“Pastorea mis ovejas”

Conferencia General Octubre 2005
“Pastorea mis ovejas”
Élder Ulisses Soares
De los Setenta

Las personas son más receptivas a nuestra influencia cuando sienten que no sólo cumplimos con nuestro llamamiento, sino que realmente las amamos.

Ulisses Soares

En una ocasión, el Salvador le preguntó a Pedro tres veces: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. [Jesús] le dijo: Pastorea mis ovejas” 1 .

Debido a su profundo interés en el bienestar de los hijos de nuestro Padre Celestial, el Señor le dio a Pedro el mandato especial de pastorear a Sus ovejas, y lo ha reafirmado en nuestros días en una revelación a José Smith:

“Ahora te digo, y lo que te digo a ti lo digo a todos los Doce: Levantaos y ceñid vuestros lomos, tomad vuestra cruz, venid en pos de mí y apacentad mis ovejas” 2 .

Al escudriñar las Escrituras, notamos que el Salvador ministró de acuerdo con las necesidades específicas de la gente. Un buen ejemplo es cuando estaba cerca de Capernaum, y Jairo, un principal de la sinagoga, se postró a los pies de Jesús y le suplicó que fuera a la casa de él para bendecir a su hija moribunda. Jesús acompañó a Jairo, pero la multitud le impidió avanzar rápidamente.

Entonces llegó un mensajero para informar a Jairo que su hija había muerto. Aún en su dolor, Jairo mantuvo su fe en el Señor, quien consoló el corazón de ese padre diciéndole:

“No temas; cree solamente, y será salva.

“Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.

“Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme.

“…[y] tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha, levántate.

“Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer” 3 .

Jesús demostró paciencia y amor a todos los que acudían a Él con enfermedades físicas, emocionales y espirituales, o sintiéndose desanimados y oprimidos.

Para seguir el ejemplo del Salvador, debemos mirar a nuestro alrededor y ayudar, levantar y animar a seguir adelante en el viaje hacia la vida eterna a las ovejas que enfrentan las mismas circunstancias.

Hoy esa necesidad es tan grande o quizás más grande que cuando el Salvador anduvo en la tierra. Como pastores, hay que entender que el objetivo de todo lo que hacemos en esta Iglesia es nutrir a cada oveja para llevarla a Cristo.

Toda actividad, reunión o programa debe concentrarse en ese objetivo. Al ser sensibles a las necesidades de los demás, podemos fortalecerlos y ayudarles a superar sus desafíos para que sigan firmes en el camino que los llevará de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial y les ayudará a perseverar hasta el fin.

El Evangelio de Jesucristo no se concentra en los programas, sino en las personas. A veces, con la prisa por cumplir con nuestras responsabilidades, nos concentramos en los programas en lugar de las personas, y no atendemos sus necesidades. Cuando esas cosas ocurren, perdemos la perspectiva de nuestro llamamiento, desatendemos a las personas y evitamos que alcancen su potencial divino de vida eterna. Seguir leyendo

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La brújula del Señor

Conferencia General Octubre 2005
La brújula del Señor
Élder Lowell M. Snow
De los Setenta

Los profetas y los apóstoles, a lo largo de las épocas, constituyen la brújula del Señor para nosotros. La guía que Él nos da a través de ellos es sencilla.

Lowell M. Snow

Hermanos y hermanas, al estar aquí sentado, sentí un gran deseo de expresarles mi amor y de asegurar a todos los que me escuchan que nuestro Padre Celestial les ama. En nombre de las Autoridades Generales, les expreso nuestra gratitud por estar dispuestos a venir el día de hoy para ser nutridos por la buena palabra de Dios.

Disfruto de las caminatas por las montañas y, al andar por esos remotos lugares, a menudo utilizo una brújula, leo los mapas y los letreros para que me guíen a donde deseo llegar. Esas herramientas son muy útiles y de un valor incalculable al encontrarme con caminos y senderos desconocidos que van hacia todo rumbo.

La vida está llena de caminos y senderos que se cruzan. Existen tantos caminos que seguir y tantas voces que claman “¡He aquí!” o “He allí” 1 . Hay tanta variedad y cantidad de medios de comunicación que anegan nuestro espacio personal; la mayoría de ellos intentan guiarnos por el ancho sendero por el que viaja tanta gente.

Al meditar para saber cuál de esas voces hay que seguir o cuál de los caminos es el correcto, alguna vez se han hecho la pregunta, al igual que lo hizo José Smith: “¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todas esas [voces y sendas] tiene razón; o están todas en error? Si una de ellas es la correcta, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?” 2 . Comparto con ustedes mi testimonio de que Jesucristo continúa mostrando el sendero, guiando el camino y señalando cada etapa de nuestro viaje. Su sendero es estrecho y angosto y nos guía hacia la luz, hacia la vida y hacia la eternidad 3 . Permítanme darles un ejemplo de las Escrituras.

Ante el mandato del Señor, Lehi y sus hijos salieron de Jerusalén y comenzaron un viaje heroico hacia la tierra de promisión. Después de haber acampado durante una temporada en un valle a la orilla de un río, el Señor le dijo a Lehi una noche que había llegado el momento de continuar su viaje por el desierto. Con tanto en qué pensar, al salir de su tienda a la mañana siguiente, para su gran asombro, encontró delante de él, en el suelo, un objeto que sólo la mano de Dios pudo haber colocado allí. Era una brújula, llamada Liahona en su idioma, y sus agujas se habían diseñado para guiarlos en su viaje, lo que les permitía seguir un rumbo hacia los parajes más fértiles de su ruta donde podrían prosperar y permanecer seguros. Pero eso no era todo; en la brújula aparecía una escritura que era sencilla y fácil de leer y cambiaba de cuando en cuando, para darle a la familia mayor conocimiento con respecto a las vías del Señor 4 .

Durante su viaje, esta Liahona o brújula fue de gran valor al ayudar a la familia de Lehi a prosperar y finalmente llegar a destino. Pero es importante señalar que Nefi observó que la brújula funcionaba sólo de acuerdo con la fe, con la diligencia y con la atención que le daban. Al referirse a esa maravillosa ayuda que los guió por el desierto, Nefi señaló: “Y así vemos que por pequeños medios el Señor puede realizar grandes cosas” 5 . Seguir leyendo

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Los convenios del Evangelio nos traen las bendiciones prometidas

Conferencia General Octubre 2005
Los convenios del Evangelio nos traen las bendiciones prometidas
Élder Paul E. Koelliker
De los Setenta

Si guardamos los convenios del Evangelio, todas las pruebas momentáneas de la vida pueden vencerse.

Paul E. Koelliker

Hoy deseo expresar mis profundos sentimientos de reverencia y amor hacia nuestro Padre Celestial; Su Hijo, el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo. Testifico, además, del llamamiento sagrado del presidente Gordon B. Hinckley como Profeta, Vidente y Revelador del Señor. Lo apoyo con todo mi corazón y energía.

Estoy agradecido por el convenio del matrimonio en el templo a una bondadosa compañera eterna a quien amo y valoro. Ella constantemente da el ejemplo de servicio generoso a los necesitados. Nuestro matrimonio ha sido bendecido con hijos y nietos fieles y llenos de energía que nos han enseñado mucho y siguen haciéndolo.

Me siento especialmente bendecido porque mi hermano, mis hermanas y yo nacimos de padres rectos que han permanecido fieles a sus convenios del templo y que de buena gana lo han sacrificado todo para que estemos firmemente dedicados al plan de nuestro Padre Celestial. A mi madre angelical, tan sólo puedo darle las gracias por mantener fuertes en nuestra vida la cadena del amor y de las ordenanzas del Evangelio.

He mencionado esta sagrada relación por motivo de la felicidad que siento al saber que existe un convenio vinculante con cada uno de ellos al ser sellados en el santo templo. Agradezco profundamente el saber que, sin importar las dificultades que aún nos aguardan, existe la esperanza y la confianza al saber que si guardamos los convenios del Evangelio, todas las pruebas momentáneas de la vida pueden vencerse. En las Escrituras se nos enseña que al final todo estará bien si somos fieles a nuestros convenios. El rey Benjamín enseñó:

“…a causa del convenio que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo…

“…por tanto, quisiera que tomaseis sobre vosotros el nombre de Cristo, todos vosotros que habéis hecho convenio con Dios de ser obedientes hasta el fin de vuestras vidas.

“Y sucederá que quien hiciere esto, se hallará a la diestra de Dios…” (Mosíah 5:7–9).

El prestar cuidadosa atención al hecho de hacer convenios es de suma importancia para nuestra salvación eterna. Los convenios son acuerdos que hacemos con nuestro Padre Celestial en los que dedicamos nuestro corazón, nuestra mente y nuestra conducta para guardar los mandamientos definidos por el Señor. Si somos fieles en guardar nuestro acuerdo, Él hace un convenio o una promesa de bendecirnos, al final, con todo lo que Él posee.

En el Antiguo Testamento se nos enseña el modelo de convenios del Señor en la experiencia que tuvo Noé con el mundo malvado y el plan del Señor para limpiar la tierra. A causa del compromiso firme y fiel de Noé, el Señor le dijo: Seguir leyendo

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El sacrificio es un gozo y una bendición

Conferencia General Octubre 2005
El sacrificio es un gozo y una bendición
Élder Won Yong Ko
De los Setenta

Ruego que todos lleguemos a ser santos, que estemos dispuestos a sacrificar y a ser merecedores de las bendiciones especiales del Señor.

Won Yong Ko

Hermanos y hermanas, buenas tardes. El profeta José Smith enseñó que “una religión que no requiera el sacrificio de todas las cosas jamás tendrá el poder suficiente para producir la fe necesaria para vida y salvación” (“La ley de sacrificio”, Liahona, marzo de 2002, pág. 12). Si resumimos la historia de las Escrituras, podemos decir que es la historia del sacrificio.

En las Escrituras encontramos ejemplos maravillosos de aquellos que sacrificaron su vida a fin de guardar su fe y su testimonio. Un ejemplo es el relato de Alma y Amulek, cuando tuvieron que soportar el dolor de ver que los del pueblo de Ammoníah fueron arrojados al fuego y murieron, y sin embargo guardaron su fe (véase Alma 14:7–13).

También pensamos en Jesucristo, quien condescendió a venir de la presencia de Su Padre a esta tierra e hizo el sacrificio de salvar al mundo, pasando los dolores más grandes que haya soportado persona alguna.

En esta última dispensación del Evangelio, muchos pioneros perdieron la vida e hicieron el sacrificio máximo para guardar la fe.

Es probable que hoy no se nos pida hacer un sacrificio tan grande como el dar la vida, pero vemos muchos ejemplos de santos que hacen dolorosos sacrificios para mantener viva la fe y el testimonio. Tal vez sea más difícil hacer los pequeños sacrificios diarios; por ejemplo, se podrían considerar como pequeños sacrificios el santificar el día de reposo, leer a diario las Escrituras o pagar diezmos, pero esos sacrificios no se pueden hacer con facilidad a menos que nos propongamos y tengamos la determinación de hacer los sacrificios necesarios para guardar esos mandamientos.

Al hacer esos pequeños sacrificios, se nos compensa con más bendiciones del Señor. El rey Benjamín dijo: “Y aún le sois deudores; y lo sois y lo seréis para siempre jamás” (Mosíah 2:24) y, así como lo hizo con su propio pueblo, el rey Benjamín nos anima a fin de que recibamos más bendiciones a medida que sigamos obedeciendo la palabra del Señor.

Creo que la primera bendición que deriva del sacrificio es el gozo que sentimos cuando pagamos el precio. Tal vez el sólo pensar que el sacrificio mismo podría llegar a ser una bendición se convierta en una bendición. Cuando pensemos de esa manera y sintamos gozo, es posible que ya hayamos recibido una bendición.

Hace poco vi esa clase de bendición entre los santos de Corea que participaron en la celebración del cincuentenario de la dedicación de la Iglesia en Corea y el bicentenario del nacimiento de José Smith. Me gustaría relatarles brevemente los sacrificios que hicieron y el gozo y la bendición que recibieron. Seguir leyendo

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Preparativos para la Restauración y la Segunda Venida: “Te cubriré con mi mano”

Conferencia General Octubre 2005
Preparativos para la Restauración y la Segunda Venida: “Te cubriré con mi mano”
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

[La] mano [del Señor] ha estado sobre la obra de la Restauración desde antes de la fundación de este mundo y continuará hasta Su Segunda Venida.

Robert D. Hales

Este año conmemoramos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith. Testificamos al mundo que él fue el profeta de Dios preordenado para llevar a cabo la restauración del Evangelio de Jesucristo. Esto lo hizo bajo la dirección de nuestro Salvador, quien le dijo a un antiguo profeta: “Jehová es mi nombre, y conozco el fin desde el principio; por lo tanto, te cubriré con mi mano” 1 .

Reconozco la mano del Señor en la restauración del Evangelio. Mediante el inspirado sacrificio de los hijos de Dios a través de las edades, se estableció el fundamento de esa Restauración, y el mundo se prepara para la Segunda Venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Su Evangelio se estableció por primera vez en la tierra con Adán y se ha enseñado en cada dispensación por medio de profetas como Enoc, Noé, Abraham, Moisés y otros. Cada uno de esos profetas predijo la venida de Jesucristo para expiar los pecados del mundo, y esas profecías se han cumplido. El Salvador estableció Su Iglesia, llamó a Sus apóstoles y estableció Su sacerdocio, pero lo más importante es que dio Su vida y la volvió a tomar para que todos nos levantáramos de nuevo, llevando a cabo así el sacrificio expiatorio. Pero ése no fue el fin.

Después de Su resurrección, el Salvador dio a Sus apóstoles la responsabilidad de dirigir la Iglesia y administrar las ordenanzas del Evangelio. Fieles a ese mandato, fueron perseguidos y algunos padecieron el martirio. Como resultado, la autoridad del sacerdocio del Señor dejó de estar en la tierra, y el mundo cayó en la oscuridad espiritual. En los siglos posteriores, los hijos de Dios tuvieron la Luz de Cristo, podían orar y podían sentir la influencia del Espíritu Santo, pero la plenitud del Evangelio se había perdido. En la tierra no quedaba nadie que tuviera el poder y la autoridad para dirigir la Iglesia o que efectuara ordenanzas sagradas como el bautismo, el otorgamiento del don del Espíritu Santo y las ordenanzas salvadoras del templo. A casi todas las personas se les negó el acceso a las Escrituras y la mayoría de ellas eran analfabetas.

El primer paso de la restauración del Evangelio fue hacer accesibles las Escrituras a los hijos de Dios y ayudarles a aprender a leerlas. Originalmente, la Biblia se escribió en hebreo y en griego, idiomas desconocidos para la gente común de Europa. Luego, unos 400 años después de la muerte del Salvador, Jerónimo tradujo la Biblia al latín; aún así, las Escrituras no estaban disponibles para un gran número de personas. Las copias había que hacerlas a mano, trabajo que por lo general hacían los monjes, y hacer cada una de ellas llevaba años.

Luego, mediante la influencia del Espíritu Santo, comenzó a crecer en el corazón de las personas el interés por el aprendizaje. Ese renacimiento se esparció por Europa, y a fines del siglo XIV, un sacerdote de nombre John Wiclef inició una traducción de la Biblia del latín al inglés. Debido a que en aquel entonces el inglés era un idioma emergente y poco refinado, los líderes de la Iglesia lo consideraron inapropiado para comunicar la palabra de Dios. Algunos líderes estaban seguros de que si las personas pudiesen leer e interpretar la Biblia ellos mismos, se corrompería la doctrina; otros temían que la gente que tuviera acceso independiente a las Escrituras no necesitaría la Iglesia y cesaría de apoyarla económicamente; por lo tanto, a Wiclef se le acusó de hereje, y se le trató como tal; después de que murió y se le sepultó, desenterraron sus huesos y los quemaron. Pero la obra de Dios no se pudo detener.

Aunque algunos fueron inspirados a traducir la Biblia, otros recibieron inspiración para preparar los medios para publicarla. Para 1455, Juan Gutenberg había inventado la imprenta de tipo móvil, y la Biblia fue uno de los primeros libros que imprimió. Por primera vez fue posible imprimir múltiples copias de las Escrituras a un precio asequible para muchos.

Mientras tanto, la inspiración de Dios también ejerció su influencia en los exploradores. En 1492, Cristóbal Colón se dispuso a encontrar una nueva ruta al Lejano Oriente, guiado por la mano de Dios en su jornada. Él dijo: “Dios me dio la fe y luego el valor” 2 .

Esos inventos y descubrimientos prepararon el camino para otras aportaciones. A principios del siglo XVI, el joven William Tyndale se matriculó en la Universidad de Oxford, donde estudió la obra de la Biblia realizada por el erudito Erasmo, quien creía que las Escrituras eran “el alimento para el alma [del hombre]; y… [que] deben penetrar hasta lo más profundo de [su] corazón y [su] mente” 3 . Por medio de sus estudios, Tyndale adquirió amor por la palabra de Dios y el deseo de que todos los hijos de Dios se deleitaran con dicha palabra. Seguir leyendo

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Jesucristo: El Maestro Sanador

Conferencia General Octubre 2005

Jesucristo: El Maestro Sanador

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La fe, el arrepentimiento, el bautismo, el testimonio y la conversión perdurable conducen al poder sanador del Señor.

Mis amados hermanos y hermanas, saludos afectuosos a todos ustedes. De parte de las Autoridades Generales, les expreso gratitud por su integridad, por sus muchos y generosos actos de bondad, así como por sus oraciones e influencia sustentadora en nuestra vida. Nuestros retos son como los de ustedes. Todos estamos sujetos al pesar y al sufrimiento, a las enfermedades y a la muerte. A través de los tiempos buenos y de los tiempos difíciles, el Señor espera que cada uno de nosotros persevere hasta el fin. Al paso que todos avanzamos juntos en Su sagrada obra, las Autoridades Generales comprenden la importancia de su interés por nosotros que con tanto amor nos brindan y que con tanta gratitud recibimos. Los amamos y oramos por ustedes, así como ustedes oran por nosotros.

Expreso gratitud especial al Señor Jesucristo. Estoy agradecido por Su amorosa bondad y por su manifiesta invitación a venir a Él 1 . Me maravillo de Su incomparable poder para sanar. Doy testimonio de que Jesucristo es el Maestro Sanador. Y ése no es sino uno de los muchos atributos que caracterizaron Su vida excepcional.

Jesús es el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, el Creador, el gran Jehová, el prometido Emanuel, nuestro expiatorio Salvador y Redentor, nuestro abogado para con el Padre, nuestro gran Ejemplo. Y un día compareceremos ante Él que es nuestro justo y misericordioso Juez 2 .

Milagros de sanidad

En calidad de Maestro Sanador, Jesús dijo a Sus amigos: “Id, haced saber… lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, [y] los muertos son resucitados” 3 .

En los libros de Mateo 4 , Marcos 5 , Lucas 6 y Juan 7 se relata reiteradamente que Jesús anduvo predicando el Evangelio y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Cuando el Redentor resucitado apareció a los antiguos habitantes de América, misericordiosamente invitó a los que estuviesen “afligidos de manera alguna” 8 a ir a Él para sanarlos.

Prodigiosamente, Su divina autoridad para sanar a los enfermos fue conferida a dignos poseedores del sacerdocio en dispensaciones anteriores 9 y de nuevo en éstos, los últimos días, en los que Su Evangelio ha sido restaurado en su plenitud 10 .

La influencia de la oración en la sanidad

También tenemos acceso a Su poder sanador por medio de la oración. Jamás olvidaré la experiencia que vivimos mi esposa y yo hace ya tres décadas con el presidente Spencer W. Kimball y su amada esposa Camilla. Nos encontrábamos en Hamilton, Nueva Zelanda, para asistir a una gran conferencia con los santos. Yo no era Autoridad General en aquel tiempo y se me había invitado a participar tanto en ésa como en otras reuniones por el estilo en otras islas del sur del Pacífico mientras era el presidente general de la Escuela Dominical. Y, en calidad de doctor en medicina, atendí al presidente Kimball y a su esposa durante muchos años. Los conocí a los dos muy bien, por dentro y por fuera.

Para esa conferencia, la juventud local de la Iglesia había preparado un programa cultural especial para el sábado al atardecer. Lamentablemente, tanto el presidente Kimball como su esposa se pusieron muy enfermos con una fiebre muy alta. Tras haber recibido bendiciones del sacerdocio, se quedaron a descansar en la cercana casa del presidente del Templo de Nueva Zelanda. El presidente Kimball le pidió a su consejero, el presidente N. Eldon Tanner, que presidiera el espectáculo cultural y pidiese las correspondientes disculpas por la ausencia del presidente Kimball y de su esposa.

Mi esposa fue a la representación con el presidente Tanner y su esposa, y el secretario del presidente Kimball, el hermano D. Arthur Haycock, y yo nos quedamos cuidando de nuestros afiebrados amigos.

Mientras el presidente Kimball dormía, yo leía sin hacer ruido en su habitación. De pronto, el presidente Kimball se despertó y me preguntó: “Hermano Nelson, ¿a qué hora comenzaba el programa de esta noche?”

“A las siete, presidente Kimball”.

“¿Y qué hora es?”

“Casi las siete”, le contesté.

El presidente Kimball se apresuró a decirme: “¡Dígale a la hermana Kimball que iremos!”.

Le tomé la temperatura al presidente Kimball, ¡y la tenía normal! Le tomé la temperatura a la hermana Kimball, ¡y también la tenía normal!

Se vistieron rápidamente y subimos a un automóvil en el que se nos condujo al estadio del Colegio Universitario de la Iglesia de Nueva Zelanda. Al entrar el vehículo en el estadio, el público estalló en una muy fuerte y espontánea ovación. ¡Fue algo muy fuera de lo normal! Tras haber ocupado nuestros asientos, le pregunté a mi esposa a qué se había debido aquella repentina ovación. Me dijo que, cuando el presidente Tanner dio comienzo a la reunión, había pedido las correspondientes disculpas por la ausencia del presidente Kimball y su esposa debido a que se habían puesto enfermos. En seguida, se le pidió a uno de los jóvenes neozelandeses que diese la primera oración.

Con gran fe, dio lo que mi esposa describió como una oración más bien larga pero potente, en la que dijo: “Nos encontramos aquí tres mil jóvenes neozelandeses, tras habernos preparado durante seis meses para cantar y bailar para Tu profeta. ¡Te imploramos que le sanes para que llegue hasta aquí!”. Después de que todos dijeron “amén”, entró en el estadio el automóvil en el que llevaban al presidente Kimball y a su esposa. ¡Los reconocieron de inmediato e instantáneamente les dieron una ovación! 11 . Seguir leyendo

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El perdón

Conferencia General Ocyubre 2005
El perdón
Presidente Gordon B. Hinckley

De alguna manera, el perdón, acompañado del amor y de la tolerancia, logra milagros que no podrían acontecer de ninguna otra forma.

Gordon B. Hinckley

Mis queridos hermanos y hermanas, agradezco a mi Padre Celestial el haberme prolongado la vida a fin de ser parte de estos tiempos tan desafiantes. Le agradezco la oportunidad de prestar servicio; no tengo ninguna otra intención que no sea la de hacer todo cuanto esté de mi parte para contribuir al progreso de la obra del Señor, para servir a Sus fieles hijos y para vivir en paz con mis semejantes.

Recientemente hice un viaje de más de 40.000 kilómetros alrededor del mundo. Visité Alaska, Rusia, Corea, Taiwan, Hong Kong, India, Kenia y Nigeria, lugar, este último, en el cual dedicamos un nuevo templo. Después, dedicamos el Templo de Newport Beach, California. Hace poco he regresado de Samoa, tras la dedicación de otro templo, para lo cual recorrimos 16.000 kilómetros más. Si bien no me gusta viajar, tengo el deseo de visitar a los de nuestro pueblo, expresarles nuestro agradecimiento, darles ánimo y darles mi testimonio de la divinidad de la obra del Señor.

A menudo pienso en un poema que leí hace mucho tiempo y que dice:

Quiero vivir en una casa al costado del camino
por donde los hombres corren su maratón;
los hombres que son buenos y aquellos que son malos,
tan buenos y tan malos como lo soy yo.
No me sentaré en la silla del burlón
ni con cinismo los veré pasar.
Quiero vivir en una casa al costado del camino
y a esos hombres mi amistad brindar.
(Sam Walter Foss, “The House by the Side of the Road”, en James Dalton Morrison, editor, Masterpieces of Religious Verse, 1948, pág. 422.)

Así es como yo me siento.

La edad produce cambios en el hombre, le hace sentir una mayor necesidad de ser tierno, bondadoso y tolerante. El anciano anhela y ruega que los hombres puedan vivir juntos en paz, sin guerras, ni contención, ni querellas ni conflictos. Cada vez se percata más del significado de la gran expiación del Redentor, de la magnitud de Su sacrificio y se incrementa más su gratitud hacia el Hijo de Dios, quien dio Su vida para que nosotros pudiéramos vivir.

Quisiera hablar hoy sobre el perdón. Creo que ésta tal vez sea la mayor virtud que haya sobre la tierra y, por cierto, la más necesaria. Nos rodea tanta maldad y maltrato, tanta intolerancia y odio; es enorme la necesidad que hay de arrepentimiento y de perdón. Es el gran principio que se recalca en las Escrituras, tanto antiguas como modernas.

No hay en todas nuestras sagradas Escrituras relato más hermoso sobre el perdón que el del hijo pródigo, el cual se encuentra en el capítulo 15 de Lucas. Todos debiéramos leerlo de vez en cuando y meditar sobre él.

“Y cuando [el hijo pródigo] todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

“Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

“Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

“Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

“Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lucas 15:14–21).

Y el padre pidió que se hiciera una gran fiesta y cuando su otro hijo se quejó, él le dijo: “…era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (vers. 32). Seguir leyendo

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La verdad restaurada

Conferencia General Octubre 2005
La verdad restaurada
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El plan de salvación y felicidad del Padre… te ayudará a vencer todo desafío que se presente en tu vida.

Elder Richard G. Scott

Como resultado del aumento de desastres causados por la naturaleza y por el hombre, vemos a nuestro alrededor el deseo cada vez mayor que se ha manifestado por todo el mundo de obtener dirección espiritual. Ese anhelo por conseguir guía espiritual es consecuencia del ser hijos de un Padre Celestial divino. Es normal que al afrontar dificultades acudamos a nuestro Creador para pedir ayuda. Nuestro amoroso Padre Celestial sabía que el deterioro de las condiciones del mundo, los graves problemas personales y los desastres llevarían a Sus hijos a buscar Su sustento espiritual; el reto es cómo encontrarlo.

En la vida preterrenal, vivíamos en la presencia de Dios, nuestro Santo Padre y Su Amado Hijo Jesucristo. Allí obtuvimos el conocimiento del plan de salvación de nuestro Padre y de la promesa de que se nos ayudaría cuando naciéramos como seres mortales en la tierra. Se explicó el propósito principal de la vida, y se nos dijo:

“…haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar;

“y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;

“y a los que guarden su primer estado [o sea, ser obedientes en la vida preterrenal] les será añadido… y a quienes guarden su segundo estado [o sea, ser obedientes durante la vida terrenal], les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás 1 ”.

Esas palabras expresan el propósito más fundamental de tu existencia en la tierra. Ese propósito es demostrar que eres obediente a los mandamientos del Señor y de ese modo progresar en entendimiento, capacidad y en todo atributo digno. Es recibir toda ordenanza requerida, y hacer y guardar todo convenio necesario. Es organizar y criar una familia. Esa experiencia vivida contiene períodos de pruebas y de felicidad con el propósito de regresar triunfantes al haber afrontado los problemas y aprovechado bien las oportunidades de la vida terrenal para recibir las bendiciones gloriosas prometidas como recompensa a esa obediencia.

Con el fin de que ese período de prueba y progreso terrenales rindiera su más grande beneficio, se te enseñó y se te preparó para las circunstancias que individualmente encontrarías en la vida terrenal. Se te explicó el modelo de nuestro Padre para guiarte a lo largo de tu vida terrenal. De entre los hijos espirituales más valientes y obedientes, Él elegiría profetas y otros siervos autorizados para que poseyeran Su sacerdocio, para que se les enseñara Su verdad y para que fuesen guiados con el fin de expandir esa verdad entre Sus hijos sobre la tierra. Dios daría a cada hijo el albedrío moral, el derecho de escoger Su consejo o de hacer caso omiso de él. A todos se les alentaría a obedecer pero no se les obligaría a hacerlo. Tú comprendiste que aun cuando podías elegir tu camino sobre la tierra, no podrías determinar las consecuencias de tus elecciones. Eso se decidiría mediante la ley eterna.

Si una persona vivía para hacerse acreedora de todas las ricas bendiciones prometidas, pero por razones ajenas a su voluntad no pudiera obtenerlas en la tierra, habría una oportunidad compensatoria en la vida venidera; tu recuerdo de la vida preterrenal sería borrado de tu mente para asegurar que fuera una prueba válida, pero se te daría guía para mostrarte cómo debías comportarte. El plan de nuestro Padre para obtener la salvación en esta vida, con la oportunidad de regresar a Él, se llamaría el Evangelio de Jesucristo.

Desde antes de la creación de esta tierra, hubo una rebelión contra el plan del Padre, instigada por un espíritu brillante pero malvado al que conocemos como Lucifer o Satanás. Él propuso una modificación a los requisitos y fue tan convincente su argumento que la tercera parte de los hijos espirituales del Padre siguieron a Satanás y fueron expulsados. Ellos perdieron la oportunidad extraordinaria de progresar y la ventaja fundamental de tener un cuerpo mortal. Seguir leyendo

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Mi alma se deleita en las Escrituras

Conferencia General Octubre 2005
Mi alma se deleita en las Escrituras
Cheryl C. Lant
Presidenta General de la Primaria

No hay absolutamente nada más importante que podamos hacer por nuestras familias que fortalecerlas en las Escrituras.

Cheryl C. Lant

Nuestro amado Profeta nos ha pedido recientemente leer el Libro de Mormón para fin de año. Al aceptar esa invitación, he descubierto en ese libro cosas nuevas e interesantes, a pesar de que lo he leído muchas veces. Por ejemplo, volví a descubrir 2 Nefi 4:15, que dice: “Porque mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos”.

En este pasaje se nos enseña la manera de leer el Libro de Mormón y se mencionan tres ideas importantes.

Primero: “Mi alma se deleita”. ¡Me encanta esa frase! Al leer las Escrituras he pensado en tener hambre y sed de conocimiento, pero el deleitarse en ellas es algo diferente. He descubierto que el provecho que saque de las Escrituras está relacionado con la forma en que yo me prepare. Cada vez que las leo, en cierto sentido llevo a esa experiencia a una nueva persona, con otro punto de vista. La etapa de la vida en la que me encuentre, las experiencias por las que esté pasando y mi actitud, todas esas cosas determinan el provecho que sacaré de ellas. Amo las Escrituras; atesoro las verdades que descubro al leerlas. El corazón se me llena de gozo al recibir aliento, dirección, consuelo, fortaleza y respuesta a mis necesidades. Cada vez que las leo, la vida parece ser más brillante y el sendero se despeja delante de mí. Recibo la seguridad del amor y de la preocupación que mi Padre Celestial siente por mí. Eso es en verdad un deleite para mí. Como dijo un niñito de la clase de Rayitos de Sol: “¡Las Escrituras me hacen feliz!”.

Segundo: “Mi corazón las medita”. ¡Me encanta llevar las Escrituras en mi corazón! Allí descansa el espíritu de lo que he leído para traerme paz y consuelo. El conocimiento que he logrado me brinda guía y dirección; siento la confianza que nace de la obediencia.

A veces disfruto el lujo de enfrascarme totalmente en las Escrituras; a veces las leo a ratos; no obstante, no parece importar dónde o cuándo las lea; ya que aún las puedo llevar en mi corazón. He descubierto que al leerlas por la mañana me permite llevar la influencia del Espíritu a lo largo del día. Cuando las leo al mediodía, se debe por lo general a que una necesidad me ha llevado al punto en el que puedo encontrar respuestas y guía que influyen en mis decisiones y acciones. Cuando las leo por la noche, los dulces y reconfortantes mensajes del Señor persisten en mi subconsciente mientras descanso. Muchas veces despierto durante la noche con ideas o pensamientos que tienen su origen en las palabras que leí antes de quedarme dormida. Mi mente podrá ir a muchos lugares durante el día, pero mi corazón abraza firmemente las palabras del Señor que se encuentran en las Escrituras y “las medita”. Seguir leyendo

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Un modelo para todos

Conferencia General Octubre 2005
Un modelo para todos
Élder Merrill J. Bateman
De la Presidencia de los Setenta

El Evangelio restaurado de Jesucristo es un modelo para todos… Son las buenas nuevas, la doctrina eterna y los poderes expiatorios del Señor Jesucristo.

Merrill J. Bateman

Hace poco, un participante de un programa de radio puso en tela de juicio el atractivo internacional de la Iglesia, considerando sus orígenes en Nueva York, su sede en Utah y el relato del Libro de Mormón sobre un antiguo pueblo americano. Al pensar en mis amistades de Asia, de África, de Europa y de otras partes del mundo, era obvio que la persona que hablaba de ese tema no comprendía la naturaleza universal del Evangelio restaurado ni la forma en que sus ordenanzas, convenios y bendiciones atañen a todas las personas. La relevancia mundial de la Primera Visión del profeta José Smith y del Libro de Mormón no se mide por la ubicación, sino por su mensaje en cuanto a la relación del hombre con Dios, el amor del Padre por Sus hijos y el potencial divino de todo ser humano.

El llamado profético a través de las edades ha sido “Venid a Cristo, y perfeccionaos en él” (Moroni 10:32; véase también Mateo 5:48; Juan 10:10; 14:6) que la salvación es por medio del unigénito Hijo del Padre (véase Juan 1:14, 18; D. y C. 29:42). El llamado es universal y atañe a todos los hijos de Dios ya sean africanos, asiáticos, europeos o de cualquier otra nacionalidad. Como el apóstol Pablo les declaró a los atenienses, todos somos “linaje de Dios” (Hechos 17:29).

El plan de vida del Padre, con su enfoque principal en la expiación de Cristo, se preparó antes de la fundación del mundo (véase Abraham 3:22–28; Alma 13:3); le fue dado a Adán y a Eva y se les mandó que lo enseñaran a sus hijos (véase Moisés 5:6–12). Con el tiempo, la posteridad de Adán rechazó el Evangelio, pero fue renovado por medio de Noé y posteriormente por medio de Abraham (véase Éxodo 6:2–4; Gálatas 3:6–9). El Evangelio se ofreció a los israelitas en la época de Moisés, pero se requirió una ley más dura y estricta para llevarlos a Cristo, debido a los siglos que habían pasado en la apostasía (véase Éxodo 19:5–6; D. y C. 84:19–24). Finalmente, el Salvador mismo le restauró a Israel la plenitud del Evangelio en el meridiano de los tiempos. Seguir leyendo

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En el monte de Sión

Conferencia General Octubre 2005
En el monte de Sión
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Toda alma que se afilie a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y procure obedecer sus principios y ordenanzas está en el monte de Sión, cuidado por el amor del Señor.

President Boyd K. Packer

He vivido mucho tiempo y he observado la forma en que las normas de las que debe depender la civilización para su supervivencia se han ido descartando, una por una.

Vivimos en una época en que las antiguas normas de moralidad, de matrimonio, del hogar y de la familia sufren una tras otra la derrota en los tribunales y en los consejos, en los parlamentos y en las salas de clase. Nuestra felicidad depende precisamente de que vivamos esas normas.

El apóstol Pablo profetizó que en nuestra época, en estos días postreros, las personas serían “desobedientes a los padres… sin afecto natural… aborrecedores de lo bueno… amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:2–4).

Advirtió también que “los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados” (2 Timoteo 3:13). Y tenía razón. Sin embargo, cuando pienso en el futuro, me invade un sentimiento de gran optimismo.

Pablo dijo al joven Timoteo que continuara en aquello que había aprendido de los Apóstoles, y que estaría a salvo porque “desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15).

Es importante tener conocimiento de las Escrituras, porque de ellas aprendemos sobre la guía espiritual.

He oído decir: “De buena gana hubiera soportado persecuciones y pruebas si hubiera vivido durante los primeros días de la Iglesia, cuando había un fluir continuo de revelación que se publicaba como Escritura. ¿Por qué no sucede ahora lo mismo?”

Las revelaciones que se recibieron por el profeta José Smith y se imprimieron como Escritura pusieron el fundamento permanente de la Iglesia por medio del cual el Evangelio de Jesucristo podía ir “a toda nación” (2 Nefi 26:13) 1 .

Las Escrituras definen los oficios respectivos del Profeta y del Presidente y de sus Consejeros, del Quórum de los Doce Apóstoles, de los Quórumes de los Setenta, del Obispado Presidente y de las estacas, los barrios y las ramas; asimismo, definen los oficios de los Sacerdocios Aarónico y de Melquisedec; y establecen los medios para que la inspiración y la revelación fluyan hacia los líderes, los maestros, los padres y toda persona.

Ahora, la oposición y las pruebas son diferentes, si es posible, más intensas, más peligrosas que las de los primeros días, y se enfocan no tanto en la Iglesia sino en nosotros, las personas. Las primeras revelaciones, publicadas como Escritura para guía permanente de la Iglesia, definen las ordenanzas y los convenios, y todavía están en vigencia.

Una de esas Escrituras promete esto: “…si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30).

Permítanme decirles lo que se ha hecho para prepararnos. Tal vez entonces comprendan por qué no temo al futuro, por qué tengo esos sentimientos positivos de confianza.

No me es posible describir con detalles o ni siquiera mencionar todo lo que la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles han hecho en años recientes. En eso se ve la revelación continua, que está a disposición de la Iglesia y de los miembros individualmente. Describiré algunas cosas.

Hace más de cuarenta años se decidió poner a disposición de los miembros la doctrina de la Iglesia de manera más fácil y rápida; con ese fin, se preparó una edición [en inglés] de las Escrituras para los Santos de los Últimos Días, pusimos referencias correlacionadas de la versión del rey Santiago de la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. El texto de la Biblia se dejó tal como estaba.

Hace muchos siglos se hizo obra preparatoria para nuestros días. El noventa por ciento de la versión del rey Santiago de la Biblia [en inglés] sigue tal como fue traducida por William Tyndale y John Wiclef. Es mucho lo que debemos a esos primeros traductores, a esos mártires.

William Tyndale dijo: “Haré que el muchacho que ara la tierra sepa más de las Escrituras que [el clérigo]” 2 .

Alma había salido de grandes pruebas y se enfrentaba con otras aún mayores. El registro hace constar: “Y como la predicación de la palabra tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo —sí, había surtido un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa que les había acontecido— por tanto, Alma consideró prudente que pusieran a prueba la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5).

Eso es exactamente lo que pensamos cuando comenzamos con el proyecto de las Escrituras: que todo miembro de la Iglesia pudiera entenderlas y comprender los principios y las doctrinas que se encuentran en ellas. En nuestra época, hemos decidido hacer lo mismo que hicieron Tyndale y Wiclef en la suya. Seguir leyendo

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El profeta José Smith: Maestro mediante el ejemplo

Conferencia General Octubre 2005
El profeta José Smith: Maestro mediante el ejemplo
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Ruego que incorporemos a nuestra propia vida los principios divinos que él tan bellamente enseñó —mediante el ejemplo— para que vivamos en forma más completa el Evangelio de Jesucristo.

Thomas S. Monson

Mis hermanos y hermanas, en este año del bicentenario del nacimiento de nuestro amado profeta José Smith, me gustaría hablar sobre él.

El 23 de diciembre de 1805, nació José Smith en Sharon, Vermont, y fueron sus padres Joseph Smith, Sr., y Lucy Mack Smith. El día de su nacimiento, al contemplar los orgullosos padres a su hijo recién nacido, no se hubieran podido imaginar el profundo impacto que ese niño produciría en el mundo. Un espíritu escogido había venido a morar en su tabernáculo terrenal; él ha influido en nuestra vida y nos ha enseñado, mediante su propio ejemplo, lecciones fundamentales. En esta ocasión, me gustaría mencionarles algunas de ellas.

Cuando José tenía unos seis o siete años de edad, él y sus hermanos y hermanas contrajeron la fiebre tifoidea. Al paso que los otros se recuperaron sin dificultades, José quedó con una dolorosa herida en la pierna. Los médicos, valiéndose de la mejor medicina con que contaban, le pusieron en tratamiento, pero la herida no sanó, y dijeron que, para salvar la vida del niño, tendrían que amputarle la pierna. Felizmente, poco después, los médicos volvieron a casa de los Smith para hacerles saber que había un nuevo procedimiento que podría salvarle la pierna a José. Puesto que deseaban operarlo de inmediato, habían llevado un trozo de cuerda para amarrar a José a la cama a fin de que no se moviera, debido a que no tenían nada con qué aplacarle el dolor. Pero el pequeño José, les dijo: “No tienen que amarrarme”.

Los médicos sugirieron que tomara algo de licor o de vino para que el dolor no le resultara tan intenso. “No”, replicó el pequeño José, “si mi padre se sienta en la cama y me sostiene entre sus brazos, yo haré lo que sea necesario”. Joseph Smith, Sr., sostuvo en sus brazos a su pequeño de seis años, y los médicos le extrajeron el trozo de hueso infectado. Aunque José quedó cojo durante algún tiempo, por fin sanó 1 . Tanto a esa temprana edad como en incontables otras ocasiones a lo largo de su vida, José Smith nos enseñó una lección de valor mediante el ejemplo.

Antes de que José cumpliera los quince años, su familia se mudó a Manchester, Nueva York. Más adelante, él describió el gran renacer religioso que en aquel tiempo se manifestó en todas partes y que era de gran interés para casi todas las personas. El mismo José deseó saber a qué iglesia debía unirse. En su historia, escribió:

“…a menudo me decía a mí mismo… ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?

“Agobiado bajo el peso de las graves dificultades que provocaban las contiendas de estos grupos religiosos, un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” 2 .

José dijo que comprendió que tendría que poner a prueba lo dicho por el Señor y preguntarle directamente a Él o exponerse a permanecer en las tinieblas para siempre. Temprano una mañana, se dirigió a una arboleda, actualmente denominada “Sagrada”, y se arrodilló a orar, teniendo fe en que Dios le daría el conocimiento que con tanto fervor buscaba. Dos personajes aparecieron a José: el Padre y el Hijo, y se le dijo, en respuesta a su pregunta, que no debía unirse a ninguna de la iglesias, porque ninguna de ellas era verdadera. El profeta José Smith nos enseñó el principio de la fe mediante el ejemplo. La sencilla oración de fe que elevó aquella mañana de la primavera de 1820 originó esta obra maravillosa que continúa hoy en día por todo el mundo.

Pocos días después de su oración en la Arboleda Sagrada, José Smith le relató la visión que había tenido a un clérigo que conocía. Para gran sorpresa de su parte, éste trató su narración con “desprecio” y “fue la causa de una fuerte persecución, cada vez mayor”. Sin embargo, José no flaqueó. Posteriormente escribió: “Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto… Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo” 3 . A pesar del maltrato físico y mental que recibió de sus oponentes, el profeta José Smith sobrellevó las aflicciones a lo largo del resto de su vida y nunca flaqueó. Nos enseñó la honradez mediante el ejemplo.

Después de aquella extraordinaria Primera Visión, el profeta José no recibió ninguna comunicación divina durante tres años. No obstante, no conjeturó, no cuestionó ni dudó del Señor, sino que esperó con paciencia. Así nos enseñó la celestial virtud de la paciencia mediante el ejemplo.

Después de las visitas del ángel Moroni al joven José y después de haber éste recibido las planchas, José comenzó la difícil tarea de la traducción. Uno no puede menos que imaginar la dedicación, la devoción y el trabajo que supuso traducir en menos de noventa días ese registro de más de quinientas páginas y que abarcaba un periodo de 2.600 años. Me gustan las palabras con las que Oliver Cowdery describió el tiempo que pasó ayudando a José en la traducción del Libro de Mormón: “Estos fueron días inolvidables: ¡Estar sentado oyendo el son de una voz dictada por la inspiración del cielo despertó la más profunda gratitud en este pecho!” 4 . El profeta José Smith nos enseñó acerca de la diligencia mediante el ejemplo.

Como sabemos, el profeta José Smith envió misioneros a predicar el Evangelio restaurado. Él mismo sirvió en una misión en el norte de Nueva York y en Canadá con Sidney Rigdon; no sólo inspiraba a los demás a ofrecerse de voluntarios para ir al campo misional, sino que también enseñó la importancia de la obra misional mediante el ejemplo. Seguir leyendo

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“Si estáis preparados, no temeréis”

Conferencia General Octubre 2005
“Si estáis preparados, no temeréis”
Presidente Gordon B. Hinckley

Podemos vivir de tal manera que podamos suplicar al Señor Su protección y guía… No podemos esperar recibir Su ayuda si no estamos dispuestos a guardar Sus mandamientos.

Gordon B. Hinckley

Mis amados hermanos del sacerdocio, dondequiera que se encuentren en este amplio mundo, ¡qué grupo tan enorme han llegado a ser!, hombres y jovencitos de toda raza y pueblo, siendo todos parte de la familia de Dios.

¡Cuán sumamente valioso es el don que nos ha dado el Señor!; nos ha otorgado una parte de lo que es Su autoridad divina, el sacerdocio eterno, el poder mediante el cual Él lleva a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. Se deduce que cuando mucho se nos ha dado, mucho se requiere de nosotros (véase Lucas 12:48; D. y C. 82:3).

Sé que no somos hombres perfectos; conocemos el camino perfecto, pero no siempre actuamos de acuerdo con ese conocimiento. Pero creo que, en general, nos esforzamos; hacemos el esfuerzo por ser la clase de hombres que nuestro Padre desea que seamos. Ése es un objetivo sumamente elevado, y felicito a todos los que se estén esforzando por lograrlo. Ruego que el Señor los bendiga al buscar vivir de manera ejemplar en todo concepto.

Ahora bien, como todos sabemos, la región de los estados del Golfo de México hace poco ha sufrido de manera terrible a causa de la furia del viento y de las aguas. Muchos han perdido todo lo que tenían. Los daños han sido astronómicos; literalmente millones de personas han sido afectadas. El temor y la preocupación se han apoderado del corazón de muchos; se han perdido vidas.

A consecuencia de todo eso, se ha visto un enorme ofrecimiento de ayuda; los corazones se han enternecido y se han abierto las puertas de los hogares. A los críticos les encanta hablar en cuanto a las fallas del cristianismo. Esas personas deberían echar un vistazo a lo que las Iglesias han hecho en estas circunstancias. Los miembros de muchas religiones han logrado maravillas, y, sin quedarse atrás, entre ellas ha estado nuestra propia Iglesia. Grupos numerosos de nuestros hermanos han viajado distancias considerables, llevando consigo herramientas, tiendas de campaña y radiante esperanza. Los hermanos del sacerdocio han brindado miles y miles de horas de trabajo de rehabilitación; ha habido entre tres y cuatro mil trabajando a la vez. Algunos de ellos se encuentran con nosotros en esta ocasión. No nos cansamos de darles las gracias. Por favor, sepan de nuestra gratitud, de nuestro amor y de nuestras oraciones a favor de ustedes.

Dos de nuestros Setenta de Área, el hermano John Anderson, que reside en Florida, y el hermano Stanley Ellis, que vive en Texas, han dirigido gran parte de esa labor; pero ellos serían los primeros en afirmar que el mérito lo merece el gran número de hombres y de jovencitos que han prestado ayuda. Muchos de ellos han llevado puestas camisas que tienen inscritas estas palabras: “Manos mormonas que ayudan”. Se han ganado el amor y el respeto de las personas a las que han ayudado. Su colaboración no sólo ha sido para los miembros de la Iglesia necesitados, sino para un gran número de personas cuya afiliación religiosa se desconoce.

Ellos han seguido el modelo de los nefitas, tal como se encuentra registrado en el libro de Alma: “…no desatendían a ninguno que estuviese desnudo, o que estuviese hambriento, o sediento, o enfermo, o que no hubiese sido nutrido; y no ponían el corazón en las riquezas; por consiguiente, eran generosos con todos, ora ancianos, ora jóvenes, esclavos o libres, varones o mujeres, pertenecieran o no a la iglesia, sin hacer distinción de personas, si estaban necesitadas” (Alma 1:30).

Las hermanas y las jovencitas de la Iglesia de muchas partes han llevado a cabo una labor de enormes proporciones al suministrar decenas de miles de estuches de higiene personal y de limpieza. La Iglesia ha proporcionado equipo, alimentos, agua y consuelo.

Hemos aportado sumas considerables de dinero a la Cruz Roja y a otras agencias; hemos hecho aportaciones de millones de dólares de las ofrendas de ayuno y de los fondos de ayuda humanitaria. A todos y a cada uno de ustedes les expreso agradecimiento en nombre de sus beneficiarios, y gracias en nombre de la Iglesia.

Ahora bien, no digo, y repito enfáticamente que no digo ni insinúo que lo que ha ocurrido es un castigo del Señor. Muchas buenas personas, entre ellas algunos de nuestros fieles Santos de los Últimos Días, se encuentran entre los que han sufrido. Habiendo aclarado esto, no dudo en decir que las calamidades y las catástrofes no le son desconocidas a este mundo nuestro. Los que leemos las Escrituras y creemos en ellas nos damos cuenta de las amonestaciones de los profetas en cuanto a las catástrofes que se han llevado a cabo y que aún están por suceder.

Hubo el gran Diluvio, en el que las aguas cubrieron la tierra y cuando, como dice Pedro, pocas personas, es decir, “ocho, fueron salvadas” 1 Pedro 3:20).

Si alguien tiene alguna duda en cuanto a las cosas terribles que pueden afligir y que afligirán a la humanidad, lea el capítulo 24 de Mateo. Entre otras cosas, el Señor dice: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras…

“Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Seguir leyendo

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Cumple tu deber: Eso es lo mejor

Conferencia General Octubre 2005
Cumple tu deber: Eso es lo mejor
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El sacerdocio no es tanto un don sino el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás.

Thomas S. Monson

Hermanos del sacerdocio congregados en este Centro de Conferencias y alrededor del mundo, me siento humilde por la responsabilidad de dirigirles unas palabras, y ruego que el Espíritu del Señor me acompañe al hacerlo.

Sé que nuestra audiencia abarca desde el diácono recién ordenado hasta el sumo sacerdote de más edad. Para cada uno, la restauración del Sacerdocio Aarónico a José Smith y a Oliver Cowdery de manos de Juan el Bautista, y del Sacerdocio de Melquisedec de manos de Pedro, Santiago y Juan son acontecimientos sagrados y preciados.

A ustedes, los diáconos, quiero decirles que recuerdo cuando a mí me ordenaron diácono. Nuestro obispado recalcó la responsabilidad sagrada que teníamos de repartir la Santa Cena. Se hizo hincapié en que debíamos vestir bien, tener un porte digno y ser limpios “por dentro y por fuera”. Cuando nos enseñaron el procedimiento para repartir la Santa Cena, nos dijeron que debíamos ayudar a Louis McDonald, un hermano de nuestro barrio que estaba paralizado, para que él pudiera tener la oportunidad de participar de los sagrados emblemas.

Recuerdo muy bien mi asignación de repartir la Santa Cena a la fila del hermano McDonald. Estaba temeroso e indeciso al acercarme a ese hermano tan maravilloso, pero luego vi su sonrisa y la entusiasta expresión de gratitud que indicaba su deseo de participar. Con la bandeja en la mano izquierda, tomé un pequeño trozo de pan y se lo puse en los labios, y después le serví el agua de la misma manera. Sentí que estaba en tierra santa, y así era. El privilegio de servirle la Santa Cena al hermano McDonald nos inspiró a ser mejores diáconos.

Hace apenas dos meses, el 31 de julio, estuve en el Fuerte A. P. Hill, en Virginia, donde asistí a una reunión sacramental durante el Congreso Nacional de los Scout. Estaba allí para hablarles a 5.000 jóvenes Santos de los Últimos Días y a sus líderes que habían pasado la semana anterior participando en las actividades del Congreso. Estaban sentados reverentemente en un anfiteatro tan impresionante como el coro de 400 voces del Sacerdocio Aarónico, que cantó:

Un niño mormón, un niño mormón,
yo soy un niño mormón.
La envidia de un rey puedo ser
porque soy un niño mormón 1 .

Oficiaron 65 presbíteros para bendecir la Santa Cena en muchas mesas sacramentales largas que se habían colocado entre la congregación. Aproximadamente 180 diáconos repartieron la Santa Cena. En el tiempo que habría tomado repartirla en un barrio grande, se sirvió a toda esa gran congregación. Qué panorama tan inspirador vi esa mañana cuando esos jóvenes del Sacerdocio Aarónico participaron en esa santa ordenanza.

Es importante que cada diácono sea guiado al reconocimiento espiritual de la naturaleza sagrada de su llamamiento. En un barrio se enseñó con eficacia esta lección en lo que atañe a la colecta de ofrendas de ayuno.

En el día de ayuno, los miembros del barrio recibían la visita de los diáconos y los maestros a fin de que cada familia pudiera hacer una aportación. Los diáconos estaban un tanto descontentos por tener que levantarse más temprano que de costumbre para cumplir esa asignación.

El obispado recibió la inspiración de llevar un autobús lleno de diáconos y maestros a la Manzana de Bienestar. Allí vieron a niños necesitados que recibían zapatos nuevos, así como otros artículos de ropa; vieron canastos vacíos que se llenaban con comestibles, y que no se hacían transacciones de dinero. Se expresó un breve comentario: “Jóvenes, esto es lo que proporciona el dinero que ustedes colectan durante el día de ayuno: alimentos, ropa y refugio para los necesitados”. Los jóvenes del Sacerdocio Aarónico sonrieron un poco más, efectuaron sus deberes con más diligencia y sirvieron con una mente más dispuesta en el cumplimiento de sus asignaciones.

Ahora, en lo referente a los maestros y los presbíteros, cada uno de ustedes debe ser compañero de orientación familiar de un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec. Qué gran oportunidad para prepararse para la misión. Qué gran privilegio el aprender la disciplina del deber. Un jovencito automáticamente dejará de pensar en sí mismo cuando se le asigne “velar” por los demás 2 .

El presidente David O. Mckay dijo: “La orientación familiar es una de nuestras oportunidades más urgentes y compensadoras para criar, inspirar, aconsejar y guiar a los hijos de nuestro Padre… Es un servicio divino, un llamamiento divino. Como maestros orientadores, es nuestro deber llevar el espíritu divino a cada hogar y corazón” 3 .

La orientación familiar contesta muchas oraciones y nos permite ver milagros en acción.

Al pensar en la orientación familiar, me acuerdo de un hombre llamado Johann Denndorfer, de Debrecen, Hungría. Se había convertido a la Iglesia años atrás en Alemania, y en aquel entonces, después de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente era un prisionero en su tierra natal. Cuánto añoraba tener contacto con la Iglesia. Entonces recibió la visita de sus maestros orientadores. El hermano Walter Krause y su compañero fueron desde el nordeste de Alemania hasta Hungría para cumplir con su asignación de orientación familiar. Antes de partir de sus hogares en Alemania, el hermano Krause le dijo a su compañero: “¿Le gustaría ir conmigo esta semana a hacer la orientación familiar?”.

“¿Cuándo salimos?”, le preguntó su compañero.

“Mañana”, le contestó el hermano Krause.

“¿Y cuándo regresaremos?”, le preguntó el compañero.

Sin titubear, el hermano Krause dijo: “En una semana”.

Y fueron a visitar al hermano Denndorfer y a otros. Al hermano Denndorfer no lo habían visitado sus maestros orientadores desde antes de la guerra, de modo que se emocionó al ver a los siervos del Señor. Al recibirlos, ni siquiera les estrechó la mano, sino que fue a su dormitorio y sacó de un lugar oculto los diezmos que había guardado durante años. Entregó los diezmos a los maestros orientadores y les dijo: “Ahora puedo estrecharles la mano”.

Y ahora una palabra para los presbíteros del Sacerdocio Aarónico. Ustedes, jovencitos, tienen la oportunidad de bendecir la Santa Cena, de llevar a cabo sus deberes de la orientación familiar y de participar en la sagrada ordenanza del bautismo.

Hace cincuenta y cinco años conocí a un muchacho, Robert Williams, que poseía el oficio de presbítero en el Sacerdocio Aarónico. Siendo yo su obispo, era también el presidente de su quórum. Cuando hablaba, Robert tartamudeaba y vacilaba; no tenía ningún control. Tenía complejo de inferioridad, era tímido, tenía miedo de sí mismo y de todos los demás, y le abrumaba sobremanera su impedimento. Raras veces aceptaba una asignación; nunca se atrevía a mirar a nadie a los ojos; siempre se lo veía cabizbajo. Mas un día, tras una serie de circunstancias poco comunes, aceptó la asignación de ejercer su responsabilidad de presbítero para bautizar a otra persona.

Me senté a un lado de Robert en el bautisterio del Tabernáculo de Salt Lake. Sabía que él necesitaba toda la ayuda posible; vestía ropa blanca y estaba listo para la ordenanza que estaba a punto de efectuar. Le pregunté cómo se sentía. Bajó la mirada y tartamudeó de manera incoherente que se sentía muy mal.

Los dos oramos fervientemente a fin de que pudiera llevar a cabo su asignación. El que oficiaba dijo: “Ahora Nancy Ann McArthur será bautizada por Robert Williams, presbítero”.

Robert se alejó de mi lado, se metió en la pila, tomó a la pequeña Nancy de la mano y la ayudó a entrar en el agua que limpia la vida del ser humano y proporciona un renacimiento espiritual. Pronunció las palabras: “Nancy Ann McArthur, habiendo sido comisionado por Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”.

Y la bautizó. ¡No tartamudeó ni una sola vez!; ¡no titubeó!; se había manifestado un milagro moderno. Después Robert realizó la ordenanza bautismal para dos o tres niños más de la misma manera.

En los vestidores, me apresuré para felicitar a Robert. Esperé oírle hablar de la misma forma ininterrumpida, pero me equivoqué. Miró hacia abajo y balbuceó una respuesta de gratitud.

Testifico que, cuando Robert actuó en virtud de la autoridad del Sacerdocio Aarónico, habló con poder, con convicción y con la ayuda de Dios.

Hace apenas dos años tuve el privilegio de discursar en los servicios fúnebres de Robert Williams y de rendir homenaje a ese fiel poseedor del sacerdocio que toda la vida se esforzó por honrar su sacerdocio.

Algunos de ustedes, jóvenes, tal vez sean tímidos por naturaleza o consideren que no están a la altura de un llamamiento. Recuerden que esta obra no es de ustedes ni mía solamente. Podemos alzar la mirada y pedir la ayuda divina.

Al igual que algunos, yo sé lo que es sentir el desaliento y la humillación. Cuando era joven, jugaba béisbol en un equipo en la escuela primaria y secundaria. Escogían a dos capitanes de equipo y luego ellos elegían a los que querían que jugaran en sus equipos respectivos. Claro que primero escogían a los mejores, luego a los siguientes. El que lo eligieran a uno en cuarto o quinto lugar no estaba mal, pero que lo eligieran por ser el único que quedaba y lo pusieran en la posición del campo que menos afectara al equipo era realmente terrible. Yo sé, por haberlo sufrido en carne propia.

Cómo oraba para que la pelota jamás viniera hacia donde yo estaba, pues de seguro no la podría contener, el otro equipo anotaría carrera y mis compañeros se reirían de mí.

Como si hubiera sucedido ayer, recuerdo el momento preciso en el que todo cambió en mi vida. Todo comenzó como lo he descrito: fui el último en ser elegido. Caminé angustiado hasta el rincón más relegado del campo y casi ni intervine en todo el juego. En la última entrada mi equipo ganaba por una carrera, pero el adversario estaba bateando y tenía jugadores en las tres bases. Entonces dos bateadores quedaron fuera. De pronto el bateador del otro equipo le pegó fuerte a la pelota; le oí decir: “Será un home run”. Fue humillante, ya que la pelota venía en mi dirección. ¿Podría contenerla? Me apresuré para tomar posición en el lugar donde supuse que caería la pelota, elevé una plegaria silenciosa mientras corría y extendía los brazos y ahuecaba las manos. Me sorprendí a mí mismo, ya que ¡atrapé la pelota! Mi equipo ganó el juego.

Esta experiencia me hizo tener más confianza en mí mismo, fortaleció mi deseo de practicar e hizo que en lugar de ser el último al que eligieran fuera un gran contribuyente al equipo.

Todos podemos elevar nuestra confianza; podemos sentirnos orgullosos de nuestra actuación. Hay una fórmula de cinco palabras que nos puede ayudar: Nunca nos demos por vencidos.

En la película Shenandoah hay una frase que inspira: “Si no lo intentamos, no lo haremos; y si no lo hacemos, ¿para qué estamos aquí?”.

Los milagros se pueden encontrar en todas partes cuando se magnifican los llamamientos en el sacerdocio. Cuando la fe reemplaza la duda y el servicio desinteresado elimina el egoísmo, el poder de Dios hace que sus propósitos se hagan realidad. El sacerdocio no es tanto un don sino el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás.

El llamado del deber puede venir silenciosamente a medida que los que poseemos el sacerdocio respondemos a las asignaciones que recibimos. El presidente George Albert Smith, líder modesto pero eficaz, declaró: “Vuestro deber es primeramente aprender lo que el Señor desea y después, por el poder y la fuerza del Santo Sacerdocio, magnificar vuestro llamamiento en la presencia de vuestros semejantes para que éstos estén dispuestos a seguirnos” 4 .

¿Y cómo se magnifica un llamamiento? Sencillamente llevando a cabo el servicio que implica. Un élder magnifica el llamamiento de élder al aprender sus deberes y después llevarlos a cabo. Es igual con un diácono, maestro, presbítero, obispo y con todos los que poseen un oficio en el sacerdocio.

Hermanos, es al hacer y no sólo al soñar que se bendicen vidas, se guía a los demás y se salvan almas. Santiago agregó: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” 5 .

Ruego que todos los que estén al alcance de mi voz hagamos un esfuerzo renovado por ser dignos de recibir la guía del Señor en nuestra vida. Hay muchos que ruegan y oran para recibir ayuda; están los desalentados, los que necesitan una mano de ayuda.

Hace muchos años, cuando yo servía como obispo, presidí un barrio numeroso de más de mil miembros, entre ellos 87 viudas. En una ocasión, uno de mis consejeros y yo visitamos a una viuda y a su hija adulta discapacitada. Al salir de su apartamento, una dama que vivía del otro lado del pasillo estaba parada frente a su puerta y nos detuvo. Habló con acento griego y me preguntó si yo era obispo; le contesté que sí. Me dijo que había notado que yo visitaba con frecuencia a otras personas, y luego agregó: “Nadie nos visita ni a mí ni a mi esposo que está postrado en cama. ¿Tiene tiempo para venir a visitarnos aunque no seamos miembros de su Iglesia?”.

Al entrar a su apartamento, notamos que ella y su esposo escuchaban el Coro del Tabernáculo en la radio. Conversamos con ellos un rato y le dimos una bendición al marido.

Después de esa visita inicial, los visitaba con la frecuencia que me era posible. Con el tiempo, el matrimonio recibió a los misioneros, y la esposa, Angela Anastor, se bautizó. Tiempo después, su esposo murió, y yo tuve el privilegio de dirigir los servicios fúnebres y de tomar la palabra. Posteriormente la hermana Anastor, con su conocimiento del idioma griego, tradujo al griego el conocido folleto “José Smith relata su propia historia”.

Hermanos, me encanta la máxima: “Cumple tu deber, eso es lo mejor. Lo demás, déjalo al Señor”.

Jóvenes, el servicio activo en el Sacerdocio Aarónico los preparará para recibir el Sacerdocio de Melquisedec, servir en misiones y casarse en el Santo Templo.

Siempre recordarán a los asesores y a sus compañeros de los quórumes del Sacerdocio Aarónico, y de esa manera conocerán la verdad: “Dios nos ha dado recuerdos a fin de que podamos tener rosas de junio en el diciembre de nuestra vida” 7 .

Jóvenes del Sacerdocio Aarónico, su futuro les llama; prepárense para él. Que nuestro Padre Celestial siempre les guíe al hacerlo; que nos guíe a todos al esforzarnos por honrar el sacerdocio y por magnificar nuestros llamamientos, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Evan Stephens, “A Mormon Boy”, en Jack M. Lyon and others, ed., Best-Loved Poems of the LDS People, 1996, pág. 296.
2. Véase D. y C. 20:53.
3. Priesthood Home Teaching Handbook, ed. rev., 1967, págs. II-III; citado en “Permanece en el lugar que se te ha designado”, Liahona, mayo de 2003, pág. 55.
4. En Conference Report, abril de 1942, pág. 14, citado en “El poder del sacerdocio”, Liahona, enero de 2000, pág. 60.
5. Santiago 1:22.
6. Henry Wadsworth Longfellow, “The Legend Beautiful”, en The Complete Poetical Works of Longfellow, 1893, pág. 258.
7. Parafraseando a James Barrie, en Peter’s Quotations: Ideas for Our Time, comp. de Laurence J. Peter, 1977, pág. 335.

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Llamados y escogidos

Conferencia General Octubre 2005
Llamados y escogidos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Aquellos que han sido llamados, sostenidos y apartados tienen derecho a recibir nuestro apoyo sustentador.

James E. Faust

Mis queridos hermanos del sacerdocio, acepten nuestro agradecimiento por todo lo que hacen para llevar adelante la obra del Señor en el mundo entero. Deseo hablar en cuanto a los oficios sagrados de aquellos líderes del sacerdocio que han sido “llamados y escogidos” 1 para guiar la Iglesia en esta época. Éste es un año especial por lo menos por dos motivos: Primero, este próximo diciembre celebraremos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith y, segundo, en junio, el presidente Gordon B. Hinckley celebró 95 años de vida. Testifico que el profeta José Smith fue llamado y escogido como el primer profeta de esta dispensación y que el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta, vidente y revelador de esta Iglesia en la actualidad.

Cuando Mike Wallace entrevistó al presidente Hinckley hace algunos años en el programa de televisión 60 Minutes, dijo: “[La gente dirá] que esta Iglesia la dirigen ancianos”. A esto, el presidente Hinckley respondió: “¿No es maravilloso tener a un hombre de madurez a la cabeza; a un hombre de criterio que no es llevado por doquiera de todo viento de doctrina?” 2 . De manera que si alguno de ustedes piensa que los líderes actuales son muy ancianos para dirigir la Iglesia, el presidente Hinckley quizás tenga que darles algunos otros consejos en cuanto a la sabiduría que se obtiene con la edad.

De los 102 apóstoles llamados a servir en esta dispensación, sólo trece de ellos han servido más tiempo que el presidente Hinckley. Él ha servido más tiempo como Apóstol que Brigham Young, que el presidente Hunter, que el presidente Lee, que el presidente Kimball y que muchos otros más. Es maravilloso tener su inspirada dirección. Discúlpenme al decir que a veces siento que estoy al borde de la muerte. A los 85 años, ocupo el tercer lugar entre las Autoridades Generales de mayor edad que aún viven. Yo no he buscado ese honor, simplemente he seguido con vida para ganármelo.

Pienso que nunca antes en la historia de la Iglesia ha habido más unidad que la que actualmente existe entre mis hermanos de la Primera Presidencia, del Quórum de los Doce y de las demás Autoridades Generales de la Iglesia que han sido llamados y escogidos, y que actualmente dirigen la Iglesia. Creo que hay gran evidencia de esto. Los líderes actuales del reino terrenal de Dios han disfrutado de la guía inspiradora del Salvador más tiempo que cualquier otro grupo. Somos el grupo de mayor antigüedad que haya dirigido la Iglesia.

El trato frecuente que he tenido con algunos de esos hombres durante casi medio siglo me faculta, a mi parecer, para declarar con confianza que mis hermanos de las Autoridades Generales, sin excepción, son hombres buenos, honorables y de confianza. Conozco sus corazones; son siervos del Señor. Su único deseo es trabajar en sus sublimes llamamientos y edificar el reino de Dios en la tierra. Nuestras Autoridades Generales que prestan servicio en la actualidad han sido probados, examinados y son fieles. Algunos no son tan fuertes físicamente como antes, pero sus corazones son tan puros, su experiencia es tan extensa, sus mentes tan perspicaces y su sabiduría espiritual tan profunda que es un consuelo el sólo estar en su presencia.

Me sentí humilde y sobrecogido cuando se me llamó a ser Ayudante de los Doce Apóstoles hace 33 años. Días después, el presidente Hugh B. Brown me aconsejó que la cosa más importante que debía hacer era estar siempre en armonía con mis hermanos de las Autoridades Generales. El presidente Brown no entró en detalles; sólo dijo: “Sigue a las Autoridades Generales”. Yo deduje que eso significaba que debía seguir el consejo y la dirección del Presidente de la Iglesia, de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce. Eso resonaba como algo que yo quería hacer con todo mi corazón. Seguir leyendo

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