Conferencia General Octubre 2011
La preparación en el sacerdocio: “Necesito tu ayuda”
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
No se preocupen por lo inexpertos que sean o piensen que sean, sino que piensen en lo que pueden llegar a ser con la ayuda del Señor.
Mis queridos hermanos, es un gozo estar con ustedes en esta reunión mundial del sacerdocio de Dios. Esta noche hablaré de la preparación en el sacerdocio, tanto de nuestra propia preparación como de la que ayudamos a dar a los demás.
En ocasiones, la mayoría de nosotros se preguntará: “¿Estoy preparado para esta asignación en el sacerdocio?” Mi respuesta es: “Sí, ustedes han sido preparados”. Mi propósito hoy es ayudarles a reconocer esa preparación y que esa preparación les dé valor.
Como saben, el Sacerdocio Aarónico ha sido designado como un sacerdocio preparatorio. La gran mayoría de los poseedores del Sacerdocio Aarónico son jóvenes diáconos, maestros y presbíteros de entre 12 y 19 años.
Podríamos pensar que la preparación en el sacerdocio se lleva a cabo en los años del Sacerdocio Aarónico. Pero nuestro Padre Celestial nos ha estado preparando desde que fuimos instruidos en Su regazo en Su reino antes de que naciéramos. Él nos está preparando esta noche; y seguirá preparándonos siempre y cuando se lo permitamos.
El propósito de toda la preparación en el sacerdocio, en la vida premortal y en esta vida, es capacitarnos a nosotros y a las personas a quienes servimos para la vida eterna. Algunas de las primeras lecciones de la vida premortal seguramente comprendían el plan de salvación, con Jesucristo y Su expiación como parte central. No sólo se nos enseñó el plan, sino que estuvimos en los concilios en donde lo elegimos.
Debido a que se nos colocó el velo del olvido sobre la mente al nacer, hemos tenido que hallar una manera de volver a aprender, en esta vida, lo que una vez sabíamos y defendíamos. Parte de nuestra preparación en esta vida ha sido encontrar esa preciosa verdad para que pudiésemos volver a comprometernos a ella bajo convenio. Eso ha requerido fe, humildad y valor de nuestra parte, así como la ayuda de personas que habían encontrado la verdad y luego la compartieron con nosotros.
Tal vez hayan sido nuestros padres, los misioneros o nuestros amigos; pero esa ayuda fue parte de nuestra preparación. Nuestra preparación en el sacerdocio siempre incluye a otras personas que ya han sido preparadas para brindarnos la oportunidad de aceptar el Evangelio y luego decidir actuar mediante la observancia de convenios, con el fin de arraigarlos en nuestro corazón. Para ser dignos de la vida eterna, nuestro servicio en esta vida debe incluir el trabajar con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza a fin de preparar a los demás para que vuelvan a Dios con nosotros.
De modo que parte de la preparación en el sacerdocio que tendremos en esta vida serán oportunidades de servir y enseñar a los demás. Ello podría abarcar ser maestros en la Iglesia, padres sabios y amorosos, miembros de un quórum y misioneros para el Señor Jesucristo. El Señor ofrecerá las oportunidades, pero el que estemos preparados o no dependerá de nosotros. Mi intención esta noche es señalar algunas de las decisiones cruciales que son necesarias para que la preparación en el sacerdocio sea cabal.
Las buenas decisiones que tomen, tanto la persona que capacita como la que recibe capacitación, dependen de que se comprenda la forma en que el Señor prepara a Sus siervos del sacerdocio.
En primer lugar, Él llama a personas, jóvenes y mayores, que pueden parecer débiles y sencillas ante los ojos del mundo e incluso ante ellas mismas. El Señor puede convertir esas aparentes deficiencias en puntos fuertes. Eso cambiará la forma en que el líder sabio escoja a quienes capacitar y cómo hacerlo; y puede cambiar la forma en que el poseedor del sacerdocio responda a las oportunidades de progreso que se le ofrezcan.
Analicemos algunos ejemplos. Yo era un presbítero sin experiencia en un barrio muy grande. Mi obispo me llamó por teléfono un domingo por la tarde. Cuando respondí, me dijo: “¿Tienes tiempo para acompañarme? Necesito tu ayuda”. Sólo me explicó que quería que fuese con él a visitar a una mujer que yo no conocía, quien no tenía comida y necesitaba aprender a administrar mejor sus finanzas.
Yo sabía que él tenía dos consejeros expertos en el obispado. Los dos eran hombres maduros de mucha experiencia. Uno de los consejeros era dueño de una gran empresa y más tarde llegó a ser presidente de misión y Autoridad General. El otro consejero era un juez importante de la ciudad.
Me acababan de llamar como primer ayudante del obispo en el quórum de presbíteros. El obispo sabía que yo entendía muy poco sobre los principios de bienestar. Yo sabía aun menos en cuanto a administración de las finanzas; nunca había escrito un cheque; no tenía cuenta en un banco; ni siquiera había visto un presupuesto personal. Sin embargo, a pesar de mi inexperiencia, percibí que hablaba muy seriamente cuando dijo: “Necesito tu ayuda”. Seguir leyendo

























