Conferencia General Abril 2002
La cuerda de salvamento de la oración
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
“Cada uno de nosotros tiene problemas que no puede resolver y debilidades que no puede conquistar sin llegar, por conducto de la oración, a una fuente de fortaleza superior”.
Esta mañana doy testimonio de la importancia de la oración. El tener acceso a nuestro Creador por medio de nuestro Salvador es sin duda uno de los grandes privilegios y bendiciones de nuestras vidas. He aprendido por innumerables experiencias personales que grande es el poder de la oración. Ninguna autoridad terrenal puede separarnos del acceso directo a nuestro Creador. Nunca surgen fallas mecánicas ni electrónicas cuando oramos. No hay límite para el número de veces en que oremos al día ni para la duración de las oraciones. No hay una cantidad fija de asuntos por los que deseemos rogar en cada oración. No tenemos que pasar por secretarios ni tenemos que pedir hora para acercarnos al trono de la gracia. Podemos llegar a Él en cualquier momento y en cualquier lugar.
Cuando Dios puso al hombre sobre la tierra, la oración llegó a ser la cuerda de salvamento entre el género humano y Dios. De ese modo, en la generación de Adán, los hombres comenzaron “a invocar el nombre de Jehová” (1). A lo largo de todas las generaciones desde aquella época, la oración ha satisfecho una necesidad humana muy importante. Cada uno de nosotros tiene problemas que no puede resolver y debilidades que no puede conquistar sin llegar, por conducto de la oración, a una fuente de fortaleza superior. Esa fuente es el Dios del cielo a quien oramos en el nombre de Jesucristo (2). Al orar debemos pensar en nuestro Padre Celestial que posee todo conocimiento, entendimiento, amor y compasión.
¿Qué es la oración? El Salvador nos dio un ejemplo al decirnos cómo orar cuando Él oró: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (3).
Primero, la oración es un humilde reconocimiento de que Dios es nuestro Padre y de que el Señor Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor. Segundo, es una sincera confesión de pecado y transgresión, y una petición de perdón. Tercero, es el reconocimiento de que necesitamos una ayuda que excede a nuestra propia capacidad. Cuarto, es una oportunidad de expresar acción de gracias y gratitud a nuestro Creador. Es importante que digamos con frecuencia: “Te damos gracias…”, “reconocemos ante Ti…”, “Te estamos agradecidos por…”. Quinto, es un privilegio pedir a Dios bendiciones específicas.
Decimos muchas oraciones cuando estamos arrodillados. El Salvador se arrodilló al orar al Padre en el huerto de Getsemaní (4). Pero las oraciones silenciosas que salen del corazón también llegan al cielo. Cantamos: “La oración del alma es el medio de solaz” (5). Las oraciones sinceras salen del corazón. En efecto, la sinceridad supone el que saquemos los sentimientos más fervientes de nuestro corazón cuando oramos en lugar de emplear vanas repeticiones u ostentosa afectación como la que condenó el Salvador en la parábola del fariseo y el publicano (6). Entonces nuestras oraciones en verdad son “el canto del corazón” y “una oración” (7), y llegan no sólo a Dios, sino que también conmueven el corazón de las demás personas.
Jeremías nos aconseja orar de todo nuestro corazón y con toda el alma (8). Enós cuenta que su alma tuvo hambre y que oró todo el día (9). Las oraciones varían en su intensidad. Aun el Salvador “oró más intensamente” en Su hora de agonía (10). Algunas son sencillas expresiones de agradecimiento y peticiones de la continuación de bendiciones tanto para nuestros seres queridos como para nosotros. Sin embargo, en las ocasiones de gran sufrimiento o necesidad personales, puede ser preciso hacer algo más que tan sólo pedir. El Señor dijo: “…has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme” (11). Las bendiciones que se solicitan mediante la oración a veces requieren trabajo, esfuerzo y diligencia de nuestra parte. Seguir leyendo






































