Bendición

Conferencia General Abril 2003
Bendición
Presidente Gordon B. Hinckley

Les suplico que cada uno procure llevar una vida más cercana al Señor y esté en una comunión más frecuente con Él, exhibiendo mayor fe.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos terminado, pero no de trabajar. Debemos sentirnos muy agradecidos por esta extraordinaria conferencia en la que hemos podido reunirnos en paz sin ningún tipo de contrariedad. Hemos reflexionado bastante sobre las grandiosas bendiciones del Señor, y se ha incrementado nuestro aprecio por las enormes bendiciones que hallamos en el Evangelio. Al escuchar los testimonios de los discursantes, nuestros propios testimonios de la verdad se han avivado como una llama ardiente y luminosa. Espero que en todos los que siguieron la conferencia se haya efectuado un cambio para bien, que cada cual sea una persona mejor a raíz de lo que hemos vivido juntos en estos dos últimos días. En lo personal, me siento más cercano al Señor. Espero que lo mismo les esté ocurriendo a ustedes. Siento un renovado deseo de guardar Sus mandamientos, de vivir según Sus enseñanzas y de estar en íntima comunión con Él mediante la oración para así preservar la relación con mi Padre, con mi Dios.

Y es así que, al llegar al fin de esta gran reunión de Santos de los Últimos Días, les suplico que cada uno procure llevar una vida más cercana al Señor y esté en una comunión más frecuente con Él, exhibiendo mayor fe

Padres, oren por sus hijos para que éstos encuentren resguardo de los males del mundo, para que crezcan en fe y conocimiento, para que sean dirigidos en el camino que lleva a una vida fructífera y de bien. Maridos, oren por sus esposas, expresando al Señor el agradecimiento que sienten por ellas y rogándole a Él el bien de ellas. Esposas, oren por sus maridos. Muchos de ellos transitan un camino difícil y plagado de problemas y de grandes preocupaciones. Rueguen al Todopoderoso que guíe, bendiga, proteja e inspire los esfuerzos justos de sus maridos.

Oren por la paz en la tierra para que el Todopoderoso que gobierna el universo extienda Su mano y haga que Su Espíritu se derrame sobre los habitantes de las naciones a fin de que no estén en guerra unos con otros. Oren por el clima. En algunas partes hay inundaciones y en otras, sequía. Estoy convencido de que si se elevan suficientes oraciones a los cielos rogando que haya precipitación, por causa de los justos el Señor contestará esas oraciones.

Allá por 1969 estuve en Sudamérica. Viajé por avión de Argentina a Santiago de Chile. Los Andes estaban secos, sin nieve. El pasto se secaba. Chile atravesaba una devastadora sequía.

La gente rogaba que lloviera.

Durante mi visita, dedicamos dos edificios nuevos, y en cada servicio dedicatorio rogamos al Señor que cayera lluvia sobre la faz del país. Muchos de los que estuvieron presentes en esas reuniones me dieron testimonio de que los cielos se abrieron permitiendo que cayeran tan copiosas lluvias que la gente luego le pidió al Señor que parara de llover.

Oren para recibir sabiduría y entendimiento al seguir los difíciles senderos de sus vidas. Si tienen la determinación de obrar de manera insensata e imprudente, no creo que el Señor se lo vaya a impedir; pero si procuran obtener Su sabiduría y obrar conforme a los susurros inspirados que reciban, estoy seguro de que serán bendecidos.

Seamos un pueblo que ora. Criemos a nuestros hijos en la disciplina y amonestación del Señor (Enos 1:1). Ruego que ustedes reciban las merecidas bendiciones del cielo. En palabras de Deuteronomio: “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma?” (Deuteronomio 10:12).

Tengan la seguridad, mis queridos hermanos y hermanas, que “Él, al cuidar de Israel, no dormita, ni duerme” (Félix Mendelssohn, Elías, traducción).

Ruego humildemente que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes, expresándoles el amor que les tengo. Gracias por su gran bondad hacia mí y por su gran fidelidad y energía al llevar adelante la obra del Todopoderoso. En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Demos las gracias en todas las cosas

Conferencia General Abril 2003
Demos las gracias en todas las cosas
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce

Cuando damos gracias por todo, vemos las dificultades y las adversidades en el contexto del propósito de la vida.

En una de las épocas de adversidad espiritual y temporal que está registrada en el Libro de Mormón, cuando el pueblo de Dios “[padecía] toda clase de aflicciones”, el Señor les mandó que “dieran gracias en todas las cosas” (Mosíah 26:38–39). Deseo ahora aplicar esa enseñanza a nuestra época.

I.

A los hijos de Dios se les ha mandado siempre dar las gracias; de ello hay ejemplos a lo largo de todo el Antiguo y el Nuevo Testamentos. El apóstol Pablo escribió: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18). El profeta Alma enseñó: “…cuando te levantes por la mañana, rebose tu corazón de gratitud a Dios” (Alma 37:37). Y en la revelación moderna, el Señor declaró que “el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

II.

¡Hay tanto que agradecer! Lo primero y más importante, estamos agradecidos por nuestro Salvador, Jesucristo. Bajo el plan del Padre, Él creó el mundo; por medio de Sus profetas, reveló el plan de salvación con sus mandamientos y ordenanzas. Vino como ser mortal para enseñarnos y mostrarnos el camino; sufrió y pagó el precio de nuestros pecados si nos arrepentimos. Dio Su vida y conquistó la muerte, y se levantó de la tumba para que todos vivamos de nuevo. Él es la Luz y la Vida del mundo. Como el rey Benjamín enseñó: si diéramos “todas las gracias y alabanza que [nuestra] alma entera es capaz de poseer, a ese Dios que [nos] ha creado, y [nos] ha guardado y preservado, y… lo [sirviéramos] con toda [nuestra] alma, todavía [seríamos] servidores inútiles” (Mosíah 2:20–21).

Damos gracias por las verdades reveladas que proporcionan una norma con la cual sopesar todas las cosas. Tal como la Biblia enseña, el Señor nos ha concedido apóstoles y profetas “a fin de perfeccionar a los santos” (véase Efesios 4:11–12). Utilizamos la verdad revelada que ellos nos dan “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:14). Quienes examinan cada desastre y evalúan cada nueva idea o descubrimiento comparándolos con las verdades reveladas por Dios no deben ser “fluctuantes”, sino que podrán permanecer firmes y en paz. Dios está en Sus cielos y Sus promesas son seguras. “No os turbéis”, nos dijo concerniente a las destrucciones que precederán al fin del mundo, “porque cuando todas estas cosas acontezcan, sabréis que se cumplirán las promesas que os han sido hechas” (D. y C. 45:35). ¡Qué ancla para el alma en estos tiempos turbulentos!

Damos gracias por los mandamientos. Ellos son directivas para sortear los escollos e invitaciones para recibir bendiciones. Los mandamientos señalan el sendero y nos muestran el camino que conduce a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero.

III.

En los últimos ocho meses en las Filipinas, he oído muchos testimonios de las bendiciones del Evangelio. Al hablar en la dedicación de la capilla de su barrio, un obispo filipino expresó gratitud por el mensaje del Evangelio que llegó a su vida hace unos diez años y describió cómo éste lo rescató de una vida de egoísmo, de excesos y de abusos hacia los demás, y lo convirtió en un buen esposo y padre. Él testificó de las bendiciones que ha recibido al pagar los diezmos.

Al hablar en una reunión de liderazgo, un consejero de una presidencia de estaca que es abogado y líder comunitario, dijo: “Declaro a todo el mundo sin ninguna reserva que lo más grande que me ha sucedido en la vida es convertirme en miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ello… fue un gran cambio en mi vida y en la de mi familia aun cuando pienso que hay mucho más que debo aprender y aplicar. La Iglesia es sin dudas una obra maravillosa y un prodigio”.

No tienen que viajar a las Filipinas para hallar esa clase de testimonios, ya que son evidentes en cualquier lugar en que se recibe y se vive el mensaje del Evangelio. Sin embargo, mi esposa y yo estamos profundamente agradecidos por la oportunidad de vivir y prestar servicio en las Filipinas, donde hemos conocido a miles de miembros maravillosos en un nuevo ambiente y visto el Evangelio bajo una nueva luz.

En lugares donde la Iglesia está en vías de desarrollo, aprendemos la importancia de establecer la Iglesia, no sólo enseñando y bautizando, sino reteniendo a los miembros nuevos mediante el amor, los llamamientos y las ordenaciones, y también nutriéndolos con la buena palabra de Dios. Hemos aprendido la importancia de instar a los miembros a abandonar las tradiciones culturales que sean contrarias a los mandamientos y los convenios del Evangelio, y a vivir de forma que tanto ellos como su posteridad “ya no [sean] extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:19–20). Seguir leyendo

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El matrimonio eterno

Conferenia General Abril 2003
El matrimonio eterno
Élder F. Burton Howard
De los Setenta

Si queremos que algo dure para siempre, debemos tratarlo de forma diferente… llega a ser algo especial porque en eso lo hemos convertido.

Hace algunos años, mi esposa y yo fuimos a una recepción nupcial que se llevó a cabo al aire libre. Horas antes, habíamos estado en el templo, donde la joven pareja que conocíamos se había casado por esta vida y la eternidad. Se amaban mucho y las circunstancias en las que se conocieron habían sido casi milagrosas. Se derramaron muchas lágrimas de felicidad. Al final de un día perfecto, esperábamos nuestro turno para saludar a la pareja. Delante de nosotros estaba un amigo cercano de la familia; se acercó a los recién casados y con su hermosa voz de tenor les cantó las conmovedoras palabras del libro de Rut: “…a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo…” (Rut 1:16–17).

Nos sentimos profundamente conmovidos y animados al pensar en su futura felicidad, supongo que, en parte, porque mi esposa y yo hemos tenido colgadas esas mismas palabras en la pared de nuestra casa durante muchos años.

Lamentablemente, la importancia de esas hermosas palabras está disminuyendo; hoy día demasiados matrimonios terminan en divorcio; el egoísmo, el pecado y la conveniencia personal a menudo se anteponen a los convenios y al compromiso.

El matrimonio eterno es un principio que se estableció antes de la fundación del mundo y se instituyó en esta tierra antes de que la muerte se introdujese en ella. Adán y Eva fueron dados el uno al otro por Dios en el jardín del Edén antes de la Caída. La Escritura dice: “…El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo…” (Génesis 5:1–2; cursiva agregada).

Los profetas han enseñado de manera uniforme que el elemento máximo y culminante del gran plan de Dios para bendecir a Sus hijos es el matrimonio eterno.

El presidente Ezra Taft Benson declaró: “La fidelidad al convenio del matrimonio trae el gozo pleno aquí en la tierra y recompensas gloriosas en el más allá” (The Teachings of Ezra Taft Benson, págs. 533–534). El presidente Howard W. Hunter describió el matrimonio celestial como la “ordenanza suprema del Evangelio”, y aclaró que aunque el lograrlo tome “más tiempo [para algunos], tal vez más allá de esta vida terrenal”, no será denegado a ninguna persona digna (Teachings of Howard W. Hunter, págs. 132, 140). El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho que el matrimonio eterno es “una cosa maravillosa”, un “don más precioso que todos los demás” (“The Marriage That Endures”, Ensign, mayo de 1974, pág. 23). Seguir leyendo

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Sigan las instrucciones

Conferencia General Abril 2003
Sigan las instrucciones
Élder D. Rex Gerratt
De los Setenta

A medida que abran su mente y su corazón para sentir el Espíritu, el Señor, en su propio tiempo y a Su manera, les dará las instrucciones que bendecirán su vida.

Hace unos años, cuando prestaba servicio como secretario de barrio, llegaron a mi casa los materiales del barrio para el siguiente año. Entre las numerosas cajas, una dirigida al secretario del barrio captó mi atención porque tenía una etiqueta que con letras acentuadas decía: “Si hasta aquí, todas las tentativas le han fallado, ¡por favor!, siga las instrucciones”.

No creía que esa advertencia fuera genérica y estaba seguro de que alguien de las Oficinas Generales de la Iglesia me conocía personalmente.

Aunque en su momento fue cómico, la imagen de la pequeña etiqueta ha estampado su mensaje en mi mente: “Si hasta aquí, todas las tentativas le han fallado, ¡por favor!, siga las instrucciones”.

Toda persona experimenta muchos desafíos en esta vida mortal; cada cual tiene su albedrío personal para tomar decisiones que afectan su progreso. Las decisiones buenas traen las bendiciones prometidas y las decisiones malas siempre tienen consecuencias no deseadas.

La vida es incierta, es corta, nuestro tiempo es precioso; éste es el momento de prepararnos “para comparecer ante Dios” (Alma 34:32). No hay tiempo que perder con experimentos personales o con cosas que comprobadamente son perjudiciales para nuestro cuerpo y nuestra alma.

Nadie es perfecto y todos necesitamos ayuda; pero no estamos solos si somos humildes, y poseemos corazones listos para sentir y oídos prestos para oír.

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5–6).

¿Cómo recibimos instrucción?

Primero, debemos tener un deseo sincero.

Segundo, debemos tener fe y creer que el Señor nos conoce, que nos ama y que dará respuesta a nuestras oraciones.

Mientras José Smith estudiaba la Biblia, leyó en Santiago 1:5:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada”.

José siguió las instrucciones y recibió una respuesta a su oración; nosotros también recibiremos respuestas a nuestras oraciones. Seguir leyendo

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Venzamos el hedor del pecado

Conferencia General Abril 2003
Venzamos el hedor del pecado
Élder Spencer V. Jones
De los Setenta

Nuestro amoroso Padre Celestial, conociendo… que ustedes y yo pecaríamos y nos volveríamos impuros, proveyó un proceso de purificación del pecado, el cual… sí funciona.

Toda decisión que tomamos, sea buena o mala, va acompañada de una consecuencia.

Crecí en lo que algunos de ustedes llamarían una comunidad agrícola bastante aburrida, de 135 habitantes, llamada Virden, en el estado de Nuevo México. Una noche de verano, cuando era jovencito, mis primos, unos amigos y yo buscábamos la manera de divertirnos un poco. Alguien del grupo sugirió que gastáramos una broma inocente a un vecino; mi conciencia me susurró que estaba mal, pero no tuve la valentía de resistir la entusiasmada reacción del grupo.

Después de realizar nuestra travesura, nos fuimos corriendo por el oscuro camino vecinal para escaparnos, riendo y felicitándonos. De repente, uno de los muchachos tropezó y gritó: “¡Ay, pisé un gato!”; y, casi en forma instantánea, sentimos que nos caían unas gotitas muy finas que tenían un olor terrible. Mi amigo pensó que se trataba de un gato pero había sido un zorrillo y nos había rociado en defensa propia. Muy pocos olores son tan nauseabundos como los del zorrillo y olíamos muy mal.

Desalentados, fuimos a casa en busca de un poco de consuelo de nuestros padres por nuestra triste situación. Al entrar en la cocina, mi mamá percibió el olor y nos echó al patio. Fuimos expulsados de nuestra casa. Entonces ella emprendió el proceso de limpieza; quemó nuestra ropa; parecía que la comunidad ofrecía cualquier mejunje imaginable como remedio casero para quitarnos el mal olor. Aguantamos una variedad de baños: primero, con jugo de tomate, después con leche y hasta con un áspero jabón de lejía casero, pero el hedor persistía; ni la poderosa loción de afeitar de mi padre pudo vencer el mal olor. Por varios días fuimos condenados a comer afuera debajo de un árbol, a dormir en una carpa y a viajar en la parte posterior de la camioneta. Seguir leyendo

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Una oración por los niños

Conferencia General Abril 2003

Una oración por los niños

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Como padres podemos mantener la vida estable… con amor y fe, pasándola a la siguiente generación, un hijo a la vez.



Al finalizar Su primer día de enseñanza entre los nefitas fieles, el Jesús resucitado volcó Su atención a un público especial que con frecuencia se encuentra justo debajo del nivel de nuestra mirada, en ocasiones casi fuera de vista.

El registro dice: “Y aconteció que mandó que trajesen a sus niños pequeñitos…

“Y… cuando se hubieron arrodillado en el suelo… se arrodilló él mismo también… y he aquí, oró al Padre, y las cosas que oró no se pueden escribir… tan grandes y maravillosas [fueron] las cosas… que Jesús habló al Padre;
“Y aconteció que cuando Jesús hubo concluido de orar… se levantó… y… lloró… y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y [de nuevo] rogó al Padre por ellos.
“Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo;
“[Diciendo] a la multitud… Mirad a vuestros pequeñitos” 1 .

No podemos saber exactamente lo que el Salvador sentía en ese momento tan conmovedor, pero sabemos que estaba “turbado” y que “gimió… dentro de sí” a causa de las influencias destructoras que siempre están alrededor de los inocentes. Sabemos que sintió una gran necesidad de orar por los niños y de bendecirlos.

En tiempos como en los que vivimos, ya sea que las amenazas sean globales o locales o en las vidas personales, yo también oro por los niños. En ocasiones parece que un mar de tentaciones y transgresiones los inundan, que simplemente los arrasan antes de que puedan resistirlas con éxito, antes de que debieran enfrentarse a ellas. Y con frecuencia por lo menos algunas de las fuerzas en operación parecen estar fuera de nuestro control personal.

Puede ser que algunas de ellas estén fuera de nuestro control, pero testifico con fe en el Dios viviente que no están fuera del control de Él. Él vive y el poder del sacerdocio está trabajando en ambos lados del velo. No estamos solos y no temblamos como si estuviéramos abandonados. Al hacer nuestra parte, podemos vivir el Evangelio y defender sus principios. Podemos declarar a los demás el Camino seguro, la Verdad salvadora, la Vida de gozo 2 . Podemos arrepentirnos personalmente de lo que tengamos que arrepentirnos, y cuando hayamos hecho todo, podemos orar. Podemos ser una bendición el uno para el otro en todas estas formas, y especialmente para aquellos que necesitan más de nuestra protección: los niños. Como padres podemos mantener la vida estable de la manera en que siempre se hace: con fe, pasándola a la siguiente generación, un hijo a la vez.

Al ofrecer tal oración por los pequeños, me gustaría hablar sobre un aspecto bastante específico de su seguridad. Hablo en cuanto a esto con cuidado y con amor a cualquiera de los adultos de la Iglesia, sean padres o no, que tal vez se inclinan por el cinismo o el escepticismo, que en los asuntos de la devoción de toda el alma siempre parecen frenarse un poco, que en el campamento doctrinal de la Iglesia siempre parecen montar sus tiendas en la periferia de la fe religiosa. A todos ellos —a quienes amamos y deseamos se sientan más cómodos acampando más cerca de nosotros— les digo que estén conscientes de que el precio que se debe pagar por tal postura no siempre se paga durante su vida. No; tristemente, algunos elementos de ello pueden ser como un tipo de deuda nacional despilfarradora, en la que las cuotas saldrán de los bolsillos de sus hijos y nietos en formas mucho más caras de lo que haya sido su intención que fueran. Seguir leyendo

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La edad de oro

Conferencia General Abril 2003
La edad de oro
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Valoren a la gente de edad por lo que es, no sólo por lo que pueda hacer.

Hace años, en una Nochebuena, un primo perdió a su pequeño niño de cinco años de una pulmonía galopante. La familia se reunió alrededor del ataúd para ofrecer una oración. Una pequeña manta, que había hecho la madre, estaba doblada sobre los pies del pequeño.

Cuando estaban a punto de cerrar el ataúd, mi madre se acercó a la doliente madre, pasó su brazo alrededor de ella y le ayudó a desdoblar la manta y tapar con ella al pequeño. Lo último que vieron sus padres fue a su hijito tapado con una manta preferida, como si estuviera dormido. Fue un momento muy tierno. ¡Eso es lo que hacen las abuelas!

Regresamos a Brigham City para asistir al funeral del padre de mi esposa, William W. Smith. Un joven al que conocí como alumno de seminario se encontraba de pie junto al ataúd, muy conmovido. Yo no sabía que conocía a mi suegro.

Él dijo: “Trabajé un verano para él en su granja. El hermano Smith me habló de ir a una misión. Era imposible para mi familia mantener a un misionero; pero el hermano Smith me dijo que orara, y dijo: ‘Si decides ir a la misión, yo te la pagaré’, y así lo hizo”.

Ni mi esposa ni su madre lo sabían. Fue una de esas cosas que hacen los abuelos.

Tenemos diez hijos. Durante una caótica mañana de domingo, cuando nuestros hijos eran pequeños, mi esposa se encontraba en la reunión sacramental. Yo, como de costumbre, no estaba allí el domingo; y nuestros hijos ocupaban casi todo el banco.

La hermana Walker, una amorosa abuela de cabello cano que había criado a doce hijos, se cambió calladamente desde varias filas atrás y se sentó entre nuestros inquietos hijos. Después de la reunión, mi esposa le agradeció su ayuda.

La hermana Walker dijo: ‘No podías con todos, ¿no es verdad?’. Mi esposa asintió. Entonces le palmeó la mano y le dijo: “Tus manos están ocupadas ahora; tu corazón estará rebosante más tarde”. ¡Qué profético fue su cariñoso comentario! ¡Eso es lo que hacen las abuelas!

Presidimos la Misión de Nueva Inglaterra. Uno de nuestros misioneros se casó y tuvo cinco hijos. Una vez salió para comprar un automóvil más grande para la familia y nunca regresó. Más tarde encontraron su cuerpo debajo de un puente de la carretera; el vehículo había sido robado.

Llamé a su presidente de estaca para ofrecer ayuda para la familia; él ya la había ofrecido.

El abuelo dijo: “Sabemos cuál es nuestro deber. No necesitaremos ninguna ayuda de la Iglesia; sabemos cuál es nuestro deber”. ¡Eso es lo que hacen los abuelos!

Mi propósito es hablarles a ustedes de los abuelos y dirigirme a ellos, los abuelos y las abuelas, y a otros miembros mayores que no tienen hijos pero que realizan la función de abuelos.

Las Escrituras nos dicen: “En los ancianos está la ciencia. Y en la larga edad la inteligencia” (Job 12:12). Seguir leyendo

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La guerra y la paz

Conferencia General Abril 2003
La guerra y la paz
Presidente Gordon B. Hinckley

Espero que los del pueblo del Señor estén en paz los unos con los otros durante los tiempos difíciles, sean cuales sean los casos de lealtades que tengan a los diversos gobiernos o partidos.

Mis hermanos y hermanas, el domingo pasado, mientras me encontraba en mi estudio pensando en lo que podría decir en esta ocasión, recibí una llamada telefónica en la que se me dijo que el sargento James W. Cawley, de los marines estadounidenses, había resultado muerto en Irak. Tenía cuarenta y un años de edad, era casado y tenía dos niños pequeños.

Hace veinte años, el élder Cawley fue misionero de la Iglesia en Japón. Al igual que muchos otros, creció en la Iglesia, de niño, jugaba en la escuela con sus compañeros; de diácono, servía la Santa Cena y fue hallado digno de cumplir una misión para enseñar el Evangelio de paz a la gente de Japón. Regresó a casa, sirvió en los marines, contrajo matrimonio, se hizo policía y entonces fue llamado de nuevo al servicio militar activo, a lo que respondió sin titubeos.

Su vida, su misión, su servicio militar y su muerte representan las contradicciones que hay entre la paz del Evangelio y la violencia de la guerra.

Por tanto, he resuelto hablar acerca de la guerra y del Evangelio que enseñamos. Hablé algo de esto en nuestra conferencia de octubre de 2001. Cuando llegué a este púlpito en esa fecha, la guerra contra el terrorismo acababa de empezar. La guerra actual es en realidad una consecuencia y una continuación de ese conflicto; y se espera que termine pronto.

Al hablar de este asunto, busco la orientación del Espíritu Santo. He orado y meditado mucho con respecto a esto. Soy consciente de que es un tema muy delicado para tratar ante una congregación internacional, incluidos los que no son de nuestra fe religiosa.

Las naciones de la tierra han tenido opiniones diferentes sobre la situación actual. Los sentimientos han sido intensos. Ha habido demostraciones en pro y en contra. Ahora somos una Iglesia mundial y tenemos miembros en la mayoría de las naciones que han discutido sobre ese asunto. Los de nuestro pueblo han tenido opiniones y preocupaciones.

La guerra, desde luego, no es nueva. Las armas cambian. Los medios para matar y destruir se refinan de modo continuo. Pero ha habido conflictos a lo largo de la historia esencialmente por los mismos asuntos.

El libro de El Apocalipsis habla en forma breve de lo que debe de haber sido un conflicto espantoso para la mente y la lealtad de los hijos de Dios. Vale la pena repetir el relato:

“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles;

“pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo.

“Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis 12:7–9).

Isaías habla aún mas con respecto a esa gran conflicto (véase Isaías 14:12–20). La revelación moderna da luz adicional al respecto (véase D. y C. 76:25–29), lo mismo que el Libro de Moisés (véase 4:1–4), que nos habla del plan de Satanás para destruir el albedrío del hombre. Seguir leyendo

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El poder sustentador de la fe en tiempos de incertidumbre y de pruebas

Conferencia General Abril 2003
El poder sustentador de la fe en tiempos de incertidumbre y de pruebas
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La fe en Dios y en Su guía por medio del Espíritu Santo te sostendrán en un mundo cada vez más problemático.

¿Quién no ha tenido la necesidad de que le infundan confianza en épocas de inseguridad y pruebas? ¿Quién está tan seguro de sí mismo que nunca ha deseado tener una influencia que dé estabilidad a su vida? Un propósito fundamental de la vida en la tierra es el progreso y el logro personales. Por tanto, deben existir momentos de pruebas y dilemas con el fin de crear la oportunidad para ese desarrollo. ¿Qué niño podría llegar a ser autosuficiente si todas las decisiones importantes las tomaran los padres? Lo mismo sucede con nuestro Padre Celestial. Su plan de felicidad se ha creado con el fin de que afrontemos desafíos e incluso dificultades al tener que tomar decisiones de gran importancia para que progresemos, nos desarrollemos y tengamos éxito en esta probación mortal1. Felizmente, en Su amor perfecto, Él nos ha proporcionado el modo de resolver esos problemas al mismo tiempo que progresamos en fortaleza y capacidad. Me refiero al poder sustentador de la fe en tiempos de incertidumbre y pruebas, y aun dilemas.

Dios nos ha dado la capacidad de ejercer fe para que encontremos paz, gozo y propósito en la vida. Sin embargo, para emplear ese poder, se debe hallar fe en algo. No existe un cimiento más sólido que la fe en el amor que el Padre Celestial tiene por ti, la fe en Su plan de felicidad y la fe en la capacidad y la disposición de Jesucristo para cumplir todas Sus promesas.

Algunos no comprenden la fe y por consiguiente no la aprovechan al máximo. Otros piensan que todo análisis sobre religión y la guía que se recibe mediante una fe firme no tienen bases lógicas. Sin embargo, la fe no es una ilusión ni una magia, sino un poder arraigado en principios eternos. ¿Te encuentras entre los que han ejercido la fe y creen que no han logrado el esperado beneficio? Si es así, es probable que no hayas comprendido ni seguido los principios sobre los que ésta se funda. He aquí un ejemplo de lo que digo:

Hace años, participé en un experimento para medir las características nucleares de diferentes materiales. El proceso utilizó un reactor nuclear experimental diseñado para que las partículas de alta energía salieran por una abertura que había en el centro del reactor. Esas partículas eran guiadas hacia compartimentos experimentales donde se medían. Tales partículas de alta energía no podían verse pero debían ser controladas con cuidado para evitar que dañaran a las otras. Un día, un limpiador entró mientras estábamos trabajando y disgustado dijo: “Son todos unos mentirosos, pretenden estar haciendo algo importante, pero a mí no me engañan. Yo sé que si algo no se puede ver, oír, probar, oler o tocar, no existe”. Esa actitud descartó la posibilidad que tenía de aprender que hay mucho de valor que no se puede reconocer por medio de los cinco sentidos. Si ese hombre hubiese estado dispuesto a comprender cómo se detecta la presencia de las partículas nucleares, hubiera confirmado su existencia. Del mismo modo, no debes dudar nunca de la realidad de la fe. A medida que sigas los principios que Dios ha establecido para el ejercicio de la fe, recogerás sus frutos.

Algunos de esos principios son: Seguir leyendo

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¿Te dije…?

Conferencia General Abril 2003
“¿Te dije…?”
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

En el eterno plan de salvación, lo más importante y satisfactorio que hagan será edificar un hogar santo y criar con amor una familia unida.

Hace casi tres años, una de nuestras hijas se casó y de inmediato ella y su esposo se fueron a otra ciudad donde él estudiaría medicina. Salía ella de la seguridad de su hogar para empezar su propia familia. Me hice la pregunta: ¿Le enseñé todo lo que necesita saber? ¿Sabe lo que es más importante en esta vida? ¿Está lista para edificar un hogar feliz?

Al observarla partir, recordé un pequeño diario que le di cuando cumplió 17 años; se titulaba: “¿Te dije…?”. En él, anoté consejos que solía darle las noches que nos quedábamos hasta tarde charlando. Al verlos partir hacia su nueva vida, pensé en tres anotaciones adicionales que deseaba poner en ese diario para ayudarla en la transición más importante y desafiante que el viajar a otra ciudad: la transición de empezar su propio hogar y familia. Permítanme compartir esas anotaciones con ella y con toda la juventud de la Iglesia, a fin de enseñarles la importancia de la familia.

Primeramente, ¿te dije… cómo hacer de tu hogar un refugio de paz y un baluarte de fortaleza? Debes seguir el modelo que observaste al entrar en la casa del Señor, para “[establecer] una casa… de oración una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción… una casa de orden” (D. y C. 109:8). Si seguimos ese modelo, tendremos gran paz en nuestros hogares en un mundo cada vez más agitado.

Ten en cuenta el ejemplo del hogar de tus abuelos; por ambas líneas familiares, ellos criaron a sus “hijos en la luz y la verdad” (D. y C. 93:40). El hogar de mi padre fue un hogar de instrucción . En el funeral de su padre, él dijo que nunca había aprendido un principio del Evangelio en una reunión de la Iglesia que no hubiese aprendido ya en su propio hogar. La Iglesia era un complemento para su hogar. Mi hogar fue una casa de orden; era de suma importancia (a pesar de las ocupaciones de todos) estar juntos durante el desayuno y la cena. La hora de la comida era más que sólo para comer; era un momento de suma importancia para alimentar nuestro espíritu así como nuestro cuerpo. Seguir leyendo

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Lugar santo, espacio sagrado

Conferencia General Abril 2003
Lugar santo, espacio sagrado
Dennis B. Neuenschwander
De la Presidencia de los Setenta

Nuestra capacidad de buscar, de reconocer y reverenciar lo santo sobre lo profano, y lo sagrado sobre lo secular, define nuestra espiritualidad.

En respuesta a la pregunta de Pilato, “¿Eres tú el Rey de los judíos?”, el Salvador contestó: “Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí” (Juan 18:33, 36). Con esas pocas palabras, Jesús declara que Su reino es independiente y diferente de este mundo. Las enseñanzas, la doctrina y el ejemplo personal del Salvador elevan a todo el que crea en Él a una norma divina que exige que tanto la mira como la mente estén puestas únicamente en la gloria de Dios (véase D. y C. 4:5; 88:68). La gloria de Dios abarca todo lo que sea santo. Nuestra capacidad de buscar, de reconocer y reverenciar lo santo sobre lo profano, y lo sagrado sobre lo secular, define nuestra espiritualidad. Ciertamente, sin lo santo y lo sagrado sólo nos queda lo profano y lo secular.

En medio del bullicio del mundo secular, con su segura inseguridad, tiene que haber lugares que ofrezcan refugio, renovación, esperanza y paz espirituales. Esos lugares existen verdaderamente y son santos. Son lugares donde enfrentamos lo divino y encontramos el Espíritu del Señor.

En Doctrina y Convenios, tres veces el Señor aconseja a Su pueblo “esta[r] en lugares santos” (véase D. y C. 45:32; 87:8; 101:22). El contexto de Su consejo tiene aún más significado si nos fijamos en la condición presente de nuestro mundo: enfermedades devastadoras, persecuciones y guerras son todos acontecimientos conocidos y se nos han venido encima formando parte de nuestra experiencia diaria. Frente a esos problemas desconcertantes, el Señor aconseja esto: “He aquí, es mi voluntad que todos los que invoquen mi nombre, y me adoren de acuerdo con mi evangelio eterno, se congreguen y permanezcan en lugares santos” (D. y C. 101:22). Seguir leyendo

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Afanaos… por la vida del alma

Conferencia General Abril 2003
Afanaos… por la vida del alma
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Los discípulos verdaderamente convertidos, aun cuando todavía sean imperfectos, procurarán “la vida del alma” todos los días, en todas las décadas y en medio de cualquier decadencia o destrucción.

En medio de los tumultuosos acontecimientos globales, acontecimientos de los que no somos totalmente inmunes, se encuentra la verdadera y continua lucha de la humanidad: que, en medio de las dificultades del mundo, decidamos o no, en las palabras del Señor, “afanar[nos] por la vida del alma” (D. y C. 101:37). Cualquiera que sea nuestra participación en los hechos externos, esta lucha interna tiene lugar tanto en tiempos tranquilos como turbulentos. Ya sea que se comprenda o se reconozca, éste es el inalterable programa terrenal, de generación en generación.

Cuando nos esforzamos por obedecer los mandamientos de Dios, el hombre “interior se renueva de día en día” (2 Corintios 4:16). De ese modo, aun en los días malos “guarda[remos nuestra] alma” a pesar de las condiciones externas (véase Proverbios 19:16). Sin duda, algunas decisiones interiores de “afanarse” y “guardar” el alma se toman en tiempos tranquilos, como sucedió con el hijo pródigo. Él se había pasado alimentando a los cerdos “de día en día” hasta que finalmente llegó un momento en que “volvi[ó] en sí (Lucas 15:17). Fuera lo que fuera que hubiera sucedido aquel día particular en aquella “provincia apartada” (Lucas 15:13), el hijo pródigo “consider[ó sus] caminos” (Salmos 119: 59) y resolvió firmemente: “Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15:18). Una transformación siguió a la introspección. Aun así, los transeúntes difícilmente habrían notado a un humilde apacentador de cerdos que regresaba al hogar, a pesar de que a él le habían ocurrido cosas de eterno significado.

No obstante, en otros momentos la relación entre lo exterior y lo interior es más notable. Pilato se enfrentó a un evidente disturbio local que rodeaba a un tal Jesús de Nazaret; su nuevo acuerdo con Herodes, con quien “estaban enemistados” (Lucas 23:12), era, sin duda, una novedad política entre los de su clase. Aun cuando vacilante, cedió a la presión de una multitud con prejuicios y concedió amnistía a Barrabás en lugar de Jesús. Con las manos lavadas pero sucias, aparentemente Pilato regresó a Cesarea; Cristo, en cambio, fue a Getsemaní y al Calvario para llevar a cabo la angustiosa pero liberadora Expiación universal por la cual billones y billones resucitarían.

Actualmente, las nubes de la guerra descargan aquí y allí sobre justos e injustos, pero, ¡aquel glorioso don de Cristo de la grandiosa Resurrección se derramará sobre todos nosotros! Así como las crestas de las olas no dan indicación de los cambios en la profundidad del mar, en el caso de la Expiación, los acontecimientos de importancia global y eterna tuvieron lugar en un pequeño huerto y sobre una desconocida colina.

La obra de Dios se desenvuelve muchas veces en forma inadvertida. Por ejemplo, cualesquiera fueran las razones que la familia de Joseph Smith tuvo para mudarse desde Nueva Inglaterra al estado de Nueva York, los llevaron, sin que ellos lo supieran, a unas planchas sagradas que estaban enterradas en el Cerro de Cumorah, esperando para convertirse en “otro testamento de Jesucristo” para permanecer “mientras dure la tierra” (2 Nefi 25:22).

Por lo tanto, aunque esta es una época de conflictos, lo que todavía sigue destacándose en importancia es afanarse “por la vida del alma”. Aun cuando los acontecimientos pueden crear determinados momentos en los que surja la rectitud, los tumultos externos no son una excusa para dejar de lado la resolución interna, a pesar de que algunas personas se desintegran fácilmente. A pesar de las hostilidades que se nos presenten, ¡no tenemos porqué quebrantar nuestros convenios! Por ejemplo, el adulterio no se justifica sólo porque estemos en guerra y algunos matrimonios tengan que estar separados. El séptimo mandamiento no contiene una nota explicativa que diga: “No cometerás adulterio, excepto en tiempos de guerra” (véase Éxodo 20:14). Seguir leyendo

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Ama el Pastor las ovejas

Conferencia General Abril 2003
Ama el Pastor las ovejas
James E. Faust
Segundo consejero de la primera presidencia

A los padres desconsolados que han sido rectos, diligentes y que han orado constantemente para enseñar a sus hijos desobedientes, decimos que el Buen Pastor cuida de ellos.

Mis queridos hermanos, hermanas y amigos, el mensaje de esperanza y consuelo que daré esta mañana va dirigido a los padres desconsolados que tanto se han esforzado por criar a sus hijos en la rectitud, con amor y dedicación, pero que han perdido la esperanza porque su progenie se ha rebelado o se ha desviado para seguir el camino del mal y de la destrucción. Al presenciar su desoladora angustia, recuerdo las palabras de Jeremías: “Voz fue oída en Ramá… Raquel que lamenta por sus hijos, y no quiso ser consolada”. Pero el Señor la consoló de este modo: “Reprime del llanto tu voz… porque salario hay para tu trabajo… y volverán de la tierra del enemigo”1.

Debo comenzar testificando que la palabra del Señor a los padres de esta Iglesia se encuentra en la sección 68 de Doctrina y Convenios, en esta notable indicación: “Y además, si hay padres que tengan hijos en Sión o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres”2. Se manda a los padres “[enseñar] a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor”3. Como padre, abuelo y bisabuelo, yo acepto ese mandato como la palabra del Señor, y como siervo de Jesucristo, insto a los padres a seguir ese consejo con el mayor esmero posible.

¿Quiénes son buenos padres? Aquellos que amorosa, cuidadosa y dedicadamente se esfuerzan por enseñar a sus hijos, mediante el precepto y el ejemplo, a “orar y a andar rectamente delante del Señor”4. Eso es efectivo aunque algunos de sus hijos sean desobedientes o del mundo. Los niños nacen con un espíritu y una personalidad propia. Algunos “plantearían dificultades a cualquier tipo de padres y en cualquier circunstancia… y tal vez haya quienes hasta serían una bendición y una fuente de gozo para la vida de casi cualquier padre o madre”5. Los padres que tienen éxito son aquellos que se han sacrificado y esforzado por dar lo mejor de sí mismos de acuerdo con sus circunstancias familiares.

Resulta imposible mensurar el amor de los padres por sus hijos. No existe otra relación semejante; excede incluso al aprecio por la vida propia. El amor de un padre o de una madre por su hijo es continuo y va más allá de la desolación y el desánimo. Todo padre ruega y anhela que sus hijos tomen decisiones sabias. Aquellos hijos que son obedientes y responsables constituyen para sus padres una fuente inagotable de orgullo y satisfacción.

Pero, ¿y si los hijos que han sido instruidos por unos padres fieles y amorosos se han rebelado o se han descarriado? ¿Hay esperanza? Resulta casi imposible consolar el dolor de un padre por un hijo rebelde. Absalón, el tercer hijo del rey David, mató a uno de sus hermanos y promovió una rebelión en contra de su padre, y fue muerto por Joab. Al oír de la muerte de su hijo, el rey David lloró y expresó su tristeza: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!”6. Seguir leyendo

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Cinco preguntas que debes hacerte cuando no sientas respuestas a las oraciones

Enero 2017
Cinco preguntas que debes hacerte cuando no sientas respuestas a las oraciones
Por Margaret Willden
La autora vive en Nueva York, EE. UU.

Questions about prayer
¿Alguna vez han ofrecido una oración y esperado una respuesta que parecía no llegar? No están solos, aunque pueden estar seguros de que el Padre Celestial en efecto ha escuchado sus oraciones. Es importante recordar que las respuestas tal vez no lleguen cuando o como las deseen y que nuestro Padre Celestial siempre sabe lo que es mejor.

Aquí hay algunas preguntas que podrían hacerse cuando están luchando por recibir respuesta a una oración:

1 ¿Estoy listo para actuar según la respuesta?

Orar con fe significa estar listo para actuar de acuerdo a la respuesta que recibiste, ya sea la respuesta que esperabas o no. En una ocasión, el profeta José Smith recibió la siguiente instrucción: “Por tanto, prepara tu corazón para recibir y obedecer las instrucciones que estoy a punto de darte, porque todos aquellos a quienes se revela esta ley, tienen que obedecerla” (D. y C. 132:3). Si oras sobre si debes ir o no a una fiesta ¿obedecerás sin importar la respuesta (aunque la respuesta sea no)?

2 ¿He hecho todo lo que estaba a mi alcance?

Digamos que no estudiaste para tu examen de ciencias porque en vez de ello saliste con tus amigos. ¿Te ayudará el Padre Celestial a pasar el examen si simplemente le pides Su ayuda?

Tenemos que hacer nuestra parte para recibir las bendiciones. Así que, al estudiar para un examen, podrías orar y pedir fortaleza para hacerlo bien de acuerdo con tu preparación.

Considera el ejemplo de los hijos de Mosíah, que tuvieron éxito en la obra misional cuando hicieron un esfuerzo extra: “Mas esto no es todo; se habían dedicado a mucha a oración y ayuno; por tanto, tenían el espíritu de profecía y el espíritu de revelación, y cuando enseñaban, lo hacían con poder y autoridad de Dios” (Alma 17:3).

3 ¿He ignorado la respuesta?

El Padre Celestial siempre te escucha, así que, ¡es posible que Él ya haya contestado tu oración! Tal como dice en Doctrina y Convenios 6:14: “…cuantas veces lo has hecho, has recibido instrucción de mi Espíritu”. Puedes orar y pedir ojos espirituales para reconocer la respuesta, ya que a veces las respuestas pueden ser en forma sutil o indirecta, como por medio de las acciones de otras personas.

También, no te olvides de dedicar tiempo a escuchar. El élder Richard G. Scott (1928–2015) del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó: “Muy raramente recibirás Sus respuestas mientras aún te encuentres de rodillas. … sino que recibirás inspiración en momentos de silencio en que el Espíritu pueda llegar más efectivamente a tu mente y a tu corazón” (“Utilizar el don supremo de la oración”, Liahona, mayo de 2007, pág. 9).

4 ¿Son justos mis deseos?

Si alguna vez pediste algo que no era lo mejor para ti, es muy probable que tu petición no se te concediera. El Salvador enseñó que debemos “…siempre orar al Padre en mi nombre” (3 Nefi 18:19), lo cual sugiere que pidamos cosas que sean justas y Ellos nos las concederán. Pregúntate a ti mismo: “¿Cómo se sentirá el Salvador sobre mis deseos?”. Si tus deseos están basados en el egoísmo o son incorrectos de alguna manera, ora para tener un cambio de corazón y para saber lo que al Salvador le gustaría que tú desearas.

5. ¿Es el momento adecuado?

Lo que pidamos debe ser correcto, pero el momento también debe ser el correcto. El Padre Celestial tiene un gran plan reservado para nosotros, pero nuestro calendario a veces es un poco diferente al de Él. “… mis palabras son ciertas y no fallarán… Mas todas las cosas tienen que acontecer en su hora” (D. y C. 64:31–32. Esto puede significar esperar un poco más para que esa herida sane o para encontrar esa mascota perdida, y algunas veces el tiempo del Señor incluye la vida venidera, pero puedes estar seguro de que Él te escuchará y ayudará a lo largo del camino.

Puede resultar difícil ser paciente, especialmente cuando la respuesta a tu oración no sea obvia. Pero a medida que buscas, puedes tener valor al saber que siempre encontrarás las respuestas que necesitas si las buscas con verdadera intención: “… y me buscaréis y me hallaréis cuando me busquéis con todo vuestro corazón”(Jeremías 29:13).

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Cinco promesas de la oración

Enero 2017
Cinco promesas de la oración
por Carlisa Cramer
La autora vive en Utah, EE. UU.

El Padre Celestial proporciona la oración como una manera de comunicarse directamente con Él para agradecer, pedir bendiciones y crecer espiritualmente. Algunas veces todo lo que conlleva es inclinar nuestra cabeza, cruzar los brazos y decir unas simples y sinceras palabras. Fácil, ¿no? Aquí hay cinco diferentes promesas o bendiciones que podemos recibir al orar:

1 Fortaleza para vencer

Como humanos, podemos sentir debilidad de muchas maneras: física, emocional, espiritual y mental. Podemos estar luchando por correr una carrera o pasar un examen Pray for strengtho resistir una tentación o sentir el Espíritu, pero la oración puede darnos la fortaleza que necesitamos para vencer cualquier cosa que la vida nos presente.

Como dijo Nefi: “…porque sé que el [Señor] nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles una vía para que cumplan lo que les ha mandado” (1 Nefi 3:7). El Señor puede darnos la fortaleza para lograr todas las cosas buenas que tratemos de hacer si es Su voluntad.

Ora por fortaleza para vencer una tentación. Ora por fortaleza para enfocarte y estudiar en forma productiva para un examen. Ora por fortaleza para correr y no cansarte. Ora por fortaleza, y Él hará que seas fuerte.

2 Perdonar

Aunque es agradable pensar lo contrario, no somos perfectos. Cometemos errores, y eso Pray for forgivenesses solo parte de la vida, pero el Señor proporciona una manera de solucionarlo: el poder de la expiación de Jesucristo; y un punto de acceso a Su poder es la oración.

Cuando pedimos perdón por medio de la oración, podemos ser perdonados de nuestros pecados mediante la expiación del Salvador. Aunque los pecados más grandes necesiten ayuda de un obispo o presidente de rama, una oración personal y sincera siempre será uno de los primeros pasos para el perdón, ya sea que pidamos al Padre Celestial que nos perdone o nos ayude a perdonar a otra persona. Él incluso nos ayudará a aprender cómo perdonarnos a nosotros mismos.

3 Conocimiento y guía

La revelación personal podría haber sido una de las primeras bendiciones prometidas de la Pray for knowledgeoración en la que hayas pensado, especialmente con el nuevo lema de la Mutual dando vueltas en tu cabeza. José Smith tenía falta de conocimiento sobre a qué iglesia debía unirse, así que, se arrodilló en la Arboleda Sagrada, hizo sus preguntas y recibió una respuesta, ¡y de qué manera!

Pero la revelación no es solo para profetas, y tampoco tiene que ser una experiencia trascendental. Si alguno de nosotros tiene falta de sabiduría en cualquier cosa, podemos y debemos pedírsela a Dios. Él responderá, aunque algunas veces no sea en la manera que esperamos. El Señor contestará nuestras preguntas y nos ayudará a guiar nuestra vida, ¡pero primero tenemos que pedir! Seguir leyendo

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