Acerquémonos mas al Señor

Conferencia General Octubre 1997
Acerquémonos mas al Señor
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Dios es nuestro Padre y vela por Su reino. Jesús es el Cristo cuyo nombre lleva esta Iglesia. El la encabeza.”

Mis amados hermanos y hermanas, es un verdadero placer darles una vez mas la bienvenida a una conferencia general de la Iglesia. Ustedes han venido de lugares muy diversos con la esperanza de ser inspirados y bendecidos, y de acercarse mas al Señor. El tabernáculo esta totalmente lleno. Me complace informarles que el pasado 24 de julio se dio comienzo a la construcción del nuevo y amplio edificio de asambleas que estamos edificando en la cuadra ubicada al norte de donde hoy nos encontramos. Dará cabida a 21.000 personas, o sea, aproximadamente tres veces y media el cupo de este tabernáculo. Nos han prometido que estará terminado a tiempo para la conferencia de abril del año 2000. Tendremos entonces un magnífico edificio nuevo para inaugurar un siglo maravilloso.

Nos reunimos hoy bajo circunstancias muy favorables. En su mayor parte, el mundo esta en paz, y que bendición tan valiosa es esta. Por lo general, andamos en un ambiente de buena voluntad. Es cierto que a muchos no les caemos muy bien, y aun algunos nos odian y aprovechan cualquier oportunidad para criticarnos duramente. Pero en realidad son muy pocos los que hacen eso y rara vez tienen éxito con SUS criticas. Jamas ha gozado la Iglesia de una mejor reputación que ahora, gracias a todos ustedes, mis hermanos y hermanas. La opinión que la gente tiene de nosotros deriva, en gran parte, de sus experiencias personales e individuales. Es la amistad que ustedes brindan, el interés que sienten por los demás y el buen ejemplo de su vida lo que resulta en las opiniones que la gente tiene con respecto a los Santos de los Ultimos Días.

Los medios de comunicación han sido cordiales y generosos con nosotros. Este año de celebraciones pioneras ha resultado en una cobertura extensa y favorable por parte de la prensa. Ha habido algunas cosas que quisiéramos que hubieran sido diferentes. En lo personal, mis palabras han sido citadas con mucha frecuencia, en algunos casos erróneamente o dándoseles una mala interpretación. Creo que eso es de esperarse. Ninguno de ustedes tiene por que preocuparse al leer algo que haya resultado ser un reportaje incompleto; no se preocupen si me han presentado como que no comprendo algunos puntos de doctrina. Los entiendo perfectamente, y es lamentable que el reportaje no lo haya aclarado. Espero que ustedes jamas consideren a los medios de prensa como una autoridad en cuanto a las doctrinas de la Iglesia.

No obstante los malentendidos que a veces ocurren, se nos ha tratado muy bien y estamos agradecidos a los periodistas y a los editores que se han comportado con nosotros de manera honrada y generosa.

Hace precisamente dos semanas, tuve la oportunidad de hablar ante la Asociación de Periodistas de Religión. Fueron muy amables y receptivos; no hubo ninguna clase de contención o debate y siento gran respeto y estima hacia esas personas.

Se acerca ahora el final de nuestra celebración del sesquicentenario, y aun queda bastante trabajo por hacer. Tengo pensado hablar mas en cuanto a esto mañana por la mañana.

En esta conferencia relevaremos a varios de los Setenta y también a la presidencia de las Mujeres Jóvenes de la Iglesia, de acuerdo con la norma que establece cinco años de servicio.

Estos fieles y capaces hermanos y hermanas han servido eficazmente. Sin quejas de ninguna clase, han ido a dondequiera que se les envió; han brindado diligentemente sus talentos y su devoción para llevar adelante la obra del Señor, tanto aquí como en el extranjero. Esta obra es mucho mas fuerte gracias a sus esfuerzos personales.

Tanto a sus cónyuges como a sus familias, particularmente en el caso de la presidencia de las Mujeres Jóvenes, expresamos nuestro agradecimiento por haber sabido soportar inconveniencias al tener que compartir a sus esposas y madres con toda la Iglesia.

Extendemos nuestro amor y nuestra bendición a cada uno de los que están siendo relevados y deseamos que continúen sintiéndose satisfechos por el servicio que han prestado y sean muy felices dondequiera que vayan.

En esta ocasión solo deseo invitar al Espíritu del Señor para que nos acompañe a medida que seguimos adelante con otra gran conferencia. Que todos los que tomen la palabra sean inspirados en lo que vayan a decir; que las oraciones enaltezcan nuestros pensamientos a lugares altos y sagrados; que la música nos brinde a todos belleza y sustento espiritual.

Quisiera que todas las Autoridades Generales pudieran dirigirnos hoy la palabra. Lamentablemente, eso no será posible, pero todos nos uniremos en propósito, a medida que con nuestro corazón nos acerquemos a todos ustedes, nuestros amados hermanos y hermanas, en el testimonio de esta gran obra. Dios es nuestro Padre y vela por Su reino. Jesús es el Cristo cuyo nombre lleva esta Iglesia. El la encabeza. El Evangelio ha sido restaurado y se está extendiendo con poder por toda la tierra. Nuestra fe se fortalece con lo que sabemos que es verdadero.

Que las bendiciones del Señor estén con nosotros, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Las grandes llaves de la Sociedad de Socorro

Conferencia General Octubre 1996
Las grandes llaves de la Sociedad de Socorro
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de La Primera Presidencia

James E. Faust

“Desde sus mismos comienzos, gran parte de la fortaleza de la Iglesia ha derivado del servicio, de la fe y de la devoción de sus fieles mujeres.”

Mis amadas hermanas, es un humilde privilegio el estar con ustedes esta noche. Tenemos el especial honor de contar con la presencia del presidente Hinckley y del presidente Monson. Agradezco la dulce oración de la hermana Silver, y la música de este coro extraordinario, cuya música nos ha inspirado. Cada una de ustedes irradia fe y bondad. Los mensajes de las hermanas Aileen Clyde, Chieko Okazaki y Elaine Jack, sobre la fe, la esperanza y la caridad, han sido realmente inspiradores.

Quiero expresar la profunda admiración y el gran agradecimiento que siento hacia cada una de ustedes, maravillosas hermanas, tanto jóvenes como adultas. Deseo agradecerles su fe y SU devoción; les agradezco su rectitud. Es maravilloso observar la forma en que enfrentan los múltiples desafíos que se les presentan. El don que Dios les ha dado de apreciar lo espiritual, lo hermoso y lo bello es parte de la divinidad que llevan en su interior. Ustedes hacen que la vida sea mucho más placentera y significativa para todos nosotros.

El año pasado en una reunión como esta, el presidente Gordon B. Hinckley, en representación de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles, anuncio y dio lectura a “Una proclamación para el mundo sobre la familia” (35602002). Por cuanto ustedes, las madres, son el corazón y el alma de toda familia, era lo más apropiado que primeramente se leyera en la Reunión General de la Sociedad de Socorro.

Tengo gran respeto por la influencia de la Sociedad de Socorro y por los logros que ha alcanzado. Es la organización femenina más maravillosa de todo el mundo y ustedes tienen el privilegio especial de pertenecer a ella. Mi vida ha sido abundantemente bendecida a través de la Sociedad de Socorro. Mi bisabuela fue presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio durante treinta y tres años. ¡Yo he estado casado con la presidenta de la Sociedad de Socorro del barrio y con la presidenta de la Sociedad de Socorro de la estaca… la misma mujer en ambos casos! Nuestra hija mayor es actualmente presidenta de la Sociedad de Socorro de su barrio. Una de nuestras nueras es presidenta de la Sociedad de Socorro de su estaca. Por medio de la fiel asistencia de mi amada esposa Ruth a la Sociedad de Socorro, nuestra familia se vio bendecida con mayor espiritualidad y paz. Las cosas parecían marchar mejor a causa del enriquecimiento espiritual que ella recibió. He conocido bien los beneficios de la Sociedad de Socorro. Desde hace mucho aprendí a apoyar al sacerdocio y a no interferir con la Sociedad de Socorro. Seguir leyendo

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Fortalezcámonos en caridad

Conferencia General Octubre 1996
Fortalezcámonos en caridad
Presidenta Elaine L. Jack
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Elaine L. Jack

“Ese don se multiplica a medida que se usa, y tanto el que da como el que recibe son bendecidos, porque la caridad purifica y santifica a todo el que la toca.”

Estoy muy agradecida hoy día de estar con ustedes, hermanas, las grandes mujeres de la Iglesia. Ustedes representan muchas y diferentes partes del mundo, muchos idiomas, costumbres y culturas, y sin embargo, su rectitud es constante y de gran influencia. No importa cuando se unieron a la Iglesia o donde asistan a sus reuniones, la rectitud de ustedes se manifiesta en su bondad. Sus contribuciones y ejemplo reflejan su amor por Dios.

En una entrevista de radio se me preguntó una vez: “Si usted pudiera pedir algún deseo por las mujeres, que pediría?” Yo dije: “Desearía que las mujeres supieran cuan buenas son; desearía que sintieran que se les valora por la bondad que tienen”.

Al dirigirme a ustedes no puedo evitar pensar en mi madre que falleció hace 26 años. Así como ustedes han aprendido de sus madres, yo aprendí mucho de la mía; me enseñó la importancia de la buena gramática, del buen comportamiento, de la limpieza y de la educación. Era una mujer muy amable; me enseñó los principios del Evangelio y las doctrinas del Reino de Dios. Fue un ejemplo de gran fe, esperanza y caridad pura.

Dudo que mi madre haya imaginado jamás que algún día su hija de una pequeña comunidad de Cardston, [Canadá], hablaría en una transmisión vía satélite a las mujeres de todo el mundo y que yo estaría compartiendo aquello que ella me enseñó en el hogar. Han pasado tantos años desde que estuvimos juntas, sin embargo, a menudo la siento junto a mí.

Esto hace que me pregunte, hermanas, ¿cómo podríamos jamás medir los efectos de nuestro alcance y de nuestra influencia?

Al servir en este llamamiento he rogado al Señor que me ayude a entender el corazón de la mujer de Su Iglesia. El corazón es la clave de nuestra influencia porque cuenta y mide cada acto de bondad y cada esfuerzo de servicio, cada vez que elevamos, elogiamos o enseñamos a alguien. He llegado a saber que el corazón de las mujeres de la Sociedad de Socorro está lleno de amor; he visto ejemplos en cada rama, barrio y estaca que he visitado y he escuchado sobre la bondad de las mujeres de la Iglesia en cartas que dan testimonio de que “la caridad nunca deja de ser”.

La caridad es la obra del corazón.

El Señor dijo que “el gran mandamiento en la ley” es “amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:36-37). Cuando amamos al Señor con toda nuestra mente, alma y corazón, amamos a nuestros semejantes; y abunda la caridad.

Esto no es algo nuevo para ustedes dado que pasan sus días haciendo el bien a sus semejantes su familia, sus vecinos, sus hermanas, e incluso a los extraños. Sus esfuerzos por ayudar a los demás ha llegado a ser una parte tan importante de la forma en que viven que, la mayoría de las veces, son espontáneos, instintivos, inmediatos.

Muchas de ustedes piensan que estoy describiendo a alguien más y podrían decir: “Yo no soy alguien especial; soy una mujer común y corriente”. Seguir leyendo

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Crezcamos en esperanza

Conferencia General Octubre 1996
Crezcamos en esperanza
Chieko N. Okazaki
Primera Consejera de la Presidencia de la Sociedad de Socorro

Chieko N. Okazaki

“Las fuentes de la esperanza son las fuentes de la vida misma. Es por eso que la esperanza persiste, aun cuando la experiencia, la razón y el conocimiento indiquen que no hay razón para tener esperanzas.”

Mis queridas hermanas, ¡aloha! Hoy se me ha pedido que les hable acerca de la esperanza, la segunda en el gran trío de virtudes: fe, esperanza y caridad.

La hermandad de la Sociedad de Socorro, que comprende estas virtudes, nos ayudara a elevarnos y a fortalecernos unas a otras con amor, testimonio, fe y servicio. Pienso en la esperanza como una virtud diaria, modesta pero muy firme, ordinaria pero adaptable, que es tanto tierna como hermosa. Es una discreta pero poderosa fuerza para el bien que aumentara considerablemente nuestra capacidad para hacer el bien y para ser buenos.

Permítanme compararla con este ingenioso abanico/sombrero que me regalaron las Sociedades de Socorro de Tonga cuando visite sus estacas a principios de este año. Si hace calor, este abanico se puede usar para echarse aire fresco, y la forma curva que tiene genera más aire que un abanico plano. Pero si comienza a llover, el abanico puede convertirse en un sombrero para protegerse de la tormenta.

En forma similar, la esperanza es una virtud para todas las temporadas y todas las adversidades, ya que el problema sea una tormenta o un clima sumamente agradable.

¿Qué es lo opuesto a la esperanza? Naturalmente la desesperación, que viene cuando nos sentimos impotentes para influir en los acontecimientos y cuando desaparece de nuestra vida lo que le da significado. La desesperación es un tipo de desorientación tan profunda que perdemos contacto con la fuente de la vida misma.

Yo no soy muy buena jardinera; a mi esposo Ed era al que le gustaba esa tarea en nuestro hogar. Hace poco vi que un ladrillo se había caído, aplastando un pensamiento, pero parte de la flor salía de abajo del ladrillo; durante las semanas siguientes, esa flor usó su energía para crecer de lado, alrededor del ladrillo, empujando sus pequeños brotes hacia el aire y el sol, y floreciendo con sus hermosos colores púrpura y dorado. Cuando quité el ladrillo, el tallo del pensamiento estaba chueco, pero la flor era tan bella como las que la rodeaban.

Esa flor eligió vivir; experimentó la adversidad, pero escogió la vida; quedó deforme, pero decidió vivir. Nadie la hubiera culpado por darse por vencida debajo del ladrillo, pero eligió la vida.

Hermanas, las fuentes de la esperanza son las fuentes de la vida misma. Es por eso que la esperanza persiste, aun cuando la experiencia, la razón y el conocimiento indiquen que no hay razón para tener esperanzas. La esperanza no calcula las probabilidades porque es una virtud de dos caras: al igual que este abanico/sombrero, está preparada para un clima agradable o adverso. El escoger la esperanza es escoger la vida; el escoger la esperanza es escoger el amor. Seguir leyendo

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Confirmadas en la Fe

Conferencia General Octubre 1996
Confirmadas en la Fe
Aileen H. Clyde
Segundo consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Aileen H. Clyde

“Tenemos un conocimiento del que muchas carecen; en consecuencia, nos recordamos a nosotros mismas que nuestra obra no la dedicamos a lo trivial o a la diversión… mantenemos la resolución y la valentía de actuar de acuerdo con la convicción que hemos logrado a través de nuestro arduo trabajo.”

Ya regocijemos, porque como dice el himno, “ya no somos extranjeros”. Lo cantamos como una expresión de fe en Dios y (en especial esta noche Sus hijas son quienes lo cantan) por el conocimiento de que Cristo y Su pueblo siempre estarán unidos.

“… y justicia enviaré desde los cielos; y la verdad haré brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito… y haré que la justicia y la verdad inunden la tierra… a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra a un lugar que yo prepararé… y se llamara Sión… (Moisés 7:62)

Aun cuando la Sión en la que todos caminan con Dios no está ante nosotros todavía, el camino hacia Sión que se encuentra por medio de la fe en Jesucristo se halla delante de nosotras. Vivimos ante la evidencia de la promesa en las Escrituras de que la rectitud y la verdad están en la tierra y de que Cristo ha venido a hacer por nosotros lo que nosotros no podemos hacer por nosotros mismos.

Las mujeres de la Sociedad de Socorro reunidas aquí esta noche, y organizadas en muchos lugares de los cuatro cabos de la tierra, son parte de la evidencia de que la rectitud y la verdad están avanzando en el mundo debido a su fe en Jesucristo. Nuestro Salvador va ante nosotros y nos invita a tener una relación de convenio con El para ayudarnos a encontrar el camino. En Juan 15, versículo 10 leemos: “Si guardaréis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”.

La naturaleza recíproca de nuestra relación con Dios es una verdad básica de esa relación. Cristo no retiene Su parte, y nosotros estamos aquí para aprender mejor la manera de ofrecer nuestra parte. Al entender y corresponder al amor de Su Padre, el Salvador obtuvo la fortaleza para hacer todo lo que se le mando. Luego vino esa promesa que puede ser nuestra cuando permanecemos en Cristo y dejamos que Sus palabras permanezcan en nosotras.

“Estas cosas os he hablado, para que mi gozo este en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.

“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:11-12; cursiva agregada).

Nuestro Padre Celestial y Su Hijo esperan que confiemos las unas en las otras y que nos relacionemos con amor y confianza siguiendo el ejemplo que Ellos nos han dado. Con tal motivo se han tomado todas las medidas para ayudarnos a encontrar la fortaleza que necesitamos.

“A algunos el Espíritu Santo da a saber que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que fue crucificado por los pecados del mundo; Seguir leyendo

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Una mano extendida para rescatar

Conferencia General Octubre 1996
“Una mano extendida para rescatar”
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

“Que cada uno de nosotros… tome la resolución de buscar a aquellos que necesiten ayuda, que estén en circunstancias desesperantes o difíciles y que los levanten, con el espíritu de amor, hasta ser recibidos en los brazos de la Iglesia.”

Quisiera agregar unas pocas palabras para dar fin a esta hermosa conferencia general de la Iglesia.

Esta es una magnífica ocasión; el tiempo nos ha favorecido aquí, en Salt Lake City; esta es una bella estación del año, con las flores del otoño en toda su lozanía. Casi toda la cosecha ha sido recolectada y, en general, ha sido buena. Estamos agradecidos por las misericordias del Señor para con nosotros.

Nos hemos reunido en paz, con comodidad y a salvo en estos recintos sagrados de la Manzana del Templo que nuestros antepasados edificaron tan bien, a fin de que estuviéramos cómodos.

Hemos tenido una transmisión de la conferencia sin precedentes con la cual hemos llegado más allá de los océanos y los continentes a gente que vive a lo largo y a lo ancho de este mundo.

Aunque nos hallamos a gran distancia de algunos de ustedes, sentimos su afecto fraternal y les expresamos nuestra más alta estima.

Lo más importante es que hemos disfrutado de una notable y extraordinaria abundancia del Espíritu del Señor Las Autoridades Generales y las hermanas nos han dirigido la palabra y hemos sido bendecidos por sus mensajes.

Espero que recordemos durante mucho tiempo lo que hemos escuchado. Espero que dediquemos tiempo para leer los discursos que se imprimirán en la revista Liahona. Espero que cada uno de nosotros se haya conmovido personalmente con algo de lo que se haya dicho y, como resultado, que haga un cambio en algún aspecto impropio de su conducta o actitud.

Como nos lo ha hecho recordar el élder Ballard, este es un año en el que celebramos un aniversario’, y el año que viene celebraremos otro aniversario especial: la llegada de los pioneros mormones al Valle del Lago Salado en 1847. Habrá entonces una gran celebración; habrá mucho para conmemorar y será beneficioso el hacerlo. A todos nos hace bien que se nos recuerde el pasado. La historia nos otorga el conocimiento que evita que repitamos errores y nos da una base en la que se puede edificar el futuro. Seguir leyendo

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Las cosas apacibles del reino

Conferencia General Octubre 1996
“Las cosas apacibles del reino”
Elder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Jeffrey R. Holland

“La paz y las alegres nuevas… se encuentran entre las más grandes bendiciones que el Evangelio de Jesucristo brinda a un mundo atribulado.”

Nos acercamos al final de otra maravillosa conferencia general de la Iglesia. Hemos sido bendecidos con oraciones sinceras, música magnifica y enseñanzas verdaderamente inspiradas.

En unos minutos, como conclusión, escucharemos el consejo de nuestro Profeta viviente y Presidente de la Iglesia, Gordon B. Hinckley. La conferencia general de esta Iglesia es una ocasión extraordinaria: es una declaración institucional de que los cielos están abiertos; de que la guía divina es tan real en la actualidad como lo fue para la antigua casa de Israel; de que Dios, nuestro Padre Celestial, nos ama y nos comunica Su voluntad por medio de un Profeta viviente.

El gran profeta Isaías vio tales momentos y predijo esta misma situación en la que nos encontramos:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a el todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová…” 1

De esa consoladora dirección en los Últimos Días, e incluso de su divina fuente, Isaías continua diciendo: “¡Cuan hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz!” 2

La paz y las alegres nuevas; las alegres nuevas y la paz. Esas se encuentran entre las más grandes bendiciones que el Evangelio de Jesucristo brinda a un mundo atribulado y a las personas con inquietudes que viven en él; son soluciones a los desafíos personales y a los pecados humanos; son una fuente de fortaleza para los días de agotamiento y para las horas de genuina desesperación. Todo lo que se ha expresado en esta conferencia general así como lo que expresa La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que la convoca proclaman que es el mismo Hijo Unigénito de Dios quien nos da esa ayuda y esperanza. Esa seguridad es “constante cual firmes montañas” 3 . El profeta Abinadí, del Libro de Mormón, lo aclaró al variar un poco la exclamación de Isaías:

“¡Cuan hermosos son sobre las montañas los pies de aquel que trae buenas nuevas, que es el fundador de la paz, si, el Señor, que ha redimido a su pueblo; si, aquel que ha concedido la salvación a su pueblo! 4 

Por último, es Cristo el que es hermoso sobre las montañas, y son Su misericordiosa promesa de paz en el mundo, así como Sus alegres nuevas de “vida eterna en el mundo venidero” 5 , las que nos hacen caer a Sus pies, llamar su nombre bendito y darle gracias por la restauración de Su Iglesia verdadera y viviente.

La búsqueda de la paz es una de las búsquedas más fundamentales del alma humana.

Todos tenemos altibajos, pero esos momentos vienen y por lo general se van. Nuestros amables vecinos nos ayudan, y con el hermoso sol llega el ánimo. Generalmente una buena noche de descanso hace maravillas, pero en la vida de todo ser humano hay ocasiones en que un profundo pesar, o sufrimiento, o temor o soledad nos hacen suplicar la paz que sólo Dios puede dar. Estos son momentos de intensa hambre espiritual cuando ni los amigos más íntimos nos pueden dar toda la ayuda que necesitemos.

Entre la vasta congregación de esta conferencia, o en su barrio, en su estaca o en su propio hogar, quizás conozcan a personas valerosas que llevan cargas sumamente pesadas o que sienten un dolor privado, que caminan por los obscuros valles de tribulación de este mundo. Algunos quizás estén desesperadamente preocupados por el esposo, la esposa o el hijo, por su salud o por su felicidad, o su fidelidad en guardar los mandamientos. Algunos quizás vivan con dolor físico o emocional, o con impedimentos físicos que acompañan la edad avanzada. A algunos les preocupa cómo pagar las cuentas, y algunos sienten el dolor de la soledad que hay en una casa vacía, en un cuarto vacío, o simplemente la soledad que significa el tener los brazos vacíos. Seguir leyendo

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Mirad a vuestros pequeñitos

Conferencia General Octubre 1996
“Mirad a vuestros pequeñitos”
Elder William Rolfe Kerr
de los Setenta

william-rolfe-kerr

“Poderosos hombres y mujeres de Dios… muchas veces se vieron solos, actuaron solos, tal como en algunas oportunidades cada uno de nosotros tiene que arreglárselas solo en un mundo que a veces es hostil.”

Reconozco este llamamiento para servir y expreso mi gratitud a los muchos maestros, líderes y amigos que han influido en mi vida. Este llamamiento trae consigo un aumento del amor y el aprecio que siento por mis buenos padres, mi esposa y mis hijos maravillosos, y por el extraordinario ejército de fieles misioneros con los que servimos en la Misión Texas Dallas.

También me hace sentir más amor y aprecio por la vida y las enseñanzas del Salvador, de las cuales aprendemos los principios que deben gobernar nuestra vida.

Después de Su crucifixión y de Su resurrección, Jesucristo visitó, enseñó y bendijo a los habitantes justos de la antigua América; el Libro de Mormón registra esos gloriosos acontecimientos y se destaca como otro testigo de la divinidad de Jesucristo y de la realidad de Su resurrección. Mientras enseñaba y bendecía a aquellos fieles, les pidió que le llevaran a sus niños pequeños y que los pusieran alrededor de Él; después, se arrodilló con ellos y oró diciendo cosas tan admirables y gloriosas que no se pudieron escribir, palabras que llenaron el alma de la gente con un gozo inconcebible. El registro sagrado nos enseña lo que Jesús le dijo a la multitud:

“… Benditos sois a causa de vuestra fe.

“Y ahora he aquí, es completo mi gozo.

“Y cuando hubo dicho estas palabras, lloró, y la multitud dio testimonio de ello; y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y rogó al Padre por ellos.

“Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo;

“y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos” (3 Nefi 17:2023; cursiva agregada).

Cuando dijo a la multitud que mirara a sus pequeñitos, ¿se referiría colectivamente al grupo de niños pequeños? ¿O querría llamarles la atención a las personas -y a nosotros- sobre la naturaleza individual y la importancia de cada uno de esos niños, de cada uno como individuo? Creo que, con Su ejemplo, el Salvador nos enseñó en ese momento el cuidado tierno e individual que debemos dar a cada uno de nuestros niños, en realidad, a cada uno de los hijos de nuestro Padre Celestial. Puede tratarse del irresistible niñito que apenas empieza a andar o del rebelde adolescente, de la apenada viuda o de la mujer agradecida porque tiene una vida buena y feliz; inclusive puede que se trate de uno de los hijos, o del propio cónyuge. Cada uno es un individuo; cada uno tiene su propio potencial divino. Y cada uno debe disfrutar del alimento espiritual y del cuidado físico acompañados del amor, la ternura y la atención individual. Seguir leyendo

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Escuchando la voz del Señor

Conferencia General Octubre 1996
Escuchando la voz del Señor
Elder Francisco J. Viñas
De los Setenta

Francisco J. Viñas

“Cuando las personas escuchan y aceptan con humildad y con una fe sencilla las palabras de los Profetas, reciben las bendiciones del Señor.”

He estado considerando la importancia que ha tenido en mi vida y en la vida de otras personas, la disposición a escuchar la voz del Señor, especialmente cuando esta llega por medio de Sus siervos y bajo la influencia del Espíritu Santo.

El que yo pueda estar aquí esta tarde tengo que agradecerlo a mis padres, quienes muchos años atrás, al recibir a los misioneros, escucharon por primera vez la voz del Señor y prestaron atención a ella. Esto cambió el rumbo que llevaban sus vidas, y fue una gran influencia en la vida de sus hijos y nietos.

Al ir creciendo junto a la Iglesia en Uruguay y ser testigo de esta maravillosa obra en otros países de Sudamérica, he observado con mucha atención el efecto que ha tenido sobre la vida de las personas cuando han escuchado con diligencia y humildad la voz del Señor. La misma experiencia tuve al regresar a España y ver el cambio que se producía en las vida de la gente cuando obran con diligencia a los siervos del Señor y desarrollaban la fe suficiente para obedecer los mandamientos. Como escribió Pablo a los Romanos: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

La misma promesa que recibió el pueblo de Israel se mantiene en estos días:

“Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltara sobre todas las naciones de la tierra.

“Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzaran, si oyeres la voz de Jehová tu Dios” (Deuteronomio 28:12).

La exhortación a escuchar con atención la palabra del Señor se ha repetido en todas las dispensaciones. El Salvador en su ministerio terrenal repitió frecuentemente estas palabras: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mateo 11:15; 13:9,43: Marcos 4:23; Lucas 8:8; 14:35). También enseñó que “… EL que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna…” Juan 5:24). Seguir leyendo

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Partícipes de las glorias

Conferencia General Octubre 1996
“Partícipes de las glorias”
Presidenta Elaine L. Jack
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Elaine L. Jack

“Al recibir las bendiciones del sacerdocio, recurrimos al poder y a la gracia de Dios.”

En las praderas de Paraguay se asienta el pequeño poblado de Mistolar, ubicado en un extenso trecho de tierra en una región aislada, cerca del río Pilcomayo. Ahí, en esa pequeña comunidad agrícola, hay una rama de la Iglesia. En junio de 1987, debido a la nieve derretida de los Andes, el río, que era el recurso vital para sus cosechas, fue también la fuente de su destrucción. El río se desbordó no sólo una, sino dos veces, obligando a los santos a buscar otro lugar en donde vivir. Perdieron todo: la capilla, sus hogares, sus huertos y cercos.

Durante un mes, anduvieron con el agua hasta las rodillas, tratando simplemente de sobrevivir.

Al enterarse de tal situación, la Presidencia de Área envió víveres, y el Elder Ted E. Brewerton, del Quórum de los Setenta, encabezó un grupo de rescate en una agotadora jornada que duró dos días.

Al llegar ahí, recibieron una cálida bienvenida por parte de las mujeres y los niños, ya que la mayoría de los hombres estaban de cacería o pescando. La gente tenía poca comida y poca ropa para soportar el intenso frío del invierno y, entre los animales que habían sobrevivido, se encontraban tres ovejas, unas cuantas gallinas, una cabra y un perro flaco. Por las noches, las casas provisionales de carrizo y varas les brindaban muy poca protección.

Era obvio que su situación era bastante crítica, pero aun así, la gente sonreía; la paz que irradiaban contrastaba fuertemente con sus tristes circunstancias.

¿Cómo podían seguir animados ante tales circunstancias? La respuesta se dio a conocer cuando el élder Brewerton le preguntó al joven presidente de la rama: “¿Tiene algún enfermo entre sus miembros?”

El joven líder del sacerdocio hizo una pausa y dijo: “Creo que no; permítame preguntarles a los demás hermanos”. Unos minutos después, respondió: “Somos treinta y nueve los que poseemos el Sacerdocio de Melquisedec; nosotros velamos por nuestra gente y les bendecimos”.

Esa noche, en la reunión de la rama, una hermana ofreció una oración, una que el élder Brewerton siempre recordara. Ella dijo: “Padre, hemos perdido nuestra hermosa capilla; hemos perdido nuestra ropa; ya no tenemos casas ni materiales con que construir; tenemos que caminar diez kilómetros para tomar agua sucia del río y no tenemos ni siquiera un balde. Pero deseamos expresarte nuestra gratitud por nuestra buena salud, nuestra felicidad y por ser miembros de la Iglesia. Padre, queremos que sepas, que en cualquier circunstancia, seremos firmes, fuertes y fieles a los convenios que hicimos cuando nos bautizamos” (Véase Heidi S. Swinton, Pioneer Spirit, Deseret Book, 1996, págs. 8-11). Seguir leyendo

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El gozo de vivir el gran plan de felicidad

Conferencia General Octubre 1996

El gozo de vivir el gran plan de felicidad

Elder Richard G. Scott

Elder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles

“Como marido y mujer, ustedes recibirán guía en su vida, al hacerse merecedores del don del Espíritu Santo si obedecen las enseñanzas del Salvador”.


Las Escrituras indican: “Y yo, Dios, cree al hombre a mi propia imagen… varón y hembra los cree” 1 . Esto se hizo espiritualmente en la vida premortal, cuando vivías en la presencia de tu Padre Celestial. Antes de venir a la tierra, ya eras hombre o mujer. Tú quisiste tener esta experiencia terrenal como parte del plan divino para ti. Los Profetas lo llaman “el plan de la misericordia” 2 ; “el eterno plan de redención” 3 ; “el plan de salvación( 4 )”; y por cierto, “el gran plan de felicidad” 5 . Se te enseñó ese plan antes de venir a la tierra y te regocijaste ante el privilegio de participar en él.

La obediencia a ese plan es el requisito para lograr la felicidad en esta vida y una continuación del gozo eterno más allá del velo. El albedrío, el derecho de decidir, es esencial para el plan de felicidad de Dios; también, el santo privilegio de la procreación, el cual debe ejercerse dentro de los lazos del matrimonio legal, es fundamental. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. La familia es ordenada por Dios ( 6 ). Como matrimonio, ustedes tienen la responsabilidad de tener hijos y de capacitarlos espiritual, emocional y físicamente ( 7 ).

Satanás también tiene un plan; es un plan de destrucción, astuto, malvado y sutil ( 8 ). El objetivo de Satanás es llevar cautivos a los hijos de nuestro Padre Celestial y hacer todo lo posible para frustrar el gran plan de felicidad.

Nuestro Padre Celestial ha investido a Sus hijos con características únicas, especialmente dadas de acuerdo con las responsabilidades individuales que tendrían, mientras ellos cumplen con Su plan. Para seguir Su plan tienes que hacer lo que El espera de ti como hijo o hija, esposo o esposa. Esas funciones son diferentes pero enteramente compatibles. En el plan del Señor, se necesitan dos -un hombre y una mujer- para formar un todo. En realidad, marido y mujer no son dos mitades idénticas, sino una asombrosa y divina combinación de aptitudes y características que se complementan.

En el matrimonio esas características se combinan en un todo-en una unidad-para bendecir al marido y a la mujer, a los hijos y a los nietos. Para lograr la mayor felicidad y productividad en la vida, se necesitan tanto el marido como la mujer; sus esfuerzos se entretejen y se complementan. Cada uno tiene rasgos individuales que se ajustan mejor al plan del Señor para la felicidad del hombre o de la mujer. Si se emplean como el Señor quiere, esas aptitudes hacen que los dos piensen, actúen y se regocijen como si fueran uno; que enfrenten los problemas juntos y los resuelvan como si fueran uno; que su amor y comprensión aumenten y que por las ordenanzas del templo queden ligados eternamente. Ese es el plan.

Ustedes pueden aprender a ser padres más eficaces estudiando la vida de Adán y Eva. Adán era Miguel, el que ayudó a crear la tierra, un personaje glorioso y magnifico; Eva era su igual, una colaboradora completa y total. Después que comieron del fruto, el Señor les habló. Seguir leyendo

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Cristianos en creencia y en acción

Conferencia General Octubre 1996
Cristianos en creencia y en acción
Elder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Joseph B. Wirthlin

“Mediante la obediencia, motivada por un sincero amor a Dios, venimos a Cristo plenamente y dejamos que Su gracia, por conducto de la Expiación, nos conduzca a la perfección.”

Mis queridos hermanos y hermanas, es un privilegio para mí hablarles en esta tarde. Oro por el mismo Espíritu del que tanto hemos gozado durante esta conferencia.

Algunas personas creen erróneamente que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y sus miembros no son cristianos. Se nos hace difícil entender por qué habría alguien que aceptara y promoviera esa idea que esta tan lejos de la verdad. El presidente Gordon B. Hinckley ha descrito a los miembros de la Iglesia diciendo que estamos “unidos por el amor común por nuestro Maestro que es el Hijo de Dios, el Redentor del mundo. Somos el pueblo del convenio del Señor: hemos tomado sobre nosotros Su santo nombre”’.

Nuestras creencias y acciones podrán diferir de las de otros, pero, como buenos cristianos, no criticamos otras religiones ni a sus seguidores. “Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren como, donde o lo que deseen.

En el diccionario se define a un cristiano como alguien “que cree en la fe de Cristo… que pertenece a la religión de Cristo”, y cuya acción demuestra el “amor a Dios, la caridad, la humildad, el amor al prójimo” 5 . Así, vemos que hay dos características que identifican a los cristianos: ( 1 ) su creencia en el Salvador, y ( 2 ) sus acciones en armonía con las enseñanzas del Salvador. Los miembros fieles de la Iglesia, a los que se les llama santos o Santos de los Últimos Días, tienen ambas características; tanto en nuestra creencia como en nuestras acciones demostramos que en nuestra religión “la principal piedra del ángulo [es] Jesucristo mismo” 4 .

Nuestra Declaración De Creencia

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lleva Su nombre; El está a la cabeza y la dirige por medio de Sus Profetas escogidos.

Creemos que el primer principio del evangelio es la “fe en el Señor Jesucristo” 5 . “… nadie viene al Padre, sino por” El ( 6 ). Como discípulos Suyos que somos, con valentía nos hacemos eco del decisivo testimonio de Pedro al Maestro: “Tu eres el Cristo” 7 . Es el ardiente testimonio del Santo Espíritu que sentimos profundamente en nuestro corazón lo que nos lleva a hacer esa manifestación en forma agradecida y humilde. Cuando explicamos lo que sentimos por Jesús, testificamos con amor y sencillez que Él es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” 8 . Seguir leyendo

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El campo está blanco

Abril 1987
El campo está blanco
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley

Es motivo de gran regocijo para mí ver lo que está ocurriendo con la gran obra misional que se está realizando en la Iglesia. La labor de predicar el evangelio a los demás fue la primera res­ponsabilidad que se le encomendó al profeta José Smith al principio de esta dispensación, y jamás de­be ser relegada a segundo plano. Según se encuentra escrito, las últimas palabras que el Señor dirigió a sus discípulos antes de ascender al cielo fueron:

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las na­ciones, -bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;

«enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:19-20.)

Me siento profundamente emocionado ante lo que- está sucediendo en nuestra época. En 1985 se bauti­zaron 197,640 conversos en la Iglesia. ¡Esta cifra es mayor a la población total que había en la Iglesia al completarse sus primeros cincuenta años!

A juzgar por el número de miembros que integran una estaca promedio que se organiza en estos días, es decir, dos mil quinientas personas, podríamos supo­ner que en 1985 se unieron a la Iglesia el suficiente número de conversos para formar setenta y nueve estacas nuevas. ¡Esto es algo realmente notable!

Un alma viviente

Hemos de considerar, no obstante, que un con­verso no es simplemente alguien a quien se le consi­dera como un número registrado en una página de estadísticas. Un converso es un hombre, una mujer, un joven o un niño. Un converso es un alma vivien­te a cuya vida ha llegado nueva luz, comprensión y conocimiento.

Llamamos conversos a aquellas personas a quienes se les ha enseñado el evangelio restaurado de Jesu­cristo y que lo han aceptado con sinceridad. Son esas personas cuyo corazón ha sido penetrado por una nueva fe, y cuya mente se ha llenado de un nuevo entendimiento. Son aquellos que han cobrado nue­vos deseos de vivir de conformidad con normas más elevadas de conducta, y han conocido una nueva felicidad y engrandecido su círculo de amistades. Su visión se ha ampliado con un nuevo entendimiento de los eternos propósitos de Dios. Los conversos son personas de enorme importancia, puesto que son hombres, mujeres, adolescentes o niños que se han arrepentido de sus hábitos anteriores y han adoptado una nueva forma de vivir.

En 1986 se unieron a la Iglesia más de doscientos mil conversos. ¡Cuánto más maravilloso habría sido si este evangelio hubiera penetrado en la vida de otras cincuenta mil personas adicionales o, aún más, otras cien mil! Aunque no haya sucedido esto toda­vía, yo creo firmemente que se puede lograr.

Muchas de esas personas se han convertido al evangelio gracias a los esfuerzos de los misioneros. Es motivo de gran satisfacción saber que a fines de 1986, entre los que se encontraban sirviendo ya en el campo y los que había sido llamados, había casi treinta mil misioneros. Para fines de 1987, espera­mos que se sobrepase ese número.

Es natural que si hay más misioneros, por ende habrá más conversos. E igualmente, si los misioneros salen a servir mejor preparados, serán más eficientes.

Un milagro renovador

A mí me parece que los misioneros son siempre un milagro renovador. Durante los años de mi ministe­rio como Autoridad General, he tenido la oportuni­dad de reunirme con ellos en diferentes partes del mundo. Todos se parecen, en muchos aspectos, en cualquier lugar donde se les encuentre. La mayoría son muchachos jóvenes—apuestos jovencitos y her­mosas jovencitas. Se caracterizan por su gran vitali­dad y por su entusiasmo para llevar a cabo la obra.

No se desaniman o deprimen con facilidad, aunque algunas veces tienen que enfrentarse con alguna desilusión. Se les conoce por su dedicación y firme devoción a la obra a la que se les ha llamado. Reci­ben dirección, guía e inspiración de un selecto grupo de presidentes de misión a quienes llegan a amar casi como a sus propios padres. Se infunden ánimo y fuerza mutuamente y llegan a entablar maravillosas amistades que perduran por toda la vida. Se les llama por el espíritu de profecía y revelación, y ellos, por medio de sus devotos esfuerzos, inyectan a la Iglesia de nueva sangre y vida.

Los jóvenes de ambos sexos que salen a la misión nunca siguen siendo los mismos después de prestar este servicio. Vuelven a sus hogares dotados de cuali­dades y características de entereza y fuerza que pare­cen no obtenerse de ninguna otra manera, sino en el campo misional. Vuelven con una certeza, como nunca la habían tenido, de que esta obra es verdade­ra y que es la más importante de toda la tierra. Re­gresan a su hogar con un deseo de seguir sirviendo, porque han establecido los cimientos para asumir mayores responsabilidades en el futuro.

Necesitamos más misioneros. En estos momentos muy bien podríamos aprovechar el servicio de otros diez mil. El que suponga que ya hay suficientes estará hablando sin fundamento. Por los informes que he escuchado de las diferentes presidencias de las áreas internacionales del mundo, me he dado cuenta de la magnitud del trabajo que queda por hacer. Por ejem­plo, hay cierta área en la que sólo hay 270.000 miembros, cuando la población total asciende a 640 millones. «A la verdad la mies es mucha, más los obreros pocos.» (Mateo 9:37.) Ahora bien, herma­nos y hermanas, ¿qué podemos hacer? Seguir leyendo

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Asombro me da

De un discurso a los obreros del Templo de Salt Lake,
el 24 de noviembre de 1985.
Asombro me da
Por Jeffrey R. Holland
Presidente de la Universidad Brigham Young

Jeffrey R. Holland

Uno de nuestros himnos favoritos comienza con las palabras «Asombro me da». (Himnos de Sión, 46.) Al pensar en la vida de Cristo nos quedamos realmente asombrados. Nos asombra su papel premortal como el gran Jehová, agente de su Padre, creador de la tierra, guardián de toda la fami­lia humana. Nos asombra su venida a la tierra y las circunstancias que rodearon su advenimiento. Nos asombra el milagro de su concepción y la pobreza de su nacimiento.

Nos asombra ver que cuando tenía sólo doce años de edad, ya estaba en los negocios de su padre. Nos asombra el comienzo formal de su ministerio, su bautismo y sus dones espirituales.

Nos asombra que dondequiera que Él iba, las fuer­zas del maligno le precedían y que lo conocían desde el principio. Nos asombra que Jesús echó fuera y venció estas fuerzas del mal al hacer que el cojo caminara, el ciego viera, el sordo oyera y el enfermo sanara. En verdad nos asombra todo movimiento y momento — tal como cada generación desde Adán hasta el fin del mundo ha de estarlo. Al meditar en el ministerio del Salvador, me pregunto: «¿Cómo lo hizo?»

Pero lo que más me asombra es cuando Jesús, en su intensa agonía al estar en la cruz, dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lucas 23:34.)

Si jamás ha habido un momento que verdadera­mente me haya causado asombro, es éste. Cuando pienso en El, soportando el peso de todos nuestros pecados y perdonando a aquellos que lo clavaron a la cruz, mi pregunta no es «¿Cómo lo hizo?», sino «¿Por qué lo hizo?» Al hacer un examen de mi vida en contraste con la misericordiosa vida de Él, me doy cuenta de que no hago todo lo que debería para seguir el ejemplo del Maestro.

Para mí, esto es razón de asombro de primer or­den. Me asombra lo suficiente su habilidad de sanar a los enfermos y de levantar a los muertos, pero yo mismo he tenido cierta experiencia en sanar en una forma limitada. Todos somos vasos menores, pero, hemos sido testigos de los repetidos milagros del Se­ñor en nuestras propias vidas, en nuestros propios hogares y con nuestra propia porción del sacerdocio. Pero, ¿misericordia? ¿Perdón? ¿Expiación? ¿Reconciliación? Muy a menudo, eso es algo diferente.

¿Cómo pudo perdonar a los que le atormentaban en ese momento? Con todo ese dolor, con la sangre que le brotaba por cada poro, aún pensaba en los demás. Esta es aún otra evidencia asombrosa de que en verdad era perfecto y que espera que nosotros también lo seamos. En el Sermón del Monte, antes de declarar que la perfección debería ser nuestra me­ta, mencionó un último requisito. Dijo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen». (Mateo 5:44.)

De todas, esta es la cosa más difícil de hacer. Preferiría que se me pidiera resucitar a los muertos, o devolverle la vista a un ciego o aliviar una mano paralizada; preferiría hacer cualquier cosa que amar a mis enemigos y perdonar a aquellos que me lastiman a mí o a mis hijos o a los hijos de mis hijos, especial­mente a aquellos que se ríen y gozan de la brutalidad de lastimar a otros.

La única persona perfecta y la más pura que ha vivido en esta tierra fue Jesucristo. Él es la ‘única persona en todo el mundo, desde Adán hasta este momento, que merecía adoración, respe­to, admiración y amor, y sin embargo fue perseguido, abandonado y muerto. Pese a todo eso, no condenó a los que lo persiguieron.

Cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, habían sido expulsados del Jardín de Edén, el Señor «les mandó que adorasen al Señor su Dios y ofrecie­sen las primicias de sus rebaños como ofrendas al Señor». (Moisés 5:5.) El ángel le dijo a Adán: «Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad». (Moisés 5:7.)

Este sacrificio servía como un recordatorio cons­tante de la humillación y el sufrimiento que el Hijo soportaría para rescatarnos. Era un recordatorio constante de que no abriría su boca, que sería lleva­do como cordero al degolladero. (Véase Mosíah 14:7.) Era un recordatorio constante de la manse­dumbre, misericordia y bondad -sí, el perdón- que habría de marcar la vida de todo cristiano. Por todas estas razones y más, esos corderos primogénitos, lim­pios y sin mancha, perfectos en todo aspecto, eran ofrecidos sobrepesos altares de piedra, año tras año y generación tras generación, señalándonos hacia el gran Cordero de Dios, su Hijo Unigénito, su Primo­génito, perfecto y sin mancha.

En nuestra dispensación, debemos participar de la Santa Cena -una ofrenda simbólica que refleja nuestro corazón quebrantado y nuestro espíritu con­trito. (Véase D. y C. 59:8.) Al participar, promete­mos «recordarle siempre, y guardar sus mandamien­tos,. . . para que siempre [podamos] tener su espíritu [con nosotros]». (D. y C. 20:77.)

Los símbolos del sacrificio del Señor, ya sea en los días de Adán o en los nuestros, son para ayudarnos a recordar que debemos vivir pacífica, obediente y mi­sericordiosamente. Estas ordenanzas son para ayu­darnos a recordar que debemos demostrar el evange­lio de Jesucristo en nuestra longanimidad y bondad humana los unos para con los otros, tal como Él nos lo demostró en esa cruz. Seguir leyendo

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Progresemos hacia el bien

Tomado de un discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young
el 23 de julio de 1985.

Progresemos hacia el bien
Por Richard G. Ellsworth

No hace mucho tiempo, mientras conversaba con una de mis hijas casadas sobre una experiencia espiritual que tuvo uno de nuestros antepasados, ella me preguntó: «¿Por qué los pioneros parecen haber tenido tantas experien­cias espirituales y nosotros tan pocas? ¿No debe­ríamos tener nosotros la misma clase de experien­cias que ellos tuvieron?»

Quizás ustedes se hayan hecho la misma pre­gunta; la mayoría de nosotros se la hace tarde o temprano. Deseo atestiguar de la realidad, la ac­cesibilidad, el propósito y lugar que ocupan las experiencias espirituales en nuestra vida. Deseo testificar que el tener una experiencia espiritual es algo real, que está al alcance de todos, y nos pro­porciona la verdad y el poder para influir y cam­biar nuestra vida si nos ubicamos en una situación que nos permita recibirla. Existe una dimensión espiritual; de hecho, nuestra dimensión terrenal no es más que una pequeña porción de una reali­dad mucho mayor que nos rodea y que sobrepasa nuestro conocimiento. Dentro de nuestro cuerpo mora nuestro espíritu, un ser celestial programado para responder a la dimensión espiritual.

Quizás por el hecho de que la maldad sea más ofensiva a nuestro espíritu notemos su presencia con más facilidad. A menudo podemos percibir los pensamientos o intenciones malignas que nos ro­dean.

Nuestro espíritu se retira del mal

Recuerdo cuando era joven y salí de mi hogar para servir en la Marina de los Estados Unidos. Mi abuela me advirtió que el Espíritu del Señor no me acompañaría a lugares donde existiera la maldad, lo cual descubrí muchas veces cuando mis obliga­ciones militares requerían que yo estuviera en lu­gares donde la maldad prevalecía en el corazón de los hombres. Nosotros, es decir, nuestro espíri­tu, sí se retira del mal, por lo menos hasta que llegamos a acostumbrarnos tanto a su presencia que perdemos la habilidad de sentirnos ofendidos y, de hecho, llegamos a insensibilizarnos ante su presencia.

La bondad también se puede percibir al igual que la maldad, pero siendo que no nos causa tan­to impacto es más fácil que no la notemos. Sin embargo, la bondad es poderosa, mucho más po­derosa que la maldad. La bondad es santa; se siente tan bien ser honrado, y ¿no hemos experi­mentado todos el dulce alivio que se siente al ser perdonados? El perdón es divino. El arrepenti­miento es un importante principio del evangelio de Jesucristo, porque nos limpia nuevamente y pone nuestro espíritu en armonía con aquello que es bueno. Inevitablemente la bondad testifica de Je­sucristo, y se fortalece nuestro testimonio de verda­des eternas.

Testimonio de la verdad.

Por ejemplo, el testimonio de la veracidad del Libro de Mormón lo obtuve cuando era joven por el deseo que tenía de ser protegido del mal con un escudo de bondad. Fue durante la Segunda Guerra Mundial, cuando como joven marino se me asignó a la base aeronaval de Anacostia, en Washington.

Una de mis tareas era la de participar en la pro­ducción de películas de entrenamiento que identi­ficaban la forma y el contorno de los barcos y avio­nes enemigos. Estas películas se producían en un gran edificio parecido a un granero, que contenía un escenario grande y plano y estaba lleno de maquetas, modelos, figuras y otros aparatos.

La mayor parte del tiempo nos manteníamos muy ocupados, pero casi al final de la guerra pa­samos varias semanas sin ninguna asignación. Fi­nalmente, todos los que trabajaban conmigo reci­bieron otras asignaciones, pero por alguna razón a mí me dejaron en el edificio, tal vez para vigilar el equipo. Al principio disfrutaba enormemente de mi libertad; era agradable no tener nada que ha­cer. Habían cortado toda la electricidad de aquel lugar, con la excepción de un enchufe en el que se había conectado una pequeña lámpara que des­cansaba sobre una mesa. Además, había una si­lla de madera donde me podía sentar si lo desea­ba. El resto del edificio estaba todo obscuro. Durante varios días, abrí la puerta para que entra­ra la luz y me sentaba afuera, en la vieja silla, a disfrutar de aquella soledad. Pero pronto me em­pecé a aburrir.

Había sido criado en la Iglesia por padres abne­gados que me habían enseñado el evangelio, pero yo nunca había leído completamente el Libro de Mormón. Un día, mientras descansaba sin hacer nada, decidí que ese era un momento oportuno para leerlo. Así que esa misma tarde traje de mi dormitorio mi pequeño Libro de Mormón que da­ban a los militares y, deseando estar a solas, entré en el edificio, encendí la pequeña lámpara que estaba sobre la mesa y empecé a leer. Recuerdo cuánto me impresionaron esas primeras palabras, «Yo, Nefi, nací de buenos padres…» (1 Nefi 1:1). Seguir leyendo

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