La preparación en el sacerdocio: “Necesito tu ayuda”

Conferencia General Octubre 2011
La preparación en el sacerdocio: “Necesito tu ayuda”
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

No se preocupen por lo inexpertos que sean o piensen que sean, sino que piensen en lo que pueden llegar a ser con la ayuda del Señor.

Mis queridos hermanos, es un gozo estar con ustedes en esta reunión mundial del sacerdocio de Dios. Esta noche hablaré de la preparación en el sacerdocio, tanto de nuestra propia preparación como de la que ayudamos a dar a los demás.

En ocasiones, la mayoría de nosotros se preguntará: “¿Estoy preparado para esta asignación en el sacerdocio?” Mi respuesta es: “Sí, ustedes han sido preparados”. Mi propósito hoy es ayudarles a reconocer esa preparación y que esa preparación les dé valor.

Como saben, el Sacerdocio Aarónico ha sido designado como un sacerdocio preparatorio. La gran mayoría de los poseedores del Sacerdocio Aarónico son jóvenes diáconos, maestros y presbíteros de entre 12 y 19 años.

Podríamos pensar que la preparación en el sacerdocio se lleva a cabo en los años del Sacerdocio Aarónico. Pero nuestro Padre Celestial nos ha estado preparando desde que fuimos instruidos en Su regazo en Su reino antes de que naciéramos. Él nos está preparando esta noche; y seguirá preparándonos siempre y cuando se lo permitamos.

El propósito de toda la preparación en el sacerdocio, en la vida premortal y en esta vida, es capacitarnos a nosotros y a las personas a quienes servimos para la vida eterna. Algunas de las primeras lecciones de la vida premortal seguramente comprendían el plan de salvación, con Jesucristo y Su expiación como parte central. No sólo se nos enseñó el plan, sino que estuvimos en los concilios en donde lo elegimos.

Debido a que se nos colocó el velo del olvido sobre la mente al nacer, hemos tenido que hallar una manera de volver a aprender, en esta vida, lo que una vez sabíamos y defendíamos. Parte de nuestra preparación en esta vida ha sido encontrar esa preciosa verdad para que pudiésemos volver a comprometernos a ella bajo convenio. Eso ha requerido fe, humildad y valor de nuestra parte, así como la ayuda de personas que habían encontrado la verdad y luego la compartieron con nosotros.

Tal vez hayan sido nuestros padres, los misioneros o nuestros amigos; pero esa ayuda fue parte de nuestra preparación. Nuestra preparación en el sacerdocio siempre incluye a otras personas que ya han sido preparadas para brindarnos la oportunidad de aceptar el Evangelio y luego decidir actuar mediante la observancia de convenios, con el fin de arraigarlos en nuestro corazón. Para ser dignos de la vida eterna, nuestro servicio en esta vida debe incluir el trabajar con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza a fin de preparar a los demás para que vuelvan a Dios con nosotros.

De modo que parte de la preparación en el sacerdocio que tendremos en esta vida serán oportunidades de servir y enseñar a los demás. Ello podría abarcar ser maestros en la Iglesia, padres sabios y amorosos, miembros de un quórum y misioneros para el Señor Jesucristo. El Señor ofrecerá las oportunidades, pero el que estemos preparados o no dependerá de nosotros. Mi intención esta noche es señalar algunas de las decisiones cruciales que son necesarias para que la preparación en el sacerdocio sea cabal.

Las buenas decisiones que tomen, tanto la persona que capacita como la que recibe capacitación, dependen de que se comprenda la forma en que el Señor prepara a Sus siervos del sacerdocio.

En primer lugar, Él llama a personas, jóvenes y mayores, que pueden parecer débiles y sencillas ante los ojos del mundo e incluso ante ellas mismas. El Señor puede convertir esas aparentes deficiencias en puntos fuertes. Eso cambiará la forma en que el líder sabio escoja a quienes capacitar y cómo hacerlo; y puede cambiar la forma en que el poseedor del sacerdocio responda a las oportunidades de progreso que se le ofrezcan.

Analicemos algunos ejemplos. Yo era un presbítero sin experiencia en un barrio muy grande. Mi obispo me llamó por teléfono un domingo por la tarde. Cuando respondí, me dijo: “¿Tienes tiempo para acompañarme? Necesito tu ayuda”. Sólo me explicó que quería que fuese con él a visitar a una mujer que yo no conocía, quien no tenía comida y necesitaba aprender a administrar mejor sus finanzas.

Yo sabía que él tenía dos consejeros expertos en el obispado. Los dos eran hombres maduros de mucha experiencia. Uno de los consejeros era dueño de una gran empresa y más tarde llegó a ser presidente de misión y Autoridad General. El otro consejero era un juez importante de la ciudad.

Me acababan de llamar como primer ayudante del obispo en el quórum de presbíteros. El obispo sabía que yo entendía muy poco sobre los principios de bienestar. Yo sabía aun menos en cuanto a administración de las finanzas; nunca había escrito un cheque; no tenía cuenta en un banco; ni siquiera había visto un presupuesto personal. Sin embargo, a pesar de mi inexperiencia, percibí que hablaba muy seriamente cuando dijo: “Necesito tu ayuda”. Seguir leyendo

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El proveer conforme a la manera del Señor

Conferencia General Octubre 2011

El proveer conforme a la manera del Señor

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Los principios de bienestar de la Iglesia, no son simplemente buenas ideas, son verdades reveladas de Dios, son Su manera de ayudar al necesitado.


Hace sesenta y cinco años, poco después de la Segunda Guerra Mundial, fui beneficiario de las bendiciones del programa de bienestar de la Iglesia. Aunque era un niño pequeño, aún recuerdo el dulce sabor de los duraznos envasados con trigo cocido y el olor especial de la ropa donada que los generosos miembros de la Iglesia que vivían en Estados Unidos enviaron a los santos alemanes. Siempre lo recordaré y atesoraré para siempre esos actos de amor y bondad a favor de los que estábamos en gran necesidad.

Esa experiencia personal y el 75º aniversario del inspirado plan de bienestar, me hacen reflexionar de nuevo en los principios básicos de velar por los pobres y los necesitados, ser autosuficientes y prestar servicio a los demás.

En la raíz de nuestra fe

A veces consideramos el bienestar como otro tema más del Evangelio, una de las muchas ramas del árbol del Evangelio. Pero en el plan del Señor, nuestro compromiso con los principios de bienestar debe estar en la raíz de nuestra fe y devoción a Él.

Desde el principio de los tiempos, nuestro Padre Celestial habló con gran claridad sobre este tema, desde la tierna súplica, “Si me amas… te acordarás de los pobres, y consagrarás para su sostén lo que tengas para darles de tus bienes”1, hasta el mandato directo: “Y recordad en todas las cosas a los pobres y a los necesitados, a los enfermos y a los afligidos, porque el que no hace estas cosas no es mi discípulo”2, y la fuerte advertencia: “De manera que, si alguno toma de la abundancia que he creado, y no reparte su porción a los pobres y a los necesitados, conforme a la ley de mi evangelio, en el infierno alzará los ojos con los malvados, estando en tormento”3.

Lo temporal y lo espiritual están inseparablemente unidos

Los dos grandes mandamientos, amar a Dios y a nuestro semejante, son la unión de lo temporal y lo espiritual. Es importante notar que esos mandamientos se denominan “grandes” porque de ellos dependen todos los demás mandamientos4. En otras palabras, allí deben empezar nuestras prioridades personales, familiares y de la Iglesia. Todas las demás metas y acciones deben surgir de estos dos grandes mandamientos: el amor a Dios y a nuestros semejantes.

Como las dos caras de una moneda, lo temporal y lo espiritual son inseparables.

El Dador de toda vida proclamó: “Para mí todas las cosas son espirituales; y en ninguna ocasión os he dado una ley que fuese temporal”5. Para mí esto significa que “la vida espiritual es en primer término una vida. No es sólo algo para conocerse y estudiarse, sino que es algo para vivirse”6.

Lamentablemente hay quienes pasan por alto lo “temporal” por considerarlo menos importante. Valoran lo espiritual y minimizan lo temporal. Aunque es importante que nuestros pensamientos se inclinen hacia el cielo, perdemos la esencia de la religión si no inclinamos también nuestras manos hacia nuestros semejantes.

Por ejemplo, Enoc edificó una sociedad de Sión mediante el proceso espiritual de crear un pueblo de un solo corazón y una sola voluntad, y la obra temporal de asegurar que “no hubiera pobres entre ellos”7.

Como siempre, podemos ver a Jesucristo, nuestro ejemplo perfecto, como el modelo. Como el presidente J. Reuben Clark, Jr. enseñó: “Cuando el Salvador vino a la tierra, tenía dos grandes misiones; una era cumplir su papel de Mesías y efectuar la expiación de la caída y el cumplimiento de la ley; la otra era la obra que realizó entre Sus hermanos y hermanas en la carne al aliviar sus sufrimientos”8.

De manera similar, nuestro progreso espiritual está inseparablemente unido al servicio temporal que demos a los demás.

Uno complementa al otro. Sin uno, el otro es una falsificación del plan de felicidad de Dios.

La manera del Señor

En el mundo, hay por todos lados muchas organizaciones y gente buena que tratan de satisfacer las necesidades urgentes de los pobres y necesitados. Estamos agradecidos por ello, pero la manera del Señor de cuidar a los necesitados difiere de la del mundo. El Señor dijo: “Es preciso que se haga a mi propia manera”9. A Él no le interesan sólo nuestras necesidades inmediatas, sino también nuestro progreso eterno. Por esa razón, la manera del Señor siempre ha incluido la autosuficiencia y el servicio a los semejantes, además del cuidado de los pobres. Seguir leyendo

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La oportunidad de toda una vida

Conferencia General Octubre 2011
La oportunidad de toda una vida
W. Christopher Waddell
Por el élder W. Christopher Waddell

Por medio de tu dedicado servicio y sacrificio voluntario, tu misión se convertirá en tierra santa para ti.

Un hito en la vida de un misionero es su entrevista final o “última” con el presidente de misión. Parte fundamental de la entrevista será el análisis de lo que parece ser una vida de experiencias inolvidables y lecciones clave que se han adquirido en tan sólo de 18 a 24 meses.

Si bien muchas de esas experiencias y lecciones pueden ser comunes y corrientes en el servicio misional, cada misión es única, con desafíos y oportunidades que nos exigen y prueban de acuerdo con nuestra personalidad y necesidades particulares.

Mucho antes de dejar nuestro hogar terrenal para servir en una misión de tiempo completo, dejamos a nuestros padres celestiales para cumplir con nuestra misión mortal. Tenemos un Padre Celestial, que nos conoce: sabe nuestras fortalezas y debilidades, nuestras facultades y potencial. Él sabe qué presidente de misión y compañeros, y qué miembros e investigadores necesitamos para llegar a ser el misionero, el esposo, el padre y el poseedor del sacerdocio que somos capaces de llegar a ser.

Profetas, videntes y reveladores asignan a los misioneros bajo la dirección y la influencia del Espíritu Santo. Presidentes de misión inspirados dirigen las transferencias cada seis semanas y rápidamente aprenden que el Señor sabe exactamente donde quiere que sirva cada misionero.

Hace unos años, el élder Javier Misiego, de Madrid, España, estaba cumpliendo una misión de tiempo completo en Arizona. En esa época, su llamamiento misional a los Estados Unidos parecía un tanto inusual, ya que la mayoría de los jóvenes de España eran llamados a servir en su propio país.

Al término de una charla fogonera de estaca, donde él y su compañero habían sido invitados a participar, se le acercó al élder Misiego un miembro menos activo de la Iglesia, a quién lo había llevado un amigo. Era la primera vez que ese hombre había estado dentro de una capilla en años y él le preguntó al élder Misiego si conocía a José Misiego, de Madrid. Cuando el élder Misiego respondió que el nombre de su padre era José Misiego, el hombre emocionado hizo algunas preguntas más para confirmar que ése era el José Misiego. Cuando se determinó que estaban hablando del mismo hombre, este miembro menos activo comenzó a llorar. “Su padre fue la única persona que bauticé durante toda mi misión”, explicó y describió cómo su misión, según su parecer, había sido un fracaso. Atribuyó sus años de inactividad a algunos sentimientos de ineptitud y preocupación, creyendo que, de alguna manera, había decepcionado al Señor.

El élder Misiego luego describió lo que este supuesto fracaso del misionero significó para su familia. Le dijo que su padre, bautizado como un adulto soltero, se había casado en el templo, que el élder Misiego era el cuarto de seis hijos, que los tres varones y su hermana habían servido misiones de tiempo completo, que todos estaban activos en la Iglesia y que todos los que estaban casados se habían sellado en el templo.

El ex misionero menos activo comenzó a sollozar. Gracias a sus esfuerzos, ahora sabía que había bendecido muchas vidas, y el Señor había enviado a un élder desde Madrid, España, a una charla fogonera en Arizona para hacerle saber que él no había sido un fracaso. El Señor sabe donde quiere que sirva cada misionero.

De la manera que el Señor decida bendecirnos en el transcurso de una misión, las bendiciones del servicio misional no están diseñadas para terminar cuando somos relevados por nuestro presidente de estaca. Su misión es un campo de entrenamiento para toda la vida. Las experiencias, lecciones y testimonio obtenidos por medio de un servicio fiel están destinados a proporcionar una base centrada en el Evangelio que persistirá durante la vida mortal y en las eternidades. Sin embargo, para que las bendiciones continúen después de la misión, hay condiciones que se deben cumplir. En Doctrina y Convenios leemos: “Porque todos los que quieran recibir una bendición de mi mano han de obedecer la ley que fue decretada para tal bendición, así como sus condiciones” (D. y C. 132:5). Este principio se enseña en el relato de Éxodo.

Después de recibir su mandato de parte del Señor, Moisés regresó a Egipto para sacar a los hijos de Israel de la cautividad. Una y otra plaga no pudieron asegurar la libertad, lo que les condujo a la décima y última plaga: “Pues yo pasaré por la tierra de Egipto, esta noche, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto” (Éxodo 12:12). Seguir leyendo

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El poder del Sacerdocio Aarónico

Conferencia General Octubre 2011
El poder del Sacerdocio Aarónico
Por el obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente

Ustedes y el oficio del Sacerdocio Aarónico que poseen son esenciales en la obra que el Padre Celestial tiene para Sus hijos y para la preparación de esta tierra para la Segunda Venida.

En una sesión de capacitación reciente dirigida a las Autoridades Generales, el presidente Thomas S. Monson recalcó de nuevo los deberes y las oportunidades que tienen los poseedores del Sacerdocio Aarónico1. Con el espíritu de esa instrucción es que me dirijo a ustedes.

El deber, cuando se lleva a cabo debidamente, determina el destino de los pueblos y las naciones. El principio del deber es tan fundamental, que a los poseedores del sacerdocio se les exhorta así: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”2.

El presidente Monson explica: “El llamado del deber puede llegar calladamente a medida que nosotros, los poseedores del sacerdocio, respondemos a las asignaciones que recibimos”3. El presidente Monson citó a George Albert Smith: “El deber de ustedes es primeramente aprender lo que el Señor desea y después, mediante el poder y la fuerza de Su santo sacerdocio, magnificar su llamamiento en la presencia de sus semejantes de tal modo que las personas estén complacidas de seguirlos a ustedes”4.

Al hablar sobre Su deber, nuestro Señor dijo: “…no busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre”5. “…he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”6. Debido a que Jesucristo llevó a cabo Su deber, “todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”7. Hermanos, ésta es la norma que debemos seguir.

He observado que ustedes; quienes sirven como diáconos, maestros y presbíteros; son tan prestos, tan dignos de confianza y tan aptos para cumplir con su deber como esperamos que sean. Los admiramos; su vitalidad es contagiosa, sus habilidades son asombrosas y relacionarse con ustedes es vigorizante. Ustedes y el oficio del Sacerdocio Aarónico que poseen son esenciales para la obra que el Padre Celestial tiene para Sus hijos y para la preparación de esta tierra para la segunda venida de Su santo Hijo. La perspectiva que tenemos de ustedes y de sus deberes va más allá de su edad. Pablo se refirió a ustedes al decir: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza”8.

A los hombres de antaño a tiempo llegó
el sacerdocio llamado de Aarón.
Por los levitas, sacerdotes y profetas también,
a los hijos de Dios para bendecir sirvió.

Luego el Salvador del mundo arribó
y a uno llamado Juan buscó,
para que con ese mismo poder se bautizara
y las puertas de la salvación marcara.

En los últimos días, ese mismo poder
otra vez a la tierra se restauró,
para que todas las verdades del Evangelio
en el alma volvieran a nacer.

¡Sacerdocio Aarónico, verdad sublime,
ven en preparación
para que ocurra la redención
a través del amado Hijo de Dios!

Y aquel que ministra esos poderes
un niño ya no es.
Con el manto del sacerdocio sobre él
decimos: “¡He aquí el hombre!”9.

“El poder y la autoridad del sacerdocio… de Aarón, consiste en poseer las llaves del ministerio de ángeles y en administrar las ordenanzas exteriores, la letra del evangelio, el bautismo de arrepentimiento para la remisión de pecados, de acuerdo con los convenios y los mandamientos”10. El presidente Boyd K. Packer ha hecho esta observación: “Nos ha ido muy bien al distribuir la autoridad del sacerdocio. Tenemos la autoridad del sacerdocio establecida casi en todas partes… Pero la distribución de la autoridad del sacerdocio ha superado, creo yo, a la distribución del poder del sacerdocio”11. Por el bienestar eterno de los hijos de Dios, esto se debe remediar. Seguir leyendo

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Somos los soldados

Conferencia General Octubre 2011
Somos los soldados
Por el élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

De todo hombre, joven y mayor, que posea el sacerdocio, pido una voz más firme y más devota,… una voz para el bien, una voz para el Evangelio, una voz para Dios.

Hermanos, con el espíritu de ese himno excepcionalmente conmovedor y con la elocuente oración del élder Richard G. Hinckley en mi corazón, esta noche deseo hablar con franqueza, y con esa misma franqueza hablarles a los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico.

Cuando hablamos del esplendor de la Primera Visión de José Smith, a veces restamos importancia a la amenazante confrontación que ocurrió poco antes de ella, confrontación que intentaba destruir al joven, de ser posible; pero, en todo caso, procuraba bloquear la revelación que estaba por venir. No hablamos del adversario más de lo necesario, y a mí no me gusta hablar de él para nada, pero la experiencia del joven José nos recuerda lo que todo hombre, incluso cada hombre joven de esta audiencia debe recordar.

Número uno: Satanás, o Lucifer o el padre de las mentiras —llámenlo como lo llamen— es real y es la personificación misma del mal. Sus motivos, en todos los casos, son maliciosos, y se estremece ante la aparición de la luz redentora, ante el pensamiento mismo de la verdad. Número dos: Se opone eternamente al amor de Dios, a la expiación de Jesucristo y a la obra de paz y de salvación. Luchará en contra de ellos en toda ocasión y lugar que le sea posible. Sabe que al final será derrotado y expulsado, pero está decidido a arrastrar con él a cuantos le sea posible.

Entonces, ¿cuáles son algunas tácticas del diablo en este combate en el que está en juego la vida eterna? Una vez más, podemos aprender de la experiencia en la Arboleda Sagrada. José Smith dijo que en un intento por contrarrestar lo que estaba por venir, Lucifer ejerció “tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la lengua”1.

Como el presidente Boyd K. Packer enseñó esta mañana, Satanás no puede quitarle la vida de forma directa a nadie; es una de las muchas cosas que no puede hacer. Pero, aparentemente su empeño por detener la obra se logrará de forma razonable si tan sólo consigue trabar la lengua de los fieles. Hermanos, si ése es el caso, esta noche busco a hombres jóvenes y mayores a los que les preocupe lo suficiente esta batalla entre el bien y el mal que se enlisten y que defiendan la obra. Estamos en guerra, y por los próximos minutos, quiero enlistar a gente para unirse a la batalla.

¿Tengo que tararear algunos compases de “Somos los soldados”? Ustedes la conocen, la estrofa acerca de que “hacen falta más soldados, id con valor”2. Por supuesto, lo bueno de este llamado a las armas es que no les pedimos que se ofrezcan de voluntarios para disparar un rifle ni lanzar una granada; no, queremos batallones que lleven como armas “toda palabra que sale de la boca de Dios”3. De modo que esta noche busco misioneros que no aten sus lenguas de forma voluntaria sino que, con el Espíritu del Señor y el poder de su sacerdocio, abran su boca y efectúen milagros. Dichas palabras expresadas de ese modo, enseñaron las autoridades generales de los inicios de esta dispensación, serían el medio por el cual “las obras más grandes [de la fe] se han realizado y se realizarán”4.

En especial pido a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico que se sienten derechos y presten atención. Para ustedes, usaré una analogía deportiva. Jóvenes, esta batalla en la que nos encontramos, es una lucha de vida o muerte; así que voy a ponerme cara a cara frente a ustedes, con suficiente fuego en mi voz para quemarles un poco las cejas, como lo hacen los entrenadores cuando el partido es reñido y lo más importante es ganar. Y con el partido en juego, lo que este entrenador les dice es que, para participar en él, algunos de ustedes tienen que ser moralmente más limpios de lo que ahora son. En esta batalla entre el bien y el mal no pueden jugar para el adversario cuando se encuentren ante la tentación y luego esperar ponerse del lado del Señor en el momento de ir al templo y a la misión como si nada hubiese sucedido. Eso, mis amigos, no lo pueden hacer. Dios no será burlado.

Entonces, ustedes y yo esta noche tenemos un dilema, y es que hay miles de jóvenes en edad del Sacerdocio Aarónico en los registros de esta Iglesia que constituyen nuestra reserva de candidatos para el futuro servicio misional. Pero el desafío es que esos diáconos, maestros y presbíteros se mantengan lo suficientemente activos y dignos de ser ordenados élderes y de servir como misioneros. De modo que necesitamos que los jóvenes que ya pertenecen al equipo permanezcan en él y dejen de salir de la cancha justo cuando necesitamos que jueguen y, ¡que jueguen con todas sus fuerzas! En casi toda competencia deportiva que conozco hay líneas en el suelo o en la cancha, y para competir, todo participante debe permanecer dentro de esos límites. Pues bien, el Señor ha trazado límites de dignidad para quienes son llamados a trabajar con Él en esta obra. ¡Ningún misionero puede desafiar a otra persona a que se arrepienta de una transgresión sexual, de usar lenguaje profano o de ver pornografía si él mismo no lo ha hecho! No pueden hacer eso; el Espíritu no los acompañará y las palabras se les atorarán en la garganta cuando traten de decirlas. Ustedes no pueden andar por lo que Lehi llamó “senderos prohibidos”5 y esperar guiar a otras personas en ese camino “estrecho y angosto”6; no puede hacerse. Seguir leyendo

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El perfecto amor echa fuera el temor

Conferencia General Octubre 2011
El perfecto amor echa fuera el temor
Por el élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Si ustedes responden a la invitación de compartir sus creencias y sentimientos sobre el evangelio restaurado de Jesucristo, un espíritu de amor y un espíritu de valentía serán sus compañeros constantes.

Presidente Monson, estamos muy emocionados con las maravillosas noticias de algunos nuevos templos. Especialmente emocionantes para mis muchos, muchos familiares en el Estado de Wyoming.

La Iglesia hace algo en todo el mundo cuando se edifica un templo nuevo, que es una tradición bastante común en los Estados Unidos y Canadá: realizamos un programa de puertas abiertas. En las semanas previas a la dedicación de un nuevo templo, abrimos las puertas e invitamos a los líderes gubernamentales y religiosos de la localidad, a los miembros locales de la Iglesia y a las personas de otras religiones a venir y visitar el templo recién construido.

Son eventos maravillosos que ayudan a las personas que no están familiarizadas con la Iglesia a saber un poco más sobre ella. Casi todos los que visitan un nuevo templo se maravillan tanto por su belleza exterior como interior. Les asombra la maestría de la obra y la atención a los detalles de cada elemento del templo. Además de ello, muchos de nuestros visitantes sienten algo único y especial a medida que los guían por el templo que aún no se ha dedicado. Todas esas reacciones son comunes entre los que acuden a los programas de puertas abiertas, pero no es la reacción más común. Lo que impresiona a los visitantes, más que cualquier otra cosa, son los miembros de la Iglesia que encuentran en nuestros programas de puertas abiertas. Salen con una impresión inolvidable de sus anfitriones, los Santos de los Últimos Días.

La Iglesia está recibiendo más atención que nunca en todo el mundo. Los representantes de los medios de comunicación escriben o hablan acerca de la Iglesia todos los días para informar sobre las diversas actividades de ella. Muchas de las agencias de noticias más importantes de los Estados Unidos hablan sobre la Iglesia o sus miembros con regularidad. Estas conversaciones también se llevan a cabo por todo el mundo.

La Iglesia también llama la atención en internet que, como saben, ha cambiado drásticamente la forma en que la gente comparte información. En cualquier momento del día, en todo el mundo, personas que nunca han escrito para un periódico o una revista disertan sobre la Iglesia y sus enseñanzas en internet, en blogs y en redes sociales. Hacen videos y los comparten en línea. Son personas comunes y corrientes, tanto miembros de nuestra religión como de otras creencias, que hablan sobre La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Los cambios en la manera de comunicarnos explican en parte por qué los “mormones” ahora son más conocidos que nunca. Pero la Iglesia también siempre está creciendo y avanzando. Hay más personas que tienen miembros de la Iglesia entre sus vecinos y amigos, y hay miembros prominentes de la Iglesia en el gobierno, en los negocios, en los espectáculos, en la educación y en todas partes, según parece. Incluso aquellos que no son miembros de la Iglesia han notado esto, y se preguntan qué es lo que está pasando. Es maravilloso que muchos ahora sepan de la Iglesia y de los Santos de los Últimos Días.

Aunque la Iglesia es más visible, todavía hay mucha gente que no la entiende. A algunos se les ha enseñado a desconfiar de la Iglesia y a creer en estereotipos negativos sobre la misma sin cuestionar la fuente ni la validez de esas ideas. También hay mucha desinformación y confusión sobre lo que es la Iglesia y su posición. Esto ha sido así desde la época del profeta José Smith.

En parte, José Smith escribió su historia para “sacar del error a la opinión pública y presentar a los que buscan la verdad los hechos tal como han sucedido” (José Smith—Historia 1:1)). Es cierto que siempre habrá quienes distorsionen la verdad y tergiversen intencionalmente las enseñanzas de la Iglesia. Pero la mayoría de los que tienen inquietudes sobre ella, simplemente quieren saber más de la misma. Esas son personas imparciales que tienen una curiosidad genuina sobre nosotros.

La creciente visibilidad y la reputación de la Iglesia nos brindan una excelente oportunidad a nosotros, sus miembros. Podemos ayudar a “sacar del error a la opinión pública”, y corregir la información errónea cuando se nos describa como algo que no somos. Pero lo más importante es que podemos compartir lo que somos.

Hay una cantidad de cosas que podemos hacer —que ustedes pueden hacer— para contribuir a la comprensión de la Iglesia. Si lo hacemos con el mismo espíritu y el mismo comportamiento que tenemos cuando somos los anfitriones de los programas de puertas abiertas del templo, nuestros amigos y vecinos llegarán a entendernos mejor. Sus sospechas se esfumarán, los estereotipos negativos desaparecerán y empezarán a saber de la Iglesia como realmente es.

Permítanme sugerir algunas ideas de lo que cada uno de nosotros puede hacer. Seguir leyendo

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El divino don del arrepentimiento

Conferencia General Octubre 2011
El divino don del arrepentimiento
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Sólo mediante el arrepentimiento obtenemos acceso a la gracia expiatoria de Jesucristo.

El Libro de Mormón contiene el relato de un hombre llamado Nehor. Es fácil entender por qué Mormón, al compendiar mil años de registros nefitas, pensara que era importante incluir algo acerca de este hombre y la influencia perdurable de su doctrina. Mormón estaba tratando de advertirnos, sabiendo que esa filosofía volvería a surgir en nuestros días.

Nehor aparece en escena unos noventa años antes del nacimiento de Cristo. Él enseñó “que todo el género humano se salvaría en el postrer día… porque el Señor había creado a todos los hombres, y también los había redimido a todos; y al fin todos los hombres tendrían vida eterna”(Alma 1:4).

Unos 15 años después, Korihor vino entre los nefitas predicando y amplió la doctrina de Nehor. El Libro de Mormón registra que “era un anticristo, porque empezó a predicar al pueblo contra las profecías… concernientes a la venida de Cristo” (Alma 30:6). Korihor predicaba “que no se podía hacer ninguna expiación por los pecados de los hombres, sino que en esta vida a cada uno le tocaba de acuerdo con su habilidad; por tanto, todo hombre prosperaba según su genio, todo hombre conquistaba según su fuerza; y no era ningún crimen el que un hombre hiciese cosa cualquiera” (Alma 30:17). Esos falsos profetas y sus seguidores “no creían en el arrepentimiento de sus pecados” (Alma 15:15).

Al igual que en los días de Nehor y Korihor, vivimos en una época no muy lejana al advenimiento de Jesucristo; en nuestro caso, el tiempo de preparación para Su segunda venida. Y de manera similar, el mensaje del arrepentimiento con frecuencia no es bien recibido. Algunos profesan que si hay un Dios, Él no nos impone exigencias reales (véase Alma 18:5). Otros sostienen que un Dios amoroso perdona todo pecado en base a una simple confesión; o que si realmente hay un castigo por pecar, “Dios nos dará algunos azotes, y al fin nos salvaremos en el reino de Dios” (2 Nefi 28:8). Otras personas, al igual que Korihor, niegan la existencia misma de Cristo y del pecado. Su doctrina es que los valores, las normas e incluso la verdad son relativos; por tanto, lo que sea que uno considere correcto para sí mismo, los demás no pueden juzgarlo erróneo ni pecaminoso.

En la superficie, esas filosofías parecen atractivas porque nos autorizan a satisfacer cualquier apetito o deseo sin preocuparnos por las consecuencias. Al usar las enseñanzas de Nehor y Korihor, podemos racionalizar y justificar cualquier cosa. Cuando los profetas predican el arrepentimiento, parecen “arruinar la fiesta”; pero en realidad, el llamado profético se debería recibir con gozo. Sin el arrepentimiento no hay verdadero progreso ni mejoramiento en la vida. Pretender que no hay pecado no disminuye la carga y el sufrimiento que produce. El sólo sufrir a causa del pecado no mejora nada. Únicamente el arrepentimiento conduce a las soleadas elevaciones de una vida mejor; y, por supuesto, sólo mediante el arrepentimiento obtenemos acceso a la gracia expiatoria de Jesucristo y a la salvación. El arrepentimiento es un don divino y deberíamos sonreír al hablar de él, puesto que nos conduce a la libertad, la confianza y la paz; en lugar de interrumpir la celebración, el don del arrepentimiento es la causa de la verdadera celebración.

El arrepentimiento existe como una opción únicamente debido a la expiación de Jesucristo. Es Su sacrificio infinito que “[provee] a los hombres la manera de tener fe para arrepentimiento” (Alma 34:15). El arrepentimiento es la condición necesaria, y la gracia de Cristo es el poder por el que “la misericordia satisface las exigencias de la justicia (Alma 34:16). Nosotros testificamos que:

“…sabemos que la justificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera;

“y también sabemos que la santificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera, para con todos los que aman y sirven a Dios con toda su alma, mente y fuerza” (D. y C. 20:30–31).

El arrepentimiento es un tema extenso, pero hoy quisiera mencionar sólo cinco aspectos de este principio fundamental del Evangelio que espero sean de ayuda.

Primero: La invitación al arrepentimiento es una expresión de amor. Cuando el Salvador “comenzó… a predicar y a decir: ¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mateo 4:17), era un mensaje de amor, invitando a todo el que estuviera dispuesto, a calificar para unirse a Él “y [gozar] de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero” (Moisés 6:59).. Si no invitamos a otras personas a cambiar o si no nos exigimos a nosotros mismos el arrepentimiento, no cumplimos un deber fundamental que tenemos el uno hacia el otro y hacia nosotros mismos. Un padre condescendiente, un amigo indulgente, un líder de la Iglesia temeroso están más preocupados por sí mismos que por el bienestar y la felicidad de aquellos a quienes podrían ayudar. Sí, el llamado al arrepentimiento a veces se considera intolerante u ofensivo, e incluso puede resentirse, pero cuando es inducido por el Espíritu, en realidad es un acto de genuino interés (véase D. y C. 121:43–44).

Segundo: El arrepentirse significa esforzarse para cambiar. Sería una burla al sufrimiento del Salvador por nosotros en el Jardín de Getsemaní y en la cruz esperar que Él nos transformase en seres angelicales sin ningún esfuerzo de nuestra parte. Más bien, buscamos Su gracia para complementar y premiar nuestro máximo y diligente esfuerzo (véase 2 Nefi 25:23). Tal vez deberíamos rogar por el tiempo y la oportunidad de trabajar, luchar y vencer, del mismo modo que oramos por misericordia. Con seguridad el Señor se complace con aquel que desea presentarse ante el juicio dignamente, quien con resolución trabaja día a día para reemplazar la debilidad con la fortaleza. El verdadero arrepentimiento, el verdadero cambio quizás requiera repetidos esfuerzos, pero hay algo refinador y santo en ello. El perdón y la sanación divinos fluyen naturalmente a esa alma, pues “la virtud ama a la virtud; la luz se allega a la luz; [y] la misericordia tiene compasión de la misericordia y reclama lo suyo” (D. y C. 88:40). Seguir leyendo

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La redención

Conferencia General Octubre 2011
La redención
Por el élder Legrando R. Curtis Jr.
De los Setenta

Por medio de Cristo, las personas pueden cambiar sus vidas, como de hecho lo hacen, y obtener redención.

Existen varios nombres por los cuales se hace referencia al Señor Jesucristo. Estos nombres nos dan una perspectiva sobre los diferentes aspectos de la misión expiatoria del Señor. Tomemos por ejemplo el título “Salvador”. Todos tenemos una idea de lo que significa ser salvos, porque a cada uno de nosotros se nos ha salvado en algún momento de algo. Cuando éramos niños, mi hermana y yo estábamos jugando en el río sobre un pequeño bote cuando imprudentemente dejamos ese lugar seguro para jugar y la corriente nos impulsó río abajo hacia peligros desconocidos. En respuesta a nuestros gritos, nuestro padre corrió a socorrernos, y nos salvó de los peligros del río. Cuando pienso en salvación, pienso en esa experiencia.

El título “Redentor” proporciona una perspectiva similar. “Redimir” significa comprar o comprar de nuevo. Como asunto legal, la propiedad se redime al pagar por completo una hipoteca u otros cargos a la misma. En la época del Antiguo Testamento, la ley de Moisés proporcionaba diferentes maneras para que los sirvientes y la propiedad pudieran ser libres o redimidos por medio del pago de dinero (véase Levítico 25:29–32, 48–55).

Un uso importante de la palabra redimir en las Escrituras implica la liberación de los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto. Luego de esa liberación, Moisés les dijo: “…sino porque Jehová os amó… os ha sacado Jehová con mano poderosa y os ha rescatado de la casa de servidumbre, de manos de Faraón, rey de Egipto” (Deuteronomio 7:8).

El tema de Jehová redimiendo al pueblo de Israel de la esclavitud se repite muchas veces en las Escrituras. Por lo general, esto se hace para recordar al pueblo sobre la bondad del Señor al librar a los hijos de Israel de los egipcios. Pero también es para enseñarles que habrá otra redención más importante para los hijos de Israel. Lehi enseñó: “Y el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de redimir a los hijos de los hombres de la caída” (2 Nefi 2:26).

El salmista escribió: “Pero Dios redimirá mi alma del poder del Seol” (Salmos 49:15).

El Señor declaró por medio de Isaías: “Yo deshice como a nube tus transgresiones y como a niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22).

La redención a la cual hacen referencia estos tres pasajes de Escrituras, de hecho, es la expiación de Jesucristo. Ésa es la “abundante redención” proporcionada por nuestro Dios amado (Salmos 130:7). A diferencia de las redenciones bajo la ley de Moisés o en nuestros acuerdos legales modernos, esta redención no viene por “cosas corruptibles, como oro o plata” (1 Pedro 1:18). “En [Cristo] tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). El presidente John Taylor enseñó que debido al sacrificio del Redentor “la deuda ha quedado pagada, la redención hecha, el convenio cumplido, la justicia satisfecha, la voluntad de Dios obedecida y todo poder… es dado al Hijo de Dios” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, 2001, pág. 49).

Los efectos de esta redención incluyen superar la muerte física para todos los hijos de Dios. Es decir, se supera la muerte temporal y todos resucitarán. Otro aspecto de esta redención hecha por Cristo es la victoria sobre la muerte espiritual. Por medio de Su sufrimiento y muerte, Cristo pagó por los pecados de toda la humanidad a condición del arrepentimiento individual. Seguir leyendo

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Un tiempo de preparación

Conferencia General Octubre 2011
Un tiempo de preparación
Ian S. Ardern
Por el élder Ian S. Ardern

Debemos dedicar nuestro tiempo a las cosas que más importan.

El capítulo ocho de Predicad Mi Evangelio centra nuestra atención en el uso del tiempo con sabiduría. En ese capítulo, el élder M. Russell Ballard nos recuerda que tenemos que fijarnos metas y aprender a dominar las técnicas para alcanzarlas (véase Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 156). El dominio de las técnicas necesarias para alcanzar nuestras metas incluye convertirnos en el gerente supremo de nuestro tiempo.

Estoy muy agradecido por el ejemplo del presidente Thomas S. Monson. Aun con todo lo que hace como profeta de Dios, se asegura, como hizo el Salvador, de tener suficiente tiempo para visitar a los enfermos (véase Lucas 17:12–14), levantar a los pobres en espíritu y ser siervo de todos. También estoy agradecido por el ejemplo de muchos otros que dan de su tiempo para servir a sus semejantes. Testifico que el dar de nuestro tiempo para servir a los demás complace a Dios y que el hacerlo nos acercará más a Él. Nuestro Salvador será fiel a Su palabra de que “el que es fiel y sabio en esta vida es considerado digno de heredar las mansiones preparadas para él por mi Padre” (D. y C. 72:4).

El tiempo nunca está a la venta; el tiempo no es un producto que se pueda comprar en cualquier tienda a cualquier precio por más que lo intenten, pero cuando se emplea el tiempo con sabiduría, su valor es incalculable. En un día cualquiera, a todos se nos asigna sin costo alguno la misma cantidad de minutos y horas para que los utilicemos, y pronto nos damos cuenta de que, como nos enseña esmeradamente el conocido himno en inglés, “el tiempo vuela en alas de relámpago, no podemos hacerlo regresar” (“Improve the Shining Moments”, Hymns, Nº 226). Debemos usar el tiempo que tenemos con sabiduría. El presidente Brigham Young dijo: “…todos estamos endeudados con Dios en cuanto a la habilidad para aprovechar nuestro tiempo, y Él nos exigirá una estricta rendición de cuentas acerca de cómo utilizamos dicha habilidad” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 300).

Con las exigencias que se nos hacen, debemos aprender a priorizar nuestras decisiones para hacerlas concordar con nuestras metas, o corremos el riesgo de sucumbir a los vientos de la postergación y perder el tiempo discurriendo entre una actividad y otra. En el Sermón del Monte, el Maestro nos enseñó bien acerca de las prioridades cuando dijo: “Por tanto, no busquéis las cosas de este mundo, mas buscad primeramente edificar el reino de Dios, y establecer su justicia” (Mateo 6:33, nota a al pie de la página, de la Traducción de José Smith, Mateo 6:38). (Véase Dallin H. Oaks, “Enfoque y prioridades”, Liahona, julio de 2001, págs. 99–102.)

Alma habló de las prioridades cuando enseñó que “esta vida llegó a ser un estado de probación; un tiempo de preparación para presentarse ante Dios” (Alma 12:24). El utilizar mejor el rico legado de tiempo a fin de prepararnos para presentarnos ante Dios podría requerir cierta guía, pero seguramente colocaremos al Señor y a nuestra familia en el primer lugar de la lista. El presidente Uchtdorf nos recordó que “En las relaciones familiares, amor en realidad se deletrea t-i-e-m-p-o” (“De las cosas que más importan”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 22). Testifico que cuando buscamos ayuda con ferviente oración y sinceridad, nuestro Padre Celestial nos ayudará a darle prioridad a lo que merece nuestro tiempo sobre todo lo demás.

El mal uso del tiempo es un primo cercano de la ociosidad. Al seguir el mandato de “[cesar] de ser ociosos” (D. y C. 88:124), debemos asegurarnos de que el estar ocupados equivalga a ser productivos. Por ejemplo, es maravilloso contar con medios de comunicación instantánea, literalmente, al alcance de la mano, pero asegurémonos de no convertirnos en comunicadores digitales compulsivos. Tengo la sensación de que algunos estamos atrapados en una nueva adicción que consume nuestro tiempo, una que nos ata a estar revisando constantemente y enviando mensajes sociales, y que nos da la falsa impresión de que estamos ocupados y somos productivos.

El acceso fácil a la información y a la comunicación tiene muchas bondades. Me he dado cuenta de que es útil para acceder a artículos de investigación, discursos de conferencia y registros de antepasados, y recibir correos electrónicos, recordatorios en Facebook, tweets y mensajes de texto. A pesar de lo bueno que son esas cosas, no podemos permitirles que desplacen a las de mayor importancia. Qué triste sería si el teléfono y la computadora con toda su complejidad desplazaran la sencillez de la oración sincera a un amoroso Padre en los cielos. Seamos tan rápidos para arrodillarnos como lo somos para enviar mensajes de texto.

Los juegos electrónicos y los ciberamigos no son un sustituto permanente de los amigos reales que pueden darnos un abrazo de ánimo, que pueden orar por nosotros y procurar lo que nos es más conveniente. Qué agradecido estoy de ver a los miembros de quórumes, de clases y de la Sociedad de Socorro esforzarse para apoyarse mutuamente. En esas ocasiones, he entendido mejor lo que el apóstol Pablo indicó cuando dijo: “…ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos” (Efesios 2:19).

Sé que la felicidad más grande viene cuando nos sintonizamos con el Señor (véase Alma 37:37) y con esas cosas que brindan una recompensa duradera, en lugar de sintonizar para estar incontables horas actualizando nuestro estado, cultivando granjas en internet y catapultando pájaros enojados contra muros de concreto. Insto a cada uno de nosotros a sujetar aquellas cosas que nos roban de un tiempo precioso y a tomar la determinación de dominarlas, en lugar de permitirles que nos dominen a nosotros mediante su carácter adictivo.

Para tener la paz que menciona el Salvador (Juan 14:27), debemos dedicar nuestro tiempo a las cosas que más importan, y las cosas de Dios son las que más importan. Al relacionarnos con Dios mediante la oración sincera, al leer y estudiar las Escrituras a diario, meditar sobre lo que hemos leído y sentido, y luego poner en práctica y vivir las lecciones aprendidas, nos allegamos más a Él. La promesa de Dios es que a medida que busquemos conocimiento diligentemente de los mejores libros “[Él nos] dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu” (D. y C. 121:26; véase también D. y C. 109:14–15).

Satanás nos tentará a usar mal nuestro tiempo mediante distracciones disfrazadas. Aunque las tentaciones vendrán, el élder Quentin L. Cook enseñó que “Los santos que respondan al mensaje del Salvador no permitirán que los intereses que distraen y son destructivos los [desvíen]” (“¿Es usted santo?”, Liahona, noviembre de 2003, pág. 96). Hiram Page, uno de los Ocho Testigos del Libro de Mormón, nos enseñó una valiosa lección sobre las distracciones. Él tenía cierta piedra y por medio de ella escribió lo que él creía que eran revelaciones para la Iglesia (véase D. y C. 28). Cuando se le corrigió a Hiram, un registro señala que la piedra fue tomada y pulverizada para que nunca más volviera a ser una distracción1. Invito a que detectemos las distracciones que nos hacen perder el tiempo en nuestra vida y que ameriten ser pulverizadas en sentido figurado. Tendremos que ser sabios en nuestro juicio para garantizar que nuestro uso del tiempo esté bien equilibrado para incluir al Señor, a la familia, al trabajo y a las actividades recreativas. Como muchos ya han descubierto, hay mayor felicidad en la vida cuando usamos nuestro tiempo para aspirar a lo “virtuoso, o bello, o de buena reputación o digno de alabanza” (Artículos de Fe 1:13).

El tiempo marcha sin demora al compás del reloj. Hoy sería un buen día, mientras el reloj de la vida terrenal marca la hora, para revisar lo que estamos haciendo a fin de prepararnos para presentarnos ante Dios. Testifico que hay grandes recompensas para aquellos que dedican de su tiempo en la vida terrenal para prepararse para la inmortalidad y la vida eterna. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Nota

  1. Véase Provo Utah Central Stake general minutes, 6 de abril de 1856, tomo 10 (1855–1860), Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City, pág. 273 (la ortografía, la puntuación y el uso de las mayúsculas del texto en inglés se han actualizado): “El padre [Emer] Harris dijo que el apóstol dijo que tenemos que luchar contra principados y potestades en lugares altos. El hno. Hiram Page sacó de la tierra una piedra negra [y] se la metió en el bolsillo. Cuando llegó a casa, la vio. Ésta contenía una frase en papel que cabía en ella. Tan pronto como él escribió una frase, otra frase apareció en la piedra, hasta que escribió 16 páginas. Se le informó al hno. José del hecho. Una persona le preguntó a José si eso era correcto. Él dijo que no lo sabía, pero oró y recibió la revelación de que la piedra era del diablo. Entonces fue pulverizada y los escritos fueron quemados. Ésa era una obra del poder de las tinieblas. Amén”.

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Es mejor mirar hacia arriba

Conferencia General Octubre 2011
Es mejor mirar hacia arriba
Carl B. Cook
De los Setenta

Si nosotros, como el presidente Monson, ejercemos nuestra fe y acudimos a Dios para recibir ayuda, no nos sentiremos agobiados con las cargas de la vida.

Al final de un día particularmente agotador cuando terminaba mi primera semana como Autoridad General, mi portafolio estaba completamente lleno y mi mente estaba preocupada con la pregunta: “¿Cómo podré hacer esto?”. Salí de la oficina de los Setenta y entré en el ascensor del Edificio de Administración de la Iglesia. Mientras descendía, iba cabizbajo y la mirada perdida en el suelo.

La puerta se abrió y entró una persona, pero no levanté la vista. Cuando se cerró, oí que alguien preguntó: “¿Qué es lo que ve allá abajo?”. Reconocí la voz: era el presidente Thomas S. Monson.

Rápidamente alcé la vista y respondí: “Ah, nada”. (¡Estoy seguro de que esa respuesta inteligente inspiró confianza en mis habilidades!)

Pero él había notado mi semblante apagado y mi pesado portafolio. Sonrió y tiernamente sugirió, mientras señalaba hacia el cielo: “¡Es mejor mirar hacia arriba!”. Mientras descendíamos un nivel más, alegremente explicó que estaba en camino al templo. Cuando se despidió de mí, su mirada me habló una vez más al corazón: “Recuerde que es mejor mirar hacia arriba”.

Después de que nos despedimos, acudieron a mi mente las palabras de una escritura: “Creed en Dios; creed que él existe… creed que él tiene toda sabiduría y todo poder, tanto en el cielo como en la tierra”1. Cuando pensé en el poder del Padre Celestial y de Jesucristo, mi corazón encontró el consuelo que en vano había buscado en el suelo de aquel ascensor.

Desde aquella vez he meditado en esa experiencia y en el papel de los profetas. Yo me sentía agobiado y tenía la cabeza inclinada. Cuando el profeta me habló y levanté la vista, él volvió a orientar mi atención hacia Dios, donde podría ser sanado y fortalecido por medio de la expiación de Cristo. Eso es lo que los profetas hacen por nosotros: nos conducen hacia Dios2.

Testifico que el presidente Monson no sólo es un profeta, vidente y revelador, sino que también es un maravilloso ejemplo que vive el principio de mirar hacia arriba. De todas las personas, él podría sentirse agobiado por sus responsabilidades, pero, más bien, ejerce gran fe y está lleno de optimismo, sabiduría y amor por los demás. Su actitud es “puedo hacerlo” y “lo haré”. Él confía en el Señor y depende de Él para recibir fortaleza, y el Señor lo bendice. Seguir leyendo

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Los hijos

Conferencia General Octubre 2011
Los hijos
Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Testifico de la gran bendición que son los hijos y de la felicidad que nos traerán en esta vida y en las eternidades.

Al mirar a los ojos de un niño, vemos a un amigo hijo o hija de Dios que estuvo con nosotros en la vida premortal.

Es el privilegio culminante de un esposo y una esposa que pueden tener hijos proporcionar cuerpos mortales para esos hijos espirituales de Dios. Creemos en las familias y creemos en los niños.

Cuando a un esposo y a una esposa les nace un hijo, están cumpliendo parte del plan de nuestro Padre Celestial de traer hijos a la tierra. El Señor dijo: “…ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”1. Antes de la inmortalidad, debe haber mortalidad.

La familia es ordenada por Dios. Las familias son fundamentales en el plan de nuestro Padre Celestial aquí en la tierra y a través de las eternidades. Después de que Adán y Eva fueran unidos en matrimonio, en las Escrituras dice: “Y los bendijo Dios y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra”2. En nuestros días, los profetas y apóstoles han declarado: “El primer mandamiento que Dios les dio a Adán y a Eva se relacionaba con el potencial que, como esposo y esposa, tenían de ser padres. Declaramos que el mandamiento de Dios para Sus hijos de multiplicarse y henchir la tierra permanece en vigor”3.

Este mandamiento no se ha olvidado ni se ha desechado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días4. Expresamos profunda gratitud por la enorme fe que demuestran los esposos y las esposas (especialmente nuestras esposas) en estar dispuestas a tener hijos. Cuándo tener un hijo o cuántos hijos tener son decisiones privadas entre el esposo, la esposa y el Señor. Éstas son decisiones sagradas, decisiones que se deben tomar en sincera oración y realizarse con gran fe.

Hace años, el élder James O. Mason, de los Setenta, me compartió este relato: “El nacimiento de nuestra sexta hija fue una experiencia inolvidable. Al contemplar esta bella y nueva hija en la guardería poco después de que nació, claramente oí una voz decir: ‘Aún vendrá otro más, y será un varón’. Imprudentemente, fui de inmediato al lecho de mi esposa que estaba absolutamente exhausta y le di las buenas noticias. No escogí el mejor momento para decírselo”5. Año tras año, los Mason esperaban la llegada de su séptimo hijo. Pasaron tres, cuatro, cinco, seis, siete años, y por fin, ocho años después, nació su séptimo hijo, un varoncito.

El pasado abril, el presidente Thomas S. Monson declaró:

“Si bien antes las normas de la Iglesia eran casi todas compatibles con las de la sociedad, ahora nos divide un gran abismo que cada vez se agranda más…

“El Salvador de la humanidad se describió a sí mismo diciendo que estaba en el mundo sin ser del mundo. Nosotros también podemos estar en el mundo sin ser del mundo al rechazar los conceptos falsos y las enseñanzas falsas, y ser fieles a lo que Dios nos ha mandado”6.

Muchas voces del mundo de hoy disminuyen la importancia de tener hijos o proponen que se demoren o que se limiten los hijos en una familia. Recientemente, mi hija me habló de un blog escrito por una madre cristiana (que no es de nuestra fe) y que tiene cinco hijos; ella comentaba: “[Al crecer] en esta cultura, es muy difícil obtener una perspectiva bíblica en cuanto a la maternidad… Los hijos ocupan un lugar más inferior que el ir a la universidad; ciertamente más inferior que el viajar; más inferior que el poder salir por la noche a divertirse; más inferior que el de poner el cuerpo en forma en el gimnasio; más inferior a cualquier trabajo que uno pudiera tener o que esperara tener”. Después agrega: “La maternidad no es un pasatiempo; es un llamamiento. Uno no colecciona hijos porque nos parezcan más bonitos que las estampillas; no es algo que hay que hacer si se las arregla para encontrar el tiempo. Es para lo que Dios nos dio tiempo”7.

El tener hijos pequeños no es fácil; muchos días simplemente son difíciles. Una joven madre subió a un autobús con sus siete hijos. El conductor preguntó: “¿Señora, son todos suyos? O ¿se van de picnic?

“Todos son míos”, contestó. “¡Y no es ningún picnic!”8.

A medida que el mundo pregunta con más frecuencia: “¿Son todos suyos?”, les damos gracias por crear dentro de la Iglesia un refugio para las familias, donde honramos y ayudamos a las madres con hijos.

Para un padre recto, no hay palabras suficientes para expresar la gratitud y el amor que él siente por el don incalculable de su esposa de dar a luz a los hijos y cuidarlos.

El élder Mason tuvo otra experiencia pocas semanas después de que se casó, la cual lo ayudó a poner en orden de prioridad sus responsabilidades familiares. Él dijo: Seguir leyendo

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El corazón de los hijos se volverá

Conferencia General Octubre 2011
El corazón de los hijos se volverá
David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Invito a los jóvenes de la Iglesia a aprender sobre el espíritu de Elías y a experimentarlo.

A medida que estudiamos, aprendemos y vivimos el evangelio de Jesucristo, la secuencia es a menudo instructiva. Consideren, por ejemplo, las lecciones sobre las prioridades espirituales que aprendemos del orden en que ocurrieron los principales acontecimientos cuando la plenitud del evangelio del Salvador se restauró en estos últimos días.

En la Arboleda Sagrada, José Smith vio al Padre Eterno y a Jesucristo y habló con Ellos. Entre otras cosas, José se enteró de la verdadera naturaleza de la Trinidad y de la revelación continua. Esa majestuosa visión dio paso a “la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (Efesios 1:10) y constituye uno de los acontecimientos más importantes de la historia del mundo.

Aproximadamente tres años después, la noche del 21 de septiembre de 1823, en respuesta a una ferviente oración, la habitación de José se llenó de luz hasta que “quedó más iluminada que al mediodía” (José Smith—Historia 1:30). Un personaje se apareció al lado de su cama, llamó al muchacho por su nombre y declaró “que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni” (versículo 33); él instruyó a José en cuanto a la salida a la luz del Libro de Mormón, y después citó del libro de Malaquías, del Antiguo Testamento, con una ligera variación en las palabras que se utilizaron en la versión del rey Santiago: “He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por medio de Elías el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.

“…Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus padres. De no ser así, toda la tierra sería totalmente asolada a su venida” (versículos 38 y 39).

Las instrucciones que Moroni dio al joven profeta comprendían, a final de cuentas, dos temas principales: (1) el Libro de Mormón y (2) las palabras de Malaquías que predecían la función que tendría Elías el Profeta en la Restauración “de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempos antiguos” (Hechos 3:21). Por consiguiente, los acontecimientos introductorios de la Restauración revelaron un entendimiento correcto de la Trinidad, recalcaron la importancia del Libro de Mormón y previeron la obra de salvación y exaltación tanto de los vivos como de los muertos. Esa secuencia inspiradora es instructiva en cuanto a los asuntos espirituales que son de suprema prioridad para la Deidad.

Mi mensaje se centra en el ministerio y el espíritu de Elías predichos por Moroni en las instrucciones iniciales que le dio a José Smith. Ruego sinceramente por la ayuda del Espíritu Santo.

El ministerio de Elías el Profeta

Elías era un profeta del Antiguo Testamento por medio de quien se efectuaron poderosos milagros. Él selló los cielos y no llovió en el antiguo Israel durante tres años y medio; multiplicó la harina y el aceite de una viuda; levantó a un joven de los muertos e hizo descender fuego del cielo en un reto a los profetas de Baal. (Véase 1 Reyes 17–18.) Al concluir el ministerio terrenal de Elías el Profeta, “subió al cielo en un torbellino” (2 Reyes 2:11) y fue trasladado.

“De las revelaciones de los últimos días, aprendemos que Elías el Profeta poseía el poder sellador del Sacerdocio de Melquisedec, y que fue el último profeta que lo poseyó antes de la época de Jesucristo” (Bible Dictionary, “Elijah”). El profeta José Smith explicó: “El espíritu, poder y llamamiento de Elías el Profeta es que ustedes tengan la autoridad de poseer las llaves de la… plenitud del Sacerdocio de Melquisedec… y de… obtener… todas las ordenanzas que pertenecen al reino de Dios” (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 329; cursiva agregada). Esa sagrada autoridad para sellar es esencial a fin de que las ordenanzas del sacerdocio sean válidas y vinculantes, tanto en la tierra como en el cielo. Seguir leyendo

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Ustedes son importantes para Él

Conferencia General Octubre 2011
Ustedes son importantes para Él
Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El Señor utiliza una balanza muy diferente de la del mundo para pesar el valor de un alma.

Moisés, uno de los más grandes profetas que el mundo haya conocido, fue criado por la hija de Faraón y pasó los primeros cuarenta años de su vida en los recintos reales de Egipto. Él fue testigo ocular de la gloria y del esplendor de ese antiguo reino.

Años más tarde, en la cima de una alejada montaña, aislado del esplendor y de la magnificencia del poderoso Egipto, Moisés estuvo en la presencia de Dios y habló con Él cara a cara, como un hombre que habla con su amigo1. Durante el curso de esa visitación, Dios le mostró a Moisés la obra de Sus manos, concediéndole una visión de Su obra y gloria. Al concluir la visión, Moisés cayó a tierra por el espacio de muchas horas. Cuando finalmente recuperó sus fuerzas, se dio cuenta de algo que, en todos sus años en la corte de Faraón, nunca antes se le había ocurrido.

Él dijo: “…sé que el hombre no es nada”2.

Somos menos de lo que suponemos

Cuanto más aprendemos acerca del universo, más entendemos, al menos en parte, lo que Moisés descubrió. El universo es tan grande, misterioso y glorioso que es incomprensible para la mente humana. “…he creado incontables mundos”, le dijo Dios a Moisés3. Las maravillas del cielo nocturno son un hermoso testimonio de esa verdad.

Pocas cosas me han llenado de admiración como el volar en la oscuridad de la noche a través de océanos y continentes y contemplar desde la ventana de la cabina de mando la gloria infinita de millones de estrellas.

Los astrónomos han intentado contar el número de estrellas en el universo. Un grupo de científicos calcula que el número de estrellas que se aprecian desde nuestros telescopios es diez veces mayor que todos los granos de arena de las playas y los desiertos del mundo4.

Esa conclusión tiene un sorprendente parecido a la declaración que hizo el antiguo profeta Enoc: “…si fuera posible que el hombre pudiese contar las partículas de la tierra, sí, de millones de tierras como ésta, no sería ni el principio del número de tus creaciones”5.

Dada la inmensidad de las creaciones de Dios, no es de sorprender que el gran rey Benjamín aconsejara a su pueblo que “[retuviera] siempre en [su] memoria la grandeza de Dios, y [su] propia nulidad”6.

Somos más grandes de lo que suponemos

Pero a pesar de que el hombre no es nada, me llena de maravilla y asombro pensar que “el valor de las almas es grande a la vista de Dios”7.

Y a pesar de que contemplemos la inmensidad del universo y digamos “¿Qué es el hombre en comparación a la gloria de la creación?”, Dios mismo dijo que ¡nosotros somos la razón por la que creó el universo! Su obra y gloria, el propósito de este magnífico universo, es salvar y exaltar a la humanidad8. En otras palabras, la vasta expansión de la eternidad, las glorias y los misterios del espacio infinito y del tiempo se han creado todos para el beneficio de los mortales comunes y corrientes como ustedes y yo. Nuestro Padre Celestial creó el universo para que pudiésemos lograr nuestro potencial como hijos e hijas de Él.

Ésta es la paradoja del hombre: comparado con Dios, el hombre no es nada; no obstante, somos todo para Dios. Mientras que al compararnos con la creación infinita podríamos aparentar que no somos nada, tenemos una chispa de fuego eterno que arde dentro de nuestro pecho. A nuestro alcance tenemos la incomprensible promesa de la exaltación, de mundos sin fin; y el gran deseo de Dios es ayudarnos a lograrla.

La insensatez del orgullo

El gran impostor sabe que una de sus herramientas más eficaces para descarriar a los hijos de Dios es apelar a los extremos de la paradoja del hombre. Con algunos, apela a sus tendencias orgullosas, halagándolos y animándolos a creer en la fantasía de su propia importancia e invencibilidad. Les dice que han superado lo que es común y que, debido a su habilidad, primogenitura o condición social, son mejores que la medida común de todo lo que los rodea. Los lleva a pensar que, en consecuencia, no están sujetos a las reglas de nadie más y que no tienen que preocuparse por los problemas de ninguna otra persona.

Se dice que a Abraham Lincoln le gustaba un poema que dice lo siguiente:

¿Por qué el espíritu del mortal de orgullo se ha de llenar?
Como veloz meteoro, cual nube fugaz,
Como destello de luz, u ola que rompe,
De esta vida al sepulcro pasará el hombre9. Seguir leyendo

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Consejo a los jóvenes

Conferencia General Octubre 2011

Consejo a los jóvenes

Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

A pesar de la oposición, de las tribulaciones y las tentaciones, no hay por qué fracasar ni temer.


Me dirijo a los jóvenes de manera más personal de lo que acostumbro hacerlo, al comparar mi juventud con la de ustedes.

Ustedes son de un valor incalculable; los he visto en docenas de países y en cada continente; son mucho mejores de lo que éramos nosotros en nuestra juventud; saben más acerca del Evangelio; son más maduros y más fieles.

Ya tengo 87 años. Tal vez se pregunten qué puedo aportarles a su vida a mi edad. Yo he estado donde ustedes están y sé hacia donde se dirigen, pero ustedes aún no han estado donde yo estoy. Cito unas líneas de un poema clásico: Seguir leyendo

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Hagamos lo correcto, en el momento oportuno y sin demorar

Conferencia General Octubre 2011
Hagamos lo correcto, en el momento oportuno y sin demorar
José L. Alonso
De los Setenta

El Salvador… nos da un gran ejemplo de no esperar para dar alivio a los que han perdido el sentido de la felicidad y el gozo.

En nuestros días, muchas personas están viviendo en medio de la tristeza y de gran confusión. No encuentran respuestas a sus preguntas ni logran cubrir sus necesidades. Algunos han perdido el sentido de la felicidad y el gozo. Los profetas han declarado que la verdadera felicidad se halla al seguir el ejemplo y las enseñanzas de Cristo. Él es nuestro Salvador, Él es nuestro maestro, Él es el ejemplo perfecto.

La Suya fue una vida de servicio. Cuando servimos a nuestro prójimo, ayudamos a quienes están necesitados. En el proceso, podemos encontrar soluciones a nuestras propias dificultades. Al emular al Salvador, mostramos nuestro amor a nuestro Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo, y llegamos a ser más como Ellos.

El rey Benjamín habló del valor del servicio, diciendo “que cuando [nos hallamos] al servicio de [nuestros] semejantes, sólo [estamos] al servicio de [nuestro] Dios”1. Cada uno de nosotros tiene oportunidades para dar servicio y mostrar amor.

El presidente Thomas S. Monson nos ha pedido que vayamos “al rescate” y sirvamos a los demás. Él dijo: “Descubriremos que aquellos a quienes servimos, que a través de nuestra labor han sentido la influencia del amor del Salvador, por alguna razón no pueden explicar el cambio que se efectúa en sus vidas. Tienen el deseo de servir con más fidelidad, caminar con más humildad y vivir más como el Salvador. Después de recibir su visita espiritual y vislumbrar las promesas de la eternidad, hacen eco a las palabras del hombre ciego a quien Jesús le restauró la vista, que dijo: ‘una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo’”2.

Cada día tenemos la oportunidad de prestar ayuda y servicio haciendo lo correcto, en el momento oportuno y sin demorar. Piensen en tanta gente que está pasando por un momento difícil buscando trabajo o que está enferma, que piensa que lo ha perdido todo. ¿Qué pueden hacer ustedes para ayudar? Imaginen que un vecino, parado en medio de la lluvia con el auto averiado, los llama para pedirles ayuda. ¿Qué es lo correcto que deberíamos hacer por él? ¿Cuándo es el momento oportuno para hacerlo?

Recuerdo una ocasión en que fuimos como familia al centro de la Ciudad de México para comprar ropa a nuestros dos hijos. Ellos eran pequeños. El mayor apenas había cumplido dos años de edad y el menor tenía un año. Las calles estaban llenas de gente. Mientras hacíamos las compras, llevando a los pequeños de la mano, nos detuvimos por un momento a ver algo y, sin darnos cuenta, ¡perdimos a nuestro hijo mayor! No supimos cómo ocurrió, pero ya no estaba con nosotros. Sin demorarnos ni un minuto, corrimos a buscarlo. Lo buscamos y lo llamamos en voz alta. Sentimos una gran angustia al pensar que podríamos perderlo para siempre y rogamos mentalmente a nuestro Padre Celestial que nos ayudara a encontrarlo. Seguir leyendo

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