Cayendo en la trampa

Liahona octubre 1959

Cayendo en la trampa

por el élder Sterling Welling Sill

La primera guerra mundial fue fructífera en lo que respecta a la invención de métodos nuevos y más eficaces para destruir al enemigo; y particularmente las innumerables maneras en que se emplearon los explosivos para causar la muerte. Se arrojaron bombas desde el aire, se emplearon como barrenos para ocultarse en la tierra; fueron arrojadas como granadas de mano. Se depositaron debajo de la superficie del mar para causar la destrucción repentina de la nave que chocara contra ellas. En la tierra, ocasionalmente se minaba debajo de las trincheras del enemigo para poder destruir a los hombres e instalaciones desde abajo. A veces, en un lugar donde se sospechaba un avance, se colocaban numerosos barrenos, escondidos en la tierra. Llegado el momento del ataque, el otro partido retrocedía hasta que el enemigo se encontrara en la posición más vulnerable del terreno minado; entonces se hacían estallar los barrenos y los soldados enemigos eran despedazados.

Uno de los más diabólicos instrumentos fue un aparato al cual los soldados norteamericanos dieron el nombre de booby trap, que literalmente significa “trampa de bobos”. Se trataba de una máquina explosiva que tenía por objeto engañar a los soldados para que inadvertidamente se destruyesen a sí mismos. El diccionario dice que un “bobo” es una persona de muy corto entendimiento; necio, tonto. El nombre de este artificio infernal da entender este instrumento mortífero tenía los mejores resultados con aquellos soldados poco precavidos que solían cometer alguna tontería.

Estas trampas usualmente tienen una pequeña bomba oculta, colocada de tal manera que la hace detonar la misma víctima con algún movimiento brusco. Es decir, se incita a la víctima a que levante algún objeto, al parecer inofensivo, al cual se ha fijado un detonador.

A veces el enemigo retrocedía intencionalmente abandonando territorio, trincheras, cuarteles, etc., donde previamente se habían dispuesto estas trampas. Cuando el ejército que venía avanzando ocupaba estas posiciones recién abandonadas y los soldados empezaban a tocar o levantar artículos, o pisar donde no debía, las bombas ocultas estallaban, matando a unos e hiriendo a otros, destrozándoles brazos, piernas y caras. Con esto so sólo se lograba matar a los soldados enemigos, sino que era tan grande el número de los que resultaban gravemente heridos, que llegaban a ser una pérdida más seria que aquellos que morían en el acto. De este modo se contenía el avance del ejército entero.

Sin embargo, el uso de esta clase de trampas no se limita a las guerras entre las naciones. Esos mismos “caza bobos”, de una clase u otra, han estado destrozando a la gente, retardando su progreso o destruyendo su felicidad y eficacia como directores desde el principio del mundo. Por ejemplo, se ha dicho que el pecado es el “caza bobo” del diablo.

El diablo se deleita en cazar a los bobos, y es sumamente astuto cuando se trata de ocultar aparatos mortíferos destructivos debajo de señuelos atractivamente dispuestos. Su especialidad es derrumbar la fe, echar por tierra la moralidad y estorbar la industria y entusiasmo productivos. Es particularmente diestro en llenar de barrenos el terreno sobre el cual estamos a punto de avanzar. Nos induce a que levantemos un poco de desánimo, falta de honradez, pensamientos negativos y dos o tres hábitos malos. Entonces, tarde o temprano, tocamos el detonador y la explosión resultante destruye el fundamento mismo de nuestro éxito.

Al diablo nunca le faltan estas trampas. De hecho, hace que estas máquinas infernales compitan la una con la otra para ofrecer las tentaciones más atrayentes de destrucción.

El diablo se deleita en cazar a los bobos, y es sumamente astuto cuando se trata de ocultar aparatos mortíferos destructivos debajo de señuelos atractivamente dispuestos.

Solemos enamorarnos a tal grado de estas creaciones del pecado, que las estrechamos contra nosotros mismos y así comprimimos el disparador invisible que hace volar las entrañas de nuestro éxito.

Judas cayó en la trampa que tuvo por anzuelo treinta piezas de plata. Además, uno de los compañeros de Pablo en la misión, también fue derrumbado innecesariamente de su alto lugar. El Apóstol dijo de  él:  “Me  ha  desamparado,  amando  este  mundo.” (2 Timoteo 4:10) Pilato cayó en las redes de su propia ignorancia. Le preguntó a Jesús: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38), y entonces, sin esperar la respuesta, salió del cuarto. El hijo pródigo se apartó de su familia para ir a un lugar donde podía ser un bobo prodigioso. Solamente unos “pocos” pueden atravesar el territorio lleno de barrenos de Satanás para alcanzar el reino celestial.

Uno de los aspectos de esta situación que más desanima, es que nunca parecemos aprender debidamente de la experiencia. Todavía tenemos que palpar lo recién pintado, por decir así, y poner la mano sobre la estufa candente para ver si verdaderamente está candente. Aún podemos entrampar a un ratón grande con un pedazo pequeño de queso. En la misma forma, más o menos, los más palpables “caza bobos” del pecado están causando grandes destrozos.

Estos artificios de Satanás son de todo diseño imaginable, y hay gran abundancia de ellos. De hecho, hallamos casi la misma cantidad de trampas que de bobos. Todos recordamos la trampa en que cayó Esaú. Una noche le dio hambre y vendió su primogenitura por una olla de potaje. Esta idea particular ha sido tan eficaz que

Satanás la ha empleado una vez tras otra. Esaú fue engañado porque la bomba se hallaba oculta detrás de la antigua “falsa perspectiva” que causa que todas las cosas cercanas parezcan grandes e importantes, y todo lo que está en la distancia, pequeño y sin importancia.

Es decir, si fijamos la vista en una fila muy larga de postes de teléfono, cada uno parece disminuir en tamaño, al aumentar la distancia, hasta que por último, el que está en el horizonte da la apariencia de ser del tamaño de una cabeza de alfiler. Parece ser cierto; nuestros ojos nos dicen que es cierto… y sin embargo no es verdad. Podemos demostrarnos a nosotros mismos esta falsa perspectiva en diversas maneras. Por ejemplo, si acercamos una moneda de 10 centavos a nuestros ojos la estrella más grande que se encuentra a millones de kilómetros de distancia; una moneda más grande ocultará el sol. Esto no significa que el peso sea más grande que el sol, sino únicamente que lo tenemos más cerca de los ojos.

Es muy fácil descubrir esta decepción en lo que concierne a la distancia; pero no es tan fácil ver el mismo engaño en lo que toca al tiempo. Preguntemos a un niño pequeño si prefiere una moneda de diez centavos hoy o una moneda de un peso al día siguiente.

Si acercamos una moneda de 10 centavos a nuestros ojos la estrella más grande que se encuentra a millones de kilómetros de distancia; una moneda más grande ocultará el sol.

La olla de potaje le pareció más importante a Esaú en ese momento, que la estimada primogenitura en los años futuros. No pudo evaluar correctamente las cosas que no estaban al alcance de su vista.

Sin embargo, ¿cuántos de nosotros cometemos errores iguales? Todos los días permutamos algún éxito y felicidad por una olla de potaje que apetecemos hoy.

Alguien ha dicho: “El cielo está bien; lo que pasa es que está muy lejos.” Muchos venden su salud y dinero por la ilusión que ofrece el licor. Algunos están dispuestos a padecer una muerte cancerosa en lo futuro a cambio de su ración diaria de nicotina en la actualidad.

Muchas personas se endeudan innecesariamente, si no les exigen los pagos enseguida.

Hacemos muchas otras cosas malas simplemente porque no se nos castiga en el acto. El noviazgo, y aun el matrimonio tampoco están libres de trampas. La incitación de lo presente tiene un atractivo tan grande, que si no estamos atentos y firmes, la vida misma puede estallar en nuestra cara.

Con frecuencia puede inducírsenos a cambiar aun nuestras mansiones en los cielos, si Satanás ceba la trampa con un poco de nuestro queso favorito en la actualidad.

También nosotros podemos perder nuestra primogenitura si no tomamos en consideración esta falsa perspectiva. Aun cuando nuestra vista física sea perfecta, todavía caeremos con los ojos abiertos en las trampas más evidentes, si sobre el castigo ay un letrero que dice “postergado”.

Aun el ser consignado al infierno no es cosa tan grave para algunos, si es que no tienen que ir allí enseguida.

El Fausto de Goethe, cayó en una trampa peor que la de Esaú. Este vendió su primogenitura por una olla de potaje; Fausto vendió su alma por una promesa de veinticuatro años de placeres. Quizá nos parezca que mi aun el bobo puede llegar a tal insensatez; pero debemos recordar que en estos “caza bobos”, el peligro no siempre está a la vista. La razón por la cual es tan popular este pecado destructivo de la demora es que la bomba yace oculta en la distancia, es decir, uno meramente aplaza la acción lo suficiente para disminuir el tamaño de su importancia al grado de cesar de espantarnos. El deber que tenemos que cumplir hoy suele parecernos tan grande, que nos domina; sin embargo, dejémoslo para “mañana”, y hasta tiene la apariencia de haberse resuelto. ¡Qué día tan importante va a ser “mañana”! Es cuando vamos a llevar a cabo todas las cosas que hemos prometido hacer hoy. El que demora es un bobo; el perezoso es un bobo; el que no ve más de lo que tiene por delante es un bobo; y tarde o temprano una de estas bombas estallará en sus órganos vitales.

El que deliberadamente entra en una de estas trampas es un bobo, al igual que el que juega continuamente con ellas. Aunque no se pueda ver el fulminante, es sumamente peligroso jugar con estas trampas. También lo es el coquetear con malos hábitos, aun cuando son pequeños. Las cosas que son pequeñas hoy tienen la costumbre de llegar a ser grandes mañana. Sobre todo, basta con un pequeño mal hábito o mala actitud para conducirnos al terreno que el enemigo ha minado. Entonces, cuando estemos en el sitio más vulnerable, se hace estallar la carga y nuestro éxito puede ser hecho pedazos y nuestras esperanzas se desvanecen con el humo. No importa que sea pequeña la bomba que esté oculta detrás del mal hábito, todavía tiene suficiente fuerza para destrozar nuestra vista y arruinar nuestro criterio. La granada de mano es pequeña: pero más vale no tenerla cerca de uno cuando hace explosión.

Hace algún tiempo, un hombre expresó que deseaba ser más activo en la Iglesia. Parecía tener la facultad de ser una persona muy capaz. Al principio yo no podía entender por qué no había llamado para ser Obispo o Presidente de estaca; pero en una ocasión que lo visité, supe que algunos años atrás había caído en la trampa de la bebida, la cual había estallado en un accidente automovilístico bastante serio que destrozó una vida. Había adquirido el hábito de pensar mal, y esto lo había conducido al terreno minado de la inmoralidad. Había habido una “explosión conyugal” que afectó a cinco menores de edad. Los gastos y angustias consiguientes derrumbaron su posición económica, y su vida entera fue reducida a escombros. Sin embargo, siempre había tenido la intención de hacer lo bueno; realmente quería hacer lo correcto. Pero no era muy prudente y continuamente estaba cayendo en la trampa.

Si uno pudiera pintar un cuadro físico de la espiritualidad de este hombre, quizá se podría representar con los brazos mutilados, sin ojos, las piernas hechas pedazos y lo que quedaba, tan lleno de cicatrices que casi no tendría valor. Su deseo actual de empezar de nuevo era muy loable, pero ¿cómo esperar lograr el éxito? Tiene las desventajas del que busca un empleo que pague bien, pero que se halla tan mutilado que resultaría contraproducente ocuparlo.

El desánimo es una de las trampas más eficaces de Satanás. Cuando permitimos que nuestros caprichos se propasen, no tardan en estallar en nuestra cara. Mengua nuestra industria o viene un decaimiento mental o espiritual, y a menudo no podemos sobreponernos. Satanás entrampa a mucha gente porque no sabe cómo conducirse cuando ocurre esta “marea baja” en sus vidas.

Con frecuencia los bobos se reúnen y se destruyen unos a otros, combinando su manera destructiva de pensar y su mal ejemplo. No hay cosa tan común como grupos pequeños de personas que continuamente se incitan unos a otros a travesear con la maldad y jugar con el fracaso. Por ejemplo, todos saben que no es bueno fumar. El Señor ha aconsejado que no se haga. Es costoso, es perjudicial y difícil de abandonarlo. Sin embargo, con los ojos bien abiertos, los miembros de un grupo se incitan el uno al otro a usarlo, hasta que un hábito que destruye el alma estalla en su cara. El vicio de beber es el queso con que el diablo ceba sus trampas para cazar bobos en grupos. La mejor manera de evitar ser destrozado por una de estas trampas es no tocarla. La mejor manera de evitar ser un borracho es no aceptar la primera copa.

Sólo hay dos clases de alcohólicos: los que pararían si quisieran, y los que pararían si pudieran. El que bebe no está sino ensayando para ser un fracaso.

¿Qué opinión tendríamos de un jugador de básquet que se pusiera a ensayar a no encestar la pelota? ¿O un vendedor que pasara su tiempo poniendo cuanto estorbo pudiera a sus ventas futuras? ¿Y qué opinaríamos de un hijo de Dios que continuamente estuviese jugando con las cosas que lo conducen al territorio de la destrucción eterna? ¿O qué pensaríamos de un líder que se echara sobre la espalda esas actitudes y hábitos que lo harían fracasar?

Si fuésemos jugadores del deporte más popular de nuestro país, nuestros “errores” se publicarían diariamente en los periódicos para que todos los vieran. Pero el juicio final quizá sea la primera vez en que algunos de nosotros veamos la cuenta completa de nuestros errores. Debemos vigilarnos a nosotros mismos y publicar nuestra propia anotación de “goles y errores”. Así, por lo menos, estaremos informados de estas cosas. ¿Qué opinión tendríamos de un jugador de básquet que se pusiera a ensayar a no encestar la pelota?

Los dones más valiosos de la vida no consisten en lo que podemos obtener de ella, sino más bien en lo que podemos llegar a ser por causa de ella. Cesaremos de ser mutilados por estas trampas “caza bobos” únicamente cuando dejemos de levantarlas para ver si estallarán. No nos dejemos engañar creyendo que nuestros malos hábitos son pequeños. Se desarrollarán rápidamente si seguimos nutriéndolos. Podemos estar seguros de una cosa: no importa que haya sido Satanás, nuestro fracaso o nosotros mismos los que hayamos cebado las trampas, todas estallarán algún día con el mismo efecto mortífero. Entonces descubriremos que no nos quedan más que dos cosas a cambio de todo nuestro afán: el “premio” del bobo, y un bobo.

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P-A-G-A

Liahona septiembre 1959

P-A-G-A

por el élder Sterling Welling Sill

En el sermón más notable que jamás se ha predicado, la persona más sobresaliente que jamás ha vivido, expresó lo que probablemente es la idea más importante que jamás se ha comunicado. Se refiere al hecho de atesorar para nosotros bienes en los cielos (Mateo 6:20). Aun en la tierra, este asunto de atesorar bienes aquí tiene tantas ventajas, que dedicamos la mayor parte de nuestras vidas a ello.

Sin embargo, Jesús hizo algunas comparaciones interesantes a favor de los tesoros en el cielo. Indicó que son mucho más satisfactorios y permanentes. “La polilla y el orín” no se conocen el cielo; ni tampoco “los ladrones minan y hurtan”. Si lo pensamos un poco, podremos descubrir algunas otras ventajas que vienen de hacer tesoros en el cielo, entre ellas, la musculatura espiritual que consiguientemente desarrollaríamos.

Hay dos razones principales por las que no siempre adquirimos aquí en la tierra los tesoros que quisiéramos. Una de ellas es que a veces no escogemos la profesión adecuada, y la otra es que no somos tan eficaces en nuestro trabajo como deberíamos ser. Estos mismos problemas son los que probablemente tendremos que resolver antes que nuestros tesoros en el cielo tengan valor alguno.

Concerniente a la primera razón, no hay duda que la ocupación más benéfica a que podemos dedicarnos para ganar los tesoros en el cielo es la que Jesús llamó “los negocios de mi Padre”. (Lucas 2:49)

Nuestro Padre Celestial es un Personaje sumamente rico en todo respecto. Ha convenido en que entremos en sociedad con Él, prometiendo que nada les retendrá a los que se muestren dignos y capaces. El Señor mismo le declaró a John Whitmer lo que era mayor beneficio: “…la cosa que te será de mayor valor… a fin de que traigas almas a mí” (Doctrina y Convenios 15:6)

Esta es la empresa a la que el propio Dios dedica su tiempo entero. Todo personaje grande, incluyendo a Dios, manifiesta su grandeza en su obra.

¿Hemos calculado alguna vez cuánto costaría vivir para siempre en el reino celestial? Para empezar nuestro cálculo, investiguemos cuánto costaría vivir para siempre en el mejor hotel que hay en esta tierra. Entonces hagamos nuestra propia comparación con el reino celestial. Cuando hayamos convertido en efectivo el costo de vivir para siempre en el reino celestial, dividamos esa suma por las pocas horas que dedicamos a trabajar para llegar allí. Probablemente descubriremos que el esfuerzo y trabajo que dedicamos a los “negocios de nuestro padre” nos es pagado a razón de incontables millones de dólares por hora.

Para dar principio a nuestro proyecto, la primera alma que una persona debe traer a Dios, es la propia. Pero el Señor ha dicho además, que si trabajamos todos nuestros días en su servicio y sólo le traemos un alma, nuestro galardón sobrepujará toda nuestra comprensión. Pero con un poco de destreza, podemos hacer mucho más que traerle un alma.

Esto nos lleva nuestra segunda proposición de cómo llevar a cabo “los negocios de nuestro padre” más eficazmente. Para esto se requiere toda la ciencia de la habilidad para dirigir.

Algo ya se ha explicado en el artículo El Proyecto sobre la importancia de seguir cierto proyecto o plan. Una de las mejores fórmulas que yo conozco se compone de cuatro letras, que con un poco de imaginación puede referirse a los tesoros que estamos buscando, La fórmula es la siguiente:

¿Hemos calculado alguna vez cuánto costaría vivir para siempre en el reino celestial? Para empezar nuestro cálculo, investiguemos cuánto costaría vivir para siempre en el mejor hotel que hay en esta tierra.

P A G A

Estas letras significan: Práctica  Actitud Genio  Aptitud

Tomemos estas divisiones principales de la habilidad para dirigir y analicémoslas.

La Práctica

Se ha dicho que fuerza más grande del mundo es la fuerza de la costumbre, el hábito o la práctica. Es más fuerte que la disciplina o la fuerza de voluntad. La práctica es para el éxito lo que los rieles son para la locomotora; así como los rieles apoyan y guían la locomotora, así también la práctica apoya y dirige nuestro éxito.

Tratemos de identificar los hábitos que son esenciales para lograr el éxito como grandes directores. ¿Cuáles son, y cómo podemos adquirirlos?

La práctica es para el éxito lo que los rieles son para la locomotora; así como los rieles apoyan y guían la locomotora, así también la práctica apoya y dirige nuestro éxito.

1.- La práctica o hábito de estudiar. Sabemos que muchos hombres han podido efectuar grandes cosas porque apartaron quince minutos de cada día para hacer un estudio bien orientado y concentrado sobre algún tema particular. Pero el estudio solo de por sí no es suficiente; lo importante es establecer la práctica de estudiar.

2.- La práctica de trabajar. No hay excelencia sin trabajo. Hay muy pocas cosas que uno puede hacer bien sin que su musculatura las haya aprendido de memoria.

Podemos escuchar instrucciones sobre la manera de jugar al básquet o fútbol desde ahora hasta que nos hagamos viejos, pero si nuestros músculos no lo han aprendido de memoria, jamás llegaremos a ser buenos jugadores.

3.- La práctica de pensar. Lamán y Lemuel, hermanos de Nefi, pensaron impropiamente. Algunos de nosotros apenas nos ocupamos de pensar. Thomas Edison, el gran inventor dijo: “No tiene límite lo que un hombre haría con tal de no tener que pensar.”

La mayor parte de nuestros problemas surgen porque no pensamos correctamente, sencillamente porque no pensamos. Antes que podamos lograr que otros piensen, nosotros mismos debemos aprender a pensar. Muchas personas han aprendido a pensar con la pluma en mano.

Escribamos nuestras ideas, entonces repasémoslas la semana entrante y veamos en qué forma podemos mejorarlas. Aprendamos a pensar mientras leemos. Escribamos nuestros pensamientos en el margen del libro y entonces pongámoslos a trabajar.

4.- La práctica de formar planes. Dios hace planes. Si deseamos llegar a ser “como Dios es”, aquí es el mejor lugar donde empezar. El asunto de formar planes es un aspecto muy importante del hacer tesoros en el cielo.

Hay también otras prácticas o hábitos que podemos adquirir para mejorarnos a nosotros mismos. Muchas cosas admirables que podemos acostumbrarnos a hacer. ¿Por qué no tomar nuestra pluma y hacer una lista de las otras prácticas que quisiéramos incorporar a nuestra vida? Al lado de cada una de estas cosas, escribamos los métodos que nos proponemos usar para establecerlas firmemente y hacer que funcionen eficazmente todo el tiempo.

La Actitud

Walter Dill Scott, por muchos años presidente de la Universidad de Northwestern, dijo en una ocasión que la “actitud mental” era más importante que la “capacidad mental”. Otro punto a favor de esta superioridad es que la actitud mental puede mejorarse fácilmente. Un hombre muy erudito dijo: “El descubrimiento más grande de mi generación es que uno puede alterar sus circunstancias con tan sólo modificar su actitud mental”.

La mayor parte de nosotros quisiéramos alterar nuestras circunstancias, pero no queremos cambiarnos a nosotros mismos. No podemos ser mejores directores de lo que somos como individuos. Lamán y Lemuel no tenían la capacidad, como directores, que tenía su hermano menor, Nefi. La diferencia no estribaba en su herencia, ni en su educación, intelecto u oportunidad, sino era más bien la diferencia en su actitud. La misma cosa pasa con nosotros. Somos ambiciosos o perezosos, interesantes o fastidiosos, fieles o desobedientes, leales o inconstantes, logramos el éxito o malogramos, según nuestra actitud. Los tesoros que esperamos hacer en los cielos dependen de la actitud.

Lamán y Lemuel tenían una actitud negativa. Tenían miedo de no poder obtener las planchas; tenían miedo de perecer en el desierto; creían que su padre era un visionario. Carecían de actitud positiva.

En una oportunidad, una importante organización comercial analizó cien fracasos. Las razones que los causaron fueron casi las mismas que habían causado el fracaso de Lamán y Lemuel 2500  años antes. Fueron las siguientes:

1.- 37% fracasó por motivo del desánimo 2.- 37% fracasó por carecer de diligencia

3.- 12% fracasó porque no obedecían las instrucciones

Las causas de estos fracasos y los de Lamán y Lemuel son idénticas. El desánimo es una actitud, al igual que la falta de diligencia y el  desobedecer las instrucciones. En estas actitudes predomina una visión negativa.

He aquí, pues, un lugar muy bueno donde podemos empezar a analizarnos. ¿Cuál es nuestra disposición o actitud? ¿Cuán positivos somos?

El Genio

Uno de los significados de genio es: “facultad intelectual nacida del conocimiento”. Lord Bacon, el filósofo inglés dijo: “El conocimiento es poder.” ¡Cómo se llena uno de ánimo cuando encuentra a alguien que sabe lo que está haciendo, lo que piensa hacer y cómo pretende lograrlo! Mucho más emocionante es encontrar alguien que conoce “los negocios de su Padre”. Si subdividimos el genio, hallamos cuatro palabras que empiezan con la letra P:

1.- Conocimiento del Programa

2.- Conocimiento de las Personas

3.- Conocimiento de la manera de Proceder

4.- Conocimiento de la Personalidad del director

Reflexionemos ¿Nos gustaría ser un genio en la obra de dirigir? ¿Un genio en los “negocios de nuestro Padre”?

1.- La mayor parte del que desempeña algún papel como director en la Iglesia fracasa porque no está familiarizado con el programa ni se rige por él. Es decir, no conoce lo que un comerciante llamaría conocer “su producto”. En los “negocios de nuestro Padre”, este “producto” se llama el evangelio o el plan de salvación, y es preciso que lo conozcamos al derecho y al revés. Necesitamos conocer el manual, ya que constituye nuestro proyecto para realizar la obra.

2.- Necesitamos conocer aquellas “personas”, a quienes el plan tiene por objeto ayudar. Es necesario saber qué les hace falta y la manera de atender a estas necesidades debidamente. Necesitamos saber en qué forma podemos afectar la vida de estas personas con el evangelio.

3.- La tercera bien podría llamarse la P psicológica. Necesitamos saber la mejor manera de “proceder”. El agente de ventas divide su sistema en esta forma: encontrar el interesado; investigar lo que necesita; prepara el “terreno” y hacer la presentación; contrarrestar las objeciones y concluir. Como directores de la Iglesia, también necesitamos saber en qué forma vamos a proceder.

Para lograr el éxito en los “negocios de nuestro Padre” se requiere formar planes, ensayar, ser diligente, tener fe y entusiasmo, hacer visitas personales, preparar, realizar, etc.

4.- Quizá la cuarta P sea la más importante, porque requiere que nos conozcamos a nosotros mismos. La hemos llamado la Personalidad del director.

La cosa con que probablemente todos estamos menos familiarizados en este mundo, es nuestra propia individualidad. Podemos preguntarle a un hombre acerca de la ciencia, invención o historia, y nos da las respuestas. Mas si le pedimos que escriba un análisis de sí mismo, que nos haga saber las cualidades de su mente y alma, difícilmente obtendremos una contestación satisfactoria. Necesitamos saber cómo ponernos en movimiento, cómo plantar la convicción en nuestro corazón. Necesitamos saber cuál es la causa de nuestro desánimo y cómo vencerla. Hay que saber cómo podemos integrar nuestra fe y obras. Hay que saber cómo evitar la falta desánimo, la fatiga, la pereza y el descuido.

Muchos han dicho que Alexander Hamilton, uno de los más distinguidos estadistas norteamericanos, fue un genio. Analicemos su fórmula para lograr el éxito:

“Algunos hombres me han estimado como un genio, pero todo el talento que tengo estriba en esto: Cuando tengo delante de mí un asunto, lo estudio profundamente. Lo tengo presente de día y de noche. Lo analizo en todos sus aspectos. Mi mente queda empapada en él. El resultado es lo que algunos suelen llamar el fruto del genio, cuando en realidad no es sino el fruto del estudio y del trabajo.”

¿No nos parece maravilloso? Y lo mejor de todo es que siempre produce resultados. Reflexionémoslo. ¿Nos gustaría ser un genio en la obra de dirigir? ¿Un genio en los “negocios de nuestro Padre”?

El Sr. Hamilton nos ha dado un secreto del cual podemos depender en absoluto. Esta fórmula nunca dejará de producir, si nosotros no la desatendemos.

Pues bien, juntando nuestra cuatro palabras tenemos la clase de conocimiento que siempre produce fuerza. Y efectivamente lo hará, si uno:

1.- Conoce el programa, es decir, el producto para aplicar; y

2.- Conoce a las personas: aquellas a quienes se aplica el programa; 3.- Conoce el procedimiento por medio del cual se ha de aplicar; y

4.- Conoce la personalidad del director que hace la aplicación.

Al poner en práctica estas cuatro cosas, habremos dominado una parte principal de la fórmula para hacer tesoros en el cielo.

Aptitud

El éxito depende siempre de la aptitud. La buena dactilógrafa sabe de memoria el teclado de la máquina de escribir; eso constituye su conocimiento. Desea ser buena dactilógrafa; eso constituye su actitud.

Sin embargo, su competencia verdadera y el sueldo que gana están basados en su habilidad para hacer bien el trabajo. La destreza viene de la práctica, la perseverancia y la determinación. Uno podrá leer muchos libros sobre la navegación, pero su éxito verdadero dependerá de su aptitud para hacer fondear la nave.

Nos simpatizan aquellos que se ponen a hacer cosas y las llevan a cabo. Hacen falta jugadores de básquet que tengan buen tino, misioneros que logren hacer convertidos y directores que sepan guiar. Para esto se requieren la aptitud y la destreza.

El trabajador podrá tener conocimiento, pero destreza no; prudencia pero no competencia; poseer muchas herramientas, pero no saber usarlas.

Recordemos que el éxito en la obra del Señor, como en cualquier otro trabajo, está basado en la aptitud.

Analicemos nuestra aptitud para dirigir y determinemos qué puede hacerse para desarrollarla. Podemos hablar acerca de la fe, pero

¿podremos hacer que la gente la tenga? ¿Podremos lograr que la gente sea más activa, más honrada y mejores discípulos del Maestro? Si se puede, ¿cómo vamos a lograrlo? Si no ¿por qué no?

Debemos recordar siempre que nuestra oportunidad mayor consiste en hacer para nosotros tesoros en los cielos.

La fórmula P-A-G-A es la manera de lograr esta riqueza eterna. Preparemos nuestro programa con todo cuidado, y entonces sigámoslo hasta el límite.

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El proyecto

Liahona agosto 1959

El proyecto

por el élder Sterling Welling Sill

Hace poco pasé por la admirable experiencia de ver a un ingeniero muy conocido dirigir la construcción de un edificio que iba a costar algunos millones de dólares. Tenía por delante lo que para mí eran varios dibujos algo complicados, que él llamaba el proyecto.

Una compañía renombrada de arquitectos había preparado estos dibujos después de varios meses de estudio y muchos años de experiencia. Me impresionó profundamente el pensamiento de que cualquier ingeniero diestro puede construir el edificio más hermoso que conciba el arquitecto más destacado, con tan solamente seguir el proyecto de la construcción.

Esta misma idea obra en todas partes. El escultor necesita un modelo para poder trabajar. La buena costurera tiene un patrón por medio del cual rápida y acertadamente puede producir lo que los más famosos modistas inventen. Un cocinero hábil puede lograr el éxito con las mejores recetas. El farmacéutico diestro utiliza los muchos años de estudio que han pasado los doctores más eminentes en las mejores escuelas de medicina. Entonces mediante la habilidad de aquel en la elaboración de la receta, él ayuda a salvar las vidas de muchas personas. Por supuesto, sería peligroso en extremo que el farmacéutico no obedeciera los detalles de la receta del médico, y ya fuera por descuido, o por ignorancia o desobediencia aumentara a lo que el médico hubiese especificado, o disminuyera de ello. Si uno estuviese enfermo, la mejor manera de aliviarse sería procurar el mejor doctor y luego seguir sus instrucciones cuidadosamente.

¡Este concepto es de inmenso valor! Pensemos en la importancia que la fórmula tiene para el científico.

Se ha dicho que la ciencia es solamente una recopilación de fórmulas que se han llevado a cabo con éxito. Es por medio de la fórmula que se preserva y se nos comunica la mayor parte de la verdad.

La fórmula permite que cada uno de nosotros derive el beneficio de las obras a las que muchos han dedicado sus vidas. La habilidad para obedecer eficazmente las direcciones de expertos le permite a uno reproducir en su propia vida el éxito más sobresaliente que pueden concebir en cualquier campo los más destacados proyectistas.

Una de las aplicaciones más significantes de esta importante verdad se halla en el campo de la religión, en el cual median nuestra vida y felicidad mismas, tanto aquí como en la vida venidera. Es también en este campo que podemos seguir el ejemplo del más experto de todos. Dios nombró a la Inteligencia más hábil del cielo para que viniera al mundo, a fin de que fuese nuestro Salvador y redentor. Él es el arquitecto de nuestra salvación, el que diseña nuestra felicidad y quien hacer perfecta nuestra fe. Tiene un conocimiento y entendimiento muy superior al que posee cualquier otra persona, y Él ha trazado para nosotros un proyecto en el cual se han eliminado toda eventualidad y riesgo.

Ha evitado la necesidad de que aprendamos por medio de nuestros errores, y ha hecho imposible el fracaso, si usamos el plan divino en la construcción y operación de nuestras vidas. Esto pone a nuestro alcance una excelencia, belleza y felicidad en la vida que de otra manera sería imposible lograr.

Basado en su abundante experiencia y sabiduría, el Salvador mismo ha trazado mapas detallados con rótulos cuidadosamente preparados que nos muestren la manera precisa de llegar a nuestro destino.

Pero además de todo esto, vino personalmente al mundo para ser nuestro modelo y guía. Uno de los sermones más importantes que jamás se ha predicado en este mundo, consta solamente de dos palabras pronunciadas por Jesús: “Ven, sígueme.”

El sermón más fácil de seguir es el que uno puede ver. En la vida, así como en todas las demás cosas, nuestra necesidad apremiante es tener un buen modelo que podamos seguir.

El Salvador mismo ha trazado mapas detallados con rótulos cuidadosamente preparados que nos muestren la manera precisa de llegar a nuestro destino

Es decir, la fuerza más potente del mundo es la fuerza del ejemplo. Así fue como aprendimos a andar; de esa manera aprendimos a hablar; por eso es que este niño habla inglés, y aquel habla alemán. Casi todas las demás cosas de la vida, las aprendemos por imitar. Copiamos a otros en la manera de vestirnos, el modo en que nos cortamos el cabello, las cosas que decimos y las ideas que pensamos. Al mediodía, al almorzar, algunos comen con el tenedor en la mano derecha; otros con el tenedor en la mano izquierda; si uno hubiera nacido en China o en Japón, tal vez ni siquiera usaría tenedor.

La diferencia estriba en el hecho de que imitamos la manera de actuar de aquellos que nos rodean.

Jesús dijo:

. . . No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. . .” (Juan 5:19)

La fuerza de un ejemplo bueno no solamente es la fuerza más potente del mundo, sino también una de las más contagiosas. Pensemos en la influencia noble de un hogar bueno, dentro del cual lo hijos adoptan los ideales, conceptos y normas de comportamiento de aquellos que los rodean. Esta adopción a veces ocurre sin que nos demos cuenta de ello. Por ejemplo, hace poco me reuní con un grupo de misioneros. Uno de ellos bostezó. Inmediatamente otro hizo lo mismo. Entonces vi cómo fueron bostezando los otros, al grado que el ejemplo de un misionero se manifestaba en los demás.

El bostezo es contagioso, pero también lo es el entusiasmo, e igualmente la fe, la industria y el valor.

Consciente o inconscientemente adoptamos los ademanes, manera de pensar y expresiones de otros. Pensemos en el efecto que la vida de Jesús ejerció en Simón, Pedro y los demás discípulos que lo siguieron. Es el mismo efecto que producirá en nosotros si aprendemos a seguir el modelo. Es fácil ser nobles y grandes cuando nos asociamos con hombres nobles y grandes, porque nos proporcionan el modelo a seguir.

Por supuesto, este principio puede utilizarse para bien o para mal. Hay ocasiones en que hacemos las cosas que no convienen porque alguien nos dio el mal ejemplo. Cuando Lucifer se rebeló, la tercera parte de todas las huestes celestiales lo siguieron. Este sistema de “seguir al capitán” aún se está llevando a efecto. Cuando un joven empieza a faltar a sus reuniones de sacerdocio, otros siguen su ejemplo. Cuando uno fuma, otros también lo hacen. Uno empieza a maldecir, y el otro hace la misma cosa.

Las personas son como los planetas, tienen sus órbitas y se mantienen en su lugar por la atracción que ejerce el uno en el otro. Cuando uno se aparta del camino señalado, otros siguen su ejemplo. Sea que nos hallemos por el “sendero recto y angosto” o por el “camino ancho” de la vida, nadie camina a solas; cada uno de nosotros va a la cabeza de cierta especie de caravana.

La fama y la buena fortuna de un ingeniero, suponiendo que está trabajando con arquitectos buenos, depende de su habilidad para seguir el proyecto. Se precisa que obedezca implícitamente y con todo esmero las instrucciones dadas. Si se equivoca en un detalle. Todo lo demás es afectado. O si el ingeniero constructor sigue el proyecto en la mañana y sus propios caprichos en la tarde, el edificio resultará un fracaso y el ingeniero se verá arruinado.

Mas o menos la misma cosa sucede con cualquier éxito logrado. Sin embargo, en la vida tenemos que hacerlo bien la primera vez; no podemos “reconstruir”; no podemos experimentar; no podemos ensayar. Es decir, no podemos ensayar el nacimiento, ni la vida, la muerte o el juicio final.

Pero aunque uno jamás ha transitado por el camino, puede viajar sin peligro con tan solamente seguir las indicaciones de un buen mapa. Sin embargo, si uno va a depender de sus propias opiniones y orientación, puede perderse. No siempre podemos fiarnos de nuestro propio criterio, porque a veces nos desorientamos. Además, los errores nos  causan inconveniencias innecesarias, pérdida de tiempo y gastos adicionales.

Sería una necedad que uno insistiera en preparar sus propios mapas, especialmente si no conoce el camino. Aquellos que dependen de su propio criterio muchas veces no hacen más que dar rodeos. La caída de las naciones, así como de individuos, en lo pasado ha venido como consecuencia de haber persistido en preparar sus propios mapas. Nosotros que seguimos el evangelio gozamos de la ventaja de las normas, ideales e instrucciones de nuestro Padre Celestial, que conoce el camino perfectamente. Por tanto, no es necesario que cometamos los errores tan costosos y perjudiciales que arruinan la vida de tantas personas, y sin embargo, hay algunas que no pueden seguir ni las direcciones más sencillas. Todos los días vemos vidas frustradas, arruinadas, dignas de lástima, que sufren y se lamentan por haber cometido errores innecesariamente.

Nuestra necesidad más apremiante es la habilidad de seguir el proyecto del gran arquitecto y diseñador de nuestra exaltación eterna

Hay algunos desafortunados que parecen estar resueltos a cometer todos los errores personalmente. Tienen que meter la mano en toda llama y caer en todo lazo. No tienen fe en los mapas; no creen en advertencias. Quieren probar toda desviación y explorar todo camino lateral sin salida. ¡Cuánto más seguro y mejor sería seguir un mapa que los condujera directamente a su destino!

La avenida que conduce al éxito y felicidad eternos ha sido señalada tan eficazmente y alumbrada con tanta brillantez, que no hay necesidad de que nos extraviemos, aun cuando nunca hayamos transitado antes por el camino. Las indicaciones del evangelio, igual que las indicaciones de los caminos, han sido cuidadosamente preparadas por aquellos que conocen bien la ruta.

Hay ocasiones en que tropezamos con dificultades en nuestras vidas por querer seguir dos proyectos diferentes al mismo tiempo. Sería fácil imaginar la confusión de un ingeniero constructor que tratara de erigir un edificio usando dos planos distintos. Jesús nos amonestó en contra de esto al edificar nuestras vidas. Sus palabras fueron: “Sea tu ojo sincero.” Quiso decir que fijásemos nuestra atención solamente en una cosa.

En la epístola de Santiago leemos:

El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8)

El hombre de doble ánimo es el que ve dos cosas o quiere pensar en ambas al mismo tiempo. Quizá está tratando de usar dos proyectos de arquitectos distintos, mientras que Jesús dijo: “Ninguno puede servir a dos señores.”

No es posible. Uno no puede servir a Dios y a Satanás al mismo tiempo si espera lograr el éxito. No puede uno montar dos caballos en la misma carrera. Leí acerca de un hombre que lo intentó en cierta ocasión, pero no tenía mucho de estar corriendo, cuando los caballos se apartaron en direcciones opuestas al llegar a un árbol.

La bien conocida novela de Roberto Luis Stevenson, que lleva por título “El extraño caso del doctor Jekill”, es un ejemplo muy bueno de un hombre quiso llevar dos sistemas de vida. Pensó que podía ser un médico bondadoso, amoroso y considerado de día y un criminal despiadado de noche. No tardó en destruirse a sí mismo; pero, igual que Lucifer, también destruyó la felicidad de muchos otros con sus hechos.

Este consejo de hacer que nuestro ojo sea sincero es muy bueno. No confundamos nuestros proyectos; procuremos el mejor mapa de caminos y sujetémonos a él todo el tiempo.

No hace mucho, un joven que estudiaba en un seminario me preguntó si yo podría ayudarlo a prepararse para un debate. Me dijo que el tema que iban a discutir era si es difícil o fácil entrar en el Reino Celestial, y él tenía que preparar sus argumentos para mostrar que era difícil. Este es el concepto que la mayor parte de la gente aceptaría, porque la mayoría va por el “camino ancho” y allí es donde yacen las tentaciones y dificultades. Siempre estamos oyendo de lo difícil que es vivir de acuerdo con el evangelio. Algunas personas continuamente están tropezando con toda especie de tentaciones desmoralizadoras. El hecho es que definitivamente es muy difícil entrar en el Reino Celestial cuando nos dedicamos a ello solamente a medias. Es decir, va a ser sumamente difícil para uno abstenerse de fumar este mes, si el mes pasado fumó con regularidad. Va a ser una carga muy pesada cumplir con nuestro deber este año, si nunca jamás lo habíamos hecho. No nos será fácil ser honrados este año, si el año anterior no lo fuimos. La tentación de violar las leyes morales será casi irresistible en lo futuro, si los estamos violando en la actualidad.

Por otra parte, prepararse para el Reino Celestial es fácil, si uno se sujeta a los planes todo el tiempo. Es decir, es tan fácil para el hombre honrado ser íntegro, como lo es para el pícaro ser corrupto. Le es tan fácil al industrioso ser trabajador, como le es al ocioso ser perezoso.

¿Qué clase de personas son las que siempre se dejan vencer por las tentaciones más leves? Son los que han sido vencidos antes. No podemos imaginar que Jesucristo haya tenido que luchar fuertemente contra las pequeñas tentaciones de mentir, defraudar o engañar. ¿Por qué? Porque nunca se desvió del plan. Cada parte de su vida se ajustaba exactamente a todas las demás partes. Se resolvió de una vez por todas. Siguió el proyecto de su Padre que se había forjado en el concilio de los cielos; lo obedeció toda su vida.

Aun cuando luchaba con todos los problemas en el Getsemaní, dijo:

“Padre, hágase tu voluntad.”

Las sabias instrucciones de su Padre fueron la única orientación de su vida. Nuestras dificultades surgen porque mezclamos algunas de las indicaciones de Lucifer, que es el arquitecto del pecado y el fracaso.

El buen farmacéutico, en cuyas manos se halla la vida de un enfermo, no substituye sin autorización los ingredientes de la receta que está elaborando. ¿Acaso es menos importante nuestra vida eterna? El farmacéutico no se guía por sus propios caprichos; tampoco lo hace el piloto de un avión; tampoco debemos hacerlo nosotros. Tenemos más confianza en el éxito del piloto que sigue instrucciones de la radio todo el tiempo. Tenemos más confianza en el éxito de los hijos de Dios que hacen la misma cosa.

Nuestro viaje al reino celestial es la cosa más importante de nuestra vida. De hecho, es la vida. Nuestra necesidad más apremiante es la habilidad de seguir el proyecto del gran arquitecto y diseñador de nuestra exaltación eterna. Es preciso que lo obedezcamos al pie de la letra y a todo tiempo. Así, llenos de satisfacción profunda, hallaremos que nuestras mansiones en el cielo han sido construidas de acuerdo con el magnífico diseño de Dios, nuestro Padre Eterno.

 

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¿Somos prisioneros de nosotros mismos?

Liahona julio 1959

¿Somos prisioneros de nosotros mismos?

por el élder Sterling Welling Sill

Según las estadísticas, a fines de diciembre de 1957 (este artículo fue escrito en 1959) había un total de 195.414 hombres y mujeres que se hallaban detrás de las rejas de las penitenciarías de los EEUU. Sin embargo, no todos los prisioneros se hallan tras rejas o cercos de hierro. Algunos son prisioneros de su propia maldad. Hay millones de alcohólicos empedernidos en todo el mundo que son prisioneros de una sed fatal impelente y degenerante. El alcohol ha afectado y esclavizado sus apetitos y voluntades. Existe también un número menor que sea enviciado con las drogas y ha creado dentro de sí un apetito tan exagerado por esas cosas, que han perdido el poder de dominarse a sí mismos. En esta condición innatural, mienten, roban, engañan y aun matan a fin de poder continuar esa existencia que hasta para ellos mismos es despreciable. Hay muchos tahúres que se sienten constreñidos a jugar, así como ociosos y pecadores, esclavos de sus debilidades, que carecen de la fuerza para obrar de acuerdo con su propia voluntad.

Algunas personas  son esclavas de “mentes negativas”; otros de “mentes morbosas”; otros de “mentes depravadas”—mentes que solamente ellos son los culpables de haber desarrollado. Una mente depravada puede influir en una persona al grado de causarle que lleve una vida de crimen y degeneración, aun contra su propio criterio.

Solemos oír a personas que dicen: “¿Cómo se me ocurrió hacer tal cosa?” o “¿por qué seré yo así?”

Toda persona tiene la libertad para decidir si ha de convertirse o no en pecadora, pero ninguno de ellos es libre después. Los muros que levantamos contra nosotros mismos son muy fuertes, y es muy difícil escalarlos. Si no creemos que nuestros pecados y malos hábitos pueden efectivamente dominarnos, tratemos alguna vez de deshacernos de unos de ellos. Hace poco una mujer se divorció de su esposo. No quería hacerlo, pero él se había convertido en esclavo de hábitos insoportables aun para él mismo. Por motivo de su situación impotente, ella había perdido toda esperanza. Los dos comprendieron que él había perdido permanentemente la  fuerza para reformarse y que solamente la muerte podría poner fin a sus pecados y miserias.

Pero aun la muerte es impotente delante del pecado, pues aunque la muerte haga cesar los problemas de este hombre en lo que concierne a esta vida, ¿qué sucederá en la eternidad?

Nuestros problemas, igual que nuestras vidas, trascienden los estrechos límites de estado terrenal. Desde luego, el momento más oportuno para salir de esta prisión es hoy mismo. El profeta Amulek proclamó:

“Y como os dije antes, ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna.”

“No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré, me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto; porque el mismo espíritu que posea vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno.” (Alma 34:33-34)

Es cosa sumamente seria permitir que seamos esclavizados, ya sea en esta vida o en la venidera. Sin embargo, todos los días las fuerzas malignas están aprisionando a miles de personas y enviándolos a los calabozos del pecado. Todos los días a nuevos enviciados en las drogas, nuevos alcohólicos y nuevos cometedores de toda otra maldad. Igualmente, cada día que pasa tenemos nuevos blasfemos, nuevas personas que se ausentan de las reuniones sacramentales, nuevos casos de falta de honradez, irreverencia, inmoralidad y nuevos transgresores de cada una de las leyes de Dios.

Por otra parte, hay organizaciones contra el alcoholismo, agencias de beneficencia del estado, instituciones correccionales  y educativas, la Iglesia y otras, cuyos miembros dedican sus vidas a ofrecer a estos ‘presos’ la oportunidad para libertarse.

Se ha dicho que “el Señor siempre dispone el remedio antes de la plaga”. Durante aquel gran concilio celestial se organizó una gran misión rescatadora, el objeto de la cual iba a ser efectuar la libertad de los encarcelados, y Jesús fue escogido y ordenado para dirigirla. Y en esa época Él era conocido por su título máximo de “Salvador”. Sacrificó su vida terrenal a fin de redimirnos del pecado y la muerte, y entonces pasó los linderos de esta vida y continuó su obra rescatadora en el mundo de los espíritus.

Isaías habla brevemente de dicho grupo en estas palabras:

Y serán amontonados como se amontona a los encarcelados en una mazmorra, y en prisión quedarán encerrados y serán visitados después de muchos días.” (Isaías 24:22)

Hablando por el Señor, dice este mismo profeta en otro lugar:

El espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ha ungido Jehová para proclamar buenas nuevas a los mansos; me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel.” (Isaías 61:1)

Una de las instrucciones más frecuentes del presidente George Albert Smith fue que nos conservásemos “de este lado de la línea del Señor”. Aquellos que fueron desobedientes en los días de Noé no habían obedecido este prudente consejo. Se habían pasado de aquel lado de la línea al territorio de Satanás, y como consecuencia habían sido apresados.

Dice el apóstol Pedro:

Porque también Cristo padeció una  sola  vez  por  los  pecados, el justo por los  injustos,  para  llevarnos  a  Dios,  siendo  a  la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu.”

“En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados.”

“Los que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, a saber,  ocho, fueron salvadas por agua.” (1 Pedro 3:18-20)

Es provechoso tratar de entender las consecuencias del pecado según se manifiesta en la vida de este grupo particular. En primer lugar, se rebelaron contra Dios y entonces fueron destruidos por las aguas. Por último, estuvieron encarcelados muchos largos años hasta que Jesús llegó a ellos a la cabeza de esta admirable misión rescatadora. Consideremos lo que deben haber padecido en términos de sufrimiento mental, remordimiento de la conciencia, inconveniencia, pérdida de tiempo y el atraso considerable en el progreso y felicidad eternos. Si una condena de sesenta días en una cárcel ordinaria es asunto de gravedad, imaginemos el remordimiento y pérdida consiguientes al encarcelamiento y reforma de un espíritu inmortal.

Durante el concilio celestial se organizó una gran misión rescatadora, y Jesús fue escogido y ordenado para dirigirla. La experiencia de Lucifer mismo indica la inutilidad y permanencia de los efectos del pecado. En un tiempo Lucifer ocupaba una posición elevada en los concilios de Dios. Era el esclarecido Hijo de la Mañana hasta que la rebelión afectó su mente, y él y sus adherentes trajeron la condenación sobre sí mismos. Esta es una situación mucho más grave que la maldición del alcoholismo. Si es cosa desagradable poseer y difícil de cambiar una “mente depravada”,

¿qué será tener una “mente condenada”?

La mujer de quien hablé abandonó a su esposo porque había perdido toda la esperanza en su habilidad para rehabilitarse. Supongamos que Dios pierda la esperanza en nosotros. El poeta Dante imaginó que a la entrada del infierno se encuentra esta terrible inscripción: “Dejad toda esperanza, vosotros que entráis”.

¿Nos hemos imaginado alguna vez lo terrible que sería estar condenados a prisión perpetua sin esperanza? Las Escrituras hablan de “las tinieblas de afuera”, “castigo eterno” y “destierro de la presencia de Dios”. También dicen que a “donde Dios y Cristo moran (los malvados) no pueden venir por los siglos de los siglos”.

La más devastadora de todas las emociones humanas es la sensación de estar uno solo, de que nadie lo quiere, de estar perdido. Ahora pensemos en aquellos que actualmente ponen en peligro sus bendiciones aventurándose del otro lado de la línea. Un solo cigarrillo o un solo pensamiento malo pueden poner en marcha el alma humana por el camino del cual uno nunca vuelve, porque aun es cierto que “la jornada de mil kilómetros empieza con el primer paso”.

Pensemos luego en los millones adicionales de personas que habrían quedado perdidas eternamente si no hubiese sido por esta divina misión rescatadora encabezada por el Redentor.

Este “rescate” es la esencia de la misión de Cristo, así en este mundo como en el mundo de los espíritus. En ambos lugares su obra consiste en librar a los ‘presos’ de sus ‘prisiones’; dar libertad a los cautivos que han perdido la capacidad de ayudarse a sí mismos.

Nosotros hemos formado nuestras filas de este lado de la línea del Señor. Nuestra responsabilidad primera y más importante es impedir que el pecado llegue a nosotros. Nuestra segunda responsabilidad es libertar a otros. En los escritos de Isaías leemos lo siguiente: “Yo Jehová te he llamado… para que abras los ojos de ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.” (Isaías 42:6-7)

Los que trabajan en las sociedades contra el alcoholismo saben que hay muchas víctimas que no pueden efectuar su propia reforma. Necesitan la ayuda de uno que no sea víctima de este mismo vicio. En igual manera, en la obra del Señor se necesitan hombres y mujeres, peritos en su profesión de ayudar a efectuar la exaltación humana. Así como Jesús, estos hombres y mujeres deben ser “vivificados en espíritu”. También deben “vivificarlos” la preparación, inspiración, entendimiento, entusiasmo y el deseo de salvar. Todo misionero, maestro de la Escuela Dominical o maestro orientador “vivificado” en esta forma, puede llegar a ser parte de esta maravillosa misión rescatadora dirigida por el Hijo de Dios.

A veces un cordero, en busca de pasto, inopinadamente se extravía de la vista del pastor sin la menor intención. A veces, un hijo de Dios descuidadamente también puede pasarse de otro lado de la línea. Es en esto donde se manifiesta nuestra habilidad para dirigir; en la prontitud y habilidad con que emprendemos el rescate.

Alcanzamos los honores más altos cuando nos convertimos en “salvadores en el monte de Sión”, y la única forma en que se llega a ser salvador es por salvar a alguien. Esto usualmente significa que se precisa “invadir” el territorio enemigo y alcanzar a nuestros amigos con nuestro conocimiento y fe en tal manera que se encarrilarán de nuevo en la vía que conduce al reino celestial. La habilidad para hacer esto eficazmente es probablemente la realización humana de mayor valía. Es una habilidad difícil de desarrollar, porque se hace necesario cambiar los hábitos que la gente ha cultivado por muchos años. Es menester hacer que la influencia de Cristo afecte sus vidas en forma directa y eficaz.

Jesús dijo:

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32)

La verdad tiene mayor eficacia aún, cuando el que la lleva posee una amistad genuina junto con un interés personal sincero, y especialmente cuando hace muchas visitas individuales e instructivas a los prisioneros. Un misionero amigable y capaz que tiene experiencia puede influir en las vidas de los que son prisioneros de la ignorancia o esclavos de la indiferencia y el letargo, y efectuar su reforma.

Es posible desarrollar mucha habilidad en este respecto. El Presidente John Taylor decía que “no hay persona quien no se puede conmover, si la persona correcta busca la manera debida de acercarse a ella”.

Este “rescate” es la esencia de la misión de Cristo, así en este mundo como en el mundo de los espíritus.

Pero se hace necesario que podamos discernir las oportunidades en los obstáculos, no los obstáculos en las oportunidades.

Tenemos un mensaje admirable, pero también debe haber un mensajero admirable. Antes que podamos convertir a otros, nosotros mismos tenemos que estar convertidos. Para poder hacer que otro piense debidamente, nosotros mismos debemos ser pensadores. Jamás puede haber un gran mensaje sin un gran mensajero.

Hubo algunos espíritus encarcelados que el Señor visitó, y hay algunos que nosotros podemos visitar. Algunos son prisioneros de la ignorancia; otros, de la desobediencia, la desidia o la indiferencia. Hacen falta mensajeros para que efectúen el “rescate” e influyan en las vidas de las personas antes que el pecado ligue tan fuertemente sus almas que será imposible rescatarlos.

Hace poco, en una conferencia de estaca, uno de los oradores mencionó que en su juventud el Presidente. David O. Mckay le había puesto la mano sobre el hombro. Nunca lo había olvidado. Dijo: “El Presidente. McKay me tocó.”

Hay muchos que pueden decir la misma cosa del Presidente. McKay. Sin embargo, él no solamente toca a la gente con sus manos; también influye en ellos con su ejemplo, su espiritualidad y su fe, y hace que vengan de este lado de la línea del Señor.

La obra de mayor valía en el mundo es influir en la vida de la gente con el espíritu del evangelio. Para aquellos que lo hacen se cumplirá la gran promesa cuando “el Rey dirá a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo:

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis.”

“Estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.” (Mateo 25:34-36)

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El don de interpretar

Liahona junio 1959

El don de interpretar

por el élder Sterling Welling Sill

En una ocasión se preguntó a un hombre muy erudito cuál de las traducciones de la Biblia le agradaba más. Respondió que de todas, la que más le satisfacía era la interpretación de su madre. Esta mujer había interpretado la Biblia mediante su propia vida. Esta es la interpretación que realmente es de importancia. Para este hombre de erudición, la Biblia parecía cobrar más importancia según se manifestaba en la personalidad, fe y conducta diaria de su madre. Vio aquella a quien más reverenciaba en esta vida, arrodillada delante del ser más reverenciado del cielo. La vio vivir de acuerdo con los preceptos de la Biblia.

El espíritu del libro era el de ella. Era la representante visible del mensaje y actitud de la santa palabra escrita. Y ese mensaje penetró con inmensa fuerza en su propio corazón.

Un discípulo fiel del Maestro sabrá interpretar las ideas de un idioma a otro, pero hay otros que saben interpretar las palabras de las Escrituras en hechos, y espíritu del evangelio en sus corazones. Hay algunos directores ilustres que pueden tomar las verdades eternas y actividades religiosas, y tornarlas productivas en su vida.

Uno de nuestros problemas más grandes consiste en tomar al cristianismo de las Escrituras e implantarlo en la gente, particularmente en nosotros mismos. Debemos tener la habilidad para interpretar el espíritu y la vida del Maestro en efectuación real, donde estará alcance de otros. “La única Biblia que algunas personas leen es la Biblia de nuestras propias vidas.” ¿Qué significado más benéfico puede darse al término interpretar, que concebirlo como el acto de trasladar las ideas más importantes de la página impresa a nuestra conducta diaria? ¿O qué fracaso mayor puede venir a nosotros que tener un libro o una mente llena de planes e ideas maravillosos, ninguno de los cuales jamás se ha manifestado en nuestros asuntos diarios?

Se afirma, para vergüenza nuestra, que muchos cristianos son únicamente “cristianos” bíblicos, con lo que dan a entender que el cristianismo permanece mayormente en la Biblia y sólo una parte muy pequeña entra en nosotros.

Algunos se concretan a un cristianismo que es meramente verbal, pero el cristianismo que se limita a la página impresa o a una mera expresión oral, no tiene mucho valor práctico. Por cierto, a menudo es pecado, pues “la mayor blasfemia no consiste tanto en hablar palabras profanas, como en prestar servicio únicamente de boca”. Refiriéndose a los que son como el hijo del señor de la viña que dijo: “Sí, señor, voy”, y no fue, el Señor declaró: “De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.” (Mateo 21:30-31)

Uno de nuestros mayores defectos es nuestra incapacidad para dar una aplicación práctica a las ideas grandes. Hay algunas personas que pueden escuchar un mensaje inspirador sobre el evangelio sin sentir mucha emoción. Hay algunos que pueden pisar lugares santos sin sentir el deseo de quitarse los zapatos. Aun puede haber algunos que leen la Biblia de cabo a cabo, y luego siguen con sus asuntos usuales como lo hacían antes, sin ningún cambio notable en su actitud, conducta o devoción. Hay algunos que pueden ser sumamente eficientes en su trabajo diario, mas carecen de la habilidad para desempeñar la obra del Señor eficazmente.

Sin embargo, hay algunos que, al igual que la madre del hombre instruido, han desarrollado la habilidad para tomar las ideas e interpretarlas en actitudes, actividades y santidad.

Respondió que de todas, la que más le satisfacía era la interpretación de su madre. Esta mujer había interpretado la Biblia mediante su propia vida

Pueden utilizar la habilidad con que desempeñan el trabajo del mundo tan eficazmente y darle mayor eficacia aun cuando se trata de llevar a cabo la obra del Señor.

Aparte de “traducir de una lengua a otra”, los diccionarios dicen que interpretar es “entender o tomar en buena o mala parte una acción o palabra; atribuir una acción a determinado fin; ejecutar”.

Decimos que un artista interpreta bien su papel, es decir, tiene la habilidad de trasladar lo escrito al hecho.

El mismo concepto podría aplicarse a una idea, pero sucede que la mayor parte de las ideas mueren por el camino. Raras veces salen con vida al pasar por el procedimiento de ser trasladadas o interpretadas en hechos.

A Oliverio Cowdery le prometió: “Y he aquí, si lo deseas de mí, te concederé un don para traducir, igual que mi siervo José.” (Doctrinas y Convenios 6:25) Sin embargo, esta habilidad para hacer que las ideas sobrevivan los primeros pasos de su metamorfosis, a fin de que lleguen a convertirse en fe y hechos, es la cosa de valor verdadero.

La religión efectiva consiste en hacer que las ideas y  los sentimientos crucen la frontera de la utilidad y sean de valor en otras vidas. Esta destreza es también una de las sumamente importantes características de la habilidad para dirigir.

La obra principal de un buen director es ver que esta aptitud para interpretar se desarrolle completamente y se utilice con eficacia.

En varias partes de las Escrituras se usa la frase “el don de traducir”. El Señor dijo que José Smith habría de ser llamado traductor.

Por supuesto, el don al que se refiere aquí es traducir de un idioma a otro. Pero hay otro don de traducir; es el de interpretar el idioma en sensación y la sensación en acción y la acción en efectuación. Los buenos directores más que cualquier otro, deben poseer esta habilidad.

El conocimiento, fe y determinación de los que dirigen puede interpretarse en gloria eterna para aquellos que son dirigidos. La palabra del alcanza su mayor utilidad solamente cuando se interpreta en actividad y santidad efectivas.

Sin embargo, podríamos llamar intérpretes a los hombres del mundo que se han destacado en varios campos. Jaime Watt interpretó la idea de una tetera de agua hirviendo en una potentísima máquina de vapor. Una araña que tejía su tela fue lo que inspiró a un ingeniero para construir uno de los puentes colgantes más notables.

Se dice que mientras partía el cascarón del huevo cocido que iba a comer como desayuno, le vino a Brigham Young la idea que interpretó en el techo ovalado del Tabernáculo de Salt Lake City, que se sostiene sin necesidad de pilares.

Los inventores, escritores, pensadores y directores más destacados son aquellos que pueden adaptar las mejores ideas del mayor número de fuentes, y hacerlas fructificar en su propio trabajo. El que intenta fundar su éxito en sus propias ideas originales, tiene enfrente un obstáculo insuperable. Hallamos una ilustración de esta idea en la conversación que sostuvieron el inventor Thomas A. Edison y el gobernador del estado de Carolina del Norte.

El gobernador estaba felicitando al señor Edison por ser un inventor tan notable.

  • Pero no soy un gran inventor— decía Thomas Edison.
  • ¿No existen más de mil patentes de invención en su nombre?

Es cierto, pero la única invención que puedo decir que es netamente mía, es el fonógrafo.

No le entiendo— dijo el gobernador.

Soy como una esponja— explicó Edison. Absorbo las ideas de cuanta fuente puedo, y entonces todo lo que tengo que hacer es darles un uso práctico. Las ideas que empleo son principalmente de personas que no saben desarrollarlas ellas mismas.

Esta es una de las cualidades de un gran inventor. A la misma vez, es una de las cualidades de un gran director. Esto se aplica particularmente a los que obran en la Iglesia.

Si un profesor no estuviese familiarizado con los métodos e ideas de la pedagogía moderna, no gozaría de mucha estimación. También buscamos maestros que estén familiarizados con los estudios de las más destacadas escuelas de educación. No obstante, el buen maestro también necesita saber tomar las experiencias comunes de todos los días e interpretarlas en carácter, ambición y justicia como lo hizo “el gran Maestro”.

El propio Jesús fue el intérprete consumado. Tenía la mayor habilidad para utilizar con sumo beneficio todas las cosas que veía a su alrededor. El sistema de enseñanza más prominente que usó fue la parábola. Propiamente podríamos colocar todas sus parábolas bajo un solo encabezamiento, a saber, interpretación. Empleaba las ideas que la gente entendía a fin de aclarar las verdades que El deseaba que comprendieran mejor.

Por ejemplo, refirió la parábola del sembrador a un grupo de personas que estaban familiarizadas con el trabajo de campo. Les indicó que no debían sembrar su semilla en terreno duro y seco, ni permitir que las espinas ahogasen a las plantas tiernas una vez que empezaban a crecer. Esta idea con la cual ya estaban familiarizados, se interpretó fácilmente para que la utilizaran en la fomentación de sus propios intereses espirituales.

Basándose en la experiencia de hijo pródigo, del buen Samaritano y las  vírgenes  fatuas,  enseñó  con  profundos  resultados.  Jesús transformaba las cosas más comunes en algo ennoblecedor y hermoso.

En Él hallamos el mejor ejemplo del director verdaderamente grande, y debemos seguir Su ejemplo de aprender de las cosas que están más cerca de nosotros. Cuanto más capaz el hombre, tanto más aprende de las cosas que lo rodean. Sin embargo, la instrucción es de poco valor a menos que se le pueda dar una aplicación práctica.

Para aquellos que pueden ver más allá del propio acontecimiento, hay “lenguas de árboles, libros en los arroyos corrientes, sermones en las piedras y lo bueno en todas las cosas” (Shakespeare)

Si carecemos de los pensamientos y corazón de un intérprete, quizá no veremos sino piedras, y pasaremos por alto los sermones.

En Jesús hallamos el mejor ejemplo del director verdaderamente grande, y debemos seguir Su ejemplo de aprender de las cosas que están más cerca de nosotros.

Si pensamos como el intérprete, se multiplica en nosotros el beneficio aun de las experiencias comunes.

Nos une a otros eslabones importantes de la cadena de los pensamientos constructivos.

Todo viento ayuda al barco a llegar a su destino, si las velas se disponen correctamente.

San Pablo dijo:

. . . Para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien. . .” (Romanos 8:28)

Podemos aprender de todas las cosas si tenemos los ojos abiertos y disponemos nuestras velas para aprovecharlas. De esta manera, toda experiencia puede llegar a ser para nuestro bien. La enfermedad es tan importante como la salud; la muerte, igual que el nacimiento, es parte del plan divino; la noche es tan necesaria como el día; el trabajo nos beneficia tanto como el descanso.

Unos hechos nos enseñan lo que podemos evitar; otros, lo que debemos hacer. Una personalidad eficaz, bien ajustada y estable toma todos estos incidentes y los interpreta en actitud, destreza, hábitos, devoción y otras cualidades de la habilidad para dirigir felizmente.

Nos es posible lograr en el campo de la habilidad para dirigir lo que los alquimistas antiguos no pudieron lograr en el campo de la metalurgia. Por muchos años los alquimistas intentaron transformar en oro y plata los metales más corrientes, como el hierro y plomo. Por supuesto, tenían que fracasar en esto.

Pero hay una especie de alquimia espiritual que nos garantiza un éxito extraordinario. Pues si lo deseamos sinceramente y obramos vigorosamente con la disposición correcta, podemos lograr la habilidad para interpretar cada una de nuestras experiencias en una cosa buena.

En una de sus novelas, Nathaniel Hawthorne relata la historia de un jovencito que todos los días contemplaba y admiraba las nobles facciones y bondadosas características de una imagen natural de piedra que se hallaba en el costado de la montaña. Y cada día más y más se parecía a la imagen que miraba, no sólo en cuanto a rasgos de personalidad, sino en características físicas. Este joven tuvo la facultad de interpretar para su propio beneficio las nobles cualidades que identificó y admiró en la montaña. Por medio de su propia vida, trajo estas virtudes al alcance de otros.

Lincoln hizo la misma cosa. En su niñez y juventud se dedicó a leer buenos libros. El más importante de éstos, fue la Biblia, la cual de allí en adelante siempre podía identificar como parte de su carácter.

La Biblia relata que el manto de Elías cayó sobre Eliseo. El manto de José Smith cayó sobre Brigham Young. Tenemos la responsabilidad de ver que el manto de la dirección caiga sobre nosotros. El Señor nos dará el poder de ser buenos directores si tan solamente aprovechamos las grandes lecciones que nos rodean.

Los alquimistas intentaron transformar en oro y plata los metales más corrientes, como el hierro y plomo. Por supuesto, tenían que fracasar en esto. Pero hay una especie de alquimia espiritual que nos garantiza un éxito extraordinario.

Una parte muy importante de nuestra preparación es desarrollar y utilizar este don y facultad para interpretar. Con toda experiencia y toda idea debemos decirnos: ¿Cómo me ayudará esto en la obra del Señor? ¿En qué forma puedo desarrollar esto para desarrollar mi fe y actitud? ¿Cómo puedo utilizar para salvar almas, los principios de mi éxito como maestro y negociante?

El que es digno de ser director en la Iglesia tiene la responsabilidad de ver que cada miembro bajo su cuidado se prepare para el reino celestial. Esto causará que nuestro don de interpretar rinda el beneficio mayor.

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Heme aquí. . . Envíame a mi

Liahona mayo 1959

Heme aquí. . . Envíame a mi

por el élder Sterling Welling Sill

“. . .Y el Señor dijo: Enviaré al primero.” Y nos dice las Escrituras que “. . . el segundo se llenó de ira, y no guardó su primer estado.” (Abraham 3:27-28)

El profeta Isaías nos relata en parte de su visión del gran concilio celestial. Fue cuando se iba a elegir a un Salvador de una raza de seres mortales que aún no había nacido. Tenía como misión redimir un mundo que aún estaba en los primeros pasos de su desarrollo.

Isaías dice:

. . . ¿A quién enviaré, y quien irá por nosotros?. . .” (Isaías 6:8)

La revelación moderna nos dice que fueron dos los que respondieron. Uno era el Primogénito Hijo de Dios que estaba habilitado de una manera particular para esta misión especial. Contestó y dijo: “Heme aquí; envíame. . . Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre.” (Moisés 4:1,2) Pero también habló otro. Era Lucifer, el esclarecido hijo de la mañana, y dijo: “Heme aquí; envíame. Seré tu hijo y rescataré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.” (Moisés 4:1; Doctrina y Convenios 76:26; Isaías 14:12-14)

“Y el Señor dijo: Enviaré al primero.” Y nos dicen las Escrituras que “el segundo se enojó, y no guardó su primer estado.” (Abraham 3:27- 28)

Por motivo de que no se le dio a Lucifer su capricho de beneficiarse a sí mismo, se tornó rebelde y desde esa época ha combatido la obra de Dios. Lucifer fue arrojado del cielo y la tercera parte de las huestes celestiales fueron expulsadas con él. Por su desobediencia y rebelión se hicieron indignos de progresar a lo que habría sido su segundo estado. (Doctrina y Convenios 29:36)

Este motivo de calificarse uno mismo por motivo de la desobediencia continúa aún, y más o menos por las mismas razones. Hay veces en que nuestros corazones se fijan sólidamente en nuestro propio beneficio personal. Éste no sólo fue el problema principal que surgió entre los hijos de Dios en la vida preterrenal, sino también es el problema mayor que nosotros le causamos aquí en esta vida.

“Muchos son llamados, pero pocos son escogidos”, sencillamente porque nosotros mismos nos descalificamos. El problema mayor del Señor todavía consiste en lograr que la gente se prepare para su llamamiento elevado. Todavía le es difícil obtener directores adecuados.

Por motivo de que su obra de la redención humana siempre debe hacerse de acuerdo con la libre voluntad y el albedrío, Dios, igual que en la antigüedad, sigue haciendo la misma pregunta importante: “¿A quién enviaré, y quién irá?” Así como en aquel gran concilio, nuestra respuesta determinará principalmente no sólo nuestro destino futuro, sino el de aquellos a quienes dirigimos.

¿Qué podemos hacer? Quizá, más que cualquier otra cosa, necesitamos desarrollar dentro de nosotros mismos un entusiasmo intenso, semejante a la oferta voluntaria del Cristo preexistente que dijo: “Padre, heme aquí; envíame a mí. Hágase tu voluntad y sea tuya la gloria para siempre.” Esta oferta voluntaria de responder al llamado del Señor es el espíritu del evangelio, y el grado al cual podemos desarrollarlo en nosotros mismos determinará nuestras bendiciones, así como nuestra utilidad.

Dios, igual que en la antigüedad, sigue haciendo la misma pregunta importante: “¿A quién enviaré, y quién irá?”

El Señor nos dio la llave cuando dijo: “Si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra.” (Doctrina y Convenios 4:3) “El deseo es el piloto del alma.”

Si el deseo de servir a Dios no es fuerte, otros intereses menos dignos pueden desahuciar nuestras oportunidades más importantes de lograr la eternidad. Necesitamos desarrollar un espíritu más agresivo. Necesitamos aumentar nuestra propia iniciativa individual y deseos de servir. No le complace al Señor que esperemos hasta que “se nos mande en todas las cosas”. Esta causa no solamente es de Él; es nuestra también.

Puede haber algunos que se deleiten en “hacerse rogar” cuando se trata de obrar en la Iglesia. Por cierto, hay algunos que hasta resisten una posición en la Iglesia, o la aceptan con renuencia y falta de interés. Una vez en una conferencia de estaca, oí a un hombre decir que en dos ocasiones lo habían considerado para cierta posición, y que ambas veces había llegado a saberlo de antemano, había vendido su casa y se había mudado de la estaca en que vivía. Pero que esta última vez, no lo supo antes de tiempo y por consiguiente ahora “tenía que cargar con el puestito”. Sus palabras y disposición  mostraban  que  no  tenía  “deseos  de  servir  a  Dios”.

¿Cómo se sentirá el Señor hacia una persona que manifiesta esta actitud?

Puede haber algunos que se deleiten en “hacerse rogar” cuando se trata de obrar en la Iglesia. Si verdaderamente creemos que ésta es la obra del Señor ¿por qué no nos hemos de emocionar por la parte que tenemos en ella?

No hace mucho que un hermano ya entrado en años dio una manifestación muy hermosa de este espíritu. Tenía la responsabilidad de obrar con los jovencitos del Sacerdocio Aarónico. “Ojalá no vaya a creer el presidente de la rama que estoy muy viejo

para desempeñar este llamamiento—dijo—me gusta obrar en la Iglesia y espero que mi servicio todavía no haya terminado.”

Brigham Young dijo una vez: “Se espera que todo hombre y mujer ayude en la obra del Señor con toda la habilidad que Dios les ha dado”. Esta es la filosofía que el propio presidente Young practicó vigorosamente toda su vida. ¿Por qué no hemos de hacer la misma cosa? En el  gran concilio celestial nosotros voluntariamente nos impusimos este convenio de prestar servicio. La oportunidad aún está con nosotros y cada cual tiene que dar su propia respuesta.

La obra del señor aún no ha concluido. Hay todavía muchos puestos que llenar, y como en la antigüedad, el Señor nos está diciendo: “¿A quién enviaré, y quién irá?”

En nuestra respuesta se debe manifestar este afán intenso de servir. El deseo es aún el piloto del alma.

Hay quienes en nuestra época están respondiendo con ánimo y diciendo: “Heme aquí; envíame a mí.”

Algunos, a semejanza de Lucifer, se alejan de la obra del Señor y apartan a otros con ellos. Pero también hay unos que no responden ni sí ni no. No es necesario que sean incrédulos a la palabra del Señor, su escepticismo es más profundo: no se interesan en considerar el asunto de una manera u otra. Tal vez se deba a que se han interesado profundamente en sus propios intereses, o se han hundido por completo en la inactividad a causa de su propia indiferencia o letargo.

Sea cual fuere la razón, el resultado es que las oportunidades más importantes que se ofrecen a los hombres a veces son desechadas y menospreciadas por todos. ¿Cuántos llamamientos en la Iglesia están sin cubrirse en la actualidad? ¿Cuántas son  las organizaciones auxiliares que no están organizadas en forma completa?

Necesitamos mucha práctica en esto de “estar anhelosamente consagrados a una causa buena” ¿Cuántas de las personas que obran en la Iglesia ningún entusiasmo sienten hacia lo que están haciendo?

Es preciso que nos alentemos: necesitamos mucha práctica en esto de “estar anhelosamente consagrados a una causa buena”. Necesitamos hacer más cosas de nuestra propia voluntad y efectuar mucha justicia. Esto significa que debe haber un deseo más intenso de servir a Dios y un entusiasmo más agresivo y permanente que no morirá bajo su propio peso.

En el “primer estado” se escogió y se ordenó al Salvador para que fuese nuestro Redentor en el segundo estado. Pero en este gran concilio celestial también fueron escogidos y ordenados muchos otros para que asumieran responsabilidades como directores terrenales. Dios habló a un grupo de los “nobles y grandes”, y dijo: “A éstos haré mis gobernantes”. El Señor le reveló a Abrahán que él había sido uno de ellos. También Jeremías fue ordenado por el Señor para ser profeta a las naciones antes que naciera. (Jeremías 1:5) José Smith añadió algo muy importante a esto cuando nos informó que “todo hombre que recibe el llamamiento de ejercer su ministerio a favor de los habitantes del mundo, fue ordenado precisamente para ese propósito en el gran concilio celestial antes que este mundo fuese.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 453, 454)

También nos incluye a nosotros. Probablemente nos hallamos entre aquellos nobles y grandes. No hay que dudar que ocupamos posiciones de mucha responsabilidad en este concilio celestial. Indudablemente allá disfrutábamos de la confianza completa de Dios.

Seguramente hubo una razón muy buena porque se nos permitió venir en esta época de maravillas y esclarecimiento, que nosotros conocemos como la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, para llevar a cabo nuestra misión. ¡Qué reto tan grande para nosotros es saber que fuimos enviados aquí por obra directa de Dios y de ese gran concilio que Él presidió!. Y se nos envió aquí por un propósito determinado.

Supongamos, pues, que tras toda esa preparación, nosotros no cumplimos. Hemos sido llamados, pero ¿qué sucederá si no somos escogidos porque no aceptamos el llamamiento?

Si no se nos escoge, será porque realmente no tenemos deseos de ser parte de esta gran empresa, la mayor de todas.

John A. Widtsoe escribió: “Aquellos que reciben el mensaje del evangelio, no sólo tienen la obligación por decreto divino de amonestar cada cual a su prójimo, sino también porque se lo impone el convenio eterno que hicieron antes que este mundo fuese organizado, de que aquellos que tuviesen el privilegio de buscar y hallar el evangelio durante su carrera terrenal, harían cuanto estuviese de su parte para presentarlo a otros.” Esto significa que debemos magnificar esta posición de directores que se nos confirió en el cielo.

El Señor no ha aconsejado una y otra vez que desarrollemos nuestra iniciativa e ingeniosidad necesarias para que podamos cumplir con nuestro llamamiento. Nos ha advertido de las espantosas consecuencias de no hacer nada hasta que se nos mande.

Los premios más estimados de la vida son para aquellos que usan su iniciativa con la mayor prudencia: aquellos que reconocen sus oportunidades y cumplen con su deber en la manera más aceptable sin que nadie se los mande.

Pero a veces no podemos ponernos en marcha. Hay ocasiones en que necesitamos hacer el mayor esfuerzo para cumplir aun con nuestras responsabilidades más sencillas, y en estas ocasiones , solemos hacer lo que el pez volador, que se eleva por una corta distancia en el aire antes de volver a caer en el agua, pero después de una débil lucha nuevamente caemos en nuestra mediocridad.

Brigham Young dijo una vez: “Se espera que todo hombre y mujer ayude en la obra del Señor con toda la habilidad que Dios les ha dado”

¡Qué cosa tan emocionante es ver a un director espiritual lleno de ánimo, ingenioso, dispuesto a todo, infatigable, que de su propia iniciativa puede hacer lo que conviene! ¡Cómo nos deleita ver ocasionalmente un ejemplo como el del profeta Mormón, que tuvo que ser restringido porque quería hacer demasiado! ¡Necesitamos más “Mormones”!

Con mucha frecuencia hablamos del hecho de que Dios nos ha dado la “autoridad” para oficiar en su obra.

Pero nosotros mismos debemos desarrollar el deseo, la sensación de responsabilidad y la diligencia necesarias para que esa autoridad pueda ser útil. ¿Qué nos beneficia, si tenemos la autoridad pero carecemos de la iniciativa para darle eficacia?

«Debemos desarrollar el deseo, la sensación de responsabilidad y la diligencia necesarias para que esa autoridad pueda ser útil»

¡Cómo nos inspira ver a una persona que tiene suficiente confianza en sí misma para saber de antemano que logrará el éxito, que está preparada para hacer lo que fuere necesario a fin de realizar lo que se propone! Sabe que no fracasará, porque no permite que sobrevenga el fracaso. La inteligencia es importante, pero la diligencia, la disposición para hacer, es de mucha más importancia.

El Señor ocasionalmente ha llamado “amigos” a una persona o un grupo particular de personas. Ser amigo del Salvador del mundo parece indicar que debe haber una semejanza en cuanto a intereses: una semejanza en cuanto a responsabilidad y la fuerza suficiente para sostenernos con firmeza en lo que creemos. Se ha dicho que además de meramente obedecer a Dios, debemos “concordar con Dios”, ver las cosas desde el punto de vista correcto y hacer lo que fuere necesario a fin de volvernos dignos de ser no sólo sus siervos, sino alcanzar la categoría más elevada de “amigos”.

Cuando Jesús dijo: “Padre, heme aquí; envíame a mí”, sabía que aquello significaba sufrimientos y oposición y aun la muerte. No obstante, estaba preparado. Así ha sucedido con muchos directores grandes. Cuando se necesitaba alguien que continuara la obra después de la crucifixión, Simón Pedro dijo a Jesús, en sustancia: “Heme aquí, envíame a mí”.

«Lo que conviene hacer es encender en nosotros el fuego del ánimo hacia los propósitos de Dios y dejarnos dominar por una determinación invariable de servir a Dios.»

Cuando se precisaba que alguien llevase el evangelio a los gentiles, Saulo de Tarso dijo: “Señor ¿qué quieres que haga?” En otras palabras: “Heme aquí, envíame a mí”. No dijo: “Lo probaré por un tiempo para ver si me gusta o no”.

José Smith apenas tenía poco más de catorce años de edad cuando el Señor le dijo que la Iglesia verdadera no estaba sobre la tierra. José dijo en espíritu: “Heme aquí; envíame a mí.” Y ni una sola vez titubeó hasta que su sangre fue vertida por sus asesinos.

La persistencia para no desmayar en la obra es tan importante como la iniciativa que la pone en marcha. Madame Curie pasó su vida entera en la feliz empresa de descubrir el radio. Después de haber fracasado por la 487ª vez en los experimentos que ella y su esposo habían tratado de aislar el radio de la pecblenda, Pedro, su esposo, echó al aire las manos desesperado, y dijo: “Nunca se logrará, quizá en cien años, pero no se hará en nuestra época”. Madame Curie le contestó resuelta: “Si no se ha de realizar hasta que pasen otros cien años, es una lástima; pero yo no cesaré de trabajar para lograrlo mientras viva”.

¡Qué inspiración es ver esta clase de determinación manifestada en las vidas de los grandes directores que llevan a cabo la obra del Señor! Cuán importante es esa virtud para nosotros que tenemos que efectuar la importante obra que se nos indicó en el cielo. A los que esperan disfrutar de las grandes bendiciones de la eternidad, se les permite ayudar a realizar estas bendiciones, y una de las experiencias más tristes que podría confrontarnos sería la de ser uno de los muchos que son llamados pero no uno de los pocos escogidos. (Doctrina y Convenios 121:34)

De nosotros depende, y lo que conviene hacer es encender en nosotros el fuego del ánimo hacia los propósitos de Dios y dejarnos dominar por una determinación invariable de servir a Dios. Somos los arquitectos de nuestro propio destino, y cada hombre recibirá según sus obras.

La trascendental pregunta de Dios está delante de nosotros constantemente. “¿A quién enviaré, y quién irá. . .?”

Seamos los primeros en responder a este llamado con las palabras del propio Redentor: “Heme aquí; envíame… Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre.”

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Muéstranos al Padre

Conferencia General de Abril 1959

Muéstranos al Padre

Sterling W. Sill

por el Élder Sterling W. Sill
Asistente al Consejo de los Doce Apóstoles


Después de la Última Cena, Jesús estaba dando instrucciones finales a sus discípulos. Trataba de prepararlos para la gran responsabilidad que pronto recaería sobre ellos. Les habló mucho sobre su propia misión, su relación con el Padre y lo que debería ser su conexión con Dios. Durante la conversación, Felipe dijo a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta” (Juan 14:8).

Esta pregunta señala probablemente la mayor responsabilidad de nuestra vida: no solo conocer a Dios, sino también comprender el plan del evangelio y vivir en armonía con él. La relación adecuada entre los hombres y Dios da propósito a la vida. No importa mucho si viajamos en un carro de bueyes o en un cohete interplanetario si nuestro viaje no tiene propósito.

Pensemos en la importancia de entender que Jesús es el Redentor del mundo, que expresó la voluntad divina a los hombres, y que fue literalmente engendrado por el Padre. Jesús intentó ayudar a sus discípulos a entender al Padre al comprender al Hijo, quien era la imagen expresa de su persona (Hebreos 1:3). A Felipe le dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Así como fue con los discípulos, también es con nosotros. Nuestra relación con Dios implica las mayores recompensas y las responsabilidades más importantes que jamás lleguen a los hombres y mujeres en la vida mortal. Es perfectamente natural y correcto que nos unamos a Felipe en su petición: “Señor, muéstranos al Padre” (Juan 14:8). Seguir leyendo

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Líderes estimulantes

Liahona marzo 1959

Líderes estimulantes

por el élder Sterling Welling Sill

La misión más importante del que dirige consiste no tanto en impartir conocimiento, como en estimular eficazmente la mente y los sentimientos. El éxito mismo no es acumular información, como quien almacena agua en un pozo; más bien, es semejante al descubrimiento de un manantial.

Se precisa que el director tenga interés en la habilidad para desarrollar y utilizar la iniciativa y la ingeniosidad de la gente. Son estas cualidades que tienden a vencer la inercia básica, esa fuerza que conserva a la gente bajo el dominio de la inactividad.

Uno de los primeros pasos que conduce al éxito es provocar el movimiento. Esto viene como consecuencia de un procedimiento estimulador. La habilidad para estimular e incitar es el arma secreta del progreso mental y espiritual. Cada uno de nosotros ha sido creado a la imagen de Dios, y a cada cual se nos ha conferido un número de los atributos de la divinidad. Uno de éstos es el poder de la inspiración.

Hablamos mucho acerca de nuestro privilegio de recibir “inspiración” de Dios. Por otra parte, no entendemos muy bien nuestra habilidad para “dar” inspiración. Sin embargo, ésta es una de las fuerzas más grandes que Dios ha puesto en las manos humanas. Una de las experiencias más hermosas de la vida es poder asociarnos con aquellos que llamamos “personas inspiradoras”, que son las que tienen la fuerza para incitar y animar nuestros espíritus y estimularnos a aumentar nuestro compromiso y nuestra actividad. La persona inspiradora es aquella que puede “abrir los manantiales del espíritu”.

Tal persona pone en marcha los impulsos y despierta deseos, apetitos y ambiciones mejores y más fuertes.

No siempre son necesarias las ideas nuevas en este procedimiento de estimular. Puede ser que el estímulo sencillamente comunique más fuerza y mayor actividad a las ideas viejas.

Las verdades antiguas pueden grabarse más profundamente en el pensamiento, y así causar impresiones e influencias mayores. Algunas ideas comunican información; otras transmiten fuerza. La función de la primera es enseñar; de la segunda, mover.

La habilidad de algunos de nuestros hombres más destacados ha consistido no sólo en impartir la verdad, sino también en producir la acción.

Preguntando, participando en discusiones y examinando, Sócrates pudo hacer que la gente pensara y la condujo a que tomara resoluciones sobre cosas que quizás ya habían sabido, pero respecto de las cuales nada se había hecho. Sócrates podía tomar una idea familiar que ya existía en la mente de una persona y ayudar a darle el significado y movimiento necesarios para convertirla en actividad. Una idea activa de cualidad inferior puede ser de mayor utilidad que una idea superior que sólo existe en la mente. Las ideas inactivas por lo general son de poca utilidad.

Por supuesto, Jesús fue el maestro consumado en el arte de cambiar la vida de la gente por el uso de ideas estimulantes. Ayudó a los publicanos y pecadores a elevarse a la categoría de santos y apóstoles. Este campo de estimular y motivar es probablemente el que ofrece las mayores oportunidades en todo el mundo. Consiste en transmitir importancia y utilidad activa a las ideas que previamente eran inactivas e impotentes. El estímulo da a las ideas, ideales y ambiciones una misión más definitiva y una responsabilidad mayor.

Todos han pasado por la experiencia de tener una idea que ha estado dormida e inactiva en la mente, y luego, por causa de algún estímulo eficaz, esta idea ha adquirido una actividad y utilidad de una madurez y fuerza que su poseedor no había imaginado previamente. Este suceso puede compararse al despertar de un gigante que se halla dormido dentro de nosotros.

Hace muchos años aprendí de memoria la sección 4 de Doctrina y Convenios. Pensaba que la entendía perfectamente y que estaba recibiendo de ella todo el bien que contenía. Algunos años después escuché a una de las Autoridades Generales de la Iglesia hablar a un grupo de misioneros jóvenes sobre esta sección, y repentinamente adquirió una importancia e influencia divina en mi vida que nunca jamás había tenido.

Alguien ha preguntado: “¿Qué es esa ley extraña de la mente por medio de la cual una idea, por largo tiempo olvidada, descuidada y aun hollada como piedra inútil, repentinamente se cubre de luz nueva como un diamante fino?”

El conocimiento por sí solo puede ser inútil, pero surge la fuerza cuando ese conocimiento se activa, se utiliza y se lleva a la práctica.

Es posible despertar y aumentar los ideales y las ambiciones de la gente, así como se puede estimular el apetito físico. Hay una parte de nuestra dieta que nosotros llamamos aperitivo. Como sabemos, el aperitivo es la porción pequeña de bebida o comida que se usa para abrir el apetito.

Bien sea que se refiera al conocimiento, a los alimentos o la efectuación, el apetito es el mismo. El diccionario nos dice que el apetito es “la gana de comer o lo que incita a desear una cosa”. La habilidad para dirigir es también mayormente asunto de apetito.

Igual cosa se puede decir de lo que se desea lograr. El que dirige es una “persona estimulante” si sabe como emplear bocados apetitosos de pensamientos y motivos que inician la acción. Este es el que sabe intensificar el deseo y abrir el apetito espiritual.

El hambre produce una fuerza muy potente, y se puede usar para vencer las influencias negativas de la timidez o la hurañía.

Jesús dijo:

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mateo 5:6)

El hambre siempre busca la manera de satisfacerse. El objetivo de Jesús fue de aumentar el hambre espiritual de la gente. El nuestro es usar las ideas, los ejemplos, motivos, etc. para estimular la ejecución de obras.

Algunas de las cosas que usualmente consideramos como estimulantes, realmente son sedantes.

El objetivo de un estimulante debe ser:

  • Mejorar la calidad de nuestras meta
  • Aumentar el incentiv
  • Vigoriz
  • Provocar el pensamiento.
  • Incitar la activida

Mejorar la calidad de nuestras metas.

En una de las paredes de la Biblioteca del Congreso de EEUU se halla escrito lo siguiente: “El que no construye hasta llegar a las estrellas construye demasiado bajo”. La mayor parte de la gente padece de metas sin mérito o que carecen de suficiente altura.

El objeto por cumplirse, cuando tiene mérito, es en sí un estimulante de mucha potencia.

En una ocasión, una de las revistas más populares hizo un estudio entre un número elevado de personas. Se les preguntó cuáles eran sus metas principales en la vida. El noventa y cinco por ciento contestó que no sabía. A estas personas les faltaba la fuerza motriz que necesitaban sus vidas. Sin un propósito firme y estimulante, no es muy probable el éxito.

Casi toda la vida es asunto de preparación. Nos preparamos para nuestra obra vital, nos preparamos para el matrimonio, para la vejez, etc. Nuestro objetivo principal debería ser prepararnos para la vida eterna. Pero, ¿de dónde va a venir el poder, si no tenemos un propósito firme ni sabemos si estamos preparándonos o no para cierta cosa? El director capaz puede ayudar a la gente a reconocer los propósitos dignos que por fin señalarán hacia el reino celestial; y no sólo reconocerlos, sino recibir ánimo de ellos.

Aumentar el Incentivo

El incentivo es lo que nos mueve a obrar. Es como un grabado que colocamos dentro de nuestra mente. Es lo que causa que nuestra ambición se ponga en marcha. ¿Qué incentivo posee el evangelio y cuál es la mejor manera de usarlo para beneficiar a la gente? “Sólo pan” no es el incentivo de mayor mérito para una vida digna. Cuando se aumenta el incentivo, se aumentan también las obras. El que es buen director puede ayudar a establecer un estímulo más fuerte y un criterio más favorable hacia las cosas más elevadas. El “oro” o la “diversión”, como incentivo para movernos a obrar son inferiores a “Dios”, “gloria” y  “bondad”, que el evangelio pone por metas en nuestros pensamientos. Una manera de aumentar nuestro incentivo es transformarnos nosotros mismos. En lugar de ser gente que “necesita” religión, seamos personas que “quieren” religión. Si nuestro apetito recibe el estímulo necesario, llegamos a “poseer” la religión, porque cuando amamos y deseamos una cosa lo suficiente, no tardamos mucho en tenerla. Desear es lograr; aspirar es efectuar. David expresó esta idea del incentivo cuando dijo: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.” (Salmo 42:1)

Vigorizar

Qué habilidad tan grande es poder inspirar y fortalecer el “propósito” de la gente, llenar sus mentes de energía, despertar el vigor y entusiasmo en las personas. Una de las palabras más severas que Jesús pronunció contra aquel que había escondido su talento en la tierra fue tacharlo de “negligente”. Esto es lo contrario de vigor. Es una habilidad maravillosa poder estar uno lleno de ánimo hacia las cosas que tienen mérito. San Pablo dijo a Timoteo: “…te aconsejo que despiertes el don de Dios que está en ti.” (2 Timoteo 1:6)

El pensar y obrar vigorosamente despertará nuestros dones y les dará mayor ardor y fervor. El entusiasmo apoya e incita la razón para que sea activa. El estímulo eficaz puede ayudar a producir el celo, que es una actividad vigorosa e infatigable. La conciencia bien adiestrada es también un instrumento que sirve para vigorizar.

Provocar el Pensamiento

Provocar viene de la misma raíz que “evocar” e “invocar”. Una de nuestras oportunidades mayores es la facultad de invocar los pensamientos. Nadie es mayor que su habilidad para pensar. Alguien ha dicho que somos como tachuelas. No podemos ir más allá de lo que nos permite la cabeza. A veces nos llenamos a tal grado de juegos, cines y diversiones, que no dejamos lugar para los pensamientos sobre Dios y la vida eterna. Cuando nuestro intelecto espiritual se halla en la pobreza, se manifiesta luego en nuestra conversación vana. Nuestros pensamientos y conversación diarios deben empeñarse en cosas más importantes, en desarrollar anhelos más profundos y abrir apetitos de mayor mérito. Debemos aprender a amar la actividad que tiene que ver con pensamientos religiosos y experiencias espirituales serias.

Incitar la Actividad

Tomás Huxley dijo: “El gran objeto de la vida no es conocimiento, sino acción.” Seremos juzgados no solamente por lo que creamos sino también por lo que hayamos hecho.

Salomón dijo:

.   .   .Y   con   todo   lo   que   adquieras,   adquiere entendimiento.” (Proverbios 4:7)

Otro modificó un poco estas palabras para que dijeran: “ante toda tu posesión adquiere la diligencia.”

La actividad es la base de toda realización. Se pueden utilizar las aguas corrientes de un arroyo, pero ¿qué se puede hacer con el agua estancada?

El hombre inactivo a veces padece una especia de muerte espiritual en abonos. Es posible hacer crecer la importante actividad mental y espiritual que conduce a realizaciones más dignas.

He aquí un ejemplo del estímulo. En 1923 se hallaba en una prisión de Alemania llamado Adolfo Hitler, que había fracasado en muchas cosas. Pero ahora estaba escribiendo su libro, Mein Kampf (Mi lucha), su plan para convertir a Alemania en la nación principal del mundo. El hecho de que él solo casi trastornó el mundo entero indica que poseía algo. ¿Cómo pudo lograrlo? La respuesta se halla en su libro. Una de las cosas que dijo fue: “El asunto de que Alemania recupere su poderío no consiste en saber cómo fabricar y distribuir armas, sino como producir en la gente el deseo de triunfar, ese espíritu de determinación que produce mil maneras diferentes, cada una de las cuales termina con las armas.”

No se ganan las guerras con tanques o cañones o aeroplanos o aceite, sino con ese espíritu de determinación que se halla dentro de la gente. Y precisamente así es como se salvan las almas, y así es como efectuamos todo lo que vale la pena en el mundo.

Un escritor ha dicho: “Cuando la vida comunica el entusiasmo a aquel que la vive, se convierte en algo genuinamente significativo.”

Pensemos en la siguiente idea y como debería estimularnos:

Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él:

¡Que vive!”

“Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre.”

“Que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios.” (Doctrina  y Convenios 76:22-24)

Dios ha colocado en nuestras manos el importante poder del estímulo, que es la facultad para iluminar, la fuerza para infundir el entusiasmo, el poder para plantar las semillas de la fe. La fuerza por medio de la cual se produce la acción. Mediante este poder podemos persuadir y convencer, incitar e inspirar. El estímulo es la fuerza para tocar una vida y causar que florezca en algo mayor de lo que era. Este poder está en nuestras manos, y podemos aprender a usarlo para disipar  la ignorancia, mejorar la calidad de nuestras metas e incitar la actividad en la mayor empresa que jamás se ha iniciado en la tierra, a saber, la obra de la exaltación humana.

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¿Quién es mi enemigo?

Liahona febrero 1959

¿Quién es mi enemigo?

por el élder Sterling Welling Sill

La bella e inspiradora parábola del Buen Samaritano fue la respuesta de Jesús a la interrogación del doctor de la ley, “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29)

En los años que la gente ha estado meditando esa respuesta, se han grabado en sus mentes algunas ideas constructivas. La historia adecuada ilustra y clarifica las ideas de tal manera, que a veces las hace más valiosas que el propio acontecimiento. Los  conceptos útiles primero deben ser claros, y así pueden penetrar nuestras mentes con una profundidad cada vez mayor y aumentar de esta manera la eficacia su influencia.

No hace mucho, otro “doctor de la ley” hizo una pregunta. Después de alguna discusión y confusión sobre algunos problemas personales, dijo en substancia: “¿Quién es mi enemigo?”

Esta es una pregunta que nos da en qué pensar, y no siempre podemos hallar la respuesta correcta. Así como nos es difícil en una película determinar quién es el “villano” y desenlazar el misterio, en igual manera se nos dificulta distinguir entre nuestros amigos y enemigos en la vida. Jesús fue el mejor amigo que la gente de esta tierra ha tenido, y sin embargo, en su propia época, así como en la nuestra, no siempre se le reconoce como tal.

Una de las desgracias comunes de la experiencia humana es la “identificación errada”. El lobo que anda entre nosotros con vestido de oveja es ocurrencia diaria, y con la misma frecuencia la gente les vuelve las espaldas a sus mejores amigos sin darse cuenta de ello.

Los amigos  y los enemigos, igual que las bendiciones, a veces llegan disfrazados. Pero aun sin el disfraz, es pésima nuestra habilidad para reconocer a unos y otros. No siempre reconocemos a nuestros padres o directores religiosos en su verdadero aspecto. Al mismo tiempo, permitimos que el enemigo con los más ridículos disfraces infiltre nuestras filas y nos robe de nuestras bendiciones sin que nos demos cuenta siquiera de que las estamos perdiendo.

“¿Quién es mi enemigo?” es una pregunta muy oportuna.

Si nos ponemos a reflexionarla quizá podremos desarrollar nuestra habilidad para identificar y reconocer. Tal vez una ilustración más nos ayude a clarificar algunas ideas.

Una de las historias más instructivas de cualquier edad, es la de Marco Antonio, amigo de Julio César. Un grupo de treinta y ocho conspiradores acababan de asesinar a César con la intención de apoderarse del gobierno del Imperio Romano. Entró entonces en la escena Marco Antonio, y tras una arenga muy eficaz durante los funerales de César arrebató la iniciativa a los conspiradores.

Entonces Antonio y Octavio César organizaron sus fuerzas y dieron principio a una larga y reñida contienda para lograr el dominio.

Plutarco, el gran moralista e historiador griego, contemporáneo de Antonio, nos relata como éste, dotado de oratoria convincente, lógica, valor y habilidad para dirigir grupos de hombres, quitó el mundo a los conspiradores.

¿Y quién es mi prójimo?

Marco Antonio pasó de un éxito a otro y llegó a ser quizá el hombre más ilustre y potente de su época. Venció toda dificultad. Soportó las marchas más arduas; vivió por largos períodos sin más comida que insectos y la corteza de árboles. Compartió estas extremas dificultades con sus hombres en medio de un ánimo asombroso. Se granjeó la incuestionable lealtad y devoción de sus soldados, los cuales estaban dispuestos a seguirlo en cualquier empresa.

Sin embargo, cuando el poder de Antonio parecía estar seguro y aparentemente no había más necesidad de seguir luchando, nuestro héroe se tornó inactivo.

Se enamoró de la seductora reina Cleopatra de Egipto y cayó víctima del blando lujo y elegancia perfumada de la corte egipcia. Su gran inteligencia se empañó con los vapores del vino. Perdió el interés en el régimen que lo había llevado al éxito. Llegó a ser lo que Plutarco llama “general de la vara de pescar”, y Shakespeare dice que se convirtió en el “bufón de la cortesana”.

Así como la han hecho tantos otros desde esa época, Marco Antonio abandonó su naturaleza más noble. No dilató mucho, pues, en comenzar a disiparse su poder. Empezó a perder su prestigio; se eclipsó su personalidad dominante, y menguó su habilidad para efectuar. Perdió su sentido de moralidad y responsabilidad. Perdió la lealtad de sus hombres, la admiración del pueblo y el apoyo de Octavio. La espléndida tarea de Marco Antonio se redujo a escombros. Por último, Octavio mandó tropas a Egipto para que apresaran a Antonio, y éste prefirió darse muerte con su propia espada que verse preso.

Y mientras yacía moribundo expresó a Cleopatra la idea tan significante de que no había habido ningún poder en la tierra suficientemente para derribarlo, sino el suyo. Antonio se deshizo a sí mismo. “Solamente Antonio pudo vencer a Antonio”—fue lo que dijo.

Todo lo que había deseado en el mundo, lo había tenido firmemente asido entre sus manos. No existía ningún poder terrenal con la fuerza suficiente para arrebatarle aquello, sino el que él mismo poseía. La oposición de los conspiradores sólo lo hizo más resuelto; los problemas planteados por las dificultades fueron la causa de sus más nobles esfuerzos; los desiertos y montañas que conquistó le dieron más fuerza.

En realidad, sus dificultades y problemas aumentaron sus habilidades. Sin embargo, cuando se “apartó de los senderos de la gloria” y comenzó a guerrear contra sus propios intereses, no hubo poder que pudiera salvarlo. Fue él mismo quien deliberadamente se postró en el polvo. De su propia voluntad “locamente arrojó de sí un mundo”.

Cuán notable este paralelo con lo que pudiera ser nuestra propia situación. Hay muchas personas que en este momento tienen a su alcance todas las bendiciones, pero deliberadamente las están echando de sí, inclusive el reino celestial y todo lo que lo acompaña. Dios nos ha dado el dominio sobre nuestro propio bienestar. Si fracasamos será porque, igual que Marco Antonio, nos hemos destruido a nosotros mismos.

Aristóteles citó a Alejandro Magno una verdad importante con la cual conviene que todos estemos bien familiarizados. Dijo: “El peor enemigo con el cual tiene que enfrentarse un ejército nunca se halla en las filas del enemigo, sino siempre en nuestro propio campo.”

No sólo es esta verdad una de las más importantes, sino una de las más trabajosas de aprender. Es sumamente difícil protegernos de nosotros mismos. Esto se aplica a individuos, como a iglesias, ejércitos y naciones.

Por ejemplo, ¿quién es el enemigo más temible de una democracia? El peor enemigo de una democracia no es un país, sino la debilidad y el pecado internos. Las grandes civilizaciones de los jareditas y los nefitas se destruyeron a sí mismas, tal como lo hizo Marco Antonio.

¿Quién es el enemigo más formidable de la Iglesia? Ningún poder “fuera” de la Iglesia puede contener su progreso. La única gente que puede estorbar nuestra parte de la obra del Señor somos nosotros mismos. Desde 1834 el Señor declaró que “. . . si no fuera por las transgresiones de mi pueblo. . . bien habrían sido redimidos ya”. (Doctrina y Convenios 105:2)

Hay ocasiones en que nos destruimos a nosotros mismos por las cosas más triviales. La caída de Antonio empezó por su inactividad y la impía atracción de una reina egipcia. Otros desechan sus bendiciones sin tener mayor pretexto. Se pierde la fe porque en el interior yacen la inactividad, el ocio y el pecado.

El profeta José Smith tenía menos temor de los actos del populacho que de aquellos que pudiesen tornarse traidores entre su propio pueblo.

Guillermo Law, uno de los consejeros de José Smith, ayudó a entregarlo en manos de sus enemigos, y el 12 de junio de 1844 el alguacil David Bettisworth de Carthage llegó a Nauvoo con órdenes de aprehender a José y a Hyrum. El mandamiento de prisión se expidió a raíz de una acusación hecha por Francisco M. Higbee, que había sido miembro de la Iglesia.

El Presidente David O. McKay ha dicho: “Raras veces, si acaso las ha habido, es perjudicada la Iglesia por causa de la persecución de nuestros enemigos ignorantes o mal informados o perversos. Constituyen una barrera mucho más grande a su progreso aquellos que critican, los que violan los mandamientos, los que no quieren hacer nada dentro de la Iglesia. “

Es menester que indiquemos a los enemigos actuales de la Iglesia si es que vamos a resolver nuestros problemas. ¿Quién está impidiendo el progreso de las varias estacas, ramas y misiones?

¿Quién tiene la culpa de que estén perdiendo sus bendiciones el crecido número de miembros menos activos? ¿Quién es el responsable de la orientación familiar que no se lleva a cabo? No puede haber sino una respuesta. La dificultad estriba en los miembros de la Iglesia, tanto en los que se niegan a dirigir como en los que no quieren seguir.

El Señor no nos tendrá por inocentes. Él ha dicho que todo hombre quedará “sin excusa”. (Doctrina y Convenios 88:82) Y esto se aplica a los que no quieren escuchar, y más particularmente a los que no quieren enseñar. El que está dirigiendo corre peligro de incurrir en la condenación a la que se refirió el apóstol Pablo que dijo:

“¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16)

Es la cosa más sencilla caer en las garras de esa grave debilidad de la naturaleza humana que incita a querer “justificarnos” por las cosas que hacemos, sean buenas o malas. Disimulamos nuestras propias debilidades. Se nos ofusca la vista cuando se trata de ver nuestras propias flaquezas. Una de las razones por las que debemos “amar a nuestros enemigos” es porque ellos tienden a señalar nuestras debilidades y de este modo nos aguijan a que seamos activos. Por lo menos, nos alertan; mientras que nuestros “amigos” a veces nos seducen a cometer el pecado de engañarnos a nosotros mismos, que es el principio del desastre.

Tomas Carlyle dice que “la mayor de todas las faltas es no darse cuenta de que las hay.”

Más que cualquier otra cosa, necesitamos saber analizarnos, criticarnos y examinarnos objetivamente a nosotros mismos.

El Señor nos ha indicado el gran gozo que será nuestro si nos fuera posible traerle un alma. ¿No será lógico suponer que el dolor será en igual proporción si dejamos perder un alma por causa de nuestra negligencia o si la desviamos por motivo de nuestro mal ejemplo? Sobre esto, el Señor ha dicho:

“¡Y ay de aquel por quien vino esta ofensa!. . . ” (Doctrina y Convenios 54:5)

Nuestra propia debilidad o falta de integridad o capacidad inferior para dirigir pueden fácilmente ser una piedra de tropiezo más grande que la oposición deliberada, y si no estamos enterados de nuestros problemas, nuestras ofensas pueden llegar a ser más grandes y numerosas. Debemos estar seguros que la obra del Señor no sufrirá internamente por causa de nosotros.

Podemos aplicar esta pregunta de “¿Quién es mi enemigo?” a nosotros personalmente. ¿Qué es lo que me conserva ignorante y pobre y en el fracaso? ¿Por qué no puede impresionarnos esta idea tan importante de que el Señor ha colocado ante nosotros toda bendición y oportunidad para esta vida y la eternidad? El reino celestial para nosotros y nuestros prójimos está a nuestro alcance.

No hay poder en el mundo suficientemente fuerte que nos impida obtener esas bendiciones sino nosotros mismos. “Solamente Antonio puede vencer a Antonio”.

Ni aun Satanás puede obligarnos a hacer lo malo contra nuestra voluntad.

Somos responsables de nuestros propios hechos. El pecador trae sobre sí su propia condenación. El perezoso pierde las bendiciones del trabajo que deja de efectuar. Si verdaderamente creyésemos lo que decimos que creemos, algunos de nosotros no haríamos lo que hacemos. Porque si perdemos las bendiciones del reino celestial, será únicamente porque nosotros mismos nos hemos “apartado de los senderos de la gloria” y deliberadamente arrojamos nuestras bendiciones por la ventana, pues no hay otro poder en el mundo que impida nuestra eterna exaltación y felicidad más que nosotros mismos.

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Preparación

Liahona enero 1959

Preparación

por el élder Sterling Welling Sill

Una de las palabras más hermosas, notables, útiles y eficaces en nuestro idioma es preparación. El hábito de estar apercibido ha logrado más éxito, ha sido la causa de más felicidad, ha realizado el mayor bien y salvado más almas que cualquier otra cosa particular. Los obreros más productivos, los amigos más afables, los ciudadanos más útiles y los mejores líderes de la Iglesia son aquellos que siempre están completamente preparados.

Casi toda la vida se compone de preparación. El grado de preparación determina el éxito. Nos preparamos para la escuela; nos preparamos para el matrimonio; para nuestra carrera; para la vida misma; para la muerte. Alguien ha dicho: “El futuro es de aquel que se prepara para lograrlo.”

Esto no se aplica únicamente a lo futuro sino también a lo presente. También se aplica a nuestra exaltación eterna en el Reino Celestial.

La palabra que probablemente representa la tragedia más grande de nuestra vida es el vocablo desprevenido. Es una palabra trágica porque indica que el fracaso pudo haberse evitado. Tratemos de imaginar la vergüenza y chasco innecesarios de las cinco vírgenes insensatas que se hallaron sin aceite para sus lámparas. Su insensatez fue su descuido.

Todos los días vemos la tragedia de jóvenes cuyas mentes no están preparadas, cuyos espíritus carecen de instrucción. Los beneficios están disponibles, pero ellos no reciben el don.

Recientemente asistí a una importante reunión de la Iglesia, a la cual habían sido invitados cien directores. En primer lugar, los que estaban encargados de la reunión llegaron tarde. La sala en donde se iba a verificar la reunión se hallaba en completo desorden, lo que indicaba que no se había manifestado ningún interés de antemano. No se habían arreglado las sillas, la sala no estaba ventilada, no había flores, ni himnarios o alguna otra evidencia de que los encargados hubiesen pensado siquiera en esta importante ocasión. La propia reunión no estaba organizada y, consiguientemente, no logró su propósito. Y los que estaban dirigiendo la reunión se hallaban en tan grande estado de confusión como la sala.

La falta de preparación es significante por varias razones. Es usualmente la causa del fracaso; pero es más importante aún por lo que manifiesta en cuanto a la gente. Demuestra apatía, negligencia en forma palpable y presenta un cuadro mental de falta de voluntad por parte de aquellos a quienes incumbe asumir su propia responsabilidad. Salomón dijo que donde no hay visión, la gente perece. Es muy cierto.

Si no podemos ver las cosas pequeñas que están ante nuestros ojos, ¿cómo podemos esperar ver las grandes cosas que se hallan en el futuro distante?

Cuando Jesús apareció sobre el continente americano, después de su resurrección, la gente no estaba preparada para recibirlo. Por muchos años los profetas les habían dicho y hablado de su venida para redimir al mundo. Sería uno de los acontecimientos más grandes que ocurrirían, y no acontecería sino una vez en la historia del mundo. Sin embargo, cuando Jesús vino, la gente no estaba lista. Estaban incapacitados aún para aprender. Jesús les dijo:

Veo que sois débiles, que no podéis comprender todas mis palabras que el Padre me ha mandado que os hable en esta ocasión.”

“Por tanto, id a vuestras casas, y meditad las cosas que os he dicho, y  pedid   al   Padre   en   mi   nombre   que   podáis   entender; y preparad vuestras mentes para mañana, y vendré a vosotros otra vez.” (3 Nefi 17:2-3)

No era suficiente que Jesús hubiese dado su vida por ellos. Ahora tenía que esperar hasta que preparasen sus mentes para entender su mensaje. En los días de Noé, la gente estaba desprevenida; tampoco estaban preparados en Jerusalén; lo mismo sucedió en el continente occidental. Y nosotros todavía estamos desprevenidos cuando vuelva otra vez en gloria en las nubes del cielo.

La preparación es la parte más importante de nuestras vidas. Es la enseñanza principal del Señor. Jesús mismo vivió en la tierra únicamente treinta y tres años, treinta de los cuales pasó preparándose.

«Id a vuestras casas, y meditad las cosas que os he dicho…»

Si buscamos la proporción, hallamos que es más del noventa por ciento. Abundan en las Escrituras amonestaciones tales como: “Preparad el camino del Señor”, “Preparaos para lo que está por venir”, “Preparad a mi pueblo para ese gran día”, “Preparad vuestros corazones”. La necesidad apremiante de nuestras vidas es una preparación adecuada.

El diccionario dice que preparación significa “Acción y efecto de prepararse”, es decir, “disponer y ordenar una cosa para que surta el efecto deseado… disponerse para ejecutar una cosa”.

Esto se aplica a nuestros pensamientos, nuestras mentes y nuestras vidas. Necesitamos llevarlo a la práctica todos los días y en las cosas diarias.

Se nos concede toda una vida para que dispongamos nuestras vidas de acuerdo con una fórmula divina, y sin embargo, aun cuando tiene toda una vida para prepararse, la mayor parte de la gente no está dispuesta cuando llega el momento. La gran mayoría de todos los que han vivido o que vivirán sobre la tierra se presentarán ante Dios en el día del juicio, desprevenidos para entrar en el reino celestial.

¡Qué mejoría tan maravillosa podemos efectuar en nuestras vidas si adquirimos no solamente la “habilidad” sino también el “hábito” de estar preparados, de siempre tener las cosas bien organizadas y arregladas de antemano¡.

Napoleón decía que la Providencia estaba del lado del ejército que tenía los batallones más fuertes. Reconocía la tremenda ventaja militar de que disponían aquellos que estaban adiestrados y organizados y enteramente preparados de antemano. Ciertamente el Señor está del lado de aquellos que se hallan preparados, aquellos que se han adiestrados para ser valientes, industrioso y fieles. Son los que llevan determinada la mente y resuelto el corazón. El Señor está con aquellos que se han preparado a sí mismos física, mental, emocional y espiritualmente. Los premios más valiosos de la vida son para aquellos que están preparados.

En una ocasión le preguntaron a Walter Hagen, uno de los más destacados de todos los campeones de golf, cuál era el secreto del éxito. Contestó que casi desde el principio de su carrera descubrió que no podía superar a sus competidores en el juego, a menos que los superara en los ensayos. Venció en muchos campeonatos porque ensayaba hora tras hora. Solía practicar cada golpe hasta que lo perfeccionaba. Así, cuando tenía que disputar el campeonato, estaba preparado.

Vamos a suponer que seguimos ese curso en nuestra obra en la Iglesia y en nuestras vidas generalmente. ¿Hay mejor manera de desarrollar la habilidad para dirigir que por medio de la preparación, el estudio constante y la práctica intensa? Si le fue benéfico a Walter Hagen, tratándose de la preparación para la competencia en el golf, ciertamente nos será benéfico a nosotros al tratarse de la preparación para el reino celestial.

Otro campeón destacado dijo una vez que la razón principal de su éxito podía atribuirse al hábito “de estar siempre preparado”, más bien que al resto de sus habilidades, y justamente ése es el objeto que se persigue. Ciertamente la preparación es nuestra oportunidad más admirable. Sin embargo, cuán pocas veces verdaderamente la aprovechamos. ¡Cuán raro es hallar a un hombre o mujer joven que esté dispuesto a prepararse verdaderamente para la misión de su vida! ¡Un poco de educación es todo lo que buscan la mayor parte de los jóvenes, un conocimiento superficial de los libros! Por regla general así sucede con aquellos que obran con las almas humanas en “los negocios de nuestro Padre”. La mayor parte, estamos sin preparación.

Una de las más extrañas de todas las paradojas es que casi todos desean mejorar sus circunstancias, pero casi nadie quiere mejorarse a sí mismo. Y sin embargo, nuestra preparación personal es la llave de todo éxito, de la felicidad y la forma en que multiplicamos nuestras habilidades; es la manera de agradar a Dios. Solamente por medio de la preparación eficaz podemos hacer o utilizar cabalmente todos nuestros talentos dados por Dios. Si acaso carecemos de una cosa, no es la habilidad, sino la pulidez en cuanto a nuestra preparación.

Cuando no nos preparamos para lograr el éxito, automáticamente estamos preparándonos para fracasar. Cuando cesamos de progresar, empezamos a resbalarnos en dirección contraria.

Una vez se le preguntó a un destacado almirante si estaba preparado para la derrota. Contestó: “Por supuesto que no. Estoy preparado para el triunfo.”

Cuando no nos preparamos para la victoria, automáticamente nos estamos preparando para la derrota. La victoria resulta de la previsión; la derrota de la imprevisión.

El Señor te necesita para un servicio importante en la Iglesia. Pero “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos? (Doctrinas y Convenios 121:34) Porque sus pensamientos han estado en otras cosas y no se hallan preparados.

Si no están preparados, ¿cuál es la razón? Y ¿qué vamos a hacer para remediarlo? No queda mucho tiempo. Abraham Lincoln dijo: “Me prepararé hoy y me aventuraré cuando llegue la oportunidad”. Lincoln empezó a formar su carácter desde su niñez, aun así, difícilmente se hallaba listo cuando se presentó la necesidad.

Vamos a suponer que el Señor viniera hoy. ¿Cuánto aceite tenemos en nuestras lámparas? ¿Estaremos en mejor posición en un año?

¿En diez años? Cada uno de nosotros se está preparando para algo.

¿Será para el fracaso o el éxito? ¿Y hasta qué grado?

Se dieron todos los principios del evangelio a fin de prepararnos para el reino celestial. No se dio ningún principio del evangelio para alistarnos para los reinos más bajos. Recibimos los reinos menores por causa de la imprevisión. Los que heredan los reinos menores son aquellos que no están preparados para el más alto. Todo éxito viene por motivo de la previsión; el fracaso, por la imprevisión.

Nos da algo que pensar el hecho de que la gran mayoría de los hijos de nuestro Padre Celestial irán a uno de los reinos menores donde no era ni su intención ni su deseo ir, sencillamente porque no estaban preparados para el lugar mejor. La realización espiritual no depende principalmente del número de células que tiene nuestro cerebro, ni de lo que heredamos de nuestros antepasados, ni de nuestro ambiente, sino más bien, de nuestra preparación.

El éxito en la vida es de tan tremenda importancia, que nadie debe tratar de sostenerlo solamente con la punta de los dedos. Necesitamos asirlo firmemente. Nos estamos preparando para la carrera más alta posible. Necesitamos pensar y hacer planes de antemano, a fin de que estemos listos cuando llegue el tiempo.

Trataremos el tema de la preparación con algunas divisiones:

1.- La preparación física: En cualquier empresa, tal como una reunión de la Iglesia, etc., pensemos en lo mucho que se puede agregar por medio de la preparación. Se puede hacer un ambiente atractivo, la propia casa de oración puede limpiarse, asearse y ponerse en orden; las sillas, himnarios, etc., pueden estar en su debido lugar. Flores y otras muestras de atención elevarán el espíritu y ayudarán a convertir cada reunión en una ocasión inolvidable. La casa del Señor es una casa de orden, pero no sólo debe estar en orden su casa, sino también nuestras vidas y debemos emplear el esfuerzo que sea necesario para efectuar ese orden.

2.- La preparación mental: Casi todas las satisfacciones de la vida vienen o derivan de la manera en que nosotros mismos pensamos. Hemos oído hablar de una mente negativa; de una mente malhumorada; de una mente depravada; de una mente condenada. Todas son el resultado de cierta clase de preparación. Si algún día queremos tener una mente celestial, debemos practicar la piedad. Para esto se necesita preparación.

Conozco una excepcional maestra de la Escuela Dominical que nunca presenta su lección sin pasar un promedio de ocho horas preparándose. ¡Qué experiencia tan emocionante han de sentir sus alumnos! Hay otros que dedican muy poco tiempo, y por regla general, lo que efectúan va en igual proporción. Al paso que los maestros y oradores leen, piensan, organizan y oran, se puede causar que las ideas se revistan de nueva belleza, madurez e importancia. Jesús dijo a la gente de este continente que fueran a sus casas y “prepararán sus mentes”. Si no estaban preparados ni aun para entender, ciertamente no estaban preparados para enseñar o predicar. No es justo tomar el tiempo de una congregación cuando uno no tiene nada o muy poco para darles.

3.- La preparación emocional: Todos saben cuán importante es que el músico afine su piano antes de presentar un concierto. Nos preocupamos porque el motor del automóvil funcione debidamente antes de emprender un viaje largo. También es importante que el espíritu humano esté afinado y que la mente funcione debidamente. Podemos adquirir el espíritu del evangelio mediante la preparación.

Conozco a un presidente de rama que va a la Iglesia los domingos en la mañana una hora antes que llegue cualquier otro. La belleza de la casa de oración provee un ambiente eficaz para meditar, reflexionar y acondicionar las emociones. Jesús dijo: “Preparad vuestras mentes”. También necesitamos “preparar nuestros corazones” y nuestros sentimientos.

Una de las bases esenciales de la organización de los exploradores (Boy Scouts) es “estar preparados”. El Señor también quiere que nosotros estemos preparados. Dudo que existan palabras más importantes en todo el idioma.

Debemos grabar estas palabras en nuestras mentes y ver que las pongamos en práctica todos los días de nuestras vidas. El Señor probablemente   se   complacerá   con   lo   que   hagamos   en   el “campeonato” si, igual que el campeón de golf, nos esforzamos con toda el alma durante la “preparación”.

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El milagro de la personalidad

Liahona noviembre 1958

El milagro de la personalidad

por el élder Sterling Welling Sill

Ningún examen del desarrollo de la habilidad para dirigir podría considerarse completo si no se considerara la personalidad del director. La cosa más potente e inspiradora del mundo es una personalidad humana noble y grande.

La obra maestra de toda creación es un ser humano en su perfección. Y la mejor manera de adquirir la habilidad para dirigir es por medio de un desarrollo eficaz de la personalidad.

El diccionario nos dice que la personalidad es aquella “particularidad que distingue a una persona de todas las demás. . .” el “conjunto de cualidades que constituyen a la persona o supuesto inteligente”. La personalidad de uno es lo que lo distingue como individuo.

En ella están comprendidos sus hábitos, cualidades y rasgos de carácter y comportamiento, expresados por medio de las actividades y actitudes físicas y mentales. Algunos han calculado que hasta el ochenta y cinco por ciento de todo el éxito depende de la personalidad. Lo que somos determinará en gran manera nuestra habilidad para dirigir.

¿Cuál, pues, es la mejor manera de desarrollar estas cualidades a fin de lograr nuestra eficacia máxima? Sócrates dijo: “Conócete a ti mismo.” El estudio del propio yo puede ser muy útil. También podemos mejorarnos a nosotros mismos estudiando a otros. Si podemos identificar un rasgo perjudicial en otra persona, podemos eliminarlo de nuestra propia personalidad. Cuando descubrimos una cualidad útil en otro, podemos reproducirla en nosotros mismos.

Probablemente la mayor influencia del mundo es el ejemplo. Aprendemos a andar, hablar y comer mirando y oyendo a otros. La mayor parte de nuestras maneras de conducirnos, nuestra moral y rasgos de personalidad son adoptados. Aun Jesús mismo dijo:

“. . . No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. . . ” (Juan 5:19)

Difícilmente podemos comprender la influencia tan poderosa que una personalidad ejerce sobre otra. Pensemos en el efecto que la vida de Aristóteles ejerció en Alejandro Magno, o la de Jesús en Simón Pedro.

Toda personalidad es un compuesto y cada uno de nosotros edificamos con lo que vemos y miramos en otros. Esto pone de relieve una de las ventajas de asociarse con buenos amigos y leer buena literatura, particularmente las Escrituras. Existe en nosotros la tendencia de lograr aquellas cualidades que más impresionan a nuestras mentes; y nuestras impresiones más profundas son lo que procede de otros. Tomas Carlyle dijo: “No puede uno observar a un gran hombre sin adquirir algo de él.” Es más fácil absorber un rasgo de personalidad cuando lo vemos claramente en un ambiente favorable.

Por ejemplo, Luis Fischer escribió un libro sobre la vida del patriota hindú, Mohandas K. Gandhi. Este hombre pequeño de tez morena apenas pesaba 51 kilos. Para cubrir su desnudez no usaba más que una sábana; vivía en una cabaña hecha de lodo, sin las comodidades de luz eléctrica, agua en la casa o teléfono. No tenía automóvil. Jamás buscó ni ocupó puesto público alguno; carecía de posición política, distinción académica, realizaciones científicas o dones artísticos. No tuvo ejércitos ni diplomáticos, ni propiedad. Sin embargo, le rindieron homenaje los jefes de grandes gobiernos y poderosos ejércitos. Los discípulos de Gandhi lo bautizaron con el nombre de “Mahatma”, que significa Alma Grande.

El potente gobierno británico no tardó en descubrir que no podía gobernar a la India contra Gandhi, pero tampoco podía gobernarla sin él. Llegó a ser, por decirlo así, el alma misma de la India. Por el solo poder de su gran personalidad, llegó a ser jefe indiscutible de quinientos millones de personas y se convirtió en la fuerza más potente de India y probablemente del mundo. Luis Fischer llama este fenómeno, por medio del cual un ser humano de ni siquiera mediana condición puede elevarse a grandes alturas en lo que respecta a sus realizaciones, el “Milagro de la Personalidad”. Este “milagro” aumenta en importancia por el hecho de que cada uno de nosotros puede obrarlo por sí mismo.

Gandhi empezó su vida con algunas desventajas serias. El mismo se consideraba cobarde. Le tenía miedo a la oscuridad. Tenía complejo de inferioridad perjudicial en extremo. No podía dominar su genio.

A causa de estas y otras desventajas con que empezó su vida, trabajó hasta el fin de sus días, la edad de 78 años, a fin de regenerarse, y en una ocasión dijo que era un hombre que se había “rehecho” a sí mismo.

El mejoramiento personal es necesario para toda efectuación. Es imposible que un director sea más de lo que es como individuo. Una de nuestras debilidades más comunes es que con demasiada frecuencia queremos alterar nuestras circunstancias, pero no estamos dispuestos a cambiarnos a nosotros mismos.

Gandhi creía en ser, no en tener o aparentar ser algo. Creía que la diferencia entre lo efectuado y lo opinado constituye la raíz de innumerables defectos de nuestra civilización. Creía que esta discordia era la debilidad de las iglesias, estados, partidos y personas.

Gandhi opinaba que creer una cosa y no practicarla era manifestar la falta de honradez, y que esto daba a las instituciones y a los hombres personalidades divididas, mientras que el hombre debe ser íntegro, una sola pieza.

Gandhi jamás malgastaba tiempo. Se sometió a un régimen severo de autodisciplina toda su vida. Para Gandhi, creer era obrar. No había ninguna pretensión. El querer salvar las apariencias era para él un concepto ininteligible.

Cuando determinaba que algo era bueno, se forzaba a sí mismo a seguirlo y a convertir pensamiento en hechos.

La madre de Gandhi le enseñó que el comer carne no era bueno, ya que exigía la destrucción de otra vida. De modo que el joven Gandhi prometió ser rígidamente vegetariano toda su vida.

Muchos años después de la muerte de su madre, Gandhi se hallaba gravemente enfermo, y no se esperaba que viviera. Sus médicos intentaron convencerlo que tomara un poco de caldo de carne para salvar su vida. Pero él dijo: “Aun por el amor de la vida misma, no podemos hacer ciertas cosas. No me queda más que una alternativa, morir pero nunca violar mi palabra.”

Imaginemos lo que significaría para el mundo, si todos los jefes actuales de las naciones poseyeran una integridad semejante, y de cuya palabra se pudiera depender en lo absoluto. La confianza es el fundamento de toda relación meritoria.

En lo que concernía a la formalidad, Gandhi fue superior. Todos entendían que era absolutamente honrado, que se podía confiar en él, que sus motivos eran rectos. Cuando decía algo, todos sabían que eso era precisamente lo que estaba pensando. Millones de personas confiaban en Gandhi; millones lo obedecían y multitudes lo seguían. Pero lo raro es que sólo unos pocos intentaron hacer lo que el hacía.

La grandeza de Gandhi consistió en hacer lo que todos pueden llevar a cabo, mas no lo hacen.

Una de las ambiciones mayores de la vida de Gandhi fue de ver a la India independiente. Pero juzgaba que antes de poder librarla de los ingleses, él mismo tenía que libertarse de las dificultades que lo tenían sujeto. Para alcanzar su eficacia máxima, el hombre debe tener dominio perfecto sobre sí mismo. Gandhi resolvió convertirse en un instrumento eficaz de gestiones por el bien de la India. Todo el mundo conoce el éxito que logró.

En la opinión del Sr. Fischer, el mundo no ha conocido desde los días de Sócrates, otro que iguale a Gandhi en lo que respecta al dominio sobre sí y serenidad absolutos. Algunos han dicho que es la persona del mundo cuyas cualidades se aproximaron a las de Cristo, y sin embargo, no era cristiano.

Gandhi se imponía largos ayunos para disciplinarse. Razonaba que si no podía refrenar su hambre de alimentos ¿cómo podía manejar las situaciones más difíciles de la vida? Solía decir: “¿Cómo puedo dominar a otros, si no puedo dominarme a mí mismo?”

Gandhi comprendió en su juventud que la integridad y la actitud varonil son dos de los instrumentos de fuerza más importantes. Este entendimiento le dio una ventaja importante. Decía: “No puedo concebir una pérdida más grande para el hombre, que perder su dignidad.”

Aun mientras se disputaba con Inglaterra la independencia de la India, Gandhi fue fiel en todo sentido a Inglaterra y se granjeó el respeto y confianza constantes de los oficiales británicos.

Su lema era: “Armonía en la adversidad; amor a pesar de las diferencias.”

Hubo una época, durante la segunda guerra mundial, en que el destino de Inglaterra parecía estar pendiente de un hilo, y no podía disponer de un solo soldado para la defensa de la India. Muchos jefes hindúes prominentes favorecían librarse del dominio británico mientras Inglaterra se hallaba indefensa. Sin embargo, Ghandi dijo: “No; no hemos de robar ni siquiera nuestra independencia.”

Indudablemente hubiera dado su vida en cualquier momento a cambio de la libertad de su país, pero no quería la independencia si no podía ganarse honorablemente. Gandhi creía que las ideas y la razón, la imparcialidad y el entendimiento son superiores a la fuerza, como instrumentos para gestionar.

Creía esto, aun cuando tenía el poder absoluto para hacer lo que bien le pareciera. ¡Cuán inspirador es el espíritu de un hombre verdaderamente grande! Como contraste, pensemos en las personas  que  viven  actualmente,  hombres  que  no  vacilarían  un instante en usar los medios que fuesen para esclavizar a todos los habitantes del mundo, si opinaran que había manera de lograrlo.

La tremenda fuerza personal de Ghandi con frecuencia permanecía inusitada. Solía decir: “No podemos aprender la disciplina por medio de la compulsión.” Nunca quiso tomar represalias. Su razón le decía que la política de “ojo por ojo”, si se llevaba a cabo, por fin dejaría ciegos a todos. Nunca procuró ser “listo”. Una vez declaró: “No he tenido que recurrir a la astucia en toda mi vida.” Sus pensamientos y emociones estaban tan completamente a la vista del público como su cuerpo casi desnudo.

Entonces llegó el día fatal, el 30 de julio de 1948. A las 5.05 pm Gandhi se dirigía al sitio de oraciones de la aldea. En la primera fila de los adoradores que se habían congregado, se hallaba un tal Nathuran Godse, con una pistola en el bolsillo. Al estar los dos hombres cerca el uno del otro, casi tocándose, Godse disparó tres balas contra el cuerpo de Mahatma. Ante el jurado, Godse testificó que no le tenía mala voluntad a Ghandi. Dijo: “Por cierto, antes de hacer los disparos, le di el parabién y me incliné ante él con reverencia.” Correspondiendo al homenaje de Godse, Gandhi juntó las palmas de sus manos, sonrió y lo bendijo. En ese momento, Godse tiró del gatillo, y la existencia mortal de Gandhi llegó a su fin. De modo que, aún en el momento de su muerte, este hombre pequeño de tez morena se hallaba en el acto de estar bendiciendo a la gente y haciendo bien.

A los pocos minutos de la muerte de Ghandi, el Primer Ministro Nehru habló por la radio y dijo: “La luz de nuestra vida se ha apagado, y por todas partes hay tinieblas, porque nuestro amado caudillo, el padre de nuestra patria, ya no existe.”

¡Qué poder tan admirable para dirigir puede crecer dentro de nosotros mismos, si tan solamente desarrollamos hasta su grado máximo estas grandes cualidades dadas por Dios!

Podemos seleccionar, adaptar y refinar de las fuentes de mayor inspiración.

En la naturaleza se hallan más de cien elementos conocidos, incluso el nitrógeno, hidrógeno, hierro, carbono y oxígeno. Estos elementos son los materiales de construcción de la naturaleza. Con éstos, mediante las combinaciones y proporciones correctas, la naturaleza puede formar todas las cosas materiales del mundo; por ejemplo, es una combinación de dos partes de hidrógeno y una de oxígeno. Todas las cosas materiales llevan dentro de sí su propia fórmula.

También se ha dicho que en la personalidad humana existen cincuenta y un elementos, entre ellos, la bondad, fe, espiritualidad, industria, devoción, valor, emoción e integridad.

Juntemos éstos en la proporción y combinación correctas, y resultará lo que alguien ha designado como “un ser humano espléndido”. ¿Qué hizo a Napoleón Bonaparte lo que fue? Napoleón tenía algunas cualidades nobles, pero estaban mezcladas con la injusticia y el menosprecio de Dios, crueldad, ambición e ignorancia.

El resultado fue que sus propios compatriotas lo desterraron a la edad de 46 años.

Ahora bien, ¿cuáles son las cualidades que necesitamos para efectuar nuestra parte correspondiente en la obra del Señor? Él mismo ha dicho:

“Y fe, esperanza, caridad amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, lo califican para la obra.”

Y entonces añadió:

“Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, la templanza, la paciencia, la bondad fraternal, piedad, caridad, humildad, diligencia.” (Doctrina y Convenios 4:5-6)

¡Cómo no hemos de llenarnos de emoción al pensar que podemos incorporar estas cualidades en nuestra propia personalidad de acuerdo con la combinación que nos plazca!

Dios ha colocado estos talentos y habilidades potenciales en el alma humana sólo para un propósito: que los desarrollemos hasta su punto máximo. Es el procedimiento por medio del cual el hombre algún día puede llegar a ser como Dios.

Lorel Bulwer-Lytton afirmó: “Lo que los hombres necesitan no es solamente talento, sino propósito; no sólo la facultad para efectuar, sino la voluntad para trabajar.” Esa es la llave del desarrollo de nuestra propia personalidad, y cada uno de nosotros tiene que asumir la responsabilidad completa en este respecto. Sabemos qué es lo que el Señor desea que hagamos. Sólo falta que pongamos a obrar esas cualidades de la personalidad a fin de efectuar el hecho.

Un gran filósofo declaró en cierta ocasión: “No pases por alto ni un solo esfuerzo por hacerte notable en algún talento.”

Esto es lo que constituye el comienzo del milagro más grande que el mundo conoce: “El milagro de la personalidad”.

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Los tres grandes

Conference Report, octubre de 1958. Improvement Era, diciembre. 1958

Los tres grandes

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los negocios más importantes en el mundo es el negocio de la celebración de convenciones. Esta semana en cada centro importante en este y en otros países hombres y mujeres se reúnen en grupos para discutir sus problemas, intercambiar ideas, y desarrollar técnicas para la realización. He tenido una experiencia interesante durante estos últimos meses al reunirme con varios grupos ocupacionales y escucharlos discutir sus intereses. Después de cada experiencia he pensado cuánto más interesante, y lo tremendamente más importantes, son las cosas que se discuten en la Iglesia, donde nos encontramos y hablamos de Dios y la vida eterna y la forma de construir el carácter y la piedad en nuestras propias vidas.

Toda  la  educación  es  sobre  todo   acerca   de   nosotros mismos. Estudiamos medicina para aprender a mantenernos bien físicamente. A través de los estudios de la mente la psicología y la psiquiatríase aprende cómo mantenernos bien a nosotros mismos mentalmente. La agricultura es  la  forma  de alimentarnos. Los estudios sociales nos enseñan a vivir juntos, con éxito. Estudiamos leyes para tratar de mantenernos fuera de problemas. Entonces tenemos este importante campo de la religión mediante el uso del cual miramos hacia fuera para nuestro bienestar espiritual.

Los problemas más grandes que participan en cualquiera de estos campos se centran en nosotros. Probablemente lo que menos sabemos acerca de cualquier otra cosa en el mundo es nuestro propio ser individual. Usted puede hacer a un hombre muchas preguntas acerca  de ciencia, la invención, o de historia, y él le responderá. Pero si le pide escribir un análisis de sí mismo, para informarle sobre su mente y las cualidades del alma, o si se le pregunta cómo llegó a ser el tipo de hombre que es, usted no podrá conseguir muy buenas respuestas. O supongamos que se le pregunta de dónde viene, por qué está aquí, o a dónde va. ¿Qué tipo de respuesta cree que le darán? ¿Cuánto tiempo cree que se necesitaría para que alguien llegue a un destino determinado si él no sabe a dónde va ni por qué está haciendo el viaje? «Las tres grandes», preguntas de la vida son: ¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? y ¿Hacia dónde vamos después de esta vida?

El viejo filósofo persa Omar Khayyam luchó largo y duro con estas preguntas sin obtener ninguna respuesta muy satisfactoria. Él resume sus conclusiones de la siguiente manera:

Vine como el agua, y como viento voy.
En este universo, y por no saber
ni de dónde, como el agua que fluye de cualquier manera:
Y fuera de él, como el viento a lo largo del Residuo,
no sé dónde, se quiera o sopla.
Hasta desde el Centro de la Tierra a través del séptimo Portal
Me levanté, y en el Trono de Saturno, Y más de un nudo por el camino;
pero no el capitán del nudo del destino humano.
Había una puerta a la que no he encontrado ninguna clave:
Hubo un velo en pasado que no deja ver.
(Rubaiyat , estrofa 28-29, 31-32).

Macbeth de Shakespeare dio su opinión sobre la importancia y el propósito de la existencia diciendo: «Es [la vida] un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada» (Macbeth, acto V, escena 5).

Y Hamlet añadió: «Cómo cansados, rancio, plana y poco rentable, me parecen todos los usos de este mundo. Es como un jardín sin maleza, que se va a sembrar.» (Hamlet, Acto I, escena 2).

Lo que me gustaría decir esta mañana es que algunas de las ideas más estimulantes que se conocen en el mundo son las respuestas emocionantes a las tres grandes preguntas dada en las revelaciones del Señor.

Nuestras vidas se han dividido en tres períodos generales. Primero hubo una larga existencia premortal cuando vivíamos como hijos espirituales  de  Dios. Esto  es  seguido   por   una   breve mortalidad. Luego vendrá una inmortalidad eterna. Hay un propósito definido para llevar a cabo cada uno de estos períodos, y nuestro éxito en cada uno de ellos depende de lo que hicimos en esos períodos anteriores. En este sentido, podríamos comparar la vida con una obra de teatro en tres actos. Si usted entra al teatro después de que el primer acto ha terminado y antes de que comience el tercer acto, es posible que no entienda la trama. Por las mismas razones sobre esta vida, si tomamos un acto por sí mismo, simplemente no tiene sentido para Hamlet, Macbeth, o Omar Khayyam. Sin embargo, cada época tiene un gran significado.

El Señor ha dicho:

«Y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás.» (Abraham 3:26)

Con el fin de hacer una hoja de ruta inteligente para la realización de nuestras vidas tenemos que saber lo que ocurrió  en  el  primer acto. También tenemos que comprender la enorme importancia de los propósitos a alcanzar en el segundo acto. Y necesitamos saber muchas cosas sobre el tercer acto, y lo que necesitamos saber antes de que comience el tercer acto. Tengo un pariente que cuando lee un libro siempre lee el último capítulo primero quiere saber a dónde va antes de que se inicie. Y eso es una muy buena idea para aplicar a nuestro propio futuro. Una «vista previa» inteligente del tercer acto puede ser lo más importante para el resultado final. Pero en primer lugar, supongamos que volvemos atrás y revisamos brevemente el primer acto.

En la preexistencia, al igual que en los otros dos períodos, Jesús es nuestro ejemplo. Nada podría ser más claro en las escrituras que la vida de Cristo no comenzó en Belén, ni se terminó en el Calvario. Es igualmente cierto que nuestras vidas no comienzan o terminan dentro de los estrechos límites de la mortalidad. Las primeras cosas que sabíamos acerca de nosotros mismos estaban en el gran consejo en el cielo donde se discutía nuestro propio futuro. Tú estabas ahí; Dios  estaba allí; todos los hijos espirituales de Dios estaban allí. Luego caminamos por vista. Todos hemos visto a Dios; él es nuestro padre; nos estaba ayudando a prepararnos para las grandes experiencias de nuestro segundo estado.

Toda la vida es principalmente una preparación. Nos preparamos para    la    escuela; nos    preparamos    para    el     matrimonio; nos preparamos para el trabajo de nuestra vida; nos preparamos para la muerte. Nuestra preexistencia fue también una preparación. Fue la infancia de nuestra inmortalidad. Habíamos llegado a un lugar en nuestra preparación de donde todos los jóvenes siempre vienen, donde es deseable que se alejan de las casas de sus padres donde pueden crecer por sí mismos. A pesar de que sus nuevas casas pueden carecer de algunas de las ventajas de las casas de sus padres, todavía es importante para ellos aprender a pararse sobre sus propios pies, y ser probados. En nuestro caso, Dios quiera que podamos diferenciar entre el bien y el mal y aprender a tomar las decisiones más correctas en nuestra vida. Tenemos mucha más libertad en este caso que viviendo en la presencia de Dios.

En el gran consejo nuestro segundo estado se nos explicó que una tierra debería ser creada para servir como nuestro nuevo hogar. Se nos darían maravillosos y bellos cuerpos, de carne y huesos sin el cual no podríamos tener una plenitud de gozo. Por primera vez en nuestra existencia tuviéramos que estar dotado de los poderes de la procreación. Íbamos a tener el privilegio de organizar una familia que duraría por tiempo y eternidad. Esta debía ser unida por la autoridad del  sacerdocio  y  se  sella  y  santificada  en  el  templo  del Señor. Tendríamos la oportunidad de ganar experiencia en el ejercicio de nuestro libre albedrío que nos ayudaría a ser almas soberanas. En este gran consejo fue seleccionado el Salvador y ordenado para venir a la tierra y redimirnos de nuestros pecados.

A Abraham, en una visión que se le dio de la preexistencia dijo:

«Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas estas había muchas de las nobles y grandes.»

«Y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A estos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer. » (Abraham 3:22-23)

Agregando a la declaración de Abraham que había muchos nobles y grandes que fueron ordenados a puestos de responsabilidad, José Smith indica que también fuimos ordenados. Él dijo:

«Todo hombre que recibe el llamamiento de servir a los habitantes de esta tierra fue ordenado precisamente para ese propósito en el gran concilio en el cielo antes de que el mundo fuese» (DHC, 6: 364)

Después que esta parte de nuestra preparación se había completado, se nos dice que «se regocijaban todos los hijos de Dios» (Job 38:7). Estoy  seguro de que si supiéramos lo que entonces entendimos perfectamente, estaríamos dispuestos a ir en nuestras manos y rodillas por la vida y tener la oportunidad de probarnos a nosotros mismos que seríamos fieles y merecedores de estas magníficas oportunidades.

Entonces entramos en nuestro segundo estado a través del milagro de la vida. Hay algunos que dicen que tienen dificultad en creer en la posibilidad de una resurrección corporal literal física. Me parece que nadie debe tener ningún problema en creer en la vida eterna del cuerpo que pueden creer en su creación a través del nacimiento, para empezar, que las dos células microscópicas pueden unirse y por un proceso espontáneo de la subdivisión crear esta gran obra maestra que es un ser humano, incluyendo el cuerpo, la mente y la personalidad.

Con referencia al nacimiento del Salvador, Mateo dijo:

«Y cuando Jesús nació en Belén de Judea en los días del rey Herodes, he aquí, unos magos vinieron del oriente a Jerusalén.»

«Diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle.» (Mateo 2: 1-2)

Esa es la pregunta que los magos han estado haciéndose desde que ese día, hace casi dos mil años, los magos han estado preguntando, «¿Dónde podemos encontrar a Jesús? ¿Cómo podemos conocer al Salvador «porque» no hay otro nombre dado por el cual el hombre pueda salvarse?» (Doctrina y Convenios 18:23) El viaje de los magos había terminado cuando encontraron el rey; Y también lo será para nosotros.

Luego entramos en el tercer acto. La mayor parte de las recompensas vienen en el último acto. Allí es donde nos encontramos con «los finales felices.» también es en la que descubrimos las tragedias, dependiendo de la clase de vida que hemos vivido en nuestro segundo estado.

Hay una antigua obra griega escrita en torno a la caída de Atenas. Se habla de un general romano que había capturado a un filósofo ateniense. El romano había dicho al ateniense que iba a ser condenado a muerte, pero el filósofo no parecía muy perturbada y el romano pensado que probablemente él no entendía. Les dijo a los atenienses que tal vez él no sabía lo que significaba morir. El ateniense expresó que entendía pero sintió el  romano  no entendía. Le dijo a su captor:

«Tú no sabes lo que es morir, porque no sabes lo que es vivir. Morir es empezar a vivir. Es terminar todo el trabajo duro y cansado y comenzar uno noble y mejor. Es dejar la compañía de bribones engañadores para asociarnos con los dioses y la bondad».

Ese es nuestro objetivo correcto para el último acto. La muerte es la puerta de entrada a la inmortalidad. La parte más importante de la vida es la muerte. El pequeño personaje de James M. Barrie, Peter Pan, en una extremidad gritó con valor, «Morir será una gran aventura horrible.» ¿Quién puede dudar de que así será? Vivimos para morir, y luego morimos para vivir.

Ayer las madres nos inspiraron con canto de los versos inmortales de John Howard Payne, «Hogar, dulce hogar.» Cuando esta canción fue escrita en 1822, John Howard Payne vivía en París, lejos de la antigua hacienda a la que conocía y amaba tan bien. Pero él estaba en el proceso de preparación para ir a casa para unas vacaciones muy esperadas. Él sabía, como sabemos que las vacaciones más felices son los que nos vamos a casa. Volver a casa es volver donde crecimos; es el hogar donde la madre y el padre están; y John Howard Payne se iba a casa. Pero no pasará mucho tiempo antes de cada uno de nosotros también se vaya a casa. También vamos a volver a donde crecimos; vamos a volver a donde Dios está, donde nuestras madres, padres y familias están.

Después de la resurrección tendremos estos cuerpos maravillosos, celestializados y glorificados, con los sentidos acelerados, con los poderes de percepción amplificados y una mayor capacidad de comprensión, el amor y la felicidad. No sólo nuestros cuerpos inmortales y celestiales, sino que nuestras personalidades serán inmortal y celestiales también. Si nos hemos preparado adecuadamente durante nuestro segundo estado, después con qué entusiasmo vamos a cantar con John Howard Payne, «No hay lugar como el hogar».

Me gustaría dejar mi testimonio de que el Evangelio de Jesucristo ha sido restaurado a la tierra con la autoridad para administrar todas las ordenanzas que tienen que ver con el reino celestial. Una gran inundación de nuevos conocimientos ha entrado recientemente en el mundo, incluyendo tres grandes volúmenes de nueva escritura que describen con todo detalle las respuestas a las preguntas más importantes de nuestras vidas. Que Dios nos ayude a comprender y vivir esas respuestas, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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La importancia de planear

Liahona septiembre 1958

La importancia de planear

por el élder Sterling Welling Sill

El fundamento de todo éxito estriba en saber hacer planes. El militar que recibe el sueldo más alto es el que planea. Es el que piensa, el que idea la estrategia y detalla lo que se ha de efectuar. Las batallas se ganan en la tienda de campaña del general. Ese mismo principio tiene igual aplicación en cualquier otro campo. El arquitecto dibuja en papel todo detalle del edificio antes de empezar la construcción. Henry Ford dijo una vez que la diferencia entre el antiguo “Modelo T” y el nuevo “Lincoln” se encontraba en los planes.

Este asunto de hacer planes es más importante todavía en la obra de la Iglesia, donde está de por medio el bienestar de las almas inmortales. El hacer proyectos es la madre de casi toda otra habilidad. Es en esto que el hombre más se parece a Dios. Si deseamos aumentar nuestra eficacia en la obra de la Iglesia y ayudar a conducir a más personas al reino celestial, el mejor lugar para empezar es aprender a planear nuestra obra, organizar nuestros pensamientos, dirigir nuestros esfuerzos y utilizar nuestro tiempo. Esto es lo que significa planear, y haciéndolo aprendemos a hacerlo.

La siguiente fórmula que nos puede ayudar a proyectar, viene de James  G.  Harboard,  general  durante  la  guerra  mundial  y anteriormente presidente de la junta de la empresa The Radio Corporation of America. Dijo que ninguna de los que obraban bajo su dirección intentaba lleva a cabo una misión sin poner por escrito estas cuatro cosas:

  1. Declarar por escrito lo que deseaba llevar a
  2. Hacer una lista o inventario, por escrito, de todos los recursos (Anotando todas las posibilidades de refuerzos.)
  3. Hacer por escrito una lista de los recursos del enemigo (Enumerar todas las causas que puedan malograr  la misión)
  4. Preparar por escrito un plan, en el que se explica claramente cómo se propone emplear esos recursos para triunfar sobre los del enemigo y realizar el objetiv

Despejamos nuestros pensamientos cuando los escribimos. También se inculcan más profundamente en las células de nuestro cerebro cuando constantemente los tenemos escritos delante de nosotros. El escribirlos nos ayuda a completar nuestros planes mentales antes de empezar a obrar. Antes de poder escribir un plan, es preciso entenderlo claramente.

Casi todos los planes que no se escriben son como las resoluciones de Año Nuevo: indefinidos, incompletos y pronto se olvidan. Si escribimos nuestras resoluciones y fijamos el tiempo en que hemos de efectuarlas, el éxito será más fácil y seguro.

Es mucho más fácil reconocer y eliminar los defectos cuando uno escribe sus planes. Acuden a nuestros pensamientos muchas ideas excelentes mientras estamos haciendo nuestros proyectos. El plan escrito puede entregarse al “general”, el encargado del trabajo que debemos desempeñar. Este a su vez puede estudiarlo, y de esa manera todos se benefician de las sugerencias propuestas. Un “plan” debe representar lo que piensa el grupo. Si se escribe, los demás interesados pueden entenderlo con mayor facilidad; pueden referirse a él regularmente y eliminar olvidos.

El pecado mayor de un comandante militar es perder la batalla. Es también el pecado más grave de los obreros de la Iglesia. Cuando el Señor nos da la responsabilidad de salvar almas, Él quiere que logremos el éxito. El fracasar en esto constituye un pecado, no sólo por el propio hecho, sino también por lo que representa, ya que puede ser una indicación de desidia, ignorancia, indiferencia, desobediencia o pereza en nosotros.

Los generales dan la apariencia de invulnerabilidad, porque nunca permiten que haya una excepción del éxito. También nosotros podemos llegar a ser “invulnerables” si formamos un plan de lo que vamos a hacer y entonces seguimos nuestro plan hasta el límite.

El mejor lugar para empezar a proyectar es establecer un propósito definitivo. Debemos saber dónde queremos ir antes de empezar. Por otra parte, el éxito es más fácil de lograr cuando tenemos un propósito fijo. Por ejemplo un atleta puede saltar más alto si coloca una vara de bambú horizontalmente sobre sostenes que le indiquen la altura y entonces tratar de brincar sobre ella. Nada lograría con tal solamente brincar en el aire sin saber si progresa o no. Es mucho más fácil lograr el progreso cuando se mide, se calcula y observa el tiempo que requiere. Establecida la meta, podemos trabajar hacia ella hasta lograr el éxito.

Por ejemplo, conozco a un agricultor que el año pasado recogió mil costales de papas por hectárea. Un vecino que tenía la misma clase de terreno, recogió ciento cincuenta costales. ¿Por qué? Y ¿qué puede hacer? Aristóteles dijo en cierta ocasión que nunca conocemos una cosa hasta que la conocemos por sus causas. Igual que la indigestión y la gordura, todo fracaso tiene una causa y todo éxito tiene una causa.

El agricultor que no recogió más que ciento cincuenta costales debe saber cuál es la causa de su cosecha tan reducida. Puede ser mala semilla, falta de abono, descuido, alguna enfermedad. Si acaso llega a saber la causa del fracaso, puede eliminarlo. Si nosotros llegamos a saber lo que causa el éxito, podemos producirlo. Teniendo una meta definitiva, podemos hacer lo que sea necesario para lograr los resultados deseados.

Debemos saber con qué vamos a trabajar. El general prudente tiene un inventario exacto de sus tanques, cañones, combustibles, hombres y alimentos. El agricultor tiene tierra, abono, agua, semilla, labor, clima, etc. El que obra en la Iglesia tiene el Evangelio, el Espíritu del Señor, el programa de la Iglesia, sus consejeros y maestros, los miembros de su organización, los padres de estos, etc. Tiene su propio tiempo, ingeniosidad, iniciativa entusiasmo, aptitud para preparar, dirigir, motivar e incontables otras habilidades que el hombre común nunca usa realmente.

Abraham Lincoln solía decir cuando se estaba preparando para un debate, que dedicaba la cuarta parte de su tiempo a pensar en lo que él iba a decir, y las tres cuartas partes a lo que su contrario iba a decir. Cuando se va a entrar en la batalla, cuánto más se sepa del enemigo, tanto mejor.

El enemigo del agricultor de poca producción era lo que le estaba causando su cosecha reducida. Si el que está obrando en la Iglesia desea formar planes para aumentar su eficacia, debe saber en qué aspectos está fracasando.

Aristóteles le dijo a Alejandro Magno que el enemigo más grande de un ejército jamás se halla en las filas del enemigo, sino siempre en su propio campo.

«Establecida la meta, podemos trabajar hacia ella hasta lograr el éxito»

Es una verdad eterna. El mayor enemigo que tiene un país es la debilidad que hay dentro de él mismo.

¿Quién es el enemigo más grande que tiene la Iglesia? El profeta José Smith tenía menos miedo de los hechos del populacho que de aquellas personas que podían traicionar a su propio pueblo. En diciembre de 1843 se expresó de esta manera ante el ayuntamiento: “Me veo en mucho mayor peligro de los traidores entre nosotros mismos que de nuestros enemigos por fuera. . . Todos los enemigos sobre la faz de la tierra pueden rugir y ejercer todo su poder para efectuar mi muerte, pero nada pueden llevar a cabo, a menos que algunos de los que se hallan entre nosotros… que han disfrutado de nuestra sociedad, que han estado con nosotros en nuestros concilios, participado de nuestra confianza, estrechado nuestra mano, llamándonos hermano y saludándonos con un beso, se unan a nuestros enemigos, conviertan nuestras virtudes en faltas, y por calumnias y engaños enciendan su ira e indignación, en contra de nosotros, y traigan su venganza e ira sobre nuestra cabeza.» (Documentary History of the Church, tomo 6 página152)

La historia de lo que aconteció en los siguientes meses claramente muestra que José tenía razón en temer que los traidores dentro de sus propias filas los perjudicarían. Uno de sus enemigos William Law, ayudó a entregarlo en manos de sus enemigos, y la orden de arresto con que lo aprehendieron venía firmada por un individuo llamado Higsby, que en otro  tiempo había sido miembro de la Iglesia.

El presidente McKay dijo en una ocasión:” La Iglesia rara veces es perjudicada por la persecución de enemigos ignorantes, mal informados y perversos. El estorbo mayor a su progreso vienen de los que critican, violan los mandamientos y rehúyen sus deberes dentro de la Iglesia”.

Uno de  los grandes secretos del éxito es saber  quiénes son nuestros enemigos. ¿Qué es lo que está evitando el progreso del agricultor? ¿Qué es lo que me conserva ignorante, pobre y en el fracaso? ¿Quién traicionó a Jesús? ¿Quién lo negó? ¿Quién fue el que estuvo durmiendo mientras lo juzgaban? Y en tu caso particular, ¿quién o qué es el que te estorba?

En ocasiones es poco difícil analizar acertadamente al “enemigo” que se halla tan cerca de nosotros. Nuestras flaquezas, igual que nuestras bendiciones, suelen llegar disfrazadas. Algunos hombres pasan la vida entera sin descubrir jamás qué estaba causando su fracaso. Unos ni siquiera saben que están fracasando. La debilidad mayor de una persona es no darse cuenta de que tiene faltas. La segunda debilidad es querer echarle la culpa al que o a lo que no la tiene.

¿Qué es lo que está estorbando el progreso de tu organización en particular? Ciertamente no son los enemigos de afuera. Una de las la lecciones más grandes que podemos aprender es que por lo general nuestros enemigos verdaderos se encuentran en nuestro propio campo.

La razón por la que fracasamos el año pasado bien pudo ser porque no teníamos ningún propósito definitivo. Puede ser que por motivo de nuestra propia inercia, irregularidad, irresponsabilidad, falta de estímulo, determinación, o por carecer de cierta habilidad particular para efectuar nuestra obra debidamente, nosotros mismos estamos estorbando la obra del Señor.

Una vez vino a mí un miembro de la Iglesia para quejarse de su falta de progreso. Le pregunté qué le pasaba. Me contestó que no tenía la menor idea. No solamente no sabía, sino que tampoco tenía el interés o la prudencia suficientes para indagar la causa.

¿Cómo creemos que Dios juzgará esta debilidad? La misma cosa sucede con muchos de nosotros. No nos analizamos a nosotros mismos. Pero si estamos fracasando, nos conviene saber por qué. Es nuestra responsabilidad. El Señor lo espera de nosotros. Ha dicho que Él “requiere de la mano de todo mayordomo un informe de su mayordomía, tanto en esta vida como en la eternidad”. (Doctrina y Convenio 72:3)

Debemos poder identificar, aislar y destruir a los enemigos del Señor. También debemos enterarnos de nuestras fuerzas y aprender a aumentarlas. Elbber Hubbard dijo en una ocasión que “el secreto del éxito es la constancia del propósito”. Esto quiere decir que debe haber un plan general que abarque un período extenso. Disraeli dijo más o menos la misma cosa: “El genio es la facultad para hacer un esfuerzo continuo”. Otro ha dicho que “el éxito es la habilidad para formarse una visión de su propósito”. Esto es algo que no puede lograr aquel que no tiene ni objetivo ni plan.

Cuando uno sabe a dónde quiere ir, los recursos con que se cuenta y lo que probablemente le impedirá avanzar, solamente hasta entonces está en posición de decidir la estrategia que ha de emplear y preparar su curso e itinerario para lograr el éxito. Esto es lo que significa proyectar.

¿Exactamente en que forma vamos a emplear nuestros recursos para vencer a los del enemigo y realizar nuestro objetivo? Debemos aumentar nuestra habilidad. En segundo lugar, debemos llevar cuenta de nosotros mismos.

Formemos en nuestra mente una visión del objetivo que perseguimos mientras conservamos nuestras estadísticas delante de nosotros.

Esta imagen de éxito se puede grabar tan fuertemente en nuestra mente, que efectivamente se llevará a cabo.

Nunca debes permitir que ocurra una excepción del éxito. Piensa en la importancia de tu trabajo. Es inconcebible que le seas falso a Dios. Calcula lo que te hace falta para realizar tu propósito.

¿Qué has preparado para conocer el programa al derecho y al revés? ¿Qué has proyectado para que tus consejeros y maestros conozcan el programa? ¿Qué programa has preparado para lograr que los padres trabajen contigo en lugar de contra ti?

¿Cómo vas a lograr que los miembros de tu organización se organicen, se  preparen y se  llenen de ánimo? ¿Cómo vas a eliminar las debilidades que te hicieron fracasar el año pasado?

¿Qué habilidades, disposición y hábitos hay que desarrollar a fin de lograr algo que agrade a Dios?

Debemos lograr el éxito en la obra del Señor. El fracaso significa debilidad. Todo éxito es comparativamente sencillo una vez que tenemos un objetivo y un plan respaldados por suficiente determinación e industria.

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Directores o pensadores?

Liahona junio 1958

¿Directores o pensadores?

por el élder Sterling Welling Sill

El objetivo que persigue la Iglesia es lograr que la gente entre en el reino celestial. El problema que se presenta al tratar de llevar a cabo este propósito es la habilidad para dirigir. Por lo general, existe sólo un problema en el mundo, y poco importa que el resultado deseado tenga que ver con obrar en la Iglesia o establecer un negocio o gobernar un imperio. El problema es siempre el mismo: la habilidad para dirigir.

La resolución del problema consiste en el desarrollo de esta habilidad por medio de la instrucción. El hombre que ha recibido preparación es generalmente más eficaz que el que no la ha recibido Se aplica el mismo principio, ya sea que se trate de un cirujano, un licenciado, un agricultor, un atleta o un obrero en la Iglesia.

En este programa o sistema de desarrollo están comprendidos seis pasos:

1.- Selección

“Hay algo mucho más escaso y de mucho más valor que la habilidad, y esto es la habilidad para reconocer la habilidad.”

El primer paso en el desarrollo de un director, de un “líder”, como algunos suelen llamarlo, consiste en colocar al hombre, el hombre indicado, en el lugar indicado. Cuando no se hace, es como querer rellenar un agujero redondo con un palo cuadrado. Esto sucede con demasiada frecuencia.

Hay muchos que se hallan descontentos con lo que están haciendo. Son muchos los nombramientos que se hacen por razón de conveniencia o urgencia sin considerar debidamente todos los factores que intervienen en el caso.

Hay muchas personas que tienen tantos puestos, que les es sumamente difícil lograr el éxito en cualquiera de ellos.

La selección defectuosa sólo resulta en una ineficacia pródiga, cambios frecuentes en el puesto y un sentimiento general de desánimo.

Todo aquel que tiene la responsabilidad de seleccionar el personal debe analizar cuidadosamente a todo candidato disponible.

Los comercios y empresas dedican mucho tiempo y dinero a un examen de la aptitud del candidato, entrevistas personales, etc., con objeto de mejorar su manera de seleccionar a los que van a emplear.

Ciertamente el individuo más apto para el puesto no es precisamente aquel en quien se piensa primero. Bien puede ser que el hombre no esté presente o en la actualidad no sea “activo”.

Necesitamos extender nuestra mira más allá de lo presente y formarnos una visión de la forma en que los candidatos se adaptarán al programa. “Hay algo mucho más escaso y de mucho más valor que la habilidad, y esto es la habilidad para reconocer la habilidad.”

Es posible aprender a reconocer la habilidad aun antes que haya empezado a florecer. Miguel Ángel hacía hombres de piedra. Pero antes de llegar a ser el gran maestro, aprendió a ver el producto terminado con tan sólo ver la materia en bruto. Dijo así: “En todo pedazo de mármol veo una estatua; la veo tan claramente como si estuviese delante de mí, formada y completa en cuanto a actitud y movimiento. No tengo más que echar abajo las toscas paredes que encarcelan la hermosa visión para revelarla a otros ojos en la forma en que los míos ya la han visto.”

Así también en nuestra obra. Primero debemos aprender a ver la posibilidad, y entonces hacer las cosas necesarias para realizarla.

Es un error común pensar que únicamente aquellos que actualmente están en posiciones dirigentes tienen habilidad. Jesús escogió a hombres como Pedro y José Smith, y entonces desarrolló las capacidades que había en ellos. Todavía existe en la gente mucha habilidad que está dormida e inactiva. Hay incontables directores espléndidos que nadie conoce todavía; ni aun ellos mismos. Podemos lograr que un número mayor de personas entren en el reino celestial, si tenemos más cuidado en la selección del personal y ejercemos un poco más de precaución al hallar al “hombre indicado” en primer lugar, más bien que llamar a la persona que es más fácil conseguir.

Se debe informar cabalmente al obrero en cuanto a lo que el trabajo va a requerir. No debe pasarse por alto ni considerarse como cosa de poca importancia el asunto del “tiempo”, “preparación”, “trabajo” u “oportunidad” que su llamamiento le va a exigir.

2.- Reclutamiento

Hay un paso al cual puede llamarse “reclutamiento”, que tal vez sea una ayuda de mucho valor en el desarrollo de la habilidad para dirigir.

Con frecuencia se coloca a las personas en posiciones que no entienden y para las cuales no están preparadas, o en las cuales no está su corazón.

Si una persona emprende un llamamiento con una actitud incorrecta o no está convertida por completo a su trabajo, nuestro propósito es derrotado aun antes de empezar.

El que efectúa su obra con renuencia desempeña un trabajo inaceptable.

”Qué resultados tan diferentes se producen, si el líder inteligente dedica un poco más de esfuerzo a esta obra de “reclutar”.

Durante este paso, se debe informar cabalmente al obrero en cuanto a lo que el trabajo va a requerir.

No debe pasarse por alto ni considerarse como cosa de poca importancia el asunto del “tiempo”, “preparación”, “trabajo” u “oportunidad” que su llamamiento le va a exigir.

Se puede engendrar la convicción y entusiasmo en el obrero, y establecer un fundamento sólido para su éxito.

Debe entender por completo la importancia de su responsabilidad particular.

Esta es la ocasión precisa para descubrir si hay objeciones, y tratar francamente los problemas por resolver, a fin de llegar a un acuerdo satisfactorio. Este es el momento en que se debe lograr la conformidad de pensamientos.

En este reclutamiento es donde se hace la “oferta” y también la “aceptación”. Por supuesto, la aceptación debe ser “en firme” y sin muchas reservas.

Si el candidato tiene algún rasgo de carácter o actitud que no convienen a esta obra, o si no quiere desempeñarla, o si no puede o no quiere darle el tiempo necesario, tal vez no es el hombre indicado.

Todas estas cosas deben saberse y arreglarse antes de hacerse el nombramiento. Es preciso que el futuro obrero entienda claramente los siguientes puntos y que se comprometa en firme respecto de cada uno de ellos:

  1. Debe entender la oportunidad.
  2. Debe entender que va a asumir la responsabilidad completa comprendida en este llamamiento.
  3. Debe estar dispuesto a dedicar el tiempo que sea suficiente para planear y preparar, y debe estar presente en todas sus reunio
  4. Debe entender que la eficacia de cualquier llamamiento de la Iglesia usualmente consiste en mucho trabajo personal e individu
  5. Debe vivir de acuerdo con el evangeli Uno no puede enseñar eficazmente lo que no se siente y vive adecuadamente.
  6. Debe tener el deseo de aceptar este llamamiento. El Señor dijo: “Si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra”. (Doctrina y Convenio 4:3) Si no quiere hacerlo, no puede hacerl “El deseo es el piloto del alma.”
  7. Ayuda mucho a un obrero el saber anticipadamente que se le exigirá un trabajo bueno, y que habrá mucha supervisión.

A todos les gusta formar parte de un equipo vencedor, uno que tiene normas elevadas y disciplina eficaz. A nadie le agrada asociarse con la indiferencia, la ineficacia, la confusión y el fracaso. Es mucho más fácil “reclutar” gente para un equipo vencedor.

3.- Iniciación

El candidato debe ser sostenido siguiendo los requerimientos del llamamiento, especificados en los manuales, y ser apartado para ocupar su oficio.

Se le deben entregar los materiales básicos con los que va a trabajar, por ejemplo:

Manual de instrucciones Material para enseñar

Detalle de materiales disponibles en la Biblioteca

Debe ser presentado a quienes lo ayudarán en su instrucción y lo supervisarán. Tanto el uno como el otro deben entender desde el principio la naturaleza de esta asociación.

Debe ser presentado a su clase o a aquellos a quienes presidirá, y se debe establecer un medio adecuado para lograr el respeto mutuo.

4.- Instrucción

Se ha dicho que la habilitación en un procedimiento continuo y debe seguir un curso circular, cuya fórmula es la siguiente: 1 Instruir – 2 Demostrar – 3 Observar – 4 Evaluar

Todo aquel que es iniciado debe ser instruido debidamente. Sin embargo, la instrucción no es suficiente. Debemos mostrarle cómo hacerlo. Aprendemos más rápidamente por medio de la vista que por medio del oído. La obra que cada uno hace en la Iglesia debe ser observada continuamente, a fin de ayudarle a mejorar. Es mucho más fácil para el observador darse cuenta de los errores que se comenten al efectuar la obra, y esto sirve de base para prestar ayuda.

Uno de los defectos más molestos de la evaluación viene como consecuencia de nuestro temor de prestar ayuda de un modo constructivo. Tenemos miedo de que el que está aprendiendo pensará que los estamos “criticando”, de modo que pasamos por alto lo acontecido.

Sin embargo, si tanto el que está aprendiendo como el que está enseñando entienden el sistema de habilitar o capacitar, antes de comenzar, no hay motivo para que se desarrolle una situación desagradable.

“Aprender por hacer”, es el fundamento del éxito de los negocios; es también la llave a la obra eficaz en la Iglesia y se precisa llevarla a cabo experta y francamente.

5.- Supervisión

El antiguo concepto de que la manera de instruir a alguien era colocarlo en un trabajo y dejarlo para que “se las arreglará” lo mejor que pudiera, es generalmente inaceptable en nuestra época. Las empresas comerciales, gobiernos y otras empresas han descubierto que la “supervisión constante” de todos, redunda en grandes beneficios. Esto asume una importancia mucho más grande al tratarse de salvar almas.

6.- Estímulo

El ser humano es más o menos como un termómetro. Su entusiasmo puede estar a cincuenta grados bajo cero, o a noventa grados. El calor, fervor, siempre se ha usado apropiadamente como figura de dicción para indicar la cualidad de nuestro entusiasmo y actuación.

En el Apocalipsis hallamos que San Juan dice de los laodicenses: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente.” (Apocalipsis 3:15)

Puede desarrollarse o encenderse en la gente el fuego del entusiasmo. También puede comunicarse de una persona a otra. Alguien ha dicho: “Un corazón puede inspirar a otros con su fuego.”

Este principio encierra un gran poder. La habilidad para impulsar a la personalidad humana hacia su aspecto espiritual, es probablemente la habilidad más útil del mundo.

Los seis pasos que acabamos de mencionar no se aplican únicamente a las personas recién llamadas. Se puede emplear de la misma forma para descubrir lo que está estorbando el éxito de los que ya están ocupando un puesto. Entrevistemos individualmente a cada uno de los obreros que estén bajo nuestra dirección y consideremos estos pasos con cada uno de ellos personalmente.

1.- “Re”-seleccionar: ¿Es él o ella la persona mejor indicada para este llamamiento o asignación en particular? Si no, ciertamente debe efectuarse un cambio. Es inconcebible que se vaya a permitir que fracase la obra de la salvación meramente porque está ocupando el lugar un individuo que no conviene. Por otra parte, si es el más indicado, pero no está logrando el resultado deseado, debemos…

2.- “Re”-reclutar: Consideremos este paso de volver a reclutar como lo haría un gerente de un negocio con algún empleado que estuviese causándole pérdidas a la compañía. ¿En qué sentido está fracasando el empleado? ¿Entiende con claridad lo que se requiere de él? ¿Tiene el deseo de hacerlo? ¿Ha formulado planes para mejorarse? ¿Está dispuesto a esforzarse un ciento por ciento en lo futuro? Debe haber conformidad de pensamientos, o como dice la escritura “un solo parecer”.

3.- “Re”- iniciar: ¿Tiene el material adecuado con qué trabajar? Si no, debe procurarlo inmediatamente, y debemos investigar por qué no lo consiguió antes. ¿En qué aspecto está fracasando nuestra organización?

4.- “Re”-instruir: La habilitación y la rehabilitación son la vida del éxito. Es el procedimiento o sistema mediante el cual se establecen y mejoran el entendimiento, las aptitudes, las actitudes y los hábitos. Con instrucción constante y eficaz se logra que el trabajo sea productivo y agradable. Cuando uno está logrando buenos resultados con su trabajo, siente un gran amor por lo que está haciendo. Cuando el trabajo no produce, nos agobia, o lo aborrecemos. La preparación cabal mejorará y aumentará toda nuestra realización. Hará crecer la satisfacción. Disminuirá la frustración, el desánimo, el constante cambio de líderes y maestros y la pérdida de tiempo. También disminuirá el número de los hijos de Dios que perderán su exaltación eterna.

5.- “Re”-vigilar:  ¿Estamos en contacto constante con los que se hallan bajo nuestra dirección? ¿Conocemos sus puntos fuertes y débiles? ¿Estamos capacitados y dispuestos para prestar la ayuda necesaria a fin de efectuar un mejoramiento constante?

6.- “Re”-estimular: Una de las características de la naturaleza humana es que cuando se deja de vigilar a la gente, con frecuencia se le acaban los deseos de trabajar. Se les “acaba la cuerda”, se desaniman. A veces le sobreviene a la gente una especie de agotamiento, como el soldado que ha estado en el frente de batalla por mucho tiempo. La mayor parte de nosotros necesitamos o precisamos de algo o alguien que atice nuestra fe; que anime nuestro entusiasmo y nos “re”-inspire para llevar a cabo nuestro propósito. Se necesita re- encender el fuego dentro de nuestra alma ocasionalmente, y todos necesitamos de alguien que continuamente esté interesado en lo que realizamos.

Muchas de las grandes empresas relatan que sus directores más eficaces pasan de cuarenta a sesenta por ciento de su tiempo trabajando directamente con aquellos que se hallan bajo su dirección, a fin de ayudarlos a conservar su entusiasmo y ánimo.

Deben estudiarse y ponerse en práctica constantemente los pasos anteriores. Mediante el uso eficaz de este sistema podremos ayudarnos a nosotros mismos a desarrollar una habilidad inspirada para dirigir y ésta puede resultar en una influencia mayor para hacer bien en el mundo.

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Siete ideas sobre el éxito

Liahona mayo 1958

Siete ideas sobre el éxito

por el élder Sterling Welling Sill

Nuestras escrituras nos sirven de diferentes maneras. Son importantes por motivo de la doctrina e inspiración que contienen, pero también nos sirven como una especie de “libro de instrucciones” para lograr el éxito. Es decir, nos ayudan a funcionar más eficazmente en nuestros varios llamamientos y responsabilidades. Las Escrituras no sólo nos dicen muchas cosas, sino también nos enseñan cómo efectuarlas con mayor eficacia.

El éxito en los asuntos de la Iglesia, igual que el éxito en otros asuntos, se compone de varias cosas, entre ellas, el conocimiento, la actitud, habilidades, hábitos y rasgos de carácter. Podemos desarrollar éstos con mayor  rapidez y beneficio cuando se nos orienta debidamente sobre la manera de proceder.

Cuando verdaderamente fijamos nuestra atención en ideas significantes, éstas tienden a reanimarse en nuestras manos e influyen en lo que efectuamos con una fuerza que anteriormente no tenían. Este fenómeno de fuerza ocasiona la pregunta: “¿Qué es esa ley extraña de la mente que causa que una idea, por mucho tiempo descuidada y hollada como piedra inservible, repentinamente brille con nueva luz y se convierta en un diamante refulgente?”

La cuarta sección de Doctrina y Convenios es una de estas significativas “fórmulas de éxito” que posee una fuerza grande para producir resultados, si se entiende y se obedece debidamente. La sección cuatro se compone de siete párrafos o frases, con un total de ciento cincuenta y un palabras. Uno tarda aproximadamente cuarenta y cinco segundos en leerla. Pero contiene una fuerza inmensamente grande en proporción a su tamaño.

Tomemos cada una de estas siete importantes oraciones, una por una, y veamos qué podemos sacar de ellas para aumentar la eficacia de nuestra obra en el Iglesia.

La primera oración dice:

1.- “He aquí, una obra maravillosa está a punto de aparecer entre los hijos de los hombres.”

Hay peligro de que idea parezca ser tan evidente de por sí y, por consiguiente, algo muy común para nosotros  que nos hemos familiarizado íntimamente con la restauración del evangelio. No obstante, en esta gran declaración se encuentra el fundamento mismo de todo el éxito.

El primer principio del evangelio es “fe”, y el primer requerimiento de todo éxito es la fe. Uno tiene que estar convertido antes que pueda   efectuar   algo   que   verdaderamente   valga   la   pena.

¿Entendemos verdaderamente el significado del hecho de que el evangelio está otra vez en la tierra, con el poder de llevar a cabo la exaltación de la familia humana?

Cuando este hecho quede firmemente establecido en nuestra mente, nuestro corazón y nuestra vida, todo logro rehace fácil. No sólo debemos sentir y entender la tremenda importancia de las “obras”, sino también hemos de sentir y entender la igualmente tremenda importancia del “obrero”. Algunas veces la gente no puede distinguir entre los dos, y juzgan la importancia de la obra por la clase de vida de los que la están llevando a cabo. Algunas veces se ha dicho que la única Biblia que otras personas leen es la Biblia de nuestras vidas.

Esta primera oración de la sección cuatro encierra otra consecuencia significativa en el sentido de que  podemos participar en esta obra maravillosa al grado que queramos. Podemos alcanzar la bendición que deseamos si estamos dispuestos a vivir por ella.

Sin embargo, muchos de nosotros fracasamos en alcanzar nuestras posibilidades máximas, simplemente porque no entendemos verdaderamente la trascendental importancia de esta “obra maravillosa”. Esta es la mayor y última de todas las dispensaciones del evangelio.

Las otras dispensaciones han sido destruidas por la apostasía. Pero nosotros hemos sido reservados para tomar parte en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, la dispensación que preparará el camino para la gloriosa segunda venida del Señor. ¿Nos viene al pensamiento otra cosa del mundo que sea más emocionante que esta idea? ¡Cuán vigorosamente deberíamos estar desempeñando nuestra parte en esta obra maravillosa con una correspondientemente maravillosa habilidad y devoción!

José Smith inicia la dispensación del cumplimiento de los tiempos La segunda oración dice:

2.- “Por tanto, oh vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza, para que aparezcáis sin culpa ante Dios en el último día.”

Cuando iniciamos una empresa tan importante como la obra de Dios, tanto nuestro Padre Celestial como nosotros mismos debemos tener la seguridad de que nos esforzaremos con toda el alma. Debemos determinar, de una vez por todas, que nuestro servicio será entusiasta, vigoroso, continuo y de la mejor calidad. El éxito no se compone de una devoción fragmentaria ni de un mínimo empeño. El éxito no viene fácilmente al que queda incapacitado por cualquier desánimo o problema pequeño; ni tampoco lo logra aquel que tiene una proporción grande de irresponsabilidad personal.

Igual que la primera oración, ésta también encierra una de las grandes llaves del éxito en cualquier empresa: la habilidad de coordinar todas nuestras facultades en un esfuerzo cooperativo. Esto significa un esfuerzo unido por parte del corazón, la mente y la fuerza física. Servir a Dios con todo nuestro corazón significa que nuestra devoción debe concentrarse y enfocarse sobre este objeto particular.

Servirlo con toda nuestra alma es emplear hasta lo último nuestra determinación y fuerza de voluntad. No significa andar por el camino fácil de la irresolución y la morosidad. Servirlo con toda nuestra mente exige una actitud mental fuerte y positiva. Significa estudio, meditación y decisiones firmes y positivas concernientes a cada uno de los problemas en cuestión. Servirlo con toda nuestra fuerza requiere actividad física vigorosa, persistente y continua.

Mediante este procedimiento de consolidación y acción unida, uno puede concentrar todos los elementos de la eficacia personal en un esfuerzo unido y potente. De esta manera logramos una meta para nuestro propósito. Nuestro esfuerzo llega a ser no sólo sumamente concentrado, sino acertadamente orientado. Hablando psicológicamente, tal persona se compone de una sola unidad, más bien que de un atado de impulsos contendientes y desorientados, sostenidos por el no muy apretado nudo de las circunstancias. La personalidad que se ha consolidado en la forma descrita es capaz de una eficiencia y realización máximas.

3.- “De modo que, si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra;”

Difícilmente se puede imaginar un principio del éxito mayor que éste. Un deseo que consume es la calificación mayor para lograr cualquier éxito. Si nuestro deseo tiene la fuerza suficiente, está segura la realización. Pero si uno no quiere hacerlo, es imposible realizarlo.

El médico juzga la salud física por el apetito de la persona. Dios juzga nuestra devoción por nuestro “deseo” de servir, y lo ha puesto como la calificación principal. Es fácil perder nuestro apetito por las cosas de Dios cuando nos falta el ‘deseo’. Deberíamos llenarnos de emoción con estas doce palabras: `Si tenéis deseos de servir a Dios sois llamados a la. Esto constituye no solamente nuestra oportunidad; es también la prueba grande que cada uno de nosotros tiene que pasar. Tenemos que aprender a tener hambre y sed de justicia. Nuestro deseo mayor es aprender a querer servir a Dios. Debemos desear con mayor intensidad. El deseo es el padre de la iniciativa, la ingeniosidad, ambición y todas las otras virtudes. El deseo es esa cualidad que nos provoca a querer ‘hacer muchas cosas de nuestra propia y libre voluntad’. Todos los demás poderes son inferiores al ‘deseo’.

4.- “Pues he aquí, el campo blanco está ya para la siega; y he aquí, quien mete su hoz con su fuerza atesora para sí, de modo que no perece, sino que trae salvación a su alma;

Esta es la oración o la frase de la oportunidad. Estamos viviendo en uno de los tiempos de siega más productivos del evangelio en la historia del mundo. No es una época de espigar o de falta reproducción; es la cosecha de grande abundancia.

Comparémosla con las otras dispensaciones. Noé trabajó ciento veinte años y sólo logró convertir a su propia familia. Aun la dispensación que Jesús estableció duró un tiempo relativamente corto, y no mucho después todos los apóstoles habían sido muertos o desterrados y se cumplió la profecía de Isaías: “Porque he aquí, que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad los pueblos…” (Isaías 60:2)

Más en nuestra época tenemos muchos ejemplos de misioneros que han traído a la Iglesia más personas en un solo mes que Noé en toda su vida. ¡Qué tiempo tan magnífico para estar viviendo! Pensemos en las oportunidades que tenemos de estar en el ‘campo’, en esta época de tan abundante cosecha. Dios nos ayude para que nonos falte fuerza.

5.- “Y fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, lo califican para la obra.”

Una de las calificaciones más esenciales para el éxito espiritual es tener puesta “nuestra mira en la gloria de Dios” Esto significa concentración, significa enfocar nuestra vista en un solo objeto. Cuando empezamos a ver “doble” o “triple”, nos confundimos, y el resultado natural es el conflicto y el fracaso. Las Escrituras dicen: “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8) “Ninguno puede servir a dos señores. . . ” (Mateo 6:24)

Es fácil servir a Dios si lo hacemos con propósito íntegro, todo el tiempo, en cualquier circunstancia. Cuando hacemos las cosas buenas parte  del tiempo y las cosas malas la otra  parte,  es entonces que tropezamos con dificultades. Emerson dijo: “La virtud grande de la vida es la concentración.” No hay conflicto si somos constantes. Debemos llegar a un acuerdo  en nuestras mentes sobre lo que es de valor y la dirección en que vamos a caminar, y entonces, concentrar todos nuestro esfuerzos a este fin. No podemos montar dos caballos en la misma carrera. Todos los que lo han intentado han descubierto que tarde o temprano los caballos corren por los lados opuestos del árbol. Pero siempre se puede confiar en que una sencillez de propósito devoto obrará un milagro de realizaciones.

6.- “Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, la templanza, la paciencia, la bondad fraternal, piedad, caridad, humildad, diligencia.”

Hay en la naturaleza aproximadamente cien elementos, incluso el hidrógeno, nitrógeno, carbón, oxígeno, hierro, etc. Estos son los materiales de construcción de la naturaleza. Con éstos, mediante las combinaciones y proporciones correctas, la naturaleza puede formar cualquiera de las cosas materiales del mundo. Alguien ha dicho que en la personalidad humana hay cincuenta y un elementos. Algunos de éstos son la bondad, fe, conocimiento, virtud, piedad, caridad, diligencia y todas las virtudes que el Señor nos insta a que tengamos presente. Cuando éstas se hallan en la personalidad humana, en la correcta proporción y combinación, el resultado es lo que alguien ha llamado “un espléndido ser humano”. La obra maestra de la creación, y a la vez la fuerza más grande del mundo, es un hijo de Dios en su estado perfecto.

7.- “Pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá. Amén.”

Así, con esa facilidad podemos recibir todas nuestras bendiciones. Todo lo que necesitamos hacer es tomarlas. Todos los beneficios del evangelio son nuestros con tan sólo pedir, y la única condición es que los procuremos a tiempo. Desgraciadamente, por lo general no estimamos nuestras bendiciones hasta que las perdemos. Vamos a suponer que tuviésemos que comprar nuestras bendiciones a un precio que nosotros mismos gustosamente pagaríamos para recobrarlas una vez que estuviesen perdidas. ¿Cuál sería un precio justo por ‘el arrepentimiento’, si uno no pudiera arrepentirse? ¿Cuánto valdría el poder vivir para siempre en el reino celestial, si hubiésemos sido consignados a vivir en otro lugar? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a pagar por volver a tener familias a tener a nuestras familias, si estuviesen perdidas eternamente? Procuremos establecer un precio justo por el sacerdocio, o el carácter piadoso, o el progreso eterno. ¿Qué valor le pondríamos a un cuerpo celestial, a una mente celestial, a una personalidad celestial, a la oportunidad de vivir para siempre en una tierra celestial con amigos y seres queridos celestiales?

Se  han  proveído  para  nosotros  estas  cosas  y miles  más.  Y, ¿cuánto nos cuestan? La manera de obtenerlas es sencillísima: “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá”.

¡Qué oportunidad tan maravillosa! ¡Qué ideas tan trascendentales están comprendidas en cada una de estas siete oraciones breves!

¡Qué riqueza y poder espirituales pueden ser nuestros, si vivimos de acuerdo con sus preceptos!

Tratemos de imaginar la transformación que se efectuaría en nuestra eficacia personal,  si tan solamente creyésemos y practicásemos estos cuarenta y cinco segundos de ideas sobre el éxito, que el Señor nos da en la sección cuatro de Doctrina y Convenios.

Constantemente debemos recordarnos a nosotros mismos que el asunto principal de la vida es lograr el éxito. No se nos ha puesto aquí para que desperdiciemos nuestras vidas en el fracaso No podemos vivir en el estado mortal más que una vez, y esta vida es sumamente breve. Pero si somos estériles e improductivos en nuestra mayordomía terrenal, tendremos toda la eternidad para recordar y lamentarnos. La gran tragedia de mundo no es los destrozos de la guerra; es que los seres humanos, vosotros y yo, llevamos vidas tan lejos de nivel de nuestras posibilidades.

Por tanto, el señor nos ha dado estas siete ideas esenciales para garantizar nuestro éxito. Debemos grabarlas en nuestras mentes y corazones y músculos, como si el Señor mismo las hubiese escrito para nuestro beneficio individual, y como Él escribió sobre la Liahona para guiar a Lehi en el desierto. La sección cuatro es la importante aguja que nos indica el camino. Si la seguimos, nos conducirá a una maravillosa actuación de nuestra parte en la obra del Señor.

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