Cómo obtener fortaleza interior

Conferencia General Abril 2002
Cómo obtener fortaleza interior
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro recientemente relevada

Mary Ellen Smoot

“¿Cómo podemos, ustedes y yo, estar de tal manera convertidos a la verdad, estar tan llenos de fe, depender de tal modo en Dios, que nos sea posible soportar las tribulaciones e incluso derivar fortaleza de ellas?”

De parte de mis consejeras y de la mesa general de la Sociedad de Socorro, agradecemos a los miembros de la Iglesia de todo el mundo, en especial a las mujeres, quienes, mediante su fidelidad y devoción, sacrifican su tiempo y talentos a fin de bendecir la vida de las personas y familias del mundo entero.

En la bendición que el presidente Gordon B. Hinckley me dio cuando fui apartada, mencionó el servicio que presta la Sociedad de Socorro. Él dijo: “Ésta es una organización enorme, quizás la más grande y más antigua de su clase en todo el mundo. Su misión es hacer el bien y ayudar al pobre y al necesitado, de llevar el proceso de la educación, del buen manejo del hogar y otras destrezas a la vida de las mujeres del mundo”.

Contamos con la guía de la Declaración de la Sociedad de Socorro, de las reuniones de superación personal, de la familia y del hogar, y del programa de las maestras visitantes. Esas herramientas se han evaluado con gran detenimiento y se han establecido con el fin de ayudar a las hermanas a ensanchar su fortaleza interior mediante el servicio y la unidad.

Para demostrar la clase de fortaleza espiritual a la que me refiero, quisiera compartir la historia de Susanna Stone Lloyd, quien, a los 26 años de edad, salió de Inglaterra en 1856 y viajó sola hasta Utah. Susana, que era el único miembro de su familia que se unió a la Iglesia, formó parte de la Compañía de carros de mano Willie. Al igual que muchos otros pioneros, pasó hambre, enfermedad y fatiga amenazantes.

Al llegar al valle del Lago Salado, Susana pidió prestado un espejo a fin de arreglarse y verse más presentable. A pesar de todos sus esfuerzos, relata lo siguiente: “Nunca olvidaré mi apariencia; algunas de mis amistades no me reconocían” (1). Debido a que había vendido su propio espejo a un indio a cambio de un trozo de carne de búfalo, ella no había pasado el tiempo contemplándose; ahora ni siquiera reconocía su propia imagen. Era una persona diferente, tanto por dentro como por fuera. Durante el trayecto por cadenas montañosas y enormes privaciones, ella se había forjado una profunda convicción; su fe había sido probada y su conversión era firme; había sido refinada en aspectos que el mejor espejo no podía reflejar. Susana había suplicado recibir fortaleza y la había encontrado: en lo profundo de su alma.

Ésta es la clase de fortaleza interior de la que quisiera hablar. ¿Cómo podemos, ustedes y yo, estar de tal manera convertidos a la verdad, estar tan llenos de fe, depender de tal modo en Dios, que nos sea posible soportar las tribulaciones e incluso derivar fortaleza de ellas?

No tenemos que vivir mucho tiempo para descubrir que la vida casi nunca resulta como la planeamos. La adversidad y la aflicción llegan a todos. ¿Conocen a alguien a quien no le gustaría cambiar algo de sí mismo o de sus circunstancias? Y sin embargo, estoy segura de que conocen a muchos que siguen adelante con fe. Uno se siente atraído hacia esas personas, es inspirado por ellas e incluso fortalecido por sus ejemplos. Seguir leyendo

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La ley del diezmo

Conferencia General Abril 2002
La ley del diezmo
Élder Earl C. Tingey
De la Presidencia de los Setenta

Earl C. Tingey

“El Señor ha establecido la ley del diezmo como la ley financiera de Su Iglesia… También es una ley mediante la cual mostramos nuestra lealtad al Señor”.

La Navidad pasada recibí un regalo especial de mi madre. Durante todos estos años, ella había guardado cuidadosamente en su posesión un pequeño libro que yo recibí de mis padres en 1944, cuando yo tenía 10 años de edad.

Éste es el libro. Es un diario en el que se me enseñó a registrar semanalmente mis ingresos y mis gastos.

Por ejemplo, en mis anotaciones para la semana del 29 de julio de 1944, se lee que empecé la semana con $24,05 dólares y gané $7,00 trabajando en nuestra granja familiar. En mis gastos tengo 5 centavos de caramelos, $3,45 de una compra, 20 centavos de cine y $2,37 de ropa. También invertí 20 dólares en un bono de ahorro de la guerra y pagué 70 centavos de diezmo. Terminé la semana con un saldo de $4,28.

Recuerdo haber preguntado a mi padre si no me podía aumentar mi salario de 25 centavos la hora, pero cuando pienso en que ir al cine costaba 20 centavos y los caramelos sólo 5 centavos, ahora reconozco que seguramente se me pagaba demasiado.

Mientras estudiaba ese diario de más de 50 años, noté que, durante los años 1944 y 1945, pagué mi diezmo del diez por ciento de mis ingresos cada semana. En diciembre de 1944, anoté que había pagado $12,35 en diezmos durante ese año, un diezmo íntegro.

Así es dónde y cómo aprendí a pagar el diezmo.

Mi esposa y yo enseñamos a nuestros hijos la importancia de apartar el diezmo cada semana a medida que recibían su asignación o ganaban dinero cuidando niños o en algunos trabajos especiales. Ponían el diezmo en una pequeña caja y el domingo de ayuno se lo entregaban al obispo. También aprendieron el valor del dinero al ahorrar una buena parte del saldo de sus ingresos para una futura misión y para su educación.

Nuestros nietos ahora siguen un modelo similar.

Enseñemos este principio a nuestros hijos y asegurémonos de que ellos nos vean cuando pagamos los diezmos. El presidente Joseph F. Smith dijo: “En cuanto nuestros hijos lleguen a tener la edad suficiente para ganar dinero, se les debe enseñar a pagar sus diezmos, a fin de que sus nombres queden inscritos en el libro de la ley del Señor” 1 .

En mi época en la Primaria, aprendimos este pequeño versito:

¿Qué es el diezmo?
Te lo diré
Diez centavos de cada peso
Y un centavo de cada diez.

La doctrina del pago de los diezmos está entrelazada como un tapiz a lo largo de las Escrituras. Abraham pagó diezmos a Melquisedec 2 . A los hijos de Israel se les enseñó a llevar sus diezmos al Señor 3 . Probablemente la cita de las Escrituras del Antiguo Testamento con respecto a este tema que se menciona con más frecuencia se encuentra en Malaquías:

“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas…

“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” 4 .

La cantidad que pagamos como diezmo es el arreglo más equitativo y perfecto que yo conozco. Es la décima parte de nuestro ingreso. Todos, desde el más pobre hasta el más rico, pagan el mismo porcentaje. Cristo enseñó este principio en la historia de la ofrenda de la viuda: Seguir leyendo

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Los niños

Conferencia General Abril 2002
Los niños
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer

“En lo que creemos y en lo que enseñamos hay consejos, mandamientos, incluso advertencias respecto a proteger, amar, cuidar y ‘[enseñar a los niños] a andar por las vías de la verdad’ ”.

Hace muchos años, en Cuzco, en lo alto de los Andes del Perú, el élder A. Theodore Tuttle y yo celebramos una reunión sacramental en un cuarto largo y estrecho con una puerta que daba a la calle. Era de noche y hacía mucho frío.

Mientras el élder Tuttle dirigía la palabra, un pequeño, de unos seis años quizás, apareció por la puerta. Estaba desnudo, a excepción de la camiseta hecha jirones que le llegaba hasta las rodillas.

A nuestra izquierda se hallaba una mesa pequeña con un plato de pan para la Santa Cena. Este huérfano de la calle vio el pan y avanzó lentamente a lo largo de la pared hacia él. Estaba casi en la mesa cuando una mujer sentada junto al pasillo lo vio. Con un adusto movimiento de la cabeza le indicó que se desvaneciera en la noche; yo gemí en mi interior.

El niño volvió más tarde; avanzó lentamente a lo largo de la pared mirando el pan y mirándome a mí. Estaba cerca del punto donde la mujer iba a volver a verlo, así que extendí los brazos, se vino corriendo hacia mí y lo senté en mi regazo.

Entonces, con cierto aire simbólico, lo senté en la silla del élder Tuttle. Después de la última oración, y muy a mi pesar, el pequeño se perdió rápidamente en la noche.

Cuando volví a casa le hablé al presidente Kimball sobre el muchacho, relato que le conmovió profundamente y habló de ello en un discurso de una conferencia. Se lo comentó a otras personas y me dijo más de una vez: “Esa experiencia tiene un significado mucho más amplio del que usted cree conocer”.

Nunca he olvidado a aquel huerfanito de la calle. En muchas ocasiones lo he buscado entre los rostros de la gente de Sudamérica, y cuando me acuerdo de él, también me acuerdo de otros.

Tras la Segunda Guerra Mundial, una noche fría en una estación del sur de Japón, oí un golpecito en la ventanilla del tren. Allí estaba un niño con idéntica camiseta harapienta, un trapo que le rodeaba la hinchada mandíbula y la cabeza cubierta de sarna. Llevaba una lata oxidada y una cuchara, símbolos de un huérfano mendigo. Al intentar abrir la puerta para darle algo de dinero, el tren arrancó. Jamás olvidaré a aquel niño hambriento de pie en el frío, sosteniendo su lata vacía.

En el hospital de una escuela para indios americanos regentada por el gobierno había un pequeño de siete años que tenía fiebre y estaba constipado. Le abrí un paquete enviado por su madre, que estaba a cientos de kilómetros, en la reserva. Envuelto en una caja de cartón con una etiqueta de piezas de auto, que sin duda había conseguido en la tienda de la reserva, había pan frito navajo y pedazos de carne, un regalo de Navidad para su pequeño.

Recientemente vi en las noticias esas largas y conocidas hileras de refugiados. En ellas, como siempre, había niños llevando en brazos a otros niños. Había una niña sentada en lo alto de un enorme fardo que cargaba su madre. Mientras pasaban en silencio y lentamente, la niña miró a la cámara y aquel rostro serio y negro, con aquellos grandes ojos negros, parecía preguntar: ¿Por qué?

Los niños son el pasado, el presente y el futuro, todo en uno. Son perfectos y preciosos. Cada vez que nace uno, el mundo renueva su inocencia.

Pienso constantemente en los niños, en los jóvenes y en sus padres, y oro por ellos.

Hace poco asistimos a una reunión sacramental en la que participaron niños con necesidades especiales. Cada uno tenía una discapacidad auditiva, visual o de desarrollo mental. Al lado de cada uno había un joven al que se le había asignado como compañero. Cantaron y tocaron música para nosotros, y enfrente de la primera fila, donde estábamos, una jovencita se puso en pie e interpretó con señas para los que estaban detrás de nosotros que no podían oír.

Jenny compartió un breve testimonio y luego cada uno de sus padres habló sobre la gran agonía que habían padecido cuando supieron que su hija jamás tendría una vida normal. Hablaron de las incontables y cotidianas pruebas que se sucedieron. Cuando los demás se la quedan mirando o se ríen de ella, los hermanos de Jenny extienden un brazo protector a su alrededor. Entonces su madre nos habló del amor, del gran gozo que Jenny trajo a la familia.

Esos padres han aprendido que “tras mucha tribulación… viene la bendición” (D. y C. 103:12). Los vi unidos gracias a la adversidad, y refinados en verdaderos Santos de los Últimos Días de oro puro.

Nos dijeron que Jenny adopta padres, así que cuando le estreché la mano, le dije: “Soy un abuelo”.

Ella levantó la mirada, me vio, y exclamó: “¡Ya veo por qué!”.

No hay nada en las Escrituras, en lo que publicamos, en lo que creemos ni en lo que enseñamos que autorice a los padres ni a nadie desatender, maltratar o abusar a nuestros propios hijos ni a los de otra persona.

En las Escrituras, en lo que publicamos, en lo que creemos y en lo que enseñamos hay consejos, mandamientos, incluso advertencias respecto a proteger, amar, cuidar y “[enseñar a los niños] a andar por las vías de la verdad” (Mosíah 4:15). Traicionar a los niños es absolutamente inimaginable.

Entre las más duras advertencias y los castigos más severos que hay en las revelaciones se encuentran aquellas relacionadas con los niños. Jesús dijo: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

En los días del profeta Mormón, algunas personas que no entendían que los niños son “sin culpa ante Dios” (Mosíah 3:21) y que “viven en Cristo” (Moroni 8:12) querían bautizar a los niños pequeños. Mormón dijo de ellos que “[negaban] las misericordias de Cristo y [despreciaban] su expiación y el poder de su redención” (Moroni 8:20).

Mormón los reprendió severamente, diciendo: “…el que supone que los niños pequeños tienen necesidad del bautismo se halla en la hiel de la amargura y en las cadenas de la iniquidad, porque no tiene fe, ni esperanza, ni caridad; por tanto, si fuere talado mientras tenga tal pensamiento, tendrá que bajar al infierno…

“He aquí, hablo con valentía, porque tengo autoridad de Dios” (Moroni 8:14, 16).

Sólo cuando un niño llega a la edad de responsabilidad, fijada por el Señor en los ocho años (véase D. y C. 68:27), es necesario el bautismo, pues antes de esa edad es inocente. Seguir leyendo

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La Iglesia avanza

Conferencia General Abril 2002
La Iglesia avanza
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Ninguna otra iglesia que haya salido de los Estados Unidos ha crecido tan rápido ni se ha expandido en forma tan extensa… Es un fenómeno sin precedentes”.

Mis amados hermanos y hermanas, es maravilloso reunirme con ustedes nuevamente en una gran conferencia mundial de la Iglesia.

Se cumplen hoy 172 años desde que José Smith y sus compañeros se reunieron en la modesta cabaña de troncos en la granja de Peter Whitmer, en el tranquilo pueblecito de Fayette, Nueva York, y organizaron la Iglesia de Cristo.

Desde sus humildes comienzos, ha sucedido algo sumamente excepcional. Grande ha sido la historia de esta obra. Nuestro pueblo ha perseverado toda clase de sufrimientos; sus sacrificios han sido indescriptibles; sus obras han sido increíblemente inmensas. Pero de ese ardiente crisol ha emanado algo glorioso. Hoy estamos sobre la cima de los tiempos y observamos lo que hemos logrado.

De los seis miembros originales, ha brotado una vasta familia de fieles, cuyo número asciende a más de 11 millones de personas. De ese tranquilo pueblecito ha nacido un movimiento que hoy día se esparce por unas 160 naciones de la tierra. Ésta ha llegado a ser la quinta iglesia más grande de los Estados Unidos, lo que representa un desarrollo espectacular. Más miembros de la Iglesia viven fuera de los Estados Unidos que dentro, y esto es también algo sorprendente. Ninguna otra iglesia que haya salido de los Estados Unidos ha crecido tan rápido ni se ha expandido en forma tan extensa. Dentro de esta amplia Iglesia hay miembros de muchas naciones que hablan muchos idiomas. Es un fenómeno sin precedentes. Al extenderse el tapiz de su pasado, ha quedado al descubierto un hermoso diseño que encuentra su expresión en las vidas de un pueblo feliz y maravilloso y que presagia cosas maravillosas todavía por suceder.

Cuando nuestra gente recién llegó a este valle hace 155 años, vieron con visión profética un gran futuro. Pero a veces me pregunto si verdaderamente se dieron cuenta de la magnitud de ese sueño que se haría realidad.

La sede de la Iglesia está en esta ciudad que recientemente recibió a las Olimpiadas de Invierno número XIX. Tomamos deliberadamente la decisión de no usar la ocasión ni el lugar para hacer proselitismo, pero teníamos confianza en que algo maravilloso resultaría para la Iglesia de este acontecimiento. Los grandes edificios que tenemos: el Templo, el Tabernáculo, este magnífico Centro de Conferencias, el Edificio Conmemorativo José Smith, las instalaciones de historia familiar, el Edificio Administrativo de la Iglesia, el edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia, nuestras instalaciones de bienestar, junto con cantidad de capillas en este valle, no pudieron pasar inadvertidos por aquellos que caminaron por las calles de ésta y otras ciudades vecinas. Como me lo dijo en una oportunidad el presentador de televisión Mike Wallace, “Estas estructuras denotan algo sólidamente establecido”.

Y además de todo lo mencionado, teníamos total confianza en nuestra gente, muchos miles de ellos que sirvieron como voluntarios en esta gran competencia. Eran de confianza; eran agradables; eran entendidos; eran serviciales. La capacidad especial y distintiva de nuestra gente que habla los idiomas del mundo demostró ser una gran ventaja, mayor que cualquiera en alguna otra parte.

Todo funcionó muy bien. Los visitantes llegaron por cientos de miles. Algunos llegaron con sospechas e indecisiones, con imágenes antiguas y falsas que persistían en sus mentes. Venían con el sentimiento de que podían ser atrapados en alguna situación indeseada por fanáticos religiosos. Pero encontraron algo que no esperaban. Descubrieron no sólo el paisaje maravilloso de esta región, con sus magníficas montañas y valles, no sólo encontraron el espíritu maravilloso de los juegos internacionales en su mejor momento, sino que encontraron belleza en esta ciudad. Encontraron anfitriones amables y complacientes y ansiosos de ayudarles. No deseo insinuar que tal hospitalidad se limitó a nuestra gente. La comunidad entera se unió en una expresión de hospitalidad. Pero de todo ello resultó algo maravilloso para esta Iglesia. Los representantes de los medios de comunicación, muchas veces un grupo frío e insensible, hablaron y escribieron con muy pocas excepciones en un idioma de felicitaciones y en forma descriptiva y exacta sobre la cultura especial que encontraron aquí, sobre la gente que conocieron y con quien trataron, y del espíritu de hospitalidad que sintieron.

La televisión llevó el panorama a miles de millones a través de la tierra. Los periódicos y las revistas lanzaron artículo tras artículo.

Miles y decenas de millares de personas caminaron a través de la Manzana del Templo, admiraron la majestuosa Casa del Señor y se sentaron en el Tabernáculo a escuchar la inigualable música del coro. Otros miles más llenaron este gran Centro de Conferencias para presenciar una producción maravillosa que tenía que ver con la Iglesia y su misión a través del mundo. Otros miles visitaron el Centro de Historia Familiar. Los medios de comunicación fueron recibidos en el Edificio Conmemorativo José Smith. Se nos entrevistó por televisión, radio y la prensa por corresponsales de muchas partes de este país y del mundo. Me han dicho que se escribieron casi 4.000 artículos sobre la Iglesia tan sólo en Alemania.

Georgie Anne Geyer, prominente periodista de los Estados Unidos, cuya columna aparece en muchos periódicos, escribió lo siguiente: “¿Cómo se atreve un gran estado mormón a hacer algo tan osado como ser anfitrión de una reunión de celebridades internacionales? ¿Va a venir el mundo tranquilamente a un estado cuya religión predominante pide a sus miembros que se abstengan del alcohol, del tabaco e incluso de la cafeína, tres de las necesidades básicas de toda reunión internacional?”

Y luego citó a Raymond T. Grant, director del Festival Artístico de las Olimpiadas. Él habló de la ceremonia de apertura y dijo: “ ‘Como sabe, el 98 por ciento del elenco eran voluntarios, y eso es extraordinario. De hecho, a la mayoría no se le pagó nada. Ésta es una historia extraordinaria y la relaciono directamente con la cultura mormona. Yo soy un católico de Nueva York, y encontré interesante que Brigham Young, el fundador de la colonización de los mormones de Utah, haya construido un teatro antes que otra cosa’.

“Empezó a hacer un recuento: El estado tiene seis compañías de ballet; se venden más pianos y arpas en Utah que en cualquier otra parte de los Estados Unidos; el Coro del Tabernáculo Mormón tiene 360 miembros; y la compañía representante de los pianos Steinway más antigua de Utah… empezó en 1862. El gasto per cápita por estudiante en Utah es uno de los más bajos; sin embargo, se enorgullecen de sus altas calificaciones. ‘Ha sido fascinante para mí aprender de esta cultura’ ”.

La señorita Geyer concluyó su historia al escribir: “Es simplemente una mezcla de una religión seria y recta, de familias que fomentan e insisten en proporcionar el nivel más alto de cultura unida a la más avanzada tecnología, y de una organización y una forma de gobierno sensibles. En suma, es una mezcla moderna de la antigua nación de Estados Unidos de América” (“Salt Lake City y el estado de Utah se revelan al mundo”, Salt Lake Tribune, viernes, 15 de febrero de 2002, A15).

Si tuviera tiempo, les daría muchas citas de periodistas veteranos del mundo que escribieron en forma muy elogiosa.

¿Hubo algo negativo? Por supuesto; pero fue mínimo. Tuvimos entrevistas privadas con presidentes de naciones, con embajadores, con líderes empresariales y con gente de otros campos.

En 1849, dos años después de que nuestra gente llegara aquí y se supiera del descubrimiento de oro en California, muchos se sintieron desalentados. Habían luchado por ganarse la vida en la árida tierra. Los grillos habían devorado sus cosechas. Los inviernos eran fríos. Muchos pensaron en irse a California y hacerse ricos. El presidente Young se puso ante ellos y los alentó a quedarse, y les prometió: “Dios atenuará el clima y construiremos una ciudad y un templo para el Dios Altísimo. Extenderemos nuestras colonias hacia el este y el oeste, hacia el norte y el sur, y edificaremos cientos de pueblos y ciudades y miles de santos se congregarán desde las naciones de la tierra. Ésta llegará a ser la gran supercarretera de las naciones. Los reyes y emperadores, los nobles y sabios de la tierra nos visitarán aquí” (en Preston Nibley, Brigham Young: The Man and His Work, 1936, pág. 128. Véase también Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Brigham Young, pág. 109).

En estos recientes días hemos visto el cumplimiento de esa profecía. Está de más que lo diga, pero yo estoy feliz con lo que se ha llevado a cabo. Esos visitantes probaron la cultura particular de esta comunidad. Consideramos que la cultura es algo que vale la pena preservar. Felicito y agradezco a tantos de nuestros miembros que participaron en forma tan generosa, y felicito y agradezco a todos los demás que se esforzaron para hacer de éste un maravilloso e importante acontecimiento.

Ahora deseo hablar en forma breve de uno o dos asuntos.

El mencionar a Brigham Young me hizo recordar el Fondo Perpetuo para la Educación que hemos establecido. Hace sólo un año que hablé por primera vez de esto en una conferencia general. Las contribuciones que han hecho generosos Santos de los Últimos Días han logrado asegurar que esta empresa esté ahora sobre un cimiento sólido. Necesitaremos más aún, pero ya se ha demostrado que de esta empresa se logrará un inmenso beneficio. Jóvenes y señoritas en lugares menos privilegiados del mundo, jóvenes y señoritas que en su mayoría cumplieron misiones, tendrán la oportunidad de lograr una buena educación que los sacará de la desesperación de la pobreza en la cual han estado sumidos sus antepasados por generaciones. Se casarán y progresarán con destrezas que los calificarán para ganar bien, y ocuparán su lugar en la sociedad donde harán una contribución substancial. También crecerán en la Iglesia ocupando cargos de responsabilidad y criando familias que seguirán en la fe.

Tengo tiempo para leer sólo un testimonio. Viene de un joven que ha sido bendecido por este programa.

Él dice: “Es tan maravilloso que ya no tenga que soñar solamente de mi educación y mi futuro. ¡El Señor ha despejado el camino, y ya lo estoy haciendo!

“En la actualidad asisto a un gran instituto técnico en nuestro país, donde estudio para ser técnico en computación… Al ir a la escuela estoy descubriendo mis habilidades. La disciplina que cultivé en la misión me ayuda a tener éxito… Nunca antes un joven se ha sentido más bendecido que yo. El Fondo Perpetuo para la Educación ha fortalecido mi fe en el Señor Jesucristo. Ahora, más que nunca, siento la responsabilidad que el Evangelio pone en mí de prepararme para ser un miembro mejor, un mejor líder y un mejor padre…

“Mi querida madre, que ha sacrificado tanto, se emociona tanto que llora cuando ora en las noches por su gratitud al Señor…

“Ahora imagino a mi pueblo siendo bendecido debido a mí. Imagino a la Iglesia con líderes con estabilidad financiera y que puedan apoyar la obra del Señor con todo su poder, mente y fuerza. Veo prosperar a la Iglesia. Me entusiasma empezar mi propia familia y enseñarle que podemos ser autosuficientes, por lo que tengo que terminar mi educación. Entonces, pagaré mi préstamo rápidamente para ayudar a otras personas… Estoy agradecido por la misericordia del Salvador. Realmente Él nos apoya con Su amor”.

Y así avanzamos, mis hermanos y hermanas. Al extenderse esta gran obra a través de la tierra, estamos bendiciendo ahora a unos 2.400 jóvenes, y otros también serán bendecidos.

Que el Señor nos bendiga a cada uno al regocijarnos por la oportunidad de formar parte de esta gran causa en esta extraordinaria época de la obra del Señor, es mi humilde oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Mantengámonos erguidas y permanezcamos unidas

Conferencia General Octubre 2000
Mantengámonos erguidas y permanezcamos unidas
Sheri L. Dew
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Sheri L. Dew

«Ninguna mujer es un instrumento más vibrante en las manos del Señor que una mujer de Dios que se siente encantada de ser quien es».

Al cumplir doce años, yo medía cerca de un metro ochenta de estatura y, socialmente, era un completo desastre. El ser mucho más alta que el resto de mis amigos fue el gran tormento de mi adolescencia. Yo no deseaba sobresalir –al menos no de esa forma–, por lo que comencé a encorvarme. Mi madre constantemente me instaba a que «me mantuviera erguida». Y bien, en aquel tiempo no quería hacerlo, pero ahora sí, ya que se nos ha amonestado a levantarnos (2 Nefi 8:17) y a ser testigos (véase Mosíah 18:9) para que aparezcamos «sin culpa ante Dios en el último día» (D. y C. 4:2). No he hallado en las Escrituras ningún mandamiento de andar con los hombros caídos en Sión; por lo contrario, se nos dice reiteradamente que debemos «levantarnos y ponernos de pie» (véase 3 Nefi 20:2).

De adolescente, no me daba cuenta de que el ser como todos los demás nunca me ocurriría. Ni tampoco les ocurrirá a ustedes, puesto que, como mujeres de Dios, debemos mantenernos erguidas, para sobresalir del resto del mundo. Sólo de esa forma podremos tener la esperanza de encontrar la dicha. Porque el encontrar la dicha y el mantenernos erguidas, no en centímetros, sino como embajadoras del Señor, están directamente relacionados.

Hace poco, mi familia ha recordado eso de una forma hondamente conmovedora. Tengo 17 sobrinos y sobrinas, que me llenan de alegría. Juntos hemos hecho caminatas, andado en bicicleta, ayunado y orado, y, hace poco, también hemos llorado juntos. Hace apenas unas semanas, sufrimos una pérdida devastadora cuando en un accidente perdieron la vida dos de los hijos de mi hermana: Amanda, de 11 años, y Tanner, de 15. Porque hemos vivido juntos en amor, hemos llorado por los que murieron (véase D. y C. 42:45).

Nuestros amigos de nuestro pueblo natal lloraron con nosotros, la mayoría de los cuales no son miembros de la Iglesia, y comprendimos que sus corazones quizás nunca serían tan receptivos como el día en el que los dos ataúdes estuvieron en nuestra capilla de Kansas. Por eso, dedicamos el funeral totalmente a testificar de Cristo y del Evangelio restaurado. Después, muchas personas nos dijeron cuánto les había conmovido lo que habían oído y experimentado; algunas de ellas incluso quisieron saber más. Ahora bien, no sabemos si alguno de los que se sintieron afectados por la muerte de nuestros niños se unirá a la Iglesia, pero sí sabemos que el mantenernos erguidos por lo que creemos y el enseñar el Evangelio a los amigos que nunca antes habían estado dispuestos a escuchar nos ayudó a aliviar nuestro dolor y nos brindó alegría como familia.

En este mundo, la única dicha verdadera proviene del Evangelio: la dicha que irradia de la Expiación y de las ordenanzas que trascienden el velo, y del Consolador que alivia nuestra alma. No hace mucho, una persona que no es miembro de la Iglesia le preguntó a mi sobrina Aubrey, de once años de edad, cuyo padre murió hace cinco años, por qué no estaba triste por la muerte de su papá y de sus primos. La respuesta de Aubrey fue muy acertada: «¿Que no estamos tristes? Claro que lo estamos, pero sabemos que estaremos juntos nuevamente, y por eso no nos preocupamos tanto». Sin lugar a dudas, nuestra familia ha llorado mucho, pero no nos sentimos tan mal como hubiéramos estado si no hubiésemos sentido el alcance trascendental y el poder sanador de Jesucristo. El Evangelio es «gloria en lugar de ceniza» (Isaías 61:3), es «óleo de alegría» (Hebreos 1:9), es ¡las Buenas Nuevas!

Aun cuando nuestros niños ya han partido, tenemos la seguridad gloriosa de no haberlos perdido. Pero, ¿qué sucede con los hijos de nuestro Padre, nuestros hermanos y nuestras hermanas, que se han perdido y se enfrentan no sólo con la muerte física sino también con la espiritual? El Evangelio de Jesucristo se centra en la gente. Es el dejar las noventa y nueve ovejas en el desierto e ir tras las que se perdieron, es el llevar las cargas los unos de los otros, con la carga más imponente que alguien pueda llevar al andar por esta vida sin luz. De ahí el ruego del Señor en los últimos días:

«. . .el campo blanco está ya para la siega; y es la hora undécima, y la última vez que llamaré obreros a mi viña. . .

«. . .por tanto, meted vuestras hoces, y cosechad con toda vuestra alma, mente y fuerza» (D. y C. 33:3, 7).

Los antiguos profetas previeron el día «en que el conocimiento de un Salvador se [esparciría] por toda nación, tribu, lengua y pueblo» (Mosíah 3:20). Ese día ha llegado y ahora es nuestro turno de meter nuestra hoz y ayudar en la siega. El que estemos aquí ahora no es accidente. Durante eones de tiempo nuestro Padre nos observaba y sabía que podía confiar en nosotros cuando habría tanto en peligro. Se nos ha reservado para esta mismísima hora. Debemos comprender no sólo quiénes somos, sino quiénes hemos sido siempre. Porque somos mujeres de Dios y la obra de las mujeres de Dios ha sido siempre ayudar a edificar el reino de Dios. Seguir leyendo

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Ondas expansivas

Conferencia General Octubre 2000
Ondas expansivas
Virginia U. Jensen
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Virginia U. Jensen

«Los hechos de las mujeres rectas repercuten a través del tiempo, del espacio e incluso de las generaciones».

Cuando nuestros hijos eran pequeños, nos encantaba ir a las montañas. De pie a la orilla del hermoso Lago Jackson, con las majestuosas cumbres reflejadas en la superficie de cristal, competíamos para ver quién podía lanzar piedras que diesen saltitos sobre la superficie del agua tranquila. Al hundirse las piedras, observábamos las ondulaciones que se extendían sobre el agua hasta donde alcanzábamos a ver. Aún la piedrita más pequeña que lanzaba nuestro hijo menor hacía que las ondas se extendieran más y más.

Tal como los círculos que hacían nuestras piedras en el Lago Jackson, los hechos de las mujeres rectas repercuten a través del tiempo, del espacio e incluso de las generaciones. Esos hechos rectos son producto de nuestra comprensión de la misión divina de Jesucristo, de nuestro conocimiento del plan del Evangelio, de nuestra obediencia a los mandamientos eternos y de nuestra obra en éste, el reino de Dios sobre la tierra.

Permítanme darles un ejemplo de la forma en que ese efecto expansivo da comienzo y ocasiona repercusiones cuando una mujer recta Santo de los Últimos Días actúa en base a su conocimiento de que Jesús es el Cristo y de que el Evangelio se ha restaurado.

En 1841, Dan Jones, un inmigrante galés, era capitán de uno de los barcos registrados más pequeños que transportaba pasajeros y mercaderías en el río Misisipí. Me parece más que coincidencia que el barco se llamara «La Onda». Entre sus pasajeros había miembros de una iglesia «nueva» y poco conocida, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Durante sus viajes, Dan Jones comenzó a escuchar críticas de esos «mormones». Como había transportado a muchos de ellos, había conversado con ellos y había observado su conducta. Se dio cuenta de que eran personas buenas, bondadosas, honradas y trabajadoras. Los comentarios y escritos negativos acerca de esas personas no concordaban con el trato que él había tenido con ellos.

«Después de una cuidadosa investigación de las acusaciones», escribió después, «me di cuenta de que era imposible que fueran ciertas. . . exageraban el caso o. . . se contradecían. . .» (Ronald D. Dennis, «Dan Jones, Welshman», Ensign, abril de 1987, pág. 26).

Un acontecimiento importante en particular llevó a Dan Jones a convertirse, de un prudente observador, a un investigador activo de la Iglesia. Él escribió: «. . .por accidente, cayó en mis manos parte de una carta que [Emma Smith] había escrito. . . Nunca podré olvidar lo que sentí al leerla. Claramente pude darme cuenta de que al igual que yo, ella no solamente creía en el Nuevo Testamento; profesaba la fe apostólica y se regocijaba en medio de sus tribulaciones de poder ser digna de sufrir todo. . . por un testimonio de Jesús y el Evangelio, sino que también ese papel contenía mejor consejo, más sabiduría y demostraba un espíritu más sublime que nada de lo que jamás había leído» (Ensign, abril de 1987, págs. 50, 52).

Inspirado por las palabras y el ejemplo de Emma, Dan Jones trató de aprender más acerca de esa iglesia. En 1843, fue bautizado en el río Misisipí y llegó a ser uno de los misioneros de más influencia en la historia de la Iglesia, llevando el Evangelio a cientos de personas en su país natal de Gales. En un sentido muy literal, la influencia de Emma Smith continúa repercutiendo a través de las generaciones. ¿Quién podría decir cuántos cientos o millares de descendientes de las personas a las que Dan Jones llevó el Evangelio estén escuchando esta reunión ahora mismo?

Cada una de nosotras puede actuar en formas que repercutan en una vida con el mismo poder que lo hicieron las palabras de Emma en el corazón de Dan Jones. Cada una es una sola persona, pero recuerdo los círculos que una piedrita ocasionó en la inmensidad del Lago Jackson. Pensemos seriamente en este pasaje alentador: «no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes» (D. y C. 64:33).

En ese lugar más importante que ningún otro, el hogar, es donde mejor aprendemos que «de las cosas pequeñas proceden las grandes», ya que la vida en el hogar es una serie de cosas pequeñas que se combinan para crear una familia eterna. Quizás a causa de la lentitud con que se crean firmes relaciones con el Señor y con los demás, o quizás porque recibimos poco agradecimiento por enseñar, animar y guiar, es fácil distraernos o desanimarnos.

El adversario desearía confundirnos y distraer nuestra atención de lo que tiene más valor. Pero somos bendecidas, porque sabemos que lo más importante es la fe y la familia. Las mujeres que me han inspirado y me han motivado a ser mejor son las que han puesto en primer término al Señor y a su familia. Su «espíritu. . . sublime» infunde en mi corazón lo que las palabras de Emma Smith infundieron en el de Dan Jones, la invitación de venir a Cristo, quien proclamó: «Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida» (Apocalipsis 21:6).

La virtud y el poder se encuentran en el trabajo cotidiano y común, en todas las tareas diarias que realizamos al cuidar de nuestra familia y al prestar servicio a los demás. La prominencia no equivale a prioridad, ni el sueldo del mundo se compara con el de nuestro Padre Celestial, que conoce la importancia de la devoción de la mujer a la salvación de las almas. Seguir leyendo

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Somos instrumentos en las manos de Dios

Conferencia General Octubre 2000
Somos instrumentos en las manos de Dios
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Mary Ellen Smoot

«No nos hace falta un programa nuevo que nos incentive, tan sólo tenemos que llegar a sentir el deseo de dar a conocer el Evangelio y de tender la mano a los menos activos».

Mis queridas hermanas, para comenzar, deseo decirles que las quiero muchísimo. No tengo palabras para expresar lo agradecida que estoy de ser parte de esta gran hermandad, a la que el presidente Gordon B. Hinckley ha llamado una familia mundial de hermanas. Sí somos hermanas y me siento constantemente inspirada por su fe, su virtud y su deseo de hacer lo que el Señor desea que hagan. Gracias por su servicio, por su ejemplo y por ser en verdad mujeres de fe, de virtud, de visión y de caridad. Dondequiera que voy, veo los frutos de la Sociedad de Socorro que se ponen de manifiesto en la vida de las hermanas de la Iglesia. Cada una de nosotras es un instrumento en las manos de Dios.

Hace poco, conocí a una hermana en Oregón que se reintegró a la actividad en la Iglesia gracias a una dedicada maestra visitante. Sin duda, esa maestra visitante debe sentir lo que sintieron Ammón y sus hermanos cuando se regocijaron por haber sido hechos «instrumentos en las manos de Dios» (Alma 26:3) al llevar el conocimiento de Cristo a los lamanitas que habían sido «extranjeros para con Dios» (Alma 26:9). Porque «el valor de las almas es grande a la vista de Dios» (D. y C. 18:10).

En más de 165 países del mundo, nuestras hermanas están siendo instrumentos en las manos de Dios. Pienso en un barrio de Brasil que tiene una llegada de miembros nuevos cada semana. Las hermanas de la Sociedad de Socorro de ese barrio resolvieron ponerse la meta de no dejar pasar ni una semana sin que cada una de las hermanas recién bautizadas recibiera una visita en su casa y una copia de La familia: Una proclamación para el mundo y de la Declaración de la Sociedad de Socorro. Hasta ahora, ninguna de las hermanas ha dejado de ir a la Iglesia.

Me maravilla la inspirada presidenta de la Sociedad de Socorro de un barrio de Corea que resolvió visitar a todas las hermanas menos activas de su barrio. Hasta la fecha ha visitado a 25 hermanas y todas ellas, menos tres, han vuelto a la Iglesia.

Las hermanas como ellas son testimonios vivientes de lo que dijo el presidente Hinckley de que «[en] esta Iglesia no hay ningún llamamiento pequeño o insignificante. Todos, en el desempeño de nuestras tareas, surtimos una influencia en la vida de los demás. . . Sea cual fuere su llamamiento, todos [ustedes] gozan de las mismas oportunidades que yo de lograr el éxito. . . nuestra labor consiste en continuar haciendo el bien así como [el Maestro] lo hizo» («ésta es la obra del Maestro», Liahona, julio de 1995, pág. 81).

Definitivamente, cada una de nosotras puede ser un instrumento en las manos de Dios. Felizmente, no hace falta que todas seamos la misma clase de instrumento, puesto que, al igual que los instrumentos de una orquesta difieren en tamaño, forma y sonido, también nosotras somos distintas las unas de las otras. Tenemos talentos e inclinaciones diferentes, pero así como la trompa de pistones no puede reproducir el sonido del flautín, tampoco es preciso que todas sirvamos al Señor de la misma manera. La hermana Eliza R. Snow dijo que «no hay ninguna hermana tan aislada ni su influencia es tan limitada que no pueda hacer mucho para establecer el reino de Dios sobre la tierra» (Woman’s Exponent, 15 de septiembre de 1873, pág. 62; cursiva agregada). Entonces, nuestro privilegio y nuestra responsabilidad como hijas de Dios y como hermanas de la Sociedad de Socorro es volvernos los instrumentos más eficaces que podamos ser.

La Sociedad de Socorro puede ayudarnos. El profeta José, que organizó la Sociedad de Socorro en 1842, dijo claramente que el propósito de esta organización divinamente inspirada es no sólo «dar alivio al pobre, sino también salvar almas» (History of the Church, 5:25). Desde sus primeros días, la Sociedad de Socorro ha hecho un bien incalculable. La Sociedad de Socorro suministró la primera carga de harina equivalente a la de un vagón de tren que llegó a manos de los sobrevivientes del terremoto ocurrido en 1906 en San Francisco y, posteriormente, proveyó de trigo al gobierno de los Estados Unidos durante la primera y la segunda guerra mundial. El año pasado, nuestras hermanas donaron más de 140.000 acolchados para ayudar a los afligidos. Hemos defendido la maternidad y la familia, hemos hecho la guerra al analfabetismo y hemos brindado incontables horas de servicio por todo el mundo. Pero esta noche les afirmo que nuestra obra de más crucial importancia yace delante de nosotras al unirnos a nuestros líderes del sacerdocio para hacer avanzar el reino de Dios.

Hermanas, nos necesitan aquí el Señor, nuestros líderes del sacerdocio, nuestras familias y nos necesitamos las unas a las otras. El Señor necesita que aceptemos nuestros llamamientos eternos y que cumplamos la medida de nuestra creación. Él necesita que hagamos de la Sociedad de Socorro una parte básica de nuestra vida y que busquemos formas de servir a los demás en el nombre de Su organización para la mujer, y que trabajemos juntas como hermanas para hacer avanzar el reino del Evangelio. En efecto, la Sociedad de Socorro nos ayudará a servir a nuestros familiares y a servirnos unas a otras en formas que ningún club ni organización puede hacerlo. Seguir leyendo

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«Un corazón humilde y contrito»

Conferencia General Octubre 2000
«Un corazón humilde y contrito»
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

«Si nos hemos acercado más al Señor con la resolución más firme de seguir Sus enseñanzas y Su ejemplo, entonces esta conferencia habrá tenido un gran éxito».

Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante sólo es tu amor;
al compungido da perdón.
No nos retires tu amor;
haznos pensar en ti, Señor».
(«Haznos pensar en ti, Señor», Himnos, Nº 35).

Estas palabras inmortales de Rudyard Kipling expresan mi sentir al llegar al término de esta gran conferencia de la Iglesia.

Después de la última oración, saldremos de este gran salón, apagaremos las luces y cerraremos las puertas. Quienes escuchan en todas partes del mundo apagarán la televisión o la radio o desconectarán Internet. Pero espero que al hacerlo, cuando todo haya terminado, sigamos recordando que sigue en pie Su divino sacrificio, y que el corazón humilde y contrito permanecerá (véase Himnos, Nº 35).

Espero que todos meditemos con espíritu sumiso en los discursos que hemos escuchado. Espero que reflexionemos con tranquilidad sobre las cosas maravillosas que nos han dicho. Espero que nos sintamos un poco más contritos y humildes.

Todos hemos sido edificados; pero los resultados se verán al aplicar a nuestra vida las enseñanzas recibidas. Si en lo sucesivo somos un poco más amables, si tratamos mejor a nuestros vecinos, si nos hemos acercado más al Señor con una resolución más firme de seguir Sus enseñanzas y Su ejemplo, entonces esta conferencia habrá tenido gran éxito. Pero si, por lo contrario, nuestra vida no mejora en ningún sentido, entonces quienes nos han hablado habrán fracasado en gran medida.

Esos cambios tal vez no se podrán ver en un día, ni en una semana ni en un mes. Las resoluciones se hacen y se olvidan con rapidez. Pero si de aquí a un año, nos comportamos mejor de lo que lo hemos hecho en el pasado, entonces los esfuerzos de estos días no habrán sido en vano.

No recordaremos todo lo que se ha dicho, pero aún así todo esto servirá para elevar nuestro espíritu. Podría ser un cambio indefinible, pero aún así será real. Como el Señor dijo a Nicodemo: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8).

Eso sucederá con la experiencia que acabamos de disfrutar. Y quizás, de todo lo que hemos escuchado, una frase o un párrafo se haya destacado o nos haya llamado particularmente la atención. Si eso ha pasado, espero que la escribamos y luego reflexionemos sobre ella hasta llegar a comprender su significado más profundo y lograr hacerla parte de nuestra vida.

Espero que en la noche de hogar, hablemos con nuestros hijos de esos principios para que ellos también disfruten de la belleza de las verdades que hemos disfrutado. Y cuando en enero salga publicada la revista Liahona, con todos los mensajes de la conferencia, no la pongan a un lado diciendo que ya los han escuchado, sino léanlos y medítenlos. Encontrarán muchas cosas que se les habrán pasado al escuchar a los oradores.

Sólo lamento una cosa de esta conferencia y es que sólo unas pocas Autoridades Generales y hermanas tuvieron la oportunidad de hablar. El problema es el tiempo limitado que tenemos.

Mañana por la mañana, regresaremos a nuestras labores, nuestros estudios o sean cuales fueren nuestras actividades, pero llevaremos con nosotros el recuerdo de este memorable acontecimiento para darnos sostén.

Por medio de la oración podemos acercarnos más al Señor y esa podría ser una conversación de acción de gracias. Nunca he podido comprender plenamente por qué el Gran Dios del Universo, el Todopoderoso, nos invita a nosotros, Sus hijos, a hablar con él individualmente. ¡Qué oportunidad invalorable es ésa! ¡Qué maravilloso es que pueda ser así! Testifico que nuestras oraciones, ofrecidas con humildad y sinceridad, se escuchan y se contestan. Es un hecho milagroso, pero cierto.

Ruego que en nuestros hogares hablemos con más cariño y comprensión, que el amor abunde y lo pongamos de manifiesto en nuestros hechos. Que andemos por las serenas vías del Señor y que la prosperidad corone nuestros esfuerzos.

La gran Exclamación de Hosanna en la que todos participamos esta mañana debería perdurar como una experiencia inolvidable. De cuando en cuando, estando solos, podríamos repetir en silencio esas bellas palabras de adoración.

Doy testimonio de la veracidad de esta obra y de la realidad del Dios viviente, nuestro Padre Eterno, y de Su Hijo Unigénito, a quien pertenece esta Iglesia. A cada uno de ustedes les brindo mi amor. Que Dios esté con ustedes, mis queridos amigos. Al despedirnos por un tiempo, invoco sobre ustedes las bendiciones del cielo, en el nombre de él, que es nuestro Maestro, nuestro Redentor y nuestro Rey, sí, el Señor Jesucristo. Amén.

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Que Dios escriba en mi corazón

Conferencia General Octubre 2000
«Que Dios escriba en mi corazón»
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

«La oración podrá proporcionarle [al hijo o a la hija] un escudo protector que sus padres desearán de todo corazón que tenga».

Los padres deben enseñar a sus hijos a orar. El niño aprende tanto de lo que hacen los padres como de lo que dicen. El niño que ve a su madre o a su padre pasar por las pruebas de la vida con una oración ferviente a Dios y luego oye un testimonio sincero de que Dios ha respondido con benevolencia, recordará lo que vio y oyó. Cuando vengan las pruebas, estará preparado.

Con el tiempo, cuando el hijo esté lejos de casa y de la familia, la oración podrá proporcionarle un escudo protector que sus padres desearán de todo corazón que tenga. El despedirse de un ser querido puede ser duro, particularmente cuando puede que no se le vuelva a ver en mucho tiempo. Yo tuve esa experiencia con mi padre. Nos despedimos en una esquina de una calle de la ciudad de Nueva York, ciudad a la que él había ido por motivos de trabajo, y donde yo me encontraba de paso hacia otro lugar. Ambos sabíamos que era probable que yo no volviera ya a vivir con mis padres bajo el mismo techo.

Era un día soleado, alrededor del mediodía. Las calles estaban abarrotadas de coches y de gente. En esa esquina en concreto había un semáforo que por unos minutos detenía a los coches y a las personas que venían de todas las direcciones. El semáforo cambió a la luz roja, los coches se detuvieron. El gentío se abalanzó desde las aceras en todos los sentidos para cruzar la calle.

Había llegado el momento de partir y yo comencé a cruzar la calle. Me detuve casi en el centro, mientras la gente se desplazaba con prisa a mi alrededor. Me volví para mirar hacia atrás y vi que, en vez de avanzar entre la gente, mi padre estaba todavía de pie en la esquina, mirándome. Me pareció que estaba muy solo y quizás un poco triste. Yo quería volver a él, pero me di cuenta de que la luz iba a cambiar, por lo que me volví y me apresuré a cruzar.

Años más tarde hablé con él de aquel momento. Me dijo que no había interpretado acertadamente la expresión de su rostro, pues no se había sentido triste, sino preocupado. Me había visto mirar hacia atrás, como si hubiese sido un niño pequeño, vacilante, y en busca de seguridad. Me dijo que el pensamiento que atravesó su mente había sido: ¿Se encontrará bien? ¿Le he enseñado lo suficiente? ¿Está preparado para lo que le espera más adelante?

En su mente había habido más que pensamientos. Al verle supe que tenía sentimientos en el corazón. Él anhelaba mi protección, mi seguridad. Yo había oído y sentido ese anhelo en sus oraciones, y aun más en las oraciones de mi madre, durante todos los años que había vivido con ellos. Había aprendido de eso y lo tenía presente.

La oración es un asunto del corazón. Se me había enseñado mucho más que las reglas para orar. De mis padres y de las enseñanzas del Salvador, aprendí que debemos dirigirnos a nuestro Padre Celestial en el reverente lenguaje de la oración: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre» (Mateo 6:9). Sabía que nunca profanamos Su sagrado nombre, nunca. ¿Pueden imaginarse el daño que hace a las oraciones de un niño el oír a alguno de sus padres profanar el nombre de Dios? Habrá terribles consecuencias para tamaño agravio a los niños pequeños. Seguir leyendo

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«Libres de» o «Libres para»

Conferencia General Octubre 2000
«Libres de» o «Libres para»
Élder F. Enzio Busche
Miembro emérito de los Setenta

F. Enzio Busche

«Comenzamos a vivir cuando aceptamos conscientemente la total responsabilidad de nuestra propia vida y dejamos de culpar a las circunstancias».

Si se me preguntara cuál es el acontecimiento más importante acaecido en los últimos doscientos años, respondería sin vacilar: los efectos de la oración de un jovencito, humilde granjero, que, en los primeros años del siglo XIX, se arrodilló ante Dios al norte del estado de Nueva York y le preguntó en cuanto a la verdad eterna.

Este joven, de nombre José Smith, llegó a ser, en manos del Señor Jesucristo, el instrumento para restaurar a la humanidad el conocimiento de la verdad desde hacía tanto tiempo perdida y casi olvidada: el conocimiento sobre nosotros mismos, o sea, quiénes somos, de dónde venimos, cuál es el sentido y el propósito de nuestra existencia terrenal y por qué la humanidad ha experimentado tanta desdicha e injusticia. También se dio respuesta a las preguntas del hombre sobre la vida después de la muerte y nuestro destino final.

Aun en este día, más de cuarenta y dos años después de haber aceptado por decisión propia el sagrado convenio del bautismo, todavía me hallo admirado por los hechos maravillosos y milagrosos de la Restauración. No sólo se nos permitió aprender todo sobre el significado básico de la expiación del Señor Jesucristo, sino que también se nos reveló el importante significado del sacerdocio de Dios, el cual se restauró para permitirnos obrar con amor y paciencia, y así hacer llegar a todos la oportunidad de la salvación.

El tiempo no me permite hablar en mayor detalle de esta obra maravillosa de nuestro tiempo, pero me siento inspirado a hablar de un aspecto clave del reino de Dios, el cual, si no se comprende, puede hacer que no entendamos cabalmente el plan de Dios.

Para ir directamente al asunto, quiero hablarles de un fiel hermano que era miembro de mi rama en mi país de origen, Alemania, durante mis primeros años de miembro de la Iglesia.

Él vivía en circunstancias humildes y se sentía muy bendecido por haber comenzado a trabajar hacía poco para una pequeña compañía privada. Me habló de una celebración futura en la que se invitaba a todos los empleados a la tradicional cena de la compañía. Él estaba preocupado porque sabía que al final habría un gran brindis con cerveza, siendo probablemente su jefe el mayor bebedor de todos. Pero también sabía que el no asistir a la cena se consideraría una falta de cortesía.

Cuando le volví a ver, después de haberse realizado la celebración, aprecié en él un brillo feliz y profundo, y no podía aguardar a decirme lo que había ocurrido. Dado que era nuevo en la compañía, el jefe se había sentado a su lado para conocerle mejor. A medida que avanzaba la noche, este hermano vio confirmados sus mayores temores, pues el jefe no iba a tolerar que no bebiera con él, y le dijo: «¿Que tipo de iglesia es ésa que no le permite a usted beber ni siquiera un vaso de cerveza conmigo?».

El temor de mi amigo no se convirtió en pánico y pudo responder con calma a su jefe que la razón por la que no estaba bebiendo no tenía nada que ver con la Iglesia a la que pertenecía, sino a que él mismo había hecho el sagrado convenio con Dios de que no bebería. Si alguna vez quebrantaba ese convenio, ¿cómo podría continuar siendo fiel a lo que prometiera y cómo podría confiar su jefe en que no iba a mentir, ni a robar ni a engañar?

De acuerdo con mi amigo, su jefe quedó profundamente impresionado por estas palabras y le abrazó entre expresiones de profunda admiración y confianza.

Mis queridos hermanos y hermanas, en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, muchos miembros nuevos, en especial los que proceden de fuera de los Estados Unidos, aprenden por vez primera el verdadero sentido de la expresión ser libres. Mucha gente del mundo cree que esta palabra significa estar «libres de» malicia, de dolor o de prohibiciones; mas la libertad a la que Dios se refiere cuando trata con nosotros va un poco más allá, pues para él quiere decir «libres para» obrar dignamente con nuestro propio albedrío. Seguir leyendo

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El dar a conocer el Evangelio

Conferencia General Octubre 2000
El dar a conocer el Evangelio
Élder Robert C. Oaks
De los Setenta

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«Dada la importancia del mensaje, la ayuda que ofrece el Espíritu, el número de misioneros y el tamaño del campo que está listo para la siega, 300.000 nuevos conversos al año no es suficiente».

Me emociona oír al profeta declarar desde este púlpito la forma en que él ve la obra del Señor rodar hasta los extremos de la tierra, como la piedra que fue cortada no con mano, que vio Daniel en visión (véase Daniel 2:34:35).

Esta obra se dirige bajo el Espíritu del Señor y por medio del ejercicio de la autoridad del sacerdocio dado al hombre. Pero avanza sobre las ruedas de la obra misional mediante aquellos que han respondido al llamamiento del Señor: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15).

El Evangelio de Jesucristo, con toda su pureza, belleza y simplicidad, ha sido restaurado sobre la tierra en estos últimos días, por medio de José Smith, el gran profeta de esta dispensación.

Nosotros, los que hemos probado los dulces frutos del Evangelio, lo conocemos como una fuente de fe, de esperanza, de paz, un manantial constante de dicha. En efecto, es una rara joya que se ha de atesorar y una rara joya que se ha de compartir. Existen 60.000 misioneros regulares dedicados a la labor de compartir el mensaje. Sus esfuerzos, unidos a los de los misioneros de estaca y los de los miembros resultaron en unos 300.000 nuevos conversos el año pasado.

Pero eso no es suficiente. Dada la importancia del mensaje, la ayuda que ofrece el Espíritu, el número de misioneros y el tamaño del campo que está listo para la siega, 300.000 nuevos conversos al año no es suficiente.

De hecho, el año pasado el presidente Hinckley instó a los miembros de la Iglesia a aumentar considerablemente el número de conversos. Todavía no nos encontramos en esa trayectoria proféticamente motivada.

Eso es lo que hacen los profetas: nos ayudan a alcanzar nuevas alturas. El presidente David O. McKay aconsejó: «Todo miembro un misionero» 1 ; el presidente Kimball: «Alarguemos el paso» 2 y «Hazlo ahora» 3 ; el presidente Benson: «Inundar. . . la tierra con el Libro de Mormón» 4 ; y ahora el presidente Hinckley: «Aumenten el número de conversos y reténganlos». ¿Necesitamos instrucciones más específicas?

Permítanme repasar las instrucciones, que consisten de cuatro pasos, que hemos recibido con respecto a la obra de miembros y misioneros:

  1. Determinen, por medio de la oración, quiénes, de entre sus amigos y vecinos, serían los más receptivos al mensaje del Evangelio.
  2. Presenten a los misioneros a dichas personas.
  3. Participen ustedes mismos en la enseñanza del Evangelio, de preferencia en sus hogares.
  4. Integren a sus amigos y a cualquier miembro nuevo a la Iglesia, al ser atentos y serviciales.

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La bendición de santificar el día de reposo

Conferencia General Octubre 2000
La bendición de santificar el día de reposo
Élder H. Aldridge Gillespie
De los Setenta

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«De entre todas las personas de la tierra, los Santos de los Últimos Días deben ser los primeros en santificar este día señalado de la semana».

A todos ustedes bellos y fieles santos este domingo por la tarde, les felicito por el respeto que demuestran por el día de reposo al asistir esta tarde a la conferencia, dondequiera que se encuentren.

Hemos sido instruidos, edificados y fortalecidos espiritualmente a través de las cinco sesiones de esta magnífica conferencia general de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Se nos ha enseñado «cómo obrar de conformidad con los puntos de [la] ley y [los] mandamientos [del Señor]» 1, y hemos sido «santificados por lo que [hemos] recibido» 2.

Ahora es el tiempo de «[obligarnos] a obrar con toda santidad ante [el Señor]» 3 . En otras palabras, basándonos en esta conferencia, es preciso que determinemos cuál medida específica tomaremos a fin de llevar a cabo los cambios necesarios en nuestra vida. Esta medida es la fe, y el cambio es el arrepentimiento. A esos dos principios siempre les siguen las bendiciones. Si no actuamos rápidamente, entonces lo que precisamente podría habernos santificado se torna para nuestra condenación.

Hoy es el día de reposo; no termina al salir de esta sesión; no termina si alguien llama por teléfono o golpea nuestra puerta para invitarnos a salir a jugar, a ir a un paseo, a un juego de pelota o a ir de compras; no termina porque estemos de vacaciones o alguien nos esté visitando, ya sea una persona miembro o no miembro de la Iglesia.

El Señor mandó: «. . .salid de entre los inicuos. Salvaos. Sed limpios, los que lleváis los vasos del Señor» 4. Un elemento crítico en la observancia de este mandamiento es «[acordarnos] del día de reposo para santificarlo» 5.

¡El día de reposo dura todo el día! En una revelación que se aplica «en forma especial a los santos de la Iglesia que se encuentran en Sión» 6, el Señor declara que el día de reposo se dio para que nos conserváramos «sin mancha del mundo» 7. Es un día para participar de la Santa Cena, un día «para rendir [nuestras] devociones al Altísimo» 8, un día para «ayunar y orar» 9, un día para ofrecer nuestro tiempo, talentos y medios en el servicio a Dios y nuestros semejantes 10 , un día para [confesar nuestros] pecados a [nuestros] hermanos, y ante el Señor» 11. Es también un día apropiado para pagar nuestros diezmos y ofrendas, un día que se destaque por el sincero sacrificio de las actividades y los placeres del mundo; es un día para guardar el convenio del día de reposo 12, un día para «regocijarse y orar 13, un día de «corazones felices y semblantes alegres» 14.

Isaías prometió: «Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia. . . y lo venerares, no andando en tus propios caminos. . . entonces te deleitarás en Jehová» 15.

Obviamente, concentraremos nuestra atención en hacer la voluntad del Señor y no seguiremos trabajando ni satisfaciendo nuestros apetitos carnales para divertirnos y holgazanear.

El profeta Spencer W. Kimball aconsejó: «El día de reposo es un día santo en el cual hay que hacer cosas dignas y santas. Abstenerse del trabajo y del recreo es importante, pero no suficiente. El día de reposo exige pensamientos y hechos constructivos, y si uno solamente está ocioso sin hacer nada, está violando el día de reposo.

«A fin de observarlo, uno estará de rodillas orando, preparando lecciones, estudiando el evangelio, meditando, visitando a los enfermos y afligidos, durmiendo, leyendo cosas sanas y asistiendo a todas las reuniones en las que debe estar ese día. El dejar de hacer estas cosas pertinentes constituye una transgresión del lado de la omisión» (El milagro del perdón, págs. 94:95) 16.

Nuestro amado profeta Gordon B. Hinckley ha prometido: «Si tienen alguna duda en cuanto a la sabiduría, la divinidad de la observancia del día de reposo. . . quédense en casa y reúnan a su familia a su alrededor, enséñenles el Evangelio, disfruten de estar juntos en el día de reposo, vayan a sus reuniones y participen en ellas. Se darán cuenta de que el principio del día de reposo es un principio verdadero que conlleva grandes bendiciones» 17.

Jesús enseñó: «El día de reposo fue hecho por causa del hombre» 18 . ¿Qué significa eso? Quiere decir que para que un hombre reciba el gozo y la felicidad que el Evangelio promete, en ese día él debe sacrificar las cosas del mundo, dejar a un lado su empleo, donde sea posible, y guardar el eterno convenio del día de reposo. El Señor mandó: «Guardarán, pues, el día de reposo los hijos de Israel (que incluye a todos los Santos de los Últimos Días). . . por sus generaciones por pacto perpetuo. Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel» 19. Seguir leyendo

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El retener la remisión de los pecados

Conferencia General Octubre 2000
El retener la remisión de los pecados
Élder Keith Crockett
De los Setenta

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El rey Benjamín enseñó tres principios básicos que nos servirán para retener la remisión de nuestros pecados: «primero, permanecer humildes; segundo, invocar al Señor diariamente; y tercero, permanecer firmes en la fe».

Durante el último discurso que el rey Benjamín dio a su pueblo, brindó la fórmula para retener la remisión de los pecados. Él había visto la disposición que ellos tenían de concertar un convenio con Dios de hacer Su voluntad y de ser obedientes a Sus mandamientos en todas las cosas. ¿No nos sería de provecho repasar esa fórmula a fin de que nosotros también disfrutemos de esa gran bendición?

Después de recibir el gran gozo que proviene del llegar al conocimiento de la gloria de Dios y de haber probado Su amor, el rey Benjamín enseñó a su pueblo tres principios básicos que le servirían para retener la remisión de los pecados: primero, permanecer humildes; segundo, invocar al Señor diariamente; y tercero, permanecer firmes en la fe de lo que estaba por venir (véase Mosíah 4:11).

Repasemos cada uno de ellos a fin de que nosotros también seamos fortalecidos en nuestra determinación de retener la remisión de nuestros pecados.

Permanecer humildes
El Élder Bruce R. McConkie enseñó que: «Todo progreso que se obtenga en las cosas espirituales tiene como requisito la humildad que primeramente se haya obtenido» 1 . Se ha descrito la humildad como el «deseo de someterse al Señor», el «deseo de conocer Su voluntad y de buscar Su gloria» y el «deseo de despojarse del orgullo» 2 . El rey Benjamín dijo a los de su pueblo: «. . .quisiera que recordaseis y retuvieseis siempre en vuestra memoria la grandeza de Dios, y vuestra propia nulidad, y su bondad y longanimidad para con vosotros, indignas criaturas, y os humillaseis aun en las profundidades de la humildad. . .» (Mosíah 4:11). El Señor aconsejó en Doctrina y Convenios que «. . .fuesen humildes, fuesen fortalecidos y bendecidos desde lo alto, y recibieran conocimiento de cuando en cuando» (D. y C. 1:28).

Ruego que, al someternos a la voluntad del Señor en todas las cosas, cultivemos nuestra humildad y de esa forma retengamos la remisión de nuestros pecados. Seguir leyendo

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Ahora es el momento

Conferencia General Octubre 2000
Ahora es el momento
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard

«Si nosotros no. . . estamos dispuestos a enseñar a los demás en cuanto a la restauración del Evangelio de Jesucristo por medio del profeta José Smith, ¿quién lo hará?»

En marzo de 1839, desde el lóbrego calabozo que constituía la Cárcel de Liberty, el profeta José Smith aconsejó a la Iglesia: «. . .todavía hay muchos en la tierra, entre todas las sectas, partidos y denominaciones, que son cegados por la sutil astucia de los hombres. . . y no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla» (D. y C. 123:12).

Años más tarde, a la edad de 15 años, el sobrino del Profeta, Joseph F. Smith, fue llamado a servir en una misión en Hawai. Recordarán que sólo tenía 5 años cuando su padre Hyrum sufrió el martirio. Su madre, Mary Fielding, falleció cuando él tenía sólo 13 años. Al llegar a la isla de Maui, el joven Joseph cayó gravemente enfermo, pero a pesar de ésta y otras adversidades, escribió al Élder George A. Smith: «Estoy listo para dar mi testimonio. . . en cualquier momento, o en cualquier lugar, o en cualquier circunstancia que se me ponga. . . Me alegra decir que estoy listo para pasar buenos y malos momentos por esta causa en la que me he embarcado» (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, pág. 80).

Hoy día nos debemos preguntar: ¿Estamos listos y dispuestos a pasar buenos y malos momentos por esta causa en la que estamos embarcados? ¿Reflejamos en nuestro rostro el gozo de vivir el Evangelio de Cristo como verdaderos discípulos de Cristo? Si nosotros no entendemos ni estamos dispuestos a enseñar a los demás en cuanto a la restauración del Evangelio de Jesucristo por medio del profeta José Smith, ¿quién lo hará? No podemos poner la carga de llevar el Evangelio a todo pueblo sólo sobre los hombros de los misioneros regulares. Las familias no se fortalecerán ni tampoco se fortalecerán los testimonios individuales, no aumentarán los bautismos de conversos, ni los menos activos regresarán para recibir nuestra calurosa acogida hasta que nosotros, como miembros de la Iglesia, hagamos un esfuerzo, en forma individual y colectiva, con dedicación y hechos, por edificar el reino de Dios.

Nuestro deber está en ayudar a otras personas, por medio del poder del Espíritu, a conocer y a entender las doctrinas y los principios del Evangelio. Todos debemos llegar a sentir que las doctrinas de la Restauración son verdaderas y de gran valor. Y toda persona que acepte el mensaje debe empeñarse en vivir el Evangelio al hacer y guardar convenios sagrados y al participar en todas las ordenanzas de salvación y exaltación. A menudo pensamos que la conversión se aplica sólo a los investigadores, pero hay algunos miembros que no se han convertido totalmente y que todavía tienen que experimentar el «gran cambio en su corazón» que se describe en las Escrituras (véase Alma 5:12).

Hermanos y hermanas, la conversión verdadera y completa es la clave para acelerar la obra de la Iglesia.

Sabemos que hay más posibilidades de que, tanto los miembros como los que no lo son, se conviertan totalmente al Evangelio de Jesucristo si están deseosos de experimentar con sus palabras (véase Alma 32:27). Ésta es una actitud tanto de la mente como del corazón y conlleva el deseo de saber la verdad y el estar dispuestos a actuar de acuerdo con tal deseo. En el caso de los que investigan la Iglesia, el experimentar puede ser tan simple como el aceptar leer el Libro de Mormón, orar al respecto y tratar de saber de todo corazón si José Smith fue el profeta del Señor.

La verdadera conversión ocurre por medio del poder del Espíritu. Cuando el Espíritu llega al corazón, el corazón cambia. Cuando las personas, tanto los miembros como los investigadores, sienten la influencia del Espíritu, o cuando ven evidencias del amor y la misericordia del Señor en su vida, se edifican y fortalecen espiritualmente y aumenta la fe que tienen en él. Estas experiencias con el Espíritu son el resultado natural del que una persona tenga el deseo de experimentar con la palabra. Así es cómo llegamos a sentir que el Evangelio es verdadero. Seguir leyendo

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Sois templo de Dios

Conferencia General Octubre 2000

«Sois templo de Dios»

Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

«El cuerpo de ustedes. . . es el instrumento de su mente y el cimiento de su carácter».


Respondo a la impresión que por largo tiempo he tenido de hablar a los jóvenes de la Iglesia, los cuales enfrentan desafíos para nosotros desconocidos en nuestra juventud.

El presidente J. Reuben Clark describió a nuestros jóvenes como «hambrientos de las cosas del espíritu, ávidos por aprender el Evangelio y con deseos de oírlo simple y llanamente.

«Quieren saber de. . . nuestras creencias; quieren ganar un testimonio de la verdad, y ahora no son escépticos, sino inquisitivos, buscadores de la verdad. . .

«No tienen que esconderse detrás de esta juventud espiritualmente experimentada y susurrarles religión al oído; pueden plantarse delante de ellos, cara a cara y hablarles. . . pueden mostrarles esas verdades abiertamente. Los jóvenes pueden ser menos temerosos de la verdad que ustedes. No hay necesidad de realizar un acercamiento gradual» («The Charted Course of the Church in Education» citado por Boyd K. Packer en Teach Ye Diligently, 1991, págs. 365, 373:374).

Estoy de acuerdo con el presidente Clark y voy a hablar claramente a los jóvenes de las cosas que he aprendido y que sé que son verdaderas.

A los 18 años me llamaron al servicio militar. Como no había recibido mi bendición patriarcal, el obispo me recomendó al patriarca cercano a nuestra base aérea.

El patriarca J. Roland Sandstrom, de la Estaca Santa Ana, California, me dio mi bendición. En ella se me decía lo siguiente: «Tomaste libremente la decisión de acatar las leyes del progreso eterno expuestas por nuestro hermano mayor, el Señor Jesucristo. Se te ha concedido un cuerpo físico con el que puedas experimentar la vida terrenal. . . un cuerpo de proporciones y de forma físicas tales que permitan a tu espíritu cumplir su función a través de él sin trabas de impedimentos físicos. . . Aprecia esto como un gran legado» (Bendición patriarcal de Boyd K. Packer, 15 de enero de 1944, pág. 1).

Esto fue un gran consuelo para mí, pues debido a que de pequeño había tenido la poliomielitis, no pude tomar parte en los deportes y me quedaba con un sentimiento de inferioridad cuando me comparaba con mis amigos.

Mi bendición patriarcal me aconsejaba: «Guarda y protege [tu cuerpo], no introduzcas en él nada que pueda dañar tus órganos porque es sagrado. Es el instrumento de tu mente y el cimiento de tu carácter» (Bendición patriarcal de Boyd K. Packer, 15 de enero de 1944, pág. 1). Seguir leyendo

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