Algunas verdades fundamentales

El 3 de octubre de 1954 en la sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 124 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1954, octubre.

Algunas verdades fundamentales

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Ciertas verdades básicas deben ser aceptadas por todos los hombres que viven ahora si quieren ganar para sí la plenitud de la recompensa que se prepara en las mansiones del Padre. Estas grandes verdades son conocidas solamente por la revelación. Ellas son reveladas en el Evangelio, y son devotamente creídas por miembros fieles de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Muchos de ellos han sido enseñados con poder y convicción (en las sesiones de esta conferencia) por los oráculos vivientes que están de pie a la cabeza de este reino. Se les ha enseñado en la claridad, y con esa autoridad y poder que viene del Espíritu Santo y de ninguna otra fuente. Al acercarnos al final de esta conferencia, quisiera recapitular con algunas de estas grandes verdades fundamentales.

Creemos que hay un Dios en el cielo que es infinito y eterno (Doctrinas y Convenios 20:17), todopoderoso, omnipotente, un ser a imagen de cuyo cuerpo nosotros los hombres mortales hemos sido creados.

Creemos que él tiene todo el poder y toda sabiduría; que él sabe todas las cosas, que en su infinita gracia, el amor y la condescendencia para nosotros, él ha ordenado el plan de la creación, de la redención, la salvación, y de la posible progresión a una exaltación eterna en lo alto.

Creemos que es literalmente nuestro Padre en el cielo; que somos descendencia de su espíritu; que habitamos con él en la eternidad preexistente, que fuimos enseñados por él, que vimos su rostro, sabíamos de los términos y condiciones que se aplican al plan de salvación, y deseado con un deseo abrumador de que nosotros, su descendencia espiritual, podríamos progresar a un estado donde tendríamos cuerpos gloriosos.

Creemos que dirigió la creación de esta tierra, y todas las cosas que están en ella; que puso a Adán y Eva, el primer hombre y la primera mujer, y les mandó a multiplicarse y henchir la tierra con posteridad (Génesis 1:28), y para proporcionar cuerpos para las huestes de hijos espirituales que aún vivían y moraban en su presencia.

Creemos que Adán cayó para que los hombres existiesen (2 Nefi 2:25); que la caída de Adán trajo al mundo una muerte temporal y una muerte espiritual, que acompaña a la mortalidad y los resultados a su debido tiempo son la separación del cuerpo y el espíritu; y la muerte espiritual es ser echado fuera de la presencia de Dios y morir como pertenecientes a las cosas del espíritu o las cosas de la justicia.

Creemos que después de la caída del hombre, la voz de Dios fue escuchada por Adán y su posteridad; que los ángeles de la presencia de Dios les sirvieron; que el don del Espíritu Santo fue derramado sobre aquellos que diligentemente buscaron al Señor, todo lo cual significa la plenitud del Evangelio, el plan de la redención y de la salvación, se hizo conocida; y que este plan fue revelado de edad en edad en los periodos que llamamos dispensaciones del evangelio.

Creemos que en el meridiano de los tiempos el Mesías prometido nació en el mundo como el Hijo literal de Dios; que vino a este mundo con vida en sí mismo, era la vida y la luz del mundo; y por mandato del Padre (que tiene el poder de dar la vida y tomarla de nuevo (Juan 10:17) llevó a cabo la expiación infinita y eterna.

Creemos que es, literalmente, el Hijo de Dios como usted y yo somos los hijos e hijas de nuestros padres, y, como el ángel le dijo el rey Benjamín, que «la salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente.» (Mosíah 3:18)

Creemos que sí, de hecho, funcionó la expiación infinita y eterna; que fue levantado sobre la cruz; que murió, resucitó, subiendo al tercer día para ascender a la Majestad en las alturas.

Creemos que él rescató a todos los hombres, sin condiciones, a partir de los efectos en el tiempo de la caída de Adán, en la que todos los hombres serán levantados en la inmortalidad y vivir eternamente en ese estado, el cuerpo y el espíritu inseparablemente unidos; y que ofrece a todos los hombres en rescate condicional de los efectos espirituales de la caída de Adán, a condición de que los hombres se arrepientan y permanezcan en las verdades y las leyes del evangelio eterno que se reveló de edad en edad.

Creemos que la tierra se cubrió de una densa oscuridad, la apostasía, y que no fue sino hasta nuestros días que la plenitud de la luz y la verdad, se restauró de nuevo a la tierra.

Creemos que Dios ha hablado una vez más; que su voz se ha escuchado de nuevo entre los hombres; que una vez más los ángeles han ministrado; que una vez más el don del Espíritu Santo se ha derramado sobre aquellos que han buscado al Señor todo lo cual significa que una vez más el reino de Dios se ha establecido entre los hombres, la Iglesia de Jesucristo ha sido establecida, y el decreto ha salido que se mantendrá hasta la venida del Hijo del Hombre, y por supuesto, para siempre a partir de entonces.

Creemos que José Smith, hijo, era el poderoso profeta de la restauración; que por la gracia y la condescendencia de Dios (el joven profeta habiéndose preparado desde la eternidad para su misión) recibió “línea sobre línea, precepto por precepto” (Isaías 28:10), llaves, poder y autoridad, hasta que fueron restauradas todas las cosas, y cada poder y la gracia se tuvo de nuevo que permitiría a los hombres a ser salvos y exaltados en el reino del Padre.

Creemos, como nuestra escritura recita tan claramente, que:

José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando sólo a Jesús”. (Doctrinas y Convenios 135:3)

Creemos que el plan de salvación existió antiguamente, y que fue restaurado de nuevo en nuestros días: que los hombres deben llegar a un conocimiento de la naturaleza y el tipo de ser que Dios es. Deben aprender su carácter, atributos y perfecciones. Deben tener fe en el Señor Jesucristo; debe arrepentirse de sus pecados; debe ser bautizado en agua por inmersión y recibir el don del Espíritu Santo por los administradores legales que tienen poder de atar en la tierra y para sellar en el cielo; y que entonces ellos deben perseverar en la justicia y en la fe, y vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4), hasta el fin de sus respectivas vidas mortales.

Creemos algo más, ya que varios de estos hermanos han dicho durante esta conferencia: que ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor (1 Corintios 11:11), y que la puerta de entrada a la exaltación y la plenitud de la vida eterna en el reino del Padre es el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio; y al igual que los hombres pueden entrar por la puerta del arrepentimiento y el bautismo, y trabajar por sí mismos aún más allá de la salvación por la fe y diligencia, para que puedan entrar por la puerta del matrimonio celestial, y, condicionado a mantener ese convenio, y llegar a la resurrección como marido y mujer, la unidad familiar continua a través de toda la eternidad, y por lo tanto, con el tiempo, como miembros de la familia de Dios, y miembros de la Iglesia del Primogénito y coherederos con Jesucristo, y recibir, heredad, y poseer todas las cosas.

Ahora, creemos que  Dios  no  hace  acepción  de  personas  (Hechos 10:34); que un alma es tan preciosa ante sus ojos en este día como un alma ha estado alguna vez en cualquier época de la historia de la Tierra (Alma 39:17); y que él está tan dispuesto hoy como lo estuvo en los días de cualquier antiguo profeta o cualquier pueblo fiel que nos han precedido a revelar a sus hijos en la tierra las verdades de la salvación, y él revelará a cualquier hombre que venga antes él con fe, creyendo, en busca de la sabiduría, como el joven Profeta llegó cuando había llegado la hora para la apertura de esta gloriosa dispensación final.

Estoy agradecido más allá de cualquier medida de expresión que tengo de la absoluta certeza que está en mi corazón de la divinidad de esta obra, y yo sé que Dios Todopoderoso le dará a cualquier hombre este conocimiento y abrirá la puerta a una posible, eventual salvación y exaltación a cualquier hombre que venga con fe, creyendo, llamando a la puerta, y pidiendo que pueda recibir la verdad. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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¿Dónde está la Iglesia verdadera hoy?

El 5 de abril de 1954 en la sesión del lunes por la tarde en la Conferencia General Anual número 124 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1954, abril.

¿Dónde está la Iglesia verdadera hoy?

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

¿Puedo llamar a su atención realizando una comparación entre la Iglesia de Jesucristo, que se organizó y perfeccionó en los tiempos del Nuevo Testamento, y las iglesias cristianas autoproclamadas que existen en el mundo de hoy? Con el fin de hacerlo me tomaré la libertad de crear a un número de preguntas, y voy a asumir que cada uno de nosotros tiene un conocimiento práctico suficiente del Nuevo Testamento para reconocer la base sobre la que se apoya cada pregunta.

¿Dónde en el mundo de hoy vamos a encontrar una iglesia que tiene como título oficial alguna combinación de los nombres de Cristo, según el patrón del Nuevo Testamento?

¿Dónde hay una iglesia cuyos ministros reclamar autoridad divina en el sentido real, completo y real que fue reivindicado por los ministros de entre los santos primitivos?

¿Dónde hay una iglesia que afirma tener la autoridad del sacerdocio de Melquisedec y las órdenes de Aarón de él sacerdocio como estos se tenían en la antigüedad?

¿Dónde hay una iglesia en la que encontraremos las ordenanzas que se practicaban entre los santos primitivos?

¿Dónde encontramos el bautismo por inmersión para la remisión de pecados, que se realice bajo la autoridad de un administrador legal?

¿Dónde encontramos un pueblo que poner las manos sobre la cabeza de todo sus conversos bautizados para conferirles el don del Espíritu Santo; o que, cuando hay enfermos entre ellos, llamar a los ancianos de la iglesia, para que lo unjan con aceite y oren por el, y que la oración de fe pueda sanar a los enfermos y Dios los alivie? (Santiago 5:14)

¿Dónde hay un pueblo que tiene la ordenanza del Nuevo Testamento del bautismo por los muertos? (1 Corintios 15:29)

¿Dónde hay una iglesia que tenga la misma organización que existió entre los santos primitivos, esto es apóstoles y profetas, pastores, evangelistas, y todo lo demás? (Efesios 4:11)

¿Dónde hay un pueblo que cree que debería haber Doce apóstoles que sostengan las llaves del reino, que presiden y dirigen todos los asuntos de la Iglesia y reino, y que dicho grupo debe continuar hasta que haya una unidad de la fe? (Efesios 4:13)

¿Dónde hay una iglesia que cree que Dios ha puesto algunos en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros y dones del espíritu, sanidades, lenguas, los que ayudan, y los gobiernos? (1 Corintios 12:28 )

¿Dónde hay una iglesia que profesa tener todas las doctrinas que se enseñaban en los tiempos del Nuevo Testamento; que cree que Dios, nuestro Padre celestial es un ser personal, que tiene una comprensión de que Jesucristo es el Hijo Unigénito y es un Ser a imagen misma de la persona del Padre? (Hebreos 1: 3)

¿Dónde hay un pueblo que tiene una comprensión real, inteligente y bíblica del sacrificio expiatorio de Jesucristo, que sabe que a causa de ese acto trascendental todos los hombres se levantarán en inmortalidad y aquellos que han creído y obedecido la ley del evangelio, tanto en la inmortalidad como en vida eterna?

¿Dónde hay un pueblo que sabe que el plan de salvación, basado en el sacrificio expiatorio de Cristo, consiste en tener fe en Cristo, en el arrepentimiento de los pecados, en ser bautizado bajo las manos de un administrador legal, en la que recibe el don y guía del Espíritu Santo y, a continuación, persevera en justicia hasta el fin?

¿Dónde hay una iglesia que cree que el evangelio es predicado en el mundo de los espíritus, para que vivan conforme a Dios en el espíritu, y ser juzgados según los hombres en la carne? (1 Pedro 4:6)

¿Dónde hay un pueblo que cree en la resurrección literal de la tumba, en el hecho de que todos los hombres comparecerán ante el tribunal de Cristo, y serán juzgado de acuerdo con las obras hechas en la carne, se otorgará un lugar en un reino de gloria, ya sea telestial, terrestre, o de un reino celestial? (1 Corintios 15: 40-41)

¿Dónde hay un pueblo que cree que entre la primera y la segunda venida de Cristo, existiría una apostasía universal de la fe una vez dada a los santos? (Judas 1:3)

¿Dónde hay un pueblo que cree que en los últimos días había de ser una época de restauración, un momento de restitución, en el que Dios le daría de nuevo todas las cosas que él había hablado por boca de sus santos profetas desde el principio del mundo? (Hechos 3:21)

¿Dónde hay un pueblo que cree que esta restauración del evangelio debía ser efectuada por ministerio angelical, y que el evangelio restaurado fuese llevado a todos los pueblos de la tierra? (Apocalipsis 14: 6-7)

¿Dónde hay un pueblo que cree que en un día posterior a los tiempos del Nuevo Testamento, el reino iba a ser restaurado a Israel y los restos dispersos se reunirían de nuevo en las tierras de su herencia?

¿Dónde hay un pueblo que realmente cree que las señales seguirán a los que aceptan y obedecen la ley del evangelio, que profesa tener entre los miembros de la iglesia, el hacer milagros, el ministerio de ángeles, los dones del Espíritu, y todos los poderes y las gracias que se tenían en la antigüedad?

Ahora podríamos multiplicar las preguntas sobre todos estos asuntos, identificando característica esencial de la Iglesia del Nuevo Testamento, con inteligencia y decoro, se expuso en una de estas seis preguntas: el nombre, la autoridad, las ordenanzas, la organización, doctrinas y los dones del Espíritu. Sólo hay una Iglesia en todo el mundo que reclama tener todas las características de identificación esencial de la Iglesia organizada y perfeccionada por Cristo y sus apóstoles en la antigüedad, y esta es la Iglesia de Jesucristo Santos de los Últimos Días.

Ahora, puedo decir por medio tanto de testimonio y de la doctrina, que usted y yo estamos viviendo en la era de la restauración. Estamos viviendo en los tiempos de la restauración. Los cielos ya no están sellados. La voz de Dios se escucha de nuevo. El reino se estableció en la tierra, y que el reino es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y tiene de nuevo toda gracia y derecho, poder, privilegio y autoridad que el Todopoderoso nunca dio a los santos en los tiempos primitivos.

Y ahora nos estamos acercando al fin del mundo. El tiempo no está muy lejano, cuando los reinos de este mundo llegarán a ser los reinos de nuestro Dios y de su Cristo (Apocalipsis 11:15), y si usted y yo vivimos dignamente y caminamos como la mayoría de nosotros ya sabemos que debemos hacerlo, tendremos el derecho de recibir una herencia eterna en el mundo eterno. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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FE

El 4 de octubre de 1953 en la sesión del sábado por la tarde en la Conferencia General Anual número 124 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1954.

FE

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Ha sido para mí un privilegio, durante siete años, servir en el Primer Consejo de los Setenta con el élder Richard L. Evans, y creo que puedo testificar a ustedes con un conocimiento personal, de esa asociación, que el hermano Richard es un hombre de gran capacidad y devoción a la causa de Cristo. Él apoya y sostiene a los hermanos y los programas de la Iglesia, y, estoy convencido, que tiene una gran misión que cumplir en su nuevo y supremo llamamiento.

Creo que, tal vez, apenas hay un nombre en la Iglesia más ampliamente conocido y anunciado que el suyo; y en el campo de su talento especial y asignación, el de radio, que se acerca lo más cerca del hombre indispensable como cualquier hombre podía. En cuanto a mí, y estoy seguro, que habló en nombre de los otros miembros del Consejo, estamos contentos con la selección que se ha hecho y darle, como lo hacemos todos los hermanos que se sientan en esta posición, nuestro apoyo, amor y afecto.

El hermano Hugh B. Brown y el hermano Marion D. Hanks, hasta ahora, no sé bien, pero con el resto de estos hermanos, y con todos ustedes, les extendemos una mano de bienvenida y comunión.

He tenido en mi corazón desde hace algún tiempo, y si el Espíritu me guía y dirige, para decir algunas palabras en esta gran conferencia sobre la fe que lleva a la vida y la salvación y sin la cual nadie puede salvarse en el reino de Dios.

En pocas palabras, hablando sólo en forma de resumen, me gustaría sugerir:

Primero, ¿Qué es la fe?

En segundo lugar, ¿Cómo se puede conseguir la fe?

Y en tercer lugar, la prueba mediante la cual se puede saber si hemos ganado la fe en la medida suficiente para justificar una esperanza de vida y salvación.

El profeta José Smith enseñó, como pueden ser encontrados registrados en los Discursos sobre la Fe, que conferencias encomiendo a todos los hombres, que la fe es el primer principio de la religión revelada, que es el fundamento de toda justicia, que es un principio de poder. Él enseñó que la fe es la garantía de que los hombres tienen de la existencia de las cosas que no han visto, que es la causa en movimiento de toda acción de seres inteligentes, y que es el primer gran principio rector que tiene el poder, dominio, y autoridad sobre todas las cosas.

Él dio esta fórmula por la cual los hombres pueden ejercer la fe en Dios para vida y salvación:

En primer lugar, debemos creer en Dios, y eso significa en el Dios vivo y verdadero, el Ser que realmente existe y es nuestro Padre en el cielo, a cuya imagen hemos sido creados, y que por su gracia y por su deseo de ver a sus hijos adquirir la salvación, aparecieron en nuestros días, con su Hijo amado, para marcar el comienzo de esta gran obra.

No es suficiente creer en un dios de madera o de piedra, que ha sido creado por los hombres, o de creer en el dios descrito en los credos que han sido creados por los hombres. Tenemos que llegar a la verdad si vamos a tener fe.

La fe se basa en la verdad. Fue Alma quien dijo:

«. . . si tenéis fe tenéis esperanza en cosas que no se ven, y que son verdaderas» (Alma 32:21), y así, sin verdad, no puede haber fe.

El segundo requisito en la obtención de la fe es tener una idea correcta de los  personajes,  perfecciones  y  atributos  de  Dios. El  Profeta  resume  el carácter de Dios en estas palabras, y creo que todos los miembros de la Iglesia deben memorizar:

En primer lugar, que él era Dios antes de la creación del mundo y el mismo Dios que estaba después de su creación.

En segundo lugar, que es  misericordioso  y  clemente,  tardo  para  la ira (Salmos 103: 8), grande en misericordia, y que él era desde la eternidad, y será así hasta la eternidad. (Salmos 41:13; Doctrinas y Convenios 20:17)

En tercer lugar, que no cambia (Mormón 9:19), Tampoco hay mudanza con él (Santiago 1:17), y que su curso es un giro eterno. (Doctrinas y Convenios 35:1)

En cuarto lugar, que es un Dios de verdad y no puede mentir (Tito 1:2).

En quinto lugar, que no hace acepción de personas (Hechos 10:34);

Y sexto, que es amor (1 Juan. 4:8).

Entonces el Profeta da los atributos de Dios, también en número de seis, de la siguiente manera: el conocimiento, la fe o el poder, la justicia, el juicio, la misericordia y la verdad. Las perfecciones de Dios se dan como las perfecciones que se adhieren a los atributos de su naturaleza.

A continuación, el tercer requisito para obtener fe en esta vida y la salvación es vivir de acuerdo con el conocimiento de que el curso que estamos llevando está en armonía con la voluntad divina.

Supongo que hay muchas personas en la Iglesia que tienen un conocimiento medible de los atributos de Dios. Creo que hay mucho más que tienen una idea correcta de su carácter y de sus perfecciones. Y estoy seguro de que casi todos, tal vez todos en la Iglesia, creen en él como un Ser personal que vive en realidad. Pero el lugar donde nos caemos es en la adquisición de la fe, de la fe a la vida y a la salvación, está en que no ordenamos nuestras vidas de tal manera que tengamos la seguridad de que nuestra conducta está en armonía con la voluntad divina.

La fe viene por la justicia, y sin justicia y obediencia no podremos tener la medida de fe que nos salvará.

Ahora la prueba mediante la cual se puede conocer si nosotros tenemos fe es muy simple. Es la eterna verdad proclamada por el Señor cuando dijo:

«Y estas señales seguirán a los que creen» (Marcos 16:17) Si tenemos fe, habrá señales. Si no hay señales, no hay fe. Donde no hay fe, no habrá dones del Espíritu; allí será el ministerio de ángeles y el hacer milagros. Donde no hay fe, no habrá apóstoles y profetas; tendrá lugar la autoridad del sacerdocio; estará el conocimiento de Dios y de la organización del reino de Dios en la tierra.

Ahora, le sugiero a ustedes que la fe es la gran base sobre la que debemos construir: la fe en Dios, la fe en Cristo, la fe en la verdad restaurada y en las palabras de vida que dirigen el reino bajo el Señor en nuestros días.

Por la fe todas las cosas se pueden hacer. No hay nada demasiado difícil para el Señor (Génesis 18:14), y si tenemos fe, podemos hacer lo que sea necesario, de acuerdo con su mente y voluntad. Por la fe se hicieron los mundos (Hebreos 11:3); por la fe los elementos pueden ser controlados, cambiar el curso de los ríos, mover montañas. Por la fe podemos tener ángeles ministrándonos, ver a nuestros enfermos sanar, y resucitar a los muertos; y lo que es más importante que todo esto por la fe podemos vivir con el fin de ser hechos hijos de Dios y ser coherederos con Jesucristo, con derecho a recibir y heredar y poseer, como lo ha hecho antes, la plenitud del reino del Padre.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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El Espíritu Santo un Revelador

El 6 de abril de 1953 en la sesión del domingo por la mañana en la Conferencia General Semianual número 123 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1953.

El Espíritu Santo un Revelador

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

El Espíritu Santo:

. . . Es el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligentemente, tanto en tiempos pasados como en el tiempo en que se manifieste él mismo a los hijos de los hombres.

Porque él es siempre el mismo ayer, hoy y para siempre; y la vía ha sido preparada para todos los hombres desde la fundación del mundo, si es que se arrepienten y vienen a él.

Porque el que con diligencia busca, hallará; y los misterios de Dios le serán descubiertos por el poder del Espíritu Santo, lo mismo en estos días como en tiempos pasados, y lo mismo en tiempos pasados como en los venideros; por tanto, la vía del Señor es un giro eterno. (1 Nefi 10:17-19)

El padre, es un personaje de carne y huesos, nos engendró como espíritus en el principio y creo un plan mediante el cual pudiésemos crecer en inteligencia y en conocimiento y llegar a ser como él es.

El Hijo, su Primogénito en el espíritu y Unigénito en la carne, bajo su dirección, se convirtió en el Creador y Redentor de la tierra y todas las cosas que están en él. De vez en cuando se ha revelado a los hombres el plan de salvación, el evangelio de Jesucristo.

El Espíritu Santo, un personaje de espíritu, es su ministro, que se le ha dado el poder y asignado las funciones de testificar del Padre y del Hijo, de revelar las verdades de la salvación a los hombres en la tierra, y a su debido tiempo, revelarnos toda la verdad.

Ahora, cuando Cristo estaba aquí en su ministerio, le dijo a sus apóstoles que cuando él ascendiera al cielo, él les enviaría otro Consolador (Juan 14:16), es decir un Consolador que no era él mismo, y que sería un consuelo para ellos y que este Consolador desea recordar a sus mentes todas las cosas que él les había dicho (Juan 14:26), y los guiaría a toda verdad (Juan 16:13 ). Y cuando él dijo que serían guiados a toda la verdad, creo que lo decía en serio, literalmente, y que a su debido tiempo, no en este tiempo, pero en la eternidad, que obtendría una plenitud de la verdad, como el mismo Cristo, después de haber ido de gracia en gracia, ha recibido una plenitud de la verdad, y la plenitud de la gloria del Padre. (Doctrinas y Convenios 93: 11-13,16)

Pero lo que nos interesa aquí en la mortalidad, es tener el Espíritu Santo que nos revela las cosas de Dios, el conocimiento de que Dios es nuestro Padre, que Jesucristo es su Hijo, nacido de él, literalmente, en la carne, y que el reino de Dios se ha establecido en la tierra de nuevo, por última vez, que con los antiguos, podremos ser herederos de la plenitud del reino del Padre.

Creemos que la vida eterna es conocer a Dios y a Jesucristo, a quien él ha enviado (Juan 17:3), y que estos seres gloriosos se manifiestan por el poder del Espíritu Santo.

Creemos que el hombre se salvará si él gana el conocimiento, es decir, el conocimiento de Dios y de sus leyes, ya que estas cosas son reveladas por el Espíritu Santo.

Creemos que ningún hombre puede salvarse en la ignorancia (Doctrinas y Convenios 131:6), es decir, en la ignorancia de Dios y sus leyes, de Jesucristo, y las verdades del Evangelio, ya que estas cosas son manifestadas por el poder del Espíritu Santo.

Usted recordará que fue Pablo quien dijo:

. . . Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman.

Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

Porque, ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las  cosas  de Dios, sino el Espíritu de Dios. (1 Corintios 2: 9-11)

Ahora las verdades acerca de Dios y la salvación no se obtienen por la sabiduría de los hombres. Ellos no están para ser encontrados por la investigación del mundo. Ellos no se encuentran en los credos de los hombres, porque el Señor ha dicho que esos credos son una abominación a su vista (José Smith Historia 19). Dios se revela, o permanece por siempre desconocido. El conocimiento acerca de Dios y acerca de la divinidad de Jesucristo y el gran sacrificio expiatorio que elaborado se tiene en el mundo hoy por nosotros, porque Dios ha hablado en este día, y ha dado a estas verdades de nuevo, en la misma revelación directa que él les dio en tiempos de antaño.

El Espíritu Santo ha sido dado a los hombres justos desde el principio para que pudieran testificar de las verdades acerca de Dios y de la salvación. Él ha sido el compañero de los que han presidido la Iglesia y el reino de todos los tiempos, y por su poder se han recibido la revelación y la orientación dada a la gente de la Iglesia y para toda la gente en el mundo. Y cuando estos hermanos hablan, estos hermanos, la Primera Presidencia y los Doce que son profetas y videntes y reveladores, es por el poder del Espíritu Santo y lo que dicen es la mente y la voluntad del Señor. (Doctrinas y Convenios 68:4)

Ayer por la noche, cuando el presidente McKay dijo, hablando de las condiciones actuales y lo que se necesita en el mundo ahora que el Señor desea que este rollo del evangelio siga adelante y sea llevado a toda nación tribu, lengua y pueblo (Apocalipsis 14:6), le estaba diciendo lo que el Señor quiere que se haga en este día. Y por eso que tenemos otro abogado que hemos recibido. Debe ser, y es, como la boca y la voz del Señor a los Santos de los Últimos Días.

El Espíritu Santo es un revelador. Él revelará a cualquier persona que es honesta y temerosa de Dios y diligente en la búsqueda de la verdad, el hecho de que esta es la obra del Señor, que José Smith es su profeta; que él es el mayor testimonio de Cristo que se ha producido en el mundo desde el día en que Cristo mismo proclamó que él era el Hijo de Dios. Y no hay ninguna razón o excusa por qué alguien que es recto y honesto no debería tener este conocimiento. Cada miembro de la Iglesia debe tenerlo.

Ustedes recordará que en el antiguo Israel después que Eldad y Medad habían sido llamados por Dios a una vocación, que su Espíritu cayó sobre ellos y profetizaron en el campamento. Entonces Josué vino delante de Moisés, y dijo:

«. . . Señor mío Moisés, impídeselo.»

Pero Moisés, que tenía este don del Espíritu Santo, el espíritu de revelación y de profecía y fue por este poder que había llevado a Israel a través del Mar Rojo, dijo:

«. . . ¿Tienes tú celos por mí? ¡Ojalá que todos los del pueblo de Jehová fuesen profetas, que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos!” (Números 11: 28-29)

No hay mayor regalo que una persona puede ganar y disfrutar por sí mismo, en la mortalidad, que el don del Espíritu Santo, es un regalo que nos da el derecho a la compañía constante de ese miembro de la Trinidad, este regalo solo puede ser disfrutado con la condición de la justicia individual.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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Características de la Iglesia de Cristo

El 31 de octubre de 1952, en la Conferencia de la Ciudad de Cuautla. Publicado en revista Liahona, enero, 1953.

Características de la Iglesia de Cristo

por el Élder Bruce R. McConkie

del primer concilio de los setenta

Mis queridos hermanos y hermanas, estoy agradecido por la oportunidad de estar aquí con mis hermanos lamanitas y por el privilegio de informarles del evangelio restaurado.

Los testimonios que han oído esta noche, de estos hermanos, son verdaderos. Dios ha hablado otra vez en estos días. Ha revelado otra vez las leyes y ordenanzas por obediencia por las cuales ustedes y yo nos podemos salvar en su reino. Ha vuelto a establecer por la última vez la misma Iglesia de los días antiguos.

Cuando decimos que se ha restaurado el evangelio, esto efectivamente es lo que queremos decir. Poseemos todo el poder y las verdades esenciales para la perfección, tal como existían en los días antiguos. Aunque todavía hay mucho que será revelado, actualmente tenemos suficiente luz y conocimiento de Dios para salvarnos.

Ahora muchos de los principios que pertenecen al evangelio, la salvación y la Iglesia como fue establecida en la antigüedad, se registran en la Biblia. Ese libro es un registro de los tratados que hizo Dios con muchas gentes a las cuales habló en días pasados. El nuevo Testamento cuenta de la organización y características de la Iglesia como fue establecida por Jesucristo mismo. Se puede leer allí de cómo fue la Iglesia, entonces se puede buscar en todas las iglesias del mundo hoy día y averiguar si tienen las mismas características de identificación. Esta noche tengo tiempo sólo para dar un breve resumen o bosquejo de estas características de identificación. Tendrán que dejar que los misioneros les busquen las Escrituras del Nuevo Testamento, para apoyarlas.

Hay seis encabezamientos bajo los cuales se pueden colocar todas las características de identificación de la Iglesia del Nuevo Testamento. La primera es el nombre de la Iglesia. En el Nuevo Testamento no se nombra la Iglesia directamente, sino se presenta ciertos principios y da ciertos hechos de los cuales, usando la lógica y sabiduría, tenemos que concluir que el nombre de la Iglesia es una combinación de los nombres de Cristo. Enseña que los santos toman sobre sí el nombre de Cristo, cuando entran a las aguas del bautismo; que están haciendo todas las cosas en el nombre de él; y que no hay otro nombre por el cual puedan ganar la salvación. Cristo la llama «mi Iglesia», y Pablo habló de ella como «la Iglesia de Dios», lo que quiere decir la Iglesia de Jesucristo, quien es Dios. Ahora, ¿dónde encontramos iglesias en el mundo que tengan alguna combinación de los nombres de Cristo como el nombre oficial de su organización?

La segunda característica de identificación de la Iglesia de Cristo es la autoridad en el ministerio. La autoridad es el Sacerdocio. El Sacerdocio es el poder y autoridad de Dios delegado al hombre en la tierra para actuar en todas las cosas para la salvación del hombre. El Nuevo Testamento habla de órdenes del Sacerdocio. Los nombra como el de Aarón y el de Melquisedec, y sigue por algún tiempo señalando los poderes y responsabilidades de estas dos órdenes del sacerdocio.

¿Dónde hay iglesias en el mundo de hoy que, teniendo su sacerdocio, profesen que es el de Aarón y el de Melquisedec?

Una tercera característica son las ordenanzas del evangelio. El Nuevo Testamento nos dice de muchas ordenanzas requeridas para la salvación. Por ejemplo, habla de la imposición de manos para el don del Espíritu Santo y enseña que se requiere esto en el caso de todos los conversos bautizados.

¿Dónde encontramos iglesias que se atrevan a hacer las ceremonias visibles de esta ordenanza?

Habla de una ordenanza del bautismo para los muertos y registra estas palabras del apóstol Pablo: «De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué pues se bautizan por los muertos?» Si esta ordenanza fue parte del evangelio en el tiempo del Nuevo Testamento, ¿cómo es que no la encontramos como parte del evangelio hoy en día? Hasta donde yo he podido averiguar, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la única Iglesia que profesa tal doctrina y práctica.

El Nuevo Testamento dice que cuando haya enfermos entre nosotros, que hemos de llamar a los élderes o ancianos de la iglesia y dejar que oren sobre ellos, ungiéndolos con aceite en el nombre del Señor, y que la oración de fe salvará a los enfermos y Dios los levantará. Afuera de la Iglesia restaurada, ¿dónde encontramos esa práctica en el mundo cristiano?

Una cuarta característica de la Iglesia de Cristo encontrada en los días del Nuevo Testamento, fue la organización. El presidente Mecham nos ha dicho que la Iglesia antigua tenía apóstoles y profetas y setentas, etc. El registro está perfectamente claro sobre este punto; hasta estipula que los oficiales de la Iglesia que son requeridos o esenciales, han de quedar en la Iglesia hasta que haya al fin una unidad de la fe. Cuando hubo una vacante en el concilio original de los Doce Apóstoles, fue provista. ¿Dónde encuentra usted la misma organización que Cristo puso en la Iglesia en su día? a menos que no sea en la Iglesia restaurada. Seguir leyendo

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Sed limpios

El 5 de octubre de 1952 en la sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 123 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1952.

«Sed limpios»

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Sólo estas breves palabras:

Sé limpio, se puro, se casto, porque ninguna cosa inmunda, ninguna cosa impura, puede heredar el reino de Dios.

Dios habló a nuestro padre Adán y dijo:

. . . Enseña, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia. (Moisés 6:57)

La voz del Señor fue dada por Amulek, diciendo:

. . . Ninguna cosa impura puede heredar el reino del cielo; por tanto, ¿cómo podéis ser salvos a menos que heredéis el reino de los cielos? Así que no podéis ser salvos en vuestros pecados. (Alma 11:37).

Y cuando Cristo resumió el plan de salvación a los nefitas, lo hizo diciendo:

Y nada impuro puede entrar en  su  reino;  por  tanto,  nada  entra  en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.

Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra,  y  venid  a  mí  y  sed bautizados en  mi   nombre,   para   que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha. (3 Nefi 27:19-20)

Ninguna cosa impura puede heredar el reino de los cielos. «. . . Sed limpios los que lleváis los vasos del Señor» (Doctrinas y Convenios 133:5) En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Esta es la vida eterna

El 5 de abril de 1952 en la sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Anual número 122 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1951, abril.

Esta es la Vida Eterna

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta.

Nosotros creemos que Dios se ha manifestado otra vez en nuestros días para que los hombres puedan ganar la vida eterna en su reino. El conocimiento de Dios y el conocimiento de como él es, son los cimientos de piedra sobre los cuales se basa la religión verdadera. Sin ese conocimiento y sin revelación de él es imposible que el hombre espere las bendiciones, honores y las glorias de la eternidad.

El Maestro dio la clave a este principio en su gran oración intercesora, cuando dijo:

«Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» (Juan 17:3)

El profeta José Smith dijo,

«El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con El como un hombre conversa con otro.» (Enseñanzas del Profeta José Smith página 192)

Durante todas las edades cuando el evangelio ha estado en la tierra ha existido este conocimiento de que Dios siempre ha venido por revelación. Los profetas la han conocido y han dado testimonio delante de la gente de sus atributos y leyes. Crio a Adán «a imagen de su propio cuerpo». (Moisés 6: 9) Entonces anduvo y hablo con él; con el mismo hombre que él había criado a su propia imagen. Envió a su Hijo, Jehová, primogénito en el espíritu, para comunicarse con Moisés «cara a cara, como habla cualquiera a su compañero.» (Éxodo 33:11.) Una de las razones porque mandó a su Hijo en el meridiano de los tiempos fue para mostrar al mundo la clase de persona que es, para que los hombres le conocieran y guardaran sus mandamientos y así ser dignos de regresar a su presencia otra vez.

Cristo dijo que él fue el Hijo de Dios. Dijo que salió del Padre y que vino para dar testimonio del Padre. De él está escrito que él es la misma imagen de la sustancia del Padre. Esto fue conocido en todas las edades. Sin embargo, durante el tiempo de la negra apostasía los hombres sin revelación y sin el Espíritu del Señor se reunieron en conferencias y conclaves para formar un credo que procuraría definir como él era. Ellos dijeron que en una manera mística, él era tres en uno, que llenaba la inmensidad del espacio, que estaba en todas partes y en ningún lugar exacto, que era incomprensible, insabible, increado, incorpóreo y todo lo demás.

Y esa fue la idea que existió en el año 1820 cuando el joven, José Smith, fue a aquel lugar retirado en la arboleda para pedir a Dios cual de las muchas Iglesias era la verdadera y a cual debía unirse.

El Profeta dijo:

«. . . Vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

. . . Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!» (José Smith 16-17)

Desde aquel momento el conocimiento de Dios empezó a llenar el mundo. En tiempo esperamos el día cuando el conocimiento de Dios cubrirá la tierra como las aguas cubren el abismo; cuando no será necesario que un hombre diga a su vecino, «Conoce al Señor,» porque todos le conocerán desde el más grande hasta el más pequeño.

Tenemos escrituras que dicen:

«El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.» (Doctrinas y Convenios 130:22)

Si hubiéramos vivido en el principio, En los días de Adán y si hubiésemos recibido el conocimiento de Dios tal como fue enseñado por revelación por la boca de Adán, el sumo sacerdote administrador de la Iglesia, nos habríamos dado cuenta de que el mismo nombre del Padre  significaba Varón de Santidad, porque como la escritura dice:

«En el lenguaje de Adán, su nombre es Hombre de Santidad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre.» (Moisés 6:57)

Cuando repetidas veces Cristo se refirió a sí mismo como el Hijo del Hombre, estaba afirmando que él era el Varón de Santidad, Dios el Eterno Padre, es su Padre, y no se refirió a su mortalidad, a su nacimiento como hijo de María.

Todos nosotros que hemos aceptado el evangelio tenemos el poder de llegar a ser hijos de Dios. Lo podemos hacer por fe. Pablo dijo que los que lleguen a ser hijos adoptivos de Dios son coherederos de Jesucristo, de modo que son dignos de recibir, heredar y poseer, tal como Cristo antes ha heredado.

Él apóstol Juan, discípulo amado del Señor, escribió estas palabras:

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a él.»

Ahora fíjense bien en lo que dice:

«Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que  hemos  de  ser;  pero   sabemos   que   cuando   él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.

Y todo aquel que  tiene  esta esperanza en  él  se purifica,  así  como  él es puro.» (1 Juan 3:2-3) Esas palabras escribió al ser inspirado por el Espíritu Santo.

A esto mismo el Señor dijo Juan:

«El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo.» (Apocalipsis 21:7)

Y otra vez:

«Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.» (Apocalipsis 3:21)

Estas escrituras del Nuevo Testamento, y muchas otras que se podrían citar, enseñan la doctrina de la vida eterna y vidas eternas, una doctrina de herencia junto con Cristo el Hijo. Otra vez por revelación moderna se ha dado este conocimiento con más detalles. Se nos enseña que Cristo no recibió de la plenitud al principio mas recibía de gracia en gracia; hasta que recibió la plenitud, y que al fin recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra. Después de que se hizo registrar esta verdad en la revelación, el Señor dice que esto es para que podamos saber y comprender a quién debemos adorar y en que manera lo debemos hacer. De modo que si guardamos sus mandamientos podemos ir de gracia en gracia hasta que seamos uno en él así como él es uno en su Padre y así heredaremos una plenitud de todas las cosas.

El conocimiento de Dios es el principio de toda religión verdadera. Sin eso no puede haber fe en Dios. El conocimiento de Dios es el fin de toda religión verdadera. Si tenemos ese conocimiento y procuramos, como dice Juan, purificarnos como él también es limpio, entonces podemos seguir en progresión eterna, habiendo alcanzado las bendiciones de paz y felicidad en este mundo y teniendo la seguridad de un galardón eterno en las mansiones que están preparadas; en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Dos grandes verdades

El 6 de octubre de 1951 en la sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 122 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1951. Revista Liahona abril 1952. Improvement Era, diciembre 1951.

Dos grandes verdades

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Dos grandes verdades deben ser aceptadas por el género humano si se salvará: primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, el verdadero Hijo de Dios, quien derramó su sangre y su resurrección nos salvó de la muerte física y espiritual traída a nosotros por la Caída; y más, que Dios ha restaurado a la tierra, en estos últimos días, por intermedio del profeta José, su Santo Sacerdocio con la plenitud del eterno Evangelio. Sin estas verdades el hombre no puede tener esperanzas para la vida venidera. (Véase The Improvement Era, Vol. 38, Pág. 204-205.)

Esas palabras fueron dadas por la Primera Presidencia de la Iglesia en un testimonio al mundo en ocasión del centenario del establecimiento del Quórum de los Doce Apóstoles en esta dispensación, y si el Espíritu me da facilidad de palabra, me gustaría decir algunas cosas con referencia a ellos.

Salvación centrada en Cristo

Nosotros somos el pueblo de Dios. Nosotros somos los miembros del Reino de Dios en la tierra la cual es la Iglesia, y nosotros tenemos el conocimiento y la luz y la revelación lo que nos hace saber que la salvación está centrada en Cristo. Nosotros creemos en Cristo, Nosotros somos la Iglesia de Cristo. Nosotros creemos que por medio de su sangre expiatoria y el sacrificio en que él trabajó, todo hombre será levantado en inmortalidad, eso quiere decir, que su cuerpo, y su espíritu serán reunidos, una resurrección será traída; y nosotros creemos que, los que obedecen las leyes y ordenanzas del Evangelio, ganarán, en adición a la inmortalidad, el glorioso regalo de la vida eterna.

Nosotros tenemos testimonio y conocimiento que Cristo fue el primero nacido del Padre, en el mundo espiritual de las preexistentes eternidades, él obedeció las leyes del Padre y por diligencia y rectitud ascendió hasta el estado de un Dios.

Nosotros lo reconocemos como el Creador, bajo el Padre, del mundo y todo lo que en él hay. Nosotros lo adoramos como el Dios quien reveló sus verdades rescatadoras a todos los profetas antiguos, esos poderosos líderes que han venido en todo tiempo cuando ha tenido un pueblo sobre la tierra.

Nosotros creemos que él vino a este mundo nacido de María, literal y realmente como nosotros nacemos de nuestra madre; que él vino al mundo nacido de Dios el Eterno Padre, el Todopoderoso Elohim; como nosotros nacemos de nuestros padres en este mundo literal y actualmente.

Nosotros creemos que él tuvo el poder de dar la vida y de volverla a tomar, porque María fue su madre y Dios fue su padre.

Nosotros testificamos de Cristo; nosotros tenemos el conocimiento que la salvación está en él y por medio de él y sólo por él. «La salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente». (Mosíah 3:18), y «Cuan grande es la importancia», como Lehi lo expresó, «de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra». (2 Nefi 2:8)

Ahora no es posible en mi juicio, para la gente en el mundo aceptar a Cristo y ser salvos, a menos que al mismo tiempo ellos acepten a los profetas a quienes Cristo ha mandado, y reciban la administración de las santas ordenanzas bajo sus manos.

Cristo y sus profetas son uno. Nosotros no podríamos creer en Cristo sino hubiera profetas para declarar de Cristo y de sus verdades salvadoras. El Apóstol Pablo razonó en este tópico y dijo:

«¿Y cómo creerán en aquel  de  quien  no  han  oído?  ¿Y  cómo  oirán sin haber quien les predique?

¿Y cómo predicarán si no son enviados?  (Romanos 10:14-15)

A no ser por Cristo, no habría salvación. Si no fuera por los profetas de Dios enviados en las varias edades de la historia de la tierra, el testimonio de Cristo no se hubiera predicado, el mensaje de salvación no habría sido enseñado, y no habría administradores quienes pudieran desempeñar las ordenanzas de salvación para los hombres, eso es, ejecutarlas para que sean ligadas aquí en la tierra y selladas eternamente en los cielos.

Por eso el Señor ha mandado profetas. Nadie se supondría que pudiera creer en Cristo y rechazar a Pedro, a Santiago y a Juan. El Señor y sus profetas van de acuerdo. Cristo dijo »Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador»; y él dijo a sus apóstoles «Vosotros los pámpanos»: (Juan 15:1, 5) Las ramas y la vid están unidas. El enseñó también que si las ramas fueran cortadas de él, serían marchitas, muertas y arrojadas al fuego. Si la gente del mundo cogiere el fruto de la vida eterna de las ramas, ellos tienen que aceptar a los profetas, porque las ramas son los profetas. Seguir leyendo

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Los hijos del convenio

El 29 de septiembre de 1950 en la sesión del viernes por la mañana en la Conferencia General Semianual número 121 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1950, octubre, Revista Liahona febrero, 1951.

Los hijos del convenio

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

El Presidente George Albert Smith dijo esta mañana que no con el solo hecho de tener sus nombres en los registros de la Iglesia se salvarán los miembros en el reino de Dios, sino que es necesario guardar los mandamientos.

El Elder Joseph Fielding Smith dijo la misma cosa y nos leyó el convenio del bautismo, es decir, el convenio que hacemos en las aguas del bautismo.

El convenio

Somos un pueblo que toma y hace convenios. Tenemos el evangelio que es el nuevo y sempiterno convenio: nuevo porque el Señor lo ha revelado de nuevo en nuestro día; sempiterno porque sus principios son eternos, han existido con Dios desde toda la eternidad, y son las mismas leyes invariables por las cuales todos los hombres de todas edades pueden salvarse. El evangelio es un convenio que hace Dios con sus hijos aquí sobre la tierra a fin de traerlos de nuevo a su presencia y darles la vida eterna, si caminan en las sendas de la verdad y justicia mientras están aquí.

Somos los hijos del convenio que hizo Dios con Abrahán, nuestro padre. A Abrahán, prometió Dios la salvación y exaltación si caminamos en las sendas que el Señor le había enseñado. Además, el Señor hizo convenio con Abraham  que  restauraría  a  la  simiente  de  Adán  las  mismas  leyes  y ordenanzas, en toda su belleza y perfección, con la cual lo recibió aquel patriarca de la antigüedad. «Pues cuantos reciban este evangelio,» le dijo el Señor,   «serán   llamados    por    tu    nombre;    y    serán    considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos.» (Abraham 2:10.)

Ahora tenemos este mismo convenio sempiterno. Tenemos el evangelio restaurado, y toda persona que pertenece a la Iglesia, quien ha pasado por las aguas del bautismo, ha tenido el privilegio inestimable de hacer un convenio personal con el Señor que le salvará con la condición de que haga las cosas que promete hacer cuando entra en ese convenio con Dios.

Explicación de Alma

Alma repitió este convenio personal de salvación en las aguas de Mormón en estas palabras —todo, por supuesto, se resume en la promesa de guardar los mandamientos de Dios— pero Alma da estas particularidades: El dice que cuando entramos en las aguas del bautismo hacemos convenio de que entraremos en el rebaño de Cristo y ser nombrados con su pueblo. Hacemos convenio que tomaremos sobre sí el nombre de Cristo y en verdad ser Santos. Hacemos convenio de que sobrellevaremos mutuamente nuestras cargas, para que sean ligeras. Hacemos convenio de llorar con los que lloran. Hacemos convenio de consolar a los que necesitan consuelo. Hacemos convenio de que seremos testigos de Cristo y de Dios en todo tiempo y en todas las cosas y en todos los lugares donde estuviésemos, aún hasta la muerte. Entonces, como resumen, Alma dice que hacemos convenio de que le serviremos a Dios y guardaremos sus mandamientos.

La parte del Señor

En cambio, es decir, si hacemos todas estas cosas, el Señor por su parte promete que saldremos en la primera resurrección y seremos redimidos por él; que derramará más abundantemente sobre nosotros su espíritu mientras estemos aquí en esta vida, y que tendremos la vida eterna en el mundo venidero.

No creo que el Señor haga convenios inútiles con ningún individuo y por tanto, cualquier persona que guarde este convenio, y que haga todas las cosas requeridas por él, puede tener en su corazón la seguridad de que irá a la presencia de Dios y tendrá vida eterna en las mansiones que están preparadas.

Renovación del convenio

Tan importante es este convenio a la vista de Dios que él nos ha proveído el medio y la manera de renovarlo a menudo. La ordenanza por la cual renovamos este convenio es la ordenanza del sacramento. Cada vez que participamos del sacramento dignamente, con corazones humildes y espíritus contritos, convenimos de nuevo de que tomaremos sobre sí el nombre de Cristo, de siempre recordarle, y siempre guardar los mandamientos que él nos ha dado. Y el Señor nos promete de nuevo que siempre tendremos su Espíritu consigo; y además, que tendremos vida eterna en su reino según la revelación que dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero”. (Juan 6:54.)

El ser salvo significa ir al reino celestial. El ser exaltado significa ganar el cielo o grado más alto en aquella gloria. No sólo se nos ha permitido como Santos de los Últimos Días de tomar el convenio de salvación, y de renovarlo de cuando en cuando, pero también hemos sido privilegiados al entrar en convenios que nos dará la exaltación en el reino de nuestro Padre. Después de que un hombre ha tomado el convenio del bautismo y oprimiéndose ha avanzado en justicia y en constancia ante el Señor, y ha deseado guardar los mandamientos, y manifestado por sus obras que pone las cosas del reino de Dios primero y que permitirá que las cosas del mundo sean de importancia secundaria, llega el tiempo cuando es llamado y escogido y ordenado al sacerdocio mayor. La ordenación al sacerdocio mayor incluye un convenio de exaltación.

El Señor reveló este convenio a José Smith en estas palabras:

Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.

Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios.

Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;

Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí; El que me recibe a mí, recibe a mi Padre;

Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado. Seguir leyendo

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Principios fundamentales de nuestra Fe

El 6 de abril de 1950 en la sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Anual número 120 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1950.

Principios fundamentales de nuestra Fe

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Se le preguntó José Smith: «¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?

Él respondió:

«Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo, que murió, fue sepultado, y resucitó al tercer día y ascendió a los cielos y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión sólo son apéndices de eso «. (DHC 3:30)

La Expiación de Cristo

La expiación de Cristo es el acontecimiento más trascendente e importante que jamás se ha producido, y nunca se producirá, en la historia de este mundo. Todo lo referente a la vida y la salvación, es el evento más glorioso. Cristo vino al mundo, principalmente para llevar a cabo la expiación infinita y eterna.

Él dijo:

«. . . Vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.

Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz. . .» (3 Nefi 27:13-14)

Eso fue a los nefitas. Para los Judios, mientras estuvo en su ministerio terrenal, él dijo:

«Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas.

Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para

ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.» (Juan 10:11, 17,18)

La caída de Adán

Adán había venido al mundo; había sido el primer hombre, el miembro más noble, exceptuando sólo a Jesús, de la raza humana; había caído, como las escrituras recitan; y había traído la muerte temporal y la muerte espiritual al mundo.

La muerte espiritual es ser desterrado de la presencia del Señor. La muerte temporal es la separación del cuerpo y del espíritu. La expiación de Cristo vino a rescatarnos de los efectos de la caída de Adán. Esa expiación da a todos los hombres la vida temporal. «Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. (1 Corintios 15:22) Esa expiación ofrece a todos los hombres que creen y obedecen los principios de la vida eterna del evangelio o de la vida espiritual volver de nuevo a la presencia del Padre Eterno.

La plenitud del evangelio

Nosotros los Santos de los Últimos Días tenemos el evangelio en su plenitud y en su perfección. Maestros autorizados nos han revelado sus doctrinas a nosotros; administradores legales están entre nosotros para llevar a cabo las ordenanzas de salvación. Estamos en el camino a la vida eterna, y si perseveramos hasta el fin, seremos salvos.

Los que están en el mundo y que se arrepientan, y vengan a la Iglesia, y crean las doctrinas, y reciban las ordenanzas, recibirán el perdón de sus pecados. Ellos serán lavados en la sangre de Cristo a causa de la expiación. Los que  declinen y no lo hagan,  y que no se arrepentirán, quedarán fuera del alcance de la misericordia, tendrán en la justicia de Diosque pagar el precio por sus propios pecados. Ellos tendrán que sufrir, así como Cristo sufrió.

«Así que, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la  vara  de  mi  boca,   y   con   mi   enojo,   y   con   mi   ira,   y   sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas  cosas  por  todos,  para que no padezcan, si se arrepienten;

Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres. (Doctrinas y Convenios 19:15-19)

No hay cosa más importante en este mundo, ni lo habrá, que el solo acto de la expiación de Cristo; y podemos ser partícipes de esas bendiciones. Podemos heredar las glorias de la eternidad, y todas las recompensas que Dios ha prometido a los santos, si cumplir con la ley que él nos ha dado en el día de hoy.

El rey Benjamín, un nefita justo y fiel, un ángel de Dios, le dijo:

«Porque el hombre natural es  enemigo de Dios,  y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre». (Mosíah 3:19)

Que podamos hacerlo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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El  mensaje de la restauración

El  mensaje de la restauración

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

El 1 de octubre de 1949 en la sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Semianual número 120 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1949, Revista Liahona Julio, 1953.


Si el Espíritu Santo me da palabras, quiero decirles unas cosas en cuanto a la manera en que yo creo que el mensaje de la restauración puede ser llevado al mundo con poder y efecto.

Mensaje de la restauración

Primeramente, antes de todo, y sobre todo, este mensaje es: que Jesucristo es el Hijo del Dios Viviente; que él es el Salvador del mundo y el Redentor de los hombres; que la salvación fue, es y será, solamente en y mediante su nombre. Creemos que él vino al mundo para hacer la voluntad del Padre y labrar la infinita y eterna expiación, y que en virtud de esta expiación todos los hombres que creen y obedecen las leyes del evangelio serán levantados en inmortalidad para vida eterna. Sólo por obediencia a sus Leyes y ordenanzas podemos nosotros alcanzar el reino celestial.

Segundo, este mensaje es, que José Smith hijo, es el profeta escogido por el cual ha sido restaurada en esta dispensación la plenitud del evangelio. Fue escogido por Cristo para ser el restaurador y revelador de todas las cosas necesarias para la salvación y exaltación del hombre; él dio de nuevo a la tierra cada ley, cada principio y cada doctrina para obediencia a los que podemos lograr al reino de Dios. Seguir leyendo

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Autoridad en el ministerio

El 4 de abril de 1949 en la sesión del lunes por la tarde en la Conferencia General Anual número 119 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1949, Liahona mayo 1953.

Autoridad en el ministerio

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Ayer tuve el privilegio de ser un representante del Señor en el bautismo de mi hijo mayor. Después que yo había actuado conforme a la autoridad que tengo, él y yo salimos del agua. Entonces mi padre, uno de los sumos sacerdotes de Dios, puso sus manos sobre la cabeza de mi hijo y le confirmó miembro de la Iglesia de Jesucristo y le dio el don del Espíritu Santo. Este don del Espíritu Santo es el derecho al compañerismo constante de aquel miembro de la Trinidad, basado sobre la rectitud.

El sacerdocio

Mi padre y yo actuamos con la autoridad del sacerdocio, y conforme a la autorización dada por aquellos que tienen las llaves del sacerdocio. Sacerdocio es una cosa; llaves es otra. El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre en la tierra para actuar en todas las cosas pertenecientes a la salvación de los hombres. Llaves es el poder de dirigir, el derecho de presidir y gobernar en el sacerdocio y en la Iglesia.

Estas dos cosas, la autoridad del sacerdocio y el poder de dirigir que acompaña las llaves del sacerdocio, nos distinguen del mundo. El poder y la autoridad de Dios se encuentran en la Iglesia de Jesucristo; no se encuentran en las iglesias que no son de Jesucristo. Las iglesias del mundo tienen una apariencia de piedad, más niegan la eficacia de ella. Es en y por la autoridad del sacerdocio que el poder de la piedad se manifiesta. Y somos la única gente del mundo que tiene ese sacerdocio, ese poder de actuar en el nombre del Señor y tener aprobados nuestros hechos ambos en la tierra y en el cielo.

Esta es la Iglesia restaurada. Se encuentra hoy día, en todo aspecto, exacta y precisamente como los antiguos la tenían. Tal como Cristo les dio a Pedro y los apóstoles de la antigüedad ambos la autoridad del sacerdocio y las llaves del reino de los cielos, o en otras palabras las llaves del reino de Dios en la tierra, cual reino es la Iglesia, así él nos ha dado a nosotros estas cosas en nuestro día. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es en el sentido más real el reino de Dios en la tierra, y ha sido designado para preparar y calificar a los hombres para que puedan ir al reino de Dios en los cielos, el cual es el reino celestial.

El reino de Dios

El profeta José Smith predicó un sermón glorioso en el cual se dio una definición del reino de Dios. De ese sermón leo estas oraciones:

Donde hay un sacerdote de Dios —un ministro que tiene poder y autoridad de Dios para administrar las ordenanzas del evangelio y oficiar en el sacerdocio de Dios, allí es el reino de Dios

Donde no hay el reino de Dios, no hay salvación ¿Que constituye el reino de Dios? Donde hay un profeta, un sacerdote, o un hombre recto a quien Dios da sus oráculos, hay el reino de Dios: y donde no hay los oráculos de Dios, no hay también el reino de Dios.

. . . Si no recibimos revelaciones, no tenemos los oráculos de Dios; y si no tienen los oráculos de Dios, no es el pueblo de Dios.

. . . Jesús en sus enseñanzas dice, «Sobre esta piedra edificaré mi iglesia” y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» ¿Qué piedra? Revelación. . .

Cuando los hombres pueden saber la voluntad de Dios y encontrar un administrador Iegalmente autorizado de Dios, allí es el reino de Dios; pero donde no hay estas cosas, no hay el reino de Dios. (D. H. C. tomo 5, pp. 256-259).

Por la gracia de Dios, y por su misericordia, nos ha sido restaurado en este día la plenitud del evangelio sempiterno: todas de las leyes, ordenanzas, y principios que por obediencia a los cuales podemos ser salvos y exaltados en el reino de nuestro Padre. Ningún otro pueblo ha tenido tanto de la luz y las verdades vaciadas sobre él como lo hemos tenido nosotros.

A nosotros ha venido el Libro de Mormón —un registro de los tratos de Dios con un pueblo que tuvo la plenitud del evangelio sempiterno— y contiene, en forma clara y sencilla, las verdades de la salvación. Tenemos muchas de las verdades de la salvación. Tenemos muchas de las verdades del cielo, y si las aceptamos y vivimos según ellas, podemos ganar los galardones más grandes que hay en la eternidad. Pero no es bastante tener la verdad solamente. La posesión de la verdad no salvará al hombre. No es bastante leer las doctrinas del reino y conocerlas. Los demonios también creen y tiemblan. No es bastante tomar el Libro de Mormón y leerlo y creerlo. Tenemos que hacer todas estas cosas. Pero después tenemos que aceptar la verdad haciendo un convenio bajo las manos de un administrador autorizado, alguien que puede ligar en la tierra y en el cielo.

El convenio bautismal

El profeta José Smith escribió estas palabras en su diario, refiriéndose a una plática que tuvo con los doce apóstoles.

Yo les dije a los hermanos que el Libro de Mormón es el más correcto de todos los libros y la clave de nuestra religión; y que el hombre se acercará más a Dios observando sus preceptos, que los de cualquier libro.(Ibid., vol.4 p. 461).

Estoy de acuerdo con cada palabra que el hermano Marión G. Romney dijo ayer (véase el Liahona de Abril de 1953, páginas 170-173). Como él ha hecho, yo he leído el Libro de Mormón con mucha oración, cuidadosamente, más veces que tengo dedos; lo creo, sinceramente y de todo corazón. Sé que es un testigo verdadero de Cristo y un revelador correcto de las doctrinas de Cristo. Seguir leyendo

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Los deseos del corazón

(Discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 8 de octubre de 1985.)

Los deseos del corazón

por Dallin H. Oaks
del Quorum de los doce apóstoles

Le he pedido al hermano Holland (Rector de la Universidad Brigham Young] que no me presentara como es de costumbre. Lo hice a fin de poder presentarme yo mismo de una manera que resulte pertinente al tema sobre el cual hablaré a continuación.

Yo fui bautizado y confirmado miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y recibí el don del Espíritu Santo. En el transcurso de mi vida he hecho muchas cosas buenas, y he hecho algunas otras impropias. Sé que mis pecados pueden serme perdonados. Tengo un testimonio del hecho de que un Padre Celestial amoroso ha concedido el medio, el sacrificio expiatorio de su Hijo, para que toda la humanidad se pueda salvar por medio de la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

Las características que acabo de mencionar en cuanto a mi persona también se aplican a casi todos los hombres y mujeres en este auditorio. Estas características son vitales. Su valor excede de gran manera los así llamados logros que frecuentemente se mencionan cuando se procede a presentar a una persona.

Además, todos deseamos la bendición suprema de la exaltación en el reino celestial. Aun cuando, debido a nuestra insuficiencia humana, no siempre podamos lograr aquello a lo que aspiramos, deseamos dar lo mejor de nosotros y ése es precisamente el tema de mi discurso: «Los deseos del corazón».

Me atrae este tema, pues considero que recalca el contraste fundamental que existe entre las leyes de Dios, según están reveladas en las Escrituras, y lo que llamaré las leyes de los hombres, tal cual se les detalla en las legislaturas y en los códigos legales con los cuales estuve íntimamente relacionado en mis treinta años de jurisconsulto.

Las leyes de los hombres jamás contemplan los deseos ni las ideas de la persona en forma aislada. La ley trata de establecer la condición mental o intención de una persona sólo cuando hay que determinar qué consecuencias se han de aplicar a una determinada acción realizada por ese individuo.

En contraste con ello, las leyes de Dios contemplan el aspecto espiritual. Las cosas espirituales se ven afectadas por las acciones, pero también por deseos o pensamientos independientes de las acciones. Las consecuencias determinadas por el evangelio están basadas en los deseos del corazón.

Un simple ejemplo bastará para ilustrar dicho contraste. Supongamos que un vecino nuestro tiene estacionado frente a su casa un hermoso automóvil deportivo. Nos sentimos atraídos hacia él, pero no hacemos nada al respecto. Nos limitamos a mirarlo por largo rato con codicia. Al hacerlo así, habremos pecado, habremos quebrantado uno de los Diez Mandamientos (véase Éxodo 20:17). Las consecuencias serán de naturaleza eterna.

Hasta este punto no habremos quebrantado ninguna de las leyes del hombre: sin embargo, si procedemos a la acción, tal como el hacer contacto con los cables del arranque y alejarnos del lugar en el automóvil, habremos cometido un delito que nos hace pasibles a un castigo o a hacer una restitución conforme a las leyes del hombre,

Al tratar de juzgar qué tipo de sanciones se deben aplicar a nuestra acción, la ley procurará determinar con qué intenciones nos apoderamos del vehículo. Si apenas deseábamos tomarlo prestado dando por sentado erróneamente que nuestro vecino nos permitiría hacerlo, tal vez no seamos tenidos por culpables de ningún delito. No obstante, sí seríamos considerados responsables de cualquier daño causado al automóvil mientras lo hubiéramos usado. Si teníamos la intención de llevarnos el vehículo contrario a los deseos de su dueño pero devolverlo al poco rato, habríamos cometido un delito de menor importancia. Si lo que queríamos era llevarnos el automóvil en forma permanente, entonces el delito sería considerado de mayor importancia. Para escoger entre estas varias opciones, un juez o un jurado tendría que determinar el estado mental o emocional del infractor.

Para citar otro ejemplo, si un documento hubiera sido firmado, mas se pusiera en tela de juicio su validez, la ley evaluaría la intención del firmante para determinar si el documento habría sido firmado como una broma, o de buena fe.

Estos sencillos ejemplos nos indican que algunas veces las leyes del hombre tendrán en cuenta la condición mental de una persona para determinar las consecuencias de ciertas acciones, pero la ley nunca habrá de sancionar ni de tener en cuenta la intención o los deseos por sí solos. Lo mismo acontecía en la época de los pueblos del Libro de Mormón.

Como podemos leer en Alma, los ciudadanos de esa nación eran castigados por sus actos criminales, pero «no había ninguna ley contra la creencia de un hombre» (Alma 30:11,).

Y está bien que sea así, pues la ley es un instrumento imperfecto que carece de método alguno capaz de analizar el corazón de una persona.

En contraste, la ley de Dios puede determinar consecuencias basándose estrictamente en nuestros pensamientos y deseos más profundos; no existe la más mínima vacilación en la administración de esta ley. Tal como Ammón enseñó a su pueblo: «[Los] ojos [de Dios] están sobre todos los hijos de los hombres, y conoce todos los pensamientos e intenciones del corazón; porque por su mano todos fueron creados desde el principio» (Alma 18:32).

De igual manera, Pablo advirtió a los hebreos que Dios «discierne los pensamientos y las intenciones del corazón», y «todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:12-13).

Estas verdades extraídas de las Escrituras nos indican claramente que Dios nos puede juzgar no sólo por nuestros actos, sino también por los deseos del corazón. No sólo puede hacerlo, sino que lo hace; así lo ha declarado una y otra vez. Si leéis teniendo presente este tema, tal vez os sorprenderéis ante la cantidad de casos en que las Escrituras nos enseñan que seremos juzgados de acuerdo con los deseos del corazón. ¡Cuánto deberíamos tener en cuenta esta realidad!

Tal vez sea para muchos comprometedora, pero no debería tomarlos por sorpresa. ¿Por qué? Tenemos el libre albedrío y lo ejercemos no sólo en lo que hacemos, sino también en lo que decidimos, en lo que tenemos la voluntad de hacer o en lo que deseamos. Las restricciones que pesan sobre la libertad tal vez nos priven del poder de hacer, pero nadie puede privarnos del poder de nuestra voluntad o nuestro deseo. El libre albedrío constituye un principio eterno, y también lo es la responsabilidad que tenemos de la forma en que lo ponemos en práctica. La responsabilidad debe entonces extenderse y aplicar consecuencias a los deseos del corazón.

Veamos qué nos dicen las Escrituras sobre los deseos del corazón. Primero me referiré a un grupo de pasajes que se aplican a este principio de una manera negativa, haciéndonos culpables de haber pecado debido a nuestros pensamientos y deseos malos. Después trataré otros pasajes que se aplican de una forma positiva, prometiéndonos bendiciones precisamente por los buenos deseos del corazón.

La más conocida de todas las designaciones del pecado que se dan en las Escrituras como resultado de los deseos del corazón tiene que ver con el pecado sexual. El Salvador declaró:

«He aquí, fue escrito por los antiguos que no cometerás adulterio; mas yo os digo que quien mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio en su corazón» (3 Nefi 12:27-28; véase también Mateo 5:27-28). Seguir leyendo

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La doctrina de la Iglesia y el Reino

Discurso pronunciado  el 1 octubre de 1948 en la primera sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Semianual número 119 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1948, páginas 23-28.

La doctrina de la Iglesia y el Reino

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Ruego para que sus oraciones me sostengan y el Espíritu del Señor para que este conmigo, como lo ha estado con los hermanos que han hablado esta mañana, es el deseo de mi corazón.

Hoy hemos escuchado el presidente George F. Richards y al presidente Milton R. Hunter, nos hablaron de la naturaleza y la clase de ser que es Dios el Padre Eterno, y nuestra relación con él. Si él me sostiene me gustaría daros mi testimonio y diré lo que yo entiendo que es la doctrina de esta Iglesia y reino con referencia a su Hijo Amado, Jesucristo.

«¿Qué pensáis del Cristo?»

Cuando Cristo estuvo entre los hombres, en una de sus últimas conversaciones con los fariseos, les preguntó:

“. . . ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es Hijo? Le dijeron: De David. Él les dijo: ¿Cómo, pues, David, en el Espíritu le llama Señor, diciendo:
Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?

Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo? (Mateo 22: 42-45 )

Porque esos Judios habían perdido el conocimiento de Dios y de Cristo, fueron incapaces de responder. El mundo no ha conocido a Dios por medio de la sabiduría (1 Corintios 1:21). Al igual que muchas personas devotas, ciertamente mentira heredaron de sus padres, vanidad en la que no hay provecho. (Jeremías 16:19) Ellos no sabían que Dios el Padre Eterno fue el Padre de Cristo, y que Cristo era de la simiente de David a través de María, su madre. La gente necesitaba en ese día, tal como lo hizo la gente en los días de José Smith, una nueva revelación de Dios y del plan de salvación.

Como yo lo entiendo, nuestra misión en el mundo en este día, es dar testimonio de Jesucristo. Nuestra misión es dar testimonio de que él es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo; que la salvación fue, y es, y ha de venir, y por medio de su sangre expiatoria (Mosíah 3:18); que en virtud de su expiación todos los hombres serán levantados en inmortalidad, y los que creen y obedecen la ley del evangelio heredarán tanto la inmortalidad como la vida eterna.

Y la posición que José Smith ocupa en el esquema de las cosas es que él es el testigo principal de Cristo que ha habido en este mundo desde que el Hijo de Dios se dirigió personalmente a los hombres y dio testimonio de sí mismo diciendo: “¡Yo soy el Hijo de Dios!” (Juan 10:36 )

El Primogénito en el mundo de los espíritus

Creemos, y testifico que Jesucristo es el hijo primogénito de Dios en el espíritu, que es Dios, nuestro Padre Celestial. Creemos que mientras vivió en el mundo preexistente, en virtud de su inteligencia superior, progresión y obediencia, alcanzó el estado de un Dios. Y luego se convirtió, bajo el Padre, en el creador de este mundo y todas las cosas que están en él, como también el creador de mundos sin número. (Moisés 1:33)

Creemos que él era Jehová del Antiguo Testamento; que fue a través de él que Dios el Padre se comunicó con todos los antiguos profetas, y que reveló su voluntad y el plan de salvación para ellos.

Cristo reveló su evangelio comenzando desde Adán y a todas las dispensaciones posteriores, hasta el tiempo presente. Y todo lo que se ha dado en el evangelio y todo lo que ha sido de alguna manera relacionado con él ha sido diseñado con el propósito expreso de dar testimonio de Cristo y certificar de su divina misión.

A semejanza de Cristo

Desde Adán hasta Moisés y desde Moisés hasta Cristo, profetas y sacerdotes de Dios ofrecían sacrificios. Tales fueron a semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, que había de venir. Cuando Moisés levantó la serpiente sobre el asta en el antiguo Israel, y dijo a los israelitas que cualquiera que la mire vivirá cuando fueron mordidos por serpientes venenosas, y que esto era a similitud del hecho de que el Hijo de Dios sería levantado en la cruz y que todos los que le miraran vivirían eternamente. (Números 21:8-9. Juan 3:14- 15, Helamán 8:13-15)

Cada ordenanza del Evangelio está diseñada para apuntar y centrar la atención de los hombres en Cristo. Somos bautizados a semejanza de su muerte, sepultura y resurrección. Honramos el domingo como el día de reposo, porque era el día en que se levantó de la tumba, rompiendo las ligaduras de la muerte para convertirse en las primicias de los que durmieron (1 Corintios 15:20 ). Los antiguos honraron el séptimo día como un día de descanso y adoración porque era en ese día que él descansó de sus labores después de trabajar bajo la dirección de su Padre en la creación de este mundo. De hecho, como Jacob dice:

“. . . todas las cosas que han sido dadas por Dios al hombre, desde el principio del mundo, son símbolo de él”. (2 Nefi 11:4).

Cada profeta que ha venido al mundo ha dado testimonio de que él es el Hijo de Dios, porque en su naturaleza que es la principal vocación de profeta. El testimonio de Jesús es sinónimo del espíritu de profecía. (Apocalipsis 19:10)

Ministerio del Cristo terrenal

Creemos que Cristo nació en el mundo, literalmente, y de hecho, en el sentido más real como el Hijo de Dios, el Padre Eterno. Él nació de su Padre tan cierta y tan en real, como de María su madre. Fue en virtud de este nacimiento que él fue capaz de decir que ningún hombre le quita la vida, que él tenía el poder de dar la vida y el poder para tomarla de nuevo, y que este mandamiento lo había recibido de su Padre. (Juan 10: 17-18)

Creemos que él vino al mundo con la misión expresa de morir en la cruz por los pecados del mundo; que literalmente es el Redentor del mundo y el Salvador de los hombres; y que por el derramamiento de su sangre se ha ofrecido a todos los hombres el perdón de los pecados, con la condición de que se arrepientan y obedezcan los mandamientos. Seguir leyendo

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Hoy es el día de vuestra salvación

Discurso pronunciado  el 4 abril de 1948 en la segunda sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 118 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1948, páginas 48-52.

Hoy es el día de vuestra salvación

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Es un privilegio glorioso, el hablar en una sesión de la conferencia general de la Iglesia. Por lo cual estoy agradecido.

Yo sé que la obra en que nosotros estamos embarcados es verdadera. No tengo conocimiento de ninguna cosa en este mundo que sea más importante que el conocimiento que tengo de que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente; que José Smith, fue un vidente escogido, el instrumento en las manos de Dios en esta época, para darnos las leyes y ordenanzas de salvación; y que las llaves de la salvación han permanecido con la Iglesia desde los días de José Smith aun hasta nuestros días.

La salvación de los muertos

Una de las doctrinas de este reino, en la que hay mucho consuelo para los santos, es la de la salvación de los muertos. Nosotros sabemos que por la misericordia de Dios nuestros antepasados pueden llegar a ser coherederos de las riquezas de la eternidad. . . porque nuestro Dios no hace acepción de personas, José Smith dijo que esta es la responsabilidad más grande que Dios nos ha encargado —hablando a los santos de los últimos días de sus deberes individuales— es buscar los datos y hacer la obra por nuestros padres muertos.

Sabemos que nosotros, sin ellos, no podemos ser hechos perfectos; ni pueden ellos sin nosotros. Pero al mismo tiempo hay en esta hermosa doctrina de la salvación por los muertos, una amonestación para los santos de los últimos días. Esta amonestación es manifiesta cuando se comprende que la doctrina es limitada a los que mueren sin un conocimiento del evangelio. No se aplica a nosotros. Para mí, para ustedes y para todos los que tienen un conocimiento del evangelio, ahora es el tiempo y hoy es el día para ocuparnos de nuestra salvación.

Ningún pueblo en todo el mundo ha sido bendecido tanto como nosotros. Tenemos oráculos vivientes a la cabeza; tenemos profetas y apóstoles para guiamos, para comunicarnos la voluntad del Señor. Tenemos la oportunidad de andar en medio de la luz de revelación moderna. Y, consiguientemente, nos vemos obligados a aceptar esa luz y a andar como Dios decrete que andemos si deseamos la gloria y las bendiciones de la eternidad.

Visión del reino celestial

Por un corto período antes de la dedicación del templo de Kirtland se derramó el Espíritu Santo sobre la Iglesia en abundancia, y más particularmente sobre los líderes. El día 21 de enero de 1836 José Smith con algunos otros oficiales de la Iglesia se congregaron en el templo de Kirtland. En las propias palabras del profeta, ocurrió lo siguiente:

Los cielos nos fueron abiertos, y contemplé el reino celestial de Dios y la gloria del mismo, si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé. Vi la belleza trascendental de la puerta por la que entrarán los herederos de ese reino, la cual era semejante a llamas circundantes de fuego; y también el ardiente trono de Dios sobre el que se sentaban el Padre y el Hijo. Vi las hermosas calles de ese reino que parecían ser pavimentadas de oro.

Vi a los padres Adán y Abraham, a mi padre y madre y a mi hermano Alvin, quien hacía mucho tiempo había muerto; y me maravillé de cómo habían obtenido una herencia en el reino, en cuanto habían dejado esta vida antes que el Señor extendido su mano a recoger a Israel por la segunda vez, por lo que no se había bautizado para la remisión de pecados. (D.H.C. 2:380)

Alvin falleció el 19 de noviembre de 1824, cinco años antes que el Señor organizara, mediante el Profeta, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él No se había bautizado. El bautismo es la puerta del reino celestial de Dios. Es imposible entrar en ese reino si uno no es nacido del agua y del espíritu.

Cuando esta visión fue dada, el padre del Profeta, junto con algunos otros, estuvo en el templo de Kírtland. De manera que es una visión de lo que había de acontecer en el futuro. José sigue escribiendo de esta manera:

Vino a mí la voz del Señor, diciendo: Todos los que han muerto sin un conocimiento de este evangelio, quienes lo hubieran recibido si hubiese sido permitidos permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios; además, todos los que en adelante mueran sin un conocimiento de el, quienes lo habrían recibido de todo corazón, heredarán ese reino, pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras y según el deseo de su corazón (D.H.C. 2:380; Teachings of the Phophet Joseph Smith, 107)

No hay ninguna promesa —que yo sepa— que los que rechazan el evangelio en esta vida sean herederos del reino celestial en el mundo venidero.

Cuando el Profeta escribió su epístola sobre el bautismo de los muertos, dijo que este bautismo era:

“. . . para la salvación de los muertos que fallecieran sin el conocimiento del evangelio” (Doctrinas y Convenios 128:5)

Hoy es el día de nuestra salvación

La ley que es aplicada a mí, a ustedes y a todos los que tengan una misma y justa oportunidad para aceptar la verdad en esta vida es la que da Amulek. El dijo:

. . .hoy es el tiempo y el día de vuestra salvación; y por tanto, si os arrepentís y no endurecéis vuestros corazones, inmediatamente obrará para vosotros el gran plan de redención.

Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.

Y como os dije antes, ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna. (Alma 34:31-33).

El profeta Mormón, hablando según fue inspirado por el Espíritu Santo, pronunció esta maldición sobre todos los que, habiendo tenido la oportunidad de aceptar las leyes de salvación en esta vida, las rechazan: Seguir leyendo

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