¿Qué pregunta la gente acerca de nosotros?

Conferencia General Octubre 1998
¿Qué pregunta la gente acerca de nosotros?
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“… deseo exponer, de la forma más sencilla posible, mi respuesta a lo que la gente pregunta acerca de nosotros”.

Mis amados hermanos y hermanas, es un gran honor para mí dirigir la palabra en esta ocasión.

Periodistas de los medios de difusión nos han entrevistado con frecuencia en estos días. Como muchos de ustedes sabrán, hace poco estuve en el programa televisivo Larry King Live. Accedí a hacerlo porque pensé que, aun cuando presentaba posibles riesgos, también era una gran oportunidad para hablar al mundo sobre temas de discusión con respecto a nosotros.

Durante la entrevista, el Sr. King me preguntó sin rodeos: “¿Cuál es su función? Usted es el líder de una religión importante. ¿Cuál es su función?

Le conteste: “Mi función es declarar la doctrina; ser un ejemplo ante la gente. Mi función es hablar en defensa de la verdad. Mi función es ser protector de aquellos valores que son importantes en nuestra civilización y en nuestra sociedad. Mi función es dirigir”.

Esa respuesta fue improvisada; nunca espere que me hiciera esa pregunta, pero con el espíritu de esa respuesta, me gustaría hablar esta mañana de una media docena de preguntas que siempre nos hace la gente de los medios de comunicación y de otras iglesias. En esta ocasión, mis respuestas deben ser necesariamente breves. Cada uno de esos temas es digno de todo un discurso.

He escogido las preguntas al azar, sin ponerlas en un orden especial con excepción de la primera. No deseo discutir con nadie. Respeto la religión de todo hombre y de toda mujer, y los honro por sus deseos de vivirla. Sólo deseo exponer, de la forma más sencilla posible, mi respuesta a lo que la gente pregunta acerca de nosotros.

Pregunta Nº 1: ¿Cuál es la doctrina mormona con respecto a la Deidad, con respecto a Dios?
Desde el momento de la Primera Visión las personas han hecho esta pregunta y continuaran haciéndola mientras sigan creyendo en el Dios en el que tradicionalmente han creído en tanto que nosotros damos testimonio del Dios que se nos ha dado a conocer por la revelación actual.

El profeta José Smith dijo: “El primer principio del Evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con El cómo un hombre conversa con otro” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 427).

“Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículo de Fe Nº 1). Este primer Artículo de Fe compendia nuestra doctrina. No aceptamos el Credo de Atanasio; no aceptamos el Credo de Nicea ni ningún otro credo basado en la tradición y en las conclusiones de los hombres.

Si aceptamos, como base de nuestra doctrina, la afirmación del profeta José Smith de que cuando oró para pedir sabiduría en la arboleda: “… Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” (José Smith-Historia 1:17).

Dos Seres corpóreos estuvieron ante él. Él los vio. Tenían forma de hombres, sólo que mucho más gloriosos en Su apariencia. Él les habló y Ellos le hablaron a él. No eran espíritus amorfos. Cada uno era un Personaje bien diferenciado. Eran Seres de carne y hueso cuya naturaleza fue reiterada en revelaciones posteriores que recibió el Profeta.

Todo nuestro caso, como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, descansa sobre la validez de esa maravillosa Primera Visión, que fue la cortina que se descorrió para abrir esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Nada sobre lo cual basamos nuestra doctrina, nada de lo que enseñamos, nada de aquello por lo cual regimos nuestra vida es de mayor importancia que esa primera afirmación. Sostengo que si José Smith habló con Dios el Padre y con Su Hijo Amado, entonces todo lo demás de 1o cual hablamos es verdadero. Esta es la bisagra sobre la cual gira la puerta que se abre al sendero que conduce a la salvación y a la vida eterna.

¿Somos cristianos? Desde luego que somos cristianos. Creemos en Cristo. Adoramos a Cristo. Tomamos sobre nosotros, en solemne convenio, Su santo nombre. La Iglesia a la cual pertenecemos lleva Su nombre. Él es nuestro Señor, nuestro Salvador, nuestro Redentor por medio de quien vino la gran Expiación con salvación y vida eterna. Seguir leyendo

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La fuerza de la rectitud

Conferencia General Octubre 1998

La fuerza de la rectitud

Elder Richard G. Scott

Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El optar por hacer lo que el Señor haya definido como correcto llevará siempre, al final, a los mejores resultados”.


Hablo en particular a la juventud, en especial a ti, jovencito y a ti, jovencita, aunque espero que todos se beneficien con este mensaje. Algunos jóvenes son pesimistas en cuanto al futuro, y justifican esa opinión errónea por lo que ven a su alrededor y por lo que ocurre actualmente en el mundo. Perciben su futuro amenazado por el aumento del índice de divorcios, el incremento del delito, las drogas, los actos terroristas y otras atrocidades que incapacitan o destruyen la vida. A lo largo de tu existencia, has visto las terribles consecuencias de las decisiones incorrectas de las personas, que las perjudican a ellas y muchas veces hacen daño a los demás. A estos hechos se les llama usualmente errores, falta de criterio o debilidad humana. Todos van acompañados de la tendencia a justificarse. Pero cuando se examinan sinceramente, no son más que violaciones de los mandamientos de Dios que acarrean las consecuencias trágicas que, según La ha advertido, seguirán a las transgresiones graves.

Personalmente, soy entusiasta con respecto al futuro. Tú también puedes serlo. Vives en el período más lleno de oportunidades de la historia. Son muchas las razones que existen para sentir ese optimismo; sin embargo, tu fuente más grande de esperanza y seguridad es que tienes la plenitud de las enseñanzas del Maestro y ellas te ayudaran a llevar una vida buena. Puedes recibir ordenanzas y convenios que, al observarse con rectitud, aseguran una verdadera felicidad y un logro significativo.

La vida es hermosa

La vida es hermosa si haces el esfuerzo por hallar hermosura en ella. En algunas de las partes más pobres del mundo en el aspecto material he visto la salida del sol en todo su esplendor y he oído a los pájaros saludar gozosamente al nuevo día; he visto la belleza reflejada en una pequeña vasija de flores junto a una humilde vivienda o en la tímida pero radiante sonrisa de un niño que juega, empeñado en descubrir el mundo que lo rodea.

Es fácil que te deprimas si todos tus intereses se concentran en los medios de comunicación con sus detalles minuciosos de los asuntos más inquietantes del mundo. Pero, con cuidado, hallaras mucho para apreciar con reverencia en el mundo que el Padre Celestial te ha dado. Empieza por recordar que eres un hijo o una hija de Dios con un potencial divino. Él te ayudara a lograr una vida gozosa y satisfactoria.

El tomar decisiones

Debido a que el tomar decisiones correctas es esencial para lograr tus metas de la vida, considera la forma en que debes tomarlas. Hay dos métodos para tomar decisiones: el primero es el que llamo las decisiones que se basan en las circunstancias; el segundo, las decisiones que se basan en la verdad eterna. Examinemos cada uno de ellos.

El principio que guía las decisiones que se basan en las circunstancias es el de tomar decisiones según el resultado que se desee obtener, en lugar de hacerlo de acuerdo con lo que está bien o lo que está mal. En ese método no tiene lugar un conjunto fundamental de normas que guíen esas decisiones de un modo uniforme; cada una se toma según lo que prometa dar inmediatamente el resultado más deseado. El que siga ese camino queda librado a su propia fortaleza y capacidad y al apoyo de aquellos a quienes convenza de actuar en su favor. Satanás alienta este método, pues le da la mayor oportunidad de tentar a la persona a tomar decisiones que causen daño aunque parezcan las más atractivas en el momento de tomarlas. Seguir leyendo

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Para que demos testimonio de El

Conferencia General Octubre 1998
Para que demos testimonio de El
Susan L. Warner
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria

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“En una sociedad de valores inciertos y opiniones confusas, el testimonio puede ser, la vía mediante la cual los padres den a los hijos un ancla para su fe”.

Debido a que nuestro Padre Celestial desea que lo conozcamos y sintamos Su amor, Él planeó un mundo lleno de magnificas creaciones que testifican de Él y de Su Hijo Jesucristo. ¿Han contado alguna vez todas las cosas que dan testimonio del Salvador? Tenemos puestas de sol y caracoles marinos, lirios y lagos, insectos y animales, mañanas milagrosas y cielos estrellados.

El Señor mismo dijo a Moisés: “… se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de mí; tanto las que son temporales, como las que son espirituales; cosas que hay arriba en los cielos, cosas que están sobre la tierra, cosas que están en la tierra y cosas que están debajo de la tierra, tanto arriba como abajo; todas las cosas testifican de mí” (Moisés 6:63; cursiva agregada).

Dondequiera que vivamos en este mundo, vemos el glorioso sol naciente, que testifica de la Luz de Cristo que llena nuestros corazones e ilumina nuestras mentes. Los ríos caudalosos y los sinuosos arroyos dan testimonio de que el Salvador es la fuente de agua viva que saciara nuestra sed de las cosas espirituales. Los lirios del campo e incluso el más pequeño gorrión da testimonio de Su generoso y personal cuidado.

Pero de todas las creaciones extraordinarias de Dios, sólo nosotros, Sus hijos, somos creados a Su imagen y semejanza. Sólo nosotros, Sus hijos, tenemos la capacidad para desarrollar nuestras propias convicciones espirituales. Y únicamente nosotros, Sus hijos, podemos dar voz y expresión al testimonio que tenemos de Él. Nosotros, Sus hijos, nos regocijamos en nuestro privilegio y obligación sagrada de dar testimonio de Él y de Su Evangelio.

Hace poco, nuestra nieta Susie recibió un ejemplar de las Escrituras. Ella vive en un lugar en donde sus compañeros y la maestra de su clase no son miembros de la Iglesia, de modo que deseaba compartir con ellos los Artículos de Fe que se encuentran registrados en sus nuevas Escrituras. Decidió que sería apropiado hacerlo en la escuela durante el tiempo que estaba programado para dar a conocer algo que fuera de interés periodístico. Cuando le llegó el turno, Susie, de ocho años, se puso de pie ante sus compañeros y comenzó: “Nosotros creemos en Dios, el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículo de Fe Nº 1). Siguió adelante, pero cuando llego al séptimo Articulo de Fe, uno de los niños se quejó y dijo: “¡Eso no es un acontecimiento actual!”. La maestra respondió de inmediato: “¡Comprendo, pero para mí si es noticia!”. Seguir leyendo

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Pequeños templos: Grandes bendiciones

Conferencia General Octubre 1998
Pequeños templos: Grandes bendiciones
Elder David E. Sorensen
De la Presidencia de los Setenta

David E. Sorensen

“La sencilla presencia de un templo debe servir como un recordatorio de los convenios que hemos hecho, de la necesidad de ser, íntegros y del hecho de que Dios nunca está lejos”.

Elder Maxwell, usted es un gran tesoro para la Iglesia y una bendición para todo el mundo. El Señor le bendiga y le guarde.

Hermanos y hermanas, es una experiencia sobrecogedora el estar delante de ustedes. Cuando era un niño, mi familia tenía una rancho ganadero en la parte sur central de Utah y pasaba mucho de mi tiempo a caballo cuidando del ganado. Debo confesar que hay una parte de mí que se sentiría más cómoda evitando la embestida de un toro que el dirigirles la palabra; sin embargo, sé que estoy entre amigos y creo con todo mi corazón en la importancia de la obra que estamos llevando a cabo.

En los primeros días de la Iglesia, cuando había tan sólo unos pocos miembros, el profeta José Smith dijo a un grupo de hombres: “Concerniente a los destinos de esta Iglesia y reino, no sabéis más de lo que sabe un infante que está en brazos de su madre, no lo comprendéis, no veis aquí esta noche más que un puñado de poseedores del Sacerdocio, pero esta Iglesia llenara América del Norte y del Sur, llenara toda la tierra”. (Tal como lo citó Wilford Woodruf, Conference Report, abril de 1898, pág. 57.) Estamos comenzando a ver un cumplimiento parcial de esa profecía.

A medida que aumentan los miembros de la Iglesia alrededor del mundo, aumenta también la necesidad de tener templos. Hace trece años, el presidente Hinckley dijo: “La labor importante y sagrada que tiene lugar en los templos debe acelerarse, y para ello es necesario que los miembros tengan los templos cerca en lugar de tener ellos que viajar largas distancias para poder asistir al templo”. (“Regocijaos en esta gran época de construir templos”, Liahona, enero de 1986, pág. 44.)

Permítame compartir con ustedes algunas cantidades que revelan el progreso que la Iglesia ha tenido en el esfuerzo de llevar los templos más cerca a la gente:

En el año 1900, había sólo cuatro templos en funcionamiento, todos ellos en el estado de Utah.

En los próximos 50 años, desde 1900 hasta 1950, se dedicaron 4 templos más, haciendo un total de 8, de modo que en sus primeros cien años, la Iglesia construyó casi un templo por década.

En los treinta años siguientes, entre 1951 y 1980, se edificaron otros once templos, llevando el total a 19 y se llevaba un ritmo más acelerado; aun así había muchos miembros para quienes la visita al templo significaba años de ahorros y un largo viaje.

En la década de 1980, la Iglesia comenzó un esfuerzo más intenso en la edificación de templos; para 1997, se habían dedicado 32 templos más, o casi dos por año.

La Iglesia ha ingresado ahora en la era más dedicada a la construcción de templos de su historia. En 1998, se dedicaron 2 templos, con 15 más en construcción y una cantidad adicional de 26 terrenos para futuros templos en preparación para la palada inicial. Estos 43 templos, más los que ahora están en funcionamiento, hacen un total de 94. Seguir leyendo

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La esperanza por medio de la expiación de Cristo

Conferencia General Octubre 1998
La esperanza por medio de la expiación de Cristo
Elder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

“… la verdadera esperanza es mucho más que una simple meditación. No debilita, sino que aumenta nuestra fortaleza espiritual”.

Hermanos y hermanas, me siento muy agradecido de estar hoy con ustedes. Todavía tengo la cabeza un tanto brillante, pero no porque mis amigos peluqueros hayan magnificado su llamamiento, sino que más bien refleja los tratamientos adicionales que están produciendo resultados positivos, a pesar de los diferentes estilos de peinado que presento entre una y otra conferencia.

Mi gratitud continúa aumentando, principalmente hacia el Señor, luego hacia mi esposa y mi familia, tan especiales, hacia los competentes y esmerados médicos y enfermeras, y hacia tantos amigos y miembros que oran por mí.

Por un sinnúmero de razones, hermanos y hermanas, la sociedad actual parece esforzarse por tener esperanza. Las causas y los efectos relacionados con esto se entremezclan sutilmente.

En el uso cotidiano que damos a la palabra esperanza se incluyen ideas como la “esperanza” de llegar a cierto destino a cierta hora; la “esperanza” de que mejore la economía mundial; la “esperanza” de que nos visite un ser querido. Y esto simboliza nuestras sinceras pero temporarias esperanzas.

Las desilusiones de la vida representan con frecuencia los escombros de nuestras frustradas esperanzas temporarias. Sin embargo, acá me refiero a la indispensable necesidad de una esperanza definitiva.

Al final, la esperanza es un asunto distinto. Está ligada a Jesús y a las bendiciones de la grandiosa Expiación, bendiciones cuyo resultado es la Resurrección universal y la inestimable oportunidad que nos ofrece, de ese modo, de practicar el arrepentimiento emancipador haciendo posible lo que las Escrituras llaman “un fulgor perfecto de esperanza” (2 Nefi 31:20).

Moroni confirmó: “¿Y qué es lo que habéis de esperar? He aquí, os digo que debéis tener esperanza, por medio de la expiación de Cristo” (Moroni 7:41; véase también Alma 27:28). La verdadera esperanza, por lo tanto, no está relacionada con lo inconstante y temporario, sino con lo que es inmortal y eterno.

No es de sorprender que la esperanza este entretejida con otras doctrinas del Evangelio, en especial, con la fe y la paciencia.

Tal como la duda, la desesperanza y la insensibilidad van de la mano, así también sucede con la fe, la esperanza, la caridad y la paciencia. Pero estas cualidades deben nutrirse cuidadosa y constantemente, mientras que la duda y el desaliento, como la maleza, precisan muy poco estímulo para germinar y dispersarse ¡Lamentablemente, el desaliento sobreviene con naturalidad al hombre natural!

La paciencia, por ejemplo, nos permite enfrentar más equilibradamente el desequilibrio de las experiencias de la vida.

La fe y la esperanza se relacionan constantemente entre sí pero no siempre pueden distinguirse fácil o precisamente. Sin embargo, las expectativas de la esperanza definitiva son indudablemente seguras (véase Eter 12 4; véase también Romanos 8:24; Hebreos 11:1; Alma 32:21). Aun así, en la perspectiva geométrica de la teología restaurada, la esperanza es correspondiente a la fe, aunque a veces abarca una circunferencia mayor. La fe, a su vez, constituye “la certeza de lo que se espera” y la prueba de “lo que no se ve” (Hebreos 11:1; véase también Eter 12:6). Por ese motivo, la esperanza suele extenderse más allá de los actuales confines de la fe, pero siempre emana de Jesús. Seguir leyendo

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Abrir las ventanas de los cielos

Conferencia General Octubre 1998
Abrir las ventanas de los cielos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“El diezmo es un principio fundamental para la felicidad y el bienestar personal de los miembros de la Iglesia de todo el mundo, tanto ricos como pobres”.

Siempre es una responsabilidad abrumadora estar ante este púlpito y lo hago con humildad. Ruego que puedan comprender por medio del Espíritu todo lo que voy a decir.

Deseo hablar acerca de abrir las ventanas de los cielos. De pequeño aprendí una gran lección de fe y de sacrificio cuando trabajaba en la granja de mi abuelo durante la terrible depresión económica de la década de 1930: se habla vencido el plazo para pagar los impuestos de la granja, y el abuelo, al igual que muchas personas más, no tenía dinero; además, había una sequía en la tierra y algunas vacas y caballos morían por falta de pasto y heno. Una día en que cosechábamos el poco heno que había en el campo, el abuelo nos dijo que arrimáramos la carreta hasta la esquina del campo que tenía el mejor heno, que la llenáramos hasta el tope y que la lleváramos a la oficina de diezmos a fin de pagar su diezmo en especie.

Yo me pregunté cómo podía el abuelo usar el heno para pagar el diezmo cuando algunas de las vacas de las que dependíamos para nuestro sustento quizás murieran de hambre; incluso me pregunte si el Señor esperaba de él tanto sacrificio; pero, con el tiempo, me maravilló su gran fe en que el Señor de alguna manera proveería. El legado de fe que dejó a su posteridad fue más grande que el dinero, porque estableció en la mente de sus hijos y de sus nietos que más que nada amaba al Señor y Su santa obra por encima de las cosas terrenales: nunca llegó a ser rico, pero murió en paz con el Señor y consigo mismo.

El presidente Henry D. Moyle, quien vivió en mi barrio cuando yo serbia como un joven obispo, me enseñó más acerca del espíritu del diezmo. En un ajuste de diezmos, el presidente Moyle declaró: “Obispo, este es mi diezmo completo y un poco más porque así es como hemos sido bendecidos”.

El diezmo es un principio fundamental para la felicidad y el bienestar personal de los miembros de la Iglesia de todo el mundo, tanto ricos como pobres. El diezmo es un principio de sacrificio y la llave para abrir las ventanas de los cielos. En la Primaria aprendí de memoria un poema acerca de los diezmos: “¿Qué es el diezmo? Se los diré. Diez centavos de cada peso y un centavo de cada diez”. Pero no lo comprendí plenamente hasta que me lo enseñaron el abuelo y el presidente Henry D. Moyle.

La ley del diezmo es sencilla: Pagamos anualmente una décima parte de nuestro interés personal (1). La Primera Presidencia ha interpretado que la palabra interés significa ganancia (2). La cantidad que representa el diez por ciento de nuestra ganancia personal depende de cada uno de nosotros y de nuestro Creador: no existen reglas legalistas. Tal como lo dijo una vez un converso en Corea: “Con el diezmo, no importa si uno es rico o pobre. Se paga el diez por ciento, y uno no tiene que avergonzarse si no ha ganado mucho. Si gana mucho, se paga el diez por ciento. Si gana poco, aun así se paga el diez por ciento. Nuestro Padre Celestial nos amara por hacerlo y podemos mantener la cabeza en alto con orgullo” (3).

¿Por qué se debe alentar a los miembros en todo el mundo, muchos de los cuales quizás no tengan suficiente para sus necesidades diarias, a guardar la ley del diezmo del Señor? Tal como lo dijo el presidente Hinckley en Cebú, Islas Filipinas, si los miembros, “… aunque vivan en pobreza y miseria… aceptan el Evangelio y lo viven, pagan sus diezmos y ofrendas, aunque estos sean escasos… tendrán arroz en su plato, ropa con que abrigarse y techo donde cobijarse. No veo ninguna otra solución” (4). Seguir leyendo

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A los jóvenes y a los hombres

Conferencia General Octubre 1998
A los jóvenes y a los hombres
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Digo que ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden”.

Hermanos, es una gran oportunidad y una formidable responsabilidad dirigirles la palabra.

Quisiera dirigirme primeramente a los jóvenes que están aquí esta noche; gracias por su presencia, en dondequiera que estén congregados. Gracias por asistir a seminario y a las reuniones dominicales. Los respeto por su deseo de aprender el Evangelio, de profundizar sus conocimientos de la palabra del Señor. Les agradezco el deseo que llevan en el corazón de ir a la misión. Les doy las gracias por sus sueños de casarse en el templo y de criar una familia honorable.

Ustedes no son jóvenes sin futuro; no desperdician la vida vagando sin rumbo, sino que tienen un propósito y un designio; tienen planes que sólo pueden llevar al progreso y a la fortaleza.

Suceden cosas maravillosas cuando aprovechan sus energías y definen sus sueños. Hace poco recibí una proclamación de un grupo de jóvenes Santos de los Últimos Días del norte de California. Ellos provienen de diecinueve estacas, y, cuando se congregaron en las montañas, visitaron el sitio de una tragedia pionera. Al meditar los jóvenes en lo que vieron y en los recordatorios del legado que han recibido, se les invitó a firmar la Proclamación del Campamento Scout del Sendero Mormón. Me gustaría leerles ese juramento:

“Declaramos a todos que somos Boy Scouts… y poseedores del Sacerdocio Aarónico de Dios. Afirmamos nuestra lealtad a los valores y a los principios que guiaron a los hombres del Batallón Mormón y a los hombres y a las mujeres pioneros Santos de los Últimos Días que ayudaron a fundar este estado de California. Como agradecidos hijos de ellos, nos regocijamos en el legado de servicio que hemos recibido.

“Hoy, día 18 de julio de 1998, nos comprometemos a convertirnos al Evangelio de Jesucristo. Estudiaremos las Escrituras; oraremos para recibir fortaleza para obedecer; trabajaremos; nos esforzaremos con todo el corazón por seguir el ejemplo de Jesús.

“Mediante el servicio a los demás magnificaremos el sacerdocio que se nos ha otorgado. Nos mantendremos dignos de administrar el sacramento de la Santa Cena del Señor. Dondequiera se necesite ayuda, la ofreceremos, tal como lo hicieron nuestros antepasados.

“Demostraremos ser dignos de recibir el sacerdocio mayor: el Sacerdocio de Melquisedec. Nos comprometemos a formar parte del ejército del Señor y a salir como misioneros regulares para invitar a todos a venir a Cristo.

“Somos jóvenes del convenio. Nos prepararemos para recibir el convenio del matrimonio eterno. En oración pedimos llegar a tener esposas e hijos rectos, a los que honraremos y protegeremos con nuestra propia vida.

“Declaramos que sean cuales fueren los riesgos y las tentaciones, y el estado del mundo que nos rodea, así como nuestros antepasados fueron fieles, nosotros también lo seremos. Al igual que nuestros antecesores, evitaremos ensalzarnos a nosotros mismos y dejaremos a un lado la ganancia personal a fin de edificar una sociedad pacifica gobernada por Dios.

“En todo momento y en todo lugar, seremos leales a nuestro juramento”.

Felicito a todos los jóvenes que firmaron ese juramento. Ruego que ninguno de ellos deje de cumplir las promesas que ha hecho consigo mismo, con la Iglesia y con el Señor.

Qué mundo tan diferente seria este si todo joven pudiera firmar y firmara una declaración de promesa similar a esa. No habría vidas desperdiciadas por las drogas; no habría pandillas de niños que matan a niños ni jóvenes encaminados a la prisión o a la muerte. La instrucción sería un premio digno del esfuerzo por adquirirla. El servicio en la Iglesia sería una oportunidad que se valoraría. Habría más paz y amor en el hogar de las personas. Nadie miraría pornografía ni leería impresos inmorales. Ustedes honrarían y respetarían a las jovencitas con quienes se relacionaran, y ellas nunca temerían estar a solas en compañía de ustedes cualesquiera fueran las circunstancias. Sería como si los jóvenes guerreros de Helamán hubieran reclutado a los jóvenes del mundo para que adoptaran el modo de vida de ellos.

Naturalmente, el plan de vida de ustedes incluiría una misión. Gustosamente irían a donde fueran enviados a fin de realizar la obra del Señor, entregándole todo su tiempo y atención, fortaleza, energías y amor.

Permítanme leerles partes de una carta de un joven que ahora sirve en la misión. La escribió a su familia, y espero no ser indiscreto al leerla ante esta gran congregación. No revelaré el nombre del autor ni la misión en donde presta servicio.

Él dice: “¡Este año pasado ha sido excelente! Después de haber trabajado en la oficina de la misión, me trasladaron a esta rama pequeña, y desde entonces mi vida ha cambiado en forma dramática. En estos últimos meses he aprendido lo que realmente es importante, lo que es de valor; he aprendido a olvidarme de mí mismo; he aprendido a trabajar eficazmente; he aprendido a amar a los demás; he aprendido que Dios me ama y que yo lo amo a Él. En una palabra, he aprendido a vivir según mis creencias…

“He aprendido de las personas y de las cosas; he visto a personas que nunca supieron que eran hijos de Dios derramar lágrimas de gozo; he visto que las oraciones de los penitentes han sido contestadas; he visto a personas absorber el Evangelio de Jesucristo y desear cambiar y ser personas nuevas, y todo por un sentimiento…

“A menudo sueno en cuanto al plan de salvación; pienso en la obra maravillosa y el prodigio que han ocurrido; pienso en el poder y en la fuerza de los ángeles que están entre nosotros. A veces me pregunto cuántos de ellos están a mí alrededor para ayudarme a dar testimonio en un idioma que nunca creí alcanzar a comprender plenamente.

“Medito en las cosas pacificas de la gloria inmortal que Enoc vio en visión… Estoy agradecido a Dios por ser quien soy. Mi más grande bendición en la vida es estar vivo, vivo en el servicio de nuestro Dios. En ello encuentro gran paz y regocijo”.

Ahora bien, mis queridos y jóvenes amigos, espero que todos ustedes estén encaminados hacia el servicio misional. No puedo prometerles diversión; no puedo prometerles una vida desahogada y comodidad; no puedo prometerles que no tendrán desanimo, temor y a veces hasta desdicha. Pero si puedo prometerles que progresaran como no lo han hecho en toda la vida en un período similar. Puedo prometerles una felicidad que será singular, maravillosa y duradera. Puedo prometerles que reconsideraran su vida, que establecerán nuevas prioridades, que vivirán más cerca del Señor, que la oración llegara a ser una experiencia real y maravillosa, que andarán con fe en el resultado de sus buenas obras.

Dios los bendiga, jóvenes de esta, Su gran Iglesia. Que cada uno de ustedes camine con un propósito más firme, con la determinación de ser Santos de los Últimos Días en todo el sentido de la palabra. Que los logros, la realización y el servicio sean su recompensa en la vida fascinante y maravillosa que tienen por delante.

Ahora, hermanos, quisiera dirigirme a los hombres mayores, con la esperanza de que también aprendan algo los jóvenes.

Quisiera hablarles de asuntos temporales.

Como fundamento de lo que quisiera decir, voy a leerles unos versículos del capítulo 41 de Génesis.

Faraón, el gobernante de Egipto, tuvo sueños que le turbaron en extremo y los sabios de la corte no pudieron interpretarlos. Entonces le llevaron a José. “Entonces Faraón dijo a José: En mi sueño me parecía que estaba a la orilla del río;

“y que del río subían siete vacas de gruesas carnes y hermosa apariencia, que pacían en el prado.
“Y que otras siete vacas subían después de ellas, flacas y de muy feo aspecto…
“Y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas…
“Vi también sonando, que siete espigas crecían en una misma cana, llenas y hermosas.
“Y que otras siete espigas menudas, marchitas, [y] abatidas del viento solano, crecían después de ellas;
“y las espigas menudas devoraban a las siete espigas hermosas…
“Entonces respondió José a Faraón… Dios ha mostrado al Faraón lo que va a hacer.
“Las siete vacas hermosas siete años son; y las espigas hermosas son siete años: el sueño es uno mismo…
“Lo que Dios va a hacer, lo ha mostrado a Faraón.
“He aquí vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto.
“Y tras ellos seguirán siete años de hambre…
“y… Dios se apresura a hacer[lo]” (Génesis 41:17-20, 22-26, 28-30, 32).

Ahora, hermanos, quisiera decir con toda claridad que no estoy profetizando; no estoy prediciendo que vendrán años de hambre en el futuro, pero si digo que ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden.

Muchos de nuestros miembros viven al borde de sus ingresos; de hecho, algunos viven con dinero prestado.

Hemos sido testigos en semanas recientes de cambios grandes y alarmantes en las bolsas de valores del mundo. La economía es algo frágil, y una baja en la economía de Yakarta o de Moscú puede afectar de inmediato a todo el mundo. Con el tiempo, puede llegar a afectarnos a nosotros, individualmente. Hay un presagio de tiempo tormentoso al cual debemos hacer caso.

Espero, de todo corazón, que nunca tengamos una depresión económica. Yo viví durante la Gran Depresión Económica de la década de 1930 [de los Estados Unidos]. Termine mis estudios universitarios en 1932, cuando el índice de desempleo de esta región excedía al treinta y tres por ciento.

En ese entonces, mi padre era el presidente de la estaca más grande de la Iglesia en este valle. Eso fue antes de que contáramos con el actual programa de bienestar. Él se pasaba las noches preocupado por los miembros y, junto con sus colaboradores, estableció un gran proyecto para cortar leña con el fin de abastecer las calderas y las estufas y mantener abrigadas a las personas durante el invierno porque no tenían dinero para comprar carbón. Entre los que cortaban leña había hombres que habían sido ricos. Repito, espero que nunca más volvamos a ver una depresión económica como esa, pero me preocupa la enorme deuda a plazos que pesa sobre la gente de esta nación, incluida nuestra propia gente. En marzo de 1997, esa deuda sumaba 1.2 billones de dólares, lo cual representaba un aumento del siete por ciento, comparado con el año anterior.

En diciembre de 1997, entre 55 y 60 millones de familias de los Estados Unidos debían un saldo en sus tarjetas de crédito. Esos saldos promediaban más de siete mil dólares a un costo de mil dólares anuales por concepto de intereses y cuotas. La deuda del consumidor, en comparación con el ingreso neto, aumentó del 16,3 por ciento en 1993 al 19,3 por ciento en 1996.

Todos sabemos que un peso que se pide prestado lleva consigo la pena del pago de intereses. Cuando el dinero no se puede saldar, viene la bancarrota. El año pasado hubo 1.350.118 bancarrotas en los Estados Unidos, lo cual representó un aumento del 50 por ciento comparado con 1992. En el segundo trimestre de este año, casi 362.000 personas declararon bancarrota, un número récord para un solo trimestre.

Somos engañados por la atractiva publicidad a la que estamos expuestos. Por televisión se nos comunica la tentadora invitación a pedir un préstamo de hasta el 125 por ciento del valor de nuestra casa, pero no se hace ninguna mención del interés que hay que pagar.

El presidente J. Reuben Clark Jr., dijo desde este púlpito, en la reunión del sacerdocio de la conferencia de 1938: “… Una vez endeudados, el interés es su compañero cada minuto del día y de la noche; no pueden huir ni escapar de él; no pueden desecharlo; no cede a súplicas, demandas ni órdenes; y cada vez que se crucen en su camino, atraviesen su curso o no cumplan sus exigencias, los aplastara” (“Conference Report”, abril de 1938, pág. 103; véase también de L. Tom Perry, “Si estáis preparados, no temeréis”, Liahona, enero de 1996, pág.41).

Naturalmente, reconozco que quizás sea necesario pedir un préstamo para comprar una casa, pero compremos una casa cuyo precio este dentro de nuestras posibilidades, a fin de menguar los pagos que constantemente pesaran sobre nuestra cabeza sin misericordia ni tregua hasta por treinta largos años.

Nadie sabe cuándo surgirá una emergencia. Estoy algo familiarizado con el caso de un hombre de gran éxito en su profesión que vivía con cierta holgura. Construyó una casa grande y, un día, fue víctima de un accidente grave. En un instante, sin previo aviso, casi perdió la vida y resulto lisiado. Su aptitud para ganarse el sustento quedó destruida; contrajo elevadas cuentas médicas además de otras que tenía que liquidar, lo cual lo dejo indefenso ante SUS acreedores. En un momento pasó de la riqueza a la ruina.

Desde los inicios de la Iglesia, el Señor ha hablado en cuanto a este tema de las deudas. Por medio de la revelación, dijo a Martin Harris: “Paga la deuda que has contraído con el impresor. Líbrate de la servidumbre” (D. y C. 19:35).

El presidente Heber J. Grant hablo del asunto en repetidas ocasiones desde este púlpito. Él dijo: “Si hay algo que puede traer paz y contentamiento, personales y familiares, es vivir dentro de los límites de nuestras entradas. Y si hay algo desalentador y que corroe el espíritu, es tener deudas y obligaciones que no podemos cumplir” (Gospel Standards, comp. por G. Homer Durham, 1941, pág. 111; véase también de N. Eldon Tanner, “Los cinco principios de la estabilidad económica”, Liahona, mayo de 1982, pág. 42).

Estamos llevando a toda la Iglesia el mensaje de la autosuficiencia, la cual no se puede lograr cuando las deudas gravosas pesan sobre el hogar. Las personas no son independientes ni están libres de la servidumbre cuando tienen compromisos financieros con otras personas.

En la administración de los asuntos de la Iglesia, hemos tratado de dar el ejemplo. Como norma, hemos seguido estrictamente la práctica de ahorrar anualmente un porcentaje del ingreso de la Iglesia para estar preparados para un posible día de necesidad.

Me siento agradecido de poder decir que la Iglesia, en todas sus operaciones y empresas, en todos sus departamentos, funciona sin pedir préstamos. Si no nos alcanzan los ingresos, acortaremos nuestros programas, reduciremos los gastos a fin de ajustarnos a los ingresos, y no pediremos prestado.

Uno de los días más felices de la vida del presidente Joseph F. Smith fue cuando la Iglesia terminó de pagar las deudas contraídas desde hacía mucho tiempo.

Que espléndido sentimiento es estar libre de deudas y tener ahorrado un poco de dinero en un lugar al que se pueda recurrir en caso de necesidad, para alguna emergencia.

El presidente Faust no les contaría esto, pero quizás yo sí, y más tarde él podrá arreglárselas conmigo. El préstamo para la compra de su casa tenía el cuatro por ciento de interés. Muchas personas le habrían dicho que sería insensato liquidar ese préstamo cuando la tasa de interés era tan baja. Pero en la primera oportunidad que tuvo de obtener los recursos necesarios, él y su esposa decidieron liquidar el préstamo, y desde ese día ha estado libre de deudas. Es por eso que siempre lleva una sonrisa y silba al trabajar.

Hermanos, los insto a evaluar su situación económica. Los exhorto a gastar en forma moderada, a disciplinarse en las compras que hagan para evitar las deudas hasta donde sea posible. Liquiden sus deudas lo antes posible y líbrense de la servidumbre.

Esto es parte del Evangelio temporal en el que creemos. Que el Señor los bendiga, mis amados hermanos, para que pongan sus casas en orden. Si han liquidado sus deudas y cuentan con una reserva, por pequeña que sea, entonces, aunque las tormentas azoten a su alrededor, tendrán refugio para su esposa e hijos y paz en el corazón. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto, pero quiero decirlo con todo el énfasis con el que me es posible expresarlo.

Les dejo mi testimonio de la divinidad de esta obra y mi amor para cada uno de ustedes. En el nombre del Redentor, el Señor Jesucristo. Amén.

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Nuestro hoy determina nuestro mañana

Conferencia General Octubre 1998
Nuestro hoy determina nuestro mañana
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

“Que cada uno de nosotros aprenda de Él, crea en Él, confíe en Él, le siga, le obedezca. Al hacerlo, podremos llegar a ser como Él”.

Es un gozo y un privilegio para mí estar ante ustedes, un auditorio tan vasto de poseedores del sacerdocio aquí y en otros lugares. Las reuniones generales del sacerdocio de la Iglesia siempre han sido un deleite para mí desde la época en que estaba en el Sacerdocio Aarónico hasta la actualidad. Escuchar lo que “Dios manda a los profetas, que predican la verdad ‘, como lo expresa uno de nuestros himnos, es una preciada bendición.

Sostenemos a Gordon B. Hinckley como el Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y como el Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia en nuestra época. Una carta que recibí de un orgulloso padre cuenta de un incidente con su hijo que entonces tenía cinco años, del amor de ese niño por el Presidente de la Iglesia y del deseo que tenía de emular su ejemplo. El padre escribió:

“Cuando Christopher tenía cinco años, se vestía casi solo para ir a la Iglesia los domingos. Un domingo en particular, decidió que iba a usar un traje y una corbata, lo que nunca había hecho antes. Buscó en su armario una corbata usada y encontró una con nudo prefabricado, para colgársela en la camisa sin tener que hacer el nudo. Se ajustó la corbata a la camisa blanca y se puso la pequeña chaqueta azul marino que había estado colgada por años en el armario de sus hermanos.

“Luego fue solo al baño y con cuidado peinó su rubio cabello a la perfección. En ese momento, yo también entre en el baño para terminar de alistarme y encontré a Christopher con una radiante sonrisa frente al espejo. Sin quitarse los ojos de encima, dijo con orgullo: ‘Mira papa: ¡Christopher B. Hinckley!” (1). Y el padre se dio cuenta de que un niño había estado observando a un profeta del Señor.

Nuestros hijos observan: ellos absorben las lecciones eternas y moldean su futuro. ¿Qué ejemplos les estamos dando?

Hace varios años, cuando Clark, nuestro hijo menor, asistía a una clase de religión en la Universidad Brigham Young, durante la clase el maestro le preguntó: “¿Qué experiencia con tu padre es la que más recuerdas?”.

Posteriormente el instructor me escribió y se refirió a la respuesta que Clark había dado en la clase. Clark dijo: “Cuando era diácono en el Sacerdocio Aarónico, papa y yo fuimos a cazar faisanes cerca de Malad, Idaho. Era lunes, el último día de la temporada de caza. Caminamos campo abierto a través de innumerables terrenos en busca de faisanes pero sólo vimos unos pocos, y no les dimos en el blanco. Papa entonces me dijo: ‘Clark, descarguemos las armas y pongámoslas en la zanja, y después arrodillémonos para orar’. Pensé que papa pediría más faisanes, pero me equivoqué; me explicó que el élder Richard L. Evans estaba gravemente enfermo y que a las doce del mediodía de ese lunes en particular, los miembros del Quórum de los Doce, sin importar donde se encontraran en ese momento, debían arrodillarse y, de alguna manera, unirse todos en una ferviente oración de fe a favor del élder Evans. Luego de quitarnos los gorros, nos arrodillamos y oramos”.

Recuerdo bien esa ocasión, pero nunca pensé que un hijo observaba, aprendía y edificaba su propio testimonio.

Al analizar los resultados estadísticos de los que poseen el Sacerdocio Aarónico como diáconos, maestros y presbíteros, nos preocupa cuando un gran número de diáconos cae en la inactividad y no se les puede ordenar maestros en el debido tiempo. Es lo mismo con algunos que son maestros y que no son ordenados presbíteros y, en particular, con los presbíteros que nunca reciben el Sacerdocio de Melquisedec. Hermanos, esto nunca debe suceder: tenemos una tremenda responsabilidad de guiar e inspirar a estos jóvenes en el sendero del sacerdocio para que ninguna avalancha de pecado o de error impida su progreso o los desvíe de sus metas eternas.

Obispos y consejeros de obispos, ¿podrían llevar a cabo un estudio del nivel de actividad de cada joven del Sacerdocio Aarónico y trazar su propio plan para asegurar el progreso y la actividad de cada uno de ellos?

Un obispo recién llamado, en su primera reunión con sus consejeros, declaró: “El Sacerdocio Aarónico es nuestra primera responsabilidad”. Al segundo consejero dijo: “Le ruego que se responsabilice personalmente de que todo diácono, cuando llegue a la edad indicada, sea digno y se le ordene a maestro”. Al otro consejero expreso: “¿Podría usted hacer lo mismo con respecto a los maestros, para que cuando llegue el momento sean dignos y sean ordenados presbíteros?”. Luego el obispo continuo: “Yo haré lo mismo con respecto a los presbíteros a fin de que reciban el Sacerdocio de Melquisedec y sean ordenados élderes. Juntos, y con la ayuda de Dios, podremos hacerlo”. Y lo hicieron.

Nuestra juventud necesita menos críticas y más ejemplos para seguir. Ustedes, asesores de los quórumes del Sacerdocio Aarónico, son maestros y ejemplos para los jóvenes. ¿Conocen el Evangelio? ¿Han preparado la lección? ¿Conocen a cada joven y determinan, con la ayuda de la oración, de qué manera pueden llegar a su mente y a su corazón, y de ese modo ejercer una influencia en sus posibilidades futuras?

Recuerden, no es suficiente el suponer que cuando ustedes enseñan el joven está escuchando lo que dicen. Permítanme ilustrarlo:

En lo que llamamos la Sala de Conferencias Oeste del Edificio de Administración de la Iglesia se halla un precioso cuadro pintado por el artista Harry Anderson. La obra representa a Jesús sentado en un pequeño muro de piedra con numerosos niños a su alrededor que saben que son el objeto de Su amor. Cada vez que contemplo el cuadro, pienso en el pasaje de las Escrituras que dice: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (2). Seguir leyendo

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¿Con qué potestad… habéis hecho vosotros esto?

Conferencia General Octubre 1998
«¿Con qué potestad… habéis hecho vosotros esto?»
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

“El sacerdocio de Dios se ha convertido en el poder eminente para bien en el mundo… Este gran poder para bien nos ha sido confiado; no debemos debilitarlo al no cumplir nuestras responsabilidades.”

Mis amados hermanos, les expreso mi amor y mi agradecimiento por su devoción y fidelidad como los poseedores del sacerdocio de Dios.

A principios de este año, mis tres hijos y yo visitamos Francia, donde mi padre luchó en el ejército de los Estados Unidos, en la Primera Guerra Mundial. Grandes fueron los sufrimientos y terribles las consecuencias de todos los que participaron en esa guerra. Millones perdieron la vida. Aun cuando a mi padre no lo mataron, le quedaron cicatrices mentales y físicas hasta el día de su muerte. A pesar de sus experiencias aterradoras, empezó su diario personal de la siguiente manera: “Si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría porque es mi deber” (1). Al viajar a través de esos hermosos campos 80 años más tarde, visitamos los lugares en que ocurrieron las batallas y los cementerios donde se encuentran sepultados combatientes de ambos lados. En el cementerio militar ubicado en las afueras de París, apoyándome con la mano sobre la cruz de Stanford Hinckley, le llamé al presidente Hinckley desde un teléfono celular para expresarle lo que yo sentía en esa ocasión.

La Primera Guerra Mundial fue trágica en particular para nuestra familia, porque mi padre tenía algunos primos segundos que servían en el ejército contrario, en los mismos lugares de batallas en general. Finalmente, llegamos a conocer a esos parientes y nos dimos cuenta de que eran cristianos decentes, temerosos de Dios. No tenían nada que ver con la geopolítica monumental ni con las causas de la guerra. Al igual que mi padre, servían a su país porque era su deber. La Primera Guerra Mundial y las guerras subsiguientes causaron enorme sufrimiento y fueron la causa de la muerte de innumerable gente inocente. En términos muy sencillos, las guerras muy a menudo son el resultado de una gran ambición de poder.

Esta noche deseo hablarles a ustedes, hombres jóvenes del sacerdocio, sobre el poder y el uso adecuado del sacerdocio, y sobre su compañero, el cumplimiento del deber. El poder es sumamente atractivo; puede ser bueno o malo. En sus años de crecimiento, ustedes los jóvenes se sienten atraídos por personajes que, de una forma u otra, Son poderosos. Estos a menudo son ídolos deportivos, artistas, gente de recursos y aquellos que tienen poder político. Lamentablemente, algunos jóvenes, en especial aquellos a quienes no les va bien en sus estudios, o que no quedaron en el equipo o no fueron elegidos para cantar en un coro seleccionado, se pueden sentir rechazados y atraídos hacia grupos que ellos consideran que van a compensar esa ineptitud. Esa necesidad imperiosa de ser aceptados o de obtener poder los lleva, como la polilla a la luz de la vela, a unirse a pandillas callejeras u otras asociaciones que pueden ser violentas y alentarles a adquirir hábitos peligrosos para el cuerpo y para el alma. Seguir leyendo

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Pero yo y mi casa serviremos a Jehová

Conferencia General Octubre 1998
“Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”
Elder H. Bryan Richards
De los Setenta

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“No hay nada que un joven pueda hacer que se compare en importancia a cumplir una misión regular”.

Y dijo Josué a todo el pueblo [de Israel]… escogeos a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:2, 15).

Tal como en los tiempos de Josué, así también sucede con nosotros. Como padres, una de las decisiones que debemos tomar es si prepararemos o no a nuestros hijos para que cumplan una misión regular.

A fin de que podamos comprender cuán importante es esta decisión, quisiera citar las palabras de algunos de nuestros profetas actuales.

El presidente Howard W. Hunter indicó: “Los profetas de tiempos pasados han enseñado que todos los jóvenes sanos, capaces y dignos deben cumplir una misión regular. Hoy día vuelvo a recalcar la importancia de que lo hagan” (“Sigamos al Hijo de Dios”, Liahona, enero de 1995, pág. 101).

El presidente Gordon B. Hinckley declaró: “Digo lo que ya se ha dicho antes, que la obra misional es esencialmente una responsabilidad del sacerdocio, por lo que nuestros hombres jóvenes deben llevar el peso principal. Esta es la responsabilidad y la obligación de ellos” (“Pensamientos sobre los templos, la retención de conversos y el servicio misional”, Liahona, enero de 1998, pág. 65).

¿Qué le diría hoy el Señor a un joven que estuviera decidiéndose a cumplir una misión regular? Con palabras llenas de amor, Él le dijo a Orson Pratt cuando este tenía diecinueve años de edad: “Orson, hijo mío, escucha, oye y ve lo que te diré yo, Dios el Señor… bendito eres, porque has creído; y más bendito eres, porque te he llamado a predicar mi evangelio…” (D. y C. 34:1, 4-5). ¿Pueden sentir el amor que el Señor tiene por todo joven que responda al llamamiento de servirle?

Como padres, tenemos la responsabilidad de preparar a nuestros hijos para que sean dignos y tengan el deseo de servir al Señor. Tenemos la mayordomía de nuestros hijos, quienes han sido reservados para estos días. El Señor los ha confiado a nuestro cuidado y nosotros tendremos que dar cuenta de ello. Una de las bendiciones de esa mayordomía consiste en preparar a nuestros hijos para que sirvan al Señor.

Deseo dirigirme por un momento a los padres y a los hijos de la Iglesia. Una de las más notables historias que el Libro de Mormón contiene nos enseña en cuanto a la influencia que los padres ejercen en sus hijos. Este es el relato sobre dos mil sesenta jóvenes que se ofrecieron para defender la libertad de Su nación. Fue Helamán quien los condujo en la batalla. “Sin embargo… ni uno solo de ellos había perecido; si, y no hubo entre ellos uno solo que no hubiera recibido muchas heridas” (Alma 57:25). ¿Y por qué no? Porque “obedecieron y procuraron cumplir con exactitud toda orden…” Entonces Helamán explica cuál fue la razón de este gran milagro: “Y me acorde de las palabras que, según me dijeron, sus madres les habían enseñado” (Alma 57:21). ¿Y qué les habían enseñado sus madres? “… que había un Dios justo, y que todo aquel que no dudara, seria preservado por su maravilloso poder” (Alma 57:26). Padres, ¿reconocen el gran poder que tienen en la vida de sus hijos? Si les enseñan que hay un Dios justo y que Él quiere que todo joven capaz y digno cumpla una misión, sus hijos tendrán la fe indispensable para responder al llamado del Señor.

Obispos, como parte de su mayordomía particular, ustedes tienen la enorme responsabilidad de preparar a los jóvenes para que sirvan una misión regular. Comiencen temprano. Ayúdenles a entender el experimento de Alma. Siembren la semilla en el corazón de esos jóvenes que les hará ir a la misión y entonces aliéntenlos a que pregunten al Señor si esa es una semilla buena. Luego, si les ayudan a alimentar esa semilla, germinará en el milagro de que sirvan como misioneros.

Yo siempre estaré agradecido de que mi esposa, los obispos y los líderes del sacerdocio enseñaran y prepararan a nuestros hijos para que cumplieran una misión.

¿Cómo podríamos lograr un significativo aumento en el número de jóvenes que han de servir una misión regular? En primer lugar, los padres deben comprender la responsabilidad que tienen; deben pedirle a nuestro Padre Celestial que les ayude a saber cómo habrán de preparar a sus hijos para que cumplan una misión. Esto no es solamente para los que viven en Estados Unidos, Inglaterra, Mongolia o Brasil, sino para todo joven de la Iglesia que sea capaz y digno. Obispos, ustedes deben seguir el mismo procedimiento.

El presidente Boyd K. Packer ha dicho: “Si la verdadera doctrina se entiende, ello cambia la actitud y el comportamiento” (“Los niños pequeños”, Liahona, enero de 1987, pág. 17). La doctrina que cambiara la disposición de nuestros jóvenes con respecto a la obra misional es el entender el valor de una sola alma. Jesucristo padeció el supremo sacrificio al ofrecernos Su expiación infinita, la cual nos abre el único camino para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial y vivir con Él. Si los padres, los obispos y los jóvenes mismos entienden esta doctrina verdadera, nuestros jóvenes estarán preparados y tendrán el deseo de servir.

Quisiera citar estas palabras del élder Joe J. Christensen: “El Señor no dijo: ‘Vayan a la misión si se ajusta a sus planes, o si les da la gana, o si no obstaculiza sus becas, o su romance o sus planes académicos. El predicar el Evangelio es un mandamiento y no una mera sugerencia; es una bendición y un privilegio, no un sacrificio. Recuerden… el Señor y Sus profetas cuentan con ustedes” (“El Salvador cuenta con ustedes”, Liahona, enero de 1997, pág. 45).

No hay nada que un joven pueda hacer que se compare en importancia a cumplir una misión regular. El bien que hagan como siervos del Señor Jesucristo perdurará por la eternidad.

En la actualidad está sirviendo el mayor ejército de misioneros que jamás se haya alistado en la historia del mundo. No permitan que sus hijos dejen de formar parte de ese gran ejército. Estos jóvenes, encomendados y probados antes de que vinieran a la tierra, no son hombres comunes y corrientes; son espíritus escogidos a quienes se les reservo para que vinieran aquí en esta época.

Al pensar en este gran cometido que el Señor nos ha dado de proclamar el Evangelio a todo el mundo, quiero pedirles que, personalmente y como familias, supliquen a nuestro Padre Celestial que todos y cada uno de nuestros jóvenes de la Iglesia tengan el deseo de cumplir una misión y vivan dignos de ello.

Ruego que nuestro Padre Celestial nos bendiga con la firme determinación de preparar a nuestros jóvenes para el servicio misional; que los jóvenes de la Iglesia en la actualidad sean como los hijos de Helamán y cumplan con exactitud cada palabra del Señor y sean una luz que resplandezca como sobre un monte y declaren al mundo entero que, tal como Josué en la antigüedad, han escogido servir al Señor.

Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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El quórum del Sacerdocio

Conferencia General Octubre 1998
El quórum del Sacerdocio
Elder D. Todd Christofferson
De la Presidencia de los Setenta

D. Todd Christofferson

“Decídanse ahora a hacer todo lo posible por lograr que su quórum del sacerdocio sea digno del nombre, sea fiel a su misión”.

En 1918, el hermano George Goates era granjero y cultivaba remolacha azucarera en Lehi, Utah. Ese año el invierno empezó temprano y congeló gran parte de su cosecha de remolacha todavía por recoger. La siega fue lenta y difícil para el hermano Goates y su hijo Francis, un niño. Entretanto, una epidemia de gripe cundía por todo el lugar. La terrible enfermedad ya había truncado la vida de Charles, otro de sus hijos, y de tres hijitos de este, dos niñitas y un varón; en el transcurso de sólo seis días, el apesadumbrado George Goates había hecho tres viajes a Ogden, Utah (entre Ogden y Lehi hay aproximadamente 115 kilómetros), con el fin de llevar los cuerpos para sepultarlos. Al final de ese espantoso período, George y Francis Goates tomaron su carromato y se dirigieron al campo de remolachas.

En el camino se cruzaron con muchas carretas conducidas por granjeros vecinos cargadas de remolachas que se dirigían a la fábrica azucarera. Al encontrarse, cada uno de los conductores lo saludaba con la mano y le decía: “¿Qué tal, tío George?”, “Lo lamento mucho, George”, “¿qué pena, George?”, “¡Acá están tus amigos, George!”.

En la última carreta iba Jasper Rolfe, “el pecoso”, que lo saludó alegremente, diciendo: “¡Aquí van todas, George!”.

El hermano Goates se volvió hacia Francis y comentó: “¡Ojalá fueran todas las nuestras!”.

Al llegar a la entrada de la granja, Francis bajó de un brinco y abrió el portón para que su padre entrara en el campo con el carromato. George detuvo a los animales y miró a su alrededor: ¡No había una sola remolacha en todo el campo! Entonces se dio cuenta de lo que Jasper Rolfe había querido decir con sus palabras: “¡Aquí van todas, George!”

El hermano Goates bajó de su carromato, recogió un puñado de la fértil tierra oscura que tanto amaba, y otro de tallos, y contemplo un momento esos símbolos de su labor sin poder creerlo.

Después se sentó sobre una pila de tallos, y aquel hombre que en sólo seis días había sepultado a cuatro seres queridos; que había hecho los féretros, había cavado los sepulcros e incluso ayudado a vestir a los muertos; aquel hombre sorprendente que no había vacilado, ni se había amilanado ni había desmayado en medio de esas penosas pruebas; aquel hombre se sentó en una pila de tallos y se echó a sollozar como un niño.

Luego se levantó, secó sus ojos, miró hacia el cielo y dijo: “Gracias, Padre, por los élderes de nuestro barrio” (1).

Sobre esos élderes es que deseo hablar esta noche. Quiero hablar de los hermanos del sacerdocio, del quórum del sacerdocio.

El presidente Boyd K. Packer ha explicado esto:

“En tiempos antiguos, cuando se nombraba a un hombre para integrar cierto grupo, su comisión, escrita siempre en latín, bosquejaba la responsabilidad de la organización, definía quienes serían los miembros, e invariablemente contenía la expresión ‘quórum vos unum’, que quería decir: ‘Del cual deseamos que seas uno” (2).

“En la dispensación del cumplimiento de los tiempos, el Señor mandó que el sacerdocio debía ser organizado en quórumes, lo cual significa asambleas selectas de hermanos a quienes se ha dado la autoridad para que se hagan responsables de que [Sus] asuntos… se lleven a cabo y Su obra siga adelante.

“Un quórum es una hermandad… El ser parte… de su quórum es el derecho de quien ha sido ordenado a un oficio dentro del sacerdocio…” (3). Seguir leyendo

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El Sacerdocio Aarónico y la Santa Cena

Conferencia General Octubre 1998
El Sacerdocio Aarónico y la Santa Cena
Elder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

“Los poseedores del Sacerdocio Aarónico abren la puerta a todos los miembros que participan dignamente de la Santa Cena para que disfruten de la compañía del Espíritu del Señor y del ministerio de ángeles”.

Mis queridos hermanos, agradezco la oportunidad de hablarles esta noche. Dirijo mis comentarios a los jóvenes que poseen el Sacerdocio Aarónico y a los obispos y a los consejeros que presiden sobre ellos. Hablaré sobre las sagradas actividades de los poseedores del Sacerdocio Aarónico al preparar, al bendecir y al repartir el sacramento de la Santa Cena del Señor para los miembros de la Iglesia.

I
El 15 de mayo de 1829, Juan el Bautista restauró el Sacerdocio Aarónico sobre la tierra, al poner sus manos sobre José Smith y Oliver Cowdery y pronunciar estas palabras:

“Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en rectitud” (D. y C. 13:1).

Más tarde, el Señor reveló estas verdades adicionales:

“…el sacerdocio menor… tiene la llave del ministerio de ángeles y el evangelio preparatorio,

“el cual es el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados (D. y C. 84:26-27).

¿Qué significa que el Sacerdocio Aarónico “tiene la llave del ministerio de ángeles” y “el evangelio de arrepentimiento y de bautismo, y la remisión de pecados”? El significado se encuentra en la ordenanza del bautismo y en la Santa Cena. El propósito del bautismo es la remisión de los pecados y el de la Santa Cena es renovar el convenio y las bendiciones del bautismo. Ambos deben ser precedidos por el arrepentimiento. Cuando guardamos los convenios hechos en estas ordenanzas, se nos promete que siempre tendremos Su Espíritu con nosotros. El ministerio de ángeles es una de las manifestaciones de ese Espíritu.

II
El ministerio de ángeles es una de las manifestaciones de ese Espíritu.

Empezamos con la doctrina, según la enseñó el Señor. Durante Su ministerio, Jesús enseñó que el bautismo era necesario para la salvación: “… el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). El bautismo es la primera de las ordenanzas de salvación. Cuando nos bautizamos hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, de servirle y de guardar Sus mandamientos.

A la conclusión de Su ministerio, Jesús introdujo el sacramento de la Santa Cena del Señor. Partió pan, lo bendijo y lo dio a Sus discípulos, diciendo: “… Tomad, comed; esto es mi cuerpo” (Mateo 26:26); “… haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Tomó la copa, dio gracias y la dio a ellos, diciendo: “… esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para la remisión de los pecados” (Mateo 26:28).

Cuando el Salvador introdujo la Santa Cena, también impartió enseñanzas y dio promesas en cuanto al Espíritu Santo. En esa sagrada ocasión que conocemos como la Ultima Cena, Jesús explicó la misión del Consolador, que es el Espíritu Santo. El Consolador testificaría de Él y revelaría otras verdades. Jesús también explicó que tenía que dejar a Sus discípulos para que pudieran recibir el Consolador. Cuando yo me vaya, les dijo, “os lo enviaré” (Juan 16:7). Después de Su resurrección les dijo a Sus apóstoles que permanecieran en Jerusalén hasta que recibieran “poder desde lo alto” (Lucas 24:49). Ese poder vino cuando “la promesa del Espíritu Santo” se “derramó” sobre los apóstoles el día de Pentecostés (véase Hechos 2:33).

En forma similar, cuando el Salvador introdujo la Santa Cena en el Nuevo Mundo, prometió: “… El que come de este pan, come de mi cuerpo para su alma; y el que bebe de este vino, bebe de mi sangre para su alma; y su alma nunca tendrá hambre ni sed, sino que será llena (3 Nefi 20:8). El significado de esa promesa es evidente: “Y cuando toda la multitud hubo comido y bebido, he aquí, fueron llenos del Espíritu” (3 Nefi 20:9). Seguir leyendo

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El sostenimiento de profetas

Conferencia General Octubre 1998

El sostenimiento de profetas

David B. HaightÉlder David B. Haight
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Evangelio es verdadero; es la esperanza del mundo; avanzará para lograr todo lo que sea necesario hacer”.


Hace poco un amigo mío me dijo: “¿Sabe lo que tienen en común usted y Steve Young, el famoso jugador de fútbol americano, miembro de la Iglesia, del equipo de San Francisco?

Le conteste: “me puedo imaginar una serie de cosas, depende desde que lado se mire”. Luego le dije: “Dígame usted que tenemos en común”

Y él me dijo: “Lo que ustedes tienen en común es que todos nos preguntamos si van a regresar para la próxima temporada”.

Gracias a las bendiciones del cielo y a mi enfermera especial, Ruby, que me cuida con amor, y a una familia amorosa, considero que estoy bastante bien.

Agradezco y estoy consciente de mí marcapaso para el corazón que me viene muy bien. Y tengo una cadera postiza y me renovaron la rodilla que me ayudan mucho también. Mi nuevo dispositivo para oír y mis anteojos especiales son una gran ayuda. ¡Pero lo que más extraño es mi buena memoria!

Me siento honrado de tener la posibilidad de estar aquí y compartir en unos pocos minutos mi testimonio y alentarlos en esta gran obra a la que tenemos la bendición de pertenecer. Observé cuando levantaron la mano a medida que el presidente Monson presentaba a las Autoridades Generales de la Iglesia para su sostenimiento, pero en particular para sostener a nuestro Profeta, y observe esas manos y el entusiasmo con el que la levantaban, y también pensé, “Henos aquí, con todas las bendiciones y las comodidades que tenemos”, y pensé en otros acontecimientos similares que han tenido lugar en la historia de la Iglesia.

Pensé en nuestra propia familia reunida, en diferentes partes de los Estados Unidos: en Georgia; Chapter Hill, North Caroline; Pensilvania; Texas; California; y aquí en Salt Lake City. Pensé en esas pequeñas familias que podrían estar en su hogar o en una capilla y podía ver a algunos de esos pequeñitos a quienes se les enseñaba a levantar la mano en armonía, quizás, con las enseñanzas de lo que sus padres ahora estaban haciendo. Cuando levantamos nuestra mano no lo hicimos sólo como un movimiento porque parecía que era algo que todos hacían, sino que porque aceptamos y damos testimonio sobre el conocimiento que tenemos y el testimonio que tenemos de que el presidente Hinckley es nuestro profeta y nuestro líder. No sólo levantamos la mano para decir que lo sostenemos, sino que también seguimos su dirección, que escuchamos, que nos sentamos en consejo, que oramos al respecto, que estamos conscientes de lo que sale de los labios del Profeta. Seguir leyendo

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Una voz de amonestación

Conferencia General Octubre 1998
Una voz de amonestación
Elder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

“Nuestra capacidad para influir en los demos con nuestra voz de amonestación es importante para todos los que por convenio son discípulos de Jesucristo”.

Porque es muy bondadoso, el Señor llama a Sus siervos, para que adviertan a la gente sobre los peligros. Ese llamamiento es aún más serio e importante cuando las advertencias de mayor mérito son acerca de peligros que la gente no cree que sean reales. Pensemos en Jonás. Jonás evadió primero su llamamiento de amonestar a la gente de Nínive a quienes el pecado les había enceguecido contra los peligros. Sabía que a través de los tiempos los hombres habían rechazado a los profetas y que a veces los mataban. Sin embargo, cuando Jonás salió adelante con fe, el Señor lo bendijo con protección y con éxito.

También podemos aprender de nuestras experiencias como padres y como hijos. Los que hemos sido padres hemos experimentado la angustia que se siente al presentir peligros que nuestros hijos no alcanzan a ver todavía Muy pocas oraciones son tan fervorosas como las del padre que quiere saber cómo lograr que uno de sus hijos se aleje de los peligros. La mayoría de nosotros habrá tenido la bendición de escuchar y obedecer la voz de amonestación de sus padres.

Todavía recuerdo la ocasión en que mi madre me habló con dulzura cuando yo era niño y un sábado por la tarde le pedí permiso para hacer algo que yo creía perfectamente razonable y que ella sabía que era peligroso. Aun hoy me asombra el poder que recibió, estoy seguro, del Señor, para convencerme con tan pocas palabras. Según las recuerdo, tales palabras fueron: “Oh, supongo que podrías hacerlo. Pero la decisión es tuya”. La única advertencia estaba en el énfasis de las palabras podrías y decisión. Pero eso fue suficiente para mí.

El poder que tenía para amonestar con tan pocas palabras emanaba de tres cosas que yo apreciaba en ella. Primero, sabía que me amaba Segundo, sabía que ella había hecho ya personalmente lo que quería que yo hiciera y había sido bendecida por ello. Y tercero, me había dado su firme testimonio de que la decisión que yo habría de tomar era tan importante que el Señor me haría saber lo que debía hacer si tan sólo yo se lo pidiera. El amor, el buen ejemplo y el testimonio: esas fueron las claves aquel día y lo han sido cada vez que he recibido la bendición de escuchar y obedecer la amonestación de un siervo del Señor.

Nuestra capacidad para influir en los demás con nuestra voz de amonestación es importante para todos los que por convenio son discípulos de Jesucristo. Este es el cometido que se ha dado a todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días: “He aquí, os envié para testificar y amonestar al pueblo, y conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo” (D. y C. 88:81).

Este mandamiento y advertencia sobre los peligros se les dio a aquellos que fueron llamados como misioneros a principios de la Restauración. Pero el deber de amonestar a nuestro prójimo recae sobre todos los que hemos aceptado el convenio del bautismo. Es preciso que hablemos sobre el Evangelio con nuestros amigos y familiares que no son miembros de la Iglesia. Nuestro propósito es invitarlos a fin de que los misioneros que han sido llamados y apartados para ello puedan enseñarles. Cuando una persona acepte nuestra invitación de que se le enseñe, habremos creado una “referencia” de una gran promesa que muy probablemente la conducirá a las aguas del bautismo y luego a permanecer fiel.

Como miembros de la Iglesia, bien pueden anticipar que los misioneros regulares o los de estaca les pidan la oportunidad de visitarlos en su hogar. Ellos les ayudaran a preparar una lista de las personas con quienes podrían compartir el Evangelio. Quizás les sugieran que piensen en algunos familiares, vecinos o amigos. Quizás les pidan que fijen una fecha para la cual podrían preparar a una persona o familia para enseñarle y aun para que inviten a los misioneros. Yo he tenido tal experiencia. Siendo que nuestra familia aceptó la invitación de los misioneros, yo he tenido la bendición de bautizar a una viuda de más de ochenta años a quien enseñaron las hermanas misioneras. Seguir leyendo

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Como vencer el desaliento

Conferencia General Octubre 1998
Como vencer el desaliento
Elder Val R. Christensen
De los Setenta

Val R. Christensen

“Si tenemos un poco más de paciencia en las aflicciones y depositamos más fe en el Señor, podremos encauzar nuestros problemas hacia una buena solución”.

Cuando a un miembro de la Iglesia se le llama a cumplir grandes responsabilidades, es natural que reflexione en los sucesos y en las personas que le han llevado hasta ese punto en la vida. El llamamiento a prestar servicio como Setenta me presenta la oportunidad de expresar agradecimiento a amigos, a familiares -sobre todo a mi esposa, Ruth Ann- y a los misioneros de la Misión Arizona Phoenix. Los quiero mucho a todos ustedes. También espero con ilusión prestar servicio a la maravillosa gente de las Filipinas.

Hace algunos años, se me invitó a participar en una charla fogonera en la cual expuse a grandes rasgos algunas maneras de vencer el desaliento. Al comenzar la presentación, invite a los presentes a anotar en una tarjeta algún problema serio que estuviesen enfrentando y que no les importase que yo diera a conocer en forma anónima a los demás miembros del grupo. Cuando las tarjetas llegaron a mis manos, me sentí asombrado por las serias dificultades a las que hacían frente personas que parecían tener un total dominio de su vida. He aquí algunos de los problemas que anotaron:

  1. No gano ningún dinero con mi granja.
  2. Mi hijo esta desahuciado.
  3. Desavenencias con mi hijo adolescente.
  4. Mi hijo mayor está casi ciego.
  5. Estoy aprendiendo a aceptar la muerte de mi hijo.
  6. Mi marido ve más lo negativo que las cosas bellas de la vida.

Muchos enfrentamos problemas considerables. Aun el gran profeta Enoc sufrió profundamente al ver la iniquidad del mundo: “Y al ver esto, Enoc sintió amargura dentro de su alma, y lloró por sus hermanos, y dijo a los cielos: No seré consolado; más el Señor le dijo: Anímese tu corazón, regocíjate y mira” (Moisés 7:44).

Hay por lo menos tres pasos que se pueden dar al esforzarse por vencer el desaliento:

  1. Ustedes pueden hacer un esfuerzo por cambiar su actitud con respecto al problema. Aun cuando no puedan cambiar las circunstancias en las que trabajen o vivan, siempre pueden cambiar su actitud.
  2. Pueden recibir ayuda de los que estén más cerca de ustedes: los familiares, los amigos y los miembros del barrio, las personas que los quieren más.
  3. Pueden llegar a tener una confianza más potente y más completa en el Señor Jesucristo.

Cambien su actitud. Si se considera un problema de un modo diferente, puede ser posible reducir el desaliento. Me ha impresionado el relato de la pionera Zina Young. Tras haber enfrentado la muerte de sus padres, la perdida de la cosecha y la enfermedad, se sintió animada por una experiencia espiritual que tuvo y que la hizo cambiar de actitud. Mientras intentaba buscar ayuda divina, oyó la voz de su madre que le decía: “Zina, cualquier marinero puede dirigir un barco en un mar en calma; cuando aparezcan las rocas, esquívalas”. En seguida, rogó en su oración: “Oh, Padre Celestial, ayúdame a ser una buena marinera, para que el corazón no se me rompa en las rocas del dolor” (“Mother”, The Young Women’s Journal, enero de 1911, pág. 45). Si bien muchas veces es difícil cambiar las circunstancias, una actitud positiva servirá para aligerar el desaliento.

Acepten la ayuda de los demás. El siguiente punto importante es estar dispuestos a pedir ayuda a las personas que los rodeen. A veces la ayuda se recibe de formas inesperadas. Hace unos años, mientras hacía cola en el aeropuerto de Chicago para despachar mi equipaje en el avión, había detrás de mí un hombre mayor. Después de unos minutos, me dijo: “¿Adónde va usted?”. Le conteste que iba a Salt Lake City. Y añadió: “Yo también voy allí. ¿Es usted mormón?”. Le respondí que sí. Me dijo entonces que había sido Santo de los Últimos Días toda su vida y que por fin se había preparado para ir al templo. Mientras esperábamos el avión, abrió su maleta para mostrarme todas las fotografías de misioneros que había coleccionado a lo largo de los años. Al cabo de unos minutos, ya en el avión, este despego y tuvimos una magnifica conversación mientras volábamos hacia Utah. Al llegar, salimos rápidamente del avión. Me aseguré de que supiera con exactitud adónde iba y nos despedimos.

Unas semanas después, recibí por correo una tarjeta que decía: “Estimado hermano Christensen había perdido su dirección, pero felizmente la halle. Y le escribo para decirle que cuando lo conocí en Chicago, nuestro encuentro fue la respuesta a una oración. Yo nunca viajo a ningún sitio y deseaba estar con alguien. He pensado en usted muchas veces. Pase momentos muy felices en Salt Lake City, en el templo. Espero volver a verle algún día. Muchas gracias por la ayuda que usted fue para mí”. No me había propuesto ser útil aquel día, pero me siento agradecido por ese hermano que pidió ayuda extra y también me siento agradecido por haber estado yo cerca para ayudarle.

Adquieran más confianza en el Señor. Ya he hablado del cambiar la actitud y del recibir ayuda de los demás. En seguida, deseo mencionar la necesidad de poner más confianza y más fe en cl Señor. Una vez hable con una hermana que recibió ayuda en medio de su desaliento. Mientras esperaba a que empezara una sesión del templo, tomo un ejemplar del Libro de Mormón para leer un versículo. Reparo en Alma 34:3: “Y como le habéis pedido a mi amado hermano que os haga saber lo que debéis hacer, a causa de vuestras aflicciones; y él os ha dicho algo para preparar vuestras mentes; si, y os ha exhortado a que tengáis fe y paciencia”. Ese versículo de Alma fue una respuesta a su oración. El mensaje era sencillo: el problema que tenía iba a tardar largo tiempo en resolverse. Si tenemos un poco más de paciencia en las aflicciones y depositamos más fe en el Señor, podremos encauzar nuestros problemas hacia una buena solución.

En Doctrina y Convenios leemos esto: “Si estas triste, clama al Señor tu Dios con suplicas, a fin de que tu alma se regocije” (D. y C. 136:29).

Ruego que todos apreciemos los problemas que tengamos e intentemos mejorar nuestra actitud aun cuando los problemas sigan existiendo. Pidamos ayuda a nuestros amigos y a nuestros familiares. También testifico que Jesucristo vive y que Él nos ayudara en medio de nuestro desaliento si con humildad pedimos Su amor. En el nombre de Jesucristo. Amen.

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