La búsqueda de un puerto seguro

Conferencia General Abril 2000

La búsqueda de un puerto seguro

Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Salvador es nuestro solaz y santuario en las tormentas de la vida. Si buscamos paz, debemos acudir a Él”.


Es un privilegio el estar con ustedes en esta ocasión histórica. Personalmente, este magnífico Centro de Conferencias, con sus muros de granito imperecedero, es un símbolo de una gran obra de los últimos días: la piedra que vio Daniel, “cortada del monte no con mano” 1 , para permanecer para siempre como el reino de Dios. Tanto si ustedes están aquí en persona o participando desde cualquier otro lugar, les alabo por la decisión de ser parte de esta histórica conferencia general y ruego que el Señor les bendiga por su fidelidad.

Hace más de sesenta años serví como misionero en Austria y Suiza; fue un tiempo algo difícil pero también maravilloso. Llegué a amar a las personas de esa parte del mundo y no quería dejarles, pero llegó el fin de mi servicio misional a finales de agosto de 1939 e hice los preparativos para regresar a casa.

Tras un largo viaje surcando el Océano Atlántico, que en aquella época era peligroso por motivo de la guerra, me regocijé al ver aquel maravilloso símbolo de libertad y democracia que es la Estatua de la Libertad. No puedo expresarles el alivio que sentí cuando por fin llegamos a ese puerto seguro.

Imagino que fue algo semejante a lo que sintieron los discípulos de Jesucristo el día en que, junto con el Salvador, navegaron por el Mar de Galilea. Las Escrituras nos dicen que Jesús estaba cansado y se dirigió a la popa, donde se quedó dormido sobre un cabezal 2. A poco, los cielos se oscurecieron y “se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca” 3. La tormenta rugía; los discípulos se alarmaron. Parecía que la barca iba a zozobrar, más el Salvador seguía dormido. Finalmente, ya no pudieron aguantar más y despertaron a Jesús. Imaginen la angustia y la desesperación en sus voces cuando imploraron al Maestro: “. . .¿no tienes cuidado que perecemos?” 4.

Hoy día, muchas personas se sienten abrumadas y agobiadas; muchos sienten que los barcos de sus vidas pueden zozobrar o hundirse en cualquier momento. Es a ustedes, que están buscando un puerto seguro, a quienes deseo dirigirme hoy, a ustedes cuyos corazones se están quebrando, a los preocupados y temerosos, a los que soportan la pena o la carga del pecado, a los que sienten que nadie escucha sus sollozos, a aquellos cuyos corazones suplican: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?”.A ustedes ofrezco unas pocas palabras de consuelo y de consejo.

Tengan la seguridad de que existe un puerto seguro. Pueden hallar paz en medio de las tormentas que les amenazan. Su Padre Celestial, que sabe incluso cuando un pajarillo cae, conoce los padecimientos y sufrimientos de ustedes. Él les ama y desea lo mejor para ustedes. Nunca duden de ello. Aunque permita que todos tomemos decisiones que quizás no sean para nuestro beneficio ni para el de los demás, y aun cuando no intervenga en el curso de los acontecimientos, Él ha prometido paz a los fieles, aun en sus pruebas y tribulaciones.

El profeta Alma nos dice: “Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo” 5 .

Jesús nos consuela cuando dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” 6.

Acérquense al Señor Jesucristo, quien tiene un amor especial por todos los que sufren. Él es el Hijo de Dios, un rey eterno. Durante Su ministerio terrenal, Él los amó y los bendijo. Seguir leyendo

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Para testificar de mi Unigénito

Conferencia General Abril 2001
“Para testificar de mi Unigénito”
Élder L. Aldin Porter
De la Presidencia de los Setenta

L. Aldin Porter

“El testimonio espiritual del libro de Escrituras nefita siempre proporcionará la certeza de la existencia del Salvador”.

Nosotros, los Setenta, quisiéramos extender una calurosa bienvenida a los hermanos que hoy fueron sostenidos para formar parte de los cinco quórumes de los Setenta.

Somos bendecidos, hermanos y hermanas, al vivir en un mundo en el que casi a diario se hacen anuncios del progreso logrado contra las enfermedades y otras amenazas para la humanidad. Parece haber una marcha casi interminable de las cosas que el hombre ha logrado para acabar con los obstáculos hacia una vida larga y saludable. La mayoría de nosotros nos hemos llegado a acostumbrar a un torrente casi constante de maravillas.

No obstante, con todo ello, también afrontamos una avalancha despiadada de distracciones que destruyen el alma, como la pornografía, el uso ilegal de las drogas y el abuso del cónyuge y de los hijos. Pasan ante nosotros falsas filosofías que se pregonan como las respuestas nuevas y modernas a los problemas del mundo.

Los extensos recursos para la comunicación que el Señor ha revelado para nuestros días se han designado, en su mayor parte, para propósitos malignos. La palabra impresa, la televisión y los videos, y ahora Internet, constantemente traen a nuestros hogares material que contaminará nuestras almas y destruirá nuestras vidas. En el pasado, nuestros hogares han sido por lo general refugios en contra de las cosas del mundo. A fin de retener esa paz ahora es necesario tener vigilancia casi constante.

Sin embargo, tenemos gran razón para sentir optimismo. No nos encontramos indefensos en contra de esos elementos perversos que nos causarían pesar y desesperación en esta tierra y que nos privarían de las alegrías en la eternidad venidera.

“Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35).

“Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera.

“Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” (Juan 6:50–51).

Él es la respuesta a los deseos vivos que el corazón humano tiene de recibir certeza; Él es la respuesta a nuestros pecados individuales y a nuestros pesares.

Él es nuestro Protector en un mundo que cada vez trata de resolver los problemas mediante la violencia; Él es nuestro Protector en un mundo donde la mente de muchos constantemente está llena de maldad. Tenemos la palabra de Dios para dirigirnos, consolarnos y darnos esperanza para el futuro. Hay tanta luz, pureza y virtud en el futuro, y con el tiempo, la violencia desaparecerá, porque de seguro, el cordero se acostará con el león.

Naturalmente, el Señor vio nuestros días; vio los efectos devastadores de la transgresión y Él profetizó que proporcionaría protección para su pueblo.

A Enoc le habló de los últimos días —días de maldad y de venganza— y Él dijo: Seguir leyendo

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El Diezmo un privilegio

Conferencia General Abril 1998
El Diezmo un privilegio
Elder Ronald E. Poelman
De los Setenta

Ronald E. Poelman

“Ustedes y yo estamos ahora entre esos generaciones a los que se ha dado el privilegio de conocer y de vivir la ley del diezmo. Las bendiciones que derivan de la obediencia a esa ley son tanto temporales como espirituales”.

En la década de los años 30, los Estados Unidos se encontraban sumidos en la depresión económica. Yo era uno de varios niños pequeños en mi familia y mi padre había estado sin empleo desde hacía varios meses. No había ayuda del gobierno para los desempleados y el programa de bienestar de la Iglesia todavía no estaba en funcionamiento. Teníamos muchas necesidades. Se podría decir que éramos muy pobres. Aun cuando yo sólo era un niño, captaba la angustia y la preocupación de mis padres.

Nos arrodillábamos todas las mañanas y por turnos cada uno ofrecía la oración. Una memorable mañana le tocó el turno a mi madre; ella describió algunas de nuestras necesidades inmediatas y luego le agradeció a nuestro Padre Celestial el privilegio de vivir la ley del diezmo. De inmediato experimenté un sentimiento de consuelo y seguridad. El vivir la ley del diezmo era un privilegio y nos traería bendiciones; no lo dudé, porque mi madre lo sabía. Ese sentimiento ha permanecido en mí y se ha intensificado durante toda mi vida.

La primera vez que pagué el diezmo la cantidad fue de cinco centavos. Fui con mi padre a la oficina del obispo, quien en forma solemne aceptó mis cinco centavos y me extendió un recibo. Luego se levantó y salió de detrás de su escritorio para sentarse a mi lado. Con una mano sobre mi hombro me dio ese pequeño pero importante papel y me dijo: “Ronald, has empezado bien y si continúas como empezaste, serás un perfecto pagador de diezmos”. La idea de llegar a ser perfecto en cualquier cosa parecía estar muy lejos de mis posibilidades; estaba tratando de ser un buen niño, pero, con esas palabras, el obispo me inspiró para esforzarme a ser perfecto en ese aspecto básico del Evangelio. Las bendiciones, tanto temporales como espirituales, ha sido abundantes.

Durante los años que siguieron, mi testimonio con respecto a que el diezmo es un privilegio se confirmó con frecuencia. La obediencia a esa ley, entre otras, me dio la posibilidad de ser ordenado al santo sacerdocio, de recibir mi investidura en la Casa del Señor, de servir en una misión regular y de ser sellado a miembros de la familia por esta vida y la eternidad. Además, he tenido el privilegio de regresar al templo en reiteradas ocasiones a servir a otras personas y a recibir instrucciones con respecto a cosas de importancia eterna.

El Salvador mismo confirmó la importancia sagrada de la ley del diezmo después de Su resurrección y durante Su visita a la gente que habitaba lo que hoy se conoce como las Américas.

El Libro de Mormón indica que el Salvador enseñó a los nefitas de las Escrituras que ellos tenían, pero habló de otras Escrituras que no tenían, y les mandó escribir las palabras que el Padre había dado a Malaquías, en las que se incluyen éstas:

“¿Robará el hombre a Dios? Más vosotros me habéis robado. Pero decís: ¿En qué te hemos robado? En los diezmos y en las ofrendas.

“Traed todos los diezmos al alfolí para que haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los Ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros una bendición tal que no haya donde contenerla” (3 Nefi 24:8, 10).

El Salvador nos hace mayor hincapié sobre la importancia de este mandamiento cuando dice a los nefitas:

“Estas Escrituras que no habíais tenido con vosotros, el Padre mandó que yo os las diera; porque en su sabiduría dispuso que se dieran a las generaciones futuras” (3 Nefi 26:2).

Ustedes y yo estamos ahora entre esas generaciones a las que se ha dado el privilegio de conocer y de vivir la ley del diezmo. Las bendiciones que derivan de la obediencia a esa ley son tanto temporales como espirituales, y muchos de entre nosotros pueden testificarlo.

En estos últimos días el Señor ha dicho: “He aquí, el tiempo presente es llamado hoy hasta la venida del Hijo del Hombre; y en verdad, es un día de sacrificio y de requerir el diezmo de mi pueblo” (D. y C. 64:23).

¿Se puede considerar el diezmo como un sacrificio? Sí, especialmente si entendemos el significado de las dos palabras en latín de las que se deriva la palabra sacrificio. Estas dos palabras (sacer y facere) usadas juntas significan “hacer sagrado”. Lo que devolvemos al Señor como diezmo es, en realidad, hecho sagrado, y los obedientes son santificados.

Mucho antes el Señor puso énfasis en lo sagrado del diezmo ante Moisés, en estas palabras que se registran en el Libro de Levítico: “Y el diezmo de la tierra… de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová” (Levítico 27:30).

Cuando estábamos recién casados, mi esposa y yo esperábamos el nacimiento de nuestro primer hijo. Yo estudiaba leyes en la universidad y trabajaba en una gasolinera por las noches. Teníamos muy poco dinero. Habíamos amueblado nuestro pequeño apartamento en un sótano con muebles usados y varias cajas de madera.

Al aproximarse el momento del nacimiento, habíamos reunido todo lo que necesitábamos, excepto una cama para el bebé y no teníamos el dinero para comprarla.

Nuestra costumbre en aquel entonces era pagar el diezmo mensualmente el domingo de ayuno. Al acercarse ese día, conversamos sobre la posibilidad de posponer el pago de nuestro diezmo para poder hacer un pago inicial por la cama. En el espíritu de ayuno, y luego de orar, decidimos pagar nuestro diezmo y confiar en el Señor.

Pocos días más tarde, mientras caminaba por un distrito comercial de la ciudad, inesperadamente me encontré con mi ex presidente de misión, quien me preguntó si estaba estudiando o trabajando. Le contesté que estaba haciendo ambas cosas.

¿Me había casado? “¡Sí!”

¿Teníamos hijos? “No, pero el primero nacerá dentro de unas pocas semanas”.

“¿Tienen una cama para el bebé?”, me preguntó. “No”, contesté con cierta reserva, sorprendido por la pregunta tan directa.

“Bueno”, dijo él, “ahora yo estoy en el negocio de muebles y me encantaría enviarte una cama para el bebé a tu apartamento, como regalo”.

Me sobrecogió un gran sentimiento de alivio, agradecimiento y testimonio.

El regalo satisfizo una necesidad temporal, pero todavía es un recordatorio conmovedor de la experiencia espiritual que lo acompañó, que confirmó una vez más que la ley del diezmo es un mandamiento con promesa.

Los desafíos realmente serios de la vida no requieren tanto los recursos temporales, como los dones del Espíritu. Entre esos desafíos podemos encontrar la enfermedad, el sufrimiento o la muerte de un ser querido; un miembro de la familia que sea rebelde o desobediente; acusaciones falsas; y otras desilusiones grandes. Durante tales pruebas necesitamos mayor fe, inspiración, consuelo, valentía, paciencia y la capacidad de perdonar.

Esas bendiciones se derramarán de las ventanas del cielo.

Me viene a la mente ese pueblo bueno y obediente que creyó las enseñanzas de Alma, padre, y vino al redil de Dios. El Libro de Mormón registra que fueron obedientes y justos (véase Mosíah 18). A pesar de su bondad, sufrieron grandes aflicciones a manos de sus enemigos. Cuando oraron fervientemente a Dios, Él les contestó con palabras de consuelo, asegurándoles que los visitaría en sus aflicciones (véase Mosíah 24:14).

Luego leemos: “el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor” (Mosíah 24:15).

Ruego que nosotros también seamos tan fortalecidos y sumisos.

Aun cuando vivamos la ley del diezmo, con toda seguridad experimentaremos las pruebas y tribulaciones de la vida terrenal. Sin embargo, si somos justos con el Señor, cuando nos enfrentemos con la adversidad, podremos estar seguros de que seremos bendecidos con fe, fortaleza, sabiduría y ayuda de otra gente, con todo lo que sea necesario, no sólo para sobreponernos, sino para aprender y madurar con esas experiencias.

Nuestro Profeta líder nos ha dicho:

“Yo puedo testificar sobre la ley del diezmo y sus bendiciones porque las he experimentado, y cada hombre o mujer de esta Iglesia que sea honrado en el pago del diezmo, y honrado con el Señor, puede testificar sobre la naturaleza divina de este principio” (Ensign, julio de 1995, pág. 73).

Como uno de esos miembros de la Iglesia, añado mi propio testimonio. Las bendiciones del vivir el principio del diezmo traen consigo paz mental, aumento de la fe, inspiración y el deseo de vivir en forma más completa todos los mandamientos de nuestro Padre Celestial.

Por último, y lo más importante, testifico que sé que Dios vive, que es nuestro Padre y que nos ama. Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios y nuestro Salvador y Redentor. Hoy día somos guiados por un profeta viviente: Gordon B. Hinckley. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Caminando a la luz del Señor

Conferencia General Octubre 1998
Caminando a la luz del Señor
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“De modo que esta noche, mis queridas hermanas, el mensaje que tengo para ustedes, el reto que les doy y mi oración es que se dediquen una vez más al fortalecimiento de sus hogares”.

Mis queridas hermanas, deseo decirles, para comenzar, lo mucho que apreciamos a las mujeres de esta Iglesia. Ustedes son una parte esencial de ella, la parte más importante. No podríamos desempeñar debidamente nuestra función sin ustedes.

Ustedes brindan inspiración, brindan equilibrio. Ustedes constituyen una gran reserva de fe y de buenas obras; ustedes son un ancora de devoción, de lealtad y de logros. Nadie puede negar la importante parte que desempeñan en el progreso de esta obra en toda la tierra. Ustedes enseñan en las organizaciones [auxiliares] y lo hacen tan bien. Su preparación es un ejemplo para todos nosotros. Cada una de ustedes es parte de esta enorme empresa, la Sociedad de Socorro, una gran familia de hermanas, de más de cuatro millones en número. En ese número de ustedes en todo el mundo yace el poder de realizar un bien incalculable.

Ustedes son las guardas de los hogares; dan aliento a su marido, enseñan y crían con ternura a sus hijos en la fe. Para algunas de ustedes, la vida es difícil e incluso muy dura; pero apenas se quejan y hacen tanto. ¡Cuánto estamos en deuda con ustedes!

Al hablar de la Sociedad de Socorro, el presidente Joseph F. Smith dijo en una ocasión:

“Esta organización ha sido divinamente establecida, divinamente autorizada, divinamente instituida, divinamente ordenada por Dios para ministrar en bien de la salvación del alma de mujeres y de hombres. Por consiguiente, no hay ninguna organización que pueda compararse con ella… que pueda ocupar el mismo lugar que esta ocupa…

“Hagan de [la Sociedad de Socorro] la primera, la más importante, la más elevada, la mejor y la más profunda de todas las organizaciones que existen en el mundo. Ustedes son llamadas por la voz del Profeta de Dios para hacerlo, para ser la más eminente, para ser la más grandiosa y la mejor, la más pura y la más dedicada al bien …” (Teachings of Joseph E Smith, págs. 164-165).

Al casarse cada una de nuestras hijas y de nuestras nietas, mi esposa les ha hecho un regalo especial; no ha sido una aspiradora ni una vajilla, ni nada por el estilo, sino un cuadro de historia familiar de siete generaciones de su línea materna, hermosamente enmarcado; está compuesto de fotografías de su tatarabuela, de su bisabuela y de su abuela maternas, y de su madre, de ella misma, de su hija y de su recién casada nieta.

Todas las mujeres de ese cuadro de siete generaciones han trabajado o trabajan en la Sociedad de Socorro. Ese bello cuadro de historia familiar ha llegado a ser un recordatorio constante para las más jóvenes de esta generación de la gran responsabilidad que tienen, de la gran obligación que tienen de continuar con la tradición de sus madres y de sus abuelas del servicio en la organización de la Sociedad de Socorro.

Ustedes y las mujeres que las han antecedido han caminado en la luz del Señor. Desde el principio ha sido la responsabilidad más importante de ustedes velar por que nadie pase hambre, porque nadie carezca de la ropa adecuada, porque nadie quede sin albergue. Ha sido y sigue siendo responsabilidad de ustedes visitar a las hermanas dondequiera que ellas se encuentren, darles el aliento que necesiten, asegurarles que las quieren y que se interesan en ellas. Es y ha sido la oportunidad de ustedes descorrer la cortina de tinieblas que envuelve a quienes no han recibido alfabetización y llevar a sus vidas la luz del conocimiento al enseñarles a leer y a escribir.

Es y ha sido oportunidad de ustedes relacionarse como hermanas que se aman, se honran y se respetan unas a otras, para llevar las bendiciones de la agradable sociabilidad a la vida de decenas de miles de mujeres que, sin ustedes, se encontrarían en circunstancias muy lóbregas y solitarias.

Escogí un libro la otra noche y leí de nuevo la vida de Mary Fielding Smith, esposa de Hyrum Smith, cuñada de José Smith, madre y abuela de dos presidentes de la Iglesia. Habiéndose convertido a la Iglesia, oriunda de Inglaterra, se trasladó a Canadá y luego a

Nauvoo, adonde llegó cuando tenía treinta y tantos años. Allí conoció a Hyrum Smith y se casó con él; él había quedado con seis hijos después de la muerte de su primera esposa.

Mary lo amaba e hizo su vida más plena. De ese modo dio comienzo a una vida que le brindó felicidad sólo para convertirse después en una congoja inmensurable, puesto que yacía ante ella la espantosa y terrible responsabilidad que la lleves de Nauvoo a través de Iowa hasta Winter Quarters y, en 1848, en la larga caminata al Valle del Lago Salado. A los 51 años de edad, estaba agotada, cansada de luchar, y falleció el 21 de septiembre de 1852. Seguir leyendo

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No estamos solas

Conferencia General Octubre 1998
No estamos solas
Sheri L. Dew
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Sheri L. Dew

“A nosotros se nos ha prometido la compañía constante del tercer miembro de la Trinidad y, por ende, el privilegio de recibir revelación con respecto a nuestra propia vida”.

Han pasado casi tres años desde que recibí una de esas temidas llamadas telefónicas de muy temprano por la mañana. Mi hermano menor Steve había sufrido un masivo ataque al corazón y había fallecido durante la noche. En un instante, y, sin previo aviso, perdí a mi amigo más leal.

En los días siguientes, las personas que querían mucho a Steve y a su familia se reunieron en casa de ellos, en Colorado. Peto fue después del funeral cuando caí en la cuenta de que siete queridas amigas mías habían hecho el largo viaje desde Salt Lake City para asistir al funeral y de que ninguna de ellas conocía a mi hermano; habían ido sólo para apoyarme a mí. Podrán imaginar la emoción que sentí cuando me rodearon y una de ellas me dijo: “No queríamos que estuvieras sola hoy”. Con palabras y hechos enseñaron un principio divino: No es ni deseado ni bueno que estemos solas.

El dolor de la soledad parece ser parte de la existencia terrenal, pero el Señor, en Su misericordia, ha dispuesto que nunca tengamos que enfrentar solas las dificultades de la vida mortal.

Hace poco pensé en eso al encontrarme en una reunión en la que al discursante parecía preocuparle lo difícil que es vivir el Evangelio. Al final de la reunión, me sentía deprimida. Había hecho que el vivir el Evangelio pareciera una condena a trabajos forzados. No es vivir el Evangelio lo difícil, sino la vida en sí. Lo difícil es seguir adelante después de que alguien ha violado los convenios que ha hecho o sus valores. El Evangelio es las Buenas Nuevas que nos proporciona los medios para hacer frente a los errores, a los dolores y a los desalientos que sabemos experimentaremos aquí. El ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tiene sus privilegios. Estos son unos cuantos: Somos guiados por hombres que poseen el sacerdocio de Dios, la fuerza más poderosa y santa de la tierra. Somos miembros de la Sociedad de Socorro, la única organización para la mujer fundada por un Profeta de Dios. Y en esta ocasión recibiremos las enseñanzas de un Profeta viviente, el presidente Gordon B. Hinckley, que es el ungido del Señor en estos días. Testifico que él es un profeta en todo el sentido de la palabra y que recibe revelaciones que bendicen a todos los que tienen oídos para oír.

A esos privilegios asombrosos agrego otro más. Nefi enseñó: “… si… recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:5). ¡Qué privilegio y promesa notables! Lorenzo Snow dijo que es el “gran privilegio de todo Santo de los Últimos Días… recibir las manifestaciones del Espíritu todos los días de nuestra vida… [para] que conozcamos la luz, y no nos arrastremos continuamente en la obscuridad” (en “Conference Report”, abril de 1899, pág. 52). Y su hermana Eliza R. Snow declaró: “Podemos hablar a los [santos] hasta el fin del mundo en cuanto a la insensatez del mundo… y no entenderán. Pero… si los colocamos en la situación de contar con el Espíritu Santo, este será una protección segura contra las influencias externas” (Woman’s Exponent, 15 de septiembre de 1873, pág. 63). A nosotros se nos ha prometido la compañía constante del tercer miembro de la Trinidad y, por ende, el privilegio de recibir revelación con respecto a nuestra propia vida. ¡No estamos solas! Seguir leyendo

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Vayan a la Sociedad de Socorro

Conferencia General Octubre 1998
Vayan a la Sociedad de Socorro
Virginia U. Jensen
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Virginia U. Jensen

“No importa de dónde provengan, ni cuales sean sus debilidades, ni que apariencia tengan: ¡aquí es donde deben estar! El Señor ama a coda una de ustedes, en forma individual y colectiva”.

Durante la última conferencia general de abril, nosotras, como presidencia de la Sociedad de Socorro, nos regocijamos cuando el presidente Boyd K. Packer se puso de pie ante este púlpito y dijo: “Tengo el propósito de dar incondicional encomio y apoyo a la Sociedad de Socorro, de instar a todas las mujeres a unirse a ella y asistir a sus reuniones; y a los líderes del sacerdocio, de todos los oficios, a hacer cuanto este de su parte para que la Sociedad de Socorro florezca” (1).

Hermanas, ese es también mi propósito esta noche. La presidenta Mary Ellen Smoot les ha hablado acerca de invitaciones. Pues bien, yo tengo una invitación para ustedes: ¡vayan a la Sociedad de Socorro!

La Sociedad de Socorro fue organizada mediante la autoridad del sacerdocio y es dirigida hoy por esa misma autoridad. El profeta José Smith dijo del sacerdocio: “Es la autoridad eterna de Dios por medio de la cual se creó y se gobernó el universo, y se crearon las estrellas del firmamento” (2). Al hablar específicamente a las mujeres de la Iglesia en 1945, el presidente George Albert Smith dijo de la Sociedad de Socorro: “Es de Dios que viene tal concesión y vino como resultado de la revelación a un profeta del Señor” (3). ¿Cómo debemos considerar una organización que fue creada a través de esta autoridad profética del sacerdocio? Como líderes de la Sociedad de Socorro, servimos como una organización auxiliar del sacerdocio para traer mujeres y sus familias a Cristo.

¿Qué hay en la Sociedad de Socorro que las debe compeler a “unirse y a asistir”, como dijo el presidente Packer?

Dentro de la Sociedad de Socorro hay programas diseñados para ayudarnos a las mujeres a hallar significado y propósito en la vida para nosotras mismas y para nuestras familias. Según el presidente Spencer W. Kimball: “No hay promesas más grandiosas ni más gloriosas para las mujeres que las que vienen por medio del Evangelio y la Iglesia de Jesucristo” (4). Esta es una época en la cual a dondequiera que miremos en la sociedad, las mujeres y sus familias están en crisis. Los matrimonios están fracasando a un ritmo alarmante. Hay demasiados niños maltratados y descuidados. Las mujeres luchan por escuchar la voz de la justa verdad en medio de una confusa cacofonía de voces que las instan con persuasión a hacer lo que es fácil o lo que es aceptable desde un punto de vista liberal o social. Hay muchas entre los 4.2 millones de miembros de la Sociedad de Socorro que están sufriendo y están confusas. ¿Nos damos cuenta de lo que tenemos, hermanas? ¿Entendemos quiénes somos? ¿Apreciamos cabalmente el hecho de que dentro de la organización de la Sociedad de Socorro tenemos todos los elementos y todos los recursos que necesitamos para aliviar una sola alma o para sanar un mundo trastornado?

El primer objetivo de la Sociedad de Socorro es desarrollar la fe en Jesucristo y enseñarse unas a otras las doctrinas del reino de Dios. Mediante las lecciones de la Sociedad de Socorro, las actividades y las experiencias compartidas, ustedes pueden obtener un testimonio o pueden fortalecer el testimonio que ya tienen. Al final de todo, eso puede ser lo más importante que hagamos en la Sociedad de Socorro, ya que la fortaleza espiritual y los testimonios firmes de las mujeres de la Iglesia son absolutamente fundamentales tanto para ellas mismas como para sus familias, para sus ramas y barrios, y para el mundo mismo. Seguir leyendo

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Venid… y caminemos a la luz del Señor

Conferencia General Octubre 1998
“Venid… y caminemos a la luz del Señor”
Mary Ellen Smoot
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Mary Ellen Smoot

“Él tiene los brazos abiertos para cada una de nosotras. Sus verdades son sencillas y claras y Su invitación es real”.

Siempre me ha gustado mucho recibir invitaciones. ¿Y a ustedes? ¿Les gusta imaginar que algún día las invitaran a algo magnifico, a algún acontecimiento en el que se reconocerán su importancia y su inconmensurable valía? La expectativa es casi tan agradable como el acontecimiento mismo. Aun lo trivial adquiere un nuevo rasgo emocionante y un nuevo significado cuando nos preparamos para un acontecimiento al que se nos ha invitado. Hasta hoy, cualquier sobre que llegue en el correo y que tan sólo se asemeje a una invitación es lo primero que abro.

Lamentablemente, no todas las invitaciones son de igual valor; algunas son solo señuelos para que uno compre algo. Ya sea que lleguen por correo, por medio de la computadora o de la televisión son tentadoras y, en realidad, engañan.

Felizmente, las invitaciones que recibimos de las Escrituras, de los profetas y del Espíritu Santo son invitaciones con las que podemos contar; nos brindan orientación, paz, consuelo y alegría. La voz apacible y delicada nos habla y nos anima a vivir con rectitud. Debemos escuchar atentamente Su llamado y escudriñar nuestra alma. Al hacerlo, las nubes tenebrosas se disiparán y la maravillosa luz de Dios llenara nuestro ser.

Las invitaciones del Señor son de importancia esencial; nos guían de regreso a nuestro Padre Celestial y nos conducen por el camino de la verdad y la felicidad. En verdad, constituyen un reconocimiento de nuestra infinita valía como hijas de Dios: son tan amorosamente individualizadas; provienen de nuestro Padre Celestial. Él nos habla con palabras que invitan “Venid a mí”, “Seguidme”, “Venid, vosotros…”.

Esta noche, la presidencia general de la Sociedad de Socorro desea invitar a cada una de ustedes:

“Venid… y caminemos a la luz del Señor” (2 Nefi 12:5; Isaías 2:5).

Por favor, decídanse por responder a la invitación y aceptarla.

Isaías vio a muchos pueblos ir a la casa del Señor, aprender las vías de Dios y vivir en paz unos con otros. Él deseaba que todos participaran, por lo que los invitó tal como nosotros las invitamos ahora: “Venid… y caminaremos a la luz de Jehová” (Isaías 2:5).

Mi tatarabuelo, Israel Stoddard, acepto la invitación a unirse a la Iglesia en 1842. Posteriormente, aceptó otra invitación, la de unirse a los santos, y la familia se trasladó de Nueva Jersey a Nauvoo. Cuando el presidente Brigham Young los invitó a seguirle hacia el Oeste, ellos aceptaron.

Al cruzar el río Misisipi, miraron hacia atrás y vieron su casa en llamas. Por haber estado expuesta a las inclemencias del tiempo y por las privaciones, la madre murió; cinco semanas más tarde murió el bebé y poco después murió el padre. Mi abuela escribió: “Así quedaron los cinco niños Stoddard sin hogar y casi sin un centavo, pero no quedaron sin amigos, puesto que los santos fueron buenos con ellos”.

Esa invitación costó la vida de los padres y del bebe; sin embargo, los dejo eternamente atados.

Examinemos un momento lo que significa caminar a la luz del Señor. Primero, tendremos luz: luz en el rostro, luz en nuestra actitud, luz aun cuando las tinieblas nos rodeen. También significa que caminaremos con un propósito y en una dirección. Seguir leyendo

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Bendición

Conferencia General Octubre 1998
Bendición
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Estos son tiempos de enorme trascendencia en los que vivimos como santos del Altísimo… Continuemos criando a nuestros hijos en rectitud y verdad. Seamos buenos vecinos y buenos amigos”.

Como santos del Altísimo, vivimos en tiempos de enorme trascendencia…

Quisiera decir solo algo más para concluir. Hemos estado aquí mucho tiempo, lo digo por aquellos que han estado sentados aquí en el tabernáculo en asientos duros. Espero con ansias el día en que efectuaremos la conferencia en el nuevo edificio que tendrá asientos acolchonados.

Hemos tenido una conferencia maravillosa. El Señor nos ha bendecido, por lo que nos sentimos profundamente agradecidos. Al regresar a nuestros hogares, reflexionemos en las cosas que hemos escuchado. Si es preciso hacer una reforma en nuestras vidas, hagamos los ajustes necesarios que servirán para lograrlo. Si se han despertado emociones en nuestro corazón, respondamos al Espíritu que nos ha conmovido. Si hemos descuidado nuestros deberes, tengamos la autodisciplina para vivir rectamente y hacer lo que se espera de nosotros.

Me complace informarles, mis hermanos y hermanas, acerca del programa de construir templos más pequeños, el cual se ha mencionado muchas veces en esta conferencia. Dedicamos el primero de ellos en Monticello, Utah, hace algunos meses. Edificamos un templo en ese lugar con el fin de que pudiésemos aprender de esa experiencia. Hemos aprendido varias cosas, y nos ha producido una gran satisfacción la reacción de los santos de esa región, así como el gran entusiasmo que han sentido por la magnífica estructura que se ha erigido entre ellos.

Dedicaremos varios templos nuevos a partir del primero del año. Algunos serán más grandes, otros más pequeños. Durante la última conferencia exprese la esperanza de que durante los próximos dos años edificaremos 30 templos nuevos. Estoy seguro de que muchos pensaron que este era tan solo un sueño inalcanzable de mi parte. Parecía algo totalmente lejos de la realidad.

Estoy agradecido de poder informarles que nuestro personal de construcción, nuestros arquitectos e ingenieros, nuestros diseñadores y decoradores, me han hecho saber que, con toda probabilidad, tendremos 100 templos o más en funcionamiento en el año 2000, casi el doble de los que tenemos en la actualidad. Les aseguro que nadie está perdiendo el tiempo, ninguno de todos aquellos que tienen que ver con esta inmensa tarea. Me refiero a estos templos como a templos más pequeños. En realidad, no se ven pequeños, sino más bien grandes. Son hermosos. Están construidos con los mejores materiales y de la mejor manera que nos es posible. Cada uno será una Casa del Señor, dedicada para Sus santos propósitos.

Estos no serán los últimos, ya que seguiremos edificando. Sabemos que hay tantos sitios donde son tan necesarios a fin de que ustedes, los fieles santos de esta Iglesia, vayan a recibir sus propias bendiciones y las hagan llegar a aquellos que han pasado al otro lado del velo de la muerte. Rogamos que nuestra gente sea digna de hacer buen uso de ellos. En los casos en los que sea necesario el arrepentimiento, ahora es el momento de cambiar y de prepararnos para utilizarlos.

Hermanos y hermanas, estos son tiempos de enorme trascendencia en los que vivimos como santos del Altísimo. Con la dadivosa bendición del Señor, con Su voluntad revelada ante nosotros, con los fieles santos de todo el mundo, nos es posible realizar aquello que se consideraba imposible hasta hace poco tiempo.

He sido oficial de esta Iglesia desde hace mucho tiempo. Soy un hombre viejo que no puede detener el paso del tiempo. He vivido lo suficiente y he servido en suficientes y diversos puestos para haber sacado de mi mente, si hubiese sido necesario, cualquier duda en cuanto a la divinidad de esta, la obra de Dios. Respetamos a los miembros de otras iglesias; deseamos contar con su amistad y esperamos prestar servicio al lado de ellos. Sabemos que todos ellos hacen cosas buenas, pero nosotros declaramos, sin reparo alguno -y esto con frecuencia acarrea críticas sobre nosotros-que esta es la Iglesia verdadera y viviente de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo, el Señor Jesucristo.

Antes de tomar asiento, quisiera rendir un momento de homenaje a este gran coro que hemos escuchado hoy. Son magníficos; están haciendo una labor estupenda; son mejores de lo que jamás lo han sido, y deben continuar mejorando. Lo mejor de hoy no será lo suficientemente bueno para el mañana. Sigan adelante, queridos amigos.

Continuemos criando a nuestros hijos en rectitud y verdad. Seamos buenos vecinos y buenos amigos, amando y tendiendo una mano de amistad a aquellos que no sean de nuestra fe, así como a aquellos que lo son. Que la gracia del cielo descanse sobre ustedes, mis amados compañeros, es mi humilde oración al dejar mi atestiguación y mi testimonio y mi amor por cada uno de ustedes, dondequiera se encuentren en este vasto mundo, es mi humilde oración y bendición, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Somos hijos de Dios

Conferencia General Octubre 1998

Somos hijos de Dios

Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“¿Quiénes somos? Somos hijos de Dios. Nuestro potencial no tiene límites; nuestra herencia es sagrada”.

Hace poco, observe a algunos jóvenes que llamaban la atención debido a su manera exagerada de vestir y de arreglarse; uno de ellos expresó una declaración reveladora al decir: “Trato de saber quién soy en realidad”. El hecho sucedió después de que yo asistiera a una reunión de la Iglesia donde los niños de la Primaria habían cantado “Soy un hijo de Dios” 1. El contraste entre las dos experiencias realza la importancia de saber que somos literalmente hijos de Dios.

Somos seres duales: cada alma está compuesta de cuerpo y de espíritu (2); ambos emanan de Dios. Un entendimiento correcto del cuerpo y del espíritu ejercerá influencia en nuestros pensamientos y en nuestros actos para hacer lo bueno.

El Cuerpo
Con frecuencia, pasa inadvertida la maravilla de nuestro cuerpo físico. ¿Quién no ha tenido pobres sentimientos de estima propia debido al físico o a la apariencia? Muchas personas desearían que sus cuerpos se parecieran más a lo que ellas prefieren: algunas personas con cabello lacio natural lo desean rizado; otras con cabello rizado lo desean lacio; en ocasiones, algunas damas, pensando en que “los caballeros las prefieren rubias”, se convierten en “rubias por opción”.

El cuerpo de ustedes, cualesquiera que sean sus dones naturales, es una magnifica creación de Dios (3); es un tabernáculo de carne, un templo para su espíritu (4). Un estudio del cuerpo atestigua su diseño divino:

Su formación comienza con la unión de dos células reproductoras, una de la madre y la otra del padre; juntas, estas dos células poseen toda la información hereditaria del nuevo ser almacenada en un espacio tan pequeño que el ojo natural no puede contemplarla. De cada uno de los padres, veintitrés cromosomas se unen para formar una nueva célula; dichos cromosomas contienen miles de genes, los cuales determinan todas las características físicas de la persona que todavía no ha nacido. Aproximadamente 22 días después de la unión de estas células, comienza a latir un diminuto corazón y a los 26 días empieza a circular la sangre. Las células se multiplican y se dividen: algunas se convierten en ojos que ven, y otras, en oídos que oyen.

Cada órgano es un maravilloso don de Dios. Los ojos tienen lentes que se enfocan por sí mismos; en ellos hay nervios y músculos que los controlan para brindar una única imagen tridimensional. Los ojos están conectados al cerebro, el cual registra lo que se divisa; no hacen falta cables ni baterías.

Cada oído está conectado a un equipo compacto diseñado para convertir las ondas de sonido en tonos audibles: un tímpano sirve como diafragma, diminutos huesecillos amplifican las vibraciones del sonido y transmiten la señal a través de los nervios al cerebro, el cual siente y recuerda los sonidos.

El corazón es una bomba increíble: tiene cuatro válvulas delicadas que controlan la dirección del flujo sanguíneo, las que se abren y se cierran más de l00.000 veces por día, es decir, 36 millones de veces por año. A pesar de ello, a menos que sean alteradas por una enfermedad, las válvulas tienen la facultad de soportar esta tensión casi indefinidamente. Ningún material hecho por el hombre hasta el día de hoy puede ser ejercitado con tanta frecuencia ni por tanto tiempo sin descomponerse.

Todos los días, el corazón de un adulto bombea el fluido que llenaría un tanque de casi 7600 litros (5). Esta labor equivaldría a levantar a un hombre maduro’ hasta la cúspide del edificio Empire State, de Nueva York (uno de los edificios más altos del mundo), con un gasto de sólo 4 vatios de energía. En la parte superior del corazón se halla un generador eléctrico que transmite energía a líneas especiales y hace que una miríada de fibras musculares trabaje a la par.

Se puede decir mucho sobre cada uno de los otros órganos preciosos del cuerpo funcionan de manera maravillosa, más allá del tiempo que dispongo y de mi capacidad para describirlos. Seguir leyendo

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Gratitud

Conferencia General Octubre 1998
Gratitud
Elder Gordon T. Watts
De los Setenta

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“La dedicación y la voluntad con que servimos es un reflejo directo de nuestra gratitud”.

Cuando yo era jovencito, la vida en nuestra pequeña granja familiar me parecía un pedacito de cielo. Con frecuencia, el techo de nuestra humilde casa no tenía suficientes tejas; un largo sendero nos separaba del retrete y a veces mi camisa gastada no tenía suficientes botones. El baño que nos dábamos los sábados por la noche delante de una cálida estufa, donde nuestro cuerpo experimentaba ambos extremos en la temperatura, era realmente un lujo.

Pero entonces algo fue cambiando. Comencé a ir a la escuela y a notar las posesiones de que yo carecía. Algunos tenían buena ropa, hermosas casas con todas las comodidades modernas y conducían autos más nuevos. Muchos alumnos de mi edad no tenían que levantarse temprano para efectuar tareas en la granja antes de ir a la escuela, para después volver a hacer el mismo trabajo al regresar a casa. En tanto que ellos eran populares y seguros de sí mismos, yo me volví introvertido y tímido. Lamentablemente, empecé a olvidarme de cuan feliz había sido con mi canastilla de bendiciones cuando me dedique a compararla con sus canastos aparentemente abundantes. Y de ese modo, abandonando la humildad, fui distorsionando la realidad y me entregue a la ingratitud. El suponer que se merece mucho más puede hacer que nuestro plato de abundancia nos parezca vacío. La gratitud tiene muchas facetas y adopta varias formas. El no reconocer al Señor por todo lo que tenemos resultara sin duda en una conducta egoísta.

El Salvador, que siempre ha sido nuestro dador, rara vez recibió agradecimiento.

“Y al entrar [Jesús] en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos

“y alzaron la voz diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

“Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.

“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,

“y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y este era samaritano.

“Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (1). Seguir leyendo

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El profeta viviente, nuestra fuente de doctrina pura

Conferencia General Octubre 1998
El profeta viviente, nuestra fuente de doctrina pura
Elder Merrill C. Oaks
De los Setenta

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“La Iglesia está fundada en la revelación continua al profeta actual y viviente”.

Sólo dos años antes de su muerte, el profeta José Smith publicó los Artículos de Fe. El noveno Articulo de Fe dice: “Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aun revelara muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” (Artículo de Fe N° 9). En esta oportunidad, hablare sobre la frase final: “[Él] aun revelara muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios”. Este principio de la revelación continua es una parte esencial del reino de Dios.

En el cuarto y quinto versículos de la sección 21 de Doctrina y Convenios, el Señor declara a los miembros de la Iglesia la obligación que tienen de prestar atención a la guía de Su profeta:

“Por tanto, vosotros, es decir, la iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad;

“porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca”.

El profeta José Smith tradujo el Libro de Mormón y recibió las revelaciones que establecieron los cimientos de la Iglesia restaurada. Al presentir su propia muerte, se apresuró a conferir al Quórum de los Doce todas las llaves del sacerdocio. Wilford Woodruff nos dice: “Y así, dirigiéndose a los Doce, [José] exclamó: ‘Sobre sus hombros descansa el reino, y deben fortalecer sus hombros y soportarlo, porque hasta ahora lo he hecho yo, pero ahora la responsabilidad recae en ustedes’ “(Times and Seasons,: 698).

La revelación y la guía de los cielos no terminó con el fallecimiento de José Smith; “muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” se han revelado por medio de los que lo han sucedido como Presidentes de la Iglesia. El presidente Spencer W. Kimball nos dijo:

“Desde aquel día memorable de 1820, hemos continuado recibiendo Escritura adicional, incluyendo las esenciales y numerosas revelaciones que fluyen en una corriente sin fin, desde Dios a Sus profetas en la tierra…

“Con estos registros sagrados ya publicados [se refería a nuestros cuatro libros canónicos], muchos pensaran que el ‘día de los profetas’ ha llegado a su fin. Mas no es así, y testificamos al mundo que la revelación continua y que los archivos de la Iglesia contienen toda la que se recibe mes a mes y día a día. También testificamos que, desde que se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en 1830, ha habido y siempre habrá en esta tierra un profeta, reconocido por Dios y por su pueblo, que continuará interpretando la voluntad del Señor” (“La palabra del Señor a Sus profetas”, Liahona, octubre de 1977, pág. 65). Seguir leyendo

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El establecimiento de la Iglesia

Conferencia General Octubre 1998
El establecimiento de la Iglesia
Elder Earl M. Monson
De los Setenta

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“El establecer Su Iglesia es una asignación muy particular. Tenemos que llevar el Evangelio de Jesucristo a todas las naciones en sus respectivos idiomas sin corromper la pureza de su mensaje”.

El Libro de Mormón testifica del ministerio del Salvador resucitado entre los nefitas. Entre Sus enseñanzas, Él se refirió a algunos de los sucesos de nuestros días al decir: “… recogeré a mi pueblo de su larga dispersión… y estableceré otra vez entre ellos mi Sión” (1).

El profeta Daniel “… previó y predijo el establecimiento del reino de Dios en los postreros días…” (2). En esta dispensación, el Señor ha declarado: “Si los de esta generación no endurecen sus corazones, estableceré entre ellos mi iglesia” (3).

Existen muchas referencias que confirman que este es el tiempo en que Su Iglesia debe establecerse en preparación para Su segunda venida. Somos los que tenemos la oportunidad especial de ayudar a edificar Su reino una vez más. Yo ofrezco oraciones de gratitud por participar en esta obra de la que muchos profetas y el Señor mismo han hablado durante tantos siglos.

El establecer Su Iglesia es una asignación muy particular. Tenemos que llevar el Evangelio de Jesucristo a todas las naciones en sus respectivos idiomas sin corromper la pureza de su mensaje. La Iglesia tiene que preparar líderes de gran integridad, líderes de quienes las personas honradas de cualquier lugar puedan recibir orientación espiritual. La Iglesia tiene la misma obligación para con todos aquellos que han muerto, así como para con los que actualmente viven y para con los que habrán de vivir sobre la tierra. La Iglesia debe enseñar, según la manera del Señor, leyes y ordenanzas verdaderas que capaciten al creyente fiel para la vida eterna. Estamos familiarizados con muchos otros requisitos que hacen parecer complicada la tarea de establecer una Iglesia tal, pero eso es lo que el Señor nos ha encomendado.

¿Y cómo se establece una Iglesia tal? En una escala mucho menor, se lo que se necesita para edificar un hermoso templo, lo cual requiere más que trazar planos detallados o emplear materiales de buena calidad; requiere obreros capacitados en cada parte del proceso y que cada uno se dedique cabalmente a realizar su trabajo de la mejor forma posible en un esfuerzo mancomunado. También sé que el liderazgo de un inspirado profeta es esencial para edificar magníficos templos y para todo otro desempeño en esta gran obra. Aprecio sobremanera las oportunidades especiales que he tenido de presenciar la inspiración y el Espíritu del Señor que se manifiestan por medio del presidente Hinckley. Él es, verdaderamente, un profeta para nuestros días.

Tal como para la edificación de los templos, es necesario contar con trabajadores dedicados para establecer el reino del Señor en la tierra. La obra progresa satisfactoriamente si cada uno tiene la fuerte convicción en su corazón y en su mente de que Jesucristo está a la cabeza de esta Iglesia, de que él realmente vive y guía esta obra y de que todos cumplimos una parte importante en llevarla a cabo. Debemos estar dispuestos a aprender los principios del evangelio y a ponerlos en práctica y a orar en cuanto a ellos con corazones sinceros, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo. Entonces recibiremos la convicción de que esos principios son verdaderos. Y la genuina conversión trae consigo la enorme satisfacción del ser parte de esta gran obra. Seguir leyendo

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Vosotros daréis testimonio también

Conferencia General Octubre 1998

“Vosotros daréis testimonio también”

ronald-t-halversonÉlder Ronald T. Halverson
De los Setenta

“Hay muchas personas en la tierra que desean un testimonio de la verdad y que de todo corazón buscan la paz y el regocijo prometidos por el Salvador”.


Hace unos años, entreviste a una joven con objeto de extenderle una recomendación para el templo para recibir su propia investidura y casarse y ser sellada por esta vida y por la eternidad. Al terminar la entrevista y firmar la recomendación, a ella le rodaban las lágrimas por las mejillas. Le dije: “Por favor, dígame que le pasa”. Precedió entonces a relatarme lo siguiente:

Desde que era joven, había estado en busca de la verdad y de dirección en su vida; había añorado encontrar paz y felicidad, pero a pesar de sus esfuerzos, no había podido encontrarla. Llego a un punto en que se sintió muy angustiada, y pensó que en realidad no había nada en la vida que valiera la pena u ofreciera satisfacciones. Con esa actitud, una noche, mientras visitaba a una querida amiga, y al relatarle las preocupaciones y la desesperación que sentía, me dijo: “Mire detrás del sofá donde estaba sentada, hacia los estantes. Pose la mirada en un libro en particular, y en ese momento experimente el fuerte sentimiento de que tenía que averiguar lo que estaba escrito en sus páginas”.

Ella sacó el libro y leyó el título: El Libro de Mormón. Le preguntó a su amiga dónde lo había conseguido; esta le dijo que dos jóvenes misioneros la detuvieron en la calle y le dieron el libro, pero sólo después de que se comprometió a leerlo. Por falta de tiempo, simplemente lo había puesto en la biblioteca.

“Empecé a leerlo”, dijo, “y no podía dejarlo a un lado”. Le sobrevino un sentimiento que nunca había tenido. La amiga le dijo que podía llevarse el libro. Entonces, fue a casa y continuó leyéndolo durante la noche. A la mañana siguiente, salió a la calle a buscar a los dos jóvenes misioneros y no le tomó mucho tiempo el encontrarlos. Ellos accedieron a enseñarle el Evangelio, y en unas semanas, estuvo lista para bautizarse en la Iglesia. Seguir leyendo

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La pureza personal

Conferencia General Octubre 1998

La pureza personal

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Declaramos que quien utiliza el cuerpo que Dios le dio a otra persona… viola el alma misma de esa persona, viola el objetivo principal y los procesos de la vida”.


Al arremolinarse de un modo espeluznante alrededor de nuestros jóvenes los vientos modernos de la inmoralidad, me preocupa el que algunos de nuestros jóvenes y de nuestros jóvenes mayores estén confusos con respecto a los principios de la pureza personal, acerca de las obligaciones de una castidad absoluta antes del matrimonio y de una fidelidad completa después de este. En contra de lo que sucede en el mundo que ven y oyen, y con la esperanza de fortalecer a los padres al enseñar ellos a sus hijos una norma más elevada, hoy desearía hablar sobre la pureza moral. Debido a que ese tema es de índole tan sagrada, ruego fervientemente que el Espíritu Santo me guíe en aquellas observaciones que son más francas de lo que quisiera que lo fuesen. En esta ocasión, comprendo lo que sentía Jacob, del Libro de Mormón, cuando, al hablar del mismo tema, dijo: “…me apena tener que ser tan audaz en mis palabras…” (1).

Al abordar este tema, no menciono la enorme cantidad de males sociales cuyas estadísticas son muy deprimentes y sus ejemplos tan desagradables. Tampoco voy a presentar una lista de lo que está bien y de lo que está mal cuando un joven sale con una señorita. Lo que quiero hacer es algo más personal: deseo intentar contestar a las preguntas que algunos de ustedes tal vez hayan estado haciendo: ¿Por qué debemos ser moralmente puros? ¿Porque es un asunto tan importante para Dios? ¿Es necesario que la Iglesia sea tan estricta al respecto cuando los demás no parecen serlo? ¿Cómo puede ser tan sagrado o tan grave algo que la sociedad explota y exalta tan abiertamente?

Quisiera comenzar con una lección de la larga e instructiva historia de la civilización. Will y Ariel Durant, escribieron: “Ningún hombre [ni ninguna mujer], por más brillante o bien informado que sea, puede… hacer a un lado sin peligro… la sabiduría de [las lecciones aprendidas] en la escuela de la historia. El joven al que le hierven las hormonas se preguntara por que no debe dar rienda suelta a sus deseos sexuales; pero si no le refrenar las costumbres, la moral o las leyes, destrozara su vida antes de que… comprenda que el apetito sexual es un río de fuego que es preciso encauzar y enfriar con cientos de restricciones para que no le destruya a él ni al grupo social” (2).

El autor de Proverbios ofrece una observación más importante, más de acuerdo con las Escrituras: “¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen? …Más el que comete adulterio… corrompe su alma… Heridas y vergüenza hallará, y su afrenta nunca será borrada” (3).

¿Porque es este asunto de las relaciones sexuales tan grave que casi siempre se le aplica la metáfora del fuego, y la pasión se describe vívidamente con las llamas? ¿Qué hay en el fuego potencialmente dañino de esto que deja el alma de la persona-e incluso al mundo entero-destruida, si la llama no se vigila y esas pasiones no se refrenar? ¿Que hay en todo esto, que induce a Alma a advertir a su hijo Coriantón que la transgresión sexual es “…una abominación a los ojos del Señor; sí, más abominable que todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o el negar el Espíritu Santo?” (4).

Al adjudicarle esa seriedad a un apetito sexual de carácter tan universal, ¿qué nos trata de decir Dios en cuanto al lugar que eso ocupa en el plan que Él tiene pata todos los hombres y todas las mujeres? Les afirmo que Él está haciendo probablemente eso: haciendo hincapié en el plan de vida mismo. Está claro que, entre las preocupaciones más grandes que Él tiene acerca de la vida terrenal están la forma en que una persona llega al mundo y la forma en que sale de este. Él ha puesto límites muy estrictos al respecto.

Por suerte, en el caso de cómo se termina una vida, la mayoría de las personas parecen ser bastantes responsables. Pero en algo tan transcendental como el dar vida, en ocasiones encontramos una irresponsabilidad casi criminal. Deseo dar tres razones por las cuales este es un tema de tanta magnitud y de tantas consecuencias en el Evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo

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Juventud bendita

Conferencia General Octubre 1998

Juventud bendita

L. Tom PerryÉlder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“La única dicha y felicidad perdurables que encontrarán durante su vida terrenal las obtendrán al seguir al Salvador”.


Todos los años tenemos unas vacaciones familiares en Bear Lake [lago que se encuentra al norte de Utah]. Es una semana fantástica para hacer más estrecha la relación que tenemos con nuestros nietos. Durante los últimos años, al escuchar acerca de las oportunidades y los desafíos que enfrentan, me han hecho saber de la presión cada vez mayor que significa estar en el mundo pero no ser del mundo. Las películas, la televisión, el Internet, la ropa a la última moda y extravagante, las actividades que quebrantan el día de reposo, etc., aumentan la magnitud de la tentación para ellos. Por otra parte, la presión que ejercen los amigos hace más difícil la decisión de seguir a la mayoría o de permanecer firmes a los principios que les han enseñado sus conversos y dedicados padres, y la Iglesia.

Este año decidí ser un poco más firme al aconsejar a mis nietos. Deseaba proporcionarles conceptos y principios básicos para resistir las tentaciones y salir adelante en el complejo mundo de hoy día. Como íbamos a estar reunidos junto al lago durante cuatro días, decidí comprar una carpeta con anillos para cada uno de ellos, en las que coloque un tema de análisis para cada día. En todos incluí algunas referencias de las Escrituras y citas, con la intención de comenzar un análisis provechoso entre las diferentes generaciones.

El primer día no hubo mucho interés en los análisis, pero este pareció aumentar con el correr de los días. Como consecuencia del éxito indiscutible que tuvimos, me gustaría hoy imaginarme que soy el abuelo de cada uno de los jóvenes que me están escuchando, para ver si logramos fomentar que se lleven a cabo algunas conversaciones de carácter reflexivo en casa y con sus padres.

Tema número uno: Sentir agradecimiento por la tierra en que vivimos. Durante una de las primeras conferencias de la Iglesia, realizada el 2 de enero de 1831, el Señor, por medio de la revelación, demostró mediante una visión dada a José Smith cuan valiosa era para Él la tierra que había creado para Sus hijos. En Doctrina y Convenios 38:17-20, leemos:

“Y he hecho rica la tierra, y he aquí, es el estrado de mis pies; por tanto, de nuevo pondré mi pie sobre ella.

“Y os ofrezco y estimo conveniente daros riquezas más grandes, sí, una tierra de promisión, una tierra que fluye leche y miel, sobre la que no habrá maldición cuando el Señor venga;

“y os la daré como tierra de vuestra herencia, si es que la procuráis con todo vuestro corazón.

“Y este será mi convenio con vosotros, la recibiréis como tierra de vuestra herencia y como herencia de vuestros hijos para siempre, mientras dure la tierra, y la poseeréis otra vez en la eternidad, para nunca más volver a pasar”.

El Señor nos ha bendecido con tierras de promisión de las cuales disfrutar durante nuestra probación terrenal. Las naciones de la tierra, si continuaran siguiendo los senderos del Señor, podrían ser una bendición para Sus hijos aquí. Hijos e hijas jóvenes, El espera que ustedes tengan especialmente presentes las abundantes bendiciones que han recibido de Él.

Claro está que con estas bendiciones vienen también las responsabilidades. Se espera que estemos sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; que obedezcamos, honremos y sostengamos la ley (veas el Articulo de Fe Nº 12). Para obedecer, honrar y sostener la ley debemos conocerla y vivirla. Debemos ser buenos ciudadanos en nuestra Iglesia, en nuestros centros de estudio y comunidades. También debemos estar preparados para contribuir mediante el servicio a los demás.

La mejor forma que conozco de hacer una contribución a la tierra en la cual vivimos es estar preparados para el futuro. El Señor nos ha prometido que si estamos preparados no temeremos. Si nos esforzamos por obtener la mejor preparación académica que esté a nuestro alcance, estaremos en una posición mejor de ser autosuficientes y de no convertirnos en una carga para la sociedad en la que vivamos.

Hace algunas semanas, leí en un periódico el potencial de obtener mejores salarios cuando mejor preparación se tenga. La diferencia en salarios que existe entre las personas que no han terminado sus estudios secundarios con las que sí lo han hecho es de un 38 por ciento; entre las que han terminado la secundaria con las que han cursado algunos estudios en colegios universitarios es de un 20 por ciento y con las que tienen un título universitario es de un 56 por ciento. Si, la educación académica sí da buenos resultados. Nunca es demasiado pronto para determinar el curso para el que uno desea prepararse. No esperen hasta matricularse en la universidad pata decidir que desean estudiar. Se pierde tanto tiempo y dinero cuando se trata de proseguir estudios sin tener una meta ya definida. Seguir leyendo

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