Él nos conoce; Él nos ama

Conferencia General Octubre 2003
Él nos conoce; Él nos ama
Sydney S. Reynolds
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria

El Señor… sabe quiénes somos y dónde estamos, y Él sabe quién necesita nuestra ayuda.

José Smith, a los catorce años de edad tiene que haber sido uno de los seres humanos más desconocidos sobre la tierra y, no obstante, el Dios del cielo le conocía y le llamó por su nombre en la Arboleda Sagrada. Creo que el Señor conoce mi nombre y también el nombre de ustedes.

En la Primaria enseñamos a los niños que todos los seres humanos son hijos de Dios y que su Padre Celestial los conoce y los ama. Los líderes de la Primaria y del sacerdocio ejemplifican lo que haría el Salvador cuando llaman a un niño por su nombre. Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” 1 . Las Escrituras testifican: “…y a sus ovejas llama por nombre, y las saca…” 2 .

El Señor no sólo sabe quiénes somos, sino que Él sabe dónde estamos y nos guía a hacer lo bueno. Un día, una madre de familia que conozco tuvo la fuerte sensación de llamar por teléfono a su hija. (Esto siempre ocurre a las madres.) Era mediodía y se hallaba en el trabajo, por lo que la llamada fue inusitada. Para su sorpresa, el yerno contestó el teléfono; él tampoco suele estar en casa los días laborables. Al pasar el teléfono a su esposa, le dijo: “Es tu mamá con su habitual inspiración”.

Acababan de regresar a casa tras haber ido a ver al médico. La joven se puso al habla conteniendo las lágrimas y le dijo: “Mamá, la ecografía revela que el cordón umbilical da dos vueltas al cuello del niño. El médico dice que no hay más remedio que practicar una operación cesárea y muy pronto”. En seguida, le expresó el verdadero motivo de su angustia: “¡Y dice que no podré levantar nada que pese más que el niño durante cuatro semanas!”. Necesitaba la constancia tranquilizadora, antes de someterse a la intervención, de que el Señor conocía su imperiosa necesidad y de que la amaba, así como de que alguien cuidaría en casa de sus tres hijos, que eran aún muy pequeños. Cuando las madres —y los padres— ruegan al Señor que bendiga y fortalezca a su familia, Él les señala el camino.

La hermana Gayle Clegg, de la presidencia general de la Primaria, y su esposo vivieron un número de años en Brasil. Hace poco, ella fue a Japón por una asignación de la Primaria. Al llegar a la capilla el domingo, se fijó en que, entre los santos japoneses, había una familia brasileña. Dijo que echó de ver en seguida que eran brasileños. Tuvo tan sólo un minuto para saludarlos y, si bien la madre y los hijos le parecieron muy entusiastas, advirtió que el padre estaba algo taciturno. “Tendré ocasión de conversar con ellos después de la reunión”, pensó, mientras la conducían a su asiento en el estrado. Dio su mensaje en inglés, el cual se tradujo al japonés; en seguida, sintió que debía expresar su testimonio también en portugués. Vaciló un poco, puesto que no había traductores de portugués y el 98 por ciento de la gente no entendería lo que ella diría. Seguir leyendo

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El mensaje de la Restauración

Conferencia General Octubre 2003
El mensaje de la Restauración
Élder Charles Didier
De la Presidencia los Setenta

El mensaje de la Restauración es [una] invitación a saber por qué el Evangelio de Jesucristo y Su Iglesia verdadera han sido restaurados por un Profeta en los tiempos modernos.

Las palabras son parte de un vocabulario que utilizamos para compartir sentimientos, conocimiento o datos unos con otros. Entre esas palabras, hay una pregunta que se emplea para saber la causa o la razón de algo. Cuando se pronuncia, es para satisfacer la curiosidad, descubrir lo que no se sabe o recibir respuestas a preguntas vitales que se relacionan con la vida terrenal. Si no se utiliza, el proceso de pensar se detiene y prevalece la ignorancia. ¿Y cuál es esa pregunta esencial? ¿La adivinaron? Se compone de dos palabras; es la pregunta por qué.

Por qué es una de las primeras preguntas favoritas de los niños, y especialmente de los adolescentes. Uno de los por qué preferidos de un nieto mío es “¿Por qué tengo que comer verduras?” Luego, los niños crecen y los por qué comienzan a explorar sentimientos: “¿Por qué tuvo que morir la abuela?”. A continuación viene la búsqueda de conocimiento o la confirmación de responsabilidades: “¿Por qué tengo que ir a la Iglesia, o salir en una misión? ¿Por qué se nos manda dar a conocer el Evangelio a la gente?”.

Esta última pregunta es complicada. La obra misional es también responsabilidad de todo miembro, el hacer oír “la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (véase D. y C. 38:41). ¿Por qué? Para que otras personas puedan recibir las ordenanzas salvadoras en la Iglesia de Jesucristo por haberlos invitado a venir a Cristo (véase Moroni 10:32). El mensaje de la Restauración es esa invitación a saber por qué el Evangelio de Jesucristo y Su Iglesia verdadera han sido restaurados por un Profeta en los tiempos modernos.

¿Cómo pueden extender esa invitación a alguien?

Primero, afirmando que Dios nuestro Padre vive, que nos ama y que es un Dios de revelación. ¿Y cómo lo sabemos? Por revelación y por el testimonio de los profetas.

La historia religiosa comienza en la Biblia, que es un registro de las primeras revelaciones de Dios a Sus profetas respecto a sus tratos con la humanidad. Comienza con el relato de Adán y Eva, nuestros primeros padres; su creación, su caída y las consecuencias de ésta: la mortalidad y la separación de Dios; y sus primeros pasos en el mundo terrenal. Probablemente una de sus primeras preguntas haya sido: “¿Por qué estamos aquí?” Para averiguarlo, su única solución era invocar el nombre del Señor, su sola fuente de verdadero conocimiento (véase Génesis 4:26). Por revelación directa, oyeron la voz del Señor mandándoles que debían adorar al Señor su Dios y hacerle una ofrenda (véase Génesis 4:4; Moisés 5:4–5). Por revelación que recibieron después, a Adán y a Eva se les enseñó que la ofrenda era en semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, y que Jesucristo era el único nombre por medio del cual recibirían la salvación. A continuación, se les prometió el don del Espíritu Santo, por el que se les daría lo que pidieran (véase Moisés 5:6–7; 6:52).

Más adelante, por el poder del Espíritu Santo, Adán obtuvo un testimonio certero e infalible de que Jesús era el Cristo, el Salvador y Redentor del mundo. Al dar a Adán y Eva conocimiento sobre su relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sobre la Expiación y la Resurrección, y sobre los primeros principios y ordenanzas del Evangelio de salvación, se les restauró literalmente la comprensión de su condición mortal después de la Caída. Seguir leyendo

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La grandiosidad de Dios

Conferencia General Octubre 2003
La grandiosidad de Dios
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Con palabras y con hechos, Jesús intentaba revelarnos y darnos a conocer la verdadera naturaleza de Su Padre, nuestro Padre Celestial.

Entre los muchos propósitos magníficos de la vida y del ministerio del Señor Jesucristo, a menudo se pasa por alto un aspecto grandioso de esa misión. Sus seguidores no lo comprendieron plenamente en esa época, y muchos de la cristiandad moderna tampoco lo comprenden, pero el Salvador mismo lo mencionó repetida y enfáticamente. La gran verdad es que en todo lo que Jesús vino a hacer y a decir, incluso Su sufrimiento y sacrificio expiatorio, y en eso especialmente, Él nos estaba enseñando quién es y cómo es Dios nuestro Padre Eterno, cuán intensamente se dedica a Sus Hijos en toda época y en toda nación. Con palabras y con hechos, Jesús intentaba revelarnos y darnos a conocer la verdadera naturaleza de Su Padre, nuestro Padre Celestial.

En parte, hizo eso porque en aquel entonces, como ahora, todos debemos conocer a Dios más a fondo para amarle con más fuerza y obedecerle más completamente. Como se declara en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: “El primer mandamiento de todos es… amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el [primero y grande] mandamiento” 1 .

Con razón, entonces, el profeta José Smith enseñó: “El primer principio del Evangelio es conocer con certeza el carácter de Dios… Quiero que todos ustedes le conozcan”, dijo él, “y se familiaricen con Él 2 … Debemos tener el concepto correcto de Sus… perfecciones y atributos… una admiración de la excelencia de [Su] carácter” 3 . Por tanto, la primera frase de la declaración de nuestra fe es: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre” 4 . Y así lo hizo Jesús, enfáticamente. Aun al reconocer Su propia función singular en el plan divino, el Salvador insistió, al iniciar su súplica con estas palabras: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero” 5 .

Después de que generaciones de profetas habían intentado enseñar a la familia del hombre la voluntad y el camino de Dios, por lo general con poco éxito, Él, en Su máximo esfuerzo por permitirnos conocerle, envió a la tierra a Su Hijo Unigénito y Perfecto, creado a Su imagen y semejanza, para que sirviera entre mortales y viviera los rigores de la vida cotidiana.

Venir a la tierra con tal responsabilidad, ocupando el lugar de Elohim —hablando como Él hablaría, juzgando y sirviendo, amando y amonestando, soportando y perdonando como Él lo haría— es un deber de proporciones tan asombrosas que ustedes y yo no podemos comprenderlo. Pero con la lealtad y la determinación característicos de un hijo divino, Jesús podía comprenderlo y lo llevó a cabo. Luego, cuando comenzó a recibir las alabanzas y los honores, humildemente dirigió todo el encomio hacia el Padre.

“El Padre… hace las obras”, dijo con fervor. “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” 6 . En otra ocasión dijo: “Yo hablo lo que he visto cerca del Padre… Nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre… He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” 7 . Seguir leyendo

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El Constructor de puentes

Conferencia General Octubre 2003
El Constructor de puentes
Presidente Thomas S. Monson
Primer consejero de la Primera Presidencia

Jesucristo… ha construido los puentes sobre los cuales debemos pasar para llegar a nuestro hogar celestial.

Hace muchos años leí un libro titulado The Way to the Western Sea (“El camino hacia el Mar del Oeste”), de David S. Lavender. La obra ofrece un fascinante relato del colosal viaje de Meriwether Lewis y William Clark al frente de su famosa expedición que cruzaba Norteamérica en busca de un camino por tierra hacia el Océano Pacífico.

Su jornada resultó ser una pesadilla de ardua labor, profundos desfiladeros que debían cruzar y un largo trayecto a pie, llevando con ellos sus embarcaciones cargadas de pesadas provisiones hasta encontrar la siguiente corriente de agua por la cual seguir su viaje.

Al leer en cuanto a sus experiencias, a menudo me preguntaba Si hubieran podido contar con modernos puentes para sortear los cañones o las agitadas aguas, y acudían a mi mente imágenes de magníficos puentes de nuestra época que cumplen con esta función: el hermoso Golden Gate de la bahía de San Francisco; el sólido puente de la bahía de Sydney, Australia, así como otros en distintas partes del mundo.

En realidad, todos somos viajeros y exploradores en la vida mortal. No tenemos la ventaja de una experiencia personal previa; debemos cruzar profundos precipicios y aguas turbulentas en nuestro periplo aquí en la tierra.

Tal vez haya sido aquella sombría imagen la que inspiró al poeta Will Allen Dromgoole a escribir su clásico poema titulado: “El constructor de puentes”.

Caminaba un anciano por un sendero desolado,
al caer la tarde de un día frío y nublado.
Llegó él a un barranco muy ancho y escabroso
por cuyo fondo corría un lúgubre arroyo.
Cruzó así al otro lado en la tenue luz del día,
pues aquello al anciano ningún miedo ofrecía.
Al llegar a la otra orilla construyó el hombre un puente
que hiciera más seguro atravesar la corriente.
“¡Escuche!”, le dijo un viajero que pasaba por allí,
“malgasta usted su tiempo al construir un puente aquí.
Su viaje ya termina, pues ha llegado el fin del día
y ya nunca más transitará por esta vía.
Ha cruzado el barranco, dejando atrás lo más duro,
¿por qué construye un puente, estando ya tan oscuro?
El anciano constructor levantó entonces la cabeza:
“Es que por este mismo camino”, respondió con firmeza,
“noté que hace algunas horas me trataba de alcanzar
un jovencito inexperto que por acá ha de cruzar.
Este profundo barranco para mí no ha sido nada,
mas para el joven que viene será una encrucijada.
En las sombras pasará cuando llegue aquí,
es por eso que para él este puente construí” 1.

El mensaje del poema me hizo reflexionar y consoló mi alma, pues nuestro Señor y Salvador Jesucristo fue el Arquitecto Supremo y el Constructor de Puentes para ustedes, para mí y para toda la humanidad. Él ha construido los puentes sobre los cuales debemos pasar para llegar a nuestro hogar celestial.

La misión del Salvador fue predicha. Mateo escribió: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” 2.

Después vino el milagro de Su nacimiento y los pastores que fueron rápidamente a ese establo, a aquella madre, a aquel niño. Aun los magos que viajaban desde el oriente siguieron aquella estrella y ofrecieron sus presentes al recién nacido.

Las Escrituras dicen que Jesús “crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” 3, y que Él “anduvo haciendo bienes” 4. Seguir leyendo

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Los pastores de Israel

Conferencia General Octubre 2003
Los pastores de Israel
Presidente Gordon B. Hinckley

Le doy gracias al Señor por los buenos obispos de esta Iglesia… Que encuentren la paz que proviene sólo de Dios a aquellos que le sirven.

Hermanos, en esta ocasión haré algo poco común: repetiré algunas partes de un discurso que pronuncié hace 15 años en una reunión general del Sacerdocio. Hablaré sobre los obispos de la Iglesia y también les hablaré a ellos, ese maravilloso grupo de hombres que en un sentido muy real son los pastores de Israel.

Todos los que participamos en esta conferencia rendimos cuenta a un obispo o a un presidente de rama. Enorme es el peso que ellos llevan sobre sus hombros, e invito a todo miembro de la Iglesia a hacer todo lo posible para que resulten más livianas las cargas que tienen nuestros obispos y presidentes de rama en su labor.

Debemos orar por ellos; ellos necesitan ayuda al llevar esa pesada carga. Podemos apoyarles más y ser menos dependientes de ellos; podemos ayudarles de muchas maneras y agradecerles todo lo que hacen por nosotros. Los estamos agotando en poco tiempo debido a las cargas que imponemos sobre ellos.

Tenemos más de 18.000 obispos en la Iglesia y cada uno de ellos ha sido llamado por el espíritu de profecía y revelación, y ha sido apartado y ordenado por medio de la imposición de manos. Cada uno de ellos tiene las llaves de la presidencia de su barrio; cada uno es sumo sacerdote, el sumo sacerdote presidente de su barrio; cada uno tiene sobre sus hombros tremendas responsabilidades de mayordomía; cada uno se erige como el padre de su gente.

Ninguno recibe sueldo por el servicio que presta; ningún obispo de barrio recibe compensación de la Iglesia por su trabajo como obispo.

Los requisitos de un obispo en la actualidad son los mismos que en los días de Pablo, que escribió a Timoteo:

“…es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;
“no dado al vino, no pendenciero [esto es, que no tiene que ser matón ni violento], no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;
“que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad
“(pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?);
“no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:2–6).

En su carta a Tito, Pablo agrega que “es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios…

“retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:7, 9).

Estas palabras describen bien a un obispo de la actualidad en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Ahora quisiera hablar directamente a los miles de obispos que están escuchándome esta noche. Primero, quiero que sepan que les amo por su integridad y su bondad. Ustedes deben ser hombres íntegros y ser ejemplos a las congregaciones que presiden; deben tener principios elevados para poder elevar a otras personas; deben ser completamente honrados porque manejan los fondos del Señor, los diezmos de la gente, las ofrendas que provienen de esos ayunos y las contribuciones que hacen de sus limitados recursos. ¡Cuán grande es la confianza que se ha depositado en ustedes como guardianes del dinero del Señor! Seguir leyendo

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Tráele a casa

Conferencia General Octubre 2003
Tráele a casa
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Podemos, con la ayuda del Señor, tender una mano de auxilio y rescatar a aquellos de los que somos responsables.

Mis queridos hermanos, es una lección de humildad estar ante ustedes en esta ocasión y pensar que, además de la imponente congregación que hay aquí, en el Centro de Conferencias, muchos cientos de miles de poseedores del sacerdocio están también reunidos por todo el mundo.

Mientras meditaba en la responsabilidad de dirigirles la palabra, recordé la definición de la autoridad del sacerdocio que dio el presidente Stephen L Richards. Él dijo: “Por lo general, el sacerdocio se define sencillamente como ‘el poder de Dios delegado al hombre’. Creo que esa definición es correcta, pero, por razones prácticas, me gusta definirlo en términos de servicio y con frecuencia lo llamo el ‘plan perfecto del servicio’” 1 .

Ya sea que poseamos el oficio de diácono en el Sacerdocio Aarónico o el de élder en el Sacerdocio de Melquisedec, el deber nos obliga por la revelación del Señor que se encuentra en la sección 107 de Doctrina y Convenios, versículo 99: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”.

Cuando mi hijo menor Clark estaba por cumplir doce años de edad, él y yo salíamos del Edificio de la Administración de la Iglesia cuando el presidente Harold B. Lee se acercó a saludarnos. Le mencioné que Clark pronto cumpliría doce años, por lo que el presidente Lee se volvió hacia él y le preguntó: “¿Qué te ocurre cuando cumples doce años?”.

Aquél fue uno de esos momentos en los que un padre ruega que el hijo sea inspirado y dé la respuesta correcta. Clark, sin vacilar, dijo al presidente Lee: “¡Seré ordenado diácono!”.

La respuesta fue la que el presidente Lee buscaba. Entonces aconsejó a mi hijo: “Recuerda que es una gran bendición poseer el sacerdocio”.

De niño, yo esperaba con gran anhelo servir la Santa Cena a los miembros del barrio. A los diáconos nos enseñaban con respecto a nuestros deberes. Uno de los hermanos del barrio, Louis, padecía de una parálisis que le hacía temblar la cabeza y las manos con tal violencia que no podía por sí mismo participar de la Santa Cena. Todos los diáconos sabían que su deber al servir a Louis era sostenerle el pan en los labios para que participase de él y, del mismo modo, llevarle el vaso de agua a la boca con una mano y sostenerle a la vez la cabeza con la otra; mientras tanto, otro diácono sostenía la bandeja. Louis siempre decía: “Gracias”.

En esta conferencia se cumplen cuarenta años desde que el presidente David O. McKay me llamó a ser miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. En la primera reunión de la Presidencia y los Doce a la que asistí, en la que se servía la Santa Cena, el presidente McKay anunció: “Antes de que participemos de la Santa Cena, quisiera pedir al más nuevo de los miembros de este grupo, al hermano Monson, que tenga a bien hablarnos a la Presidencia y a los Doce sobre el sacrificio expiatorio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. En aquel momento comprendí en verdad el antiguo adagio que dice: “Cuando el momento de la decisión ha llegado, el tiempo de la preparación ha pasado”. También fue la ocasión de recordar el consejo que se encuentra en 1 Pedro: “…estad siempre preparados para presentar defensa… ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” 2 . Seguir leyendo

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El prodigio que son ustedes

Conferencia General Octubre 2003
El prodigio que son ustedes
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Empiecen a descubrir quiénes son ustedes realmente al aprender más de sus antepasados.

Mis queridos hermanos del sacerdocio de Dios en todo el mundo, reciba cada uno de ustedes nuestro amor y saludos dondequiera que se encuentre.

Imaginen conmigo a una huerfanita de seis años caminando por las planicies de los Estados Unidos; se llama Elsie Ann; su madre falleció cuando la niña contaba dos años; el padre volvió a casarse y por un tiempo tuvo una madrastra. Luego su papá falleció en Winter Quarters cuando ella tenía cinco años. La madrastra volvió a casarse y se fue, dejando a la pequeña huérfana a cargo de unos parientes suyos, Peter y Selina Robison. Elsie Ann partió de Winter Quarters con la familia Robison en julio de 1849 en dirección al Oeste. Mientras contemplaba cómo Selina cuidaba a su hijita de diez meses, el corazón de Elsie Ann anhelaría sin duda el amor de su propia madre y quizás a veces hasta se preguntara: “¿Dónde está mi mamá?”.

Siento mucha compasión por esa niñita al pensar en cómo tuvo que hacer frente a un futuro incierto sin parientes consanguíneos que la consolaran ni la ayudaran. Elsie Ann era mi bisabuela y no fue sino hasta hace poco que descubrimos quién fue realmente su madre. Durante años, creíamos que era hija de Jane Robison, pero una investigación minuciosa nos permitió descubrir su verdadero parentesco; después de todos estos años, Elsie Ann pudo por fin sellarse a su padre, John Akerley, y a su madre, Mary Moore.

Mis abuelos han ejercido una gran influencia en mi vida y, aunque fallecieron hace muchos años, aún siento el sostén de su amor. Uno de mis abuelos, James Akerley Faust, falleció antes de que yo naciera; sólo lo conozco a través de los relatos que mi abuela y mis padres me contaron de él. Sin embargo, me siento fuertemente unido a él porque, en parte, soy lo que él fue. Entre otras cosas, fue vaquero, ranchero y jefe de una sucursal de correos en el centro de Utah. Cierto invierno, se fue de viaje a Idaho, donde se encontró con un conocido que vivía en la pobreza; hacía frío y su amigo no tenía abrigo, por lo que el abuelo se quitó el suyo y se lo dio.

Esta tarde deseo instar a los jóvenes a que empiecen a descubrir quiénes son ustedes realmente al aprender más de sus antepasados. Alex Haley, autor del libro Raíces, ha dicho: “En todos nosotros existe un profundo deseo de conocer nuestro linaje, de saber quiénes somos y de dónde venimos. Sin ese conocimiento ennoblecedor, sentimos nostalgia y, no obstante lo que logremos en la vida, hay en nosotros un vacío y una inquietante soledad” 1 . Podemos tener experiencias emocionantes al aprender sobre nuestros vibrantes y dinámicos antepasados. Ellos fueron personas muy reales, vivas, con problemas, esperanzas y sueños semejantes a los nuestros.

En muchos aspectos, cada uno de nosotros es la suma total de lo que fueron nuestros antepasados. Las virtudes que ellos tuvieron pueden ser nuestras virtudes, sus puntos fuertes los nuestros y, en cierta forma, sus desafíos pueden ser nuestros desafíos. Quizás tengamos también algunos de sus rasgos. Hace un tiempo me fijé en que uno de nuestros nietos, un niñito, parecía tener una forma curiosa de caminar. Mi esposa me dijo: “¡Pero si camina como tú!”. Ahora me pregunto de quién habré heredado esa característica.

Es un gozo familiarizarnos con nuestros antepasados que fallecieron hace tanto tiempo. Cada uno de nosotros cuenta con una historia familiar fascinante. La búsqueda de sus antepasados quizás resulte uno de los rompecabezas más interesantes en el que puedan trabajar ustedes, jovencitos. Seguir leyendo

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El sacerdocio, las llaves y el poder para bendecir

Conferencia General Octubre 2003
El sacerdocio, las llaves y el poder para bendecir
Élder Merrill J. Bateman
De la Presidencia de los Setenta

Se espera que los dignos poseedores del Sacerdocio de Melquisedec empleen el poder que les ha sido delegado para bendecir a los demás, empezando por sus propias familias.

El testimonio de José Smith y Oliver Cowdery sobre cómo el sacerdocio y sus poderes fueron devueltos a la tierra constituye una de las evidencias más notables de la Restauración. En cada caso, el sacerdocio y sus llaves fueron restaurados por mensajeros divinos que los habían poseído en la antigüedad. Juan el Bautista entregó el Sacerdocio Aarónico con las llaves del arrepentimiento y el bautismo 1 . Pedro, Santiago y Juan no sólo restauraron el Sacerdocio de Melquisedec, sino también las “llaves del reino” 2 . Moisés y Elías regresaron con las llaves del “recogimiento” y las de “sellar” 3 . Los acontecimientos que describen el retorno del sacerdocio son extraordinarios por el hecho de que cumplen con el modelo bíblico de la restauración del sacerdocio efectuada en dispensaciones anteriores. Por ejemplo, consideremos la restauración y la transferencia de los poderes del sacerdocio en la época del Salvador.

Cerca ya del fin de Su ministerio, Jesús prometió a Pedro “las llaves del reino” 4 , sabiendo que Él partiría pronto y que los apóstoles iban a necesitar las llaves del sacerdocio para dirigir la obra tras Su ascensión. A fin de poder recibir las llaves, Mateo registra que el Salvador “tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan… y los llevó… a un monte alto”, donde “se transfiguró delante de ellos” y se “les aparecieron Moisés y Elías” 5 . Poco después de este acontecimiento, el Salvador declaró que los apóstoles tenían ya las llaves para dirigir el ministerio 6 . El profeta José Smith declara que “el Salvador, Moisés y Elías entregaron las llaves a Pedro, Santiago y Juan en el monte de la transfiguración” 7 .

El modelo de la restauración del sacerdocio que describe Mateo es idéntico al que se siguió en nuestra dispensación. Los apóstoles y los profetas designados por el Señor para poseer las llaves en dispensaciones anteriores las devolvieron a la tierra al comenzar esta dispensación.

En contraposición a esto, los ministros del siglo diecinueve del área de Palmyra, al no entender la gran apostasía que había tenido lugar, creían en un proceso completamente diferente para recibir el sacerdocio. Creían que el poder para predicar procedía de un llamamiento interior dirigido a un sacerdocio de creyentes, y no comprendían la necesidad de recibir el sacerdocio de una persona con autoridad y mediante la imposición de manos 8 . Además, tampoco entendían el propósito ni la necesidad de las llaves del sacerdocio.

El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios delegadas al hombre, y las llaves del sacerdocio constituyen el derecho a dirigir el uso de ese poder. El Presidente de la Iglesia posee las llaves necesarias para gobernar toda la Iglesia. Sus consejeros de la Primera Presidencia, así como el Quórum de los Doce Apóstoles, poseen también las llaves del reino y actúan bajo la dirección del Presidente. A los presidentes de estaca, obispos, y a los presidentes de templo, de misión y de quórum se dan llaves para guiar la Iglesia y sus jurisdicciones. Los consejeros de éstos no poseen llaves, pero “reciben la autoridad delegada por el llamamiento y la asignación” 9 . Seguir leyendo

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Los jóvenes: poseedores de llaves

Conferencia General Octubre 2003
Los jóvenes: poseedores de llaves
Élder Monte J. Brough
De los Setenta

Necesitamos jóvenes que estén a la altura de sus llamamientos, que sepan del derecho ordenado que tienen de obrar en el oficio al que son nombrados.

Tengo en la mano un ejemplar de un manual de la Escuela Dominical titulado Líderes de las Escrituras, que se imprimió en 1947. Sus autores eran Marion G. Merkley y Gordon B. Hinckley. ¡Hace cincuenta y seis años! He tenido este manual en mi hogar durante muchos años, y es parte de la motivación para este discurso.

Uno de los acontecimientos más importantes de la Restauración es el del Sacerdocio Aarónico en mayo de 1829. Juan el Bautista se apareció al profeta José Smith y a Oliver Cowdery.

José relata: “Mientras en esto nos hallábamos, orando e implorando al Señor, descendió un mensajero del cielo en una nube de luz y, habiendo puesto sus manos sobre nosotros, nos ordenó, diciendo:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados” 1 .

En esta sesión del sacerdocio de la conferencia general tenemos a miles de jóvenes que poseen el Sacerdocio Aarónico y que pertenecen a quórumes de diáconos, de maestros y de presbíteros por todo el mundo. Cada quórum está encabezado por una presidencia de quórum, incluso un presidente que posee las llaves para dirigir al quórum individual del sacerdocio.

Quizás muchos de nosotros consideremos que esos líderes sean demasiado jóvenes para desempeñar esas importantes responsabilidades. Examinemos a algunas personas que son ejemplos de lo que los jóvenes pueden hacer en realidad.

Primero, el profeta Jeremías:

“Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:
“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.
“Y yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.
“Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande…
“Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca” 2 .

Si el Señor deseara, ¿no podría también poner palabras en la boca del presidente de un quórum de diáconos de trece años de edad que “tiene las llaves del ministerio de ángeles?”

Otro jovencito, Timoteo, fue compañero misional del apóstol Pablo. Las epístolas de Pablo a Timoteo son un tributo a la fe y al testimonio de este mismo jovencito. Permítanme leer unas citas de esas epístolas: Seguir leyendo

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La responsabilidad del sacerdocio en forma personal

Conferencia General Octubre 2003
La responsabilidad del sacerdocio en forma personal
Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Cuando se les ordena a un oficio en el sacerdocio, se les concede autoridad; pero el poder procede del ejercicio recto de dicha autoridad.

Mis queridos hermanos del sacerdocio, aunque procedemos de muchas naciones, somos, como dijo Pablo, de “un Señor, una fe, un bautismo” 1 ; sin embargo, la fortaleza de nuestra fe se desarrolla en nosotros de forma individual, no colectiva.

Por ejemplo, reflexionen sobre la fe de un niño de ocho años que tuvo que pasar por el quirófano a causa de una apendicitis aguda. Mientras se hallaba acostado en la mesa de operaciones, miró al cirujano y le dijo: “Doctor, antes de operarme, ¿puede orar por mí?”.

El cirujano le miró sorprendido y dijo: “¿Cómo? No, yo no puedo orar por ti”.

A lo que el pequeño respondió: “Si no va a orar por mí, aguarde un momento mientras yo oro”. Y allí, en la mesa de operaciones, el niño se arrodilló, juntó las manos y comenzó a orar, diciendo: “Padre Celestial, no soy más que un huérfano; estoy muy enfermo y estos médicos me van a operar. ¿Podrías ayudarles para que lo hagan bien? Padre Celestial, si me ayudas a mejorar, seré un niño bueno. Gracias por ayudarme a que me cure”. Después se acostó, miró a los ojos de los médicos y las enfermeras, humedecidos por las lágrimas, y les dijo: “Ya estoy listo” 2 .

Su recuperación física fue completa, y su fuerza espiritual se estaba desarrollando. Ustedes, hermanos, son mayores que ese niño y se les ha conferido el sacerdocio. Los quórumes del sacerdocio les conceden ocasiones para cultivar amistades, para prestar servicio y aprender, pero la responsabilidad de desarrollar poder en el sacerdocio es personal. La fe firme en Dios y el fervor por la oración personal sólo se pueden desarrollar individualmente; los mandamientos de Dios sólo se pueden guardar individualmente; el arrepentimiento sólo se lleva cabo individualmente. Sólo individualmente nos hacemos merecedores de recibir las ordenanzas de la salvación y la exaltación. Y cuando uno se sella a su esposa, el poder y el potencial de ella no hacen sino incrementar los nuestros.

Yo pertenezco a un magnífico quórum del sacerdocio. Disfrutamos de una hermosa hermandad. Oramos y servimos juntos; nos enseñamos, amamos y sostenemos los unos a los otros. Los Doce proceden de entornos diferentes (los negocios, la enseñanza, la abogacía o la ciencia), pero ninguno ha sido llamado a servir por causa de esos antecedentes. De hecho, todos los hombres que son llamados a cargos de responsabilidad en el sacerdocio son escogidos por ser quiénes son y por lo que pueden llegar a ser 3 .

A lo largo de la vida, ustedes contarán con una amplia variedad de deberes y responsabilidades, muchos de los cuales son temporarios y ya no los tendrán una vez que se les releve. (Probablemente no protesten al ser relevados del llamamiento de arrancar malas hierbas en una granja de bienestar.) Pero jamás se les relevará de las responsabilidades relacionadas con su desarrollo personal y familiar.

Cuando se les ordena a un oficio en el sacerdocio, se les concede autoridad; pero el poder procede del ejercicio recto de dicha autoridad. Seguir leyendo

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Logra tu máximo potencial

Conferencia General Octubre 2003
Logra tu máximo potencial
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Con todas mi facultades, te aliento a descubrir quién eres realmente… Te insto a discernir por medio del Espíritu las facultades divinas que recibiste.

Hace poco, observé a más de 20.000 jóvenes Santos de los Últimos Días, varones y mujeres, escuchar un mensaje espiritual. Vi que tomaban notas y se concentraban en el orador, deseosos de aprender. Irradiaban un intenso espíritu de pureza, rectitud y devoción. Nadie los forzó a asistir; ellos querían estar allí.

Más adelante, me reuní con más de 2.000 misioneros de tiempo completo que se preparaban para servir. El recinto estaba lleno del Espíritu. Les hice preguntas difíciles que ellos respondieron muy bien, citando en ocasiones Escrituras corroborativas. Al darles la mano y mirarlos a los ojos, percibí pureza y espíritu de devoción en ellos. Fue una experiencia inspiradora. Todos habían dejado sus intereses personales para aceptar el llamamiento de unirse a lo que puede llegar a ser nuestra generación de misioneros más extraordinaria.

He tenido experiencias similares con jóvenes en todas partes del mundo. El cuerpo docente de nuestras tres universidades ha notado un gran aumento en la sensibilidad espiritual y capacidad innata de los estudiantes. Algo extraordinario sucede. ¿Lo perciben? A medida que la obediencia y la moral decaen en el mundo, el Señor envía más espíritus excepcionales a la tierra. En conjunto, superan el nivel de capacidad de sus antepasados. Su potencial para progresar en forma personal y de contribución es magnífico. En calidad de padres y de líderes, ¿cómo cultivan ese potencial? Joven o jovencita de esta generación, ¿qué estás haciendo para alcanzar tu extraordinario potencial? ¿Lo cultivas para alcanzar así logros excepcionales y felicidad? ¿Qué harás para evitar los esfuerzos de Satanás de debilitar tu potencial por medio de la trasgresión? Sólo tú puedes contestar esas preguntas esenciales.

Con todas mi facultades, te aliento a descubrir quién eres realmente. Te invito a escudriñar más allá de la rutina diaria. Te insto a discernir por medio del Espíritu las facultades divinas que recibiste. Te exhorto a hacer con oración elecciones correctas que te lleven a alcanzar tu máximo potencial.

Te diré una forma segura mediante la cual puedes lograr ese progreso. He visto misioneros valientes soportar vientos helados, resistir lluvias torrenciales, caminar sobre los charcos por calles enlodadas y resbalosas, y vencer el miedo. Muchas veces, los he visto dar un extraordinario testimonio sólo para ser rechazados y criticados duramente. Los he visto luchar para dar a conocer la verdad en un idioma nuevo para ellos. En ocasiones, el escucha se queda mirando sin comprender y entonces, descorazonados, se dan cuenta de que el mensaje no ha sido comprendido. Pero yo no cambiaría nada de eso, aunque pudiera hacerlo, ya que hay valiosos momentos de éxito que compensan todas las penurias pasadas. Esas recompensas se reciben cuando el Espíritu conmueve un corazón para siempre, porque alguien como tú estaba allí. El compartir la verdad en circunstancias difíciles es atesorarla aún más. Cuando vayas más allá de los límites de la experiencia y te introduzcas en la nebulosa de lo desconocido, el Señor te fortalecerá. La belleza de tu alma eterna comenzará a desplegarse. Seguir leyendo

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Arrepentimiento y cambio

Conferencia General Octubre 2003
Arrepentimiento y cambio
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Arrepentirse significa abandonar todas nuestras prácticas —sean éstas personales, familiares, étnicas y nacionales— que sean contrarias a los mandamientos de Dios.

Les traigo saludos del Área de las Filipinas que comprende más de 520.000 miembros en 80 estacas, y 80 distritos de miembros con 2.200 misioneros en 13 misiones. Seguimos progresando a pesar de todos los desafíos que la Iglesia encuentra en los lugares donde aún no está totalmente establecida.

En esos lugares en vías de desarrollo dependemos mucho de los matrimonios misioneros. Recalco esto porque muchos que me están escuchando deben saber cuánto se agradece su servicio, y hay otros que rogamos decidan estar dispuestos a prestar este importante servicio.

I.

Empezaré mencionando algo que dijo en mi presencia uno de esos valientes misioneros. “Al pensar en mi vida”, dijo, “no me puedo imaginar que un surfista de Hawai terminara una tercera misión; pero cuando sentí el amor del Salvador, deseé servirle, y cambié”. ¡Y lo hizo! Stanley Y. Q. Ho me contó que hasta que cumplió treinta años no hacía otra cosa más que pasar el tiempo en las playas de Waikiki. Luego, encontró el Evangelio, se casó con una jovencita miembro de la Iglesia, y cambió. Desde entonces ha servido en muchos llamamientos, incluso el de obispo y presidente de estaca. Actualmente, el élder Ho y su querida Momi, quien es responsable de muchos de los cambios ocurridos en la vida de él, han servido tres misiones de tiempo completo.

Para otro ejemplo, acudo al Evangelio de Lucas:

“Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad.
“Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico,
“procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura.
“Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí.
“Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.
“Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso” (Lucas 19:1–6).

En este evangelio se registra que los seguidores de Jesús “murmuraron” porque Él iba a casa de un pecador (vers. 7); pero eso no le importó a Jesús. Su Evangelio es para todos aquellos que abandonen sus antiguas costumbres y efectúen los cambios necesarios para ser salvos en el reino de Dios.

Volvamos al relato del hombre que abrió su casa y su corazón al Señor:

“Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
“Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa…
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (versículos 8–10).

Zaqueo, de Jericó, y Stanley, de Hawai, representan a todos nosotros. Ellos son ejemplo de lo que rogamos lleguemos a sentir todos los que tomemos la trascendental decisión de recibir al Señor “gozosos” y lo sigamos.

II.

El Evangelio de Jesucristo nos da el desafío de cambiar. “Arrepentíos” es su mensaje más frecuente, y arrepentirse significa abandonar todas nuestras prácticas —sean éstas personales, familiares, étnicas y nacionales— que sean contrarias a los mandamientos de Dios. El propósito del Evangelio es transformar personas comunes en seres celestiales, y eso requiere cambio.

Juan el Bautista predicó el arrepentimiento; sus oyentes provenían de diversos grupos, y él declaró los cambios que cada uno debía llevar a cabo para “[hacer]… frutos dignos de arrepentimiento” (Lucas 3:8). Tanto publicanos, como soldados y gente común tenían tradiciones que debían cambiar mediante el proceso del arrepentimiento.

Las enseñanzas de Jesús también ponían en tela de juicio las tradiciones de diversos grupos. Cuando los escribas y fariseos se quejaron que los discípulos del Señor “[quebrantaban] la tradición de los ancianos” por no efectuar el rito de lavarse las manos, Jesús contestó que los escribas y fariseos “[quebrantaban] el mandamiento de Dios por [su] tradición” (Mateo 15:2–3). Él describió cómo habían “invalidado el mandamiento de Dios por [su] tradición” (Mateo 15:6). “Hipócritas”, es lo que Él llamó a aquellos cuya adherencia a sus tradiciones no les permitía guardar los mandamientos de Dios (vers. 7).

Y en la revelación moderna, el Señor declara que “aquel inicuo” aparta a los hijos inocentes de Dios de la luz y la verdad “por medio de la desobediencia, y a causa de las tradiciones de sus padres” (D. y C. 93:39).

Las tradiciones, la cultura o el modo de vida de un pueblo inevitablemente incluyen algunas prácticas que deben cambiar aquellos que desean hacerse acreedores de las bendiciones más grandes de Dios.

La castidad es un ejemplo. “No cometerás adulterio”, mandó el Señor desde Sinaí (Éxodo 20:14) y lo repitió en la revelación moderna (D. y C. 42:24; véase también D. y C. 59:6). “Huid de la fornicación” se manda en el Nuevo Testamento (1 Corintios 6:18; véase también Gálatas 5:19; 1 Tesalonicenses 4:3). Los profetas de Dios siempre han condenado las “fornicaciones”. No obstante, debido a las poderosas tradiciones de muchos países, estos mandatos eternos se han pasado por alto, han encontrado oposición o han sido ridiculizados. En especial esto se puede ver hoy día, en que películas, revistas y comunicaciones de Internet de una nación se comparten instantáneamente con muchas otras. Muchos aprueban o fomentan las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Lo mismo ocurre en la cultura de la pornografía que se expande con rapidez. Todos aquellos que hayan participado en esas culturas de pecado se deben arrepentir y cambiar si desean llegar a ser el pueblo de Dios, porque Él ha advertido que “nada impuro puede entrar en su reino” (3 Nefi 27:19).

La asistencia semanal a la Iglesia es ejemplo de otro mandamiento que va en contra de las tradiciones populares. El Señor nos ha mandado asistir a la iglesia y “[ofrecer nuestros] sacramentos” en Su día santo (véase D. y C. 59:9). Eso requiere más que la simple asistencia. Se nos manda participar en adoración y servicio, y eso requiere un cambio difícil para los que no son cristianos, e incluso para aquellos cristianos cuya asistencia a la iglesia haya sido sólo como espectadores irregulares.

El mandato del Señor de que nos abstengamos de alcohol, tabaco, té y café (véase D. y C. 89) también va en contra de las tradiciones de muchos. Las adicciones o hábitos de mucho tiempo no se cambian fácilmente, pero el mandamiento de Dios es claro, y las bendiciones prometidas son mayores que el desafío de cambiar.

Otro ejemplo es la honradez. En algunas culturas se pasa por alto la mentira, el robo y otras prácticas fraudulentas. La deshonestidad en cualquier forma, ya sea para aplacar ánimos, evitar vergüenza o sacar partido, va en directa oposición a los mandamientos y a la cultura del Evangelio. Dios es un Dios de verdad, y Dios no cambia; nosotros somos los que debemos cambiar. Y ese cambio será un gran cambio para aquellos en cuyas tradiciones acostumbran pensar que pueden mentir un poco, engañar un poco o practicar el engaño siempre que les rinda ventaja personal y es posible que pase inadvertido.

Una tradición menos grave del mundo que discrepa con la cultura del Evangelio es la idea de que se eleva o se degrada cuando se cambia de puestos o trabajos. En el mundo nos referimos a los ascensos o descensos; pero en los puestos de la Iglesia no se asciende ni se desciende, sólo cambiamos un poco de lugar. Al obispo que se le releva por la debida autoridad y es llamado a enseñar en la Primaria no se le degrada; él sigue progresando al aceptar su relevo con gratitud y recibe y lleva a cabo los deberes de un nuevo llamamiento, incluso uno menos visible.

Hace unos meses vi un ejemplo memorable de esto en Filipinas. Visité uno de los barrios de la Estaca Pasig, cerca de Manila, donde vi a Augusto Lim, a quien había conocido previamente cuando fue presidente de estaca, presidente de misión, Autoridad General y presidente del Templo de Manila. Ahora lo veía servir con humildad y agradecimiento en el obispado de su barrio, siendo segundo consejero de un hombre mucho menor y con menos experiencia que él; pasar de presidente de templo a segundo consejero en un obispado es un bello ejemplo de la cultura del Evangelio en acción.

En esos ejemplos no estoy comparando la cultura o las tradiciones de una parte del mundo con otra; estoy comparando la manera del mundo con la manera del Señor; la cultura del Evangelio de Jesucristo con la cultura o las tradiciones de toda nación o pueblo. Ningún grupo es dueño exclusivo de la virtud ni está exento de obedecer el mandamiento que dice que debe cambiar. Por tanto, Jesús y Sus apóstoles no trataron de cambiar a los gentiles en judíos (véase Romanos 2:11; Gálatas 2:11–16, 3:1–29, 5:1–6, 6:15). Enseñaron a los gentiles y a los judíos a fin de convertirlos en seguidores de Cristo.

Del mismo modo, los siervos actuales del Señor no tratan de convertir en estadounidenses a los filipinos, asiáticos o africanos. El Señor invita a todos a venir a Él (véase 2 Nefi 26:33; D. y C. 43:20), y Sus siervos tratan de persuadir a todos, incluso a los estadounidenses, a convertirse en Santos de los Últimos Días. Decimos a todos, abandonen sus tradiciones y costumbres culturales que sean contrarias a los mandamientos de Dios y a la cultura de Su Evangelio, y únanse a Su pueblo en la edificación del Reino de Dios. Si dejamos de andar en tinieblas, el apóstol Juan enseña, “andamos en luz… tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

III.

Existe una cultura singular del Evangelio, un conjunto de valores, expectativas y prácticas comunes para todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Este modo de vida del Evangelio proviene del plan de salvación, de los mandamientos de Dios y de las enseñanzas de los profetas vivientes. Se manifiesta en el modo en el que criamos a nuestra familia y vivimos nuestra vida. Los principios que se exponen en la Proclamación sobre la familia son una bella expresión de nuestra cultura del Evangelio.

Los que se bautizan en la Iglesia de Jesucristo hacen convenios. En la revelación moderna el Señor declaró: “Cuando los hombres son llamados a mi evangelio eterno, y pactan con un convenio sempiterno, se les considera como la sal de la tierra y el sabor de los hombres” (D. y C. 101:39). A fin de cumplir nuestro convenio sempiterno como la sal de la tierra, debemos ser diferentes de los que nos rodean.

Tal como Jesús enseñó: “De cierto, de cierto os digo que os doy a vosotros ser la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada la tierra? De allí en adelante la sal no servirá para nada sino para ser echada fuera y hollada por los hombres” (3 Nefi 12:13; también véase Mateo 5:13; D. y C. 101:40).

Esto requiere que hagamos algunos cambios en nuestra cultura familiar, nuestra cultura étnica y nuestra cultura nacional. Debemos cambiar todos los elementos de nuestra conducta que sean incompatibles con los mandamientos, convenios y cultura del Evangelio.

El plan del Evangelio se basa en la responsabilidad individual. Nuestro Artículo de Fe declara la verdad eterna de “que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán” (Artículos de Fe 1:2). Este requisito de responsabilidad individual, la cual se manifiesta de muchas maneras en nuestra doctrina, es marcadamente opuesto al plan de Satanás de “[redimir] a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma…” (Moisés 4:1). El plan del Padre y del Salvador se basa en la elección personal y el esfuerzo individual.

La doctrina y la práctica de la responsabilidad personal y el esfuerzo individual no van de acuerdo con las tradiciones personales y las culturas locales de muchos países. Vivimos en un mundo donde existen marcadas diferencias en ingresos y posesiones materiales, y donde se llevan a cabo muchos esfuerzos públicos y privados por aminorar esas diferencias. A los seguidores del Salvador se les manda dar al pobre, y muchos lo hacen, pero esos donativos han fomentado una cultura de dependencia, disminuyendo la necesidad de comida o techo para los beneficiados, pero empobreciéndolos en su necesidad eterna de progresar personalmente. El progreso que requiere el plan del Evangelio sólo se lleva a cabo en una cultura de esfuerzo y responsabilidad personal. No puede ocurrir en una cultura de dependencia. Cualesquiera sean las causan que nos hagan depender de alguien más para decisiones o recursos que nosotros mismos podríamos proporcionar nos debilita espiritualmente y retrasa nuestro progreso hacia lo que el plan del Evangelio desea que seamos.

El Evangelio saca a las personas de la pobreza y de la dependencia, pero únicamente cuando la cultura del Evangelio, incluso el pago fiel de diezmos, aun de los que sean muy pobres, se sobrepone a las tradiciones y culturas de la dependencia. Ésa es la lección que se aprende de los hijos de Israel, que salieron de cientos de años de esclavitud en Egipto y siguieron a un profeta hasta su propia tierra y llegaron a ser un pueblo poderoso. Esa lección también se puede aprender de los pioneros mormones, que nunca se valieron de sus persecuciones o pobreza como excusa, sino que salieron adelante con fe, sabiendo que Dios los bendeciría si guardaban Sus mandamientos, lo cual hicieron.

Los cambios que debemos efectuar para ser parte de la cultura del Evangelio requieren esfuerzo continuo y a veces doloroso, y nuestras diferencias deben ser visibles. Siendo la “sal de la tierra”, somos también la “luz del mundo” y nuestra luz no se debe esconder (véase Mateo 5:13–16). El apóstol Juan advirtió que eso será razón para que el mundo nos odie (véase 1 Juan 3:13). Es por eso que aquellos que han hecho el convenio de cambiar tienen el deber sagrado de amar y ayudar a los demás. Ese aliento se debe extender a toda alma que lucha por salir de la cultura del mundo para entrar en la cultura del Evangelio de Jesucristo. El apóstol Juan concluyó: “…no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).

Nadie manifiesta amor por su prójimo de manera más impresionante que los nobles hombres y mujeres de esta Iglesia que dejan sus cómodos hogares y alrededores para servir como matrimonios misioneros. Ellos proporcionan la ayuda más auténtica y valiosa a los que luchan por cambiar. ¡Dios bendiga a nuestros matrimonios misioneros!

IV.

Jesús nos mandó amarnos unos a otros y demostramos ese amor por la forma en que nos servimos el uno al otro. También se nos manda amar a Dios, y demostramos ese amor si nos arrepentimos continuamente y guardamos Sus mandamientos (véase Juan 14:15). El arrepentimiento significa más que el abandonar nuestros pecados; en su sentido más amplio, requiere cambio; debemos abandonar todas nuestras tradiciones que sean contrarias a los mandamientos de Dios. Al llegar a ser plenos participantes de la cultura del Evangelio de Jesucristo, llegamos a ser “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19).

Testifico que eso es lo que nuestro Señor y Salvador desea que hagamos para que lleguemos a ser lo que Su Evangelio desea que seamos, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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El Señor tu Dios te sostendrá de la mano

Conferencia General Octubre 2003
El Señor tu Dios te sostendrá de la mano
Élder W. Craig Zwick
De los Setenta

Si… caminamos llevados de la mano por Él en Sus senderos, seguiremos adelante con fe, y jamás nos sentiremos solos.

En los ojos y en los corazones de muchas personas del mundo actual hay indicios de duda, de miedo y desesperanza. Gran parte de la inseguridad del mundo se ha filtrado a nuestros hogares y a nuestras vidas personales. Sin importar la edad que tengamos o las circunstancias en las que estemos, todos tenemos la necesidad de saber que tenemos poder en el presente y esperanza en el futuro.

Escuchen las palabras de Mormón: “¿No sabéis que estáis en las manos de Dios? ¿No sabéis que él tiene todo poder…?” (Mormón 5:23).

Las manos son una de las partes simbólicamente expresivas del cuerpo. En hebreo, el término yad, que se utiliza con más frecuencia para decir “mano”, también tiene un significado metafórico de poder, fortaleza y vigor (véase William Wilson, Old Testament Word Studies, pág. 205). Por ende, las manos representan poder y fortaleza.

La mano extendida de nuestro profeta viviente, el presidente Gordon B. Hinckley, fortalece, eleva e inspira a todas las personas en todo el mundo.

El estar en las manos de Dios parece sugerir que no sólo estamos bajo Su constante cuidado, sino que también estamos bajo la guardia y protección de Su poder maravilloso.

A lo largo de las Escrituras se hace referencia a la mano del Señor, y Su ayuda divina se manifiesta una y otra vez. Sus poderosas manos crearon mundos, pero aun así, fueron tan suaves como para bendecir a los pequeñitos.

Consideren las palabras que utilizó Juan para describir al Salvador resucitado y glorioso: “Cuando le vi… él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy… el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos…” (Apocalipsis 1:17–18). Cuando Él posa Su mano sobre nosotros, podemos, al igual que Juan, vivir en Él.

Hace veinticuatro años, nuestro hijito recién nacido luchaba por su vida en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Debido a su nacimiento prematuro, los pulmones aún no estaban completamente desarrollados, lo cual causaba que cada respiro se convirtiera en una lucha desesperada. Aunque era muy pequeñito, tenía muchas ansias de vivir. Siendo padres jóvenes e inexpertos, mi valerosa y siempre fiel esposa Jan y yo oramos para que el Señor extendiera Su mano y de alguna forma ayudara a nuestro bebé a seguir respirando. Al meter mi mano temblorosa en el pequeño hueco de la incubadora, me sentí inadecuado e impotente. Tomé la pequeña pero perfecta manita de nuestro recién nacido, y sentí una poderosa conexión espiritual que jamás olvidaré. Para darle una bendición, le coloqué dos dedos de cada una de mis manos en la diminuta cabecita. Seguir leyendo

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El llamado de advertencia de los profetas

Conferencia General Octubre 2003
El llamado de advertencia de los profetas
Élder Shirley D. Christensen
de los Setenta

Hoy día hay profetas y apóstoles que están a la cabeza de esta obra, a medida que se extiende por todo el mundo.

Al contemplar esta enorme congregación, con la imaginación puedo ver no sólo a los que están presentes en el Centro de Conferencias, sino a los que participan de esta conferencia en centros de reuniones y casas particulares por todo el mundo. Ya sea que estén cerca o lejos, ustedes son de gran importancia en la obra del Señor y en el establecimiento de la Iglesia donde residen.

Estamos unidos en nuestro amor por Dios, nuestro Padre Celestial; honramos Su nombre y el de Su Hijo Unigénito, el Salvador del mundo, Jesucristo. En esta conferencia, mediante el poder del Espíritu Santo, experimentaremos sentimientos que aumentarán nuestra fe en el Padre y el Hijo, y nuestro amor por los principios del Evangelio restaurado. A su vez, esos sentimientos nos acercarán a Ellos a medida que percibamos Su presencia en nuestra vida, y deseemos con todo nuestro corazón saber Su voluntad y ser como Ellos.

Mi mensaje y testimonio a ustedes es que hoy día hay profetas y apóstoles que están a la cabeza de esta obra, a medida que se extiende por todo el mundo. Ellos han sido llamados por Dios, por revelación; son en verdad profetas, videntes y reveladores. El Señor los ama, y los miembros de la Iglesia los honramos y respetamos como siervos del Dios viviente. El llamado de advertencia de los profetas es tan claro hoy como lo fue en el pasado, y su testimonio continuará hasta el preciso momento en que el Señor Jesucristo regrese a reinar en gloria.

Vivimos en tiempos maravillosos pero peligrosos; por toda la tierra, la estabilidad de las naciones y del mundo en general se está deteriorando. Vemos discordia y enemistad entre líderes y naciones, conflicto entre comunidades y contención en las familias. La solución a los males del mundo se encuentra en la comprensión de las doctrinas y enseñanzas del Señor Jesucristo, y en la aplicación de esos principios en la vida de todo ser humano. Los profetas, tanto antiguos como modernos, han enseñado con claridad las doctrinas y enseñanzas divinas, de acuerdo con la inspiración del Espíritu Santo. Al escuchar esas verdades, nuestro corazón y nuestra mente las reciben mediante ese mismo Espíritu.

Al considerar la función de los profetas, es importante que comprendamos que, en primer lugar, son llamados por Dios y que Él testifica al mundo de su llamamiento. En el antiguo Libro de Abraham se describe un acontecimiento que ocurrió en la vida premortal, cuando Dios contempló los espíritus que había creado: “Y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer” (Abraham 3:23).

Sobre Samuel, el profeta del Antiguo Testamento, las Escrituras dicen: “Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová” (1 Samuel 3:19–20).

En el Libro de Mormón se cita al Salvador en la antigua América, cuando Él recalcó el valor de las profecías del Antiguo Testamento que había hecho Isaías: Seguir leyendo

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Cómo recibir un testimonio del Evangelio restaurado de Jesucristo

Conferencia General Octubre 2003
Cómo recibir un testimonio del Evangelio restaurado de Jesucristo
Élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Sigan el ejemplo de José Smith y el modelo de la Restauración. Escudriñen las Escrituras, arrodíllense en oración, pidan con fe, escuchen al Espíritu Santo.

Como líderes de la Iglesia, siempre se nos hace la pregunta: “¿Cómo recibo un testimonio del Evangelio restaurado de Jesucristo?”.

Para obtener un testimonio y llegar a ser un converso, se empieza con el estudio y la oración, luego se vive el Evangelio con paciencia y persistencia, se invita al Espíritu y se confía en Él. La vida de José Smith y el modelo de la Restauración son ejemplos excelentes de ese proceso. A medida que prestan atención a los acontecimientos de la Restauración, busquen los pasos que llevan al testimonio: desear conocer la verdad, meditar en nuestro corazón y, luego, sentir y obedecer siguiendo los susurros del Espíritu Santo.

José Smith nació el 23 de diciembre de 1805, en Sharon, Vermont. Nació en una familia que oraba y estudiaba la Biblia. En su juventud, se interesó en la religión y descubrió una “gran confusión” acerca de las doctrinas de Cristo, con “sacerdote contendiendo con sacerdote, y converso con converso” 1 .

Aquella confusión no era única de su comunidad. Empezó hace cerca de 2.000 años con lo que se ha denominado como la Gran Apostasía. El día de Cristo “no vendrá”, dijo el apóstol Pablo, “sin que antes venga la apostasía” 2 .

Pocas décadas posteriores a la resurrección de Cristo, Sus apóstoles fueron muertos, Sus enseñanzas corrompidas y el sacerdocio fue quitado de la tierra, pero Pablo, al ver nuestro día, profetizó que “en la dispensación del cumplimiento de los tiempos [Dios reuniría] todas las cosas en Cristo” 3 y que Él restauraría sobre la tierra la verdadera Iglesia de Cristo una vez más.

Con el transcurso de los siglos, el mundo estuvo preparado para dicha restauración. La Biblia fue traducida y publicada, se descubrió el continente americano, el rechazo de la doctrina y los ritos tradicionales se extendió con rapidez por todo el mundo cristiano y se fundó una nación basada sobre los principios de la libertad.

José Smith nació en dicha nación y, a la edad de 14 años, se encontró en medio de un “tumulto de opiniones [religiosas]”. A menudo, se preguntaba a sí mismo: “Si [una de estas iglesias] es verdadera, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?” 4 .

José recurrió a la Biblia para encontrar las respuestas: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría”, leyó en la epístola de Santiago, “pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” 5 .

Siguiendo la instrucción de Santiago, José se dirigió a una arboleda cerca de su casa y oró. Al invocar a Dios “una columna de luz… descendió”, más brillante que el sol del mediodía, y aparecieron “dos Personajes”. Uno de Ellos le habló llamando a José por su nombre y dijo, señalando al otro: “Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” 6 . Seguir leyendo

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