxima temporada, el nacimiento de nuestro Señor en la mortalidad. No es de extrañar que el coro angelical cantara: «Gloria a Dios en las alturas, y paz a los hombres» Ese es el mensaje que proclamamos en esta temporada, y lo hacemos con un conocimiento seguro del cual estamos hablando, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Comprendiendo el libro de Apocalipsis

Publicado en la revista Ensing en septiembre de 1975, página 85.

Comprendiendo el libro de Apocalipsis

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Uno de los ejercicios más fascinantes de la interpretación de las Escrituras es estudiar el libro de Apocalipsis, para reflexionar sus verdades, y descubrir, para nuestra sorpresa y asombro, de que se trata este trabajo comúnmente mal entendido.

Si usted ya siente amor con la presentación de Juan sobre el plan de salvación, y las figura en el Apocalipsis, usted es uno de los pocos favorecidos en la Iglesia. Si esta experiencia todavía no es parte de usted, el día y la hora han llegado para poner en marcha uno de los estudios más interesantes y gratificantes en conocimiento del Evangelio en el que cualquiera de nosotros se uniría.

Nuestro propósito en este artículo es establecer una base y generar un interés en lo que es probablemente el más singular de todos nuestros libros de las Escrituras. Las alegrías reales de aprendizaje del Evangelio vendrán a nosotros cuando empezemos a beber de la fuente de la verdad como en este caso registrado por la antigua revelación.

A mi juicio, el Evangelio de Juan se ubica muy por delante de los de Mateo, Marcos y Lucas; al menos el récord de Juan de la vida de nuestro Señor se dirige a los santos; trata más a fondo con las cosas que interesan a las personas que han recibido el don del Espíritu Santo, y que tienen la esperanza de la vida eterna. Pero incluso antes de su relato del evangelio se encuentra esta maravillosa obra, el libro de Apocalipsis; o al menos eso le parece a aquellos que están dispuestos a construir sobre los cimientos de los evangelios y epístolas y seguir adelante para siempre en el perfeccionamiento de su conocimiento de los misterios del reino.

Para nuestro propósito, vamos a utilizar el método de preguntas y respuestas para dar una visión general de lo que este libro desconocido, Apocalipsis, trata.

¿Qué es el libro de Apocalipsis?

Antes de que podamos entender este libro tenemos que tener una cosa clara presente en nuestra mente —que es un libro de las Sagradas Escrituras. Es la mente y la voluntad y la voz del Señor. Llegó por revelación. El Señor habló, su siervo escuchó, la palabra fue escrita, y ahora tenemos el registro escrito para nuestro provecho y bendición.

En nuestro estudio del libro de Apocalipsis, debemos comenzar con el claro entendimiento de que los cambios y los errores de traducción, es como si las mismas palabras fueron escritas en el Libro de Mormón o Doctrinas y Convenios. Es decir, son verdaderas y son las mismas palabras que el Señor quiere que tengamos sobre los asuntos que nos ocupan. Tal es la opinión de los Santos de los Últimos Días en relación con el más incomprendido de todos los relatos de las Escrituras.

¿Este libro está al alcance de los otros cristianos?

No hay uniformidad de creencias en lo que sea, excepto que ninguno de los que están fuera de la Iglesia imagina lo que realmente es. Se clasifica habitualmente como una gran masa de escritos apocalípticos, lo que quiere decir que se considera que es una presentación simbólica diseñada para animar a los primeros cristianos, en sus días de depresión espiritual, al establecer el triunfo final de Dios y su causa sobre los males manifiestos de la jornada.

Muchos teólogos dudan de su canonicidad. Algunos incluso consideran que es apócrifo en su naturaleza. Todos conceden dificultades insuperables en su interpretación. Como dice Dummelow: «Su recepción en los tiempos modernos no ha sido tan rotundo como el del resto del Nuevo Testamento. Lutero fue al principio muy reacio del libro, sin embargo, más tarde, se imprime con Hebreos, Santiago y Judas en un apéndice de su Nuevo Testamento. Zwinglio lo consideró como no bíblico, y Calvin no hizo ningún comentario sobre el. «(JR Dummelow, El Volumen Uno Biblia Comentario, pág. 1069)

¿Quién es el autor del libro de Apocalipsis?

Para esto no hay una respuesta favorable. Fue Juan —Juan el Amado— el que escribió el Evangelio de Juan y las tres epístolas que llevan su nombre. Esto va en contra de  las  conclusiones  de  la  mayoría  de los cristianos intelectuales, pero es una verdad que ha sido confirmada a nosotros por revelación de los últimos días.

Más de seis siglos antes del nacimiento de Juan, el Señor le reveló a Nefi muchas de las cosas del libro de Apocalipsis. Nefi vio a Juan en visión, y un ángel lo identificó como «uno de los doce apóstoles del Cordero.» Nefi escuchó y dio testimonio «de que el nombre del apóstol del Cordero era Juan», y que fue nombrado y predestinado para escribir las mismas visiones que ahora se encuentran en el libro  de Apocalipsis. (1 Nefi 14:19-29)

¿Han visto otros profetas y escrito lo que Juan vio y escribió?

¡Sí! Y sus escritos nos serán revelados en su momento. Cuando Nefi vio muchas de las mismas cosas, se le ordenó no escribirlos, y le dijo el ángel:

«. . . El Señor Dios ha ordenado que las escriba el apóstol del Cordero de Dios.»

«Y ha habido también otros a quienes el Señor ha mostrado todas las cosas, y las han escrito; y han sido selladas, según la verdad que está en el Cordero, para aparecer en su pureza a la casa de Israel en el propio y debido tiempo del Señor.» (1 Nefi 14:25-26)

Suponemos que muchas de estas cosas se conservan en las planchas de bronce, y sabemos que cuando la parte sellada del Libro de Mormón salga a la luz, «. . . Y se revelarán a los hijos de los hombres todas las cosas jamás habidas entre ellos, y cuantas habrá aun hasta el fin de la tierra.» (2 Nefi 27:11)

¿Cómo se dio el libro de Apocalipsis?

Juan estaba en la isla de Patmos. Era domingo. La hora prometida había llegado. Los cielos se abrieron, ángeles ministrantes asistieron, las voces fueron escuchadas, y visiones fueron vistas. Juan se vio ensombrecido por el poder del Espíritu Santo. Bajo esa influencia santa escribió:

«El Apocalipsis de Juan, un siervo de Dios, que fue dada a él por Jesucristo. . . «

«Quién ha enviado a su ángel delante de su trono, para dar testimonio a los que son de las siete iglesias.»

«Por tanto, yo, Juan, el testigo fiel, doy testimonio de las cosas que me fueron entregadas por el ángel.» (JST, Apocalipsis 1:1-5)

¿Era el relato claro y sencillo cuando fue escrito por primera vez? Sí, es así como cualquier escritura. Como el ángel dijo a Nefi:

«Por tanto, las cosas que él [Juan] escriba son justas y verdaderas; y he aquí, están escritas en el libro que tú has visto salir de la boca del judío. Y en la época en que salieron de la boca del judío, o sea, cuando el libro salió de la boca del judío, las cosas que estaban escritas eran claras y puras, y las más preciosas y fáciles para el entendimiento de todos los hombres.” (1 Nefi 14:23)

En este sentido, sin embargo, debemos recordar siempre que las profecías, visiones y revelaciones que vienen por el poder del Espíritu Santo, sólo se puede entender en su plenitud y perfección por el poder de ese mismo Espíritu.

¿Son nuestras expectativas entender el libro de Apocalipsis? Ciertamente. ¿Por qué el Señor lo reveló? La noción común de que se

trata de animales y plagas y simbolismos misteriosos que no se pueden entender no es cierto. Hasta el momento se ha exagerado lo que le da una  sensación  totalmente  errónea  sobre  esta  porción  de  la  verdad revelada. La mayor parte del libro no tiene ningún problema para ser entendido por el pueblo del Señor. Excepto algunas partes no son claras y no son entendidas por nosotros, sin embargo, no significa que no podamos entenderlas si tenemos fe como deberíamos.

El Señor espera que busquemos sabiduría, para reflexionar sobre sus verdades reveladas, y adquirir un conocimiento de ellos por el poder de su Espíritu. De lo contrario no se habrían revelado a nosotros. Se nos ha retenido la parte sellada del Libro de Mormón, ya que está más allá de nuestra actual capacidad de comprender. No estamos a la altura de la progresión espiritual que nos califica para entender sus doctrinas. Pero no se ha retenido el libro de Apocalipsis, porque no está más allá de nuestra capacidad de comprender; si nos aplicamos con íntegro propósito de corazón, podemos captar la visión de lo que el antiguo revelador registró. Los apóstoles en Palestina no sabían acerca de los nefitas,  porque  no  buscaron  tal  conocimiento. (3  Nefi   15:11- 24.) Tendríamos muchas revelaciones adicionales y conoceríamos muchas verdades si usáramos la fe que está en nuestro poder.

¿Cuál son, entonces, los animales y las plagas y las partes duras del libro?

Una respuesta a esta pregunta da lugar a un punto interesante. Es nuestra observación de que aquellos que se preocupan por estas cosas ocultas y misteriosas, en general, son los que aún no han llegado a un entendimiento de las muchas doctrinas claras y transparentes que se encuentran en este y en todos los otros libros de la Escritura.

En cuanto a estas partes difíciles del libro de Apocalipsis, José Smith dijo:

“Hago esta declaración general, que cuando Dios concede una visión de una imagen, animal o figura de cualquiera clase, El siempre se hace responsable de dar una revelación o interpretación de su significado, pues de lo contrario no tenemos que responder por nuestra creencia en la visión. No tengáis miedo de que os vayáis a condenar por no saber el significado de una visión o figura, si Dios no os ha dado una revelación o interpretación sobre el  tema.»  (Enseñanzas del  Profeta  José Smith, pág. 159)

También: «No es muy esencial que los élderes tengan conocimiento en cuanto al significado de bestias, cabezas, cuernos y otras figuras que se emplean en las revelaciones; sin embargo, a fin de evitar la contención y división, quizá sea necesario quitar la incertidumbre. Si nos engreímos, creyendo que tenemos mucho conocimiento, probablemente entrará en nosotros un espíritu de contención, y para echar fuera ese espíritu, se precisa el conocimiento correcto.

«La maldad de hincharse con conocimiento correcto (aunque inservible) no es tan grande como el pecado de la contención. El conocimiento disipa las tinieblas, así como la incertidumbre y la duda, porque éstas no pueden existir donde hay conocimiento.» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 157).

Como cuestión de hecho, el Profeta, que actúa por el espíritu de inspiración, dio algunas extensas interpretaciones de muchos de estos pasajes difíciles. Un examen de estas interpretaciones va más allá del alcance de este artículo, pero que figuran in extenso en mi Doctrinal New Testament Commentary, vol. 3, pp 429-595.

En este sentido bien podemos notar la declaración del Profeta, a aquellos adecuadamente dotado e inteligente, que el libro de Apocalipsis «. . . es uno de los libros más claros que Dios jamás ha hecho escribir.» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 158)

¿Cómo podemos entender el libro de Apocalipsis?

Nuestra posición al respecto es fuerte. El camino de la comprensión está claramente marcada. Aquí hay siete pautas básicas:

  1. Sepa que el libro de Apocalipsis se refiere a lo que ha de ocurrir después de tiempos del Nuevo Testamento, sobre todo en los últimos días.

Juan no está escribiendo de los acontecimientos de su tiempo. Él no tiene que ver con la historia antigua. El pronunciamiento inicial en el libro es que se trata de cosas que pronto pasaran, cosas que han de suceder después de los tiempos del Nuevo Testamento, cosas que han de transcurrir en los últimos días. Para dar una perspectiva general, se mencionan algunos hechos del pasado, pero todas estas presentaciones están claramente identificadas. Al hablar de la guerra en la tierra entre el bien y el mal, se menciona que también hubo una guerra en el cielo de un tipo similar. En la apertura de los sellos sucesivos de un libro, para exponer lo que es, hace breve mención de que necesariamente ha ocurrido en los últimos días. Pero todo el empuje del libro se refiere a los acontecimientos futuros.

José Smith dijo:

«. . . Las cosas que Juan vio y los acontecimientos de los días de Adán, Enoc, Abrahán o Jesús, sino cuando Juan claramente lo representa y expresamente lo dice. Juan vio solamente aquello que estaba reservado para lo futuro y lo que iba a acontecer en breve. . .» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 158)

También: «. . . Juan vio abrir las cortinas del cielo, y en visión miró a través del obscuro panorama de las edades futuras y vio acontecimientos que habrían de suceder en cada época subsiguiente de tiempo, hasta la escena final. . .» (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 136)

  1. Tener un conocimiento general del plan de la salvación y de la naturaleza de las relaciones de Dios con los hombres en la tierra.

Nos encontramos en el libro, ya sea de paso por alusiones, breve comentario, o consideración bastante prolongadas de doctrinas tales como: la preexistencia y la guerra en el cielo, la creación de la tierra, los tratos del Señor con los hombres en las dispensaciones sucesivas, la expiación gloriosa del Señor y su resurrección, lo que se requiere para vencer al mundo y ganar la exaltación, la densa oscuridad de la apostasía que siguió a los tiempos del Nuevo Testamento, el establecimiento de la iglesia del diablo y el reinado de los anticristos, la restauración del evangelio, el recogimiento de Israel, las plagas y desolaciones que se derramarán en los últimos días, la destrucción final de la grande y abominable iglesia, la Segunda Venida y el reinado milenario, la resurrección y el juicio eterno, y la celestialización final de la tierra.

Estos son sólo parte de los grandes acontecimientos descritos y de las doctrinas enseñadas. Manifiestamente, los que ya conocen la mente profética con respecto a este tipo de cosas va a ser capaz de enfocarse la luz que se ha añadido en el libro de Apocalipsis y así perfeccionar su comprensión de las obras del Señor.

  1. Uso de varias revelaciones de los últimos días que se expanden sobre los mismos temas en un lenguaje

Por ejemplo:

Sección 45 de Doctrina y Convenios contiene verdades comparables relativas a las plagas de los últimos días y la Segunda Venida.

Sección 76 amplía las doctrinas relativas a la salvación y la exaltación. Sección 77 contiene respuestas a preguntas específicas planteadas en porciones de otro modo incomprensibles de los escritos de que Juan reveló.

Sección 88 habla de algunos de los mismos ángeles y trompetas que suenan que Juan escribió.

Sección 101 tiene datos considerables en relación con la Segunda Venida y el Milenio.

Éter 13 expone verdades análogas relativas a la Nueva Jerusalén y el nuevo cielo y la nueva tierra.

  1. Estudiar los sermones de José Smith en relación con el libro de Apoc

Como ya se ha señalado, el Profeta predicó más ampliamente sobre este libro, dando comentario inspirado e interpretación guiadas por el Espíritu.

  1. Usar la Versión Inspirada de la Biblia.

Actuando por el espíritu de profecía y revelación, José Smith corrigió partes, pero no todos, de lo que está mal en la versión King James de la Biblia. En el libro de Apocalipsis corrigió, por ejemplo, los ángeles de las diversas iglesias terrenales se hacen los siervos (presidentes) de dichas unidades. El cordero con siete cuernos y siete ojos se convierte en un cordero con 12 ojos y 12 cuernos, perfeccionando así el simbolismo para identificar a Cristo y sus apóstoles. Capítulo 12 fue revisado en cuanto a identificar a la mujer, como la iglesia de Dios y la del niño que ella dio a luz como el reino de nuestro Dios y de su Cristo.

  1. Reserva sobre el juicio de cosas por las que se da ninguna interpretación.

Un ejemplo de esto es el llamado número de la bestia, que se dice que es el número de hombre, el cual, si se puede identificar, mostraría que estuvo involucrado en los grandes engaños impuestos sobre la humanidad. Esta es una respuesta que no sabemos. El curso prudente es evitar ser atrapados en las especulaciones engañosas de un mundo sin inspiración.

  1. Buscad el Espíritu.

Este es el consejo de coronación. Las cosas de Dios son conocidos sólo por el poder de su Espíritu. Profecía y revelación viene por el poder del Espíritu Santo. Sólo aquellos dotados por ese mismo poder son capaces de entender el significado completo de las cuentas inspiradas.

¿Cuál es el principal mensaje del libro de Apocalipsis?

No puede haber ninguna duda sobre la respuesta a esta consulta. Tiene el mismo propósito que todas las escrituras, aunque el enfoque es diferente. El mensaje es que Jesús es el Señor de todos; que descendió del trono de su padre a morar entre los hombres; que llevó a cabo la expiación infinita y eterna y ahora ha vuelto en gloria a ese trono de donde vino; y que elevará a todos hacia una gloria eterna.

¿Pero por qué este libro en tan particular? ¿Qué añade al depósito de la verdad revelada que no se encuentra en otro lugar?

En la respuesta a estas preguntas se encuentra la verdad de la escritura apocalíptica de Juan. Verdades del Evangelio que son y deben ser redactadas de diversas maneras, descritas de diversas maneras, y diversamente adornadas. El libro de Apocalipsis toma un enfoque del plan de salvación que no se encuentra en ninguna otra parte en todos nuestros escritos inspirados. El lenguaje y las imágenes se eligieron para apelar a la maduración del estudioso del evangelio, a los que aman al Señor y tienen algún conocimiento de su bondad y gracia.

Después del bautismo de agua, después de haber nacido del Espíritu, luego de trazar un curso de la conformidad y obediencia, el verdadero santo todavía se enfrenta a la necesidad de superar al mundo. En ninguna parte de cualquier escritura están esas explicaciones puntiagudas y persuasivas de por qué tenemos que vencer al mundo, y las bendiciones concomitantes que fluyen del mismo, como en esta obra de Amado Juan.

Como santos seguimos un curso de progresión y perfección, buscamos un mundo mejor. En medio de los males y corrientes descendentes de esta vida que tiene una necesidad de mirar hacia arriba y hacia adelante, mirar el curso general ordenado por su Creador; que necesitan para pensar en términos de recompensas milenarias y celestiales. ¿Dónde está todo esto expuesto de manera tan efectiva como en la última parte de estos escritos de Juan?

En ningún otro lugar encontramos los datos detallados en relación con las plagas de un mundo enfermo y moribundo. En ninguna parte el derrocamiento del poder satánico descrito tan despiadadamente. En verdad las enseñanzas de esta obra inspirada son algunos de los mayores incentivos a la rectitud personal que se encuentran en las Sagradas Escrituras.

¿No ha llegado el día en que el estudioso del evangelio puede echar mano de este gran tesoro de verdad revelada y llegue a un conocimiento de esas cosas que le aseguren la paz y la alegría en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero?

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Los diez mandamientos de un pueblo peculiar

Devocional de la Universidad Brigham Young, el martes 28 de enero de 1975. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_ten-commandments-peculiar-people/.

Los diez mandamientos de un pueblo peculiar

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Gracias, Presidente Oaks. Me siento honrado y encantado de tener esta oportunidad de conocer y adorar con el alumnado y el profesorado de la Universidad Brigham Young en esta ocasión. He meditado y orado mucho para decir lo que el Señor quiere que diga a la juventud de Sion. Mi oración ha sido y es: «Oh Dios, que se manifieste a tu siervo lo que tú habrías dicho a aquellos que son elegidos y un tesoro peculiar por encima de todos los pueblos de la tierra». En respuesta, ha entrado en mi corazón el deseo de tener en cuenta nuestra condición única y peculiar como miembros de la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra. Si ahora tengo la guía del Espíritu, voy a tomar la doctrina de que somos un pueblo peculiar; y extraer algunas conclusiones en cuanto a lo que se espera de nosotros debido a nuestra condición única.

Somos un pueblo peculiar

Hay un viejo refrán que dice: «Todo el mundo es raro conmigo, y a veces creo que incluso yo soy un poco raro.» Esto se utiliza jocosamente para diferenciarse de la humanidad y los que profesan ser o aparentemente son diferentes de otras personas. Nosotros nos ponemos en esta categoría. No somos monstruos, somos personas sanas que disfrutan de la vida. Nosotros trabajamos y jugamos, participamos en deportes, nos mezclamos con otras personas, vamos a fiestas, y disfrutamos de las ocasiones festivas. Pero estamos en los ojos de la gente del mundo. Somos una raza apartada. Somos diferentes del mundo porque no seguimos las prácticas y no seguimos las modas de las personas mundanas y carnales. Nos gloriamos en las cosas que nos diferencian, y esperamos y oramos para poder mantener y aumentar las diferencias. De los verdaderos santos, con los que somos contados, Pedro dijo:

«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido» Habiéndolo anunció, él dijo lo que se espera de ellos: «Que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable «(1 Pedro 2: 9)

Pregunta: «¿Cómo vamos a mostrar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable?» Esto es equivalente a preguntar «¿Cómo adoramos al Señor?»

Respuesta: Es más que en la canción o el sermón; la adoración perfecta es la emulación. Alabanza perfecta es hacer las cosas que él quiere que hagamos. Es guardar los mandamientos de Dios.

Para los verdaderos santos Pablo escribió:

“Porque la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres se ha manifestado.”

“Enseñándonos que, rechazando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente.”

“Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.”

“Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” (Tito 2:11- 14)

Pregunta: «¿Cómo purifica el Señor para sí un pueblo propio?»

Respuesta: Lo hacen cuando las personas abandonan la impiedad y los deseos mundanos. Lo hacen cuando la gente toma el consejo de él y guardan sus mandamientos «sobria, justa y piadosamente, en este mundo.»

A su Israel elegido, de los cuales somos parte, el Señor dijo:

«. . . Si dais oído  a  mi  voz  y  guardáis  mi  convenio,  vosotros  seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra.»

«Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y un pueblo santo. Éstas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.» (Éxodo 19:5-6)

Tengan en cuenta los términos de la  oferta  del  Señor:  «Escuchad  mi voz; guarden mi pacto. «Esta alianza es la plenitud de su evangelio eterno. Es la nueva y eterna alianza en la que nos comprometemos a abandonar el mundo y en la que él nos promete una herencia con él en el reino de su Padre. Todos los que guarden el pacto, que vivan las normas del Evangelio, recibirán esta promesa:

«Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo singular de entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra.» (Deuteronomio 14: 2).

Y yo digo, «Tú eres ese pueblo singular, un pueblo elegido y favorecido, un pueblo apartados, un pueblo peculiar.»

La familia del Señor

Ahora, con los principios que tenemos ante nosotros, ¿Puedo hablar de la relación especial de las familias que disfrutan y que viven de un modo que se convierten en un pueblo peculiar? De ellos está escrito: «. . . Sois los hijos del Dios viviente» (Oseas 1:10). Es decir, aquellos que ganan el alto estado de un pueblo peculiar son adoptados en la familia del Señor Jehová. Se convierten en sus hijos y sus hijas y lo tienen como su padre. Nuestra mejor exposición de la doctrina aquí involucrada se encuentra en estas palabras del rey Benjamín:

“Ahora pues, a causa del convenio que habéis hecho, [en las aguas del bautismo] seréis llamados progenie de Cristo, hijos e hijas de él, porque he aquí,  hoy  él  os  ha engendrado espiritualmente;  pues  decís   que vuestros corazones han cambiado por medio de la fe en su nombre; por tanto, habéis nacido de él y habéis llegado a ser sus hijos y sus hijas. (Mosíah 5:7)

Esta es una relación de parentesco especial reservada para los fieles. Está por encima del hecho de que todos los hombres son los hijos espirituales del Padre Eterno.

El rey Benjamín continúa:

Y bajo este título sois librados, y no hay otro título por medio del cual podáis ser librados. No hay otro nombre dado por el cual venga la salvación; por tanto, quisiera que tomaseis sobre vosotros el nombre de Cristo, todos vosotros que habéis hecho convenio con Dios de ser obedientes hasta el fin de vuestras vidas.

Y sucederá que quien hiciere esto, se hallará a la diestra de Dios, porque sabrá el nombre por el cual es llamado; pues será llamado por el nombre de Cristo. (Mosíah 5:8-9)

Esta es una doctrina gloriosa y maravillosa. Somos los hijos e hijas del Dios vivo, los hijos del gran Jehová, llevamos el nombre de Cristo. Somos miembros de su familia. Él es nuestro padre. Ahora que ganamos esa relación personal con él que nos ha comprado con su sangre, Él dice:

“Mas a cuantos me recibieron, les di el poder de llegar a ser mis hijos; y en igual manera, a cuantos me recibieren, les daré poder para llegar a ser mis hijos.”

Y de cierto, de cierto te digo, que el que recibe mi evangelio, me recibe a mí; y quien no recibe mi evangelio, tampoco me recibe a mí.”

Y éste es mi evangelio: Arrepentimiento y bautismo en el agua, tras lo cual viene el bautismo de fuego y del Espíritu Santo, sí, el Consolador, el cual manifiesta todas las cosas y enseña las cosas apacibles del reino.” (Doctrinas y Convenios 39: 4-6)

Cuando participamos de la Santa Cena, renovamos los convenios que se hacen en las aguas del bautismo. Estamos de acuerdo en volver a tomar sobre nosotros el nombre del Hijo, y de guardar sus mandamientos, así que siempre tendremos su Espíritu con nosotros.

El bautismo y el sacramento son las ordenanzas que abren la puerta para que, como pueblo, peculiares y apartados del mundo, tengamos el poder de llegar a ser hijos e hijas de Dios. Obedecer y conforme, negando la impiedad y los deseos mundanos, viviendo con sobriedad y piadosamente.

En la familia de mi padre teníamos un dicho: «Recuerda quién eres y actúa en consecuencia.» Adopté este mismo lema para mi familia. Mi esposa me dice que su padre hizo exactamente lo mismo. Nuestro lema de familia significa para nosotros, «En primer lugar, usted es un McConkie; se te ha enseñado la verdad; saben lo que se espera  de  ustedes  en  todo momento; deben vivir según los estándares de la familia y evitar cualquier cosa que pudiera manchar el nombre de la familia. En segundo lugar, usted es un cristiano; Jehová es su pastor; el Señor Jesús es tu padre; deben vivir según las normas del Evangelio y no hacer nada que traiga el descrédito sobre él nombre que llevas».

Ahora, a la luz del principio de que somos un pueblo peculiar, que se han convertido en los hijos e hijas de aquel que es nuestro Señor, me permito sugerir algunas cosas específicas que les ayudarán a vencer al mundo y hacer que las doctrinas aquí involucradas vivan en nosotros. Voy a hacer esto mediante la presentación de lo que podríamos llamar los diez mandamientos de un pueblo peculiar. En primer lugar los mandamientos y luego un breve comentario acerca de ellos.

Sé virtuoso

El primer mandamiento: Serás moralmente limpio y te ajustaras a todas las normas de la virtud y la castidad.

El Comentario: Las personas que vive a la manera del mundo son inmorales e impuros, hasta el punto de que nos preguntamos si todavía quedan normas morales entre los hombres. La gente habla de una nueva moral, que es, de hecho, la inmoralidad bajo un nuevo nombre. Nos enfrentamos en la radio, en la televisión, en las películas y en la literatura llamados de que está disponible con una recitación de las normas que son contrarias a los principios del Evangelio. Son inherentes al curso que persigue el mundo.

Pero los verdaderos santos quedan adheridos al decreto divino, «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14). Todavía creemos «que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mateo 5:28). Nuestra proclamación todavía es:

«Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra.”

Y el que mirare a una mujer para codiciarla negará la fe, y no tendrá el Espíritu; y si no se arrepiente, será expulsado.» (Doctrinas y Convenios 42: 22-23)

La inmoralidad es el mal de nuestro día. Se sitúa junto al asesinato en la categoría de los pecados personales. Debemos huir de él, evitarlo. Destruye a los hombres espiritualmente en esta vida y los envía a un infierno sin fin en la vida venidera. La palabra del Señor dada al mundo a través de nosotros todavía es:

«Porque yo, el Señor Dios, me deleito en la castidad de las mujeres. Y las fornicaciones son una abominación para mí; así dice el Señor de los Ejércitos.» (Jacob 2:28)

Refrenar sus pasiones

El segundo mandamiento: Refrena tus pasiones y abstente de toda clase de lascivia.

El comentario: Estamos aquí en la mortalidad para ser juzgados y probados; estamos en libertad condicional. La gran prueba es si superaremos los deseos de la carne, y huiremos de lo que es lascivo, y viviremos las normas del Evangelio. Hemos de vencer al mundo, si nos involucramos en besuqueo y en manoseo, si vemos películas pornográficas, si leemos libros o revistas de mala calidad y vulgares, si disfrutamos de historias vulgares, si somos profanos e inmundos de pensamiento o de palabra, estamos viviendo a la manera del mundo. Entonces no hay nada peculiar en nosotros. Somos como la generalidad de la humanidad. Estamos  fuera  del  círculo familiar. Perderemos nuestra condición  de  hijos  e  hijas  de  nuestro Señor. Oh, podría decir de nosotros:

“. . . No había contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.”

Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna especie; y ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios. (4 Nefi 15-16)

Aquí tenemos lo que lo que significa un galardón: Ciertamente no podía haber un «pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios.» La verdadera felicidad sólo se encuentra en la conducta correcta. Nadie puede vivir a la manera del mundo y ser verdaderamente feliz. «La maldad nunca fue felicidad» (Alma 41:10)

Se Modesto

El tercer mandamiento: Serás modesto en el vestir y tu apariencia.

Comentario: Puede ser una sorpresa para algunas personas aprender que la modestia en el vestir y aseo personal se relaciona con la salvación. Salí de la reunión del Comité Ejecutivo de Misioneros esta mañana para venir aquí, y el último artículo aprobado era un documento para los presidentes de misión, los presidentes de estaca y obispos instruyendo aconsejar a todos los misioneros retornados para que mantuvieran las normas de vestimenta y de aseo personal que habían prevalecido en sus misiones.

La Biblia tiene mucho que decir acerca de cubrir nuestra desnudez, sobre la ropa costosa y adornos, sobre el uso excesivo de joyas, sobre trajes chillones y mundanos, y sí, acerca de los estilos de pelo. A las mujeres se les recomienda evitar el «trenzado» del cabello y no usar «pelo broided.» Yo sugiero averiguar lo que significan esas cosas en el contexto en que fueron utilizados por Pedro y Pablo. El Libro Sagrado aprueba el pelo largo para las mujeres y el pelo corto para los hombres: «¿La naturaleza misma nos enseña», dice Pablo, «que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?» (1 Corintios 11:14). Se señala en la sección iglesia del Deseret News que el presidente Spencer W. Kimball, al hablar ante un grupo, citó la frase de Pablo con la misma aplicación que lo estamos haciendo aquí.

Vestirse y arreglarse conforme a las normas es una de las pruebas que el Señor nos impone para ver si vamos a tener un abogado y para ver si estaremos en contra de las presiones del mundo. Hay, por supuesto, una razón subyacente para todos  los  consejos  y órdenes transmitidas por el Señor a los Santos. La inmodestia, por ejemplo, conduce a la inmoralidad. El pelo largo y sucio abre la puerta a la rebelión contra el orden establecido y  las  asociaciones  que  conducen  fuera  de  la Iglesia. Seguramente aquellos que están tan adornados no están viviendo sobria, justa y piadosamente en este mundo. Pero incluso si no somos lo suficientemente afinados para reconocer las razones válidas detrás de las normas de vestimenta y aseo personal, todavía se espera que  las respetemos. Bien podríamos remontarnos al consejo dado a Adán al ofrecer sacrificios. Él, sin saber las razones subyacentes, lo hizo con el fin de cumplir con el consejo que el Señor le había dado. Y en su momento el ángel del cielo explicó de qué se trataba.

Se honesto

El cuarto mandamiento: serás integro, honesto y manifiesto en todos tus hechos.

El comentario: Los susurros del diablo a los hombres, «miente un poco; no hay ningún daño en una pequeña falta de honradez; un pequeño robo no importa; todo el mundo engaña en un examen con el fin de salir adelante; no busques al verdadero dueño de la propiedad perdida; aprende a llevarte bien en el mundo, viviendo como la gente del mundo vive. «Estamos viviendo en un día en que el mal está en aumento. El crimen y las prácticas deshonestas prevalecen en medida creciente en todo el mundo. A mi juicio esto continuará hasta el día de la venida del Hijo del Hombre cuando los impíos serán destruidos, se regenerará la tierra, y vamos a tener una nueva forma de vida. Creo también que en medio de estas circunstancias mundanas la misma  Iglesia,  al  menos  la  parte   fiel   de   ella,   se   está perfeccionando. Estamos viviendo los estándares más altos, y nos estamos preparando para ser las personas que estarán listos para el Señor cuando venga de nuevo. En cuanto a estos asuntos, el Señor nuestro Dios nunca ha rescindido lo que está escrito: «No hurtarás» (Éxodo 20:15). Ninguna enmienda se ha anexado al decreto «¡Ay de los mentiroso, porque serán arrojado al infierno!» (2 Nefi 9:34). El código de honor sigue vigente. Ni un hombre deshonesto, ni un hombre carente de integridad pueden entrar en el reino de Dios.

Pague sus ofrendas

El quinto mandamiento: Paga tus diezmos y ofrendas al Señor.

El Comentario: Los diezmos y ofrendas dividen a los fieles de los infieles. Todos los hombres rendirán cuentas ante el juicio por la manera en que se utilizan los dineros y propiedades que entraron en sus manos mientras estuvieron en la mortalidad. «. . . El amor al dinero es la raíz de todos los males. . .» (1 Timoteo 6:10). Y eso incluye la fijación excesiva del dinero que es legal. El Señor le dijo a Martin Harris, «Y también te mando no codiciar tus propios bienes, sino dar liberalmente de ellos para imprimir el Libro de Mormón. . .» (Doctrinas y Convenios 19:26). Hablando de hacer que nuestro dinero y propiedades estén disponibles para la edificación del reino, Pablo dice:

«. . . El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra en abundancia, en abundancia también segará. «

Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.» (2 Corintios 9: 6-7)

Bien podríamos recordar la revelación que dice: «Porque el que es diezmado no será quemado en su venida» (Doctrinas y Convenios 64:23). Algunas personas dicen que el diezmo es un buen seguro contra incendios.

Guardar el día de reposo

El sexto mandamiento: Irás a la reunión sacramental y guardarás el día de reposo.

El comentario: Vivimos en una época en que casi todo el mundo se precipita como un loco en busca de placer. Casi todo el mundo aparta el fin de semana con fines recreativos, y esto significa la violación del sábado. La generalidad de la humanidad, juega al golf, va al cine, etc. Hay iglesias que realizan sus servicios de adoración en la noche del viernes o sábado por la mañana para liberar a sus adherentes para realizar actividades recreativas en el día del Señor. La ley del Señor, dada de nuevo en nuestros días, nos aconseja:

Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo.”

“Porque, en verdad, éste es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al  Altísimo”  (Doctrinas  y  Convenios 59: 9-10)

Guardar la Palabra de Sabiduría

El séptimo mandamiento: Guardar la Palabra de Sabiduría.

El comentario: Hemos recibido del Señor una ley de salud que, si se mantiene, se nos asegura, no sólo de bienestar físico, sino también de las grandes efusiones de iluminación espiritual. Esta ley se divide en consejos afirmativos, diciéndonos lo que podemos comer adecuadamente, y el consejo negativo, que prohíbe el uso de ciertas cosas que son perjudiciales para el cuerpo. Mientras que los hombres en el mundo escalan por la vida en un estupor alcohólico; mientras se sumergen en los humos pestilentes del tabaco; mientras se ahogan en galones de té y café; mientras que inhalan el humo de la marihuana o de otro modo afligiéndose a sí mismos con las drogas que destruyen la mente; los santos del Altísimo, en toda su peculiaridad, evitan estas cosas como la plaga que son.

La suya es esta promesa:

Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos.”

Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos.”

Y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar.”

Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará.” (Doctrinas y Convenios 89: 18-21)

Ahora, tenga en cuenta de qué se trataba: En primer lugar, «rindiendo obediencia a los mandamientos,» para el Mundo de la Sabiduría es más que una ley de la salud; y segundo, al mantenerla «hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos.» Estos tesoros ocultos incluyen cosas tales como un testimonio de la verdad y la divinidad de la obra, la revelación personal para guiarnos en todos nuestros asuntos y para proveernos con la compañía constante del Espíritu Santo. Y el decreto eterno es que el Espíritu no morará en un tabernáculo impuro.

Creer en las verdaderas doctrinas

El octavo mandamiento: Creerás en las verdaderas doctrinas y rechazarás las falsas teorías educativas del mundo.

El comentario: Somos salvados o condenados por lo que creemos. Si creemos en el Señor Jesucristo y las verdades salvadoras de su evangelio eterno, tenemos una esperanza de vida eterna. Si nuestras creencias abrazan las filosofías de los hombres y los caprichos del mundo, pueden conducirnos a la destrucción. Casi todo el mundo educativo defienden las falsas teorías de la evolución orgánica, lo que descarta la caída del hombre y de la expiación de Cristo. Los hombres adoran en el santuario de la intelectualidad sin siquiera darse cuenta de que la religión es una cosa del Espíritu, y que «las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios» (1 Corintios 1:11). Nuestras escuelas enseñan algunos principios del socialismo, del comunismo, de la liberación de las mujeres, de restringir el crecimiento demográfico y similar —gran parte de la cual va en contra de las verdades del Evangelio revelado.

Cuán agradecidos debemos estar por el conocimiento revelado que tenemos de las verdades salvadoras eternas del Evangelio. Sabemos las verdades que deben ser comprendidas, entendidas y aplicadas a nuestras vidas para darnos gozo y paz en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero. Estas cosas pertenecen a la naturaleza y la clase de ser que es Dios y al gran plan de salvación que él ordenó para que sus hijos espirituales puedan avanzar y progresar y llegar a ser como él. El hecho de que Adán cayó, con lo que la muerte temporal y espiritual entró el mundo, y el hecho de que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para rescatar a los hombres de los efectos de la muerte temporal y espiritual traído sobre toda la humanidad a través de la caída de Adán —estos son verdades eternas. Otras verdades eternas son éstas: que Dios ha hablado en nuestros días; que la plenitud de su evangelio eterno se ha restaurado; que la iglesia y el reino de Dios se ha establecido en la tierra de nuevo; que administra el evangelio por el poder del santo sacerdocio; y que no se tenían entre nosotros los dones, señales, milagros y maravillas, todas las bendiciones y gracias que jamás fueron tenido en cualquier día en que el Señor tuvo un pueblo en la tierra.

Servir a sus semejantes

El noveno mandamiento: Sirve a tus semejantes y sacrifícate por la edificación del reino.

El comentario: servicio y sacrificio son esenciales para la salvación. Jesús dijo: «. . . Yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lucas 22:27). El rey Benjamín dijo: «. . . Cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios» (Mosíah 2:17). José Smith enseñó que «una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas nunca tendrá poder suficiente para producir la fe necesaria para llevar a la vida y a la salvación.»

Orar

El décimo mandamiento: Derramaras tu alma al Señor en ferviente oración.

El comentario: Somos un pueblo que ora —no solamente dando servicio de labios, no recitando simples palabras, no repitiendo memorizadas frases en la oración, sino con toda la energía y el poder que poseemos, orando hasta que los cielos estén abiertos y Señor haga llover justicia sobre nosotros. Nadie puede orar con una fe completa, a menos que guarde los mandamientos. Un hombre inmoral no puede generar la fe para levantar a los muertos. Una persona que no guarda la Palabra de Sabiduría será un obstáculo en la sanación de los enfermos, y así sucesivamente aún hasta en nuestra manera de vestir y las normas de aseo personal.

El Reino de Dios en la Tierra

Tal es, sugiero, son los diez mandamientos de un pueblo peculiar. Si vivimos por los principios enunciados en ellos tendremos paz en esta vida y la vida eterna en el mundo por venir. Si alguno de nosotros ahora no está a la altura, en cualquier grado, la  puerta  está  abierta  para  el arrepentimiento. El brazo del Señor no se acorta para no escuchar, sino que invita a todos los hombres a que vengan a él y participen de su bondad y gracia.

Hay una organización en su reino por la cual podemos recibir el consejo y dirección que necesitamos. Todos nosotros tenemos el poder para establecer nuestras vidas en el pleno de «vivir sobria, piadosa y de manea justa» en este mundo y con ello ganar la paz prometida y la esperanza prometida de una recompensa eterna.

«. . . Éstos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» (Apocalipsis 7:13)

La respuesta inspirada es:

«. . . Éstos son los que han salido de la gran tribulación; y han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero.» (Apocalipsis 7: 14)

Nadie dijo que la vida estaba destinada a ser fácil. El Señor nos ha dejado deliberadamente en una situación en la que el mundo está a nuestro alrededor y en el que tenemos que tomar decisiones. Si elegimos seguirlo y tomar el consejo que él nos da, cosecharemos las bendiciones. Y si optamos por lo demás, siguiendo el curso que el mundo sigue, la destrucción prometida a ellos estará acumulándose sobre nosotros también. «Al que venciere, yo le daré  que  se  siente  conmigo  en  mi  trono,  así  como  yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.»  (Apocalipsis 3:21). «El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo.» (Apocalipsis 21: 7)

¡Qué cosa tan gloriosa y maravillosa es ser un miembro de la iglesia y reino de Dios en la tierra, y recibir las revelaciones del cielo, y saber lo que se quiere decir con las palabras proféticas y los consejos escritos por profetas y apóstoles! Somos tan bendecidos. Esta Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios en la tierra. Es dirigida por el espíritu de inspiración. Si seguimos el consejo y dirección que recibimos, entonces estos  principios  sobre  los  cuales  hemos  hablado  vivirán  en  nuestras vidas. Ellos viven porque son verdaderos y porque el Señor quiere que vivamos bajo estas normas. Si seguimos este curso vamos a conseguir la alegría y la paz «que sobrepasa todo entendimiento», mientras estamos aquí en la mortalidad, y vamos a tener una herencia garantizada de gloria, honor, inmortalidad y exaltación en el reino por venir. De ello testifico y por estas cosas ruego por todos nosotros.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Sucesión en la presidencia

Devocional de la Universidad Brigham Young, el martes 8 de enero de 1974. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_succession-presidency/.

Sucesión en la presidencia

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Estoy contento y honrado de tener este privilegio de conocer y adorar con ustedes en sus servicios devocionales al comenzar un nuevo año. Deseo ferviente y sinceramente la guía y la iluminación que viene del Espíritu Santo primero para mí, para que pueda decir lo que debo decir y lo que el Señor hubiera dicho en esta ocasión; y en segundo lugar para ustedes para que sus corazones estén abiertos y receptivos, y para que puedan sentir la verdad de las expresiones que se dirán.

El Presidente Dallin Oaks ha indicado, apropiadamente, el paso del presidente Harold B. Lee, uno de los gigantes espirituales de nuestra dispensación. Me gustaría, si bien puedo ser guiado, hablar con usted acerca de la sucesión en la presidencia y para que puedan tener un sentimiento y una comprensión de lo que se trata cuando el Señor llama a un profeta a otras esferas.

Comencemos con la convicción cierta y segura en nuestras almas que esta es la obra del Señor. Esta es la iglesia del Señor y él está ejecutando su obra. No hay ninguna pregunta en absoluto sobre eso. Como el Presidente Oaks lo indicó, el Señor llama a sus profetas y el Señor libera a  sus profetas. Ningún profeta se puede llamar por cualquier otro poder, y ningún profeta puede ser liberado por ningún otro poder.

Y así, por razones que no son total y completamente conocidos por nosotros, aunque tenemos una visión y comprensión de lo que está involucrado, el miércoles 26 de diciembre de 1973, el Señor llamó a su siervo, el presidente Harold B. Lee. El presidente Lee había estado con buena salud; estaba vigoroso y activo hasta ese momento de su vida. Pero ese día el Señor dijo: «Ven acá. Tengo otro trabajo para que hagas en otra esfera. Tengo mayores trabajos y un mayor trabajo para ti del que has estado haciendo en la mortalidad».

Llamamientos al otro lado del Velo

Por difícil que sea para nosotros imaginar del todo por qué el presidente Lee fue tomada, no tenemos ninguna dificultad en aceptar y comprender que él va adelante en la obra del Señor en otra esfera. Me gustaría leer una declaración del presidente Wilford Woodruff en relación con la aprobación de la noble y fiel vida de sus labores que le esperan en los reinos por venir. El presidente Woodruff dice:

Existe el mismo sacerdocio en el otro lado del velo. Todo hombre que es fiel en su quórum aquí se unirá a su quórum allí. Cuando un hombre muere y su cuerpo es colocado en el sepulcro, no pierde su posición. El profeta José Smith tenía las llaves de esta dispensación de este lado del velo, y se llevará a cabo a lo largo de las incontables edades de la eternidad. Entró en el mundo de los espíritus para abrir las puertas de la cárcel y de predicar el Evangelio a los millones de espíritus que están en tinieblas, y cada apóstol, cada setenta, cada élder, etc., que ha muerto en la fe en cuanto pasa al otro lado del velo, entra en la obra del ministerio, y hay mil veces más para predicar allí que no están aquí.

Creo que el próximo comentario del presidente Woodruff tiene aplicación particular con relación a la muerte de presidente Lee:

Me he sentido en el último tiempo, como si nuestros hermanos del otro lado del velo hubiesen celebrado un consejo, y que habría dicho, «Cese tu obra en la tierra, venimos de ahí, necesitamos ayuda», y han llamado a este hombre. (Diario de Discursos, 22: 333-34)

Cuando el presidente Lee murió fue atendido por el presidente Marion G. Romney, su segundo consejero, y el presidente Spencer W. Kimball, el Presidente del Consejo de los Doce. El presidente N. Eldon Tanner estaba en Arizona en ese momento. El Hermano Romney, como representante y consejero del presidente Lee, estuvo a cargo en el hospital. Él le dio al presidente Lee una bendición. Sintió el espíritu de paz y satisfacción, y la tranquila seguridad de que todo lo eventual estaría correcto. No le prometió al presidente Lee que iba a ser sanado. El Presidente se había enfermado muy rápidamente, solo en cuestión de horas. Poco después de esta bendición, él falleció. En el momento en que murió, el hermano Romney, en armonía con el sistema y la tradición establecida y la costumbre de la Iglesia, se hizo a un lado, entonces el presidente Spencer W. Kimball quedó a cargo completamente. El presidente Kimball era en ese momento el apóstol mayor de Dios en la tierra. Y con el último latido del presidente Lee, el manto del liderazgo pasó al presidente Kimball, cuyo latido siguiente fue la del oráculo viviente para presidir con la autoridad de Dios en la tierra. A partir de ese momento la Iglesia continuó bajo la dirección del presidente Kimball.

El procedimiento establecido para la sucesión

No era necesario, ni fue requerido, que el Señor diera una revelación, o dirección especial. La ley ya había sido establecida y ordenada. Dios no mira hacia abajo cada mañana y dice: «El sol se levantará.» Él ya ha establecido la ley, se ha puesto el sol en el firmamento, y el sol opera en armonía con la ley establecida. Y así fue con la transferencia del liderazgo del presidente Lee al presidente Kimball.

Cuando el Presidente de la Iglesia muere, la Primera Presidencia es disuelta, y el manto de liderazgo: las riendas de la presidencia, llegan al hombre mayor a la izquierda y al Consejo de los Doce como un cuerpo; en efecto, el Consejo de los Doce se convierte entonces en la Primera Presidencia de la Iglesia y así continúa a menos que y hasta que una reorganización formal, se lleve a cabo. El presidente Joseph F. Smith dijo:

Siempre hay una cabeza en la Iglesia, y si la presidencia de la Iglesia se disuelve por la muerte u otra causa, entonces el próximo jefe de la Iglesia son los Doce Apóstoles, hasta que una presidencia se organiza de nuevo con tres presidentes sumos sacerdotes que tienen el derecho a ocupar el cargo de Primera Presidencia sobre la Iglesia; y, de acuerdo a la doctrina establecida por el presidente Wilford Woodruff, quien vio la necesidad de ella, y la del presidente Lorenzo Snow, si el Presidente debe morir, sus consejeros se liberan de esa presidencia, y es el deber de los Doce Apóstoles proceder a la vez, de la manera que se ha señalado, al ver que la Primera Presidencia se reorganiza, de manera que no haya deficiencia en el trabajo y el orden del sacerdocio en la Iglesia de Dios. (Conference Report, abril 1913, pp. 4-5)

En armoniosa con esa política, y que se ha seguido en anteriores ocasiones, el Consejo de los Doce se reunió en la sala superior del Templo de Salt Lake el domingo, 30 de diciembre a las 3:00 pm con el propósito de reorganizar la Primera Presidencia de la Iglesia. Normalmente en esa habitación superior hay tres sillas ocupadas por la Primera Presidencia y doce sillas en un semicírculo delante de ellos ocupada por los miembros del Consejo de los Doce. En esta ocasión, sin embargo, hubo catorce sillas en semicírculo, porque había catorce hermanos presentes que había sido sostenido y ordenado y apartado como miembros del Consejo de los Doce.

Tomamos nuestros lugares en esas sillas, el presidente Kimball presidía la reunión, que duró alrededor de tres horas y media. En el transcurso de esta reunión, el presidente Kimball explicó el asunto a tratar. Explicó que cuando el profeta José Smith fue martirizado, pasaron 3 1/2 años antes de que el presidente Young fuera elegido formalmente como Presidente de la Iglesia. Señaló que ese período pasó entre el presidente Young y el presidente John Taylor y entre el Presidente Taylor y el presidente Wilford Woodruff, sino que en cada caso había variado desde cuatro hasta once días, y nos reunimos cuatro días después de la muerte del presidente Lee.

Se expresó en cuanto a lo que se debía hacer, y él dijo que la proposición que se consideraba primero era si la Primera Presidencia debía ser reorganizada o si la Iglesia debía seguir funcionando con el Consejo de los Doce como sus presidentes. Luego invitó a cada miembro de los Doce, comenzando con el élder Ezra Taft Benson y continuando alrededor del círculo a expresarse con franqueza y libremente en cuanto a lo que se debía hacer. Les diré lo que en pensamiento, contenido y sustancia fue dicho por todos los hermanos en esa ocasión, pero si puedo, déjame aclarar mi declaración mediante la lectura de un relato de lo que sucedió en la reunión del Consejo de los Doce en la primera ocasión en la que se consideraba el problema de la reorganización de la Primera Presidencia de la Iglesia. Han sido once esas reuniones en esta dispensación. Estas palabras que ahora leo fueron pronunciadas por el élder Orson Hyde, del Consejo de los Doce en esa primera reunión:

En el mes de febrero de 1848, los Doce Apóstoles se reunieron en Hyde Park, Condado de Pottawattamie, Iowa, donde se estableció una pequeña rama de la Iglesia. . . Estábamos en la oración y el consejo, en comunión entre sí; y lo que sucedió en esa ocasión. La voz de Dios vino de lo alto, y habló al Consejo. Cada sentimiento latente se despertó, y cada corazón se derritió. ¿Qué nos dijo a nosotros? «Que mi siervo Brigham pase adelante para recibir todo el poder del sacerdocio que preside en mi Iglesia y reino.» Esta fue la voz del Todopoderoso a nosotros en Council Bluffs, antes de que me retiré a lo que se llamó Kanesville. Se ha dicho por algunos que Brigham fue nombrado por el pueblo, y no por la voz de Dios. No sé que testimonio han tenido, yo estaba presente, y hay otros aquí que también estaban presentes en esa ocasión, y oímos y sentimos la voz del cielo, y fuimos llenos del poder de Dios. Este es mi testimonio; estas son mis declaraciones a los Santos, a los miembros del reino de Dios en los últimos días, y para todas las personas.

“. . . Hombres, mujeres y niños se agolpaban donde estábamos, y nos preguntaron qué pasaba. Dijeron que sus casas temblaron, y la tierra tembló, y que no sabían, pero que no era un terremoto. Les dijimos que no había nada, que no se alarmaran; el Señor solamente estaba susurrando un poco, y que él probablemente no estaba muy lejos. No sentimos sacudidas de la tierra o de la casa, pero nos llenamos con el poder superior y la bondad de Dios. Sabíamos que teníamos el testimonio de Dios en nosotros. En el 6 ° día del mes de abril siguiente, en nuestra Conferencia Anual (el próximo día seis de abril es nuestra conferencia anual, y vamos a hacer precisamente lo que hicieron aquí), celebrada en el Tabernáculo en Kanesville, la conveniencia de elegir a un hombre para presidir la Iglesia fue investigado. En muy pocos minutos se acordó, y Brigham Young fue elegido para ocupar ese lugar sin una voz disidente, la gente sin saber que había habido ninguna revelación tocante al asunto. Ellos ignorantemente secundaron la voz del Señor de lo alto por  su  nombramiento. («Es decir, Vox  Dei,  vox  populi «.) Sí,  la  voz  de  Dios  era  la  voz  del pueblo. Brigham fue adelante, en silencio, para hacer la obra del Señor, y para alimentar a sus ovejas, y cuidar de ellos como un pastor fiel. (Diario de Discursos, 8: 233-34)

Eso es lo que ocurrió la primera vez que el Consejo de los Doce se reunió para reorganizar la Primera Presidencia de la Iglesia. Y en esencia, es precisamente lo mismo que ocurrió el día treinta de diciembre pasado. Cada miembro del Consejo, específica y deliberadamente, se expresó en el sentido de que ahora era el momento de reorganizar la Primera Presidencia de la Iglesia, que no debía haber más demora, que el funcionamiento eficaz y adecuado de esta gran organización que tenemos del Señor necesitaba este acuerdo administrativo. Cada uno a su vez expresó que el presidente Spencer W. Kimball era el hombre a quien el Señor llamó a presidir la Iglesia; no había duda de eso. Había unidad y armonía total y completa. La oración que estaba en el corazón de cada persona presente era «Señor, muéstranos a tus siervos a quien has elegido para ser Presidente de la Iglesia.».

El presidente Young es citado diciendo la siguiente declaración, después de la muerte del Profeta, «No me importa quien preside en la Iglesia. Todo lo que quiero saber es lo que el Señor piensa de ello. «El Señor manifiestó su voluntad ese día, y eso es todo lo que queríamos saber para nuestro día. Y cuando nos reunimos para esta última reorganización, el Señor nos manifiestó su voluntad. Era como si la voz de Dios le hubiese dicho a cada uno de nosotros individualmente y a todos nosotros colectivamente: «Que mi siervo Spencer pase adelante y reciba todo el poder del sacerdocio que preside en mi Iglesia y reino.»

La ordenación del presidente Kimball

Y así, después de las expresiones y consideraciones, el élder Ezra Taft Benson, el siguiente en antigüedad al presidente Kimball, hizo la moción formal de que la Primera Presidencia de la Iglesia se reorganizarse; que el presidente Spencer W. Kimball fuese sostenido, ordenado y apartado como Presidente de la Iglesia; como el profeta, vidente y revelador de la Iglesia. Esta moción fue aprobada por unanimidad.

En este punto, el presidente Kimball hizo un discurso de aceptación, de una forma humilde, y una expresión apropiada muy dulce. En el curso de nuestra reunión había explicado, como lo hizo en el funeral del presidente Lee, que ningún hombre había orado más sincera y devotamente, con más sentimiento y deseo, por la vida, el vigor, la salud, y continua prosperidad espiritual y física del Presidente Lee que lo había hecho él. Pero el presidente Kimball estaba dispuesto a aceptar la voluntad del Señor y el manto de liderazgo había caído sobre él.

En este punto, eligió a su primer consejero, el presidente N. Eldon Tanner, que respondió de manera adecuada y con dulzura; luego eligió presidente Marion G. Romney para ser el segundo consejero, que de manera similar respondió. Después de estos nombramientos, el hermano Benson fue sostenido como Presidente del Consejo de los Doce. Y entonces todos los presentes pusieron sus manos sobre la cabeza del presidente Kimball, y fue ordenado y apartado, por el presidente Benson, para servir como Presidente de la Iglesia y como profeta, vidente y revelador para este tiempo y esta dispensación.

Ahora el presidente Lee ha fallecido. Él era un gigante espiritual, un príncipe en Israel,  alguien  a  quien  miramos  con  admiración  sin límites. Pocos hombres han vivido en nuestros días que han tenido un contacto más directo con el Señor, que han sentido el espíritu de inspiración y que han sido capaces de transmitir la mente y la voluntad del Señor a su pueblo, así como lo ha hecho el presidente Lee. Habíamos supuesto, sin saber las providencias del Señor, que el presidente Lee estaría con nosotros durante mucho tiempo. Pero hay dos cosas que debemos tener en cuenta en su llamado para ir a otra parte. Una es que el Señor tiene otro trabajo para él, y es una obra mayor y más amplia que lo que estaba actualmente asignado a hacer. El Señor, en su infinita sabiduría y bondad, sabe lo que se debe hacer con sus siervos. La otra cosa a tener en cuenta es que cuando el Señor llama a un nuevo profeta lo hace porque tiene un trabajo y una misión para que él lleve a cabo.

Puedo suponer que cuando el profeta José Smith fue llevado de esta vida los santos se sintieron en las profundidades de la desesperación. ¡Pensar que un líder de tal magnitud espiritual había sido tomado de ellos! Nuestra revelación dice:

«José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él. . .» (Doctrinas y Convenios 135: 3)

No tenemos ningún idioma o la capacidad o habilidad para ensalzar la grandeza y la gloria del ministerio y la misión del profeta José Smith. Y sin embargo, cuando fue llevado el Señor tenía Brigham Young. Brigham Young dio un paso adelante y llevó el manto del liderazgo. Con todo el respeto y la admiración y cada elogio de alabanza que descansa sobre el profeta José, Brigham Young se adelantó e hizo cosas que había que hacer de una manera mejor que el profeta José podría haber hecho.

Ahora, nadie puede decir con demasiado énfasis o demasiado fuerte o demasiado elogios del liderazgo del presidente Lee, pero esta es una iglesia con visión de futuro. No miramos hacia atrás. Nosotros vamos hacia adelante. Nuestro destino es proclamar el evangelio eterno a cada oído. Esta Iglesia rodará hasta que el conocimiento de Dios cubre la tierra como las aguas cubren el mar. Por lo que miramos hacia el futuro. Ahora esperamos a un nuevo profeta que vestirá el manto de liderazgo y que, con la dignidad y el honor y la inspiración y con la guía del cielo, hará las cosas que son nombradas para su tiempo y que nadie más podría haber hecho. La mano del Señor está en esta obra, y Spencer Kimball es el profeta de Dios, el portavoz del Todopoderoso. Quiera Dios que su vida sea extensa y larga y que pueda continuar recibiendo la inspiración y guía que vienen a través de su siervo recién nombrado.

Claves de Presidencia

Ahora, este es el patrón; este es el sistema. La sucesión en la presidencia sucede de una manera ordenada y sistematizada, porque el Señor ha confiado a los miembros del Consejo de los Doce todas las llaves y los poderes y autoridades que nunca se han celebrado en cualquier dispensación o cualquier edad del pasado. Debido a que las llaves son el derecho de presidir, permanecen latentes, por así decirlo, en cada hombre a menos que y hasta que se convierte en el apóstol mayor y por lo tanto en una posición de presidencia para dirigir la obra. Por lo tanto se produce la sucesión, por así decirlo, automáticamente.

Permítanme referirme de nuevo a Wilford Woodruff, quien habló con tanta elocuencia y precisión de esto, y dejo que se siente, como he leído, el espíritu de ese gran profeta y el mensaje que dio:

Hubiéramos tenido todas las bendiciones selladas sobre nuestras cabezas que nunca se les dio a los apóstoles o profetas sobre la faz de la tierra. En esa ocasión el profeta José se levantó y nos dijo: «Hermanos, he deseado vivir para ver este templo construido. Nunca viviré para verlo, pero lo haré. He sellado sobre sus cabezas todas las llaves del reino de Dios. He sellado sobre ustedes cada llave, poder, principio que el Dios de los cielos me ha revelado. Ahora bien, no importa donde yo vaya o lo que yo haga, el reino descansa sobre ustedes».

. . . «Pero», dijo, después de haber hecho esto, «vosotros apóstoles del Cordero de Dios, mis hermanos, sobre sus hombros descansa este reino; Ahora usted tiene que unir sus hombros y luego sacar el reino. «Y él también hizo este comentario,» Si no lo hacen serán malditos. «. . .

Cuando el Señor le dio las llaves del reino de Dios, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec, del apostolado, y las selló sobre la cabeza de José Smith, las selló sobre su cabeza para estar aquí en la tierra, hasta la venida del Hijo del Hombre. Bien podría decir Brigham Young, «Las llaves del reino de Dios están aquí.» Ellas estuvieron con él hasta el día de su muerte. A continuación, posaron sobre la cabeza de otro hombre el presidente John  Taylor. Él  llevó  esas  llaves  hasta  la  hora  de  su muerte. Luego cayeron por turno, o en la providencia de Dios, al Wilford Woodruff.

Digo a los Santos de los Últimos Días, las llaves del reino de Dios están aquí, y van a estar aquí, hasta la venida del Hijo del Hombre. Dejen que todo Israel entienda eso. Pueden descansar sobre mi cabeza, por un corto tiempo, pero luego descansarán sobre la cabeza de otro apóstol, y otro después de él, y así continuará hasta la venida del Señor Jesucristo en las nubes del cielo para «recompensar a cada hombre de acuerdo con las obras hechas en el cuerpo. . .»

“. . . Digo a todo Israel en el día de hoy, lo digo a todo el mundo, que el Dios de Israel, que organizó esta Iglesia y reino, no ordenó ningún presidente o Presidencia para conducirlo por mal camino. Escuchad, vosotros Israel, ningún hombre que haya respirado el aliento de vida puede sostener estas llaves del reino de Dios y llevar a la gente por  mal camino. (Los discursos de Wilford Woodruff, ed. G. Homer Durham, Salt Lake City: Bookcraft, 1946, pp. 72-74)

El destino de la Iglesia

Y en esa conclusión del presidente Woodruff está implícito el decreto eterno que el evangelio rodará hacia adelante, que la Iglesia ha de permanecer, que nunca más habrá apostasía, que estamos preparando un pueblo para la segunda venida del Hijo de hombre. Permítanme leerles las palabras que el Señor dijo a Josué:

Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como yo estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.

Esfuérzate y sé valiente, porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra, de la cual juré a sus padres que se la daría a ellos” (Josué 1:5-6)

Ahora, en efecto, el Señor ha llamado a Spencer W. Kimball. Y como el Señor estuvo con el presidente Harold B. Lee, así él estará con su recién llamado siervo, este hombre humilde y dulce y amable y maravilloso, el presidente Spencer W. Kimball. El destino de la Iglesia está garantizado y asegurado. El único problema que puede surgir es siempre con los individuos.

He tratado de manera muy sencilla y de manera informal lo que se llevó a cabo y contar y establecer los principios. Lo que he dicho es verdadero y exacto. Es adecuado y que es conveniente que estas cosas sean conocidas por nosotros. Ahora creo que cada uno de nosotros necesita saber en su corazón la verdad y la divinidad de la obra y tener un testimonio y la seguridad de que lo ha sucedido es justo y es la voluntad del Señor. Ese es el principio. Se propaga para todo Israel. Doy testimonio, porque el Espíritu Santo de Dios ha revelado a mi alma que el presidente Spencer W. Kimball es el ungido de Jehová por el tiempo presente. Y porque Dios no hace acepción de personas, todos en la Iglesia pueden ponerse de rodillas y pedir al Señor por guía y dirección y recibirán el mismo conocimiento, esa misma seguridad, y ese mismo entendimiento. Y los que tienen esta seguridad tendrán una base para continuar en rectitud y devoción y por esa línea de conducta que trae la paz en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero. Quiera Dios para todos nosotros en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

 

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Escuchad al Espíritu

“Friend to Friend: Hearken to the Spirit,” Friend, September, 1972, página10.

Escuchad al Espíritu

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Una vez me salvé de la muerte o accidente grave, porque mi padre escuchó la voz del Espíritu. Si él no hubiera respondido de inmediato a los susurros del silbo apacible y delicado, mi vida podría haber terminado entonces o habría cambiado su curso totalmente.

Uno de mis recuerdos más tempranos de la infancia es montando a caballo a través de un huerto de manzanas. El caballo era manso, y me sentí como en casa en la silla de montar.

Pero un día algo asustado mi montura salió disparada a través de la huerta. Fui barrido de la silla por las ramas colgantes, y una de mis pierna se deslizó a través del estribo. Colgué desesperadamente de una correa de cuero como un vaquero utiliza para atar un lazo a su silla. Mi peso debería haber roto la correa, otra estocada o dos caballos en estampida hubiesen roto la correa y hubiese arrancado de mis manos y me hubiese arrastrado a una lesión o a la muerte con mi pie enredado en el estribo.

De repente el caballo se detuvo, y me di cuenta de que alguien estaba sosteniendo las riendas con fuerza y tratando de calmar al animal. Casi de inmediato me cogí en brazos de mi padre.

¿Qué había pasado? ¿Qué había traído a mi padre a mi rescate antes de meterme debajo de los cascos de mi caballo?

Mi padre había estado sentado en la casa leyendo el periódico cuando el Espíritu le susurró, «¡Corre hacia el huerto!»

Sin dudarlo un instante, sin esperar para saber por qué o por qué razón, mi padre corrió. Encontrándose en el huerto sin saber por qué estaba allí, vio el caballo al galope y pensó, debo detener este caballo.

Lo hizo y me encontró. Y así es como me salvé de lesiones graves o incluso la muerte.

El Espíritu dijo a Wilford Woodruff que debía mover su equipo lejos del árbol donde los había dejado. Así lo hizo, y casi de inmediato el árbol fue arrancado y destruido por un torbellino.

El Espíritu dijo al presidente Joseph F. Smith que debía dejar la plataforma en la parte trasera de un tren y entrar y sentarse. Así lo hizo, y casi de inmediato el tren estaba involucrado en un accidente.

Sé que un piloto del ejército que estaba volando un avión militar a través de una densa nube sobre Vietnam, cuando el Espíritu le dijo que girara a la derecha. El piloto hizo un giro instantáneo y otro aeroplano relampagueó. Se salvó de una colisión de frente por pulgadas.

Cuando somos bautizados, recibimos el don del Espíritu Santo, que es el derecho a la compañía constante de este miembro de la Trinidad basado en la fidelidad. Este es el mejor regalo que podemos recibir en la mortalidad.

No hay nada que cualquiera de nosotros necesitamos tanto como el ser guiados y preservados por el cuidado del Espíritu Santo, el Espíritu que se da por la oración de fe para los que aman y sirven al Señor.

Testifico que si amamos al Señor, guardamos sus mandamientos, y buscamos su Espíritu, seremos bendecidos más allá de nuestras más preciadas esperanzas.

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Joseph Fielding Smith; apóstol, profeta, padre en Israel

Publicado en Revista Ensing, agosto de 1972.

Joseph Fielding Smith; apóstol, profeta, padre en Israel

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Joseph Fielding Smith, un hijo de Dios; un apóstol del Señor Jesucristo; un profeta del Altísimo; y sobre todo, un padre en Israel, ha sido llamado por el Señor a quien amaba tanto y sirvió tan bien, ha ido a realizar mayores trabajos en su vida eterna.

¿Sería malo decir que nos regocijamos, si no en su muerte como tal, al menos en las experiencias y pruebas gloriosas que culminaron con su regreso a ese Dios que le dio aliento?

¿Sería malo si nosotros, con los ángeles, nos regocijamos que este hijo favorecido y elegido de un Padre misericordioso ha guardado la fe, ha llenado la plena medida de su creación, y ha entrado en su reposo eterno?

Joseph Fielding Smith hijo de Dios: el que era verdadero y fiel en los reinos de ayer; quien mantuvo su primer estado y se regocijaban en las perspectivas de la mortalidad; quien fue contado con los noble y grande de la eternidadnació de buenos padres el 19 de julio 1876.

Después de casi un siglo de vida lejos de sus celestial hogar, después de 96 años menos 17 días de peregrinación como un extraño y peregrino entre los hombres mortales ha sido llamado a casa para informar sobre su administración y para recibir más luz y conocimiento de ese Señor cuya voz escuchó en esta vida y cuyo rostro verá en su nueva morada.

Después de haber tomado sobre sí toda la armadura de Dios, después de haber peleado la buena batalla, después de haber guardado la fe y habiendo sido fiel y verídico, ha entrado ahora en la alegría de ese Señor a quien sirvió tan bien.

Su probación mortal terminó a las 9:25 PM el domingo 2 de julio de 1972, y ahora está en medio de una alegre reunión con su familia y amigos en el paraíso de Dios. En esa esfera espiritual continúa con el trabajo como lo hizo tan larga y valientemente durante una estancia llena de fe entre los hombres mortales.

Mientras vivía y trabajó entre nosotros, el tabernáculo de su espíritu había envejecido; el vigor y la fuerza de la juventud ya no eran suyos; y el poder para hacer todo lo que deseaba en el ministerio de su Señor fue disminuyendo. Las sombras más profundas de la vejez habían pasado su factura, y así, al igual que con todos los hombres, la muerte vino («para cumplir el misericordioso designio del gran Creador.» 2 Nefi 9:6)

Ahora él es libre. Ya no está encadenado con los males y aflicciones de ese cuerpo de arcilla que lo albergó por tanto tiempo y tan bien en esta vida, ahora es capaz de trabajar en los negocio de su padre, sin restricción o limitación. Ahora vive en todo el poder y la fuerza de la juventud eterna.

En sus últimos años aquí descansó seguro en el amor y la compañía de su familia y sus queridos y colaboradores en el ministerio, las Autoridades Generales de la Iglesia. No hay dos hombres que podrían haber sido más solícito de su bienestar personal, ni más deseosos de reflejar sus puntos de vista y ser su voz, que esos dos pilares de fortaleza espiritual y rectitud personal, Presidentes Harold B. Lee y N. Eldon Tanner, a quienes el Señor bendecirá eternamente.

Pero ahora el presidente Smith descansa seguro en otro círculo santo y gozoso de amigos y miembros de la familia. Él está con su encantadora Louie, con quien tuvo dos hijas Josephine (Rheinhardt) y Julina (Hart) antes de encontrar la liberación de las cargas de la mortalidad y un hogar entre los santos santificados en el mundo de los espíritus. Él está de nuevo con Ethel, la madre fiel y misericordioso de nueve de sus hijos; Emily (Myers), Naomi (Brewster), Lois (Fife), Joseph Fielding, Jr., Amelia (McConkie), Lewis, Reynolds, Douglas, y Milton. Y una vez más tiene a su querida Jessie a su lado, la mujer que pasó más años que cualquiera de los otros con él aquí y que tanto hizo para ayudar y animarlo mientras se inclinaba “bajo las cargas que llevaba”.

Una vez más, él está con su padre (el presidente Joseph F. Smith) y su madre (Julina Lambson Smith) Los padres a quien obedeció, reverenció y honro en el sentido más completo de la ley dada por la Deidad en los Diez Mandamientos. De nuevo se regocija en el amor y la asociación de su hijo Lewis, que dio su vida en defensa de su país durante la Segunda Guerra Mundial, y con el presidente David O. McKay y otros grandes anfitriones compañeros en la obra, no menos importante de los cuales son el profeta José Smith, y su abuelo el patriarca Hyrum Smith.

El presidente Joseph Fielding Smith ocupó el cargo más alto en  la Iglesia y reino de Dios en la tierra. Desde el día 7 de abril de 1910, cuando fue ordenado apóstol y apartado como miembro del Consejo de los Doce por su padre, a la hora de su muerte trabajó con infatigable diligencia entre los poderosos y los humildes como testigo especial del nombre del Señor. Quizás ningún hombre en esta dispensación ha viajado más millas, al que asistieron más reuniones, predicado más sermones, realizado más ordenanzas o escrito más copiosamente en la proclamación de las verdades de salvación que él. Por los próximos años su voz hablará desde el polvo, las generaciones venideras aprenderán las doctrinas del Evangelio de sus escritos.

Y sin embargo, pocos hombres estaban menos impresionados que él con un alto cargo o condición especial o posición preferida. Sermón tras sermón su proclamación fue que las bendiciones más selectas y la joya de la corona de los santos en la eternidad sin fin fueran su forma de vivir, las leyes que mantienen, y los lazos familiares que opten por hacer.

En el funeral de la hermana McKay, después de recitar algunas de las grandes contribuciones hechas por ella y el presidente McKay, dijo: «Un grande e importante como era su servicio en la Iglesia y en el mundo, sus bendiciones más grandes vendrán de la unidad familiar eterna».

En el funeral del élder Richard L. Evans, volvió a hablar en esta misma línea. Después de ensalzar el trabajo en todo el mundo y la influencia del hermano Evans, dijo: «Pero como ahora miramos hacia atrás en su vida y ministerio, lo que nos impresiona más que cualquier otro es el hecho de que él eligió hacer esas cosas que le aseguren la gloria eterna en el reino de nuestro Padre. Él hizo esas cosas que eran necesarias en el funcionamiento de su propia salvación. Él fue bautizado y recibió el don del Espíritu Santo. Estaba casado con su amada Alice en la casa del Señor por tiempo y por toda la eternidad. Él fue obediente a las leyes del evangelio, y mantuvo la fe.

«A los ojos del Señor, la verdadera grandeza consiste en guardar los mandamientos y en hacer bien las cosas es la suerte común de todos los santos fieles.

«No conozco ninguna esperanza más grande, de ninguna doctrina más glorioso, de ningún conocimiento más consolador que este: que la unidad familiar continúa para siempre entre los que creen y obedecen la plenitud de las leyes del Señor.»

Como hombre y como un profeta, el presidente Smith permanecerá para siempre consagrado en los corazones de los santos. Mucho podría decirse de él y de su ministerio. Tal vez ahora podría citar las expresiones hechas por mí en sus servicios funerarios, que contienen alguna información nueva y de otra manera desconocida.

El presidente Lee, el presidente Tanner, este gran conjunto de miembros de la familia de los cuales yo soy uno, mis hermanos y hermanas, y que gran cantidad de nuestro Padre a otros niños, el noble y bueno en todas partes:

He estado ensombrecido por una gran sensación de calma y paz desde el fallecimiento del presidente Joseph Fielding Smith -a la calma y la paz que lleva consigo la certeza absoluta de que la voluntad del Señor se ha hecho; que desde su propio punto de vista y desde el de la Iglesia, el presidente Smith, a la hora señalada y adecuada, respondió al llamado para servir en otras partes de la viña del Señor; y que su nombre ahora se celebra en honor recordado por los puros de corazón y por los sabios y los nobles y los virtuosos de siempre.

Yo estuve con él durante los últimos días y horas de su vida aquí, entre nosotros cuando su pulso dejó de latir.

El jueves 29 de junio, pronunció el discurso de apertura en el seminario para presidentes de misión y sus esposas. El viernes por la noche asistió a un banquete con cerca de 270 personas que trabajan en la causa misional.

El domingo, 2 de julio asistió a la reunión sacramental en el barrio XVIII, su barrio de origen. Esa tarde escuchaba como mi hija, Sara, y él se leían el uno al otro y discutían los capítulos del 5 al 12 de Primer Nefi, en el Libro de Mormón. Comió una cena ligera a las 7:30 p.m. El era tan sano y robusto, como alerta y activo, como lo ha sido en todo momento en los últimos años.

Después de la cena estaba sentado en su sillón favorito en la sala y habló con mi esposa, Amelia. Una de las últimas cosas que dijo de ella era que la amaba y la bendijo. A las 9:20 pm se fue a otra habitación para obtener una dirección de una carta que estaba escribiendo.

En un par de minutos regresó. Durante ese intervalo el Señor lo llamaba: «Sube acá; tu trabajo entre los mortales de la tierra está terminado, tengo otras y mayores cosas que debes hacer.” Me vienen a la mente las palabras del élder Ezra Taft Benson, hablado dos días antes en el seminario para presidentes de misión:» La salvación de las almas de los hombres es la obra más grande que está pasando en todo el universo. Va a ambos lados del velo, y yo a veces pienso que no importa de qué lado del velo estemos trabajando».

Cuando Amelia regresó, encontró a su padre en lo que parecía ser un estado de shock. Ella me llamó a mí, y en cuestión de uno momentos, no más de unos pocos segundos a lo sumo, le estaban dando oxígeno en vano. Era evidente su tiempo había llegado y su morada de barro ya no ocupa más su espíritu eterno.

Su muerte fue tan dulce y tan fácil, tan tranquilo como si se hubiera quedado dormido, que de hecho así fue; que estaba con él, como con una de edad de los que Jesús dijo: «Lázaro duerme.» Murió sentado en la misma silla en la que su querida Jessie se había sentado casi once meses antes, hasta el día cuando contestó a una cita similar.

Así también está escrito:

«Viviréis juntos en amor, al grado de que lloraréis por los que mueran, y más particularmente por aquellos que no tengan la esperanza de una resurrección gloriosa.

«Y acontecerá que los que mueran en mí no gustarán la muerte, porque les será dulce;

«Y quienes no mueran en mí, ¡ay de ellos!, porque su muerte es amarga.» (Doctrinas y Convenios 42: 45-47)

Pablo dijo: «El aguijón de la muerte es el pecado.» En verdad, cuando el Señor tomó a su profeta, no había ninguna picadura. El presidente Smith no sabía nada de la muerte, pero fue al encuentro en su terreno y su Padre celestial con un nombre y un personaje digno de su aprobación.

La vida y las labores del presidente Joseph Fielding Smith se caracterizaron por tres cosas:

  1. Su amor por el Señor y su fidelidad absoluta, inquebrantable con la que él buscaba significar ese amor guardando sus mandamientos y haciendo siempre las cosas que agradan al Señor.
  2. Su lealtad al profeta José Smith y las verdades eternas restauradas a través de él; a su abuelo, el patriarca Hyrum Smith, cuya sangre aún tiñe el suelo de esa cárcel donde conoció la muerte de un mártir; y su padre, el presidente Joseph F. Smith, cuyo nombre está consagrado para siempre en la ciudad celestial como el que  soportó valientemente por la causa de aquel cuya sangre fue derramada para que
  3. Su propio conocimiento del Evangelio y  la  visión  espiritual; su propia diligencia incansable como predicador de la justicia; y su propio  curso  de  dar  de  comer  al  hambriento,  vestir  al  desnudo, visitar a la viuda y al huérfano, y manifestar la religión pura por precepto como por ejemplo.

Si se me permite expresarme por el poder del Espíritu Santo, y si es posible iluminar por ese mismo poder, voy a tratar de dar un verdadero sentimiento en relación a la personalidad amable del presidente Smith, el sentimiento que él tenía por su familia, sus amigos cercanos, y las Autoridades Generales.

Él era un hombre austero, fue hace mucho tiempo que se describió en un artículo, más bien era amable y considerado con los hijos de nuestro Padre. Tenía sentimientos de ternura y una simpatía instintiva y solicita por los débiles, y los cansados. En su juicio templado y reservado, y como dijo el presidente Spencer W. Kimball en su muerte, «Muchas veces nos han dicho que los doce será jueces de Israel, cualquiera de nosotros estaría feliz de caer en sus manos, su juicio sería bueno, misericordioso, justo y santo. »

El presidente Smith tenía el sentido más alto y más claramente definido del deber que cualquier hombre que he conocido. Sentía una obligación de peso asistir a sus reuniones, y hacer todo lo que se esperaba de él. El nos dijo: «¿Es esta una conferencia a la que debo ir?» O «¿Tengo la obligación de participar en esta reunión?» Él tenía un deseo de contribuir a hacer todo lo que debía y hacerlo bien.

La obediencia a la ley del Señor fue fácil para él, pero él también hizo un esfuerzo consciente por guardar los mandamientos. No pasaba un día en el que él no dijera: «Espero no haber hecho nada malo hoy.»

Por formación y por el instinto que aplican los principios del Evangelio en su propia vida, aconsejó a otros a hacer lo mismo.

El miércoles 28 de junio, un joven converso le preguntó: «¿Debo permanecer en Salt Lake City o ir al Este a estudiar?» Uso las siguientes palabras que nos dan una idea clara de su personalidad, el presidente Smith respondió: «No tiene ninguna diferencia de donde usted viva, siempre y cuando guarde los mandamientos del Señor».

Hace una semana que escuchó a dos de sus hijas discutir sobre un episodio desagradable que había sucedido en la familia. Él dijo: «Oh, no vamos a tener ningún desagrado. Hay demasiados problemas en el mundo, y hay mucho que agradecer».

El presidente Smith nació como un hijo de la promesa. Al preguntarle recientemente cómo obtuvo su nombre, él dijo: «vino por honestidad.» El hecho es que su padre, el presidente Joseph F. Smith, había prometido a Julina Lambson una de sus esposas que su primer hijo sería nombrado Joseph Fielding, Jr.

Julina tenía tres hijas, pero no hijos, y así se fue delante del Señor y, al igual que Ana de la antigüedad, «hizo voto.» Su promesa: era que si el Señor le daba un hijo, «ella haría todo de su parte para ayudar a que fuese un crédito para el Señor y para su padre «El Señor escuchó sus oraciones, ella mantuvo su promesa; él le manifestó a ella, antes del nacimiento de su hijo varón, que su hijo sería llamado a servir en el Consejo de los Doce.

Este principio, junto con una larga serie de enseñanzas posteriores, dio a este nuevo hijo, nacido en el linaje de los profetas, un respeto casi reverencial por el nombre de José; y creció su determinación inquebrantable de llevar ese nombre en honor y mantenerlo lo más libre de mancha como cuando fue utilizado por el hijo de Jacob, por el esposo de María, por el gran profeta de los últimos días, y por su propio padre.

Cuando el presidente Smith tenía 20 años de edad, recibió una bendición patriarcal de John Smith, el Patriarca de la Iglesia. Este hombre inspirado le dijo, en el nombre del Señor, que iba a «vivir hasta una edad muy avanzada» y convertirse en «un hombre poderoso en Israel.»

«Será tu deber», anunció la declaración inspirada, el sentarte en consejo con tus hermanos y presidir en el pueblo. Será tu deber también viajar mucho, en casa y en el extranjero por tierra y agua, trabajando en el ministerio; y te digo: Levanta tu cabeza; alza tu voz sin temor ni favor y la bendición del Señor reposará sobre ti. Su Espíritu dirigirá tu mente y te daré la palabra y el sentimiento que han de confundir la sabiduría de los malvados y reprobar los consejos de los injustos».

Si alguna vez las promesas de un patriarca encontraron plena realización, fue el caso de estas declaraciones inspiradas. Y así, en la preparación para el gran trabajo que tenía por delante, el futuro apóstol y profeta, con su hermano Joseph Richards, fue en una misión a Inglaterra. El 10 de junio de 1899, los dos recibieron su primera carta de su padre, una carta que respira el espíritu de fe y de testimonio y consejo de las cuales grandes vidas se moldearon.

«Deseo que ustedes sean humildes y devotos», escribió el presidente Joseph F. Smith, «dedíquense con toda seriedad a la obra del ministerio».

Que Dios, bendiga a mis muchachos, y les guarde de forma segura de todo mal; que prosperen en su misión; harán un papel decisivo en hacer mucho bien; sellen de forma indeleble en sus mentes el testimonio de la verdad, y conocimiento de la misión divina del profeta José Smith; y de la fidelidad de su amigo y socio Willard Richards, cuya sangre fluye en sus venas. Tanto sus abuelos, Hyrum y Willard, eran verdaderos hombres, hombres de inteligencia, sabiduría e inspiración. Y ninguno de los dos pensó en el valor de sus vidas en comparación con el fiel desempeño de sus funciones y la importancia del Evangelio restaurado, por el que vivieron, trabajaron y murieron. Sean lo más fiel a esos principios sagrados como vuestros padres han sido y vuestra recompensa será segura y más gloriosa. Con perdurable amor por ustedes, mis hijos, yo «, su padre, Joseph F. Smith.

He oído al presidente Joseph Fielding Smith recitar estas palabras, en el fondo como en el contenido del pensamiento, una y otra vez a los miembros de su familia, tratando de inculcar en sus corazones los deseos y determinaciones que el mismo había traído a su propia alma.

El Martes, 7 de noviembre 1899, cuando todavía era un joven misionero en Gran Bretaña, el presidente Smith escribió en su diario: «Recibí una carta de mi esposa; también una de mi padre diciendo que mi abuela Lambson había salido de esta vida en la mañana del 25 de octubre, a las 07:45. Ella era uno de los pioneros de 1847, una mujer buena y verdadera, fiel al Evangelio y su testimonio de la divinidad de la misión del profeta José Smith. Mi padre escribió: «La abuela tenía 74 años de edad, un pionero de 1847.  No tenía  enfermedad de ningún  tipo, ni siquiera un resfriado. Su cuerpo vital vivió y se durmió en paz ‘»Entonces el presidente Smith continúa:». Su vida no ha sido fácil; ella ha tenido muchas cosas con que lidiar en su vida; ella ha peleado la buena batalla, ha guardado la fe. Que siempre sea hallada tan fiel y tan verídica como lo ha sido».

En estas palabras, una vez más, vemos que la medida del hombre: un hombre cuyo corazón desde la infancia, a la juventud, a los años de maduración, a la vejez, siempre se ha centrado en las cosas de mayor valor, las cosas que traen la paz en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.

Es evidente que él estaba entre los noble y grande en la preexistencia y fue destinado para ministrar entre los hijos de los hombres. Nació en una familia de fe, heredero natural de todas las bendiciones del Evangelio y guiado por el camino de la verdad y la justicia. Eligió hacer esas cosas por las que se ganó la aprobación de un Dios misericordioso.

Cuando el presidente Smith fue llamado a presidir en Israel, escribió estas palabras, que fueron publicados luego en una de las revistas de la Iglesia:

«Nuestro nuevo presidente es un profesor doctrinal, un teólogo, un erudito de las Escrituras, pregonero de justicia en el sentido más pleno y verdadero de la palabra. Durante 60 años ha levantado una voz de advertencia en las estacas y misiones, en el hogar y en el extranjero, ante los santos y el mundo.

«Millones de palabras han salido de su pluma para explicar, exponer, exhortar, en el espíritu y en la forma que lo hicieron los profetas de la antigüedad.

«A los santos fieles su voz ha sido una de gloria y honor, de paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero.

«Para los afligidos y abatidos ha sido una voz de consuelo y paz, una voz de esperanza, un llamado a recordar al Señor, para regocijarse en su redención, y de mirar hacia adelante a un mundo mejor, un mundo sin pecado y tristeza.

«Para la oveja perdida y alejada su llamado ha sido el de volver al redil, a buscar de nuevo la atención y la protección del Buen Pastor, para volver de los desiertos de la duda y ser alimentado de nuevo en verdes pastos.

«Para los buscadores de la verdad entre todas las sectas, partidos y denominaciones su llamado ha sido el de buscar al Señor mientras pueda ser hallado, a venir a Cristo, a aceptar el evangelio y encontrar la alegría y la salvación con los Santos.

«Y a los rebeldes e impíos su voz como la de Nefi ha sido: Arrepentíos y abandonad vuestros pecados para que no perezcáis.

«Con el fin de predicar con poder, y enseñar con sabiduría, escribir con inspiración, nuestro nuevo presidente ha sido un estudiante de los libros canónicos. Desde el principios hasta el final ha estudiado minuciosamente y meditado las palabras de los profetas y ha buscado el mismo Espíritu que le ha permitió escribir y hablar la voluntad del Señor.»

Puedo concluir con estas palabras las que habló desde este púlpito el año pasado cuando cerró la conferencia general de la Iglesia en octubre; y como yo les leo a usted, puede que mi voz sea su voz cuando, a través de mí, un testimonio de las verdades gloriosas que él conocía tan bien:

«He buscado todos mis días guardar los mandamientos y hacer las cosas que son agradables a Jehová, y deseo dar testimonio de su bondad para conmigo y todos sus santos.»

«Como estoy ahora, en el ocaso de la vida, con la constatación de que un día no muy distante seré llamado a dar cuenta de mi mayordomía mortal, doy testimonio de la verdad y divinidad de esta obra.»

Sé que Dios vive y que envió a su amado Hijo al mundo para expiar nuestros pecados.»

«Sé que el Padre y el Hijo se aparecieron a José Smith para marcar el comienzo de esta última dispensación del Evangelio.»

«Yo sé que José Smith es un profeta; por otra parte, que se trata de la iglesia del Señor, y que la causa del evangelio debe rodar hasta que el conocimiento del Señor cubra la tierra como las aguas cubren el mar.»

«Amo al Señor. Yo sé que él vive, y espero con interés el día en que veré su rostro, y espero oír su voz decir: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.» (Ensign, diciembre de 1971, p. 136)

El presidente Smith se ha ido al paraíso de Dios donde descansa de todo cuidado y pena mientras continúa el trabajo en la viña eterna. En ese mundo de paz y alegría donde seguirá progresando y avanzando y perfeccionar su alma.

Y en un día no muy lejano, la trompeta de Dios sonará y él con todos los justos muertos resucitarán incorruptibles para estar delante de la agradable presencia del gran Jehová. En ese día se cumplirá la Escritura que dice:

«. . . El Padre a nadie juzga, sino que ha dado todo el juicio al Hijo. Para   que   todos   honren   al   Hijo   como honran al   Padre.   .   .   » (Juan 5: 22-23)

Y a continuación, el presidente Smith, un hijo de Dios, un apóstol del Señor Jesucristo, un profeta del Dios Altísimo, y sobre todo, un padre en Israel, quien ha honrado al Hijo en palabra y obra, oirá su voz decir: «Bien hecho, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor; siéntate en mi reino con Abraham, Isaac y Jacob y todos los santos profetas.»

En ese día, como él deseaba y oró, se le dirá:

«. . . Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis.

Estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.

«. . . De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» (Mateo 25:34-36,40).

Todas estas cosas sé, y de ellas doy testimonio.

¡O Dios que podamos caminar como él caminaba; que podamos guardar nuestros convenios (que era su oración constante para él y para todo Israel); y que habiendo sido fieles y verídicos podemos reunirnos con él y entrar con él en el gozo de nuestro Señor!

En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

 

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