Las bendiciones de la conferencia general

Conferencia General Octubre 2005
Las bendiciones de la conferencia general
Élder Paul V. Johnson
De los Setenta

Decídanse ahora a dar a la conferencia general un lugar de importancia en su vida; decídanse a escuchar con atención y seguir las enseñanzas que se den.

Paul V. Johnson

Es una sagrada responsabilidad dirigirme a ustedes en esta reunión general del sacerdocio. Siempre espero con ansias asistir a estas reuniones del sacerdocio con mis hijos. Tengo gratos recuerdos de cuando me sentaba con ellos en nuestro centro de estaca y escuchábamos las enseñanzas de las Autoridades Generales. Esas reuniones ejercieron gran influencia en mi vida cuando era un jovencito y continúan ejerciéndola en mi vida actual. Sé que han tenido una gran influencia en mis hijos y en millones de poseedores del Sacerdocio Aarónico de todo el mundo.

Esta noche deseo dirigirme a ustedes, los poseedores del Sacerdocio Aarónico. Vivimos en una época maravillosa y emocionante. La plenitud del Evangelio ha sido restaurada y se está extendiendo por toda la tierra. Las llaves del sacerdocio están en la tierra y las ordenanzas salvadoras están al alcance de todos los que son dignos de ellas. Hay millones de personas buenas en la tierra que se esfuerzan por hacer lo correcto en su vida, en sus familias y en sus comunidades.

Este tiempo maravilloso en el que vivimos también está lleno de peligros. Ustedes viven en tiempos donde les esperan muchas tentaciones y peligros. Ya han estado expuestos a algunas de esas tentaciones y peligros. Incluso habrán visto a personas cuyas vidas han sido dañadas al sucumbir a algunas de las iniquidades que son tan comunes en el mundo.

¿Cómo pueden ustedes, como poseedores del Sacerdocio Aarónico, estar a salvo en estos tiempos difíciles a fin de llevar a cabo lo que les corresponde en esta gran obra y encontrar la verdadera felicidad en esta vida y en la vida venidera?

No es de sorprender que al enfrentarnos con gran iniquidad y tentaciones el Señor no nos deje solos para encontrar nuestro camino. De hecho, hay más que suficiente guía al alcance de cada uno de nosotros si tan sólo escuchamos. Ustedes han recibido el don del Espíritu Santo para dirigirlos e inspirarlos; tienen las Escrituras, a sus padres, a los líderes y a los maestros de la Iglesia. También tienen las palabras de los profetas, videntes y reveladores de nuestros días. Se dispone de tanta orientación y dirección que ustedes no cometerán graves errores en su vida a menos que a sabiendas hagan caso omiso de la guía que reciban.

Esta noche quisiera hacer hincapié en una de esas fuentes de orientación: los profetas, videntes y reveladores vivientes a quienes hemos sostenido hoy. De hecho, me gustaría recalcar una de las formas principales en las que recibimos instrucciones de ellos: la conferencia general.

Las conferencias han formado parte de la Iglesia desde el principio de esta dispensación. La primera conferencia se llevó a cabo sólo dos meses después de que se organizó la Iglesia. Nos reunimos dos veces al año para recibir instrucción de las Autoridades Generales y de los oficiales de la Iglesia. Estas conferencias están a nuestro alcance a través de varios medios, tanto impresos como electrónicos.

A mi madre le encantaba la conferencia general; ella siempre encendía la radio y la televisión, y subía tanto el volumen que era difícil encontrar un lugar en la casa donde la conferencia no se oyera. Ella quería que sus hijos escucharan los discursos y de vez en cuando nos preguntaba qué recordábamos de los mismos. Algunas veces yo salía con uno de mis hermanos a jugar a la pelota durante una de las sesiones del sábado. Nos llevábamos una radio porque sabíamos que mamá nos haría preguntas más tarde. Jugábamos a la pelota y a veces tomábamos un descanso para escuchar con atención a fin de darle un informe a mamá. Dudo que engañáramos a mamá cuando daba la casualidad de que los dos recordábamos la misma parte de toda una sesión. Seguir leyendo

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La búsqueda del hombre de la verdad divina

Conferencia General Octubre 2005
La búsqueda del hombre de la verdad divina
Élder Charles Didier
De la Presidencia de los Setenta

El seguir el modelo del Señor de oír y de prestar atención a la verdad divina los ayudará a cimentar un fundamento espiritual y personal, y a determinar qué llegarán a ser.

Charles A. Didier

Entre esta vasta audiencia se encuentran esta noche tres invitados especiales, tres queridos amigos de mi época de estudiante. Ellos hicieron el largo viaje desde Bélgica, mi país natal, tanto para celebrar aquí el 50 aniversario de nuestra graduación de la escuela secundaria como para asistir a esta conferencia. A ellos, a ustedes, los poseedores del sacerdocio, y especialmente a ustedes, los hombres jóvenes que se están preparando para ser misioneros, les dedico este mensaje, que trata acerca de la búsqueda del hombre de la verdad divina. Al encontrarla, se debe aplicar a este mundo de confusión religiosa en aumento y de decadencia moral; y se debe convertir en el fundamento espiritual y personal que nos lleve a vivir de acuerdo con los principios de la rectitud. Como dijo el Señor: “En rectitud serás establecida” (3 Nefi 22:14).

¿Dónde se ha de encontrar esa verdad divina? Es “[oír] la voz del Señor… [oír] la voz de sus siervos… [y prestar] atención a las palabras de los profetas y apóstoles” (D. y C. 1:14). Oír y prestar atención. Oír es relativamente sencillo; pero el prestar atención a lo que hemos oído y aplicarlo constituye el desafío incesante de nuestra vida.

Primero, oigan la voz del Señor. La comunicación que se recibe del Señor acerca de la verdad divina y del conocimiento espiritual se halla en las Escrituras y se llama revelación, lo que literalmente quiere decir dar a conocer o descubrir lo ignorado; se nos ha dado “para que comprendáis y sepáis cómo adorar, y sepáis qué adoráis” (D. y C. 93:19). El élder Neal A. Maxwell dijo: “Sólo con la revelación podemos efectuar la obra del Señor de acuerdo con Su voluntad, a Su propia manera y en Su propio tiempo” (“La revelación”, Primera Reunión Mundial de Capacitación de Líderes, enero de 2003, pág. 5). “Sin revelación, todo sería conjeturas, tinieblas y confusión” (“Bible Dictionary”, pág. 762).

Segundo, oigan la voz de Sus siervos. La revelación o verdad divina se da, por medio de la voluntad del Señor, a Sus siervos en formas y tiempos diferentes, y ésta también se encuentra en las Escrituras. “Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

Tercero, presten atención a las palabras de los profetas y apóstoles. Saber escuchar significa prestar atención especial; es prestar oídos a quienes han sido llamados por Dios para ser testigos especiales y vivientes de Jesucristo en nuestra época. Eso implica que se los reconoce en esa función que cumplen, que se responde a su invitación a recibir una confirmación espiritual personal de que las enseñanzas de ellos son verdaderas y de que se hará el compromiso de seguirlos.

En resumen, el Señor tiene un modelo para dar a conocer la verdad divina con profetas para guiarnos y bendecirnos a través de los desafíos y de las maldades de la vida: Oír y prestar atención. Nuestro fundamento personal y espiritual se debe cimentar en ese modelo si queremos disfrutar de las bendiciones del Señor. Por tanto, no es suficiente escudriñar las Escrituras para conocer la intención del Señor. A eso debe seguir un acto de fe, el aceptar hacer la voluntad del Señor mediante la obediencia a Sus mandamientos, antes de poder disfrutar de las bendiciones del Señor. La confirmación espiritual y personal de este proceso, al pedir y creer que recibiremos, se convierte entonces en la oración de nuestra vida. Seguir leyendo

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Llegar a ser misioneros

Conferencia General Octubre 2005
Llegar a ser misioneros
Élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ustedes y yo, hoy y siempre, debemos dar testimonio de Jesucristo y declarar el mensaje de la Restauración… la obra misional es una manifestación de nuestra identidad y de nuestro patrimonio espirituales.

David A. Bednar

Todos los que hemos recibido el Santo Sacerdocio tenemos la sagrada obligación de bendecir a las naciones y a las familias de la tierra, al proclamar el Evangelio y al invitar a todos a recibir las ordenanzas de salvación mediante la debida autoridad. Muchos de nosotros hemos sido misioneros de tiempo completo, algunos actualmente prestan ese mismo servicio; y hoy día todos prestamos servicio y continuaremos prestando servicio como misioneros de toda la vida. Todos los días somos misioneros tanto en nuestra familia, como en nuestras escuelas, en nuestros lugares de trabajo y en nuestras comunidades. Sin importar nuestra edad, experiencia o condición en la vida, todos somos misioneros.

La proclamación del Evangelio no es una actividad en la que participamos de manera periódica o temporal, y nuestra labor como misioneros ciertamente no se limita al breve periodo que se presta en el servicio misional de tiempo completo en nuestra juventud o en los años de la madurez. Más bien, en la obligación de proclamar el Evangelio restaurado de Jesucristo están implícitos el juramento y el convenio del sacerdocio, el cual concertamos. La obra misional es esencialmente una responsabilidad del sacerdocio, y todos los que poseemos el sacerdocio somos los siervos autorizados del Señor en la tierra y somos misioneros en todo momento y en todo lugar, y siempre lo seremos. Nuestra identidad misma como poseedores del sacerdocio y de la descendencia de Abraham la define en gran parte la responsabilidad de proclamar el Evangelio.

Mi mensaje esta noche nos atañe a todos en nuestro deber del sacerdocio de proclamar el Evangelio. Sin embargo, mi propósito específico en esta reunión del sacerdocio es hablar francamente con los jóvenes de la Iglesia que se están preparando para el llamamiento de servir como misioneros. Los principios que trataré con ustedes son tanto sencillos como espiritualmente importantes, y nos deben motivar a meditar, a evaluar y a mejorarnos. Suplico la compañía del Espíritu Santo para mí y para ustedes a medida que juntos consideremos este importante tema.

Una pregunta frecuente

En las reuniones con los miembros jóvenes de la Iglesia por el mundo, acostumbro invitar a los presentes a hacer preguntas. Una de las preguntas que los jóvenes me hacen con más frecuencia es ésta: “¿Qué puedo hacer para prepararme de una manera más eficaz para servir como misionero de tiempo completo?”. Esa sincera pregunta merece una seria respuesta.

Mis queridos y jóvenes hermanos, lo más importante que pueden hacer para prepararse para el llamamiento a servir es llegar a ser misioneros antes de ir a la misión. Tengan a bien notar que en mi respuesta recalqué llegar a ser en vez de ir. Permítanme explicar lo que quiero decir.

En el vocabulario normal de la Iglesia, solemos hablar de ir a la Iglesia, ir al templo e ir a la misión. Me atrevería a afirmar que el énfasis un tanto habitual en la palabra ir no es acertado.

La cuestión no es ir a la Iglesia; más bien, es adorar y renovar nuestros convenios al asistir a la Iglesia. La cuestión no es ir al templo; más bien, es tener en nuestro corazón el espíritu, los convenios y las ordenanzas de la casa del Señor. La cuestión no es ir a la misión; más bien, es llegar a ser misioneros y servir a lo largo de nuestra vida con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Es posible para un joven ir a la misión y no llegar a ser misionero, y eso no es lo que el Señor requiere ni lo que la Iglesia necesita.

Mi deseo ferviente para cada uno de ustedes, jovencitos, es que simplemente no vayan a la misión, sino que lleguen a ser misioneros mucho antes de que envíen sus papeles misionales, mucho antes de que reciban un llamamiento a servir, mucho antes de que sean apartados por su presidente de estaca, y mucho antes de que ingresen en el Centro de Capacitación Misional.

El principio de lo que debemos llegar a ser

El élder Dallin H. Oaks nos ha enseñado eficazmente en cuanto al desafío de llegar a ser algo en vez de sólo hacer las cosas que se esperan o de efectuar ciertos actos. Seguir leyendo

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Lo más importante es lo que perdura

Conferencia General Octubre 2005

Lo más importante es lo que perdura

Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Como líderes suyos, hacemos un llamado a los miembros de la Iglesia de todo el mundo para que pongan a su familia en primer plano y busquen maneras específicas de fortalecer a su familia en particular.


Varias Autoridades Generales y yo visitamos recientemente algunos centros de Luisiana, Misisipí y Texas, donde se alojaban las victimas asoladas y desplazadas del huracán Katrina, mientras se esforzaban para tratar de poner sus vidas en orden. Sus relatos y situaciones son trágicos y emotivos en muchos respectos, pero en todo lo que escuchamos, lo que más me impresionó fue el llanto por la familia: “¿Dónde está mi madre?” “No puedo encontrar a mi hijo”. “He perdido a una hermana”. Esas personas tenían hambre, miedo y habían perdido todo y necesitaban alimentos, atención médica y toda clase de ayuda, pero lo que más deseaban y necesitaban era a su familia.

Las crisis o transiciones de cualquier clase nos recuerdan qué es lo más importante. En la rutina de la vida, solemos pasar por alto a nuestra familia: a nuestros padres, a nuestros hijos y a nuestros hermanos. Pero en tiempos de peligro, de necesidad y de cambios, ¡no hay duda de que lo que más nos importa es nuestra familia! Lo será aún más cuando salgamos de esta vida y entremos al mundo de los espíritus. Seguramente a las primeras personas a las que trataremos de encontrar serán papá, mamá, cónyuge, hijos y hermanos.

Creo que se podría decir que el propósito de la vida terrenal es “edificar una familia eterna”. Aquí en la tierra todos nos esforzamos para formar parte de una gran familia, con la facultad de crear y formar nuestra propia porción de esa familia y ésa es una de las razones por las que nuestro Padre Celestial nos envió aquí. No todos encontrarán un compañero en la tierra ni tendrán una familia, pero cada persona, sin importar las circunstancias individuales, forma parte de la familia valiosa de Dios.

Hermanos y hermanas, este año se conmemora el décimo aniversario de la proclamación para el mundo acerca de la familia, que emitieron la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles en 1995 (véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Tanto entonces como hoy día es un llamado resonante para proteger y fortalecer a las familias, y una seria advertencia en un mundo donde el deterioro de los valores y el orden equivocado de prioridad de las cosas amenazan destruir la sociedad al debilitar su unidad básica.

La proclamación es un documento profético no sólo porque lo emitieron los profetas sino porque se adelantó a su época. Es una advertencia en contra de las mismas cosas que han amenazado y debilitado a las familias durante la última década, y requiere el orden de prioridad y el énfasis que las familias necesitan si es que han de sobrevivir en un ambiente que parece ser cada vez más perjudicial para el matrimonio tradicional y los lazos entre padres e hijos.

El lenguaje claro y simple de la proclamación se levanta en marcado contraste a las nociones confusas y complejas de una sociedad que ni siquiera llega a un acuerdo en cuanto a la definición de la familia, y que mucho menos proporciona la ayuda y el apoyo que los padres y las familias necesitan. Recordarán estas siguientes palabras de la proclamación:

• “…el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios”.
• “El ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal, y eterna”.
• “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos”.
• “Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa”.
• “…la desintegración de la familia traerá sobre el individuo, las comunidades y las naciones las calamidades predichas por los profetas antiguos y modernos”.
Las últimas palabras de la proclamación expresan la simple verdad de que la familia es la “base fundamental de la sociedad”.

Hoy día hago un llamado a los miembros de la Iglesia y a padres, abuelos y parientes dedicados de todas partes, que vivan de acuerdo con esta gran proclamación, que hagan de ella un estandarte similar al “estandarte de la libertad” del general Moroni, y que se comprometan a vivir mediante sus preceptos. Ya que todos formamos parte de una familia, la proclamación se aplica a todos. Seguir leyendo

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La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren

Conferencia General Octubre 2005
La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida.

Henry B. Eyring

Muchos de nosotros hemos reflexionado en cómo prepararnos para las tormentas. Hemos visto y sentido el dolor de mujeres, hombres y niños, de los ancianos y de los débiles atrapados en los huracanes, los maremotos, las guerras o las sequías. Nuestra reacción suele ser: “¿Cómo puedo prepararme?”. Entonces nos entran las prisas por comprar y hacer acopio de aquello que creemos que podríamos necesitar el día que nos enfrentemos con esos desastres.

Pero hay una preparación aún más importante que debemos acometer ante las pruebas que, ciertamente, todos vamos a tener. Esa preparación debe comenzar cuanto antes, pues requiere tiempo. Lo que necesitaremos entonces no se puede comprar ni pedir prestado, no se almacena y es preciso utilizarlo con regularidad y frecuencia.

Lo que necesitaremos en el tiempo de nuestra prueba será una preparación espiritual. Para superar la prueba de la vida de la que depende toda nuestra eternidad es necesario haber desarrollado una poderosa fe en Jesucristo. Esa prueba forma parte del propósito que Dios tenía reservado para nosotros durante la Creación.

Gracias al profeta José Smith tenemos la descripción que el Señor hace de dicha prueba. Nuestro Padre Celestial creó el mundo con la ayuda de Su Hijo Jesucristo, y éstas son las palabras que describen el objeto de la Creación: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” 1 .

La gran prueba de esta vida es ver si daremos oídos a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida. No se trata tanto de soportar las tormentas como de hacer lo justo en medio de ellas. La gran tragedia de la vida es no superar esa prueba y, por tanto, no hacernos merecedores de regresar en gloria a nuestro hogar celestial.

Somos la progenie espiritual de un Padre Celestial que nos amó y enseñó antes de que naciéramos en este mundo. Nos dijo que deseaba darnos todo lo que Él tenía, pero que para ello, era preciso obtener un cuerpo terrenal y ser probados. Por causa del cuerpo, padeceríamos dolor, enfermedades y la muerte.

Quedaríamos sujetos a las tentaciones mediante los deseos y las debilidades propias del cuerpo mortal. Las sutiles y poderosas fuerzas del mal intentarían que cediésemos a esas tentaciones. La vida tendría tormentas en medio de las cuales deberíamos tomar decisiones basándonos en la fe en lo que no veríamos con el ojo natural.

Se nos prometió que tendríamos a Jehová, Jesucristo, como nuestro Salvador y Redentor. Él aseguraría la resurrección de todo el género humano y posibilitaría que pasáramos la prueba de la vida si ejercíamos la fe en Él por medio de la obediencia. Nos regocijamos todos al oír tan buenas nuevas.

En un pasaje del Libro de Mormón, otro testigo de Jesucristo, se describe la dificultad de la prueba y lo que hará falta para pasarla:

“Anímense, pues, vuestros corazones, y recordad que sois libres para obrar por vosotros mismos, para escoger la vía de la muerte interminable, o la vía de la vida eterna.

“Por tanto, mis amados hermanos, reconciliaos con la voluntad de Dios, y no con la voluntad del diablo y la carne; y recordad, después de haberos reconciliado con Dios, que tan sólo en la gracia de Dios, y por ella, sois salvos. Seguir leyendo

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“Si Cristo tuviera mis oportunidades…”

Conferencia General Octubre 2005
“Si Cristo tuviera mis oportunidades…”
Élder Paul K. Sybrowsky
De los Setenta

Nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido.

Paul K. Sybrowsky

Hace mucho tiempo, cuando nuestros hijos mayores tenían seis, cuatro y dos años de edad, mi esposa y yo les hicimos un cuestionario de sorpresa. A diario, leíamos como familia el Libro de Mormón.

“¿Quién era el hombre”, preguntó mi esposa, “que fue al bosque a cazar pero que en vez de hacerlo oró todo el día hasta entrada la noche?”

Después de un momento de silencio, ella les dio una pista… “Su nombre empieza con E… e… e… e”.

Desde un rincón del cuarto, nuestro hijo de dos años exclamó: “¡nós!”

Ese niño era el que jugaba en un rincón, el que pensábamos que era demasiado pequeño para entender. ¡Enós! Era Enós el que había ido a cazar al bosque, pero cuya alma padecía hambre. Aunque su registro no indica que él se hallaba perdido en el bosque, el relato de Enós nos enseña que él salió del bosque con un mejor entendimiento, y que después sintió una mayor preocupación por el bienestar de sus hermanos.

En el Nuevo Testamento, nuestro Salvador Jesucristo nos enseña la importancia de ir en busca del que se encuentra perdido:

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?

“Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso” (Lucas 15:4–5).

Desde la caída de Adán, todo el género humano se encuentra en un estado caído y perdido. Como la mayoría de ustedes, la trayectoria de mi “encuentro” comenzó con dos misioneros fieles. En el año de 1913, en Copenhague, Dinamarca, los élderes C. Earl Anhder y Robert H. Sorenson enseñaron a mis abuelos el Evangelio de Jesucristo y los bautizaron. Mis padres me enseñaron la importancia del trabajo arduo, de la honradez y de la integridad; sin embargo, en sólo una corta generación caímos en la inactividad de ir a la Iglesia y en la falta de conocimiento del Evangelio. Ahora, al contemplar el pasado, recuerdo que de niño mis compañeros de juego me invitaban a la Primaria. Mis primeras vivencias en la Iglesia las pasé con amigos de la Primaria. Seguir leyendo

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El Libro de Mormón, instrumento para recoger al Israel esparcido

Conferencia General Octubre 2005

El Libro de Mormón, instrumento para recoger al Israel esparcido

Élder C. Scott Grow
De los Setenta

Jesucristo nos dio el Libro de Mormón como instrumento para recoger al Israel esparcido.

Hace treinta y seis años que cumplí una misión en el sudeste de México. En esa época no había estacas y las ciudades más grandes de la misión sólo tenían dos ramas. Las oportunidades para estudiar eran muy limitadas y existía mucha pobreza. Con dos o tres excepciones, todos los misioneros eran de Estados Unidos.

Recuerdo a la gente de la rama de Nealticán. Todos los edificios del pueblo eran de adobe, excepto la catedral católica y la capilla de los Santos de los Últimos Días. Me acuerdo de la pequeña casa de adobe del presidente de la rama; tenía piso de tierra, ventanas sin vidrios y una estera que cubría la entrada; no había muebles en la casa y su familia no tenía zapatos.

Pero su familia era feliz; él me dijo que habían vendido todo lo que tenían con el fin de comprar el pasaje para ir al Templo de Mesa, donde se sellaron por esta vida y por toda la eternidad. Muchos miembros de la rama habían hecho lo mismo.

Hace un mes volví a México para prestar servicio en la Presidencia del Área México Norte. El México de hoy es muy diferente del de hace 36 años. Nealticán es el centro de una progresista estaca de Sión. México tiene doscientas estacas y un millón de miembros de la Iglesia. Muchos de los líderes de estacas y barrios cuentan con educación académica superior y seguridad económica; y miles de jóvenes mexicanos de ambos sexos están prestando servicio en misiones de tiempo completo.

Verdaderamente, la visión que tuvo Lehi y que interpretó Nefi se está cumpliendo. “Y en aquel día el resto de los de nuestra posteridad sabrán que son de la casa de Israel, y que son el pueblo del convenio del Señor; y entonces sabrán y llegarán al conocimiento de sus antepasados, y también al conocimiento del Evangelio de su Redentor, que él ministró a sus padres. Por tanto, llegarán al conocimiento de su Redentor…” 1 .

Ciertamente, la gente de México y de otros países de Latinoamérica se encuentra entre los descendientes de los profetas. El Libro de Mormón es su patrimonio. Jesucristo en verdad ministró a sus antepasados.

Después de Su resurrección, Jesucristo descendió del cielo, vestido con una túnica blanca, y se puso en medio de sus antepasados aquí, en las Américas. Extendió la mano y les dijo: “He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo. Seguir leyendo

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La verdadera felicidad: Una decisión consciente

Conferencia General Octubre 2005
La verdadera felicidad: Una decisión consciente
Élder Benjamín De Hoyos
De los Setenta

La felicidad es un estado del alma. Y ese gozoso estado viene como el resultado del vivir con rectitud.

Benjamín De Hoyos

“La vida es buena si vivimos para que lo sea”. Así decía parte de un mensaje inspirador que leí hace ya muchos años. Lo que ese mensaje llama “una vida buena” viene a ser el resultado de la manera en la que hacemos las cosas, de las palabras que elegimos decir e incluso de la clase de pensamientos que elegimos tener.

Nadie tiene por qué sentirse solo en el camino de la vida, puesto que a todos se nos invita a venir a Cristo y a ser perfeccionados en Él. La felicidad es el propósito del Evangelio y el propósito de la Expiación que redime a todo el género humano.

El relato en el libro de Helamán lo expresa de un modo conciso cuando dice: “Así vemos que el Señor es misericordioso para con todos aquellos que, con la sinceridad de su corazón, quieran invocar su santo nombre.

“Sí, así vemos que la puerta del cielo está abierta para todos, sí, para todos los que quieran creer en el nombre de Jesucristo, que es el Hijo de Dios.

“Sí, vemos que todo aquel que quiera, puede asirse a la palabra de Dios, que es viva y poderosa, que… guiará al hombre de Cristo por un camino estrecho y angosto…

y depositará su alma, sí, su alma inmortal, a la diestra de Dios en el reino de los cielos…” 1 .

Mis amados hermanos y hermanas, tenemos que reconocer que “el querer” es el factor determinante que nos conducirá a asirnos a la palabra de Dios y ser felices. La perseverancia en el empeño de tomar decisiones correctas es lo que nos lleva a la felicidad.

La felicidad llega a nosotros como resultado de nuestra obediencia y de nuestra valentía al hacer siempre la voluntad de Dios, incluso en las más difíciles circunstancias. Cuando el profeta Lehi amonestó a los habitantes de Jerusalén, éstos se burlaron de él, y, como habían hecho contra los demás profetas de la antigüedad, también procuraron quitarle la vida. Cito al profeta Nefi: “yo… os mostraré que las entrañables misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para fortalecerlos, sí, hasta tener el poder de librarse” 2 .

Cuando yo servía de misionero en el norte de México, unos pocos días después del servicio bautismal de la familia Valdez, recibimos una llamada telefónica del hermano Valdez, que nos pidió que fuésemos a su casa, porque tenía que hacernos una pregunta importante. Debido a que ya conocía la voluntad del Señor con respecto a la Palabra de Sabiduría y aun cuando le resultaría difícil hallar un nuevo empleo, se preguntaba si debía seguir trabajando para la empresa cigarrera en la que había trabajado desde hacía muchos años. Tan sólo unos días después, el hermano Valdez volvió a pedirnos que fuéramos a verlo. Había decidido dejar ese trabajo porque no estaba dispuesto a proceder en contra de sus convicciones. En seguida, con una sonrisa y emocionado, nos dijo que el mismo día que había dejado su antiguo empleo, otra empresa se había puesto en contacto con él para ofrecerle un puesto mucho mejor. Seguir leyendo

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A las mujeres jóvenes

Conferencia General Octubre 2005
A las mujeres jóvenes
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Sean mujeres de Cristo; atesoren su valioso lugar a la vista de Dios; Él las necesita; esta Iglesia las necesita; el mundo las necesita.

Jeffrey R. Holland

Hace unos meses, “papá Tiempo” me jugó una mala pasada. Me levanté bien espabilado, sonriente y listo para las tareas del día, cuando de pronto me di cuenta de que con el cumpleaños que se celebraría ese día ya iba a tener una nieta adolescente. Pensé en ello e hice lo que haría cualquier adulto responsable y circunspecto: me volví a acostar y me escondí totalmente debajo de las sábanas.

Dejando de lado las acostumbradas bromas sobre la terrible experiencia de criar adolescentes, quiero decirles a mi propia nieta y a la gran mayoría de las jovencitas de la Iglesia a las que conozco al viajar por el mundo cuán sumamente orgullosos estamos de ustedes. Casi a todo su alrededor hay peligros morales y físicos, y a diario se les presenta un sinnúmero de tentaciones, sin embargo, la mayoría de ustedes hace lo correcto.

Esta tarde deseo elevar mi voz en alabanza a ustedes, expresar mi amor, mi aliento y mi admiración por ustedes. Debido a que esta adorada nieta mayor de quien he hablado es una jovencita, voy a dirigir mis palabras a las mujeres jóvenes de la Iglesia. Ruego que el espíritu de lo que diga se aplique a las mujeres y a los hombres de todas las edades; pero hoy, como solía cantar Maurice Chevalier, quiero “dar gracias al cielo por las mujercitas”.

Antes que nada, quiero que estén orgullosas de ser mujeres; quiero que sientan la realidad de lo que eso significa, que sepan quiénes son en verdad. Son literalmente “hijas[s] espiritual[es] de padres celestiales [con] una naturaleza y un destino divinos” 1 . Esa incomparable verdad debe estar profundamente arraigada en sus almas y ser algo básico para toda decisión que tomen al hacerse mujeres maduras. Jamás podría haber mayor evidencia de su dignidad, de su valía, de sus privilegios y de su promesa. Nuestro Padre Celestial sabe cómo se llaman ustedes y conoce sus circunstancias; Él oye sus oraciones; Él conoce sus esperanzas y sueños, incluso sus temores y sus frustraciones. Y Él sabe lo que ustedes pueden llegar a ser por medio de su fe en Él. Debido a este patrimonio divino, ustedes, junto con todas sus hermanas y todos sus hermanos espirituales, tienen plena igualdad ante Su vista, y por medio de la obediencia se les da poder para llegar a ser herederos legítimos en Su reino eterno, “herederos de Dios y coherederos con Cristo” 2 . Procuren comprender la importancia de esas doctrinas. Todo lo que Cristo enseñó lo enseñó tanto a las mujeres como a los hombres. De hecho, a la luz restaurada de ese Evangelio de Jesucristo la mujer, incluida la mujer joven, ocupa la dignidad propia de su naturaleza en el divino diseño del Creador. Ustedes son, como lo parafraseó el élder James E. Talmage, “una investidura santificada que nadie se atreverá a profanar” 3 .

Sean mujeres de Cristo; atesoren su valioso lugar a la vista de Dios; Él las necesita; esta Iglesia las necesita; el mundo las necesita. La tenaz confianza que la mujer tiene en Dios y la inquebrantable devoción a las cosas del Espíritu han sido siempre un ancla cuando el viento y las olas de la vida han sido de lo más intensos 4 . Les digo a ustedes lo que el profeta José Smith dijo hace más de 150 años: “Si cumplís con estos privilegios, no se podrá impedir que os relacionéis con los ángeles” 5 .

Todo lo que he dicho es con la intención de decirles lo que nuestro Padre Celestial siente por ustedes y lo que Él ha planeado que lleguen a ser. Y si en algún momento una de ustedes no comprende los designios que Dios tiene para ella o se empeña en vivir por debajo de sus posibilidades, entonces le expresamos un amor aún más grande y le suplicamos que haga de sus años de la adolescencia un triunfo y no una tragedia. Los padres y las madres, los profetas y los apóstoles no tienen otra intención que no sea la de bendecirlas y evitarles todo posible sufrimiento que les podamos evitar. Seguir leyendo

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La autoridad del sacerdocio en la familia y en la Iglesia

Conferencia General Octubre 2005
La autoridad del sacerdocio en la familia y en la Iglesia
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Hay muchas semejanzas y algunas diferencias en cuanto a la forma en que la autoridad del sacerdocio funciona en la familia y en la Iglesia.

Dallin H. Oaks

El tema de mi discurso se centra en la autoridad del sacerdocio en la familia y en la Iglesia.

I.

Mi padre falleció cuando yo tenía siete años. Yo era el mayor de tres hijos pequeños a los que nuestra madre viuda se esforzaba por criar. Cuando fui ordenado diácono, ella me dijo lo complacida que estaba por tener un poseedor del sacerdocio en nuestro hogar. Sin embargo, mi madre siguió dirigiendo a la familia, incluso el asignar quién de nosotros debía ofrecer la oración cuando nos arrodillábamos cada mañana para orar. Yo estaba perplejo, pues se me había enseñado que el sacerdocio presidía la familia. Debía haber algo que yo desconocía sobre la forma en que funcionaba ese principio.

Por ese entonces, teníamos un vecino que dominaba a su esposa y en ocasiones hasta la maltrataba; él rugía como un león mientras que ella se amilanaba como un cordero. Cuando iban a la Iglesia, ella siempre caminaba unos pasos detrás de él, lo que enfurecía a mi madre. Mi madre era una mujer fuerte que no aceptaba ese tipo de dominio y le enfadaba ver que a una mujer se la maltratara de ese modo. Recuerdo su reacción cada vez que veo a los hombres hacer mal uso de su autoridad para satisfacer su orgullo o ejercer control o dominio sobre su esposa en cualquier grado de injusticia (véase D. y C. 121:37).

También he visto a mujeres fieles que malinterpretan la forma en que funciona la autoridad del sacerdocio. Teniendo presente la relación que tienen con sus maridos en el ámbito familiar, algunas esposas han tratado de que esa relación se extienda también al llamamiento que sus esposos tienen en el sacerdocio, como el de obispo o el de presidente de misión. Por otro lado, algunas hermanas solteras, a las que los hombres han maltratado (como en el caso de un divorcio) confunden erróneamente el sacerdocio con el abuso por parte del varón, y empiezan a desconfiar de cualquier autoridad del sacerdocio. La persona que haya tenido una mala experiencia con algún aparato electrodoméstico, no deberá privarse del uso del poder de la electricidad.

Cada una de las circunstancias que he descrito es el resultado de la mala interpretación de la autoridad del sacerdocio y del gran principio de que, si bien esta autoridad preside tanto en la familia como en la Iglesia, el sacerdocio funciona de manera diferente en ambos casos. Éste es un principio que comprenden y ponen en práctica los grandes líderes de la Iglesia y de las magníficas familias que he conocido, pero que rara vez se explica. Aún las Escrituras, en las que se registran varias formas de ejercer la autoridad del sacerdocio, no se suele expresar qué principios se aplican únicamente al ejercicio de la autoridad del sacerdocio en la familia o en la Iglesia, o cuáles son válidos en ambos casos.

II.

Tanto en nuestra teología como en nuestra práctica, la familia y la Iglesia mantienen una relación de fortalecimiento mutuo. La familia depende de la Iglesia para la doctrina, las ordenanzas y las llaves del sacerdocio; mientras que la Iglesia aporta a la familia las enseñanzas, la autoridad y las ordenanzas necesarias para perpetuar la relación familiar por las eternidades.

Contamos con programas y actividades tanto en la familia como en la Iglesia. Cada una de ellas está tan interrelacionada, que el servicio que se rinde a una también se le rinde a la otra. Cuando los niños observan a sus padres cumplir fielmente con sus llamamientos en la Iglesia, las relaciones familiares se fortalecen. Si las familias son fuertes, la Iglesia también lo es. Ambas van de la mano. Cada una es importante y necesaria, por lo que es preciso dirigir cada una con especial cuidado para no entorpecer a la otra. Los programas y las actividades de la Iglesia no deben abrumar tanto a la familia que no se pueda contar con todos sus integrantes durante el tiempo reservado para ella. Y tampoco conviene programar actividades familiares que interfieran con la reunión sacramental u otras reuniones esenciales de la Iglesia.

Necesitamos actividades tanto en la Iglesia como en la familia. Si todas las familias estuvieran completas y fueran perfectas, la Iglesia podría auspiciar menos actividades; pero al vivir en un mundo en el que muchos de nuestros jóvenes crecen en hogares donde falta uno de los padres, donde uno no es miembro de la Iglesia o está inactivo en el liderazgo del Evangelio, se hace especialmente necesario que las actividades de la Iglesia cubran esos huecos. Muy sabiamente, nuestra madre, que era viuda, percibió que la Iglesia brindaría a sus hijos experiencias que ella no podría facilitarnos al no disponer nosotros de una figura masculina en el hogar. La recuerdo instándome a observar y tratar de ser como los buenos hombres de nuestro barrio, y presionándome para que tomara parte en el programa de escultismo y en otras actividades de la Iglesia que me proporcionarían esa oportunidad.

En una Iglesia donde hay tantas personas solteras que actualmente carecen del compañerismo que el Señor desea para Sus hijos e hijas, la Iglesia y sus familias deberían tener también una especial inquietud por las necesidades de los adultos solteros. Seguir leyendo

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La luz que ilumina sus ojos

Conferencia General Octubre 2005
La luz que ilumina sus ojos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Recibimos una luz sagrada en los ojos y en el rostro cuando tenemos un vínculo personal con nuestro amoroso Padre Celestial y con Su Hijo.

James E. Faust

Mis queridos hermanos, hermanas y amigos de todo el mundo, al dirigirme a ustedes esta mañana, busco con humildad su comprensión y la ayuda del Espíritu de nuestro Padre.

Agradezco mucho el breve mensaje profético que el presidente Hinckley dio al comienzo de esta conferencia. Testifico que él es nuestro Profeta, que recibe guía en abundancia del cabeza de esta Iglesia, que es Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Hace poco recordé una reunión histórica en Jerusalén, que se realizó hace unos 17 años. Se trataba del arrendamiento del solar donde más tarde se construiría el Centro Jerusalén para Estudios del Cercano Oriente de la Universidad Brigham Young. Antes de que el contrato se firmara, el presidente Ezra Taft Benson y el élder Jeffrey R. Holland, en ese entonces rector de la Universidad Brigham Young, accedieron ante el gobierno israelita, en nombre de la Iglesia y de la Universidad Brigham Young, a no hacer proselitismo en Israel. Tal vez se pregunten por qué razón accedimos a no hacerlo. Era un requisito que tuvimos que satisfacer a fin de conseguir permiso para construir el magnífico edificio que ahora se encuentra en la ciudad histórica de Jerusalén. Según lo que sabemos, la Iglesia y BYU han mantenido escrupulosa y honorablemente la promesa de no hacer proselitismo. Una vez que el contrato se hubo firmado, uno de nuestros amigos dijo con gran percepción, en referencia a nuestros alumnos que irían a estudiar a Israel: “Ah, sabemos que no van a hacer proselitismo, pero, ¿qué van a hacer con la luz que ilumina sus ojos?”.

¿Qué era esa luz de sus ojos tan obvia para nuestro amigo? El Señor mismo brinda la respuesta: “Y la luz que brilla, que os alumbra, viene por medio de aquel que ilumina vuestros ojos, y es la misma luz que vivifica vuestro entendimiento 1 ”. ¿De dónde provino esa luz? De nuevo el Señor da la respuesta: “…yo soy la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo 2 ”. El Señor es la luz verdadera y el Espíritu “ilumina a todo hombre en el mundo que escucha la voz del Espíritu 3 ”. Esa luz se refleja tanto en nuestro semblante como en nuestros ojos.

Paul Harvey, un famoso locutor de noticieros, visitó hace algunos años uno de los predios universitarios de nuestra Iglesia. Más tarde, comentó: “El rostro de cada uno de los jóvenes reflejaba una especie de… seguridad sublime. En estos días, los ojos de muchos jóvenes parecen viejos prematuramente debido a las incontables veces que actúan en contra de su propia conciencia. Sin embargo, [aquellos jóvenes] tienen la ventaja envidiable que proviene de la disciplina, de la dedicación y la consagración 4 ”.

Quienes se arrepienten verdaderamente reciben el Espíritu de Cristo y se bautizan en esta Iglesia para la remisión de sus pecados. Se les imponen manos sobre la cabeza y por medio del sacerdocio de Dios reciben el Espíritu Santo 5 . Es “el don de Dios para todos aquellos que lo buscan diligentemente 6 ”. Tal como el élder Parley P. Pratt lo describió, el don del Espíritu Santo es “por así decirlo… el gozo del corazón, [y] la luz de los ojos 7 ”. El Espíritu Santo es el Consolador que el Salvador prometió antes de ser crucificado 8 . El Espíritu Santo brinda tanto guía espiritual como protección a los santos dignos; y aumenta nuestro conocimiento y nuestra comprensión de “todas las cosas 9 ”. Eso tiene un inmenso valor en una época en la que la ceguera espiritual está en aumento.

En la actualidad, el secularismo se está extendiendo por casi todo el mundo. El secularismo se define como “la indiferencia, el rechazo o la exclusión de la religión o de las ideas religiosas 10 ”. El secularismo no acepta muchas cosas como absolutas, y sus objetivos principales son el placer y el interés personal. A menudo, quienes adoptan el secularismo se ven diferentes a los demás. Como Isaías indicó: “La apariencia de sus rostros testifica en contra de ellos 11 ”.

Pero, a pesar de todo el secularismo que hay en el mundo, muchas personas ansían las cosas del Espíritu y tienen sed de oír la palabra del Señor. Como Amós profetizó: “He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.

“E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán 12 ”.

¿Dónde podemos oír las palabras del Señor? Podemos oírlas por medio de nuestro profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, de la Primera Presidencia, del Quórum de los Doce Apóstoles y de las demás Autoridades Generales. De igual forma podemos oírlas de nuestros presidentes de estaca y obispos. Los misioneros las oyen de sus presidentes de misión. También podemos leerlas en las Escrituras. Además podemos oír la voz apacible y delicada que se recibe mediante el Espíritu Santo. El oír las palabras del Señor nos saca de la ceguera espiritual a “a su luz admirable 13 ”. Seguir leyendo

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El trayecto a un terreno más elevado

Conferencia General Octubre 2005
El trayecto a un terreno más elevado
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Hacemos frente a una decisión: podemos confiar en nuestra propia fuerza o podemos ascender a un terreno más elevado y venir a Cristo.

Joseph B. Wirthlin

El 26 de diciembre de 2004, un violento terremoto azotó la costa de Indonesia, provocando un mortífero maremoto que acabó con la vida de más de doscientas mil personas. Fue una terrible tragedia; la vida de millones de personas cambió en un solo día.

Sin embargo, hubo un grupo de personas que no tuvo ni una víctima a pesar de que su aldea quedó destruida.

¿Por qué?

Sabían que se avecinaba un maremoto.

Los moken viven en aldeas en islas de las costas de Tailandia y Birmania (Myanmar). Son pescadores y su existencia depende del mar. Durante cientos, tal vez miles de años, sus antepasados han estudiado el océano y transmitido sus conocimientos de padres a hijos.

Algo de lo que se preocuparon en particular de enseñar fue qué hacer en caso de que el mar se retirara. Según sus tradiciones, cuando eso sucediera, el “Laboon”, o la ola que se come a la gente, no tardaría en llegar.

Cuando los ancianos de la aldea vieron las terribles señales, comenzaron a gritarles a todos que debían correr hasta alcanzar un terreno más elevado.

No todos les prestaron atención.

Un viejo pescador dijo: “Ninguno de los muchachos me hizo caso”. De hecho, hasta su propia hija le llamó mentiroso, pero el viejo pescador no desistió hasta que todos se hubieron ido de la aldea y ascendido a un terreno más elevado 1 .

Los moken fueron afortunados porque contaban con alguien repleto de determinación que les advirtió acerca de lo que se avecinaba. Los aldeanos fueron afortunados al seguir sus consejos; de lo contrario, habrían perecido.

El profeta Nefi escribió sobre el gran desastre de su época: la destrucción de Jerusalén. “Y así como una generación ha sido destruida entre los judíos a causa de la iniquidad, de igual manera han sido destruidos de generación en generación, según sus iniquidades; y ninguno de ellos ha sido destruido jamás sin que se lo hayan predicho los profetas del Señor” 2 .

Desde los días de Adán, el Señor ha hablado a Sus profetas y, si bien el mensaje difiere en cuanto a las necesidades específicas de cada época, hay un punto que jamás ha cambiado: “Aléjense de la iniquidad y asciendan a un terreno más elevado”.

Cuando las personas obedecen a los profetas, el Señor las bendice; mas cuando desechan Su palabra, muchas veces padecen aflicciones y sufrimiento. Ésta es una gran lección que el Libro de Mormón nos enseña una y otra vez. En sus páginas leemos de los antiguos habitantes del continente americano que, debido a su rectitud, fueron bendecidos por el Señor y prosperaron. Sin embargo, en ocasiones esa prosperidad se tornó en una maldición porque hizo endurecer “sus corazones, y… [olvidarse] del Señor su Dios” 3 .

Hay algo en la prosperidad que saca a relucir lo peor en algunas personas. En el libro de Helamán se habla de un grupo de nefitas que padeció grandes pérdidas y muerte. De ellos se escribió: “Y fue por el orgullo de sus corazones, por razón de sus inmensas riquezas, sí, fue a causa de haber oprimido a los pobres, negando su alimento a los que tenían hambre, y sus vestidos a los que estaban desnudos, e hiriendo a sus humildes hermanos en sus mejillas, burlándose de lo que era sagrado, [y] negando el espíritu de profecía y de revelación” 4 .

Sin embargo, no habrían padecido un dolor así “de no haber sido por su maldad” 5 . Si tan sólo hubieran dado oído a las palabras de los profetas de su época y ascendido a un terreno más elevado, sus vidas habrían sido notablemente diferentes.

La consecuencia natural que reciben los que se alejan de los caminos del Señor es que quedan abandonados a su propia fuerza 6 . Aun cuando en medio de la emoción que produce el éxito, podemos llegar a creer que nos basta con nuestra propia fuerza, quienes confían en el brazo de la carne no tardan en descubrir lo débil e inestable que éste es 7 .

Por ejemplo, al principio Salomón obedeció al Señor y aceptó Su ley, hecho que le reportó prosperidad y le bendijo no sólo con sabiduría, sino también con riqueza y honores. El Señor le prometió que, si seguía siendo recto, “[afirmaría] el trono de [su] reino sobre Israel para siempre” 8 .

Pero, incluso después de haber recibido visitaciones angélicas, de haber recibido bendiciones superiores a las de todos los hombres, Salomón se alejó de Dios. Por ello el Señor decretó que el reino le fuera quitado y entregado a su siervo 9 .

Ese siervo se llamaba Jeroboam, quien era un hombre industrioso, de la tribu de Efraín, y a quien Salomón había encomendado parte de la administración de su casa 10 .

Cierto día, mientras Jeroboam se encontraba viajando, se le acercó un profeta que le profetizó que el Señor quitaría el reino a Salomón y le entregaría a él, a Jeroboam, diez de las doce tribus de Israel. Seguir leyendo

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La santidad del cuerpo

Conferencia General Octubre 2005
La santidad del cuerpo
Susan W. Tanner
Presidenta General de la Mujeres Jóvenes

El Señor desea que nosotros seamos hechos a Su imagen, no a la imagen del mundo, y que recibamos Su semblante en nuestro rostro.

Susan W. Tanner

Acabo de regresar de dar la bienvenida al mundo a la más nueva de nuestras nietecitas, Elizabeth Claire Sandberg. ¡Es perfecta! Me sentía sobrecogida, de la misma manera que lo estoy cada vez que nace un bebé, por sus manitas y piecitos, su cabellito, el latir de su corazón y las características de la familia: la nariz, la barbilla, los hoyuelos. Sus hermanos mayores estaban también emocionados y fascinados por su tan pequeña y perfecta hermanita. Se veía como percibían la santidad de su hogar por la presencia del espíritu celestial que se les acababa de unir con la pureza de su cuerpo físico.

En la existencia preterrenal, aprendimos que el cuerpo era parte del gran plan de felicidad que Dios tiene para nosotros. Como se declara en la proclamación sobre la familia: “los hijos y las hijas espirituales de Dios lo conocieron… y aceptaron Su plan por el cual obtendrían un cuerpo físico y ganarían experiencias terrenales para progresar hacia la perfección y finalmente cumplir su destino divino como herederos de la vida eterna” (“La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). De hecho, una vez nos “regocijamos” (véase Job 38:7) por ser parte de ese plan.

¿Por qué estábamos tan entusiasmados? Entendíamos las verdades eternas referentes a nuestro cuerpo, y sabíamos que éste sería a imagen de Dios. Sabíamos que nuestro cuerpo albergaría nuestro espíritu. También entendíamos que nuestro cuerpo estaría sujeto al dolor, a las enfermedades, a los impedimentos y a la tentación, pero estábamos dispuestos, incluso ansiosos por aceptar esos retos porque sabíamos que sólo con el espíritu y el elemento físico, inseparablemente unidos, progresaríamos para llegar a ser como nuestro Padre Celestial (véase D. y C. 130:22) y recibir “una plenitud de gozo” (D. y C. 93:33).

Con la plenitud del Evangelio sobre la tierra, tenemos una vez más el privilegio de saber estas verdades referentes al cuerpo. José Smith enseñó: “Vinimos a este mundo con objeto de obtener un cuerpo y poder presentarlo puro ante Dios en el reino celestial. El gran plan de la felicidad consiste en tener un cuerpo. El diablo no tiene cuerpo, y en eso consiste su castigo” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 217).

Satanás aprendió estas mismas verdades referentes al cuerpo, pero aun así, su castigo es que no tiene un cuerpo. Por lo tanto, intenta hacer todo lo posible para que maltratemos y hagamos mal uso de este preciado don. Ha llenado el mundo de mentiras y engaños sobre el cuerpo. Tienta a muchos a profanar ese gran don mediante la falta de castidad, la inmodestia, la satisfacción de los propios placeres y la adicción. Seduce a algunos a menospreciar su cuerpo y a otros los tienta para que lo adoren. En cualquiera de los casos, él persuade al mundo a considerar el cuerpo como un simple objeto. Debido a las muchas falsedades satánicas acerca de él, quiero hoy alzar mi voz a favor de la santidad del cuerpo. Testifico que el cuerpo es un don, que se debe tratar con gratitud y respeto. Seguir leyendo

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Prepárense… sean fuertes de ahora en adelante

Conferencia General Octubre 2005
Prepárense… sean fuertes de ahora en adelante
Obispo Keith B. McMullin
Segundo Consejero del Obispado Presidente

La tragedia nunca triunfa donde prevalezca la rectitud personal.

Keith B. McMullin

¿Se han encontrado alguna vez en una conversación en la cual de repente hayan tenido que guardar silencio mientras su punto de vista se interpretaba mal y se menospreciaba? A mí me pasó eso hace casi veinticinco años, y la frustración de aquella conversación sin terminar ha permanecido conmigo hasta hoy.

Cuando era presidente de misión, nos invitaron a mí y a otros miembros de la Iglesia a reunirnos con el alcalde de una de las ciudades de la misión. Al llegar a su oficina, nos recibió cordialmente. Nuestra conversación giró en cuanto a los problemas de actualidad de la época. Al fin, nos preguntó por qué hacía la Iglesia obra misional en su ciudad.

No fue una pregunta inesperada; unas semanas antes yo había tenido la impresión de que nos haría esa pregunta y de cuál debía ser mi respuesta, así que le contesté: “El Evangelio de Jesucristo proporciona respuestas y soluciones a todos los problemas del mundo, incluso los que enfrentan los buenos habitantes de su ciudad. Por eso estamos aquí”.

Estaba totalmente seguro de que el alcalde querría saber más. En cambio, su ánimo cambió y en su rostro se reflejaron primero escepticismo y después desprecio; hizo comentarios desagradables sobre mi ingenuidad para encarar los problemas mundiales y abruptamente puso fin a la visita. No se nos permitió hacer ninguna aclaración.

Esta mañana me gustaría finalizar aquella conversación. Espero que el buen alcalde esté escuchando, porque lo que sigue es vital para un mundo turbulento.

Las terribles calamidades de los últimos años nos hacen reflexionar; están sucediendo con mayor frecuencia e intensidad. Las fuerzas naturales tienen un alcance feroz, los asaltos humanos son despiadados en su mortandad y los apetitos desatados están conduciendo al libertinaje, al crimen y a la destrucción de la familia en proporciones desmedidas. El maremoto del sur de Asia y los huracanes en los Estados Unidos, con su enorme número de víctimas, son los desastres más recientes que han captado nuestra atención. De todo el mundo se han extendido corazones y manos para alcanzar a los que han sido tan profundamente damnificados. Durante un breve período, las diferencias dieron paso a la compasión y al amor.

Estamos en deuda con aquellos que, al ser golpeados por las calamidades, nos recuerdan que el hombre depende de Dios. Una viuda que, en un campo de refugiados, angustiada por el asesinato brutal de sus hijos, dice sollozando: “¡No debo perder la fe!”; los sobrevivientes, abrumados por la furia de Katrina, exclaman rogando: “¡Oren por nosotros!” 1 .

Las causas de esas calamidades son el tema de polémicas aparentemente interminables. Los comentaristas, los políticos, los científicos y muchas personas más tienen su opinión en cuanto a cuáles son esas causas.

El Señor Jesucristo dijo, refiriéndose a la restauración de Su Evangelio:

“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos…

“Escudriñad estos mandamientos porque son verdaderos y fidedignos, y las profecías y promesas que contienen se cumplirán todas” 2 .

Volvamos la atención a las razones o a los propósitos de esas calamidades. Felizmente, en esto no hay lugar a la polémica porque tenemos la plenitud del Evangelio de Cristo, del cual podemos depender. Escudriñemos las palabras de los profetas en el Libro de Mormón y en la Biblia; leamos las enseñanzas de Jesucristo en el capítulo 24 de Mateo 3 ; estudiemos en Doctrina y Convenios las revelaciones del Señor en los últimos días 4 . En esas fuentes aprendemos cuáles son los propósitos de Dios con respecto a dichos asuntos.

Las calamidades son una forma de adversidad y ésta es una parte necesaria del plan del Padre Celestial para la felicidad de Sus hijos. Seguir leyendo

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Discurso de apertura

Conferencia General Octubre 2005
Discurso de apertura
Presidente Gordon B. Hinckley

El crecimiento de la Iglesia desde sus primeros años hasta su estado actual es extraordinario, y sólo estamos comenzando.

Gordon B. Hinckley

Mis hermanos y hermanas, deseo yo también darles la bienvenida a esta gran conferencia mundial de la Iglesia. El inmenso Centro de Conferencias de Salt Lake City está totalmente lleno, y otras salas de esta zona están igualmente repletas. Nos dirigimos también a los que están más allá, en tierras y climas diversos. A todos les damos la bienvenida. Los amamos como nuestros hermanos y hermanas.

Hace más de setenta años estuve cumpliendo una misión en las Islas Británicas. Parte del imperio británico estaba todavía intacto; era el grupo político de naciones más ampliamente extendido sobre la faz de la tierra, y se decía que el sol nunca se ponía en el imperio británico. La bandera británica flameaba por todo el mundo.

En diversos aspectos, de ese imperio surgieron muchos beneficios; pero también provocó enorme sufrimiento como resultado de la conquista, la opresión, la guerra y los conflictos. Los cuerpos de soldados británicos quedaron enterrados en tumbas por toda la tierra.

Ahora, todo eso acabó. Rudyard Kipling escribió de su fallecimiento en su poema “Recessional” [“La retirada”]:

Nuestro dominio y poder
son cual la flor que se secó,
y nuestra gloria de ayer
cuan Nínive y Tiro se desplomó.
(Véase “God of Our Fathers, Known of Old”, Hymns, Nº 80.)

Ahora, hay otro imperio: el imperio de Cristo el Señor. Es el imperio del Evangelio restaurado, el reino de Dios. Y en este reino el sol jamás se pone. No ha surgido de la conquista, el conflicto ni la guerra, sino que proviene de la persuasión pacífica, el testimonio y la enseñanza, uno aquí y el otro allá.

Como todos ustedes saben, este año conmemoramos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith y el aniversario Nº 175 de la organización de la Iglesia.

El crecimiento de la Iglesia desde sus primeros años hasta su estado actual es extraordinario, y sólo estamos comenzando.

La construcción de templos es una indicación de ese progreso; tenemos actualmente ciento veintidós funcionando en diversas partes del mundo, y nuestro pueblo es grandemente bendecido por ellos. Toda persona que es digna de tener una recomendación para el templo también es considerada fiel Santo de los Últimos Días; es alguien que paga el diezmo íntegro, que observa la Palabra de Sabiduría, que tiene buenas relaciones familiares y que será el mejor ciudadano de la comunidad. El servicio que se presta en el templo es el resultado final de toda nuestra enseñanza y actividad.

El año pasado se llevaron a cabo treinta y dos millones de ordenanzas en los templos, que es más de lo que se había hecho en ninguno de los años anteriores. Actualmente, algunos templos se llenan, a veces con más participantes de los que pueden contener. Es preciso satisfacer las necesidades y los deseos de nuestros santos fieles.

Anteriormente habíamos anunciado un nuevo templo en el cuadrante sureste del Valle de Lago Salado. Ahora tenemos dos terrenos excelentes más en las zonas oeste y suroeste del valle, gracias a la amabilidad de las inmobiliarias de urbanización de esas propiedades. El primero que edificaremos se encuentra en la urbanización denominada Daybreak, y esta mañana hacemos un anuncio público de ello. Ustedes se preguntarán por qué favorecemos tanto a Utah; lo hacemos en virtud del requerimiento dado su nivel de actividad. Pero también estamos avanzando con templos nuevos en Rexburg y Twin Falls, Idaho; en Sacramento, California; en Helsinki, Finlandia; en la Ciudad de Panamá, Panamá; en Curitiba, Brasil, y otro que no puedo mencionar porque todavía no se ha anunciado, pero que pronto se anunciará. Se están considerando otros más. En todos los que mencioné tenemos ya la propiedad, y la obra marcha adelante en diferentes grados de construcción.

Estamos agradecidos por las consagraciones de nuestro pueblo que hacen que todo eso sea posible.

Uno de los aspectos más complicados de la actividad en el templo es que, al tener cada vez más templos esparcidos por la tierra, hay una repetición de trabajo en la obra vicaria; hay personas en distintas naciones trabajando simultáneamente en las mismas líneas familiares y con los mismos nombres, y no saben que hay otros en otras regiones que están haciendo lo mismo. Por ese motivo, desde hace un tiempo nos hemos embarcado en una tarea muy difícil. Para evitar esa repetición, la solución consiste en recurrir a una tecnología computarizada compleja. Se han tenido algunas indicaciones de que dará resultado y, si es así, será un hecho extraordinario con implicaciones mundiales.

Como muchos ya saben, hemos estado llevando a cabo conferencias de estaca empleando la transmisión vía satélite. La Iglesia ha crecido tanto que a los miembros de la Primera Presidencia, el Quórum de los Doce y otras Autoridades Generales ya no les es posible visitar las estacas una por una, excepto para reorganizarlas o dividirlas. La transmisión vía satélite nos permite hablar en Salt Lake City y que nos oigan y nos vean en centros de estaca y otros edificios de todo el mundo. Es algo milagroso y magnífico.

Por el mismo medio, muchos de ustedes están participando hoy de esta conferencia; nos encontramos unidos como una vasta familia internacional en la música y las oraciones, y en la instrucción y el testimonio de nuestras Autoridades Generales.

Gracias por todo lo que hacen, maravillosos Santos de los Últimos Días. Gracias por los enormes esfuerzos de los Setenta de Área, de los obispados y de las presidencias de estaca, de los líderes de las organizaciones auxiliares, de los presidentes de templo y misión, y de muchos, muchos, muchos más que dan tan generosamente de su tiempo, sus labores y medios para adelantar el reino de Dios sobre la tierra.

Ruego, mis hermanos y hermanas, que las selectas bendiciones del cielo se derramen sobre ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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