Este grandioso año milenario

Conferencia General Octubre 2000
Este grandioso año milenario
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

«Esta obra posee una vitalidad que jamás se había manifestado a tal grado».

Mis hermanos y hermanas, ¡qué gran inspiración son! Al mirar los rostros de esta vasta congregación y darme cuenta de que hay muchos más congregados alrededor del mundo, me acoge un inmenso sentimiento de amor por cada uno de ustedes. ¡Qué maravillosos son! Ruego que el Santo Espíritu me guíe al dirigirme a ustedes.

Antes de entrar en el edificio esta mañana sellamos la piedra de revestimiento de la piedra angular de la estructura, de esta magnífica y nueva estructura.

Preservamos el simbolismo de la piedra angular como recordatorio del Hijo de Dios sobre Cuya vida y misión se estableció esta Iglesia. Él, y sólo él, es la Piedra Angular. Sobre él está edificado un fuerte fundamento de apóstoles y profetas, y encima de esto «todo el edificio, bien coordinado», para formar La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Efesios 2:21).

Tal como le recordé al grupo esta mañana en el lugar de la piedra angular, rogamos que este símbolo sea reconocido como una representación del Redentor del mundo, el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, Cuyo nombre lleva esta Iglesia.

Estoy tan agradecido de que este edificio esté ya terminado. Lo ocupamos para nuestra conferencia de abril y en otra ocasión en junio pasado. Aún no estaba terminado; ahora se ha declarado terminado y cuenta con un permiso permanente de ocupación.

Este año milenario del 2000 ha sido un año extraordinario para la Iglesia. Hemos progresado en todos los aspectos por todo el mundo. Hemos excedido los once millones de miembros. ¡Qué hecho tan significativo!

Yo estaba aquí en 1947, cuando la Iglesia celebró el centenario de la llegada de los pioneros. En ese tiempo, se dedicó el monumento éste es el Lugar. Se llevó a cabo una magnífica celebración en el Tabernáculo que representaba la misión mundial de la Iglesia. El tema particular de todo ello fue que el número de miembros de la Iglesia llegaba ya a un millón. Cerca de la mitad vivían en Utah; actualmente, sólo el 15 por ciento vive en este lugar, y sin embargo, tenemos más miembros que viven aquí como jamás habíamos tenido. El pensar que hoy tenemos once millones de miembros es algo tremendo y maravilloso, que lleva consigo la promesa del futuro.

Nos hemos extendido por todo el mundo, dondequiera se nos permita ir. Hemos enseñado el Evangelio según se ha revelado en ésta, la dispensación del cumplimento de los tiempos. Actualmente vamos a regiones de las que nunca se había oído en 1947. Nuestra obra misional se ha extendido de manera milagrosa.

Creo que he visitado la mayoría de los lugares donde está organizada la Iglesia. He encontrado personas maravillosas en todas partes; son Santos de los Últimos Días en el verdadero sentido de la palabra que se esfuerzan por vivir los mandamientos.

Al reunirme con ellos y hablar con ellos, he aprendido el verdadero significado de las palabras de Pablo: Seguir leyendo

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Día de dedicación

Conferencia General Octubre 2000
Día de dedicación
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

«Como expresión de nuestro amor por el Señor, ¿no podríamos rededicar nuestras vidas y hogares del mismo modo?»

Uno de mis himnos favoritos describe los tiernos sentimientos de mi corazón y de mi alma en este hermoso día de dedicación, y creo que la letra también describirá los de ustedes:

¡En este día de gozo y dicha,
Tu nombre alabamos, Señor;
En este lugar donde adoramos
Declaramos Tu gloria en alta voz!
¡Claro y limpio se eleva el son
Entre cánticos de alabanza
A nuestro Creador, Rey y Señor! 1

El 7 de abril de 1863, Charles C. Rich habló en cuanto a la necesidad de edificar un tabernáculo donde reunirse, y declaró: «¿Qué diré sobre el tabernáculo? Es evidente que podemos disfrutar ya de la bendición de una construcción semejante, mas si lo posponemos, ¿cuándo lo haremos? Cuando se levante ese edificio, podremos disfrutar del beneficio y de las bendiciones que nos dará. Este mismo principio se aplica a todo lo que tenemos entre manos, ya sea construir un templo, edificar un tabernáculo, enviar carromatos a la frontera para recoger a los pobres, o. . . cualquier otra cosa que se requiera de nosotros. Y nada de esto se realizará a menos que trabajemos y hagamos algo nosotros mismos. No tenemos a nadie más de quien depender, así que tenemos la obligación de trabajar y hacerlo bien de nuestra parte» 2.

¡Y pusieron manos a la obra!

Doy gracias a Dios por nuestro noble profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, quien, con la visión de un vidente, reconoció la necesidad de este magnífico edificio y, con la ayuda de muchas otras personas, «puso manos a la obra». El resultado está hoy ante nosotros y será dedicado esta mañana.

Como símbolo de nuestra gratitud, como expresión de nuestro amor por el Señor, ¿no podríamos rededicar nuestras vidas y hogares del mismo modo?

En su epístola a los corintios, el apóstol Pablo incluyó un matiz apostólico sobre el compromiso que tenemos de edificar cuando declaró: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» 3.

La necesidad de la dedicación personal y de la renovación del compromiso son esenciales en la sociedad actual. Echemos un rápido vistazo a varios artículos periodísticos que describen nuestra situación.

Lo siguiente procede de la agencia Associated Press: «En nombre de la libertad de expresión, la Corte Suprema abolió una ley federal que protegía a los niños de los canales de televisión por cable con contenidos sexuales» 4.

El siguiente relato venía en el diario The San Jose Mercury News: «Puede que Alemania sea el motor económico de Europa, pero los domingos se apaga. Las fuerzas del mercado global están comenzando a alterar el tradicional día de descanso alemán. Con. . . el estilo americano [de poder comprar todos los días de la semana] y con Internet ofreciendo un acceso de 24 horas a los bienes del mundo, los rígidos horarios comerciales ‘son como un castillo de la Edad Media’. Para competir con otras ciudades del mundo, Berlín debe ser más agresiva. ‘Queremos hacer más dinero’ » 5.

Al contemplar la desilusión que actualmente embarga a miles de personas, aprendemos por las malas lo que un antiguo profeta escribió para nosotros hace tres mil años: «El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener no sacará fruto» 6.

El reverenciado Abraham Lincoln describió nuestra difícil situación con exactitud: Seguir leyendo

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Divina luz

Conferencia General Octubre 2000
«Divina luz»
Virginia U. Jensen
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Virginia U. Jensen

«La luz de Jesucristo es más fuerte que cualquier clase de obscuridad que enfrentemos en esta vida, si tenemos fe en él, lo buscamos y obedecemos».

Cuando tenía sólo diez años de edad, Joshua Dennis pasó cinco días atrapado en la total obscuridad de una mina abandonada. Cuando los del equipo de rescate por fin escucharon el leve sollozo que pedía ayuda y lo extrajeron de esa terrible obscuridad, estaba desorientado, tenía frío y estaba exhausto. Para gran sorpresa de ellos, no tenía miedo. Josh pasó el tiempo durmiendo, pidiendo auxilio y orando. «Alguien me estaba protegiendo», dijo. «Sabía que me iban a encontrar».

La fe sencilla pero profunda de Joshua había sido fortalecida por padres que le habían enseñado que tenía un Padre Celestial que sabía dónde estaba en todo momento. Le enseñaron que había nacido con la luz de Cristo dentro de él. En verdad, Josh había sido criado en la luz y la verdad (véase D. y C. 93:40), de modo que cuando se encontró acurrucado en una saliente a 600 metros de profundidad en la mina, él había recurrido a esa luz para sostenerlo y consolarlo, y para darle valor y esperanza. Josh experimentó lo que Abinadí enseñó cuando, refiriéndose a Cristo, dijo: «El es la luz y la vida del mundo; sí, una luz que es infinita, que nunca se puede extinguir» (Mosíah 16:9).

Cuán apropiado que el nacimiento del Salvador en Belén estuviese acompañado de manifestaciones milagrosas de luz en el hemisferio occidental. Al tiempo de Su nacimiento «a la puesta del sol, no hubo obscuridad; y el pueblo empezó a asombrarse porque. . . no hubo obscuridad durante toda esa noche» (3 Nefi 1:15, 19). Esa celebración de luz fue un marcado contraste a lo que ocurrió durante Su crucifixión, cuando «hubo densa obscuridad sobre toda la faz de la tierra, de tal manera que los habitantes. . . podían sentir el vapor de tinieblas» (3 Nefi 8:20:23).

Hay toda clase de obscuridad en este mundo: la obscuridad que proviene del pecado; la obscuridad que proviene del desaliento, del desánimo y la desilusión; la obscuridad que proviene de la soledad y de los sentimientos de ineptitud. Del mismo modo que la luz que ardía en el corazón de Josh Dennis fue más fuerte que la obscuridad sofocante que lo rodeaba, la luz de Jesucristo es más fuerte que cualquier clase de obscuridad que enfrentemos en esta vida, si tenemos fe en él, lo buscamos y obedecemos. Porque como lo reveló el profeta José, «si vuestra mira está puesta únicamente en mi gloria [o sea, la gloria del Señor], vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros» (D. y C. 88:67). Seguir leyendo

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Discipulado

Conferencia General Octubre 2000
Discipulado
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry

«Debemos crear. . . procesos continuos e ininterrumpidos que nos acerquen más al Señor nuestro Salvador a fin de ser contados entre Sus discípulos».

Mi madre era muy buena para delegar. Cada sábado por la mañana, cuando mis hermanos, hermanas y yo éramos niños, nos daba la asignación de los quehaceres de la casa. Las instrucciones que nos daba las había aprendido de su madre.

Asegúrense de limpiar muy bien los rincones y a lo largo de los rodapiés. Si van a dejar algo mal, más vale que sea en el centro de la habitación.

Ella sabía muy bien que si nos esmerábamos en los rincones, nunca tendría problemas con lo que se dejara en el centro de la habitación. Lo que queda a la vista jamás se dejaría sin limpiar.

A través de los años, el consejo de mi madre ha tenido enormes aplicaciones en muchas y diferentes formas en mi vida. Es especialmente aplicable a las tareas de limpieza espiritual. Los aspectos públicos de nuestra vida se solucionan por sí solos porque deseamos dar la mejor impresión posible. Pero es en las partes más recónditas donde existen cosas que sólo nosotros sabemos y con las que debemos ser particularmente esmerados para asegurarnos de que estamos limpios.

Uno de esos rincones de nuestra vida que requiere atención especial es el de nuestros pensamientos. Debemos cuidarnos continuamente de esos momentos en que no hacemos nada y dejamos que nuestra mente vague por territorios prohibidos. En Proverbios leemos:

«Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Proverbios 23:7).

Y Judas ha escrito:

«. . .soñadores mancillan la carne. . .» (Judas 1:8).

Ineludiblemente, nuestros pensamientos conforman nuestra vida. James Allen lo expresa de esta forma en su libro Como piensa el hombre:

«Del mismo modo que la planta nace y no podría existir sin la simiente, cada acto del hombre florece de las ocultas semillas del pensamiento y no podría haber nacido de no ser por ellas. Esto se aplica tanto a aquellos actos llamados ‘espontáneos’ o ‘no premeditados’, como a los que realizamos de manera consciente. . .

«. . .En el arsenal del pensamiento forja él las armas que le destruyen; también da forma a las herramientas con las que edifica para sí mansiones celestiales de dicha, fortaleza y paz. . . Entre estos dos extremos se hallan todos los grados del carácter, y el hombre es su propio creador y maestro. . . Es el dueño del pensamiento, el moldeador del carácter y el hacedor y forjador de su condición, entorno y destino» (Allen, James, As a Man Thinketh, 1983, págs. 7:10).

Entonces el señor Allen añadió:

«Dejemos que un hombre altere sus pensamientos de manera radical y se asombrará de la rápida transformación que se efectuará en las condiciones materiales de su vida. Los hombres piensan que pueden mantener sus pensamientos en secreto, pero no es así; éstos cristalizan rápidamente en hábitos, y el hábito se consolida en el carácter» (As a Man Thinketh, págs. 33: 34).

Ciertamente, una de la áreas que debemos esforzarnos por mantener limpia es la de nuestros pensamientos. Lo ideal es mantenerlos centrados en cosas espirituales. Seguir leyendo

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Un testimonio cada vez mayor

Conferencia General Octubre 2000

Un testimonio cada vez mayor

Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

«Al reflexionar en mi vida, distingo una fuente de fortaleza y bendición singulares; es mi testimonio y conocimiento de que Jesús es el Cristo».


Mis amados hermanos, hermanas y amigos, he vivido un largo tiempo. Al reflexionar en mi vida, distingo una fuente de fortaleza y bendición singulares; es mi testimonio y conocimiento de que Jesús es el Cristo, el Salvador y el Redentor de todo el género humano. Me siento profundamente agradecido por que toda mi vida he tenido una fe sencilla en que Jesús es el Cristo. Ese testimonio me ha sido confirmado cientos de veces. Es el conocimiento supremo de mi alma. Es la luz espiritual de mi ser. Es la piedra angular de mi vida.

Como uno de los hermanos más pequeños entre ustedes, pero en mi llamamiento de apóstol del Señor, testifico del Cristo que es nuestro Salvador y el Redentor del mundo. Puesto que este testimonio ha sido forjado con toda una vida de experiencias, estimo necesario relatar algunas de ellas que son de naturaleza muy personal. Pero este testimonio es mío y entiendo que el Salvador sabe que yo sé que él vive.

La primera piedra angular de mi testimonio se estableció hace mucho tiempo. Uno de mis recuerdos más remotos es el haber tenido una aterradora pesadilla cuando era muy pequeño. Todavía la recuerdo vívidamente. Debo de haber gritado de miedo durante la noche. Mi abuela fue a despertarme. Yo lloraba y ella me tomó entre sus brazos, me abrazó y me consoló. Fue a buscar un tazón de mi arroz con leche predilecto que había quedado de la cena, yo me senté en su falda y ella me lo dio a comer en la boca. Me dijo que estábamos seguros en casa porque Jesús velaba por nosotros. Percibí en ese entonces que así era en realidad y todavía lo creo. Me sentí reconfortado en cuerpo y alma, y volví apaciblemente a acostarme, seguro de la divina realidad de que Jesús vela por nosotros.

Aquella primera y memorable experiencia condujo a otras poderosas confirmaciones de que Dios vive y de que Jesús es nuestro Señor y Salvador. Muchas de ellas vinieron en respuesta a la oración ferviente. De niño, cuando perdía cosas como mi valiosísima navaja, aprendí que si oraba con fervor por lo general podía encontrarlas. Y siempre pude hallar las vacas perdidas que se habían confiado a mi cuidado. A veces, tenía que orar más de una vez, pero mis oraciones siempre eran contestadas. En ocasiones la respuesta era no, pero más a menudo eran positivas y de confirmación. Aun cuando la respuesta era no, llegué a saber que, en la gran sabiduría del Señor, la respuesta que recibía era para mi beneficio. Mi fe siguió creciendo como bloques que se van colocando sobre la piedra angular, línea por línea, precepto por precepto. Son demasiados como para mencionarlos uno por uno; algunos son demasiado sagrados para exponerlos.

Esas primeras semillas de fe retoñaron aún más cuando, siendo yo un muchachito del Sacerdocio Aarónico, recibí una confirmación de fuente original del notable testimonio de los tres testigos referente a la veracidad del Libro de Mormón. El presidente de mi estaca era el presidente Henry D. Moyle, y su padre era James H. Moyle. En el verano, el hermano James H. Moyle visitaba a su familia y asistía a nuestro pequeño barrio del sureste del Valle del Lago Salado.

Un domingo, el hermano James H. Moyle nos contó un hecho excepcional. De joven había ido a la Universidad de Michigan a estudiar derecho. Cuando estaba para terminar sus estudios, su padre le dijo que David Whitmer, uno de los testigos del Libro de Mormón, todavía vivía. El padre sugirió al hijo que en el camino de regreso a Salt Lake City pasara a visitar a David Whitmer. El objetivo del hermano Moyle era preguntarle acerca de su testimonio con respecto a las planchas de oro del Libro de Mormón. Seguir leyendo

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Y se multiplicará la paz de tus hijos

Conferencia General Octubre 2000

«Y se multiplicará la paz de tus hijos»

Presidente Gordon B. Hinckley

«En lo que toca a su felicidad, en lo que toca a las cosas que les hacen sentirse orgullosos o ponerse tristes, nada, repito que nada, surtirá en ustedes un efecto tan profundo como la forma en que resulten ser sus hijos».


Los jóvenes han recibido aquí, esta noche, consejos excelentes. Confío en que hayan escuchado bien y que influyan en sus vidas para bien.

He resuelto hablar a los padres de familia. Ustedes ya saben de qué voy a hablar. Sus esposas les habrán recordado que éste sería el tema que trataría en esta ocasión, puesto que se los dije en la conferencia de la Sociedad de Socorro hace dos semanas. Les diré a ustedes algunas de las mismas cosas que les dije a ellas. Les recuerdo que la repetición es una de las leyes del aprendizaje.

Éste es un asunto que tomo con gran seriedad. Es un asunto que me preocupa hondamente. Espero que no lo tomen con ligereza. Se relaciona con lo más valioso que tienen. En lo que toca a su felicidad, en lo que toca a las cosas que les hacen sentirse orgullosos o ponerse tristes, nada, repito que nada, surtirá en ustedes un efecto tan profundo como la forma en que resulten ser sus hijos.

O se alegrarán y se regocijarán por los logros de ellos o llorarán, con la cabeza entre las manos, desconsolados y deshechos de dolor si les llenan de desilusión y de vergüenza. Muchos de ustedes se encuentran en esta reunión con sus hijos, por lo que los felicito de corazón. También los felicito a ellos. Los unos y los otros están en la mejor compañía. Me siento muy orgulloso de muchísimos de nuestros jóvenes: muchachos y niñas. Son inteligentes. Tienen autodisciplina. Saben sopesar las consecuencias de los actos. Tienen la cabeza bien puesta. Esta noche se encuentran en el lugar en el que deben estar. Algunos forman parte de este coro; otros se encuentran entre congregaciones por todo el mundo; otros están en el campo misional; otros prosiguen estudios con gran esfuerzo, dejando a un lado placeres presentes con la mira de oportunidades futuras. Les admiro. Les amo. Y ustedes sienten lo mismo. Son nuestros hijos y nuestras hijas.

Espero, ruego, suplico que ellos continúen en el camino por el que ahora van.

Pero, es triste decirlo, sé que hay algunos jóvenes y algunas jóvenes que han caído y están cayendo en el pantano de la inmoralidad, de las drogas, de la pornografía y del fracaso. Espero que sean una minoría entre sus compañeros, pero la pérdida de tan sólo uno de ellos es demasiado.

Padres, ustedes y las madres de esos jóvenes tienen una responsabilidad de la que no pueden librarse. Ustedes son los padres de sus hijos. La estructura genética de ustedes está grabada para siempre en los códigos genéticos de ellos.

Podrán negar que son de ustedes; podrán abandonarlos; pero nunca podrán arrancarlos de su mente. Ustedes son sus padres y no pueden desprenderse de las consecuencias de ese hecho.

Mientras estamos en esta reunión, algunos de ellos –soy consciente de ello– andan dando vueltas por la ciudad en sus vehículos. Ellos o sus amigos tienen coche para conducir. En muchos casos, sus padres se los han comprado, les han entregado las llaves y les han dicho que se diviertan.

Ellos quieren hacer algo emocionante y consideran que no satisfacen ese deseo con entretenimientos sanos. Andan dando tumbos, buscando hacer algo que les haga sentirse machos.

Un amigo policía me contó hace poco de dos muchachos que llevó en el asiento de atrás del coche de policía, con esposas en las muñecas. Habían comenzado inocentemente la noche. Cuatro de ellos en un automóvil salieron a buscar camorra y la encontraron. Se metieron en una pelea, llegó la policía; los muchachos fueron detenidos y esposados.

Esos eran jóvenes buenos; no eran del tipo de los que van periódicamente a la cárcel. La madre de uno de ellos le había dicho antes de que saliera él de casa: «Cosas malas ocurren después de las once de la noche».

Él chico aprendió rápidamente el significado de esas palabras. Se sentía abochornado, avergonzado de enfrentar a su madre.

Conté a la Sociedad de Socorro de las fiestas secretas y clandestinas de drogas a las que dan el nombre de «Rave». Allí, con luces relampagueantes y música estruendosa, si se la puede llamar así, jóvenes de ambos sexos bailan. Venden y compran drogas. A las drogas las llaman éxtasis, las cuales son derivados de metanfetaminas. Los que bailan llevan chupetes (o chupones) de niño debido a que las drogas les hacen rechinar los dientes. La música febril y el baile voluptuoso siguen hasta las siete y treinta de la mañana del domingo. ¿Adónde lleva todo eso? A ninguna parte. Es un callejón sin salida.

Ahora han adoptado otra práctica en la búsqueda de algo nuevo, diferente y más peligroso. Intentan estrangularse unos a otros. Los muchachos les oprimen el cuello a las chicas hasta que éstas pierden el conocimiento. El otro día, en una de las escuelas locales, a una chica que tiene un problema de salud le apretaron el cuello hasta que perdió el sentido. Sólo la pronta atención médica le salvó la vida. Seguir leyendo

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El llamamiento a servir

Conferencia General Octubre 2000
El llamamiento a servir
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

«Venero el sacerdocio del Dios Todopoderoso; he sido testigo de su poder; he visto su fortaleza; me he maravillado ante los milagros que ha efectuado».

¡Qué gran privilegio es para mí estar ante ustedes esta noche en este magnífico Centro de Conferencias y en congregaciones a través del mundo! ¡Qué imponente grupo del sacerdocio!

Para mi tema, acudo a las palabras del profeta José Smith que se encuentran en la sección 107 de Doctrina y Convenios. Se aplican a todos nosotros, ya seamos poseedores del Sacerdocio Aarónico o de Melquisedec: «Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado» 1.

El presidente Wilford Woodruff declaró: «Todas las organizaciones del sacerdocio tienen poder. El diácono tiene poder por medio del sacerdocio que posee; igual el maestro. Tienen el poder de ir ante el Señor a fin de que se escuchen y contesten sus oraciones, al igual que lo tiene el profeta, el vidente y el revelador. . . Es por medio de este sacerdocio que a los hombres se les confieren ordenanzas, se les perdonan sus pecados y se les redime. Para ese propósito se nos ha revelado y sellado sobre nuestra cabeza» 2.

A aquellos que poseen el Sacerdocio Aarónico se les deben dar oportunidades de magnificar sus llamamientos en dicho sacerdocio.

Por ejemplo, cuando me ordenaron diácono, el obispo hizo hincapié en la sagrada responsabilidad que teníamos de repartir la Santa Cena. Puso énfasis en la vestimenta apropiada, el comportamiento decoroso y la importancia de estar limpios «por dentro y por fuera».

Al enseñársenos el procedimiento para repartir la Santa Cena, se nos dijo que estaríamos ayudando a todos los miembros a renovar su convenio bautismal, con las responsabilidades y bendiciones que lo acompañan. Se nos dijo cómo debíamos ayudar a un hermano en particular, el hermano Louis, que padecía de parálisis, para que tuviera la oportunidad de tomar los emblemas sagrados.

¡Cómo recuerdo cuando se me asignó repartir la Santa Cena en la sección donde se sentaba Louis! Vacilé al aproximarme a ese maravilloso hermano y entonces vi su sonrisa y la ansiosa expresión de gratitud que demostraban su deseo de participar. Mantuve la bandeja en la mano izquierda y tomé un trozo de pan y se lo puse en sus labios abiertos. Más tarde le serví el agua de la misma forma. Sentí que estaba sobre terreno sagrado; y lo estaba. El privilegio de dar la Santa Cena a Louis hizo que todos nosotros fuéramos diáconos mejores.

Nobles líderes de los hombres jóvenes, ustedes se encuentran en la encrucijada de la vida de aquellos a quienes enseñan. En una pared de la institución Stanford University Memorial Church está inscrita esta verdad: «Debemos enseñar a nuestra juventud que todo lo que no sea eterno es demasiado breve, y todo lo que no sea infinito es demasiado pequeño» 3.

El presidente Hinckley recalcó nuestras responsabilidades cuando declaró: «En esta obra tiene que haber dedicación; debe haber devoción. Estamos embarcados en la gran y eterna contienda que tiene que ver con las almas mismas de los hijos de Dios. No vamos perdiendo. Por el contrario, vamos ganando. Seguiremos ganando si somos fieles y leales. . . No hay nada que el Señor nos haya pedido que con fe no podamos cumplir» 4.

Hermanos, ¿se ha dado la asignación de ser maestro orientador a todo maestro ordenado? ¡Qué oportunidad para prepararse para la misión! ¡Qué privilegio de aprender la disciplina del deber! Si se le asigna a un joven la responsabilidad de velar por otras personas, el dejará automáticamente de preocuparse sólo de sí mismo.

¿Y qué sucede con los presbíteros? Estos jóvenes tienen la oportunidad de bendecir la Santa Cena, de continuar con sus deberes de la orientación familiar y de participar en la sagrada ordenanza del bautismo.

Podemos fortalecernos los unos a los otros; tenemos la capacidad de prestar atención a aquellos que se hayan quedado en el olvido. Cuando tenemos ojos que ven, oídos que escuchan y corazones que comprenden y sienten, podemos tender una mano y rescatar a aquellos por quienes seamos responsables.

De Proverbios viene el consejo: «Examina la senda de tus pies» 5.

Venero el sacerdocio del Dios Todopoderoso; he sido testigo de su poder; he visto su fortaleza; me he maravillado ante los milagros que ha efectuado. Seguir leyendo

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El enemigo interior

Conferencia General Octubre 2000
El enemigo interior
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

«Todos nosotros debemos capacitarnos para ser hombres audaces, disciplinados y leales del sacerdocio y estar preparados con las armas correctas para luchar contra el mal y ganar».

Amados hermanos del sacerdocio, expreso mi amor y mi aprecio por cada uno de ustedes. Estamos agradecidos por todo lo que hacen por impulsar esta santa obra en todo el mundo. Me siento humilde y honrado de asociarme con ustedes.

Aun antes del inicio del mundo, comenzó una gran guerra en el cielo entre las fuerzas del bien y del mal 1 . Esa guerra continúa con más furia en la actualidad. Satanás sigue como capitán de las huestes del mal. Sigue tentándonos tal como tentó a Moisés, diciendo: «. . .hijo de hombre, adórame» 2. Como poseedores del sacerdocio, estamos organizados como un gran ejército de rectitud para combatir las fuerzas de Lucifer. Todos nosotros debemos capacitarnos para ser hombres audaces, disciplinados y leales del sacerdocio y estar preparados con las armas correctas para luchar contra el mal y ganar. Pablo dijo que esas armas son «la coraza de la justicia», «el escudo de la fe», «el yelmo de la salvación», y «la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» 3.

Esta noche me gustaría hablarles de la batalla que cada uno de nosotros tiene que librar en su interior. El presidente Joseph F. Smith nos enseñó: «Nuestro primer enemigo está dentro de nosotros mismos. Conviene vencer a ese enemigo primero y sujetarnos a la voluntad del Padre y a una obediencia estricta de los principios de vida y salvación que él ha dado al mundo para la salvación de los hombres» 4. En palabras sencillas, eso significa que debemos fortalecer el bien que llevamos dentro y vencer las tentaciones de Satanás. La brújula orientadora es precisa. Alma nos dice: «. . .todo lo que es bueno viene de Dios; y todo lo que es malo, del diablo procede» 5.

Robert Louis Stevenson escribió acerca de esa lucha constante entre el bien y el mal en la novela clásica acerca del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde. La historia relata que al principio, «el Dr. Jekyll es un médico londinense sumamente respetado, un hombre bueno y bondadoso que en su juventud demostró una inclinación hacia el mal pero logró suprimirla. Interesado en las drogas, ahora, por casualidad, el doctor encuentra una que le permite cambiar su forma exterior a la de un enano repulsivo, la encarnación misma de la maldad, al que llama Sr. Hyde. Una dosis similar le permite regresar a la forma y a la personalidad del doctor benevolente. El doctor se convierte muchas veces en el Sr. Hyde, dando así más y más poder a ese aspecto de su naturaleza. Cada vez es más difícil para el Dr. Jekyll recuperar su entidad virtuosa, y en ocasiones también se convierte en el Sr. Hyde sin usar la droga» 6 . En su carácter del Sr. Hyde comete asesinato y, cuando la droga deja de surtir efecto y ya no puede volver a ser el bondadoso Dr. Jekyll, se descubre la verdad y el Sr. Hyde se quita la vida. El mal uso de las drogas destruyó su vida y eso puede suceder en la vida real.

Ahora, la clave para nunca convertirse en un Sr. Hyde malvado e inicuo es tomar la decisión de no ceder ante las tentaciones destructivas. Nunca, nunca experimenten con ninguna substancia adictiva. Nunca usen el tabaco en ninguna de sus formas ni tomen ninguna otra substancia esclavizante. Manténganse alejados del licor embriagador. Las adicciones acarrean consecuencias trágicas que son difíciles de superar.

Recibimos bendiciones cuando nos mantenemos firmes en nuestros principios. Cuando yo era presidente de la Estaca Cottonwood, el Dr. Creed Haymond era uno de los patriarcas. En ocasiones él daba un fuerte testimonio de la Palabra de Sabiduría. De joven había sido capitán del equipo de atletismo de la Universidad de Pensilvania. En 1919, el hermano Haymond y su equipo fueron invitados a participar en la competencia anual de atletismo de la Asociación Intercolegial. La noche antes de la competencia, el entrenador, Lawson Robertson, que fue entrenador de varios equipos olímpicos, dijo a los miembros del equipo que tomaran un poco de vino. En aquella época, los entrenadores erróneamente creían que el vino daba vigor a los músculos endurecidos por un riguroso entrenamiento. Los demás miembros del equipo tomaron el vino, pero el hermano Haymond rehusó porque sus padres le habían enseñado la Palabra de Sabiduría. El hermano Haymond se puso muy nervioso porque no le gustaba desobedecer al entrenador. Tenía que competir contra los hombres más veloces del mundo. ¿Qué pasaría si no corría bien al día siguiente? ¿Cómo podría enfrentar a su entrenador?

Al día siguiente, en la competencia, el resto de los miembros de su equipo estaban muy enfermos y no corrieron bien. Algunos estaban tan enfermos que ni siquiera compitieron. Sin embargo, el hermano Haymond se sentía bien y corrió en las carreras de los 100 y 200 metros planos. Su entrenador le dijo: «Acabas de correr los 200 metros planos en menos tiempo que cualquier otro ser humano». Esa noche y el resto de su vida, Creed Haymond estuvo agradecido por la fe sencilla que le ayudó a guardar la Palabra de Sabiduría 7.

Durante el servicio militar que presté en la Segunda Guerra Mundial, me relacioné con algunos jóvenes muy prometedores. Pero poco a poco vi que algunos de ellos dejaron atrás las cualidades decentes y temerosas de Dios de un Dr. Jekyll para rebajarse a ser un Sr. Hyde. Para algunos, el cambio se inició cuando bebieron café porque el agua no era potable y las pastillas descontaminadoras tenían un sabor desagradable. Después, el haber tomado café llevó a algunos a tomar de vez en cuando algo de cerveza. A todos los soldados que servían en el extranjero se les daba una ración de cigarrillos y de vez en cuando una botella de whisky, los cuales tenían un valor considerable.

En una ocasión, el presidente George Albert Smith dio el siguiente consejo: «Si [cruzan] la línea al lado que pertenece al diablo, aun cuando no sea más que dos o tres centímetros, [estarán] bajo el dominio del tentador, y si éste logra el éxito, no [podrán] pensar ni razonar debidamente, porque [habrán] perdido el Espíritu del Señor» 8 . Algunos soldados permanecieron del lado seguro de la línea y nunca experimentaron con esas substancias adictivas ni las distribuyeron, aunque se les regalaban. Pero otros probaban los cigarrillos o el alcohol para distraerse de los desafíos de la guerra. Unos cuantos incluso fueron inmorales, creyendo que las tensiones de la guerra justificaban el que rebajaran sus normas y permitieran que tomara precedencia el Sr. Hyde de su personalidad. Seguir leyendo

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El morral de caza de Satanás

Conferencia General Octubre 2000
El morral de caza de Satanás
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

Richard C. Edgley

«¿Escucharemos a ‘Satanás, el autor de todas las mentiras’. . .? ¿O vamos a creer a un amoroso Padre Celestial, que es la fuente de toda verdad y felicidad. . .?»

Cuando era joven, tras haber finalizado mi primer año de universidad y con necesidad de ganar algún dinero para cumplir una deseada misión, pasé un verano trabajando en el nuevo Hotel de Jackson Lake, en Jackson Hole, Wyoming. Los jóvenes universitarios iban de todas partes de los Estados Unidos para experimentar la emoción y el reto de trabajar juntos en una zona tan natural y hermosa.

Una de estas personas era Jill, una joven de San Francisco, California. Con la impresión de que una joven procedente de una gran ciudad podía ser un tanto ingenua en este nuevo entorno, yo y unos amigos sentimos que teníamos la obligación de enseñarle en cuanto a los modos del verdadero Oeste, así que decidimos llevarla a la «caza del sarapín». Para aquellos de ustedes que no estén familiarizados con la caza del sarapín, les diré que no es más que una broma, pues no hay tal cosa como un sarapín, al menos en el oeste de los Estados Unidos. El supuesto sarapín es una criatura ficticia, y su caza no es más que un engaño sin malicia. Las herramientas necesarias para la caza del sarapín son una vara y un morral. El «cazador» camina por entre los arbustos, dándoles golpes con la vara mientras lanza alaridos con una voz estruendosa, y los ficticios sarapines entran de este modo en el morral.

Le entregamos a Jill el morral y la vara y le señalamos la zona de cacería, al otro lado del cerro. El plan consistía en regresar al punto de partida en unos quince minutos para, supuestamente, contar los sarapines.

Como ella no regresó a la hora señalada, todos nos congratulamos y estábamos muy contentos por la seriedad con que se había tomado la cacería. Después de media hora, sentimos que ya era tiempo de rescatarla, explicarle la broma, reírnos e irnos a cenar. Sin embargo, se hizo evidente que Jill se había tomado la cacería de sarapines mucho más en serio de lo que habíamos esperado, ya que no la encontramos en la zona que le habíamos indicado. Tras buscar de manera insistente sin hallar ni rastro de ella, comenzamos a adentrarnos en el bosque, llamándola en voz alta, pero con idéntico resultado. Seguir leyendo

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Profetas, videntes y reveladores vivientes

Conferencia General Octubre 2000
Profetas, videntes y reveladores vivientes
Élder Dennis B. Neuenschwander
De la Presidencia de los Setenta

Dennis B. Neuenschwander

«Existe un abismo cada vez más grande entre las normas del mundo y las del Evangelio y el reino de Dios, y. . . los profetas vivientes siempre enseñarán las normas de Dios».

Hermanos, esta noche quisiera contarles una experiencia que tiene un gran significado para mí. Durante la sesión del domingo por la tarde de la Conferencia General del 6 de abril de 1986, tuvo lugar una Asamblea Solemne, cuyo propósito era sostener a Ezra Taft Benson como profeta, vidente y revelador, y decimotercer Presidente de la Iglesia. Se invitó a todos los miembros a tomar parte, ya fuese que estuviesen presentes en el Tabernáculo o participaran por medio de la radio o la televisión. Como familia, aceptamos la invitación de tomar parte en nuestra casa y, con la excepción de un hijo que estaba sirviendo en el campo misional, todos nos encontrábamos allí: un sumo sacerdote, un presbítero, un diácono, un hijo de once años y mi esposa, LeAnn. De acuerdo con las indicaciones y por turno, cada uno de los que poseíamos el sacerdocio nos pusimos de pie y después lo hizo el resto de la familia, y todos juntos sostuvimos al presidente Benson.

¿Por qué llama el Señor a profetas, videntes y reveladores? Y, ¿cómo los sostenemos?

La responsabilidad fundamental de los profetas, videntes y reveladores, todos los cuales poseen autoridad apostólica, es testificar con convencimiento del nombre de Cristo en todo el mundo. Ese llamamiento básico de ser testigos especiales de Su nombre ha permanecido invariable siempre que ha habido Apóstoles sobre la tierra. Ese testimonio, que se recibe del Espíritu Santo por medio de la revelación, fue el núcleo de la Iglesia del Nuevo Testamento y es el punto central de la Iglesia en la actualidad. El día de Pentecostés, Pedro dio un claro testimonio de que a Jesús de Nazaret lo habían prendido, matado y crucificado y de que había sido levantado, «sueltos los dolores de la muerte»; de todo eso habían sido testigos los Apóstoles 1. Tan potente fue ese testimonio de Jesucristo que dio aquel Apóstol viviente, que se efectuó un cambio en el corazón y cerca de tres mil personas se bautizaron para la remisión de sus pecados. Leemos que esos nuevos conversos perseveraron «en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» 2. Este relato del libro de Hechos brinda un profundo significado espiritual a las palabras que Pablo escribió más adelante a los efesios, de que quienes abracen el Evangelio formarán parte de la familia de Dios «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» 3.

En esta dispensación de la restauración, el profeta José Smith enseñó: «Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fue sepultado, se levantó el tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencias de esto» 4.

Con el fin de observar esa responsabilidad divina que se mandó, de testificar con convencimiento del nombre de Cristo en todo el mundo, los Apóstoles vivientes de nuestra época han dado su testimonio. En la proclamación: «El Cristo Viviente», ellos declaran la restauración de Su sacerdocio y de Su Iglesia, testifican de Su Segunda Venida y dan «testimonio, en calidad de Sus apóstoles debidamente ordenados, de que Jesús es el Cristo Viviente, el inmortal Hijo de Dios» 5.

Tanto los Apóstoles de la antigüedad como los de la actualidad testifican del nombre de Jesucristo porque «. . .no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hijos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Señor Omnipotente. . .» 6. Seguir leyendo

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Santificaos

Conferencia General Octubre 2000

«Santificaos»

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

«El llamado en todos los tiempos –y especialmente en nuestros días– es el llamado de Josué: ‘Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros’ «.


Hermanos, amo el Sacerdocio de Dios y es un gran honor para mí contarme entre aquellos de ustedes que lo poseen. Mi mensaje de esta noche es para todos nosotros, cualquiera sea la edad o los años de servicio, sin embargo, deseo dirigirme con particular énfasis a los diáconos, maestros y presbíteros en el Sacerdocio Aarónico y a los jóvenes y recién ordenados élderes en el Sacerdocio de Melquisedec, ustedes, los de la creciente generación, quienes deben estar listos para ejercer su sacerdocio, a veces en momentos y de maneras que no se imaginan.

En ese espíritu, el llamado que les hago esta noche es semejante al que Josué hizo a una antigua generación de poseedores del sacerdocio, de jóvenes así como los que no eran tan jóvenes, que tenían que llevar a cabo un milagro en sus días. Josué dijo a aquellos que tendrían que llevar a cabo la tarea más formidable del antiguo Israel, o sea, la de volver a tomar y poseer su antigua tierra de promisión: «Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros» 1.

Permítanme contarles un relato que deja ver cuán prontos e inesperados pueden ser esos mañanas, y en algunos casos, cuán poco tiempo tienen para hacer preparativos apresurados y tardíos.

En la tarde del miércoles 30 de septiembre de 1998, la semana pasada se cumplieron dos años de ese acontecimiento, un equipo de fútbol americano de jovencitos, en Inkom, Idaho, se encontraba en el campo para su práctica semanal acostumbrada. Habían terminado sus ejercicios de calentamiento y empezaban a practicar algunas jugadas. Se avecinaron nubes negras, como suele suceder en el otoño, y empezó a lloviznar, pero eso no pareció importarle a un grupo de muchachos a quienes les encantaba jugar fútbol.

De pronto, sin saber de dónde vino, el estallido ensordecedor de un trueno irrumpió por el aire, al mismo tiempo que el destello de un relámpago iluminaba y, literalmente, electrizaba todo el entorno.

En ese instante, un joven amigo mío, A. J. Edwards, diácono del Barrio Port Neff, de la Estaca McCammon, Idaho, estaba a punto de recibir el balón que por seguro resultaría en un tanto durante esa práctica donde los miembros del equipo jugaban unos contra otros. Pero el rayo que había iluminado tierra y cielo alcanzó al joven A. J. Edwards desde la punta de su casco de fútbol hasta las suelas de los zapatos.

El impacto del golpe dejó pasmados a todos los jugadores, tumbando a algunos al suelo, dejando a uno de ellos ciego por unos momentos y a casi todos los demás aturdidos y azorados. Por instinto empezaron a correr hacia el pabellón de cemento adjunto al parque. Algunos de los muchachos empezaron a llorar; muchos de ellos se arrodillaron y empezaron a orar. Durante todo ese tiempo, A. J. Edwards seguía inmóvil en el campo.

El hermano David Johnson, del Barrio Rapid Creek, Estaca McCammon, Idaho, corrió al lado del jugador. A gritos le dijo a Rex Shaffer, que era el entrenador y miembro de su barrio: «¡No tiene pulso. Tiene un paro cardíaco!». Esos dos hombres, que milagrosamente tenían entrenamiento como técnicos médicos de emergencia, empezaron a aplicarle resucitación cardiopulmonar, un esfuerzo vida contra muerte.

Mientras los hombres hacían sus labores, a A. J. le sostenía la cabeza el joven entrenador ayudante de 18 años de edad, Bryce Reynolds, miembro del Barrio Mountain View, Estaca McCammon, Idaho. Al observar al hermano Johnson y al hermano Shaffer aplicarle resucitación al muchacho, tuvo una fuerte impresión. Yo tengo la certeza de que fue una revelación de los cielos en todo el sentido de la palabra. Él recordó una bendición del sacerdocio que el obispo le había dado a su abuelo en una ocasión tras un accidente igualmente trágico y amenazador ocurrido años antes. Ahora, al sostener a ese joven diácono en sus brazos, se dio cuenta de que por primera vez en su vida tenía que ejercer de la misma manera el Sacerdocio de Melquisedec que recientemente le había sido conferido. Estando a punto de cumplir los diecinueve años y de recibir el inminente llamamiento a servir en una misión, el joven Bryce Reynolds había sido ordenado élder hacía sólo 39 días.

Ya sea que haya pronunciado las palabras de manera audible o que las haya murmurado, el Élder Reynolds dijo: «A. J. Edwards, en el nombre del Señor Jesucristo y por el poder y la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec que poseo, te bendigo para que estés bien. En el nombre de Jesucristo. Amén». Al momento que Bryce Reynolds finalizó esa breve pero ferviente oración ofrecida en el lenguaje de un joven de dieciocho años, A. J. Edwards empezó a respirar nuevamente.

La familia Edwards podrá contarnos en otra ocasión sobre las continuas oraciones, milagros y bendiciones adicionales del sacerdocio relacionadas con toda esa experiencia –incluso un viaje por ambulancia a alta velocidad hasta Pocatello, seguido de un vuelo, sin mucha esperanza, hasta el centro para quemados de la Universidad de Utah. Pero por ahora basta decir que el sumamente sano y robusto A. J. Edwards se encuentra aquí esta noche, junto con su padre, como mis invitados especiales. Recientemente también hablé por teléfono con el Élder Bryce Reynolds que ha estado sirviendo fielmente en la Misión Texas Dallas durante los últimos diecisiete meses. Amo a estos dos maravillosos jovencitos. Seguir leyendo

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Los artificios y las tentaciones del mundo

Conferencia General Octubre 2000
Los artificios y las tentaciones del mundo
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

«Muchas personas que se dejan preocupar por las cosas del mundo no se encuentran precisamente en transgresión, pero están ciertamente desviadas y de ese modo ‘malgasta[n] los días de [su] probación'» (2 Nefi 9:27).

Para los verdaderos creyentes, los artificios y las tentaciones del mundo –incluso sus placeres, poder, halagos, riquezas y distinción– siempre han existido (Alma 46:15). En nuestra época, sin embargo, muchos sistemas de apoyo que fueron una vez de utilidad están torcidos o estropeados; más aún, las cosas malas del mundo se promueven por medio de una tecnología que todo lo penetra, así como por una andanada de los medios de comunicación con el potencial de alcanzar casi todo hogar y poblado. Y todo esto sucede cuando hay muchas personas que se han alejado de lo espiritual, diciendo: «. . .soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad. . .» (Apocalipsis 3:17).

En contraste, los incentivos del discipulado son tales, que si vemos acercarse una limusina, tenemos la certeza de que no viene por nosotros. El plan de Dios no es el plan de placer, es el «plan de felicidad».

Los artificios y las tentaciones del mundo son fuertes. Los estilos de vida mundanos se respaldan astutamente en la justificación de que «todos lo hacen», fomentando así una mayoría o dando la apariencia de ella. La hábil propaganda dirigida a determinados grupos promueve productos y crea actitudes.

Pedro dijo que «el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció» (2 Pedro 2:19). Hermanos y hermanas, ¡hay tantas de esas esclavitudes particulares!

Los que se burlan tienen esta actitud indiferente que Pedro profetizó diciendo: «¿Dónde está la promesa [del] advenimiento [de Cristo]? Porque. . . todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación» (2 Pedro 3:4). Tal cinismo hace que se confunda a las sucesivas generaciones que han pasado por el escenario terrenal con la falta de un Director o de una trama.

Como un pez en una pecera, a algunos no les importa quién les cambie el agua y quién les dé de comer (Jacob 4:13:14). Son como un niño de jardín de infantes que mientras espera a su padre, un poco atrasado para buscarlo, dijera solamente: «El hombre está solo en el universo».

Por otra parte, es cierto que hay quienes desean sinceramente obtener más poder a fin de hacer el bien, pero sólo unas pocas personas son lo bastante buenas para ser poderosas. Pero el ambicionar poder y fama priva del oxígeno espiritual a algunos haciendo que pierdan toda sensibilidad (Efesios 4:19; 1 Nefi 17:45; Moroni 9:20). Singularmente, aunque insensibilizados, hay quienes todavía son capaces de escuchar el sonido de una cámara de televisión a cien metros de distancia. La confusa agitación de las envidiadas posiciones de poder terrenales nos recuerda el juego de las sillas y la música.

En realidad, el discipulado puede alejarnos de los honores del mundo. Como dijo Balac a Balaam, «yo te dije que te honraría, mas he aquí que Jehová te ha privado de honra» (Números 24:11). Las pinturas de la celebridad se borronean con gran facilidad, de todos modos. Nos aflige contemplar a aquellos que tuvieron una vez los halagos del mundo, como Judas, y luego ven que se aprovechan de ellos, los desprecian y los desechan (D. y C. 121:20). No obstante, si algunos de ellos están listos, es preciso que hasta les levantemos sus manos caídas (Hebreos 12:12; D. y C. 81:5).

Aun cuando reconocemos el beneficio de las alabanzas merecidas, no debemos olvidar las palabras de Jesús sobre los que reciben honores terrenales: «. . .ya tienen su recompensa» (Mateo 6:2, 5).

Hermanos y hermanas, hay una razón fundamental para todo lo que es efímero: los que confieren las cosas transitorias del mundo están, ellos mismos, en tránsito; ¡no pueden conferir lo que es duradero porque no lo poseen! Algunos, percibiéndolo pero viendo tan poco, quieren tenerlo todo ahora.

Las lamentables situaciones mencionadas nos conducen a varias sugerencias específicas: Seguir leyendo

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El desafío de lo que debemos llegar a ser

Conferencia General Octubre 2000
El desafío de lo que debemos llegar a ser
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

«A diferencia de las instituciones del mundo, que nos enseñan a saber algo, el Evangelio de Jesucristo nos desafía a llegar a ser algo».

El apóstol Pablo enseñó que se nos han dado las enseñanzas y los maestros del Señor para que todos podamos alcanzar «la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:13). Ese proceso implica más que la adquisición de conocimiento. No es siquiera suficiente para nosotros estar convencidos de la veracidad del Evangelio; debemos actuar y pensar a fin de ser convertidos por medio de él. A diferencia de las instituciones del mundo, que nos enseñan a saber algo, el Evangelio de Jesucristo nos desafía a llegar a ser algo.

Muchos pasajes de la Biblia y de las Escrituras modernas hablan de un juicio final en el que todas las personas serán recompensadas según sus hechos u obras y los deseos de sus corazones. Pero otros pasajes se extienden sobre el tema aludiendo a que seremos juzgados según la condición que hayamos logrado.

El profeta Nefi describe el juicio final en términos de lo que hemos llegado a ser: «Y si sus obras han sido inmundicia, por fuerza ellos son inmundos; y si son inmundos, por fuerza ellos no pueden morar en el reino de Dios» (1 Nefi 15:33, cursiva agregada). Moroni declara: «El que es impuro continuará siendo impuro; y el que es justo continuará siendo justo» (Mormón 9:14, cursiva agregada; véase también Apocalipsis 22:11:12, 2 Nefi. 9:16; D. y C. 88:35). Lo mismo ocurriría con «egoísta», o «desobediente» o cualquier atributo personal contrario a los requisitos de Dios. Refiriéndose al «estado» de los malvados en el juicio final, Alma explica que si somos condenados debido a nuestras palabras, nuestras obras y nuestros pensamientos, «no nos hallaremos sin mancha. . . Y en esta terrible condición no nos atreveremos a mirar a nuestro Dios» (Alma 12:14).

De tales enseñanzas concluimos que el juicio final no es simplemente una evaluación de la suma total de las obras buenas y malas, o sea, lo que hemos hecho. Es un reconocimiento del efecto final que tienen nuestros hechos y pensamientos, o sea, lo que hemos llegado a ser. No es suficiente que cualquiera tan sólo actúe mecánicamente. Los mandamientos, las ordenanzas y los convenios del Evangelio no son una lista de depósitos que tenemos que hacer en alguna cuenta celestial. El Evangelio de Jesucristo es un plan que nos muestra cómo llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguemos a ser.

Una parábola ilustra ese concepto. Un padre rico sabía que si le heredaba sus riquezas a un hijo, que aún no había adquirido la sabiduría y la madurez necesarias probablemente derrocharía la herencia. El padre dijo a su hijo:

«Deseo darte todo lo que poseo, no sólo mis riquezas, sino también mi posición y reputación ante los hombres. Lo que tengo te lo puedo dar, pero lo que soy lo debes obtener por ti mismo. Serás merecedor de tu herencia cuando aprendas lo que yo he aprendido y vivas como yo he vivido. Te daré las leyes y los principios mediante los cuales he adquirido mi sabiduría y mi éxito. Sigue mi ejemplo, buscando conocimiento como yo lo he buscado y llegarás a ser como yo soy; y todo lo que poseo será tuyo».

Esta parábola es similar al modelo celestial. El Evangelio de Jesucristo promete la incomparable herencia de la vida eterna, la plenitud del Padre, y revela las leyes y los principios mediante los cuales se pueden obtener. Seguir leyendo

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En busca del Espíritu de Dios

Conferencia General Octubre 2000
En busca del Espíritu de Dios
Élder Douglas L. Callister
De los Setenta

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«Al familiarizarnos más con el Santo Espíritu, nuestra vida se hace más refinada. Lo impuro y lo vano no nos llama la atención».

En Italia hay una escultura majestuosa de Moisés que tiene una rajadura en una de las rodillas. Un guía turístico podría decir que Miguel Ángel, al ver la obra de arte, arrojó un cincel a la escultura y exclamó con desdén: «¿Por qué no habla?».

A diferencia de la piedra inanimada, la verdadera Iglesia de Jesucristo está llena de vida. La voz, el Espíritu, y el poder de Dios se encuentran en nuestros servicios de adoración, o doquiera se administren las ordenanzas del Santo Sacerdocio.

Elías el Profeta dijo a Eliseo: «Pide lo que quieras que haga por ti». Eliseo dijo: «Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí» 1. No pudo haber pedido nada que fuera de más valor.

El Élder Joseph Fielding Smith ha escrito: «El Espíritu de Dios al hablar al espíritu del hombre tiene poder para impartir la verdad. . . A través del Espíritu Santo la verdad se entrelaza en cada fibra y en cada nervio del cuerpo con objeto de no ser olvidado 2».

Por medio de nuestra confirmación como miembros de la Iglesia se nos abre la puerta para buscar esa investidura celestial; ésa debe ser una búsqueda urgente y de toda la vida.

Al familiarizarnos más con el Santo Espíritu, nuestra vida se hace más refinada. Lo impuro y lo vano no nos llama la atención. El desarrollo de la espiritualidad es lo que nos separa del mundo secular.

Un hombre al que le importan las cosas espirituales observa la belleza del mundo que le rodea. Al organizar la tierra, el Señor vio que «era buena», cosa que repitió varias veces 3. A nuestro Padre Celestial le place cuando nosotros también hacemos una pausa para admirar la belleza de nuestro medio ambiente, lo que haremos de manera natural al volvernos más espiritualmente sensibles. El ser conscientes de la música grandiosa, de la literatura y del arte sublime, es a menudo el producto natural de la madurez espiritual. En una alusión poética a la manifestación visible que tuvo Moisés de la divinidad y de la zarza ardiente, Elizabeth Barrett Browning escribió: «La tierra está repleta de las cosas del cielo, y toda zarza común arde con el conocimiento de Dios; pero sólo el que ve se quita el calzado de sus pies» 4.

Al procurar el Espíritu, nuestra lectura de las Escrituras se vuelve más reflexiva; volvemos a descubrir la virtud de la lectura lenta. Leemos más en voz alta, como se supone que se deben leer las Escrituras. Brigham Young dijo: «Todo lo que tengo que hacer es conservar mi espíritu, mis sentimientos y mi conciencia como si fuera una hoja de papel en blanco y dejar que el Espíritu y el poder de Dios escriban en ella lo que les plazca. Cuando él escriba yo leeré; pero si leo antes de que él escriba, es muy probable que me equivoque. 5

Como una evidencia de mayor espiritualidad, nos volvemos más selectivos en lo que leemos. J. Reuben Clark dijo: «La regla por la que hoy me rijo es ésta: no leer nada que no valga la pena recordar» 6. Thomas Jefferson siempre leía algo ennoblecedor antes de irse a dormir «a fin de cavilar en ello» durante los intervalos de sueño 7. Seguir leyendo

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Uno por uno

Conferencia General Octubre 2000
Uno por uno
Élder Ronald A. Rasband
De los Setenta

Ronald A. Rasband

«Aceptemos la cálida invitación del Salvador de venir a él, uno por uno, y de perfeccionarnos en él».

Mis queridos hermanos y hermanas, considero un gran privilegio y honor estar ante ustedes en este púlpito. Ruego por las bendiciones del Santo Espíritu para que lo que diga se sume a los sentimientos espirituales que todos experimentamos en la época de conferencia.

Sería muy desgradecido si no aprovechara la oportunidad para agradecer sinceramente al Señor mi llamamiento como Setenta. Deseo también agradecer a nuestro querido profeta, el presidente Hinckley, y a las demás Autoridades de la Iglesia la confianza que me tienen. Me comprometo ante ellos y ante todos ustedes a poner mi mejor esfuerzo en los años de servicio que me esperan.

Tras muchas horas de reflexión, mis pensamientos me han llevado hacia mis antepasados pioneros con profundo agradecimiento. Mis ocho bisabuelos ingresaron a la Iglesia entre los primeros conversos. Seis de los ocho inmigraron a los Estados Unidos desde Europa, lugar donde sirvo en la actualidad. Siento un profundo amor y cercanía hacia los santos europeos y me comprometo a hacer todo lo que sea posible para fortalecer a la Iglesia y edificar el reino de Dios allá, o dondequiera que se me asigne.

Expreso mi amor y gratitud a mi querida compañera eterna y a mi familia selecta por su devoción, apoyo y amor. Hago llegar mi amor a nuestros amigos y a los queridos misioneros con quienes servimos recientemente en la Misión Nueva York, Nueva York Norte. Una de las grandes bendiciones de mi vida es la de tener preciados amigos y compañeros de trabajo; ha sido un privilegio conocerlos y aprender de ellos.

A través de mi vida, he llegado a saber por experiencia propia que nuestro Padre Celestial escucha y contesta nuestras oraciones personales. Sé que Jesús es el Cristo viviente y que conoce a cada uno de nosotros en forma individual, o como lo expresan las Escrituras: «uno por uno».

El mismo Señor enseñó en forma compasiva esta convicción sagrada cuando se apareció al pueblo de Nefi. Lo leemos en 3 Nefi, capítulo 11, versículo 15:

«Y aconteció que los de la multitud se adelantaron y metieron las manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado. . .» (cursiva agregada).

Como otro ejemplo de la naturaleza del «uno por uno» del ministerio del Salvador, leemos en 3 Nefi capítulo 17, versículo 9: Seguir leyendo

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