Los profetas, el liderazgo y la ley divina

Devocional mundial para jóvenes adultos • 8 de enero de 2017 • Universidad Brigham Young

Los profetas, el liderazgo y la ley divina

Presidente Russell M. Nelson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Una velada con el presidente Russell M. Nelson

Mis amados hermanos y hermanas, les traigo el saludo y el amor de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce Apóstoles. Agradecemos que estén con nosotros y que preparen el corazón y la mente para recibir instrucción espiritual1.

Desde enero de 2016, cuando les hablé en este devocional mundial, he estado con muchos de ustedes en mis viajes a Japón, Filipinas, China, Canadá, Inglaterra, Gales, Alemania, Italia, España, y en varios lugares de Estados Unidos.

El pasado septiembre tuve una experiencia inolvidable con el élder M. Russell Ballard y otros líderes de la Iglesia cuando fuimos a Baton Rouge, Luisiana, para reunirnos con la gente tras la catastrófica inundación. El domingo, cada uno dirigió una de cuatro grandes reuniones sacramentales: una para las víctimas y tres para los voluntarios que habían ido de muchos estados para ayudar con la limpieza. Estas fotos muestran esas congregaciones dominicales de centenares de personas con las camisetas de Manos Mormonas que Ayudan.

Fíjense en los rostros felices de hombres y mujeres jóvenes que dejaron sus hogares para ayudar a vecinos que no conocían, en medio del calor sofocante de Luisiana, y que hicieron una pausa en el día de reposo para adorar al Señor. Al mirar a esas maravillosas congregaciones de trabajadores dispuestos, la mayoría de la edad de ustedes, tuve la increíble impresión de que estaba viendo a hombres y mujeres que muy pronto serían los líderes de esta Iglesia.

Así que esta noche, al imaginarme verlos reunidos por todo el mundo, quisiera enfatizar y hablar de esa impresión. ¡Ustedes son los futuros líderes de la Iglesia del Señor! ¿Están listos para tomar las riendas del liderazgo?

Cuando les hablé hace un año, les di el reto de que se elevaran al nivel de los verdaderos milénicos que nacieron para ser. Ustedes han de preparar al mundo para el reinado mileniario del Salvador ayudando a reunir a los elegidos de los cuatro cabos de la tierra, para que todos los que lo deseen, reciban el evangelio de Jesucristo y todas sus bendiciones. Esta tarde quiero hablarles de cómo pueden prepararse.

Primero, céntrense en su matrimonio y su familia. Pongan en práctica las impresiones que recibieron al oír las cuatro verdades de la “tía Wendy” sobre el amor y el matrimonio.

Su responsabilidad con el Señor de ayudar a rescatar a los elegidos del caos moral y de la preponderancia del pecado en nuestros días no es una tarea sencilla. Lucifer y sus secuaces están usando toda clase de tecnología y comunicación para difundir mentiras sobre la vida y sobre la verdadera fuente de felicidad. Por tanto, para hacer lo que vinieron a hacer en la tierra se requerirán las mejores habilidades de liderazgo que su generación pueda adquirir. Seguir leyendo

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“… no temáis… en mí vuestro gozo es cumplido” (D. y C. 101:36)

Devocional mundial para jóvenes adultos• 11 de septiembre de 2016 • Centro de estaca de Washington D.C.
“… no temáis… en mí vuestro gozo es cumplido” (D. y C. 101:36)
Élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Estoy agradecido de estar con ustedes, jóvenes adultos que están viendo este devocional por todo el mundo. Como se ha indicado, este devocional se origina en la capilla adyacente al Templo de Washington D. C. Elegí este lugar a propósito porque está al lado del templo. Estoy muy agradecido de vivir en una época en la que los templos se extienden por todo el mundo. Necesitamos las bendiciones del templo en estos tiempos tan difíciles.

El mundo parece estar literalmente en conmoción1. Hay un nivel de contención sin precedentes. La tranquilidad y la sensación de seguridad pueden parecer evasivas y casi inalcanzables. Mi mensaje para ustedes esta noche es que no debemos temer, aun en un mundo peligroso y difícil. Las Escrituras nos aseguran que podemos tener un gozo completo a causa del Salvador2.

Hay ciertos acontecimientos maravillosos que han quedado grabados en el corazón y en la mente de muchos de ustedes de manera muy positiva, y pueden recordar cada detalle de ellos. Algunos ejemplos podrían incluir abrir el sobre que contiene un llamamiento misional, el sellamiento a un cónyuge en el templo, el reconocimiento de que el Espíritu Santo ha confirmado a su alma la veracidad del Libro de Mormón. Son el tipo de acontecimientos preciados que brindan no solo un gozo satisfactorio, sino permanente. Es interesante que los acontecimientos que de alguna manera se relacionan con el Salvador, por lo general, son los que brindan el mayor gozo.

Sin embargo, hay algunos acontecimientos que son tan impactantes o traumáticos, que nos afectan de una manera profunda.

La caída del Muro de Berlín; el asesinato del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy; y los ataques terroristas de septiembre de 2011 son ejemplos de hechos impactantes de los que la gente puede recordar exactamente dónde estaban y cómo se sintieron al oír las noticias.

La mayoría de ustedes debe haber sido muy joven cuando ocurrió el ataque contra el Centro Mundial de Comercio de la ciudad de Nueva York y el Pentágono, aquí en Washington D.C., que ocurrió este mismo día, el 11 de septiembre de 2001, hace 15 años. Supongo que la mayoría (no importa donde vivan en el mundo) puede recordar dónde se encontraba y los sentimientos de conmoción y consternación que ustedes y quienes estaban a su alrededor sintieron. Fue un acontecimiento que destruyó la sensación de paz e intensificó sentimientos de vulnerabilidad para muchos. Como lo he descrito en el pasado, tuvo un significado especial para mí y para mi esposa, Mary.

Nuestro hijo mayor y su esposa esperaban su primer hijo y vivían a tres cuadras del Centro Mundial de Comercio en la ciudad de Nueva York cuando el primer avión, secuestrado por terroristas, se estrelló contra la Torre Norte. Subieron a la azotea de su edificio y se horrorizaron al observar las consecuencias de lo que pensaban era un terrible accidente. Al ver el segundo avión secuestrado estrellarse contra la Torre Sur, se dieron cuenta de que no se trataba de un accidente y pensaron que el bajo Manhattan estaba bajo ataque. Al desplomarse la Torre Sur, el edificio de ellos quedó envuelto en los escombros que descendían sobre el bajo Manhattan.

Confundidos y horrorizados por lo que habían visto, y preocupados de que hubiera otros ataques, se dirigieron a un área más segura y luego fueron al edificio de la Estaca Manhattan en el Centro Lincoln. Al llegar, se encontraron con decenas de miembros del bajo Manhattan que habían tomado la misma decisión de reunirse en el centro de estaca. Sentimos alivio cuando nos llamaron para avisarnos dónde estaban y que se encontraban bien. No nos sorprendió dónde estaban, porque la revelación moderna enseña que las estacas de Sion son una “defensa y [un] refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra”3. No les permitieron regresar a su apartamento por más de una semana y estaban desolados por la pérdida de vidas inocentes, pero ellos no sufrieron ningún daño permanente.

El avión que se estrelló en el Pentágono, cerca de aquí, Washington, D. C., fue también una misión suicida terrorista con resultados devastadores similares.

Mi propósito esta noche no es que se aflijan por terribles acontecimientos del pasado. Quiero hacer hincapié en la clase de acontecimientos alegres que describí al principio, pero también quiero que mediten en las pruebas, tribulaciones y peligros que enfrentan o enfrentarán en la vida. Algunos acontecimientos podrán afectar a un grupo numeroso de personas, otros serán personales. He decidido abordar tres tipos de acontecimientos: los que conllevan peligros físicos; los que implican retos especiales, algunos de los cuales son propios de sus días; y por último, los que implican peligros y desafíos espirituales.

Peligros o desafíos físicos
Los peligros físicos son los más fáciles de ver y reconocer. No importa cómo o dónde accedan a las noticias diarias, los peligros físicos, la violencia y la tragedia son lo primero que se informa, en particular en la televisión y en internet. Una de las razones es que la violencia y la muerte son muy dramáticas y por lo general son fáciles de representar visualmente y por escrito. La violencia y la muerte, ya sea cerca o lejos, captan nuestra atención y pueden destruir nuestra paz y tranquilidad. Cuando no nos sentimos seguros físicamente, nos sentimos personalmente vulnerables.

El 22 de marzo pasado, un terrorista detonó una bomba suicida en el aeropuerto de Bruselas, Bélgica. Cuatro de nuestros misioneros estaban en el mostrador de la aerolínea Delta. Todos ellos sufrieron lesiones considerables; algunas de gravedad. Las lesiones de un misionero mayor, el élder Richard Norby, resultaron ser muy graves. Recientemente indicó que aunque la vida no volverá a ser la misma, “ha optado por confiar en el Señor y no temer”. Además, dijo: “Voy a vivir mi vida, y voy a enseñar a mis hijos y a mis nietos que [debemos] poner nuestra confianza en Dios”4.

El Señor ha recalcado que incluso las personas que pierden su vida, y han sido fieles a sus convenios, “la [hallarán] otra vez, sí, vida eterna”5.

Me conmovieron los comentarios de la hermana Fanny Clain, una de las misioneras que resultó herida en el atentado del aeropuerto de Bruselas. Ella dijo: “El pasar por estas cosas, me hace entender mejor a las personas, puesto que la gente pasa por cosas muy difíciles en la vida, y ahora yo también he pasado por ellas; así que entiendo mejor”. Durante su recuperación, ella dijo: “Cuando elegimos confiar en Dios, podemos ver cómo nos ayuda y lo extraordinario que es eso. Ahora confío en Él más que nunca”. En particular, se siente muy agradecida porque ha podido continuar su misión6.

En nuestra existencia premortal sabíamos que el albedrío y la oposición eran necesarias a fin de progresar, desarrollarnos y, finalmente, recibir la exaltación.

En el concilio premortal de los cielos, el plan del Padre incluía el elemento esencial del albedrío. Lucifer se rebeló “y pretendió destruir el albedrío del hombre”7; por tanto, a Satanás y a sus seguidores se les negó el privilegio de tener un cuerpo mortal.

Otros espíritus premortales ejercieron su albedrío al seguir el plan de nuestro Padre Celestial. Los espíritus bendecidos con el nacimiento en esta vida mortal siguen teniendo albedrío. Somos libres de elegir y actuar, pero no para controlar las consecuencias de nuestras decisiones. Por tanto, nuestras decisiones determinan la felicidad o infelicidad en esta vida y en la vida venidera. “Si se escoge el bien y la rectitud, el resultado será la felicidad, la paz y la vida eterna; mientras que si se escoge el pecado y la maldad, con el tiempo se recibirán dolor e infelicidad”8.

No podemos culpar las circunstancias ni a otras personas por la decisión de actuar en contra de los mandamientos de Dios. Todos somos responsables ante Dios por la forma en que desarrollamos atributos, talentos y habilidades como los de Cristo, y de cómo utilizamos el tiempo que se nos da en la vida.

La doctrina de la oposición se relaciona estrechamente con la doctrina del albedrío y a veces se considera parte de ella; pero debido a que la oposición con frecuencia proviene de fuentes externas o de terceros, es mejor considerarla por separado. El profeta Lehi resume esta doctrina en 2 Nefi 2:11: “… porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal”.

Lehi entonces explica que esta doctrina es tan importante que sin ella “no habría habido ningún objeto en [la] creación” y “la sabiduría de Dios y sus eternos designios, y también el poder, y la misericordia, y la justicia de Dios” habrían sido destruidos9.

Lehi continúa: “Por lo tanto, el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo”10.

En la existencia premortal sabíamos que el ejercer el albedrío podría resultar en oposición y conflicto; la guerra en los cielos es una prueba de esta verdad. Sabíamos que, además de la guerra y la violencia, habría considerable conducta pecaminosa en todo el mundo. También sabíamos que Jesucristo estaba dispuesto a pagar el precio de esos pecados. Su sufrimiento, que estaba más allá de la comprensión, resultaría en la victoria sobre el pecado y la muerte espiritual; Su resurrección vencería la muerte física. Teníamos confianza de que después de la muerte terrenal, todos viviríamos otra vez. Como leemos en Predicad Mi Evangelio: Seguir leyendo

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A las mujeres de la Iglesia

Conferencia General Octubre 2003
A las mujeres de la Iglesia
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Gracias por ser la clase de personas que son y por hacer lo que hacen. Que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes.

Alguien ha dicho: “Sean bondadosos con las mujeres. Ellas constituyen la mitad de la población y son las madres de la otra mitad”.

Mis queridas hermanas, mujeres maravillosas que han escogido la buena parte, siento gran admiración por todo lo que ustedes hacen; veo sus labores en todo.

Muchas de ustedes son madres, lo cual es suficiente para ocupar todo su tiempo.

Ustedes son compañeras, las mejores amigas que sus maridos tienen o que tendrán.

Son amas de casa. Eso no parece ser mucho, ¿verdad? Pero ¡qué trabajo es mantener una casa limpia y ordenada!

Son las que hacen las compras. Nunca me imaginé, hasta que llegué a ser adulto, lo difícil que es la responsabilidad de tener lo suficiente para alimentar a la familia, de mantener la ropa limpia y presentable, y de comprar todo lo necesario para que funcione el hogar.

Son enfermeras; son las primeras en enterarse de toda enfermedad que aparece y las primeras en prestar ayuda. En casos de enfermedades graves, permanecen al lado del enfermo día y noche, brindando consuelo, ánimo, ministrando y orando.

Además, son el chofer de la familia; llevan a sus hijos a repartir periódicos, los llevan a eventos deportivos, a las actividades del barrio y los llevan de un lado a otro mientras ellos continúan con sus vidas ocupadas.

Y podría seguir. Todos mis hijos ya son mayores; algunos de ellos tienen más de sesenta años, y cuando llaman por teléfono y yo contesto, preguntan: “¿Cómo estás?”, pero antes de que pueda responder, preguntan: “¿Está mamá por ahí?”.

Ella ha sido la fortaleza durante toda la vida de ellos. Desde que fueron bebés, han acudido a ella, y ella siempre ha respondido con afecto, guía y enseñanza, bendiciendo sus vidas en todo aspecto.

Ahora tenemos nietas que son madres. Ellas nos visitan y me maravillo al ver su paciencia, su capacidad de calmar a sus hijos, de hacer que dejen de llorar y, creo yo, de hacer miles de cosas más.

Conducen autos, usan computadoras, asisten a las actividades de sus hijos, cocinan y cosen, enseñan clases y dan discursos en la Iglesia.

Veo a sus esposos y quisiera decirles: “Despierten y lleven su parte de la carga. ¿En verdad valoran a su esposa? ¿Saben cuánto hace ella? ¿Alguna vez la felicitan? ¿Alguna vez le dan las gracias?”

Bien, queridas hermanas, yo les digo gracias. Gracias por ser la clase de personas que son y por hacer lo que hacen. Que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes; que sus oraciones sean contestadas y que sus esperanzas y sus sueños se hagan realidad.

Ustedes sirven tan bien en la Iglesia y piensan que es sumamente agotador; lo es, pero con cada responsabilidad que se cumple viene una gran recompensa. Seguir leyendo

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Escojan, por tanto, a Cristo el Señor

Conferencia General Octubre 2003
Escojan, por tanto, a Cristo el Señor
Anne C. Pingree
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Anne C. Pingree

Cuando una hermana escoge colocar a Cristo en el centro de su corazón… ella lleva al Señor al corazón de su hogar y familia.

Hermanas, me parece una gloriosa doctrina el que podamos escoger dar a Cristo todo nuestro corazón: que podamos escoger colocar a nuestro Salvador y Redentor en el centro de nuestro corazón. En cada una de nosotras, el Evangelio restaurado de Jesucristo se puede “[escribir] no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón” 1 . Nosotras escogimos seguir a Cristo en nuestro primer estado. ¡Qué noticia tan maravillosa es saber que podemos escogerlo a Él cada día de nuestra jornada terrenal!

En calidad de mujeres del convenio que vivimos en muchas naciones, es esencial que Cristo esté en el centro de nuestra vida. En estos “tiempos peligrosos” 2 , ¡cuánto lo necesitamos! Él es la fuente de fortaleza y seguridad; Él es luz, Él es vida; Su paz “sobrepasa todo entendimiento” 3 . Siendo nuestro Salvador y Redentor personal, Él nos invita, una a una, con los brazos extendidos, a “[venir] a él” 4 de las formas más personales. Hermanas, cuando una mujer acepta la invitación del Salvador, es fortalecida individualmente y otras personas son bendecidas mediante la recta influencia de ella.

Creo que cuando una hermana escoge colocar a Cristo en el centro de su corazón, en el núcleo de su mundo personal, ella lleva al Señor al corazón de su hogar y familia, ya sea que ésta conste de una o de muchas personas. Doquiera que ella viva, y cualesquiera sean sus circunstancias, siendo ella el corazón del hogar y de la familia, lo que lleve en su corazón se reflejará en el ambiente y el espíritu de su hogar.

Cuando nos encontrábamos en una asignación en Japón, un líder de la Iglesia nos invitó a visitar su hogar. Nos sentimos honradas de tener esa oportunidad, pero nos preguntábamos lo que pensaría su esposa de la invitación de último momento que había hecho su esposo de llevar visitantes de Salt Lake City a su hogar. Por el camino, el hermano llamó por teléfono a su esposa, dándole lo que a mí me parecieron más o menos quince minutos para prepararse para esa visita inesperada.

Desde el momento en que pasamos por la puerta, nos quitamos los zapatos, y fuimos recibidas cortésmente por una hermana de la Sociedad de Socorro joven y de voz suave, percibí un espíritu de orden, paz y amor. Los niños corrieron arriba con sus juguetes; en esa familia de ocho hijos, con siete que aún vivían en casa, era evidente lo que la familia valoraba. Por doquier había evidencias del Señor: pinturas del Salvador en la pared, una foto familiar y una pintura del templo en un lugar prominente, ejemplares bastante usados de las Escrituras y videos de la Iglesia bien acomodados en un estante cercano. “…el fruto del Espíritu… amor, gozo, paz… benignidad, bondad, fe” 5 moraba en ese hogar. Me imaginaba la pequeña habitación llena de niños de todas las edades, mientras los padres se sentaban alrededor de la mesa de baja altura para “[hablar] de Cristo… [regocijarse] en Cristo, [predicar] de Cristo, [profetizar] de Cristo… para que [sus] hijos sepan a qué fuente han de acudir para la redención de sus pecados” 6 . Pude percibir la respuesta que los niños en ese hogar darían a la pregunta que hizo el élder Jeffrey R. Holland: “¿Saben [sus] hijos que amamos a Dios con todo nuestro corazón y que anhelamos ver el rostro —y postrarnos a los pies— de Su Hijo Unigénito?” 7 . Creo que la respuesta a esa pregunta en ese hogar japonés sería un rotundo ¡Sí! Seguir leyendo

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Un convenio con Él

Conferencia General Octubre 2003
Un convenio con Él
Kathleen H. Hughes
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Kathleen H. Hughes

Nuestra hermandad comprende todas las edades y una diversidad de experiencias; estamos unidas por los convenios que hemos hecho.

Mis queridas hermanas, el año ha pasado velozmente y es maravilloso reunirnos de nuevo las mujeres de la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sean cuales sean nuestras circunstancias, somos mujeres bendecidas. Hemos hecho convenios con nuestro Padre Celestial de realizar Su obra, ¡y la estamos realizando! Al igual que María y Marta, nos hemos puesto a los pies del Maestro y hemos escogido “la buena parte” 1 . Hemos escogido a Cristo y hemos escogido la Sociedad de Socorro.

Pero me pregunto si las hermanas tenemos una visión completa de lo que es la Sociedad de Socorro. Cuando José Smith leyó los primeros estatutos que escribió Eliza R. Snow, dijo que el documento era el mejor que había visto, pero que él veía “algo mejor” y que “organizaría a las hermanas bajo la autoridad del sacerdocio y según el modelo del sacerdocio” 2 . Cuando el profeta José “dio vuelta a la llave” 3 y estableció “La Sociedad de Socorro de Mujeres de Nauvoo”, dijo que la Iglesia no había estado plenamente organizada sino hasta ese momento 4 . Hermanas, es importante comprender esa afirmación. La Sociedad de Socorro fue establecida por Dios, mediante un profeta, por el poder de la autoridad del sacerdocio; su existencia es parte necesaria de la organización de la Iglesia. Hombres y mujeres trabajan unidos en el sacerdocio y en la Sociedad de Socorro en el esfuerzo de traer las familias a Cristo. Las mujeres nunca debemos pensar que nuestra función en la Iglesia es menor que la de los varones. Del mismo modo que, como mujeres justas, honramos al sacerdocio, es preciso que también consideremos sagrado nuestro llamamiento como mujeres.

Al examinar este cuadro de Marta y María con el Salvador, he llegado a conceptuarlas mis predecesoras. Me he preguntado si ellas también “abundaba[n] en buenas obras y limosnas” 5 . Es grato pensar que tanto ellas como otras mujeres fieles que eran discípulas de Cristo deben de haberse reunido para aprender su parte en la edificación del reino. Ellas eran mujeres del convenio como nosotras. Resolvieron dar al Salvador toda su dedicación. Por lo que también, cuando se organizó la Sociedad de Socorro, ésta se originó de nuestro divino llamamiento y de nuestro anhelo de servir, de amar y de cuidar las unas de las otras. Así como las ordenanzas y la dirección del sacerdocio son necesarias en la obra del Señor, del mismo modo lo es el servicio que prestamos.

Para llevar a cabo esta importante obra, escogemos ser mujeres del convenio: mujeres que hemos hecho promesas sagradas al Señor. Las que hemos recibido las bendiciones del templo, hemos prometido consagrar nuestro tiempo y nuestros talentos a la edificación del reino del Señor. Mediante ese convenio, podemos servir a la Iglesia en muchos aspectos. Seguir leyendo

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Escojamos la caridad: la buena parte

Conferencia General Octubre 2003
Escojamos la caridad: la buena parte
Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Bonnie D. Parkin

Las exhorto a que no sólo se amen más unas a otras, sino a que se amen con más intensidad.

Es maravilloso estar juntas como hermanas de la Sociedad de Socorro, mujeres del convenio en el Evangelio restaurado del Señor. A cada una de ustedes, no importa su edad, etapa de la vida o circunstancias, se la necesita, se la valora y se la estima en la Sociedad de Socorro. Gracias por lo que son; gracias por todo lo que hacen.

En mi oficina hay una hermosa pintura que representa a Jesús con María y Marta 1 . Cada día, al ver esa pintura, pienso en los desafíos que tenemos como mujeres. La hermana Hughes, la hermana Pingree y yo nos sentimos inspiradas a utilizar el relato de María y Marta como el tema para nuestra reunión. El Señor enseñó: una cosa es necesaria: escoge la buena parte 2 . De eso hablaremos esta noche, de escoger la buena parte.

Marta vivía en la aldea de Betania, donde “recibió [a Jesús] en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” 3 . Ambas mujeres amaban al Señor, y “amaba Jesús a Marta, [y a María]” 4 . De hecho, esa interacción iba en contra de lo acostumbrado, ya que en esa época no era común que las mujeres hablaran sobre temas del Evangelio con los hombres.

En una ocasión, Marta preparaba la cena y dice la Escritura que “se preocupaba con muchos quehaceres” 5 . En otras palabras, ¡tenía mucho estrés!

María, por el contrario, “sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” 6 , mientras que Marta se sentía cada vez más disgustada porque nadie le ayudaba. (¿Les parece eso familiar?) ¿Pensaba ella: “¿Por qué está María sentada allí mientras yo trabajo tanto para preparar la comida?”. Marta se volvió a Jesús y le dijo: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude” 7 .

La tierna exhortación que el Señor hizo a Marta debió de haberla sorprendido. “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” 8 .

La respuesta del Salvador claramente recalcó lo que era más importante. Esa noche, en el hogar de Marta, la buena parte no se encontraba en la cocina, sino a los pies del Señor; la cena podría esperar.

Al igual que María, añoro aprender a los pies del Salvador, mientras que, al igual que Marta, tengo que lavar la ropa que se va amontonando, terminar mis proyectos pendientes y prepararle a mi esposo algo más que pizza fría. Tengo quince nietos cuyas personalidades y desafíos quiero comprender mejor, aunque también tengo un llamamiento en la Iglesia un poco difícil. No dispongo de mucho tiempo y, como ustedes, tengo que escoger. Todas tratamos de escoger la buena parte que no nos será quitada, de equilibrar lo espiritual y lo temporal en nuestra vida. ¿No sería fácil escoger entre efectuar las visitas de maestras visitantes o robar un banco? En vez de ello, nuestras opciones son a veces más sutiles; debemos escoger entre muchas opciones encomiables.

María y Marta somos ustedes y yo; somos todas las hermanas de la Sociedad de Socorro. Ambas amaban al Señor y deseaban demostrar ese amor. Me parece que en esa ocasión, María expresó su amor al escuchar Su palabra, mientras que Marta expresó el suyo al prestarle servicio.

Marta pensó que estaba haciendo lo correcto y que su hermana debía ayudarla.

No creo que el Señor estuviera diciendo que hay Martas y Marías. Jesús no rechazó la preocupación de Marta, sino que volvió a encauzar la atención de ella al decir “escoge la buena parte”. ¿Y qué es? El profeta Lehi enseñó: “…quisiera que confiaseis en el gran Mediador y que escuchaseis sus grandes mandamientos; y sed fieles a sus palabras y escoged la vida eterna, según la voluntad de su Santo Espíritu” 9 . Seguir leyendo

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Vivamos el Evangelio más plenamente

Conferencia General Octubre 2003
Vivamos el Evangelio más plenamente
Presidente Gordon B. Hinckley

¡Qué formidable trabajo realizan ustedes, fieles Santos de los Últimos Días en todo el mundo, que llevan en su corazón un testimonio firme e inquebrantable!

¡Cuán espléndidos los momentos que hemos pasado juntos, mis amados hermanos y hermanas! De cierto, es maravilloso distanciarse del mundo, por así decirlo, y apartar dos días para reflexionar sobre cosas divinas.

Todos estamos ocupadísimos con nuestras actividades rutinarias, las cuales nos llevan de una cosa a otra. Necesitamos, el mundo entero necesita, la oportunidad de meditar y reflexionar acerca de las cosas de Dios y de escuchar palabras que inspiren y ayuden.

Nuestros testimonios se han fortalecido, lo cual es bueno, porque, como en cierta ocasión dijo el presidente Harold B. Lee: “Nuestros testimonios necesitan renovación diaria” 1 .

Estoy convencido de que los Santos de los Últimos Días tienen en su corazón el deseo de hacer lo correcto, de vivir de acuerdo con lo que el Señor ha establecido para nosotros. Durante esta conferencia se nos han recordado muchas de esas cosas.

Espero que cuando regresemos a casa y antes de acostarnos, cada uno de nosotros nos pongamos de rodillas para expresar nuestro agradecimiento y pedir la fortaleza necesaria para vivir el Evangelio más plenamente como resultado de esta conferencia.

Estoy tan agradecido por la hermosa música del coro que ha cantado maravillosamente. El coro es una organización tan grandiosa y dedicada y agradecemos a todos lo que dan en forma tan generosa de su tiempo y talentos a esta gran obra. Estoy agradecido por la música de ayer a cargo del coro de adultos solteros; fueron una inspiración. Y el grandioso canto de anoche a cargo de los jóvenes misioneros del Centro de Capacitación Misional quienes vinieron y nos cantaron con gran poder. Muchas gracias por lo que nos han brindado.

Ahora, para concluir, me gustaría leer sólo algunas palabras de Moroni:

“¡Y despierta y levántate del polvo, oh Jerusalén; sí, y vístete tus ropas hermosas, oh hija de Sión; y fortalece tus estacas, y extiende tus linderos para siempre, a fin de que ya no seas más confundida, y se cumplan los convenios que el Padre Eterno te ha hecho, oh casa de Israel!

“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar el poder de [Cristo]” (Moroni 10:31–32).

Como resultado de esta gran conferencia, cada uno de nosotros debe ser un mejor hombre o una mejor mujer, un mejor jovencito y una mejor jovencita. Muchas gracias, mis hermanos y hermanas, por su gran servicio al llevar adelante esta obra. ¡Qué formidable trabajo realizan ustedes, fieles Santos de los Últimos Días en todo el mundo, que llevan en su corazón un testimonio firme e inquebrantable de la realidad del Dios viviente y del Señor Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor y de la aparición del Padre y del Hijo en esta dispensación, y de nuevo empezar una gran era en la historia del mundo en preparación para cuando el Hijo de Dios venga a reinar como Señor de señores y Rey de reyes!

Ruego que las bendiciones del cielo reposen sobre ustedes, mis queridos amigos. Ruego que lo que hayan escuchado y visto influya para bien en su vida y que cada uno de nosotros sea un poco más amable, un poco más considerado, un poco más cortés, que refrenemos nuestras lenguas y no permitamos que el enojo nos lleve a decir cosas de las que después nos arrepintamos. También ruego que tengamos la fortaleza y la voluntad para volver la otra mejilla, para ir la segunda milla al levantar las rodillas débiles de quienes estén afligidos.

Este Evangelio es un asunto personal. No se trata de un concepto distante. Se trata de algo que se puede aplicar a nuestra vida y que puede cambiar nuestra naturaleza misma.

Que Dios los bendiga, mis maravillosos y fieles consiervos, en esta gran obra; que Su paz y Su amor descansen sobre ustedes y que consagren su vida con la esencia de la piedad.

Al volver a nuestros hogares, ruego que llevemos en el corazón la determinación de vivir juntos en forma más plena como lo debemos hacer, en calidad de Santos de los Últimos Días. Les dejo mi amor y mi bendición, en el nombre del Señor Jesucristo. Que Dios esté con ustedes hasta que nos volvamos a ver otra vez. Gracias. Amén.

Nota

1. Véase Gordon B. Hinckley, Faith: The Essence of True Religión, 1989, pág. 93.

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¡Un vidente escogido!

Conferencia General Octubre 2003
¡Un vidente escogido!
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Aun cuando José Smith hubiera sido el conducto por el cual se hubiera recibido sólo una de esas revelaciones divinas, ese hecho en sí sería suficiente para declarar su grandeza de Profeta.

A partir de 1820, José Smith recibió constantes ataques de acusaciones, seguidos al fin por reivindicaciones. Esa práctica continúa.

Como se profetizó, los necios lo ridiculizan, el infierno brama contra él y se toma su “nombre para bien y para mal” (José Smith—Historia 1:33). Esa agitación inquieta a unos pocos que prefieren roer los huesos en el exterior en lugar de entrar a disfrutar del espléndido banquete de revelación, desviándolos de ese modo de prestar la debida atención a la misión de José Smith como “vidente escogido” (véase 2 Nefi 3:6–7).

Tal como lo enseñó la experiencia de Ammón, un vidente tiene el poder de traducir anales antiguos, “es mayor que un profeta”, pero, dijo Ammón, “un vidente es también… profeta” (véase Mosíah 8:11–16). Así llamado, José Smith ha llegado a ser “un gran beneficio para sus semejantes” (Mosíah 8:18).

El traductor “escogido” sacó a luz —”por el don y el poder de Dios” (D. y C. 135:3)— el Libro de Mormón, algo tangible que se puede verificar. Para todos los que le presten atención, el Libro de Mormón es como abrir de par en par las puertas largo tiempo cerradas de lo que se suponía ser un canon completo de Escrituras.

En la portada misma del Libro se hace constar su capacidad para “convencer” a las personas de que Jesús es el Cristo (véase también 2 Nefi 25:18). En una época de incredulidad y de error con respecto a ese hecho preeminente, la función convincente del libro ¡es tan necesaria! ¡Cuán penetrante su promesa!

El Libro de Mormón se proclamará al mundo “desde los techos de las casas” (2 Nefi 27:11). Aun cuando se descuide, será siempre una invitación, “mientras dure la tierra” (2 Nefi 25:22).

No es de extrañar que “los extremos de la tierra indagar[á]n [el] nombre [de José Smith]” (D. y C. 122:1). Otras profecías tranquilizadoras afirmaron que los enemigos de José “serán confundidos” y que el pueblo del Profeta no se “volverá… en contra de” él por el testimonio de los traidores (véase 2 Nefi 3:14; D. y C. 122:3).

Como nos lo recordó ayer el presidente Faust, sobre sus propias imperfecciones José Smith dijo: “Yo nunca os he declarado que soy perfecto; pero no hay error en las revelaciones que he enseñado” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 457).

Paradójicamente, el joven José Smith fue a la arboleda con el único deseo de saber a qué religión unirse, no con la intención de ser llamado vidente, revelador, traductor y profeta (véase D. y C. 21:1). En la arboleda, y después, sin embargo, hubo una explosión de bendiciones inesperadas. Las revelaciones y traducciones que resultaron no fueron meras conjeturas, dichos del día ni epigramas, sino en cambio revelaciones que provenían de Dios.

El volumen de esas revelaciones y traducciones es enorme, subrayando las palabras “vidente escogido”. Pero lo asombroso no es sólo el inmenso volumen de lo que José recibió y lo cual ahora se da a conocer a la humanidad, sino también la existencia de revelaciones prodigiosas en medio de tanta abundancia. Seguir leyendo

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El poder que otorga la humildad

Conferencia General Octubre 2003
El poder que otorga la humildad
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

La fortaleza de la Iglesia reside en los millones de humildes miembros que se esfuerzan día a día por realizar la voluntad del Salvador.

Hace tiempo, en una reunión de mi quórum de sumos sacerdotes, el maestro presentó la lección preguntándonos quién era nuestro héroe y por qué lo era. Al contestar, las respuestas de cada hermano eran de esperarse. Por supuesto que alguien nombró al Salvador, el Redentor del mundo; otro habló de Abraham Lincoln, que dio libertad a los esclavos, dirigió a Estados Unidos durante la guerra civil y finalmente unificó al país; otros escogieron al profeta José Smith y a nuestro amado profeta actual, Gordon B. Hinckley. A medida que cada uno nombraba a su héroe, silenciosamente coincidí en que todos aquellos hombres eran dignos de ser emulados y que yo sería una mejor persona si poseyera algunas de las cualidades que los hicieron grandes.

Cuando llegó mi turno de contestar, giré hacia mi derecha en dirección de un hermano que estaba sentado unas cuantas sillas más allá, y dije: “Mis héroes son Ken Sweatfield y su esposa Jo Ann”. Durante 20 años observé la forma en que ellos han cuidado a su hijo que se encuentra en estado de coma, con todo el amor y la paciencia que los padres pueden brindar. A menudo, he meditado acerca de la esperanza y los sueños destrozados que con seguridad ellos tuvieron para Shane, antes de que él sufriera un terrible accidente de automóvil, apenas dos semanas antes de que empezara su misión en Leeds, Inglaterra. He visto a Ken y a Jo Ann empujar a Shane en su silla de ruedas hacia la luz del sol, o llevarlo por el vecindario, describiendo el paisaje, con la esperanza de que pudiese oír y sentir, y con la esperanza de que el aire fresco y la luz solar aliviaran su reprimido espíritu. Durante 20 años no hubo vacaciones de este cuidado, pocas salidas por la noche, pero siempre hubo un espíritu de fe, optimismo y gratitud, nunca una señal de enojo, de desesperación o de poner en duda los propósitos de Dios.

Después giré hacia un hermano a mi izquierda y dije: “Mis héroes son Jim Newton y su esposa Helen”. Poco después de que su hijo Zach recibiera su llamamiento misional al Perú, falleció en un accidente de automóvil. Cuando me enteré de lo que había sucedido, fui deprisa al hospital con la esperanza de oír que Zach estuviese vivo y que se iba a recuperar. Los padres, de la manera más circunspecta y tranquila, me explicaron que Zach serviría su misión en el otro lado del velo. Al ser testigo de la calmada determinación de estos fuertes padres, me di cuenta de que en medio del dolor y de la angustia había una paz que sólo emana de la fe profunda y perdurable en un Padre amoroso y en un Salvador que llevó a cabo la Expiación. Mi fe se fortaleció y, por medio de la inspiración que me brindaron Jim y su esposa Helen, mi determinación de seguir su ejemplo para enfrentarme a pruebas y tragedias similares se reafirmó.

También hubiese dicho que mis héroes son Tom Abbott y su hijo John, mis fieles maestros orientadores, que nunca faltaran a su asignación como tales, aunque a menudo nuestra familia es difícil de encontrar en casa. Hubiese nombrado a decenas de personas a quienes admiro, a las cuales llamaría héroes. Muchas de ellas no tienen lo que algunos llaman cargos prominentes en la Iglesia, pero todas ellas son dignas de tener cualquier posición. Ninguna es ampliamente conocida por los miembros de la Iglesia en general, pero estoy seguro de que nuestro Padre Celestial las conoce a todas. Seguir leyendo

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¿Es usted un santo?

Conferencia General Octubre 2003

¿Es usted un santo?

Élder Quentin L. Cook
De los Setenta

Si vamos a ser santos en nuestros días, debemos alejarnos de la conducta malvada y de los fines destructivos que imperan en el mundo.


Hace ya algunos años, me encontraba en Atlanta, Georgia, como abogado representando a un hombre que deseaba comprar un negocio. Después de varios días de negociaciones, llegamos a un acuerdo y firmamos los documentos finales. Esa noche, uno de los vendedores nos invitó a cenar para celebrar el “cierre” del negocio. Al llegar, me ofreció una bebida alcohólica, la cual rechacé. Entonces me dijo: “¿Es usted un santo?” Como yo no comprendía bien lo que quería decir, él repitió: “¿Es usted Santo de los Últimos Días?” y le respondí: “Sí, lo soy”. Dijo que había estado observando mi comportamiento durante las negociaciones y que había llegado a la conclusión de que o bien era miembro de la Iglesia o tenía un problema estomacal. Ambos reímos. Después me contó que sólo había conocido a otro miembro de la Iglesia en persona: a David B. Haight. Ambos habían sido directivos en una gran cadena de tiendas, terminada la Segunda Guerra Mundial. Me habló sobre la influencia significativa que el élder Haight había tenido en su vida y del gran respeto que sentía por él.

Mientras volaba de regreso a San Francisco, reflexioné en lo ocurrido, especialmente en dos aspectos: me sorprendió el modo en que me sentí cuando me preguntaron si era un “santo”, y me impactó la influencia positiva que un extraordinario ejemplo, el del élder Haight, tuvo en ese buen hombre.

¿Qué significa ser santo? En la Iglesia del Señor, los miembros son Santos de los Últimos Días y tratan de emular al Salvador, de seguir Sus enseñanzas y recibir las ordenanzas salvadoras con el fin de llegar a vivir en el reino celestial con Dios el Padre y nuestro Salvador, Jesucristo 1 . El Salvador dijo: “…éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis;…” 2 .

No es fácil ser Santo de los Últimos Días; ése no fue el objetivo. La meta primordial de vivir en la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo, Jesucristo, es un privilegio imposible de comprender.

Entre las pruebas más grandes que la Iglesia ha debido afrontar, se encuentra el martirio del profeta José Smith y después la expulsión de los santos de Nauvoo. Mientras cruzaban las planicies bajo circunstancias sumamente adversas, William Clayton compuso el extraordinario himno: “¡Oh, está todo bien!”, que les conmovió el alma y les hizo recordar su sagrada misión. ¿Quién de nosotros no se emociona al pensar en su sacrificio, valentía y cometido mientras cantamos: “…Aunque morir nos toque sin llegar, ¡oh, qué gozo y paz!”3

Ese himno les brindó consuelo, solaz y esperanza en momentos de gran dificultad y de obstáculos casi insuperables. Les levantó el espíritu y resaltó el hecho de que esta vida terrenal es un viaje entre la vida preterrenal y la vida eterna: el gran plan de felicidad. El inspirador himno del hermano Clayton hace hincapié en los sacrificios y en lo que significa realmente ser un santo. Nuestros miembros pioneros tuvieron que afrontar los desafíos de ser santos en su época. Seguir leyendo

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Ven, sígueme

Conferencia General Octubre 2003
“Ven, sígueme”
Élder William W. Parmley
De los Setenta

La admonición “Ven, sígueme” y la pregunta “¿Qué haría Jesús?” son importantes pautas para la vida cotidiana.

Somos discípulos de Jesucristo. En las palabras de Nefi, “creemos en Cristo… hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo…” (2 Nefi 25:24, 26). Para los creyentes de todas partes, las dos palabras más potentes que Él pronunció y que rigen nuestra conducta son: “Ven, sígueme” (Lucas 18:22; véase también Mateo 16:24; Marcos 1:17; Lucas 9:23). Cuando un escriba le preguntó cuál era el mandamiento más importante, Jesús respondió:

“…amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.

“Y el segundo es… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Marcos 12:30–31).

Usando como guía esos dos mandamientos, analicemos cuál es la forma mejor de seguirle a Él.

El ejemplo del Salvador del amor recíproco entre Él y Su Padre ha sido siempre evidente; Sus oraciones frecuentes, prolongadas y sinceras son un potente ejemplo que debemos seguir. Y el amor del Padre por Su Hijo fue siempre obvio, particularmente en el momento en que Juan lo bautizó: “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

La unidad entre los dos era evidente cuando el Salvador dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). La comprensión de que Su voluntad y la del Padre hayan podido ser diferentes, aun cuando fuera por muy breve tiempo, como en Getsemaní (véase Mateo 26:39), nos hace recordar que nuestras oraciones pueden no siempre recibir la respuesta que hayamos imaginado. Sin embargo, la oración es un importante principio de acción. El Salvador dijo que, si tenemos fe y no dudamos, “todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:21–22). Nuestro amor por Él debe ir acompañado por nuestras acciones: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

Consideremos ahora el segundo de los grandes mandamientos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39), o la misma enseñanza impartida en un nivel más alto a los apóstoles: “Que os améis unos a otros… como yo os he amado” (Juan 13:34). Aun cuando el invitar a cenar a los vecinos de puerta es una buena manera de expresar amor, el Salvador eligió un ejemplo mucho más difícil cuando el abogado le preguntó: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29).

A continuación, viene el conocido relato del hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó, a quien robaron y golpearon dejándolo medio muerto junto al camino. Un levita y un sacerdote lo vieron y siguieron de largo; pero un samaritano, que era despreciado por los judíos, tuvo compasión y se ocupó de él. El samaritano no averiguó raza ni procedencia antes de demostrar misericordia. Jesús concluyó esa extraordinaria historia con la admonición: “Vé, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37). Seguir leyendo

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Un testimonio imperecedero de la misión del profeta José Smith

Conferencia General Octubre 2003
Un testimonio imperecedero de la misión del profeta José Smith
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El profeta José es un ejemplo y un maestro de lo que significa perseverar bien en la fe… le doy las gracias y le amo por ser el profeta del Señor a cargo de la Restauración.

La noche previa a su martirio en Carthage, José Smith dio testimonio, a los guardias que le custodiaban, acerca de la divina autenticidad del Libro de Mormón, así como del ministerio de ángeles y de que el reino de Dios había sido establecido nuevamente en la tierra.

Me pregunto si alguno de los guardias oró aquella noche. El Espíritu Santo estaba listo para decirles que aquel extraordinario mensaje era verdadero. Con el testimonio del Espíritu, habrían sabido que debían solicitar el bautismo y luego habrían recibido el invalorable don del Espíritu Santo, con el cual habrían podido conocer la verdad de todas las cosas. Me pregunto si aquella noche alguno de ellos sintió lo cerca que estuvo de empezar a caminar por el único sendero que les conduciría al Salvador en el mundo venidero, para ver Su rostro con placer y oír las palabras: “Ven a mí, tú, que bendito eres; hay un lugar preparado para ti en las mansiones de mi Padre” 1 .

Todos tenemos seres a los que amamos. Piensen en ellos ahora. Tal vez sean sus hijos o sus nietos. Quizás piensen en su cónyuge. Puede que sea alguien a quien estén enseñando como misioneros. Puede que se trate de un amigo. Ustedes desean de todo corazón que algún día ellos oigan esas palabras de la boca del Maestro. Para que reciban dicha bendición, es preciso que el testimonio que dio el Profeta en Carthage arda en sus corazones durante todas las pruebas de la vida, como sucedió en el caso de José Smith.

Podemos comenzar por ofrecerles el testimonio de otras personas. El Señor permitió que hubiera otros hombres que se sumaran a José Smith para corroborar lo que el Salvador había hecho, y ellos estuvieron con el Profeta cuando se abrieron los cielos.

Oliver Cowdery predicó el primer sermón misional el domingo que siguió a la organización de la Iglesia. Partió para el campo misional para proclamar lo que sabía por medio de lo que había visto, oído y sentido. Junto con otros dos, firmó un testimonio del que jamás renegaron, el cual se halla impreso en el prefacio del Libro de Mormón:

“Conste a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos, a quienes llegare esta obra, que nosotros, por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, hemos visto las planchas que contienen esta relación, la cual es una historia del pueblo de Nefi, y también de los lamanitas, sus hermanos, y también del pueblo de Jared, que vino de la torre de que se ha hablado. Y también sabemos que han sido traducidas por el don y el poder de Dios, porque así su voz nos lo declaró; por tanto, sabemos con certeza que la obra es verdadera. También testificamos haber visto los grabados sobre las planchas; y se nos han mostrado por el poder de Dios y no por el de ningún hombre. Y declaramos con palabras solemnes que un ángel de Dios bajó del cielo, y que trajo las planchas y las puso ante nuestros ojos, de manera que las vimos y las contemplamos, así como los grabados que contenían; y sabemos que es por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, que vimos y testificamos que estas cosas son verdaderas. Y es maravilloso a nuestra vista. Sin embargo, la voz del Señor nos mandó que testificásemos de ello; por tanto, para ser obedientes a los mandatos de Dios, testificamos estas cosas. Y sabemos que si somos fieles en Cristo, nuestros vestidos quedarán limpios de la sangre de todos los hombres, y nos hallaremos sin mancha ante el tribunal de Cristo, y moraremos eternamente con Él en los cielos. Y sea la honra al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, que son un Dios. Amén.

Oliver Cowdery
David Whitmer
Martin Harris” 2

Sus seres queridos pueden tener más que la mera evidencia física brindada a aquellos testigos por lo que vieron y oyeron. Los tres testigos contaban con algo más, algo que todos necesitamos. El Espíritu Santo dio testimonio a sus mentes y corazones de la veracidad de lo que vieron y oyeron; el Espíritu les dijo que el ángel era de Dios y que la voz pertenecía al Señor Jesucristo. Ese testimonio del Espíritu les fue concedido a ellos y a muchos otros que no estuvieron allí. Se trata de un testimonio que, si somos merecedores de la compañía del Espíritu Santo, será nuestro y permanecerá con nosotros para siempre. Seguir leyendo

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Creemos todo lo que Dios ha revelado

Conferencia General Octubre 2003
Creemos todo lo que Dios ha revelado
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dios continúa revelando Su voluntad al género humano, como lo ha hecho en todas las etapas cuando Él ha tenido siervos autorizados sobre la tierra.

“Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” 1 .

Declaramos al mundo que los cielos no se han cerrado. Dios continúa revelando Su voluntad al género humano, como lo ha hecho en todas las etapas cuando Él ha tenido siervos autorizados sobre la tierra. Este hecho debiera ser familiar a todos los hijos de nuestro Padre Celestial, puesto que las Escrituras dan abundante evidencia de él.

A veces, definimos la comunicación de la voluntad de Dios como revelación. A veces, aludimos a tal comunicación como inspiración. Sin embargo, la revelación es un término de significado mucho más amplio. Si bien la inspiración se puede considerar debidamente como revelación, la revelación también puede comprender visiones, sueños, la palabra hablada y otras manifestaciones espirituales. El élder Talmage explicó:

“Revelación significa dar a conocer la verdad divina por medio de comunicación con los cielos…

“La interpretación que a veces se le da a la palabra inspiración, y la que tiene la palabra revelación, son casi idénticas, aunque aquélla por su origen y uso primitivo tuvo un significado particular. Inspirar significa literalmente animar con el espíritu; un hombre está inspirado cuando se halla bajo la influencia de una fuerza aparte de la suya. Se puede decir que la inspiración divina es una operación menor de la influencia espiritual en el hombre, una manifestación no tan directamente intensa como la… revelación. De modo que la diferencia consiste más bien en el grado que en la clase” 2 .

Hay orden en la forma en la que el Señor revela Su voluntad al género humano. Todos tenemos el derecho de pedir al Señor inspiración por medio de Su Espíritu y de recibirla dentro de la esfera de nuestra propia mayordomía. Los padres pueden recibir revelación con respecto a su propia familia, un obispo, con respecto a su designada congregación y, así, hasta la Primera Presidencia con respecto a toda la Iglesia. Sin embargo, no podemos recibir revelación tocante a la mayordomía de otra persona. El profeta José Smith indicó:

“Es contrario al sistema de Dios que un miembro de la Iglesia, o cualquier otro, reciba instrucciones para los que poseen una autoridad mayor que la de ellos” 3 .

“Las revelaciones de la disposición y voluntad de Dios para la Iglesia deben venir por medio de la Presidencia. Tal es el orden celestial, así como el poder y privilegio de este sacerdocio. Cualquiera de los oficiales de esta Iglesia tiene el privilegio de recibir revelaciones, en lo que respecta a su particular llamamiento y deber en la Iglesia” 4 .

Cuanto más nos conservemos en armonía con las instrucciones que el Señor nos ha dado para guiar nuestras vidas, tanto más estaremos en armonía con Su Espíritu. La persona que pide orientación al Señor debe ser digna de recibirla. Su vida debe estar en armonía con las normas que el Señor ha prescrito para Sus hijos. Su vida debe ser recta ante Dios y ante el pueblo de Dios; debe estar en armonía con las enseñanzas de las Escrituras, de los profetas y del orden de la Iglesia. Seguir leyendo

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Un estandarte a las naciones y una luz al mundo

Conferencia General Octubre 2003
Un estandarte a las naciones y una luz al mundo
Presidente Gordon B. Hinckley

Si vamos a [ser] un estandarte a las naciones y una luz al mundo, debemos adoptar más de las cualidades de la vida de Cristo.

Mis amados hermanos y hermanas, deseo expresar mi gratitud por su sustentadora fe y oraciones. El Señor ha depositado sobre los líderes de esta Iglesia una grande y seria obligación, y ustedes nos han apoyado en esa responsabilidad. Sabemos que ustedes oran por nosotros, y deseamos que sepan que nosotros oramos por ustedes.

No pasa un día sin que yo dé gracias al Señor por los fieles Santos de los Últimos Días. No pasa un día sin que yo le suplique que los bendiga a ustedes en cualquier parte que estén y cualesquiera sean sus necesidades.

Deseo recordarles que todos estamos juntos en esta obra. No es cosa de que las Autoridades Generales estén en un lado y los miembros de la Iglesia en el otro. Todos estamos trabajando como uno en una gran causa. Todos somos miembros de la Iglesia de Jesucristo.

Dentro de su esfera de responsabilidad, ustedes tienen una obligación tan seria como la que tengo yo en mi esfera de responsabilidad. Cada uno de nosotros debe tener la resolución de edificar el reino de Dios sobre la tierra y promover la obra de la rectitud.

Creo poder decir sinceramente que no tenemos deseos egoístas con respecto a esta obra que no sean que el que ésta salga adelante con éxito.

Los miembros de la Primera Presidencia tenemos que ocuparnos constantemente de una gran variedad de problemas, los cuales se nos presentan todos los días.

Al fin de un día particularmente difícil, dirigí la mirada al retrato de Brigham Young que está en mi despacho, y le pregunté: “Hermano Brigham, ¿qué debemos hacer? Me pareció que me sonreía un poco y que me decía: “En mis tiempos tuve muchísimos problemas que resolver. No me preguntes qué hacer. Ahora tú estás de guardia. Pregúntale al Señor, cuya obra ésta es en verdad”. Y eso, les aseguro, es lo que hacemos y lo que siempre debemos hacer.

Mientras reflexionaba en esos asuntos ese reciente día difícil, abrí la Biblia en el primer capítulo de Josué y leí estas palabras:

“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo…” (Josué 1:9).

Me dije a mí mismo: “Nunca hay razón para desesperarse. Ésta es la obra de Dios. A pesar de los esfuerzos de todos los que se oponen a ella, saldrá adelante como el Dios del cielo lo ha proyectado”.

Volví las páginas del Antiguo Testamento hasta el segundo capítulo de Isaías y leí lo siguiente:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Isaías 2:2–3). Seguir leyendo

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Tres decisiones

Conferencia General Octubre 2003
Tres decisiones
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Me gustaría ofrecer mi propio plan de superación personal, el cual consiste en tres pasos que me han sido útiles.

Hace poco me di cuenta de que existen muchos programas de superación personal. La demanda de esos productos debe ser enorme porque es casi imposible encender el televisor o la radio sin ver u oír publicidades de productos que prometen de todo, desde hacer bajar de peso hasta hacer renacer un exuberante cabello. A veces me pregunto si las personas que fabrican esos productos me conocerán en persona.

Hoy me gustaría ofrecer mi propio plan de superación personal, el cual consiste en tres pasos que me han sido útiles, y confío en que les servirán también a ustedes. Además, este programa de superación personal es gratis; no es necesario que saquen su tarjeta de crédito, ni tampoco aparecerá en la pantalla un número de teléfono al cual hay que llamar en menos de cinco minutos para no desperdiciar esta oportunidad que se ofrece una sola vez en la vida.

Tal vez la mejor manera de enseñar esos principios sea mediante una parábola.

Había una vez un hombre llamado Juan, que aun cuando era bastante joven, había pasado por mucho sufrimiento y angustia. Vagabundo y adicto al alcohol y a las drogas, se hallaba enfermo y cansado de la vida. Cuanto más se hundía en la enfermedad y la desesperación, más consciente era de que si no cambiaba algunas cosas pronto, existía una gran posibilidad de morir abatido, infeliz y en la soledad.

Tal vez, como resultado de haber asistido a la Primaria algunas pocas veces durante su niñez, Juan fue a un centro de reuniones cercano y pidió ver al obispo.

“He arruinado mi vida”, dijo Juan entre sollozos apesadumbrados que le salían de lo más profundo de su alma acongojada. Habló sobre los errores que había cometido y del sendero de autodestrucción y de sufrimiento por el que había andado.

El obispo escuchó la triste historia de Juan, y se dio cuenta de que el hombre realmente deseaba arrepentirse y cambiar de vida, pero también se percató de que Juan tenía muy poca confianza en su capacidad para cambiar.

Tras pensar unos momentos acerca de lo que debía decir, el obispo finalmente levantó la vista y dijo: “Juan, he hecho tres decisiones que me han ayudado en la vida. Tal vez te sirvan a ti también”.

“Por favor, dígame cuáles son”, rogó Juan. “Haré lo que sea. Lo único que quiero es volver a empezar. Quiero ser como era antes”.

El obispo sonrió, y le dijo: “Lo primero que debes comprender es que no puedes retroceder al pasado y volver a empezar. Pero no todo está perdido, ya que puedes empezar desde el punto en el que estás ahora. Toma la decisión de empezar tu arrepentimiento ahora”. Seguir leyendo

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