La cuerda de salvamento de la oración

Conferencia General Abril 2002

La cuerda de salvamento de la oración

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

“Cada uno de nosotros tiene problemas que no puede resolver y debilidades que no puede conquistar sin llegar, por conducto de la oración, a una fuente de fortaleza superior”.


Esta mañana doy testimonio de la importancia de la oración. El tener acceso a nuestro Creador por medio de nuestro Salvador es sin duda uno de los grandes privilegios y bendiciones de nuestras vidas. He aprendido por innumerables experiencias personales que grande es el poder de la oración. Ninguna autoridad terrenal puede separarnos del acceso directo a nuestro Creador. Nunca surgen fallas mecánicas ni electrónicas cuando oramos. No hay límite para el número de veces en que oremos al día ni para la duración de las oraciones. No hay una cantidad fija de asuntos por los que deseemos rogar en cada oración. No tenemos que pasar por secretarios ni tenemos que pedir hora para acercarnos al trono de la gracia. Podemos llegar a Él en cualquier momento y en cualquier lugar.

Cuando Dios puso al hombre sobre la tierra, la oración llegó a ser la cuerda de salvamento entre el género humano y Dios. De ese modo, en la generación de Adán, los hombres comenzaron “a invocar el nombre de Jehová” (1). A lo largo de todas las generaciones desde aquella época, la oración ha satisfecho una necesidad humana muy importante. Cada uno de nosotros tiene problemas que no puede resolver y debilidades que no puede conquistar sin llegar, por conducto de la oración, a una fuente de fortaleza superior. Esa fuente es el Dios del cielo a quien oramos en el nombre de Jesucristo (2). Al orar debemos pensar en nuestro Padre Celestial que posee todo conocimiento, entendimiento, amor y compasión.

¿Qué es la oración? El Salvador nos dio un ejemplo al decirnos cómo orar cuando Él oró: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (3).

Primero, la oración es un humilde reconocimiento de que Dios es nuestro Padre y de que el Señor Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Segundo, es una sincera confesión de pecado y transgresión, y una petición de perdón. Tercero, es el reconocimiento de que necesitamos una ayuda que excede a nuestra propia capacidad. Cuarto, es una oportunidad de expresar acción de gracias y gratitud a nuestro Creador. Es importante que digamos con frecuencia: “Te damos gracias…”, “reconocemos ante Ti…”, “Te estamos agradecidos por…”. Quinto, es un privilegio pedir a Dios bendiciones específicas.

Decimos muchas oraciones cuando estamos arrodillados. El Salvador se arrodilló al orar al Padre en el huerto de Getsemaní (4). Pero las oraciones silenciosas que salen del corazón también llegan al cielo. Cantamos: “La oración del alma es el medio de solaz” (5). Las oraciones sinceras salen del corazón. En efecto, la sinceridad supone el que saquemos los sentimientos más fervientes de nuestro corazón cuando oramos en lugar de emplear vanas repeticiones u ostentosa afectación como la que condenó el Salvador en la parábola del fariseo y el publicano (6). Entonces nuestras oraciones en verdad son “el canto del corazón” y “una oración” (7), y llegan no sólo a Dios, sino que también conmueven el corazón de las demás personas.

Jeremías nos aconseja orar de todo nuestro corazón y con toda el alma (8). Enós cuenta que su alma tuvo hambre y que oró todo el día (9). Las oraciones varían en su intensidad. Aun el Salvador “oró más intensamente” en Su hora de agonía (10). Algunas son sencillas expresiones de agradecimiento y peticiones de la continuación de bendiciones tanto para nuestros seres queridos como para nosotros. Sin embargo, en las ocasiones de gran sufrimiento o necesidad personales, puede ser preciso hacer algo más que tan sólo pedir. El Señor dijo: “…has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme” (11). Las bendiciones que se solicitan mediante la oración a veces requieren trabajo, esfuerzo y diligencia de nuestra parte. Seguir leyendo

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La dignidad personal para ejercer el Sacerdocio

Conferencia General Abril 2002
La dignidad personal para ejercer el sacerdocio
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor”.

Mis queridos hermanos, quisiera hablar de manera muy franca esta noche en cuanto a un asunto por el cual me siento sumamente preocupado.

Qué gran placer y qué desafío tan grande es el dirigirme a ustedes. Qué formidable hermandad constituimos los que poseemos el precioso y maravilloso sacerdocio. Éste proviene de Dios nuestro Padre Eterno quien, en esta gloriosa dispensación y con Su Hijo Amado, ha hablado de nuevo desde los cielos. Ellos han enviado a Sus siervos autorizados a conferir esta autoridad divina sobre los hombres.

La norma para tener derecho a recibir y ejercer este poder sagrado es la dignidad personal. Es sobre eso de lo que quisiera hablar esta noche.

Empiezo por leerles de Doctrina y Convenios, sección 121.

“…los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y… éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” (D. y C. 121:36–37).

Esa es la palabra inequívoca del Señor en cuanto a Su divina autoridad. ¡Qué enorme obligación impone esto en cada uno de nosotros! Los que poseemos el sacerdocio de Dios debemos seguir normas más elevadas que las del mundo. Debemos disciplinarnos; no debemos considerarnos mejores que los demás, pero podemos y debemos ser hombres decentes y honorables.

Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor. No podemos ceder al pecado, y mucho menos tratar de encubrir nuestros pecados; no podemos satisfacer nuestro orgullo; no podemos ser partícipes de la vana ambición; no podemos ejercer mando, dominio ni compulsión sobre nuestras esposas e hijos, ni en otras personas, en cualquier grado de injusticia.

Si hacemos cualquiera de esas cosas, los poderes del cielo se retiran; el espíritu del Señor es ofendido y el poder mismo de nuestro sacerdocio queda nulo; se pierde su autoridad.

Nuestro modo de vivir, las palabras que enunciemos, y nuestra conducta cotidiana, afectan nuestra eficiencia como hombres y jóvenes que poseen el sacerdocio.

Nuestro quinto Artículo de Fe dice: “Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas”.

Aunque aquellos que tienen la autoridad pongan las manos sobre nuestra cabeza y seamos ordenados, es posible que debido a nuestro comportamiento invalidemos y perdamos cualquier derecho a ejercer esa autoridad divina.

En la Sección 121 dice también: “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;

“por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia” (D. y C. 121:41–42).

Ahora bien, mis hermanos, esos son los límites dentro de los cuales se debe ejercer este sacerdocio; no es como un manto que nos ponemos y nos quitamos a nuestro antojo. Cuando se ejerce en rectitud, es como el tejido mismo de nuestro cuerpo, una parte de nosotros, en todo momento y en todas circunstancias. Seguir leyendo

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Ellos oran y siguen adelante

Conferencia General Abril 2002
Ellos oran y siguen adelante
Presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Siendo el potente grupo del sacerdocio que somos, seamos hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores. Oremos, y después vayamos y hagamos”.

Mis hermanos, me siento honrado por el privilegio de hablarles esta noche. ¡Qué alegría ver este magnífico Centro de Conferencias lleno de hombres jóvenes y mayores que poseen el sacerdocio de Dios. El saber que grupos similares están congregados por todo el mundo me infunde un tremendo sentido de responsabilidad. Ruego que la inspiración del Señor guíe mis pensamientos e inspire mis palabras.

Hace muchos años, cuando cumplía una asignación en Tahití, conversé con el presidente de misión Raymond Baudin acerca del pueblo tahitiano, conocido como el pueblo más marinero del mundo. El hermano Baudin, que habla francés y tahitiano, pero poco inglés, trató de describirme el secreto del éxito de los capitanes de barco tahitianos. Me dijo: “Son asombrosos. Aunque el clima sea terrible, aunque las naves estén agujeradas y quizás no tengan ningún aparato de navegación aparte de sus sentimientos interiores y las estrellas, ellos oran y siguen adelante”. Repitió esa frase tres veces. Esa declaración contiene una lección: debemos orar y después actuar. Las dos acciones son importantes.

La promesa del libro de Proverbios nos infunde valor: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (1).

Sólo tenemos que leer el relato de Primer Reyes para apreciar de nuevo el principio de que al seguir el consejo del Señor, al orar y después actuar, el resultado beneficia a todos. Allí leemos que había una sequía severa en la tierra, seguida de hambruna. Elías el Profeta recibió del Señor lo que le debe haber parecido una instrucción asombrosa: “Vete a Sarepta… he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente”. Cuando hubo encontrado a la viuda, Elías declaró: “Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba.

“Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano”.

La respuesta de ella describió su lastimosa situación, ya que le explicó que estaba preparando una última mísera comida para ella y su hijo, y que después morirían.

Qué inverosímil debe haberle parecido la respuesta de Elías: “No tengas temor; vé, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo.

“Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.
“Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.
“Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó” (2).

Si yo les preguntara cuál es el pasaje del Libro de Mormón que más se lee, pienso que sería el relato de Primer Nefi acerca de Nefi, sus hermanos, su padre y el mandato de obtener de Labán las planchas de bronce. Quizás la razón sea que la mayoría de nosotros, de cuando en cuando, prometemos leer de nuevo el Libro de Mormón, y usualmente comenzamos con Primer Nefi. En realidad, esos pasajes ilustran en forma hermosa la necesidad de orar y después ir y hacer. Dijo Nefi: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado” (3). Seguir leyendo

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No puede sucederme a mí

Conferencia General Abril 2002
No puede sucederme a mí
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“Puede que el futuro no les depare fama ni fortuna, pero puede brindarles algo más duradero y satisfactorio. Recuerden que lo que hacemos en la vida tiene eco en la eternidad”.

Mis amados hermanos del sacerdocio de Dios, la responsabilidad de hablarles esta noche es abrumadora. He orado en busca de inspiración y guía, y anhelo que me entiendan.

Uno de los grandes mitos de la vida se produce cuando los hombres se creen invencibles. Hay demasiados que piensan que son de acero, lo bastante fuertes para resistir cualquier tentación, y se engañan a sí mismos al pensar: “No puede sucederme a mí”. Tomo prestado un pensamiento de Bertrand Russell: “Todos somos como el pavo que se despierta la mañana [del Día de Acción de Gracias] y espera que, como siempre, se le dé de comer. Las cosas pueden salir mal en cualquier momento” (1). Hermanos, sí puede sucedernos a cualquiera de nosotros en cualquier momento. Gran parte del rumbo de nuestra vida recibe la influencia de fuerzas que percibimos sólo de manera parcial.

El presidente Charles W. Penrose solía contar el relato de un oficial del Titanic que declaró no tener miedo “de Dios, del hombre ni del diablo”, porque el Titanic era de construcción tan robusta que fácilmente podía soportar la colisión con otras embarcaciones o el contacto con cualquier otra fuerza, incluso los témpanos de hielo (2). El Titanic, de hecho, tenía una longitud de más o menos tres campos de fútbol, una altura de doce pisos y estaba construido con un acero de primerísima calidad. Aquella fatídica noche del 14 de abril de 1912, otros barcos le advirtieron del hielo que había más adelante, pero el Titanic siguió aumentando la velocidad, surcando raudo el frío Océano Atlántico. Para cuando los vigías avistaron el témpano, ya era demasiado tarde; el Titanic no pudo cambiar de rumbo y el témpano desgarró el lado de estribor del barco, originando una sucesión de boquetes. Dos horas y cuarenta minutos más tarde, el recién estrenado Titanic descendió hasta lo más hondo del océano, y se ahogaron más de 1.500 personas.

Por lo general, sólo una octava parte de la masa de un témpano de hielo flotante se halla fuera del agua, ya que el hielo de su interior es tan compacto que mantiene sumergido a las siete octavas partes del mismo. Tal y como el Titanic se encontró con el témpano, así sucede con nosotros: a menudo sólo vemos parte del peligro que nos aguarda.

La historia está repleta de ejemplos de hombres talentosos y hábiles que, en un momento de debilidad, tiraron por la borda sus prometedoras vidas. El rey David es un trágico ejemplo de ello. De joven era apuesto, valiente y lleno de fe; mató al temible gigante Goliat; llegó a ser rey y tenía todo lo que un hombre podía desear; mas al ver a Betsabé, deseó tenerla, aun cuando era la esposa de otro hombre. Hizo que enviaran a su esposo, Urías heteo, a la línea más encarnizada del frente para que lo mataran. Urías murió en la batalla y David se casó con Betsabé. Como resultado de su mala acción, David perdió su herencia espiritual (3). A pesar de todo lo bueno que David había logrado, gran parte de ello le fue invalidado porque se permitió sucumbir a una seria debilidad personal.

Una vez oí a un hombre decirle a sus hijos: “Puedo manejar el auto más cerca del borde que ustedes porque tengo más experiencia”. Creía estar al mando, pero en realidad era un inconsciente. “El problema de emplear la experiencia como guía es que a menudo el examen final viene primero y luego viene la lección (4). Algunos piensan que la edad y la experiencia les hace más capaces de soportar la tentación. Esto es una falsedad.

Recuerdo oír al presidente J. Reuben Clark, hijo, hablar de una ocasión en la que una de sus hijas iba a salir con un chico. Le pidió que regresara a casa a una hora determinada, pero “irritada por el constante y urgente recordatorio, la [adolescente] dijo: ‘Papito, ¿qué pasa? ¿Acaso no confías en mí?’. Seguir leyendo

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Llegar a ser un gran beneficio para nuestros semejantes

Conferencia General Abril 2002
Llegar a ser un gran beneficio para nuestros semejantes
Élder Spencer J. Condie
De los Setenta

Spencer J. Condie

“Ruego que ustedes, maravillosos jóvenes, no sean sólo dignos de recibir el ministerio de ángeles, sino que… lleguen a ser ángeles ministrantes en la vida de los demás”.

Cuando Wilford Woodruff era joven, de 27 años, fue ordenado al oficio de presbítero el 5 de noviembre de 1834. Ocho días más tarde, empezó una misión de dos años en la Misión de los Estados del Sur (1). Una noche, él y su compañero encontraron alojamiento en casa de una familia que les proporcionó el piso de una habitación como cama, lo que él describió como “muy dura después de haber caminado más de 95 kilómetros sin nada que comer” (2).

El próximo día caminaron 19 kilómetros bajo la lluvia hasta que llegaron a la casa de un hombre que resultó ser uno de los miembros del populacho de Misuri. El hermano Woodruff dijo: “La familia se iba a sentar a la mesa para desayunar cuando llegamos. En esos días, era costumbre entre los de Misuri invitar a comer inclusive a los que consideraran sus enemigos, por lo que nos invitaron a tomar desayuno y nosotros estuvimos muy complacidos con la invitación. Él sabía que éramos mormones y tan pronto como empezamos a comer, empezó a blasfemar contra los mormones; había un gran plato de huevos con tocino y bastante pan en la mesa, pero sus blasfemias no impedían que nosotros siguiéramos comiendo: cuanto más maldecía, más comíamos, y así lo hicimos hasta llenar nuestros estómagos; luego nos levantamos, tomamos nuestros sombreros y le agradecimos el desayuno. Lo último que supimos de él era que seguía con sus blasfemias. Confío en que el Señor lo recompensará por ese desayuno” (3).

Al final del primer año en esa misión, cuenta que había “viajado 5.228 kilómetros, celebrado ciento setenta reuniones [y] bautizado a 43 personas (4)”.

A su primera misión en los Estados del Sur le siguieron dos misiones breves en las Islas Fox, cerca de la costa de Maine (5) y dos misiones subsiguientes en Inglaterra (6). Durante su última misión en Inglaterra, en 1840, reconoció que “por medio de las bendiciones de Dios”, había sido un instrumento para llevar a más de mil ochocientas almas a la Iglesia en un período de ocho meses (7).

Wilford Woodruff comprobó la promesa del Libro de Mormón de que “Dios ha dispuesto un medio para que el hombre, por la fe, pueda efectuar grandes milagros; por tanto, llega a ser un gran beneficio para sus semejantes” (8). Mis queridos jóvenes hermanos del Sacerdocio Aarónico, me gustaría recordarles que nuestro Padre Celestial no sólo desea que sean buenos, sino que sean buenos para algo, para servir y bendecir la vida de otras personas y llegar a ser un beneficio para sus semejantes.

Leemos en el Evangelio de Lucas que “Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (9). En tanto que nuestra búsqueda terrenal por la perfección implique ser más como el Salvador, entonces también nosotros debemos crecer en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.

Las actividades del quórum del sacerdocio y de la Mutual con las jovencitas, cuando se preparan con esmero y oración, y se analizan en el Comité del Obispado para la Juventud (10) , ayudarán a cada joven y a cada jovencita a crecer en sabiduría a medida que logren un mayor aprecio por las Escrituras y las palabras de los profetas vivientes, y participen en las actividades de la Mutual que implique todo lo que es “virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza” (11). Seguir leyendo

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Este sendero que llamamos vida

Conferencia General Abril 2002
Este sendero que llamamos vida
Élder Ben B. Banks
De la Presidencia de los Setenta

Ben B. Banks

“Al mantenerse en el camino correcto, la recompensa que espera al final de la jornada de la vida hace que valgan la pena los momentos de adversidad que se experimentan en el camino”.

Hermanos, me complace estar con ustedes esta noche. Yo también quiero dirigir la palabra específicamente a los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Los quiero y me preocupo mucho por ustedes.

En el nuevo cuadernillo intitulado Para la fortaleza de la juventud, la Primera Presidencia les dice: “Nuestros amados jóvenes… tenemos plena confianza en ustedes. Ustedes son espíritus escogidos que han nacido en esta época en que las responsabilidades y las oportunidades, al igual que las tentaciones, son sumamente intensas. Están iniciando su jornada por esta vida terrenal; su Padre Celestial desea que vivan felices y desea llevarlos de nuevo a Su presencia. Las decisiones que tomen hoy determinarán mucho de lo que habrá de venir durante su vida y la eternidad” (Para la fortaleza de la juventud, bajo “Mensaje de la Primera Presidencia”).

Espero que esta tarde, en alguna manera pequeña, ustedes puedan aprender de mis casi setenta años de travesía por este sendero que llamamos vida. Sus padres o abuelos tal vez ya les hayan dicho: “Cuanto más entrado en años se vuelve uno, más rápido pasa el tiempo”. Es como si en un momento determinado uno tiene doce años de edad y está junto a su familia y un minuto después uno tiene casi setenta años y carga unos cuantos kilos de más.

Es difícil creer que la última vez que hablé en la reunión general del sacerdocio fue hace casi trece años. En aquella ocasión le conté a los hermanos de un viaje en bicicleta que hice con mis hijos, y utilicé esa experiencia para recalcar la importancia de prepararse bien para la jornada de la vida.

Hoy quiero contarles de otras jornadas que he hecho y compartir con ustedes las lecciones que de ellas he aprendido.

Hace poco, algunos integrantes de mi familia decidieron que sería divertido viajar en bicicleta desde Bozeman, Montana hasta Jackson Hole, Wyoming, en los Estados Unidos. El viaje de 360 kilómetros nos llevaría tres días y nos haría atravesar en tres ocasiones la línea divisoria de aguas. Decidimos que viajar cuando hiciera buen tiempo por los pasos de montaña sería una experiencia maravillosa que nos ayudaría a apreciar las creaciones de Dios. Seguir leyendo

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Lleguemos a ser hombres en quienes esté el espíritu de Dios

Conferencia General Abril 2002
Lleguemos a ser hombres en quienes esté el espíritu de Dios
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry

“El Señor está obligado mediante un convenio solemne a bendecirnos de acuerdo con nuestra fidelidad. Sólo Él puede convertirnos en hombres en quienes esté el Espíritu de Dios, a saber, el Espíritu Santo”.

Quiero dirigir mis palabras de esta noche a ustedes, jóvenes magníficos que poseen el santo Sacerdocio Aarónico. Qué bendición tan especial es tener el sacerdocio de Dios, que no hace sino multiplicar nuestros poderes, capacidades y discernimiento. Para ilustrar las bendiciones recibidas gracias a este privilegio, me gustaría hablar de dos hombres de Dios que llevaron el nombre de José.

Mi padre tuvo una experiencia excepcional a la edad de un presbítero. No había escuelas preuniversitarias donde él vivía, pero deseaba estudiar. Recibió permiso de su padre para dejar la granja y buscar instrucción en otra parte, pero tuvo que mantenerse económicamente él mismo. Tras llegar a Salt Lake City, oyó de un puesto de trabajo en la casa del presidente Joseph F. Smith, donde se le contrató para ordeñar las dos vacas del profeta. Cuando efectuábamos la noche de hogar siempre queríamos que papá nos contara sus experiencias de joven cuando vivía en la casa del profeta, y él nos relataba cosas como la siguiente:

La hermana Smith instruía a mi padre en sus deberes, explicándole que las vacas “son como aristócratas y debes tratarlas bien. Debes mantenerlas tan limpias y entrenarlas de tal forma que si alguna vez decido trasladarlas a la sala, estén lo suficientemente limpias para poder entrar”. Mi padre decía que entendía por qué había que ordeñar las vacas, pero no por qué bañarlas.

Antes de ser ordeñadas cada mañana y cada noche, se las lavaba a conciencia con agua caliente y jabón, y se las secaba con toallas dispuestas para ese propósito. Se las alimentaba con el mejor heno y se las ordeñaba, exactamente a la misma hora, dos veces al día.

Además de sus deberes con la familia Smith y sus vacas “aristocráticas”, se pidió a mi padre que realizara algunas tareas domésticas. Él nos relataba historias como la siguiente: “Una fría mañana lavé los peldaños que conducen a la residencia oficial del Presidente de la Iglesia, lo cual casi se convirtió en una tragedia, pues dejé que el agua se helara antes de secarla. Así que tuve que tomar agua hirviendo, derretir el hielo y secar las piedras con toallas. Los peldaños ya casi estaban limpios, pero antes de haber terminado yo mi tarea mis compañeros de clase pasaron por allí rumbo a la escuela. Fue una experiencia que me ayudó a ser más humilde”.

Al contarles estos relatos, no quiero que ustedes se queden con la impresión de que mi padre era el hermano gemelo de la Cenicienta. La familia Smith acogió en su hogar a este pobre muchacho granjero de Idaho hasta que terminó sus estudios preuniversitarios y asistió a la Universidad de Utah. Lo incluían en sus actividades familiares, se sentaba a la mesa con ellos y participaba en la oración familiar. Mi padre compartió con nosotros su testimonio de que el profeta Joseph F. Smith era en verdad un hombre de Dios: “Cuando me arrodillaba con el profeta durante la oración familiar y escuchaba sus sinceras súplicas por las bendiciones del Señor sobre su familia, sus rebaños y sus manadas, me daba cuenta de que aquellas vacas que me causaban tanta humillación eran objeto de las bendiciones de ellos y nuevamente volvía a ver la situación desde una perspectiva diferente… La mayoría de los grandes hombres que conozco no se han comportado como tales en la vida cotidiana, mas no fue así con el profeta Joseph F. Smith. Cada pequeño acto cotidiano contribuía con algunos centímetros a su grandeza. Para mí era el profeta aun cuando se estuviera lavando las manos o desatando los zapatos”.

Las lecciones aprendidas nos inculcaron gran agradecimiento y amor por un profeta de Dios.

La descripción que mi padre hace del profeta Joseph F. Smith me recuerda la frase de Faraón acerca de José de Egipto: “¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios?” (Génesis 41:38).

Los relatos de mi padre nos hablan del presidente Smith, de su familia y de sus vacas, y también revelan cómo han cambiado los tiempos desde principios del siglo veinte. No creo que mi padre llegara a imaginar las computadoras de nuestra época moderna que caben en pequeños escritorios y cuya capacidad de cálculo se mide en gigahercios y su almacenamiento en gigabytes. Tampoco creo que pudiera imaginar la maldad que Satanás puede hacer con estas mismas y maravillosas tecnologías. Mediante sus malignas artimañas, Satanás ha sido capaz de extender muchos virus nuevos y contagiosos que causan gran daño a nuestro Espíritu si no contamos con poderosas formas de defendernos de ellos. Todo esto me hace pensar en el mejor programa antivirus de todos: el don del Espíritu Santo. Seguir leyendo

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Consagr[ad] vuestra acción

Conferencia General Abril 2002
“Consagr[ad] vuestra acción”
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

“Al meditar en la consagración y procurarla, es comprensible que temblemos por dentro ante lo que se nos pueda requerir, mas el Señor ha dicho en forma consoladora: ‘Mi gracia os es suficiente’ (D. y C. 17:8)”.

Estas palabras están dirigidas a los que son imperfectos, pero que, a pesar de ello, se esfuerzan en la familia de la fe. Como siempre, soy yo el primero que debe prestar oídos.

Tendemos a pensar en la consagración únicamente como el ceder nuestras posesiones materiales cuando se nos solicite en forma divina; pero la verdadera consagración consiste en entregarse uno mismo a Dios. Cristo utilizó las palabras inclusivas corazón, alma y mente para describir el primer mandamiento, el cual siempre está vigente de manera constante y no periódica (véase Mateo 22:37). Si éste se observa, nuestras acciones se tornarán, como resultado, en una consagración total para el beneficio perdurable de nuestra alma (véase 2 Nefi 32:9).

Dicha totalidad comprende la convergencia sumisa de sentimientos, pensamientos, palabras y hechos, que es justamente lo opuesto del distanciamiento. “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?” (Mosíah 5:13).

Muchos hacen caso omiso de la consagración puesto que parece demasiado abstracta o de enormes proporciones; sin embargo, los que son conscientes de entre nosotros experimentan el descontento divino debido al progreso mezclado con dilación. Por lo tanto, me permito dar consejo amoroso para seguir en ese progreso, ofrecer aliento para continuar la jornada y consuelo para cuando experimentemos los diferentes grados inherentes de dificultad.

La sumisión espiritual no se logra en un instante, sino con mejoras graduales y mediante el uso de peldaños sucesivos que, de todos modos, se deben ascender uno a la vez. Nuestra voluntad finalmente puede ser “absorbida en la voluntad del Padre” a medida que estemos “dispuesto[s] a someter[nos]… tal como un niño se somete a su padre” (véase Mosíah 15:7; Mosíah 3:19). De lo contrario, a pesar de esforzarnos, continuaremos sintiendo las sacudidas del mundo y nos desviaremos parcialmente.

Un ejemplo sobre la consagración económica es significativo. Cuando Ananías y Safira vendieron sus posesiones, “sustraj[eron] del precio” (véase Hechos 5:1–11). Muchos de nosotros nos aferramos obstinadamente a una “parte” en particular, e incluso tratamos nuestras obsesiones como posesiones; por tanto, sin importar lo que hayamos dado con anterioridad, la última porción es la más difícil de ceder. Cierto es que la entrega parcial es todavía digna de elogio, pero se asemeja bastante a la excusa: “Ya he colaborado con esa ofrenda hace tiempo” (véase también Santiago 1:7–8).

Podríamos, por ejemplo, tener aptitudes específicas, las cuales consideremos erróneamente que de algún modo nos pertenecen. Si seguimos aferrándonos a ellas más que a Dios, disminuiremos nuestra obediencia total al primer mandamiento consagratorio. Puesto que Dios nos da “aliento… momento tras momento”, ¡no es recomendable acongojarnos con dichas distracciones! (Mosíah 2:21.)

Otra piedra de tropiezo se presenta cuando servimos a Dios generosamente con tiempo y cheques, pero retenemos parte de nuestro fuero interno, ¡queriendo decir que todavía no somos completamente de Él!

Para algunos es difícil cuando hay tareas en particular que les arruinan la puesta del sol. Sin embargo, Juan el Bautista es un modelo, cuando refiriéndose al rebaño cada vez más grande de Jesús, dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). El considerar erróneamente nuestras asignaciones como indicadoras únicas de cuánto nos ama Dios contribuye a nuestra renuencia a renunciar a ellas. Hermanos y hermanas, nuestro valor individual ya ha sido divinamente establecido como “grande” y no fluctúa como la bolsa de valores.

Quedan otros peldaños sin usar porque, como el joven rico, no estamos dispuestos a admitir lo que aún carecemos (véase Marcos 10:21). Queda expuesto, entonces, un orgullo residual.

El no consagrarse completamente ocurre de muchas maneras: el reino terrestre, por ejemplo, incluirá a los “honorables”, quienes obviamente no dan falso testimonio; sin embargo, aún así, no son “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:79). La mejor manera de testificar con valentía de Jesús es llegar a ser continuamente más como Él y es esa consagración la que esculpe el carácter emulador (véase 3 Nefi 27:27).

Al afrontar los desafíos descritos, es afortunado contar con sumisión espiritual y es útil puesto que a veces nos ayuda a “renunciar” a cosas, incluso la vida terrenal; otras veces, nos ayuda a “asirnos” y otras, a hacer uso del próximo peldaño (véase 1 Nefi 8:30). Seguir leyendo

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El Evangelio en nuestra vida

Conferencia General Abril 2002

El Evangelio en nuestra vida

Dallin H. OaksÉlder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Él nos ha dado Su Expiación, Su Evangelio y Su Iglesia, una combinación sagrada que nos da la seguridad de la inmortalidad y la oportunidad de obtener la vida eterna”.


Hace unos años vi una divertida caricatura en el periódico en la que aparecía un clérigo conversando con una pareja de “hippys” montada en una motocicleta. “Nosotros vamos a la iglesia”, decía uno de ellos al clérigo. “Hemos estado yendo por años… pero aún no hemos podido llegar hasta allí” (1).

Muchos de nuestros familiares y amigos aún no han llegado a la iglesia tampoco; tal vez asistan de vez en cuando, pero todavía no están disfrutando de todas las bendiciones de la participación y del prestar servicio en la iglesia. Es posible que otros sí asistan con regularidad, pero se abstienen de obligaciones y del buscar el renacimiento espiritual personal que viene de entregar el corazón a Dios. Ambos tipos de personas se privan de algunas bendiciones especiales en esta vida, y ambos están en peligro de privarse de las bendiciones más gloriosas de la vida venidera.

Pablo enseñó que el Señor dio profetas y apóstoles para “perfeccionar a los santos… la obra del ministerio… [y] la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12). Las personas que no estén participando plenamente en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y que no estén buscando también una conversión espiritual personal se están privando de experiencias que son esenciales bajo el gran plan de felicidad divinamente establecido. Las enseñanzas y la obra de la Iglesia son esenciales para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre (véase Moisés 1:39).

Ruego que muchas de las personas que me estén escuchando tengan una confirmación espiritual de la importancia de la misión de la Iglesia de edificar y exaltar a los hijos de Dios. Ruego en especial que aquellos que no estén disfrutando aún las bendiciones de la plena participación y dedicación busquen esa confirmación, la obtengan y hagan algo al respecto.

Hace más o menos diez años, mientras estaba en una conferencia de estaca en los Estados Unidos, me presentaron a un miembro que por muchos años no había participado en la Iglesia. “¿Por qué razón habría de regresar a la actividad de la Iglesia?”, me preguntó ese miembro. Considerando todo lo que el Salvador ha hecho por nosotros, respondí que sería fácil ofrecer algo en servicio a Él y a nuestro prójimo. Mi interrogador consideró esa idea por un momento y luego hizo esta asombrosa respuesta: “¿Y qué ha hecho Él por mí?”.

Esta increíble respuesta me hizo pensar en lo que la gente espera recibir de Jesucristo, de Su Evangelio y de su participación en Su Iglesia. Pensé en otros que han dicho que dejaron de asistir a la Iglesia porque la Iglesia “no satisfacía sus necesidades”. ¿Qué necesidades esperarían que la Iglesia satisficiera? Si las personas simplemente buscan una experiencia social satisfactoria, tal vez se decepcionen en un barrio o en una rama particular y busquen otras relaciones. Hay experiencias sociales satisfactorias en muchas organizaciones. Si esas personas simplemente buscan ayuda para aprender el Evangelio, podrían lograr esa meta mediante la literatura que está a su alcance. Pero, ¿son esos los objetivos primordiales de la Iglesia? ¿Es eso todo lo que esperamos recibir del Evangelio de Jesucristo?

Alguien ha dicho que según lo que busquemos, eso obtendremos. Las personas que asisten a la Iglesia con el único propósito de obtener algo de naturaleza temporal tal vez se desilusionen. El apóstol Pablo escribió desfavorablemente en cuanto a las personas que “no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres” (Romanos 16:18). Las personas que asisten a la Iglesia con el fin de dar a su prójimo y servir al Señor raras veces saldrán desilusionadas. El Salvador prometió que “el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Seguir leyendo

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Seamos enseñables

Conferencia General Abril 2002
Seamos enseñables
Élder Robert R. Steuer
De los Setenta

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“Al ser enseñables, ponemos en marcha toda la fuerza y las bendiciones de la Expiación en nuestra vida”.

A los verdaderos discípulos del Maestro se les puede enseñar con facilidad. En breves palabras, Abraham nos da una idea de la razón por la que fue tan inmensamente bendecido. Había vivido “…anhelando recibir instrucciones y guardar los mandamientos de Dios” (1). El anhelar recibir instrucciones es más que estar dispuesto a escuchar, porque cuando nuestro anhelo de recibir instrucciones es más poderoso que la comodidad de permanecer en la misma condición, llegamos a ser enseñables.

El presidente Brigham Young enseñó que nuestro “primer y primordial deber [consiste en] buscar al Señor hasta que podamos abrir una vía de comunicación desde Dios a nuestra propia alma” (2). Poco después de su muerte, el profeta José Smith se apareció en un sueño a Brigham Young y le dio algunas instrucciones: “Diga a la gente que sea humilde y fiel y se asegure de conservar el espíritu del Señor, el cual le guiará con justicia. Que tengan cuidado y no se alejen de la voz apacible; ésta les enseñará lo que deben hacer y adónde ir; les proveerá los frutos del Reino…” (3).

¿Cómo podemos encender en nuestra vida este poder de instrucción divina? Primeramente, debemos estar dispuestos a recibir instrucción. Si bien hay muchos que por naturaleza tienen hambre y sed de justicia, otros tal vez sean obligados a ser humildes (4). En vez de seguir instrucciones o de cambiar, algunos de nosotros sencillamente preferiríamos cambiar las reglas. Sin duda Naamán quería deshacerse de su carne leprosa, pero se alejó lleno de ira cuando el mensajero del profeta le dijo que simplemente se lavara siete veces en el río Jordán. Era un inconveniente, algo trivial, y pensaba que los ríos de su país eran mejores que el Jordán. Pero su lepra fue sanada al escuchar a sus siervos; cambió su manera de pensar e hizo “…conforme a la palabra del varón de Dios” (5). De manera espectacular se le mostró que había un profeta y un Dios en Israel. Nosotros, también, debemos darnos cuenta de que Dios tiene leyes 6 que gobiernan y que Su sabiduría es más grande que la nuestra. Incluso Moisés, después de ver la majestad y la obra de Dios, dijo: “…el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado” (7).

Segundo, debemos cultivar una actitud y un espíritu apropiados. Eso se logra al meditar con espíritu de oración y al esforzarse en el espíritu 8 . Esta obra requiere gran esfuerzo; en ella se incluyen los pasos sumamente activos del buscar, dar oídos a las Escrituras y estudiarlas. Nuestro corazón se enternece si nos humillamos y dejamos de lado el orgullo, y entonces podemos centrar la atención en los consejos y las instrucciones celestiales. El padre de Lamoni, el poderoso rey lamanita, realizó precisamente ese cambio en su foco de atención, incluso postrándose hasta el polvo a fin de demostrar su gran deseo de conocer a Dios. Él declaró: “…abandonaré todos mis pecados para conocerte, y para que sea levantado de entre los muertos y sea salvo en el postrer día” (9).

Tercero, debemos ser obedientes a las instrucciones que recibamos. Alma dijo: “…[experimenta] con mis palabras, y [ejercita] un poco de fe…” (10). Nefi dijo sencillamente: “Iré y haré…” (11). Qué maravillosa actitud de sumisión y obediencia al aceptar el consejo de su padre de obtener las planchas de bronce, cuando se le dijo dónde debía cazar y cómo construir un barco (12). En cada caso, él obró con confianza, yendo adelante “sin saber de antemano” (13) lo que debía hacer o las consecuencias que resultarían. Pero ya que somos libres de tomar nuestras decisiones, la vida a veces puede ser una jornada difícil en la que tenemos que aplicar nuestro corazón y nuestra mente a las verdades de Dios. No obstante, como dijo el presidente Thomas S. Monson: “El Señor espera nuestro razonamiento; nuestra acción; nuestro trabajo” (14). Seguir leyendo

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La obediencia de la fe

Conferencia General Abril 2002
La obediencia de la fe
Élder R. Conrad Schultz
De los Setenta

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“ ‘La obediencia de la fe’ es un asunto de confianza. La pregunta es sencilla: ¿Confiamos en nuestro Padre Celestial? ¿Confiamos en nuestros profetas?”.

En este mundo en que vivimos, las cosas no siempre son lo que parecen ser. A veces no somos conscientes de las fuerzas poderosas que ejercen su influencia sobre nosotros. Las apariencias engañan mucho.

Hace unos años tuve una experiencia con apariencias engañosas en la que los resultados pudieron haber sido trágicos. Un primo de mi esposa y su familia fueron a visitarnos desde Utah. Era un tranquilo día de verano en la costa del estado de Oregón y fuimos a pescar al océano. La ocasión era agradable y lo estábamos pasando muy bien pescando salmones cuando, de pronto, al volverme, vi una enorme ola de 2,5 m que se nos venía encima. Sólo tuve tiempo de dar un grito de advertencia antes de que la oleada nos golpease de costado la embarcación. No sé cómo ésta se mantuvo en su posición vertical, pero Gary, nuestro primo, salió disparado por la borda. Todos llevábamos puestos chalecos salvavidas y, con cierta dificultad, maniobramos el bote, que estaba medio lleno de agua, hasta donde se hallaba el primo flotando y lo subimos a bordo.

Nos había golpeado lo que llaman una ola furtiva. Esas olas impetuosas no suelen surgir a menudo y no hay modo de presagiarlas. Más tarde, nos enteramos de que, a lo largo de la costa de los estados de Oregón y de Washington, se habían ahogado cinco personas ese mismo día, en tres accidentes de embarcaciones separados. Los tres los había ocasionado la misma oleada furtiva, la cual se había formado en la superficie del mar sin razón evidente. Cuando llegamos a la orilla de la playa, el mar se veía llano y sereno, y no daba señal de peligro alguno. Sin embargo, el océano había resultado ser muy engañoso, pues no había sido en absoluto lo que parecía ser.

Al avanzar por la jornada de esta vida, debemos estar constantemente de guardia y atentos a esas cosas que son engañosas, es decir, que no son para nada lo que parecen ser. Si no tenemos cuidado, las olas furtivas de la vida podrán resultarnos tan mortales como las del mar. Seguir leyendo

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Amigos verdaderos

Conferencia General Abril 2002
Amigos verdaderos
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

“Todos seremos probados. Todos necesitamos amigos verdaderos que nos amen, nos escuchen, nos muestren el camino y nos testifiquen de la verdad”.

Cientos de miles de hijos de nuestro Padre Celestial se unen cada año a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Para la mayoría de ellos, esto requiere que se efectúe un gran cambio en su vida. Todos han hecho un convenio sagrado con grandes promesas y con el compromiso solemne de perseverar. Dicho convenio es tan importante que nuestro Padre Celestial describió al profeta Nefi la bendición y el reto que esto supone:

“Y oí la voz del Padre que decía: Sí, las palabras de mi Amado son verdaderas y fieles. Aquel que persevere hasta el fin, éste será salvo.

“Y ahora bien, amados hermanos míos, por esto sé que a menos que el hombre persevere hasta el fin, siguiendo el ejemplo del Hijo del Dios viviente, no puede ser salvo” (1).

El Salvador nos advierte que si entramos en la senda y avanzamos lo suficiente y después fracasamos y lo negamos, hubiera sido mejor que nunca hubiésemos entrado (2).

Pienso en ello cada vez que hablo con miembros nuevos de la Iglesia, oportunidad que tengo a menudo por todo el mundo. Veo que en sus rostros reflejan confianza, y a menudo me cuentan de alguna prueba de su fe y luego, con apremio en la voz, me susurran: “Por favor, ore por mí”. En esos momentos, siento nuevamente el peso de la responsabilidad que nos ha encargado el profeta viviente del Señor: guardar la promesa que hicimos en las aguas del bautismo de “llevar las cargas los unos de los otros” (3); la responsabilidad de ser un amigo.

Las siguientes palabras del presidente Hinckley me vigorizan:

“Espero, oro, les ruego a cada uno de ustedes que acepten plenamente a cada miembro nuevo de la Iglesia. Hagan de él o ella un amigo. Aférrense a ellos”(4).

El presidente Hinckley no puede estar junto a cada miembro nuevo como amigo, pero ustedes pueden estar por lo menos junto a uno. Todo lo que se requiere es sentir un poco de lo que ellos sienten y un poco de lo que el Salvador siente por ellos. Traten de sentir lo que siente el corazón de un joven en África, Nkosiyabo Eddie Lupahla, que escribe sobre su amigo.

“Hace dos años y medio, antes de que me uniera a la Iglesia en 1999, mi buen amigo Mbuti Yona me buscó. Fuimos amigos del quinto al duodécimo año escolar, y después [nos separamos] cuando asistimos a distintas instituciones [académicas].

“Mbuti se bautizó en abril de 1999, y cuatro semanas más tarde me fue a visitar a mi casa y me habló del Evangelio. A pesar de los rumores sobre la Iglesia, quedé impresionado por los ‘conciudadanos de los santos’ que me dieron una afectuosa bienvenida la primera vez que los visité. Ese mismo domingo, mi amigo me presentó a los misioneros; se hicieron planes para que se me enseñara. Mi amigo estuvo presente en cada charla y me continuaba invitando a las actividades. Realmente disfruté estar rodeado de personas que tenían los mismos valores, intereses, normas y metas. Fue en esa época que comencé a asistir a Instituto [de Religión]. Todo parecía tener perfecta naturalidad: los jueves [a las cinco y media de la tarde] recibía las charlas, seguidas por instituto.

“Aprendí mucho en instituto, y en especial disfruté la clase sobre cómo lograr un matrimonio celestial. El primer semestre terminó en mayo, poco después de que comencé a asistir a clases, por lo que sentí como que no había recibido lo suficiente. Pero tuve la fortuna de asistir a la clase del segundo semestre: Enseñanzas de los profetas vivientes. Mientras asistía a Instituto, compré los cuatro libros canónicos y seguí aprendiendo y creciendo en la Iglesia línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí. El 17 de septiembre de 1999 me bautizó otro amigo que conocí al asistir a instituto.

“Me siento agradecido por el programa de instituto. No sólo me ha dado forma, sino que también me ha ayudado a capacitarme para ser misionero, para lo cual me empecé a preparar cinco meses después de mi bautismo. He sido bendecido con muchas oportunidades de servir y enseñar, aun antes de salir a la misión. Seguir leyendo

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Una conversión plena brinda felicidad

Conferencia General Abril 2002
Una conversión plena brinda felicidad
Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Elder Richard G. Scott

“Tu felicidad ahora y siempre está condicionada a tu grado de conversión y a la transformación que ésta efectúe en tu vida”.

Cada uno de nosotros ha observado que algunas personas van por la vida haciendo siempre lo correcto. Se ven felices e incluso entusiasmadas de la vida. Cuando tienen que tomar decisiones difíciles, parecería que invariablemente toman las correctas, aun cuando haya opciones tentadoras a su alcance. Sabemos que están expuestas a la tentación, pero se comportan como si éstas no existieran. Asimismo, hemos observado cómo otras personas no son tan valientes en las decisiones que toman. En un ambiente de gran espiritualidad, toman la resolución de ser mejores, de cambiar el curso de su vida, de dejar a un lado los hábitos que debilitan. Son sinceras en su determinación de cambiar; pero sin embargo, pronto vuelven a hacer aquello que habían resuelto abandonar.

¿Qué hace que la vida de esos dos grupos sea diferente? ¿Cómo puedes tomar siempre las decisiones correctas? Las Escrituras nos iluminan al respecto. Piensa en el entusiasta e impetuoso Pedro. Durante tres años sirvió junto al Maestro en calidad de apóstol, y observó milagros y oyó enseñanzas transformadoras y la explicación privada de muchas parábolas. Pedro había sido ordenado apóstol. Había tenido gran éxito en la misión de enseñar, sanar y dar testimonio del Salvador en las ciudades de Galilea. Junto con Santiago y Juan, Pedro presenció la gloriosa transfiguración de Jesucristo, a la que le acompañaron las visitaciones de Moisés y Elías el profeta (1). Pero a pesar de todo eso, el Salvador percibió que a Pedro le faltaba constancia. El Maestro lo conocía tan bien, como nos conoce a cada uno de nosotros. En la Biblia leemos:

“Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido… pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez [convertido], confirma a tus hermanos. El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte” (2). No cabe duda de que, desde la perspectiva de Pedro, no eran palabras vanas. Él lo decía con sincera intención; pero sin embargo, actuaría de otro modo.

Más tarde, en el Monte de los Olivos, Jesús profetizó a Sus discípulos: “Todos os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas”. Pedro de nuevo respondió: “Aunque todos se escandalicen, yo no…” Entonces el Maestro gravemente profetizó: “De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces”. A lo que Pedro respondió con más vehemencia: “Si me fuere necesario morir contigo, no te negaré” (3).

Para mí, uno de los pasajes más conmovedores de las Escrituras describe lo que ocurrió después. Un recordatorio aleccionador para nosotros de que el saber hacer lo correcto, e incluso el desear ardientemente hacerlo, no es suficiente. Muchas veces es más difícil hacer lo que sabemos claramente que debemos hacer. Y leemos:

“Pero una criada, al verle [a Pedro]… dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco… viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy… otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él… Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor… Y… saliendo fuera, lloró amargamente” (4). Seguir leyendo

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Cuñas escondidas

Conferencia General Abril 2002
Cuñas escondidas
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“No leguemos a las generaciones futuras los resentimientos y el enojo de nuestra época. Quitemos todas las cuñas escondidas que lo único que hacen es destruir”.

En abril de 1966, en la conferencia general anual de la Iglesia, el élder Spencer W. Kimball dio un discurso memorable en el que relató una historia escrita por Samuel T. Whitman titulada “Las cuñas olvidadas”. También yo quiero hoy citar a Samuel T. Whitman, y después compartir ejemplos de mi propia vida.

Whitman escribió: “[Ese invierno] la tormenta de hielo no había sido muy destructiva. Cierto es que se habían caído algunas líneas telefónicas y que había en la carretera más accidentes que de costumbre… En circunstancias normales, el enorme nogal habría podido sostener sin problemas el peso que se había creado en sus ramas; fue la cuña de hierro incrustada en su corazón la que causó el daño.

“La historia de la cuña de hierro tuvo su origen varios años antes, cuando el hoy canoso agricultor, [que ahora vivía en esa propiedad] era un jovencito que crecía en el hogar de su padre. En aquel entonces, el aserradero había sido trasladado recientemente del valle y los pobladores de la zona encontraban aún herramientas y piezas sueltas del equipo tiradas por el lugar…

“Ese día en particular, al sur de la pradera… el muchacho había encontrado una cuña de leñador, ancha, chata y pesada, de unos 30 centímetros de largo y bastante gastada por haber sido golpeada tanto. [La cuña de leñador se utilizaba para ayudar a derribar un árbol; ésta se colocaba en una hendidura hecha por una sierra y después se le pegaba con fuerza con un mazo de hierro con el fin de ensanchar el corte.]… Como se le había hecho tarde para la cena, el joven colocó la cuña… entre las ramas del tierno nogal que su padre había plantado cerca del portón de entrada y pensó que llevaría la cuña al depósito después de la cena o en algún otro momento que pasara por ahí.

“En realidad, tuvo la intención de hacer eso pero nunca lo hizo. [La cuña] estaba todavía allí, un poco apretada por las ramas, cuando él se hizo hombre. Seguía allí, ahora firmemente apretada, cuando él se casó y se hizo cargo de la granja de su padre. Estaba casi incrustada aquel día en que los peones que trabajaban en la trilla comieron a la sombra del árbol… Clavada y olvidada, la cuña todavía permanecía allí cuando azotó la tormenta de granizo.

“En el helado silencio de aquella noche de invierno… una de las tres ramas principales del nogal se quebró y cayó a tierra. Eso causó que el resto de la copa del árbol perdiera su estabilidad y se desplomara también. Después de la tormenta, no quedaban vestigios de lo que una vez había sido un hermoso árbol.

“Al día siguiente, bien temprano, el agricultor salió a lamentar su pérdida…

“Entonces, sus ojos vieron algo en medio de aquel desastre: ‘La cuña’, murmuró con tono de reproche, ‘la cuña que encontré al sur de la pradera’. Una rápida mirada le hizo darse cuenta por qué se había caído el árbol. Incrustada en el tronco, la cuña había impedido que las fibras de las ramas se entrelazaran como era de esperar” (1).

Mis queridos hermanos y hermanas, existen cuñas escondidas en la vida de muchas personas que conocemos; sí, quizás en nuestra propia familia.

Quisiera compartir con ustedes el relato de un amigo de toda la vida, que ya ha partido de la vida terrenal. Se llamaba Leonard y no era miembro de la Iglesia, aunque su esposa y sus hijos lo eran. Su esposa prestó servicio como presidenta de la Primaria; su hijo sirvió en una misión honorable; y tanto su hija como su hijo contrajeron matrimonio en ceremonias solemnes y criaron sus propias familias.

Como yo, todos los que conocían a Leonard lo apreciaban. Él apoyó a su esposa y a sus hijos en las asignaciones de la Iglesia y asistía con ellos a muchas actividades auspiciadas por ésta. Vivió una vida buena y limpia, sí, una vida de servicio y de bondad. Su familia, y en realidad muchos otros, se preguntaban por qué Leonard pasaba por esta vida terrenal sin las bendiciones que el Evangelio brinda a sus miembros.

Durante sus últimos años de vida, la salud de Leonard deterioró y finalmente tuvo que ser hospitalizado; su vida se consumía poco a poco. En la que sería mi última conversación con él, me dijo: “Tom, te conozco desde que eras niño y creo que debo explicarte por qué nunca me uní a la Iglesia. Me contó entonces algo que les había sucedido a sus padres, y que había tenido lugar muchos, pero muchos años antes. Muy a su pesar, la familia había llegado a un punto en el que se vio en la necesidad de vender su granja; y entonces alguien les hizo una oferta que aceptaron; pero, después, un vecino les pidió que le vendieran la granja a él —aunque a menos precio— y agregó: “Hemos sido tan amigos que si llego a ser dueño de la propiedad, podré cuidarla bien”. Al final, los padres de Leonard accedieron y vendieron la granja. El comprador —su vecino— poseía un cargo de responsabilidad en la Iglesia, y la confianza que ese hecho implicaba persuadió a la familia a vendérsela a él, a pesar de no recibir tanto dinero como hubiera sucedido si se la hubieran vendido al primer comprador interesado. Poco después de que se llevara a cabo la venta, el vecino vendió tanto su propia granja como la que había comprado a la familia de Leonard, y lo hizo a modo de una sola propiedad, lo que incrementó su valor y, como consecuencia, el precio de venta. La antigua interrogante de por qué Leonard nunca se había unido a la Iglesia por fin había quedado contestada: siempre había pensado que ese vecino había engañado a su familia. Seguir leyendo

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Venid en pos de mí

Conferencia General Abril 2002
“Venid en pos de mí”
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“Los que, con fe, abandonan sus redes y siguen al Salvador, experimentarán un gozo más allá de su capacidad de comprensión”.

Eran pescadores antes de escuchar el llamado. Echando las redes en el mar de Galilea, Pedro y Andrés se detuvieron cuando Jesús de Nazaret se acercó, les miró a los ojos y pronunció las sencillas palabras: “Venid en pos de mí”. Mateo escribe que los dos pescadores, “dejando al instante las redes, le siguieron”.

Después el Hijo del Hombre se dirigió a otros dos pescadores que se encontraban en un barco con su padre, reparando las redes. Jesús les llamó, “y [Santiago y Juan], dejando al instante la barca y a su padre… siguieron [al Señor]” (1).

¿Alguna vez se han preguntado cómo hubiera sido vivir en los días del Salvador? Si hubieran estado allí, ¿habrían prestado oídos a su llamado: “¡Venid en pos de mí!”?

Quizás una pregunta más realista sería: “Si el Salvador les llamara hoy, ¿estarían igual de dispuestos a abandonar sus redes e ir en pos de Él?”. Estoy seguro de que muchos lo harían.

Sin embargo, quizás para algunos ésta no sea una decisión tan fácil. Hay quienes han descubierto que, por su naturaleza, muchas veces no es tan fácil salir de las redes.

Existen redes de todos los tamaños y formas. Aquéllas que Pedro, Andrés, Santiago y Juan dejaron eran objetos tangibles, herramientas de trabajo que les permitían ganarse la vida.

A veces pensamos que estos cuatro hombres eran pescadores humildes y que no tuvieron que sacrificar demasiado al dejar las redes para seguir al Salvador. Todo lo contrario, como destaca el élder James E. Talmage en Jesús el Cristo: Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran socios en un negocio próspero. Eran “dueños de sus propios barcos y empleaban a otros hombres”. Según el élder Talmage, Simón Pedro “se hallaba en buena posición económica; y la ocasión en que habló de haberlo dejado todo para seguir a Jesús, el Señor no negó que el sacrificio de Pedro, en cuanto a sus bienes materiales, había sido… grande” (2).

Más tarde, la red de la riqueza atrapó a un joven rico que declaró que había obedecido todos los mandamientos desde su juventud. Cuando le preguntó al Salvador qué más debía hacer para tener la vida eterna, el Maestro dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Cuando el joven escuchó aquello, “se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (3).

Las redes se definen en general como utensilios diseñados para la captura, pero en un sentido más estricto, aunque más importante, podríamos definirlas como algo que nos tienta o nos impide seguir el llamado de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.

En ese contexto, algunas de esas redes podrían ser nuestro trabajo, nuestras aficiones, nuestros placeres, y por encima de todo lo demás, nuestras tentaciones y pecados. En resumen, cualquier cosa que nos aleja de nuestra relación con nuestro Padre Celestial y su Iglesia restaurada es una red.

Permítanme darles un ejemplo contemporáneo: una computadora puede ser una herramienta útil e indispensable, pero si perdemos nuestro tiempo con ella en ocupaciones improductivas, vanas e incluso a veces destructivas, se convierte en una red que nos atrapa.

A muchos de nosotros nos gusta ver competencias deportivas, pero si somos capaces de recitar de memoria las estadísticas de nuestros jugadores favoritos y al mismo tiempo nos olvidamos de los cumpleaños o de los aniversarios, desatendemos a nuestra familia, o pasamos por alto la oportunidad de hacer obras de servicio cristiano, también las competencias deportivas pueden convertirse en una red que nos atrapa.

Desde los días de Adán, toda la humanidad ha comido el pan con el sudor de su frente, pero cuando nuestro trabajo nos consume hasta el punto en que desatendemos las dimensiones espirituales de la vida, también se convierte en una red que nos enreda.

Algunos han quedado atrapados en la red de las deudas excesivas. La red del interés les atenaza, requiriéndoles que vendan su tiempo y energías a fin de satisfacer las demandas de sus acreedores, con lo que renuncian a su libertad y se hacen esclavos de su propio derroche. Seguir leyendo

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