El testimonio

Conferencia General Abril 1998
El testimonio
Presidente Gordon B. Hinckley

“Este elemento al que llamamos testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia. Es el manantial donde se originan la fe y la actividad; es difícil de explicar y no se puede medir… y, sin embargo, es tan real y potente como cualquier otra fuerza de la tierra”.

A hora, mis queridos amigos, ruego por la guía del Espíritu Santo. Ya han transcurrido tres años desde que ustedes me sostuvieron como Presidente de la Iglesia. ¿Me permiten decir algo de naturaleza personal? Desde lo más hondo de mi corazón les agradezco su amor, su apoyo, sus oraciones, su fe. Ya no soy un joven lleno de energía y vitalidad; ¡soy un viejo que está tratando de alcanzar al hermano Haight!, dado a la meditación y a la oración. Disfrutaría de sentarme en una mecedora, de tomar medicinas, de escuchar música suave y de contemplar los misterios del universo; pero esa conducta no ofrece incentivos ni efectúa contribuciones.

Deseo estar activo y trabajar; quiero enfrentar cada día con resolución y propósito; quiero emplear todas mis horas activas en dar ánimo, en bendecir a los que soportan cargas pesadas, en aumentar la fe y fortalecer el testimonio. Gracias a la bondad de un amigo generoso, en los últimos tres años se me ha permitido recorrer la tierra y visitar a la gente de un sinfín de naciones. Ha habido miles y decenas de miles de personas congregadas; en un lugar había más de doscientos autobuses que habían transportado a los asistentes al estadio.

He estado entre los ricos, pero más que nada entre los pobres: los pobres de la tierra y los pobres de la Iglesia. Algunos tienen los ojos de una forma diferente que los míos y la piel de distinto color, pero esas diferencias desaparecen y pierden todo significado cuando estoy entre ellos. Ante mis ojos, todos son hijos de nuestro Padre con un patrimonio divino; aunque hablemos idiomas diferentes, todos entendemos la lengua común de la hermandad.

Es cansador viajar tan lejos para visitarlos; pero es difícil dejarlos después de haber estado con ellos. En todo lugar adonde vamos, la visita es breve y se organiza una reunión en medio de nuestras reuniones. Quisiera poder quedarme más tiempo. Al finalizar la reunión, espontáneamente cantamos “Para siempre Dios esté con vos” (Himnos, N° 89); aparecen los pañuelos blancos para secar las lágrimas, y luego se agitan en señal cariñosa de despedida. Hace poco, tuvimos once reuniones numerosas en diversas ciudades de México en un término de sólo siete días.

La presencia de esa gente maravillosa es lo que me estimula la adrenalina; es la expresión de amor de sus ojos lo que me da energías.

Podría pasar día tras día en mi oficina, año tras año, resolviendo montañas de problemas, muchos de ellos de escasa importancia; pero, aunque paso mucho tiempo en ella, siento que tengo una misión más grande, una responsabilidad aún mayor de salir para estar entre la gente. Esos miles de personas, cientos de miles, millones ahora, todos tienen algo en común: tienen un testimonio personal de que ésta es la obra del Todopoderoso, nuestro Padre Celestial; que Jesús, el Señor, que murió en el Calvario y resucitó, vive y es un Ser real y distinto, con personalidad individual; que ésta es la obra de Ellos, restaurada en esta última y maravillosa dispensación de los tiempos; que el antiguo sacerdocio ha sido restaurado con todas sus llaves y sus poderes; que el Libro de Mormón ha hablado desde el polvo como testimonio del Redentor del mundo.

Este elemento al que llamamos testimonio es la gran fortaleza de la Iglesia. Es el manantial donde se originan la fe y la actividad; es difícil de explicar y no se puede medir; es algo indescriptible y misterioso, y, sin embargo, es tan real y potente como cualquier otra fuerza de la tierra. El Señor lo describió cuando le dijo a Nicodemo: “El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). Eso, que llamamos testimonio, es difícil de definir, pero sus frutos son claramente evidentes. Es el Santo Espíritu que testifica a través de nosotros.

El testimonio personal es el factor que hace que la gente cambie SU modo de vivir al integrarse a esta Iglesia; es el elemento que motiva a los miembros a abandonarlo todo para estar al servicio del Señor; es la voz apacible y alentadora que sostiene incesantemente a los que andan por la fe hasta el último día de su vida.

Es algo misterioso y maravilloso, un don de Dios al hombre. Supera a la riqueza o la pobreza cuando se nos llama a servir. Este testimonio que nuestra gente lleva en el corazón es una fuerza motivadora para el cumplimiento del deber. Se encuentra tanto en los jóvenes como en los viejos; se encuentra en el estudiante de seminario, en el misionero, en el obispo y en el presidente de estaca, en el presidente de misión, en la hermana de la Sociedad de Socorro y en toda Autoridad General; se escucha también de labios de los que no tienen otra asignación que la de ser miembros. Está en los cimientos mismos de esta obra del Señor, y es lo que la impulsa a través del mundo. Nos motiva a la acción, nos exige que hagamos lo que se nos pida. Nos da la seguridad de que la vida tiene propósito, de que hay cosas que tienen mucho más importancia que otras, de que estamos en una jornada eterna, de que somos responsables ante Dios. Seguir leyendo

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Para que seamos uno

Conferencia General Abril 1998

Para que seamos uno

Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“El Salvador del mundo se refirió a esa unión y a lo que debemos hacer para cambiar nuestras cualidades naturales para lograrla”.


Jesucristo, el Salvador del mundo, dijo a aquellos que habrían de ser parte de Su Iglesia: “Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27). Cuando el hombre y la mujer fueron creados, ¡la unión matrimonial no les fue dada como una esperanza, sino como un mandamiento! “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). Nuestro Padre Celestial quiere que nuestros corazones estén entretejidos en uno solo. Tal unión en el amor no es simplemente un ideal, sino una necesidad.

El requisito de que seamos uno no es sólo para esta vida; es algo que no tiene final. El primer matrimonio fue llevado a cabo por Dios en el jardín cuando Adán y Eva eran todavía inmortales. Desde el principio confirió al hombre y a la mujer el deseo de unirse para siempre como marido y mujer, y vivir en familia con perfecta e íntegra unión. Él plantó en Sus hijos el deseo de vivir en paz con todos a su alrededor.

Pero a raíz de la Caída, se hizo evidente que vivir en unión no iba a ser fácil. La tragedia no tardó en manifestarse y Caín mató a Abel, su hermano. Los hijos de Adán y Eva quedaron sujetos a las tentaciones de Satanás, quien con habilidad, odio y astucia persigue su objetivo, que es todo lo opuesto al propósito de nuestro Padre Celestial y del Salvador. Ellos nos darían una unión perfecta y la felicidad eterna. Satanás, su enemigo y el nuestro, ha conocido el plan de salvación desde antes de la Creación y sabe que la familia, esa asociación sagrada y gozosa, sólo puede perdurar en la vida eterna. Satanás desea separarnos de nuestros seres queridos y causarnos dolor. Es él quien planta las semillas de la discordia en el corazón de los hombres con la esperanza de que nos dividamos y nos separemos.

Todos hemos podido sentir tanto los efectos de la unión como de la separación. A veces en nuestra propia familia y quizás en otras situaciones hayamos apreciado la vida de una persona que, con amor y sacrificio, pone los intereses de otra por encima de los suyos. Y todos hemos podido experimentar algo de la tristeza y la soledad que causan la separación y el aislamiento. No necesitamos que se nos diga lo que debernos preferir. Lo sabemos bien. Pero necesitamos tener la esperanza de poder experimentar esa unión en esta vida y hacernos merecedores de disfrutarla para siempre en el mundo venidero. Y necesitamos saber cómo habremos de recibir esa bendición a fin de que sepamos lo que tenemos que hacer.

El Salvador del mundo se refirió a esa unión y a lo que debemos hacer para cambiar nuestras cualidades naturales para lograrla. Él lo enseñó con claridad mediante la oración que ofreció durante Su Última reunión con Sus Apóstoles antes de morir. Esa magnífica oración celestial se encuentra en el libro de Juan. El Señor estaba a punto de llevar a cabo el terrible sacrificio por todos nosotros que haría posible la vida eterna. Se acercaba el momento de dejar a los Apóstoles, a quienes había ordenado, a quienes amaba y con quienes iba a dejar las llaves para que dirigieran Su Iglesia. Entonces oró a Su Padre: el Hijo perfecto al Padre perfecto. En Sus palabras podemos ver la forma en la que las familias habían de ser una, tal como todos los hijos de nuestro Padre Celestial que sigan al Salvador y a Sus siervos: Seguir leyendo

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Venid a Cristo

Conferencia General Abril 1998

Venid a Cristo

Hermana Margaret D. Nadauld
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

“Queremos venir a Cristo porque sólo en Él y por medio de Él podemos regresar al Padre”


En esta época de la Pascua de Resurrección, y siempre, nos regocijamos en la invitación más significativa que se haya extendido al género humano: la de venir a Cristo. Y todos estamos invitados. Las Escrituras están repletas de esa gloriosa invitación, que se resume tan hermosamente en el himno:

Venid a Cristo, de toda tierra
y de lejanas islas del mar.
A todos llama Su voz divina:
“Venid a mí a morar”
(“Venid a Cristo”, Himnos, N° 60).

Él extiende esa generosa invitación simplemente porque nos ama y porque sabe que lo necesitamos. Él puede ayudarnos y sanarnos; Él nos comprende como resultado de Sus propias experiencias: “Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases… a fin de que… sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7: 12). Queremos venir a Cristo porque sólo en Él y por medio de Él podemos regresar al Padre.

Hace muchos años sucedió algo que siempre he recordado porque me hizo pensar en la misión del Salvador. Aunque fue un incidente infantil, guarda cierto significado. Sucedió cuando nuestros gemelos tenían apenas cinco años de edad y estaban aprendiendo a andar en bicicleta. Al observarlos por la ventana, vi que iban por la calle a toda velocidad; tal vez demasiado rápido, considerando el nivel de experiencia que tenían, porque de pronto, Adam chocó estrepitosamente. Quedó prensado en los restos de la bicicleta y lo único que yo alcanzaba a divisar era una masa retorcida de manubrios, neumáticos, brazos y piernas. Aarón, su hermanito pequeño, vio lo que pasó y de inmediato se detuvo y se bajó de la bicicleta, dejándola tirada para ir corriendo a ayudar a su hermano, al que tanto quería. Esos gemelitos realmente eran uno de corazón; si a uno le dolía algo, al otro también; si a uno le hacían cosquillas, ambos se reían; si uno empezaba a decir algo, el otro terminaba la frase; lo que sentía uno, también lo sentía el otro. De modo que a Aarón le dolió ver a su hermano chocar. Adam quedó hecho un desastre; se había raspado las rodillas, estaba sangrando de una herida en la cabeza, se sentía humillado y estaba llorando. Con la delicadeza propia de un niño de cinco años, Aarón ayudó a su hermano a salir de entre la retorcida bicicleta, le examinó las heridas y después hizo algo muy tierno. Levantó a su hermano y lo llevó en brazos hasta la casa, o por lo menos lo intentó. No fue fácil porque eran del mismo tamaño, pero lo intentó. Con grandes esfuerzos luchaba para levantarlo, y arrastrándolo y sosteniéndolo en brazos a medias, finalmente llegaron a la entrada de la casa. Para ese entonces, Adam, el que estaba herido, había dejado de llorar, pero Aarón, el que lo había rescatado, ahora lloraba. Cuando se le preguntó: “¿Por qué lloras, Aarón?”, él simplemente contestó, “Porque Adam está lastimado”. Por eso lo había llevado a casa, a alguien que supiera qué hacer; alguien que le limpiara y le vendara las heridas y lo ayudara a sentirse mejor. Lo había llevado a casa a recibir amor. Seguir leyendo

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Los niños y la familia

Conferencia General Abril 1998
Los niños y la familia
Élder W. Eugene Hansen
De la Presidencia de los Setenta

W. Eugene Hansen

“Las relaciones familiares sólidas no se edifican de un día para el otro; llevan tiempo; se requiere un compromiso; se requiere oración y dedicación”.

A medida que leemos las Escrituras, es evidente el amor que el Señor tiene por los niños, por lo que es fácil entender que: “Herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3).

En el Nuevo Testamento, el Señor hizo clara la gravedad de cualquiera que causara daño u ofensa a “éstos pequeños”, tal como se registra en Mateo: “… mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

Una de las escenas más emocionantes que se registra en el Libro de Mormón, el cual es otro testamento de Jesucristo, ocurrió cuando el Señor resucitado apareció al pueblo nefita que habitaba en el hemisferio occidental en la época del Salvador. Durante esa visita, el ministró con gran ternura a los niños pequeños.

Leemos que, al pararse en medio de la multitud, mandó a la gente que trajese a sus niños pequeños, y Él se arrodilló en medio y oró al Padre por ellos. Las palabras que habló fueron tan sagradas que no pudieron ser escritas; y lloró y tomó a los niños uno por uno y los bendijo.

Al levantar la vista al cielo, la multitud vio los cielos abrirse: aparecieron ángeles y descendieron. Los niños fueron rodeados de fuego, y ángeles les ministraron.

Al reconocer el amor que el Señor tiene por los niños pequeños, no es de sorprender que aquellos que hoy representan al Señor en la tierra hayan hablado franca y convincentemente sobre las responsabilidades que tienen los padres hacia sus hijos.

Me refiero ahora al documento emitido por la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles intitulado “La familia: Una proclamación para el mundo”. De ese documento, leemos:

“El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos… Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a amar y a servirse el uno al otro, de guardar los mandamientos de Dios y de ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, madres y padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones” (Liahona, junio de 1996, págs. 10-l l).

Esas son palabras educativas, en particular ante los ataques continuos del adversario en contra de los valores tradicionales y ante el impacto que tienen en la familia. Es obvio que se necesita hacer mucho para revertir la tendencia que continúa poniendo en peligro a la familia.

En la desesperación, la sociedad se vuelca a lo secular: se organizan programas sociales, se involucra a agencias del gobierno para proveer de programas y de fondos públicos con la intención de cambiar las tendencias destructivas. A pesar de que se observan éxitos fugaces, la tendencia general permanece alarman te. Sostengo que un cambio real y duradero sólo ocurrirá cuando regresemos a nuestras raíces espirituales; debemos escuchar el consejo de los profetas.

Me refiero otra vez a la proclamación sobre la familia, una revelación moderna: “La familia es ordenada por Dios… Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa. Hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes. Por designio divino, el padre debe presidir sobre la familia con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la vida. La responsabilidad primordial de la madre es criar a los hijos. En estas responsabilidades sagradas, el padre y la madre, como iguales, están obligados a ayudarse mutuamente. Las incapacidades físicas, la muerte u otras circunstancias pueden requerir una adaptación individual. Otros familiares deben ayudar cuando sea necesario”.

Mientras meditamos en esas inspiradas palabras de la revelación moderna, me doy cuenta de la bendición que representa el haber sido criado en un buen hogar, en el que los padres se preocupaban más por los hijos que Dios les había dado que por adquirir fama o posesiones materiales.

Yo era el segundo hijo de nuestra familia de ocho hijos, vivíamos en una pequeña granja, en el norte de Utah. El dinero escaseaba, por lo que tuve la bendición de la necesidad de trabajar a una temprana edad; de hecho, nuestros limitados ingresos requerían que todos los hijos fueran frugales y que contribuyeran al éxito financiero de la familia tan pronto como tuvieran la edad suficiente. En cuanto a la holgazanería, mi padre siempre decía: “No hay nadie tan aburrido como el holgazán, porque no puede detenerse y descansar”.

Aunque los tiempos han cambiado, los principios permanecen inamovibles: los padres de hoy tienen que brindar a cada uno de sus hijos oportunidades para colaborar con el bienestar de la familia. En tal familia, los hijos serán más felices y habrá un espíritu de amor y de unidad en el hogar.

En esa pequeña granja aprendí que el dinero y las posesiones materiales no son las claves para la felicidad y el éxito. Por supuesto, debe haber suficiente para proveer lo necesario; pero pocas veces, o nunca el dinero en sí brinda la felicidad.

Nuestra granja también proporcionaba oportunidades para aprender a ser humilde. Parecía que si se vaticinaba una buena cosecha y subían los precios, una helada temprana o una tormenta de granizo se las arreglaría para dañar nuestros ingresos al punto de quedarnos sólo con lo indispensable para vivir.

Recuerdo lo que comentaba mi padre más de una vez: “No me importan las experiencias y las pruebas de la vida. La verdadera dificultad es experimentarlas una y otra vez”.

A pesar del constante desafío financiero, tuvimos una buena vida: en el hogar había amor, queríamos estar en casa; fue bueno para nosotros el haber experimentado el privarnos de algunos de nuestros deseos para que otros miembros de la familia tuvieran lo que realmente necesitaban.

Considero que los muebles que teníamos en la sala nunca habrían salido en la cubierta de una revista de decoración de interiores, pero teníamos dos muebles muy importantes: un piano y un biblioteca llena de libros. Cuán importantes fueron esas dos sencillas posesiones en lo relacionado con el desarrollo de talentos e intereses productivos, hechos tan significativos en nuestros primeros años.

La influencia de la buena música y de los buenos libros se ha transmitido aun a la próxima generación; incluso la televisión no ha reemplazado al piano ni a la biblioteca en la vida de nuestra familia.

Además, fuimos bendecidos con una madre y un padre que trabajaban como iguales en ese deber de importancia fundamental que es criar una familia.

Aprendí mucho al observarlos enseñar a sus hijos por medio de la forma más eficaz: el ejemplo. Mi padre me enseñó sobre:

  • el deber y la caridad cuando lo veta, en varias ocasiones, dejar su propio trabajo para ir a ayudar a los miembros del barrio;
  • la fe, mientras le escuchaba orar y le observaba dar bendiciones del sacerdocio a los miembros de la familia y a otras personas;
  • el amor, al observar la forma en que cuidó con ternura a sus padres en sus últimos años;
  • las normas, al utilizar experiencias y acontecimientos de la época para enseñarme concerniente al camino que él quería que yo siguiera;
  • la confianza, cuando me compro un reloj despertador y luego me asignó cinco vacas a las que tenía que ordeñar y cuidar de noche y de mañana durante los años que asistí a la escuela secundaria.

Me enseñó sobre la integridad, pues puedo decir, sinceramente, que nunca lo vi cometer un acto deshonesto.

Mi madre también me enseñó mucho. Me enseñó en cuanto a:

  • la frugalidad, al poner en práctica el espíritu del adagio pionero: “Úsalo, gástalo, haz que sirva o arréglatelas sin él”.
  • el sacrificio, al contemplarla privarse de cosas para que no les faltara a sus hijos;
  • la castidad, porque temprano en la vida puso en claro cuáles eran sus expectativas con respecto a que sus hijos fueran moralmente limpios;
  • el amor, porque vi y sentí el amor de mi madre en nuestro hogar;
  • la bondad, porque puedo decir, en forma genuina, que nunca la vi hacer algo descortés.

Le agradezco al Señor los padres amorosos que me enseñaron valores espirituales y morales y que, con sabiduría, pusieron en claro que había que seguir ciertas normas y verdades; entre ellas: la asistencia a las reuniones de la Iglesia, el pago de los diezmos, la lectura de las Escrituras y el respeto a los padres y a los líderes de la Iglesia. Y lo más importante fue que ellos enseñaron por medio del ejemplo y no sólo por palabras.

En lo que respecta al fortalecimiento de la familia, es de crucial importancia el darse cuenta de que las relaciones familiares sólidas no se edifican de un día para el otro; llevan tiempo; se requiere un compromiso; se requiere oración y dedicación. Los padres deben entender sus deberes y asumirlos voluntariamente y el gozo y la felicidad que resultarán serán indescriptibles.

Nuestro amado presidente Hinckley ha aconsejado: “Sigan nutriendo y amando a sus hijos… De todo lo que poseen, nada es tan precioso como sus hijos” (citado en Church News, 3 de febrero de 1996, pág. 2).

Les dejo mi testimonio de que la proclamación para la familia, a la que me referí anteriormente, es revelación moderna que cl Señor nos ha proporcionado a nosotros por medio de Sus profetas de los últimos días.

Dios vive, Jesús es el Cristo, ésta es Su Iglesia. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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¿Ha Sido Usted Salvo?

Conferencia General Abril 1998

¿Ha Sido Usted Salvo?

Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“En el uso que hacen los Santos de los Últimos Días de las palabras “salvo” y “salvación”, existen, por lo menos, seis significados diferentes”.


¿Qué responde cuando alguien le pregunta: “Ha sido usted salvo”? Esta pregunta, tan común entre algunos cristianos, puede llegar a ser desconcertante para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ya que no encaja dentro de nuestra manera de expresarnos. Solemos referirnos a ser “salvos” o a la “salvación” como un hecho futuro más que como algo que ya se ha verificado.

Los buenos cristianos a menudo atribuyen diferentes significados a términos claves del Evangelio, tales como salvo o salvación, si respondemos de acuerdo con lo que el interlocutor probablemente quiere decir al preguntarnos si hemos sido “salvos”, la respuesta debe ser “sí”. Si contestamos de acuerdo con los varios significados que damos a las palabras salvo o salvación, la respuesta seguirá siendo “sí” o “sí, pero con ciertas condiciones”.

I.

Según entiendo lo que quieren decir los buenos cristianos que se expresan en estos términos, somos “salvos” cuando declaramos o confesamos sinceramente que hemos aceptado a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador personal. Este significado se basa en las palabras que el apóstol Pablo enseñó a los cristianos de su época:

“… si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

“Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:910).

Para los Santos de los Últimos Días, las palabras “salvo” y “salvación” dentro de esta enseñanza significan una relación actual de convenio con Jesucristo que le permite a uno ser salvo de las consecuencias del pecado, si somos obedientes. Todo Santo de los Últimos Días que sea sincero, es “salvo” conforme a este significado. Hemos sido convertidos al Evangelio restaurado de Jesucristo, hemos pasado por las experiencias del arrepentimiento y del bautismo y renovamos nuestros convenios bautismales al participar de la Santa Cena.

II.

En el uso que hacen los Santos de los Últimos Días de las palabras “salvo” y “salvación”, existen, por lo menos, seis significados diferentes. Según algunos de ellos, nuestra salvación está garantizada; ya hemos sido salvos. Según otros, debemos hablar de la salvación dentro del contexto de un acontecimiento futuro (por ejemplo 1 Corintios 5:5) o como algo sujeto a algo que acontecerá más adelante (por ejemplo Marcos 13:13). Pero en todos estos significados o clases de salvación, ésta se logra en Jesucristo y por medio de Él.

Primero, a todos los seres mortales se nos ha salvado de la permanencia de la muerte por medio de la resurrección de Jesucristo. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

En cuanto a salvarnos del pecado y de sus consecuencias, nuestra respuesta a la pregunta de si hemos sido salvos o no es “sí, pero con ciertas condiciones”. Nuestro tercer Artículo de Fe declara nuestro credo:

“Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículo de Fe N° 3). Seguir leyendo

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Contemplad a Dios y vivid

Conferencia General Abril 1998

Contemplad a Dios y vivid

Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

«Cada vez que nos inclinemos a sentirnos abrumados por los golpes de la vida, tenemos que recordar que otros han pasado las mismas pruebas, las han soportado y al cabo han logrado recuperarse».


¿Han salido alguna vez de vacaciones con toda su familia? Si no lo han hecho aún, tendrán grandes sorpresas cuando lo hagan. Hace algunos años, mi esposa y yo, junto con nuestros hijos, sus cónyuges y nuestros nietos, fuimos a Disneylandia, en California. Una vez que entramos a ese famoso lugar, todo el grupo corrió hacia la atracción más nueva, “Gira por las estrellas”, donde nos sentamos en un cohete espacial simulado. De pronto, el vehículo entero comenzó a vibrar violentamente; creo que lo que anunció la voz mecánica fue que experimentaríamos una “gran turbulencia”. (Nunca he regresado a esa atracción, porque ya tengo toda la turbulencia que puedo soportar cuando viajo en avión de un lugar a otro para cumplir con mis responsabilidades.)

Después de recuperarnos por unos momentos, fuimos a otro de los juegos, llamado Splash Mountain (“La montaña de la zambullida”), donde tuvimos que ponernos en una larga línea para poder entrar. Por los altavoces se dejaba oír una canción popular que dice:

Zip-a-di du-da, zip-a-di-íah,
¡Oh, qué hermoso y magnífico día
Bajo la cálida luz del sol,
¡qué alegría, qué alegría!(1).

Después llegó el momento en que tuvimos que embarcarnos en un bote que nos iba a llevar por un canal en una caída casi vertical que provocó la gritería de todos los que iban a bordo del bote de adelante; luego pasamos por debajo de una cascada y nos deslizamos hasta una laguna artificial. Antes de que nos detuviéramos, noté un letrero que, declarando una profunda verdad, decía: “No puedes huir de los problemas; no hay lugar que esté tan alejado”.

No he olvidado esas palabras. No sólo se aplican a aquella atracción en Disneylandia, sino también a nuestra existencia terrenal.

La vida es una escuela de experiencias, una época de probación. Y vamos aprendiendo a medida que soportamos nuestras aflicciones y nuestras penas.

Al meditar en cuanto a las circunstancias que pueden sobrevenirnos a todos, como las enfermedades, los accidentes, la muerte y muchos otros problemas, bien podríamos decir junto con Job de la antigüedad: “… el hombre nace para la aflicción” (2). Job era un “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (3). Piadoso en su conducta, próspero en cuanto a fortuna, Job debió encarar una prueba que podría haber destrozado a cualquiera. Privado de sus posesiones, ridiculizado por sus amigos, afligido por los sufrimientos, quebrantado por la pérdida de su familia, lo instaron a maldecir a Dios y morir (4). Pero él resistió esa tentación y desde la profundidad misma de su alma noble declaró: “Mas he aquí que en los cielos está mi testigo, y mi testimonio en las alturas” (5). “Yo sé que mi Redentor vive” (6). Job conservó la fe.

Podemos estar seguros de que jamás ha vivido persona alguna que haya estado completamente libre de sufrimientos y tribulación, y de que nunca ha habido un período en la historia de la humanidad en que no se padeciera disturbios, ruina y adversidad.

Cuando el sendero de la vida presenta una vuelta atroz, existe la tentación de preguntar: “¿Por qué me sucede a mí?”. El incriminarse a sí mismo es una tendencia común, aun cuando no hayamos tenido control alguno sobre las circunstancias que provocaron nuestra dificultad. A veces nos parece que estamos en un túnel oscuro sin divisar la salida o que no hay aurora que disipe la obscuridad de la noche. Nos sentimos rodeados por el dolor de corazones quebrantados, el desengaño de sueños destrozados y el desaliento de perdidas esperanzas. Y repetimos la plegaria bíblica: “¿No hay bálsamo en Galaad?” (7). Nos creemos abandonados, descorazonados y solos. Seguir leyendo

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Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día

Conferencia General Abril 1998
Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

«Esfuércense por ser dignos de la joven más encantadora del mundo. Manténganse dignos a lo largo de todos los días de su vida».

Hace una semana, desde este Tabernáculo, el presidente Faust y la presidencia general de las Mujeres Jóvenes hablaron a las mujeres jóvenes de la Iglesia.

Mientras contemplaba la congregación de hermosas jóvenes, me preguntaba: «¿Estamos preparando una generación de jóvenes varones dignos de ellas?». Esas chicas son tan lozanas y llenas de vitalidad; son hermosas e inteligentes; son capaces, fieles, virtuosas, verídicas. Sencillamente, son jóvenes extraordinarias y encantadoras.

Por lo tanto, esta noche, en esta grandiosa reunión del sacerdocio, quisiera hablarles a ustedes, los hombres jóvenes, que son el complemento de ellas. El título de mi discurso es: «Sean dignos de la joven con la cual se van a casar algún día».

La joven con la cual se casen se jugará la suerte con ustedes. Ella le entregará todo su ser al joven con quien contraiga matrimonio. En gran forma, él determinará el resto de su vida. En algunos países, incluso ella dejará de utilizar su apellido para emplear el de él.

Como Adán lo declaró en el Jardín de Edén: «…Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne…

Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:23-24).

Por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y por ser hombres jóvenes que poseen el sacerdocio de Dios, ustedes tienen una tremenda obligación hacia la joven con quien se casen. Quizás ahora no piensen mucho en eso, pero no está muy lejos el momento en que comenzarán a hacerlo, y ahora es el tiempo de prepararse para el día más importante de su vida, en el que tomen para sí una esposa y compañera igual con ustedes ante el Señor.

Esa obligación empieza con una lealtad absoluta. Como dice la antigua ceremonia de la Iglesia Anglicana, se casan con ella «en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, en lo bueno y lo malo». Ella será suya y nada más que suya, sean cuales sean las circunstancias. Ustedes serán de ella y sólo de ella. No deben tener ojos para nadie más. Deben ser totalmente leales, invariablemente leales el uno para el otro. Esperemos que contraigan matrimonio para siempre, en la casa del Señor, por la autoridad del sacerdocio sempiterno. A lo largo de todos los días de su vida deben ser tan constantes el uno con el otro, como la Estrella Polar. La joven con la que se casen espera que ustedes lleguen al altar del matrimonio absolutamente puros: espera que sean jóvenes virtuosos, tanto de hecho como de palabra. Seguir leyendo

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En aguas peligrosas

Conferencia General Abril 1998
En aguas peligrosas
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Thomas S. Monson

«Hay una batalla de magnitud significativa que se lleva a cabo en la vida de los jóvenes de hoy. En palabras sencillas, es la lucha entre hacer lo malo y hacer lo bueno».

E l 16 de julio de 1945, el navío estadounidense Indianápolis levó anclas en el astillero naval de Mare Island, California, y zarpó en una misión secreta llevando un cargamento con destino a la isla Tinián, del archipiélago de las Marianas. El cargamento incluía equipo sumamente sofisticado que bien podría haber dado fin a la Segunda Guerra Mundial, con todo su sufrimiento, su remordimiento y muerte. El barco entregó su cargamento el 26 de julio y se dirigía sin escolta hacia Leyte, en las Filipinas.

Debido a que surcaban aguas hostiles en el mar de Filipinas, el capitán tenía órdenes a discreción de seguir un curso de viaje zigzagueante a fin de pasar inadvertido y de evitar un ataque enemigo; pero no lo hizo. Poco antes de medianoche, el domingo 29 de julio de 1945, mientras proseguía con destino hacia el Golfo de Leyte, el gran crucero Indianápolis fue descubierto por un submarino enemigo. Evitando fácilmente que lo descubrieran por estar sumergido y llevar sólo el periscopio afuera, el submarino disparó una salva de seis torpedos a 1.400 metros de distancia. Cuando los torpedos dieron en el blanco, las explosiones de la munición y el combustible de aviación arrancaron la proa del crucero y destrozaron la central de energía y, sin ésta, el oficial de radio no pudo enviar una señal de socorro. La orden de abandonar el barco se gritó de boca en boca porque todas las comunicaciones se habían interrumpido. Doce minutos después de haber sido torpedeado, la popa del crucero se elevó unos treinta metros verticalmente en el aire y el barco se hundió en las profundidades del mar.

De los casi mil doscientos hombres de la tripulación, cuatrocientos murieron al instante o se sumergieron con la nave; unos ochocientos sobrevivieron el naufragio y cayeron al agua.

Cuatro días más tarde, el 2 de agosto de 1945, el piloto de un Lockheed Ventura, volando en patrulla, notó una capa de aceite fuera de lo común en la superficie del agua y la siguió hasta una distancia de 25 kilómetros. Entonces, los ocupantes del avión divisaron a los hombres que habían podido sobrevivir el hundimiento del Indianápolis.

Así comenzó una operación de rescate de grandes dimensiones: inmediatamente se enviaron barcos a la zona, y se despacharon aviones para dejar caer alimentos, agua y equipos de supervivencia para los hombres. De los ochocientos tripulantes que se habían arrojado al agua, sólo se salvaron trescientos dieciséis; los demás habían sido presa del peligroso mar plagado de tiburones.

Dos semanas más tarde llegó a su fin la Segunda Guerra Mundial. El hundimiento del Indianápolis, suceso al que se le llamó «la última gran tragedia naval de la Segunda Guerra Mundial», es ahora legendario.

¿Qué lecciones podemos aprender de la horrorosa experiencia que tuvieron los hombres que iban a bordo del Indianápolis? Se hallaban en aguas peligrosas; los amenazaba el peligro y el enemigo estaba al acecho. El barco siguió navegando sin hacer caso a la orden de zigzaguear y, por lo tanto, se convirtió en un blanco fácil. El resultado fue catastrófico.

El mismo día en que el Indianápolis zarpó con dirección a Leyte, me enrolé en la Marina de los Estados Unidos. En la base de entrenamiento militar que está cerca de San Diego, California, soporté la dura disciplina del campamento básico y el intenso entrenamiento de combate. Seguir leyendo

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A esto aspiramos

Conferencia General Abril 1998
A esto aspiramos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

James E. Faust

«Esperamos que ustedes sean hombres que se mantengan «fieles a cualquier cosa que les fuera confiada [Alma 53:20]… Ruego que haya una mayor coherencia entre nuestras creencias y nuestras acciones».

Hermanos, es un placer estar con ustedes esta noche. Pocas responsabilidades tienen tanto peso como el de dirigir la palabra a esta gran asamblea de poseedores del sacerdocio debido a que el sacerdocio es la fuerza más poderosa sobre la tierra. Como B. H. Roberts nos recuerda: «El sacerdocio es algo solemne. El poseer el poder delegado a uno por el Dios Todopoderoso, es decir, el poseer la autoridad para hablar y para actuar en Su nombre, y el poseer la misma fuerza vinculante, tal como si la misma Deidad hablara o actuara, es tanto un honor como una responsabilidad»(1). Para mí, ustedes, hombres jóvenes, son como los guerreros de Helamán, «sumamente valientes en cuanto a intrepidez, y también en cuanto a vigor y actividad». Como ellos, esperamos que ustedes sean hombres que se mantengan «fieles a cualquier cosa que les fuera confiada»(2).

Esta noche ruego que haya una mayor coherencia entre nuestras creencias y nuestras acciones. Elijo, como mi texto, el Artículo de Fe N 13: «Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos»(3). Hermanos, el Espíritu de Cristo que hemos tomado sobre nosotros, ¿ejerce influencia en nuestra conducta laboral? Brigham Young dijo: «Deseamos que los santos aumenten su virtud hasta lograr que, por ejemplo, nuestros mecánicos sean tan honrados y veraces que esta Compañía Ferroviaria pueda decir: ‘Consigamos a un élder «mormón» como maquinista y así nadie tendrá temor de viajar, porque si él percibe algún peligro adoptará las medidas necesarias para preservar la vida de aquellos cuyo cuidado se le confía’. Yo quisiera ver que nuestros élderes sean tan honrados de tal forma que esta Compañía los prefiera como mecánicos, guardas, maquinistas, secretarios y gerentes. Si vivimos nuestra religión y somos dignos de ser llamados Santos de los Últimos Días, seremos las personas indicadas a quienes tales empresas habrán de confiarse con perfecta seguridad; si no resultase así, ello será una prueba de que no estamos viviendo nuestra religión»(4). Lo que el presidente Young exhortó a los poseedores del sacerdocio en su época es tan importante como lo es en nuestros días, el Espíritu de Cristo debe penetrar en todo lo que hagamos, tanto en el trabajo, como en la escuela o en el hogar.

El presidente Spencer W. Kimball nos enseñó que «tomemos, una sola vez, la decisión de hacerlo bien». Él tomó decisiones importantes temprano en su vida a fin de que no tuviera que tomarlas una y otra vez; y agregó: «Podemos alejar de nosotros algunas cosas de una vez por todas y dar el asunto por terminado… sin tener que reconsiderar y volver a decidir cien veces lo que vamos a hacer y lo que no vamos a hacer»(5). Seguir leyendo

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El corazón y una mente bien dispuesta

Conferencia General Abril 1998
«El corazón y una mente bien dispuesta»
Élder James M. Paramore
De los Setenta

James M. Paramore

«Ustedes podrán hacer tanto bien que se quedarán atónitos al ver que ustedes mismos cambian y que otras personas cambian».

Poseedores del sacerdocio de la Iglesia aquí en esta tierra, yo los saludo con respeto. Es un honor para mí estar en presencia de ustedes esta noche. El sacerdocio representado tanto aquí como en toda la tierra es maravilloso. Hace unos meses, me encontraba en el vestíbulo principal del Edificio de Administración de la Iglesia esperando el ascensor cuando llegaron tres hombres y le preguntaron al recepcionista: «¿Es aquí donde están los hermanos?» (refiriéndose a la Primera Presidencia). El recepcionista sonrió, y yo pensé: «La palabra ‘hermano’, ¡qué gran salutación!».

A cualquier parte que vaya, el reconocimiento de que somos hermanos es instantáneo y tranquilizador. Regreso a casa después de cada asignación dando gracias a Dios por esta hermandad, así como por el amor y las obras buenas que veo. Ustedes son extraordinarios, mis amigos.

Varones del sacerdocio, recuerdo la anécdota de una maestra de escuela que, al comenzar el año escolar, preguntó a los alumnos lo que sus papas les habían enseñado sobre la autosuficiencia durante las vacaciones de verano. Después de que varios niños contaron su parte, le pidió a Johnny que contara la suya. Johnny contestó: «Mi papá me enseñó a nadar; me llevó al centro del Lago Utah, me echó por la borda y me dijo que nadara hasta la orilla». «Vaya», le dijo la maestra, «para eso sí que hace falta valor». Johnny añadió: «Bueno, después de librarme de las pesas que me amarró, no estuvo tan mal». Y bien, mis jóvenes amigos, la vida será un desafío, pero nuestro Padre Celestial nos ha proporcionado los medios para llegar al final de ella sin novedad. Hablemos de eso unos minutos.

El Señor desea que tengan la mejor de las experiencias al realizar su trayecto por esta tierra. Este puede ser un recorrido magnífico, literalmente lleno de miles de experiencias formidables y de confirmaciones espirituales si se orientan mediante las muchas oportunidades de escoger que tendrán a lo largo del trayecto. El sendero que nos ha marcado nuestro Padre Celestial está claramente señalado; sin embargo, las normas y las vías del mundo pueden engañarlos. Pero recuerden: «…vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio» (1 Pedro 2:9). Ustedes son el medio por el cual la verdad, la virtud y la vida eterna se darán a conocer a todo el mundo. Todos formamos parte de ese medio. Como el Señor dijo a José Smith en 1831, será preciso que todos tengamos «el corazón y una mente bien dispuesta» (D. y C. 64:34).

Jóvenes, la vida es eterna. El Señor Jesucristo y Sus siervos dan esperanza y testimonio al mundo de que la jornada que hacemos es desde la presencia de nuestro Padre hasta la tierra para volver después a la presencia de nuestro Padre Celestial a fin de vivir eternamente. Todos nosotros damos estas buenas nuevas al mundo; es un mensaje divino de vida sempiterna y de relaciones eternas: matrimonios y familias eternos; nada supera su significado, ni su valor ni su promesa. Con ese conocimiento y amor, podemos transformar esperanzas y sueños, podemos ayudar a otras personas a encontrar las verdades eternas, la paz interior y la seguridad que éstos brindan. Seguir leyendo

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El servicio misional

Conferencia General Abril 1998
El servicio misional
Élder Earl C. Tingey
De la Presidencia de los Setenta

Earl C. Tingey

«La emoción y el entusiasmo que significa ser misionero regular es una de las grandes bendiciones a las que un hombre joven del Sacerdocio Aarónico puede aspirar».

E n esta noche hablo a todos los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico que estén preparándose para servir en una misión, a todos los misioneros regulares y a todos los padres y abuelos que motivan y preparan hombres jóvenes para ser misioneros.

Hace varios meses estuve en Far West, Misuri. Durante una época, ese fue el hogar y el refugio de tres o cuatro mil miembros de la Iglesia; hoy no hay casas, sino que sólo quedan los campos de pastizales. En julio de 1838, el profeta José Smith recibió una revelación en la que se prescribía la salida de los Doce el 26 de abril de 1839, desde Far West, para dar comienzo a la obra misional en Gran Bretaña (1). En Discourses of Wilford Woodruff leemos:

«Cuando se dio esa revelación, todo se hallaba en relativa paz y tranquilidad en esa tierra, más cuando llegó el momento de que los Doce Apóstoles cumplieran esa revelación, todos los santos habían sido ya expulsados… El presidente Young preguntó a los Doce que estaban con él: ‘¿Qué debemos hacer con respecto al cumplimiento de esta revelación?'(2).

«Algunas de las Autoridades dijeron que el Señor aceptaría la intención de los Doce y que el Señor no les requeriría de su vida para cumplir la revelación».

Wilford Woodruff continúa: «El Espíritu del Señor descansó sobre los Doce y expresaron: ‘El Señor Dios ha hablado; cumpliremos con esa revelación y mandamiento’; y ese fue el sentimiento que tuvo el presidente Young y el de los que estaban con él».

Los Doce, obedeciendo esa revelación, partieron para sus respectivas misiones. Wilford Woodruff se sentía tan enfermo que apenas podía levantarse. Heber C. Kimball escribió que Brigham Young estaba tan enfermo que no podía caminar ciento treinta metros sin asistencia; incluso, que había dejado a su esposa e hijos enfermos en cama. Cuando partió, llevaba un largo acolchado sobre los hombros porque no tenía abrigo (3).

El 28 de agosto de 1852, cinco años después que los santos llegaron al Valle del Lago Salado, Brigham Young organizó una conferencia especial en la que se llamó aproximadamente a cien hombres para servir en misiones en los lejanos rincones de la tierra. El mandato que George A. Smith, de los Doce, dio a los misioneros fue: «En general, las misiones que designaremos en esta conferencia no tomarán demasiado tiempo: es probable que lo máximo que se ausenten los hombres de sus familias sea de tres a siete años»(4). Seguir leyendo

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Pon tu hombro a la lid

Conferencia General Abril 1998
«Pon tu hombro a la lid»
Élder Neal A. Maxwell
Del Quorum de los Doce Apóstoles

Neal A. Maxwell

«El trabajo es siempre una necesidad espiritual, aunque para algunos no sea una necesidad económica».

Hermanos, durante mis años del Sacerdocio Aarónico ¡yo era porquerizo! En aquella lejana época, merced a un proyecto del Club 4 Haches para la cría de cerdos Duroc de pura raza, ¡aprendí acerca del trabajo! Como prueba de que lo que diré no es exageración, con la ayuda del élder Nelson, permítanme brevemente mostrarles este tapiz hecho con cerca de cien cintas de premio ganadas por mis cerdos en varias ferias a través de los años.

Cerca de la mano del élder Nelson hay una cinta rosa que recibí hace sesenta años. Fue la primera cinta que gané. Pienso que el juez se compadeció de mí, porque el cerdo no era de primera, pero él sabía que necesitaba aliento y, por lo tanto, me extendió el cuarto lugar. Las cintas violetas fueron para los campeones que exhibí más tarde.

Gracias, élder Nelson.

Hermanos, mediante experiencias de rigor, aprendí la importancia de mantenerme al tanto de los fluctuantes precios del mercado de carnes local; con la ayuda de mi padre, que era contador, llevaba un registro de ganancias y pérdidas. Como en todo lo demás, mis padres, tan bien dispuestos, terminaron haciendo ellos mismos parte del trabajo, incluso una madre especial, nacida hoy hace 95 años. Ella me enseñó a trabajar y me amó tanto que supo cómo corregirme.

A fin de contar con alimento barato para dar a mis cerdos compraba en una panadería docenas y docenas de pan añejo a un centavo cada uno; además, si llegaba a la lechería a la hora apropiada, conseguía cerca de doscientos ochenta litros de leche descremada ¡gratis! Ahora pago dos dólares con cincuenta centavos por cuatro litros, ¡qué ironía increíble! Con lo que ahorraba, podía utilizar el poco dinero en efectivo que tenía en cereal, algo indispensable para los cerdos.

Muchas veces, una cerda preñada paría después de medianoche. La fatiga que sentía entonces era muy real; pero en todo ello tenía un sentimiento de satisfacción, incluso por poder contribuir a los menús de la familia. La mayoría de los jovencitos como yo hacían trabajos similares. En esa época, todos éramos igualmente pobres, y no lo sabíamos. El trabajo se daba por sentado; hoy, muchas personas dan por sentado el recibir ayuda.

Había, también, desventajas sociales en la cría de cerdos. Tímido por naturaleza, recuerdo vividamente el día en que el director de la escuela secundaria fue a mi clase y me dijo, enfrente de todos: «Neal, tu mamá llamó y dice que tus cerdos se escaparon». Sentí ganas de esconderme bajo mi escritorio, pero tuve que correr a casa para ayudar a arrear los cerdos para el corral.

Mi padre, cariñoso pero estricto, me hizo ver que, aunque yo trabajaba afanosamente, a veces no hacía mi trabajo con cuidado. La excelencia era algo foráneo para mí. Un día de verano tomé la determinación de complacer a mi padre colocando cierta cantidad de postes para una cerca, firmes y bien alineados. Trabajé arduamente todo el día, y luego me puse a escudriñar con expectativa el camino por el cual papá iba a regresar. Cuando llegó, lo observé con inquietud mientras él inspeccionaba los postes con cuidado, incluso examinándolos con un nivel antes de declararse enteramente satisfecho. Después me elogió. El sudor de mi frente se ganó el encomio de papá, que me conmovió el corazón.

Les ruego perdonen este breve comentario autobiográfico que hago para expresar mi profunda gratitud por haber aprendido a trabajar desde la infancia. Aun así, hermanos, no siempre puse mi «hombro a la lid con fervor» (Himnos, Ne 164), pero aprendí algo sobre hombros y luchas, lo cual me ayudó más adelante cuando las luchas de la vida se hicieron más intensas. Algunos jóvenes de hoy, generalmente buenos, piensan erróneamente que el poner el «hombro a la lid» ¡es el equivalente a sus esfuerzos por conseguir prestado el auto de los padres! Seguir leyendo

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Un nuevo tiempo para la cosecha

Conferencia General Abril 1998

Un nuevo tiempo para la cosecha

Élder Russell M. Nelson
Del Quorum de los Doce Apóstoles

“Ha llegado una nueva era de la obra de historia familiar”.


El amor de la familia es maravilloso. No hay nada más especial que el amor de un bebé por su madre. No hay nada más fácil de predecir que el amor de los hijos por sus padres o el amor de los padres por sus hijos.

Hace poco, abracé cariñosamente a una de nuestras queridas nietecitas de cinco años, y le dije:

—Te quiero mucho, mi amor.

Ella me respondió un tanto indiferente:

—Ya lo sé.
— ¿Cómo lo sabes? —, le pregunté.
— ¡Porque eres mi abuelo!

Esa razón era suficiente para ella. Claro está que amamos a nuestros nietos; así como también a nuestros abuelos. Yo atesoro los recuerdos de lo que viví con tres de mis cuatro abuelos. Nunca conocí al abuelo Nelson (1). Él murió cuando mi padre sólo tenía dieciséis años. Cuando mi abuelo falleció, era superintendente de la enseñanza pública del estado de Utah. Él tenía un hermoso reloj de bolsillo que más tarde mi padre me entregó a mí. Ahora, ese reloj es un lazo tangible entre nosotros. Seguir leyendo

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Maravillosas son las revelaciones del Señor

Conferencia General Abril 1998
Maravillosas son las revelaciones del Señor
Élder M. Russell Ballard
Del Quorum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard

«Debemos abrazar, estudiar y valorar las verdades reveladas que tenemos. Debemos declarar el Evangelio en forma generosa y bondadosa a todos los hijos de nuestro Padre».

Uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia del género humano ocurrió un día de primavera de 1820, cuando el joven José Smith fue al bosque que estaba cerca de su hogar para pedirle a Dios guía, luz y verdad. Al arrodillarse en humilde y sincera oración, de acuerdo con su propia descripción de lo ocurrido, «…vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí».

«…Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!»(1)

En ese momento, el mundo pasó a ser un lugar diferente. Los cielos, que habían estado silenciosos por mucho tiempo, se abrieron nuevamente y emanaron la luz y la verdad reveladas, lo cual finalmente resultó en la organización de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sobre la tierra.

Fueron tiempos increíbles a medida que el espíritu de revelación hablaba en forma poderosa al profeta José Smith. A menudo hubo otras personas presentes con él cuando se recibieron revelaciones, y ellas dieron testimonio del Espíritu y de la presencia de manifestaciones del espíritu en esas oportunidades. Por lo general, hablaban de la blancura o luminosidad que rodeaba a José. Por ejemplo, cuando se dio la sección 76 de Doctrina y Convenios, Philo Dibble escribió que José «parecía estar cubierto con un elemento de blancura gloriosa y su rostro brillaba como si fuera transparente»(2). Y Brigham Young testificó que «aquellos que conocían a José sabían cuándo el Espíritu de revelación estaba con él, porque su semblante denotaba una expresión peculiar de él cuando estaba bajo esa influencia. Predicaba por el Espíritu de revelación y enseñaba en sus consejos de la misma forma, y los que lo conocían podían reconocerlo de inmediato, porque en tales instancias su rostro tenía una claridad y transparencia peculiar»(3).

Algunas personas que compartieron esa maravillosa experiencia reveladora se quedaban impresionadas con la soltura con que esas revelaciones fluían del Señor y de la forma en que, con mínimas correcciones, tales como ortografía o puntuación, no era necesario editarlas. Parley E Pratt dijo: «Cada frase era pronunciada lenta y con mucha claridad, y con pausas entre ellas, lo suficientemente largas para que las registrara a mano un escribano común… Nunca había ninguna clase de vacilación, revisión o necesidad de que el escribano se lo volviese a leer para seguir la continuidad del tema, ni tampoco ninguna de esas comunicaciones pasó por revisiones, alteraciones ni correcciones. Se quedaban tal como las dictaba, según lo que he podido ver; y yo estuve presente para presenciar el dictado de varias comunicaciones de varias páginas cada una»(4). Seguir leyendo

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El camino de perfección del reino

Conferencia General Abril 1998
El camino de perfección del reino
Élder Dale E. Miller
De los Setenta

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«A medida que invertimos nuestro tiempo, talentos y recursos para edificar Sión, nuestros corazones se purifican, nuestra sabiduría aumenta, se empiezan a crear hábitos celestiales».

E l profeta José Smith habló de antiguos profetas que se llenaron de gozo inefable cuando, por medio de una visión, vieron nuestra época; ellos profetizaron, cantaron, alabaron y escribieron sobre esta grandiosa era culminante. No cabe duda de que Dios está derramando Su Espíritu en rica abundancia sobre Su reino terrenal.

Declaramos al mundo que el reino del Señor no es, de ninguna manera, una comunidad exclusiva. El Señor invita a toda la gente a viajar a través del sendero de perfección de verdad divina. La recompensa: Él promete gozo y felicidad eternos. El valor de la entrada: un corazón quebrantado, un espíritu contrito y el deseo de seguir Sus pasos.

Escuchen la voz del Señor al respecto: «He aquí, hablo a todos los que tienen deseos buenos y han metido sus hoces para segar.

«He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Soy la vida y la luz del mundo… «…más de cierto, de cierto te digo, que a cuantos me reciban daré el poder de llegar a ser hijos de Dios, sí, a los que crean en mi nombre» (D. y  C. 11:27-28,30).

Hermanos y hermanas, el meter nuestras hoces para ayudar a edificar el reino del Señor debe ser el enfoque más importante de nuestra vida. Parece razonable señalar que todos estuvimos de acuerdo con ello en la vida preterrenal. Las decisiones clave que tienen que ver con el estudio, la carrera, el matrimonio, el uso mismo de nuestro tiempo, talentos y recursos, deben centrarse, con espíritu de oración, en la mejor forma de servir al Maestro, de edificar Su reino y de perfeccionarnos en Él. Seguir leyendo

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