No os desalentéis

Liahona Marzo 1987
No os desalentéis
Por el presidente Ezra Taft Benson

Ezra Taft Benson

Vivimos en una época en que, tal como el Señor lo predijo, el corazón de los seres humanos desmaya, no sólo física sino espiritualmente (véase D. y C. 45:26). Muchos se dan por vencidos en la lucha de la vida y el suicidio es una de las principales causas de muerte entre los jóvenes. Al aproximarse el momento de la confrontación entre el bien y el mal con las pruebas y tribulacio­nes que traerá consigo, Satanás aumenta sus esfuerzos por vencer a los santos mediante la depresión, el desa­lentó, la desilusión y la desesperación.

No obstante, de todas las personas de este mundo, los Santos de los Últimos Días deberíamos ser los más optimistas y menos inclinados a entregarnos al pesi­mismo, porque, aunque sabemos que “la paz será qui­tada de la tierra, y el diablo tendrá poder sobre su propio dominio”, también tenemos la seguridad de que “el Señor tendrá poder sobre sus santos, y reinará en medio de ellos” (D. y C. 1:35-36).

Puesto que sabemos que la Iglesia permanecerá inal­terable, dirigida por Dios en los tiempos difíciles que nos esperan, tenemos la responsabilidad individual de esforzarnos por mantenernos fieles a ella y a sus ense­ñanzas. “Más el que permanezca firme y no sea venci­do, ése será salvo” (José Smith – Mateo 11). A fin de ayudarnos para que los designios del diablo no nos venzan con la depresión, el desaliento, la desilusión y la desesperación, el Señor nos ha proporcionado por lo menos una docena de formas de elevar el espíritu y recorrer nuestro camino con gozo y buen ánimo.

1: El arrepentimiento

En el Libro de Mormón leemos que “la desespera­ción viene por causa de la iniquidad” (Moroni 10:22). “Cuando hago lo bueno, me siento bien”, dijo Abraham Lincoln, “y cuando hago lo malo, me siento mal”. El pecado empuja al hombre hacia las profundi­dades del desaliento y la desesperación, y aun cuando pueda sentir algo de placer pasajero, el resultado final será la desdicha. “La maldad nunca fue felicidad.” (Alma 41:10.) El pecado nos impide estar en armonía con Dios y deprime el espíritu; por lo tanto, bien haríamos en examinarnos escrupulosamente a fin de asegurarnos de que nuestra vida armoniza con todas las leyes de Dios. Por cada una de éstas que obedezca­mos recibiremos una bendición determinada; y cada una que quebrantemos acarreará sobre nosotros un particular infortunio. Aquellos que llevan la pesada carga del desaliento deberían acercarse al Señor, porque el yugo del Maestro es fácil de llevar y su carga es ligera. (Véase Mateo 11:28-30.)

2: La oración

En momentos de necesidad, la oración es una ben­dición maravillosa. Desde las pruebas más fáciles de soportar hasta los calvarios por los que tenemos que pasar, la oración persistente puede ponernos en contacto con Dios, inagotable fuente de consuelo y dirección. “Ora siempre para que salgas triunfante.” (D. y C. 10:5.) “Esforzándome con todo mi aliento para pedirle a Dios que me librara” fueron las palabras con las que el joven José Smith describió el método que empleó en la Arboleda Sagrada para impedir que el adversario lo destruyera (José Smith-Historia 16). Y esa es también una clave que nosotros podemos utilizar para impedir que la depresión nos destruya.

3: El servicio

El “perdernos” en el servicio a nuestros semejantes puede ayudarnos a apartar de nosotros los problemas personales o, al menos, a verlos en la perspectiva adecuada.

“Cuando os encontréis un poco abatidos”, dijo el presidente Lorenzo Snow, “mirad a vuestro alrededor y buscad a alguien que esté en peores condiciones; acercaos a esa persona y averiguad qué problema tie­ne, y luego tratad de ayudarla a solucionarlo con la sabiduría que el Señor os confiera. Y de pronto os encontraréis con que vuestra pesadumbre ha des­aparecido, os sentís aliviados, el Espíritu del Señor está con vosotros y todo a vuestro alrededor os parece iluminado.” (Conferencia General del 6 de abril de 1899.) Seguir leyendo

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Un asunto de reciprocidad

Marzo 1987
Un asunto de reciprocidad
Por el élder William Grant Bangerter
De la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta

William G. Bangerter

Nosotros reclamamos el derecho de adorar a Dios todopoderoso conforme a los dictados de nuestra conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio; adoren cómo, dónde o lo que deseen.

Por lo que se ve, no todo el mundo le guarda simpatía a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. De hecho, existen algunos grupos a quienes les parece que la Iglesia y sus feligre­ses representan a la más detestable de todas las religio­nes. Algunos consideran que somos una viva repre­sentación de los poderes del mal, y otros piensan que se rendiría un servicio a Dios si se hiciera desaparecer nuestra religión. En las Escrituras se predice: “Os ex­pulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios”. (Juan 16:2.)

Por supuesto, y no obstante lo anterior, también hay muchos que poseen un sano juicio y reconocen que los verdaderos Santos de los Últimos Días son gente benigna y escogida, de grandes cualidades dig­nas de ser emuladas, y que representan a una poderosa fuerza para bien en el mundo. Pero la verdad es que, aun en nuestra época, nuestra gente está frecuente­mente expuesta a la crítica y el ridículo desmedidos y es acosada con el más deplorable de los descaros. Era así en los días de José Smith, y también durante los días de mi niñez, al igual que en la actualidad, y debemos reconocer que dicha oposición continuará en el futuro.

¿Cómo, entonces, podremos defendernos del anta­gonismo? ¿Cómo podremos responder ante las voces de la oposición, el escarnio y aun el odio con que se nos trate? ¿Cómo podremos hacernos entender? ¿Qué respuestas daremos?

Quiero deciros, hermanos, que existen respuestas dignas y apropiadas. Estas pueden servir de herramien­tas poderosas para fomentar una mejor comprensión de la Iglesia y finalmente convertir a otros a la verdad que representamos. No sólo nos interesa que los de­más simpaticen con nosotros, sino que nuestro gran propósito es ayudarlos a comprender el plan que Dios ha revelado y motivarlos a vivirlo.

El respeto a los que pertenecen a otras religiones

Hace varios años, durante la inauguración del Templo Jordán River, encontré ocasión para reflexio­nar por algunos momentos mientras veía que el presidente Gordon B. Hinckley saludaba a un grupo de ministros de otras iglesias. Después de que él les había dado la bienvenida y les había expresado el aprecio que sentíamos por la labor que realizaban al ayudar a tantos a buscar la rectitud, los invitó a que hicieran las preguntas que desearan. Dos o tres miembros de aquel grupo, olvidando guardar la debida compostura, ya que se trataba de una situación afable y de que se les había invitado a un cordial intercambio, lanzaron ciertas preguntas de tono antagónico y sarcástico. Pe­dían que el presidente Hinckley les diera una explica­ción justificable de la declaración que aparece en el testimonio de José Smith, cuando, estando en la pre­sencia del Padre y del Hijo, escuchó que todos los profesores de religión eran corruptos. El presidente Hinckley les aclaró que no era eso lo que había dicho el Señor.

Al reflexionar sobre esa misma interrogante, yo también me he preguntado: ¿Creemos realmente que todos los ministros de otras iglesias son corruptos? Por supuesto que no. No fue eso lo que José Smith tuvo la intención de transmitir. Si se lee cuidadosamente ese pasaje, uno se da cuenta de que nuestro Señor Jesu­cristo se estaba refiriendo únicamente a aquel grupo de ministros que vivía en la misma comunidad a la que pertenecía José Smith, quienes altercaban y se contra­decían unos a otros sobre cuál era la iglesia verdadera. Fue el Salvador mismo (no José Smith) el que dijo: “con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, más negan­do la eficacia de ella”. (José Smith-Historia 19.) Seguir leyendo

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Las fuerzas que gobiernan la vida

Marzo 1987
Las fuerzas que gobiernan la vida
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Russell M. Nelson

Era uno de esos momentos especiales en que una hija va a plantearle a su padre una pregunta sincera que merece una respuesta bien pensada. La pregunta que la atracti­va jovencita formuló era:

-Papá, con todas las influencias malignas que tengo a mí alrededor, ¿cómo puedo estar «en el mundo» y al mismo tiempo mantenerme dentro de normas aceptables para ti y para mi Padre Celestial?

– Hay dos fuerzas importantes que gobiernan el mundo – le respondió su padre -; son la centrífuga y la centrípeta. Ambas palabras provienen del la­tín; fuerza centrífuga es la que hace huir del centro, fuerza centrípeta es la que dirige hacia el centro.

-¡Papá! -exclamó desanimada la joven-. ¡Te hago una pregunta sencilla y me das una respuesta complicada! ¿No me puedes dar una contestación clara?

-Bueno, hijita, déjame explicarte lo que quiero decir. Mira, tomemos esta bolita de algodón y pon­gámosla sobre el plato giratorio del tocadiscos.

Así diciendo colocó la bolita en el borde del plato giratorio y le dijo a su hija que lo encendiera. A la tercera o cuarta revolución la bolita de algodón sa­lió volando por el aire y fue a caer en el piso.

-Apaga el tocadiscos – le dijo él -, y coloca la bolita en el centro del plato; ahora vuelve a encen­derlo.

Ella lo hizo, y el plato comenzó a girar rápida­mente, una vuelta tras otra; pero entonces la bolita no se movió.

– Eso es lo que quería decir con lo de las fuerzas centrífuga y centrípeta – le dijo su papá -. Una ha­ce que el objeto salga disparado en dirección opuesta al centro, mientras que la otra lo dirige ha­cia el centro o lo mantiene en su lugar. Seguir leyendo

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Los principios de bienestar personal y familiar

Febrero 1987
LOS PRINCIPIOS DE BIENESTAR PERSONAL Y FAMILIAR
Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Thomas S. MonsonEl progreso de nuestro pueblo depende de que comprendamos bien los principios inspirados de bien­estar y vivamos de    acuerdo con ellos.

El domingo 5 de abril de 1936, los que entonces eran profetas, videntes y reveladores de la Iglesia de Dios en la tierra se juntaron en una reunión muy importante. Presidía el presidente Heber J. Grant, y estaban presentes sus consejeros, los presidentes J. Reuben Clark, hijo, y David O.

McKay. En esa ocasión se organizó lo que después se ha conocido como el plan de bienestar de la Iglesia y que viene a ser la aplicación moderna de principios eternos.

En esa reunión el presidente McKay declaró:

“Esta organización es establecida por revelación divina y no hay nada más en todo el mundo que sirva para atender mejor las necesidades de sus miembros.”

Y el presidente Clark agregó que “el Señor nos ha dado la espiritualidad; nos ha dado el mandato. . .

Los ojos del mundo están puestos sobre nosotros. . . Que el Señor nos bendiga, nos dé valor, nos dé sabiduría y visión para llevar adelante esta gran obra”. (En Henry D. Taylor, The Church Welfare Pian, [Salt Lake City: Derechos reservados por el autor, 1984, págs. 26-27.) Véase también “Un plan providente-Una promesa preciosa”, Liahona, julio de 1986, pág. 56.)

Me impresionó mucho examinar esas declaracio­nes tan fundamentales y el consejo divino que se recibió aquel año de la creación del plan de bienestar de la Iglesia. Al prepararnos para avanzar, haciendo hincapié con renovado ímpetu en los principios eter­nos de este plan, pienso que para empezar sería con­veniente hacer una revisión de aquellas enseñanzas de los primeros tiempos que pueden darnos la fortale­za y la resolución para seguir adelante.

En la Conferencia General de octubre de ese mis­mo año, el presidente Heber J. Grant leyó una decla­ración de la Primera Presidencia que explicaba los principios en los que se basa la obra de bienestar de la Iglesia. En ella estaban las siguientes palabras que casi todos conocemos muy bien:

“Nuestro propósito principal fue establecer, hasta donde fuera posible, un sistema bajo el cual la maldi­ción del ocio fuera suprimida, se abolieran las limos­nas y se establecieran nuevamente entre nuestro pueblo la industria, el ahorro y el autor respeto. El propósito de la Iglesia es ayudar a las personas a ayudarse a sí mismas.” (Manual de los Servicios de Bienestar, parte 1, pág. 1.)

Principios básicos que no cambian

Desde aquel comienzo, la Iglesia ha continuado recibiendo dirección divina según lo que exigieran las circunstancias. Los programas y procedimientos para poner en práctica los principios de bienestar se han modificado, y es posible que se sigan haciendo cambios de acuerdo con las necesidades que surjan; pero los principios básicos no cambian ni cambiarán nunca, porque son verdades reveladas. Se nos han dado direcciones en cuanto a la aplicación de estas verdades.

He ordenado esos principios directivos por temas en la siguiente forma: trabajo, autosuficiencia, bue­na administración económica, almacenamiento para un año, cuidado de los parientes (de todos, no sólo de los padres o hijos que vivan con nosotros) y el empleo prudente de los recursos de la Iglesia.

EL TRABAJO es fundamental en todo lo que hacemos. La primera instrucción que dio Dios ‘a Adán en el Jardín de Edén y que se encuen­tra registrada en las Escrituras fue “que lo labrara y lo guardase’’ (Génesis 2:15). Después de la Caída, Dios maldijo la tierra por causa del hombre (Génesis 3:17), diciendo: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra…” (Génesis 3:19).

En nuestra época, hay muchos que han olvidado el valor del trabajo, y hay quienes tienen la falsa idea de que la meta más alta en la vida es llegar a una situación en la que se pueda vivir sin trabajar. Escuchemos el consejo que dio el presidente Stephen L. Richards en 1939:

“Siempre hemos considerado digno el trabajo y reprobado el ocio. En nuestros libros y discursos se ha ensalzado el trabajo vigoroso, y nuestros líderes también lo han hecho, particularmente nuestro pre­sidente actual. Nuestro emblema ha sido una colme­na de abejas laboriosas. El trabajar con fe es un pun­to destacado de nuestra doctrina teológica, y contemplamos la meta de nuestro estado futuro – el cielo- como una cadena de progreso eterno por me­dio de una labor constante.” (Conferencia General de octubre de 1939.) Seguir leyendo

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Unidos en rectitud

Febrero 1987
Unidos en rectitud
Por Ardeth G. Kapp
Presidenta General de las Mujeres jóvenes

Aunque los jóvenes de ambos sexos tengan responsabilidades distintas que cumplir, las bendiciones que reciben del sacerdocio son las mismas.

Ardeth G. Kapp.Tanto las mujeres como los hombres jóvenes tie­nen suficiente razón para regocijarse por la restau­ración del Sacerdocio Aarónico; debemos regoci­jarnos porque el sacerdocio fue restaurado con la finalidad de bendecir a toda la familia humana. Cuando se ejerce rectamente, este poder une al hombre y a la mujer, a los hijos y a las familias. Hay una razón especial para que nos regocijemos juntamente, porque la unidad en rectitud es el corazón del plan que nuestro Padre Celestial ha trazado para todos sus hijos. Es un plan glorioso en el cual todos tomamos parte.

A fin de que se cumplan todas las bendiciones del plan de nuestro Padre que tienen que ver con el poder y la autoridad del sacerdocio, los jóvenes de ambos sexos deben llevar a cabo la parte que les corresponde. Aunque sus responsabilidades, su influencia y sus dotes innatos sean diferentes, considero que su preparación para recibir la pleni­tud de las bendiciones del sacerdocio es más se­mejante que diferente en muchos aspectos.

Consideremos las ocasiones en las que el poder y la autoridad del sacerdocio cobran mayor impor­tancia para cada individuo.

El convenio del bautismo

Cuando ustedes fueron bautizados y se convir­tieron en miembros de la Iglesia, tomaron parte en la primera ordenanza del sacerdocio en la que hi­cieron un convenio. Con ella se les abrió la puerta para emprender el regreso a su Padre Celestial. Fueron bautizados con el mismo poder y autoridad que ejerció Juan el Bautista cuando bautizó a Jesu­cristo, nuestro Salvador, en el Río Jordán.

El don del Espíritu Santo viene después del bautismo y constituye la siguiente ordenanza esencial del evangelio. El que les impuso las manos sobre la cabeza tenía la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec, y fue por ese poder que los bendijo para que «recibieran el Espíritu Santo». El Espíritu Santo puede ser su compañero de por vida; se les ha dado para guiarlos, enseñarlos, consolarlos, inspirarlos y darles testi­monio de la realidad del Salvador y de las verda­des del evangelio restaurado.

El poder del Espíritu Santo

Permítanme recordarles otras ocasiones en las que muchos de ustedes han recibido o recibirán las bendiciones y el poder del sacerdocio y el don del Espíritu Santo. Muchos de ustedes han sido llamados y apartados, o lo serán más adelante (per un poseedor de la autoridad del sagrado sacerdocio) para servir como líderes de quorum o de clase. Cuando se les aparta y se les imponen las manos sobro la cabeza, reciben el poder y la autoridad para actuar al oficio al que se les ha llamado.

Cierta presidenta do una ciase de Laureles lo explicó de la siguiente forma: «El obispo me llamó como presidenta de una clase de diecisiete jovencitas y me dijo que a partir de entonces yo era responsable de ellas. ¡Yo estaba aterrorizada por semejante responsabilidad! Luego me pidió que decidiera quiénes iban a ser mis consejeras y para ello me recordó que debía orar y preguntarle al Señor. Yo no sabía cómo se hacía; ¿cómo podría yo saber a quién quería el Señor?

«Escribí los nombres de las diecisiete jovencitas en un pedazo de papel y oré en cuanto a todos ellos. . . Pensé y pensé y oré mucho [tachando ca­da vez más nombres] por tres días, hasta que sólo quedaron dos nombres. Entonces me sobrevino un fuerte sentimiento de seguridad de que era a aquellas jóvenes cuyos nombres yacían intactos a quienes el Padre Celestial quería. Es así como se hace.»

Es importante que todos reconozcamos y seamos testigos del poder del Espíritu Santo cuando bus­quemos inspiración con respecto a los llamamien­tos que hemos recibido de nuestro Padre Celestial a través del obispo. Seguir leyendo

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Establecer, la causa de Sion

Febrero 1987
«Establecer, la causa de Sion»
Por el élder Vaughn J. Featherstone
Del Primer Quorum de los Setenta
y Presidente General de los Hombres Jóvenes

Vaughn J. FeatherstoneA todos los varones jóvenes de la Iglesia quisiera expresarles un «llamado a la batalla».
Se os ha levantado un estandarte; el sonido de la trompeta es claro y terrible; os llamamos a vosotros, jóvenes, para que os unáis a las filas. Nuestra guerra es por las almas de los hijos de los hombres.

Moroni, el comandante de los, ejércitos nefitas (véase Alma 46:11), «rasgó su túnica; y tomó una de las tiras y escribió en ella: En memoria de nues­tro Dios, nuestra religión, y libertad, y nuestra paz, nuestras esposas y nuestros hijos; y la colocó en el extremo de un asta.

«Y se ajustó su casco y su peto y sus escudos, y se ciñó los lomos con su armadura; y lomó el asta, en cuyo extremo se hallaba su túnica rasgada (y la llamó el estandarte de libertad), y se inclinó hasta el suelo y oró fervorosamente a su Dios, que las bendiciones de libertad descansaran sobre sus hermanos mientras permaneciese un grupo de cristianos para poseer la tierra. . .

«Y. . . Moroni . . . fue entre el pueblo, ondean­do en el aire la tira rasgada de su ropa, para que todos pudieran ver la inscripción que había escrito sobre la parte rasgada, y clamando en alta voz, diciendo:

«He aquí, todos aquellos que quieran preservar este título sobre la tierra, vengan en la fuerza del Señor y hagan convenio de que mantendrán sus derechos y su religión, para que el Señor Dios los bendiga.» (Alma 46:12- 13, 19-20.)

En este día volvemos a extender el llamamiento, esta vez a vosotros, nuestros queridos jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Vosotros sois ese grupo de cristianos, y éste es un llamado para animaros. Venid; la batalla es inminente y nunca ha sido tan importante que os alistéis en la causa del Señor.

Pelead contra los poderes del mal

Se os ha levantado un estandarte; el sonido de la trompeta es claro y terrible; se han trazado ya las líneas de batalla. El ejército de Lucifer se ha formado en filas de fuerzas malignas y satánicas, y su grito de guerra es aterrador; su causa es la des­trucción, el pecado, la muerte y el infierno; es úni­ca, y todos los poderes del mal en la tierra se han combinado en contra del grupo de cristianos.

Pero el Señor ha mandado a los líderes más grandes y valientes de todas las épocas, y nos aconseja:

«Hágase mi ejército muy numeroso, y santifíquese delante de mí, para que llegue a ser fulguroso como el sol, esclarecido como, la luna y sus pabe­llones sean imponentes a los ojos de todas las na­ciones. » (D. y C. 105:31.) Seguir leyendo

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Regocijémonos en Cristo

“Regocijémonos en Cristo”
Por el presidente Ezra Taft Benson

Ezra Taft BensonAdaptado por el presidente Benson del mensaje que dio el 1 de diciembre de 1985, en una reunión devocional en el Tabernáculo de Salt Lake, el primer discurso oficial que ofreció después de ha­ber sido ordenado Profeta del Señor.

Sin Cristo no puede haber una plenitud de gozo.

En nuestra existencia premortal gritamos de gozo cuando se nos reveló el plan de salvación. (Véase Job 38:7.)

Fue allí que nuestro hermano mayor, Jesucristo, el primogénito de nuestro Pa­dre en el mundo de los espíritus, se ofre­ció voluntariamente para redimirnos de nuestros pecados. El habría de venir a la tierra para ser nuestro Salvador, el Cordero “inmolad. . . desde la fundación del mundo” (Moisés 7:47).

Demos gracias Dios, el Hijo, por ha­berse ofrecido a sí mismo; y demos gra­cias a Dios, el Padre, por haberlo envia­do. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16).

Antes de venir a la tierra, Jesús era un Dios, y nuestro Padre Celestial le dio un nombre por sobre todos los demás: el Cristo. Tenemos un libro cuya misión principal es convencer al mundo de que Jesús es el Cristo. Es el Libro de Mormón; es otro testamento de Jesucristo y “el más correcto de todos los libros sobre la tierra” (Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 233).

En sus páginas leemos que “no se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación pueda llegar a los hijos de los hombres, sino en y por medio del nombre de Cristo, el Señor Omnipo­tente”. (Mosíah 3:17.)

En lo que al hombre concierne, debe­mos establecer nuestro fundamento “so­bre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo”. (Helamán 5:12.)

El primer y gran mandamiento es amar a Cristo y al Padre. (Véase Mateo 22:37-38.)

Jesucristo es “el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio”. (Mosíah 3:8.)

“Pues he aquí,” dice Jacob en El Libro de Mormón, “por el poder de su palabra el hombre apareció sobre la faz de la tie­rra, la cual fue creada por el poder de su palabra. Por tanto, si Dios pudo hablar, y el mundo fue; y habló, y el hombre fue creado, ¿por qué, pues, no ha de poder mandar la tierra o la obra de sus manos sobre su superficie, según su voluntad y placer?” (Jacob 4:9.) Dios, el Creador, gobierna Sus creaciones, aun en este mis­mo momento.

Desde los días de Adán, todos los pro­fetas han testificado acerca del divino ministerio del Mesías mortal. Moisés profetizó con respecto a Su venida. (Véase Mosíah 13:33-35.)

“Nosotros sabíamos de Cristo y tenía­mos la esperanza de su gloria muchos siglos antes de su venida”, escribió Jacob en el Libro de Mormón. (Jacob 4:4.)

En este mismo libro de Escrituras se registra la manifestación del Cristo, en su cuerpo espiritual, al hermano de Jared. “Este cuerpo que ves ahora,” dice el Señor, “es el cuerpo de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi espíritu; y así como me aparezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne”. (Eter 3:16.) Y así lo hizo.

Él es el Unigénito de nuestro Padre Celestial en la carne -el único hijo cuyo cuerpo mortal fue engendrado por nues­tro Padre Celestial. Su madre terrenal, María, fue llamada virgen tanto antes co­mo después de haber dado a luz a Jesús. (Véase 1 Nefi 11:20.)

Y así nació en Belén el Dios premor­tal; el Dios de toda la tierra; el Jehová del Antiguo Testamento; el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; el Legislador; el Dios de Israel; el Mesías prometido. Seguir leyendo

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Conferencia General de Area para México y Centroamérica

La primera Conferencia General de Area para México y Centroamérica
de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, se llevó a cabo
los días 25, 26 y 27 de agosto de 1972 en la ciudad de México, en el
Auditorio Nacional del Parque de Chapultepec en México, D. F.

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Deleitémonos en las escrituras

Liahona Junio 1986
Deleitémonos en las escrituras
Por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley

Amo nuestras Escrituras; amo estos magníficos libros que establecen la palabra del Señor —dados personal­mente o por medio de los profetas— para guiar a los hijos e hijas de nuestro Padre Celestial. Amo la lectura de las Escritu­ras y trato de hacerlo en forma regular y repetida. Me gusta citarlas porque en ellas está la voz de autoridad de lo que digo. No pretendo ser eminente como un erudito de las Escrituras, porque para mí la lectura de ellas no es el logro de la erudición, sino más bien un acercamiento amoroso hacia la palabra del Señor y la de sus profetas.

Disfruto la misericordia del Señor cuando leo sobre la misericordia y sobre el perdón, que se entrelazan como hilos de oro a través del tejido de todas las Escrituras. Empiezo con la invitación que se da en Isaías: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren ro­jos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). Encuentro el mismo maravilloso tema en lo que consi­dero la historia más bella y emocionante jamás contada: la parábola del hijo pródi­go como se encuentra registrada en el dé­cimo quinto capítulo de Lucas. Esta pará­bola es una lección maravillosa de misericordia para todos los padres, y una lección aún más grande sobre la miseri­cordia de nuestro Padre para con sus hi­jos e hijas descarriados.

El mismo espíritu de perdón y miseri­cordia se encuentra en repetidas ocasio­nes a través del Libro de Mormón. Por ejemplo, Nefi declaró que el Señor “invi­ta a todos [los hombres] a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los ju­díos como los gentiles” (2 Nefi 26:33).

La misma fibra de amor y perdón reco­rre las revelaciones modernas. En Doctri­na y Convenios leemos: “He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es per­donado; y, yo, el Señor, no los recuerdo más” (D. y C. 58:42). ¡Si tan sólo noso­tros, cuando hayamos perdonado, pudié­ramos olvidar para siempre las ofensas cometidas contra nosotros!

Amo la misericordia del Señor tal co­mo se expone en sus declaraciones y en las de sus profetas.

Amo los convenios del Señor tal como los declaró a su pueblo —el pueblo de Abraham, de Isaac y de Jacob— con quienes convino en que El sería su Dios y ellos serían su pueblo.

La fibra de ese convenio recorre el Li­bro de Mormón y se confirmó en esta dispensación cuando el Señor reveló al Profeta José Smith el prefacio de lo que ha llegado a ser el libro de Doctrina y Convenios. Al exponer el propósito de esta restauración, el Señor dijo, entre otras cosas; “Para que se establezca mi convenio sempiterno” (D. y C. 1:22).

Nosotros somos un pueblo de conve­nios; hemos celebrado un contrato con Dios, nuestro Padre Eterno; hemos toma­do sobre nosotros el nombre de su Hijo Amado y acordado guardar sus manda­mientos. Él ha convenido con nosotros que seremos sus hijos e hijas, que El será como un pastor para nosotros, y que su Santo Espíritu permanecerá con noso­tros. Amo la lectura de esas grandiosas promesas eternas tal como se encuentran en nuestras Escrituras.

Amo la lectura sobre la expiación de mi Redentor, suceso que fue anticipado por los profetas del Antiguo Testamento. Lo prometieron los profetas del Libro de Mormón. Se llevó a cabo en la vida, muerte y resurrección incomparables del Hijo de Dios, como lo relatan los cuatro evangelios de la Biblia. Testificaron de ello los escritores de las Epístolas. Se atestiguó también en este continente y se registró en el Libro de Mormón. Se ha confirmado repetidamente por interme­dio de las revelaciones modernas, como es el caso de las que vinieron por inter­medio del Profeta José Smith y aquellos que le han seguido.

A medida que leo estos libros sagrados me maravillo ante la grandeza y la majes­tad del Dios Todopoderoso y de su Hijo Amado, el Señor Jesucristo. Todos los escritores de estos testamentos cantan las alabanzas a Dios, nuestro Padre, y a nuestro Redentor. Las Escrituras testifi­can del Padre y de su Hijo —de su majes­tad y maravilla. Las Escrituras invitan a que todos se acerquen al Padre y al Hijo y encuentren paz y fortaleza en esa unión entre Dios y el hombre. Esto es, para mí, la esencia de estos importantes libros de verdad y luz —el verdadero significado de los cuales se hace más evidente por medio del uso de las herramientas que están a nuestra disposición.

Amo la Biblia. Amo la edificante cua­lidad de su lenguaje, la profundidad y la sublimidad de sus palabras, y el poder y la gracia de sus expresiones.

Me deleito en el espíritu y el lenguaje del Libro de Mormón. Las palabras de Nefi encuentran refugio en mi alma. Ha­ce mucho escribió: “Y sobre éstas [las planchas] escribo las cosas de mi al­ma. . . Porque mi alma se deleita en las escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos” (2 Nefi 4:15).

Amo las palabras de la revelación mo­derna: “Escudriñad estos mandamientos porque son verdaderos y fieles, y las pro­fecías y promesas que contienen se cum­plirán todas.

“Lo que yo, el Señor, he dicho, yo lo he dicho, y no me disculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo.

“Porque he aquí, el Señor es Dios, y el Espíritu da testimonio, y el testimonio es verdadero, y la verdad permanece para siempre jamás.” (D. y C. 1:37-39.)

He leído estos grandes libros una y otra vez. A medida que he meditado en sus palabras, me ha llegado, por medio del poder del Espíritu Santo, un testimo­nio de su veracidad y divinidad.

No me preocupo mucho por leer libros de comentarios diseñados para explicar aquello que se encuentra en las Escritu­ras; más bien, prefiero permanecer con la fuente original, probar las aguas puras de la fuente de la verdad —la palabra de Dios como él la dio y como ha sido regis­trada en los libros que aceptamos como Escrituras. Mediante su lectura, podemos obtener la seguridad del Espíritu de que eso que leemos proviene de Dios para la iluminación, bendición y gozo de sus hi­jos.

Exhorto a toda nuestra gente en todo el mundo que lea más las Escrituras —que las estudie todas juntas para lograr una armonía de comprensión a fin de inculcar sus preceptos en la vida de cada uno.

Ruego que el Señor nos bendiga para que nos deleitemos con sus santas pala­bras y para extraer de ellas esa fortaleza, esa paz, ese conocimiento “que sobrepa­sa todo entendimiento” (Filipenses 4:7) tal como él nos lo ha prometido. ■

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La espiritualidad es algo más que un sentimiento

Liahona Junio 1986
La espiritualidad es algo más que un sentimiento
Por Mary Ellen Edmunds

Recuerdo que una vez una maestra de la Escuela Dominical me dijo que yo no era muy espiritual. Al reflexionar en ese incidente, creo que ella estaba preocupada porque no podía mantenerme quieta durante toda una lección. En ese entonces no entendí lo que quiso decir­me; pero no sonó como un elogio, de manera que me fui a casa y traté de pen­sar en lo ocurrido. Me imaginé que qui­zás espiritualidad significaba ser reveren­te, especialmente el día domingo. Yo quería ser espiritual, pero necesitaba sa­ber lo que eso significaba.

Desde ese entonces, he continuado mi búsqueda para comprender lo que es la espiritualidad y hacerla parte de mi per­sonalidad. Un día leí la declaración del élder Bruce R. McConkie que: “ningún otro talento excede a la espiritualidad” (The Mortal Messiah, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982, pág. 234). Esa idea de que la espiritualidad es un talen­to, encaminó mi búsqueda en la dirección correcta. Es probable que no haya nada mágico al tratar de lograr espiritualidad. De hecho, podemos desarrollarla tal co­mo lo hacemos con los demás talentos, mediante el trabajo arduo, decisiones di­fíciles, elecciones críticas, perseverando en los momentos difíciles, tratando una y otra vez, nunca dándonos por vencidos.

Lo más importante que descubrí fue que la espiritualidad implica acción, lo cual complicó más las cosas para mí, ya que personalmente preferiría sentarme en un lugar tranquilo y pensar, o analizar, o leer un libro al respecto. La espirituali­dad consiste en nuestra comunicación con Dios: en responder y actuar de acuer­do con lo que Él nos pide. Es actuar sin tener que pedir más detalles al respecto.

Espiritualidad es cumplir con las prome­sas

¿En qué forma es la acción una parte integral de la espiritualidad? Hacemos las cosas porque queremos demostrarle a nuestro Padre Celestial que realmente sentimos lo que decimos; que fuimos sin­ceros al hacer el convenio bautismal con El (véase Mosíah 18:8-11); que estamos hablando en serio cuando tenemos el pri­vilegio de entrar a un santo templo a ha­cer otros convenios; que somos sinceros cuando en nuestros momentos privados con El, pedimos su ayuda y hacemos pro­mesas adicionales.

Una tarde, cuando mis padres no esta­ban en casa, contesté el teléfono; era una de mis hermanas menores que lloraba desconsoladamente. “Ven a buscarme, por favor”, me imploró. Llamaba desde la casa de una amiga que la había invita­do a una fiesta y todos habían comenzado a decir palabras obscenas. Sin que nadie de la familia lo supiera, le había prometi­do a nuestro Padre Celestial que nunca diría una mala palabra. Espiritualidad significa honrar las promesas que hace­mos a nuestro Padre Celestial.

Espiritualidad es compartir con los nece­sitados     

Otro concepto que es verdadero para mí, es el que enseñó el obispo J. Richard Clarke, ex segundo consejero en el Obis­pado Presidente: “Hemos aprendido que la naturaleza y disposición de los verda­deros discípulos de Cristo, al obtener un grado más alto de espiritualidad, es velar por los necesitados” (Conferencia Gene­ral, abril de 1978).

¿Quiénes son los necesitados? Si ha­blamos de necesidades temporales, pode­mos identificar fácilmente a los pobres.

He visto muchos en África, Asia y en otros lugares que son reconocidos como “pobres”. Hay muchos que tienen ham­bre y no tienen alimento; sedientos y no tienen agua; enfermos y no tienen medi­cina.

Un día, mientras observaba a unas mu­jeres en cuclillas que lavaban sus ropas a la orilla del río, me imaginé a mí misma poniendo la ropa en la máquina lavadora y me pregunté qué hice con todo mi tiem­po extra. En otra ocasión, en un campo de refugiados en Tailandia, conversé con una pareja mientras sus hijos jugaban al­rededor. Una de las niñas accidentalmen­te tiró una pequeña bolsa con arroz. Con sumo cuidado los padres recogieron cada granito y lo volvieron a poner en la bolsa. Seguir leyendo

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Mitos del matrimonio: conceptos que se creen pero que son falsos

Liahona Junio 1986

Mitos del matrimonio:
conceptos que se creen pero que son falsos

Por Steve F. Gilliland


El matrimonio es una de las instituciones más sagradas y fundamentales del plan de Dios, pero a menudo se ve afectado por expectativas irreales y suposiciones erróneas que muchas personas aceptan como verdades. En este artículo, el autor Steve F. Gilliland, con la sensibilidad de quien ha servido como obispo y educador del Evangelio, aborda una serie de mitos comunes que distorsionan la comprensión del matrimonio eterno. A través de ejemplos reales y enseñanzas basadas en principios doctrinales, se invita al lector a reflexionar profundamente sobre las creencias que ha adoptado, a distinguir entre verdad y error, y a reemplazar los ideales ilusorios por compromisos reales de amor, esfuerzo mutuo y comprensión. Esta lectura ofrece guía y esperanza a quienes enfrentan desafíos conyugales, recordándoles que el éxito en el matrimonio no es automático, sino el fruto de la fe, la paciencia y la cooperación constante. Seguir leyendo

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El progreso de mi matrimonio empieza conmigo

Liahona Junio 1986
El progreso de mi matrimonio empieza conmigo
Desarrollo de la integridad emocional
Por Víctor L. Brown, hijo

El matrimonio está destinado a perdu­rar para siempre; como una ordenan­za de Dios, debe unir a dos corazo­nes en uno. Sin embargo, no existen los matrimonios sin problemas; cada uno tie­ne su combinación especial de frustracio­nes y desacuerdos.

Es lógico que deseamos que nuestro matrimonio tenga éxito y para ello mu­chas veces recurrimos a libros y teorías acerca de la relación entre los cónyuges —libros sobre comunicación conyugal, satisfacción física, métodos para criar a los hijos y actividades familiares. Sin embargo, durante mis experiencias al tra­bajar con matrimonios he observado que la preparación individual es necesaria an­tes de que la relación entre esposos pueda ser realmente positiva. Esta preparación personal es a lo que he llamado integri­dad emocional.

La integridad emocional es el logro personal de fortaleza, disciplina y plenitud emocional que permanecen constantes sin importar lo que otros digan o hagan. Incluye tanto un control de emociones como un reconocimiento sincero de ellas, ya sean agradables o desagradables. Cuando logramos la integridad emocional, somos estables, consecuentes y flexibles. Nuestras acciones no están determinadas por las acciones de nuestros cónyuges. Somos flexibles emocionalmente, se disfruta más de nuestra compañía y es más fácil lograr comunicarse con noso­tros. Hemos puesto nuestras emociones en orden y por ende estamos preparados para tener una comunicación eficaz con nuestros semejantes.

En mi trabajo con la gente he encontra­do cinco principios que estimulan esta in­tegridad emocional. Las personas que se describen en los siguientes ejemplos (cu­ya identidad y ciertas circunstancias se han cambiado) desarrollaron su integri­dad por su propia cuenta, en forma inde­pendiente de sus respectivos cónyuges. Aprendieron a aceptar la responsabilidad de su comportamiento y a luchar por acercarse más al modelo cristiano en sus acciones. Al observarlos desarrollar esta capacidad personal, vi matrimonios fir­mes fortalecerse aún más, matrimonios débiles, fortalecerse y aun los que esta­ban a punto de fracasar, salvarse.

Principio: Debemos establecer un sentimiento de autoestima.

En el matrimonio es muy necesario que nos sintamos seguros y confiados de nuestras habilidades y del curso de nues­tras vidas. Sin embargo, muy a menudo nos perjudicamos al juzgamos en forma muy severa o al compararnos con otras personas. A menudo dejamos que nues­tros sentimientos de dignidad pongan a prueba las normas que rigen lo mundano. Por ejemplo, un sentimiento de dignidad basado en la adherencia a los principios del evangelio, tales como bondad, cor­dialidad y fidelidad, parece disminuir su importancia ante una cultura que celebra más al ganador que al participante, a la riqueza más que al ahorro, a la fama más que al honor, y a la condición social más que al servicio.

Cada uno de nosotros es un hijo de Dios con cualidades, talentos y habilida­des únicos. Lo que valemos es algo inhe­rente. Mientras que la gente puede ayu­damos a reconocer nuestros dones divinos, no puede damos un sentimiento de autoestima; somos nosotros quienes deben cultivarlo. Debemos aprender a re­conocer nuestras buenas cualidades y a trabajar para sobreponemos a nuestras debilidades sin vivir criticándonos.

Deseo mencionar el caso de una mu­jer, a la que llamaré Eliana, quien desde muy pequeña fue criticada duramente por sus padres y por sus compañeras. Más tarde, siendo adulta, durante el transcur­so y después de las lecciones de la Socie­dad de Socorro, se sentía amargada al compararse con las demás hermanas. Es­taba segura de que todas eran más inteli­gentes, mejor organizadas y más fuertes en el evangelio que ella. Su esposo em­pezó a evitarla después de la Sociedad de Socorro porque su actitud era tan desa­gradable.

Finalmente, Eliana se dio cuenta de que su actitud de culpabilidad estaba poniendo en peligro su testimonio y su ma­trimonio, y decidió cambiar. Realizando una introspección, redactó una lista de sus puntos fuertes así como sus puntos débiles. Al principio tuvo dificultad para aceptar sus puntos fuertes, pero sí estaba muy inclinada a aceptar los débiles como permanentes e imposibles de cambiar. Seguir leyendo

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Una era de contrastes: desde Adán hasta Abraham

Liahona Junio 1986
Una era de contrastes: desde Adán hasta Abraham
Por Kent P. Jackson

El  mundo no ha presenciado otra era similar. Fue una época extraordina­ria: una era de maravillas, de poder, pero por sobre todo, fue una era de con­trastes, en donde claramente estaban pre­sentes los reinos opuestos, de Dios y Sa­tanás y el poder de ambos era muy obvio.

El período entre la caída de Adán y el ministerio de Abraham es, desde nuestro punto de vista actual, la época más miste­riosa de la historia de la tierra. Aunque duró más de dos mil años y sucedieron en ella cosas maravillosas, las Escrituras di­cen menos acerca de estos acontecimien­tos que de cualquier otra época. La Biblia dedica solamente ocho capítulos a este período (aproximadamente diez páginas de traducción moderna), tres de los cua­les son listas genealógicas que nos infor­man quién engendró a quién.

Sin embargo, los Santos de los Últimos Días tenemos información adicio­nal. La revisión que hizo el profeta José Smith del relato bíblico, el cual se en­cuentra en el libro de Moisés, en la Perla de Gran Precio, agrega conocimientos muy importantes con respecto a la gene­ración de Enoc. Pero incluso esto nos de­ja con deseos de saber más. Otra fuente de información sobre este asunto es el breve registro de Jared y su familia que se encuentra en los primeros seis capítu­los del libro de Eter en el Libro de Mormón. También el libro de Doctrina y Convenios aporta datos importantes con respecto a este período.

Aunque la información que aparece en las Escrituras es incompleta, podemos lo­grar una perspectiva del pueblo y los acontecimientos que forman parte de esta importante época de la historia humana. El siguiente bosquejo cronológico se ba­sa en las Escrituras:

  1. El desarrollo y la expansión de las obras de Satanás (Génesis 4; Moisés 5).
  2. El linaje del sacerdocio (Génesis 5; Moisés 6; D. y C. 84:14-17; 107:40-55).
  3. Enoc y su Sión (Moisés 6-7).
  4. La iniquidad de los hombres antes del diluvio (Génesis 6; Moisés 8).
  5. El diluvio (Génesis 9-10).
  6. Noé y sus hijos (Génesis 9-10).
  7. La torre de Babel (Génesis 11:1-9).
  8. Los jareditas (Eter 1-6).
  9. La genealogía de Abraham (Génesis 11:10-28).

Del relato combinado de Génesis, Moisés y Eter, podemos deducir que la característica de este período fue el con­traste: el contraste siempre presente entre Dios, Su pueblo y las obras de éste; y Satanás, su pueblo y sus obras.

Las obras de Satanás entre los hombres

En cada dispensación en la que el Se­ñor ha establecido su reino, el reino del adversario también se ha encontrado pre­sente y ha tenido éxito en causar penas y sufrimiento, mientras que el del Señor ha guiado a las personas fieles a la felicidad y a la gloria eterna. Ha sido así desde el comienzo de la historia humana.

Es posible que no mucho después que los hijos de Adán y Eva maduraran, el adversario comenzó a sembrar las semi­llas del pecado y de la incredulidad entre ellos. Las Escrituras registran que des­pués que Adán y Eva enseñaron a sus hijos el evangelio, Satanás se les apare­ció y “les mandó, y dijo: No lo creáis; y no lo creyeron, y amaron a Satanás más que a Dios. Y desde ese tiempo los hom­bres comenzaron a ser camales, sensua­les y diabólicos” (Moisés 5:13). Los re­gistros sagrados dan un ejemplo de la influencia de Satanás: Caín introdujo el asesinato al mundo cuando codició los bienes de su hermano y siguió el mandato de Satanás.

Tristemente, las Escrituras nos ense­ñan que éste no fue el único incidente en la historia: Seguir leyendo

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Allende el velo: dos revelaciones modernas

Liahona Junio 1986
Allende el velo: dos revelaciones modernas
Por Robert L. Millet

En la Conferencia General de abril de 1976, el presidente Spencer W. Kim­ball anunció que dos revelaciones se habían añadido a la Perla de Gran Precio. Esas dos revelaciones: La Visión del Reino Celestial que tuvo José Smith en 1836, y La Visión de la Redención de los Muertos que tuvo Joseph F. Smith en 1918, fueron más tarde incorporadas a Doctrina y Convenios como las secciones 137 y 138 respectivamente. El élder Boyd K. Packer comentó el anuncio del presidente Kimball de la siguiente mane­ra: “Cuando nos demos cuenta del signi­ficado de ello, viviremos para decirlo a nuestros nietos, y a nuestros bisnietos, y viviremos para anotar en nuestros dia­rios, que nos hallábamos sobre la tierra y recordamos cuando sucedió” (Guía de Estudio personal del Sacerdocio de Melquisedec, 1979 [PCMP60J2SP], pág. 113).

Las adiciones a Doctrina y Convenios son raras. Desde que se agregó el mani­fiesto de 1890 del presidente Wilford Woodruff no se le ha dado a la Iglesia la oportunidad de aceptar una nueva revela­ción como parte de nuestros libros canó­nicos.

Un examen cuidadoso de la manera en que obtuvimos estas revelaciones y lo que dicen puede ayudamos a comprender por qué se han incluido en el libro de Doctrina y Convenios.

La Visión del Reino Celestial (D. y C. 137)        

El escenario histórico de la Visión del Reino Celestial que tuvo José Smith no solamente es inspirativo sino educativo. En 1833 el Señor les recordó a los santos en Kirtland, estado de Ohio, su manda­miento, de “edificar una casa, en la cual me propongo investir con poder de lo alto a los que he escogido” (D. y C. 95:8). Una vez que se construyó el Templo de Kirtland, el Señor recompensó los sacri­ficios de los santos con un maravilloso despliegue de luz y verdad. Un historia­dor Santo de los Últimos Días reciente­mente escribió con respecto a esta memo­rable época de nuestra historia:

“Durante un período de quince sema­nas, desde el 21 de enero al 1o de mayo de 1836, probablemente más Santos de los Últimos Días tuvieron visiones y fue­ron testigos de otras manifestaciones es­pirituales que durante cualquier otra épo­ca en la historia de la Iglesia. Se informó de santos que presenciaron seres celestia­les en diez reuniones diferentes sosteni­das durante ese período. En ocho de esas reuniones, muchos informaron haber vis­to ángeles; y en cinco de los servicios, hubo personas que testificaron que Jesús, el Salvador, se les apareció. Mientras al­gunos santos se comunicaban con huestes celestiales, muchos profetizaron, algunos hablaron en lenguas y otros recibieron el don de interpretación de lenguas.” (Milton V. Backman, Hijo, The Heavens Resound: A History of the Latter-day Saints in Ohio, pág. 285.)

En la tarde del jueves, 21 de enero de 1836, el Profeta, junto con un grupo de líderes de la Iglesia de Kirtland y Misuri, se reunieron en el templo. Después de las unciones y de que la presidencia hubo puesto las manos sobre la cabeza del Pro­feta y pronunciado muchas bendiciones y profecías gloriosas, una maravillosa vi­sión se manifestó al liderazgo reunido. (Véase History of the Church, 2:379-80.)

“Los cielos nos fueron abiertos, y vi el reino celestial de Dios y su gloria, más si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo, no puedo decirlo.
“Vi la incomparable belleza de la puer­ta por la cual entrarán los herederos de ese reino, que era semejante a llamas cir­cundantes de fuego;
“también vi el refulgente trono de Dios, sobre el cual se hallaban sentados el Padre y el Hijo.
“Vi las hermosas calles de ese reino, las cuales parecían estar pavimentadas de oro.” (D. y C. 137:1-4.)

Esta visión del reino celestial se ase­mejaba a la visión que Juan el Revelador tuvo de la santa ciudad, la tierra en su estado santificado y celestial. Juan escri­bió: “y los cimientos del muro de la ciu­dad estaban adornados con toda piedra preciosa”. Más adelante dijo: “la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio”. (Apocalipsis 21:19,21.)

José continúa su relato de la visión de la siguiente manera:

“Vi a Adán, nuestro padre, y a Abraham, y a mi padre, y a mi madre, y a mi hermano Alvin, que hace mucho tiempo había muerto;
“y me maravillé de que hubiese recibi­do una herencia en ese reino, en vista de que había salido de esta vida antes que el Señor hubiera extendido su mano para juntar a Israel por segunda vez, y no ha­bía sido bautizado para la remisión de los pecados” (vers. 5-6.)

La visión de José fue un vistazo al fu­turo reino celestial; él vio a sus padres en el reino de los justos, cuando de hecho aún vivían en 1836. Una nota interesante es que su padre estaba en el mismo cuarto cuando se recibió la visión.

El profeta también vio a su hermano Alvin, el primer hijo de José y Lucy Mack Smith. Él tenía un carácter agrada­ble y cariñoso, y constantemente buscaba oportunidades para ayudar a la familia en sus problemas financieros. Más adelante el profeta describió a su hermano mayor como uno en quien no había engaño ni maldad, (véase History of the Church, 5:126) y como «un hombre sumamente apuesto superándole únicamente Adán y Set” (History of the Church, 5:247).

En su lecho de muerte Alvin pidió a cada uno de sus hermanos que se le acer­caran para darles su último consejo y ex­presión de amor. De acuerdo con el relato de su madre, “cuando llegó el tumo de José, le dijo: ‘Estoy muriendo; la angus­tia y el sentimiento que tengo me dicen que mi tiempo de partir se acerca. Deseo que seas un buen muchacho, y hagas to­do lo que puedas para obtener el registro. [José había recibido la visita de Moroni hacía menos de tres meses] Sé fiel en recibir instrucciones y en guardar todo mandamiento que se te dé’ ”.

Alvin falleció el 19 de noviembre de 1823. Lucy Mack Smith describe el sen­timiento de pena que les embargó: “Alvin era un joven de un carácter extremada­mente bueno, bondadoso y amigable, por lo que todo el vecindario lamentó su par­tida”.

Por motivo de que Alvin había muerto siete años antes de la organización de la Iglesia y no había sido bautizado por la debida autoridad, José se preguntaba có­mo era posible que su hermano hubiera alcanzado la gloria más alta.

«Por lo que, me habló la voz del Se­ñor diciendo: Todos los que han muerto sin el conocimiento de este evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hu­biese permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios;
“también todos aquellos que de aquí en adelante mueran sin un conocimiento de él, quienes lo habrían recibido de todo corazón, serán herederos de este reino;
“pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras, según el deseo de sus corazones” (D. y C. 137:7-9.)

José aprendió que todas las personas tendrán la oportunidad, aquí o en el más allá, de aceptar y aplicar los principios del evangelio de Jesucristo. Esta visión reafirmó el hecho de que el Señor juzgará a los hombres no sólo por sus acciones, sino que también por sus actitudes, según los deseos de sus corazones. (Véase tam­bién Alma 41:3.)

Otra de las doctrinas profundamente hermosas expresadas en la Visión del Reino Celestial tiene que ver con el esta­do de los niños que mueren: “Y también vi que todos los niños que mueren antes de llegar a la edad de Responsabilidad se salvan en el reino de los cielos” (D. y C. 137:10). Seguir leyendo

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Extendamos la mano y escalemos

Liahona Abril – Mayo 1986
Extendamos la mano y escalemos
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quorum de los Doce

Dallin H. Oaks

¿Cómo respondemos al enfrentamos con una empresa que parece imposible?

Todos tenemos que atravesar obstácu­los; todos nos topamos con problemas; todos tenemos que recorrer senderos con­ducentes a alturas que nos parecen inal­canzables. Tarde o temprano, todos nos encontramos al pie de una montaña que nos parece imposible de escalar.

En 1895 mi bisabuelo, Abinadi Olsen, fue llamado para ir en una misión a las Islas de Samoa. Obedeciendo al llama­miento del Profeta, salió de su pequeño pueblo en Utah dejando a su esposa con cuatro niños pequeños, entre los que se encontraba mi abuela materna, que se lla­maba Chasty Magdalene. Viajó por tren y barco hasta la cabecera de la misión en Apia, Samoa, en una jornada que le llevó veintiséis días. La primera asignación que recibió al llegar fue para trabajar en la isla de Tutuila.

Después de varias semanas de vivir en lo que él denominaba una choza de paja, comiendo alimentos que le eran extraños, sufriendo molestas enfermedades y lu­chando por aprender samoano, le parecía que no había logrado ningún progreso en la obra misional. Lleno de nostalgia y descorazonado, empezó a considerar se­riamente la posibilidad de abordar una embarcación para regresar a Apia y de­cirle al presidente de la misión que no quería perder más tiempo en Samoa. Los obstáculos que se le presentaban para el cumplimiento de la misión le parecían in­superables, y lo había invadido el deseo de volver junto a su esposa e hijos, que se esforzaban con denuedo por mantenerlo en la misión.

Un amigo suyo, que lo oyó relatar esa experiencia algunos años después de su regreso, habló del desánimo del misione­ro y después citó sus propias palabras:

“Hasta que una noche, mientras estaba acostado en una estera sobre el suelo de la choza, de pronto entró un desconocido y, hablándome en mi propia lengua, me dijo que me levantara y lo siguiera. El tono de autoridad con que me habló no me dejaba alternativa, y tuve que obede­cerle. Me condujo a través de la aldea hasta que nos encontramos junto a un ba­rranco; frente a mis ojos tenía una pared perpendicular de roca sólida. ‘¡Qué ex­traño!’, pensé. ‘Nunca había visto este barranco aquí. ’ En ese momento, el des­conocido me dijo:

“—Quiero que escales ese barranco.

“Volví a mirar el risco y exclamé per­plejo:

“— ¡No puedo! Es imposible de esca­lar.
“— ¿Cómo sabes que no puedes? —me preguntó mi guía—. Todavía no lo has intentado.
“— ¡Cualquiera lo puede ver, y. . .— empecé a protestar.

“Pero él me interrumpió, diciendo:

“—Empieza a trepar. Extiende la ma­no. . . ahora levanta un pie.

“Al intentar la empresa, dirigido por órdenes que no me atrevía a desobedecer, pareció que de pronto se había abierto en la roca sólida un nicho al que pude asir­me; luego, mi pie encontró un lugar don­de apoyarse.

“—Sigue —me ordenó el hombre—; extiende ahora la otra mano.

“Y al hacerlo, otra vez se abrió un lu­gar en la roca; para mi sorpresa, el ba­rranco empezó a achicarse, me fue resul­tando cada vez más fácil escalar y continué trepando sin dificultad hasta que súbitamente me encontré otra vez en la choza, acostado en mi estera. ¡El extraño había desaparecido!

“Me pregunté por qué habría tenido esa experiencia. Muy pronto obtuve la respuesta: yo había estado frente a un ba­rranco espiritual durante aquellos tres meses, y no había extendido la mano pa­ra tratar de escalarlo; no me había esfor­zado en la forma en que debía haberlo hecho por aprender el idioma ni por re­solver los otros problemas que tenía.” (Fenton L. Williams, “On Doing the ímpossible” (“Lo imposible se puede lo­grar”), Improvement Era, agosto de 1957, pág. 554.)

Está demás decir que Abinadi Olsen no abandonó la misión, sino que trabajó en ella durante tres años y medio hasta que recibió su relevo de la debida autori­dad. Fue un misionero excepcional, y por el resto de su vida siguió siendo un fiel miembro de la Iglesia.

Cuando nos enfrentamos con obstácu­los que nos parecen imposibles de ven­cer, aun en el cumplimiento de justas res­ponsabilidades, debemos recordar que si estamos dedicados a la obra del Señor, las dificultades que se nos puedan pre­sentar nunca serán tan grandes como el poder que nos respalda. Lo que tenemos que hacer es extender la mano y escalar. Sólo con la mano extendida podremos encontrar un asidero; sólo con los pies en movimiento encontraremos lugares don­de apoyarlos.

Se nos dice que la fe precede al mila­gro; también sabemos que nuestros pro­pios esfuerzos lo preceden. Esta expre­sión del presidente Spencer W. Kimball nos comunica ese mensaje: “¡Avancemos!”

Las Escrituras citan muchos casos en que el Señor bendijo a aquellos que in­tentaban lo imposible. Nada es imposible para El.

Cuando Moisés sacó de Egipto a los israelitas, acamparon junto al Mar Rojo. En esa situación, los egipcios creyeron que los tenían atrapados: por un lado tenían el mar, y por el otro los guerreros de Faraón que los perseguían. Pero Moisés les dijo: “No temáis. . . Jehová peleará por vosotros.” El Señor entonces le dijo a él que los mandara marchar hacia el mar. Cuando obedecieron, Moisés extendió la mano con la vara en dirección al agua, como se le había mandado, y el pueblo de Israel atravesó el Mar Rojo “en seco”. (Véase Éxodo 14:13-16, 22.) Avanzaron con fe, y lograron lo que parecía imposi­ble.

El hermano de Jared se encontró con el problema de tener que iluminar con algo los barcos cerrados que su pueblo había construido, y trató de que el Señor le die­ra la solución. No obstante, Él le respon­dió con una pregunta: “¿Qué quieres que yo haga para que tengáis luz en vuestros barcos?” (Eter 2:23.) El hermano de Ja- red puso manos a la obra para tratar de solucionar el problema fundiendo y mol­deando dieciséis piedras transparentes; luego, con extraordinaria fe, le pidió al Señor que las tocara con un dedo, dicien­do: “y disponías para que brillen en la obscuridad. . . para que tengamos luz mientras atravesamos el mar” (Eter 3:4). Su oración recibió respuesta. Ese proble­ma particular se resolvió por medio de la iniciativa de una persona llena de fe junto con las bendiciones y el poder de Dios.

Cuando a Nefi se le mandó regresar a Jerusalén para obtener los registros sa­grados que tenía Labán, él obedeció con fe lo que se le había mandado, aun cuan­do le era imposible ver la manera en que podría llevar a cabo la empresa. Pero sa­bía que el Señor no daba mandamientos sin antes preparar la vía para que se cum­pliera lo que Él ha mandado (véase 1 Nefi 3:7). Gracias a su fe e iniciativa, Nefi pudo cumplir la misión que se le había encomendado, y los resultados han sido una bendición para muchas genera­ciones.

Para aquellos que obedecen los man­damientos de Dios y siguen su consejo no hay nada imposible. Pero las bendiciones que nos llevan por encima de los obstácu­los no preceden nuestros esfuerzos, sino que son posteriores a ellos. Lehi y sus hijos no recibieron el Liahona para guiar­los mientras todavía estaban en Jerusa­lén, sino después de haber pasado años en tierras deshabitadas. Los santos no re­cibieron la palabra del Señor sobre la or­ganización del Campamento de Israel (véase D. y C. 136) mientras estaban en Nauvoo, sino cuando se hallaban sobre la ribera occidental del río Misuri (cerca de la actual ciudad de Omaha, estado de Nebraska), casi un año después de haber abandonado la mencionada ciudad.

¿Qué debemos hacer cuando nos en­frentamos con obstáculos en el cumpli­miento de nuestras responsabilidades jus­tas? ¡Extender la mano y escalar! Las bendiciones que resuelven los problemas y nos llevan por encima de los obstáculos sólo se dan a las personas que toman la iniciativa

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